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El Ingenuo Amoral - 2ª Parte

No sabría como explicar el carácter de Tito porque, dependiendo éste de la educación recibida, del ambiente familiar y social en que se vive, y de los amigos que se tienen, no son estos ingredientes suficientes para juzgar el comportamiento de un muchacho, ya que, en definitiva, el carácter depende en buena medida de los genes recibidos y del grado de energía del cerebro.

Tendríamos que coger una retorta, mezclar en ella un elevado porcentaje de ingenuidad y despiste, la misma de desconfianza, una buena dosis de egoísmo, la misma ración de engreimiento, no pequeña cantidad de timidez, mitad y mitad de responsabilidad e irresponsabilidad, bastante dosis de facilidad para la mentira, una cierta cantidad de cobardía y temeridad al cincuenta por ciento, un alto porcentaje de impaciencia, y un cero por ciento de moralidad. Mezclándolo todo, macerándolo bien en una retorta y poniéndola al horno hasta la cochura, posiblemente sacaríamos un cerebro que actuara y discurriera como el de Tito.

Gran aficionado a la lectura se pasó todo el tiempo de estancia en la aldea leyendo cuanto libro le prestaba el maestro, sobre todo de Historia, asignatura en la que destacaba por encima del resto de los treinta rapazuelos que asistían a la escuela. Tenía buena memoria para recordar lo que le interesaba, y ninguna para lo que no llamara su atención. Y lo que llamaba su atención sobre todo era Nieves, la hermana pequeña de Ernesto, el asistente de su abuelo. Una garrida muchacha de dieciséis años, de carnes prietas y morenas, acostumbrada a las duras faenas de la tierra.

También era amigo de su otro hermano, Manolo, a la sazón dos años mayor que ella con el que muchos domingos bajaba hasta el río para bañarse desnudos. Manolo era capaz de coger las truchas con la mano arrinconándolas contra las rocas del fondo. Más de una vez salía con los dedos ensangrentados por las mordeduras de los peces o con la trucha enganchada en un dedo. Manolo era bastante bruto. En cierta ocasión, después de bañarse y tumbados al sol como los lagartos, le dijo que, a juzgar por el tamaño de su carajo, parecía tener quince años cuando en realidad aún le faltaban cinco para cumplirlos. No esperaba que el comentario trascendiera, pero así fue, porque, unos días después y cuando menos lo esperaba, lo explicó a la hora de la comida delante de toda la familia que se reía a carcajadas ante la forma de narrarlo del muchacho que aseguraba que casi le llegaba al ombligo.

Confuso y molesto, se le enrojecieron las mejillas sin poder evitarlo y, sin atreverse a mirar a Nieves ni a la madre, comentó azorado que era una exageración de Manolo que la tenía igual que él lo que provocó otro estallido de carcajadas al no darse cuenta que Manolo era diez años mayor. Más azorado aún optó por agachar la cabeza y permanecer en silencio y le agradeció a Ricardo y Teresa, los padres, que cambiaran de conversación casi inmediatamente.

Tampoco se dio cuenta de que, a partir de aquel comentario del hermano, Nieves procuraba su compañía en cuantas ocasiones se le presentaban. No se dio cuenta hasta que, en cierta ocasión, después de la cena y una noche particularmente luminosa a causa de la Luna llena, Manolo y él fueron a orinar en la era situada detrás de la casa. Estaban acabando cuando Nieves apareció, se agachó, oyeron el siseo de su micción y se giró a mirarla. Se levantó ella con toda tranquilidad colocándose las bragas y pudo verle los muslos y el pequeño triángulo oscuro con toda claridad. Manolo no hizo ni un comentario, como si aquello fuera la cosa más natural del mundo y se marchó de nuevo para la casa, pero él no lo vio así, porque ella se demoró tanto en colocarse las bragas que cuando pasó a su lado le preguntó:

-- ¿Te gusta lo que ves?

-- ¿A ti qué te parece, Nieves?

-- Que eres tonto, Tito.

Tito lo parecía a veces, pero no hasta ese extremo. En aquella ocasión comprendió que ella esperaba algo allí delante de él con las faldas aún remangadas y alargó la mano para apretarle el abultado coño por encima de la tela. Sintió como el trallazo de una descarga eléctrica y siguió apretando sin que ella se moviera, lo tenía húmedo pero creyó que no podía demorarse sin que los demás sospecharan y la dejó en la era yendo a sentarse en el suelo de la cocina apoyando la espalda en uno de los bancos frente el fuego de leña. En aquella remota aldea no había llegado la luz eléctrica todavía y tardaría años en llegar. Se alumbraban con candiles de aceite; las llamas del fuego daban más luz que el raquítico candil que colgaba de la chimenea de piedra.

Sus dedos tenían un olor excitante y fuerte, parecido al del bacalo y aquel olor aumentó su excitación. La oyó regresar al cabo de un tiempo. Entró en la cocina en la que su madre preparaba el caldero para la comida de los animales; vacas y cerdos en su mayoría. Sentada frente a él separaba los muslos hasta enseñarle las bragas sin preocuparse si la madre la veía o no. El fuego dibujaba sus muslos con colores tan ardientes como su excitación. Los hombres, padre, hijo y abuelo, hablaban sentados a la puerta de la casa. Ella en el banco y él en el suelo, en aquella posición le veía claramente todos los muslos hasta las bragas, enrojecidas por el reflejo de las llamas.

De pronto la vio levantarse y subir las escaleras hasta el primer piso donde estaban las habitaciones. Regresó al cabo de unos minutos y ya no se sentó enfrente sino a su lado y tan cerca que su pierna tocaba uno de sus brazos. De espaldas a la madre, atareada con el caldero, le acarició la pantorrilla y siguió subiendo hasta sus muslos que ella separó para darle acceso a su caliente chumino. Se detuvo sorprendido al encontrar la aspereza del pelo rizado, se había quitado las bragas y sus dedos se abrieron paso entre los labios húmedos acariciando la íntima carne tibia, tierna y suave como el pétalo de una rosa humedecida por el rocío.

Retiró la mano cuando la madre descolgó el caldero llevándolo hasta las cuadras. No esperaba que ella fuera tan rápida al comentar adelantando las nalgas:

-- Métela, date prisa, métela ahora.

Se arrodilló sacándose el excitado miembro que ella, tan ardiente como él, cogió con la mano para metérselo de un empujón apretándole las nalgas con todas sus fuerzas hasta que se lo tragó todo hasta la raíz. Se mordía los labios mirándolo con los ojos entornados moviéndose suavemente adelante y atrás, la respiración agitada, besándolo como poseída de una furia incontrolable. Tito no podía disfrutarla tranquilo pensando que la madre podría sorprenderlos y así se lo dijo. Sus brazos de campesina, fuertes y macizos lo sostuvieron por las nalgas y con él encima se dejó caer en el suelo. Estupefacto oyó que le susurraba:

-- Aunque nos sorprenda no dirá nada, tonto.

-- ¿Por qué no?

-- Sabe que no puedes preñarme aún. Anda sigue, dame fuerte, Tito, fuerte. Así... así... o que maravilla...

Y así los sorprendió la madre que se limitó a comentar:

-- Si entra tu padre, tendrás un disgusto serio, Nieves.

-- Sigue, Tito sigue, no hagas caso. Dame más fuerte, chico...

Y siguió hasta que le llegó la corriente nerviosa subiéndole por las pantorrillas y los muslos hasta explotarle violento dentro de la vagina, pero continuó dentro de ella palpitándole el miembro con el orgasmo y a poco, sintió la caricia del licor femenino sobre su barra todavía palpitante. Hubiera seguido ella toda la noche si no llega a oír a los hombres arrastrar las sillas para entrar en la casa. Se levantó rápida y lo mismo hizo él guardándosela a toda prisa. Se sentaron separados uno del otro. Tito expulsando el aliento despacio para que no se notara su excitación y ella cerrando los ojos como si estuviera dormitando. Antes de irse a dormir le susurró:

-- Acompáñame mañana cuando me vaya con las vacas al monte.

-- ¿Y la escuela?

-- Haz novillos, no te pasará nada.

-- Bueno. Te acompañaré.

Se acostó excitado con una erección tan fuerte como si no hubiera disfrutado de un orgasmo intenso y placentero. Como no sabía aún como calmarla si no era dentro de una mujer, le costó más que de costumbre conciliar el sueño. La impaciencia de acompañar a Nieves al monte hizo que se despertara mucho más temprano de lo habitual, casi con la alborada. Sin embargo, la gente de la casa ya estaba en movimiento. Les oyó enganchar el carro gritándole a los bueyes y se levantó para saber que camino tomaban. Como tantas otras veces se fueron hacia el norte e imaginó que regresarían cargados de maíz hasta los topes como venían haciendo toda aquella semana.

Volvió a acostarse y se durmió de nuevo hasta que Nieves entró en su habitación y lo despertó mamando su picha, erecta por las ganas de orinar. Se acostó a su lado y se lo calzó en dos segundos, pero no pudo disfrutarla, quizá a causa de que tenía la vejiga a punto de reventar. Ella si lo disfrutó casi de inmediato. Oyó al abuelo hablando en la cocina con la hija. Ella le indicó el monte a donde marchaba en aquel momento con las vacas. Cuando tuviera que ir a la escuela, dentro de una hora como todos los días, tenía que coger a mitad de camino de la escuela el desvío a la derecha, lejos ya de la casa. Se lo prometió acompañándola y estrujándole el sexo con fuerza para ir al retrete rústico al final del pasillo en donde la soltó. Se marchó ella canturreando escaleras abajo.

Una hora de camino le costó dar con la muchacha. Teresa le había entregado un saco puesto del revés sobre la cabeza en forma de capucha porque orvallaba y el agua, aunque no muy fuerte, calaba igual hasta los huesos si tenías que caminar mucho tiempo bajo la fina llovizna. Caminar hasta la escuela situada en otra aldea, distante tres kilómetros, lo hubiera puesto como una sopa a no ser por el saco. Subió el monte y encontró las vacas poco después. Mientras pastaban, mansas bajo la fina lluvia, ella se había refugiado en una rústica cabaña hecha de piedras. Casi no le dio tiempo a dejar la cartera de los libros que ya le había quitado el pantalón y los calzoncillos apoderándose de su virilidad con la misma ansia que un sediento se apoderaría de una cantimplora repleta de agua. Se la puso dura como un garrote con la boca y, sin transición, lo desnudó por completo haciendo ella lo mismo.

Era la primera vez que Tito montaba sobre el cuerpo de una mujer desnuda. Los pechos de Nieves, blancos como la leche, de pezones morenos y areolas claras, estaban enhiestos como agujas de catedral. Se los metió en la boca uno después de otro mamando a placer, succionando toda la carne turgente y satinada hasta llenarse la boca, mientras ella se calzaba su herramienta jadeando de ansiedad. Durante más de una hora la estuvo bombeando sin desmayar, disfrutándola tres veces antes de que se le aflojara la erección. Ella parecía insaciable porque casi de inmediato ya la tenía otra vez en la boca hasta que conseguía la dureza que deseaba volviendo a hundírsela en su vagina hasta la cepa. Otra hora le costó darse por satisfecha y quedó sobre la paja seca desmadejada palpitándole el sexo en los estertores de su último orgasmo. Estaba encharcada y la vio secarse con las bragas antes de volver a vestirse.

El se fue primero para llegar a la casa a la hora de la comida, aunque sabía que ni el padre ni el hermano regresarían hasta la noche. En los dos meses que Tito llevaba en la aldea había engordado, pero a partir del momento en que pudo follar a Nieves casi todos los días, empezó a comer de forma pantagruélica y aún engordó más, sus mejillas se colorearon y su cuerpo fue adquiriendo la consistencia de un muchacho sano y robusto. Olvidó a Linda por completo. Ahora su amor se centraba en Nieves que le proporcionaba tanto sexo como podía desear y que no era poco dado su temperamento ardiente.

A veces, cuando el padre y el hermano ya habían salido con el carro para realizar las labores del campo, Nieves se metía en su cama desnuda, le quitaba el pijama, se abrazaban y se besaban frenéticos y él chupaba sus tetas mientras la bombeaba sin descanso corriéndose una y otra vez hasta que se le aflojaba la erección. Ella se lo volvía a poner erecto mamándolo y se pasaban tanto tiempo dándose placer que la madre tenía que llamarla varias veces, pero ella no hacia caso y seguía follando tan tranquila hasta que la sentía subir las escaleras renegando. Por suerte, al abuelo le costaba mucho trabajo subirlas y sólo lo hacía una vez por la noche para irse a la cama.

Pero Nieves quería más, no se conformaba con dos o tres orgasmos por la mañana y acabó metiéndose en su cama por las noches en cuanto sentía roncar a su padre. Al principio Tito se ponía nervioso, no se le enderezaba a causa del temor a que los descubriera el hermano o el padre pese a que ella le aseguraba que nadie vendría a su habitación. Para conseguir que la follara recurría a lo de siempre; se lo chupaba hasta que conseguía ponérselo tieso como un garrote. Con el paso de los días sin que nada ocurriera Tito fue tranquilizándose y, aunque le gustaba que se lo chupara, cuando ella llegaba de puntillas, ya tenía él una erección de caballo que ella, desnuda, cabalgándolo a él, se metía en el vientre hasta las bolas.

Y en este fabuloso plan que a Tito se le antojaba el no va más de la felicidad, pasaron otros dos meses, hasta que llegó Ernesto de permiso, el hermano mayor, con una carta de su abuelo en la que le pedía a Ricardo, el padre, enviara al muchacho a la ciudad cuando el hijo acabara el permiso que tenía de quince días. El día que subió al caballo detrás de Ricardo mientras Ernesto caminaba delante del animal, tenía un nudo la garganta difícil de tragar. Se había despedido de todos en la casa, pero antes de llegar a la primera curva del camino se giró esperando encontrar a Nieves a la puerta para decirle adiós. No había nadie. La puerta estaba vacía; apretó los dientes para no llorar de lástima por si mismo.

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