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Mi Perversa Esclavizadora

Nunca, hasta que nos conocimos en persona, habíamos hablado de sexo, lo cual es extraño en un chat. Pero aunque no hicimos referencias a nuestros gustos o deseos eróticos, había en nuestras conversaciones un trasfondo muy excitante, pasional, y todas o casi todas las palabras que intercambiábamos tenían un doble sentido sexual. Para mí su personalidad era fascinante: muy segura de sí misma, juguetona, posesiva,... Ella me decía que yo tenía un magnetismo especial, como si comprendiese lo que de verdad quería sin tener que explicármelo. Jugábamos a un tira y afloja amoroso, a deshojar la margarita de "me quiere, no me quiere". Hasta que después de mucho tiempo, de comprobar hasta qué punto nos gustábamos, nos dimos cuenta de que estábamos enamorados el uno del otro. Y decidimos conocernos en persona. Fue ella la primera en plantear la posibilidad.


- ¿Sabes? Me gustaría estar ahora sentada a tu lado, riéndome de tus chistes. – me escribió en el general.

Ufff... No sé si podría resistir la tentación. –

¿Qué tentación? –

¡Pues cuál va a ser! La de estar delante de una chica tan especial y no poder controlarme. –

Hubo un silencio breve... Creí que la había asustado, pero me quedé helado al leer lo siguiente que me escribió:

Dime... ¿qué me harías si me tuvieras al lado? –

La sangre me martilleaba las sienes, impidiéndome concentrarme. ¿Qué estaba pasándome? Sin pensarlo, dejando que a mis dedos los guiase mi corazón, tecleé:

Supongo que lo mismo que ahora: quedarme absorto, embriagado por ti, deseando sólo complacerte. –


Le gustó esa actitud, pero quiso jugar un rato más, ponerme a prueba.

Mmmmmm... Volvemos a los de antes. ¿Ves? Te tengo domesticado como a un perrito. Tendré que comprarte un collar. –

Eso me excitó aún más. Me vinieron a la cabeza cientos de imágenes de ella, hermosa, luz deslumbrante, y de mí a sus pies, adorador y esclavo de su voluntad. Había un regustillo perverso a juego de sumisión. Pero no dejé que ella se diese cuenta del poder que tenía sobre mí. Todavía no.


Uyuyuy... ¡Cómo se está caldeando el ambiente! –

¿Qué te pasa? ¿Te gusta? ¿Quieres que siga? –

Sí....y no...y ¡qué sé yo! –

Hombres... ¡Ja,ja,ja! Dentro de poco te tendré comiendo de la palma de mi mano. –

¡Ah, no, eso sí que no! –

¿Y ahora qué? –

Te gusta humillar a los mancebos sementales, ¿eh?-

¿Quieres ser mi semental? Ya sabes que estoy abierta a todo tipo de proposiciones... –

¡NO! ¡Para! –

¿De verdad quieres que pare? –

¡NO! No pares, porfa... –

Jaja...Muy bien perrito. ¿Qué collar te gusta más, el de piel o el de cuero con pinchos? –

Recurrir a mis posibles instintos sumisos no fue muy efectivo. Si quería realmente tenerme, se lo iba a poner difícil.

Déjalo... Haz lo que quieras. –

Vaya, vaya, parece que te he dado en el punto sensible. ¿Entonces paro definitivamente?

Sí, tengo mi dignidad. Y tú eres una provocadora de campeonato, cachondona. –


Ahí creo que me pasé un poco. Durante cinco minutos que se me hicieron horas no me escribió. Jugaba a la chica ofendida, y sabía que yo cedería en cualquier momento. Para intentar resistir me metí en conversaciones de otro miembros del chat, haciendo chistes y vacilando al personal. Pero me corroyó las entrañas leer a la muy perversa de mi amada comentándole a una amiga:

Es que DP ya no me quiere. ¡Qué le vamos a hacer! –

¡Qué mala eres! Ya sé por qué te gusta tanto DP. –

¿Por? –

Porque te da cañita y medio te hace caso, medio te ignora. Eso es irresistible. –


Yo sabía de sobra que todo era un plan para hacerme hablar. Y lo cierto es que eras un plan efectivo. Me ponía celoso si alguien charlaba con Perversa, y aunque no decía nada, mi tono se agriaba y comenzaba a insultar a todo el mundo, furioso. por fin le dije, bien claro:

Yo no he dicho que no te quiera. pero eres tú a la que le importa una mierda lo que me pasa. –

¡Eh! Eso no vale. ¡No uses mis tácticas! Jejeje.-

Brrrr... Mira que eres... –

Y soltó la artillería.


Bueno, DP, si quieres algo, ya sabes... –

Se refería a que le escribiese un privado. Si lo hacía, me declaraba automáticamente calzonazos. Pude resistir y seguí ignorando sus directas. Casi podía oírla diciendo "venga, ¿a qué esperas? Sabes que yo ganaré este juego, ¿por qué esperar?" Furioso conmigo mismo salí un momento del chat sin avisar a nadie. Lo necesitaba. Me sentía débil, impotente ante el hechizo de aquella chica. Comí algo y luego volví.


Como vuelvas a hacerme eso, te vas a acordar. –

Fue lo primero que leí al entrar. Me sentí mucho mejor. En el fondo me deseaba, me necesitaba. El haberme ausentado, aunque sólo fuese durante unos minutos, la había hecho dudar de su poder de persuasión.

¿Alguien me ha echado de menos? – pregunté, sarcástico.

Yo, no. ¡Jejeje! – contestó ella.


Seguimos así un buen rato, hasta que recurrió a los trucos más sucios para hacerme confesar.

Bueno chicos, me voy a ir dentro de cinco minutos. –

- diós, Per. – contesté, aterrorizado ante la posibilidad de que fuese verdad lo que cababa de decir. Mucha gente del chat la despidió también, lo cual acrecentó mis temores. No resulté demasiado convincente en mi papel de amante impasible.

4 minutos y medio.. para quien le interese saberlo... –

Estaba sudando a mares. No quería que se fuese, pero tampoco quería decírselo.

4 minutos...DP, ¿no tienes nada que decirme? –

¿Cómo qué? –

Tú sabrás... –


Lejía, otro miembro del chat, amigo común mío y de Perversa, dijo:

Eres una calientabraguetas de cuidado, Per... –

- ssshhhhh! Es para provocar a DP. Aunque ya me he declarado, él no dice nada. Me ignora. ¡Snifff! –

El tiempo seguía transcurriendo y yo me daba cuenta de lo que podía significar. ¡Podría perderla para siempre! Pero todavía tenía algo de orgullo. Finalmente me preguntó directamente.

¿Quieres que me vaya, DP? –

...no, no quiero. –

Bueno, ¿y por qué no te esfuerzas en convencerme de que no lo haga? –


Daba igual lo que le dijera, mi falsa aunque bien disimulada indiferencia, mis graciejos... Ella seguía anunciándome puntual el tiempo que me quedaba para capitular. Me atreví a preguntar:

Pero bueno, chata, ¿qué esperas? ¿Que te suplique? –

No sé... Prueba. Tal vez me conmuevas. –

Pues espera sentada.-


Os juro que eso último no quise ponerlo, pero después, al comprobar el efecto que tuvo en ella, tuve que dar mil gracias al hado que me impulsó a escribir ese despecho. Se olvidó por completo de los minutos que le quedaban y siguió hablando. Sus taimadas artes femeninas habían fracasado. Tenía que estar humillada. Me sentí más fuerte que nunca, tanto que me atreví a salir otra vez del chat, la última antes del apoteósico final.


Cuando regresé algo había cambiado en ella. Junto a su nick, perversa, aparecía una apostilla: "DP, VUELVE!!" ¡Sí, se había rendido a la evidencia de que me necesitaba! Me felicité a mi mismo y decidí dar un último acto glorioso. Escribí en el general, después de meditar cada palabra:

Bueno, me voy ya. Quería deciros a Lejía, NuMos y a todos los demás que me lo he pasado en grande.-

Perversa también escribió, después de leer ese "epitafio":

¿Y a mí qué, DP? –

Y para goce suyo le escribí el ansiado privado. Ya no tenía que resistir más.


De ti me despido en persona princesa. –

Tardó bastante en responder:

He ganado... ¡Pero hay que ver lo que me ha costado! –


Apenas un mes después de que ocurriera eso la llamé por teléfono y le dije:

¿Qué tal si caemos en la tentación? –

¿Qué quieres decir? –

Que nos conozcamos, ¿qué te parece? –

¿Cuándo y dónde? –

El próximo fin de semana en... ¿Zaragoza? –

¿Por qué Zaragoza? –

Porque nos pilla igual de lejos a los dos. ¿Qué dices? –

¿Y si no vas? –

Te prometo que voy a ir. Además, yo podría decirte lo mismo. La diferencia está en que yo, vengas o no, voy a quedarme el fin de semana allí, para conocer la ciudad y tal. Tú decides. –

¡De acuerdo, iré! ¿Cómo quedamos? –


Nos citamos en el parque enfrente del Hotel Ciudad de Piedra, en el cual yo me hospedaba. Todavía era invierno, hacía frío y casi nadie cruzaba la calle. Sabía que ella había venido esa misma mañana, que ya estaba en la ciudad. ¿Quién sabe si no habríamos tomado café en el mismo sitio ó nos habríamos cruzado paseando después de comer, sin reconocernos? La situación era de lo más romántica. Dos perfectos desconocidos (de vista) a punto de hacer realidad sus fantasías sexuales (bueno, eso ni ella ni yo lo planeamos, aunque trajimos elementos que incitaran a ello).


Pitas, pitas... –

Echaba migas nervioso a la acera, esperando que algún pájaro viniera y al comérselas me distrajera. Pero unas botas de piel las pisaron. Antes de levantar la vista, sabiendo lo que pasaría, la oí:

No creo que las palomas vuelvan hasta primavera. –

No sé... ¿Son aves migratorias? –


Allí estaba ella, la deseada, imaginada y en mis noches solitarias homenajeada Perversa. Bueno, se llamaba Violeta, pero para mí siempre será Perversa. Tal y cómo me dijo en una ocasión por el correo electrónico era alta, de por lo menos metro ochenta, delgadita, pero no escuálida, vamos, que tenía carne donde debía tenerla, de ojos grises, con el rimel llegando casi a las sienes, los labios sin pintar, se adivinaban fríos, pero yo los calentaría a besos y mordisquitos, y en general era muy guapa. Pero no se molestó en preguntarme qué impresión le causaba. Se suponía que yo se lo diría sin que me lo pidiese. Me gustó ese detalle. Y no pude reprimir mis emociones más, me levanté, la miré a los ojos y le di un beso de tornillo en el que puse todo mi ser. Ella quizás se sorprendió de mi impetuosidad, pero no lo rechazó, me abrazó fuerte, y mientras nos comíamos las bocas, me acariciaba el trasero con una mano y con la otra aferraba mi nuca. Noté los guantes de lana calentar mi pelo. Estaba tomando posesión de mí, y al mismo tiempo se me entregaba. Dejé de besarle los labios para pasar al cuello, cálido bajo la bufanda. Me sentía tan bien que sin querer la apreté contra mí vientre. Su gabardina de cuero no quiso abrirse para facilitar la "fusión", por lo que decidí pedirle que nos fuésemos ya a otro sitio más "cómodo". No pensaba en fornicar, sólo en estar con ella, lo más cerca posible. Leyó en mis ojos y sonrió.


Tenerla a mi lado, asida de mi brazo, como mi novia de hecho, me encantó. Estaba radiante, pletórica. Me confesó que tenía mucho miedo de que yo no le gustase y viceversa, pero que cuando la miré directamente a los ojos, supo que conmigo iba a ser feliz. Entonces me acordé de lo que quería darle. Un regalo que recordara el afortunado día que nos conocimos en el chat.

¿Cuál quieres? –

Le enseñé dos collares de perro, uno de piel marrón y otro de cuero negro con pinchos, el típico collar de los góticos. Enseguida se acordó del día en que me dijo que sería su perrito y que me pondría una correa. Se río con ganas y eligió el de pinchos.

Es más agresivo...más sexy. Serás mi mastín pura raza. –

¡Guuuuauuuuuu! – ladré, siguiendo el juego.

Desabroché mi cazadora y la camisa para que me lo pusiera ella misma. El cuero se deslizó sobre mi cuello con una suave caricia. La hebilla se cerró y pasó los dedos sobre algunas de la púas metálicas, pensativa. Me miró a continuación y me dio un sonoro beso. Tenía las mejillas encendidas. Cerré la cremallera y tuve una extraña sensación, de placer, de calma. Mi vida parecía encarrilar una etapa muy interesante...


Llegamos al hotel y subimos a mi habitación. La había pedido doble por razones evidentes: quería dormir con Perversa junto a mí.

¡Qué atento! –

Bah, imaginé que no te importaría quedarte un día más conmigo. –

Mmmmm... No puedo negarme, ¿verdad? –

No, no puedes. –

¡Está bien, me quedaré! Voy a darme una ducha. –

Claro... como si estuvieras en tu propia casa. –

Creo que esperó lo que no le dije: que le propusiera ducharnos juntos. Se me olvidó porque no sabía cómo solucionar el tema de la cena. Violeta suspiró y se metió en el cuarto de baño. Fue una delicia oír su voz e imaginar el agua caliente recorriendo su piel. Como recompensa a tan maravillosos regalos hice que nos subieran la cena a la habitación. Así, nada más salir, se encontró con unos estupendos platos listos para tomar encima de la cama.


Eres un sol. –

Y tú la luna y la estrellas... –

¡Qué mono! Dime más cosas bonitas. –

Mientras ella sorbía caldo humeante y mojaba pan en los huevos fritos, yo me dediqué a alabar su belleza. La verdad, la visión que me ofrecían sus piernas y el camisón debajo de una bata rosada, los pechos anhelados, los finos y cuidados pies, las manos pálidas, cuyos dedos deseaba besar y llevarme a los labios, me inspiró lo suficiente como para soltar algunos de los mejores piropos de la historia.


Por fin, el postre: pastel de manzana.

¿Está bueno? –

¡Mmmmm! Riquísimo. ¿Quieres probarlo? –

Claro... –

Me incorporé y me acerqué. Ella seguía masticando y sostenía lo que quedaba de pastel en una mano. Fui a darle un bocado, pero se lo di al aire. Violeta lo había apartado. Quería jugar conmigo otra vez. Parecía seria, pero en su mirada vi que se divertía acercándome el dulce para quitarlo cuando me abalanzaba sobre él. Poco a poco lo fue acercando a sus labios. Algunas migas traviesas se quedaron en sus comisuras. Sin apartar la mirada de la mía, se comió el resto. Y yo no esperé y me dispuse a ayudarla, pero me detuvo con la mano. Reina de la provocación, me obligó a observar como se terminaba la deliciosa tarta y se chupaba los dedos. Eso me enfadó un poco. No había comido nada. Pero Perversa sabía cómo excitarme y dejó que fuese yo quien limpiase de pegajoso dulce dos de sus dedos. Hambriento los saboreé y lamí, como si fuesen dos polos de helado.

¿Por qué cierras los ojos? –

Para disfrutar más. –


Así que no vi cómo acercó su rostro al mío, que embelesado seguía chupeteando su índice, y casi no me di cuenta de que en un momento ya no eran sus dedos, sino sus labios, lo que con tanta gula besaba. Seguí con los ojos cerrados, deleitándome con la textura y sabor de su lengua hasta que se apartó y dijo:

Me haces cosquillas. –


A partir de ese instante, Violeta fue la dueña de la situación. Me quitó la camiseta y mientras lo hacía me estampaba besitos húmedos en el abdomen, los pectorales, el cuello... Luego dijo, y al escucharla intuí que íbamos a realizar una de sus fantasías:

Yo también tengo algo para ti... –

Se despojó de la bata, que quedó hecha un revoltijo en una esquina, y dejo que me extasiara contemplando sus atributos bajo el único y provocativo velo de su camisón de seda, de un blanco inmaculado que contrastaba más que cualquier otra cosa con su carácter arrebatador y pasional. Si hubiese sido negro, o rojo, no me habría extrañado... ¡pero blanco! Fuese como fuese, estaba preciosa y se lo dije.


Me empujó con fuerza y me dejó tendido boca arriba, mirándola con curiosidad mientras me rozaba los pezones con la punta de la lengua hasta ponerlos duros. Gateó sobre la cama un poco, como una gatita viciosa, mirando a su presa asustada, hasta que se sentó sobre mi bajo vientre, procurando que el roce me pusiera bien cachondo. Conseguí distinguir algo de sus labios vaginales abriéndose por la presión de las braguitas de encaje (siempre son de encaje); y una vez allí, irguiéndose como una torre de marfil sobre el paisaje, se río. Empezaba el sexo de verdad.


De la mesilla de noche cogió su bolso y sacó un par de esposas. Elevó las cejas, irónica, mientras me las enseñaba. Un suave tintineo acompañó el escalofrío que sentí al ver el metal.

No sé por qué, pero me lo esperaba... –

¿No será que lo deseabas? –

¡Qué golazo acababa de meterme! Me sentí algo inquieto. Parecía saber tan bien como yo qué cosas me excitaban. ¿Ó es que a ella le ponía lo mismo que a mí? No pude responderme, el metal frío me hizo estremecer al recorrer mis brazos. Juntó mis muñecas en el cabecero de la cama y las atrapó con las esposas. Ahora sí que estaba pillado por los huevos. ¿Qué me haría?


Ya me tenía a su merced (ó al menos eso creía ella), así que se entretuvo en observar mis reacciones ante la morbosa situación. No me había resistido antes y no lo iba a hacer ahora, pero aguanté su penetrante mirada todo el rato.

Te queda bien el collar. Me gusta; pero a lo mejor el otro te quedaría mejor... –

Sacó la otra correa y la puso sobre la que yo llevaba puesta, doblada encima, para ver el efecto. No debió gustarle demasiado, así que lo que hizo fue probársela ella. Me miró, exigiendo mi opinión.

Estupenda, te queda genial. –

Te pone, ¿eh? Como todo lo que te hago. –

Cerró la hebilla. Parecía un simbólico "tú eres mío y yo soy tuya".


Luego me soltó el cinturón de los pantalones, me los quitó y después los calzones. Quedé desnudo por completo debajo de ella, a excepción del collar de buldog.

Lo que yo decía. La tienes tiesa del todo. –

Por supuesto. ¿Y qué esperaba, que mi miembro no reaccionase al juego perverso? Eso era pedir demasiado. No obstante, a ella le parecía argumento suficiente mi erección para torturarme un poco. Dándome suaves arañazos mientras se relamía pensando en mi impotencia, acercó los dedos a su propio sexo. Y no se cortó ni un pelo a la hora de masturbarse, sin quitarse las braguitas siquiera, a una distancia insignificante de mi polla. Y yo, viéndola, deseaba que me montase, penetrarla, hacerle el amor con todas mis fuerzas. Me lo estaba negando. Y reaccioné con violencia en cuanto noté que la tela de su ropa interior más íntima se mojaba a costa de mi suplicio


No me subestimes, cariño. – dije muy serio

Haciendo acopio de todas mis fuerzas conseguí levantar las piernas y así hacer que de golpe y porrazo el coñito de mi musa quedase a escasos centímetros de mi boca. Se asustó por "corrimiento de tierras" y tuvo que sujetarse a los barrotes del cabecero para no caerse. Rápido agarré sus manos con delicadeza, pues podía mover las esposas arriba y abajo del barrote donde estaban sujetas, pero también con firmeza. Quería tenerla así. Me miró, con cara de preocupación.

Puedo ser bastante rebelde si no tengo lo que deseo. –


Y lo que en ese momento deseaba era contacto físico directo.

Quiero comerte la rajita y que tú me la chupes. –

Vaya, que claras tienes las cosas. –

No soy yo quien está esposado a la cama, princesa. –


Con eso quería decir que sí, que me tenía dominado, pero que no se confiara, que ella también tendría que esforzarse, poner algo de su parte. Así lo entendió y contenta se quitó las braguitas después que le solté las manos. Luego se acomodó encima mío, agarrando de nuevo los barrotes y me acercó el codiciado manjar de su chocho. Goteaba del orgasmo anterior, lo que me ponía las cosas más fáciles, pues no tendría que calentarla demasiado los motores. Concentrándome para memorizar cada una de sus reacciones, el aroma y el gusto de su más oculta intimidad, di comienzo al cunninlingus. Sus labios se abrieron como los pétalos de una flor al paso de mi lengua. Con sumo cuidado, para que apreciase el cariño y devoción que sentía por ella y comprendiese que me tomaba su plena satisfacción sexual como una responsabilidad, como una misión sagrada para mí, descubrí su perla más sensible. La tomé con ambos labios, sosteniéndola un segundo antes de succionarla y bañarla de saliva. Gimió. Hice que su clítoris se deslizase por mi cara. No me había afeitado esa mañana y el roce de mis mejillas ásperas le resultó muy agradable. Volvió a gemir. Me atreví a explorar más a fondo su agujero del amor. Casi podía sentir las venas palpitando en su interior al ritmo de mis lengüetazos. Dejó que sus nalgas, lisas y frescas, reposasen en mi cuello y pecho. Ahora veía perfectamente cada detalle de su anatomía. El vello púbico parecía cubierto de escarcha. Era el sudor de la excitación. El "botón mágico" estaba hinchado, erecto, como un minúsculo pene que reclamaba mas atenciones "orales". Lo volví a tomar entre los dientes y lo meneé suavemente, obligando a Violeta a moverse al ritmo que yo le marcaba.


Venga golosa, colabora un poco. ¡Estoy deseando saber qué puedes hacer! –

Comprendiendo mis deseos consintió en hacer una pausa en la comida de coño que le estaba haciendo para colocarse en posición de mamármela. Tuvo que apoyar las piernas en el respaldo, pero encontró una postura lo suficientemente cómoda para los dos. Ahora podía tomarla también por detrás. ¿Le molestaría? Sólo había un modo de comprobarlo. En cuanto sentí en mi glande el calor de su aliento, le besé el ano.

¿Qué haces? –

No contesté, porque era evidente. Empecé con besos suaves, tiernos, en las nalgas. AL retirar los labios me divertía observar que dejaba unas pequeñas marcas rosas en su piel lechosa. Duraban sólo un momento antes de unificarse el tono otra vez. Iba a dar otro beso de esa clase cuando noté que me apretaba los huevos. No es que me hiciera daño, pero me dio miedo y pregunté:

¡Eeeehhhh! ¡Cuidado con lo que haces! –

Si tú no pides permiso para hacer ciertas cosas, yo tampoco lo haré. –

Apretó un poquito, lo suficiente para hacerme ver que ella llevaba el mando. Y se metió el capullo en la boca, sorbiendo como una aspiradora. Me encantaba.

¿Es que no quieres que te adore el agujerito? –

Más te vale hacerlo muy bien y provocarme un buen orgasmo, porque si no... –

Y este apretón sí que fue doloroso.


Un poco intranquilo por la suerte que correrían mis pobres cojones, procuré chuparle el culo con tanta suavidad y dulzura que no pudiese resistirlo. El sabor era raro, desde luego no era caviar, ni mucho menos, pero no resultaba tampoco nauseabundo ni desagradable. Era un sabor y un aroma desconocidos, ignorados. Y yo no le daba tanta importancia a eso como al acto en sí, es decir, al ofrecer mi lengua a un sitio prohibido. Gané el primer premio, porque a los dos minutos Perversa no podía seguir chupando por el placer. Me miraba, fijándose en el empeño de mi lengua por llenar su culo.


El 69 duró un buen rato. No nos corrimos al mismo tiempo por la sencilla razón de que ella llevaba ya cerca de media docena de orgasmos y yo me quería reservar para el final.

Venga, te dejo correrte. – me soltó de pronto.

Puede que parezca raro, pero el hecho de que se creyera con derecho a controlar mi sexualidad hasta tal punto no me importó. Notando su mano, que masturbaba a mi ya fatigado cipote, y esperando manchar los labios de mi amada con mi leche, me corrí.


Perversa me limpió, me hizo ese regalo, con su lengua, sin dejar una gota de semen. Se lo trago todo. Luego se sentó en mi cara.

Lo has hecho muy bien. De verdad. No sé.. Nunca hubiera imaginado algo así. –

Se quedó un rato en esa posición, un tanto humillante para mí.

Y tú... ¿has gozado? –

Se quitó de encima y me empezó a acariciar, melosa. No pude contestarla; no tenía palabras para describir el torbellino de emociones que me embargaban. Sólo pude esbozar una sonrisa tonta.

Tomaré eso como un sí. El que calla otorga. –


Cuando supe lo que tenía que decirle carraspeé. Violeta estaba echada sobre mi pecho. Me miró sonriente y expectante.

Suéltame. –

Mmmmm... ¿Tan pronto? Creo que te dejaré así toda la noche y a lo mejor todo el día de mañana. Podré hacerte lo que quiera. –

Lo que queramos. Suéltame. –

¿Otra vez te pones en plan rebelde? – se rió.

Suéltame y verás lo que es verdadera sumisión. –


Ya no había tapujos, pero Violeta todavía albergaba dudas sobre mis deseos de continuar tan placenteros y perversos solaces. No la culpo por ello, es normal que quisiera retener a su "perro". Aunque... Al final accedió y me quitó las esposas. Me levanté y fui hacia la silla donde estaba mi ropa. Cogí el cinturón y la miré. Parecía algo inquieta, como si pensase que iba a vestirme y largarme de su lado. Se había sentado en la cama a esperar que yo tomase la iniciativa. La sonreí y me acerqué. Hice chasquear el cinto en el aire y...


Hice pasar el extremo del cuero por detrás de mi collar de perro. Luego pasé la hebilla y lo cerré, como si quisiese hacer una correa improvisada. Y, asumiendo mi papel de sumiso por fin, le entregué el otro extremo a mi deliciosa ama Perversa. Después me arrodillé a sus pies y los besé. Nunca lo habría hecho a la fuerza. Tenía que ser una entrega voluntaria. En cuanto mis labios dejaron su huella húmeda y caliente en el empeine de ambos, empezó una breve cuanta atrás. Todo, yo incluido, estaba en manos de Vileta. Si quería aceptarme como esclavo incondicional, sólo tenía que darme una señal.


La señal llegó en forma de un seco tirón de la correa. Elevé la vista y los ojos de mi ama, entre autoritarios, despectivos, complacidos y perversos, me informaron de que mi vida, mis deseos, mis sueños y mi cuerpo le pertenecían ya para siempre.

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