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Arturo, el Profesor de Latin

El día amaneció nublado y frío. Me desperecé en la cama, aún sin levantarme, suspirando resignada ante la jornada de trabajo que me esperaba con los niños...que bueno, no son tan niños, andan rondando los 16 y 17 años, pero yo les llamo así. Soy una recién estrenada profesora de biología en un instituto (apenas ha pasado más de un año desde que aprobé las oposiciones).

Me levanté de la cama y me dirigí bostezando hacía el baño. Abrí el grifo de la ducha, me desnudé y me metí en la bañera. El agua caliente me despertó del todo y para cuando acabé, mis habituales ganas de ponerme el mundo por montera volvían a ser las de siempre. Luego, como todas las mañanas, me pasé más de media hora de reloj eligiendo lo que me iba a poner de ropa... con lo cual no me dio tiempo a desayunar. Ay, Señor, soy incorregible: desde que empecé a trabajar, las veces que he desayunado en casa se podrían contar con los dedos de una mano.

Bajé al garaje, me instalé en el coche y salí, tomando la dirección del instituto, que dista de mi casa unos 4 kilómetros. Para cuando llegué tenía el tiempo pegado a los talones, así que entré como un huracán en la sala de profesores, saludé efusivamente, pero sin pararme, a los pocos compañeros que aún estaban allí y me dirigí a mi taquilla. Al abrirla y sacar los libros de texto, un papel minúsculo, un post-it amarillo, cayó al suelo. Había escrito un pequeño texto:

“BUENOS DÍAS, PRINCESA”.

Ya estábamos. Todos los días lo mismo. Y lo peor es que, al estar escrito a ordenador no podía saber quién lo había escrito (soy una experta en grafología) , así que, como siempre, lo arrugué entre mis dedos y cuando salí, lo tiré en la papelera más cercana a la puerta. Subí las escaleras hasta el segundo piso, me paré delante de mi aula y miré por el espejo de la puerta. Los “niños” estaban todos muy revueltos aquella mañana. “Será por el tiempo”, pensé, “y encima parece que va a soplar el viento de levante”. Respiré hondo mientras agarraba el pomo de la puerta y lo accionaba, empujando hacia dentro. De mi garganta salió un “buenos días” que me pareció demasiado cantarino, pero hizo efecto en mis alumnos porque el barullo cesó de repente, y para cuando alcancé mi mesa, sobre la tarima, solo se oía el eco de mis tacones.

Me dispuse a dar comienzo a mi clase. Extraje de mi cartera de cuero marrón todos los papelorios y alcé la vista. Mis alumnos me observaban expectantes...

“ Vaya, cómo estáis hoy...¿ha pasado algo que yo no sepa?”
“ No, nada... es que no tenemos muchas ganas de dar clase hoy”- me respondió un muchacho de la tercera fila.
“ Pues no sabéis cuánto lo siento, pero...yo no puedo hacer nada, chicos!”.

Caras de desaprobación. Joder. Empecé con mal pie.

Les pregunté si se habían estado mirando el segundo tema y ante su negación, suspiré (que más sonó a bufido) y empecé a explicarles algo sobre los artrópodos, cuando tocaron a la puerta de la clase. El corazón (y otras cosas...) me comenzó a latir con fuerza: era Arturo, el profesor de latín, un hombre joven de unos 30 años, con el pelo castaño claro y una cara bastante anodina, la verdad. No me explico cómo es que desde que entré a aquel centro ese hombre no se me iba de la cabeza. Me tenía calada hasta los huesos... y sus ojos, tenía unos ojos capaces de parar al mundo de un solo vistazo.

Me miraba a través del cristal con cara seria y temí que hubiera pasado algo. Levanté la mano para hacer un gesto e invitarle a pasar al aula, pero el negó con la cabeza, me señaló con un dedo y repitió mi gesto. Era yo quien debía salir, fuera lo que fuera, los alumnos no debían enterarse.

Así que me levanté, incité a mis alumnos a leer el segundo tema el libro de texto y salí del aula. En lo primero en que me fijé de Arturo fue que llevaba puestos aquellos vaqueros que le quedaban como un guante, bien ajustados a su estupenda anatomía, y tuve que hacer acopio de todas mis fuerzas para controlarme un poco. Recuerdo que pensé durante unos segundos lo mucho que necesitaba tener una relación sexual, y es que, desde que dejé a mi ex novio (me puso los cuernos con una de sus compañeras de trabajo mientras yo estaba estudiando para mis oposiciones), no me había acostado con nadie, y de eso hacía ya casi 7 largos meses.

Al cerrar la puerta, e espaldas a él, vi en el reflejo del cristal de la puerta cómo me hacía un repaso con la vista, mirándome de arriba abajo. Eso me hizo sentirme segura e mí misma. Y no es que en general no lo sea, lo que pasa es que con ese hombre siempre perdí los papeles, hasta me sudaban las manos y no podía evitar ponerme hecha un manojo de nervios cada vez que me dirigía la palabra.
Lo dicho, que me tenía calada hasta los huesos. En el bote.

“¿Y bien, Arturo? ¿Qué pasa?”.
“Aquí no podemos hablar, mejor vamos a la sala e profesores”.

Por el camino traté de sonsacarle alguna información sobre su misteriosa conducta, pero no me dijo nada. No parecía importante ya que parecía relajado, sonriente, así que no me alarmé.
Al llegar, Arturo cerró la puerta con llave y me pidió que me sentara. Así lo hice. Me acomodé en el sofá mientras él preparaba unos cafés. Dicen que el café incita a la reflexión y a los temas serios. Luego se acercó y se sentó a mi lado.

“ Ana, me he dado cuenta de que recibes una serie de notas todas las mañanas en tu taquilla”.

Palidecí. Aquello no me lo esperaba. La cuestión de las “notitas” no se la había comentado a nadie y sin embargo, él lo sabía. Se había dado cuenta. ¿Qué pasa, se dedicaba a revisar las papeleras?.
Opté que lo mejor sería dejarle hablar... pero para mi sorpresa no lo hizo.

“¿ Y qué sabes tú de eso?... Joder, Arturo, ¿me has sacado de una clase para hablar de este tema!?”.

Hice un amago de levantarme pero no lo hice. El profesor de latín era...huuuummmm.....Señor, cuánto deseaba a aquel hombre!!! Para colmo estaba allí, a solas con él, sintiendo su respiración, su olor... Y esa necesidad me traicionó, porque al pronunciar mis palabras lo hice en un tono de orgullo ofendido, pero luego le miré y se me vinieron todos los esquemas abajo. Le sonreí...

“ Si, Ana... me traes loco, estoy harto y necesito... Ana...”

¡¡Y me beso!! ¡¡Arturo me beso!!...o sea que el de las notas era él!!!

Comencé a separar las piernas lentamente. Estaba tan excitada que me daba igual estar en un colegio público. Quería ser follada por ese hombre. Sentí mis pezones hinchados y deseosos de ser succionados, y eso me hizo estremecer. Arturo, aún besándome y a ciegas, buscó con su mano mi sexo, que empezó a acariciar por encima de la tela el pantalón. En ese momento supe que no podría detenerme. Metí mi mano derecha entre mis piernas y comencé a acariciarme el vello púbico, tratando de abrirle camino a la mano de Arturo mientras la izquierda subía y bajaba por mis pechos. Había olvidado por completo a mis alumnos… En ese momento yo solo era una hembra en celo esperando el momento en que aquel macho se decidiera a hacerme suya.

Empezó a meterme la lengua en la boca y yo le respondí enseguida besando su cuello y su oreja, y metiendo mi lengua en ella. Entonces él comenzó a desabrochar mi blusa y a quitarme el sujetador. Yo también le quité la camiseta, y para ello tuvimos que separarnos unos instantes, a fin que sacársela por la cabeza un poco aparatosamente, lo que nos hizo reír, liberando un poco la tensión. De repente había desaparecido nuestro distanciamiento y respeto profesional...

Entonces Arturo me cogió la mano y la condujo hacía su pene mientras que la suya acariciaba mi latente sexo, que seguía aprisionado en mis vaqueros. Yo saqué a duras penas su verga y me asombré ante semejante tamaño: ¡¡¡ en mi vida había visto y mucho menos tocado una polla de ese calibre!!!. Acto seguido, me empezó a masturbar. Me estremecí de placer, notando cómo se arqueaba mi cuerpo cuando aceleró el movimiento de meter y sacar su dedo en mi coño, completamente mojado ya por sus jugos, hasta que me corrí con un débil gemido...

Después me deslicé por el sofá, un poco atontada por la sensación y tomé entre mis dedos su glande, sintiendo su suavidad, solo deslizando mis dedos sobre aquella cabecita. Las manos de Arturo se posaron sobre mi cabello, acariciándolo suavemente, como dándome a entender que era yo quien tenía el control.
“Me excita mucho cuando una mujer sabe lo que quiere y lo que le gusta y sabe apreciarlo” – me susurró al oído.

Yo no le quitaba la vista a su pene, sentí verdadera adoración hacia aquel apéndice.
Luego me lo metí lentamente en la boca, pasando mi lengua por el glande y por su diámetro, y comencé a mover lenta y rítmicamente su prepucio hacia adelante y hacia atrás, sintiéndolo crecer dentro de mi boca, su textura, su calor, su suavidad y su continuo crecimiento... Arturo comenzó a gemir y eso me excitó más todavía, noté cómo él cerraba los puños, cogiéndome entre sus dedos mechones de pelo, y supe que le estaba gustando, así que lo hice más rápido... pero paré pronto, porque deseaba descubrir los entresijos de aquel pene, recorrer hasta su último rinconcito con mis labios.
Así que mientras con mis labios acompasaba el movimiento del prepucio ocultando y mostrando la cabeza de su erecto pene dentro de mi boca, con una mano le acariciaba los testículos muy muy suavemente. Me gustó tanto su forma, que me saqué el pene de la boca durante unos segundos para poder meterme los testículos en la boca, sentir su forma ovalada entre mis dientes, juguetear un poco con ellos masajeandolos con mi lengua, llenandome la boca con sus huevos.
Después volví a mi tarea con su verga, sacandola y metiendomela y sintiendo su prepucio. Mi mano regresó a los testículos, abarcándolos, deslizando la mano desde la base del pene, haciendo contacto con toda la palma y recorriéndolo por debajo, en su raíz hasta llegar a la parte más baja de los testículos, frótalos en movimientos redondos por debajo de ellos iniciando desde allí hasta terminar lo más profundo que puede hasta tocar el inicio de las nalgas.
Comencé despacio, suave pero pronto mis caricias se convirtieron en intensas y rápidas.

Su calor me llegaba a través de mis labios e hizo que mi ardor se incrementara cuando lo besé por toda la polla, desde la cabeza hasta la base, y sentí su vello púbico haciendome cosquillas en la nariz, conteniendo mis ganas de morderle la pelvis...y sus testículos ardían, estaban muy calientes, más incluso que el pene.

Entonces Arturo me dijo que parara porque si no se correría. Nos miramos y nos sobraron las palabras. Nos vestimos lo más rapidamente que pudimos y salimos del recinto del instituto, casi corriendo a su coche, y nos dirigimos hacia su casa, que estaba dentro de la ciudad, mucho mas cerca que la mía.

Y menos mal que era soltero y que vivía solo. No salimos de su casa durante 2 días completos, dándonos de baja en el instituto “por enfermedad”... pero mereció la pena. FOTOS

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