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Mi Primo y su Traicion

 Se podía amar más a alguien? – me pregunté por enésima vez, mientras paraba las nalgas, permitiendo que Roger lamiera mi culito con mayor comodidad.


Anda – alentó mi primo – y decías que no tenías ganas – escuché su voz distorsionada, que parecía salir de entre mis nalgas.


Me reí como un tonto, con la simpleza que solo a los doce años solemos tener.


Nunca dije que no tuviera ganas – le contesté provocador, asomando la cara debajo de la almohada y mi amado primo, lengua húmeda, mirada amorosa arremetió con fuerza en el mismo centro mojado y rabioso de donde parecía provenir todo mi placer, aunque bien sabía que mas provenía del ardoroso cariño que le tenía.


Roger salió a respirar, como si lamerme el ano le hubiera consumido todo el aire, lo que me provocó más ganas de reír. Sus brillantes ojos azules sólo incrementaron el delicioso placer de sentirlo entre mis piernas.


Te quiero dentro – le susurré a sus pupilas, a sus mejillas filosas, a su humedecido mentón.


La puerta se abrió tras un rapidísimo toquido que apenas nos dio tiempo para cubrir nuestra culpable desnudez entre el lío de sábanas.


Saben que no deben demorarse – dijo adusto Mr. Quimby, nuestro estirado mayordomo desde el portal – es sábado y me permito recordarles que su señor padre les espera en la biblioteca en punto de las diez.


Si algo percibió, mucho se cuidó de hacer el menor comentario. Si acaso, la atractiva pero fruncida boca pareció apretársele un poco más, y más rígido que un palo abandonó la recámara tras el inconveniente y rápido anuncio.


Me temo que tendremos que continuar mas tarde – dijo Roger saliendo de entre las sábanas para darme un rápido beso en la boca, nada apropiado entre primos, pero absolutamente delicioso.


Le miré ponerse el pijama, y le odié por cubrir semejante hermosura con la basta tela. Tenía 14 años, dos mas que yo, y aunque la diferencia en edades fuera poca su desarrollo físico era mucho mayor que el mío. De repente me sentí abochornado, por tener el pecho flaco, por mis piernas largas y me escaso vello púbico. Roger, por el contrario podía presumir orgulloso la abundante mata rubia que coronaba su hermosa verga, evidentemente más gruesa y más larga que la mía.


No piensas salir de la cama? – preguntó interrumpiendo mi arrobada observación.

Ya voy – dije con un mohín de flojera.

Mi tío suele desesperarse rápidamente – me recordó – aún cuando se trate de un simple día de campo.

No tienes que recordármelo, conozco perfectamente a mi padre – dije saliendo finalmente de la cama.


Roger no resistió verme completamente desnudo y no acercarse. La luz del sol se filtraba por una rendija de las cortinas, iluminando mi pálida piel, lechosa y todavía tibia de sus caricias.


Eres un niño muy hermoso – dijo abrazándome, y yo sólo me dejé llevar por la increíble sensación de sentir que el ser amado también gusta de ti.


Finalmente me cambié y bajamos corriendo las escaleras. Mi padre daba las últimas instrucciones. Mi madre y mi hermana estaban ya en uno de los carruajes que las sirvientas habían cargado ya con todas las provisiones. Roger y yo peleamos por subirnos en el pescante y manejar los caballos, pero mi padre puso fin a la discusión entregando las riendas al encargado y entre risas y empujones terminamos sentándonos uno junto al otro. Mi padre se sentó frente a nosotros y abriendo su periódico nos pidió silencio al tiempo que nos poníamos en movimiento.


Roger pegó sus muslos a los míos. Era un viejo juego entre nosotros. Intimo y privado. Se trataba de provocarnos mutuamente sin que nadie se diera cuenta, y el que se mostrara más atrevido provocando al otro era el ganador. Esta vez el peligro era doblemente excitante, pues mi padre estaba frente a nosotros, y bien sabíamos que de ser descubiertos nos arriesgábamos a un severo castigo.


Roger se tocó el paquete, jalando mi mirada a su regazo inevitablemente. Me excitaba mucho ver cómo su pequeño bulto iba creciendo poco a poco. Me toqué el mío también, cuidándome mucho de hacer el menor ruido. Los ojos de Roger me devoraban también, y nos sonreímos mutuamente, cómplices y excitados. Mi padre carraspeó entonces, dándole la vuelta a la hoja, acomodándose en el asiento. Como un imán, ambos miramos hacia su entrepierna, de pronto brutalmente revelada por los claros pantalones de lino blanco que si bien de pie eran bastante holgados, al sentarse se pegaban a su cuerpo, dibujando perfectamente el contorno de su sexo.


Los ojos de Roger además de azules eran bastante expresivos. Casi pude leer en ellos sus pensamientos. La idea de que pudiera estar imaginándose el sexo de mi padre me excito más todavía. También yo traté de imaginar su grueso pene dormido y aprisionado por el fresco lino. Al igual que él, traté de imaginar el olor que tendrían sus gordos y rubios testículos bajo su prisión de tela. Traté de imaginar su ropa interior y la pelambrera rubia que seguramente coronaba su sexo. Seguramente mi primo leía igual mis pensamientos. Me hizo una seña con las manos, tratando de decirme lo grande que estimaba era la verga de mi padre. Le hice una ligera corrección, separando sus manos un poco más, mostrándole la largura imaginada por mí. Nos reímos excitados y mi padre bajó el periódico para que pudiéramos notar su furibunda mirada. El jueguito debía terminar, o al menos aplazarse por el momento.


Apenas llegamos al claro donde mi padre había decidido pasar el día de campo Roger saltó el primero que todos, y lo seguí como rayo.


Te lo imaginas? – preguntó todavía resollando después de la rápida carrera.

Enorme – dije también jadeando, sabiendo perfectamente a qué se refería.

Lo que daría por verlo! – concluyó con la mirada perdida en el follaje, y sentí celos de su anhelosa curiosidad por un sexo que no fuera el mío.


Como si lo intuyera me abrazó, pero me soltó rápidamente porque mi hermana se aproximaba con los aros invitándonos a jugar con ella. De pronto éramos niños nuevamente. Primos rivales compitiendo por una pelota. Hermanos casi. Amantes luego.


La mañana hermosa y cálida nos empujó por las suaves laderas mientras los mayores montaban una pequeña carpa donde mi madre resguardaría su blanca piel del sol y mi padre refrescaría con sodas el calor que su elegante vestimenta le provocaba. Los niños éramos niños, podíamos quitarnos los zapatos y enjuagar los pies en el arroyo, sin importar que las lujosas calzas quedaran pronto empapadas.


Vengan a comer! – llamó la nana, y mi hermanita largó los aros en la orilla del arroyo, donde la corriente rápidamente los atrapó. Chilló ella entonces como puerco en el matadero, con tal angustia que mi padre llegó corriendo desde su cómodo descanso y mi madre preocupada se acercó también rápidamente.

No es nada – los tranquilicé, corriendo ya por la orilla para el rescate de los aros.

Déjame a mí – advirtió mi padre – puede ser peligroso.


Se quitó los zapatos y trató de vadear la orilla y justo cuando casi alcanzaba los infortunados aros, resbaló sobre la piedra y cayó de nalgas sobre el agua fría. Guardamos todos un repentino silencio, pero la risa terminó ganado la batalla y hasta mi padre, furibundo en un principio terminó riendo con todos los demás. Salió del agua y sentí la mirada atenta de Roger sobre mi padre, descubriendo inmediatamente el porqué. El blanco lino, tan fresco y elegante, se pegaba ahora húmedo al cuerpo de mi padre como una segunda piel. Las mujeres, pudorosas y educadas se marcharon, dejando a los caballeros lidiar con aquel repentino problema.


Me temo que tendré que secarme al sol – determinó mi padre resignado.


Roger y yo le vimos venir hacia nosotros. El bulto de su entrepierna era un mapa perfecto de todas sus redondeces y protuberancias. Alcanzamos a distinguir, excitados y nerviosos, hasta la línea perfecta de su glande, por no hablar de la reveladora redondez de sus testículos.


Será mejor que me aleje un poco y me quite esta ropa mojada – dijo entre dientes – de esa forma se secará más rápido.


Le vimos partir hacia el amparo de unos matorrales. De piedra, mi primo y yo vimos su firme trasero y los delineados muslos desde atrás.


Dime que no es un sueño hecho realidad – dijo mi primo sobándose la verga, evidentemente erecta bajo los pantalones.


Yo estaba en el mismo estado, y como siempre, mi primo reaccionó primero.


Vamos a espiarlo – sugirió sigiloso buscando ya como rodear los arbustos para no ser descubiertos. Temeroso, pero más excitado que nunca, le seguí en la búsqueda. Unos metros después, y arrastrándonos sobre el suave césped encontramos el lugar perfecto. Mi padre, a escasos metros, batallaba con la botonadura de su chaqueta y tras ponerla sobre un arbusto procedía a quitarse los pantalones. Roger y yo contuvimos el aliento.


Como el esperado telón en su tercera llamada, los blancos pantalones cayeron al piso. Las fuertes y bien delineadas piernas de mi padre, desnudas y al sol me llenaron de un inexplicable gozo. El claro vello que las cubría parecía refulgir suavemente. La mano de Roger tocó la mía y se la apreté suavemente. Ajeno a nuestras miradas, mi padre giró frente a nosotros, tal vez buscando que el calor del sol le secara mejor la ropa, pero a mí me pareció que miraba hacia nosotros, como si el aire le llevara nuestro delator aroma.


Tranquilo, bebé – me susurró Roger apaciguando mis ganas de salir corriendo – no puede vernos.


Y seguramente tenía razón, pues mi padre terminó recostándose en la hierba, con las piernas abiertas, dejándonos ver la pelusa amarilla que le cubría el ombligo, el pecho fuerte, también peludo, y como dos botones marrones, las tetillas en medio, perdidas en aquel mar de suave vello.


Qué peludo está el tío – comentó Roger en mi oído, y deseé fervientemente crecer para tener también aquellos pelos cubriendo mi cuerpo y escuchar de su boca la misma admiración por mi persona.

Cállate – le susurré nervioso – no quiero que nos descubra.

Te imaginas cómo tendrá su culo? – contestó mi primo sin escucharme realmente.


Apenas comenzaba a imaginarme semejante cosa cuando los gritos de mi madre llamándonos a comer nos hizo escapar sin poder admirar más la desnudez regalada de mi padre. Corrimos hacia las voces antes de ser descubiertos, y poco después, todavía con la ropa húmeda mi padre se nos unía también. El paseo terminó poco después y apenas llegamos a la casa, Roger y yo corrimos a la recámara.


No aguanto más! – declaró mi primo arrancándose las ropas, mientras yo caía de rodillas, esperando con ansias su piel desnuda.


Su pene estaba erecto, perfecto y duro, y lo lamí goloso y excitado ya con tanta espera. Su glande era suave y chato, y adoraba juguetear con él en la boca todo el tiempo que me fuera posible, que en esta ocasión no fue tanto. Roger estaba sobre excitado por lo sucedido en el paseo, y rápidamente me quitó la ropa y se abalanzó sobre mis nalgas.


Te quiero coger inmediatamente – me dijo directo, como acostumbraba a hacerlo.


Mi placer era complacerlo en todo. Lo amaba y lo admiraba. Era como el hermano que nunca tuve, el amante perfecto, mi total adoración. Apenas un poco de saliva en el ano y ya lo tenía empujando rabioso por entrar. Jamás había sentido dolor, ni siquiera la primera vez que me había cogido y por el contrario, una sensación de llenura y de ternura, solía acompañar la vigorosa penetración de su verga en mi cuerpo, y esta vez fue doblemente placentera.


Tienes el culito tan apretado que creo que voy a venirme enseguida – comentó sobre mi espalda mientras yo arqueaba mi cuerpo para recibirle con mayor profundidad.


Comencé a masturbarme sintiendo su inminente venida y sus jadeos guiaron los míos y me llenó por dentro con su leche mientras la mía brotaba impetuosa entre mis dedos. Permanecimos en ese abrazo por unos minutos, escuchando nada más nuestros latidos ajetreados y fuera los perros ladrando a lo lejos.


Es una lástima que su señor padre no presenciara tan sublime ejecución – escuchamos la ronca voz de Mr. Quimby de repente.


Roger y yo saltamos asustados y sorprendidos. Habíamos cerrado la puerta con llave y el mayordomo jamás se hubiera atrevido a entrar sin tocar primero.


Estaba preparando el baño para su llegada – aclaró Mr. Quimby ante nuestro evidente desconcierto – cuando ustedes irrumpieron con tanta prisa para hacer - dudó unos segundos – sus cochinadas.


Roger y yo, aun desnudos, no alcanzábamos a comprender el terrible lío en el que estábamos metidos.


Prefiere el señorito Kevin que le informe a su padre inmediatamente o esperamos hasta la hora de la cena? – preguntó imperturbable el odioso mayordomo


Lo miré completamente incrédulo y agarrotado por el miedo.


No te atreverías – reaccionó Roger antes que yo – mi tío no dará crédito a tu historia.


Mr. Quimby sonrió ante la ingenua salida de mi primo.


El señorito Roger debería saber que llevo sirviendo a esta casa desde hace muchos años, y que gozo de la absoluta confianza del patrón. Yo que ustedes no me arriesgaría a poner eso en duda.

El tiene razón – dije mientras reparaba en mi desnudez y tomaba mi ropa de la cama.


El mayordomo me miró entonces con otro tipo de mirada. Una mirada que nunca le había visto antes.


Qué pides por tu silencio? – preguntó Roger, ya más tranquilo buscando una solución.


Mr. Quimby paseó por la habitación, como si evaluara su contenido, buscando algo lo suficientemente valioso en pago por su discreción. Después de una vuelta se detuvo frente a nosotros.


Quiero lo mismo que tú – dijo simplemente, y honestamente no entendí a qué se refería, aunque Roger seguramente sí porque lo empujó lejos de mí.

Estas loco? – le gritó – cómo te atreves a pensarlo siquiera?


Mr. Quimby dio la media vuelta hacia la salida.


En mis dependencias personales, a las diez en punto – se detuvo para mirarnos – o mañana mismo le informaré todo esto y con lujo de detalles al patrón – y se marchó.


La tarde cayó rápidamente y Roger se encargó de explicarme lo que el mayordomo quería. Lloré de rabia, me negué, discutimos las opciones, pero lentamente comprendimos que aquel callejón definitivamente no tenía otra salida. La casa se fue silenciando poco a poco, y las horas finalmente se agotaron. A las diez en punto, descalzos para no hacer ruido nos presentamos en la habitación de Mr. Quimby.


Sin el uniforme, el estirado mayordomo me pareció mucho más joven, o tal vez se debía a que estaba en su propia habitación y se sentía allí más relajado, o excitado, recordé de pronto, pero el caso es que se veía distinto. Calculé que andaría rondando los cuarenta y que nunca se había casado. Me di cuenta también que no llevaba el pelo engominado que siempre le había visto y por el contrario, tenía una suave melena castaña, por no hablar de la bata de dormir, entreabierta y reveladora, mostrando unos antebrazos morenos cubiertos de vello y un pecho peludo haciéndoles juego.


Adelante – invitó franqueándonos el paso mientras echaba una ojeada al oscuro pasillo, asegurándose que ninguno de los sirvientes nos viera entrar en sus habitaciones.


Roger y yo jamás habíamos entrado allí y observamos la simpleza y austeridad con que estaba amoblada. También observamos que Mr. Quimby se aflojaba un poco más la bata, y se recostaba en su cama, dejándonos parados y tiesos en el centro de la habitación.


No alarguemos lo inevitable – dijo rápidamente el mayordomo – quiero sexo y lo quiero ya. Desnúdense! – ordenó.


Como siempre, Roger reaccionó más rápido que yo. Comenzó a quitarse el pijama, y yo lo imité. En realidad no había mucho que quitar y en un par de minutos estábamos los dos completamente desnudos. Mr. Quimby nos devoraba con los ojos mientras se despojaba también de su bata, quedando entonces tan desnudo como nosotros. La sorpresa, a pesar de la incomodidad inicial, fue maravillosa. Aunque la situación no era precisamente deseada, de pronto tuvimos ante nuestros maravillados ojos el cuerpo de un adulto, perfectamente desarrollado y lo mejor de todo, a nuestra total disposición.


Vengan aquí – señaló Mr. Quimby su amplia cama, y uno de cada lado nos encaramamos aún con ciertos reductos de timidez.


Mr. Quimby permaneció quieto unos momentos. Miré su cuerpo moreno, su enorme verga erecta descansando dura sobre su abdomen, el enmarañado nido de rizos negros, el ombligo profundo, oculto entre el mar de vello, sus piernas largas, sus manos grandes. Manos que no pudieron seguir tan quietas y de pronto comenzaron a tocar mis tetillas sin que yo las invitara a hacerlo.


No – me quejé – creo que no quiero hacer esto.


Las manos se retiraron de mi cuerpo y cayeron insidiosas sobre el cuerpo de Roger. Aquellas manos toquetearon las tetillas de mi primo, viajaron silenciosas por el valle de su espalda. Aquellas odiosas manos se atrevieron a acariciar las bellas nalgas de mi primo. Ni a mi se me permitía semejante atrevimiento. Los celos eran un fuego devorándome por dentro. Cómo impedirlo?, cómo salvarlo?


Me lancé sobre la enorme verga morena, sin decidirme aún si hacerle daño o simplemente distraer su atención hacia mí. El tronco era grueso, tan grueso como mis muñecas, tan duro como mi enojo y simplemente lo engullí. Mi boca logró atraer su atención nuevamente a mi persona. Sentí sus manos en mi cabeza, guiándola firmemente a lo largo y ancho de su excitado miembro. Roger vino poco después en mi auxilio y comenzó a lamer también la dura espada, él desde abajo y yo desde arriba, encontrándonos en el centro, donde nuestras lenguas se tomaban un respiro para reconocerse y el beso robado en las propias narices del enemigo me supo más que a gloria.


Pronto llevamos a Mr. Quimby a un estado difícil de controlar. Sus piernas se tensaron y sus huevos se hincharon. Sus manos crispadas se alertaron en el último instante y alejó nuestras bocas hambrientas de su verga.


No chiquitines – dijo jadeando y apretando los dientes – no me harán perderme la mejor parte.


Ahora era un monstruo. El pelo revuelto, el pecho jadeante, la mirada de un poseso. Me tomó por la cintura y me acomodó en cuatro patas. Me abrió las nalgas con sus enormes manos y me llenó de saliva el ano. Roger se hizo simplemente a un lado, pero lejos de recriminárselo se lo agradecí. Bastante duro era mi predicamento como para todavía sufrir la tortura de tenerlo más cerca. Me consolé pensando que con esto le salvaba a él de sufrir la misma suerte.


Mr. Quimby enfiló su enorme verga a mi pequeño agujerito. Me pregunté si en realidad algo tan grueso y tan grande podría entrar y cerré los ojos como si así pudiera exorcizar mis dudas. El glande resbaló entre sus jugos y la saliva, y traté de pensar sólo en los azules ojos de mi primo, ahora abiertos como platos viendo como el enorme traste iba venciendo la débil barrera y ganaba terreno poco a poco, deslizándose dentro de mi cuerpo, ajustándose al reducido espacio, dilatando mi dolor y mi vergüenza, porque lejos de resistirse mi cuerpo se amoldaba a sus embates y mis pequeñas nalgas pronto estuvieron tan abiertas y tan dispuestas que la enorme verga campeaba a sus anchas por donde antes sólo mi amado primo disfrutaba.


Bien sabía yo que resultarías ser una pequeña putita – dijo el mayordomo enterrando a fondo el estilete.


No me importaron sus palabras más allá del efecto que pudieran tener en mi primo. Pero él estaba absorto, terriblemente excitado de verme ensartado por otro de aquella forma. Se masturbaba afanoso ante el descabellado espectáculo. Casi parecía alentar con su silencio los violentos embates de aquel hombre. Mr. Quimby me tomó de las caderas y arremetió con más fuerza reventando un eco de dolorido placer en lo más profundo de mi cuerpo. Mi primo estaba también al borde del orgasmo y tomó mi boca para vaciar aquel chorro de innegable pacer dentro de ella. El mayordomo hizo otro tanto entre mis nalgas, y la leche fluyó por mis dos extremos casi al mismo tiempo.


Exprimidos los amantes, yo en el medio, cayeron exhaustos en la cama. Yo sólo ansiaba alejarme y que todo terminara, pero Roger parecía sentirse muy a gusto en donde estaba y no podía marcharme sin él.


Aun no te has venido – notó Mr. Quimby.

No tengo ganas – le contesté malhumorado.

Desde aquí no lo parece – contestó cínicamente señalando mi verga dura.


Me di la media vuelta, esperando aun que Roger se pusiera de pie para marcharnos.


Quiero que te masturbes delante de mí – dijo el odioso mayordomo encendiendo un cigarrillo – y que tu adorado primito te de una ayudadita picándote ese goloso culito que tienes – terminó.


Roger saltó entonces, muy dispuesto a obedecer, lo cual no dejó de molestarme. Mi primo notó mi malestar inmediatamente.


Anda – dijo en mi oído – vamos a complacerlo para poder marcharnos – y entonces accedí.


La mano de Roger bajó hacia mis nalgas. El simple hecho de saber que era su caricia fue suficiente. Comencé a acariciarme la verga, los ojos cerrados para no ver la lujuriosa mirada del mayordomo y para concentrarme únicamente en el dedo de mi primo entrando en mi ano, lleno aún de semen, algo adolorido pero aun así excitado más allá de todo recato. Me vine casi enseguida, y odié abrir los ojos y ver la sonrisa burlona de Mr. Quimby, y peor aún, la sonrisa de Roger, que de algún modo le hermanaba más a aquel sujeto que a mí mismo.


Ya en nuestra recámara, traté de olvidar todo aquel episodio. Las cosas volverían a ser como antes, traté de convencerme, no había pasado nada. Me dormí con esa esperanza, pero esa confianza no duró por mucho tiempo.


El mayordomo quiere que le veamos de nuevo esta noche – me dijo Roger un par de días después.

Está loco! – le contesté furibundo – no iremos.

Piénsalo bien – me aconsejó mi primo, tomándome la mano y llevándome a un rincón – no nos conviene contrariarlo, nos puede acusar y el tío nos mataría si se enterara.

Pero ese no era el trato! – le recordé frustrado.

Lo se, lo se – trató de razonar Roger – pero nos tiene en sus manos, no podemos hacer nada.


Me sentí tan enojado y asustado al comprender que sería difícil librarnos del odioso chantaje de aquel hombre, y a los doce años, el mundo parecía venirse encima. Lo peor de todo era que hasta Roger parecía estar molesto por mi renuencia a ceder a los caprichos del mayordomo y me dejó toda la tarde solo en represalia. Su comportamiento me lastimaba mas que nada y me refugié en mi escondite secreto, la vieja buhardilla donde la servidumbre almacenaba todos aquellos trebejos que solo se utilizan en el invierno.


Moqueando mi tristeza me tumbé entre los gruesos rollos de alfombras a pensar en mi infortunio. Poco después me sorprendió escuchar ruidos de pisadas. Alguno de los sirvientes venía a buscar algo y rápidamente me escondí en un armario.


Y bien? – escuché a Mr. Quimby preguntar – ya convenciste a la pequeña putita para esta noche?

No – contestó Roger – pero ya te dije que lo hará, no te preocupes.


Me quedé estupefacto. No podía creer lo que estaba escuchando. Seguramente había alguna explicación.


Si quieres cogértelo de nuevo, ya sabes lo que tienes que hacer – negoció mi amado primo abriéndose la bragueta.


Su pene estaba duro, sedosamente erecto. El mayordomo se arrodilló y lo tomó en sus manos. Un par de jaladas y estaba ya dentro de su boca. La engominada cabeza subía y bajaba mientras Roger controlaba con las caderas la cantidad de verga que el otro debía tragar.


Muéstrame ya ese precioso culo peludo que tienes – ordenó Roger con la voz enronquecida de deseo. Una voz que creía conocer yo solamente.


El mayordomo se puso de pie y renuente comenzó a desabrochar los pantalones. Los acomodó cuidadosamente a un lado, cuidando que la raya del perfecto planchado no se desdibujara. Desnudo de la cintura para abajo se acomodó a cuatro patas, mostrándole a Roger sus rotundas nalgas peludas, en medio de las cuales el velludo ojo de su culo era una oscura y profunda promesa.


Todo sea por conseguir nuevamente ese pequeño y sonrosado culito – dijo Mr. Quimby apretando los dientes, mientras sentía los ásperos toqueteos de Roger hurgando en sus entrañas.

Yo no entiendo qué fascinación tienes por las esmirriadas nalguitas de mi primo – comentó Roger mientras jugueteaba con su glande en la entrada trasera del mayordomo – si no hay mejor culo que el agujero peludo de un macho como tú.


Sus palabras, más que sus acciones, fueron un puñal en el corazón.


Mr. Quimby recibía mientras tanto otro tipo de puñal. Roger le metía su tiesa verga hasta la empuñadura haciéndole cerrar los ojos y boquear dolorido por la súbita penetración.


Para bien las nalgas – pedía Roger – abre las piernas – pedía, palmeando los velludos muslos, obligándole a recibirle a fondo, gozando, debí admitirlo, mucho más que cómo lo hacía conmigo.


Los minutos pasaron lentamente y presencié el fugaz intercambio sexual con lágrimas en mis mejillas. Al terminar, el mayordomo se limpió las nalgas con cierta repulsión y con esmerado cuidado se abrochó los pantalones.


Los espero esta noche – le recordó Mr. Quimby al marcharse y Roger asintió, asegurándole que allí estaríamos y que no se preocupara, porque yo haría exactamente lo que él me ordenara.


Me quedé entonces solo, repasando en mi mente todo lo sucedido. Ya nada volvería a ser igual.


Qué sucede Kevin? – preguntó mi padre al verme entrar en la biblioteca. Acababa de encender su pipa, y el aroma de su tabaco llenaba la habitación casi tanto como su rubia presencia. Mi padre era un hombre muy apuesto y elegante. Poco afecto a los niños pero responsable.

Descubrí algo muy desagradable, padre – le informé – y no se que debo hacer.

Cuéntame – dijo dándole una larga chupada a su pipa.


Le relaté el encuentro entre Roger y Mr. Quimby en la buhardilla. Omití cualquier referencia a mi persona, describiendo únicamente la relación sexual, pero no las palabras. Mi padre, escandalizado pero atento, escuchó toda la narración, mientras paseaba nervioso por la habitación. Mi intención era una obvia venganza, para mi amante traicionero y para el sirviente chantajista. Mi padre me pidió repetir algunos detalles y me di cuenta que me excitaba repetírselos, tanto como a él escucharlos.


Me di cuenta que los pantalones de mi padre mostraban ahora una protuberancia que antes no tenían. La pipa terminó quemándose sola en el cenicero, mientras él me pedía que le describiera detalladamente las nalgas de Mr. Quimby o la forma en que la verga de Roger entraba y salía del agujero del mayordomo. Yo obedecía con gusto, sin perder de vista la forma en que su sexo, notoriamente excitado parecía cobrar vida bajo sus pantalones.


Déjame solo – ordenó finalmente – hablaré con ellos mas tarde. Eso no puede pasar en mi propia casa. Tu primo regresará a su hogar anticipadamente y ese hombre será despedido irremediablemente.

Estás muy molesto? – pregunté con miedo a que las represalias me alcanzaran a mi también.

Mucho – dijo mi padre tomando la pipa totalmente consumida – pero hiciste lo correcto hijo – dijo acariciando mi cabeza, con la entrepierna tan cerca de mi rostro que casi imaginé oler en el breve espacio que me separaba el aroma de su sexo. Estuve a punto de pegar mi rostro en aquella tentadora dureza, pero resistí y enfilé hacia la puerta.


Satisfecho, evité todo contacto con Roger y esperé con ansias excitadas el arribo de la tarde. Mi padre no salió de la biblioteca hasta la hora de la comida y fiel a su costumbre, sabía que después regresaría a ella. La comida no fue tan alegre como otras veces. Mi padre estaba serio, yo no le hablaba a Roger y el tieso mayordomo supervisaba que el servicio fuera como a mi padre le gustaba. En un par de ocasiones sorprendí a mi padre mirando al mayordomo y pensé que tal vez estaría imaginando cómo aquel hombre tan adusto podía haber permitido que un chiquillo se lo cogiese. El recuerdo me excitó y poco antes de terminar la comida pedí permiso para retirarme. En vez de ir a mi habitación, me colé en la biblioteca, dispuesto a encontrar un buen escondite y esperar lo que fuera necesario para presenciar el despido del mayordomo y la reprimenda de mi primo.


No tuve que esperar mucho. Mi padre regresó a la biblioteca y encendió su pipa. Se veía nervioso y excitado. Un par de veces vi que con la mirada perdida y envuelta en humo su mano reposó en su bragueta, acariciando distraída la entrepierna. Tuve una erección inmediata.


Finalmente se puso de pie y tocó la campanilla. Un minuto después el mayordomo tocaba a la puerta pidiendo permiso para entrar.


Se le ofrece algo al señor? – preguntó Mr. Quimby desde el vano de la puerta.

Localiza a mi sobrino – dijo secamente – necesito hablar con él.


El mayordomo salió y regresó poco después con Roger.


No se vaya – dijo mi padre – la discusión es con los dos.


Gocé lo indecible con la preocupada mirada que ambos cruzaron. De pie, esperaron ansiosos que mi padre hablara.


Me enteré de lo que ambos hicieron en la buhardilla – les espetó de repente mi padre.


Mr. Quimby palideció y Roger comenzó a temblar de forma por demás culpable. Ninguno de los dos dijo nada, impactados con las palabras. Finalmente el mayordomo reaccionó.


A qué se refiere el señor? – preguntó con evidente incomodidad.

No insulte mi inteligencia, Mr. Quimby – le regañó furioso mi padre – lleva ya algunos años a mi servicio como para saber qué tipo de persona soy.

No es mi intención insultarlo, señor – trató de explicar el mayordomo – simplemente le ruego que considere que lo que sea que le hayan contado puede ser solo un chisme inventado por algún sirviente de dudosa credibilidad.


Mi padre, al amparo del escritorio dio una larga chupada a su pipa, dejándolos consumirse en su estupor.


Pues según ese chisme inventado por alguien, usted tiene un precioso par de nalgas velludas – acotó mi padre, para la total y absoluta sorpresa del envarado mayordomo.

No entiendo a lo que el señor se refiere – dijo con un hilo de voz el hombre, más rojo que la grana.


Mi padre sabía bien lo que hacía. Le dio un minuto más de su furibunda mirada y acusador silencio.


Bájese los pantalones – ordenó finalmente.


Mr. Quimby hizo el intento de hablar pero mi padre le mandó a callar sin dejarle la menor oportunidad de replicar.


No estoy jugando – le advirtió mi padre con severidad – y usted sabe perfectamente que le puedo enviar a la cárcel por lo que hizo.


El mayordomo sabía que era cierto y que tenía todo en su contra. Comenzó a desabrocharse los pantalones bajo la atenta mirada de mi padre y de mi primo. Cuando cayeron hasta los tobillos mi padre le hizo una seña de que se diera media vuelta. Azorado, Mr. Quimby obedeció, dejando ver un par de apetitosas nalgas velludas.


Ahora inclínese y ábrase las nalgas – ordenó mi padre.


Renuente pero sabiendo que no tenía más opciones, el hombre separó sus nalgas con las manos. El ojo de su culo, completamente cubierto de negros pelos quedó a la vista de todos. La vergüenza del mayordomo era mayúscula. Jamás en su vida había sufrido semejante humillación.


Permanezca en esa posición – ordenó mi padre, sabiendo que el hombre obedecería, pues ese era su entrenamiento y porque lo tenía en sus manos. – Ahora tu, jovencito – dijo mi padre mirando a Roger.


Mi primo tragó saliva nervioso.


Diga usted, tío – contestó.

Mas bien dime tú, muchacho del demonio – le espetó mi padre enfurecido – qué hiciste en ese agujero peludo que éste depravado nos muestra con tan absoluto descaro – preguntó.


Las palabras hicieron que Mr. Quimby casi se desmayara, mientras que Roger parecía a punto de soltar el llanto.


Roger no sabía qué contestar. Mi padre le exigió una respuesta, amenazándole con llamar inmediatamente a su madre para contarle lo sucedido. Roger, asustado, aceptó haberse cogido al mayordomo. Finalmente allí estaba la confesión del delito. Mr. Quimby sintió que el mundo se le venía encima.


Satisfecho de haber obtenido la verdad, mi padre pareció relajarse un poco.


Muéstrame cómo – le pidió a Roger simplemente – y no estoy jugando, muchacho – le advirtió.


Con pies de plomo, Roger se acercó al culo expuesto de Mr. Quimby. Presionó las caderas contra las desnudas nalgas, imitando tímidamente los conocidos movimientos de una cojida. Estaba aun completamente vestido, y tras unos segundos le indicó a mi padre que así lo había hecho en la buhardilla.


Eso es una simple representación – le regañó mi padre – quiero ver la acción real – le indicó.


Azorado, mi primo trató de negarse, pero mi padre le recordó la difícil situación en la que se encontraba. Comenzó a desnudarse. Su verga no estaba erecta, y aunque la restregó unas cuantas veces contra las nalgas de Mr. Quimby simplemente no podía lograrlo.


No puede ser que a tu edad tengas problemas para excitarte – le regañó mi padre nuevamente.


Y para mostrarle tal vez lo humillante de su estado, mi padre se puso de pie, mostrando con descaro la evidente excitación de su miembro. Con absoluta calma, mi padre se abrió la bragueta y se sacó la verga, enorme y blanca, gruesa y majestuosa, con una bulbosa cabeza rosada goteando de excitación.


Se acercó a mi primo sin decir palabra y lo arrodilló frente a aquel monumento a la virilidad. Roger sabía lo que mi padre quería, y se metió la enorme tranca en la boca, lamiendo ansioso el grueso tronco venoso mientras acariciaba las rubias y velludas bolas de sus huevos.


En cuestión de segundos, la verga de Roger estaba más que tiesa.


Eso era todo lo que necesitabas, verdad pequeño demonio? – le dijo mi padre, jalándole del cabello para separar la golosa boca de mi primo de su enorme herramienta – pues ahora cumple mis ordenes – le recordó.


Las nalgas abiertas de Mr. Quimby seguían en posición, perfectamente moldeadas y velludas como parecía encantarle a mi primo, que esta vez se acercó con el arma más dura que una piedra.


Espera – pidió mi padre – y se acercó al culo del mayordomo, que sintió de pronto los dedos de mi padre humedecidos con saliva rondando su apretada entrada trasera. Un gemido escapó de su boca al sentir los dedos hurgando en su interior, pero mucho se cuidó de quejarse.


Tras un par de minutos, el peludo agujero estaba perfectamente humedecido y lubricado.


Hazlo ahora – ordenó mi padre y Roger se acomodó encantado entre los hirsutos muslos abiertos de Mr. Quimby, dispuesto a meterle la verga con fuerza y determinación.


Ahh!…se quejó el mayordomo, poco acostumbrado a aquellos menesteres. Yo sabía que había accedido a ser cogido por Roger únicamente por la promesa de conseguir mis nalgas, pero eso mi padre lo ignoraba. El evidente dolor del hombre sólo consiguió encender la pasión de mi primo y exacerbar la excitación de mi desconocido padre, que caliente llevó su enorme verga a la boca del mayordomo y acalló sus gemidos metiéndole el grueso traste hasta la garganta.


Mi primo no resistió tanta excitación. Las nalgas del mayordomo, tan ajustadas y calientes, la vista de la enorme verga de su tío siendo mamada, explotó en unos cuantos minutos, aunque le hubiera gustado aguantar mucho más.


Muévete – le ordenó mi padre una vez que Roger hubo terminado.


Para la completa angustia del mayordomo, mi padre tomó el lugar de su sobrino. La gruesa verga, ayudada por la evidente y abundante venida del muchacho entró rabiosa en el resbaladizo agujero sin la menor contemplación. Mr. Quimby gritó adolorido, arponeado por el hinchado pito de mi padre, que no cejó en su embestida hasta sentir que los rubios pelos de su pubis tocaban las velludas nalgas.


Aquí tienes, pervertido – le reconvino mi padre a Mr. Quimby – para que sepas la diferencia entre el miembro de un adolescente y el de un hombre hecho y derecho.


Vaya forma de castigar tiene mi padre, pensé desde mi escondrijo. El rictus de placer en su apuesto rostro me hizo desear portarme mal alguna vez. Seguramente Roger pensaba lo mismo, pues a pesar de haberse venido minutos antes, ahora se masturbaba mientras veía a su tío castigando al mayordomo. Mi padre también lo notó y de pronto sacó su embravecida herramienta del apretado túnel del mayordomo y jadeando de excitación se dirigió a su sobrino.


Ven acá, muchacho, y empínate junto a tu cómplice – le ordenó.


Roger, estupefacto, se acercó obediente, pero con el miedo en los ojos.


Tío – intentó explicarle – a mi no me gusta eso. Yo no quiero que nadie me coja a mí.

Tus deseos, querido sobrino – dijo mi padre empujándole en la misma posición en la que estaba el mayordomo – es lo que menos me importa.


Tras estas palabras se inclinó y comenzó a lamer el sonrosado culito, perfectamente cerrado de mi querido Roger, que gimió sorprendido al sentir la lengua caliente de mi padre hurgando en sus intimidades. Yo sabía mejor que nadie que de verdad aquello le disgustaba. A mí jamás me había permitido hacerlo, por lo que me excitó sobremanera ver que mi padre se lo hacía.


No hubo forma de convencer a aquel hombre, que no paró hasta dejar el sonrosado capullo completamente mojado con su saliva. El culito de Roger parecía latir con un recóndito ritmo que invitaba a desflorarlo, y mi padre, preso del enloquecedor instinto se acomodó con el arma lista para hacerlo.


Tío, se lo pido por última vez – rogó Roger ante el inminente asalto – no lo haga.


La verga traspasó la fina barrera de sus blancas nalguitas apretadas. Nada podía detenerla. Ni siquiera los ahogados gritos del pequeño y bello traidor de mi primo. Su fina espalda se arqueó, sus nalgas se distendieron, su culo debió abrirse finalmente a su irremediable destino y la verga de mi padre entró en sus entrañas con un aullido de placer de alguno de ellos, aunque no logré identificar quien fue.


Las embestidas comenzaron lentas, tal vez para permitir que el culo virgen de mi primo se acostumbrara al tamaño de aquella vergota, pero pronto cobraron rapidez y enjundia, y los clásicos sonidos de la carne contra la carne llenaron la adusta biblioteca. Roger boqueaba con el cuerpo tenso como cuerda de violín, mientras el instrumento de mi padre le arrancaba una melodía muy conocida, pero ignorada por él. Mi padre empujaba su verga despiadado, dándole a mi primo una lección que difícilmente olvidaría algún día, mientras el mayordomo, lo mismo que yo, se masturbaba observando la inusual escena.


Tras muchos embates y empujones, el atractivo y masculino rostro de mi padre mostró la cercanía del orgasmo. Roger debió sentirlo también en las entrañas porque miró sobre su hombro con los perdidos ojos azules nublados por el deseo.


Cójeme duro – pidió emputecido y excitado – con tu enorme verga rubia, dámela toda, hasta el fondo.


Como si fuera una fórmula mágica, repetida una y otra vez, Roger pedía verga y mi padre se la daba, y en aquél frenesí de sexo, la simiente paterna fue a parar a algún recóndito recoveco de las profundidades de mi primo, que exhausto y desmadejado, quedó desnudo sobre la alfombra mientras Mr. Quimby y yo teníamos también un orgasmo de forma mucho más discreta.


Deben marcharse ambos – decretó mi padre, guardando ya su enorme sexo satisfecho dentro de los pantalones, retomando la compostura, encendiendo la pipa, volviendo a ser quien siempre era.


Mr. Quimby y Roger se vistieron y mi padre les miró adusto y serio hasta que terminaron.


No volverás a trabajar en esta casa ni en la de ninguno de mis conocidos – le advirtió al mayordomo – so pena de descubrir que tengo buenos contactos con la ley en este país.


Mr. Quimby asintió.


Y tú – le advirtió a Roger – no volverás a pasar las vacaciones de verano en mi casa y te mantendrás alejado de mi hijo hasta que yo lo considere prudente, o me veré en la penosa necesidad de hablar con tu madre de lo sucedido. Está claro?


Roger también asintió y acompañó al mayordomo hasta la salida. Poco después abandonaron la casa y me quedaron muchas horas de soledad para pensar en lo ocurrido. Extrañaba a Roger mucho más de lo que me gustaría admitir, pero no lograba perdonarle que hubiera traicionado el puro amor que le tenía por un rato de sexo y un gusto que no podía comprender por las nalgas velludas.


No, hasta que vi las nalgas de mi padre. Pero eso ya será otra historia.






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