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Operacion Singer Bird - 2ª Parte

En el mismo momento que John aparecía por cubierta, el Seahawk se posaba suavemente en la superficie del buque.
Yo buscaba con la mirada a John a través de la ventanilla del helicóptero, y cuando le encontré levantando los brazos, no pude contenerme más, y abriendo la puerta del helicóptero, salí corriendo en su busca.
Nos fundimos en un fuerte abrazo en medio de la cubierta del barco, todavía agitada por las aspas del Seahawk en movimiento. Unimos fuertemente nuestras bocas en un más que apasionado beso, al mismo tiempo que comenzamos a oír los silbidos y alaridos del resto de los compañeros de John.
- Por fin John, tenía tantas ganas de estar contigo.
- Yo también Ann, todavía no puedo creer que estés aquí…
- Hmmmm, hmmmm (carraspeó el Comandante Cameron)
- Perdón señor. Ann, te presento al Comandante Cameron.
- Sra. Craig, encantado de conocerla.
- Lo mismo digo Comandante Cameron.
- El Coronel Winter me informó hace un par de días de su llegada y del propósito de la misión que la habían encomendado. Me parece usted una mujer muy valiente, y por lo que me dijo el Coronel, capaza de hacer cualquier cosa con tal de estar junto a su marido.
- "Así es Comandante…", dije mirando tiernamente a los ojos de John.
- Muy bien, supongo que tendrán mucho que hablar y el tiempo corre, así que les dejamos que disfruten de esta velada juntos. Le hemos preparado uno de los camarotes para invitados. Espero que le guste. El Sargento Craig le acompañará hasta allí…
- Gracias Comandante.
- Gracias a usted por servir a su país. Encantado de conocerla, sra. Craig, y feliz estancia, aunque breve, en el Ticonderoga.
John cogió mi pequeño equipaje, y nos dirigimos hacia el camarote que el Comandante me había asignado.
- El Comandante Cameron es un tipo genial. Es duro, pero sabe muy bien como tratar a su gente. Me ha dejado pasar esta noche contigo, y mañana, aunque no era mi turno, estaré en la radio por si me necesitas para algo durante el viaje.
- Es estupendo. Tenía tantas ganas de estar contigo y de sentirme entre tus brazos…
- Yo también Ann, te hecho mucho de menos… Ya hemos llegado. Espero que el camarote sea de tu agrado. Aquí no tenemos muchos lujos, pero sabemos tratar bien a los invitados. Además, los últimos retoques los he dado yo, así que espero que te guste.
- "Seguro que sí, aunque lo que a mí me importa es estar junto a ti…", le dije sonriéndole pícaramente y dándole un pellizco en el culo mientras abría la puerta.
- Et Voile…, ¿qué te parece?
- Es magnífico John. Has tenido que trabajar mucho…
- Si es por ti nunca es mucho…
Le di un enorme beso en la boca agarrándome a su cuello, y John dejando caer la maleta al suelo, y cerrando la puerta con su pierna derecha, me agarró por el culo levantándome en el aire. Coloqué mis piernas en su cintura, y continuando con el beso, John comenzó a girar por el camarote como si estuviésemos bailando.
- "Ten cuidado no vayas a pisar la cena", le dije.
- Espero que no, me ha supuesto 20 pavos, y con lo que me ha costado colocarlo todo…
Sobre el suelo de la habitación, había unos cuantos cojines tirados, y entre ellos, había un mantel de cuadros rojos y blancos, con un montón de cubiertos y comida que John había hecho preparar a su amigo el cocinero para mi llegada. Estaba bien ideado, porque aunque nos retrasásemos en cenar, toda se podía tomar frío. Había una enorme ensalada, sándwiches variados, frutas, y una botella de vino californiano dentro de una nevera, tipo minibar, que había en el camarote.
- Necesito darme una ducha antes de nada.
- Estupendo Ann, a mí también me apetece la idea.
- Lo siento sargento, me voy a duchar yo solita, y tú mientras vas a ir preparando el ambiente. Intenta dejar una luz suave y tenue, y sintoniza algo de música en la radio. En cinco minutos estoy aquí con una sorpresita para ti.
- "¿Una sorpresita?", me dijo John mirándome pícaramente.
- Sí sargento, una sorpresita, pero no intentes averiguar de que se trata porque no pienso decirte nada.
- Anda Ann, ¿y si te doy un besito?
- "Ni besito ni nada", le dije yo intentando imponerme, aunque en mi cara se dibujaba más una sonrisa que otra cosa. "Vamos sargento, en cinco minutos saldré por esa puerta, y espero que todo sea de mi agrado."
- "Sí señor", me contestó John siguiéndome el juego, a la vez que me dirigí hacia el baño con mi bolsa de aseo.
Me duché rápidamente, supongo que con más nervios que los que podía tener John allí fuera, pero la verdad es que tenía unas ganas enormes de sentirme de nuevo entre sus brazos, y aprovechar de la mejor de las maneras esta noche que el destino nos estaba brindando.
Saqué de mi bolsa de aseo el aceite corporal y me embadurné lo justo todo el cuerpo, sin dejar ni un solo rincón sin cubrir. Quería que John me viese reluciente cuando saliese del baño. Cogí un nuevo conjunto de lencería que me había comprado para esta ocasión, y que había escondido de manera premeditada dentro de la bolsa de aseo. Era de un color rojo aframbuesado, con motivos florales en tonos rosas y granates. El sujetador me lo compré una talla más pequeña de lo habitual, y no me importaba, porque era de suponer que no iba a estar mucho tiempo encorsetada dentro de esa talla 95. Las copas eran rígidas, y daban a mis pechos una consistencia total uniéndolos algo más de lo normal, dejando salir parte de ellos por la parte superior. Lo suficiente como para conseguir provocar a John al máximo. La tira del sujetador estaba formada por pequeñas flores rosas y rojas intercaladas. La minúscula braguita tapaba mi pubis y poco más, dejando mis nalgas completamente al descubierto, mostrándolas en todo su esplendor, y que el aceite se encargaba de realzar aún más. Al igual que el sujetador, la tirita que unía la parte delantera de las braguitas con el pequeño triangulito trasero, estaba formado por una hilera de flores.
Estaba lista, me miré por última vez en el espejo, y me revolví un poco mi negra melena, en señal de fiereza.
- John, ¿estás listo?
- Si Ann, listo y ansioso. Vamos sal ya.
John había quitado algunas bombillas de la habitación, y la que había quedado estaba tapada con unos paños (sin llegar a tocarla), para que no iluminase tanto. En la radio sonaba en esos momentos el tema "Pretty Woman" de Roy Orbinson, perteneciente a la banda sonora de la recién estrenada película del mismo nombre que tantas veces había escuchado yo sola en casa en la radio, y ahora por fin, podía compartir junto a John. Todo era perfecto, y estaba claro que existía una especie de conjura universal para que esa noche todo fuese maravilloso.
Me coloqué en la pared, y respirando hondo, abrí la puerta. Fui apareciendo lentamente bajo el marco, hasta que apoyé mi espalda en él, y coloqué mi brazo derecho justo en el otro lado del cerco. Levanté mi pierna derecha lentamente hasta apoyarla junto a una de las bisagras de la puerta, y con la mano izquierda comencé a acariciarme el muslo de la otra pierna.
John se había quitado las botas, y estaba sentado en el suelo mirándome con cara de abobado, porque supongo que se esperaba algo, pero no tanta sugerencia e insinuación. Con la mano derecha me acerqué hasta la tira izquierda del sujetador, y la deslicé hacia abajo.
- "Joder Ann...", balbuceó John.
No quise hacerle sufrir más, así que me fui hacía él contoneándome descaradamente. El aceite me hacia relucir espléndidamente, y estar tan apretada dentro de ese sujetador evocaba en mi una lujuria insospechada.
Me acerqué a él, y me agarró por el tobillo. Fue subiendo muy despacio a lo largo de toda mi pierna, mientras acercaba su boca a la otra para besarla con ganas. Llegó hasta mi glúteo, y lo apretó con fuerza, como si se lo fuesen a quitar. Estaba ansioso, al igual que yo, pero el juego me estaba gustando, y decidí seguir. Aparté su mano de mi trasero, y me eché unos pasos hacia atrás. Dejando mis piernas completamente estiradas, comencé a inclinar mi cintura hacia delante, formando casi un ángulo de 90º. Los ojos de John se fijaron instantáneamente en mis apretados pechos. Le cogí por la barbilla, y le di un enorme beso en la boca. John reaccionó al instante, y de la forma más lujuriosa, metió su lengua dentro de mi boca, dando lugar a uno de los besos más fantásticos que jamás habíamos tenido oportunidad de disfrutar. Era increíble lo que un poco de aceite, lencería sexy y algo de imaginación puede hacer despertar en la mente de un hombre.
Levanté mi cuerpo, y John, poniéndose de rodillas sobre los cojines, comenzó a besarme viciosamente por las piernas, a la vez que yo le agarraba por la cabeza guiándole a mi gusto. Fue subiendo por los muslos, y pasó de largo por mis braguitas, para centrarse en mi ombligo. Yo notaba como me estaba mojando enormemente, más por la situación que por las caricias que estaba recibiendo, pero ya se sabe que la mente manda mucho en esto del sexo.
John cogió uno de los plátanos que había en el frutero, y fue recorriendo mi pierna derecha con él hasta, volviendo a pasar de largo por mis braguitas, llegar hasta mi ombligo. Yo comencé a gemir suavemente, y John, que siempre ha sabido llevarme al límite, me fue dando la vuelta lentamente, hasta que tuvo mi culo por completo delante de su cara. Comenzó a besarlo y a acariciarlo tan bien como él sabe, y de vez en cuando aprovechaba para darme algún lametazo por zonas más internas. Me colocó el plátano entre los muslos, y comenzó a tocármelos con total suavidad. De repente noté como comenzó a acariciar mis genitales por encima de la braguita. Se me escaparon unos cuantos gemidos, haciendo saber a John que aquello me estaba gustando enormemente. La otra mano de John, que recorría en esos momentos mi espalda, me inclinó hacia delante, dejando a su entera disposición, tanto mi trasero, totalmente abierto para él, como una buena vista de mis labios vaginales que estaban ya completamente mojados. John metió su lengua entre mis labios, y a través de la braguita, comenzó a lamerme con ganas. Mientras, con el plátano, acariciaba mi trasero haciendo alguna que otra incursión en busca de mi ano, tapado mínimamente por el hilito de la braguita que se ocultaba entre mis glúteos.
John fue bajándola suavemente, hasta deshacerse de ella. Colocó un cojín delante de mis pies, y me invitó a que me pusiese de rodillas, con el cuerpo echado hacia delante. En esa postura estaba completamente poseída por la lengua de John, que hacía estragos en mi coño, y por el plátano, que lo movía inteligentemente alrededor de mi trasero. Poco a poco fue bajándolo hasta rozarme los labios con el fruto, y apretó lo suficiente como para notar como la parte más encorvada del plátano se acoplaba perfectamente entre mis labios. Su boca fue entonces a buscar mis nalgas, y a la vez que me rozaba con el plátano, aprovechaba para lamerme el ano y meter la punta de la lengua.
Aquello estaba siendo fantástico, y había llegado la hora de darle a John lo que se merecía. Me incorporé hasta quedarme de rodillas, y me fui girando hasta quedarme de cara a John. Nos besamos como si estuviésemos poseídos por la lujuria. Bueno, realmente lo estábamos.
John dejó el plátano sobre el mantel, y yo le invité a que se levantase. Le desabroché el pantalón como pude, y lo dejé caer al suelo. El instrumento de John estallaba dentro del slip. Se lo apreté con ganas, a la vez que le pasaba la lengua por la zona de los testículos. De un tirón le arranque la prenda, y ante mi cara, apareció ese erecto miembro que desde hacía tanto tiempo necesita sentir dentro de mí. Lo agarré con la mano izquierda, y comencé a masturbarle lentamente, mientras mi boca se apoderaba de los testículos de John. Poco a poco fui subiendo mi lengua a lo largo de todo el instrumento, hasta llegar a la punta, donde ensalivándola completamente, me la metí en la boca, consiguiendo como recompensa un fuerte gemido de John. "Ahora te vas a enterar", pensé, y comencé a mamarle el aparato a una velocidad vertiginosa, a la vez, que cogía el plátano sin que John se diese cuenta.
Comencé a acariciar sus muslos con el plátano, y John notó su presencia, pero no sabía realmente que estaba pasando, ya que yo seguía chupándole la polla incansablemente. Llegué hasta los testículos con el fruto, e intenté acercarme peligrosamente hasta su culo, para frotarle bien el plátano por todo su ano. Las piernas de John comenzaban a temblar, pero yo seguí con mi trabajo, sin darle el más mínimo momento de respiro.
- Ann, si sigues así me voy a correr. Para por favor…
Paré al instante dándole un último lengüetazo en todo el glande, a la vez que seguía masturbándole lentamente con mi mano izquierda.
- Quiero follarte Ann, y no sabes cuantas ganas tengo.
- Seguro que si lo sé, y yo también tengo unas ganas enormes de ser bien follada.
Me di la vuelta, hasta adoptar la postura original, es decir, de rodillas con el cuerpo echado hacia delante, dejando a la vista de John todas mis más ocultas intimidades. John se quedó de pie, y flexionando las rodillas, acercó la punta de su miembro a la entrada de mi coño. Comenzó a restregarlo por la zona sin llegar a penetrarme, y realmente me estaba volviendo loca con el jueguecito. De repente, noté como toda su carne se insertaba dentro de mí, provocándonos a ambos una sensación sinceramente increíble, acompañada de los oportunos gemidos.
- Muy bien Johnny, así, sigue por favor, no pares…
- Si cariño. ¿Así, te gusta así?
- Si mi amor así, así…
John me embestía con total violencia, a la vez que con un dedo comenzaba a acariciar la entrada de mi ano.
- Vamos John sigue, sigue… Me hacía tanta falta esto.
- Si cariño, a mí también. Todavía no creo que esto esté ocurriendo realmente.
- Pues es cierto, aahhhh, y vamos a recordarlo para siempre.
John metió su dedo lentamente por mi culo, y comenzó a acompasar rítmicamente las embestidas de su polla y su dedo.
- Así, muy bien John. Me gusta cariño, me gusta,… sigue.
- ¿Te gusta cielo?
- Si John, me gusta. Sigue, no pares por favor…
John sacó su aparato de mi coño, y lo acercó a la entrada de mi culo. Yo le ayudaba separando al máximo mis nalgas con las manos, hasta que por fin, me embistió con su polla.
- Síííí, John así, muy bien. Necesitaba tu polla bien dentro de mí. Vamos cariño fóllame, fóllame…
- Si Ann, lo que tu mandes…
John siguió follando mi culo a la vez que yo aprovechaba para acariciarme el clítoris. Comencé a notar un enorme placer que recorría todo mi cuerpo, y emití un enorme grito en señal de disfrute que debió escucharse hasta en la sala de máquinas. Me había corrido de la mejor de las maneras, y John no iba a tardar mucho en vaciar su leche. Sacó su polla de mi culo, y comenzó a masturbarse ante la atónita visión de mi agujero completamente abierto tras haberle recibido extraordinariamente. Escuché un grito de total éxtasis saliendo de la garganta de John, y su leche comenzó a salir por todas partes, yendo a caer por mis glúteos y la parte baja de mi espalda.
- Dios Ann, vaya polvo cariño…
- Sí mi amor, nos hacía mucha falta algo así,…
Nos echamos sobre los cojines, y nos limpiamos como pudimos con unas servilletas de papel. Me quité el sujetador, ya que me estaba oprimiendo bastante, y los dos, lo más juntos posibles, comenzamos a tomar algo después del extraordinario esfuerzo realizado.
- Te quiero John…
- Yo también te quiero Ann…
- Voy a proponerte una cosa sargento a ver que te parece.
- Tú dirás.
- Quiero que tras mi regreso, cuando estemos disfrutando de nuestras merecidas vacaciones, intentemos tener un hijo.
John se quedó un poco sorprendido en esos momentos, pero instantáneamente asintió con la cabeza.
- Estoy de acuerdo Ann. Supongo que te encuentras muy sola en casa, y un niño te alegraría la vida.
- O dos.
Sonreímos ambos…
- Yo también quiero decirte algo Ann.
- Pues tu dirás.
- Llevo pensándolo unos días, pero con lo que me acabas de decir creo que todo está mucho más claro ahora.
- Bueno dime lo que sea, me empiezo a impacientar…
- Pues que he decidido que quiero estar contigo y con nuestros futuros hijos en casa, y que seguramente cuando tu vuelvas, abandonaré el ejercito.
- Pero John,… no sé qué decir. Me has dejado sin palabras.
- No digas nada, pero supongo que estarás de acuerdo en que así no podemos estar.
- Claro que sí John, pero el ejército siempre ha sido tu vida, y...
John tapó mi boca y me dijo:
- Tú eres mi vida, y por eso estoy dispuesto a sacrificar cualquier cosa.
- John...
Nos dimos un enorme beso, y tras una velada de ensueño imaginando como sería nuestro próximo futuro, nos marchamos a la cama para pasar juntos el resto de la noche…
*********
En los días previos al 3 de julio, Juan Castro y sus hombres se vieron sometidos a una fuerte presión por parte del Cuerpo de Elite de la Policía Colombiana. Medellín se había vuelto peligroso para ellos en esos días, así que decidieron abandonar la ciudad para adentrarse en la selva en busca de refugios más seguros. Eligieron una zona alta al Noroeste de Medellín, cerca de Santa Fe de Antioquia, donde disponían de unas cabañas con paneles solares, neveras para conservar los alimentos y hasta un horno microondas para cocinar. Al tratarse de un lugar alto, recibían perfectamente la señal de televisión, y se podían permitir ver el Mundial de Italia de fútbol mientras disfrutaban bebiendo cervezas.
La seguridad era algo primordial para los narcos, así que asaltar esa pequeña fortaleza en medio de la selva era algo bastante complicado. Levantaban altos troncos con cuerdas atadas a sus extremos, formando filas paralelas invisibles desde el cielo. Si algún helicóptero intentaba aterrizar, las cuerdas se enredaban en su base y el aparato terminaba estrellándose contra el suelo. En tierra tenían todo tipo de armas de fuego: Mini Uzi y R-15 sobre todo, además de lanzacohetes rusos tipo SA-18 Grouse Igla guiados por infrarrojos, perfectos para abatir aviones y helicópteros que volasen incluso a altas velocidades.

Medellín, 05:00h del 3 de julio de 1990
Se presenta en el cuartel del Cuerpo de Elite, un hombre que dice saber el paradero de Castro y sus hombres. Tras comprobar que dice la verdad, el General Ortega, al mando del Cuerpo de Elite, ordena automáticamente crear un cerco envolvente entorno a los narcos, en la denominada operación: "Anaconda".
En ese momento la tensión en el cuartel fue máxima. Los hombres del cuerpo al ser avisados para la misión, corrieron a los teléfonos para hablar con sus familias por si perdían la vida en el enfrentamiento, y otros fueron a buscar al capellán del cuartel para que los bendijese antes de partir en busca de Castro.
Al dar las 07:00h, todo los camiones disponibles del Cuerpo de Elite, salieron hacia Santa Fe de Antioquia atravesando todo Medellín. La gente más madrugadora de la ciudad, al ver tal despliegue de fuerzas, se temieron lo peor, y corrieron a encerrarse en sus casas esperando acontecimientos. Al igual que los ciudadanos de Medellín, los hombres de Castro también adivinaron la intención del Cuerpo de Elite, avisando de inmediato al Patrón por radio, que con toda tranquilidad se dispuso a enfrentarse a los Elite:
- Ándele gandules, parece que hoy el General Ortega se ha levantado con ganas de hacernos madrugar un poco. Preparen las armas, y estén atentos a cualquier cosa que se mueva. En 30 minutos estarán por aquí esos hijueputas. Hay que joderlos a todos.
- Si Patrón, vamos a llenarles el culo de metralla a esos cabrones…
Cubierta del USS Ticonderoga CG 47, 07:00h del 3 de julio de 1990
- Sra. Craig, éstos caballeros son el agente García y el agente Dillon de la DEA. Le acompañaran en su viaje hasta el cuartel de Medellín, y ellos después continuarán su viaje hasta Bogotá.
- Encantada de conocerles agentes.
- Lo mismo decimos Sra. Craig.
- Vayan subiendo al helicóptero, no podemos retrasarnos más.
John y yo nos dimos un beso de despedida, pensando en lo especial que fue pasar la noche juntos, y sobre todo, en llevar a cabo tras mi regreso, lo hablado esa noche.
- Adiós Ann, y ten cuidado, por favor.
- Sí John, no te preocupes. Nos vemos en cinco días.
- Te quiero Ann, no lo olvides.
- Yo también te quiero sargento.
Y tras darnos otro emotivo beso, uno de los hombres de cubierta cerró la puerta del Seahawk, e iniciamos el vuelo.
- "Adiós John", pensaba yo haciendo un gesto de despedida con la mano.
- "Adios Ann", pensaba seguramente John despidiéndose con su pulgar en alto.
El helicóptero iba ascendiendo, y yo miraba por la ventanilla hasta perder a John de vista. Hacía frío a esas horas, y uno de los agentes de la DEA notó como me apretaba un poco los brazos para quitarme el frío que me recorría el cuerpo en esos momentos.
- Tome Sra. Craig, póngase mi chaqueta. Yo no la necesito de momento.
- Gracias agente, la verdad es que me estaba quedando helada.
Me puse como pude la chaqueta, fijándome en las grandes letras que llevaba en la espalda: "D.E.A."
Continuamos el viaje hasta que por fin dejamos el mar, y comenzamos a ver tierra. Empezábamos a adentrarnos en Colombia…

07:20h. Cabañas de Juan Castro y sus hombres en la selva
- Patrón, patrón. Los hombres que tenemos en Turbo dicen que los norteamericanos se dirigen hacia aquí en unos helicópteros, ¿qué hacemos?
- Malditos yanquis hijueputas, se creen que van a coger tan fácilmente a Juan Castro. Ándenle… preparen las armas… y quiero los cohetes listos para joder a esos cabrones…
El mayor miedo de los narcos era ser detenidos y llevados a EE.UU. Allí serían juzgados fuera de sus dominios, donde no dispondrían de ninguna ayuda y no les valdría ni el chantaje ni la extorsión de jueces. Aparte, sabían que las penas serían mucho más duras que en Colombia.
Momentos después…
- Patrón, patrón. Ya se oyen los helicópteros. Nos van a matar a todos, patrón.
- No llores tanto Cacho, y dile a los hombres que en cuanto los vean disparen. Hay que matarlos a todos. Vamos a enseñarle al general Ortega lo caro que le va a salir haber pactado con los americanos el secuestro de Castro. Nunca me van a coger vivo…, antes me meto un tiro.
A la vez que los hombres del Cuerpo de Elite se acercaban a la cabaña de Castro, el Seahawk en el que yo viajaba junto a los dos agentes de la DEA, casualmente, y sin tener conocimiento de lo que ocurría en esos momentos en la zona, se dispuso a sobrevolar el área de Santa Fe de Antioquia…
- Cacho, Juanele, preparen los cohetes, y no fallen por su padre. Está su vida en juego…
- No se preocupe patrón, vamos a joderlos enteritos.
- Miguel, ¿se sabe algo de Ortega y sus hombres?
- No patrón, desde aquí todavía no se ve nada.
- Pues siga mirando cojones. No quiero ninguna sorpresa.
Momentos después…
- Patrón ahí están los yanquis, ¿disparo ya?
- No espera Cacho, espera a que estén más cerca…
- ¿Ya patrón?
- No Cacho, tranquilo… A la que yo te diga tres, disparas.
- Si patrón.
- Una…., dos…., tres, ahora Cacho jódelos vivos…
Cacho disparó el SA-18, y el capitán Fulton vio como el proyectil se acercaba a ellos.
- Seahawk Pájaro 1, nos están disparando, repito nos están disparando… Agárrense ahí atrás, nos disparan.
Me estremecí por completo al escuchar al capitán Fulton, y los agentes de la DEA sacaron sus armas sin saber muy bien para qué lo hacían, pero supongo que fue una reacción al miedo que sentimos en esos instantes.
- Aquí Torre de Control del USS Ticonderoga CG 47. Seahawk Pájaro 1, repita por favor.
- Seahawk Pájaro 1, nos disparan desde tierra, repito….
En ese mismo momento el capitán realizó una brusca maniobra en la que rodamos por el suelo del helicóptero. Había conseguido esquivar el disparo, ¿pero estábamos seguros?. Justo en esos momentos el Seahawk pasaba por encima de las cabañas de los narcos, tras haber conseguido esquivar el disparo…
- Vamos Juanele, a que esperas, dispara el otro, vamooooos…
El hombre de Castro apretó el disparador del SA-18, y otro misil salió hacia nosotros, buscando ahora la parte trasera del helicóptero. El capitán Fulton se percató un poco tarde de su presencia, y de repente, notamos un fuerte impacto en la parte trasera del aparato.
- Seahawk Pájaro 1, nos han dado, repito nos han dado…Agárrense, no sé como voy a poder controlar esto.
- Aquí Torre de Control del USS Ticonderoga CG 47. Seahawk Pájaro 1, ¿puede evaluar los daños?
- Seahawk Pájaro 1, hemos perdido el rotor de cola, repito, hemos perdido el rotor de cola.
Comenzábamos a girar sobre nosotros mismos, y la cabina del Seahawk no paraba de pitar y de mostrar lucecitas encendiéndose…
- Seahawk Pájaro 1, estamos cayendo repito, estamos cayendo…
John y el resto de sus compañeros y oficiales se sentían impotentes al escuchar todo esto, y se preguntaban estupefactos cómo una misión de transporte había podido ser atacada sin la más mínima consideración.

- Aquí Torre de Control del USS Ticonderoga CG 47. Seahawk Pájaro 1, le habla el comandante Cameron, intente estabilizarlo, repito, intente estabilizarlo…
- Seahawk Pájaro 1, imposible comandante, vamos a estrellarnos.
- Capitán Fulton, intente estabilizarlo…
- Es imposible comandante, vengan a buscarnos, y que Dios se apiade de nosotros…
Tras escuchar un fuerte impacto, se perdió por completo la señal de radio del Seahawk. El silencio se hizo patente en la sala, hasta que unos segundos después fue interrumpido por el sargento Craig:
- Aaaaannnnnnn, nooooooooooooo…

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