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El Invento del Siglo

Carlos Fuentes Aguirre, de treinta y cuatro años, era químico de profesión e inventor por vocación. Sus vecinos sólo sabían de él que era un tipo algo chalado, muy descuidado de su persona hasta el punto que, a veces, parecía un pordiosero. Estaba obsesionado con una idea que, como decía Pío Baroja, era tan grande que le ocupaba toda la cabeza.

Se había empecinado en fabricar una lente óptica acromática que superara a todas las fabricadas por las grandes empresas japonesas, alemanas y norteamericanas. Dos años llevaba haciendo pruebas sin conseguir lo que se proponía, quizá porque las mezclas que realizaba no eran las correctas. Había conseguido en su última prueba una lente de cristal tan perfecta como la mejor del mercado, pero no la superaba y eso lo decepcionó por enésima vez. Decidió que el siguiente sería su último intento. Si no lo conseguía, abandonaría definitivamente la óptica, dedicando sus esfuerzos a otra idea que le rondaba por la mente desde hacia tiempo. Inventar un automóvil que funcionara con aire comprimido.

El motor, además de la fuerza motriz, aprovecharía los gases del escape para recargar las botellas. Estaba seguro que el aire comprimido acabaría por imponerse como carburante en todo el mundo lo cual supondría no depender del petróleo de los árabes acabando así con la financiación de terroristas. Las petroleras tendrían que dinamitar las refinerías o reconvertirlas en factorías de botellas de aire comprimido. Decididamente, sería uno de sus mejores inventos.

Pero, mientras tanto, esperaba el resultado de su último trabajo con las lentes ópticas para saber si abandonaba o no. Así, cuando de su retorta salió la última lámina de la que iba a ser su prueba final, impaciente por comprobar su calidad, la metió en el congelador para enfriarla rápidamente, pero se olvidó de ella mientras dibujaba planos y más planos del nuevo motor de aire comprimido. Pasaron las horas y tuvo que encender la luz. Sintió hambre y se dirigió al frigorífico y sólo entonces recordó que en el congelador tenía su último cristal. Sacó la pequeña lámina y miró a su trasluz enfocándolo hacia la calle. Observó estupefacto que podía ver lo que ocurría en una de las habitaciones de la casa frente a la suya.

Una pareja estaba haciendo el amor revolcándose sobre la cama. Dejó el cristal sobre la mesa, se frotó los ojos y supuso que la mente le había jugado una mala pasada. . Por lo menos de la mujer de la que estaba enamorado desde que la vio. Una vecina del octavo piso que, según le parecía, era más bonita y bien hecha que la Demi Moore, su actriz predilecta.

Miró por la ventana hacia la casa, las persianas estaban bajadas y los rojos ladrillos a cara vista eran tan impenetrables como siempre. Con mano nerviosa volvió a levantar el cristal colocándolo delante de los ojos. Vio la habitación, la cama, y al hombre espatarrado sobre ella mientras la mujer se dirigía desnuda hacia el baño, cerraba la puerta, se sentaba en el bidet levándose con grandes chapoteos de agua espumosa.

Dirigió el cristal hacia la calle. Las pocas personas que circulaban caminaban desnudas. Pasó un automóvil grande y negro. Dentro vio al chófer, y dos pasajeros en el asiento trasero. Un hombre y una mujer. A los tres los vio desnudos. Él pasajero era gordo, de mediana edad, con una panza como un tonel. Ella, rubia, de pechos erguidos sin sujetador y caderas pronunciadas, tenía cruzadas las piernas y acariciaba el paquete masculino que pese a ello, sólo estaba a media asta. Volvió a dejar el cristal sobre la mesa con sumo cuidado y quedó pensativo. Estaba seguro que con aquel invento ganaría el premio Nóbel aquel mismo año.

Había descubierto una lente con unas propiedades tan prodigiosas que podían convertirlo en un hombre más rico que Bill Gates. Se inclinó sobre un gran dietario lleno de fórmulas en todas sus páginas y repasó la última. Debía conservarla en la caja de un banco, pero no antes de haber fabricado más cristales como aquel. Incluso antes de patentarlo quería hacerse unas gafas, o mejor media docena por si alguna se rompía.

Pasó toda la noche fabricando cristales y depositándolos encima de la mesa para que se enfriaran mientras preparaba el siguiente. Pero, cuando ya fríos los probó, ninguno de ellos tenía las propiedades del primero. No podía creerlo. Estaba seguro de haber hecho las mezclas correctamente. ¿Entonces, qué había fallado? Tras pensarlo durante varios minutos recordó que no los había enfriado en el congelador. Sin embargo, al clarear el día tenía ya una docena de cristales con las mismas propiedades del primero. Con todos ellos pudo comprobar la facilidad con que veía a través de los cuerpos opacos. Por curiosidad probó dos cristales juntos dirigiéndolos de nuevo hacia la habitación de la pareja amorosa. De nuevo quedó sorprendido. Veía tan clara la habitación como si estuviera dentro de ella. La mujer estaba ahora acostada al lado del hombre, manoseándolo, mientras él, con los ojos cerrados, parecía dormir. Sin embargo, fue tal su sorpresa al comprobar que podía saber lo que la mujer estaba pensando que por poco le caen al suelo los cristales. Podía leer con tanta claridad sus pensamientos, como si se los transmitiera por cable telefónico.



Y aquí, Carlos Fuentes dejó de enfocar a la mujer para mirar al hombre que parecía dormir, pero no, también pensaba:

Carlos apartó los cristales para dejarlos sobre la mesa. Estupefacto por el descubrimiento, se quedó absorto en sus pensamientos

Tuvo sueño, se acostó y durmió intranquilo a causa de su grandioso invento. Horas después salió a la calle y compró en una óptica seis monturas de carey con sus correspondientes estuches. Dos días más tarde se había confeccionado dos pares de gafas de doble cristal. La mañana del día siguiente se las puso, cerró el pisó y llamó al ascensor. Cuando abrió la puerta vio en pelota picada a la Demi Moore del octavo piso, por la que bebía los vientos desde hacía mucho tiempo sin que ella mostrara interés alguno por su persona.

-- Buenos días, preciosa.

-- Hola, Carlos – que asco de tío podía peinarse y afeitarse, parece un hippie --. ¿Te has cambiado las gafas?

-- Si, ¿Te gustan?

-- Pareces el repelente niño Vicente – y algo más que eso cenutrio, y envía la chaqueta a la tintorería, está más sucia que el palo de un gallinero y no digamos la camisa.

-- Si, tengo que enviarlas. ¿Así que tienes la regla?

-- ¿Pero que dices, sinvergüenza? – así revientes, pedazo de mierda.

-- Digo que tienes la regla, ¿o no es verdad?

-- Y tú ¿cómo lo sabes? – ha disparado al azar, seguro.

Él no podía decirle que estaba viendo la compresa, así que respondió:

-- Porque tengo un olfato muy fino.

-- Pues vete a husmear a tu madre, cretino – será asqueroso este guarro.

Molesto por el pensamiento de la muchacha y mirándole el bolso, preguntó:

-- ¿Los condones que llevas son para esta tarde?

-- No, cabezón, son para hacer globos – serás imbécil, cara culo.

-- Mujer, no es que sea una belleza, pero tampoco es eso.

-- ¿De qué hablas? – me parece que con tanto invento se va de la olla, solo le faltaba eso.

Al salir del ascensor, caminó delante de él que se apresuró a abrirle la puerta de la calle. La siguió a dos pasos. Comentó:

-- Sabes que tienes unas cachas y unos muslos de morder, aunque el color escarlata de tus bragas…

Se paró ella, girándose a mirarlo. Comentó airada:

-- Oye, ¿qué pasa? ¿Has inventado los rayos X diurnos?

-- No, guapa, lo que pasa es que desde mi balcón veo tus braguita puestas a secar todos los días y hoy no estaban las de color escarlata.

-- Mira que listo es el detective – decididamente esta como un cencerro.

-- No te lo creas. He inventado unas pastillas que adivinan todo lo que te interesa saber.

-- ¡No me digas! ¿Otro de tus famosos inventos del TBO? – cuando yo digo que éste se va de la perola es que no falla, cada día está peor y más sucio. Que asco de tío.

-- Tendré que ponerme presentable. Pues, si. ¿Quieres probarlas?

-- Por supuesto que no. Además, no me creo nada y lárgate de una vez, moscardón – joder con el tío, es peor que una plaga.

Aunque sabía que la muchacha estaba perdiendo la paciencia, él no hizo caso y continuó a su lado. Le molestaba lo que ella pensaba de él, pero quizá tenía razón. Tendría que cambiar de look.

-- ¿Ves ese señor gordo con sombrero que camina a diez pasos de nosotros?

-- Si, lo veo, ¿qué pasa con él?

-- Lleva diez billetes de quinientos euros en la cartera.

-- Carlos, estás como una cabra – comentó ella, creo que debo llamar a los loqueros, lo mejor será que lo encierren - ¿Por qué no me dejas en paz de una vez?

-- Porque me gustas mucho y quiero que te cases conmigo. Te ahorrarías el alquiler del piso. Además, dentro de poco tendré más dinero del que podré gastar.

-- Bueno, pues cuando lo tengas, me avisas, -- ni por un millón me acostaría contigo, so guarro.

-- ¿Qué te juegas a que ese señor gordo va al Banco a depositar los cinco mil euros?

-- Mil euros, me juego. Si los pierdes tendrás que dármelos hoy mismo – pero no creo que hayas visto jamás un billete de quinientos euros, zopenco; aunque vete tu a saber porque estos chalados a veces te dan cada sorpresa que te dejan turulata.

-- Más de una vez. Si me equivoco te los daré, pero si acierto te acostarás conmigo ¿vale?

-- Vale – que te crees tu eso, pedazo de mierda. Tú y tus pastillas. Me voy a reír un rato.

Dos travesías más adelante el hombre gordo entró en una sucursal bancaria. Mabel miró a Carlos que sonrió guiñándole un ojo. El hombre gordo esperó su turno y ellos detrás de él. Le vieron depositar diez billetes de quinientos euros en la ventanilla con la indicación de abonárselos en cuenta y salir del banco con la misma parsimonia con la que entró. Carlos pidió cambio de un billete de cien euros en billetes de veinte. Al salir del banco comentó ella:

-- Ha sido una casualidad.

-- No es cierto. Ya te puedes ir desnudando, preciosidad.

-- Oye, has hecho trampa. Tú conocías a ese señor.

-- En absoluto. No vengas ahora con disculpas. De modo que vamos a mi piso y…

-- Venga ya – no te hagas ilusiones cara culo, antes de acostarme contigo me suicido.

-- No, mujer, eso jamás ya me cambiaré el look. Vamos a comer, te invito

-- ¡Que generoso! Además creo que desbarras un poco. ¿De verdad has inventado esas pastillas milagrosas?

-- Que sí, mujer.

-- Pues a ver, hazme una demostración. Dime que lleva en el bolso esa señora que viene hacia nosotros. La que lleva el perrito con la correa.

Miró a la mujer. Era gruesa, con unos muslos como las patas de un elefante, y un vientre prominente que le sobresalía de la faja en el estómago como un embutido de salami. Tenía un pubis tan peludo como la melena de un hippie y los pechos encorsetados en un sujetador con cazoletas del tamaño de la Capilla Sixtina. El bolso era grande, de paja trenzada y empezó a enumerar:

-- Un pintalabios, un pañuelo, un bolsito pequeño lleno de monedas, un consolador…

Se rió ella a carcajadas sin poder contenerse:

-- Te lo estás inventando – en medio de todo el tío este tiene su chispa, penso.

-- Nada de eso. Hagamos la prueba.

-- Si, hazla, hazla que voy a reírme a gusto.

Al acercarse la mujer, Carlos le preguntó sacando un billete de cinco euros:

-- Perdone, señora, ¿podría cambiarme este billete de cinco euros en monedas?

La mujer se detuvo, mirándolos con el ceño fruncido y Carlos aclaró:

-- Es que tenemos que llamar por teléfono y no llevamos monedas.

-- Bueno, en ese caso, esperen un momento.

Mientras la mujer abría el bolso buscando el monedero, la chica echó un disimulado vistazo al interior y pudo vislumbrar bajo un pañuelo la punta del glande de un consolador de color carne. Parpadeó asombrada y más cuando la mujer abrió el monedero vaciando la mitad del mismo en la palma de la otra mano llenándola de monedas. Separó cinco de un euro y se los dio al muchacho recogiendo el billete.

-- Muchas gracias, ha sido muy amable – agradeció el hombre.

-- ¿Qué? ¿Te convences ahora? – preguntó cuando la señora se alejó unos metros

-- Chico, si no lo veo no lo creo. Tienes que dejarme probar esas pastillas - a ver si ha hecho el descubrimiento del siglo y yo estoy haciendo la pazguata.

-- Un poco si que los estás haciendo.

-- ¿El qué?

-- La pazguata. Además, antes de probarlas debes pagar tu deuda.

- Vale, vale – cómo habrá adivinado este merluzo lo que pienso.

-- Pues vámonos a comer.

-- Aún es muy temprano. Primero tengo que visitar a una amiga.

-- ¿Puedo acompañarte?

-- Eres un plomo, Carlos, que pesadito eres hijo pero es inútil discutir contigo, te la presentaré. Es muy guapa. Hace algunos días que no se encuentra muy bien y ahora sale poco, pero ya verás lo guapa que es – claro que con esta pinta que tienes no sé que pensará Felisa de mis amistades.

Efectivamente, la amiga de Mabel era muy guapa y tenía un gran tipo, aunque a él seguía pareciéndole mucho más guapa y mejor hecha su vecina Mabel. La amiga tenía el pubis afeitado y bajo las bragas llevaba varias compresas. Se mostró encantada con la visita y muy simpática con Carlos que, sentado en un sillón, las oía hablar mientras paseaba la mirada de una pared a la otra disimuladamente. Los invitó a un martini con vodka, aunque ella dejó el suyo sin probar sobre la mesita. Cuando se despidieron de Felisa, ésta le preguntó:

-- ¿Verdad que es muy guapa y simpática?

-- Si, pero ahora vámonos a mi casa y tomaremos un preventivo.

--¿Un preventivo contra qué? – quiso saber ella mirándolo como si estuviera trastornado y él comentó:

-- Contra la sífilis que es muy contagiosa.

-- Pero ¿Qué dices, animal? – preguntó parándose en medio de la acera.

-- Que tu amiga Felisa está sifilítica.

-- Estás borracho. A ti te ha hecho daño el martini – cuando yo digo que este tío está para que lo encierren, es que lo está.

-- Si, tienes razón, estoy loco, pero por ti. Tu amiga tiene el pubis completamente afeitado y llevaba tres compresas, la primera de ellas amarillenta de pus y en el armario del cuarto de baño tiene medicamentos específicos contra dicha enfermedad, entre ellos las Cantromicina de la que tiene media docena de frascos sin usar y otra media docena usados que ha tirado al cubo de la basura envueltos en papel de aluminio.

-- Pero ¿Tú cómo has averiguado todo eso?

-- Ya te lo he dicho, gracias a las pastillas puedo ver todo lo que me interesa, y no te olvides que soy químico y sé de lo que te estoy hablando. Y recuerda que no ha tocado el martini.

-- ¡Jesús, María y José! Ahora que lo dices desde hace algún tiempo a esta parte ya no prueba el alcohol, sin embargo ella me dijo que padecía hepatitis, por eso no lo prueba, ya que el médico se lo prohibió.

-- Pues no, cariño, te ha engañado. Vete con cuidado cuando estés con ella y no uses nada de lo que pueda prestarte. Será mejor que tomemos un taxi, cuanto antes nos desinfectemos mejor.

-- ¡Santo Dios! ¿Tan contagiosa es?

-- Mucho. No sólo se trasmite durante el coito, sino Incluso por simple contacto.

Se quedó ella pensativa y preguntó caminando hacia la parada de taxis:

-- Me tienes intrigada con esas pastillas que has inventado – tendré que ir con cuidado porque no me fío un pelo de este melenudo, a ver si me da alguna pastilla que me obligue a acostarme con él.

-- Tienes que pagar la deuda, Mabel. Luego te prepararé un almuerzo estupendo.

-- Venga, dilo claramente, hombre, no te cortes, tu quieres follarme ¿verdad?

-- No seas tan brusca, mujer, en realidad lo que quiero es convencerte para que te cases conmigo. Seremos muy felices.

-- Estás delirando, Carlos – de pensarlo me pongo enferma y me moriría de asco acostándome contigo. De imaginarlo vomito.

-- No sé que vas a vomitar si tienes el estómago vacío.

Ella giró la cabeza para mirarlo asombrada sin explicarse como podía saber él lo que había pensado. Se removió intranquila en el asiento del taxi, intentando no pensar en nada, algo imposible de controlar y empezaba a tenerle miedo a aquel tipo cochambroso y vulgar.

--¿Es que también puedes leerme el pensamiento? – preguntó procurando no mirarlo.

-- Te aseguro que cuando me ducho y me afeito, no soy tan cochambroso como te parezco. Tampoco tengo nada de vulgar, ya lo verás, lo que pasa es que estoy enamorado de ti. Es solo eso, ¿tanto te molesta?

-- ¡Jesús, qué escándalo! Pero si no puedo pensar nada sin que tu lo sepas, es horroroso – exclamó asustada, ordenándole al taxista que se detuviera porque deseaba apearse.

-- Siga adelante. Estamos llegando – ordenó él con voz imperiosa.

El taxista lo miró a través del retrovisor y pensó y continuó hasta detenerse en la dirección que le había indicado.

-- Anda, vamos, preciosa – la tomó del brazo para ayudarla a bajar.

Sin atreverse a contradecirlo le siguió y mientras él abría la puerta de su vivienda le comentó:

-- Tú también podrás adivinar lo mismo que yo y te aseguro que te divertirás. Pasa, reina, verás que bien lo pasamos.

Se llevó una sorpresa al ver el piso. No esperaba encontrarlo tan bien amueblado y limpio, por lo que supuso que una empleada de hogar se encargaba de ello. Cuando él le adivinó el pensamiento indicándole que una mujer húngara venía todos los días a limpiar, le comentó enojada e impaciente:

-- Carlos, no quiero quedarme. No me apetece nada acostarme contigo, y ya que me lees el pensamiento deberías saber que eres el único hombre del mundo con el que jamás haría el amor. Así que me voy.

Él se quitó las gafas guardándolas en un cajón del aparador y respondió calmoso:

-- Si quieres irte, vete. Yo voy a ducharme.

Sorprendida por la respuesta se quedó inmóvil sin poder reaccionar. Lo vio desaparecer por el pasillo, oyó cerrar una puerta y correr el agua de una ducha. Estaba intrigada por todo lo ocurrido durante la mañana, pero eso de leerle el pensamiento la desazonaba aunque sin saber exactamente por qué, quizá porque invadía su más estricta intimidad y eso la molestaba profundamente. . Se encaminó hacia la puerta. Intentó abrirla y no pudo, estaba cerrada con llave. El agua de la ducha había dejado de correr y no se oía ruido alguno en la casa. Colérica pensó: <¡Maldito bastardo! ¿Qué se habrá creído este botarate? Me va a oír el muy cabronazo>. Lo llamó en voz alta. Él respondió que se estaba afeitando. Abrió la puerta furiosa:

-- Oye, hijop…-- al girarse el hombre y verlo desnudo quiso cerrar, pero inmóvil y atónita se quedó con la boca abierta: <¡Qué barbaridad, le llega a medio muslo!>

-- ¿Qué pasa? – preguntó él.

-- Nada. Quiero ducharme – respondió sonriéndole.

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