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A mi Señora le encanta Socializar

El problema con mi esposa es que le gusta mucho coger. Todos los días nos echamos uno o dos polvos, lo cual para mí es bastante, casi demasiado. Pero ella quiere y necesita más. 
Yo creo que lo que le pasa es que le gusta el contacto masculino. Por ejemplo, cuando viene mi hermana con mi cuñado. Mi esposa siempre se las ingenia para que él la acompañe a algún lado, por ejemplo al supermercado. Al principio a mi hermana le daba celos, pero yo le dije que no pensara nada raro, que lo que pasa es que a mi esposa le gusta la compañía viril, porque siempre está sólo conmigo, y le gusta variar, pero sin intenciones sexuales. Y dicho y hecho, a más tardar a las cuatro o cinco horas están de vuelta en casa, ella muy contenta y él un poco demacrado. Y lo comprendo, yo odio acompañar a mi mujer al supermercado. Y se entiende que si el pobre se banca tantas horas de recorrer góndolas, llegue medio destruido. Yo le agradecí vivamente el servicio que le hacía a mi señora. Porque al hacérselo a ella también me lo hace a mí. Y me da pena la cara de agotamiento con que escucha mis agradecimientos. Bueno, si uno tiene un cuñado no está mal que le acepte favores. 
En realidad no es completamente cierto que mi esposa no ve a nadie más que a mí. También ha hecho amistad con el señor del segundo “B”, un hombre de unos sesenta años, algo grueso y fornido, que tiene fama de promiscuo. Mi esposa odia los prejuicios y las habladurías de la gente, y para demostrar que ella no cree en esas cosas, visita a este señor mayor con bastante frecuencia. El otro día, cuando la fui a buscar para ver una película juntos en la tele, ella se despidió del pobre hombre con un beso en la boca, que si bien no fue demasiado largo, tampoco fue de cinco segundos. Intrigado, le pregunté, por qué tanta confianza, y me respondió que le daba pena verlo tan solo y quería socializarlo y animarlo un poco. Me gustaron sus buenos sentimientos por el prójimo. 
A ella le encanta ayudar a la gente a socializarse. Una vez, al bajar al sótano, la encontré abrazada por detrás por el portero, un hombre en sus cuarenta, que parecía estar tratando de ayudarla a sacar la ropa del lavarropas, aunque me pareció una posición estúpida para ayudarla. Pero me pareció mejor no ponerme en maestro ciruela y decirle que no tendría que golpear tan seguido contra el trasero de mi señora si se pusiera más cerca del lavarropas. Pero decidí que mejor no corregirlo, y me volví a mi departamento. Cuando Alicia volvió, a eso de media hora después, le comenté lo que pensaba, y estuvo de acuerdo conmigo. Pero me dijo que el hombre no era tan estúpido como parecía, porque tenía los brazos muy largos, y podía llegar al lavarropas aún desde atrás de ella, en vez de entorpecerla poniéndose a un costado. Me pareció razonable. “Pero ¿tan largo tiene el brazo?” le pregunté. “Lo tiene muy largo, enorme.”
Alicia es una mujer de formas frescas y rebosantes, y se mueve por la vida con alegría. No es raro, entonces, que los hombres quieran hacer amistad con ella. Especialmente cuando usa esas falditas breves que dejan sus gruesos muslos a la vista, casi hasta la ingle. Y alguna vez he pensado si no será que sienten algo de atracción sexual hacia ella, y no tanto el puro gusto de tener relacione sociales. “No seas mal pensado” me recriminó Alicia, “ellos realmente sólo buscan tener relaciones conmigo”. Yo reconocí que eso no era reprochable, realmente.
A veces creo que subestimo la experiencia de la vida que tiene mi mujercita. Lo que pasa es que la conocí a mis cuarenta, cuando ella, con sus dieciocho acompañaba e inducía a los clientes a tomar más copas. Para ello solía sentarse a la mesa de ellos y los animaba dándole besos y caricias. Y los hombres consumían más, y se sentían muy bien atendidos. Alguno que otro intentaba meterle mano en sus lindos pechitos, o bajo la falda. Y ella se dejaba durante un par de minutos, pero después arreglaba la cosa. Cuando le pregunté si no le incomodaban esas situaciones, me tranquilizó explicándome que ya hacía cuatro años que trabajaba allí, y que sabía como manejar a los clientes. Y tuve ocasión de verlo. Resulta que un negro grandote se había posesionado de sus pechos y se los estaba amasando con entusiasmo, a despecho de la evidente incomodidad de Alicia, que se retorcía sin atinar a rechazarlo. En eso ví que la mano de ella fue por debajo de la mesa, hacia la entrepierna del hombre. Y después de unos momentos Alicia se inclinó hacia él, susurrándole algo en el oído. El hombre asintió y ambos se levantaron de la mesa. Aunque estaba oscuro pude ver, sin duda alguna, que el negro tenía una tremenda erección. Y Alicia, agarrándole de la erección, lo condujo hasta la caja, donde el hombre tuvo seguramente que pagar una multa por su conducta impropia, y luego subieron las escaleras que llevan al piso superior. El negro le iba metiendo mano en su espléndido culo, pero ella, imperturbable, continuó guiándolo con su manita agarrada a su erección. No pude menos que admirar el temple de la chica, que quería tener al tipo a solas para darle un buen reto y explicarle que había cosas que no estaba muy bien hacer. Y a él debía costarle entender, porque estuvieron más de dos horas encerrados arriba. Pero cuando volvieron, fue evidente que la muchacha había triunfado en su propósito reformador. El negro ya no traía esa terrible erección, que se habría bajado por efecto del sermón, y tenía cierta expresión de cansancio en el rostro. Pasaron por la caja, y cuando el negro se fue el cajero le dio algo a la chica, que ella guardó entre sus pechos. Me gustó el detalle de que despidiera al negrote con un beso apasionado –puro fingimiento, me apreció a mí, pero muy bien actuado- en su gruesa boca, para que no se fuera muy desanimado. “Al cliente hay que mantenerlo, para que vuelva” me explicó Alicia, luego. Y su sistema daba resultado, porque el negro volvía dos veces por semana. Pero, evidentemente, le costaba aprender, porque siempre repetían la primera escena, aunque a veces subían directamente, sin sentarse a la mesa. Me conmovió el hecho de que el negro viniera nada más que para hacerse sermonear. Y así con la mayoría de los clientes. Ella seguía una rutina habitual, cuando llegaba a la parte de debajo de la mesa, yo sabía que ahora subirían para que le diera un buen sermón al hombre. Pero, por más que le pregunté, nunca me quiso contar que hacía cuando llevaba la mano debajo de la mesa, hacia la entrepierna del hombre. Lo único que me repetía es que a ella le gustaba mucho socializar. “Me enloquece” recuerdo que me dijo. Y ella se daba los grandes gustos de socializar con todos. De modo que aún dentro de su inocencia de niña, Alicia no carecía de cierta experiencia en socializar. Como me dio pena que una chica anduviera en esos ambientes todas las noches, la saqué de allí. Le propuse matrimonio y aceptó, pero en su ingenuidad me aclaró que quería “seguir socializando”, que ella quería llegar a ser una gran “p”. ¿”P”? le pregunté. “P” de Persona, me respondió.Y no pude menos que adorarla por su determinación. Esa chica lograría salir del barro. Y yo la ayudaría con mi comprensión y apoyo. Han pasado ya quince años de feliz matrimonio. Alicia se ha convertido en una espectacular treintaañera y ha cumplido con tesón su proyecto de socializar con todo el mundo. El diariero, el carnicero, prácticamente todos los proveedores han ido pasando por el plan de socialización de Alicia. Y tanta simpatía provocaba mi chica entre sus amistades, que con frecuencia recibía revistas gratis, y carne a precios muy bajos, grandes pedazos de carne. “Siempre que voy, el carnicero me da un gran pedazo” se enorgullece Alicia.
Ella ha ampliado su proyecto extendiéndolo a los demás. Desde hace tiempo ella siente que está socializando a la gente, y no sólo a sí misma. También ha desarrollado nuevas formas de usar el verbo “socializar”. Le escuchado expresiones como “el carnicero me socializa fuerte”, “ayer estuve socializando a la recién casada del segundo”, o “me socialicé nuevamente al diariero”, o “el carnicero me socializó cinco veces hoy al mediodía”. Bueno, mientras ella siga fiel a su proyecto, que importan algunas extravagancias idiomáticas.
Una vez, en el ascensor bajando conmigo, le coqueteó descaradamente al muchacho del primero, un chico de unos veinticinco, puro músculo. Y aunque yo pretendí no darme cuenta de nada, pude ver como ella le arrimaba el culo a su pantalón, y el empalme del muchacho. Y alegremente arregló con el chico para subir juntos a colgar la ropa en la azotea. Ya en casa, le recomendé que tuviera cuidado con sus técnicas de socialización, ya le hice notar que el chico se había empalmado. “Sí, me dic cuenta. Pero con tal de socializar hay que usar cualquier recurso” me contestó, “¡Y con ese muchacho vamos a socializar de miedo!” Reconocí que me parecía verdad lo que decía, ya que al muchacho lo ví muy entusiasmado por socializar en la terraza.
Cuando cinco minutos más tarde, tomó toda la ropa húmeda para ir a colgarla, vi la prisa que llevaba con su espectacular y excitante y excitado cuerpo. Cinco minutos después subí yo. Y ahí estaban ambos. La ropa abandonada en el suelo, y el muchacho besándola apasionadamente en el cuello mientras sus manos apretaban fervorosas los enormes pechos de mi esposa que se dejaba hacer con expresión viciosa en su cara. “Qué gran actriz” pensé, al verla llevar sus intentos de socialización hasta ese extremo.
Con una mano el muchacho comenzó a apretarle el hermoso culo y ella fingía volverse loca con la caricia. Me conmovió su esfuerzo socializante. Me acerqué para oirlos sin que me vieran. “¡No sigas, por favor!” decía ella agarrándole la poronga sobre el pantalón, “¡Yo soy casada y amo a mi espeso!” y le apretaba la poronga, aparentando hacerlo con todas las ganas. “¡Esa es mi Alicia”, pensé orgulloso. “¡Quiero cogerte ese culo que me arrimaste!” le decía él apasionadamente, mientras se lo seguia sobando, apretando sus tremendos glúteos y metiéndole los dedos en la raja a través de la falda. “¡No, mi amor, no!” gemía ella con voz ronca, mientras su mano hábil liberaba de su encierro al enhiesto monstruo de su pretendiente. Esa me pareció una jugada magistral, ya que así el chico estaría convencido de que ella lo deseaba. “¡Aahhh, aaahh!” gemía ella, aparentando estar extasiada ante la vista de su virilidad. Él la dio vuelta y levantándole la falda dejó su espléndido culo al aire, sacándole de un tirón las mínimas braguitas. “¡Pe-pero ¿qué hacés?!” se quejaba ella mientras le ofrecía las nalgas. Temí que ella se echara atrás a último momento, lo que sería un fracaso en su afán socializante. Pero no conocía a mi esposa si pensaba que se iba a intimidar por tan poca cosa. Sin pérdida de tiempo, el muchacho comenzó a enterrar su nabo dentro del ojete tan transitado de mi esposa (ella me contó que para evitar embarazos había tomado el hábito de tener relaciones por ahí con sus novios, que fueron varios, y a mí también me lo pedía con frecuencia). “¡Ay, mi vida! ¡vos te has confundido conmigo!” decía ella mientras el grueso tronco se iba introduciendo rígido e implacable en su orto. “¡Yo quiero a mi marido y le soy fiel...!” decía mientras el muchacho comenzaba a serrucharla, y ella lo acompañaba con sus nalgas. A mí la escena me produjo ciertas sensaciones sexuales que poco tenían que ver con el altruismo con que mi esposa proseguía con su afán socializador. Pero yo no tengo su candor ni su inocencia, que no puedo compartir a mis experimentados cincuenta y ocho años. De modo que, inexplicablemente se me produjo una fuerte erección. Seguí viendo como el muchacho le apretaba las tetas con ambas manos mientras seguía trabajándole el culo con entusiasmo. A cada empellón ella aplastaba su trinchado ojete contra los pendejos de él. Y, claro, la cosa no pudo durar mucho más, y el muchacho se corrió en su culo, en un largo empellón final, mientras ella farbullaba incoherencias. Cuando se la sacó pude ver como del muy abierto agujero del culo de mi señora iba saliendo un inacabable torrente de leche blanca y espesa. Y me enorgullecí de ella por su espíritu de sacrificio.
Ella se puso en cuclillas “¡Chico malo, chico malo!” y metiéndose en la boca el todavía enhiesto palo, se lo succionó como para sacarle hasta la última gota, en actitud de adoración. Curiosamente, en mi nabo sentía un cosquilleo muy intenso, pero muy placentero también, debo confesarlo.
Cuando su boca dejó el grueso tronco al aire, este se había empalmado de nuevo. El engaño producido por la actuación de mi mujer era perfecto. ¡Hasta yo me lo hubiera creído! Y ella se echó de espaldas sobre las ropas todavía húmedas y abriendo las piernas le ofreció su concha, “¡Por favor, no sigas abusando de mí!” (Esto, evidentemente lo decía para darle al muchacho el orgullo de tener la iniciativa y enardecerlo más) Y no terminó la frase cuando ya la enhiesta verga se hundía en su interior. “¡Aahhh... aahhh...!” exclamó al sentirse nuevamente empalada. Esta vez la cosa se prolongó por un rato mayor. “¡No... es... tá... bien...que... te... abu... ses... así ¡así..., así...! de... u... na... se... ño... ca... ¡¡ahhh, ahhh... ahhh!! ... da... ¡ Y yo, que la conozco podía ir contando sus fingidos orgasmos, que fueron no menos de cinco, con el entusiasmo con que el muchachón festejaba las sedosidades de su concha.! Yo veía las nalgas del joven subir y bajar con entusiasta ritmo mientras trabajaba las intimidades de mi esposa. Decidí bajar por las escaleras antes de que me descubrieran.
Cuando volvió ella, a los diez minutos, me encontró con mi empalme claramente visible a través del pantalón. Con alegría ella me plantó el culo sobre mi nabo “¡mi cielo, me estabas extrañando...!” y comenzó a removérmelo sensualmente, hasta que derramé un torrente en mis propios pantalones. “¡Me fue muy bien con el muchacho, socializamos bárbaro y un montón!” me comentó con un susurro caliente en mi oído.
Y creo que tenía razón porque varias veces al llegar al edificio la encontré charlando alegremente con dos muchacho, uno el que se socializó en la azotea y el otro un amigo, con el que parecía tener ya mucha familiaridad. Me alegra que mi esposa haya ido resolviendo el problema de que yo sea su único contacto masculino. Y eso en el contexto de su gran obra socializante.

Espero que compartan mi admiración por la entereza de mi mujer y me escriban a ladooscuro4@hotmail.com para transmitirme sus adhesiones. Les seguiré contando, para vuestra elevación moral. ¡Hasta pronto!


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