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La señora Jueza

LA SEÑORA JUEZA

Roxana era muy conocida en el ámbito judicial, no solo por ser buena magistrada, sino, además, por tener una belleza notable. Tendría unos 45 años, era alta y delgada, de buena contextura física la cual nunca podía ser apreciada porque invariablemente usaba faldas largas, chaquetas cerradas, pañuelos al cuello y cosas así, todas de color oscuro, lo que le valió el mote de “la monja”.

Se sabía poco, casi nada, de su vida privada y, si algo la caracterizaba, era lo estricto de sus fallos como las penas que imponía. Por ese entonces, yo era un abogado de suerte variada en mi profesión y litigaba en varias causas en el juzgado a su cargo.

Cierto día, molesto por el trámite de cuestiones procesales, le solicité una audiencia para exponerle mis puntos de vista y disconformidad al respecto. Me recibió en su despacho, vestida como siempre con su imperturbable atuendo de monja; escuchó pacientemente mis argumentos y cuando hube concluido me dijo: “Dr. Ferrada, lo que Ud. plantea requiere de mi parte estudios y consideraciones adicionales que me llevarán algún tiempo. Cuando tenga mis conclusiones le avisaré”, Dicho esto, dio por finalizada la entrevista y solo atiné a dejarle mi tarjeta de presentación, en la cual figuraban mis números de teléfono. Pasó el tiempo y no me dio soluciones concretas a pesar de habernos puesto en contacto en tres ocasiones, en la última de las cuales le expresé mi incomodidad por la indefinición en que me tenía. Entonces me dijo que fuera a su casa con todos los antecedentes de la causa y que me daría una respuesta. Llegué a las 20 hs. conforme lo acordado y me recibió visiblemente cambiada: tenía el pelo suelto, unos pantalones bastante discretos y una blusa que permitía ver el nacimiento de un par de tetas prominentes. Me hizo pasar a su estudio y comenzamos a discutir, por momentos tan acaloradamente que, sin querer, dije un par de cosas inapropiadas. Reaccionando prestamente le dije: “Mire señoría….” “Aquí soy Roxana, Dr. Ferrada”. “Bueno, le dije, yo soy Gabriel y le pido disculpas si fui grosero…” Me interrumpió con un gesto autoritario y, levantándose de su asiento, se paró a mi lado mirándome fijamente (pensé que me abofetearía) y con dureza me dijo: “Estoy ofendida, pídeme perdón Gabriel!” Quedé mirándola pues no sabía si se burlaba, estaba loca o me hablaba seriamente. Tomó una pequeña fusta que tenía sobre el escritorio y haciendo un gesto de golpearme, me dijo: “¡Ponte de rodillas y pídeme perdón!”. De pronto se hizo una luz en mi obnubilado cerebro y comencé a entender el juego que me proponía sutilmente. Y confieso que me gustó. Me arrodillé y apoyé la cara sobre sus zapatos mientras le decía: “Perdón Roxana…” “¡No!, me dijo con voz muy firme mientras me daba un golpe con la fusta, “di perdón ama”! (Ah me dije, conque hacía allí íbamos) “Perdón ama” dije y le besé un pie por sobre el zapato. Me volvió a dar con la fusta diciendo: “No te autoricé a que me tocaras!” Luego se sentó sobre el escritorio y abriendo ligeramente las piernas me dijo: “¿Qué quiere hacer Dr. Ferrada?” “Quiero chupar tu coño y beber tus jugos” le dije incorporándome. Quiso pegarme con la fusta de nuevo, pero sacándosela de las manos, la tomé por los hombros y la arrojé al piso tras lo cual la tomé de las muñecas diciéndole: “Ahora el amo soy yo….señoría!” Noté que su respiración era muy agitada y entrecortada por la excitación, era evidente que ése era el juego que le gustaba. Soltó un grito de placer cuando la puse boca abajo y le pegué con la fusta en sus abultadas nalgas. “¡No te escucho!” le dije dominante. “Si amo, haré todo lo que digas; ordena y te complaceré” Esto parecía el cuento de Aladino, pero así estaban las cosas. Roxana se había transformado: tenía la mirada brillante, los labios abiertos tomando aire sonoramente, temblando de a ratos o estremeciéndose, con la mirada puesta en mí, esperando órdenes. “¿Vives sola aquí? pregunté. “Si, me dijo, nadie nos molestará”. “¿Tienes algún sitio especial en la casa?” seguí preguntando. “Si” me dijo y me llevó hasta un cuarto rodeado de espejos, en las paredes y en el techo; una gran cama redonda central iluminada por luz negra y roja y distintos adminículos para refinada tortura sexual. Por lo que veía, la señora jueza no se privaba de nada. Cerré la puerta y le di otro golpe de fusta en las nalgas mientras me sentaba en la cama, ella se arrodilló entre mis piernas mientras me preguntaba: “¿Qué ordena mi amo?” “Desvístete lentamente ante mí” le dije. Roxana se sacó una por una todas sus prendas hasta quedar completamente desnuda. Tenía un cuerpo espectacular que estaba muy bien disimulado bajo sus atuendos cotidianos. Un par de tetas voluminosas, vientre aplanado, el coño completamente rasurado, piernas firmes y bien formadas y un culo que quitaba la respiración. Me desvestí también yo, quedando con la polla tiesa frente a su mirada hambrienta. “Di algo, estas muy callada”, le dije. “¡Que  buena verga tienes!” me contestó. La tomé por la espalda y se la apoyé en la profundidad de sus nalgas, directamente sobre el ojete palpitante; se inclinó un poco y sentí como se abría el orificio sin mayor esfuerzo. Este es un andén por el cual pasaron muchos trenes, me dije para mis adentros, pero seguramente será profundo y acogedor. Y realmente lo era, porque de un solo estoque enfundé el sable en la cómoda vaina. Roxana se reclinó sobre el borde la cama y metí la polla en toda su extensión en ese culo portentoso; pero me dio la impresión que debía complementar la penetración con algún gesto adicional, para que la misma cobrara temperatura. Le di unas palmadas bastante fuertes en las nalgas lo que provocó que gritara de placer, entonces tomé la fusta y le fui golpeando suavemente en distintas partes del cuerpo, mientras la mantenía firmemente enculada. Y allí estalló de pasión y locura, porque continuó gritando, maldiciendo y rogando, todo a la vez, al tiempo que se estremecía y temblaba. Bajamos al tapete y de rodillas los dos sin perder el acople, la fui llevando por la habitación con cada envestida que le daba, al tiempo que la sacudía con la fusta como si fuera un corcel. Y allí estaba la señora jueza, abandonada a sus más recónditos instintos y entregada completamente a mi dominio circunstancial. Y se dio algo que nunca me había sucedido, comenzó a correrse en pequeños chorros a medida que nos deslizábamos por la alfombra, hasta que la sostuve firmemente por la cintura y descargué toda mi lefa en la profundidad de su culo.

Después de ese día, cada vez que tenía inconvenientes en tramitaciones legales, acudía presto a la villa de su señoría, para efectuar las “consultas” que fueran menester.

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Eduardo on

Muy bien escrito, el texto te lleva de a poco a considerar una situación que se da en la vida real, o sea, el accionar público de una persona (en este caso una jueza)y sus actividades en la vida privada. En una vemos a la funcionaria en su desempeño ajustado a las leyes y en otra, a la mujer entregada a sus instintos.

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