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La Masajista y el Maestro

Tengo 49 años y estoy casada hace 22, tengo un matrimonio que ha pasado como todos por altibajos, pero en síntesis no me puedo quejar. Jamás le fuí infiel, aunque sospecho que él lo fué conmigo. Supe de alguna amante que se cruzó en su vida, pero lo perdoné. A raíz de eso y con la rutina fuí perdiendo interés en las relaciones sexuales, terminando por desecharlas definitivamente cuando hace seis años sufrió un accidente y padece desde entonces ciertas dificultades motoras que hicieron que aprovechase las circunstancias para justificarme.
Me dediqué por entero a su cuidado y rehabilitación, sin reparar en otra cosa ni en nadie, hasta que una conocida me recomendó hacer reiki con mi esposo para estimular la energía y recuperar la musculatura y la movilidad. Me acercó el teléfono para contactarme con una masajista, maestra de reiki, que la había atendido y le había hecho tan bien.
Combinamos con Gloria, que así se llamaba, realizarlas con mi marido luego de ponernos al tanto en que consistían y en el precio por cada martes en que se llevarían a cabo las mismas.
Puntuamente llegó la semana siguiente. Me detuve a mirarla. Era alta elegante, aunque algo hombruna, producto de su tarea y las horas que pasaba en el gimnasio de complementos, que ponían de manifiesto sus curvas, y sus músculos. Parecía culta e inteligente, su manera de conducirse y hablar demostraban su carácter y su personalidad. De entrada congeniamos. A mi esposo tambien le gustó. Me pidió pasar al toilette para cambiarse y al salir pude comprobar su magnífico físico. De piernas torneadas, cintura estrecha y vientre plano, cubierta con un delantal, que dejaba ver debajo una bikini y un sostén pequeños que resaltaban su cola y dos senos que remataban en pezones agudos y generosos, lo que generó en mí una sensación especial. Me pregunté por qué la había observado con tanto detenimiento y no hallé respuesta.
Le pedí permiso para observar los masajes. Aceptó y comenzó con mi marido boca abajo, cubriéndo la cola con una toalla, sus manos pasaron de la espalda a la cintura. Luego bajó la toalla y siguió con los glúteos, los muslos hasta las piernas y los pies. Finalmente le pidió a Gloria ponerse boca arriba, mientras con un antifaz que ocultaban sus ojos para no ver y con palabras sensuales, le pidió que recibiese la energía que transmitía su cuerpo a través de sus manos. Había cubierto la pelvis con la toalla y observé un movimiento del miembro de mi esposo como hacía años no percibía. Me levanté ruborizada y los esperé en el comedor, no quería ver más. Cuando terminaron, me ayudó a sentarlo para tomar un baño de inmersión. Lo sequé y lo vestimos. Luego tomamos el té y departimos de los más variados temas.
Pasaron dos o tres sesiones y fuímos tomando confianza. Estando a solas me preguntó si teníamos relaciones sexuales con mi esposo y le confesé de los años que habían pasado desde la última vez, y la falta de deseos en todo ese tiempo. Le pareció anormal y me dijo que no me creía pues me había observado durante el tiempo que nos habíamos conocido y estaba segura que sólo me faltaba el estímulo adecuado. Me ruboricé y no le contesté. Tendrá razón pregunté para mí, y cambié de conversación.
El martes siguiente le conté de la contractura que me aquejaba y me propuso hacer reiki conmigo mientras mi marido tomaba el baño de inmersión luego de su sesión. No me íba a cobrar. Yo subconcientemente lo deseaba, y acepté. Lo dejé a Antonio en el baño, y fuí a mi pieza. Al mirarme al espejo observé como el vello pubiano asomaba por el costado de la bikini, algo que nunca me había preocupado, y me cubrí con un short para ocultarlo. Estaba excitada y nerviosa ante la situación. Gloria se dió cuenta y trató de tranquilizarme. Me sacó la salida de baño y comenzó con los masajes como los efectuados con mi marido. Boca abajo, senti una electricidad creciente y un calor cuando sus manos se detenian sobre mi piel. Retiró el short y la bikini dejándome desnuda, sin que me defendiése. Me cubrió la vista con el antifaz al ponerme de frente y decididamente me recorrió de arriba a abajo, deteniéndose en los senos y la pelvis, finalmente en la entrepierna, separando delicadamente los labios mayores de la vulva con sus dedos, mientras me pedía que me relajase y la dejáse hacer. Me moví incitándola a que siguiera adelante. Estaba excitada y sentí mojada la vagina, pero ella se detuvo y reflexionó¨; por hoy basta dijo y se incorporó. Quedé tensa y confundida. Me vestí y mientras se despedía me invitó a tomar clases con su maestro los sábados a las tres de la tarde en su departamento de Flores. Dependía de lo que hiciése mi esposo, le contesté, aunque haría lo posible para tomar la clase. Afortunadamente ese sábado mi marido me comunicó que lo vendrían a buscar para ir a un partido de futbol y luego comerían un asado. Entonces le hablé a Gloria por el celular aceptando, lo que la lleno de alegría y me agregó que no me íba a arrepentir.
Me sentía rara, pero ansiosa e intrigada con la invitación. Decidí depilarme para presentarme lo mejor posible sin saber porqué. Fuí a la cosmetóloga donde me depilaron totalmente , inclusive la vulba a instancias de la depiladora quién al darse cuenta de mi desconocimiento dijo que dejara todo en sus manos pues era eso lo que se estilaba para una ocasión especial. Creo que me ruboricé ante lo que insinuaban sus palabras, pero decidida a seguir adelante, retorné a casa donde me probé la ropa interior transparente que guardaba de años, para usar ese sábado especial. Me miré al espejo, no estaba mal para mi edad. La noche previa dormí sobresaltada, pensando en la velada del día siguiente.
A las dos de la tarde del sábado, lo pasaron a buscar a mi marido, y yo, luego de bañarme y perfumarme me vestí. Me puse la lencería erótica, una pollera a la rodilla y una blusa escotada, pues el día era muy caluroso, y me dispuse a marchar. Cuando partí en mi auto, hacía el departamiento de Gloria, enfrente de la plaza de la Misericordia en pleno barrio de Flores, estaba nerviosa y excitada ante lo desconocido. Nunca me había imaginado aceptar una invitación semejante.
Al llegar, toqué el portero eléctrico, y escuché la voz de Gloria que abrió la puerta de calle y me sugirió que tomase el ascensor del fondo. Su departamento estaba en el último piso, y cuando llegué me esperaba con la puerta entre abierta. Me franqueó la entrada y ella vestida con un kimono y descalza me besó y me presentó al maestro reiki. Marcelo era de estatura media y musculatura marcada por el ejercicio, según se advertía, enfundado en la bata de yudoca. Muy atento, me invitó a sentarme junto a Gloria tratando, con todo respeto, al advertir mi nerviosismo, de explicarme en que consistia la clase e invitarme a colaborar con la misma mientras iniciaba la sesión con Gloria. Me sugirió que me cambiáse para estar cómoda. Pasé al toilette donde me saqué la ropa. Mientras me acercaba un kimono, Gloria elogió mi ropa interior y agregó que no se había equivocado con respecto a mi sensualidad. Luego de la mano me condujo a la habitación donde nos esperaba Marcelo.
Era amplia, con dos colchonetas mullidas, una camilla articulada, como las que usan los ginecólogos y dos argollas en la pared empotradas a la altura de la cabecera de la misma. Me llamaron la atención, pero no dije nada.
Luego de algunos ejercicios de relajación. Gloria y Marcelo se quitaron sus batas, y ella se recostó en la camilla boca abajo. Marcelo quedó solo cubierto por un slip que denotaba su bulto enorme. No me había engañado, sus músculos marcados por la gimnasia eran notables. Comenzó con masajes de arriba a abajo desde el cuello a la cintura en forma longitudinal, deteniéndose sobre distintos músculos trasfiriéndo su energía. Al llegar a los gluteos, le bajó la bikini desnudándola. Con un movimiento circular sobaba los gluteos. Me pidió que me acercáse para contemplar como se abría la raja con sus masajes, y me pidió que los acariciara. Me rehusé al principio por verguenza, pero luego su voz imperativa y sensual hizo que lo imitara. Veía ante mis ojos el oscuro orificio que se dilataba y cerraba alternativamente. Tuve ganas de besarlo y humedecerlo con mi lengua pero me contuve. De pronto me retiró y la giró. Le colocó el antifaz sobre sus ojos, y reinició los masajes. Veía el rostro y los labios temblorosos cuando las manos de Marcelo se detenían en los senos y pellizcaban los pezone. Debía imitarlo y participar. Me incliné y Marcelo se retiró .Acaricié los senos de Gloria y besé sus pezones, mi lengua la hacia gemir. Marcelo le abrió las piernas, y yo busqué su vulba, le introduje mi lengua en su vagina y sentí que gozaba, al jadear y gemir. Me detuve acalorada. Nos incorporamos y Marcelo propuso una sesión conmigo. Me opuse pero el poder de persuasión de ambos y mi estado de excitación me convencieron.
Me quité el kimono y Marcelo elogió mi físico. Me expresó que sabia del tiempo en que no había tenido relaciones y de la ausencia de líbido durante esos años. Le pedí por favor que lo tuviésen en cuenta pues nunca había engañado a mi esposo, desde que nos habíamos casado.
Me coloqué boca abajo. Sus manos firmes y vigorosas masajearon mi espalda, delicadamente me sacó la bikini y repitió los masajes sobre los glúteos, y sentí como se abría el orificio anal, creando en mí una calentura indescriptible. Luego me pidieron que me pusiése de frente y les sugerí que cubriésen mis ojos con el antifaz. Quería sentir e imaginar escenas voluptuosas. Me sujeteron de las muñecas a las argollas ubicadas detrás de la camilla y mis piernas a los soportes de la camilla de gineco. Ya sujeta me liberaron del antifaz. Entonces lo ví Marcelo, se acercó y me acarició , Gloria me chupaba los senos, y lamía y mordisqueaba los pezones, luego se situó entre mis muslos y lubricó con saliva mi vulba lampiña humedecida por el deseo. Marcelo dejó caer el slip y ví esa enorme verga gruesa y dura que se agitaba, no podía creer el tamaño que había adquirido mientras se aproximaba. Le rogué que no lo hiciera, que no lo podría soportar. Pero continuo adelante. Aproximó el glande enrojecido y descubierto, mientras Gloria me lubricaba la vulba y el periné hasta el orificio anal. Entonces comenzó a abrir los labios e introducir la verga en mi vagina. Sus paredes se dilataban y parecian desgarrarse ante cada embestida. El displacer por la apertura dejó paso al goce. Jadeaba y gemía ante con el vaivén, finalmente sentí como los testículos golpeaban mis glúteos. Había entrado toda la verga hasta la raíz después de tantos años. Un chorro intermitente de semen cálido inundó mis entrañas.
Creí desmayar de placer, y le pedí que me liberaran. Extrajo el miembro aún rígido y palpitante. Me parecia mentira que esa inmensa masa hubiera entrado toda, y más me asusté cuando ví que la dirigia al orificio anal. Le pedí que no lo hiciera, que me tuviése compasión pues solo en una oportunidad me habían penetrado el ano. No me podía defender atada como estaba. Siguió adelante , puso el glande envaselinado en el ano y presionó sin detenerse. Al pasar el esfínter lancé un alarido de dolor, pero el siguió. Lentamente su verga se introdujo totalmente. Ïba y volvía. Otra vez el dolor dió paso al placer y tuve un orgásmo coincidente con la eyaculación de Marcelo. Finalmente Gloria me desató. Entonces fuí yo la que lo eché sobre la colchoneta lo abracé y a horcajadas lo monté introduciéndo la verga en mi vagina terminándo en una cogida descomunal. Fuí a ducharme, limpiando el semen que escurria entre mis muslos, y luego me vestí.
Me esperaban en el living con una merienda suculenta, y alli comentámos la sesión que habíamos tenido. Me aseguraron que era una alumna completa y sus clases podían reiterarse cuando quisiera.
Retorné a casa, y al bajarme del auto, noté la humedad de mi vulba y mis piernas. Tuve que ducharme nuevamente por el semen que aún bajaba. Tuve que colocarme un tampón para evitar que me chorrease y no se diésen cuenta de lo ocurrido. Estuve dolorida e irritada al caminar por algunos días, hasta que todo retornó a la normalidad.
Gloria continuó haciéndo masajes a mi marido y en oportunidades conmigo recuperando la líbido y el deseo. FOTOS

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