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Marta la Sumisa

 No se que es lo que me ocurre con mi hermana Marta, que es lo que me excita tanto de de ella. Es miércoles. Se acerca el fin de semana, y solamente pensar que la ausencia de mis padres me dará la oportunidad de disfrutar de ella me pone a cien.

La observo mientras se pasea por el pasillo, intentando memorizar los apuntes, concentrada en sus estudios y siento un cosquilleo en el estómago, en el vientre, en la columna, en la próstata y el cipote. Yo creo que ella ya se ha percatado de mis intenciones. Ya ha empezado a poner esa cara de mosquita muerta, de víctima que tanto me gusta de ella. No pone cuidado. Le da igual si con ese camisón se le trasparentan las bragas, si al coger el salero, la apertura de su chaleco me permite ver el canal de su pecho, la parte más baja de su sujetador, y con un poco de suerte, si no piensa salir, sus pechos deliciosos.


Tengo dieciocho años y estudio económicas. Me llamo Carlos. Mi hermana Marta es mayor que yo. Tiene veinte años. Yo soy un chico que acaba de salir de la adolescencia. Aún me salen espinillas y mi barba aún no se ha cerrado. Mido 1,70 aunque aún puedo crecer unos centímetros. Soy delgado, de espaldas aún por ensanchar, un universitario que estudia la semana antes de los exámenes. Mi hermana es una chica rubia, casi castaña, delgada y alta. Mide 1,73. Tiene un tipo precioso a pesar de su delgadez. Su culo es deliciosamente elegante, como sus pechos, ni gordo ni delgado y muy bien puesto. Es de piernas largas, como sus brazos y manos, como su cuello y sus pies. Su cara es preciosa, de ojos marrones verdosos, de nariz recta y alargada, como la cara. Es muy poco velluda. Una muñeca. A cualquier hombre le gustaría. Yo llevo años enamorado de ella.


Desde que mi pichita tomó algo de vida, quizás con diez u once años, cuando en la playa me fijé en sus nalgas, en sus caderas, en su tipo, mi hermana me gusta. Al fin y al cabo, yo ya la veía mayor, deseable. Cuando más crecía, mayor era la atracción que Marta realizaba sobre mí. Yo lo ocultaba, lógicamente, aunque era algo más que mi prototipo de mujer. Era mi objeto de deseo. Pasaba horas en vela, con la picha a medio gas imaginándome que su cuerpo era mío y yo disponía de él utilizándolo para satisfacer mis deseos con mis limitados conocimientos sobre el sexo


Un día le propuse jugar a un inocente juego. Los dos habíamos visto una película un poco fuerte. Yo tenía trece años y ella quince. Mi proposición era que yo representaría el papel del protagonista y ella el de su acompañante femenina. Imaginamos las distintas peripecias de la película. Llegó el momento deseado. Era la hora de la siesta. Nuestros padres dormían. Le propuse darnos un beso y acostarnos en la cama como hacían los dos protagonistas. Marta lo pensó unos instantes. Su boca se acercó a la mía despacio y nuestros labios se sellaron.


Marta me enseñó a besar esa tarde. Fue ella la que me introdujo la lengua dentro de mí. La que se abrazó mientras nos besábamos. La que me animaba a repetir nuevamente cada beso. Tengo que decir que aquella situación, de la que ella con quince años era más responsable que yo con mis trece, se prolongó durante años.


Aprendí a acariciar sus pechos cuando nos besábamos mientras mi pene crecía dentro de mi bragueta. Desabrochaba los botones de su camisa e introducía mi mano entre su piel y su sujetador. Aprendí a reconocer el gozo de Marta ante mis caricias en sus pechos, en sus nalgas, entre sus muslos, a lo que se oponía de palabra, diciendo que le producía cosquillitas.


Un día probé a besar sus pechos. Pensé que se negaría, pero no me dijo nada. Permaneció quieta mientras le lamía los pezones y yo sentí por primera vez cómo se le endurecían y empecé a comprender que yo no era el único al que se le ponía algo duro. Otro día, me corrí. Era la primera vez. Ya me habían avisado en las clases de educación sexual que aquello ocurriría. Pero no sabía como disimular la mancha de mis pantalones. Marta me los lavó a mano. Desde entonces, cuando nos besábamos, yo con catorce años y ella ya con dieciséis, Marta metía su mano en mi bragueta y me tocaba el pito y no paraba de manosearlo hasta que conseguía que me corriera.


Se echó novio y dejamos de hacerlo durante un año. Cuando yo cumplí los dieciséis, ella tenía dieciocho. Yo había aprendido algunas cosas, como la forma en que se debía follar, aunque sólo en teoría. Un día estábamos solos en casa. Me acerqué a mi hermana por detrás. Me había puesto muy caliente por que no llevaba sujetador y le había visto las tetas en un descuido. Le levanté la falda en silencio y comencé a acariciarle los cachetes del culo estaban fríos, pero cuando bajaba la mano hasta su coñito, se iban calentando. Marta se volvió y me besó como lo hacía antes, y metió su mano en mi bragueta. Me puso a cién y luego, me desabrochó el pantalón, me bajó los calzoncillos y para mi placer e incredulidad, se arrodilló delante de mí y se la metió en la boca y me dio un placer, el mayor placer que jamás me habían dado. No paré hasta eyacular. Marta apartó la cara y escupió unas gotitas de mi semen que se la habían quedado dentro. Otras le habían manchado la falda.


Empezamos a hacer "cositas" otra vez. Cada vez nos entregábamos más a nuestros juegos. Ya no aceptábamos la ropa. Me refiero a la suya, naturalmente. Yo la desnudaba y la dejaba en bragas, sólo en bragas y la besuqueaba por todo el cuerpo, desde la planta de los pies hasta la parte interior de los muslos y los pechos, y las nalgas. No me atreví nunca con el sexo, hasta que ella tomó mi mano y me la puso sobre su coño, por encima de sus bragas. Tenía miedo pero ella me animaba a profanarla. Sentí sus labios gorditos, sentí cómo aparecía una hendidura entre sus muslos. Ella se puso cachondísima. Jamás la había visto así y finalmente, ante su insistencia, decidí acariciarla con fuerza y pareció darle un ataque de una extraña locura que yo identifiqué con lo que me habían enseñado como orgasmo.


Cada vez me volví más atrevido con su sexo, y al cabo de algunas semanas, empezaron a sobrarme sus bragas y mi dedo se apoderaba de su raja después de jugar con su clítoris y de acariciarla con suavemente con la yema de mi dedo. No tenía en la cabeza culminar una relación sexual con ella. Y yo creo que ella tampoco.


Mis padres se han ido a pasar fuera el fin de semana. Es sábado por la mañana. Marta no podía ir. Les ha dicho que tiene que estudiar. Es mentira. Quiere quedarse. Conforme ha llegado el momento de la partida de mis padres mi corazón se me ha acelerado y ahora está más acelerado que nunca. No se cuando abordarla. ¿Después de comer? Sí. Será después de comer. Antes de comer he abierto la caja que guardo en el lugar más secreto de mi cuarto. Es una cajita fuerte en la que tengo unas braguitas tanga, unas cuerdecitas muy suaves pero bastante corditas para atar unas manos o unos tobillos. Tengo un bote de pastillas de esas efervescente, que me lo pongo en el dedo y lo utilizo como consolador, y algunas cosas más, como un juego de bisutería de plástico, un juego de medias de mamá llenas de carreras y los preservativos, que no me falten los preservativos. Lo saco todo de la caja y lo guardo debajo de mi almohada. Luego disimuladamente voy al cuarto de mi hermana y cojo aquella minúscula falda que se compró para su novio, Esa camiseta de hace tres años que se le ha quedado estrecha y le marca todo el pecho, esos zapatos de tacón de aguja.


Mi hermanita anda pululando por ahí en camisón. Se le ven las piernas hasta la mitad de los muslos y se le adivinan sus tetitas moverse libremente. Ahora desayuna. Tiene una miguita de pan con un rastro de mantequilla en los labios, el pelo alborotado. Está riquísima. Después va a ducharse. Espero a que entre y oigo cerrar la puerta. Yo sé lo que tengo que hacer. Le doy tiempo hasta que el grifo se abre y entro.


-¿Carlos?-

-¿Si?.-

-¡Ah! Eres tú.-


Abro la cortina con decisión. Está desnuda y rápidamente se cruza las manos delante de los pechos y se da la vuelta. Tiene una espalda muy bonita, un poquito ancha en los hombros, se va estrechando hasta la cintura para desancharse en las caderas. Sus nalgas brillan bajo la espuma de jabón. Cierro la cortina y salgo del baño. Ahora Marta ya sabe que la deseo.


Marta ha ido a su cuarto envuelta en su toalla. Si el camisón le quedaba corto, la toalla sólo le tapa unos cuatro dedos por debajo de las nalgas. La espío desde el otro lado del pasillo y la veo meterse en su cuarto, donde encima de la cama le he colocado las bragas tanga, la minifalda, la camiseta super estrecha, las medias que recuperé de la basura por que mamá las tiró, llenas de carreras, y los zapatos de tacón.


Sale del cuarto al rato. Lleva puesta la ropa que le he dado. Ahora ella sólo espera mi momento, pero yo me haré esperar. He comprobado que cuanto más tarde, más la desconcierto, y cuanto más la desconcierto, más sumisa y caliente me la encuentro. Marta se ha puesto ese perfume barato que me embriaga y se ha pintado como a mí me gusta, provocativa, sensual, con pinta de fulana de barrio. La miro con descaro y ella se ruboriza. Me roo con ella cuando pasa cerca de mí y le manoseo el culo.


La comida nos la ha dejado mamá preparada. Sólo tenemos que calentarla. Marta no duda en poner dos platos sobre la mesa y en servime. Me coloco frente a ella y la miro con severidad mientras ella se esfuerza en sonreir. Ya me siento su dueño y señor. Ya me veo con los dedos pringados de su humedad mientras ella jadea sobre mi hombro. Ya siento en mi pituitario el olor de su piel mezclado con el rastro del aroma del gel que aún persistirá. La ordeno que haga café y rápidamente me obedece. Es un ceremonial. Siempre tomamos café. Me gusta el sabor que el café deja en sus labios, ese sabor fuerte y dulce que impregna su aliento. Mientras me prepara el café me limpio los dientes y ella hará lo propio cuando acabe de servirme el café. Nos gusta hacer las cosas bien.


Me tomo el café y ella conmigo. Entre los dos hay un silencio tenso. Ella espera que le ordene cualquier cosa. Finalmente se levanta decepcionada.- Bueno, si no quieres nada más me voy a dormir la siesta.-


Aún va por el pasillo, andando despacio. Doy una voz -¡Espera!.- y ella se da la vuelta lentamente. Puedo adivinar una sonrisita en su boca.


- ¿Por qué te has vestido de esta forma? ¿Para ponerme caliente?.-

-¿Yo?. No sé, para ponerme cómoda.-

- ¿Cómoda? ¡Si vas vestida de putita de feria!.-

- ¡Ay Carlos, cómo me dices eso!.-

- ¡Con esas medias! ¡Parece que hubieras salido de echar un polvo de detrás de unos matojos! ¡Puta! ¡Más que puta!.-


Marta agacha la cabeza. La sonrisa ha desaparecido de su boca y me mira con sumisión. Le levanto bruscamente la falda, con esfuerzo, deslizándola por sus muslos hasta sus caderas. -¡A ver que bragas llevas! ¡Eso, bragas de puta!.-


La cojo de la cintura y luego de las nalgas, prietas y suaves y la atraigo hacia mí. De nuevo aparece una sonrisa en la cara de Marta. Hinco mis dedos en su carne y me la acerco. Su cara sólo está separada de la mía unos centímetros. Su olor me embriaga. - ¡Seguro que no llevas sujetador!.- Le manoseo los pechos por encima de la camiseta. Son suaves, menudos, deliciosos. La tela de la camiseta deja que aprecie ya la dureza incipiente de sus pezones.


La beso. Aprieto mis labios contra ella. Quisiera arrancarle con mis labios un trozo de los suyos, que se me ofrecen entreabiertos, sumisos, pacientes. Quiero pegar mi boca a la suya, en un contacto de cien por cien, respirar su aire. Ella se entrega a mí. Saco de los bolsillos de mi pantalón uno de los cordones que guardaba en mi caja fuerte y le pongo las manos a la espalda. Marta las deja ahí, paciente, esperando que se las ate. Yo le doy la vuelta. Ahora me ofrece sus nalgas mientras le ato las manos. Observo el excitante efecto que me producen sus minúsculas bragas, la tersa piel de sus nalgas bajo el borde de la falda que permanece subida en su cintura. Y debajo, el borde superior de las medias a la altura del muslo.


Con los zapatos de tacón ella me saca cinco dedos. Así tengo sus nalgas más a la altura de la mano. Quiero llevarla a un lugar de la casa donde nunca hallamos estado. Es difícil. La he masturbado ya sobre la mesa de la cocina, sobre el sofá del salón, en el pasillo, en el baño, en mi dormitorio y en el suyo. ¡Ya está! Detrás de la cocina hay un pequeño lavadero donde está la pila de lavar. Le bajo la falda y le desabrocho la cremallera. La falda cae ayudada por mi mano. Queda en mitad del pasillo mientras nos alejamos. Yo la empujo pasillo adelante, hacia el lavadero, separado del patio de vecinos por sólo una ventana de cristales traslúcidos. Miro el gracioso movimiento de su trasero mientras la conduzco al lugar donde será mía. Su pelo está rizado ligeramente por haberse duchado. Sus manos permanecen atadas.


Estamos en el lavadero. De nuevo la abrazo y la beso con pasión, mientras hinco una de mis manos en sus nalgas y le sobo el pecho por encima de la camiseta. Luego mi mano abandona sus nalgas y comienzo una maniobra de profundización. Le levanto la camiseta hasta encontrar la caliente y suave piel de sus senos, que salen como botando de la prenda que le queda demasiado ajustada. Mi otra mano acaricia su vientre y se desliza hacia abajo. Busco el borde superior de su tanga, y cuando lo encuentro meto mi mano dentro de sus bragas. Atravieso la parte baja de su vientre, suave, totalmente depilada por exigencias mías y encuentro la piel rugosa de los labios de su sexo, y en medio, la crestita, su clítoris excitado que tomo entre mis dedos.


Juego con ella. Muevo mis dedos, los que contienen su clítoris y los que pellizcan tiernamente sus pezones. Quiero que mi boca los encuentren tersos, crecidos, deseosos de recibir placer. Mientras la sigo besando, ahora más despacio, recreándome en sus gestos, en la manera que tiene su mirada de expresar el placer. Me separo y bajo los tirante de su camiseta y luego doy un tirón hacia debajo. Sé que quizás le haya causado alguna molestia por la estrechez de la prenda, pero a ella le gusta que la traten así. De hecho su cara a pasado de reflejar la sorpresa a reflejar cierto dolor, y cuando sus pechos han salido de la presión de la camiseta, que se la he dejado a la altura de la cintura, como dos masas libres, ha puesto esa cara de putita satisfecha que tantas ganas me dan de comérmela, de hacerla mía sin mirarle a la cara, sinpreocuparme de si le gusta o no le gusta.


Oigo a la vecina de al lado abrir la ventana del fregadero mientras le como los pechos a Marta. Lo hago despacio, con ternura, aunque de vez en cuando tomo un peón entre mis labios y estiro de él, o lo aprieto tal vez demasiado fuerte. Cada vez que hago una cosa así ella se retuerce pero en seguida me ofrece sus pechos para que los siga martirizando dulcemente. Ella también se ha dado cuenta de la vecina y con voz queda, no deja de suplicarme que pare .-¡Que nos van a oir!.-


Al final guarda silencio. Acepta la situación y se queda callada y quieta mientras le bajo las bragas hasta la altura de los tobillos. No se las quita. Sabe que me gusta así, con las bragas uniendo sus piernas. Paso mi lengua por su vientre desnudo de ropa y de pelo. Me encanta ver su coño depilado. Tiene un pequita en su lado derecho que me lo hace inconfundible. Encontraría el coño de mi hermana entre mil que me pusieran en fotos. A ella le encanta sentir mi lengua en su coñito, pero yo le exigí que se depilara totalmente. Ella me obedece. Me tomo todo el tiempo que hace falta para coger con mis dedos y separarle los labios clitorianos y lamerle su crestita, hasta arrancarle las primeras gotitas del néctar de su sexo. Lo adivino por que desprende un olorcito que me llega a la zona más profunda de mi nuca. Entonces me disparo. Lo tomo entre los labios y le doy lametones con la lengua, lo estiro y lo suelto para volver a buscarlo. Paso la mano por su sexo y me lo encuentro húmedo, excitado y descubro que Marta ha comenzado a proporcionarse placer ella misma. Y la vecina de al lado no deja de tender la ropa.


No me gusta que hagas eso, Marta. No me gusta que te metas el dedo desde detrás mientras te hago mía. Yo soy quien debe darte el placer. Yo soy el chulo que te convierte en una zorra caliente. Me pongo de pié, tras bajarle las medias llenas de carreras hasta la altura de los tobillos. Me percato de que sólo la camiseta arrremolinada en su cintura cubre su cuerpo. La apoyo en el borde duro de la pila de lavar y tiro de su nuca hacia mí mientras con la otra mano me deslizo por su vientre, buscando entre sus muslos la humedad de su sexo e introduzco dos dedos con decisión dentro de ella, que se apresta a retirar el suyo. La oigo gemir de placer. Quiere apartar la cabeza de mi hombro pero la obligo a permanecer así. De nuevo gime suavemente cuando muevo mis dedos dentro de ella. Oigo el chirrido de las ruedecitas del tenderero de la vecina cada vez que estra de la cuerda para colgar una nueva prenda de ropa y aprovecho para introducir mis dedos más profundamente, pringándolos de su humedad, de la miel que me empalaga.


Estoy yo mismo a punto de reventar. Me duele la punta del pene de la excitación. Si no se corre ya, me voy a correr yo mismo. Muevo mis dedos rápidamente a un lado y otro de su vagina y ella irrumpe en un chillidito tras de lo cual parece sufrir un pequeño desmayo y luego, la siento morderme el cuello, conteniendo sus gemidos para evitar que la pesada de la vecina oiga nada. La siento derrumbarse sobre mí. La siento humedecer mis dedos, restregar su cara en mi hombro, buscar el contacto de mi cuerpo con todo su cuerpo, y luego quedarse quieta, muy quieta mientras yo mismo la beso en el hombro y el cuello.


Descubrí que Marta era sumisa hace unos dieciocho meses. Yo estaba en el instituto todavía y ella estudiaba ya en la universidad. Era la época de los exámenes y los dos estábamos muy tensos. Mis padres se fueron al cine y yo, como ya había maquinado que masturbaría a Marta y ella me lo haría a mí.


Fui hacia ella, que estudiaba en la mesa camilla y me puse detrás de ella, cogiendo sus pechos con mis manos. Como me había fijado, no llevaba nada. Comencé a mover mis manos manoseando sus tetas,, que giraban en el mismo sentido que mi mano. Ella me pedía que la dejara, pero yo no estaba dispuesto a dejar pasar la oportunidad. Pretendía ponerla cachonda, pero Marta es muy responsable para los estudios y me gritó -¡Carlos! ¡Coño! ¡Déjame!.-


Me aparté pero volví a los cinco minutos. Yo estaba muy caliente y me negaba a hacerme yo mismo una paja. Así que se levantó bruscamente ante mi insistencia y me dio un empujón que por poco me tira al suelo. Yo me enfadé, la seguí .-¡Eres una calientapollas! ¿Te enteras? ¡Una calientapollas!.-


Yo se que no se debe tratar a una mujer con violencia, pero era un adolescente y al fin y al cabo era una pelea entre hermanos. Se iba por el pasillo, con ese pantalón de chandal que le hacía un tipo esbelto. Le cogí del pelo por detrás y le dí un tirón. Ella gritó-¡Ay!.- la arrinconé en un lado del pasillo.


Marta estaba asustada. Me miraba de medio lado, protegiéndose. Yo estaba decidido -¡Ahora mismo te pones de rodillas y me la comes! ¡Vamos!.- Marta entonces sufrió como un cambio y de una expresión de miedo pasó a la cara de placer más absoluto que le había visto jamás. Me besó apasionadamente. Me comió los morros mientras yo, con la mandíbula apretada le amasaba los pechos con rabia. -¡Vamos ya, golfa calientapollas!.-


Marta, al escuchar este insulto se agachó. Me abrió la bragueta y me la comió sin rechistar. Desde ese día descubrí, que Marta, como mujer, adora hacer ciertas cosas que nunca admitiría que le gusta hacer, y yo fui descubriendo nuevas cosas de ella, introduciendo nuevos hábitos en nuestra relación, hasta convertirla en mi objeto de juego sexual.


Me la he traído a la cocina. He tirado de la camiseta hacia debajo y se la he sacado por las piernas, luego le he subido las bragas y ahora la empujo en el hombro para que se siente en una silla. Aún está atada. Las manos están detrás de ella, que me observa cómo me desato la correa, me quito el botón del pantalón y me bajo la cremallera, y cuando el pantalón cae, como me bajo los calzoncillos y le enseño el mástil de mi bandera, mi torre de Pisa en la que se aprecia una gotita de líquido. Se lo acerco. Se lo paso por los pechos. Ella se retuerce en la silla como si no quisiera que rozara sus peones con mi pene. Pero yo se que a ella le gusta tanto como a mí el que finja su disgusto. Luego tomo su nuca y la llevo hacia la punta de mi pene. Pero ella es muy traviesa y antes de metérselo en la boca, me lame el escroto, la funda de los tesstículos, me los mordisquea con los labios y luego desliza la punta de su lengua lentamente por todo lo largo de mii pene hasta encontrar la cabeza desnuda.


Marta juega con mi cabecita en el interior de su boca. La lame con su lengua, la mete en su garganta y yo, que ya estoy más que excitado, comienzo a sentir que mi vientre se contrae, que mi pene se mueve, que mis testículos bombean. Comienzo a mover mis caderas ligeramente mientras con la voz entre cortada le dirijo unas palabras.- Ya sabes... que te lo tienes que tragar...todo.-


Nos hemos metido en la ducha y nos hemos lavado el uno al otro, sin mayores pretensiones sexuales que acariciarnos cariñosamente, como hombre y mujer que se han satisfecho mutuamente. Luego hemos salido del baño, nos hemos secado y nos hemos puesto únicamente unos calzoncillos y unas bragas mientras veíamos una película de vídeo de esas de acción. -¿Te acuerdas cuando jugamos por primera vez a las películas?.- Le pregunto. Está echada sobre mí, con su cabeza encima de mis muslos. Su respuesta es un beso en una de mis piernas.


-¿Qué vamos a hacer esta noche?.- Me pregunta Marta, esperando escuchar mis planes.

-Hay una fiesta en Derecho. El paso del ecuador. Jugaremos a la calientapollas. Te acercarás a la persona que te diga y la intentarás seducir. Os iréis a un sitio del local donde yo os vea y dejarás que se aproveche de ti. Luego, cuando a mí me parezca bien pareceré yo. Dirás que soy tu hermano y que te tienes que ir.-

-¿Y ya está?.-


Comprendo a Marta. Ella ya ha jugado varias veces a este juego. De hecho, a su novio último lo conoció así. Lo que no sabe es que después de meditarlo, he pensado introducir una variante que sin duda nos resultará muy excitante a ambos. He pensado en una persona. La semana pasada me la presentaron y me pareció tan interesante y excitante que no he dejado de darle vueltas. Irá a la fiesta de paso de ecuador por que de hecho, ya me había fijado en esa persona muchas veces y la he visto en otras fiestas universitarias.


Nos hemos preparado los dos. Yo voy vestido con unos vaqueros y una camisa. Me he peinado hacia atrás. A mi hermana le he dicho que se ponga una minifalda más larga que la que ya se ha puesto esta tarde. Le he dicho que se ponga unas braguitas blancas,, discretas y elegantes, unos panties-medias de color crema, unos zapatos de tacón más bajitos que los que le he obligado a llevar mientras la masturbaba en el fregadero, una camiseta del estilo de la que se ha puesto antes, pero más discreta. En conjunto, mi hermana va muy atractiva. Tiene una pinta sensual, fresca, alegre. No me gusta que vaya muy provocativa por que eso nos causa a los dos problemas. Marta se ha pintado los labios de un rojo oscuro, y los párpados de color azulado. Un ligero toque oscuro en los mofletes le alargan la cara, le hacen parecer más delgada. Hemos entrado juntos a la fiesta. Es un local de techo no muy alto, de iluminación deficiente y mucho humo en el ambiente.. La música suena de forma desigual. No se de donde han sacado permiso para hacer la fiesta en el garage de la facultad. Pedimos unos cubatas. Los tíos nos marcan. Es decir, la están marcando a ella. Siento que la observan, que me miran envidioso y que no se explican que hace una mujer como Marta con un chico aniñado como yo. Vamos a la barra y el eventual camarero, un estudiante de tercero de Derecho, seguramente, la mira esbozando una sonrisa picarona. Marta lo mira serio y le pide dos combinados. El chico no se los cobra. Nos vamos juntos a un extremo de la pista. Espero que aparezca la persona en la que estoy pensando. Pasa media hora y no ha venido, así que nos pedimos otro combinado, al mismo chico y con el mismo resultado. Invitados de balde.


Ahora llega. Viene junto con otras chicas. No se si mi hermana lo va a conseguir. Ella no sabe quién es. Le digo a marta al oído donde se tiene que ir a bailar.

- ¿Quién es?- me pregunta

-Ya lo sabrás si tienes éxito.-


marta comienza a bailar. Un montón de buitres comienzan a pulular a su alrededor. Le hago una seña para que vaya más a la derecha. Más aún.¡Ahí!. Marta me entiende muy bien, hemos jugado a esto muchas veces. Marta sigue sin saber quién es.. Yo miro a la persona que me interesa. Ha clavado sus ojos en Marta, no le quita ojos, como las otras tres chicas que le acompañan. Marta me mira. Le hago una seña y pone esa cara de desconcierto que tanto me gusta, que siempre supone el inicio de nuestro mutuo placer. Parece que ha entendido que quiere que seduzca a una de las chicas que bailan en el corro de la izquierda. Lo ha captado por que de manera especial, esta chica tiene escrito en la fachada que es un macho perico.


Marta abandona la pista y se dirige hacia mí. - ¡No puedo hacer eso! ¡No me lo pidas!.-


Yo soy inflexible. – Marta. Es mi deseo y tu eres mi eclava. ¡Lo harás!.-

- ¡Pero yo jamás he estado con una mujer!.-

- Bueno, pues ya va siendo hora. No me negarás que es guapa.-

- Si, realmente es muy guapa, pero...-

- ¡Pero nada! ¡Irás y te liarás con la rubita del pelo corto!.-


Marta se va lentamente. He estado vigilando por si la rubita del pelo corto nos veía, pero la ha buscado por la pista sin encontrar a Marta, que entra en la pista lentamente, dubitativa. No me juzguéis con severidad. Marta disfruta siendo sumisa. Le excita hacer cosas que no desea hacer, que las hace por que se las ordeno yo. Cuando mañana le pregunte si le excitó estar con la bella lesbiana, me dirá que sí seguro. Marta no sería sumisa si de primeras disfrutara con cualquier tipo de sexo, simplemente sería de ideas abiertas o de moral relajada. Marta es sumisa por le excita que la obligue a hacer cosas que la humillan, que la ponen en inferioridad, que son impuestas por mí.


Ahí está, bailando delante de esa rubita invertida a la que se le cae la baba al verla. No tiene nada que ver con las tres vacaburras que le acompañan. Las otras tres también se han dado cuenta y una de ellas, morena, gorda, vulgar se dirige a ella. Mi hermana ya ha entrado en la tela de las arañas. La morena gordita quiere ligársela, pero Marta se arrima a la rubia de pelo corto y mantiene con ella una conversación. Marta se pone en plan seductor, comienza a acariciar su pelo mientras habla, a mover la cabeza hacia un lado. Me acerco disimuladamente y la veo sonreir con picardía.


Ahora van hacia la barra y se piden un combinado. Ahora van a la pista, pero ya se han separado de las otras tres marimachos. Se dirigen a un lugar oscuro y apartado, en el que las parejas se abrazan y se entregan a sus besos apasionados, donde la compostura ha quedado postergada a un tercer lugar. Mi hermana está ahí junto a la rubia. La rubia se ha echado sobre la pared y mi hermana se echa casi encima de ella. Me entra un cosquilleo que me recorre la columna cuando veo que sus bocas se funden en un beso que empieza a durar demasiado. Mi hermana , o está disimulando muy bien o de veras está disfrutando. Sus caras se separan. Parecen hablar. Una mano de la rubia pasa por detrás de la cintura de Marta. Ahora la veo que la agarra del culo. Mi hermana se queda quieta, callada. Me fijo alrededor mía. Unos chicos están tan absortos como yo en la escena e incluso diría que el chico de aquella pareja del final mira a mi hermana y su ligue de reojo.


La rubia da un paso más y coloca su pierna entre las piernas de Marta y de nuevo las bocas se funden en un beso de tornillo hasta que la rubia pone su mano sobre el pecho de Marta, que empieza asustarse, a estar demasiado turbada. Mira alrededor, intentando encontrarme con la mirada. Me escondo ligeramente. La rubia no cesa en sus caricias y finalmente Marta parece darle una excusa y separarse de ella. La comprendo. Ha sido demasiado para ella. No importa. Sé que ha disfrutado y la próxima vez saldrá mejor. Yo me he quedado a punto de mojar el pantalón. Salgo a su encuentro. Me intenta dar una explicación. Yo no estoy ni mucho menos enfadado. La comprendo, pero tengo que fingir enojo. -¡No me des explicaciones!.- La cojo de la mano y me dirijo hacia la puerta. La rubia de pelo corto se ha debido quedar más caliente que yo. Salimos de la fiesta y con el dinero que había destinado a pagar los cubatas pido un taxi que nos va a llevar a casa. Nos recoge un taxista cuarentón que nos pregunta la dirección. Marta no me va a negar un capricho que se me ha ocurrido cuando he visto como la miraba. Nos sentamos los dos detrás y comienzo a subirle la falda. Marta se pone nerviosa pensando que el taxista puede vernos pero a mí me da igual. Es más, me gustaría que nos viera. Toco su muslo caliente, firme y busco su boca. Nos entregamos a un beso como el que mi hermana se ha dado con la bella lesbiana. Y cierra los ojos pensando que si ella no ve al taxista, él no la verá. Pero él nos ve. No tiene nada de particular. Supongo que es la primera vez que se suben a su taxi dos novios que se besan apasionadamente. Más difícil de encajar es quizás es hecho de que yo tenga una pinta de crío al lado de Marta. Más difícil sería si el taxista supiera que somos hermanos. Más difícil sería si el taxista supiera que me pienso follar a Marta esta misma noche y que ella aún no lo sabe.


Marta se pone cada vez más colorada por la vergüenza que le da saberse observada por el taxista. Ni siquiera se atreve a mirarle de reojo, pero encuentro su boca aún más tierna, aún mas complaciente, mientras mi mano sube por su muslo y encuentra la tela de sus inmaculadas bragas al final de sus piernas. La palpo con suavidad y en medio de la apertura que se abre entre las piernas, encuentro la tela húmeda.


Llegamos a casa, le pago al taxi y nos metemos en el portal. Lamo al ascensor y cuando estamos dentro, de nuevo la abrazo, la agarro bien de las nalgas y nos besamos de nuevo apasionadamente, hasta que el ascensor se para al llegar a nuestro piso.


Estamos ya dentro de la casa. Marta ha ido a su cuarto y se ha puesto el camisón. Yo ya se en qué momento me acercaré a ella y la seduciré. Sale de su cuarto hacia el baño para lavarse los dientes. Yo ya he hecho lo propio. Me he metido en el bolsillp del pantalón un preservativo. No se como Marta piensa que esta noche no lo vamos a hacer. Además, me lo debe. Me ha desobedecido con la rubia.


Me quito la camisa y los zapatos mientras avanzo por el pasillo. Enciendo la luz de su cuarto. No me esperaba. Me mira con cierta sorpresa al verme tan sólo con los pantalones puestos. Me quiere volver a dar una explicación sobre por que me ha desobedecido con la rubia.-es que...es que.-


La corto con sequedad. -¡No te preocupes! ¡Yo ya sabía que no ibas a ser capaz!.- le digo mientras me desabrocho la correa del pantalón. Ni siquiera la miro cuando le ordeno .-¡Quítate el camisón!.-


Marta me espera tumbada sobre la cama. Me mira con expectación. Yo estoy en calzoncillos y me siento a un lado de la cama,, recostado junto a ella. Marta ya sabe que tiene que poner las manos por detrás de la almohada, agarrándose al cabecero. La beso en la boca levemente y comienzo a acariciar con suavidad sus pechos. Ahora me interesa parecer conciliador.


-¿Qué te ha pasado? ¿No te ha gustado que te guste la chica rubia? ¡Con lo guapa que era!.- Marta calla mientras le manoseo los pechos. -¡Pero si a ti te gusta mucho que te toquen así.-


Luego mi cara baja a sus pechos y antes de lamerle los pezones como a ella le gusta, con lametones ásperos y amplios, sigo diciéndole cosas con suavidad .- Te podría haber comido tu tetita así, como yo lo estoy haciendo ahora, con esos ojazos azules, con esa carita sin pelos...no te entiendo,, Martita. No te entiendo.-


Mi mano, mientras le lamo los pezones, se deslizan por su vientre con suavidad y alcanzan el borde superior de sus bragas que desbordo, introduciendo mis dedos dentro, buscando su clítoris en su vientre depilado por mi expreso deseo. – Te podía haber tocado tu crestita así, como yo lo estoy haciendo, con suavidad, con mucha suavidad...como una chica se lo sabe tocar a una chica.-


Y noto como mi hermana se abre de piernas, para hospedar mi mano en su bajo vientre, mientras después de acariciarle el clítoris, hundo mis dedos en su sexo, que lo encuentro húmedo, deseoso de ser ordeñado, de que obtenga de él algo más que su humedad, deseoso de que le produzca un orgasmo. -¡En fin! ¡En vista de que no quieres hacer el amor con una mujer...Lo tendrás que hacer con un hombre!.-


Cuando termino de decir esto noto en Marta una nueva excitación. Aparto mi mano, pues estoy seguro que de tener mi mano un momento más en su sexo, se correría. Otras veces la he masturbado y luego me la he follado, pero hoy tengo gana de correrme a la vez. Quiero hacerle el amor a conciencia. Me levanto y comienzo a quitarme los calzoncillos, apartando el borde de mi vientre para dejar salir de él mi miembro excitado. Ella mientras se está bajando las bragas, sacando sus manos de detrás de la almohada. Miro su expresión. Hoy no la voy a atar. Quiero sentir las manos sobre mi espalda. Hoy la quiero sentir libre. Que no pueda decir luego que la obligo. La sumisión debe de ser libremente aceptada. Hoy toca demostrarle que me acepta libremente como su dueño.


Me pongo el preservativo y me coloco de rodilla entre sus piernas y apoyo mis manos en mis rodillas para obligarle a abrir las piernas. Me agacho al ver asomar su crestita enrojecida y coloco mis labios en la parte superior de su sexo, lamiendo su clítoris con fuerza y mordisqueándolo con los labios. Marta acaricia mi nuca y yo comienzo a percibir ese olorcillo que tanto me excita. Le doy algunos lametones más y pongo la punta de mis dedos en la parte baja de las nalgas, esas que asoman por debajo de su sexo. Separo sus nalgas y con ella abro su sexo y le doy un par de lametones. Su sabor me indica que está excitada ya, así que me incorporo, poniéndome de rodillas y avanzo hacia su cara, hasta que me tiendo sobre ella y noto como ella me recibe, con la boca entreabierta. La beso y ella coloca sus manos en mis costados. Noto la parte suave del interior de sus muslos en la parte alta y posterior de los míos, el calor de su vientre en mi vientre, sus pechos suaves sobre mi torax. Tomo sus manos con las mías. Las cojo por las muñecas y comienzo a insertar mi pene dentro de su grieta.


Noto la suavidad de su interior, aunque el preservativo me impide percatarme de su humedad deslizante. Marta me pide que la penetre con lentitud y yo le concedo ese deseo, pero no le doy tregua. En unos instantes estoy totalmente acoplado. Me siento a punto de reventar y sólo necesitaba darle el puntillo moviéndome dentro de ella. Marta por su lado estaba ya muy excitada. Comienzo a menear mis caderas desde delante hacia detrás mientras noto que marta coloca sus manos sobres mis nalgas, que yo contraigo y relajo para aumentar el efecto de mis penetraciones. La temperatura de nuestro cuerpo aumenta y empezamos los dos a sudar ligeramente. El pelo revuelto le cubre la cara. Se lo aparto para besarla de nuevo y me responde a mi beso con la misma pasión desbordante. Le anucio que me iba a correr.- ¡Espérame un momento!.- Me dicee. Me aguanto unos segundos y comieno a vaciarme en su vagina. Unos segundos después, ella empieza a correrse, gritando con ronquidos graves y cortos. Yo permaneco dentro de ella hasta que ella termina de correrse, esforzándome por seguir moviéndome hasta que me percato de que su pasión se ha desvanecido. La beso en la boca de nuevo y ambos quedamos tumbados en su cama callados. Paso la noche pegado a ella, durmiendo hasta el amanecer, en que me voy a mi cama. No es conveniente que se despierte conmigo dentro de su cama. Me haría mostrar débil.


Antes de levantarme pienso en la primera vez que la penetré. Fue en casa de mi abuela, en el pueblo, el año pasado. Habíamos ido los cuatro a las fiestas del pueblo. Allí tenemos amigos. Ella se enamorisqueó de uno que venía de Valencia que no le hacía caso. El caso es que durante esos días no quiso que hiciéramos nada y yo estaba más bien mosqueado. Llegó la noche crujial, la que podíamos llamar noche grande y me parecía que Marta se hacía ilusiones. Estaba muy guapa aquella noche. De buena gana la habría atado como a ella le gusta para masturbarla.


No tuvo suerte. El chico de Valencia se ligó a otra muchacha que le gustaba más. Mi hermanita bebió y para vengarse no se de qué, decidió liarse con un tío que me caía muy mal por que de pequeño se metía conmigo. Yo no podía permitir que mi hermana estuviera con aquel energúmeno por despecho hacia el valenciano, así que cuando se iban, le planté cara. Nos encaramos y sin duda nos hubiéramos pegado si Marta no fuera mi hermana. El chico comprendió o creyó que yo defendía a mi hermana, que estaba bastante bebida. Mi hermana estaba enfadada y enfurecida conmigo por que según me dijo, esa noche tenía que follar, si no con uno, con otro. Me decía que le daba igual.


No os podeis imaginar como me excitaba ver a mi hermana, borracha, decir aquellas cosas. La casa de mi abuela tiene una despensa enorme detrás de la cocina, donde cuelga los embutidos y guarda los melones. Dejó de gruñir al llegar a casa, pero seguía poniéndome morros. En la parte de detrás de la amplia cocina de casa de mi abuela hay una despensa , una alacena donde se guardan los fiambres y los melones. Me dirigí hacia la cocina y animé a Marta a que me siguiera, convenciéndola de que le convendría comer algo antes de acostarse. La leche manchaba los morritos de mi hermana. Mi corazón latía acelerado cuando la tomé del brazo y me la llevé a la alacena. Dejé la puerta mediocerrada y besé a Marta, que ya sabía lo que yo quería y que de esta forma superaba su enfado, pasando a un estado de entrega total a mis requerimientos.


Llevaba un vestido de una pieza, con una cremallera detrás. Sabía que es lo que tanto le gusta, así que busqué algo para atarle las manos a la espalda. Luego desabroché lentamente el vestido y le bajé los tirantes. Me encontré su sujetador, interponiéndose entre ella y yo y se lo desabroché. Tiré de él hacia arriba y lo coloqué detrás de su espalda. Sus pechos se me ofrecían cálidos y tiernos. El vestido caía hasta la altura de su ombligo. Luego subí el vestido desde sus tobillos hasta las caderas. Aparecieron sus muslos más hermosos que nunca, sus caderas anchas en un vientre plano, y unas braguitas blancas, escotadas por las caderas y con unos encajes en el medio. Cogí el vestido y se lo recogí por detrás de las manos para que no me estorbara. Bajé las preciosas bragas de Marta hasta sus tobillos y le ordené que se deshiciera de ellas. Se deshizo de ellas con dificultad, por que su estado de embriaguez le hacía difícil mantener el equilibrio. Le cogí el coñito que aún no se depilaba. Estuve jugando con ella, calentándola hasta que noté que estaba en su punto y entonces salí un momento a la cocina..


Miré en mi cartera y saqué ese preservativo que llevaba siempre encima por que los jóvenes nunca saben cuándo será su primera vez. Me lo coloqué con nerviosismo y volví a entrar en la alacena, cerrando la puerta. No había luz. Cogí a marta de la cintura y la obligué, conmigo, a ponerse de rodillas, y luego a tumbarse. Ella debió pensar que le iba a comer su coñito caliente, y de hecho, empecé por ahí, pero luego, avancé por su cuerpo. Encontré sus bragas en el suelo, a un lado de su cuerpo. Yo no sabía como reaccionaría Marta, así que hice una pelota con ella y le ordené que se la metiera en la boca.


Me comí sus tetitas durante un rato y al final me tumbé sobre ella, entonces, comencé a realizar lo que ya había decidido hacer mientras me la traía a casa. Nunca lo había hecho. Estaba temeroso y encima, ella no parecía dispuesta a cooperar. AL principio tuve que forzarla un poco. No atinaba a meterla hasta que de un pequeño golpe corto, sentí su estrechez alrededor de la punta de mi pene. Ya no había marcha atrás. Yo y ella misma lo sabíamos, así que dejó de oponerse, se relajó.


La metí del todo, poco a poco mientras la traía hacia mí, metiendo mis manos por detrás de su espalda y trayéndola hacia mí. Sentía su calor, su excitación de una manera especial. Me dí cuenta de que ya no tenía que temer que chillara o me mordiera, y le quité las bragas de la boca y comenzó a llamarme "amor" y cursilerías por el estilo. Sentía próxima el momento de mi eyaculación y no sabía si esperar a que ella se corriera. Aguanté hasta que mi propio cuerpo me traicionó y comencé a eyacular sintiendo una liberación. Por suerte, ella no tardó en correrse también.


La intenté besar, pero rechazó mi boca. La desaté, cogió sus bragas aunque no se las puso, supongo que hasta llegar a su cuarto. Se puso, eso sí, bien el vestido y subió sin mirar hacia detrás. Con gestos más bien mostrando un orgullo ofendido, una cansada altivez. Me entró temor, por primera vez, de que Marta decidiera dejar de jugar conmigo, de que, cosa peor, se chivara, lo cual resultaba difícil, por que podría entonces explicar todo desde el principio.


A la mañana siguiente, Marta parecía tener amnesia y no parecía que el haberlo hecho conmigo le hubiera afectado, pero a mí me ignoraba. Yo comencé a sentir ciertos remordimientos, pero a la semana pensaba "¡Qué coño! ¡Que me quiten lo bailao!" . Pensé que había hecho bien. Había fastidiado al tonto ese con el que pretendía follar. Yo había follado por primera vez. Mi hermana se había llevado su polvo. Al fín y al cabo, lo iba a hacer con el primer cateto con el que se tropezó ¿Por qué no hacerlo conmigo? Por otra parte, el que mi hermana se acostara con ese tío, hubiera se habría conocido pronto en el pueblo, pro que habría hecho alardes delante de sus amigos. Por otra parte, a los pocos días, Marta vino a buscarme a mi cama y lo hicimos otra vez.


Ahora la tengo presa tendida en su cama. Son las doce del domingo.. Se vistió con unos pantalones cortos ajustado y una camiseta. Le he atado las manos al cabecero de su cama y le he subido la camiseta hasta la altura del cuello. Sus pechos caen aplastados por su peso sobre su cuerpo, pero sus pezones aparecen excitados, erguidos, mirando al cielo.


Le he quitado los pantalones y le he bajado las bragas a la altura del tobillo. Está con las piernas estiradas y tan separadas como se lo permiten las bragas. Me coloco frente a ella y veo que tiene insertado ese tubo de pastillas efervescentes, de unos siete dedos de longitud y un grosor del tamaño de una moneda de dos euros que he sacado de la caja secreta. Le he dicho que se lo he insertado para castigarla por haberse negado a dejar que la rubia la manoseara, pero la verdad es que la encontré un poco estrecha ayer. Lleva así un cuarto de hora. Está excitada.


-¡Por favor! ¡Quítame ya el tubo.-

-Lo haré si te masturbas.- Se que odia masturbarse delante de mí. Bueno. Lo odia pero le excita hacerlo. Guarda silencio. Meto su mano entre los muslos y se lo introduzco un par de dedos más. Entonces cede a mi capricho. Le suelto sólo una mano y ella comienza a mover el tubo dentro de su vagina, controlándolo con sus largos y delgados dedos que mete en el hueco del tubo.

Me excita tanto verla. Retira el tubo de su vagina y lo sustituye por sus dedos. Se lo tengo permitido pro que se que nunca se terminaría de correr moviendo el tubo. Es el momento de soltarle la otra mano que utiliza para magrearse el pecho e incluso introducir alguno de los dedos junto a los compañeros de la otra mano, dentro de su sexo. Y comienzo a ver la humedad de su sexo, a percibir su olor, su calor, hasta que ella misma provoca su propia tempestad de pasión, el que ese ave fénix que es el deseo sexual, arda en su esplendor para volver a resurgir de sus cenizas.


Cuando ha acabado, la beso en el frente y le acaricio su cuerpo sudoroso. Recibe mis caricias sumisa y agradecida. Oficialmente la he perdonado, pero ya le he dicho que no renuncio a verla dándose el lote con una mujer. Ella ha mirado para abajo y se ha mordido los labios. Estoy muy caliente, pero voy a esperar a hacerlo después de comer, a ver si se me baja el calentón.


Me calienta la comida que mamá nos ha dejado preparada. Comemos y le pido que prepare café. Marta me obedece sin rechistar. Espero un poco más. Cada vez que se mueve por la cocina con esos pantaloncitos, con esa camiseta ajustada, me pongo cachondo. Se le nota la costura de las bragas, que a veces se le meten entre las nalgas y me imagino la escena sin pantalones. A las cinco de la tarde ya no aguanto más. La llamo -¡Marta!.- Se da la vuelta y se mira sorprendida.


Ahora le toca ir a mi cuarto.- ¡Ve a mi cuarto y espérame desnuda y a cuatro patas encima de la cama!.-


Yo estoy tan excitado que no necesito prolegómenos. No busco su orgasmo, sino mi propio placer. Es un ejercicio de sumisión. Una sumisa no debe buscar su placer, sino el de su dueño. Es un círculo vicioso. Su placer produce su sumisión y su sumisión produce mi placer. Pero este círculo se alimenta en un punto fundamental. Su sumisión le excita y esa excitación alimenta su sumisión. Y cuando más sumisa es ella, más la deseo.


Le doy su tiempo. Más del necesario. Que se aburra. Que me espere. Seguro que cuando llegue me encuentro su chocho mojado como un bebedero de patos. Me desnudo antes de entrar. Allí está, como yo la he enseñado. Ha apoyado los codos en el colchón, pero al verme rápidamente estira los brazos. Lo primero que veo son sus dos nalgas, y en medio, abajo, su coño depilado. Me hace gracia el agujero de su culo. Lo adoro, aunque aún no me he atrevido a jugar con él. Los muslos le aparecen firmes. Sus pies aparecen delante de mí, desnudos, blancos. Adoro sus piés. Me ha masturbado muchas veces con ellos.


Su espalda aparece arqueada y larga. Mira hacia detrás, sumisa. Me hace una pregunta. -¿No te vas a colocar condón?.-


-Hoy no lo vamos a necesitar.- Le digo mientras me pongo justo detrás de ella, sintiendo sus nalgas en mi vientre. Marta se resiste. Hace amagos de resistencia.


-¡No lo haremos sin preservativo! ¡No quiero tener sustos!.-


-Tranquila.- Le digo mientras cojo mi pene excitado con la mano y se lo coloco entre las nalgas. –Tranquila, que por donde te la voy a meter no te puedes quedar preñada en la vida.- La he agarrado de su rubia cabellera para evitar que salga huyendo, que se resista.


-¡No! ¡Por favor! ¡No lo hagas!.-


Sigo jugando con ella.- ¡Me estás poniendo muchas pegas últimamente! ¡No quiero estar con la rubia! ¡No quiero por ahí! ¡O te la meto por el culo o la próxima vez te corres con una chica! ¡¿Qué dices?!.-


Se su respuesta. Me dice que prefiere estar con una chica. Es lógico, puesto que eso puede ocurrir dentro de unas semanas y lo otro era un peligro inmediato. Ha conjurado el peligro inmediato. Se la meto del tirón. Está tan suave y cálida como siempre. Ahora sus nalgas se me clavan y yo me esfuerzo por metérsela todo lo que puedo, hasta el final. Me muevo contra ella, que me espera sumisa, quieta, sin moverse, esperando cada una de mis nuevas embestidas.


Estoy a punto de correrme y por eso, la cojo de las caderas, la aprieto todo lo que puedo contra mí y mientras me corro, sintiendo como se me nubla el sentido, hago una premonición que mi hermana finge no oir –Algún día... y no a mucho tardar...tu culo será mío.-


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