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De como Seduje a un Cura


Dedicado a Charles Champ D`Hiers,
el marqués más seductor de la historia de la ficción y uno de los mejores escritores con los que he tenido el lujo de toparme.

Y, precisamente, como dijo Alonso Quijano:
”Amigo Sancho, con la Iglesia hemos topado”…
Comencemos…






Yo, desde que he tenido uso de razón, siempre he desconfiado de la Iglesia, aunque respeto profundamente a quienes sí creen en ella.

Sin embargo, en cierta ocasión, ya fuera por obra de la caprichosa Fortuna ya por otras causas que desconozco – o al menos eso creo- , me convertí en la muchacha más beata que haya existido jamás. Voy a contarles la historia de cómo conseguí seducir a un joven cura cuando yo contaba con la tierna edad de 17 años. Hasta el momento, jamás nadie ha sospechado de mí, ya que siempre he procurado ser una chica modelo en lo que a moral se refiere, pero... en fin, cualquiera puede decir que tiene un corazón de oro, señores… ¡¡hasta un huevo duro!! .
Por los hechos, y no por vuestras palabras, os daréis a conocer. ¿No dice eso la Biblia?.

La cuestión está en que el cura se marchó del pueblo al poco tiempo, y claro, aquello extrañó mucho a la parroquia, porque en teoría había llegado a T*** con el firme propósito de quedarse. Pero, como ya he dicho, nadie osó señalarme a mí. Además, en realidad yo no tuve la culpa… no era yo quien tenía los votos de castidad, sino él…


Todo comenzó en la boda de mi hermana mayor. Mi familia estaba muy nerviosa porque la ceremonia no la iba a hacer don Constantino, sino un cura demasiado joven para el gusto de los más ancianos y que acababa de llegar al pueblo, llamado Nicolás.

Supongo que Nicolás no tendría más de 28 años por aquel entonces. No era demasiado alto, pero estaba muy bien formado. Tenía el pelo negro azabache - lo que contrastaba con la palidez teológica de su piel -, y los ojos… creo recordar que eran marrones. Era un hombre exquisito, tan delicado en comparación con lo rudos que eran los demás muchachos que me llamó la atención enseguida… cosa que no es censurable teniendo en cuenta que yo solo tenía 17 años y que a esa edad la libido suele andar rozando las nubes.

El caso es que Nicolás acabó casando a mi hermana.

Y claro, yo debía de estar en la boda de mi hermana… en la Iglesia… que no había pisado desde que hice la primera Comunión y… allí estaba Nicolás.

Me senté, como es lo normal dado que era la boda de mi hermana, en primera fila. Casi no me podía creer que hubieran acabado por fin los preparativos de la novia, el trajín de las peluqueras, las idas y venidas de las damas de honor, los nervios (especialmente los de mi madre, que era la madrina), que si a ese vestido se le ha saltado una costura, que si la novia está más delgada y le sobra del talle, que si los anillos, que si dónde está el dichoso ramo… en fin, lo indecible. Me sentí aliviada de estar por fin acomodada en aquel banco de la Iglesia, pensando que mientras se llevaba a cabo la aburrida ceremonia (que solo es emocionante cuando los novios dan el “Sí, quiero” y cuando se produce ese intrigante silencio después de que el cura pregunta sobre si alguien se opone al enlace…), pensando, como decía, en lo prometedor que se me presentaba la fiesta del banquete, ya que habían venido unos primos por parte del novio…


Fue entonces como, por arte de magia, apareció Nicolás ante mí. No le había prestado atención hasta que, con su voz profunda y suave comenzó a dar una especie de sermón sobre el Amor, su importancia y… ¡bah!, y demás historias que por aquel entonces a mi me traían al fresco.
Sin embargo quiso la Casualidad que el atril desde donde hablaba estuviera justo frente a mi lugar en el bando, y así pude observarle a mi antojo. Me di cuenta de que él también se había fijado en mí porque apenas me quitaba ojo, supongo que guiado por ese concepto retórico de concentrarse en un mismo punto cuando se habla en público.

Me miraba, y eso era lo importante.

Así que yo, que soy muy complaciente, también le miré. Pero hubiera aportado cinco a una a que mis pensamientos distaban mucho de los suyos… Aquel chico me gustaba, y fuera cura o no, era una cuestión que no consideré de mi incumbencia. Y cuando a mi me gusta algo…

Pasado un rato noté cómo se empezaba a poner nervioso y trataba a duras penas de rehuirme la vista, tratando de no mirar ni tan siquiera hacia el sitio donde yo estaba sentada, lo cual era bastante difícil, dado que estaba situada justo delante de él. Y aquello me sacó de quicio. Muchas veces he pensado que si en aquella ocasión Nicolás me hubiera sostenido la mirada, si me hubiera hecho frente, yo hubiera perdido el interés por él y desistido en la conquista.
Pero no lo hizo.
Y a mi me gustan los retos.



Acabada la ceremonia, mi querida víctima, santiguándose, se metió veloz como alma que lleva el diablo hacia la sacristía, en espera de que los novios firmaran con los testigos. Yo traté de quedarme allí, resuelta a no ceder un ápice, pero mi madre no tardó en tirar de mí hacia la salida para saludar a no sé quién y perdí la oportunidad.

Recuerdo que aquel día pasó como una ensoñación, y a pesar de que me enrollé con dos de los primos de mi recién estrenado cuñado, no pude quitarme de la cabeza la imagen del nuevo cura. Sus palabras, tan castamente pronunciadas, resonaban en mi cabeza como un eco intermitente. Así pasaron unos cuantos días, y yo sin poder dejar de pensar en él. Me informé cuanto pude sobre su vida y obra a través de las cotorras del pueblo (para que luego se digan que esas marujonas no valen de nada, cuando en realidad constituyen la mejor fuente de información de los pueblos), pero no conseguí calmar las ansias que me habían nacido en el estómago y que me estaban quemando por dentro.

Acabé por ir a la Iglesia todas las tardes con tal de ver a Nicolás, pero jamás conseguí sacarle más que una sonrisa y unas cuantas miradas nerviosas. Parecía como si me ignorara. Y eso me hizo pensar que tal vez… Además que siendo cura, tan joven, y con los votos de castidad tan recientes…

Así que me decidí a trazar un plan de ataque.

En la parroquia había dos curas, como ya dije: el viejo don Constantino y Nicolás. El primero solía estar casi todo el día metido en la Iglesia y era el que se ocupaba de las confesiones. Pero como yo no tenía forma de acercarme a mi cura sin levantar demasiadas sospechas (ya en la calle las viejas sospechaban de mi repentina pasión por las misas), pensé que si don Constantino no estuviera, quien se ocuparía del confesionario sería Nicolás. Solo tenía que esperar mi ocasión… o provocarla yo misma….

Me explico.

A don Constantino le gustaba el vino cosa mala. Pillaba unas borracheras de escándalo, por eso el vino de la misa a él se lo cambiaban por coca-cola, porque como aquel hombre oliera el vino se perdía. Eso era cosa sabida por todo el pueblo, peor como era el cura, pues se le perdonaba. Pues bien. Solo tuve que birlar de la bodega de mi padre unas cuantas botellas de orujo y dejárselas en la mesa de la sacristía. Me senté en uno de los bancos del fondo y adopté una postura piadosa… pero no tuve que esperar demasiado… a la media hora escasa don Constantino salió con un punto bastante considerable y, llamando a Nicolás, le dijo algo sotto voce que yo entendí como un “me largo de aquí porque estoy empipao, tu te encargas…”. Bueno, si, ya sé, es muy vulgar, pero es que aquel pobre hombre no tenía otra.

Al poco rato, creo que fue la abuela de la Manuela quien se colocó en el confesionario y claro, a falta de don Constantino… allá que fue Nicolás a confesarla. ¡¡Ya me imagino los pecados que pudiera tener aquella pobre mujer!!. Acabaron pronto y a mi me faltó tiempo para ocupar el lugar de la buena señora y, a sabiendas de que dentro estaba Nicolás y de que no tendría más remedio que oír lo que le iba a decir:

- «Ave maría purísima…
- … Sin pecado concebida…
- Don Constantino, tengo un problema – dije sin darle oportunidad al pobre chico de replicarme que él no era el viejo - , verá, yo no suelo venir mucho a la Iglesia, pero es que últimamente he… - dudé – sentido la “llamada de Dios”…ejem… y….verá, es que he tenido sueños impuros con Nicolás, el cura nuevo…»


Y de repente no se le ocurrió nada mejor que salir del confesionario y mirarme como si yo fuera la mismísima Lilith hecha persona. Tengo que reconocer que ahí llegué a pensar que me había pasado… pero claro, ya no podía echarme atrás. No en vano llevaba a mis espaldas, con tan solo 17 años, tantas conquistas…

Así que me mostré sorprendida, como si me hubiera pillado en falta (siempre he sido muy buena actriz, aunque queda mal que yo misma lo diga) y bajando la mirada, permanecí en silencio, en espera de su sentencia. Quizás él se apiadara de verme con aquel gesto de arrepentimiento, pero era un tipo duro de roer. Me espetó que tendría que hablar con mis padres urgentemente y yo, que sabía que la ocasión hace al ladrón, cual María Magdalena sollocé que estarían en casa al día siguiente por la tarde. Quedamos en que les haría la visita sobre las 5 de la tarde y se marcho hecho una fiera.

Pero lo que él no sabía es que mis padres al día siguiente no iban a estar en mi casa… iban a la capital a comprarle unas cuantas cosas a mi hermana, por la cosa de ser recién casada…


Al día siguiente apenas di pié con bola en clase y para cuando llegué a casa mis padres no se habían marchado aún. ¡Casi me dio algo cuando a las 4 y media todavía estaban arreglándose para irse!... pero por fin se fueron y acababa de meterme en la ducha cuando sonó el timbre de la puerta de entrada. Me envolví malamente en un albornoz y salí a abrir. Estaba tan nerviosa que por un momento me arrepentí de todo lo que iba a hacer, pero al abrir, y ver a Nicolás allí, en la puerta…
Ni siquiera me saludó. En seguida me preguntó por mis padres. Le dije que habían salido pero que regresarían pronto, así que le invité a entrar. Él pareció dudar, pero accedió. Noté que echaba miradas furtivas a mi mal tapado escote, pero no me di por enterada. Le conduje hasta el salón y, ofreciéndole algo para tomar, cosa que rehusó, le pedí que esperara mientras yo acababa de ducharme. Pobre, parecía tan apocado…

Sin embargo aquella jugada me salió mal. Cometí el graso error de dejar la puerta del baño abierta, para que pudiera oír cómo me duchaba, pensando que aquello le excitaría… y para cuando regresé al salón no había nadie.
Nicolás había desaparecido.
Y a mi aquello me enfureció.



Cualquier persona hubiera desistido en el empeño. Pero “cualquier persona” no era yo. Así que pasada una semana, durante la cual no supe nada de él, volví a la carga.

Un día les dije a mis padres que me iba a dormir a casa de mi mejor amiga y en lugar de eso me dirigí hacia la Iglesia. Iba vestida con una falda bastante corta y una camiseta de algodón, muy ceñida. Era ya casi de noche y hacía frío, así que mis pezones se dejaban notar mucho a través de la tela. Al llegar, me colé en la sacristía por la puerta de atrás y me oculté tras una enorme mesa de caoba que había en un rincón, entre la imagen de un Cristo resucitado y una pila bautismal del año de Maricastaña, dispuesta a esperar lo que hiciera falta con tal de sorprender a Nicolás, pero con tan mala suerte que me quedé medio dormida… el caso es que me pasé toda la noche allí. Ridículo, vaya.

Pero…

La Suerte acabó por apiadarse de mí…

…porque serían las 5 de la mañana cuando me despertó el ruido de los goznes de una puerta al abrirse. Me incorporé y vi cómo Nicolás entraba en la sacristía y, encendiendo una luz auxiliar, volvía a cerrar con llave.

Fue entonces cuando me puse de pie. Él se giró y me vio, pero para mi sorpresa, no se sorprendió de verme allí.

- « Buenos días, Alicia … ¿Qué tal has pasado la noche? »

Yo no tuve por menos que mirarle como si acabara de ver una aparición…

- « ¿¡ Sabías que yo estaba aquí ¡?

- Si. Te vi ayer cuando cerré la Iglesia. He querido darte una lección, pero… lo cierto es que no he podido dormir, pensando que estarías aquí, sola.


- Mira qué considerado… »


Se acercó a mí y… no sé. En realidad siempre he pensado que fui yo quien le sedujo, pero a veces, cuando me acuerdo de la forma en la que me miraba en aquellos momentos, he dudado. Quizás yo era el cazador cazado.


Lo cierto es que fue él, Nicolás, aquel cura recién llegado que acababa de realizar la promesa del voto de castidad, quien se abalanzó sobre mí. Me rodeó la cintura con un brazo, mientras que con una mano me agarró del pelo, y tirándome de la cabeza hacia atrás, comenzó a besarme el cuello. Yo casi no pude dar crédito a lo que me estaba pasando, así que me dejé llevar… había deseado tanto a aquel hombre… cerré los ojos para sentirle mejor, y para cuando quise darme cuenta, Nicolás me había despojado de la camiseta y de la falda, y de un tirón, me había quitado las braguitas, dejándome completamente desnuda en medio de la sacristía.
Enseguida me secundó, quitándose los pantalones. ¡¡ Cual no sería mi sorpresa al ver que no llevaba nada debajo!!! Me sentí enfebrecida por el deseo… y él se dio cuenta. Se sentó sobre un desvencijado banco de madera que había contra una pared, totalmente abierto de piernas, con aquel prodigio de pene que le habían concedido la Naturaleza, o su madre, y me hizo señas para que me acercara… y yo, claro, no pude resistir la tentación. Me arrodillé entre sus piernas y en un acto inconsciente, de un bocado me la metí casi entera en la boca, y comencé a succionarla primero muy despacio y luego, poco a poco, a mayor velocidad, chupando y lamiendo con mi lengua toda su longitud, haciendo girar mi boca sobre su enhiesta polla y acariciando con las dos manos sus huevos. Creo recordar que era la tercera vez que hacía una felación, pero aquella vez me estaba comiendo una verga de verdad, de hombre. Su polla estaba durísima. La tomé por la base con mi mano y apoyé mis labios en la punta y me la introduje en la boca hasta que no pude más, para luego subir por el tronco hasta llegar a la punta de nuevo. Pronto él empezó a gemir y pensé en el riesgo de que nos pillaran tal y como estábamos y eso, inexplicablemente, me excitó más de lo que estaba.
Pronto sentí que estaba muy empapada, me latía tanto el coño, que no pude aguantar más. Me levanté y me coloqué a horcajadas sobre él, sentándome muy lentamente sobre su erecto pene, que él mismo sujetó para facilitarme la tarea. Sentí intensamente su calor, cada centímetro que se iba metiendo, adaptándose con cierta dificultad a mi estrecha vagina, me ardía, me quemaba… pensé que me iba a morir de placer. Nicolás me agarró de la cintura y me ayudó a impulsarme. No parábamos de gemir y jadear extasiados y así, no tardó en llegarme un orgasmo increíble… me vino tan fuerte (jamás había experimentado algo así) que tuve que parar de moverme, de lo atontada que estaba.
Pero él comprendió. Me sopló suavemente en la cara, para que me espabilara, pero al ver que me costaba mucho reaccionar, me cogió en brazos y me tumbó sobre el banco, cuya frialdad me hizo bien… cuando abrí los ojos me lo encontré allí, poniéndose la camisa, mirándome con una compasión que me sorprendió:

- « ¿Ya hemos acabado? – dije en tono de burla -.
- Ah, vaya, pero ¿quieres seguir?... ¿no te ha bastado!?... muy bien… ¡date la vuelta entonces! Esto seguro que te quita las ganas de seguir!!!.»

He de reconocer que me dio miedo verle tan resuelto. Pero obedecí por lo mismo.
Me pasó su miembro por la rajita de mi culo, y después me inspeccionó, paseando el dedo índice por mi otro agujero… ¡por el ano! ¡¡Nicolás me iba a follar por detrás!!!
Me sujetó de la cadera con una mano mientras que con la otra se sujetaba su pene por la base. Sentí en mi ano el contacto de su cálido glande y creo que me eché a temblar… Lo sentí luchar contra la presión de mi culo. Me imagino que antes se había ensalivado la punta porque lo noté un tanto resbaladizo, y pronto mi esfínter empezó a expandirse al sentir que el capullo de su enorme polla por fin estaba penetrándome. Sentí un agudo dolor, pero eso no me paró… muy al contrario. Además, no era la primera vez. Yo misma me echaba hacia atrás para engullirle por completo y al poco comenzó a embestirme me una forma tan violenta, tan desesperante, que me tuve que morder el labio inferior para no gritar de puro placer…
Recuerdo con todo claridad que me eché a llorar cuando noté sus cálidos chorros de semen dentro de mí, y de que casi me volví loca cuando sacó su polla de mi agujerito… pero estaba tan agotada que ni tan siquiera me di cuenta de que don Constantino estaba llamando a gritos a Nicolás desde la nave central de la Iglesia.
El cura me besó en la nuca y se vistió rápidamente, saliendo casi enseguida y cerrando la puerta tras de sí, dejándome allí sola, con las piernas temblorosas y estremecida por los espasmos del placer...

Aquella fue la última vez que vi a Nicolás. Supe por mi madre que al día siguiente se marchó de T*** sin ni siquiera haberse despedido de don Constantino.
… Y menos mal que nadie me señaló a mi como la culpable de su partida… al final todos le habíamos tomado cariño a aquel cura tan joven y tan dedicado a su parroquia… aunque algunos lo pudimos comprobar más que otros…


ALIENA DEL VALLE.- FOTOS

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jose alva cava on

fuiste por lana y saliste trasquilada, pues el cura te rompio la concha y despues te cacho por el culo yo hubiera hecho lo mismo pero de todas maneras me eh corrido la paja entu nombre

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