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Operacion Singer Bird - 1ª Parte

29 de junio de 1990
08:00
Departamento de Telecomunicaciones de la Base Aérea MacDill (Tampa - Florida)
(Suena el teléfono...)
- Maldito teléfono, no acaba una de llegar y ya está sonando. A ver quién es a estas horas…, ¿Si dígame?
- Buenos días, ¿podría hablar con la Sra. Craig?
- Si, soy yo dígame…
- Soy el Coronel Winter del departamento de Inteligencia de la Base, y me gustaría charlar con Vd. acerca de unos asuntos que, sinceramente, no podemos tratar por teléfono, ¿podría acercarse hasta mi despacho y le invito a tomar un café mientras hablamos?
- (En ese momento me encontré desconcertada y dubitativa) Si, si Coronel Winter. La verdad es que no me esperaba recibir ninguna llamada de este tipo y me he quedado un poco perpleja. ¿Cómo puedo llegar hasta su despacho?
- El Sargento Warleta la está esperando en la puerta de su edificio. Él la traerá hasta aquí. Gracias por su amabilidad Sra. Craig, nos vemos en 10 minutos.
No entendía nada de lo que estaba pasando. Un Coronel de Inteligencia llamando personalmente con extrema urgencia a una civil para "charlar" sobre algunos asuntos que era imposible hablar por teléfono.
- "En fin, vamos allá…", dirigiéndome de nuevo a la puerta en busca del Sargento Warleta.
Al salir vi a un militar apoyado en un jeep de las fuerzas aéreas. Me dirigí a él: "¿Sargento Warleta?"
- Sí, soy yo Sra. Craig. Me envía el Coronel Winter. Tenemos que darnos prisa, el Coronel es un hombre impaciente y no le gusta que nadie le haga esperar.
En unos minutos estábamos ante el cuartel de Inteligencia de la Base. Apresuradamente nos dirigimos al despacho del Coronel, donde su Secretaria personal me atendió amablemente:
- Espere aquí Sra. Craig, ahora mismo aviso al Coronel de su llegada.
La Secretaria pulsa un botón de la línea interna del teléfono, y hace saber al Coronel acerca de mi presencia.
- Dígale que pase señorita Smith.
La secretaria me indica que pase, y se dispone a abrirme la puerta del despacho…
Según entro, veo al Coronel sentado al fondo. Tiene como unos 50 años no muy bien conservados. Es calvo y lleva gafas, y a primera vista, tiene cara de pocos amigos. En su uniforme luce la mayor cantidad de condecoraciones que jamás yo haya visto, pero no consigo distinguir cual es cada una de ellas.
- Adelante Sra. Craig, pase, pase…
- Tome asiento. ¿Desea un café o un té?
- No gracias, he tomado antes de salir de casa.
- Muy bien. Se preguntará por qué la he hecho venir hasta aquí con tanta urgencia.
- Pues la verdad es que sí, y estoy algo nerviosa, para que negarlo.
- Tranquilícese
El Coronel cogió una carpeta, y me entregó unas cuantas fotos:
- ¿Conoce a este hombre?
Miré detenidamente las fotos, y tras unos momentos de duda le dije que no.
- No sigue usted la actualidad del mundo, ¿verdad?
- Pues sinceramente no. Todo suelen ser malas noticias, y no tengo ganas de estar todo el día rodeada de penalidades.
- Se trata de Juan Castro, el mayor narcotraficante de la historia podíamos decir. Sin entrar en más detalles le diré que dirige el Cartel de Medellín, y controla casi todo el tráfico de cocaína que hay desde Colombia hasta nuestro país. Washington está en pie de guerra contra él, pero no se puede entrar en Colombia tan fácilmente y coger a Castro. Además es un trabajo que los propios colombianos deben hacer. No podemos permitirnos otra invasión de un país sudamericano por buscar a un hombre.
- ¿Se refiere a Panamá?
- Efectivamente Sra. Craig, ya veo que algunas noticias internacionales si le interesan.
- Bueno, más que interesarme, las conozco de primera mano. Mi marido estuvo allí.
- Lo sé Sra. Craig, y de eso hablaremos después. Continuando con el tráfico de cocaína, Washington colabora con el gobierno de Colombia enviando grupos de Delta Force para entrenar a los hombres del Cuerpo de Elite de la Policía colombiana. Aparte, la CIA y la DEA intentan interceptar desde el aire radiotransmisiones entre los jefes del cartel para ir reduciendo su capacidad de maniobra. Así conseguimos estropearles algún que otro negocio, pero no conseguimos mucho más.
- ¿Y qué tiene que ver todo esto conmigo Coronel?
- Ahora es donde entraría usted Sra. Craig. Hemos vendido equipos de radioescucha Telefunken, algo viejos y utilizados por nuestro ejercito, al Cuerpo de Elite de la Policía de Colombia para ser utilizados desde tierra dentro del propio Medellín, muy cerca de los lugares de reunión de los narcos, pero dada su falta de medios y conocimientos, no consiguen aprovecharlos convenientemente. Siendo sincera con usted, no solemos utilizar civiles en misiones dentro de otros países, y tengo que decirle que usted era nuestro último recurso, pero no hemos tenido más remedio que reclamar sus servicios.
- Lo siento coronel, pero sigo sin comprender nada…
- Normalmente cuando nuestro gobierno vende "tecnología" a otros países, suele enviar personal que enseñe a utilizar dichos aparatos. Entre nuestros hombres no hemos encontrado a nadie con los suficientes conocimientos en este tipo de equipos ya un poco anticuados, y los que los tienen, o están destinados en otras operaciones, o no hablan nada de español. ¿Va comprendiendo?
- Ahora parece que voy entendiendo algo. ¿Quieren que vaya hasta Medellín a enseñar a la policía colombiana a manejar equipos de radioescucha?
- Efectivamente Sra. Craig. Usted es una experta en casi todo tipo de aparatos de transmisiones. Sabemos que usted trabajó con estos equipos, y por eso la necesitamos a usted, y según su currículum, su español es perfecto, ideal para entenderse con los colombianos. ¿Qué me dice?
- Y, ¿por qué debería hacerlo?. No soy militar ni tengo ningún compromiso con el ejercito, simplemente me limito a reparar e investigar con equipos de radiotransmisión dentro de la base.
- Efectivamente, no está obligada a hacerlo, pero Washington sabe recompensar muy bien a sus colaboradores, y por fin podrían llegar esas subvenciones que tantas veces ha solicitado y que nunca han llegado a su departamento.
- ¿Se está riendo de mí?, ¿me está haciendo un burdo chantaje?
- Simplemente quiero ir al grano. Si usted acepta esta misión, su departamento conseguirá financiación para los próximos tres años, si no deberá seguir rellenando formularios en busca de ayudas y subvenciones que nunca llegarán.
- Son ustedes de lo peor (y me levanté de la silla haciendo un amago como para marcharme).
- Sra. Craig, perdone mi falta de tacto. No quería ofenderla en ningún momento.
- Pues lo ha conseguido, y creo que no son formas de tratar a alguien que quieren que colabore con ustedes.
- Es cierto, discúlpeme (al tiempo que hacía un gesto con la mano invitándome a volver a tomar asiento). Tengo guardada una segunda oferta para usted, pero esta vez a nivel personal. No es mucho, pero supongo que le agradará. Si acepta, tanto en el viaje de ida como en el de vuelta, hará escala, podríamos decir, en uno de los Cruceros Armados de la Marina de los EE.UU.
Mis ojos se abrieron al máximo expectantes de este último ofrecimiento del Coronel…
- ¿Qué le parecería viajar hasta uno de nuestros USS Ticonderoga que transita las aguas del Golfo del Darién?. ¿Sabe a lo que me refiero?
- Perfectamente coronel (Mi marido, John, era Sargento de Comunicaciones en el Ticonderoga. Desde la invasión de Panamá, su buque estaba casi constantemente bordeando las aguas internacionales frente a la costa panameña, y hacía ya más de dos meses que no le veía. Hablaba con él a diario, pero para mí, y para él, no era suficiente).
- Aparte, debo decirle, que en el viaje de vuelta, su marido podrá acompañarla con un permiso de… digamos… ¿2 semanas?
Me habían dado en mi punto débil. Desde que John y yo nos casamos hacía casi dos años, no habíamos pasado tanto tiempo juntos sin que él tuviese que volver a embarcar de nuevo. Siempre recuerdo con añoranza la semana de luna de miel que pasamos juntos en Kauai, pero desde aquello, sólo nos habíamos visto cuatro días al mes en los meses que teníamos mucha suerte, y desde la invasión de Panamá, sólo tuvimos la oportunidad de pasar juntos algunos días de Semana Santa. Se marchó aquel domingo de abril, y no habíamos vuelto a tener oportunidad de estar juntos.
- Antes de darle una respuesta Coronel (tenía muy claro que iba a ir), ¿podría decirme que riesgos corro al llevar a cabo esta misión?
- Bueno, la verdad es que no hay muchos riesgos. Si acepta, aprovechando unos envíos de material sanitario a Panamá, uno de nuestros aviones de transporte la llevaría hasta la base aérea de Howard, para desde allí subirse a un helicóptero que la llevaría directamente hasta el Ticonderoga. Tras una horas allí, en las que podría estar con su marido, partiría también en helicóptero hasta el cuartel general de la policía en Medellín. Una vez allí, y como ciudadana americana, no le recomendaría que abandonase el recinto de la Policía. Podemos arreglarlo todo para que dispongan una habitación, no espere ningún lujo, dentro del cuartel. Cinco días después, enviaremos un helicóptero en su busca para llevarla de regreso al Ticonderoga, y de ahí, junto a su marido, podrán regresar hasta la base aérea de Howard para empezar a disfrutar de sus merecidas vacaciones.
Sabía que aquel hombre no me estaba contando todo lo que debería saber, pero a primera vista todo me pareció sencillo: "Acepto Coronel."
- Estupendo Sra. Craig, bienvenida a la Operación Singer Bird.
Abrió un cajón de su escritorio, y me entregó un dossier junto a una cassette:
- Aquí tiene algunos datos de la situación actual de la lucha contra el narcotráfico que se está llevando a cabo en Colombia. Dentro encontrará también todo la información disponible sobre Juan Castro, y en la cinta tiene grabaciones de la CIA con la voz del propio Castro. Acostúmbrese a oír esa voz, y a encontrarla con todos esos instrumentos, porque de ello depende el éxito de la misión.
- Otra cosa Sra. Craig, su avión parte el próximo lunes día 2 a las 12:00h. Hangar 3. Buena suerte.
- Gracias Coronel.
Terminé dándole las gracias al hombre que de la manera más rápida me había chantajeado, pero estaba contenta con el pago, y la misión no parecía ser demasiado complicada.
Sinceramente, no me lo podía creer. Hace unos minutos era una pobre amargada esperando a mi marido, y ahora soy la mujer más entusiasmada del mundo. Busqué un teléfono para llamar a John y contarle lo ocurrido. Por fin nos íbamos a ver tras casi tres meses separados.
12:00h del 2 de julio de 1990
Hangar 3 de la Base Aérea MacDill
- Buena suerte Sra. Craig y salude a su marido de mi parte.
- Lo haré Coronel. No sé como agradecerle todo esto.
- Cumpla con su misión y será suficiente.
Le di la mano al coronel, y subí al avión…
El Coronel me hizo una señal con el pulgar como símbolo de que todo iba a salir bien, y eso era lo que yo esperaba…
- Que Dios le acompañe (pensó el Coronel en el momento que el avión comenzaba a rodar en busca de la pista de despegue…)
El viaje hasta la base Howard duraba algo más de cuatro horas, y mientras nos dirigíamos hacia la pista, el piloto del avión aprovechó para explicarme un poco sobre el aparato en el que volábamos.
- Este avión es un Hércules, y puede alcanzar una velocidad de 375 millas por hora, con una autonomía de unas 3000 millas aproximadamente. Es un avión de transporte mediano, pero es de los más utilizados en todo el mundo…
- Perdone Sra. Craig, ahora debe sentarse y abrocharse el cinturón, vamos a comenzar la maniobra de despegue..
Me marché hasta la parte de atrás, donde me habían habilitado un asiento en un lateral del avión delante del material sanitario, no muy cómodo por cierto, pero bueno, cualquier cosa con tal de volver a estar junto a John…
Comencé a notar cómo corríamos por la pista, y cómo aquella mole de hierros comenzaba a vibrar por todas partes. Me agarré todo lo que pude, y noté, a la vez que mi estómago, cómo el avión empezaba a levantar el morro… Tras unos segundos de angustia, note que estábamos por completo en el aire. Aquello no era como volar en un avión comercial. Todo vibraba bastante, y el ruido de las hélices era bastante molesto, así que decidí cerrar un poco los ojos, y comenzar a pensar en algo interesante que captase mi atención, porque si continuaba así durante cuatro horas, iba a llegar en bastante mal estado a los brazos de John…
Y cómo no, con el nerviosismo que recorría mi cuerpo, qué otra cosa se me podía venir a la cabeza que no fuese John, John, John y solamente John. Comencé a pensar en lo mejor que nos había ocurrido a John y a mi juntos, y eso había sido en la isla de Kauai…
Recuerdo que llegamos un lunes por la mañana al aeropuerto internacional de Honolulu, en la isla de Oahu, para desde allí coger otro avión, esta vez más pequeño, que nos llevó hasta el aeropuerto de Lihue, en la isla de Kauai. Éramos unos recién casados a los que se nos notaba muchísimo que llevábamos sólo dos días de matrimonio. Estábamos siempre agarraditos y mirándonos con cara de embobados, aprovechando cualquier momento para darnos algún pequeño beso cuando nadie nos miraba. Nada más bajar del avión, nos encontramos con las típicas señoritas con faldas de hojas y con larga melena negra, que con una agradable sonrisa nos dieron la tradicional bienvenida hawaiana: "Aloha", a lo que nosotros contestamos medio riéndonos: "Aloha". Ellas, manteniendo la sonrisa, nos pusieron un collar de flores a cada uno. Desde allí nos llevaron hasta el hotel donde nos íbamos a alojar, el Lae Nani Resort, situado en la playa de Coconut Beach, a tan sólo 7 millas del aeropuerto.
Por ser una pareja de recién casados nos dieron una estupenda habitación, más bien era una casita pequeña, con su cocina y todo, en lo alto de una loma junto a la playa, desde la que podíamos divisar magníficamente la inmensidad del Pacífico.
Realmente estábamos en otro mundo, y por nada queríamos que aquello se acabase, así que teníamos que disfrutar al máximo de los siete días restantes. La cuenta atrás había comenzado…
Sin pensarlo más, deshicimos las maletas rápidamente, y nos pusimos los bañadores para irnos a esa magnífica playa que se divisaba desde nuestra casita. En la recepción nos avisaron que en muchas de las playas de Kauai era muy peligroso nadar porque hay grandes corrientes submarinas, y era mejor preguntar a algún lugareño o en la propia recepción antes de sumergirse en las aguas de alguna de las espectaculares playas de Kauai. En la playa de Coconut Beach nos recomendaron que no nos metiésemos más allá de donde no hiciésemos pie.
Una vez en la playa, nos acomodamos bajo unas palmeras a tomar el sol, degustando unos magníficos zumos de frutas que una camarera del hotel nos acercó amablemente como regalo de bienvenida.
Todo era fantástico: un lugar de ensueño con playas de blanca arena fina y aguas cristalinas, una casita preciosa desde la que podíamos divisar el océano hasta donde nos permitía el horizonte, y sobre todo pensar que siendo ya la Sra. Craig, era la mujer más feliz del mundo.
Aprendimos a decir unas cuantas cosas más en hawaiano, como por ejemplo "Malo nui loa", que quiere decir "Muchas gracias", y cada momento que pasaba era como descubrir algo nuevo, algo diferente que nos hacía seguir flotando en este mundo tan ideal. A la hora de la cena, no solíamos decantar por uno de los descubrimientos de la isla: el Mahi Mahi o dorado, que era un pescado similar al atún, pero que en su mayor parte era de color amarillo. Lo hacían de todo tipo de formas: a la parrilla con trozos de frutas tropicales adornando el plato, con crema de albahaca y aceite de oliva, con ensalada Caesar, o como el que terminó siendo nuestro plato favorito: Mahi Mahi a la barbacoa con salsa de mango.
Después de cenar o entre la misma cena incluso, nos amenizaban con un espectáculo de nativos hawaianos bailando y haciendo malabares con antorchas de fuego. Era precioso ver a esos hombres bailar al ritmo de los tambores y ver el fuego dar vueltas por todas partes. Luego hacían su presencia las típicas bailarinas hawaianas con sus collares de flores, y nosotros nos acomodábamos para ver el espectáculo tomando los típicos cocktails de Hawai: John se decantaba por el Blue Hawai, completamente azul pero la verdad es que tenía un sabor muy dulce, y yo por el inigualable Mai Tai, completamente naranja, y con un enorme trozo de piña coronando la copa.
Todo era maravilloso, y como no, el amor fluía por nuestras venas aceleradamente, ayudado en parte por el ron de los cocktails. Hacíamos el amor cada vez que se nos pasaba por la cabeza, sabedores los dos de que en esta semana no podíamos desperdiciar ni un solo minuto, ya que a la vuelta, volveríamos a estar distantes cada vez que el barco de John saliese al mar, y echaríamos de menos el estar abrazados y amándonos como lo hacíamos ahora. Durante la primera noche, y mientras contemplábamos las estrellas del cielo de Kauai sentados en el pequeño jardín de nuestra casita, comenzamos a acariciarnos y a sellar con un enorme beso nuestro primer día en la isla. Hicimos el amor bajo la luna, sintiendo la brisa del mar acariciando nuestros cuerpos.
Otra de las veces que recuerdo magníficamente fue también una noche, pero esta vez junto a la orilla del mar. Yo llevaba un leve pareo por encima del bikini, y tras unos fantásticos besos, John comenzó a bajarme la parte inferior del bikini invitándome a colocarme de rodillas en la orilla del mar con las manos apoyadas dentro del agua. En esa posición, con mis piernas clavadas en la arena, podía contemplar el ir y venir de las olas en la intensidad de la noche, rozando mi cuerpo y mis pechos a la vez que John me penetraba desde atrás. Su rítmico vaivén, acompasado con las caricias del agua por toda mi piel, me proporcionaron un intenso orgasmo que siempre recordaré, pero el mejor momento amatorio lo tuvimos al cuarto día, en las cataratas de Opaekaa.
Un par de días antes, habíamos decidido acercarnos hasta una cascada llamada Opaekaa, que según un plano que había en la recepción del hotel, se encontraba a una hora de camino. La noche anterior habíamos pedido en el hotel un picnic para dos, y una vez nos lo entregaron salimos por un pequeño sendero en la parte posterior del hotel, que uno de los jardineros nos había indicado como la mejor forma para llegar a las cataratas: " Una vez crucen la carretera, sigan por el camino y no se desvíen de él. Manténganse al lado del arroyo Opaekaa, que encontrarán a unos diez minutos."
Tras cruzar la carretera que bordea la costa de Kauai, continuamos andando por el camino, hasta que poco a poco nos fuimos adentrando por una pequeña selva, donde el camino se hacía cada vez más estrecho. Encontramos el arroyo que nos dijo el jardinero e intentamos no alejarnos mucho de él, salvo lo estrictamente necesario. Se podía escuchar el canto de algunas aves, y algo de miedo nos recorría el cuerpo, pero sinceramente, no demasiado. La tranquilidad que se respiraba en este paraje era increíble, y ver los rayos de sol entrar a través de la espesura era algo realmente impresionante.
Según avanzábamos, el calor se iba apoderando de nosotros, por lo que fuimos haciendo uso de las bebidas que venían con el picnic a la vez que nos refrescábamos la cara en el riachuelo. John se quitó la camiseta, empapada por el sudor, y fue luciendo cuerpo de marine durante el resto del trayecto. Yo hice lo mismo, y me quedé solamente con el bikini. Guardamos nuestras camisetas y seguimos nuestro camino.
Cuando llevábamos un buen rato caminando, comenzamos a escuchar el sonido de agua cayendo. Estábamos cerca de las cataratas, y la emoción de llegar hasta ellas cada vez nos hacía andar más deprisa. La vegetación era cada vez más espesa, pero el ruido del agua nos hacía presagiar que nos encontrábamos muy cerca.
Por fin, y tras apartar John unas inmensas plantas que nos obstaculizaban el paso, hizo aparición una visión que nos dejó embobados durante un buen rato: Una enorme catarata de unos 40 pies se encontraba frente a nosotros, coronada por un esplendoroso arco iris que surgía desde la superficie del agua. Tenía dos vertientes, una por el lado izquierdo (según nosotros la veíamos) y otra mucho más caudalosa por el derecho. Todo era extraordinariamente verde, y el agua parecía caer de entre la vegetación que había en la parte superior de la cascada. Era alucinante, y los dos nos miramos y gritamos: "Lo hemos conseguido. Yujuuuu!!!!!"
Fuimos bordeando el pequeño lago, hasta llegar al lado derecho de la catarata con el objetivo de tocar el agua que caía por la cascada. Conseguimos llegar hasta allí a través de unas piedras que había en el lateral, que nos facilitaron enormemente el acceso. El agua estaba un poco fría, pero no nos importó, ya que estábamos bastante acalorados por el esfuerzo del trayecto. Poco a poco nos íbamos mojando con las miles de microscópicas gotas de agua que se salpicaban desde la parte baja de la catarata. John apartó la mochila, y se quitó las zapatillas y el pantalón corto, quedándose en bañador.
- "Vamos a bañarnos en este paraíso", dijo John lanzándose al agua desde la piedra.
Me quité mis zapatillas y mi pantalón corto, y antes de lanzarme al agua me quedé un momento contemplando aquel maravilloso paisaje. Era como un sueño, como una película. En esos momentos me vino a la cabeza "El Lago azul", pero los protagonistas, en vez de ser Brooke Shields y Christopher Atkins, éramos John y Ann Craig.
Mi cuerpo comenzó a relucir por el suave contacto de las pequeñas gotas de agua que desprendía la cascada al llegar al lago. Mi larga y ondulada melena morena, completamente humedecida, caía sobre mis hombros y espalda, y con un gesto altamente erótico, pero nada planeado, mire al cielo, y con mis dos manos recogí el agua que recorría mi cara, llevándolas hacia arriba, y recorriendo lentamente todo mi pelo hasta llegar al cuello.
Ese momento tan especial acabó repentinamente con un par de silbidos que me dio John desde el agua. Estaba agitando uno de sus brazos moviendo su bañador en la mano. Se lo había quitado, y me lo lanzó desde donde estaba para que lo dejase con el resto de la ropa.
- "Vamos Ann, a qué esperas, el agua está genial. Además, creo que no vas a necesitar tanta ropa como llevas…", me dijo sonriendo.
- "¿De verdad?, pero si sólo llevo el bikini", le dije yo siguiéndole el juego
- Pues eso es lo que te sobra. Vamos, ven al agua…
Me daba un poco de vergüenza (siendo sinceros me daba mucha vergüenza), pero que diablos, cuando iba a volver a estar junto a mi marido en una cascada paradisíaca en medio de un paraje tan verde y hermoso. Estábamos en medio de la naturaleza, y la verdad era que la naturaleza nos había creado desnudos, pues entonces…
Me desabroché la parte superior del bikini, y la dejé caer hacia delante dejando mis pechos completamente descubiertos. Pequeñas gotas comenzaron a cubrirlos rápidamente, y con un gesto natural, crucé mis brazos frente a ellos acariciándolos suavemente bajo la atenta mirada de John (más bien intentaba taparme un poco, porque aunque quería hacerlo, me sentía un poco incómoda).
- Uhhh, uhhh, uhhh. Esa es mi Ann. Estás preciosa cariño, tendrías que verte. Vamos, ven al agua.
Me dejé puesta la parte inferior y me lancé al agua. John vino hacía donde yo estaba, y agarrándome por las caderas, levantó mi cuerpo del agua haciéndome girar alrededor de tan maravilloso lugar, haciéndome sentir como la reina de aquel paraíso.
Estuvimos nadando y buceando un rato, descubriendo los tesoros que escondían las profundidades del lago, y la verdad es que era maravilloso sumergirse y contemplar el baile de las algas verdes amarradas al fondo, al son que marcaba la corriente.
John se fue hasta una de las orillas, y cogió una flor. Se acercó a mí, y con suma delicadeza, apartó un poco el pelo de mi lado derecho, y me puso la flor encima de la oreja. Era un hibiscus rojo, la flor típica de Hawai, que todavía guardo dentro de un libro sobre Kauai que compramos para ese viaje.
Me agarré a su cuello y comenzamos a besarnos apasionadamente. Mis pechos desnudos y mojados resbalaban por el cuerpo de John, que fue besándome lentamente por todo el cuello hasta apoderarse de ellos. Aquello ya no tenía marcha atrás, y personalmente a mí ya no me importaba nada el pudor ni la vergüenza. Estaba totalmente entregada…
John me cogió por los glúteos, y me levantó en el aire, quedando mis pechos a la altura de su cara. Comenzó a besarlos de nuevo, y yo moviendo mi cabeza en señal de placer, agarré la suya guiándole en su trabajo. Mis piernas le atraparon por su cintura, y John lentamente, me fue reclinando hacia el agua hasta dejar completamente mi espalda y cabeza sobre la superficie. Sus manos, otra vez libres, echaban agua sobre mis pechos, hasta que volvió a agarrárlos, pero esta vez con más fuerza. De repente dejaba de apretarlos, para pasar a acariciarlos suavemente, y al momento, volvía a amasarlos enérgicamente. Yo gemía de placer sintiendo sus manos recorriéndome todo el cuerpo.
Solté mis piernas de su cintura, y me puse de pie. Nuestras bocas se fundieron en un enorme beso, y al apretarme al cuerpo de John, noté la escandalosa erección que tenía. Bajé lentamente una de mis manos a lo largo de todo su cuerpo, hasta que la introduje en el agua, y tope con aquella maravilla que reclamaba mi atención. Comencé a acariciarle los testículos suavemente, aunque como él había hecho con mis pechos, de vez en cuando se los apretaba un poco arrancándole algún gemido mientras nuestras bocas seguían unidas.
Recorrí todo su miembro hasta llegar a la punta, y agarrándolo firmemente con toda mi mano, comencé a masturbarle de una forma pausada, para ir acelerando el ritmo según su respiración y sus gemidos se hacían más intensos. John agarró mis pechos otra vez, y me besaba por el cuello como si estuviese poseído. Necesitaba más, y yo estaba dispuesta a entregárselo todo.
Solté su pene, y agarrándole de la mano, le llevé cerca de la orilla, a una zona de piedras erosionadas por el agua, haciéndole que se tumbase boca arriba. Su pene erecto sobresalía del agua de una forma escandalosa, y yo con mi cuerpo completamente mojado, me eché sobre él para besarle en la boca. Su bulto jugaba por mi entrepierna, y poco a poco fui deslizándome por el cuerpo de John besando cada centímetro de su piel. Yo sabía que él era consciente de lo que le esperaba, y sabedora de su impaciencia, le hice rabiar un poco entreteniéndome bastante sobre su abdomen. Mis pechos recibían entre ellos a ese gran pene, y poco a poco seguí bajando, hasta tenerle delante de mí. Apoyé mis brazos sobre los muslos de John, y dejé el resto de mi cuerpo flotando en el agua. Agarré su miembro con la mano derecha, y comencé a masturbarle muy despacio. Mi lengua se dirigió a sus testículos, que estaban tremendamente hinchados, y comencé a acariciarlos hasta apoderarme de ellos por completo. Fui subiendo con la lengua a lo largo de todo su miembro, y los gritos de placer de John debían escucharse hasta en el hotel. Llegué al glande, y ahí si que me entretuve un buen rato jugueteando con la punta de mi lengua por todos y cada uno de sus rincones. De vez en cuando aprovechaba para mirar la cara de éxtasis de John, mientras continuaba masturbándole con la mano. Me metí su polla todo lo que pude en la boca, y comencé a follarle enérgicamente, a la vez que con mi mano izquierda, acariciaba sus testículos y hacía alguna que otra incursión por su ano.
John estaba a punto de soltar su leche, así que me hizo parar, y me volvió a subir hacia él recorriendo otra vez con mis pechos todo su cuerpo. Me dio un besazo impresionante, a la vez que me agarraba con sus dos manos por el culo y me lo apretaba con ganas.
- "Ahora te vas a enterar…", me dijo al oído.
Yo empecé a reír, mientras John se fue apartando hacia un lado, dejando caer suavemente mi cuerpo sobre el agua y las lisas piedras en las que nos estábamos apoyando. Mis pechos quedaron apoyados sobre las piedras, a la vez que el agua corría por los laterales de mi cuerpo. John, impacientemente, fue bajándome el bikini hasta deshacerse de él por completo, colgándolo en una de las ramas que había cerca de la orilla. Se tumbó encima de mí apoyando sus manos en las piedras, y colocó su pene entre mis glúteos para provocarme al máximo. Lo iba moviendo arriba y abajo lentamente, a la vez que echaba agua sobre mi espalda, y me acariciaba con una mano como mejor podía. Poco a poco noté como se iba deslizando hacía abajo, y perdí el contacto con su miembro. De repente, noté uno de los dedos de John en la entrada de mi ano jugando delicadamente con el esfínter. De vez en cuando echaba agua por mis glúteos, y volvía a atacar a mi agujerito trasero. Yo movía el culo como una loca, y la verdad es que me estaba haciendo pasar un rato inimaginable, pero yo quería que el fuese a por mi coño, y él, sabedor de mi deseo, me hizo sufrir un poco de la misma forma que yo le había hecho padecer a él. Me besó en los glúteos suavemente, hasta que fue acercando su lengua a mi ano. Yo movía el culo salvajemente, y empezaba a necesitar ser follada de la manera que fuese. John me daba grande lengüetazos en el ano, hasta que por fin, noté como separaba un poco más mis piernas, e introducía su húmeda lengua entre mis labios vaginales. Comenzó a lamerlos en toda su extensión, de abajo a arriba, e introducía de vez en cuando la punta de su lengua en mi vagina. Yo gemía de placer, y entre el roce de mis pechos con las suaves piedras, y la pasión que ponía John en lamerme el sexo, comencé a suplicarle que me follase de una vez, a lo que no hizo el más mínimo caso. Siguió chupándome, y noté como uno de sus dedos comenzaba a abrirse pase por mi coño. Grité del goce que estaba recibiendo, y John en una de sus incursiones, me introdujo dos dedos en vez de uno. Mis gemidos de placer eran desorbitados, y sentir sus dedos penetrándome rápidamente, a la vez que su lengua volvía a juguetear otra vez con mi ano, me llevó a un estado de semi desmayo que no pude contener.
John me giró violentamente, se levantó, y alzándome con uno de sus brazos, me agarró dándome un fuerte beso. Al instante, me levantó por las nalgas, y con una facilidad asombrosa, me dejó caer sobre su tieso miembro, clavándomelo en casi su totalidad. No sé como lo hizo, pero fue genial. John me levantaba con sus brazos y me dejaba volver a caer al ritmo que él quería. Para mí era un poco lento, así que me agarré fuerte a su cuello, y comencé a moverme más rápido, cabalgándole a toda velocidad, mientras nuestras bocas emitían todo tipo de alaridos y gemidos en señal de máximo placer.
John poco a poco se fue metiendo en el agua, hasta que estaba cubierto por la cintura, y yo en cada embestida, chapoteaba con mi culo en el agua, produciendo un sonido mucho más excitante para ambos. Aquello estaba siendo increíble, y nuestra respiración no podía ser más acelerada. John comenzó a emitir un brutal grito de placer, y yo en una sensación indescriptible le imité de igual forma. Empecé a notar su leche caliente inundando mis entrañas, que rápidamente se iba mezclando con las aguas de la laguna que también corrían por mis adentros por las continuas embestidas. Nunca habíamos follado de una forma tan bestial como hoy, y eso se había notado en la sensación que teníamos en ese momento. Yo apoyé mi cabeza en el hombro de John, y él acariciaba mi pelo mientras con su otra mano sujetaba mi espalda.
- Te quiero Ann,…
- Yo también te quiero sargento Craig…

Supongo que me quedé adormilada el resto del trayecto, y cuando me quise dar cuenta, estábamos llegando a la base aérea de Howard. Intenté reorientarme un poco y noté que el piloto comenzaba la maniobra de aterrizaje.
Nada más llegar a la base, me estaban esperando con un jeep militar, y me acercaron hasta el helipuerto, donde un helicóptero me llevaría hasta el Ticonderoga, dónde estaría mi John.
Subí al aparato tras agradecer a un cabo su ayuda con el equipaje, y me indicaron que me sentará dentro de la cabina del helicóptero, justo detrás de los dos pilotos.
- Bienvenida Sra. Craig. Este es el teniente Smith, y yo soy el capitán Fulton.
- Encantada.
- "Lo mismo digo", contestó el capitán Fulton, haciendo un gesto con la cabeza a la vez que el teniente Smith.
- Agárrese, nos vamos…
- Si capitán…
Comenzamos a elevarnos, y volvía de nuevo a sentirme impaciente pensando en volver a ver a John en tan sólo algo más de una hora que fue lo que me dijo el capitán Fulton que duraría nuestro viaje.
- Este helicóptero es un SH-60 Seahawk, y puede alcanzar una velocidad de 150 millas por hora, con una autonomía de unas 375 millas aproximadamente. Está diseñado para la guerra anti-sumbarina, aunque a veces también se utiliza para operaciones SAR…
- ¿Operaciones SAR?, ¿qué es eso?
- Operaciones de rescate. Los EE.UU. nunca abandonan a ninguno de sus hombres en territorio enemigo.
- Ah, comprendo.
Fuimos hablando de banalidades durante parte del trayecto, hasta que por fin, el capitán me dijo:
- Agárrese, ahí tenemos el Ticonderoga.
Miré por una pequeña ventana, y ahí estaba el barco, pero lo principal era que mi John también estaba allí abajo, tan ansioso por abrazarme como yo a él.
- Torre de control del USS Ticonderoga CG 47, aquí Seahawk Pájaro 1 solicitando permiso para aterrizar. Cambio.
- Aquí Torre de Control del USS Ticonderoga CG 47. Seahawk Pájaro 1, mantenga su posición hasta que podamos confirmar luz verde. Cambio.
- Seahawk Pájaro 1, entendido. Cambio.
Unos momentos después:
- Aquí Torre de Control del USS Ticonderoga CG 47. Seahawk Pájaro 1, luz verde a maniobra de aterrizaje, repito, luz verde a maniobra de aterrizaje. Cambio.
- Aquí Seahawk Pájaro 1, ¿sargento Craig es usted?. Cambio.
- Aquí Torre de Control del USS Ticonderoga CG 47, sí soy yo capitán Fulton. ¿Está Ann por ahí?, cambio.
- "Sí John estoy aquí. Hola cariño.", contesté de todo corazón sin pedir permiso al capitán.
- Hola Ann tenía tantas ganas de verte…
- (Capitán): Bueno, dejaremos la conversación para otro momento. Torre de Control del USS Ticonderoga CG 47, aquí Seahawk Pájaro 1 realizando maniobra de aterrizaje. Cambio.
- Recibido Seahawk Pájaro 1.Cambio.
John soltó los cascos pidiendo permiso a su teniente para ir a recibirme:
- Vamos sargento a que espera para salir corriendo a cubierta.
- Gracias señor.
En el mismo momento que John aparecía por cubierta, el Seahawk se posaba suavemente en la superficie del buque.
Yo buscaba con la mirada a John a través de la ventanilla del helicóptero, y cuando le encontré levantando los brazos, no pude contenerme más, y abriendo la puerta del helicóptero, salí corriendo en su busca.
Nos fundimos en un fuerte abrazo en medio de la cubierta del barco, todavía agitada por las aspas del Seahawk en movimiento. Unimos fuertemente nuestras bocas en un más que apasionado beso, al mismo tiempo que comenzamos a oír los silbidos y alaridos del resto de los compañeros de John.


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