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El Ingenuo Amoral 3ª Parte

 Dos meses después de salir Tito de la aldea y volver a casa de sus abuelos, estalló la guerra. Desde las ventanas de su casa veía a las pescadoras y a los marineros llevando en hombros a los heridos. Cuando sonaron cerca los primeros disparos corrió a meterse debajo de la cama aunque tardó poco en asomarse otra vez picado por la curiosidad, justo en el momento en que dos disparos efectuados desde el cercano cuartel de Artillería taladraban los ladrillos del tabique encima de su cabeza y un polvillo rojo se incrustaba en el tabique frontal. Los proyectiles, deformados, los encontró en el piso. Su abuela y sus tías lo obligaron a separase de la ventana que abandonó sin protestas.

Metieron a su padre en la cárcel. Tito recordaba, y recordaría siempre, los altos y bigotudos Guardias Civiles que vinieron a detenerlo a casa de su abuelo. Fue un drama para la abuela y para sus tías. El abuelo se había retirado de la marina aprovechando una ley gubernamental que licenciaba a los oficiales con su sueldo íntegro. Los cargos presentados contra su padre

no se sostenían de pie. Jamás se había metido en política, ni en nada, porque nada sabía hacer más que presumir de hijo de un alto cargo de la Armada y beber vino en cantidades industriales. Fueron acusaciones promovidas más por la malquerencia debido a su carácter orgulloso y despectivo y no porque el hombre representara ninguna amenaza para nadie más que para el mismo y su familia.

Estuvo un año en la cárcel y para cuando se vio el juicio, de los catorce cargos presentados no pudieron probarle ni uno, gracias también a que las amistades del abuelo le prestaron cuanta ayuda necesitó. A su tío abuelo, Ayudante de Marina de la ciudad, lo enviaron a una prisión militar, un castillo en medio del mar, por el simple hecho de no haberse sumado a la rebelión militar aunque tampoco pertenecía a ningún partido. Se pasó cuatro años encerrado y suerte tuvo de que no lo fusilaran como al Gobernador Civil.

Lo que le pasó al gobernador civil de la ciudad fue particularmente atroz. Lo detuvieron a él y a la esposa, embarazada de seis meses. Los llevaron a un descampado, les hicieron cavar su propia tumba, a ella la hicieron abortar y tiraron el feto en la tumba, la fusilaron delante del marido y después lo fusilaron a él. Fueron los radicales de la extrema derecha quienes perpetraron el hecho y, pese a conocerse sus nombres, ninguno de ellos fue castigado.

También en el otro bando se hicieron cosas como esta y aún peores, pues a una de las tías de Tito, hermana de su padre, casada con un abogado cuya significación política era bien conocida, les sorprendió la contienda fratricida en la capital de la nación. Detuvieron al marido llevándolo a una de las múltiples checas que durante la guerra funcionaron en la ciudad sitiada. Angustiada por su esposo se presentó al jefe de la checa con la intención de que le permitiera ver a su marido. El comunista que dirigía la checa le aseguró que en cuanto se quitara las bragas se lo dejaría ver. Se fue de allí indignada, pero regresó al día siguiente porque, angustiada por el hombre que amaba, necesitaba verlo; quería saber si se encontraba bien y podía ella mejorar su situación. Tuvo la mala suerte de ser una muchacha guapa y bien plantada.

Al final tuvo que transigir. La estuvo follando una hora para luego decirle que volviera al día siguiente en horas de visita. Al día siguiente ocurrió lo mismo, y al otro y al otro y así durante una semana antes de que le permitiera verlo. No reconoció a su marido. Lo habían torturado de tal forma que se desmayó al verlo. Dos milicianos la sacaron de la celda arrastras, para dejarla en el despacho del jefe. Despertó cuando él la estaba violando de nuevo. Creyó volverse loca. Ya no la dejó salir de la checa. Durante dos meses la tuvo encerrada en una habitación, para violarla cuando le apetecía.

Consiguió escapar gracias a un infiltrado que trabajaba en la checa que la entregó a la quinta columna que resistía dentro de la capital y logró pasarla al bando contrario. Al llegar a casa de sus padres tardó poco tiempo en darse cuenta de que estaba embarazada. Nunca más volvió a ver a su marido que fue asesinado al desaparecer ella de la checa. Terminó suicidándose al lanzarse al vacío desde la terraza del edificio. Estaba embarazada de cinco meses. Tito no se enteró de todo esto hasta mucho tiempo después de la guerra.

Tres meses después de finalizada la contienda murió su abuelo y allí empezaron las verdaderas penurias para toda la familia. La pensión de viudedad de la abuela no permitía seguir sosteniendo un piso tan grande como el que habitaban. Tuvieron que cambiarse a otro más pequeño y económico. Para mayor desgracia, una prima carnal de su padre cuyo marido, también marino, fue fusilado en Cartagena, se vino a vivir con ellos porque no tenía adonde ir, aunque la verdad no era exactamente así. No había habitaciones para todos y Tito tuvo que compartir su cama con ella durante un tiempo.

Era una mujer joven, rellenita sin ser gruesa, atractiva aunque no guapa, que aún no había cumplido los treinta años, a la que Tito quería mucho por su carácter dulce y cariñoso. No tenía hijos, quizá porque, movilizado el marido un mes después de su matrimonio a causa de la guerra, no tuvo la buena o mala suerte de quedar en estado. Tito, con el tiempo, imaginaba que había sido una suerte que no lo tuviera, porque se casó de nuevo dos años más tarde. De haber sido una viuda con un hijo quizá no la habrían matrimoniado. Los hombres son así de egoístas.

Ocurrió una noche sin que Tito se lo propusiera ni pensara remotamente que pudiera suceder. Se despertó con una erección tremenda fuera del calzoncillo para darse cuenta de que la tenía pegada a las nalgas de su tía Mary cuyo camisón se le había subido hasta las caderas durante el sueño. Posó la mano suavemente sobre la majestuosa nalga. Su tía dormía inclinada con la cabeza casi en el otro extremo de la cama con lo cual sus nalgas quedaban a la altura de su vientre. Dejando resbalar la mano suavemente llegó a la conjunción de los muslos y toco los gordezuelos labios del sexo femenino.

Con no poco temor en el cuerpo, posó la erección sobre aquellos labios rollizos de suaves rizos y la dejó reposar allí durante un tiempo. El deseo pudo más que su temor. Puso de punta el glande sobre los gorduelos labios y empujó poco a poco. Sintió que se le humedecía y de nuevo lo dejó reposar allí unos segundos. Le palpitaba de deseo y siguió empujando. Poco a poco fue hundiéndose, no sin esfuerzo debido quizá a la posición de los muslos, y se detuvo cuando casi lo tuvo enterrado por completo. Durante un tiempo se mantuvo quieto esperando alguna reacción por parte de la mujer.

Tenía once años, su miembro había crecido con él y sabía que era más grande que el de la mayoría de los hombres adultos. Pese a todo, ella no daba muestras de despertarse. Estaba seguro de que, sin moverse, podía disfrutarla y llegar al clímax. Desde que había disfrutado a Nieves en la aldea no había vuelto a tener ocasión de poseer a una mujer. Notaba como se le aproximaba el orgasmo cuando de pronto sintió las contracciones vaginales sobre su miembro, una contracciones que recordaba muy bien. Oyó también como se agitaba la respiración femenina y tuvo miedo de que despertara y le diera una bofetada o algo peor, pero no por ello se retiró.

Ella respiró aún más agitadamente y casi de inmediato sintió en el miembro la tibia caricia del orgasmo femenino bañando su erección y ya no pudo aguantarlo más. Desde los talones subió aquella corriente nerviosa y dulcísima que recordaba con tanto placer. Explotó en su

miembro con una intensidad descomunal haciéndolo palpitar violento dentro de la maravillosa vaina. El orgasmo femenino corrió parejo con el suyo y notó como las nalgas presionaban hacia atrás, él presionó hacia delante y acabó enterrado hasta la raíz dentro del vientre femenino. Fue un orgasmo de una violenta intensidad e imaginaba que también lo había sido para la mujer. Una mujer que era tía suya, aunque lo fuera en segundo grado.

Después del orgasmo su erección se rebajó un poco, pero siguió dentro del caliente estuche porque sabía que su recuperación sería rápida y volvería a disfrutarla de nuevo con aquel placer tan agudo y excitante que le proporciona el sexo de la mujer. Se mantuvo quieto, con la semi erección entera dentro de su caliente vaina, la mano encima de su fina cintura y el vientre pegado a sus turgentes nalgas. Le hubiera gustado amasarle las tetas, unas tetas que vestida se veían desafiantes, erguidas y provocadoras porque siempre usaba jerséis o blusas muy ajustados. Recordando las de Nieves estaba seguro que las de Mary serían mucho más bonitas y apetecibles. Se las hubiera mamado durante horas de haberse atrevido. Pensaba en la suerte que tenían los bebés, sin acordarse de que también él lo había sido.

No quería moverse porque sabía que, inmóvil, su placer duraría mucho más y cuando llegara el clímax, sería arrollador, desbocado y de una intensidad insuperable. Cuando de nuevo notó su erección a toda potencia, se preguntó: ¿Qué pasaría si subía la mano para acariciarle una teta, o el vientre liso y terso, o le rizaba el clítoris con los dedos cosa que a Nieves la hacia bramar de placer? Mejor no exponerse a despertarla. Mientras ella durmiera y el pudiera tenerla allí dentro y disfrutarla aunque fuera inmóvil ya le parecía el colmo de la buena suerte.

No sería nada extraño – pensaba el chico - que ella imaginara al día siguiente que había tenido un sueño erótico y de ahí su orgasmo. Si se apresuraba y la despertaba se exponía a que se enfadara y ya nunca más podría volver a gozarla, se le habría acabado para siempre el placer de poseerla aunque fuera dormida. Hizo palpitar su miembro con todas sus fuerzas y lo repitió un par de veces más, relamiéndose los labios de gusto. La mano que acariciaba la cintura se movió sin su consentimiento hacia el vientre liso y suave como el de Nieves. Tocó el pequeño ombligo y deslizó la mano hacia abajo hasta tocar los suaves rizos del pubis. No quería hacer aquello, era peligroso, podía despertarla, y si se enfadaba se acabó la buena suerte.

Cuando su mano regresó despacio de nuevo a la breve cintura, notó una suave contracción de la vagina sobre su erección. Creyó que ella comenzaba a soñar de nuevo, pero, al no notar ninguna contracción más, supuso que quizá se había equivocado. Hizo palpitar de nuevo su miembro con fuerza un par de veces.... y casi de inmediato sintió la respuesta femenina contrayéndose sobre su erección. Tito, con los años, supuso que de haber tenido él algunos años más, mayor experiencia y decisión se habría subido encima de Mary y la habría follado a placer desde aquel mismo momento. Era una mujer, y una mujer atractiva y cachonda, que había conocido ya el placer de la carne y se encontraba ahora obligada a mantener una abstinencia forzosa. Pero de momento el adolescente no pensó en nada de esto.

Notó que, poco a poco, la respiración femenina se agitaba aunque ella seguía sin moverse, el placer lo estaba inundando y casi sin darse cuenta su mano ascendió por debajo del camisón hasta alcanzar la teta izquierda en forma de copa, firme, de suavidad de raso, notó el pezón duro y erguido y la acarició con suaves movimientos rotatorios de la palma de la mano. Las contracciones de la vagina aumentaron de intensidad y de nuevo, subiendo desde su talones, subió la dulce corriente nerviosa de su orgasmo reventando en su endurecido miembro que palpitó dentro de ella violentamente y, a su compás, también ella volvió a inundarle con su néctar tibio cuya caricia en la satinada piel del capullo lo transportó a cimas de placer inauditos.

Notaba como el orgasmo femenino se prolongaba y la agitada respiración aumentaba en rapidez hasta que, con una profunda inspiración exhaló el aire a bocanadas mientras el néctar de sus entrañas seguía fluyendo sobre su miembro. Los espasmos del vientre femenino fueron disminuyendo de intensidad hasta desaparecer completamente. Se quedó dormido dentro de ella y con la mano sobre la turgente copa de su seno. Para cuando despertó ya ella se había levantado. Después de ducharse la encontró en la cocina hablando tranquilamente con su abuela y las hermanas de su padre. Le sonrió, dándoles los buenos días y llamándolo dormilón como si nada hubiera pasado entre los dos. Comprendió que había disfrutado de Mary gracias al profundo sueño de la mujer.

Se fue al colegio sin poder apartar de su mente lo ocurrido durante la noche. Nunca tan larga se le hizo una mañana. Durante la hora de la comida ella bromeó y le habló con la misma tranquilidad de todos los días sin mostrarle desconfianza alguna por lo sucedido y se congratuló de que así fuera. Si la mañana se le hizo larga, la tarde le pareció eterna, la cena interminable y, por primera vez, esperó impaciente a que lo enviaran a la cama y, con una idea fija en la cabeza, se prometió permanecer despierto para verla desnuda cuando se pusiera el camisón. ¿Tardó ella más de lo normal en acostarse o era a causa de su impaciencia que la pareció larguísimo el tiempo que la estuvo esperando despierto? Seguramente esto último, porque ella llegó como siempre cuando su abuela y sus tías se fueron a sus habitaciones.

Pese a que se había propuesto permanecer despierto hasta oírla entrar en la habitación, el sueño pudo más que él y se quedó dormido. Un chiquillo de once años, que juega en el patio del colegio al fútbol como si tuviera que ganar él solo el campeonato de liga, que sale de casa y vuelve del colegio cuatro veces al día corriendo cual si lo persiguiera un toro bravo, sube las escaleras de dos en dos y que, en definitiva, no para en todo el día, por fuerza tiene que acabar rendido y, en cuanto pone la cabeza en la almohada, aunque haga tantos esfuerzos por permanecer despierto como hizo él aquella noche, acaba sucumbiendo en brazos de Morfeo.

Sin embargo, volvió a despertarse a media noche. La posición de Mary era la misma de la noche anterior. Las tibias y turgentes nalgas pegadas a su vientre y su erección rozando los carnosos labios de la vulva. En su ingenuidad, ni siquiera se le ocurrió pensar mal. No era normal que se le saliera el pene del calzoncillo incluso con erección pero para él, sentir la tibia carne de sexo femenino pegada a su miembro erecto, era suficiente para que exclusivamente pensara lo que su buena suerte le había deparado. Una mujer estupenda a la que podía follar dormida todas las noches y eso si era más importante que ninguna otra consideración.

De nuevo acarició suavemente los gordezuelos labios de las vulva con los dedos, hundiendo el dedo medio hasta la mitad en la caliente y húmeda vagina. Hizo resbalar el miembro hasta la entrada vaginal, retiró el dedo y hundió el glande despacio presionando suavemente hasta lograr una penetración casi completa y se mantuvo inmóvil disfrutando de la caricia del sexo femenino que apretaba su erección como un guante cálido y delicioso.

Volvió a disfrutarla dos veces casi seguidas, notó que también ella le regaba la dura barra con el néctar de sus orgasmos y se dispuso a procurarse un tercero con la bandera a media asta. El propósito fue bueno, pero el sueño pudo más que él y se durmió como la noche anterior, con el miembro en su delicado estuche y su mano izquierda encima de la teta femenina. Toda la semana ocurrió lo mismo, y, el chiquillo, encantado de que la mujer durmiera tan profundamente y tuviera todas la noches sueños eróticos. La ingenuidad ¿es signo de poca inteligencia? No estoy seguro, pero pocas personas inteligentes son ingenuas. Por lo menos eso creo; a lo mejor estoy equivocado. FOTOS

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