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La Bellisima Aristocrata

En 1.932 Henry Mansfield llevaba seis meses en Paris y le gustaba visitar el bar sueco de la calle Desmoulins y aquella tarde, falto de inspiración o quizá sin ganas de pintar, se dispuso a pasar una noche de ocio. En la mesa inmediata descubrió una pareja muy elegante y distinguida, el hombre vestido con exquisita corrección y la mujer toda de negro, con un velo que cubría su espléndido rostro y sus alhajas de diamantes, que irisaban la luz en múltiples facetas, le hicieron comprender que era una dama delicada y seguramente perteneciente a la aristocracia francesa. Ambos le sonrieron. El hombre y la mujer apenas se hablaban, como si se conocieran tanto que no tuvieran necesidad de palabras.

Los tres contemplaban la actividad del bar – parejas bebiendo juntas, una mujer bebiendo sola, un hombre en busca de aventuras – y los tres parecían estar pensando en lo mismo.

Al cabo de un rato, el hombre atildado inició una conversación con Henry, que no desperdició la oportunidad de observar a la mujer a sus anchas. La encontró aún más bella de lo que le había parecido. Pero en el momento en que esperaba que ella se sumara a la conversación, dijo a su compañero unas pocas palabras, que Henry no pudo captar, sonrió y se marchó. Henry se quedó alicaído: se había esfumado el placer de aquella noche. Por añadidura sólo tenía unos pocos dólares y no podía invitar al hombre a beber con él, para descubrir, quizá, algo más sobre la mujer que tanto le había impresionado.

Para su sorpresa fue el hombre quien se giró hacia él y preguntó:

-- ¿Le importaría tomarse una copa conmigo?

Henry, aceptó. Su conversación pasó de sus experiencias en materia de Hoteles en el sur de Francia al reconocimiento por parte de Henry de que andaba muy mal de fondos. La respuesta del hombre dio a entender que resultaba sumamente fácil conseguir dinero. No aclaró como e hizo que Henry aclarara un poco más.

Henry tenía en común con muchos hombres un defecto: cuando estaba de buen humor le gustaba contar sus hazañas. Y así lo hizo, empleando un lenguaje enrevesado. Insinuó que tan pronto ponía un pie en la calle se le presentaba alguna aventura, y afirmó que nunca andaba escaso de mujeres ni de noches interesantes.

Su compañero sonreía y escuchaba.

Cuando Henry hubo acabado de hablar, el hombre dijo:

--Eso era lo que yo esperaba de usted desde el momento en que lo vi. Es usted el hombre que estoy buscando. Me encuentro con un problema tremendamente delicado. Algo único. Ignoro si ha tratado mucho con mujeres difíciles y neuróticas. Pero a juzgar por lo que me ha contado diría que no. Yo sí que he tenido relaciones con esa clase de mujeres. Tal vez las atraigo. En este momento me encuentro en una situación complicada y no sé cómo salir de ella. Necesito su ayuda. Dice usted que le hace falta dinero. Bien, pues yo puedo sugerirle una manera más bien agradable de conseguirlo. Escúcheme con atención: hay una mujer rica y bellísima, en realidad perfecta. Podría ser amada por quien ella quisiera y podría casarse con quien se le antojara. Pero por cierto perverso accidente de la naturaleza, sólo gusta de lo desconocido.

--¡A todo el mundo le gusta lo desconocido! – exclamó Henry, pensando inmediatamente en viajes, en encuentros inesperados, en situaciones nuevas.

--No, no es en ese sentido. Ella siente interés sólo por hombres a los que nunca haya visto y a los que nunca vuelva a ver. Por un hombre así hace cualquier cosa.

Henry rabiaba por preguntar si aquella mujer era la había estado sentada a la mesa con ellos. Pero no se atrevía. El hombre parecía más bien molesto por tener que contar aquella historia pero, al mismo tiempo, parecía sentir un extraño impulso a hacerlo.

-- Debo velar por la felicidad de esa mujer – continuó – Lo daría todo por ella. He dedicado mi vida a satisfacer sus caprichos.

--Comprendo – comentó Henry – yo sería capaz de sentir lo mismo.

--Ahora – concluyó el elegante desconocido --, si usted quiere venir conmigo, quizá pueda resolver sus dificultades financieras por una semana y, de paso, satisfacer su deseo de aventuras.

Henry se ruborizó de placer. Abandonaron juntos el bar. El hombre llamó a un taxi y dio a Henry cincuenta dólares. Dijo que tenía que vendarle los ojos para que no viera la calle ni la casa a la que iban, puesto que nunca debería repetirse aquella experiencia.

Henry se hallaba presa de la mayor curiosidad, con visiones obsesivas de la dama que había conocido en el bar, evocando a cada momento su espléndida boca y sus ojos brillantes tras el velo. Lo que le había gustado en particular era el cabello; le agradaba el cabello espeso que gravitaba sobre el rostro como una graciosa carga, olorosa y rica. Era una de sus pasiones.

El trayecto no fue muy largo. Se sometió de buen grado a todo el misterio. Para no llamar la atención del taxista ni del portero, la venda le fue retirada de los ojos antes de apearse del taxi,

Pero el desconocido había previsto astutamente que el fulgor de las luces cegaría a Henry por completo. No pudo ver nada más que luces brillantes y espejos.

Fue conducido a uno de los interiores más suntuosos que había visto en su vida, todo blanco y con espejos, plantas exóticas, exquisito mobiliario tapizado de damasco, y una alfombra tan blanda que no se oían sus pisadas. Se le condujo por una habitación tras otra, todas de tonos distintos, con espejos situados de tal modo que perdió por completo el sentido de la perspectiva. Por fin llegaron al último cuarto, Henry enmudeció por la sorpresa.

Estaba en un dormitorio con una cama con dosel, puesta sobre un estrado, había pieles por el suelo, vaporosas y blancas cortinas en las ventanas y espejos y más espejos. La satisfacía poder producir tantas repeticiones de si mismo, infinitas reproducciones de un hombre apuesto a quien el misterio de la situación había conferido un fulgor de expectación y viveza que nunca había conocido. ¿Qué significaba aquello? No tuvo tiempo de preguntárselo.

La mujer del bar entró en la habitación y nada más aparecer, el hombre que había conducido a Henry hasta la habitación se desvaneció.

Se había cambiado de vestido. Llevaba una llamativa túnica de raso que dejaba al descubierto sus hombros y quedaba sostenida por un volante fruncido. Henry experimentó el deseo de que, a un gesto suyo, el vestido cayera, se deslizara como una reluciente vaina y dejara aparecer su piel brillante, luminosa y tan suave al tacto como el raso.

Tuvo que contenerse. Aún no podía creer que aquella hermosísima mujer estuviera ofreciéndose a él, un completo extraño.

Llegó a sentirse tímido. ¿Qué esperaba de él? ¿Cuál era su propósito? ¿Acaso tenía un deseo insatisfecho?

Disponía de una noche para ofrecerle todos sus dones de amante. Nunca volvería a verla. ¿Daría tal vez con el secreto de su naturaleza y la poseería en más de una ocasión? Se preguntaba cuantos habrían ido antes que él a aquella habitación.

Era extraordinariamente hermosa, con algo de raso y terciopelo en su persona. Sus ojos eran oscuros y húmedos, su boca refulgía. Su piel reflejaba la luz. Su cuerpo, perfectamente proporcionado, combinaba las líneas incisivas de una mujer delgada y una provocativa madurez.

Tenía cintura estrecha, lo que realzaba la prominencia de sus senos. Su espalda era la de una bailarina, y cada ondulación ponía de manifiesto la opulencia de sus caderas. Sonreía. Su boca. Entreabierta, era delicada y plena. Henry se le acercó y apoyó sus labios en aquellos hombros desnudos. Nada podía ser más suave que su piel. ¡Qué tentación de tirar del frágil vestido desde esos hombros y dejar al descubierto los pechos, tensos bajo el raso! ¡Que tentación de desnudarla inmediatamente!

Pero Henry sintió que aquella mujer no podía ser tratada de manera tan sumaria, que requería sutileza y habilidad. Nunca había meditado tanto cada uno de sus gestos, nunca les había conferido tanto sentido artístico. Parecía decidido a un largo asedio, y como ella no daba señales de urgencia, se demoró sobre los hombros desnudos, inhalando el tenue y maravilloso olor que desprendía aquel cuerpo.

Hubiera podido tomarla allí y en aquel momento, tan poderoso era el encanto que exhalaba, pero primero quería que ella hiciera una señal, que se mostrara activa, y no blanca y flexible como la cera bajo sus dedos.

La mujer parecía sorprendentemente fría y dócil, como si no sintiera nada. No había un solo estremecimiento en su piel; su boca se había abierto dispuesta a besar, pero no respondía.

Permanecieron de pie junto a la cama, sin hablar. Henry recorrió con sus manos las satinadas curvas de aquel cuerpo, como para familiarizarse con él. Ella se mantuvo inmóvil. A medida que la besaba y la acariciaba, Henry se dejó caer lentamente de rodillas. Sus dedos advirtieron la desnudez bajo el vestido. La condujo a la cama; ella se sentó. Henry le quitó las zapatillas y le sostuvo sus pies entre las manos.

Le sonrió, cariñosa e invitadora. El le besó los pies y sus manos se deslizaron bajo los pliegues del largo vestido y remontaron las suaves piernas hasta los muslos.

Abandonó los pies a las manos de Henry, que ahora los mantenía apretados contra su pecho

mientras las manos acariciaban las piernas. Si la piel era fina en ellas, ¿qué no sería cerca del sexo, donde siempre es más suave? Pero ella tenía los muslos apretados y Henry no pudo continuar la exploración.. Se puso en pie y se inclinó para besarla. Ella se recostó y, al echarse hacia atrás, sus piernas se abrieron ligeramente.

Henry le paseó las manos por todo el cuerpo, como para inflamar hasta su último rincón con su contacto, acariciándola de nuevo desde los hombros hasta los pies antes de intentar deslizar la mano entre sus piernas, que se abrieron un poco más, hasta permitirle llegar cerca del sexo.

Los besos de Henry revolvieron el cabello de la mujer; su vestido había resbalado desde sus hombros y descubría en parte los senos. Se lo acabó de bajar con la boca, revelando los pechos que esperaba: tentadores, turgentes y de la más fina piel, con pezones rosados como los de una adolescente.

Su complacencia le incitó casi a hacerle daño para excitarla de alguna forma. Las caricias le afectaban a él pero no a ella. El dedo de Henry halló un sexo frío y suave, obediente, pero sin vibraciones.

Henry empezó a creer que el misterio de aquella mujer radicaba en su incapacidad para ser excitada. Pero no era posible. Su cuerpo prometía tanta sensualidad; la piel era tan sensible, tan plena su boca. Era imposible que no pudiera gozar. Ahora la acariciaba sin pausa, como en sueños, como si no tuviera prisa, aguardando a que la llama prendiera en ella.

Los espejos que los rodeaban repetían la imagen de la mujer yacente, con el vestido caído de sus pechos, sus hermosos pies descalzos colgando de la cama y sus piernas ligeramente separadas bajo la ropa.

Tenía que arrancarle el vestido, acostarse en la cama con ella y sentir su cuerpo entero contra el suyo. Empezó a tirar del vestido y ella le ayudó. Su cuerpo emergió como el de Venus emergiendo del mar. La levantó para que pudiera tenderse por completo en el lecho y no dejó de besar todos los rincones de su piel.

Entonces sucedió algo extraño. Cuando se inclinó para regalar sus ojos con la belleza de aquel sexo y su color sonrosado, ella se estremeció. Y Henry casi gritó de alegría.

-- Quítate la ropa – murmuró ella.

Se desvistió. Desnudo, sabía cual era su poder. Se sentía mejor desnudo que vestido, pues había sido atleta, nadador y alpinista. Supo que podía gustarle.

Ella le miró.

¿Se sentía complacida? Cuando se inclinó sobre ella, ¿se mostró más receptiva? No podía afirmarlo. Ahora la deseaba tanto que no podía aguardar más, quería tocarla con el extremo de su sexo, pero ella le detuvo. Antes quería besar y acariciar aquel miembro. Se entregó a la tarea con tal entusiasmo, que Henry tuvo sus nalgas junto a la cara y en condiciones de besarla y acariciarla a placer.

Sintió la imperiosa necesidad de explorar y tocar todos los rincones de su cuerpo. Separó la abertura del sexo con dos dedos y regaló sus ojos con el fulgor de la piel, el delicado fluir de la miel y el vello rizándose entorno a sus dedos. Su boca se tornó cada vez más ávida, como si se hubiera convertido en un órgano sexual autónomo capaz de gozar tanto de la mujer que si hubiera continuado lamiendo su carne hubiera alcanzo un placer absolutamente desconocido.. Cuando la mordió, experimentó una sensación deliciosa, notó de nuevo que a ella le recorría un estremecimiento de placer.

La apartó de su miembro a la fuerza por miedo a que pudiera obtener todo el placer limitándose a chupársela y quedarse sin el gozo de penetrarla. Era como si el gusto de la carne los volviera a ambos hambrientos. Y ahora sus bocas se mezclaban, buscándose las inquietas lenguas.

La sangre de la mujer ardía. Por fin, la lentitud de Henry parecía haber conseguido algo. Sus ojos brillaban intensamente y su boca no podía abandonar el cuerpo de su compañero. Entonces la penetró, pues se le ofrecía abriéndose la vulva con sus delicados dedos, como si ya no pudiera esperar más. Aún entonces suspendieron su placer y ella sintió la penetración con absoluta calma.

Pero al momento señaló el espejo y comentó riendo:

-- Mira, parece como si no estuviéramos haciendo el amor; como si yo estuviera sentada en tus rodillas y tú, bribón, has estado todo el tiempo dentro de mi, e incluso te estremeces ¡Ah, no puedo soportar más esta ficción de que no tengo nada dentro! Me está ardiendo. ¡Muévete ya, muévete!

Se arrojó sobre él, de modo que pudiera girar sobre el miembro erecto, y de esa danza erótica

obtuvo un placer que la hizo gritar.. Al mismo tiempo, un relámpago de éxtasis, estallaba en el cuerpo de Henry.

Pese a la intensidad de su amor, cuando Henry se marchó ella no le preguntó su nombre ni le pidió que volviera. Le dio un ligero beso en sus labios doloridos, y le despidió. Durante meses, el recuerdo de aquella noche le obsesionó y no pudo repetir la experiencia con ninguna otra mujer.

Un día se encontró con un amigo que acababa de vender un cuadro y lo invitó a beber. Contó a Henry la increíble historia de que había sido testigo el día anterior. Estaba gastándose pródigamente el dinero en un bar, cuando un hombre muy distinguido se le acercó y le sugirió un agradable pasatiempo: observar una magnífica escena de amor, y como el amigo de Henry era un "voyeur" redomado, aceptó la sugerencia inmediatamente. Fue conducido a una misteriosa casa, a un apartamento suntuoso y recluido en una habitación oscura desde donde pudo contemplar cómo una mujer hermosísima, con un cuerpo excepcional, hacía el amor con un hombre especialmente superdotado y potente.

A Henry le dio un vuelvo el corazón.

-- Descríbeme a esa mujer - pidió

El amigo describió a la mujer con la que Henry había hecho el amor, incluido el vestido de raso. Describió también la cama con dosel encima de la tarima, los espejos: todo. El amigo de Henry había pagado cien dólares por el espectáculo, pero había valido la pena y había durado horas.

¡Pobre Henry! Durante meses prescindió de las mujeres. No podía creer tamaña perfidia, tamaña farsa. Le obsesionaba la idea de que las que lo invitaban a sus apartamentos tenían escondidos tras una cortina algún espectador.

Claro que esto ocurría en 1.932. Hoy nadie pagaría un centavo por ver una escena porno, las vemos en la televisión todos los días.

¡Ah, las mujeres!

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