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Simplemente Grecia

 Cuando terminé la educación secundaria recibí la sorpresa de que mi record de estudiante me había permitido alcanzar una Beca de Estudios para seguir una carrera profesional en cualquier Universidad o Instituto Superior de mi país y fue así que acabe inscribiéndome en la mejor profesión que ser humano puede optar EDUCAR, si educar niños o como digo yo SER ARQUITECTO DE LA HUMANIDAD DE MAÑANA; pero bueno no pretendo aburrirlos con mi filosofía profesional que para eso no estoy aquí.

Fue de este modo que un sábado 14 de marzo de 1986 al medio día supe que mi expediente había alcanzado el puntaje requerido para ser admitido en el Instituto Superior Pedagógico más antiguo y prestigioso de mi lugar; así que después de algunos problemas administrativos que no vienen al caso detallar acabé asistiendo a mi primer día de clases un lunes 30 de junio, inolvidable para mi, pues, allí transcurrieron los mejores años de mi juventud.

En fin..., uno de los primeros cursos que recibí fue el de música y uno de mis favoritos, pues, gracias a él hice una audición que no sólo me permitió ingresar al Coro Polifónico del Instituto; sino, que además me abrió las puertas para conocer a muchas chicas, entre ellas a la bella Grecia.

Grecia estudiaba Educación Inicial y no sólo era el primer puesto de su especialidad, gracias a su indiscutible inteligencia y apego al estudio; sino, que además era muy hermosa. No recuerdo; por ejemplo, haber conocido a nadie mas con una cintura tan estrecha como la suya la que le permitía resaltar el resto de su armoniosa figura. Grecia era pequeña y delicada, dulce y tierna y con un par de teticas deliciosas y un potito que parecía modelado en porcelana fina; en resumen una beldad con apariencia infantil, muy distinta a mis anteriores pasiones.

Grecia no era una chica muy popular, procuraba pasar inadvertida y eso me fascinaba. Cantaba delante de nosotros, los tenores, ya que ella era soprano (ambas son tipos de voces en un coro), y eso me permitió acercarme a ella y ganarme su amistad de modo tal que antes de lo que esperaba, Grecia y yo, éramos amigos inseparables, pues, no sólo nos atrajimos desde un comienzo; sino que además teníamos gustos en común. Nos veían bailando, leyendo, cantando, pintando o simplemente conversando a toda hora; por ello, muchos nos consideraron enamorados antes de serlo realmente y despertamos algunos celos (de esto les escribiré después).

Recuerdo que fue para el verano del 88’ en que durante un paseo a la playa me decidí a besarla por primera vez. Sabía que yo le gustaba; sin embargo, el temor a ser rechazado rondaba mi cabeza y eso me hacía retardar ese primer paso; sin embargo fue en esa ocasión en la que al oírla responder a su amiga Rosita: “Es un quedado” cuando ella le comentó “¿Qué bonita parejita?, ¿Cuándo me invitan al matri? supe que el momento había llegado. Por ello, al llegar el ocaso me le acerqué decidido y estrechando su cintura le dije “No es que sea un quedado, lo que ocurre es que sé que al encender la pasión nadie nos parará” y ella acercándome sus labios añadió ”corro el riesgo” y luego de esto nos besamos con tanta pasión que parecía que en aquel beso se nos iba la vida.

Después de esa tarde nuestros besos apasionados se hicieron más intensos y pronto dieron paso a las caricias que terminaron por despertar la pasión acumulada y reprimida desde meses atrás; sin embargo, no todo fue erotismo; sino que además, nos permitió tener mas confianza. Y de ella aprendí mucho sobre las mujeres, pues, con mis “preguntas indiscretas” le saque valiosa información” que por caballerosidad y fidelidad a las mujeres en general no revelaré.

Me encantaba sentirla a mi lado y conversar fue así que aprendí mucho de ella y eso me ayudó a hacerla feliz mientras duro lo nuestro. Creo que todo hombre que desea hacer feliz a una mujer debe aprender a escucharla para saber que espera de la relación. Fue así que me enteré que sentía gran curiosidad por el sexo; pero, que tenía miedo preguntar porque había sido educada en un colegio de monjas en donde como es de suponerse el tema estaba prohibido.

Le di la confianza suficiente y poco a poco, no sólo se limitó a preguntar sino que empezó a coger mi cuerpo con mas confianza aunque a mí aún me limitaba diciéndome “tus manitas sólo tienen derecho de la cintura para arriba” y a pesar de que le obedecía aquella me tenía loco, pues, yo también quería sentir todo lo demás; por ello, he de confesar que en mas de una vez rompía con los límites impuestos; pero, yo necesitaba algo más y decidí hacérselo saber y aproveché un día en que salimos a una fiesta del instituto para decírselo; pero, ella lo tomó a la broma.

Para suerte mía durante ese baile, que fue el viernes 23 de septiembre de 1988 (Día de la Juventud), se dio un concurso de baile en donde el premio sería un secreto que sólo conocerían los ganadores. El concurso este lo organizaba el Consejo de Estudiantes así que todos supusimos que serían cervezas, preservativos o algo por el estilo; el hecho es que Grecia y yo no desperdiciaríamos la oportunidad y nos lanzamos a la pista de baile. El concurso tardó casi dos horas y aunque hubo muy buena competencia al final quedamos ganadores y debíamos acercarnos a recibir el premio que consistía en un sobre; por un momento pensamos que fuese dinero así que lo abrimos a un costado del escenario, lejos del resto y HO SORPRESA, era un vale para una suite matrimonial en un acogedor hotel de la ciudad. Ambos nos miramos sorprendidos; pero, luego al unísono nos mezclamos en una risa cómplice mientras ella guardaba el “premio” en uno de mis bolsillos; prometiendo ambos que no diríamos de que se trataba.

Al día siguiente fui a verla y la encontré muy emocionada y lo primero que hizo fue preguntarme qué haríamos con el premio, que ella no había dormido pensando en ello toda lo noche; entonces, le propuse ir para conocer de que se trataba y ella me pidió:” Pero...tu...me cuidaras”, “Claro, muñequita, te cuidaré”.

Nos encontramos en el lugar previsto y ella iba forrada hasta las orejas porque según dijo tenía mucho frío y debió ser porque hasta temblaba, aunque ahora pienso que mas que el frío estaba nerviosa.

Llegamos al lugar y de inmediato nos dieron la llave de la habitación 312. Subimos en silencio y al abrir la puerta nos encontramos con una preciosa recámara alfombrada y con la cama más grande que había visto jamás, un televisor con videograbadora y un par de cintas al costado; por entonces eso era un lujo; además, a los pocos minutos nos llevaron una champaña helada con dos copas. Parecía todo planificado pues el ambiente romántico y la pasión reprimida de dos jóvenes de 19 años no podían dar otro resultado que el que ustedes se imaginan.

Bebimos una sola copa de la champaña y comenzamos a besarnos como locos. Yo me sentía muy excitado y ella parecía arder en fiebre, la sentí descontrolada fuera de sí y entregada a la pasión y al deseo de sentirse mujer entre mis brazos.

Con una prisa desconcertante me desnudó torpemente y me prodigó toda clase de besos, caricias y toqueteos; que mas que nada reflejaban su ansiedad. Yo procuré mantener la calma y traté de gozar despojándola de sus prendas hasta encontrármela piel a piel.

Entonces ella pareció despertar de un sueño y dijo como horrorizada “Dios, que estoy haciendo” y cubriéndose como pudo se encerró a llorar en el baño. Yo estaba desesperado, como podrán imaginarse; pero, busque inútilmente volverla a la calma y acabe por alcanzarle su ropa y esperarla a que se vistiera. Cuando lo hizo salió disparada y me dejó solo. Desde ese día no me dejó verla ni siquiera hablarle por mas de un mes; hasta que me armé de valor y la esperé a que saliera sola de su casa y la encaré; entonces, me confesó que no estaba molesta sino avergonzada por la manera en que se comportó y porque la ví desnuda y asustada porque según dijo los chicos siempre cuentan sus aventuras a sus amigos y ella suponía que medio instituto sabía lo que hizo. Yo la calmé y le hice ver que no debía sentirse así y aunque me costó trabajo lo logré y le demostré que podía confiar en mí.

Esperé que olvidase el asunto y un día mientras escuchábamos la canción La Cima del Cielo de Ricardo Montaner, volví a besarla con tanta ternura que alcancé a oírle un gemido y me arriesgué a decirle “Te amo... y te deseo” y ella respondió “Yo también”. Eso me sonó a música celestial y le dije “Me dejarías saciar tu deseo” y ella respondió “Creo que sí, si”. Encendí mi auto y me dirigí al mismo hotel y pedí la misma habitación. Ella estaba muy nerviosa y traté de darle confianza y seguridad. En verdad la amaba y no haría nada que la dañase.

Comencé a besarla con ternura y ella poco a poco me fue correspondiendo. Me detuve para preguntarle si quería decirme algo y me interrogó:
¿Dime lo vamos a hacer?
Sólo si tu lo quieres
Me da miedo, Martín
Yo le cogí sus manos y continué:
Y por qué tienes miedo
Ay por que ... tu sabes ...nunca lo he hecho
Pues...lo harás con el mejor

Y empecé a besarla; pero, ella me detuvo y preguntó:
Explícame ¿Cómo lo vamos a hacer?
Ay niña no te lo explicó tu mami? ...y reí
Ya pues
Es que no se que decirte
Ay, Martín, es que ese día lo vi muy ...
¿Qué?
Ay mi amor, me da vergüenza
Te ayudo. Muy...feo
No
¿Muy bonito?
Tampoco, payaso
A ver ya en serio...¿De qué estamos hablando?
De eso (señalando)
De la cama, de mi pantalón, de...
DE TU PENE
Jajaja

Ella estaba rojísima y empezó a golpearme porque yo no paraba de reír hasta que la besé y con sus ojos cerrados me pidió:
Que no me duela mucho ¿Ya?
Te lo prometo.
Mis manos perecían tener magia, pues, la despojé de sus prendas sin que lo notara y sin importar a donde la tocara los gemidos brotaban de sus labios cada vez con más ardor. Cuando la tuve desnuda bajo de mí la sentí temblar y me susurró:
Despacito, porfi, despacito
Y sin mayos problemas penetre en aquel cuerpo menudito con el que tantas veces soñé

De ella apenas si percibí un leve quejido cuando mi endurecido y erguido pene invadió sus entrañas, humedecidas por el placer que le prodigaba, para romper el sello que garantizaba su inmaculada condición de mujer virgen aún.

El estar dentro de ella me resultaba increíble. Después de dos años en los que la amistad había dado paso al amor y después de dos meses en que creí perderla, ahora estaba dentro de ella sintiendo como sus entrañas oprimían mi pene obligándolo a eyacular. Ella gemía incoherencias, fruto del placer; mientras que yo incapaz de soportar tanto placer por mas tiempo vacié toda mi láctea masculinidad en lo más profundo de su cuerpo provocándole un orgasmo tan intenso y sublime que quedó exhausta en el lecho en el que había pasado de niña a mujer.

Yo semiconsciente me incorporé para descansar a su lado; pero, antes procuré grabar en mi mente aquella imagen que ningún otro hombre sobre la faz de la Tierra tendría de ella, sí nadie mas que yo. Grecia yacía aún con sus piernitas entreabiertas mientras que de su conchita recién estrenada por mí brotaba ya mi semen enrojecido por la sangre de su himen perforado minutos atrás.

Grecia sería mía unas pocas veces más porque en las siguientes semanas conoció a un médico que la deslumbró cuando yo conseguía el amor de otra mujer.

A pesar de los años nuestra amistad no ha terminado yo la veo muy seguido; pero, por respeto a su matrimonio y al mío sólo me limito a saludarla.

Un beso a tu recuerdo mi querida Grecia y al de los mas de quince mil lectores que me honran con su lectura y con sus amables comentarios.

Soy Martín Gonzáles y me encuentran en
Suertudo77@hotmail.com FOTOS

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