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Como Pez en el Alma

Empezaré con la parte amable. Hay detalles que casi han adquirido un carácter ritual, por ejemplo, que Cristina esté tendida sobre la cama, latiendo desnuda a todo lo largo de su hermoso cuerpo. Mi mano transcurre casi tocándola, como si fuese un insecto liviano que danza en una charca sin hundirse, sin cruzar realmente el límite del agua; así pasea mi mano, tocándola apenas en aquellas partes en que sus poros justifican su deseo y se erizan para establecer contacto. Como siempre sus pezones son una bonita excepción a la llanura de su piel y éstos son tocados por el serrucho inofensivo de mis huellas dactilares. Y así bajo, en una ruta conocida, y al llegar al ombligo siento como si el suelo desapareciera. Mi mano sigue y nada disfruto más que ese instante en el que los gruesos vellos de su pubis comienzan a emerger, convirtiendo en bosque las hipnóticas dunas de su vientre algo abultado, así, despacio, podría contar cada uno de esos cabellos negros que forman una mata espesa y fragante. Por fin llego a los labios de su sexo, que son como un oasis en medio de la nada, y mis dedos se convierten en una pandilla de colibríes que se turnan dichosos para mojar sus picos.


Con mi mano danzando en su sexo mi boca comienza a besarle los labios de su boca imposible de cerrar. Invento una armonía entre mis dedos colibrí y la profundidad de sus inhalaciones y exhalaciones. Siempre pasa así, de manera casi ritual. Ella tendida y desnuda, en posición de una vil tabla, boca arriba, como si tuviese mucho miedo, con sus brazos pegados al cuerpo, y yo, sigo fielmente el procedimiento de abordarla muy lentamente, pues al tocarla tengo que hacerle creer que no la toco, al hacer todo tengo que hacerle entender que es ella quien lo hace, y al gozar de su cuerpo tengo que dejarle en claro que es éste el que se atraviesa entre mi alma y la suya. Este lentísimo acercamiento desconcertaría a cualquiera que investigue el comportamiento sexual del ser humano, pues es un acercamiento inusual que sólo han de tener algunos moluscos, sin embargo, sucede como casi siempre que una vez que Cristina abre el compás de sus piernas, las abre para no cerrarlas, y se transforma en la amante más salvaje y exigente, la mas posesiva e irreflexiva.


Mi boca, de que empieza a besarla, está condenada a no dejar de hacerlo. Cuando se siente lista y abre las piernas toma mi cabeza y conduce mi cara justo encima de su sexo, y con aire de dictadora me pone a mamarle el coño, con sus manos juega con mi cabello, pero en realidad vigila que no aparte mi lengua de su caldero de jugo, y si separo mi boca lejos de los gajos de su sexo, la caricia al cabello se convierte en una agresiva toma de control que me devuelve a mi sitio de trabajo, y así me mantiene lengueteándole sus labios, moviendo sus caderas para que mis labios muerdan justo lo que ella quiere que le muerdan, y yo soy feliz entre su mata de vello, alisando cada arruga de su sexo, bebiendo el néctar que comienza a manar por chorros; ella baja su mano y comienza a meter sus dedos en su propio ano, como si quisiera agarrar desde ese otro canal la lengua que juega en su vagina.


Luego me jala del cuello y conduce mis labios hasta su boca. Ella para ese entonces ha tenido un par de orgasmos que le han liberado de lo que sea que hubiera que liberarle, su mirada ya no es la misma, ya no piensa, sólo desea, y sabe muy bien lo que quiere, y lo que quiere es que le haga todo lo que a mi se me ocurra, siempre y cuando no deje de besarle la boca, y así, perfilo mi instrumento y la penetro sin escala alguna, su beso se interrumpe un segundo que aprovecha para gemir, pero luego con su lengua me va dictando el grado de violencia que espera de mis embestidas. Con los brazos le abro las piernas en el compás más amplio posible y le dejo ir cada milímetro de verga con que cuento, metiéndole incluso aquella fracción de testículos que pueda. Cada embiste que se mete hasta el fondo es seguido por un apretón de vagina que ella me da y me coloca en riesgo de regarme cada vez. Y así la barreno durante largo rato, siempre besándola.


Luego la tumbo boca abajo y comienzo a darle por el culo, sin dejar de besarla, claro está. Ella me permite que me quite el condón si le garantizo regarme en su culo y no en su vagina, lo cual es un acuerdo que siempre estoy dispuesto a hacer. Una vez que ella negocía el punto ya nada es igual, es como si fuese una promesa que tuviese que cumplir, así que con una mano le volteo la cara para besarla más a gusto, mientras que con la otra mano le penetro ligeramente la vagina, alzándole un poco las caderas, que ya alzadas como las nalgas de una gata en celo comienzo a penetrar más y mejor. Cuando siento que mi orgasmo es inminente ella siempre lo adivina, y con su boca me da de respirar controlando ella mi agitación, y cuando comienzo a batir mi leche blanca dentro de su cuerpo ella emite una exhalación profunda, y en ese instante ni ella ni yo respiramos, sólo exhalamos, como si nos diluyéramos en el cuerpo del otro, y cuando creo haber dejado hasta la última de mis semillas, ella mueve sus nalgas en un contoneo que siempre me hace regarme más.


Sólo después de esto ella puede reír. Ella, que nunca ríe, ríe. Y se deshace en preguntas que siempre le contesto satisfactoriamente. Que si me gustó. Qué si lo disfruté. Que si mucho. Y yo le contesto siempre de mil maneras innovadoras, o hago comentarios de detalles muy precisos, para que le quede claro que no le estoy contestando por compromiso, sino porque en realidad me ha hecho el hombre más feliz del mundo. Yo la baño, yo la visto, yo la peino. Le demuestro mucho amor, y ella lo agradece con todas esas caras de felicidad que me regala. Luego, en forma casi ritual, llega el instante en que vuelve a preocuparse de sus cosas, recuerda que aun no está divorciada y que yo, probablemente, no seré para siempre, y encajona su dicha detrás de una máscara apropiada, me comienza a preguntar acerca de cosas del trabajo, de mi escuela, en pocas palabras, vuelve en sí.


Lo que yo no esperaba fue que en esta ocasión, nuestra despedida fuese interrumpida por un extraño. La escena era arquetípica, una esposa, un amante, un esposo que irrumpe con una pistola en la mano, todo así de predecible. No es buena idea ubicarse entre una bala y su destino, pues uno pasa a convertirse en éste. Desde luego sólo a mi se me ocurre estar en medio de este fuego cruzado.


Por un lado está Cristina y por el otro su marido, ambos descargan toda la porquería de que son capaces, y yo en medio, como si fuese una red en un partido de voleibol. Quisiera estar en cualquier otro lugar. Todo es complicado porque estamos en un hotelillo donde la vida no vale nada. La pistola que el esposo lleva en su mano le da una credibilidad envidiable. El tipo jala el gatillo y yo me interpongo entre el arma y Cristina. La bala perfora mi abdomen.


La sangre tiñe de rojo las casi blancas sábanas del hotel y al ver esto el esposo de Cristina se asusta tanto que se echa a correr. Cristina se abalanza sobre mi y me dice que la herida no es mortal. Yo intento recordar si ella es médico o algo por el estilo que la califique para dar semejante diagnóstico y no encuentro ningún dato tranquilizante. Sin embargo sus ojos tienen mucha fe en que viviré, y lo que hago es colgarme a su esperanza.


Me abraza primero, manchando sus piernas con algún chorrito de sangre que efectivamente me sale de la espalda, pues la bala me atravesó. Descanso en sus brazos, no me siento tan mal. Si he de morir, que sea de esta manera, en brazos de una dama tan linda como ella. Siempre he cumplido sus caprichos, y ahora su capricho es que viva, así que viviré. Respiro hondo y pienso que no puedo morir, que tipos como yo son necesarios en este mundo delirante. Soy sin duda un mal, pero un mal necesario. Así lo creo.


¿Qué me colocó en este embrollo? Les contaré. En realidad ya se había tardado un marido en balearme.


Quisiera no extenderme mucho contándoles cómo fue que conseguí mi empleo, pero siento que es necesario hacerlo. Todo comenzó hace un año aproximadamente, llevaba apenas tres meses de haber entrado a trabajar en una escuela privada de natación y vivía bien. Las cosas se organizaban en aquel lugar más o menos así: la dueña era la Señora Dorita, quien tenía un par de hijas, Laura y Socorro, éstas últimas habían demostrado interés en la natación desde edad muy temprana, se cultivaron en esa materia e incluso ganaron algunos premios a nivel nacional. Todo esto de los premios y las competencias motivó a la señora Dorita a mandar construir una alberca semi olímpica, sin embargo, dado que su costo de mantenimiento es elevado, esta alberca no podía servir sólo para que sus hijas entrenaran, así que llevó a la práctica una idea, la de formar un club de natación en el cual los socios tuvieran derecho a las instalaciones, además, contrató maestros para que impartieran clases de nado. Ahí es donde entré yo en la historia, aunque tal vez entré desde antes, sin saberlo.


La señora Dorita me contrató a mi por recomendación de Laura, su hija menor. Laura me conocía de un concurso de nado que se había celebrado en las playas de Acapulco hacía como dos años, yo había quedado en segundo lugar varonil y ella en tercero femenil. Laura y yo no éramos los grandes amigos, sin embargo en aquel torneo nos habíamos conocido, digamos, bien. El día de las competencias cada uno de nosotros nos hicimos de nuestras medallas y nos fuimos a celebrar. Nos reímos mucho y ya entrada la noche Laura estaba algo chiflada y caliente. Se veía muy bien y no se cansó de hacerme saber que no quería terminar un día tan bueno yéndose sencillamente a dormir, sino que quería portarse un poco mal. La cosa terminó con Omar, el tercer lugar varonil, Laura y yo, en la misma cama. El cuerpo fuerte de Laura nos hizo trabajar arduamente a los dos, hasta que por fin encontró el orgasmo con mi verga en la boca y la de Omar en su sexo. Cayó exhausta, de hecho, fue desmoralizador el hecho de que, luego de una hora y media de trabajo rudo por parte de los dos machos tuviésemos que regarnos sobre su cuerpo dormido. Nos marchamos. Al día siguiente las despedidas fueron como si nada hubiese pasado, y me atrevo a apostar que ella no supo ni qué hizo ni con quién.


Pasé sin saber nada de ella hasta que me llamó por teléfono casi un año después de aquella noche. Ella no recordaba las nalgadas que le di mientras la empalaba, pero sí recordó mi nombre y que había obtenido un premio en aquel torneo de nado. Resultaba que ella se había cambiado a vivir a Morelia, la ciudad en que vivo, y yo ni enterado. Me ubicó, supongo, por el directorio telefónico, pues mi nombre aparecía en la sección de maestros de nado. Yo daba clases de natación con muchas limitaciones, pues requería clientes que tuvieran alberca, de tal forma que ser contratado por un club de natación me daba mejores oportunidades de trabajar por las tardes, o en la mañana muy temprano, pues durante el día soy oficinista.


No miento si digo que me hice mil ideas acerca de las marranadas que montaría con Laura en nuestro reencuentro, de hecho, la vanidad me hacía suponer que la añoranza de mi jodienda era el principal gancho de reencuentro, sin embargo, no hubo reencuentro de ningún tipo. Ella se había puesto un poco más ancha, sus nalgas, aunque fuertes, habían adquirido una forma que no era la que yo recordaba. Me vine a enterar que era casada desde hacía cuatro años y que tenía un niño de tres, cosa que nunca imaginé en Acapulco mientras le metía la verga entre las tetas. Si al despedirnos de aquel torneo tenía una especie de amnesia, ahora, frente a su madre y su hijo, a lado de su marido, esa amnesia era aun más profunda, y su indiferencia ante mi era absolutamente profesional.


Me dieron el empleo, daba clases particulares de media hora y grupales de una hora. Sucedió entonces un hecho que vino a marcar la diferencia en mi forma de asumir la vida, y que tal vez es el verdadero inicio de esta historia. Yo tenía fama de ser muy paciente con los niños, y a ser honesto soy bueno en lo que hago, esas virtudes se mezclaron con la necesidad que le había externado yo a la señora Dorita de requerir más alumnos, pues daba una clase particular a las cinco de la tarde, luego otra a las cinco y media, luego no tenía alumno entre las seis y seis treinta, luego sí tenía de seis treinta a siete, luego no tenía de siete a siete treinta y luego volvía a tener de siete treinta a ocho, y de ocho a nueve daba clases a un grupo de niños, así que las medias horas sin alumnos me representaban una vil pérdida de tiempo.


Un día me llamó la señora Dorita y me dijo:


-Juan Carlos, ¿Todavía te interesa cubrir las medias horas que tienes libres?-


Yo, ante una pregunta tan estúpida, intuí que algo de trampa habría una vez que contestara que si, pero no me importó y contesté –Por supuesto-


-¿Aunque requiera de un esfuerzo adicional?-


-Si. Por favor coménteme de qué se trata. Tanto anuncio me llena de curiosidad.


-Una mamá quiere inscribir con nosotros a su niño, pero el niño es minusválido. Creo que tu tendrías la paciencia para atenderlo.


Yo no contesté de inmediato, pues la palabra minusválido me podría significar muchas cosas, o ninguna. Respondí –Necesito evaluarlo. Que lo traiga y vemos.-


Aquella tarde regresé a mi casa absorto. Supongo que a lo largo de mi vida he desarrollado un conocimiento humano que me posiciona en un terreno muy sensible, un terreno en el que cada persona me importa, es, por así decirlo, como si el rostro de una persona me revelara una gran parte de su forma de existir, lo cual es como una especie de don no pedido. Por ejemplo, miro a los alumnos de mi clase grupal, todos son niños, sin embargo, es como si percibiera quien de ellos va a triunfar y quien fracasar, pues veo sus rasgos particulares, su forma de andar, su forma de dirigirse a los demás, pestañeo y pareciera hacer un inventario de todo aquello que sus padres han depositado en sus cabecitas nuevas, y los proyecto hacia el futuro con toda su gama de consecuencias, y advierto si sus padres los han convertido en un cubo de basura o en un florero de altar, o en una divertida caja de felicidades. Cuando alguien tendrá un evidente éxito, comparto esa dicha y colaboro con su formación, pero cuando advierto una ruindad latente, me entristezco, pues no soy yo, un simple maestro de natación, quien habrá de cambiar las cosas, aunque, cabe decir, en algunos casos he hecho pequeñas intervenciones educativas que han emocionado a los chicos y les ha cambiado, aunque sea un poquito, el rumbo de su vida. ¿En qué dimensiones? No podría determinarlo, en veces me aterra pensar que todo podría estar en mis manos.


Me iba riendo solo por la calle recordando aquello de "necesito evaluarlo". Pues nada me daba competencia para evaluar a nadie, quizá sólo mi buena voluntad y mi conocimiento humano.


Era un lunes cuando me trajeron a Gustavo, que era un niño como de ocho años que reflejaba un desarrollo de unos cuatro años, su cuerpo era flaco, muy delgado, su andar era estridente, como si lo manejara desde el cielo un titiritero muy torpe, siempre mostrando una sonrisa, con una mirada desconcertante. A juzgar por la manera de vestir de la chica que lo llevó hacia mí supe que no era la madre la que lo había traído a clase, sino la empleada domestica. La chica apenas y si me supo decir que el niño se llamaba Gustavo. Al niño lo vistieron con el traje de baño más ridículo que encontraron, con unos enormes círculos azules sobre una amplia tela amarilla. Esta combinación hacía que toda la gente que estaba en la alberca y fuera de ella voltearan a verle, uno, por el grabado de la tela, y dos, porque era amplio, como de payaso. El visor con que lo mandaron era un visor de buzo, de esos de una sola pieza, en vez de sandalias le habían puesto unas estúpidas aletas, sólo les faltó llevármelo con tanque de oxígeno. Le pregunté a la muchacha si el traérmelo así formaba parte de algún tipo de convencimiento para que Gustavo viniese, pero no me supo contestar.


Cuando acercaron a Gustavo conmigo, éste, como pudo, señaló mis gogles. Le dije a la empleada que se llevara el visor, me quité mis gogles y se los presté a Gustavo. Se puso feliz con un detalle tan simple. No le gustó tener que quitarse las aletas, pero igual aceptó. Comencé a hablarle normalmente, nada de hacer vocesillas graciosas ni de hablarle en un idioma de tontos. Me puso atención. Estuvo de acuerdo en meterse al agua y casi de inmediato empezamos a trabajar.


Aquella primera clase fue muy difícil para mi, pues estaba acostumbrado a decirle a los niños que hicieran bucitos y éstos entendían a la primera, les daba indicaciones y comprendían, y llevaban secuencia, y en cambio Gustavo, había que decirle las cosas un par de veces, pero terminaba por hacer caso. Algo que no quise hacer fue ponerme cretino y hacer como si nada pasara y asumir que Gustavo era igual que todos los niños, pues no era así, era diferente, claro que era diferente, pero igualmente valioso. Poco o nada pude conocer de la chica que lo llevó, la cual lo puso en mis manos y se fue a las mesitas de espera a leer una revista realmente irrelevante.


Al terminar la clase Gustavo no se quería ir, pero de alguna forma le hice entender que era así como las cosas serían, con un límite. Le dije a la persona que lo llevó que lo aceptaba como alumno, y ella hizo una mueca como si dijera "por supuesto que lo acepta, si se le va a pagar". Lo que sí no logré fue que Gustavo me regresara mis gogles, así que le dije a la sirvienta cuánto me debían ya sus patrones por concepto de equipo.


La chica lo secó casi por completo afuera de la alberca, y luego se lo llevó al baño de mujeres a terminar de cambiarlo. De dentro del baño de mujeres se escuchó un grito agudo de mujer, alguien que se asustó con el chico, o alguien fingió pudor de que él les viese desnudas, en fin, no sé qué pasó, sólo sé que se escuchó un grito. Salió vestido igual de ridículo que como había llegado. Una emoción muy fuerte inundo mi pecho así que me sumergí en la alberca para que las lágrimas que me brotaron no fueran notadas y al momento de hundirme en el agua pensé "deseo colaborar".


Transcurrieron tres semanas en las que hubo grandes avances, en varios niveles diría yo. En el niño se afinaron muchos aspectos de su motricidad, y en mí se renovó cierto interés educativo y de estudio, pues la necesidad me hizo investigar acerca de los niños con alguna discapacidad. Seguía sin conocer a ninguno de los padres del niño, pues lo seguían enviando con la empleada doméstica.


En la natación obviamente hubo adelantos, pues pasó Gustavo de nadar envuelto en esponjas flotadoras a nadar por sí mismo. Un detalle llamó mucho mi atención. Gustavo de alguna forma estaba muy al pendiente de si la chica que lo llevaba estaba dentro del espacio de la alberca, es decir, en las mesitas de espera, o si estaba fuera del área de albercas. Noté que cuando la chica no estaba él tendía a caminar un poco más erecto, con mayor seguridad, y en cambio, si la chica estaba dentro él caminaba un poco como chimpancé en evolución darwiniana. Ese día decidí asumir una responsabilidad que no me correspondía, la de llevar a que Gustavo se cambiase de ropa en el baño de hombres. En realidad comencé a utilizar un poco de tiempo en ver si él era capaz de vestirse solo. Lo hizo bastante bien.


Ya hacía un par de semanas había dado la indicación de que el traje de baño que llevaba el niño no era el adecuado y logré que le compraran un traje más normal. Luego logré que le compraran unos pantalones deportivos y una chaqueta a juego, de los que venden en el club, con el logotipo del lugar y con el nombre bordado del alumno. Igual se compró y con ello terminó esa mala racha de vestirlo como payaso. Tuve que mentir y decir que aquellos uniformes eran de compra obligatoria. Los padres de Gustavo parecían muy dispuestos a pagar todo aquello que costara solamente dinero, pero de asistir nada. Por fin se cumplió el mes de que Gustavo había caído en mis manos, y llegado ese momento me inventé otra obligación no regulada por el club, exigí que asistiera uno de los padres.


No sé qué efecto hubo en todo esto, pero entre el lunes que pedí la asistencia de uno de los padres y el miércoles en que debía uno de ellos asistir, me llevé una regañiza muy severa por parte de la señora Dorita, me empezó a hablar de lo importante de no perder clientes, de la cercanía que había ya de los meses de diciembre y enero y de la falta de trabajo que iba a sufrir si me tomaba este tipo de licencias, me informó que los padres de Gustavo habían presentado una queja por mi altanería de querer decirles qué hacer y qué no hacer, me insistió que uno no puede exigir a los padres más allá de lo que ellos pueden ofrecer, y un largo etcétera que me dejaba bien claro que la Señora y yo veíamos el asunto desde un punto muy diferente, a ella le interesaba la escuela o incluso mi propio trabajo, y a mi el chico. El miércoles en cuestión no fueron los padres de Gustavo y en cambio amenazaron con que el niño ya no iría más. Esa noche me sentí de verdad muy frustrado. Sin embargo, el viernes me llevaría una sorpresa, pues no sólo regresó Gustavo a clases, sino que se presentó con él la señora Cristina, su mamá.


Ese viernes estaba yo fuera de la alberca, a la cintura llevaba yo colgando una toalla de esas que pueden colocarse como falda, mi torso iba desnudo, pues aun hacia calor, y me disponía a tomar un jugo. Según yo había tiempo para todo aquello porque la hora en que comúnmente asistía Gustavo la consideraba vacante, sin embargo, al abrir la enorme puerta corrediza para dirigirme al área de jugos coincidió que del otro lado estaba, esforzándose por abrirla, la madre de Gustavo, así que quedamos frente a frente, a escasos cuarenta centímetros.


Lo primero que vieron mis ojos fue un rostro bellísimo, algo cuadrado, maquillado de manera impecable, con una mirada triste que el exceso de cuidado en el maquillaje no podía ocultar, a lado de los labios había unas pequeñas arrugas que reflejaban un malestar general, una felicidad inconclusa, el cabello era liso y teñido de color rojo, perfectamente acicalado, un cuello que me pareció largísimo y un escote divino que parecía ofrecer un par de pechos muy voluminosos a quien quisiera lamerlos, la blusa era negra y ajustada. La mujer tenía una cintura singularmente estrecha luego de la cual surgía una cadera ancha y redonda, posiblemente sometida por algún tipo de faja; sus pantalones, igualmente negros, llegaban hasta poco más arriba de los tobillos, para rematar con un par de pies blancos y perfectos, con las uñas pintadas caprichosamente en color rosa pastel con figurillas de aves, pies de salón de belleza, encajados en unos zapatos de tacón con múltiples correas cruzadas. Arreglarse así no pudo haber llevado menos de una hora y media.


Lo que ella vio no fue gran cosa, o quizá sí; mi pecho desnudo, todavía bronceado de la última vez que había ido a la playa, un tatuaje pequeño que llevo en el pecho en el que aparecen dos tiburones entrelazados, notoriamente copulando, pero con una cópula más bien humana, las gotas de agua fresca que adornaban mi piel como si me hubiesen llorado diez vírgenes, mi toalla algo baja, los huesos de mi cadera sobresaliendo un poco por encima de ella y los vellos en mi abdomen que más bien trazan el camino hacia mi parte más valiosa. Abajo, mis piernas aun mojadas y mis pies metidos en unas sandalias de cuero.


Nos sorprendimos el uno del otro, un segundo nada más, el tiempo suficiente para recordar que virtualmente éramos enemigos, enemigos a muerte unidos por un elemento común, y ese elemento común alzaba la voz algo distorsionada para decir "Maestro Juan Carlos". Gustavo se tendió sobre mi y me dio un abrazo, y al abrazarme me tiró la toalla, me volteó de espaldas. Instantáneamente advertí que en esta situación tenía que valerme de todos los recursos que tuviera, pues tenía que hacer extensivas ciertas normas educativas a la madre de Gustavo, y no me importó si parte de las tretas fuera que aquella mamá me viera la espalda y las nalgas mientras me agaché por la toalla. El abrazo de Gustavo era impagable, pues con ello quedaba claro que yo le hacía bien al niño o que al menos éste me había llegado a querer un poquito.


-¿Usted es el profesor Juan Carlos?-

-A sus órdenes.-

-Vengo para ver cómo va el niño. Yo soy su madre.-

-La mejor forma de verlo es viéndolo. Le agradezco que haya venido. Puede sentarse si gusta en aquellas sillas, junto a las mesas, desde ahí podrá verlo bien-


No dije más. Sujeté a Gustavo y le pregunté:

-¿Cómo has estado?-

-Bien- contestó. Cuando dijo "bien" la madre hizo un gesto que no supe interpretar y volteó el rostro.


Gustavo se metió al agua y pareciera que yo lo hubiese hipnotizado para que hiciera todo muy bien. Podría decir que se lució ante su madre, quien estaba en la orilla, aparentemente viéndolo, cosa que no podría afirmar ya que se puso unas impenetrables gafas oscuras. Gustavo nadó y nadó, se reía. Yo le tomaba tiempos, pues serían un argumento interesante. Cuando la media hora de clase terminó, advertí que la madre de Gustavo estaba algo impaciente. Nos salimos el niño y yo de la alberca, como sincronizados nos secamos, él con su toalla y yo con la mía, y nos dirigimos a los vestidores. Yo, que ya sabía que Gustavo se sabía vestir, me apuré a salir casi al minuto de haber traspasado la puerta de los vestidores, y lo hice para llenar de inquietud y desesperación a la madre del niño, y para saber si ella estaba enterada de semejantes adelantos. Ella me vio salir ya con un pantalón y playera puestos y alzó su cuello como una avestruz que busca su crío. Yo caminé lentamente en dirección de ella, me entretuve un par de minutos diciéndole a Laura no sé que tonterías del clima del agua de la alberca, en realidad ganando el tiempo suficiente para que Gustavo terminara de vestirse. Me volví hacia el camino de la mamá y casi cuando estaba llegando con ella, salió Gustavo de los vestidores, ya vestido y listo. Ella se sorprendió. Gustavo se acercó a nosotros con mucha naturalidad, era otro niño distinto a aquel que me habían traído.


Caminé por la orilla de la alberca y coloqué mi brazo en un o de los hombros de Gustavo, y él se puso feliz por este gesto, pues sentía claramente un sentido de pertenencia respecto de mi, y eso estaba bien. En su lugar, la madre del chico se quitaba las gafas oscuras y me lanzó una mirada que casi me hizo llorar, pues en ella me reclamaba muchas cosas que sólo Dios debía, como si me dijera, "ya basta de pantomimas, mamón, deja de ganarte el pan meneando tu cola frente a mi, pues sé que el niño es caso perdido por más que me estés jodiendo con que su desarrollo está a la vista, ¿No lo ves? ¿Te parece desarrollo ver cómo camina?, anda, búrlate pendejo, yo era muy feliz, siempre fui bella, anda, mírame con esos pinches ojos que no ven en mi más que mis nalgas y mis tetas, deséame, no habrá ni un solo milímetro mío que puedas tú tocar algún día, toda mi fe estaba depositada en mi cuerpo, era perfecto, ¿Cómo iba yo a saber que yo no servía para tener hijos normales?, no sirvo para esto... para nada, Toda mi vida se me dijo que ser mujer era una bendición de Dios porque son ellas las que traducen la magnificencia de la creación, y mira mi magnificencia, ya mis suegros ni me hablan, ni mis padres tampoco, mi esposo muy a huevo, ¿Dónde quedó todo aquello de que me querían?. ¿ De qué me sirve tener este cuerpo?, anda, me vas a sermonear, ¿qué más da? No serás ni el primero ni el último que me humille. Sé que para esto me haces venir, para regodearte de mi pena."


Juro que yo no la juzgué, y fue difícil tener algo qué decir luego de escuchar todo aquel lamento que me lanzó con su mirada. Decidí apostar el todo por el todo:


-Me alegra mucho que haya venido, ¿Sabe? Gustavo ha aprendido mucho en este mes, se lo digo honestamente. Quería también que conociera mi trabajo, y que conozca la filosofía de mi trabajo... – Esto de la filosofía de mi trabajo en realidad era una mamada porque nunca me había puesto yo a pensar en que mi trabajo tuviera una filosofía. Para mi desgracia o fortuna la madre del niño no me dejó fanfarronear con retórica hueca y me exigió una inmediata aclaración.

-¿A sí, cuál es esa filosofía que dice usted tiene su trabajo?-

Instintivamente, quizá contestando desde mi más profunda base de datos, contesté: -Intentaré ser sencillo en mi explicación- dije para ganar un poco de tiempo en pensar la respuesta- Cada persona es diferente y unas lo son más que otras. Sin embargo, créame que yo nunca persigo que una persona con limitaciones, como las de Gustavo, se convierta en una persona que no es; más bien trabajo pensando que se convierta en la mejor persona que él puede ser. A mi me importa un bledo cómo me miran los demás maestros o los otros niños, mi relación de enseñanza es con el chico, nada más, él es especial para mi aun en medio de niños especiales. Nadie sabe qué pienso o siento, ni la nobleza que me mueve, si es que me mueve la nobleza, lo único que me importa también es que los padres sepan que su hijo está en buenas manos.

-Comprendo-

-¿Ve? Gustavo se viste solo en el baño de hombres. Alguna vez escuché que los niños con impedimentos pasarán a través de las etapas usuales de la niñez. Puede que ellos no pasen a través de las etapas a la misma edad ni del mismo modo que los otros niños, pero es importante siempre exponerlos a estas etapas. Entre sus oportunidades debe estar la posibilidad de asumir mayores grados de responsabilidad e independencia. Puede haber muchas formas en las cuales un niño puede ayudarse a sí mismo o a otros miembros de la familia, incluyendo tareas alrededor de la casa. En medida que ustedes como padres cuentan con él y alientan al niño a asumir responsabilidades, su sentido de orgullo propio y competencia también aumentarán. Pero qué cosas le digo, si Usted es sin duda más experta que yo en cuanto a Gustavo se refiere...

-No se apene, es interesante lo que dice.

-No me haga mucho caso...

-Tal vez haya sido bueno venir, y hacerle ese caso...

-Bueno...

-Traigo al niño la próxima clase.


A partir de esa clase fue la madre de Gustavo quien le llevó a la clase, presentándose ya no tan arreglada, sino sólo lo normal. Al final de la clase platicábamos un poco.


Otra cosa pasó, me asignaron a una niña con síndrome Dawn. La mamá de la niña era una puta bien hecha, o al menos así quería hacérmelo creer, y yo muy crédulo le seguí la corriente. A la segunda clase ya quería tomar un café para platicar acerca de los adelantos de su niña, lo que al parecer era una causa noble. Sin embargo, luego del café, en el cual intercaló sistemática y constantemente algunos comentarios francamente soeces o cuando menos inapropiados para dos que no se joden en la cama, me comenzó a preguntar cómo podría ella pagarme toda mi dedicación. Fue fácil contestar que dedicación con dedicación se paga, y así, en menos de lo que pensé, la tenía chupándome la verga en la forma más dedicada que hubiese yo visto. Por alguna razón intuí que esto de aflojar las nalgas tan rápido era una especie de venganza contra el marido, cosa que supe por las distintas menciones al inútil de su marido, al tonto de su marido, "mi marido no me hace mucho caso", "mi marido me deja sola con todo lo relacionado con la niña", y un largo etcétera, lo cual no cambió mi percepción de lo delicioso que iba a resultar, y acaso llegar a esa conclusión sólo sirvió para que pudiera yo esbozar unas frases que tenía acuñadas para una situación como ésta, las dije en un sueño y moría de ganas de repetirlas en el plano real, le dije:


-Te advierto Daniela que lo mío no es la ternura.

-¿Cómo?

-Como lo oyes. Si lo que te gusta es que te falten al respeto, entonces te gusto yo. Si lo que te gusta es una verga egoísta que te habrá de penetrar largo rato, entonces te gusto yo. Si lo que quieres es alguien que le encanta comer coños y que le coman el trozo, entonces te gusto yo. Si lo que en realidad quieres es quien te sujete con fuerza las nalgas mientras los testículos chocan en ellas, ese soy yo, te gusto yo. Si lo que quieres es que tu marido tenga motivos para matarse, entonces sin duda te gusto yo, porque te voy a dar justo como él jamás lo hará.

-No había pensado echarte el guante tan rápido, pero no estaría mal. –dijo satisfecha de que hubiera sido yo quien se atreviera a sugerir la idea de joder, lo que no era tanto mérito luego de tantas pistas dadas por ella- Parece que lees mi mente, pues yo no estoy buscando ternuritas...

-Creo que tenemos un trato.


Así fuimos a un hotel, y en él la desnudé muy rápido, así que me bajé a hacer bucitos a la alberca de su coño, diez, doce segundos profundamente sumergido, disponiéndome a cogérmela se croll, de espalda, de pecho, de mariposa, en relevos incesantes de veinticinco metros de verga por vez. Hundí mi nariz y boca en el coño hasta dejárselo bien hinchado y húmedo. Me puse de pie y la coloqué de rodillas para que se pusiera un rato a mamarme; así, hincadita, bajó el cierre de mi pantalón y salió mi verga olorosa a cloro, ya bastante hinchada. Ella alzó las cejas para demostrar la grata sorpresa que le representaba que yo tuviera tan buena pieza, luego, sin pensar se la echó hasta la garganta, sacó mi miembro de su boca y repitió la operación, con una mano empuñaba el tronco de mi verga y con la otra me manoseaba los testículos. Toda una experta. Entre mamada y mamada se distraía para decir alguna que otra frase putonsísima, del tipo, "mira lo que me voy a merendar", "que rico estás, papito", "me vas a volver loca con esta cosa".


Luego de recibir aquella mamada la tendí en la cama y comencé a chuparle todavía más el coño; en cuanto sentí que estaba listo la empalé con mucho vigor, cumpliéndole la promesa de portarme muy grosero con su vagina, y así, tendida, la penetré largo rato. Como estábamos en una posición de misionero bizarro, alcé un poco el torso para ver cómo la barrenaba con su compás bien abierto. Es una gritona de primera, pero la verdad es que tanto ruido también me ponía muy caliente. Con las piernas abiertas le doblé las rodillas para meterme a la boca, de manera alternada, cada uno de sus pies. Ella sin duda se calentó muchísimo, primero, porque los pies tienen muchas puntas nerviosas que vuelven de su ultraje una delicia, y segundo, porque ella estaba muy morbosa diciéndome cosas como :Si chuparas una verga te la comerías igual que como te comes mis pies", "Sólo de verte quisiera estártela mamando justo ahora". Cuando comencé a joderla a lo perro y darle algunas muy ligeras nalgadas definitivamente empezó a gritar. Tuvo varios orgasmos. Luego la empecé a penetrar por el culo y la cosa siguió sucia. Ambos sudamos como un par de puercos abandonados en el más caluroso sitio del Ecuador. Regué mi semen en su espalda y luego pegué mi vientre a su espalda para terminar de batirla. Ella quedó exhausta y feliz, y yo también.


Ella quiso fumarse un cigarrillo y tomarse una cerveza después de la visceral jodienda que le había proporcionado. Mando pedir servicio al cuarto, lo que me anticipaba que no nos marcharíamos de inmediato. Podría decirse que operó un cambio, pues luego de tanto placer y tantas payasadas en que habíamos caído en esta follada, pues la verdad había sido como si ella hubiese querido demostrar lo puta que era y yo lo cabrón que podría ser, ella entró en una cordura que me sorprendió muchísimo y me hizo admirarla, admirarla de verdad como una mujer muy entera, sobria, grandísima mujer. Incluso su tono de zorra se perdió, dejó sus indirectas y pasó a las directas. Comenzamos a platicar muy seriamente, me inquirió con mucho señorío acerca de la educación de su hija y fue realmente ilustrativa.


Entre muchas cosas me dijo: "Mira Juan Carlos, aprecio mucho, en verdad mucho, lo que haces por nuestros niños, no es fácil que alguien se interese de una manera tan comprometida con ellos. Conmigo puedes hablar muy francamente de mi hija, pues siento que soy una mujer que ha madurado mucho con esto, sin embargo hay que admitir que no es sencillo. Cuando recién te das cuenta que tendrás un hijo con limitaciones de algún tipo, lo primero que sucede es que no te lo crees, es como si no quisieras saberlo, técnicamente no hay guerras, técnicamente tu pareja te apoya, pero al instante no te quiere tocar, no vaya a ser que te embarace de nuevo y repitas el error, y empiezas a hurgar en la familia de cuál de los dos hay antecedentes de discapacidad, en una tarea francamente tan dolorosa como innecesaria. ¿Qué hay si están en su familia los genes malos, qué si están en la tuya? Lo que importa es que el niño nace así y tú eres el único responsable. Sientes que el otro te deja sola, y nunca piensas que él está completamente solo con esto también, pero son ideas, son solo ideas. Si a mi me hubieran dicho como es el asunto me hubiera ahorrado muchos dolores de cabeza. El primer punto es aceptar que las cosas son como son y saber a ciencia exacta cómo son. Hay gente que nunca lleva al niño a que le hagan alguna valoración, lo valoran ellos mismos, y a veces lo valoran mucho peor de lo que está; hay gente que quiere ignorar que hay profesionales cuya misión es apoyar, que hay escuelas adecuadas para sus necesidades, que no están solos. Otra cosa es cómo aprender a lidiar con el qué dirán, uno piensa que es el centro del universo, que todos te voltearán a ver para señalarte tu tragedia, como si una fuera el centro del universo. Nada más remoto, no se es el centro del universo, por el contrario, el principal enjuiciador puede ser uno mismo. Sé que le harás mucho bien a mi niña, y por lo que veo a mi también...

-Así parece. ¿Y tu marido?-

-Es un cretino. Yo he madurado con esto de Marcelita, él nunca. Me tiene miedo. Sé que tuvo un hijo con una muchacha que tiene de querida, cree que yo no sé, me cela todo el tiempo y cree que no sé que él ya demostró que él si sirve, y a Marcelita la quiere bien poco. Yo la adoro, he aceptado que ella es como es, y que así está bien, y como ves, no se me dificulta que me atiendan, y hasta mejor que mi esposo.

-Ha de ser duro de todas maneras, pues se dejan de querer por causas que en apariencia les son ajenas

-Créeme, en situaciones como esta aprendes a valorar la grandeza humana.

-¿Cuál es entonces tu mejor consejo?

-Que no se pierda la dimensión de la realidad, que no se de a las cosas un valor equivocado que no tiene, que se informe la gente, que evalúe a ciencia cierta lo que se enfrenta, no porque el niño se va a curar, sino para saber el tipo de niño que vas a amar y hacerlo de la mejor manera, en la forma que más se desarrolle él y más te desarrolles tu. Para mi un verdadero discapacitado es quien teniéndolo todo para encarar una situación especial se aísla y se pierde en su propia ignominia. ¿Quieres llegar al alma de una mujer con un hijo especial? Compréndela, no la menosprecies, hazle sentir que es tan valiosa como siempre, si ves en sus ojos la huella de una culpa, dile que te regale su culpa, libérala, devuélvele la fe, no mediante actos heroicos, sino con pura y simple honestidad. Una misma empieza a hablar mamón...

-¿A que te refieres?

-A que dicen que los niños tienen capacidades especiales. Tienen limitaciones, hay que verlo así, son diferentes, nada más.

-Entiendo, a los viejos ahora les dicen adultos mayores. Cuando sea viejo quiero que me digan viejo a secas.

-Exacto. Escucha, ya llegó la cerveza.


Muy rara esta Daniela, pues se pone así de encantadora y profunda sólo luego de una buena vergotiza. Al verla de nuevo parecía tan frívola como siempre, luego le hacía el amor en forma salvaje y se ponía seria otra vez. La adoro cuando se pone seria, y no encuentro inconveniente en follarla de manera criminal si ese es el requisito para verla tan congruente. No se si creerle su madurez, pues a partir de nuestro tercer encuentro empezó a llevar consigo un portarretrato en el que viene una foto de bodas, de ella con su esposo, y la he atrapado mirando fijamente la foto mientras la penetro durísimo por el culo. Ella dice que así lo disfruta más. Lo cierto es que todo lo que platiqué con ella me fue de mucha utilidad.


Volviendo al tema de Gustavo, su madre lo siguió trayendo, y lentamente comenzamos a entendernos mejor, aunque siempre con un aire de respeto. Las cosas comenzaron a tomar otro cause, me quitaron la clase particular de un niño, digamos normal, y me la cambiaron por otro niño con discapacidades, este se llamaba Alfonso, o Alfonsito como le dice su madre con voz de ardilla; la madre también comenzó a insinuárseme un poco. No ha ocurrido nada, pero yo sé que en menos de dos meses esa boca de esa nueva mamá estará rodeando el tronco de mi verga, ella me lo ha dicho de alguna manera, y yo estoy seguro de que daré todas las facilidades para que así ocurra. No es exclusivo de las mamás de este tipo de niños, de hecho a la mamá del niño que me quitaron la tuve en mis brazos una vez, luego como que le dio pena y lo cortó. Ya me veía a mí sobresaturado de tareas al atender a los niños en la alberca y a sus madres en la cama.


Un incidente cambió un poco las cosas. Dado que terminé con mi agenda completa, ya no había tiempo para platicar en los pasillos con las mamás de los niños, así que, si querían tratar algo relacionado con los chicos, tenían que invitarme un café. Además un día llegó Daniela en medio de la clase de Gustavo, entró a la zona de albercas con un vestido rojo con el que se veía francamente deliciosa, montada en un par de zapatos de tacón, a cada paso que daba contoneaba sus magníficas caderas. Había ido a decirme que tenía tiempo esa noche para pasarla conmigo completamente, pues Marcelita había ido a ver unos parientes y su marido le había dicho que saldría de viaje, que en realidad iba a irse a pasar la noche con su amiguita especial, así que ella era toda mía. Cualquiera que hubiese imaginado que aquella mujer me daba las nalgas estaba en lo correcto, todo su cuerpo, su forma especial de dirigirse a mi, su manera de sonreírme, gritaba que entre ella y yo había algo. Daniela se fue y teníamos una cita para cuando terminara yo mi trabajo. Nunca pensé que ver como otra mujer iba descaradamente a putear conmigo pudiera surtir algún efecto en Cristina, la madre de Gustavo, pero sin embargo lo tuvo. Cuando salí y me despedí de ella la noté muy extraña, preguntó si podríamos tomar un café para hablar del desarrollo de Gustavo, le dije que sí, se me hizo como muy fría, y no fue sino hasta que medité detenidamente en todo ello que supuse que se había sentido desplazada. Aquella noche no pensé más en el asunto, pues mi mente sólo tenía imaginación para las nalgas de Daniela y su vestido rojo.


-¿Qué crees que deba hacer?- me preguntó Cristina al día siguiente, que es cuando habíamos quedado para tomar el café, había vuelto a arreglarse muy provocativa, pero, a diferencia de la vez que la conocí en que me pareció provocativa y retadora, ahora me parecía provocativa pero triste.

-¿Con respecto de qué?

-De Gonzalo. Veo cómo se lleva contigo y pienso que algo de especial debes de tener. Has logrado en unos cuantos meses mucho más de lo que habíamos logrado en años. Al niño lo veo mejor, pero eso no ha hecho que nosotros nos sintamos mejor en casa. ¿Qué me pasa?


Recordé lo que me había dicho Daniela alguna vez, en realidad sólo Daniela y su seriedad de después de la jodienda me habían dado luz de lo que estábamos hablando Cristina y Yo. Le pregunté a quemarropa:


-¿Cuéntame, hay alguna cosa por la que supongas que todo esto es tu culpa?


Ella no contestó de inmediato, luego sus ojos se le pusieron vidriosos y comenzó a llorar, y aunque yo hubiese querido suspender aquella plática, ella me hizo saber con un ademán que no la dejara ahora, que era bueno que le costara tanto trabajo en ello porque sólo lo haría una vez, de una buena vez. Por fin dijo:


-Si. Si hay una cosa.... bueno, dos.

-¿Qué?

-Un chiste.

-Cuéntame...

-Bueno, en realidad no es un chiste en sí. Cuando éramos novios, mi esposo llegó un día y me contó una situación que le había pasado en el trabajo. Él se dedica a hacer programas de computación y un día lo mandaron llamar de una empresa algo especial. Era una fábrica tremendamente ruidosa, mucho muy ruidosa, tan ruidosa que ya de plano contrataban gente sorda, pues sólo ellos podían trabajar allí. Por alguna razón legal que no entiendo las empresas que contratan personas con discapacidades reciben un estímulo por parte del Gobierno del Estado, así, esta empresa, que empezó contratando a puros sorditos, después empezó a contratar a personas con otro tipo de discapacidades, gente de muy baja estatura, o que les faltara alguna mano, o algún pie, todos tenían cabida en esa planta laboral. El me contó aquello sin burlarse abiertamente de ello, sin embargo vi como que me estaba tanteando porque reprimía una risilla. Yo le dije que era sorprendente. Él enmudeció y dijo después que sí, que era sorprendente, qué él sólo se imaginaba cómo serían las cosas en caso de un incendio. Lo dijo así, como un chiste abierto que yo podía o no construir en mi mente... y lo construí. No sólo lo construí, sino que lo viví, en mi cabeza empecé a ver como las llamas comenzaban a engullir la maquinaria, mientras las alarmas pitaban justo enfrente de los sordos que no les hacen caso, y me imaginé el corredero de gente, unos sin pies dando saltos como si fuesen frijoles saltarines, un manco saltando con habilidades orangutanezcas, un desfile de enanos corriendo como si vinieran de la mina, imaginé ciegos chocando entre sí, sordos corriendo y cayendo al vacío, lo dibujé en mi mente y Dios sabe que lo disfruté, me reí como nunca en la vida. Mi esposo estaba asustado porque nunca me había visto reír así. Yo ya había notado que uno sólo se ríe cuando alguien se jode o se joderá, pero esto era el colmo. Casi no me río de los chistes ajenos, casi siempre me río de los chistes que yo misma me cuento, y éste me lo conté muy bien. Cuando supimos que nuestro hijo tendría algún tipo de problema, las palabras de aliento que Armando me dirigió fueron elocuentes, me dijo: Ya ves, por reírte tanto de las desgracias de la gente. Y eso, sus palabras, es algo con lo que he tenido que vivir desde ese día.


Yo no dije nada, sin embargo le pregunté por la segunda causa: -¿Y la otra?-

-¿Otra qué?

-Me decías que tenías dos culpas fundamentales, me has contado una, tal vez quieras contarme la otra, aunque si no quieres no, suficiente tenemos con la que ya me has dicho...

-No, de una vez te la cuento. La segunda es más sencilla. Verás, siempre he pensado que a uno le vale madre Dios, que sólo recurre uno a él cuando está en aprietos. Yo no soy así, yo desde que tengo uso de razón le he agradecido a Dios lo que me ha dado. Cuando recién tuvimos nuestro problema nos rodearon como moscos un montón de amigos que desinteresadamente querían enrolarnos a sus respectivas iglesias. Es una realidad que uno se siente muy sola cuando todos parecen darte la espalda por tener un hijo especial, la familia secretamente te reprocha no haber sabido hacer bien las cosas, de palabra te animan a que siguas adelante pero su mirada te habla de la tristeza y la vergüenza que sienten. Te sientes sola, y es ahí, en esa soledad que sólo da la desgracia, que llegan los oportunistas de Dios, te dan calor, te dan apoyo, te dan compañía, te quieren lavar el coco con ideas de que Dios te ha dado un niño especial porque conoce la grandeza de tu corazón, que da más pruebas a quien más puede dar, te atiborran de ideas conformistas que se resumen en que Dios te dio un hijo así porque se le pegó la gana. Con ellos cualquier chisme es dar testimonio, y nadie simplemente se cura, sino que "es sano". Su amistad duró hasta que notaron que por ninguna causa me convertiría en una rezadora. Esa sería la segunda culpa, saber que no soy humilde como para aceptar el regalo de segunda mano que Dios tuvo a bien regalarme, no me doblegaré.


Con todo lo que me dijo pude empezar a hacer mi trabajo: nadar. Esa tarde nos quedamos en silencio. Le pedí que no regresara a su casa, que pensáramos juntos. Nade entre sus palabras y entre el brillo de sus lagrimales. Al final, lo único que acerté a decirle fue lo siguiente, y con ello puedo decir que nos hicimos amigos:


-Siento que en todo esto no te hace daño lo que es, sino lo que no será. Creo que debes tomar la dimensión exacta de las cosas, dejar de imaginar las cosas que el resto del mundo hace y tu no harás. Me comprometo a ayudarte.


Ella empezó a llorar, y entre su balbuceo me reclamó:

-Tal vez no tengas espacio para apoyarme a mi.

-Como crees. Claro que puedo.

-Estarás muy ocupado en apoyar a la mamá de la otra niña- Sin duda se refería a Daniela partiendo de sus propias conjeturas.

-Es diferente. Ella necesita hombre.


Ya no dijo nada. Nos despedimos. Cuando ella hubo tomado ya su auto y comenzó a arrancar, en vez de adiós me dijo:


-Yo también necesito hombre.


A la próxima clase continuaron las sorpresas. Cristina no llevó a Gustavo, sino que lo hizo la misma muchacha que lo llevaba en un principio, pero llevaba otro niño como de cinco años y me preguntó si también lo podría admitir a clases junto con Gustavo. Mi respuesta inicial fue decirle que eso no era posible, que las clases eran individuales, pero cambié de parecer cuando me comentó que el otro niño era hermano de Gustavo. Eso sí que no lo imaginaba.


Un par de clases más duró sin aparecer Cristina, luego por fin apareció, vestida modestamente pero muy atractiva. Seguía yo dándole sus buenas cogidas a Daniela, que cada vez era más descarada. También estaba ya atendiendo a la mamá de Alfonsito, que comenzó a llamar mi atención porque siempre cargaba consigo una bolsa con estambres, hilos, tela, y siempre, mientras yo le daba la clase a su hijo ella se la pasaba en una mesita haciendo manualidades de todo tipo. Era una mujer con falda de lana hasta los tobillos, siempre con un suéter con cuello de tortuga, como empeñada en ocultar su cuerpo. Su sonrisa era muy bonita. Toda ella parecía extraída de una mercería. Cuando por fin nos vimos a solas comenzó a ceder muy discreta pero notoriamente. La llevé a un hotel en el que descubrí que debajo de su falda y suéter se escondía celosamente un cuerpazo de gimnasio. En efecto, sus nalgas eran lo más duro que hubiese yo tocado con las manos, y sus pechos parecía que fueran a estallar. Desde luego no me decepcionó con las manualidades que empezó a hacer con mi verga y mis testículos, sus mamadas eran también de una gran calidad. Con ella no hubo malos rollos ni nada, de hecho no hubo rollos de ningún tipo, como que la señora ya sabía a qué iba, segura de lo que ofrecía también se daba el lujo de exigir, y a diferencia de las otras, ésta no admitía hablar demasiado de su niño, el cual decía conocer mejor que nadie, por lo que no requería consejo ni apoyo de ningún tipo, a no ser apoyo sexual.


Ya con dos mamás en mi lista y una más merodeando era difícil que yo alegara ética o inocencia. No podía yo hacer nada. Ese día que llegó Cristina me sentí muy cerca de ella. Los niños, Gustavo y Raúl no eran muy apegados el uno del otro, pese a que eran hermanos. En mi cabeza volaban muchas ideas acerca de por qué no los habían llevado juntos desde un principio. En fin. Hablo de esto porque hubo una escena que me conmovió tanto que me puse a llorar debajo del agua. Saliendo de la alberca Gustavo abrazó a su hermano menor, como protegiéndolo, dándole de su amor, y Raúl se dejaba abrazar de buena gana, era como si en ese instante hubiesen descubierto que eran hermanos y aceptaran sus diferencias. El hermano con limitaciones protegiendo a su hermano pequeño, fue una ternura verlo. Nos saludamos Cristina y yo, le entregué a sus hijos, no dijimos nada, acaso ella antes de irse me preguntó si era posible que nos viésemos al día siguiente, le dije que sí.


Al día siguiente ella apareció en escena totalmente deshecha, sumida en un llanto tan inconsolable que fue inoportuno que fuésemos a ningún café, me subí a su auto, ella manejó hasta un lugar medianamente solitario, estacionó su coche y por fin platicamos. A quemarropa me soltó una idea:


-Voy a separarme de mi marido...- mientras lo decía se me quedó viendo fijamente a los ojos, como para revisar con detenimiento hasta la más mínima de mis reacciones ante esas palabras.

-No tendré yo algo que ver en esto.

-No, en realidad. Es decir, sí tienes qué ver con lo que vaya a hacer luego de dejarlo, no con que lo deje.

-Explícate.

-Mi marido es un cretino. Llegué a la casa y él no escuchó que llegué, ello me permitió alcanzar a oír unas palabras que le dirigía a Raulito.- se detuvo, lloró mucho y de vez en vez decía la palabra maldito. Luego completó su narración.- Le estaba instruyendo que él era mejor que su hermano, que Dios lo había querido así, que no se afligiera de verlo, hasta ahí todo era normal, pues mi marido nunca ha terminado de aceptar a Gustavo, ya no digamos amarlo, pero después, lo que le dijo después me rompe el corazón, le dijo a Raulito que no se preocupara, que los niños como Gustavo no pueden durar muchos años. ¡Le dijo esa barbaridad! Escucharlo me hizo saber de dónde sacaba Raulito algunas actitudes muy cortantes con su hermano. Lo que le habrá dicho este desgraciado durante todos estos años. Me abalancé sobre mi esposo y lo golpee como pude. Los niños están ahora en casa de mi madre, donde las cosas tampoco están del todo bien. Lo cierto es que no puedo ya vivir con mi marido, no luego de esto, de ver que nunca va a integrar a nuestros hijos, y tú me has despertado a mi la certeza de que es posible siempre que se acepten las cosas como son, sin supersticiones, el niño es como es y puede ser feliz así y yo también.


No tenía yo nada que decir, y acaso quise expresar mi solidaridad abrazando a Cristina. Ella lloró todavía mucho más sobre mi pecho hasta que me dejó completamente empapado de lágrimas y saliva. Se separó de mi y me dijo:


-Llévame a un hotel como a las otras mamás.

-No creo que sea lo más adecuado.

-Por favor, no querrás que encima de todo lo que me ha pasado hoy te ruegue, no me hagas rogarte.

-Pero es que no siento que sea lo que en verdad necesitas.

-Pero parece que tu sí, que tu lo necesitas siempre, por eso te enredas con las mamás, porque no puedes resistirlas. Tómame a mi también, ¿O no te gusto?

-Si. Pero. No sé.

-Es la única forma en que sientas compromiso conmigo, y que yo pueda abrirme realmente. Tú dices que no es necesario, yo digo que no puede ser de otra forma. Además necesito agotarme mucho, olvidarme de esta vida por un momento, morirme un ratito.


Me la llevé al mismo hotel al que llevo a Daniela y a la mamá de Alfonso. El chico de la recepción ya comienza a envidiarme. Entramos a la habitación y todo fue como muy silencioso. Estábamos ahí no para pasárnosla bien, sino para agitar nuestras energías. Ella de inmediato, y para demostrarme lo convencida que estaba de lo que iba a hacer, se puso de rodillas y sin ningún titubeo se echó mi verga al paladar, y mientras me mamaba de vez en vez escurría una lágrima por sus mejillas, luego se limpiaba la lágrima en los vellos de mi verga FOTOS

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