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Relato Inmoral

Este relato tiene tres rombos de modo que si no tienes dieciocho años ya le estás pidiendo permiso a tu papá para leerlo. La empresa se auto exime de toda responsabilidad con los infractores. Asimismo, la empresa hace constar que todo lector que litigue contra ella por el incumplimiento de la cláusula anterior deberá someterse a lo que dictaminen los juzgados competentes de la ciudad de Valencia. Allá ustedes y sus hijos, ahora ya están avisados. Y, dicho esto, vamos al grano.



La ergástula amatoria en que se ha convertido mi dormitorio de soltero, con cama de matrimonio para compensar la tristeza de dormir solo en una cama estrecha durante tantos años, ha adquirido ese aire rococó en que la presencia de toda hermosa mujer convierte su nido de amor. Vaya horterada que me ha salido, y aún no ha llegado lo peor.

Aquella tarde, Lina y yo, fuimos al cine. Dicho así parece un comentario insustancial, pues no. La película era de guerra, en v.o. inglesa, porque me interesaba conocer la verdadera voz de los actores y perfeccionar el idioma. A Lina no le gustan las películas de guerra, se pone muy nerviosa, muy excitada y me pellizca, con una regularidad de cronómetro, siempre en el mismo sitio y, claro, salgo del cine en posición de "presenten armas".

En la película había un sargento negro malísimo que trataba a los marines reclutas sin piedad. Por la menor falta ya les estaba gritando al oído con voz atronadora: Give me, fifty. Lina me preguntó en un susurro: ¿Qué le dé cincuenta qué?... Nena, se entiende que son "bend", flexiones... ¡¡Ah!! Y no dijo nada más. Pero aquella noche, poco después de acostarnos me susurra: "Give me, fifty" y yo, claro, encantado de haberla llevado al cine. Treinta minutos después: "Give me, fitty". Sin problemas. Pero después de cien flexiones, y con muy poco transición, cuando volvió a repetirlo empecé a ciscarme en las películas de guerra. Acabadas las ciento cincuenta flexiones se fue al baño porque estaba inundada según dijo. Claro – pensé molido – no queda agua ni para pegar un sello.

Oí correr el agua del bidet y el chapoteo subsiguiente. En el duermevela que precede al sueño casi ni la oí regresar. Noté ligeramente como se clavaban sus duros pitones en mi espalda, su brazo pasaba por encima del mío hasta descansar la mano sobre mi pecho y su tibio cuerpo de seda pegado al mío. Empezó con unos tironcitos de pelo suaves, un recorrido lento hacia el sur y casi de inmediato, con la bandera a media asta susurró: "Give me, fifty"... Nena, mañana tienes que madrugar... Es temprano, cariño... Son las doce pasadas, y te levantas a las siete... Yo no duermo tanto... No es necesario que me lo jures – y todo esto sin dejar de enredar con la mano hasta que el asta de la bandera llegó al ombligo y volvió a repetir "Give me, fifty" –

No les extrañará, pues, que finalizada la puñetera guerra me durmiera como un tronco. Los números fluorescentes de mi radio-reloj-despertador-tocadiscos-mechero japonés fue lo último que recuerdo; marcaba la 1:16. Pero lo que sí les extrañará es que, después de los trabajos de Hércules, me despertara de improviso a las 4:21 sin motivo aparente. Me pareció que no respiraba y le tomé el pulso; no pude encontrarlo y me preocupó. Tampoco noté los latidos de su corazón en su cúpula de Bizancio izquierda, y me preocupé más.

Sin embargo, estaba tibia, toda ella estaba tibia. Quizá se ha muerto hace poco – pensé aterrado ante la idea de estar durmiendo con un cadáver -- pero en un sitio estaba más que tibia y precisamente cuando lo estaba comprobando se dio la vuelta hacia mí y me espanté ante la posibilidad de oír de nuevo el demoledor "Give me, fifty". No fue así, su brazo pasó sobre mi pecho, suspiró profundamente y me admiré de lo imperceptible de su respiración. Estaba más sana que una manzana. Me tranquilicé por completo cuando su muslo de suavidad de natilla pasó sobre los míos. Por si acaso, permanecí inmóvil como una estatua abriendo los ojos a la oscuridad.

El susto que me llevé fue tan tremendo que me tapé hasta la coronilla. No puede ser – me dije – asomando al rato un ojo con precaución. No cabía duda, allí estaba el blanquecino ectoplasma flotando inmóvil entre la cama y el armario. ¿Desde cuando estará aquí? Si ha visto toda la función debería salirle humo por alguna parte. Recordé las instrucciones para alejar el mal de ojo, crucé dos dedos y los besé repitiendo tres veces "arrenégoche demo". Ni caso, oigan. Con esta mala bruja no valían exorcismos. Me insulté por no haber comprado aún la pistola. No estaba muy seguro de que me sirviera de mucho, quizá echándole un cubo de vitriolo encima consiga quemarla o mejor ácido nítrico o clorhídrico que son más corrosivos.

Y con estos pensamientos tan edificantes, un sueño que no me lambía y mí preciosa Lina al lado no sé cómo, pese a mí inquietante ectoplasma, me quedé dormido hasta que el despertador empezó a bramar a las siete de la mañana. Lina ya no estaba en la cama, el ectoplasma había desaparecido y respiré tranquilo.

Salió del baño mi insaciable princesita y comentó sonriendo... Eres un dormilón, cariño, vendrá María y aún estarás durmiendo... ¿Sabes qué ha pasado esta noche?... ¿No lo voy a saber, mi vida? estoy como nueva, cielo, eres un campeón... ¡¡Bah, no será tanto – comenté con el tono del que es capaz de hacer el triple sin desmayo – No me refiero a eso, esta noche tuvimos un fantasma en la habitación, estaba ahí parado y flotando, entre el armario y la cama... ¿Un fantasma, mi vida? – y empezó a reírse a carcajadas mientras sujetaba las medias al liguero – Eres un encanto, cariño, mira que creer en fantasmas... Te aseguro que es verdad, nena... Era mi camisón blanco, tonto, lo colgué en la puerta del armario para que se secara. Opté por callar diciéndome para mi coleto: no me vengas con socaliñas, lo que pasa es que tú no sabes de que va el asunto.

Me dio un beso, le acaricié donde se imaginan y comentó con una sonrisa... ¿Aún no tienes bastante?... De ti nunca tengo bastante... Gracias, caballero, ¿Give me, fifty?... No, que vas a llegar tarde... Se marchó riendo y me dormí al instante. Cuando de nuevo abrí los ojos y miré la hora pasaban de las once. Al no oír ningún ruido imaginé que Maria estaba en la cocina preparando la comida. Abrí una boca de cocodrilo apresando un bisonte y estiré los brazos como Cristo en la cruz; de un salto me puse en pie. No cabía duda, me había recuperado de las cuatro incruentas batallas nocturnas y me fui a la ducha. Lina estaría en el banco sonriendo a los clientes tras su caja de cristal. Había dejado de ser la contable de la empresa de transportes cuando se le presentó la oportunidad de ingresar en la entidad bancaria. Eso me tenía muy acomplejado porque ahora manejaba más dinero que yo.

Salía de la ducha cuando se abrió la puerta del baño y una muchacha rubia, de ojos azules preciosos, muy bien construida se me quedó mirando de arriba abajo con toda desfachatez... ¿Quién eres tú? – pregunté cogiendo apresurado una toalla -- ¿Cómo has entrado?... Soy Carla, la hija de Maria, ella me ha dado la llave... ¿Y tú madre?... Mi madre ha tenido que irse a Utrera, mi abuelita está muy grave... ¿Y porque no me ha dicho nada?... Porque nos avisaron esta noche y cogió el primer tren... ¿Y cuando volverá tu madre?... Depende, según, ya sabe lo que pasa, pero si quiere que me vaya... No, no, por lo que veo has venido ha sustituirla... ¿Le parece mal?... No, que va – pensé, con esos muslos mejor no te vayas, y que Dios te los conserve -- ¿Y qué quieres ahora?... Limpiar el baño, si usted ha acabado...

Sí, claro que he acabado, pero... Por mi no se preocupe, hace dos años que soy mayor de edad, ya puede soltar la tolla y no se ponga colorado, hombre, que no me voy a asustar... Me parece que eres un poco descarada... No, descarada, no, sincera, sí ¿o es que usted se asusta de una mujer desnuda?... ¿No intentarás desnudarte?... Eso quisiera usted, pero ahora no me apetece... Bueno, Carla, voy a vestirme, ya puedes limpiar – comenté enrollándome en la toalla. Cuando pasaba a su lado me suelta... No esta usted nada mal, tiene buena pinta, lo imaginaba más viejo... Gracias, tú también estás muy bien...

En cuanto Lina vio a Carla quería despedirla. Si no llega a ser porque cocinó un fricandó que ni el chef de Maxim’s y unos lenguados Menieure de pecado mortal, no sé si hubiera conseguido que desistiera de su empeño. ¡¡Qué manía le entró con la pobre chica!! Pero como tengo ideas muy felices, avisé a Carla de que todos los días cuando llegara "la señora" le echaría una bronca por una u otra causa... Así que, ya sabes Carlita, guapa – le dije muy serio -- rompe algo que no valga mucho... Pero ¿por qué? yo no quiero romper nada... Tu haz lo que yo te diga, preciosa, por ejemplo, mañana, minutos antes de las dos rompes la sopera portuguesa, esa que tiene el pie torcido de nacimiento y más colores que el Arco Iris, a ella no le gusta nada... ¿Entonces es que la señora no me quiere?... ¿No te va a querer? – cuanto más lejos mejor – claro que te quiere, nena. Tu haz lo que yo te diga y no te preocupes de nada más.

Al cabo de una semana, un granadero napoleónico hecho cisco, tres figuritas cochambrosas de cristal de Murano a trizas y cuatro broncas, Lina, quizá por corporativismo femenino, se había puesto de parte de Carla y ya no podía llamarle la atención sin que me echara una bronca ella a mí. Mejor, así no tengo que romper nada más - pensé ilusionado - a pesar de que tenía preparada una lista como la de Shllindher pero al revés.

Oigan, fue mano de santo... No sé por qué le has reñido tanto, al fin y al cabo no lo habrá hecho a propósito la pobre... Si, lo imagino, pero debería tener más cuidado, es una manazas... Vamos, cariño, que tampoco la sopera era nada del otro mundo, a mí me parecía horrorosa, sólo a un portugués se le ocurre hacer una sopera verde y amarilla, ni que fuera la selección del Brasil... En parte tienes razón pero... Venga, cariño, no pongas esa cara que parece que se te ha muerto tu madre, anda, dame un beso... Le di un beso y le hice una caricia... Quita la mano de ahí que ya viene por el pasillo... Vale, lo que tu digas, amorcito, es que estás tan bien hecha... Sabes tú poco, bandido...

Yo tengo dos motivos poderosos para que Carla no se vaya de casa. Primero, ya saben ustedes como está de mal el servicio doméstico y, segundo y más importante, que lo que pasa con Lina lo mismo pasa con Carla, cuando está en casa una de las dos, o las dos, la abominable bruja permanece en silencio, motivo más que suficiente para no despedir a la muchacha, pues que me permite trabajar tranquilo y sin insultos. Y cosa extraña, con María, la madre de Carla, el ectoplasma de los demonios me insultaba a mansalva, era un tormento tan insoportable como un discurso de Llamazares; es raro ¿verdad?, ¡¡Qué cosas!!.

Carla, como es casi natural, es mucho más joven que su madre y también mucho más guapa. Se parece bastante en todo a Jody Foster. Es pequeñita, rubia, de ojos azules como la miosotis y está muy bien confeccionada. Sí, sí, me lo pueden creer, es como el traje de un buen sastre, enseguida se nota que está echo a medida, pues Carla también. Y de limpia no digamos, se pasa todo el día subida a la escalera limpiando cuanto rincón encuentra poco de su gusto. Lo que yo no sabía es que mi despacho tuviera tantos rincones. A veces le tengo que llamar la atención porque se sube tan alto que me da vértigo y siempre la vigilo por si trastabilla o resbala al engancharse el tacón del zapato con la minifalda. Tendré que acogerla en brazos para que no se haga morados en los muslos o se le esmague una cúpula de Bizancio, horrible y doloroso accidente que no quiero ni imaginar. De momento no se ha dado el caso, pero tengo que estar muy cerca porque la juventud es muy atrevida.

Tampoco me había dado cuenta nunca de la facilidad con la que rompo la punta de los lápices por las mañanas. Misteriosamente se me ha estropeado el sacapuntas eléctrico lo cual me obliga a ir a la cocina cada dos por tres porque allí están los cuchillos más afilados. Supongo que también influye el olorcito tan alimenticio que sale de los pucheros en los que cocina Carlita y mientras afilo los lápices para que no piense que soy mudo de nacimiento hablamos de esto y de lo otro.

¿Sabes algo de tu abuela? – le pregunté muy amable... Está muy pachucha la pobre y mamá muy asustada... ¿Y qué dicen los médicos?... Dicen que tiene muchos años y que la infección de salmonella a su edad es muy peligrosa... Los médicos siempre exageran ¿sabes? Así se dan más importancia, ya verás como se recuperará pronto... No lo creo, porque ahora, para mayor desgracia, se le ha complicado con una neumonía... ¡¡Vaya por Dios!! Si que es mala suerte, y tú novio que dice... No tengo novio... ¡¡No es posible!! Una chica tan guapa como tú... Pues no tengo, tuve uno pero era un imbécil como todos los jóvenes y nos separamos... Mujer, no todos los jóvenes serán imbéciles, digo yo... Pues lo parecen, y además no me gustan los jóvenes, a mí me gustan los hombres mayores, tienen más educación... La educación es imprescindible en estos casos – aseveré seriamente -- los hombres mayores tenemos una educación tremenda... Usted no es tan mayor, aunque si es muy educado y simpático – y tras unos segundos – y además muy guapo... Gracias, ¿te parece?... ¿Si me parece qué?... Que soy guapo... ¿Quiere que le regale el oído otra vez?... No, no, nada de eso, pero la juventud... ¡¡Bah, la juventud, menuda panda de borregos con litrona!!

Les aconsejo que mientras afilan un lápiz no miren para otra parte porque pueden tener un accidente, eso fue lo que me pasó a mí, me hice un corté en un dedo y dije ¡¡Ay, Dios mío!! Y ella se giró y también dijo ¡¡Ay Dios mío!!. Se acercó a mi silla, se puso en cuclillas y me chupó el dedo. Tuve que mirar dos veces porque a la primera no me di cuenta de que las braguitas eran negras. Ya sé que es de mala educación pero tengo la disculpa de que fue un reflejo condicionado por una duda razonable lo cual, en un juicio, siempre sería un eximente; algo así como la locura temporal provocada por un deseo irreprimible.

En cuclillas y con el dedo en la boca me miró con sus preciosos ojos azules y les juro por mi vida que no supe qué hacer. De momento opté por dejar el dedo en donde estaba. Como no sabía dónde poner la otra mano le acaricié la mejilla. Se sacó el dedo de la boca... ¿Me encuentra bonita?... Te encuentro preciosa, nena... ¿De verdad?... Te lo juro, me pareces guapísima – y sin transición -- ¿A usted le gustan los niños?... Sí, ya sé que eres muy joven... No tanto, hace dos años que soy mayor de edad, ya se lo dije, no me refería a eso... ¿Entonces a qué?... A los bebés... No te entiendo... Vamos, no se haga el tonto que no tiene un pelo... ¿Es que quieres tener un niño?... Si, fuera suyo no me importaría – dejé de acariciarle la mejilla porque aquella muchachita me estaba liando y bastante me lío yo solo. Un bebé era lo que me faltaba, biberones, pañales, llantos, meadas, cagadas pero por si me quedaba alguna duda me suelta – No tema, no se lo diré a Lina, además, me tomo la pastilla... Ya, pero yo no... Sonrió.

Al final comentó: Hay que vendarlo ¿en donde está el botiquín?... En el baño -- Arrastrándome por el dedo me llevó hasta el baño, lo puso debajo del grifo y para cuando tuvo preparado venda y esparadrapo el dedo ya no sangraba pero quieras que no tuve que dejar que me lo vendara -- ¿Le duele?... No – respondí valientemente – casi nada... Tiene que ir con cuidado con ese cuchillo, corta como una barbera... Lo sé, nena... Ya te dije – el tuteo le salió redondo -- que hace dos años que soy mayor de edad... Eso si que es grave... Te burlas de mí... Antes me cortaría el dedo en redondo... ¡¡Anda ya, colega!! me dijo mi madre que eras muy guasón... En este caso no, trae el cuchillo y verás... Sonó la carcajada espontánea y cristalina, guardó los trebejos de curar y se quedó pensativa... ¿En qué piensas? – pregunté con la esperanza de que se le ocurriera ducharse... No se le ocurrió. Por lo tanto me fui a mi despacho muy ufano poniendo el despertador para que sonara quince minutos antes de las dos y así largarme a tomar una cerveza con Mouriño.

Leí dos o tres noticias en Internet y anoté unos pocos comentarios pero con tan mala fortuna que volvió a romperse la punta del lápiz. Cuando pensaba regresar a la cocina para cortarme otra vez, entra Carla para decirme que tenía que lavar las cortinas de mi despacho que estaban muy sucias. Como yo era tan fuerte y alto -- según dijo -- podría auparla mientras las descolgaba. Lo encontré muy natural, es lo que se suele hacer para descolgar cortinas. Me puse a su espalda, la sujete por los muslos con los dos brazos y le aupé hasta que tuve sus curvadas nalgas pegadas a mis ojos ... Me aprietas mucho, ponme a caballito sobre los hombros... Si, si, nena, lo que sea el caso es limpiarlo todo bien limpio -- Les aseguro que para lo maciza que estaba pesaba muy poco, si bien es cierto que en estos casos desarrollo más caballos de fuerza que una locomotora de vapor, pero sin vapor, aunque ya hervía la caldera

¡¡Madre mía, lo que hay que hacer para limpiar la casa!! Ni se pueden imaginar el calorcito tan agradable que tuve en el cogote con la muchacha esparrancada sobre mis hombros. Me hacia suaves cosquillas que siempre son agradables y si no se lo creen pruébenlo y verán como tengo razón. Acostumbro a rasurarme bien cuando me afeito y pese a todo sus muslos eran mucho más satinados que mis mejillas, mucho más tibios, mucho más bonitos y mucho más... bueno, dejémoslo ahí. Intentado sujetarla bien, subí las manos despacio casi hasta sus ingles pero ella dijo que la sujetara por la cintura porque temía caerse hacia atrás. Con gran pesar elevé los brazos, pesar que desapareció inmediatamente al tocar la carne tibia y meter el dedo medio en un pequeño ombligo y con las dos manos le abarqué la cintura casi por completo. Pues sí que tengo largos los dedos -- me dije -- a ver si me acuerdo de medirlos... Da un paso a la derecha... Sí, nena, no te des prisa... Otro pasito... Si, preciosa, tranquila, es temprano aún...

Cuando la cortina cayó al suelo me enfadé por no haberla puesto veinte metros más larga. Ya puedes bajarme... Vamos a darnos un trote – comenté dando saltitos alrededor del despacho -- ¿No te gustan los caballitos? -- Empezó a reírse sujetándose con las manos en mí cabeza -- Tacatá, tacatá, tacatá – relinchaba yo dando saltitos mientras ella reía – ¿Qué te parece?... Me parece que si nos viera Lina nos mataba a los dos... Yo no pienso decírselo... Uy, ni yo tampoco, pero bájame, por favor -- La dejé en el sofá, pero ella me echó los brazos al cuello susurrando: Hazme el amor, quiero que me lo hagas... No puede ser Carla, puedo ser tu padre y aunque no fuera así, eres muy niña... Déjate de chorradas, me has dicho que te gusto... Si, pero no tiene nada que ver, yo soy muy decente... ¡¡Anda ya, decente!!, acaba de una vez, que lo estás deseando... Te he dicho que no puede ser, y delante de Lina ni se te ocurra tutearme... No lo haré si me haces el amor, sino le diré que has intentado violarme.

Me quedé atónito. Estaba atrapado. Ya ven ustedes que me resistí como una virgen católica. Eso me pasaba por haberle dado tantas confianzas y decirle cosas bonitas. Las chicas de hoy día, aunque no todas, son muy expeditivas. ¿A ver, que hubieran hecho ustedes? Pues eso fue lo que hice. A la fuerza ahorcan ¿no?. Y yo decía que Lina se desnudaba rápida, pues Carla era un rayo. De modo que, sin darme cuenta, otra vez perdí todos los botones de la camisa y no me quedó más remedio que llevarla en brazos hasta el dormitorio mientras pensaba en lo bien que pintó Goya la Maja Desnuda. Si hubiera sido aquella preciosidad que tenía en los brazos el cuadro aún sería más famoso todavía.

Carla tiene una facilidad pasmosa para soltar uys y ays como si la estuvieran matando. Al principio me sorprendí pero pronto me di cuenta que es su particular manera de expresar lo bien que se siente y lo mucho que disfruta. Que si no había nada en el mundo tan bueno como aquello, que si yo lo encontraba tan bueno como ella... ¿Verdad que es buenísimo?... Mujer, el suplicio de Tántalo no es, desde luego... Pues entonces quédate quieto, quiero que dure, ayyy que bueno... ¡¡Oh, nene, que delicia y que bien provisto estás... Sí, me lo han traído de París... ¿Verdad que es delicioso?.... A mí que me vas a decir, nena... Y uys y ays a pasto.

Incluso me dijo que podíamos hacerlo todos los días mañana y tarde. Y yo pensando, esta ha creído que soy Sansón entre los filisteos. Con dos en casa no necesito que me corten el pelo, quedaré para el arrastre en un mes. No veas tu, mañana, tarde y noche, voy a tener que enyesármela y tendré que tomar viagra en dosis masivas, vitaminas a carretadas y ponches de huevo a litros.

A veces suelta uuuuuuyyyys que parece una loba aullando a la Luna. Pero es tan cariñosa, tan melosa, tan espléndida en su entrega que me dejó fascinado, pese a que suelta cada discurso hasta que se desborda que ni Fidel Castro. En fin, que me había salido otro fonógrafo pero esta vez dulce y apetitosa como el membrillo. Al final se quedó tan desmayada como una muñeca de trapo. Que se le va a hacer, ustedes ya ven que yo hice todo lo que pude por defenderme.

Ahora estoy convencido que Carla tiene atemorizada al ectoplasma, en esa ocasión ni siquiera se atrevió la bruja a realizar un estropicio, quizá porque era de día y estaba dormida, aunque más bien creo que el miedo la tiene paralizada. Ya veremos más adelante. Hemos decidido ser muy prudentes, me lo juro por su abuela. Para empezar, me fui a tomar la cerveza con Mouriño y allí me encontró Lina al regresar del banco. Hay que estar en todo porque las mujeres son muy lagartas. FOTOS

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