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Secretos de Un Matrimonio - 4ª Parte

- sabias que esta tarde he visto a Alex.

- ah, ¿sí... donde?

- en la gasolinera de Alcampo.

- normal... vive en Port Saplaya.

- le he dicho que venga este domingo a comer. No te molesta, ¿verdad?

El hombre hizo una mueca de disgusto. Estaba en el estudio revisando exámenes; ella, en la cocina no podía verlo. Suspiró con resignación.

- no cielo. me parece muy bien. ¿aceptó?

- claro. Y dice la TV3 que va ha hacer muy buen tiempo. Podríamos limpiar la piscina. ¿te parece?

- ¿ lo has invitado para disfrutar de su compañía o para que nos ayude?

(risas)

- para ambas cosas.

- te advierto que es un manazas... y alérgico al trabajo doméstico.

- ya será menos...

* * * * *



VIERNES 21 FEBRERO

- ayer vi a tu mujer.

- ya lo sé. Me lo dijo anoche. Inés es capaz de comprar en el quinto coño por ahorrarse unos euros. Y no te digo nada por repostar gasolina en el sitio más barato, aunque se lo gaste en kilómetros.

- entonces sabes que me invitó a comer el domingo con vosotros.

- si... cabrón. El domingo por la tarde he quedado con Silvia.

- "no problem" tío... pongo una excusa y no voy. ¿ esta en la Consellería ahora? Dame su teléfono.

- que no. Casi... mira Alex, ella todavía no sabe que me tengo que ir. Se lo iba a decir esta noche. Tantearé si le importa quedarse contigo o prefiere quedarse sola. Si te quedas con ella no me la dejes hasta las 10 y media o así, ya que te invitaré a cenar también.

- ¿a que hora has quedado con Silvia?

- a las 6. Sus compañeras de piso son de Gandía. No llegaran hasta las 11. Vienen en tren.

- ¿ sumisa?

- no lo sé... ni me importa.

- ¿no te apetece dominarla? Venga Joan...

- ya te lo dije... dimití.

- Ah... el amor... qué cosas tiene el amor.



* * * * *



- estoy muy decepcionado Inés.

- lo sé señor... y lo siento.

- con sentirlo no es bastante.

- también lo sé señor.

- estuve hasta las 11 pasadas esperándote en ese estúpido chat... que ya no soporto. Cada dos por tres enviándote mails... el messenguer abierto.

- señor, ya os he dicho que no tuve elección. Era el secretario de Presidencia.

- me da lo mismo. Como si fuera el mismísimo Presidente y... ¿te atreves a replicarme?

- no señor... perdonad a esta estúpida.

- muy mal Inés, muy mal... esto no puede quedar así.

Un escalofrío recorrió el cuerpo de la mujer sentada ante el gran monitor en el amplio sillón giratorio. Sabia por experiencia que lo que vendría a continuación sería mucho más duro y difícil que de costumbre. A veces tenia ganas de echarlo todo a rodar. ¿cómo era posible que una mujer como ella, independiente e inteligente, solo por que se lo pedía un macho cincuentón, pasara entre otras lindezas por cosas tan inverosímiles como mear en el suelo de su despacho y tenderse sobre los orines totalmente desnuda rebozando todo su cuerpo?. Increíble... Y más que increíble el no haber querido establecer límites. ¿cómo se pueden poner límites en una relación de Dominio/sumisión? argumentó ella a la pregunta de él. Además, tenia que llevarse trabajo a casa las más de las veces que Gabriel la llamaba, ya que sentía una gran sensación de hastío e insatisfacción si no llevaba los papeles al día. Menos mal que él no la citaba muy a menudo, pero era la segunda vez esta semana. Desde noviembre en que se metió en un privado con él habían mantenido una relación estable. Bueno, todo lo estable que puede considerarse el contacto a través de internet. Cuando exigía su presencia enviándole un e-mail debía dejarlo todo a la hora convenida, y comunicarse con él, normalmente con el messenguer. A veces tenia que hacer encajes de bolillos para hacerlo. Solo esta vez y otra más -al principio de que él la aceptara como su puta- no había podido eludir sus obligaciones. Todavía recordaba lo mal que lo había pasado aquella vez... y la marca que le dejó. Esta vez no seria diferente, y posiblemente peor por su débil protesta. Pero... esta relación la mantenía viva. Solo con pensar en sus citas automáticamente sentía una descarga húmeda en su vagina, que llegaba en ocasiones a empaparle las bragas. Además, Gabriel se tomaba el ciber tan en serio como ella. Y nunca le exigió o sugirió el contacto directo... jamás. Ni sabia su dirección o el número del móvil. Hasta pensaba que Inés era un seudónimo. No... no lo iba a dejar, desde luego.

- es cierto señor.

- Te decepcionaría si no te corrigiera como te mereces. Al menos eso creo... ¿Lo crees tú también?

Tragó saliva. Sabía lo que esperaba su amo de ella.

- Señor, no soy quien para opinar sobre Vd. Y tengo el convencimiento de sabréis escarmentar adecuadamente a esta ramera... sin paliativos.

- ¿tienes intimidad?

Sintió un ahogo en el pecho. Jamas le había hecho esa pregunta.

- si señor.

- quítate la blusa.

Inés se quitó su camisa.

- ahora la falda. Y las bragas. Quédate solo con las medias.

mientras se desvestía la excitación apenas la dejaba respirar.

- bájate las copas del sujetador.

Cerró los ojos. Adivinaba el paso siguiente.

- ahora ponte las pinzas en tus pezones. No hace falta que te diga cuales.

- no mi señor.

Abrió su cajón y sacó unas pequeñas pinzas metálicas de las usadas por los electricistas. No pudo evitar un gemido al ponérselas.

- ya esta, mi señor.

Normalmente la cosa no pasaba de ahí, pero la ocasión era muy especial.

- ahora ponte dos mas... en tus labios. Ya sabes cuales.

Esto era nuevo. Lo más que le había hecho hacer con su sexo era arrancarse mechones de vello o introducir algún calabacín. Suspiró y con sus dedos atrapó el labio interno izquierdo. Tenia la vulva encharcada, más que mojada. Con la otra mano atenazó el colgajo (así los llamaba, porque los tenia más bien grandes). Las lagrimas casi le saltaron del dolor. Cuando terminó con el otro, lloraba amargamente.

- ya están puestos señor...

- muy bien. quítate el sujetador. Y recógete el pelo si lo llevas suelto. Después de que tu nuca quede bien a la vista coge el látigo.

Cerró los ojos y agachó la cabeza, hundiéndola entre sus manos. El látigo era en realidad una correa de cuero muy larga. Era menos dolorosa que las pinzas o las agujas pero... dejaba huellas si te azotabas por encima del nivel medio, según la graduación establecida por ambos, ¡el domingo tenia invitados en casa¡

- voy a ser magnánimo contigo Inés. Te doy a elegir: nivel medio o alto.

Tragó saliva dificultosamente. Se debatía entre su conveniencia y lo que satisfacerla más a su amo.

- con vuestro permiso, elijo el alto, señor.

- Y... ¿dónde los prefieres? Ya sabes cual debes excluir.

Autoazotarse es un arte, e Inés era una maestra. Gabriel la había aleccionado muy bien, mediante fotos y esquemas (era un gran dibujante). Habían muchas variantes. Los azotes mas dolorosos y que mas marcas dejaban eran en la cara interior de los muslos, aun a nivel bajo. Ese castigo lo había practicado en su casa, tendida en la cama con su muñeca atada al tobillo del mismo lado. Era terrible. Gabriel no se lo había aplicado nunca ya que imaginaba que lo guardaba para ocasiones especiales. Así que escogió uno de los preferidos por su amo. Y a esperar que no fueran demasiados, ya que nunca había pasado del nivel medio, e iba a darse con ganas.

- Señor, si no disponéis nada en contra serán en mi espalda, por debajo de mis piernas.

- Muy buena elección Inés. Con diez latigazos bastará.

CAPITULO III

VIERNES 21 FEBRERO

Inés se miraba la espalda en el espejo una y otra vez buscando rastros de señales. Teniendo en cuenta que la crema de Jordania le había llegado justa para una aplicación estaba razonablemente satisfecha. Las otras dos las había hecho con otra de mas campanillas pero infinitamente peor. Tal como estaba la situación en Palestina no le iba a resultar nada fácil conseguir más. "Estos judíos de mierda" pensaba cuando apuraba el tarrito. Su tez morena ayudaba al disimulo, así que se fue tranquila a la cama.

Al rato subió Joan cargado de papeles como siempre. Los dejó en su mesilla de noche y se metió en el baño, dejando la puerta abierta.

- Cielo, malas noticias

- ¿Por?

- el domingo tengo que trabajar por la tarde.

- ¿y eso?... Si viene Alex a comer.

Joan salió y se metió en la cama desnudo como siempre. Se acomodó con su tableta de plástico y se dispuso a revisar documentos. Inés todavía esperaba su respuesta, mirando hacia él con las gafas caídas sobre la punta de la nariz.

- ya lo sé, y lo siento... pero no tengo alternativa. Precisamente esta noche debo hacer una serie de ultimas indicaciones para la tesis de Silvia. Mañana sábado se las daré para que lo trabaje el fin de semana. El domingo a las 6 en el Departamento haremos la ultima lectura. Quiere pasarlo todo a limpio y entregarla la próxima semana... vamos muy mal de tiempo.

- (con gesto de disgusto) ya... ¿y que haremos con Alex. No le hará ninguna gracia.

- mañana se lo diré. ¿quieres que cancele la invitación? O... casi mejor ¿no te importa quedarte con él? Podéis esperarme y cenar juntos a mi vuelta.

- Pero... ¿volverás pronto? Otras veces apareces cuando yo estoy ya durmiendo.

- Inés... que si por ti fuera nos acostaríamos a la hora de las gallinas!!!

- (con gesto de falso enfado) Oye niño, que yo ficho a las 8... no como otros.

Joan siguió con lo suyo, pero esa noche Inés estaba un poco borde.

- Esa Silvia... ¿es la morenita de las tetas grandes?

- La misma.

Inés soltó un sonido gutural. Normalmente las alumnas de su marido solo eran para ella unos bichos molestos, nunca rivales. Tenia la firme convicción de que Joan jamás había tenido –ni tendría- lío alguno con ninguna a pesar de su atractivo. decía todo el mundo de él que se parecía a Brad Pitt. Pero seguía juguetona.

- ¿Ya te la has follado?

El hombre paró en seco lo que estaba haciendo. Dejó con parsimonia los papeles y se volvió hacia su mujer. Con toda la fingida convicción que da el decir la verdad (todavía no se la había tirado) contestó.

- NO. (visiblemente enfadado) ¿alguna pregunta absurda más?

Por respuesta Inés se encogió sobre su muslo, mimosa, y se quedó así mientras Joan trabajaba. Cuando el sueño la venció, le dio un beso y se dio la vuelta.

Joan trabajó hasta casi las tres. Apagó la luz y se puso a pensar en Silvia... la imaginó desnuda, atada a una silla, con una vela enorme en su coño y sus enormes tetas aprisionadas por cuerdas. Se excitó. Su mujer yacía a su lado de espaldas , totalmente dormida. Se puso tras ella levantándole el camisón y le hincó la polla entre sus nalgas desnudas, rozándolas arriba y abajo. Inés gimió. Le gustaba que Joan la despertase para practicar un poco de sexo, cosa que ocurría muy pocas veces. Le dejó hacer abriendo un poco los muslos, y la punta del pene hurgó un poco en el esfínter, abriéndose paso. Casi penetró todo el glande... hasta que Inés lo hizo parar.

- daño!!!

Entonces él se incorporó y se inclinó hundiendo su cabeza entre sus muslos. Inés suspiró largamente.



* * * * *

Después de lavarse la vulva para eliminar el semen, Inés fue junto a su marido y se dejó abrazar por él. Le gustaba acurrucarse desnuda, sintiendo el cálido contacto de su cuerpo, sobre todo después de tener un orgasmo.

- ¿me quieres?

- ya sabes que te quiero.

- no... No lo sé. Nunca me lo dices.

Y se fundió todavía mas con Joan.


* * * * *


continuará...


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