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Operacion Singer Bird - 3ª Parte

Tras escuchar un fuerte impacto, se perdió por completo la señal de radio del Seahawk. El silencio se hizo patente en la sala, hasta que unos segundos después fue interrumpido por el sargento Craig:
- Aaaaannnnnnn, nooooooooooooo…

Mientras, Castro y sus hombres celebraban la caída del helicóptero:
- Así se hace Juanele, que se jodan esos gringos…
- "Siiii Patrón….", gritaron el resto de hombres empuñando sus armas.
- Pero todavía no estamos a salvo. Hay que comprobar que esos malditos yanquis estén todos bien muertos. Recojan lo que puedan, nos tenemos que ir. El cobarde del general Ortega y sus policías no tardarán en llegar, y puede ser que vengan más gringos todavía…
Abandonaron la cabaña a toda prisa y se dirigieron hacia la zona dónde había caído el Seahawk…

El golpe contra el suelo había sido tremendo, y en él, habían perdido la vida uno de los hombres de la D.E.A., ambos pilotos, y el operador de sonoboyas, que aunque no tenía que realizar ninguna tarea en una operación de transporte como era ésta, se decidió a acompañarnos en el último momento. Yo estaba sangrando enormemente por la cabeza y el brazo izquierdo lo tenía aprisionado entre los hierros del helicóptero. El otro agente de la D.E.A. parecía tener una pierna rota, y sangraba también abundantemente por nariz y boca.
Parecía un milagro. Rodeada de muerte y desolación, había conseguido salvar mi vida, pero la angustia de contemplar aquella dantesca escena, no me permitía evaluar la enorme suerte que había tenido. Intenté sacar mi brazo de entre los hierros pero era imposible. Mientras, el agente García, gritaba fuera de sí, en busca de ayuda.
Intentaba con todas mis ganas desencajar mi brazo atrapado, hasta que di un fuerte tirón, notando un dolor inmenso que me hizo emitir un terrible grito, mi brazo terminó por romperse, pero por fin había conseguido sacarlo de ahí. Mientras, el agente García yacía desmayado, al no poder soportar el dolor de sus graves lesiones.
Por lo menos estaba libre, y como pude, cogí una barra de hierro y aguantando el dolor lo mejor que supe, me entablillé el brazo de mala manera, lo suficiente como para que no se moviese.
Al instante fui a ver como se encontraba el agente García, pero la verdad era que yo no podía hacer mucho por él salvo limpiarle un poco la sangre que tenía en la cara, y pedirle que aguantase, que seguro que los nuestros ya habían venido a buscarnos. Lo único útil que yo podía hacer era intentar comunicarme con el Ticonderoga, así que me dirigí hacia la cabina, a ver si algún aparato de transmisión que conociese funcionaba: la radio no, el radar de búsqueda tampoco, antenas UHF/VHF tampoco, y el GPS no llegaba a saber si respondía… Vaya papeleta.
Volví a la zona donde se encontraba el agente García, y vi una caja cerca de donde nosotros estábamos sentados. La abrí, y…. eran sonoboyas. ¡¡¡ Claro, un helicóptero de este tipo era lógico que las llevase !!!. No sabía si la señal iba a ser lo suficientemente potente como para que la recibiesen en el Ticonderoga, pero era lo único que podía hacer en esos momentos.
Cogí una y la eché al suelo como pude, ya que con un brazo no era muy fácil apañárselas. Tenía que ajustar los tres controles principales de la sonoboya, y esperaba que funcionase. Primero debía ajustar la profundidad de los transductores, en este caso la mínima, ya que no estábamos en el agua. Después el tiempo que la sonoboya iba a estar funcionando: seleccioné el máximo. Cuanto más tiempo estuviese funcionando, más fácil sería de detectar, y si como yo pensaba, iban a venir a buscarnos, cualquier helicóptero de las mismas características "rápidamente" detectaría la señal de la sonoboya.
Automáticamente me acordé de lo que me había dicho el capitán Fulton cuando nos dirigíamos al Ticonderoga:
- …
- ¿Operaciones SAR?, ¿qué es eso?
- Operaciones de rescate. Los EE.UU. nunca abandonan a ninguno de sus hombres en territorio enemigo.
- Ah, comprendo.
- …
Ese recuerdo me proporcionó un leve alivio, pero no lo suficiente como tranquilizarme.
Ahora debía ajustar la frecuencia en que la señal de la sonoboya iba a ser transmitida. Como había varias sonoboyas, pensé en activar todas las posibles en diferentes frecuencias, para tener más posibilidad de ser detectados. Empecé por una frecuencia baja, y una vez activada la saque fuera del helicóptero depositándola entre la vegetación.
En 30 segundos debería empezar a emitir señales, pero me di cuenta que aquel aparato no respondía. ¿Estaría estropeado del impacto?. Noooo, recordé al momento. Esto sólo se activa en contacto con agua. Joder, todo eran problemas, y ni siquiera sabía si esto iba a funcionar. Volví al helicóptero, y rebuscando entre el equipo de emergencia que estaba junto a mi asiento, encontré una cantimplora con agua, pero no sabía si con esa poquita cantidad iba a ser suficiente para hacer funcionar la sonoboya. Tenía dos opciones, o la guardaba por si nos hacía falta, o intentaba activar la sonoboya. Dicho y hecho, me fui otra vez hacía la vegetación, y eché el agua en la sonoboya.
De inmediato comenzó a funcionar, y di un grito de alegría. Volví dentro del Seahawk, y se lo conté al agente García para intentar que aguantase, aunque continuaba desmayado, y no sé por cuánto tiempo aguantaría. Además, había utilizado el agua que sobre todo a él le hubiese hecho falta, pero ya no había solución.

Sala de operaciones del USS Ticonderoga CG 47
- Comandante Cameron, recibimos una señal en baja frecuencia con datos de una sonoboya, pero parecen erróneos porque indica una posición por encima de la superficie del mar… Espere… ¿¿¿indica una posición en tierra??? . Por la localización debe tratarse de Pájaro 1.
- Confírmelo teniente…
Tras escuchar esas palabras, el sargento Craig y el resto de la gente que se encontraba en la sala, centraron toda su atención en esa leve señal.
- Confirmado Comandante se trata de Pájaro 1…
- Ponga en el aire a Pájaro 2, y que lleguen al punto lo más rápido posible. Yo mientras voy a hablar con Washington.
- Sí señor.
Los gritos de alegría se apoderaron de la sala de operaciones, por lo menos había supervivientes tras el impacto, pero la duda saltó rápidamente: ¿Estarán todos vivos?

Yo seguía en el helicóptero, y de repente, comencé a escuchar ruidos en el exterior. El pánico se apoderó de mí, y lo único que hice fue irme hacia la cabina, y esconderme como pude entre los cuerpos de los pilotos. Unos minutos después, que parecieron ser años, vi como unos hombres con metralletas comenzaban a entrar dentro del helicóptero:
- Patrón, aquí parece que están todos muertos…
- "Compruébenlo, y si es así salgan rápidamente. Ortega y los suyos no creo que tarden en llegar…"
Uno de los hombres empezó a dirigirse hacia la cabina empuñando su arma. El miedo me hacía temblar, y estaba completamente paralizada. No sé si lo que hice en esos momentos fue lo correcto, pero el pánico que sentía hizo que me levantase con los brazos en alto:
- Soy norteamericana, por favor, no dispare, por favor…
El hombre se quedó un poco sorprendido, y apuntándome con el arma me gritó que fuese avanzando hacia él muy lentamente. Él a su vez volvía sobre sus pasos, hasta que salimos por completo del helicóptero, donde un puñado más de hombre me observaban empuñando sus armas.
- "Póngase las manos sobre la cabeza y gírese contra el helicóptero", me dijo.
Me puse lo mejor que pude, ya que el brazo roto no me permitía adoptar esa posición, y de repente escuche:
- Vaya, vaya. Si es una hijuaputa de la D.E.A. La mato ahora mismito Patrón…
Mierda, la dichosa chaqueta del agente Dillon. Suponía por sus palabras que veían en la D.E.A. a uno de sus enemigos, por lo que entendí que había caído en manos de narcotraficantes.
- Quieto Cacho. Una rehén no nos va a venir mal si Ortega nos rodea…
Parecía la voz que había escuchado en las cintas, y la sentía cada vez más cerca, hasta que estuvo completamente detrás de mi cabeza:
- Dese la vuelta lentamente, y no haga nada extraño…
Estaba asustadísima, y poco a poco me fui girando, hasta que delante de mí tuve esa cara amenazante. Era la cara del hombre que el Coronel Winter me había enseñado en fotos. El miedo no me permitía pronunciar palabra, y comencé a orinarme en los pantalones. El resto de hombres comenzaron a reírse, mientras aquellos ojos encolerizados, me miraban fijamente, hasta que de un violento movimiento, me dio un fuerte revés en la cara que me hizo perder el conocimiento.
Cuando recobré el sentido, pensé por un momento que estaba flotando en el aire, pero cuando realmente fui consciente de lo que ocurría me puse muy nerviosa. Tenía las manos y los pies amordazados, y los ojos y la boca tapados. Notaba como alguien me llevaba agarrada por hombros y piernas en la parte posterior de su espalda como si fuese una presa de caza. Tenía que ser alguien muy fuerte, y aunque comencé a moverme como pude no era capaz ni de desestabilizar a mi captor. Víctima del pánico intentaba gritar, pero he de suponer que estaba desperdiciando fuerzas de la forma más tonta, pero esas cosas no se piensan en esos momentos. De repente noté como el hombre que me llevaba me dijo que era mejor que me estuviese quietecita si no quería aparecer muerta en el Cauca.
No sabía que era el Cauca, pero aún así, aquellas palabras me impresionaron totalmente y hoy todavía resuenan en mi cabeza. No fui capaz de moverme en todo el camino aún sabiendo que acababa de ser secuestrada y desconocía por completo lo que me deparaba el destino.
Los hombres no pararon de andar en ningún momento, y de vez en cuando les oía hablar en voz baja, pero no conseguía llegar a entender ni la mitad de las cosas que se decían. Sólo escuché algo así como: "… la hacienda más rápido…". Supuse que nos dirigíamos a alguna hacienda o finca dónde ellos se encontrasen seguros de sus perseguidores.
Una vez llegamos al lugar, y no sé cuánto tiempo transcurrió pero fue una eternidad, escuché de nuevo la voz de Castro ordenando al hombre que me llevaba en sus hombros que me bajase al sótano.
Oí como abrían una especie de compuerta o trampilla en el suelo, y como bajábamos por una escalera. Me puso sobre una silla y no me dijo nada. Escuché sus pasos alejándose, y el fuerte golpe de la compuerta cerrándose.
Ahí pasé unos días supongo, porque para mí fueron meses, y sin duda alguna los peores momentos de mi vida. Les conté todo lo que sabía y comprobaron con mi documentación que podía ser cierto lo que les estaba diciendo, pero no les hacía ninguna gracia el que yo no reconociese que pertenecía a la DEA. Esos si que fueron malos momentos que no me apetece detallar, pero recibí muchos golpes y tormentos. A veces prefería que de una vez por todas me pegasen un tiro y acabasen con mi suplicio, pero lo increíble era que Castro se interponía delante de sus violentos hombres salvándome la vida en más de una ocasión.
Había uno en especial que me causaba un gran temor. Le llamaban Indio, y si por él hubiese sido yo habría muerto a las primeras horas de estar allí. A veces, en mi presencia, discutía acaloradamente con Castro sobre por qué no se me podía matar, ya que según él, alguien de la D.E.A. nunca hubiese dudado en asesinar a alguno de los allí presentes si se hubiese dado la oportunidad.
- ¿Qué ocurre Patrón, usted nunca ha dudado con estas cosas?. Hay que deshacerse de ella ahora mismito…
- Déjalo estar Indio, de momento necesitamos saber si nos dice la verdad y qué nos diga todo lo que sabe.
- ¿Qué más da eso Patrón?. Ella vino a matarle a usted y usted le está perdonando la vida…
- "Tranquilízate Indio", gritó Castró. "Súbete a la casa y descansa un rato."
- "Si Patrón, écheme de aquí y quédese a solas con la putita. Espero que sólo quiera saber la verdad que esconde esa zorra, y no haya nada más…, sino estamos perdidos", dijo Indio mientras subía las escaleras.
Castro le miró fríamente pero no le dijo nada, y me extrañó que permitiese algo así de uno de sus subordinados, pero supuse que más tarde aclararían quien es el que manda. De todas formas, aquellas palabras de Indio me hicieron ver un poco el porqué yo a estas alturas todavía seguía con vida, pero a la vez me aterroricé de pensar que podría terminar siendo la fulanita de un narcotraficante.
Tener secuestrada en tierras colombianas a una civil norteamericana no era un buen trago para las autoridades colombianas, por lo que la presión policial se incrementó, publicando fotos mías en algunos periódicos como El Colombiano o Medellín Cívico que fueron los que uno de los hombre le enseñó a Castro justo delante de mí. Eso a mis captores no les resultaba nada gracioso como es evidente, y cada vez se encontraban más nerviosos por la situación, hasta que una noche, me sacaron del cuarto y me metieron en un avión de carga junto a dos de mis carceleros.
Volábamos muy bajo, y tras unas horas de trayecto el avión aterrizó en una zona libre de vegetación. No sabía dónde estaba, pero tiempo después supe que se trataba de un lugar cercano a la ciudad de Pasto. Me pusieron una capucha negra, y me llevaron a pie por entre la espesa vegetación, hasta llegar a un río donde nos estaba esperando una barcaza. Saludaron al hombre que estaba allí, y me empujaron para que subiese a la embarcación. Estaba completamente desorientada. Me quitaron la capucha, y nuestro nuevo viaje por el río comenzó.
El hombre de la barcaza les comentaba que el trayecto por el Putumayo (supuse que era el nombre del río) iba a ser largo, y que tardaríamos unos días en llegar a Santa Clara, dónde dejarían la carga de troncos que transportaban, que más que una carga era un señuelo.
Estaba muerta de miedo, y navegar con esa completa oscuridad por un río acompañada de unos matones era superior a lo que yo podía soportar, aunque lo peor estaba por venir. Al llegar el día, el sol comenzó a calentar con fuerza. Enormes mosquitos me picoteaban la piel ya que no podía quitármelos de encima al tener las manos atadas, y se podían ver algunas serpientes nadando por el agua. Yo intentaba refugiarme lo más posible dentro del barco. Los hombres bebían algo de una botella, y se rieron de mí cuando les supliqué que me diesen algo de agua.
- Tienes calor gringa. Pues lo que deberías hacer es quitarte un poco de ropa, seguro que así sudas menos.
Se reían frívolamente de mí, a la vez que uno de ellos se acercó a lo que quedaba de mi blusa, y tirando de ella me arrancó lo poco que me cubría dejando casi la totalidad de mi cuerpo al descubierto.
- ¿A qué ya no sudas tanto gringa?
- Por favor déjenme en paz, por favor no me hagan daño
- "No me hagan daño, no me hagan daño…", dijo burlonamente abalanzándose sobre mi sujetador y tirando de él con todas sus fuerzas hasta que consiguió romperlo, dejando mis pechos al descubierto.
Me agarró un pecho con fuerza, y me dijo: "Vaya con la norteamericanita, seguro que se siente calientica con esto…"
- No por favor déjeme…
- Pues si no te callas de una puta vez vas a saber lo que es una buena cogida porque me siento muy arrecho, y tú, putita, eres la única mujer por aquí…
- Vamos Miguel déjala, ya sabes lo que dijo el Patrón. Tiene que llegar en perfecto estado a Leticia.
- El Patrón no está aquí para ver lo que pasa. La gringa va a llegar bien a Leticia, Juanele, pero antes me va a pegar una buena mamada. ¿A que sí gringa?. Seguro que nunca has visto una verga como la mía…
Justo cuando comenzaba a desabrocharse el pantalón, el otro hombre sacó su pistola, y amenazó a Miguel obligándole a que me dejase.
El viaje prosiguió, hasta que fui notando como mis fuerzas decaían y una fuerte tos se apoderaba de mí. Debía haber cogido alguna enfermedad, y poco a poco comencé a notar como la fiebre se adueñaba de mí hasta que terminé por desfallecer.
- "John, ¿dónde estás?. Te necesito…", pensé para mí antes de caer rendida por la intensidad de la fiebre.
Leticia, frontera Perú-Brasileño-Colombiana
Lentamente fui abriendo los ojos en un estado de semiinconsciencia sin saber muy bien dónde estaba ni qué había ocurrido. Mi cabeza daba vueltas como si me encontrase con una fuerte resaca. Poco a poco fui recuperando la conciencia hasta que "desperté" por completo de mi atontamiento.
La estancia parecía no tener ninguna ventana, y había una puerta cerrada que dejaba entrar una especie de luz roja por la parte de abajo. Yo tenía un paño húmedo en la frente, y estaba completamente desnuda dentro de una especie de cama, con una leve sábana tapando mi cuerpo. El brazo que me había roto al estrellarse el helicóptero lo tenía fuertemente vendado, aunque lo notaba dolorido.
Me incorporé como pude, y tras una leve sensación de mareo, conseguí sentarme en la cama.
- "¿Dónde estoy?, ¿dónde están mis carceleros?, ¿qué me ha pasado?…", me pregunté
Lo último que recordaba era mi mal estado de salud viajando amordazada por un río en compañía de tres matones. Y ahora, de repente, estaba sola en un pequeño cuarto más o menos recuperada de mi enfermedad.
Intenté buscar algún interruptor de luz o algo similar, y fui palpando por la pared hasta llegar a la puerta, pero por allí no había nada, o yo no pude encontrarlo. Regresé a la cama, y cogí la sábana para taparme el cuerpo. Volví hacia la puerta, y respirando profundamente tiré del pomo para entreabrirla mínimamente.
Se veía un pasillo de unos diez metros con varias habitaciones a ambos lados, y estaba iluminado por unos cuantos farolillos rojos. Al fondo, y tras una leve cortinilla, se escuchaba música y un gran jaleo, como si aquello fuese un bar o algo así. Abrí un poco más la puerta, consiguiendo que mi habitación se iluminase algo más y así poder ver dónde estaba. Al fondo, en la pared, había apiladas unas cuantas cajas de whisky y de otros licores. Al pie de la cama, encima de una pequeña butaca, estaba mi ropa. Cerré un poco la puerta, dejando entrar un poco de luz para poder vestirme. La verdad que mi ropa estaba hecha un asco y olía fatal, pero era mía y me sentía muy contenta por haberla encontrado. Las bragas no estaban, por lo que supuse que se habrían deshecho de ellas, y el sujetador tampoco, aunque tras mi última experiencia en la barcaza, no creo que me sirviese para mucho. Me puse los pantalones y me abroché los dos únicos botones de la blusa que todavía seguían en su sitio. Miré debajo de la cama por si encontraba mis zapatillas, pero a primera vista, y con tan poca luz, no había ninguna rastro de ellas. Bueno, me daba igual, bastante penalidades había pasado como para estar preocupándome de unas zapatillas.
Me dirigí de nuevo a la puerta, y me dispuse a salir sin armar mucho ruido. Miré por la pequeña abertura y vi que no había nadie. Ese era el momento, pero justo cuando comencé a abrir más la puerta, alguien movió la cortina del final del pasillo por lo que tuve que echarme atrás. Continué mirando para ver quien era, y vi como una preciosa muchacha de piel bronceada, que iba vestida de putita barata, sonreía al lado de un hombre enormemente corpulento ataviado completamente de negro. Ambos avanzaban por el pasillo, y mi corazón comenzó a acelerarse con la simple idea de imaginar que se dirigiesen hacía mi cuarto. El hombre llevaba una botella en la mano, y agarraba a la chica del culo, mientras avanzaban por el pasillo. Se pararon a la mitad mirando hacia una de las habitaciones, y señalando algo que había dentro, comenzaron a reírse enormemente. Luego prosiguieron andando, cerré la puerta suavemente y me metí en la cama por si aquellos dos venían a mi habitación. Estaba más que nerviosa, y recé todo lo que sabía con tal de que esa puerta no se abriese y me descubriesen en aquella situación.
Pasó un rato y allí no sucedió nada, pero comencé a oír las mismas risas de antes en el cuarto de al lado. Me envalentoné todo lo que pude y me dirigí otra vez a la puerta. Volví a entornarla, y ahora sí que no había nadie. Salí lo más despacio posible, y pegándome a la pared, avancé hasta llegar a la altura de las dos primeras puertas que había en el pasillo, una a cada lado. Por las carcajadas, suponía que la parejita que había visto antes se encontraba justo en la habitación de la derecha. No había puertas en ninguna de ellas, y sólo las separaba del pasillo, una cortinilla de tiras de colores. En la habitación de la izquierda también se escuchaba algún ruido, por lo que debía andarme con mucho cuidado para no ser descubierta.
Me agaché, y comencé a asomar mi cabeza por entre las primeras tiras de la cortinilla. Allí estaban esos dos riéndose del mundo. Él estaba echado en una silla, bebiendo directamente de la botella que tenía. Ella, linda como pocas muchachas yo había visto, estaba de pie delante de él, moviéndose sensualmente mientras el la gritaba:
- Vamos nenita, quítatelo todo…
Ella se giró dándole la espalda, y dejándole el culo muy cerca de su cara, cosa que él aprovechó para mordisqueárselo salvajemente. Poco a poco se fue bajando la minifalda, y al hombre se le salían los ojos de las órbitas. Dejó su lindo culo al descubierto, ya que no llevaba ropa interior, y el hombre comenzó a besárselo como un poseso. Ella prosiguió con su danza y se quitó el top rosa que llevaba, dejando libres sus pequeños pero bien contorneados pechos. Ella continuaba danzando sensualmente hasta que el hombre, completamente fuera de sí, la agarró y la puso encima de él sobándola por todo el cuerpo. Cogió el poco licor que quedaba en la botella y se lo echó por entre los pechos, lanzándose segundos después a succionárselos para no desperdiciar el líquido.
Ese era mi momento de avanzar, e intentando hacer el menor ruido, pasé agachada hasta el otro lado del marco. Ahí respiré tranquila, pero debía tener cuidado por si me veían los que estaban justo en la habitación de enfrente. Continué agazapada, y pude ver en esa habitación, a un señor bastante gordo, desnudo por completo, y tumbado encima de la cama. Una chica de baja estatura, también completamente desnuda, que parecía indígena, le agarraba el pene con las dos manos y le masturbaba con todas sus ganas para ver si conseguía que se le pusiese dura, pero el hombre parecía tan bebido que iba a resultar una tarea complicada. Él le estrujaba el culo a la vez que la incitaba a que siguiese trabajando en su miembro. La chica se sentó a horcajadas encima de la enorme panza del individuo, inclinándose hacia delante para agarrarle el miembro y continuar masturbándole. Él la agarró de la cintura con ambos brazos, y la movió violentamente arriba y abajo como si de una especie de rodeo se tratase, mientras que ella en ningún momento soltaba la polla del individuo.
Madre mía, no sé como había llegado a ese sitio, pero me estaba empezando a imaginar lo peor, y sólo el hecho de pensar que me habían llevado a un prostíbulo de mala muerte para usarme como carne para borrachos y maleantes no me hacía ninguna gracia.
El gordo continuaba moviendo a la chica a su antojo, hasta que de un fuerte tirón, la llevó hacia él, dejando el culo de la chica justo encima de su boca. El hombre sacó la lengua y comenzó a lamerle el trasero, a la vez que ella se acariciaba los pechos tras haber perdido la flácida polla de entre sus manos.
Avancé hasta la siguiente puerta, y antes de asomarme pensé: " Bueno, a ver que me espera ahora…"
Asomé la cabeza por entre las tiras, y pude ver a un hombre alto y moreno, completamente desnudo, y con un montón de cadenas de oro en el cuello. Parecía un tipo con más clase que los anteriores, y estaba de pie con su miembro completamente erecto. Una mujer morena, algo rellenita, y con unas enormes tetas, le lamía los testículos, mientras otra chica, también morena y con unas grandes tetas, le besaba en la boca a la vez que le masturbaba con una mano.
Joder, siempre me había costado admitir un poco todo estos asuntos relacionados con la pornografía y la prostitución, y ahora estaba viendo en vivo y en directo como un montón de mujerzuelas ejercían su trabajo con todo tipo de individuos mientras éstos pusiesen el dinero sobre la mesa. Yo no había nacido para eso, y tenía clarísimo que debía salir de aquel antro lo más rápido posible, ¿pero dónde podía ir?. Daba igual, lo importante era desaparecer. Supuse que por ahí cerca habría policías o militares.
Aquellas dos seguían jugueteando con el hombre. Ahora estaban las dos de rodillas en el suelo, peleándose amistosamente por comerse aquel trozo de carne. La más rellenita le lamía los testículos y poco a poco subía con su lengua a lo largo de todo el aparato. La otra pasaba la punta de su lengua por el glande del tío, que gemía como un loco viendo a aquellas dos chuparle la polla. Este debía ser el espectáculo del que se reían los dos que vi entrar por el pasillo. Menudo trío formaban éstos, era de risa. El hombre no paraba de decir:
- Me gustan las fiestitas con dos buenas mamadoras. Vamos, vamos sigan chupando sigan, aahhhh…
- "Ohhh siiiiii, me gustan las vergas bien paraditas y bien gruesas…", decía una de ellas con voz de actriz.
- Ya sé que os gusta mi verga, y por eso os pago, para que la maméis bien…
Una de ellas se metió por completo la polla en la boca, mientras la otra continuaba lamiéndole los huevos y la entrepierna.
Vaya estampa, pero la verdad es que ver a estos tres hizo que apareciese una pequeña sonrisa en mi cara, algo que durante mucho tiempo no hacía presencia en ella.
Tenía que seguir, y pasé hacía el otro lado de la puerta bastante tranquila, por que estaba claro que estos tres no se iban a enterar de nada.
En la puerta de enfrente a la del trío había una pareja completamente desnuda durmiendo en la cama, supuestamente después de haber hecho su correspondiente faena. Estaban de lado, y él tenía un brazo por encima de ella, impidiéndola que se moviese lo más mínimo mientras dormía. De repente noté como ella, con el mayor sigilo, intentaba acercar los pantalones de él que estaban por el suelo. Una vez que los tuvo, sacó la cartera y le robó algunos dólares. Se los guardó en la mano, y fingió seguir durmiendo.
Bueno, dos menos de los que me tenía que preocupar. Ahora sólo quedaban las dos últimas habitaciones para llegar al final del pasillo. No sabía que había detrás de la cortina que separaba ambos ambientes, pero esperaba que hubiese el suficiente jaleo como para que nadie se diese cuenta de mi presencia y poder salir lo más rápido posible.
Me aproximé a la habitación que correspondía, y como en las anteriores ocasiones, asomé la cabeza. Pude ver como una mujer cabalgaba con todas sus ganas encima de un hombre bajito con cara de pocos amigos. La mujer tenía unos pechos enormes que se movían rítmicamente arriba y abajo con las embestidas que ella misma se proporcionaba. El hombre intentaba comerle las tetas con la boca, pero se movían demasiado como para poder atraparlas. Las agarró con las manos y apretó con todas sus ganas, mientras la mujer gemía indicándole lo mucho que le gustaba.
A una señal de él, la mujer dejó la cabalgada, y se giró sobre sí misma para ofrecerle al hombre la imagen de su trasero y su coño completamente húmedo. Rápidamente se fue echando para atrás hasta dejarle al hombre el coño a la altura de su boca. El hombre comenzó a lamerla a la vez que la separaba los glúteos con sus manos. Ella se abalanzó sobre la tiesa polla, y comenzó a chupársela a la vez que le masturbaba con una de sus manos.
Todo esto estaba empezando a despertar en mi una pequeña excitación, y me enfadaba conmigo misma al ver que no podía pensar en estas cosas mientras mi vida estaba en juego. Tenía toda la razón, pero muchas veces es muy difícil engañar a la mente, y realmente aquello me estaba dando una pequeña alegría.
La parejita seguía lamiéndose recíprocamente, a la vez que la mujer movía sus caderas para facilitarle al hombre su trabajo bucal. Ella a su vez seguía mamándole con gran maestría, y era de esperar que ese hombre se corriese a la primera de cambio, y así fue:
- "Me voy, me voy…" dijo el hombre.
- Si cariño, muy bien, muy bien, derrámate que me voy a tomar toda tu lechita….
La mujer se metió la polla hasta dentro y comenzó a chupársela a toda velocidad a la vez que formaba un anillo con dos de sus dedos para seguir masturbándole al mismo tiempo que el hombre se corría dentro de ella entre gritos de placer, y no era para menos, porque en mi vida había imaginado que alguien pudiese mamar una polla con tanta profesionalidad y destreza.
Aproveché para pasar por delante de la habitación sin que se diesen cuenta, y en vez de dirigirme hacia la cortina que separaba las dos estancias, mi curiosidad acompañada de mi extraña excitación, hizo que me fijase en lo que estaba ocurriendo en la habitación de enfrente.
Había una mujer de piel bronceada puesta a cuatro patas, mostrando todo su sexo a un hombre moreno y con bigote que se masturbaba con la visión de aquella mujer completamente abierta para él. Se acercó hasta ella, y comenzó a lamerle el ano, a la vez que ella empezaba a emitir unos extraños sonidos guturales en señal de goce. El hombre cogió uno de sus dedos y se lo metió por la vagina, a la vez que seguía lamiéndole el ano. Ella gemía de placer, y el hombre la insertó otro dedo.
Yo estaba cada vez más excitada, y no era para menos. El hombre le sacó los dedos del coño, y comenzó a rondar con ellos el agujero trasero de la chica, hasta que le metió un dedo hasta dentro. Ella pedía más guerra, y el hombre ni corto ni perezoso, se puso de pié, y mojándose la punta del pene con su propia saliva, se dispuso a meterle al aparato por el culo.
- Quieres que te coja por el culo, ¿ehhhh?
- Ohhh si papito, cógeme, soy tuya…
- Pues como tu quieras. Voy a culiarte como nunca nadie te ha culiado…
- Siiii, por favor….
El hombre acercó su miembro a la entrada y apretó con ganas. Entró casi la mitad del pene sin ningún problema, y tras varias embestidas la chica tenía todo el aparato metido en su culo.
El hombre continuaba con las embestidas hundiéndosela hasta el fondo en cada una de ellas, mientras la mujer gemía de placer indicándole que siguiese así.
- Muy bien papito, sigue, sigue así…
- "Me voy, me voy a ir…", dijo él con voz entrecortada
- Ohhh si papito, vente ya, vamos….
La mujer dejó su postura, y se giró para poner su cara a la altura de la polla del hombre:
- Vamos papito, derrámate en mi cara…
El hombre se masturbaba a toda velocidad, y tras un fuerte gemido, comenzó a lanzar chorros de semen por encima de la cara de la chica, que giraba la cabeza intentando tragarse aquellos que podía. Una vez el hombre acabó, ella se lanzó a chuparle la polla, hasta que la erección fue bajando lentamente.
Me acerqué a la cortina, y muy despacio, la entreabrí para ver que había allí. Era una especie de bar de madera, como el resto del pasillo, con muy poca luz, y con algunas chicas mulatas o indígenas, bailando medio desnudas en una tarima mientras los tíos, medio borrachos, las decían de todo a la vez que bebían sin parar. Había una pequeña barra de la que se encargaba una mujer mayor, y una cuantas chicas vestidas de putita, hacían su trabajo camelando a los hombres para que consumiesen copas.
Casi todos los hombres que había tenían pinta de mafiosos, unos más y otros menos, pero este parecía ser el lugar de diversión de todos los maleantes de la zona.
La salida estaba justo al lado de una escalera que subía a la parte de arriba de la casa, más allá de la barra. Esto iba a ser muy complicado, pero debía intentarlo, aunque era muy difícil que una mujer pasase inadvertida entre tanto borracho salido.
Ahora o nada, y me puse a contar hasta tres para salir:
- Una,…dos,…y,…tr…
De repente alguien me agarró del pelo, y empujándome hacia la parte de fuera gritó:
- Mirad lo que he encontrado aquí…

Continuará...


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