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La Orientadora del Instituto

Miraba al grupo sin ver, pensando cuándo empezaría a sonar el maldito timbre, oyendo desde la ventana el ruido de los pájaros atolondrados por el repentino calor de la reciente primavera. Recordaba cuando ella estaba allí sentada frente a la pizarra, también distraída soñando que volaba por encima de los tejados del viejo barrio. Y volar suponía el mayor ejercicio de libertad.


Hacía tiempo que tenía problemas en casa. Era una mujer atractiva o al menos eso le decían por la calle, incluso por los pasillos del instituto los alumnos cuando la veían pasar. No pasaba los 35 años, y gracias al deporte tenía un cuerpo bastante bien cuidado y esculpido. Sin embargo sabía que su marido le estaba engañando desde hacía meses, porque en numerosas ocasiones le había olido un perfume extraño y porque confundía su nombre en muchas ocasiones. Un nombre que incluso repetía en sueños. Desde hacía dos meses sus encuentros sexuales eran escasos, apenas mero formulismo y rutina.


Había decidido que no iba a hacer un drama de todo eso. Había pasado y pasaba. Sólo estaba esperando a tener fuerzas y el mejor momento para separarse de él. Aunque lo cierto es que de vez en cuando se sentía gris y profundamente triste.


Sin embargo la ocasión se planteó casi sin pensar, por azar, de un modo sencillo y maravilloso.


Siendo la orientadora de aquel centro de enseñanza media, tenía que trabajar con los últimos cursos del bachillerato que iban al año siguiente a la universidad, y había un grupo que le gustaba excepcionalmente. Todos eran chicos, porque su especialidad era una tecnología que no gustaba a las mujeres, en aquellos años. Cada vez que ella entraba en el aula, llevando en la mano los test, taconeando con la falda estrecha y ajustada, se podía notar en el aire el deseo adolescentes de la mayoría de ellos. Y eso era un premio que, en aquellas circunstancias, a Sara no le gustaba desperdiciar. Saboreaba cada mirada, cada suspiro, cada comentario que sorprendía como una fugaz victoria, y sin cambiar ni por un momento su aspecto del todo profesional, comenzaba a hablar con su voz profunda y grave, en un tono suave y agradable que a los alumnos terminaba hipnotizando. A veces, cuando volvía a su despacho se sentía molesta y culpable por darse esos premios tan fáciles, por ejercitar su seducción en un terreno que le parecía infantil, pero no podía evitarlo, y dando una sacudida de cabeza volvía a internarse en su trabajo y en sus preocupaciones matrimoniales.


Aquel año el mes de abril era más caluroso que de costumbre, y uno de esos días que fue al aula técnica el ambiente estaba más cargado que nunca. Por eso se puso a hablar y tardó más de la cuenta porque se regodeaba en las intensas miradas que venían desde los bancos. Ella misma comenzó a inflamarse y contagiarse del ambiente, de manera que muy pronto se sintió caliente y vio que también ella estaba devolviendo miradas. De hecho se fijó en un alumno que desde el principio le había gustado. Era delgado y alto, tenía un corte de pelo especial, así como si se lo hubieran rapado por unos sitios y por otros se lo deja largo, la mirada clara y brillante y el geste tímido aunque decidido. El chico tomó valor cuando notó que ella lo miraba más que a los demás, y con toda la parsimonia del mundo empezó a abanicarse con el bajo de su camiseta. Al subir y bajar la camiseta, como si el calor fuera insoportable, se descubría la mitad del pecho pero sobre todo unos abdominales bien formados y rectangulares como una tableta de chocolate. Desde el mismo momento que empezó a hacer eso, Sara no pudo dejar de mirar, de hecho se le cayeron los papeles que tenía en la mano y su voz, tan segura y seria, empezó a titubear perdiendo el hilo del discurso. Sintió que todos se daban cuenta y volvió en sí por miedo al ridículo. Acabó su disertación sin mirar más a Aitor, que era el nombre de aquel alumno, y se fue precipitadamente a su despacho, cerrando por dentro con llave.


No podía creer que se hubiera excitado tanto, estaba tan húmeda como hacía años que no se ponía. Su corazón latía muy deprisa y sabía de sobra que estaba colorada. Ya se estaba acabando el horario escolar y por la ventana vio como salía todo el mundo hacia el exterior del jardín del Instituto. Decidió que se quedaría un poco más porque no quería que nadie la viera en ese estado, ya era demasiado que el curso terminal de tecnología lo supiera., cerró la persiana y se sentó, mirando sin ver unos papeles de la administración.


Unos golpes en la puerta la sacaron de su ensimismamiento y se inquietó. Tuvo que levantarse y abrir con la agitación de alguien que ha sido descubierto en plena culpa. Ahí estaba, en la puerta, Aitor, mirándola con los ojos tímidos y burlones. Se inflamó de nuevo y con una voz un poco forzada, de forma brusca le dijo:


¿Qué haces aquí?

Pues no la he visto salir- dijo él muy tranquilo- y la esperaba en el aparcamiento porque tengo que hacerle un par de preguntas. Pero como tardaba...

Ya. Pero es que ya se ha acabado el horario de consulta, de manera...

...de manera que si quiere- continuó él - la acompaño a su casa y por el camino hablamos.

¿De dónde había sacado este chico tanto aplomo de repente? ¿O era que ella había perdido el suyo? Sara seguía sin atreverse a decidir qué hacer.


Bueno, supongo que te puedo contestar aquí.

Sí - dijo él - sin duda que puede hacerlo. Verá, la vengo observando desde hace tiempo y quisiera saber si está bien atendida por su marido.

¿!Pero qué clase de pregunta es esa¡? No voy a tolerar ni por un momento...


Se acercó a la puerta para abrirla, pero el chico se puso delante y le impidió el acceso.


-¿Cómo te atreves? No sabes lo que estás haciendo....


-Ya lo creo que sé...


Y sin decir más la cogió de la cintura, la separó de la puerta y la estrujó contra la pared mientras tapaba su boca a base de besos, no muy tiernos ni delicados, se trataba de morder su boca para que no gritara, de meter su lengua entera en la de ella para que no pudiera articular palabra, y con la otra mano fue bajando por sus muslos hasta abrir las piernas y tocar el sexo por encima de la ropa. Sin duda estaba bien húmeda.


Al notarla así la soltó un momento y entonces fue ella la que se abrazó a él y con ojos fieras le dijo.

Ahora mismo me vas a follar-

Será un placer – dijo el chico sonriéndole burlón- mi madre siempre me dijo que tengo manos de ginecólogo...

Apenas unos segundos y ella ya no tenía camisa, la cinturilla de la espalda se rompió y la cremallera bajó con una violencia tremenda. Sara levantaba la camiseta de Aitor, buscando sus abdominales, acariciando sus pezones, chupándolos un poco.


Ey, tranquila fiera, no hagas eso que primero quiero ocuparme de ti.

Y terminaba de desnudarla para separarse un poco y verla mejor. Ella estaba temblando y el deseo la agitaba de tal forma que apenas podía hablar.

¿Qué edad tienes?

Diecisiete- Dijo mientras la contemplaba-. Déjame disfrutarte que llevo mucho tiempo esperando esto.


No se podía creer que estuviera así con un alumno, y mucho menos que el dominio y la calma de él le estuviera excitando tanto. Se sentía pequeña e inferior ante él y solo quería que la abrazara, y la matara a polvos, mientras antes mejor.


Me deseas, ¿eh viejita?. Le dijo al oído con ternura, mientras le iba besando el cuello hasta llegar a sus tetas. Tenía el pecho alto y redondo, más duro de la cuenta para una mujer de su edad. El pezón estaba erecto y oscuro cuando él se lo llevó a la boca, tan duro como el hueso de una cereza. Él podía sentir que ella respiraba con más dificultad y que comenzaba a emitir unos pequeños gemidos, mientras sentía que perdía la fuerza entre sus brazos. Tiró los libros que había sobre la mesa del despacho y la llevó allí.

Te voy a comer entera.

Aunque a esas alturas ella ya no entendía qué le estaba diciendo. Mientras tocaba sus pechos, bajó hacia su ombligo y luego hasta su sexo que se abrió completamente líquido, rojo, con un precioso botón redondo en la parte superior de sus labios internos que se aplicó a chupar inmediatamente. Ella se estiraba y se movía al ritmo de la lengua de él. Y le dijo:

Mete un dedo por mi vagina y tócame hacia dentro, Siii, así, a ritmo, no pares de comerme.

En dos o tres contracciones más empezó a ponerse rígida a apretar los muslos sobre la cabeza de él y a colvulsionar en un tremendo y largo orgasmo. Él se quitó los pantalones y los calzoncillos mientras ella no paraba de decirle, con una voz pastosa y caliente:

Fóllame, Fóllame.

Metió el pene duro en su sexo, que estaba tan caliente como ningún otro que hubiera sentido y temió correrse de inmediato, así que hizo el esfuerzo de controlarse diciéndole.

Ummm, viejita, me parece que no voy a poder aguantar mucho así.

No pares, dijo ella, fóllame, quiero sentirte encima de mí, dentro de mí, no te separes, no me dejes de follar.

De milagro no se corrió cuando le oía decir todo aquello. Bombeaba con furia intentando penetrarla hasta el fondo y sentía que la vagina de ella se acoplaba a ritmo, se abría y cerraba, al mismo ritmo que él le marcaba, acariciando así desde dentro su miembro. En un momento dado las contracciones se hicieron más seguidas y ella volvió a correrse dando un profundo gemido, mientras metía el puño en su boca para que no se la oyera más. Eso era más de lo que él pudo aguantar y enseguida le vino a él también, disparando en el interior de ella chorros calientes de semen.

Apenas se habían tranquilizado las respiraciones cuando Aitor comenzó de nuevo a bombear en su interior. Cuando ella sintió los movimientos, le sonrió complacida diciendo.

Te voy a hacer un regalo.

Y bajando de la mesa, lo sentó en el sillón, se arrodilló a sus pies y comenzó a acariciar su pene, primero con ambos pechos y luego, sacando la punta del glande entre ellos, metía la punta de la lengua en el agujero de su miembro, chupando y bebiendo los primeros líquidos de la excitación, y los últimos del polvo de antes.

Con las manos masajeaba sus pechos para que presionaran el pene, y cada vez más su cabeza bajaba hasta encerrar por completo el capullo entre sus labios primero y en su boca después. La imagen de la orientadora haciéndole aquello era mucho más de lo que él hubiera esperado nunca, de manera que su excitación subió hasta el extremo y se corrió, llenando de líquido los pechos, el cuello y la cara de aquella hermosa mujer.


Hubieran seguido más, toda la tarde se hubieran quedado. Pero se prometieron volver a ver para completar sueños y fantasías de ambos.


No pasó mucho tiempo para que Sara se separara de su marido, había conseguido reunir seguridad y calma para plantearlo. La vida de una mujer no empieza ni acaba en un hombre.


Todo esto me lo contó Aitor, que por cierto me ha dejado aquí su email por si alguna chica se animara a probar esa dura tableta de chocolate de sus abdominales: aitor212@hotmail.com FOTOS

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