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La Alumna

Nunca había tenido tantas ganas de una alumna como de Perlita. Es alta, de larga y negra cabellera, esbelta pero con redondeces de diosa y la suave piel de sus 19 años. Sus grandes ojos castaños, sombreados por finas y tupidas cejas, seguían mis evoluciones en la tarima, mis explicaciones sobre la traza urbana de Teotihuacán o los sistemas de riego de Tula Xicocotitla como si fuese el mismísimo Quetzalcóatl el que hablara por mi boca. Además, sus ensayos destacaban entre las torpezas del resto y sus preguntas en clase me permitían aterrizar cada vez que, insensiblemente, empezaba a hablar en nahuatl clásico.

Cada vez que Perla hablaba, mirándome a los ojos, mi superioridad profesoral se tambaleaba y sentía que me faltaban el aire y las palabras. Sus preguntas bien planteadas, su armónica voz, su bien articulada dicción me fascinaban y empecé a fantasear cosas que me habrían conducido, si no al ministerio público (al juzgado de guardia), sí al Tribunal Universitario.

Afortunadamente mi clase era de siete a nueve de la madrugada y Perla llegaba enfundada en jeans, botines y gruesos jerseys de lana o chaquetas de cuero, aunque a veces, hacia el final de la clase, solía quitarse el sweter mostrando sus generosos pechos oprimidos por las ceñidas blusas de color oscuro que solía usar.

A mediados del segundo semestre (imparto un curso anual) nos fuimos de viaje de prácticas a Monte Albán y fue entonces cosa de verla con las desnudas y doradas piernas al sol, siempre cerca de mi, mientras yo explicaba las excavaciones de Alfonso Caso y Marcus Winter. La noche del primer día, ya en Oaxaca, tuve que salir en busca de una puta, una morena voluptuosa a la que me follé vigorosamente, pensando en Perla. Me corrí en su coño y en su culo (es decir, en el condón), pensando que era el ansiado cuerpo de Perla. Salió caro, debo decirlo. Y más caro regresar con ella la noche siguiente, tras ver a Perla caminar en unos chorts mínimos, meneando discretamente sus gloriosas caderas; tras ver sus grandes pechos claramente perceptibles bajo la ceñida blusa. Estoy seguro que si uyo pagué a una puta, mis alumnos tuvieron que pajearse.

Por aquel entonces estaba metido en una investigación sobre ciertas peculiaridades de la cultura Paquimé. Tan pronto entregara calificaciones me lanzaría al extremo norte del país. Durante el curso, Perlita, la bella Perla, había mostrado interés por las culturas del norte y, en particular, por mis temas de Paquimé, así que... la invitaría, sí..

Terminó el semestre y entregué calificaciones. Pedí que se quedaran cinco o seis chavos del grupo al final y los fui despachando uno a uno tras decirles cualquier cosa sobre sus ensayos finales, hasta que sólo quedó Perla, a la que le dije que iba a irme dos semanas al norte de Chihuahua a estudiar aquellos temas y que, dado su interés y capacidad, la invitaba a trabajar allá, considerando que, pues me iría en carro, no tendría que pagar el transporte.

Sonrió iluminando el salón y quedó de confirmarme al día siguiente, pues saldríamos dos días después. Yo tenía todo listo y sólo restaba despedirme de la ciudad y esperar su llamada, que llegó finalmente:

-Sí voy –me dijo.

-Entonces hay que vernos hoy, para que te explique el viaje y el equipo que debes llevar.

En realidad iba a explicarle otras cosas, por supuesto. Dos horas después toqué el timbre de su casa, en la Condesa. Una gruesa trenza que recogía su cabello colgaba por uno de sus hombros desnudos, pues vestía apenas una camiseta de tirantes (¡sin bra!, sus pechos, abundantes y firmes, eran más sensules, parecían más sensuales que si me hubiese abierto la puerta sin nada puesto), color azul cielo, de esas que me vuelven loco pues dejan los hombros, el cuello y los brazos a la vista, y una vaporosa falda blanca que se sostenía sobre sus caderas, dejando descubierto su bellísimo ombligo y su breve cintura. Estaba descalza y sus pequeños pies y sus elegantes pantorrilas exigían ya el contacto de mis manos.

Tan pronto cerró la puerta tras de mi, luego de saludarme con un beso en la mejilla, le dije:

-Perla querida: como ya no eres mi alumna, puedo decirte algo que antes no podía... aunque creo que ya lo sabes. Me encantas, me tienes loco y quiero...

Me interrumpió con un beso. Me dio un largo beso que despertó mis instintos y mi verga, que se puso firme y se lo hizo saber. Mis manos buscaron su cintura, bajo la breve blusa, acariciando la dulzura de su piel y ella desfajó mi camisa para arañar mi espalda.

Recargado en la puerta de su casa sentía su cálido cuerpo junto al mío. Mi boca, abierta, se separó de la suya y recorrió, acariciando apenas con los labios, su brazo y su hombro, su cuello y su mejilla. Ella empezó a suspirar, mientras mi boca seguía trabajando, mientras mis manos, por debajo de su falda, descubrían la dureza de sus muslos, la delicada firmeza de sus nalgas, solo a medias cubiertas por una mínima braguita.

Cuando mi mano pasó debajo del calzón sintiendo la cálida frontera entre sus nalgas, sus suspiros se transformaron en gemidos. Me faltaban manos, me faltaba boca para explorar su cuerpo, cuando de pronto ella dijo, entre suspiros:

-No podemos hoy, profe...

El "hoy" me hizo pensar que el "no podemos" no era grave: quizá estaba menstruando o algo, que es algo que no me preocupa en lo más mínimo; quizá, también sus padres estaban al caer, y tendría que aguantarme un día más. Sin dejar de acariciarla le pregunté:

-¿Por qué?

-Porque sabiendo que me iría contigo a Chihuahua, ayer fui a que me pusieran el DIU, y me dijo la doctora que me abstuviera un par de días...

Aquello me prendió aún más, en lugar de apagarme, y empecé a mordisquearle el cuello, acariciando el ojete del culo, buscando sus pechos con la otra mano. Ella me jaló al sofá que estaba al lado y seguimos acariciándonos, tocándonos, desvistiéndonos poco a poco. Su cuerpo desnudo era la imagen de la perfección femenina, de la promesa cumplida, los cortos y negros vellos que cubrían su monte de venus, sus bien depiladas piernas, sus pechos de buen tamaño e impecable consistencia estaban ante mi, al alcance de mis ojos, de mis manos, de mis labios.

Las caricias y los besos iban y venían, nuestros sudores y nuestras salivas se mezclaban, su sexo despedía jugos y aromas y yo estaba mareándome, con la verga a punto de estallar. Entonces ella me dijo:

-Mastúrbate.

Se sentó junto a mi, sin dejar de acariciarme mientras yo jugaba con mi verga, subiendo y bajando la mano, acariciando el glande con la uña, la estirada piel donde alguna vez hubo un prepucio, las saltadas venas, era demasiado y gemí:

-Ayúdame.

La bellísima chica hizo lo que yo esperaba, lo que ansiaba: se metió mi palpitante trozo a la boca, mamándolo con ansia, con gusto, para mi satisfacción total, hasta que mis grititos le avisaron que se hiciera a un lado.

Si ya le agradecía el inmenso detalle del DIU, si me pareció fabuloso que me la mamara, añadió un tercer detalle que terminó de conquistarme: cuando mi leche cayó en su cuello y sus senos, no corrió a limpiarse. Seguimos besándonos, mezclando ese nuevo fluido con los anteriores, hasta que mi verga recuperó la posición de combate. Me llevó entonces a su recámara, se acostó en la cama con su sexo justo en la orilla y las bellas piernas fuera, abiertas, y me llamó con una mirada. Decidí entonces que ella también merecía recibir algo de mi, y me bajé al mar.

Su clítoris, hinchado, bañado con sus propios jugos, de fuerte y delicioso olor, fue presa de mis labios y mis dientes, de mi lengua y mis dedos. Vi con enorme placer cómo se retorcía de gusto bajo la acción de mi boca, como su sexo se adelantaba buscando más, como sus gemidos daban paso a los gritos y a tres orgasmos sucesivos, uno tras otro.

Por fin se recorrió haciéndose un ovillo en la cama. Mi verga seguiá en pie de guerra y me acosté detrás de ella, acomodando mi erguido miembro entre sus nalgas, abrazándola con una mano y posesionándome de su pecho con la otra. Las caricias y los besitos en sus omoplatos y su cuello la fueron prendiendo otra vez. Movía sus caderas de tal modo que me daba un sabroso masaje en la enhiesta verga. Yo veía todo rojo, ya no pensaba, cuando su mano, en esa posición, agarró mi verga.

La posición en que estábamos, la recomendación de su ginecóloga, la naturalidad y cachondez que estaba mostrándome, me hicieron pensar que, quizá, mi miembro penetraría por estrecha vía, pero no: su bien lubricado coño, apretadito así, con las piernas casi cerradas, recibió por primera vez, de muchas, la visita de mi verga.

Entré despacio, feliz, sintiéndola palmo a palmo, saboreando con cada parte de mi verga el masaje de su apretada cueva, los gráciles movimientos de su cadera, la sensación de vida, la pequeña muerte que precede al orgasmo.

Luego, nos fundimos en un largo abrazo, en otro largo beso en que nuestras bocas compartieron el sabor de nuestros sexos. Nos juramos eterna fidelidad sabiendo que, como dice Sabina, hay amores eternos que duran lo que... un viaje a Chihuahua.

Supe también que acababa de dejar de ser mi alumna: ahora a mi, aunque doce años mayor que ella, me tocaba aprender.

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