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El Artefacto Electronico

Una de las cosas más interesantes que he descubierto sobre el Artefacto es que me permite hacer cosas que de otra forma me resultarían imposibles, como por ejemplo el emplazamiento perfecto de cámaras de vídeo en lugares estratégicos. Lo cierto es que desde que lo encontré lo he utilizado en infinidad de aplicaciones para mi propio provecho, pero cuando pensé por primera vez en esta que os voy a contar, aparte de ponerme muy cachondo, tuve que reflexionar a fondo sobre el tema. Antes de entrar en acción tuve en cuenta todos los detalles de forma cuidadosa y discreta. Pero lo mejor es que empiece por el principio.
Me encontré el aparato al que llamo Artefacto hará como unos seis meses. Estaba dando vueltas por las tiendas de electrónica de segunda mano buscando algo de chatarra sin apenas dinero para gastar, cuando vi algo que a simple vista no me sonaba. Aunque no he tenido demasiado éxito en la programación de juegos, que es a lo que me dedico profesionalmente, eso no significa que no conozca el hardware. No había visto aquel aparato en toda mi vida, ni siquiera había leído que existiese nada parecido. Por eso, cuando vi que estaba en una caja con el cartel "Todo a 5.000", no pude evitar gastarme mis últimos ahorros comprándolo.
Al llegar a casa bajé corriendo a lo que yo en broma llamo mi "Laboratorio" (lo cierto es que es un sótano caluroso con montones de aparatos que solo funcionan a medias) y comencé a examinar aquel extraño y nuevo aparato. Era pequeño, incluso más que mi móvil Ericsson, pero más o menos de la misma forma. Sólo tenía dos controles. El primero, una resistencia variable (como un control de volumen) y el segundo un botón, cuidadosamente protegido de un uso accidental por los propios bordes del aparato. Pulsé el botón y por supuesto, no ocurrió nada. No encontré ningún panel deslizante que es lo que esperas encontrar para las
pilas, así que cogí una navaja con una cuchilla de dos centímetros de largo y la usé con cuidado para abrir la caja.
Si había estado esperando entender lo que había dentro me había equivocado por completo. No había más que un único chip, con una inscripción en un idioma que nunca había visto y conectado a lo que parecía una fuente de alimentación, y a algo que debía ser un oscilador de alguna clase. Obviamente, el botón servía solo para encender y apagar el aparato, y estaba conectado al generador. Por su parte, el "control de volumen" estaba conectado directamente al chip. Una línea de entrada y la otra de salida. Lo único seguro era que se encendía con el interruptor. Buenas noticias, sería fácil de arreglar.
Después de hacer la conexión cerré la caja y pulsé el botón. Algo cambió. Miré alrededor pero nada era diferente, aunque de algún extraño modo notaba que eso no era del todo cierto. Pulsé otra vez, y otra. Aún nada. Por fin, me cansé de darle al botón y dejé el aparato. Me conecté al ordenador y me puse a leer mi correo. Casi todos de mi amigo Luis y alguno de mi novia.
Lo primero que pensé cuando salí de mi cueva privada subiendo por las escaleras fue en cómo era que aún había luz en la calle. Después de todo, había estado lo que yo pensaba que habían sido un par de horas allí abajo, y ahora debían ser cerca de las once de la noche. Miré el reloj del comedor, ponía 21:10. Mmmm. Miré el mío, ponía 23:34. Qué raro. Miré a la calle, nada se movía. Ni los coches por la calle, ni los pájaros, ni la gente, ni nada. Los árboles estaban torcidos, como empujados por un viento que se hubiera detenido. De repente, se hizo la luz en mi mente y casi me rompo las piernas al bajar corriendo por las escaleras de vuelta a mi escondrijo.
Aparentemente, aquel pequeño aparato me permitía entrar en un mundo en el que yo era lo único que se movía hacia adelante en el tiempo. Pero eso no podía ser cierto, esas cosas solo ocurrían en las películas de ciencia-ficción. De todos modos, decidí que lo mejor era hacer un experimento para cerciorarme. Subí de nuevo al piso de arriba y, mirando por la ventana, apreté el botón. La gente comenzó a moverse de nuevo, los árboles se estremecieron ante la acometida del viento y los coches siguieron su camino. Pulsé el botón de nuevo y todo se detuvo inmediatamente, como cuando pulsas la pausa en el vídeo. ¡Funcionaba! Increíble, pero funcionaba.
Bajé de nuevo al sótano y continué experimentando. Como mi reloj de pulsera seguía funcionando, supuse que podría llevar algún objeto conmigo al mundo congelado. Experimenté con la longitud, y descubrí que tenía razón sobre el "control de volumen", aunque no era eso precisamente. Parecía controlar el alcance del área de influencia del aparato. En el mínimo, me incluía a mi mismo y un área de unos 5 centímetros a mi alrededor. En el máximo, parece que abarcaba un metro y medio aproximadamente. Entonces probé con cosas vivientes. Ya había comprobado que si "descongelaba" a alguien después de haber detenido el tiempo, éste parecía no haber sufrido ningún daño físico ni psíquico. Al menos, así había ocurrido aparentemente con la gente y los animales de la calle. Decidí experimentar con mi perro Alf. Subí el alcance del Artefacto y me acerqué a él. Lo encendí y Alf siguió moviéndose con toda naturalidad, jadeando y moviendo la cola como un chucho corriente. El experimento había funcionado, pero aún descubrí algo más. Una vez "descongelado" ya no tenía porqué permanecer cerca de mí para seguir moviéndose. Por otra parte, si ponía el Artefacto en marcha sin él cerca, ya no podía "descongelarlo" ni aunque me pusiese pegado a él. Interesante. Posteriores experimentos me demostraron lo que yo ya había empezado a sospechar; al moverme por el mundo congelado, no podía ser visto, ni grabado en vídeo, ni sentido en modo alguno... Aunque esto último no resultó ser del todo cierto. Apreté con fuerza una de las patas delanteras de Alf mientras estaba congelado, y en cuanto lo descongelé saltó de dolor. Sintió algo, aunque no parecía tener ni idea de lo que era. Interesante. Me dormí pensando en ello.
Al día siguiente, mientras me vestía, comencé a ver todas las posibilidades que mi nuevo juguete me podía proporcionar. Mi primera parada planeada para ese día fue la compañía de teléfonos. Mi recibo era tan exagerado que si no aparecía ese día personalmente en sus oficinas me cortarían el teléfono... otra vez.
Sonreí. En la calle estaba mi fatigado y desvencijado Ford Escort, con una pegatina en el parachoques que ponía "Inseguro a cualquier velocidad" y con las cortinillas sujetas con alambre. Me subí y me dirigí allí. En el primer semáforo paré al lado de un Range Rover recién estrenado, perfecto, equipado de serie con radiocassette estéreo y rubia. Rubia. Mirándome de reojo. Vale, pulsé mi botón mágico y el mundo se congeló. (Me di cuenta entonces de que no había probado qué pasaría si lo hiciese en un coche a 90 Km/hora, la velocidad máxima de mi Ford). Me estremecí mientras salía y abrí la puerta del Rover.
Allí estaba aquella preciosa estatua congelada sentada en una postura de lo más natural tras el volante. Era joven, pensé que de ventipocos, bien formada, con tetas pequeñas pero firmes bien ocultas tras una blusa de corte conservador.
- ¿Conduciendo el nuevo coche de papá, nena? -le pregunté al tiempo que la cambiaba del asiento del conductor al del acompañante.
No me resultó difícil, si la hubiese soltado no habría caído. Yo aún era muy nuevo en esto así que no me paré a juguetear con ella. De todos modos, no pude evitar acariciar suavemente sus tetas, para luego colocarla en una posición que no la haría peligrar cuando su mundo retornase a la normalidad. Me puse al volante de su coche e intenté seguir conduciendo. Nada ocurrió. ¡Claro, el coche también estaba congelado! Subí el volumen del Artefacto y pulsé rápidamente el botón dos veces. Ahora el coche estaba en mi Mundo Congelado y podía conducirlo. Me puse en marcha, contento por haber hecho un logro más. Pero, poco me duró esa alegría. Solo hasta que me di cuenta de que no llegaría a ninguna parte en un mundo en el que todas las calles estaban bloqueadas por coches congelados, así que abandoné el Rover y robé una moto más o menos de la misma manera. Esta vez sí me dirigí a la compañía telefónica. Aquello sería más fácil que robarle un caramelo a un niño. Entré, fui a la ventanilla de caja y metí por ella mis manos. Tuve que esforzarme, pues aquel era el cajero más gordo que he visto en mi vida, pero al final me hice con cerca de 80.000 ptas. Salí a la calle, descongelé el mundo y volví a entrar. Esta vez no tuve ningún problema en pagar mi recibo telefónico completo. Por alguna extraña razón, aquel día pagué todos mis recibos y saldé todas mis deudas. Hey, una racha de suerte.
Pagar recibos está bien, pero tras la alegría inicial de saber que, por primera vez en muchos años, no tendría que aguantar ese problema sobre mis hombros, comencé a sentir curiosidad sobre qué otro tipo de cosas podría hacer con este juguete. Mientras me sentaba en los escalones del ayuntamiento, con sus gigantescas columnas de granito asomándose por encima mío en una exagerada demostración del poder del gobierno, dos cosas pasaron por mi cerebro inmediatamente. Sexo y dinero.
El dinero podía ser fácil de conseguir, pero difícil de gastar. El simple hecho de pasearme por ahí con tanto dinero y toda clase de coches caros, pero sin ninguna fuente de ingresos a la vista, podría levantar más de una sospecha. Debía ser muy cuidadoso al gastar mi dinero a partir de ahora en sitios en los que pudiese ser rastreado o pudiesen reconocerme a mí. Eso significaba gastar donde pudiese y ni casas ni coches lujosos hasta que encontrase una forma de fingir que tenía un trabajo con mucho sueldo. Si decía que había ganado la lotería podría llamar la atención y eso es precisamente lo que yo no quería en aquel momento. Pero el sexo era otra cosa. Lo primero sería satisfacer mi hambre y curiosidad iniciales, y después seguir con estrategias más elaboradas. Aquella misma tarde tendría algo de diversión.
Me puse a andar por la acera hacía la calle principal y comencé a buscar algún vehículo para pasear. Conducir cuando todos los demás están congelados entraña algunas dificultades básicas que hacen más interesante el uso de una moto, así que pulsé el botón de mi Artefacto, crucé caminando la ahora silenciosa calle y cogí una. Era una Honda de carretera que montaba un tipo gordo con pantalones ajustados. No opuso ninguna resistencia así que lo quité de encima de la moto tirándolo al suelo, luego, como en el fondo no soy una mala persona, le coloqué en la acera en la que estaría a salvo cuando las cosas se descongelasen.
Conducir con todo congelado era alucinante. Pasaba volando por calles normalmente abarrotadas de tráfico en los dos sentidos, usando carriles de giro, aceras, cualquier cosa. Los ruidos de la ciudad habían desaparecido, así como los peligros de viajar a altas velocidades. Solo me costó unos cuantos minutos hacer lo que de otra manera me hubiese costado horas; conducir hasta la universidad ubicada en las afueras. El gimnasio era la elección perfecta para lo que tenía en mente.
La fantasía que había planeado llevar a cabo no era nada que no hubiese soñado ya cualquier hombre en su sano juicio, pero ¿cuantos tienen la oportunidad de hacerlo realmente? Me dirigí hacia un lugar que había ocupado mi mente cientos de veces; el vestuario de las mujeres.
Aparqué la moto justo al lado de aquella mágica puerta azul que nunca antes había osado traspasar. El silencio del tiempo congelado parecía extrañamente apropiado y contuve mi respiración mientras empujaba la puerta para abrirla. Una vez dentro, inmediatamente me sorprendí de lo diferente que era de los vestuarios de los hombres. Donde los vestuarios de los hombres tienen una enorme zona común de duchas, allí habían duchas separadas con cortinas de color tostado alineadas a lo largo de las paredes. ¡Qué pena! Lo único que se veía por allí era el equivalente femenino de un grupo de tíos gordos y desnudos de pie por ahí. Esto no me lo esperaba. No había planeado llegar durante un descanso entre clases cuando los estudiantes seguramente estarían en otra parte y por allí solo había unas pocas mujeres. Una de ellas, de pelo oscuro, con sus cuarenta y pico y vestida con una camiseta blanca, estaba en una pequeña jaula parecida a una oficina en la esquina del fondo escribiendo en una especie de libreta. Otra, ésta más joven, probablemente una estudiante, estaba en su taquilla rebuscando dentro para coger algo; probablemente su camiseta porque solo llevaba puestos unos pantalones cortos y un sujetador. Era de mediana edad y de complexión atlética, con pelo moreno recogido en una larga cola de caballo que caía por su bronceada espalda. La que más captó mi atención fue una de la que solo podía ver una parte. Un par de pies de piel luminosa, justo al lado de la pared izquierda del vestuario, eran visibles por debajo de la cortina de la ducha del fondo de la habitación. Me di prisa.
Gotas de agua colgaban suspendidas sobre ella, congeladas a mitad de su vuelo mientras corrían para empapar su pelo, su cara, su cuerpo. Estaba de pie con la cara hacia la pared, con la cabeza mirando arriba girada hacia la ducha. Sus ojos estaban cerrados y tenía una expresión de tranquilidad en su cara, como dejando que el agua le quitase la suciedad y la mugre de su misma alma. Deslicé mi mano desde su nuca bajando por la perfecta espalda para acariciar su suave piel como de bebé. Me acerqué y le toqué las tetas alcanzándolas con cuidado desde detrás suyo. Luego dejé que mi mano corriese desde su ombligo hacia su suave vello púbico.
Para entonces estaba tan cachondo que creí que la cremallera de mis pantalones iba a estallar en pedazos. A toda prisa me quité los vaqueros y la camiseta (solo ahora me doy cuenta de que se mojaron) y me acerqué aún más a ella. Nada de lo que había hecho hasta ese momento me había planteado ninguna dificultad moral, pero ahora me doy cuenta de que había alcanzado mi límite. No pude obligarme a penetrar a aquella preciosidad sin que ella fuese capaz de resistirse. Frotándome (probablemente con la mayor erección que había tenido nunca) contra el exterior de su coño me corrí casi antes siquiera de poder cerrar los ojos e imaginármela. Ya entonces sabía que eso nunca sería suficiente para mí, e incluso mientras limpiaba los resultados de mi corrida de nuestro pies desnudos, estaba pensando en cómo arreglármelas para conseguir una fantasía aún más satisfactoria que permitiera a mi conciencia la libertad que necesitaba para completar la aventura.
Me sequé y me vestí, luego me dirigí hacia la puerta...
Continuará...

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