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Vicio, Orgia y Deshonor en el Campamento

De muy joven yo vivía en Colombia y me convocaron para prestación militar, que no se si todavía se hace o ahora es ejército profesional como en España. Me incorporé a filas bastante asustado, porque la lucha contra las guerrillas y los narcos estaba en un momento terrible. Entré en septiembre en el campamento, hacía frío y mucha humedad. Mi depresión era de órdago. Por entonces yo era todavía un homosexual tímido y reprimido, enamoradizo, que me quedaba embobado ante mis compañeros “cachas” y que estaba enrollado con un vecino bisexual que me utilizaba para desahogar sus calentones con las chicas. Recuerdo mi miedo el primer día en el campamento, cuando nos llevaron a revisión médica, desfilando todos desnudos antes los oficiales médicos, que nos hacían enseñarles los huevos para comprobar que estábamos completos. Los chicos reían, desenfadados, mientras yo tenía que hacer un esfuerzo enorme para no mirar con ansia tantos cuerpos desnudos, algunos fantásticos. Mi pene es normalito tirando a pequeño, muy pequeño cuando está flácido, pero llega a los catorce o quince centímetros empalmado. A mi alrededor veía penes mucho más largos y gruesos, incluso algunos enormes y sentía en mis ingles un cosquilleo de excitación, por más que procuraba pensar en otras cosas para no empalmarme.

No soy guapo, pero tenía ya un cuerpo bonito, delgado, prácticamente sin vello, y además me quitaba el poco que me salía. La escasez de mi barba me permitía no afeitarme tres o cuatro días sin que apenas se notara. La cintura muy marcada, el vientre plano, los muslos largos y bien torneados, los pies pequeños y un trasero de nalgas redondas y bien levantadas hacían que me quedasen guapas las ropas femeninas. Pero lo más sexy de mi cuerpo desnudo eran ya entonces mis pechos, muy marcados, carnosos, terminados en pezones gruesos que se ponían tiesos con facilidad, y que, cuando me ponía un sostén con relleno marcaban mucho el canalillo y bajo el top parecían pequeñas tetas de mujer.

Mi nerviosismo aumentó cuando me di cuenta de que el cabo de mi compañía, un tipo muy alto, musculoso, de rasgos viriles y duros, me miraba con curiosidad de arriba abajo. Mi media melena, que todavía no me habían rapado, daba mucho cante con mi cuerpo desnudo. Pasé el angustioso trámite de la revisión médica, nos llevaron a recoger la ropa de uniforme y finalmente al barracón de la compañía, un enorme edificio rectangular de dos plantas. En la inferior estaban primero los lavabos y a continuación el dormitorio, una nave donde las literas de dos plazas se alineaban a ambos lados de un pasillo central. Sesenta literas a cada lado para dos centenares de reclutas y una veintena de “veteranos”. En la planta de arriba estaban las habitaciones del oficial y el sargento de guardia, el cabo, el almacén, los despachos del capitán y los oficiales y una especie de amplia sala para reuniones.

Un rato después estábamos todos formados delante del barracón de la compañía, recibiendo instrucciones del capitán. Luego, el sargento nos ordenó cambiarnos a pantalón corto y camiseta para ir a las duchas, una nave situada al final de los barracones de las compañías. Formados y a paso rápido fuimos a las duchas. El cabo ordenó a otro recluta y a mí que saliéramos de filas y nos hiciéramos cargo de entregar y recoger las toallas a los demás. Las toallas estaban en grandes pilas sobre un mostrador a la puerta de las duchas, y luego teníamos que recogerlas en unos grandes cestos para llevar a lavandería. Me di cuenta enseguida que el otro recluta era muy parecido físicamente a mí, también delgado y lampiño, de trasero levantado, pero más guapo y rubio, yo soy moreno. Durante un buen rato estuvimos allí, a la puerta de las duchas, entregando y recogiendo toallas. Yo tenía un auténtico calentón, de ver tantos cuerpos de chicos musculosos, fuertes y bien dotados, pero procuraba disimularlo lo mejor que podía. En cambio, el otro chico no parecía interesado ni inquieto. Acabamos de recoger las últimas toallas y oímos que, fuera del barracón, nuestros compañeros formaban y se ponían en marcha de regreso a la compañía. Dentro de la nave de duchas solo quedábamos cinco veteranos y nosotros, sin saber qué teníamos que hacer.

Me di cuenta que los veteranos nos miraban con cierto cachondeo. El cabo primera volvió a entrar y nos gritó: “Venga, ustedes dos, a las duchas”. El otro chico y yo nos desnudamos, cogimos unas toallas y pasamos a las duchas. Era un espacio grande, con veinte duchas corridas a cada lado, sin mamparas entre ellas. El otro chico y yo nos pusimos a la izquierda, bajo dos duchas separadas. Sin quitarse los pantalones cortos y las camisetas, el cabo primera y los veteranos pasaron detrás de nosotros y se agruparon a la derecha.

- Eh, tú –dijo uno de los veteranos al otro chico–, no te separes tanto. Coge una pastilla de jabón y enjabona bien a esta nenaza.

El rubio se puso colorado como un tomate, mientras los veteranos y el cabo primera reían alegremente.

- ¿Qué pasa? ¿Es que no te gusta la nenaza o tienes miedo de no poder aguantarte por lo buena que está? –dijo, entre risas, otro de los veteranos.

Yo no sabía que hacer. Los pezones se me habían puesto tiesos y notaba un hormigueo entre las nalgas y la parte interior de los muslos. El chico rubio me miró indeciso y decidió que lo que más le convenía era unirse a la diversión de los veteranos. Puso cara de desenfado, soltó unas risas de circunstancias, cogió una pastilla de jabón y se acercó. Como si se tratase de una broma, abrió el agua caliente para que cayera sobre mi y empezó a enjabonarme, mientras los otros le animaban: “Límpiale bien el coño que tiene entre las nalgas”, “Mira lo cachonda que se pone la nenaza”, “A ver esas tetas”... y cosas así. El rubio pasaba el jabón por todo mi cuerpo y yo me puse a mil, noté que se me hacía el culo gaseosa y cuando frotó mis pechos y mis pezones todo mi cuerpo estaba ya vibrando de placer, el vientre, los muslos... Pasó la pastilla de jabón entre mis nalgas, presionando sobre el agujero y no pude evitar un gemido de placer. Los otros reían cada vez más divertidos.

El pene del chico rubio empezó a empinarse. Se estaba poniendo caliente y los veteranos lo notaron. “¡Vaya, parece que le gusta la nenaza!”. Más risas y uno de los veteranos me ordenó entonces ponerme de rodillas. “Venga, golfa, mire que polla más rica tiene el chico, hágale una buena mamada”. Sin cerrar la ducha, con el agua caliente cayendo sobre nosotros, me puse de rodillas e introduje en mi boca el pene del rubio, que se puso completamente duro. Empecé a lamerlo con la lengua y succionarlo con los labios. El rubio, ya totalmente excitado, me cogió la cabeza y empujó mi cara contra su pubis, de forma que el pene entraba en mi garganta, y empezó a follarme la boca como si fuera un coño, mientras los veteranos le animaban con frases procaces. No tardó mucho en correrse y yo tragué con intenso placer sus chorros de semen, limpiando luego cuidadosamente su pene con la lengua.

Pensaba que todo había terminado, pero no había hecho más que empezar. El cabo nos dejó con los veteranos. “Eh, estos los devuelven antes de las nueve a la compañía, para que formen en filas, que no quiero problemas”, y se fue. Los cinco veteranos se desnudaron por completo y durante casi dos horas se dieron la gran fiesta con nosotros. El chico rubio, que nunca le habían follado, al principio intentó resistirse, pero uno de los veteranos le abofeteó y le penetró con rudeza. Por los gritos del chico, fue una auténtica violación. Pero después ya se dejó hacer de todo como yo. Nos follaron en todas las posturas, por la boca y por el culo. Cuando terminaron, habíamos tragado semen hasta cansarnos y a los dos nos escurría el semen desde el culo por entre las nalgas y los muslos. Nos duchamos, nos pusimos los pantalones cortos y las camisetas y volvimos todos a la compañía.

Ese fue el comienzo. El chico rubio y yo nos convertimos en auténticas putas de los veteranos y también tuvimos que dar algún que otro servicio al cabo. Pero lo más intenso llegó un par de semanas después. Una tarde, oímos que el cabo decía a los veteranos que esa noche íbamos a estar solos en el barracón, porque el capitán, los oficiales y el sargento iban a una reunión en otro campamento y se quedaban a dormir allí. El rubio y yo no sabíamos lo que preparaban los veteranos, pero algo preparaban, porque estuvieron toda la tarde yendo y viniendo, trajeron montones de botellas de ron y refrescos de la cantina y lo apilaron todo en el salón de la planta superior, donde colocaron, en el centro, dos mesas grandes de madera que subieron del almacén. Luego, les vimos hablando, con grandes risas, con grupos de reclutas.

A eso de la diez de la noche, el barracón entró en frenética actividad. El cabo nos ordenó al rubio y a mí que subiéramos del almacén dos colchonetas de las mayores y las pusiéramos sobre las mesas de madera que estaban en el centro del salón. Los reclutas empezaron a subir en grupos, hasta que el salón quedó abarrotado de chicos bebiendo grandes vasos de ron y refrescos. Uno de los veteranos nos llevó al rubio y a mí al cuarto del cabo y allí nos encontramos sobre la cama ropas de mujer que nos hizo ponernos. Pequeños tangas de encaje, rojo para mí y negro para el rubio. Un sostén con relleno, también de encaje rojo para mí. Y para los dos, ligueros, medias, zapatos de tacones, pelucas rubias de largos rizos, y un montón de quincalla: pendientes, collares, pulseras... Yo me puse todo con facilidad, porque ya estaba acostumbrado a usarlo, pero el chico rubio estaba asustado, incómodo y lloroso, nunca se había vestido de mujer y ni siquiera sabía andar con tacones.

Así vestidos entramos con el veterano en el salón, entre risas, aplausos y frases calientes de todos, ya más que alegres con el exceso de ron. Nos hicieron subir cada uno a una mesa para quedar bien a la vista y el rubio casi se da un trastazo por los tacones. Le dejaron quitárselos y yo seguí con ellos puestos, y con el sostén que me hacía aparecer con tetas de mujer. Uno de los veteranos nos ordenó mover las caderas y acompañó la orden con algunos fustazos en las nalgas, propinados con una fusta de montar. A partir de ahí la fiesta fue una locura, y pronto no quedaron más que pingajos de las ropas femeninas. Los chicos iban subiendo a las meses y unos nos metían las pollas en la boca para mamárselas, y otros nos follaban como les apetecía, poniéndonos a cuatro patas con el culo en pompa o boca arriba con las piernas levantadas y separadas. A veces había uno follándome la boca y otro el culo, mientras me hacían meneárselas a otros dos, uno con cada mano. Muchos se excitaban dándonos fustazos y pronto tuvimos las nalgas, el vientre y los muslos cruzados de señales de los golpes de fusta. Por entonces no había empezado lo del sida, y todos nos follaban a pelo. No dejábamos de tragar semen por la boca y de recibir los chorros en los intestinos. Teníamos los cuerpos también embadurnados de chorros y chorros de semen. La orgía se prolongó hasta las ocho de la mañana.

Al día siguiente, de vuelta los oficiales, alguien dio el chivatazo de lo sucedido. El capitán montó en cólera como nunca le habíamos visto y nos llamó al rubio y a mí a su despacho, donde le acompañaban varios oficiales, también enfurecidos. Nos hizo confesarlo todo de principio a fin, mientras un sargento lo trascribía a máquina. Fueron ocho folios de minuciosa declaración que nos hizo firmar página por página, para comunicarnos a continuación que estábamos expulsados del ejército con el máximo deshonor y que lo sucedido se comunicaría a la policía para que constase en nuestros antecedentes. “¡Recojan sus cosas y váyanse de aquí, y den gracias que no les haga fusilar!”, fueron sus últimas palabras.

Más adelante supimos que el cabo y los cinco veteranos habían sido enviados a una prisión militar y que la compañía, sin más instrucción, fue destinada a una de las zonas más peligrosas de la guerrilla. El guapo rubio, que era el que peor parte había llevado de todo, porque ni siquiera era homosexual cuando ingresó al ejército, no pudo soportar el miedo a cuando su familia supiese lo sucedido y huyó a Chile, donde me he enterado que rehizo su vida, se casó y no quiere ni recordar aquello, tanto que desde hace años rompió cualquier contacto conmigo. Me marché a Miami, donde me cogió un tipo rico, que se dedica a negocios con Colombia. En apariencia era un secretario, pero en realidad mi trabajo era el de puta disponible a todas horas, para él y para sus amigos. Me hizo ponerme hormonas, así que conservo mi pene, pero mis tetas han crecido y son ya rotundamente de mujer, igual que las nalgas, las caderas y los muslos. Cuando se cansó de follarme, cogió otro chico y me despidió. Así que ahora trabajo por mi cuenta, me contratan para fiestas y hago de homosexual pasivo y de travesti en muchos reportajes gráficos y vídeos porno. A veces pienso que aquella noche de orgía sí que hubiera sido una película porno de éxito.


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