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La Novicia

La novicia, futura Sor Angélica de los Desamparados, rezaba con toda devoción y con toda su alma, arrodillada delante de la Virgen de los Dolores. Deseaba apartar de su mente aquella imagen que la torturaba, pero cuanto más fervor ponía en la oración con tanto mayor empeño su mente recordaba la imagen del Padre Daniel, el hombre más guapo que había visto en su vida. Alto, moreno, el pelo ligeramente rizado en suaves ondas, de ojos verdes sombreados por pestañas espesas y curvadas que la había trastornado sin saber por qué desde el primer momento que lo vio en el convento. Su distinguida figura, fina y fornida a la vez, vestía con elegancia el traje negro de chaqueta abierta y camisa negra donde destacaba la tira blanca como el armiño del alzacuello.

Quería apartar de su mente el recuerdo de aquella noche cuando se encontró durmiendo desnuda a su lado. Sus piernas escasamente le llegaban a la mitad de la pantorrilla al Padre Daniel que, como ella, las tenías unidas, pegadas a las suyas, su fuerte pecho pegado a su espalda, con su cabeza sobre la almohada junto a la suya, descansando su cuello sobre el fuerte brazo masculino mientras su mano le acariciaba sus hermosas cúpulas de seda notando como sus pezones de alabastro se erguían desafiantes ante la caricia. La fuerte mano izquierda del sacerdote bajó hasta su sexo para jugar con sus rizos y los gordezuelos labios de su vulva.

Separó el muslo y la pierna para pasarlos por encima del suyo. Pudo él entonces abrirle la vulva por completo y acariciar su erguido y duro botoncito de amor. Su tremendo falo, más grande y grueso que su antebrazo, se deslizó entre sus nalgas y ella lo acarició para hundírselo en su refugio natural, húmedo y tibio, que la obligó a separar el otro muslo para permitirle penetrarla hasta la útero mientras sus manos le acariciaban suavemente los pezones y el clítoris. Se estremeció de placer al besarla en el cuello y pudo alcanzarla en la boca cuando giró su preciosa carita hacia él.

Fue tan delicioso el beso, era tan dulce su lengua que de inmediato sintió las primeras contracciones de su vagina y supo que la había llevado al primer orgasmo cuando noto su tibio néctar bañando la dura barra de carne que la penetraba. Permaneció inmóvil, deseaba saciarse de él, deseaba sentirlo gozarla otra vez… y la gozó de nuevo, y ella le acompañó con un orgasmo mucho más intenso y prolongado que la primera vez, fue tan largo su clímax que no supo comprender que acababa de experimentar, por primera vez en su vida, un orgasmo múltiple mientras él la inundaba a borbotones inagotables y cálidos.

Despertó asustada y temblorosa todavía en los estertores del prolongado éxtasis. Tuvo que levantarse y lavarse porque su miel le llegaba hasta las rodillas. Se acostó temblando al pensar que él era el confesor del convento y que tendría que explicarle su sueño. Enrojeció de vergüenza bajo las sábanas y tardó mucho tiempo en dormirse.


***********

La novicia Angélica se arrodilló temblorosa delante de la rejilla del confesionario. Le temblaban las manos, el cuerpo y la voz cuando, sin atreverse a levantar los ojos para mirar a su confesor, pronunció:


-- Ave María Purísima

-- Sin pecado concebida. Dime hija mía, ¿Has pecado de pensamiento, palabra u obra?

Dudó durante tanto tiempo que el Padre Daniel, preguntó de nuevo:

-- ¿Qué te pasa, hija mía?

-- He pecado, padre, de pensamiento.

-- ¿Cuántos años tienes, Angélica?

-- Diecinueve, padre Daniel

-- ¿Has conocido varón? – preguntó suavemente la voz en un susurro.

-- No, padre.

-- ¿Y qué pecado de pensamiento has tenido?

De nuevo la novicia se demoró en la respuesta y el sacerdote susurró cariñosamente:

-- No tengas miedo, Angélica. Dios Nuestro Señor, lo sabe todo.

-- Entonces ¿No tengo que explicárselo, padre?

-- Si, hija mía, tienes que explicármelo para que pueda imponerte la penitencia y absolverte, por eso tengo que conocer cual fue tu pecado de pensamiento.

-- Verá, padre Daniel, soñé que…

-- ¡Ah, fue un … -- pero el susurro se detuvo para indicar – sigue, hija mía, dime que soñaste

-- Soñé, con usted, padre Daniel.

-- Conmigo, soñaste conmigo ¿No es eso? – preguntó con voz neutra.

-- Si, con usted.

-- ¿Y qué soñaste, Angélica?

-- Que me hacía el amor.

-- Ya. Soñaste que yo te hacía el amor, ¿Verdad?

-- Si padre, eso soñé.

-- ¿Y te molestó?

-- No, padre, al revés.

-- Ah, entonces ¿Te gustó?

-- Sí, padre Daniel.

-- ¿Mucho?

-- Mucho, mucho, padre, fue dulcísimo.

-- ¿Y tu recuerdas lo que viste?

-- Oh, si, padre, muy claramente.

-- ¿Y estás segura de que era yo?

-- Segurísima.

La rejilla se abrió de golpe y el sacerdote y la novicia se miraron en silencio. Ella bajó los ojos sofocada y parpadeó cuando él le preguntó:

-- ¿Recuerdas si era como éste?

Ella miró y vio el gran miembro del padre Daniel, rígido, con la roja cabeza congestionada y la gran vena inferior abultada por la sangre recorriéndolo desde la punta hasta la raíz. Lo miró sorprendida y fascinada. Comentó en un sofoco sin poder apartar la mirada del inflamado miembro:

-- Si, padre, es el mismo.

-- ¿Lo tocaste?

-- Si, padre Daniel, lo toqué

-- ¿Para qué lo tocaste, hija mía?

-- Para meterlo en… -- se detuvo

-- ¿Meterlo, en dónde, Angélica?

-- En mi cosita.

-- ¿En tu coño, quieres decir?

-- Si, padre, en mi… coño.

La novicia lo vio levantarse con el rígido miembro apuntándole a la cara. El sacerdote susurró de nuevo:

-- Agárralo como lo agarraste aquella noche.

-- Pero, Padre Daniel, eso es pecado de obra – murmuró levantando los ojos hacia su confesor.

-- No, hija mía, te pido que lo cojas como aquella noche para comprobar si ha intervenido el demonio.

-- ¡Ah! – exclamó alargando la mano tímidamente e intentado abarcar al gran pene con su pequeña mano sin conseguirlo, pero recordaba el sueño y recordaba la gran dimensión del carajo sacerdotal que tanto gusto le había proporcionado.

Es el mismo – pensó sin soltarlo. Se notó húmeda de repente, mientras sujetaba aquella caliente y dura herramienta con su mano, esperando las indicaciones del padre Daniel, indicaciones que no llegaban porque el sacerdote permanecía en silencio.

Ella notó que la verga saltaba en su mano como si estuviera viva y apretó con más fuerza para que no se le escapara. Se repitió el salto del miembro y de nuevo apretó sintiéndose cada vez más húmeda y excitada y apretando cada vez mas fuerte sin que su fuerza fuera suficiente a dejar en aquella caliente barra de carne la más mínima señal.

-- Métetelo en la boca – ordenó en un susurro el sacerdote

-- Pero, padre…

-- Haz lo que te digo, Angélica – ordenó de nuevo la pastosa voz del confesor.

Ella ardía de deseo. Se lo metió en la boca casi con las mandíbulas desencajadas. Las manos del sacerdote le sujetaron la cabeza mientras la verga se hundía en su boca hasta la mitad. Las manos la llevaron adelante y atrás varias veces, hasta que de nuevo la voz susurró urgida:

-- Traga rápido, Angélica, traga rápido.

El primer borbotón brotó violento y casi la ahoga, pero tragó con ansia, y tragó el segundo y el tercero y siguió tragando hasta que dejó de manar. De nuevo oyó la voz del confesor en un susurro:

-- ¡Aspira ¡

Y aspiró notando como subía hasta su boca los últimos restos de semen, mientras el sacerdote de estremecía agarrado a su cabeza. Luego se sentó de nuevo cerró la rejilla y susurró con un suspiro:

-- Reza seis padrenuestros y seis Ave Maria como penitencia… Ego te absolvo, in nomine patri, et fili et Spiritu Santus, Amén. Vete en paz, hija mía, estás perdonada.

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