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Bus Stop, la Parada de Autobus

La rubia platino, ceñida hasta el ahogo, aplasta la colilla con el altísimo tacón de su zapatito rojo, casi de miniatura, un poco desgastado por el uso frecuente. Sus ojos, algo miopes, son bellísimos, aunque excesivamente maquillados, con pegotes de ritmel que hacen que sus párpados pesen más, incitándola al sueño. Su pequeña nariz respingona, casi de niña, adorna unos labios gordezuelos y sensuales. Saca un pequeño espejito y se retoca, entornando mucho los ojos, con el lápiz de labios, reparando los estragos producidos en la pintura por la felación que – hace apenas unos minutos – realizó a su novio. Tras ella, en la parada del autobús, espera un joven oficinista, con cara de cansado tras la dura jornada. Ella siente sobre sus nalgas, sobre toda su figura, la mirada apreciativa del hombre. Coqueta irredenta, no puede resistir el reflejo de alisarse unas arrugas en su estrechísima falda de punto, abotonada por detrás con pequeños botones de nácar.

La rubia, de repente, siente una comenzón en su vagina. Una picor insufrible en la parte externa de los labios , que la obligan – sin poderlo evitar – a rascarse con frenesí usando sus larguísimas uñas lacadas en rojo sangre. Sus dedos se incrustan sobre el vestido, a la par que junta sus muslos ( que se adivinan mórbidos bajo el vestido ) tratando de friccionarlos entre sí, para apaciguar mínimamente el ardor picante de su conchita. Al hacerlo, inclina el busto hacia delante, quedando el vestido totalmente estirado contra sus nalgas, que se alzan – rotundas – contra la bragueta del oficinista. Este, pillado de improviso por el movimiento, tarda unos segundos en reaccionar, por lo que, durante unos instantes, su bajo vientre está en contacto con la hendidura del trasero femenino, hasta que él, con un supremo esfuerzo, se aparta galantemente. La rubia, con los ardores calmados momentáneamente, vuelve a su posición original, arreglando de paso su prominente busto que – con toda la agitación se ha desbordado por su gran escote.

Se oye un sordo chasquido y, acto seguido, la media de seda negra de su pierna izquierda , comienza a deslizarse muslo abajo, hasta quedar enrollada en su tobillo. Maldice con vocecita cansina y , levantando el pie izquierdo, lo apoya en una toma de agua que hay junto a ella, en la acera. Sin importarle en el sitio que está, levanta su vestido ( como puede ) hasta la ingle, y comienza a subirse la media sinuosamente por la pantorrilla y por el muslo. Al oficinista se le cae el cigarro de la boca al ver, a un metro escaso de él, el cuerpo inclinado de la hermosa hembra, que le muestra – sin darle importancia – la juntura de sus nalgas con los muslos. La ropa interior ( de satén blanco ) deja escapar unos mechones claros, pero que indican – con toda seguridad – que el color de pelo de la mujer no es el rubio natural. Se oyen unos frenazos en la calle: algún conductor ha mantenido la vista demasiado tiempo donde no debía, y el encontronazo con otro vehículo ha sido inevitable. La rubia, ajena totalmente al alboroto causado, sigue con su arreglo personal, intentando abrochar el liguero. Apretada entre sus pequeños dientes, asoma la punta de una lengua sonrosada y jugosa. Por fín queda la media sujeta en su posición original. La muchacha, aprovecha – unos segundos antes de bajarse la falda – para rascarse con disimulo, pero con gran tesón, la parte frontal de sus bragas. Un dedo armado con una larga uña roja, pasa los límites del satén y , en un visto y no visto, pasa de rascar los labios a acariciar el dormido clítoris , que despierta en un pis-pas a la llamada de su ama. Con la vagina latiéndole, la rubia baja su falda-tubo hasta donde la decencia al uso impone.

El oficinista, que no se ha perdido detalle de todo el proceso, la mira con las manos en los bolsillos, buscando mantener su erguido falo dentro de los límites del desbordado calzoncillo. Ahora , la chica se ha puesto de perfil, con la mano derecha sobre los ojos, formando visera, como mirando a lo lejos. El siente el cabeceo indomable en su entrepierna, y la visión en escorzo de los pechos de la chica no ayudan para apaciguarlo. Los pezones se marcan bajo el vestido, por lo que el joven casi está seguro de que ella no lleva sujetador. Aún así, las mamas están ingrávidas, levantadas, poderosas. Casi amenazando reventar las costuras que los sujetan. El joven no puede más y , aprovechando que no hay nadie más en la cola del autobús, se acerca en dos zancadas hasta ponerse en un rincón de la marquesina de espera. Simulando que lee los horarios, desabrocha su bragueta y saca su durísimo miembro al aire. Brinca de alegría la fierecilla y él le da unas cuantas palmadas sobre la cabecita. Lo invade tal sensación de lujuria que, jugándose el todo por el todo, llama a la chica ( ocultando con el sombrero su animal de compañía ) para que le interprete el jeroglífico de las rutas del bus.

Acude ella con pasitos cortos. Lo mira entre brumas y le agrada el rostro que ve. Ella es gata vieja ( a pesar de su juventud ) y se huele la tostada. El, humilde, le ruega que le aclare el maremágnum de horarios y de líneas, dejándole un espacio suficiente para que ella pase delante de él. Ella, simula – siguiéndole el juego – que recorre con el dedo la delgada línea roja que – supuestamente- corresponde al autobús que esperan. El oficinista acerca posiciones hasta que su falo se comprime contra el vestido de punto y su contenido. Nota la rubia – al instante – la presión masculina. No le desagrada en absoluto. Su estado de ánimo no quedó satisfecho esa tarde. El rufián de su novio – egoísta a tope – la expulsó a cajas destempladas en cuanto le dejó a ella la carga de su semen en la garganta. Y, si te he visto , no me acuerdo. Para ella ni una mala caricia, ni un cunnilingus, ni una mísera pajuela digital. Mucho menos una jodienda como Dios manda. Así que ella se la va ha dar con queso y le implantará – con la colaboración desinteresada del oficinista – una cornamenta digna de un reno de Santa Claus.

Esos son los pensamientos – arto libidinosos – de la pseudo Marilín. El chico sigue con sus frotamientos y ella teme, con razón, que se vaya antes de hora y solo le deje de recuerdo una mancha del estilo Mónica . Pone sus manos enlazadas por detrás, en posición de chica modosa estudiando un plano. Sus dedos no perden ripio y, mientras los de una mano entran en contacto con el obús enemigo ( en este caso, amigo ), los de la otra mano desabrochan con pericia sus botoncitos de nácar ( sólo unos cuantos ) para dejar al descubierto el ala trasera del campo de batalla. Irrumpe el ejército de tierra atravesando la alambrada, directo a la trinchera cubierta de matorrales. Ella ayuda incondicionalmente, apartando a derecha e izquierda lo que pueda retrasar la entrada del ariete en el castillo. Se inclina ligeramente, solo lo suficiente para que él, que la agarró fuertemente por la estrechísima cintura, intente meter de un empellón su poderosa arma. Pero yerra en su premura. Resbala el miembro baboso por la blanquísima nalga, dejándolo con la miel en la boca. Toma cartas en el asunto la ardiente rubia y , cazando al vuelo el grueso del ejército, lo conduce palmo a palmo, sin retroceder ni un ápice, hasta que traspasa el arco del triunfo. Se mezclan los suspiros de ambos , felices de haber encontrado la dirección correcta. Sus jadeos quedan disimulados con el ruido del tráfico, que no cesa. Bombardea el oficinista el territorio enemigo, que se rinde sin condiciones. La embarrada trinchera chapotea rítmicamente. La rubia, que tiene los deberes a mitad de hacer, aprovecha el combate para marcar el número de los aliados entre el fragor de las bombas. El muchacho, con el sombrero en el suelo, ha pasado de sujetar la cintura a agarrar los bamboleantes pechos, ayudándolos a que salgan por el escote. Tiemblan como grandes flanes, pero , a la vez, duros como piedras. El , retuerce las fresas de sus pezones. Ella, gira y gira su índice contra el clítoris, a la vez que rota sus caderas para notar el émbolo bien dentro de su maquinaria. Laza ella pequeños gritos al correrse con efecto retroactivo. El oficinista, conocedor de sus deberes, sabe que ella merece paga extra y , sin sacarla, sigue quemando con su lanzallamas tanto los matorrales como lo más hondo del túnel. Se transmuta el lanzallamas en manguera de bombero , y surge el chorro borboteante que apaga el fuego entre siseos. El orgasmo llama por segunda vez a la puerta de la rubia, y ésta lo saluda entre grandes reverencias. Se corren ambos a la vez . Ella, con las palmas de las manos apoyadas en el lateral de la marquesina. El, dándole los últimos pellizcos a los agradecidos pezones y ayudando a meter las dos bolsas de materia prima ( de primera calidad ) dentro del vestido. Restriega el muchacho su pubis contra el trasero femenino, dejándole bien dentro su descarga de adrenalina. Por el rabillo del ojo observa al autobús que ya llega. Saca al invitado que , remolón, quiere seguir en tan grata compañía . Ella abrocha su vestido. El , sube su bragueta, intentando no dejarse la piel en el intento. Recoge su sombrero del suelo y , caballeroso, presenta su brazo a la muchacha para que se apoye en él. El autobús tiene las puertas abiertas. Suben ambos en silencio, recogen sus billetes y , sin intercambiar palabra, van al fondo del autobús – vacío en aquellas horas – hasta que llegan al último rincón. Se miran a los ojos ( los de ella un tanto entornados ) y, de común acuerdo, comienzan a desabrocharse.

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