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De Compras con Dario

 No, yo no soy ningún putón, aunque admito que a veces lo parezco. Qué le vamos a hacer.

Todo comenzó por una discusión tonta. Estábamos Teresina, Marcos, Darío y yo el otro día tomándonos un café en mi casa, charlando de cosas sin importancia, cuando no sé ni cómo, surgió el tema de la ropa. Tengo que decir en mi alegato que yo soy muy mía para estas cosas, vamos, que trapo que me gusta, trapo que me pongo. Normalmente a todos les gusta cómo suelo vestir, y yo encantada, claro. Pero aquel día Darío se me reveló. Me miró fijamente a los ojos – cosa que me derrite, ese chico tiene unos ojos que claman al cielo- y me soltó que a veces me pasaba “un poco” con mis “modelitos”. Evidentemente su comentario no me sentó nada bien, pero procuré no dárselo a entender, solo me limité a sonreír, preguntándole...

- “¿¡Pero a que me sientan bien!?”.
- “No, si eso no se puede discutir, pero...”
- “¡¡Pero nada!! Otro cafelito?” – le pregunté con una de mis mejores sonrisas -.

Y así fue como me lo quité de encima. O al menos eso creía yo, porque cuando se nos hizo tarde, como siempre pasa, y Teresina se marchó a la Universidad y Marcos al cine con su nueva conquista, Darío me volvió a sacar el tema de la ropa y a cuestionar mis gustos a la hora de vestir. Aquello se convirtió en un tira y afloja, hasta que él me propuso que fuéramos juntos de compras, propuesta que me extrañó bastante pero que no me atreví a rehusar, porque Darío me gustaba mucho (y me gusta!), así que quedamos al día siguiente por la tarde en un conocido centro comercial, y nos despedimos.

Tengo que decir que, a pesar de todas las espectativas, no me hice muchas ilusiones con aquella cita, que no era cita ni era nada. Ambos necesitábamos comprarnos ropa y solo íbamos a ir juntos, en fin, hasta quizás podríamos cenar y todo después, pero no era seguro.

Al día siguiente fue todo un dilema arreglarme, así que harta de andar probándome medio armario, opté por una minifalda vaquera de talle bajo, una camiseta con un hombro al descubierto y unas simples sandalias, para ir cómoda. Nada del otro mundo. Ni siquiera me maquillé, total, no podía engañarme a mí misma pensando que aquello era una cita y, además, si me arreglaba como para salir un sábado por la noche, quizás Darío se alarmara pensando que yo trataba de seducirle vistiéndome solo para él. No, era mejor ir como todos los días. Y si él esperaba algo más, pues que sufriera.

Cuando llegué vi que Darío estaba bastante nervioso, como si no supiera dónde meterse, y eso me agradó bastante. Nunca antes habíamos estado solos, quiero decir, que nos conocemos desde hace relativamente poco tiempo y siempre hemos estado rodeados de amigos. Y al verle nervioso pensé que el hecho de haber quedado a solas conmigo le había puesto así y eso me halagó.

No hablamos demasiado, bueno, al menos yo no hablé demasiado y no por falta de ganas, sino porque él no paraba de contarme cosas sobre sí mismo, aturdiéndome con tanta información que no me daba tiempo a digerir. Peor al fin llegamos a la galería de las tiendas de ropa. En un principio entramos en varias, pero nada nos convencía el todo y lo que si nos gustaba, era demasiado caro. Solo yo adquirí un conjunto de ropa interior bastante sexi de “Woman´s secret”. Si, ya sé: no debí de haberlo comprado precisamente delante de él, pero tampoco es que fuera un delito, vaya. Un poco de provocación no le vendría mal al chico. Además, solo lo escogí, me lo probé y lo compré, ni siquiera se lo enseñé con él puesto para que me diera su opinión ni nada de eso. Yo... yo solo se lo enseñé. El pobre ni se atrevió a tocarlo, claro, y yo conseguí mi doble objetivo: comprobar su reacción para asegurarme de que yo le gustaba y, en caso afirmativo, hacer que volara su imaginación.

Al cabo de unas horas entramos en una tienda que pareció gustarnos a los dos. Estaba muy bien y era enorme. Había una sección para hombre, otra para mujer y otra para niños. Como yo ya había comprado algo, no fue necesario echarlo a suertes: iríamos primero a la sección masculina. Y lo peor es que no podía escaquearme a la sección femenina porque hubiera quedado fatal, así que me dediqué a hacer como que buscaba algo interesante para él, a modo de simulacro de ocupación, ya que a lo que realmente me estaba dedicando era a sopesar la magnitud de la entrepierna de Darío.

Llevaba unos ajustados pantalones chinos de un marrón muy claro, por lo que se le notaba bastante el paquete. La tela de esa zona estaba casi tensa y el su pene parecía bailar dentro de ella. Comencé a imaginarme cosas... y me puse mala malísima, tan caliente que noté cómo me humedecía. Incluso llegué a ponerme de mal humor, porque necesitaba a Darío, quería estar con él enseguida, y no tener que andar pasando por el protocolo de la conquista que estábamos iniciando aquella tarde. Yo quería sexo y lo quería ya, ¿cómo podría sentirme ante la idea de tener que esperar hasta solo Dios sabía cuándo!? Sentí que tendría que lanzarme. Ya no podía más.

En esto estaba pensando cuando Darío sacó con una exclamación unos pantalones de un perchero. Me acerqué a él mientras me los enseñaba y, dándole mi aprobación, aproveché la oportunidad para olerle. Eso es algo que me excita mucho, el olor de los hombres. Y el olor de Darío, una extraña mezcla entre perfume masculino y sudor, me acabó por convencer de que había llegado el momento. Luego no sé lo que él llegaría a pensar de mí, pero no me importaba. El día anterior ya me había dicho bastante en lo referente a mi ropa, ¿no?... en la vida hay que correr el riesgo, es lo que hay.

Se metió en uno de los probadores y ahí se quedó un rato hasta que, asomando la cabeza por entre la cortina del probador, me llamó para que viera cómo le quedaban. Me acerqué y abrí un poco la cortina para mirar hacia dentro.

- “Una talla menos, Darío, creo que esos te están un poco anchos” – fue mi veredicto-.

Fui a buscar otros pantalones y cuando regresé no me lo pensé dos veces: me metí en el probador de sopetón, sin avisar. Él ya se había quitado los pantalones, que había colgado en una percha de la pared, y me miró asombrado, pero no dijo nada, gracias al Cielo, porque yo estaba muy cortada a pesar de mi cara dura. Antes siempre habían sido los chicos los que se me habían insinuado, pero siempre hay una primera vez para todo, pensé.

Nos miramos durante unos instantes a los ojos y le sonreí tontamente. Me sentía como si el corazón se me fuera a salir por la boca, pero él pareció comprenderme y decidió facilitar la situación.
- “¿Me los vas a poner tu? – y me guiñó un ojo -.
- “Ya que te empeñas...”.

Hay que aprovechar las oportunidades.
Me agaché para poder ponerle los pantalones, tratando de concentrarme en mi tarea y procurar no mirarle el bulto de la entrepierna, medio oculto por los faldones de la camisa tan larga que llevaba, pero me fue imposble: Darío no llevaba calzoncillos, ni boxers, ni slips ni nada que se parezca. Su considerable polla estaba haciendo acto de presencia por debajo de la tela, creciendo a ojos vistas. Me di cuenta de reojo, claro, no le miré directamente porque sabía que él me estaba mirando. Lo que sí hice fue buscar por todas partes - el suelo, la banqueta que tenía a mis espaldas – los calzoncillos, pero ni rastro.
Entonces le miré.
Levanté la vista hacia su cara y le miré.

- “ Darío...”
- “ Si...?
- “ Y eso que la lanzada a la hora e vestir era yo”.
- “ Bueno, verás.. me gusta sentir el roce de la tela, jajajaja!!!”

Y diciendo esto, sin dejar de reír nerviosamente, me cogió de las axilas y con un breve impulso me sentó en la banqueta del probador y arrodillándose, con sus manos en mi cintura, me besó.
Había llegado el momento.
Le pasé los brazos alrededor del cuello, sorprendida pero satisfecha, y sobre todo, muy excitada. Sentí con un estremecimiento cómo sus manos fueron descendiendo lentamente hasta mis desnudos muslos y cómo iniciaban una exploración hacia arriba, con los dedos totalmente extendidos y levantándome la falda a su paso, sin pudor alguno. Movía las manos tan lentamente que me dio la sensación de poder sentir cada partícula de piel, y eso me desesperó del todo. Me retorcí sobre mi misma, apretándole más contra mí, con unas ánsias que ni yo misma me conocía hasta entonces. Hice amago de bajar los brazos y así liberarme de las braguitas, pero Darío me lo impidió. Sus labios se separaron de los míos para mirarme fijamente a los ojos con su rostro a escasos centímetros del mío.

Sus ojos eran puro fuego.

Me alcé ligeramente para que me él pudiera deslizarme las bragas hasta los tobillos y con ambas manos en mis rodillas, sin dejar de mirarme me abrió de piernas.

Mi sexo estaba totalmente húmedo, casi mojado. Noté cómo mis fluidos sexuales resbalaban por la parte baja de mi coño, como si quisieran alcanzar las llanuras de mi culo, sintiendo cómo me latía, tan cálido, tan ardiente, que no pude evitar soltar un gemido que parecía llevar atrapado en mi garganta desde tiempos inmemoriables. Darío me instó a aguardar silencio porque como nos oyera alguien y nos descubriera así...mejor ni pensarlo.

No podría explicar bien cómo me sentía. Yo era un amasijo de nervios y excitación a punto de estallar. Eché la cabeza hacia atrás y la apoyé en la pared, con los ojos cerrados, tratando de relajarme un poco para poder sentir mejor a Darío. Tenía la sensación de ser la cazadora cazada, ridícula en mi recién estrenado papel de sumisa (normalmente era yo la lanzada en el sexo y estaba acostumbrada a dictar las normas), me decepcionó un poco que Darío se pusiera tan marimandón al hacerme callar, pero... la verdad es que eso, todo eso, fue como un aliciente para mí. Me sentí protegida, como si no tuviera miedo de que nos descubrieran porque, en tal caso, sabía que Darío daría la cara por los dos.

Se había quedado quieto, como alerta, escuchando para comprobar si alguien se acercaba, pero solo se oía el trajín de las dependientas, el entrechocar de perchas contra el cristal de los mostradores y las típicas conversaciones mezcladas con el ir y venir de los demás clientes.

Me fui relajando poco a poco, mi respiración volvió a adquirir su ritmo habitual. Solo nos separábamos de aquella realidad, del resto del mundo, por una simple cortina, que entre otras cosas podía ser corrida en cualquier momento por algún cliente despistado. Entonces noté la presión de las manos de Darío en mis rodillas, indicándome que se estaba inclinando hacia mi sexo. Abrí los ojos y bajé la cabeza, justo para ver cómo él, con los ojos cerrados, se aproximaba a mi entrepierna y hundía su nariz en mi.

Suspiré.

Allí estaba yo, sentada con las piernas abiertas, en uno de los probadores de la posiblemente más conocida tienda de ropa de este país, con el chico que tanto me gustaba arrodillado ante mí y con su cara hundida en mi coño. Bueno, tampoco es que fuera el sueño de mi vida, pero la cosa estaba muy bien.

Sentí los labios de Darío sobre los míos (pero los de abajo...) y cómo su lengua comenzaba a lamer mi hinchado clítoris. Fue algo tan intenso que me llevé la mano extendida a la boca y la tuve que morder para no gritar. Me dio unos cuantos lametazos y aplicó su enorme boca sobre mi para succionar – bastante ruidosamente, por cierto, aunque ya me daba lo mismo – mis jugos. Después se concentró en mi clítoris y con la punta de la lengua lo acarició, rodeándolo y volviéndome loca. Parecía un enorme animal sediento que hubiera hallado un oasis en mi sexo. Esa fue la sensación que me dio cuando le miré. Él comenzó a chuparme más deprisa hasta que me corrí en toda su cara, y para cuando abrí los ojos y me vi en el espejo que tenía enfrente (de hecho, había dos espejos dentro del probador) no me reconocí.
Veía el culo de Darío abierto en toda su extensión, con su hermoso pene y sus velludos huevos colgando y con un dulce vaivén insinuante, a los lados mis piernas totalmente abiertas y encrespadas, la falda enrollada en la cintura y una mueca en la cara, de deseo reprimido por gritar, apunto de ponerme a llorar de placer, y me sentí extraña, como atrapada en aquel cuerpo, porque aquel sentimiento de placer era incorpóreo. Si, un placer que provenía de mi sexo, que me proporcionaba mi cuerpo, pero es que me sentí tan llena con aquel orgasmo que no cabía en mi propio cuerpo, en aquella cárcel de huesos y piel.

Entonces Darío levantó la cabeza y se apoyó sobre mi pecho. Yo le abracé exhausta y deslicé mi mano derecha hasta su cuello, notándolo un poco húmedo de sudor, pero cuando alcancé la barbilla mis dedos se humedecieron con algo que no solo era sudor, sino mis propios jugos que se le deslizaban desde sus comisuras.

Con manos temblorosas le obligué a mirarme... y le besé en los labios, lamiendo de su boca, de sus comisuras y de su barbilla mis propios fluidos.


Fue entonces, no antes ni después, sino justo en aquel preciso instante, cuando comprendí que me había enamorado de Darío.

Aliena del Valle. FOTOS

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