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Las Brujas - 4ª Parte

No me dieron descanso. Laura me volvió a abrazar y a besar llena de frenesí y me jaló hasta hacerme sentar en el sillón, donde ella se acomodó a caballo sobre mí.
Sólo en ese momento tuve una visión clara de la escena. Ónix no hacía nada sino mirar, sentada en un extremo de la sala. Era la única que estaba vestida. En tanto, Lenina, Roxana y Abigaíl se habían sentado en el suelo, frente a Laura y a mí, como espectadoras o tal vez esperando su turno. Lenina y Roxana ya se habían quitado toda la ropa y pude apreciar en todo su esplendor la belleza y cachondez de sus magníficos cuerpos, que ellas mostraban sin rubor. Abigaíl sólo llevaba puesta una minúscula tanga roja y sobaba sin cesar sus pechos.
Pero esa visión fugaz fue interrumpida por los apremios de Laura, quien parecía querer comerme vivo. Sus besos eran fantásticos, calientes, furiosos. Acaballada sobre mí, sobaba su pubis contra mis muslos y usaba ambas manos para sobarme el pito, rojo y tieso a más no poder. Yo apenas atinaba a masajearle las tetas y las nalgas.
Y, lo que era lógico, momentos después Laura dirigió mi pito a su vagina y se dejó caer con fuerza. ¡Ah, qué glorioso momento el de la penetración en una vagina tan caliente que parece que quema!
Parecía loca, jadeaba, gemía, gritaba y ponía los ojos en blanco mientras subía y bajaba con fuerza y rapidez en mi verga.
Yo no me quedaba atrás... también jadeaba y gritaba, también ponía los ojos en blanco, e impulsaba hacia arriba la pelvis cuando Laura se dejaba caer en su trono.
Pero mis manos estaban casi quietas... apenas las tenía aferrando la cintura de Laura para ayudarla en su movimiento de subibaja.
Así que, acomedida, Roxana se acercó a nosotros, tomó mi mano derecha y me empezó a chupar los dedos; los mamaba como si fueran pequeños penes. Al hacerlo, no dejaba de mirarme a los ojos y me pareció notar un brillo extraño en su mirada. Me guiñó un ojo, como queriéndome dar a entender algo que yo en ese momento no comprendí. Luego de ensalivar abundantemente mis dedos me dijo:
--Méteselos en el culo. Eso le encanta.
La obedecí. Busqué al tacto el ano de Laura y le metí un poco del dedo índice. Roxana se acercó a ver la maniobra y luego volvió conmigo:
--Métele dos... y hasta el fondo.
Así lo hice. Índice y medio de mi mano derecha se abrieron paso en el culo de Laura. No me costó ningún trabajo metérselos hasta los nudillos. En respuesta, Laura emitió un profundo y largo gemido de placer.
--Muévelos... eso me gusta mucho -jadeó Laura en mi oreja.
Me costó un poco de trabajo acompasar los movimientos de mi mano con los míos propios y los de Laura, pero una vez que lo logré, la combinación era armónica y exquisita.
Laura comenzó a gritar más fuerte y a temblar como poseída... y entonces me regaló un prolongado orgasmo.
Quedó como desvanecida encima de mí, murmurando no sé qué cosas. Ahí me nació el impulso de darle un beso en los labios, un beso tierno, de agradecimiento... y se lo dí.
Al recibirlo volteó a verme y me sonrió. Fue la primera vez que lo hizo.
Pero yo no había terminado y mi verga pedía a gritos más acción, así que desensarté a Laura y quise acomodarla en cuatro patas sobre la alfombra.
--¿Qué haces, cabrón? -me reclamó, algo enojada.
--Pensé que te gustaría por atrás.
--De gustarme, sí me gusta. Pero hoy no vas a encular a nadie... que no ves que ellas todavía no te la maman-dijo, señalando a las otras brujas--. Sería una grosería dejarles chupar tu palo embarrado de mierda, ¿no crees?
Tanta claridad en sus palabras me desarmó.
--Pero no te desanimes, papacito... ya habrá otras oportunidades.
Dicho esto, Laura se sentó en otro sillón y Lenina, la regordeta, se acercó a mí, espléndida en su desnudez.
--Ahora voy yo -dijo y se hincó frente a mí. Yo había alucinado con sus labios y esperaba con ansia que los pusiera alrededor de mi pito.
Así lo hizo. Buena mamadora, envolvió la base de mi verga con su mano y se metió a la boca el resto. Succionaba y lamía, mientras su mano giraba horizontalmente sobre mi tronco (no de arriba hacia abajo, como es lo usual).
Mientras ella hacía eso, yo dirigí mi mirada hacia Abigaíl, la jovencita que parecía una niña perversa y no pude evitar imaginarla con un uniforme de escolapia, con falda corta y calcetas, blusa blanca y colitas de caballo, lamiendo una paleta. Esa imagen se formó en mi cabeza, pero luego volví a prestarle atención a Lenina, que parecía dispuesta a hacerme venir pronto.
Movía cada vez más rápido la mano y su lengua hacía maravillas con mi glande.
"Está bien", pensé, "si quieres que me venga ya, lo voy a hacer". Y entonces solté la carga de semen que se fue a estrellar contra el paladar de Lenina.
Entonces se repitió ese extraño ritual. Lenina, con la boca llena de mi semen, se levantó y se dirigió a Ónix. Como había ocurrido con Laura un poco antes, se abrazaron y se besaron en la boca, de modo que Lenina le ofreció a mi novia mi carga de semen. Durante el beso, Ónix aprovechó para dar una rica sobada a las voluminosas nalgas de su amiga. Luego, como la vez anterior, Ónix vino a mí, me besó y me hizo tragar el semen. Ahora, un poco más acostumbrado, no me supo tan mal.
Pero yo tenía curiosidad:
--¿Qué significa ese ritual de pasarse el semen de boca a boca? -pregunté.
--Nosotras estamos disfrutando contigo -contestó Roxana--, pero no nos perteneces. Así que tus emisiones se las tenemos que dar a Ónix, a quien pertenecen en realidad.
--Y luego -terció ella-yo te lo doy a ti como una manera de expresarte que eres mío, pero que puedes recuperarte cuando quieras.
--¿Por qué? -preguntó Laura-- ¿Te disgusta ver cómo nos besamos?
--¡Al contrario! -exclamé-- ¡Me encanta cuando hacen eso!
Sonriendo, Laura se acercó entonces a Ónix y le dio un beso ardiente en la boca... sus lenguas juguetearon un poco dentro y fuera de sus bocas mientras ellas se acariciaban las nalgas y el pecho.
--¿Así te gusta? -preguntó Roxana.
--Sí, por supuesto.
--¡Bah, todos son iguales! -bromeó Rox mientras se acercaba a Lenina y le daba un beso igual de cachondo.
De ese modo tenía frente a mí a dos parejas de calientes mujeres besándose y fajando, para mi placer. Noté, por cierto, que Abigaíl ya no estaba con nosotros.
--¿Y Abigaíl? ¿Ya se fue?-pregunté.
--No se ha ido, pero ¿para qué quieres a Abigaíl si ahora nos toca a nosotros? -me dijo Lenina mientras se separaba de Rox y se acercaba a mí--. Todavía no cogemos como es debido. Ven. Acuéstate aquí.
Me hizo acostarme en el suelo y ella se arrodilló a mi lado, viendo mi pene momentáneamente flácido. Me miró a los ojos, con una mirada cargada de picardía y lujuria y luego se agachó a mamármelo. Pero ahora no lo hizo como la vez anterior, ahora lo hizo muy suavemente, muy despacio, con largas chupadas y lamidas desde los huevos hasta la punta, donde se detenía a juguetear con la lengua sobre el glande y el meato.
Se lo estaba tomando con calma. Mi erección volvió, por supuesto. Pero no teníamos prisa. Me la siguió mamando así, con calma y luego empezó a acomodarse sobre mí para hacer un 69.
Sus gordos muslos y su gran trasero, lejos de parecerme feos se me hacían en ese momento dignos de una estampa del erotismo clásico. Había abundante carne ahí y no la podía desaprovechar, así que masajeé sus carnes mientras mamaba su panocha y lamía su clítoris.
Estuvimos así un largo rato, hasta que la calentura nos ganó.
Se volteó y se ensartó en mi verga, dejando sus generosos pechos al alcance de mis manos y mi boca.
Subía y bajaba sobre mi pito y yo me volvía loco de placer amasando sus generosas tetas, chupando sus prominentes pezones y, ocasionalmente, besándola con ardor.
A esas alturas yo ya había tenido varios orgasmos y eyaculaciones, de modo que mi verga iba a estar parada mucho tiempo (me "entablé", como decimos en México). Así, en esa misma posición, cogimos durante al menos veinte minutos. Ambos, Lenina y yo, estábamos empapados por el sudor y nuestros genitales chorreaban por los excesos de flujo.
Era un poema ver el rostro de mi corpulenta amiga contraído, con las mandíbulas apretadas y los ojos fuertemente cerrados, resoplando por la nariz y con la piel roja por el esfuerzo físico.
Ella no aguantó más y se vino... se vino con unas contracciones tan violentas que llegué a creer que me iba a arrancar el pito sólo con la presión de sus músculos vaginales. El suyo fue un orgasmo de antología.
Una vez que acabó, dejó caer su cuerpo sobre mí... lo cual no es poco, ya que Lenina bien podía pesar ochenta kilos...
Pero Roxana llegó pronto en mi auxilio. Con unas palmaditas en su espalda hizo que Lenina, sin muchas ganas, se levantara.
Entonces quedé a merced de Roxana.
Yo, acostado de espaldas en el suelo y ella, de pie frente a mí, con las piernas ligeramente separadas. Bella como pocas.
Volvió a fijar sus ojos en los míos con una intensidad inusitada. Me sentí invadido de calma, de placer sensual y, sobre todo, de vigor.
Se hincó junto a mí y, como ya lo suponía, procedió a mamarme la verga con furia, con prisa, con el afán de obtener mi leche cuanto antes.
Y lo consiguió casi de inmediato. Fue tal la pasión que puso en su trabajo bucal que muy pronto le dejé ir una generosa cantidad de semen.
El ritual se repitió. Roxana se levantó llevando mi leche en la boca, fue hacia Ónix y ambas se besaron... luego Ónix vino a mí y me pasó desde su boca mi propio semen.
Obedeciendo las reglas impuestas por ellas, lo tragué.
Antes de retirarse discretamente a su segundo plano, Ónix me acarició la cara, sonrió y me preguntó en voz baja:
--¿Te lo estás pasando bien, cariño?
--Increíblemente -le respondí.
--Bueno... pues ahora viene el espectáculo de Abigaíl -susurró en mi oído.
Volteé hacia donde me señalaba Ónix con la mirada y me volví a sorprender. Exactamente como me la había imaginado minutos antes, Abigaíl salía de una de las habitaciones vestida con uniforme de estudiante de secundaria: falda corta de dibujo escocés, calcetas blancas casi hasta las rodillas, una blusa del mismo color, pero con los botones superiores desabrochados, lo que permitía ver el canalillo entre sus tetas, peinada con colas de caballo y... lamiendo una gran paleta roja.
¿Podían leer mis pensamientos estas brujas? Seguramente sí.
Abigaíl se sentó en un sillón, fingiendo ser una niña ajena a la orgía que ahí se desarrollaba. Luego subió las piernas, apoyando los talones en la orilla del sillón, como haciéndolo por descuido, como podría sentarse una niña que estuviera sola en su casa.
Esto me permitió ver que Abigaíl, pensando en todos los detalles, había cambiado su tanga roja por una pantaleta blanca, que se veía más erótica gracias al conjunto de quien la llevaba puesta.
Era la imagen viva de una Lolita sumamente hermosa y muy, pero muy depravada.
Alguna de las otras brujas, no sé cuál, puso música. La canción de Joe Cocker con la que Kim Bassinger hizo un strip tease en no sé qué película. Abigaíl se levantó y empezó a bailar cachondamente y así, bailando, se acercó a Ónix, a quien le dejó la paleta para poder desvestirse a gusto.
Mientras Abigaíl comenzaba sus evoluciones dancísticas por la sala, Roxana se me acercó.
--¿No me vas a coger? -preguntó, y se acomodó a cuatro patas en el suelo. --Así podrás seguir viendo el espectáculo mientras cogemos.
Me acomodé tras ella y yo no sabía a quién mirar: si a Abigaíl, cuyo baile me electrizaba, o a Roxana, cuyo hermoso culo apuntaba hacia mí.
Me hinqué tras Roxana, me aferré a sus caderas y le dejé ir una sola y certera estocada a la vagina. Ella pujó al recibir mi verga y, antes de que yo comenzara el clásico movimiento de metisaca, ella empezó a apretarme el pito con los músculos de la vagina.
Para quienes no hayan probado esa delicia, que en México llamamos "el perrito", déjenme decirles que es una de las formas más deliciosas de coger, aunque para la mujer es muy cansada.
Volviendo a lo que ocurría en la sala de la casa de Laura, Roxana y yo estábamos en el suelo, como perros, pero casi sin movernos, mientras Abigaíl bailaba y empezaba a quitarse la ropa.
Empezó con la blusa. Siguió el sostén (también se había puesto uno sólo para el strip tease) y así se quedó bailando un rato largo. Créanme que una mujer con falda y calcetas y sin ropa en la mitad superior de su cuerpo es algo digno de verse.
Mientras yo bobeaba viendo a la erótica Abigaíl, Roxana seguía trabajándome con el perrito. Pronto empezó a sudar y a jadear por el esfuerzo.
--No te canses, Roxana. Déjame trabajar un poco a mí -le dije.
Ella asintió con la cabeza, se afianzó mejor sobre las manos y las rodillas y entonces comencé a embestirla.
¡Cuánto placer para un pobre mortal! Una novia complaciente que me pone a coger con sus amigas... una mujer hermosísima dándome las nalgas... otra, haciendo un baile erótico sólo para mí... ¿qué más podía pedir?
En fin. Abigaíl continuó su baile, cada vez con movimientos más cachondos y se quitó los zapatos... luego la falda... y por último la pantaleta. No se quitó las calcetas ni se despeinó las colitas y se lo agradecí. Así se veía más cachonda.
Luego, mientras yo bombeaba por detrás a Roxana, Abigaíl se acercó a mí con sus pantaletas en la mano. Se hincó a mi lado y me besó ardientemente, mientras frotaba su prenda íntima en mi pecho y en mi espalda.
No sé por qué hizo eso, pero el efecto fue demoledor. Sentí que mi verga se hinchaba y, sin poderlo controlar, comencé a venirme copiosamente dentro de Roxana.
Me salí de ella, pero mi verga estaba completamente parada, aunque aún chorreaba semen.
Y el ritual siguió... mientras Ónix observaba y mientras Laura, Lenina y Roxana se masturbaban en el sofá, Abigaíl me hizo acostarme en el suelo y se puso encima de mí para hacer el mágico número del 69.
Nos mamamos mutuamente. Yo ya sentía las mandíbulas acalambradas de tanto mamar... pero no podía parar. Ella, como lo supuse, me mamó de forma furiosa y acelerada para precipitar mi eyaculación.
Una vez que la obtuvo, besó a Ónix y le pasó mi semen. Luego, mi novia me lo pasó a mí, para tragarlo.
Sólo me faltaba coger con Abigaíl. Ella se acostó boca arriba en medio de la sala y yo me le subí, al estilo misionero. Luego, ella aprisionó mis piernas con las suyas y empecé a bombearla. Pero ahora, las otras brujas, excepto Ónix, participaron con nosotros.
Laura se montó encima de la cara de Abigaíl y ésta le mamaba y le lamía la panocha, a pocos centímetros de mi cara, de modo que recibía el fuerte olor de la vagina de la dueña de la casa, que ya no me parecía antipática. Ésta me acariciaba la cabeza y la espalda con una mano mientras con la otra se sobaba los pechos.
Lenina y Roxana se acostaron a nuestro lado y besaban los pechos de Abigaíl o me besaban en la boca, alternativamente.
Yo estaba en el paraíso.
Cogimos así por lo menos media hora, durante la cual Laura se vino y le cedió su lugar a Roxana. Luego ella también terminó y la que se montó sobre la cara de Abigaíl fue Lenina.
Así se iban turnando para besar y ser besadas, para mamar y ser mamadas.
Luego Abigaíl comenzó a arquear la espalda para anunciar su inminente orgasmo. Aceleré mis movimientos y, cuando estaba empezando a venirme, alguna de ellas, no sé cuál, me metió un dedo en el culo. Grité en parte por el dolor y en parte por la sorpresa, pero mi grito fue acallado por una oleada de placer enorme y por una eyaculación que superó a las anteriores en cantidad. La leche brotaba sin cesar de mi verga y se escurría fuera de la vagina de Abigaíl.
Por fin terminamos y quedamos desmadejados, sin fuerza ni para levantarnos del suelo, sudorosos y acezantes.
Tuvimos que reposar un buen rato. Ónix, acomedida, sirvió tragos para todos y nos ayudó a levantarnos del suelo y a sentarnos. Por último se sentó amorosa en mis piernas, me abrazó y me besó cariñosa.
--¿Qué tal te fue? -preguntó.
--De maravilla, mi amor. Pero ya no puedo más. Estoy agotado.
--¿Agotado? Si esto apenas empieza...
Luego volteó a ver a sus amigas y les preguntó:
--¿Y bien? ¿Qué opinan?
--¡Genial, Ónix! Es genial... te felicito por tu elección y les doy mi bendición -dijo Lenina, toda sonrisas, mientras nos hacía una extraña seña con los dedos índice y meñique.
--¡De maravilla, amiga! Consérvalo mucho tiempo -comentó Abigaíl mientras hacía la misma seña hacia nosotros.
--¡Perfecto! -acotó Laura, quien nos hizo la misma seña.
--Ónix... si no fuera tu novio, yo me quedaría con él -finalizó Roxana quien, al hacernos la seña, me miró con ese brillo tan especial de sus ojos... yo aún no sabía lo que eso significaba.
Y, como dijo Ónix, eso apenas empezaba. Los poderes mágicos de las brujas me dieron fortaleza para seguir cogiendo toda la noche. Nos fuimos a la alberca, nadamos, jugamos y, sobre todo, cogimos.
Lo hice de nuevo con todas, más de una vez, pero ahora ellas también cogían. Mientras yo me cepillaba, por ejemplo, a Ónix, Abigaíl, Laura, Lenina y Roxana hacían un cuarteto lesbiano... O mientras yo me bombeaba a Lenina, las otras cuatro mujeres formaban parejas mamantes y masturbantes; o bien, dos de ellas me mamaban la verga al mismo tiempo mientras las otras tres se masturbaban...
Fue una orgía de toda la noche, de la cual no guardo suficientes recuerdos como para detallarla. Pero nos dieron las seis de la mañana en plena actividad sexual.
Luego nos bañamos, nos vestimos y nos fuimos.


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