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La Cena de C.O.U.

Imaginaros una clase como otra cualquiera de COU. Como en todas las clases siempre hay el típico gracioso, el empollón, el pijo, la fea, los gordos. Allí estaba yo, no era de los más guapos pero siempre había podido presumir de un cuerpo bien cuidado. No en balde había practicado deporte durante toda mi vida, y concretamente llevaba un año fortaleciéndome en un gimnasio.
Como ya he dicho, había todo tipo de personas en mi clase, y cómo no, había una chica despampanante, Vanessa, que era una morenaza de largas y firmes piernas, caderas seductoras, senos firmes y carnoso labios. Su pelo ligeramente ondulado le cubría parte de los hombros, y sus ojos, profundos y penetrantes, eran de color negro. Destacaba en ella su espléndido trasero, firme y seductor que invitaba a cualquier tipo de roces.
A pesar de su indescriptible físico, Vanessa era abierta y simpática y se prestaba a todo tipo de juegos y conversaciones. Por ello, aparte de la atracción física, me enamoré de ella.
Sería época de mayo, y los alumnos y profesores preparaban la que iba a ser la cena de COU, que se supone representaba la forma de darnos la despedida del instituto y desearnos suerte con la universidad. La cena se iba a desarrollar en un lujoso hotel de cuatro estrellas de la ciudad, con mesas redondas, barra libre, y orquesta. Todo estaba preparado: el día 30 de Mayo sería el día, o mejor dicho, la noche.
La cena empezó a desarrollarse con absoluta normalidad. Como era de esperar nos sentamos en las mesas en grupos de amigos y compañeros y charlábamos sobre los distintos vinos a tomar mientras bromeábamos sobre lo poco que habíamos comido ese día esperando la gran cena. Vanessa no se había sentado en la misma mesa que yo pero podía verla, y ella a mí, desde mi sitio. Ese día estaba radiante. Llevaba un vestido de gasa ajustado de color negro que terminaba en una minifalda a la altura del medio muslo. También llevaba un chal por encima de un color oscuro. Sus moldeadas piernas asomaban forzándome a pensar que eran dos tenazas que me sujetaban a la altura de la cintura a la par que sus pechos acariciaban lentamente mis mejillas mostrándome que yo era le totalmente sumiso. Me pasé la noche mirándola y haciéndole gestos a los que ella respondía levantándose y viniendo a que se los aclarase. En esos momentos me encontraba en la gloria: Como norma general venía para agarrarme por la cintura y bromear conmigo. Naturalmente yo también la cogía a ella y así como descuidadamente dejaba caer mi mano por su cadera hasta la parte superior de su muslo izquierdo. Me asombraba que ella no se sobresaltara al notar mi actitud, lo cual me inducía a hacerme ilusiones.
La cena en sí acabó y comenzó la barra libre y el baile con la orquesta en el mismo salón. Ella bailaba mientras yo saludaba a un colega de primero al que hacía tiempo que no veía. En ese momento llegó Julia, una compañera de tercero que lucía su palmito. Era castaña, más bien bajita, pero con un buen físico. Destacan en ella su culo rechoncho y macizo, y sus senos, redondos y abultados. Parecía muy bebida y llegó pidiéndome que la sujetara. Se desplomó en mis brazos y tuve el tiempo justo de estirar un poco los brazos y meterlos bajo los suyos que rodeaban mi cuello. La tenía sujetada con las palmas de las manos en sus caderas y las puntas de los dedo en sus nalgas. Su lánguido cuerpo apretado contra el mío me hacía estremecer. Era un momento que yo había deseado durante todo el curso de tercero pero ahora era real. Sus duros pechos se postraban sobre mi abdomen mientras su cara quedaba a la altura de mi pecho. Estaba tan echada encima mía que mi pene podía sentir el roce de su barriga contra él. Mis hormonas empezaron ha trabajar y mi miembro se comenzó a erguir. Ella continuaba como desmayada y mi pene se endurecía más y más. Poco a poco ella se fue recuperando y separando dolorosamente de mí.
Para disimular un poco opté por sentarme antes de que alguien notara ese bulto por debajo de la cintura que le había salido a mi pantalón. En ese preciso momento llegó Vanessa y no se lo ocurrió otra cosa que sentarse encima mía. Parecía haber bebido un poco más de la cuenta, pero no se sentó en mi muslo: se sentó encima de mi sexo, con lo que mi viril órgano, volvió a resurgir como el ave Fénix. Su ajustado vestido dejaba muy poco a mi imaginación. Casi podía apreciar el contacto entre nuestras zonas erógenas principales, ya que notaba arduamente el peso de su presión sobre mí. Era imposible que no se estuviera dando cuenta de aquel bulto picudo que había quedado debajo de ella. Como parecía que no se iba puse la mano derecha sobre uno de sus muslos y izquierda sobre sus nalgas. Yo miraba fijamente sus carnosos labios mientras hablaba y me imaginaba besándolos y sobándome. Su dulce y esbelto cuello mostraba un color rosado pidiendo una caricia o un pícaro mordisco.
Seguíamos charlando y bromeando con más soltura que antes, pero ninguno dijo nada sobre nuestra postura. Yo no podía evitar fijarme en sus pechos que habían quedado a la altura de mi cara, siempre evitando que ella se diera cuenta. Podía imaginarme bajando las tirantas de aquel vestido lentamente, y descubriendo un sujetador a juego con el traje. Me veía acariciando los encajes del sostén a la par que su preciosa boca se posaba sobre la mía. Ella charlaba, pero yo seguía absorto en mis pensamientos. Nuestras bocas no se daban tregua, y podía sentir el cansancio del esfuerzo y las ansias de seguir. Su lengua rozaba lentamente mis dientes y labios. Simulaba ser una gata en celo que atrapa irremisiblemente a su pareja y yo la presa a la que dominaba sexualmente. Su postura habría cambiado sensiblemente, quedando sentada sobre mí con sus muslos en mis caderas. Mis manos no podrían parar y bajarían hasta su culo el cual habría quedado parcialmente descubierto mientras lamería sensiblemente sus dulces y tersos senos. Podía verme dibujando con mi lengua húmedas y continuas espirales sobre sus senos que hacían sus pezones endurecerse y que su cuerpo se estremeciera mientras comenzaba a jadear. Finalmente llegaría a ellos, los cuales me apuntaban desafiantes. Sus manos bajaban por mi torso hasta llegar al miembro viril. Sus manos, pequeñas y de uñas largas, bajaban cautelosamente la cremallera de mi pantalón y se internaban en ellos con gran facilidad, descubriéndome su frío y sutil tacto. Yo le correspondía acariciando los frágiles lazos y encajes de sus negras braguitas. Denotaban un poco poblado pubis pero que ineludiblemente esperaba un inmediato visitante. Sus manos me llevaban a un seguro nirvana. Sentía mi cuerpo estremecer nada más de pensar en aquello.
De repente giró bruscamente la cabeza haciéndome poner de nuevo los pies en la tierra y sacándome miserablemente, y en mejor momento de mi sexual fantasía. Alguien la llamó de nuevo y se levantó dejándome con la miel en los labios.
El resto de la noche me la pasé buscándola con la mirada. Parecía como si se la hubiese tragado la tierra. A pesar de lo bebido que estaba, decidí ir a la barra a pedir algo, y cual sería mi sorpresa al verla allí. Ella estaba de espaldas a mí, bailando suavemente. Llegué agarrándola por las caderas, y me acerqué por detrás todo lo que pude. Poco a poco fui deslizando mis manos por su cintura hacia arriba, llegando a rozar sus senos con la punta de mis dedos. Pegué de nuevo mi bajovientre a su trasero, entrando de nuevo en el juego anteriormente interrumpido. Asombrosamente ella no se soltó ni se apartó: siguió bailando, con lo que rozaba su firme y macizo trasero con mi sexo que estaba a punto de estallar. En esta postura, empezaba a imaginarme una nueva y fascinante fantasía: Mis manos quitaban su sujetador y rodeaban parcialmente sus pechos, sometiéndolos a un suave masaje circular. Besaba incesantemente su cuello mientras ella lo estiraba hacia arriba buscando pícaramente el lóbulo de mi oreja. Su cuello era fino y suave. No podía evitar mordisquearlo cuando no pasaba sigilosamente mi legua por él. Mis manos bajaban acariciando sus caderas hasta llegar a los muslos. Una vez allí y comprobada la dureza de los mismos comenzaba a subir muy despacio su vestido. Sus manos se elevaron y agarraron mi cabello. Sus braguitas negras de encajes quedaban al descubierto. Una de mis manos se introducía lentamente en ellas por detrás. Su culo era mejor de lo que parecía, suave y redondo como el de un niño pequeño. Introducía mi mano esta vez por la parte delantera. Podía acariciar su escaso vello púbico mientras me imaginaba la forma de su monte de Venus. Uno de mis dedos pasaba lentamente por sus labios exteriores. Procuraba también masajear la unión superior de los mismos para poder excitar su clítoris indirectamente. Sus labios exteriores comenzaban a ceder, dejando el paso libre a mis dedos a los labios interiores, los cuales se movían como pequeñas serpientes sobre la tierra caliente. Su cuello continuaba erguido como en un intento de liberar la enorme tensión que recorría su cuerpo. Sus pezones cada vez más duros indicaban claramente su gozo. Seguía acariciando la piel que recubría su clítoris, cuando me daba cuenta de que jadeaba silenciosamente y que su temperatura corporal había aumentado considerablemente, como la mía. Descubierto esto, sacaba la mano de donde estaba y la inclinaba sobre la barra. Muy lentamente quitaba del todo sus braguitas, observando, por fin al descubierto, su blanco y redondo culo y sus largas y contorneadas piernas que seguían cubiertas con medias oscuras. Desabrochaba mi pantalón y sacaba mi miembro viril, el cual se había endurecido totalmente y penetraba cuidadosamente su hermosa y sensible vagina. Sus jadeos pasaban de silencioso a ensordecedores. Nuestros movimiento parecían síncronos como segundos de un reloj. Justo en el momento de mayor éxtasis, en el que los dos alcanzábamos el clímax, de nuevo algo me hizo despertar. Fue el camarero, que llegó y nos sirvió las bebidas cortándome el rollo. De nuevo alguien la llamaba y me volvía a dejar sólo, excitado y abrumado.
Pasé un buen rato atormentándome pensando en las oportunidades perdidas por culpa de mis propias fantasías. Había estado tanto tiempo imaginando lo ideal que había dejado de lado la posible realidad. Poco antes de acabar la noche, en un intento desesperado, decidí hablar con ella e intentarlo de una vez. Me senté en una mesa apartada de la orquesta, y de nuevo le hice un gesto, al que ella respondió como de costumbre: viniendo al instante. Ella estaba aún más bebida que antes. Le era imposible disimularlo, ya que le delataba la típica risa floja. La hice sentarse en uno de mis mulos, y traté de que se centrara un poco. Sin más demora se lo solté al oído: Le dije que me gustaba y que quería salir con ella. Ella apartó su cabeza un poco y puso una cara rara. Cuando se dio cuenta de lo que yo le había dicho me susurró algo que ni siquiera llegué a entender. Tras esto, y sin darme tiempo ni a preguntarle qué había dicho, se levantó súbitamente y se fue. El resto de la noche quise que la tierra me tragara. Sólo recuerdo que me fui a la barra y pedía una tras otra copas de coñac sólo. La cogorza fue la del siglo, pero aquel momento lo requería. Por fin, la noche acabó, y con ella mi amistad con Vanessa.
Nunca llegué a saber lo que me dijo aquel día, y probablemente nunca lo sabré. Probablemente, por su borrachera, ni siquiera ella lo recuerde. FOTOS

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