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Operacion Singer Bird - 4ª Parte


La salida estaba justo al lado de una escalera que subía a la parte de arriba de la casa, más allá de la barra. Esto iba a ser muy complicado, pero debía intentarlo, aunque era muy difícil que una mujer pasase inadvertida entre tanto borracho salido.
Ahora o nada, y me puse a contar hasta tres para salir:
- Una,…dos,…y,…tr…
De repente alguien me agarró del pelo, y empujándome hacia la parte de fuera gritó:
- Mirad lo que he encontrado aquí…
El bullicio que había en el local se convirtió en pocos segundos en un silencio sepulcral. Todo el mundo se giró hacia donde yo me encontraba arrodillada en ese momento, y poco a poco comenzaron a oírse pequeños cuchicheos.
Mis esperanzas se acababan de ir al traste, y un sentimiento de desesperación y abatimiento se apoderó de mí. Estaba a punto de llorar, pero intenté contenerme como pude, y más si hubiese sabido de antemano, que gracias a esta presentación en público tan poco ortodoxa, había empezado a recorrer el camino hacia mi libertad.
El hombre que me agarraba por el pelo y me mantenía arrodillada, era el bajito con cara de mala leche que había visto en una de las habitaciones de atrás. Realmente hacía fama a su cara, porque llegué a pensar que si seguía tirando así de mi cabellera, acabaría por arrancármela.
- “Vaya María, así que tienes nuevas hembras y no nos dices nada. A nosotros, a tus mejores clientes nos dejas las mismas fulanas de siempre y escondes este género…”, dijo el enano burlonamente.
María era la mujer mayor que estaba tras la barra, que salió airadamente y se dirigió rápidamente hacia nosotros.
- Suéltala ahora mismo Waldo. Tú no sabes nada de esta muchacha, así que ya la estás soltando…
- Está bien, está bien vieja bruja. Ahí la tienes, pero cuando te decidas a estrenarla avísame, merezco ser el primero en probar tan buen material.
- A ti esta hembra te viene grande Waldo, y mejor que te olvides de ella y de lo que ha ocurrido, si no quieres tener problemas… Y ustedes también…, aquí no ha pasado nada, ni nadie ha visto a esta señorita, ¿está claro?
- “Si, María”, contestaron unos cuantos de los presentes, incluido el propio Waldo, con voz jocosa.
- “Vamos mi niña, levanta de ahí…”, me dijo la mujer tendiéndome la mano.
Me levanté como pude, y acompañe a la Sra. María escaleras arriba.
- Me alegra verte bien muchacha. Llegaste muy mal aquí, ¿sabes?
- Gracias por salvarme de las manos de ese loco, y supongo que también le debo agradecer los cuidados que me ha dispensado durante mi enfermedad.
- No te preocupes, para eso estoy yo aquí. El Sr. Castro me dijo que te protegiera y te cuidase como si de su esposa se tratara, y así lo he intentado hacer.
Al escuchar ese nombre de nuevo, el corazón me dio un vuelco y comencé a sentirme muy nerviosa de nuevo. Desde que desperté no había pensado en Castro, aunque había echado en falta a mis dos guardianes, pero tras escuchar las palabras de la señora María, supuse que lo único que había ocurrido era que había cambiado de carcelero, en este caso carcelera, pero no mucho más, y Castro era el que seguía controlándolo todo.
- “¿Dónde estamos?”, pregunté interesada.
- En Leticia mi niña, en Leticia.
- ¿Leticia?
- Si mi hija, Leticia es la ciudad más importante de la frontera amazónica. Por si te interesa, prácticamente toda la ciudad pertenece a Castro y a sus amigos, aunque él viene muy poco por aquí. Controlan todo el tránsito de mercancías por el río Amazonas, y en sus manos está la vida de cada hombre y mujer de Leticia… Bueno, creo que estoy hablando demasiado, así que será mejor que me calle.
Me quedé sin palabras en ese instante, y todas mis expectativas de fuga se fueron al traste de inmediato, aunque supuse que eso es lo que quería doña María que yo pensase cuando me hizo esas confidencias.
- Bueno, ya hemos llegado. Este es tu cuarto, ¿te gusta?
No me salían las palabras, porque realmente estaba muy nerviosa con todo lo que estaba ocurriendo, así que me limité a asentir con la cabeza.
- Como tengo que seguir trabajando no tengo más remedio que cerrarte con llave.
Mientras la puerta se iba cerrando, oí la voz de María de nuevo:
- Ahora quédate aquí. Yo llamaré al Sr. Castro para decirle que ya te encuentras bien.
En cuanto se cerró la puerta me derrumbe en el suelo llorando desconsoladamente, pensando en que no podía ser cierto todo esto que me estaba ocurriendo. Si era un sueño necesitaba despertar, pero mucho me temía que no iba a ser así.
***
Unas horas después. Campo del Batallón de la Selva perteneciente a las Fuerzas Armadas Regulares de Colombia, a unas 22 millas de Leticia. En este campo se albergaba una base de la DEA, sirviendo de apoyo al ejército colombiano en su lucha contra el narcotráfico.
- Capitán Varela, hemos recibido este mensaje por radio desde Leticia.
- ¿Qué dice?
- Ahí lo tiene…
- Vamos a ver… “La norteamericana secuestrada hace 5 semanas en Medellín ha sido vista en el club Tucán.”. ¿Cómo puede ser esto?. ¿Han confirmado el origen del mensaje?
- Sí mi capitán, no cabe duda que viene de Leticia.
- Muy bien, hagan venir al Sr. Walter (oficial de la DEA). Sigan atentos a los próximos comunicados mientras pensamos en como ayudar a esa mujer.
- A la orden mi capitán…
***
Pasé varios días encerrada en mi nueva prisión. Estaba mejor atendida, por supuesto, pero estar privada de libertad me hacía padecer un gran estado depresivo, llorando casi de continuo, y sin apenas probar bocado.
Al tercer día de estar allí encerrada, sobre el mediodía, entró en mi habitación la Sra. María:
- Hola mi niña, ¿qué tal te encuentras hoy?
- Mal señora, muy mal…
- ¿Por qué mi hija?. Debes estar contenta, hoy es un día importante para ti…
- “¿Importante?, ¿por qué?”, pregunté asustada
- El Sr. Castro viene esta tarde sólo para verte, y deberías estar contenta por semejante honor.
- Es para mi no es ningún honor, sino un insulto. Yo soy una mujer casada por si no lo sabe, y muy enamorada de mi marido. No quiero saber nada de Castro ni de ninguno de esos tipejos…
- Esta bien mi niña, pero el Sr. Castro estará aquí esta tarde, y tu deberás complacerle en todo, te guste o no, ¿está claro mi niña?
Y se marchó cerrando la puerta con un fuerte golpe seguido de dos giros de llave.
Mi rabia contenida era enorme, y comencé a golpear la puerta suplicando ayuda, pero era difícil que alguien me ayudase.
Un rato después, como cada día, volví a escuchar la puerta abrirse. Era una de las chicas del local, que me subía la comida acompañada de un hombre con cara de pocos amigos. Creo que ella era una de las bailarinas que estaba haciendo striptease la noche de mi intento de fuga, pero no lo tenía claro, ya que mi visión de aquello fue un poco fugaz. Me traía un poco de ensalada, y un pescado frito del que no conseguí adivinar la especie. Lo anormal de la situación fue que la chica al dejarme la bandeja sobre la cama, se acercó a mí, y mirándome fijamente me dijo:
- “Cómaselo todo señorita, sobre todo el pescado, le sentará bien”, haciéndome un gesto con los ojos en señal de aviso.
El hombre la agarró del brazo y la sacó de la habitación, volviendo a dejarme allí encerrada.
- ¿Qué habrá querido decir esta chica con eso?
De repente, noté como una extraña idea invadía mi cabeza, y cogí el pescado con las manos para comprobar si era cierto lo que se me acababa de ocurrir. A primera vista no noté nada, pero cuando separé un poco los lomos, entre la espina, había una pequeña nota doblada. La cogí ansiosamente dejando el pescado en el plato, y me dispuse a abrirla: “Esta noche la sacaremos de aquí. Permanezca en esta habitación a toda costa.”
Dios mío, no me lo podía creer. Alguien sabía de mi en este inmundo lugar, y comencé a ilusionarme con poder salir de ese antro esa misma noche. Tras unos momentos de ensueño, la luz se convirtió en sombra. Había olvidado por unos instantes la visita de Castro, ¿cómo me iban a sacar de aquí estando Castro conmigo?
Se me volvieron a quitar las ganas de comer, y me tumbé en la cama a meditar sobre mi situación: ¿qué podía hacer?. Castro me había tomado a la fuerza como su fulana particular, y esta misma tarde iba a llegar, con claros deseos, seguro, de disfrutar de su elección.
Me sentía hundida y humillada, pero por otro lado pensaba que alguien desde fuera intentaba ayudarme, y no podía dejar que aquel intento por liberarme se fuese al traste por mi estado depresivo. Tenía que sacar las pocas fuerzas que me quedaban, y engañar a Castro haciéndole ver que yo iba a ser su mejor chica, su mejor amante, y si todo salía bien, y conseguía mantenerme con vida tras esa amarga experiencia sin que Castro notase nada extraño, alguien me sacaría de allí y por fin podría volver a mi tan ansiada casa junto a John. ¿Sería todo tan fácil como lo acababa de plantear?, ¿cómo me sacarían de allí estando Castro conmigo?, ¿sería capaz de acostarme con un tipejo como ese por puro interés, sin que nadie se extrañase de mi repentino cambio de actitud?, ¿sería capaz de darle todo lo que me pidiese sin que notase en mí la más mínima sensación de asco? No tenía respuestas para todas esas preguntas, pero lo único claro es que tenía una oportunidad para salir de ahí y no debía desperdiciarla.
- “John, espero que lo comprendas y me sepas perdonar.”, dije para mí respirando profundamente.
Sobre las cinco de la tarde, noté como alguien volvía a abrir a puerta. Era la Sra. María con dos de sus chicas. Eran, si no me equivocaba, las dos chicas morenas con enormes pechos que estaban chupándosela al tío de las cadenas de oro la noche que intenté fugarme. Traían un montón de prendas en las manos, y la Sra. María se dirigió a mí:
- Bueno, va llegando la hora mi niña. Espero que lo hayas pensado todo bien y seas más sensata que esta mañana…
- Pues verá, la verdad es que lo he estado pensando, y como usted dice, creo que esta mañana estaba algo confundida y no me di cuenta de la situación. Castro es un hombre con mucho dinero, y si me ha elegido a mi será porque ha visto algo interesante, y yo no le puede defraudar. También entiendo, que el aceptar esto, pongo mi vida a salvo, y supongo que dispondré en el futuro de mayores privilegios de los que cuento ahora.
No sé si había conseguido engañar a la mujer, que me miraba algo extrañada, mientras las otras dos se reían tímidamente. Tras unos segundos me dijo:
- Me alegra oír eso mi niña. Estoy contenta de que hayas comprendido que lo mejor que puedes hacer es aceptar la propuesta del Sr. Castro. Juani y Mayra te ayudarán a arreglarte para su llegada. Luego enviaré a Sonsoles para que limpie la habitación.
Se giró y al salir de la habitación me dijo:
- Sé que esto es difícil mi niña, pero es lo mejor para ti y para nosotras. Me alegro que hayas decidido tan bien.
Y cerró la puerta dejándome allí con esas dos que no paraban de mirarme con una sonrisa burlona en su cara.
Una de ellas entró en el cuarto de baño, y comenzó a coger cubos de agua caliente que iba echando en la bañera de cuatro patas que había en la habitación. La otra me ordenó que me desnudase, y cogió mi harapienta ropa y la echó en una bolsa. Yo me tapaba como podía, hasta que Juani, creo que esa era ella, me dijo:
- ¿Qué te crees, que nunca hemos visto a una mujer desnuda?. Vamos, vamos deja las cursilerías para otro momento y colabora más con nosotras. Además tienes unas tetas bien lindas y bien paraditas, así que no te las tapes. Tienes que enseñarlas.
Y mientras se reía junto a su compañera, se bajó lo suficiente la parte delantera del vestido como para enseñarme sus enormes pechos.
- Ves, no hay ninguna vergüenza. Ahhh, quítate esa venda también, esta noche no te va a hacer falta.
Se subió el vestido de nuevo, y me dijo que me metiese en la bañera.
Me quité la venda, y me senté entre la escasa agua que había, pensando en que harían aquellas dos conmigo. Mayra seguía trayendo cubos de agua caliente, que echaba, más bien arrojaba con no muy buena cara, sobre mi desnudo cuerpo.
- Toma, lávate el pelo con esto…
Me echó un poco de champú con olor a violetas en las manos, y Mayra me volcó un cubo de agua por encima de la cabeza. Ambas se rieron al verme con todos los pelos por la cara, y tras separármelos como pude, comencé a lavármelo.
Me aclaré el pelo con otro cubo, y Juani me ordenó que me pusiese de pie. Se colocaron una a cada lado de la bañera, y se echaron una especie de gel rosa en las manos. Juani se encargaba de limpiarme por la parte delantera, mientras Mayra hacía lo suyo por la trasera. Nunca me habían estado sobando tantas manos, y menos de mujer. Poco a poco fui relajando la tensión que tenía en el cuerpo hasta, por decirlo así, quedarme a la merced de aquellas dos mujeres.
Juani me sobaba las tetas descaradamente, mientras Mayra me magreaba el culo con la palma de la mano. Cerré los ojos para no verlas, pero realmente algo extraño me estaba ocurriendo. Poco a poco quería que aquellas manos siguieron recorriendo cada uno de mis rincones, dejándome con ese magnífico olor a fresas por todo el cuerpo. Mayra introdujo su mano entre mis dos glúteos, hasta que terminó por encontrar mi agujerito trasero. A su vez Juani no paraba de enjabonarme las tetas, mientras con otra de sus manos comenzaban a buscar mi bajo vientre, que lo roció con una nueva cantidad de gel.
No sé como lo habían conseguido, pero estaba completamente entregada a sus caricias y manoseos.
Me enjabonó bien todo el vello púbico, y tras dejarme unos momentos sola en manos de Mayra que hacía estragos por mi ano, volvió a la escena, esta vez tijeras y cuchilla en mano. Se arrodilló, y me obligó a poner una de mis piernas en el borde de la bañera. Comenzó a cortarme el pelo con las tijeras, para volver a enjabonar otra vez de nuevo, y terminar rasurando mi sexo por completo.
Juani me indicó que me metiese otra vez en el agua, y colocando la palma de su mano sobre mi coño, comenzó a retirar los restos de la depilación que me acababa de hacer. Yo notaba como el agua caliente me invadía por completo, y Juani aprovechando la situación hurgó con su dedo índice en la entrada de mi vagina.
Mayra se había arrodillado en la parte de atrás mía, y se agarró a mis pechos bamboleándolos enérgicamente. Yo tenía los suyos encima de mi cabeza, y echando mi cabeza hacía atrás, en una situación que jamás hubiese esperado de mí, comencé a besarle sus tetas por encima del vestido.
- “Ummmm, está chica aprende rápido…”, dijo Mayra
- “Sí, ya veo…”, respondió Juani mientras continuaba pasando su mano por mis rasurados labios.
Mayra se bajó el vestido hasta la cintura, y me dejó sus enormes pechos encima de la cara. Yo los besaba y succionaba como mejor podía, mientras ellas continuaban riéndose diabólicamente.
Hicieron que me levantase, y tras coger Juani una enorme toalla, comenzaron a secarme entre las dos sobándome otra vez de lo lindo.
Luego cogieron un bote de leche hidratante, y me echaron un gran chorro entre los pechos, y otro por la espalda y glúteos. Me lo extendieron por todo el cuerpo, volviendo a hacer hincapié en mis tetas, culo y sexo.
Estaba claro que si habían mandado a estas dos a mi habitación para ponerme cachonda antes de la llegada del gran jefe, lo habían conseguido y con creces. Ahora mismo necesitaba más, más y más. Estaba como fuera de mí, y justo en ese preciso instante fue cuando ellas retiraron sus manos de mi cuerpo y me invitaron a salir de la bañera.
Juani se acercó al montón de ropa que habían traído, y volvió con unas preciosas braguitas blancas en tela de raso y encajes florales. Me ayudó a ponérmelas y me dijo que toda la ropa la había elegido la Sra. María, y que solía tener muy buen ojo para saber que es lo que le sienta bien a cada una de sus chicas.
Luego trajeron unas medias blancas, y me sentaron sobre la cama mientras me las colocaban. Mayra terminó antes, por lo que se levantó para ir a coger otra de las prendas: un precioso corsette de satén blanco. Me puse de pié, e hicieron que me diese la vuelta. Colocaron el corsette, y comenzaron a tirar de los cordones para ceñirlo a mi cuerpo. Mis pechos se apretaban cada vez más dentro de aquella prenda, y ellas parecían disfrutar viéndome tan ajustada. Por fin acabaron, y mis apretados pechos emergían enormemente por la parte superior del corsette. Ellas mismas se quedaron un poco sorprendidas cuando me dieron la vuelta. Cogieron los enganches del portaligas del corsette y los colocaron en las medias.
Después me trajeron unas finas sandalias de tacón alto, también blancas. Con esos centímetros de más sobresalía por encima de sus cabezas, mientras ellas seguían mirándome un poco asombradas.
Me sentaron en la cama, y empezaron a trabajar con mi pelo. Primero lo cepillaron, y después fueron haciendo un laborioso recogido en la parte alta de mi cabeza. Cuando acabaron, me pusieron por encima una especie de camisola de tul blanco transparente, y me acercaron al espejo para que pudiese contemplarme.
Era increíble, me veía estupenda, una puta de lujo, pero estupenda, completamente preparada para recibir a mi verdugo, y excitada lo suficiente por aquellas dos mujeres como para hacer feliz a cualquier hombre que en esos momentos se cruzase en mi camino. Eso sí, siempre sabedora de que todo esto tenía un fin, que era mi libertad. Para acabar, me rociaron con un perfume que tenía un exquisito olor a canela.
Juani y Mayra se marcharon, haciendo su aparición Sonsoles, que comenzó a sacar cubos de agua de la bañera, y a arreglar la habitación. Cambió las sábanas de la cama, y colocó una espléndida colcha roja de terciopelo. Se despidió de mí, y se marchó.
Los nervios comenzaron a apoderarse de mí, esperando que tarde o temprano esa puerta se abriese y entrase Castro en busca de su nueva amante.
Y así fue, deberían de ser como las ocho de la noche, cuando de repente la Sra. María hizo aparición en la habitación.
- El avión del Sr. Castro acaba de llegar, espero que sepas complacerle en todo lo que él te requiera. Sabes que te juegas mucho, y nosotras también.
- Sí Sra. María, no se preocupe.
Volvió a cerrar la puerta, y como unos quince minutos después llamaron a la puerta:
- “¿Permiso?”, era la voz de Castro, y un enorme escalofrío recorrió mi cuerpo.
- “Adelante, adelante…”, dije con voz algo temblorosa.
La puerta se abrió, y allí estaba él. El hombre más buscado del mundo venía a postrarse ante mí en busca de placer.
- Está usted preciosa, y antes que nada quiero pedirle disculpas por la cachetada que le di, y por todo aquello que mis hombres la hayan podido hacer pasar.
- Gracias, pero no se preocupe señor, todo aquello ya pasó y prefiero no recordarlo.
- Bueno, bueno, pero no me llame señor, eso déjeselo a mis hombres. Usted puede llamarme Juan, o Castro, como prefiera.
- “Está bien Sr. Castro, perdón digo Juan…”, sonrió al escuchar esas palabras mientras me invitaba a tomar una copa.
- ¿Quiere tomar algo?
- No gracias, no me apetece…
- “Ramón…”, gritó Castro, y comencé a escuchar unos pasos que se acercaban por el pasillo.
- Sí patrón…
- Tráiganos un ron para mi y un refresco para la señorita.
- Muy bien patrón.
Debía ser uno de los hombres de su escolta que estarían apostados en las escaleras del pasillo.
Nos trajeron las bebidas, y estuvimos un rato charlando sobre banalidades de la vida. Aquello era muy extraño para mí. Estaba medio desnuda delante de un peligroso hombre que parecía un corderito, hablando sobre un equipo de fútbol de Medellín que yo desconocía totalmente.
Nos tomamos las bebidas, y me agarró de la mano invitándome a bailar, y aunque no había música, escuchábamos el bullicio que había justo en la parte de abajo.
- Si quiere nos vamos de aquí, parece que hay demasiado ruido.
- No, no te preocupes Juan, a mi no me molesta, y aparte tampoco tengo ganas de vestirme para salir de aquí ahora.
- Sí claro, aunque el hotel en el que yo me alojo, el Anaconda, está a unos pocos metros de aquí, ¿si quiere…?
- No, de verdad, no se, perdón, no te preocupes…
- Está bien, las mujeres son las que mandan.
Poco a poco se fue acercando más a mí, y comenzó a acariciarme la espalda por encima del tul.
- Huele usted muy bien, y eso me gusta…
- Me alegro, todo está dispuesto para que te guste…
Se lanzó a mi cuello y comenzó a besarme. Yo me agarré a su espalda, dando comienzo a un juego que no sabía como podía terminar.
Fue bajando su boca por mi cuello hasta llegar a mis sobresalientes pechos, que tras examinarlos con ojos de vicio, comenzó a besarlos y lamerlos.
Mis primeros gemidos hicieron aparición, y poco a poco me fui entregando a él de la mejor forma que podía y sabía. Comencé a notar como su bulto comenzaba a hincharse, y él aprovechaba para estrujarme más contra su cuerpo mientras continuaba lamiéndome las tetas golosamente.
Me dio media vuelta, me quitó la camisola, y poniendo su paquete en todo mi culo, comenzó a restregarse por él mientras aprisionaba mis tetas con sus manos.
Yo notaba su polla restregándose por mi culo, deseosa de salir de su prisión, al igual que yo. Decidí poner toda la carne en el asador, y con una de mis manos me dirigí en busca de su miembro. Se lo apreté con ganas, mientras él seguía besando mi cuello y espalda a la vez que continuaba sobando mis pechos.
- “Muy bien, muy bien, así se hace…”, me dijo el muy impresentable. Yo quise jugar y ahora no podía echarme atrás.
Fui bajando su cremallera poco a poco, e introduje la mano entre el slip. Hurgué hasta que conseguí liberar su polla por completo.
- “Ohhh, así, que rico, que rico…”, decía el muy baboso mientras continuaba amasando mis tetas por encima del corsette.
Apartó sus manos, y comenzó a desabrochármelo. Viendo que no podía, empezó a tirar de los cordones hasta que los partió. Menudo animal, estaba fuera de sí, y yo seguía acariciándole la polla como si no pasase nada. Se la agarré firmemente esperando hacerle daño, y lo único que hice fue provocar todavía más su excitación:
- Ohhhh, si, si, que bueno, que bueno…. y está bien parada,… ¿le gusta?
- Si, está muy dura y muy gorda. Me gusta, me gusta mucho…
- Hmmmm, que bien que le guste.
Me di la vuelta, y comencé a meneársela, mientras él volvía a centrarse en mis tetas.
Mientras en las escaleras, una de las chicas se dispone a subir a la parte de arriba de la casa.
- ¿Adónde vas tú?
- El señor Castro me ha hecho llamar…
- Y cómo ha sido eso si él no nos ha dicho a nosotros nada.
- Se lo dijo a su llegada a la Sra. María. Le dijo que cuando llevase aquí como unos 45 minutos, yo debía subir a la habitación. Supongo que prefiere a una chica de la tierra que a una yanquisita remilgada.
- Bueno, ¿y si se lo preguntamos al patrón antes de dejarte subir?
- Ustedes verán, pero no creo que le vaya a hacer mucha gracia que entren ustedes a la habitación mientras está disfrutando con una mujer.
- Tiene razón Ramón, déjala pasar, no quiero líos con el patrón.
- Está bien, pero antes vamos a ver que llevas debajo del abrigo. Vamos destápate…
La chica se abrió el abrigo, y estaba completamente desnuda, mínimamente tapada con unas pequeñas braguitas.
- ¿Crees que aquí puedo esconder algo?
- No parece que no… Está bien, pasa, y cuando termines no olvides hacernos una visita a nosotros. Te lo agradeceremos bien…
- Por supuesto muchachos, soy toda vuestra…
Lo que ellos no sabían es que esa señorita llevaba una pistola con silenciador pegada con cinta adhesiva en la espalda.
Mientras yo seguía pajeando a Castro, mientras él no paraba de sobarme las tetas y el culo.
- Le gusta mi verga, ¿no?
- Ohhh, sí Juan, mucho. Me encanta notarla tan dura…
- Ohhh sí, ¿pues por qué no me la chupa un rato?. Eso me gustaría mucho.
Madre mía, este hombre no perdía el tiempo. Una sensación de desagrado recorrió mi cuerpo, pero no tenía otra solución. No podía permitir que se enfadase y aquello acabase mal, así que me dispuse a mamársela para dejarle a gusto.
Fui doblando mis piernas lentamente hasta quedarme de cuclillas frente a su erecto miembro. Me lo pensé dos veces, y una vez decidida, me dispuse a sacar la lengua para comenzar a saborear su glande…
Justo en ese momento se abrió la puerta, y cuando intenté girarme para saber quien acababa de entrar, vi a la chica que me había traído la nota en la comida disparando su arma. Cuando me quise dar cuenta Castro caía desplomado en el suelo, con un certero disparo en toda la frente. Me tapé la boca en señal de susto, y la chica rápidamente cerró la puerta.
- ¿Se encuentra bien?
- Sí, sí, estoy bien…un poco aturdida pero bien.
- Estupendo. Ahora tenemos que salir de aquí.
Notamos como unos pasos se acercaban a la puerta. Sería alguno de los guardianes que había notado algo.
- ¿Está bien patrón….?
Al no escuchar ninguna respuesta, el escolta se dispuso a abrir la puerta. La chica que había matado a Castro me cogió rápidamente de la cabeza, y poniéndome de rodillas contra el suelo, me guió la cabeza hasta la polla todavía erecta de Castro:
- Chúpasela vamos…
Ella se puso de rodillas abierta de piernas encima de la cabeza de Castro, simulando que él la estaba lamiendo el coño, tapando la cabeza ensangrentada con el abrigo.
La puerta se abrió, y las dos comenzamos a gemir desesperadamente.
- ¿Está bien patrón…?
Ella se volvió hacia el hombre y le dijo:
- Está estupendamente, pero ahora tiene la boca en otros asuntos como para responderte… vamos lárgate.
- Perdón patrón,… señoritas…
Joder, no sé como habíamos conseguido engañar a aquel hombre, pero la verdad es que la escena era de lo más dantesca, y supongo que se marchó más alucinado que otra cosa pensando en lo bien que se lo sabía montar su patrón.
La habitación no tenía ninguna ventana, pero la chica rápidamente me dijo que la única salida era el techo. Se subió encima de una silla, y abrió una especie de trampilla que había en él. Primero salió ella, y luego me ayudó a subir a mí.
Hacía un poco de frío, pero era normal, estábamos prácticamente desnudas. Ella volvió a la habitación, y cogió la colcha de terciopelo.
- “Tenemos que irnos por ahí.”, me dijo señalando hacia la selva, ya que el club colindaba prácticamente con ella. Parecía una muralla impenetrable de árboles y lianas, pero no teníamos otra opción.
Ella se colocó en la parte alta del tejado, y ató la colcha en un saliente por uno de los extremos, dejando caer el otro:
- Vamos, baje por aquí…
Me agarré a la colcha y fui bajando como pude hasta estar como a un metro del suelo para terminar saltando sobre la tierra. Ella bajó rápidamente, me metió entre su abrigo, y salimos corriendo por entre los enorme árboles.
- Hay mucha distancia hasta el campo militar, pero si quiere salir viva de aquí tendrá que aguantar todo.
Nos arrancamos los altos tacones, que ya estaban un poco dañados del salto, y continuamos corriendo todo lo que podíamos.
Casi al amanecer, y desfallecidas por completo conseguimos llegar al campamento. Al vernos llegar, con esas vestimentas y destrozadas por el largo recorrido la gente no sabía que decir, ni siquiera sabían lo que había ocurrido, sólo que esa noche no había habido comunicación con su agente infiltrado, más bien infiltrada, en Leticia. Parece ser que ella sola había decidido realizar mi rescate, ya que allí estaban organizando otro tipo de operación.
Me abracé con todas mis ganas a Lucía, que así se llamaba, y no pude evitar llorar en su hombro desconsoladamente.
Tras los primeros momentos de descontrol, un alto mando del campo se llevó a Lucía, dándola una enorme reprimenda por lo que había hecho. Aparte de que ambas podíamos haber muerto, Lucía no había llegado a comprender que su acto podía poner en graves aprietos la “estabilidad” de Colombia, pero aún así, yo la estaré eternamente agradecida por librarme de aquel mafioso.
Dos días después me sacaron del campamento, que estaba en alerta máxima por la tensión que se había provocado la muerte de Castro. Me llevaron hasta la embajada de EE.UU. en Bogotá, dónde estaba John esperándome junto a unos cuantos militares.
Nos abrazamos y nos dimos un enorme beso:
- ¿Estás bien Ann?
- Si John, estoy bien, estoy bien cariño…
- Menos mal. Creía que nunca más iba a volver a verte…
- Lo mismo pensaba yo, y casi no me puedo creer que esté aquí…
Algo más de un mes después, el 30 de Septiembre de 1990, tras haber pasado por unos cuantos interrogatorios y por las manos de algunos psicólogos, el Presidente George Bush me otorgó la Medalla Presidencial de la Libertad, el más alto honor que Estados Unidos concede a un civil para reconocer un servicio excepcionalmente meritorio. En esa misma ceremonia en la base aérea de Bolling, el Presidente entregó la Medalla de Honor del Congreso al agente García, que consiguió salir con vida después del impacto con el helicóptero, y a título póstumo a los militares caídos durante esa misión. La corneta comenzó a tocar silencio, mientras izaban la bandera a media asta, y el propio Presidente, para darle más emotividad a la ceremonia, fue nombrando a cada uno de los caídos mientras sonaba la corneta:
- Capitán William Fulton...
- Teniente Patrick Smith...
- Sargento Bob McLane...
- Agente especial John Dillon…
En ese momento un grupo de artillería disparó una salva de veintiún disparos, instante en el que no pude evitar comenzar a llorar pensando en todas las penurias que había pasado. John me agarró y me dio un pañuelo para que me secase las lágrimas. Aquello había sido muy duro, y me iba a costar mucho olvidarlo.
John abandonó el ejercito, y yo también dejé mi puesto. Tuvimos un bebé, que había sido nuestra gran ilusión, y eso fue lo que hizo que volviese a luchar un poco más por salir de mi estado depresivo. Ahora mismo dirigimos una organización financiada con fondos públicos que se dedica a intermediar en casos de secuestros de ciudadanos norteamericanos fuera de nuestras fronteras. Intentamos que la gente privada involuntariamente de su libertad vuelva lo más rápido posible junto a los suyos, aunque no todos llegan a tener tanta suerte como yo...
FIN


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