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Es una Nenita

 Al iniciar esta historia conviene recordar que soy un hombre de 36 años con una vida bastante variopinta que ha encontrado su estabilidad económica en base al duro trabajo que me ha permitido sacar adelante varias micro empresas, permitiéndome además dar trabajo a varias personas de mi entorno.

Sin embargo, uno de mis pasatiempos es navegar y escribir acerca de mis experiencias amorosas. Eso me ha permitido conocer a muchas personas a través del chat. Fue de este modo que conocí a María Fernanda, una nenita de tan sólo 18 años, que es hoy en día la dueña de mi alocado corazón.

Nos conocimos el pasado sábado 19 y desde el primer momento la magia del amor rodeo nuestro encuentro y nos olvidamos de que ella esta en Lima y yo en Chiclayo. Ese mismo día jugamos a excitarnos y acabamos tan calientes como un volcán en plena erupción. Ella me confesó que de su coñito estaba brotando, por primera vez, gran cantidad de líquido y yo tenía mi miembro tan erecto que parecía estar a punto de estallar.

Esa tarde fue fantástica y a la noche siguiente nos volvimos a conectar. Se habían roto entre nosotros las barreras de la inhibición y parecíamos haber sido creados el uno para el otro. Mi presencia la encendía y su inocencia me excitaba. me aceptó como su enamorado antes de la media noche y me confesó que nunca había tenido uno, que jamás la habían besado y que aunque su cuerpo desconocía el placer de ser poseído, mis palabras la excitaban a tal punto que deseaba con desesperación estar entre mis brazos y sentirse plenamente mujer.

Esa noche jugamos mucho a excitarnos por el chat; por ello, al despedirnos me sentía muy caliente que dormido, junto a sus fotos, tuve sueños húmedos como un crío adolescente y desperté bañado en mi propio semen de tanto soñar con ella.

Desde el lunes muy temprano organicé mis asuntos y para el miércoles, en la noche estaba tomando un vuelo que me llevó en 45 minutos a la capital de mi país. Esa noche me comuniqué con ella por su teléfono móvil y no salía de su asombro al saber que estaba tan cerca suyo.

Me dijo que debíamos cuidarnos, pues, era la hija menor y la tenía tremendamente vigilada y que no aceptarían que fuésemos enamorados; por ello, debíamos establecer un plan para evitar ser sorprendidos.

Al amanecer del jueves alquile un auto para todo el día y me dirigí al club de tenis en donde sabía que la encontraría. El lugar era muy elegante y estaba atestado de jóvenes y chicas que distraían el tiempo de sus vacaciones. Entre todos no me fue difícil reconocerla, pues, a fuerza de ver sus fotografías; tenía su imagen esculpida en mi memoria.

La divisé a varios metros desde donde yo estaba. Formaba parte de un grupo de jóvenes y me pareció entonces una criatura exquisita. Lucía una camiseta rosa ajustada y una faldita de tenis blanca, en una mano sujetaba, por el mango, su raqueta y en la otra un baso, a medio beber, con jugo de naranja. Debió sentir mi mirada sobre ella porque volteó hacía mi y observé fijamente sus grandes y almendrados ojos. Bajo los párpados en insinuante coqueteo y ocultó su rubor de adolescente enamorada, mojando sus delgados labios rojos con un sorbo de naranjada. Dejó el vaso a un lado y llevando la raqueta en su mano, caminó hacia mí; mientras sujetaba sus castaños cabellos con una cola a medio hacer.

Al verla caminar no pude evitar recrearme con su figura frágil de nenita tierna que emite la frescura de sus años por cada poro de su piel. Sentí a mi corazón latir desesperado y por un instante temí, que al tenerla frente a mí, caería desmayado al filo de sus pies; pero, al llegar y recibir la caricia de sus labios con un beso en mi mejilla; supe por su temblor, que el nerviosismo era compartido y que ella estaba al borde del desmayo tanto o más que yo.

Nuestra charla fue muy tensa. Me confesó que se disculpó con sus amigos diciéndoles que era su tío venido de fuera y que debía irse conmigo. Salimos del lugar de inmediato y en el automóvil llegamos a una playa en la que tenía alquilada una cabaña. Eran cerca de las 10.30 de la mañana y me advirtió que para las 5.30 debía estar en la puerta del club, pues, su chofer pasaría a recogerla a esa hora.

Caminamos descalzos en la arena por unos minutos y aunque me moría de ganas por besarla recordé que me confió que nunca la habían besado y que incluso creía no saber hacerlo; así que, decidí esperar.

Nos alejamos bastante del bullicio y aproveché entonces para sacar de mi bolsillo un estuche de cuero que puse en sus manos mientras que con voz queda le decía “Es para ti”. Al abrirlo sus ojos se enternecieron al descubrir que se trataba de una cadenita con una medalla en la que se entrelazaban sus iniciales y las mías y se emocionó mucho por el detalle y abrazándome me dijo “Eres tan lindo... te quiero mucho”. La alcé en mis brazos sin que nadie nos viese y corrí en medio de sus gritos y risas hasta la puerta de mi cabaña; en donde, a pesar de la incomodidad abrí la puerta sin bajarla de mis brazos y entramos así hasta la pequeña sala, en donde con cuidado fui a ponerla en un sofá de espuma.

La ví tan mía en ese instante que no pude evitar acariciar sus cabellos y aprovechar que cerró sus párpados para acercar mis labios a los suyos y sellar nuestro encuentro con un beso que pasó de imperceptible e inocente a intenso y pasional en casi un instante.

Sentí entonces como su sangre hervía de pasión ante las caricias de mis labios en su boca; pero, tuvo el valor de detenerme y la solté presuroso como temiendo ofenderla. Me puse en pié confundido y ella me abrazó desde atrás por la cintura y me susurró “Te amo”.

La invité a mi cocina y reímos de todo y por todo, desde que me ayudó a colocarme el mandil hasta que le serví un exquisito plato de arroz con lomito saltado que devoramos en un santiamén. Llegó entonces el momento de brindar y prefirió cambiar la champaña por una gaseosa y en su intento por abrir la botella antes que yo; el gas derramó el líquido sobre su ropa y casi sin pensarlo se quitó su camiseta rosa quedándose ante mí sólo en un pequeño bracier blanco. Por un instante la admiré y de inmediato de abalancé a ella para besarla sin recibir de ella la más leve resistencia; por el contrario, sentí su entrega en el momento que al besarme quitó con destreza el polo que cubría mi dorso mientras regresaba a colgarse de mi cuello.

Pasaron unos minutos de sondear nuestros cuerpo en la cocina antes de que la volviese a cargar en mis brazos; aunque esta vez fue para depositarla en la cama de mi pequeña cabaña. María Fernanda estaba excitada y el temblor de su cuerpo inocente y puro me hicieron desearla como nunca antes deseé a otra mujer.

Me desnudé de inmediato ante la mirada curiosa de la dueña de mi ser. Se le veía excitada; pero, nerviosa ya que jugueteaba con una de sus piernas como si se tratara de un tic infantil y me acerqué a ella con intenciones de desprenderla de la faldita de tenis que aún mantenía puesta; pero, un reflejo de pudor y de inocencia la obligaron a sujetarla por los bordes y me animé a interrogarla:
-¿Qué ocurre mi vida, no quieres amarme?
-No, no es eso.
-¿Entonces?
-Es que una amiga me dijo que duele mucho y...
-Y temes que te haga daño?
-Aha
-No temas mi amor, yo te amo y jamás te lastimaría....¿lo hacemos?
-Me prometes hacérmelo despacito?
-SÍ
-Y ¿No me dolerá?
-Si te duele no lo haremos
Dicho esto me dejó desnudarla y tuve ante mi el cuerpo de una hermosa chica a punto de convertirse en mujer. Su piel era suave como un terciopelo fino, blanca y clara como una mañana de Sol y tibia y palpitante como una avecilla en primavera; entonces, me enamoré mucho más de ella. Mis manos se apoderaron de sus senitos en plena formación mientras mis labios acostumbraban a los suyos a los besos del amor. Su instinto de mujer pronto afloraría y aunque con cierta timidez empezó a tocar mi cuerpo hasta llegar a falo erguido ya, como un arma listo para el combate.

Recorrí despacio su cuello con calientes besos mientras que mis manos viajaban de su entrepierna a sus nalguitas y a sus piernas. Sus formas adolescentes me enervaban llevándome al desquicio y mis caricias arrancaban de sus juveniles labios los primeros gemidos y jadeos de sus nacientes orgasmos. Descendí con mis besos hasta sus tetas ya hinchadas entonces por el placer y las devoré a besos mientras ella en el lecho estrujaba la almohada y se retorcía de placer. Succione sus pezones mientras la oía decirme incoherencias y note como se mojaba en mi mano. Continué rápidamente mi viaje hacia abajo hasta encontrarme con su pubis casi despoblado y aprovechando que sus piernesitas estaban ligeramente separadas me situé entre ellas y tuve ante mí la visión mas dulce, un chochito tierno y puro bañado en sus propios jugos. Era una tentación muy grande para un viejo lobo como yo; así que, invadí con mi lengua aquel rozadito manjar y me bebí su néctar como si fuese la fuente de la vida en medio del desierto y como recompensa se corrió en mi cara regalándome más de su néctar y me lo bebí sin dudar.

Para entonces supe que era el momento, ella estaba muy mojada y yo tenía el pene como un fierro; así que, separe más sus piernas sin la mas mínima resistencia y ayudado con mis pulgares separe lo más que pude sus delicados labios vaginales y coloque la cabeza caliente de mi palo en la entrada de su vagina y presioné muy despacio hasta encontrarme con el sello de su virginidad; entonces empujé con firmeza y rompí sin esfuerzo su himen para empezarla a follar. Empecé muy suave; pero, ella reclamó y cogimos un ritmo fabuloso que podía sentir como mis huevos chocaban en su culito.

Fueron varios minutos de mete y saca hasta que una descarga de semen inundo su huequito recién estrenado en el preciso instante en que ella tenía un gran orgasmo.

Ambos nos dormimos una hora y al despertar nos duchamos juntos y volvimos a hacer el amor. Llegamos a tiempo al club y al despedirnos me ofreció que si le prometía que no le dolería la próxima vez me dejaría estrenarle su culito.

Este relato es para ti María Fernanda: El amor de mi vida de Martín... Tu CABALLERO AZUL

Suertudo77@hotmail.com FOTOS

1

nadia on

Que lindo relato!

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