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Vuelo AF 1900

Desde que dejó su trabajo en aquella empresa en la que ya no se sentía a gusto no había parado un solo minuto. Su teléfono no había cesado de sonar en tres días. Llamadas de compañeros, de clientes, de toda esa gente con la que durante años había compartido tantas cosas y a la que le había entregado su profesionalidad y su experiencia.


Sus últimas satisfacciones se las había proporcionado su trabajo, porque hacía mucho tiempo que su matrimonio ya no era lo que él que siempre había querido que fuera y desde su primera y hasta la fecha, única infidelidad, se sintió perdido, creyendo que no volvería a sentir todo aquello que una aventura podría proporcionarle como hombre.


Llevaba meses sin verla, sin oírla, sin recibir de ella incitantes palabras y provocaciones, pero la tarde anterior y por sorpresa, había recibido unas letras suyas en su correo. Una proposición directa de volver a verse, una invitación a volver a follarse como leones. Pero ahora no podía, demasiadas preocupaciones, demasiados problemas, muchas ocupaciones le separaban de ella.


No había nada en ese instante que deseara más que volver a besarla, a recorrer su cuerpo con sus manos, a olerla, a sentirla, a excitarla y que ella se deshiciera en gemidos ante él. Pero aquellas palabras que pudo leer le hicieron sentir su proximidad, estaba más cerca de él que nunca.


Esa misma mañana había tenido una entrevista de trabajo en una ciudad distinta a la suya. Él se lo había comunicado en una de las contestaciones a sus correos y ya se encontraba en el aeropuerto dispuesto a tomar el vuelo que le devolviera a su ciudad de origen. Estaba cansado, había madrugado mucho para llegar puntual a su cita. El día había sido largo y aunque estaba acostumbrado a viajes de ida y vuelta, a ver gente, a moverse por ciudades y a hacer entrevistas de selección, se sentía tenso, inquieto por momentos y por otros relajado, con ganas de volver, tomar una ducha y descansar. El viaje duraría a penas un par de horas en las que estuvo ojeando la prensa, repasando mentalmente su entrevista, pensando en las posibilidades que tenía para ser elegido, barajando todas las combinaciones posibles si llegara el caso… trasladarse solo e ir y venir semanalmente, llevarse a la familia, organizarse para estar unos días fuera y el resto trabajar desde casa…


Llevaba todo el día con un presentimiento, con el de que algo distinto iba a pasar, no inquietante ni peligroso, solo algo diferente. Algo que le hacía no poder evitar sentirse exageradamente excitado. Por momentos sentía como su miembro se endurecía sin un motivo aparente, solo el de ese presentimiento. Como, a veces, imágenes de ella y sus encuentros le volvían a la mente, distrayéndole de cualquier cosa en la que intentara concentrarse, y se preguntaba a sí mismo… ¿Por qué ahora? ¿Por qué ella?


A más intentara evitarlo, menos lo conseguía. Aún sin cerrar los ojos, podía ver su silueta desnuda, sentir en sus manos el calor de sus redondos pechos, y entre sus dedos el tacto aterciopelado de sus delicados pezones. Cada vez que imaginaba su sexo, una punzada le recorría los testículos y endurecía su miembro, hasta tal punto que ya no sabía como sentarse, si desabrochase el cinturón de seguridad o dejárselo puesto durante todo el trayecto, si intentar dormir o echarle un vistazo al dossier que le habían entregado en aquella empresa, o simplemente intentar dejar su mente en blanco y oír la música ambiental para relajarse.


A penas habían pasado veinticinco minutos desde que habían despegado y tuvo que levantarse y dirigirse al diminuto wc del avión para refrescarse la cara y las muñecas. Y al mirarse al espejo pudo verla de nuevo, como aquella vez reflejada en el espejo del probador de unos grandes almacenes donde habían podido verse la última vez. Dónde a hurtadillas y como animales se habían entregado al mayor de los placeres. Aquella vez la folló por detrás, aferrándose a sus senos como un lactante hambriento y la había atravesado con su falo como un perro posee a su hembra ansiosa.


Volvió a ver su cara, sus gestos, a oír sus ligeros gemidos que aliviaba casi tapándose ella misma la boca para no ser oídos o descubiertos. Era difícil para ambos permanecer sin emitir ruido alguno, sus respiraciones y el golpear de sus cuerpos uno contra el otro, resonaban en aquel espacio que enseguida se llenó de ellos, de sus besos, de sus caricias, de sus embestidas, de sus sexos, de sus olores y sus flujos. Las manos de ella resbalaban sudorosas sobre el espejo, notaba como temblaba su cuerpo y sus pechos se bamboleaban aún estando agarrado a ellos, presionándolos con sus manos.


Todas aquellas imágenes se repetían en su cabeza, como las del trailer de una película de sexo. Una penetración, un mete y saca, una lamida, una mamada, un gemido, un coño abierto, una polla a punto de estallar, otro gemido, una embestida, un culo, unas tetas… todo sin orden y sin guión. La única referencia a seguir, la de sus deseos, la de sus perversiones, la de sus ansias y sus propias lujurias…


Por un momento pensó que la polla iba a reventarle allí mismo. La prietud de sus pantalones se clavaba en su glande y tuvo que bajarse la bragueta, dejando escapar su verga por ella. La tomó entre sus manos y sintió en ellas el ardor de su propio deseo, como un hierro incandescente. Intentó calmarse mojando nuevamente su rostro con agua fría pero su erección era cada vez mayor.


Untó sus dedos de saliva y en la necesidad de acabar con aquella presión que casi no le dejaba respirar, empezó a tocarse la polla, a masturbarse en aquel baño tan estrecho, a pajear su miembro pensando en ella. En aquel instante en el que por primera vez sintió sus labios sobre su miembro, la caricia de sus manos en sus testículos y la humedad de su lengua en su glande.


Ella era única. Jamás nadie le había mamado la polla así, con tanto deseo, con tanto mimo, con tanta dedicación. Ella metía y sacaba de su boca aquel miembro como si fuera un objeto de adoración. La abría, acumulaba saliva y la dejaba caer sobre la punta de su verga como si fuera el gotear de un grifo, repartiendo toda esa humedad a su largo y a su ancho. Luego sacaba la lengua y recorría cada centímetro de piel que envolvía su carne, desde el perineo hasta el frenillo del glande, donde se paraba a juguetear, dibujando círculos con la punta de la lengua. De repente, y de una sola bocanada, se la metía hasta la garganta y se la sacaba lentamente, empapándola de sus babas. Era como sentirse en el ojo mismo del huracán, como si un fuerte viento le recorriera desde los dedos de los pies hasta sus cejas, estremeciendo cada poro, erizando cada vello.


Se derramó allí mismo, como el onanista incapaz de reprimirse, ansioso por masturbarse hasta eyacular y quedar casi sin sentido, abstraído por completo del lugar y el momento en el que se encontraba. Su semen salió disparado, como las llamas del infierno, como lava que erupciona de las entrañas de un volcán, estampándose sobre aquel espejo y llenando su propia mano.


Solo en ese momento cesó su incertidumbre y pudo relajarse para volver a sentarse en su asiento hasta llegar a su destino.


Tan pronto como aterrizaron y la azafata comunicó a los pasajeros que podían bajar del avión, cogió su equipaje de mano, una cartela de piel en la que llevaba aquello que pudiera necesitar para su entrevista, una muda, una camisa limpia y su neceser, abandonó la nave y sin pararse en la recogida de equipajes, se dispuso a salir del aeropuerto. Justo antes de alcanzar la puerta oyó su nombre por megafonía. Por un momento pensó que podía haber olvidado algo en el avión así que se dirigió al mostrador que le indicaron por los altavoces y una señorita muy amable le atendió.


Alguien le esperaba en la sala VIP y algo extrañado y curioso acudió a ella acompañado por una azafata de tierra. Al entrar no había nadie pero enseguida se abrió la puerta y apareció ella. Creyó estar soñando, y cuando se aproximó a ella para preguntarle, se lanzó a su boca, cerrándola con un ardiente y húmedo beso que le hizo olvidar todas aquellas preguntas que quería hacerle. Comprendió entonces que no soñaba, que el calor que sentía en sus labios y en su cuerpo era el de ella, que tanto extrañaba y deseaba.


Su polla volvió a excitarse y fue ella misma la que abrió su bragueta, atrapó su sexo entre las manos y allí mismo, le mamó la polla como él recordaba y como lo había imaginado instantes antes, encerrado en aquel baño.

C.P. Peñalva FOTOS

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