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Curiosas Relaciones

1ª PARTE: RECIBIENDO A MIS SUEGROS


Mi historia comienza con un hecho desgraciado, la triste muerte de mi esposa, después de una penosa enfermedad. Quedé viudo con 32 años y con un hijo pequeño que entonces tenía 4 años. Al quedarnos solos la vida se complicó bastante porque no me podía permitir abandonar el trabajo que entonces tenía, y debía incluso echar horas de más para aumentar un sueldo que algunos meses venía escaso. El problema además se acrecentaba con la corta edad de mi hijo, al que no quería separar de mi bajo ninguna circunstancia, pero yo sólo casi no me podía hacer cargo de él y toda mi familia se hallaba en otra ciudad muy lejana a la nuestra. Mi agobio y mi apretada situación se vería aliviada al menos por un tiempo cuando mis suegros y abuelos de mi hijo decidieron venir a pasar el verano a nuestra casa.


Gregorio era el nombre de mi suegro y Rocío el de mi suegra. Ambos querían mucho a mi hijo, sobre todo ella, que se desvivía en atenciones con el niño y porque no decirlo, conmigo también, diciéndome que estaba muy desmejorado y que necesitaba comer mejor, por lo que preparó durante aquel tiempo exquisitos guisos. Fue un tiempo en que me sentí cómodo con la presencia de Gregorio y Rocío, porque sentía que aquello era como una pequeña familia, salíamos juntos a la calle los fines de semana y compartíamos todo el tiempo que podíamos juntos, porque por otro lado yo no sostenía en aquel entonces sólidas amistades con nadie de por allí. Fue esto concretamente lo que llevó a mi suegro a plantearme una conversación en la que me preguntó si no tenía la necesidad de salir con ninguna mujer y tener relaciones sexuales. Aquella charla me sorprendió, pero él me tranquilizó diciéndome que en todo caso buscar a una mujer sería lo normal y que si él estuviese en mi situación seguro que lo haría. Así que le confesé que verdaderamente tenía ganas de hacerlo, pero que con él y con su esposa allí pues me sentía bien y que quizá con la presencia de ambos no sería adecuado traer a ninguna chica a casa, aunque era cierto –le dije- que se me iban los ojos detrás de cualquier mujer. Esto que dije provocó en el una reacción inmediata que le hizo preguntarme:


¿De verdad que miras a muchas mujeres?

Si –dije yo- prácticamente a todas.

¿Incluso a Rocío, mi mujer?

¡No! ¿Qué dices Gregorio? Ella es mi suegra y la respeto, al igual que a ti.

No te creo –me dijo- porque Rocío tiene un culo fabuloso y alguna vez se lo habrás mirado con ganas, lo mismo que hacen muchos hombres por la calle.

Por favor dejemos el tema, esto no tiene gracia.

Como quieras –dijo él- pero no creas que me voy a enfadar si miras a mi mujer.

Así se quedó la cosa. Escapé algo avergonzado de aquella conversación pero he de admitir que sí, que más de una vez me había quedado mirando el culo y las tetas de mi suegra y que la encontré poderosamente atractiva para la edad que ella tenía, pero es que después de que mi suegro me dijese todo aquello aún la miré más y lo que fue peor, comencé a elaborar fantasías eróticas con aquella mujer en el transcurso de muy pocos días transcurridos desde aquella charla. Gregorio por su lado no dejaba de sonreírme cuando los dos nos hallábamos en presencia de Rocío, señalándome con la mirada hacia el culo de su mujer si ella se encontraba de espaldas o haciendo gestos obscenos sin que la mujer lo advirtiese. Pensé que era un pervertido, pero a decir verdad aquello solo avivó el fuego de mi deseo, haciéndolo cada vez más intenso, hasta el extremo, he de confesarlo, de que comencé a masturbarme teniendo como objeto de mis anhelos sexuales a mi suegra. Sentí algo de malestar por ella, pues siempre había sido buena y respetuosa conmigo, pero desde luego no tenía la sensación de estar traicionando a mi suegro, ya que era el único responsable de que yo hubiese llegado a tal situación. El caso es que a partir de entonces no tuve más aspiración que ella y olvidé la atracción que en semanas anteriores había tenido por determinadas mujeres (compañeras de trabajo, vecinas, etc). Gregorio llevaba razón: cuando íbamos por la calle o entrábamos en algún restaurante los hombres lanzaban más de una mirada furtiva hacia Rocío, cosa que a mí me provocaba celos, algo que nunca había experimentado, y el caso es que con su marido no me ocurría; mi suegro la podía acariciar, besar o darle una palmada en el trasero que era algo que no me molestaba. Es más, seguro que si los espiaba mientras follaban sería algo que me excitaría una barbaridad. Me pregunté entonces si lo harían a menudo y me propuse averiguarlo.


Como era pleno verano y hacía calor casi todas las puertas del piso permanecían abiertas durante la noche para que el aire corriese, así que una noche, un buen rato después de habernos ido todos a la cama, me levanté para acercarme hasta el dormitorio de mis suegros cuya puerta se hallaba semiabierta. Estaban hablando y esto fue lo que oí:


-...mira Rocío –decía mi suegro- no puedo tomar tan a menudo una viagra para conseguir una erección, podría darme un ataque al corazón o algo por estilo...

- Sí, lo sé –le dijo ella- pero es que tengo más ganas de follar que nunca...

- Sé como te pones con el calor mujer, y no creas, a mi también me apetece hacerlo.

- Entonces ¿por qué no te tomas una de esas pastillas esta noche?

- Ya te he dicho que no. Creo que hay otro modo de que se me ponga tiesa sin tener que recurrir a fármacos. Esta noche si quieres te como el coño, te lo hago con el dedo o cogemos un plátano a ver que tal.

- ¿Dices que conoces un modo para que se te ponga tiesa?

- Sí, ya te contaré, pero quizá tengamos que variar algo en nuestros hábitos sexuales.

- Lo que haga falta –dijo Rocío, presa de la excitación sexual-. Y ahora dime ¿qué habías propuesto de un plátano?


Los dos rieron con aquello del plátano, pero no se trataba de ninguna broma, porque mi suegra se levantó de la cama y se dirigió a la cocina en busca de aquella "fruta prohibida". No pudo verme porque yo me hallaba oculto en la oscuridad, pero yo a ella si, y con mucho detalle. Iba en bragas y en sujetador, y verla así me hizo sentir deseos de abalanzarme sobre ella, tumbarla sobre el suelo y abrir sus piernas para perforar su anhelado coño con mi verga que estaba totalmente tiesa después de haberlos oído hablar sobre aquel tema y de haberla visto a ella pasearse casi desnuda por la casa. Mi suegra regresó inmediatamente de la cocina con un plátano en la mano y se lo entregó a su marido diciéndole que era el último que quedaba. Ambos rieron y advertí que pronto dieron comienzo a sus juegos ya que no se cuidaron en reprimir sus gemidos de placer, sobre todo ella, que probablemente ya se hallaba con el plátano entero metido en la húmeda cueva de su chocho. Gregorio hablaba a su mujer con las palabras más malsonantes y atrevidas, lo que ella agradecía enormemente pues aumentaban su excitación:


- ¿Te gusta esto puta asquerosa?

- ¡Siiiii...! –decía ella entre gemidos- sigue metiendo y sacando ese plátano, ¡no pares!

-¡Toma esto zorra...!


Mientras me estaba yo haciendo una violenta paja allí mismo en la puerta de su dormitorio, escuchando sin ser visto e incluso planteándome irrumpir allí dentro a ver si me dejaban entrar en el juego. Pero eso no era más que una fantasía loca que no llegué a cumplir, solo me corrí reprimiendo un grito de satisfacción dejando todo el suelo a mis pies lleno de semen, el cual ni me molesté en limpiar porque al día siguiente estaría seco y porque si lo veían me daba igual que tipo de preguntas se hiciesen. Así, mientras yo eyaculaba, mi suegra experimentaba su triunfal orgasmo con el plátano dentro. Al acabar parece que ambos compartieron la fruta comiéndose la mitad cada uno. Todo quedó en silencio y me fui a dormir, sin que mi cabeza parara de darle vueltas a lo que había sucedido.


Al día siguiente, durante la comida hubo la misma normalidad que siempre, aunque yo veía en cierto modo a mi suegra de otra manera. La respetaba sí, pero me sorprendía de ella hasta que punto llegaba durante el acto sexual: su desinhibida forma de jugar a lo que le proponía el marido, las palabras que empleaba y el consentimiento que daba a las palabrotas que le profería Gregorio. Para cualquiera Rocío podría ser como una vulgar puta dado su comportamiento, pero para mi no dejaba de ser la gran señora que había sido siempre y por eso tenía muy buen concepto de ella, si bien era verdad que la deseaba como a nada en este mundo. El día trascurrió como otro cualquiera. Mi suegro y yo hablábamos de cualquier cosa mientras Rocío jugaba y daba de cenar al niño para después acostarlo temprano. Posteriormente nos tocaba cenar a nosotros y mientras Gregorio y yo continuábamos charlando, Rocío iba y venía de la cocina con la cena preparada. Ambos la mirábamos, pues en mí ya no había recato con él delante. Miraba el culo de mi suegra y sus enormes y apetecibles tetas cuando se inclinaba ante nosotros para depositar un plato. Su marido estaba orgulloso de ella y yo complacido de tenerla en casa. Nos pusimos a cenar los tres juntos y Gregorio empezó a piropear a su mujer diciéndole que si era una gran cocinera, una gran esposa y después diciendo también que él era muy afortunado al tenerla consigo. Además él mismo me preguntó que opinaba yo, y con algo de timidez le dije que tenía razón, que Rocío era una mujer que valía mucho y que además era muy guapa.


-¿Solamente guapa? –preguntó Gregorio.

- Bueno, también muy hermosa –dije yo con algo de rubor, haciendo al mismo tiempo que Rocío se ruborizase.

- Guapa, hermosa, ¡y que está muy buena, admítelo! –dijo él.

- ¡Pero qué cosas dices! –le reprendió sin demasiada energía su mujer- Gregorio cuida que cosas dices delante de nuestro yerno.

- No te enfades Rocío –le dije yo- es evidente que eres una mujer atractiva, eso no hay quien lo niegue. No hay nada de malo en que lo digamos nosotros.

- Así se habla –concluyó mi suegro.


Mi suegra se había puesto roja como un tomate, pero no parecía que aquello le hubiese desagradado, sino todo lo contrario, pareció que le había gustado e incluso por como habló y se movió después daba la impresión de que coqueteaba un poco.


- Bueno –dijo ella a continuación- ¿qué queréis de postre?

- Un plátano –pedí yo con algo de malicia-.

- No hay –dijo.

- Sí –contestó mi suegro casi a carcajadas- aquí en esta casa debe haber alguien a quien le gusten mucho los plátanos y no deje ni uno en la despensa.


Mi suegra se volvió a poner otra vez colorada y dio un pequeño cachete a su marido por la poca gracia de la broma, pero al mismo tiempo ella se reía. Las conversaciones y las palabras de doble sentido de aquel matrimonio empezaban a ser para mí una fuente de morbo milagrosa, justo lo que yo necesitaba para arder de excitación. Después de la cena los tres nos sentamos a ver la tele. Ellos se sentaron en un sofá el uno junto al otro y yo enfrente en otro sillón. Pasaron los minutos y poco a poco mi suegra se fue quedando dormida junto a su esposo, reclinándose en el sillón para descansar mejor y apoyando medio cuerpo en Gregorio, el cual le fue dando caricias durante todo el rato en la cara, en el pelo y en el cuello. Esto era inofensivo y ella no le dio importancia antes de quedarse profundamente dormida. Fue entonces cuando Gregorio aprovechó para empezar a acariciar los senos de su esposa delicadamente por encima de la blusa que ella llevaba puesta. Él solo miraba hacia la tele, pero yo los miraba a los dos atraído por lo que empezaba a ser una morbosa escena. Seguro que mi suegro era consciente de que los observaba y quizá por eso fue a más y descubrió uno de los enormes senos de Rocío; yo me removí en mi asiento de pura excitación, pues aquello era más de lo que podía imaginar en las perversiones de mi suegro. Seguidamente descendió con una de sus manos a acariciar las pantorrillas de aquella mujer que inocentemente dormía. Tocó sus piernas, sus muslos y ascendió poco a poco hasta las bragas, pasando la palma de su mano por toda aquella zona. Mi suegro me miró durante unos instantes directamente a los ojos. Ninguno dijimos nada, pero yo le desafié con la mirada a ver hasta donde era capaz de llegar y él entendió el mensaje.


No lo dudó. Apartó las bragas de Rocio y comenzó a acariciar todo el coño, para después meterle dos dedos y frotarlos en el interior de la vagina. Yo miraba excitadísimo y a pesar de tener mi polla más tiesa que nunca no pude sacármela para hacerme una paja pues me daba mucha vergüenza. Pero mi suegro proseguía con sus manejos y mi suegra aunque dormida, temblaba de placer, solo que conforme el mete y saca de los dedos en el coño iba adquiriendo más velocidad, ella fue despertándose. Con los ojos entornados disfrutó durante unos minutos, quizá pensando que aquello le estaba ocurriendo en la intimidad del dormitorio y con la única presencia de su marido. Sin embargo pronto abrió los ojos y lo primero que descubrió fue a mi sentado enfrente de ella y mirándola casi con la lengua fuera; instantáneamente hizo ademán de taparse con la ropa e irse de allí, pero su marido la retuvo. Rocío nos miró con algo de enfado, como sintiéndose traicionada. Esa mirada me bastó para comprender que quizá lo mejor sería irme de allí y a punto estuve si no nos hubiese suplicado de aquel modo Gregorio:


-Por favor os pido a los dos que no os mováis de donde estáis sentados –dijo-. Rocío compréndelo, mira como se me ha puesto la polla por el mero hecho de que nuestro yerno esté aquí presente contemplando como te meto mano.


Mi suegro extrajo su verga y la mostró a su mujer. Probablemente el pobre hombre no alcanzaba una erección así sin tener que recurrir a la viagra desde hacía mucho.


-No te enfades tú tampoco –me dijo a mí- y quédate un rato más. En cuanto a ti Rocío, ya te dije que había un medio para que se me pusiera dura, pero que tendríamos que cambiar algunas cosas. Así que tu decides si seguimos adelante...y desde luego no le eches la culpa a él, pues yo he sido quien lo ha planeado todo.


Mi suegra no dijo nada, permaneció inmóvil unos segundos, quizá pensando que hacer, si seguir allí y disfrutar del sexo en mi presencia o irse para así mantener una respetabilidad que a lo mejor ella consideraba que estaba en juego. Yo bajé mi mirada algo avergonzado, creía que aquello sería el fin de una amistad y de un respeto mutuo. Mi suegro y yo esperábamos la reacción de Rocío. Entonces, cuando yo creí que todo se había terminado, Rocío cogió el pene de su marido con la mano y lo empezó a masturbar muy suavemente. Gregorio sonrío, yo presté más atención...


- ¿Así que queréis morbo no? –dijo Rocío.

- Sí, mi vida –le dijo su marido- ¿a ver de qué eres capaz?

Rocío se quitó las bragas y se sentó sobre Gregorio clavándose la rígida polla del viejo en su encharcado coño. Lo cabalgó durante unos minutos suave y sensualmente, mirándome de vez en cuando directamente a los ojos. Tuvieron un orgasmo que los llenó de una satisfacción que seguramente hacía tiempo que no experimentaban. Yo me levanté sigilosamente y me fui al dormitorio a hacerme una merecida paja. La noche no estuvo mal.


Durante el día siguiente pensé que si todo lo ocurrido no había sido un sueño era verdad que probablemente no pasaría de ser una experiencia aislada en la vida. Que aquello sería algo para recordar pero no para repetir. Me equivoqué. Al caer la noche mi suegra dio de cenar al niño y lo acostó más temprano de lo habitual. Descaradamente dio a entender qué era lo que estaba esperando. Otra vez solos mis suegros y yo. No hubo demasiada demora ni preámbulo, es más, apenas tomamos cena aquella segunda noche. Ocupé mi mismo puesto de la noche anterior en el sillón y me dispuse a ser espectador de lujo de las relaciones sexuales de mis suegros. Esta vez, después de meterse mano ambos y besarse como locos, se quitaron toda la ropa. La erección de Gregorio volvía a ser enorme, al igual que la excitación de mi suegra. La sesión tampoco duró mucho esta vez, aunque superó en intensidad a la de la noche anterior. Mi suegro tumbó a su mujer sobre la mesa del comedor y él de pie desde el suelo se la folló con singular maestría. Después, en mi dormitorio, me hice mi paja.


La tercera noche fue también muy esperada. Mi suegra hizo la cena del niño algo más temprano aún y lo acostó pronto (esto conduciría a un imprevisto en esta ocasión, como voy a relatar). Todo se desarrolló casi como una fotocopia de la noche anterior, hasta el hecho de que mi suegra se tumbara en la mesa y allí se la follase Gregorio. El coito, eso si, estaba resultando ser de el más potencia de los que hasta entonces practicaron conmigo de espectador, tanto, que mi suegra gimió y gritó descontroladamente. Entonces oímos a mi hijo llamarnos desde su dormitorio; claro, se acostó tan temprano que casi no tenía sueño y parecía haber estado despierto y escuchando. Los tres nos quedamos en el más absoluto silencio, aunque muy nerviosos por la inoportuna interrupción.


-Esperad –les dije a mis suegros- ya voy yo y lo soluciono.

Date prisa –dijo mi suegra-.


Me preocupó que mi hijo, a pesar de su corta edad, hubiese podido intuir que estaba sucediendo. Pero a pesar de ser muy listo, no parecía que lo hubiese comprendido.


- Papá –me dijo- ¿qué le sucede a la abuela? ¿porqué grita?

-Hijo –le contesté- está enferma y el abuelo le está poniendo una inyección. Una buena inyección –añadí entre dientes-. Así que tú a dormir.


No hubo problema, se durmió al instante. Al regresar al comedor mis suegros aplaudieron mi ocurrencia sobre la inyección y continuaron follando a lo bestia. Después mi paja. Pero al día siguiente no aguanté más y le dije a mi suegro que no quería que me siguiesen utilizando de aquella manera, y no era porque me desagradase que ellos experimentaran goce sexual, sino que el problema era que el que no podía experimentarlo era yo. Mi suegro me pidió que no los abandonase en ese momento tan dulce que ellos estaban viviendo en el terreno sexual y me prometió que esa noche me tenía reservada una sorpresa.


2ª PARTE: FOLLAR DESPUÉS DE TANTO TIEMPO


Así que la noche llegó y ya estábamos los tres otra vez solos después de haberle explicado al niño que el abuelo tenia que ponerle otra inyección a la abuela. No sabía cual era mi sorpresa hasta que sonó el timbre de la puerta y entró una chica de unos treinta años, de pelo rubio rizado, muy guapa y bastante bien proporcionada. Era una prostituta, se le notaba, mi suegro la había contratado exclusivamente para mi. Se llamaba Nuria y desde el primer momento se mostró muy cariñosa conmigo, aunque se sorprendió cuando descubrió que el juego consistía en follar delante de aquella pareja de vejetes, mi suegros, mientras ellos también echaban su polvo. Así que cada uno por su lado íbamos a lo nuestro, aunque Nuria y yo entramos sin dudar en terrenos de materia sexual que captaron en seguida la atención de nuestros suegros. Nuria comenzó a chuparme la polla magistralmente y a mi eso me volvía loco. Hasta ese momento no había mostrado mi herramienta en presencia de mis suegros y eso hubo de causarles impresión, pues sobre todo Rocío, no apartó la vista de mi verga casi en ningún instante. Rocío y Gregorio parecían estar disfrutando más que nunca solo por el mero hecho de ver como lo hacíamos Nuria y yo. No tardé en correrme entre gritos de gusto en la boca de la puta. Hacía tiempo que necesitaba una mamada así. Quedé exhausto en el sillón. Nuria se volvió hacia mis suegros y animó a Rocío a que se la chupase también a Gregorio. Rocío argumentó nerviosa que era algo que nunca había hecho.


-Hazlo –le dijo Nuria- seguro que tanto si lo haces bien como si lo haces mal a tu marido le gustará. La tiene tan dura que seguro que le explota en cuanto le pongas los labios encima.


Rocío comenzó a meterse el pijo de Gregorio en la boca. Lo hizo lo mejor que pudo, y Nuria llevaba razón, pronto el hombre eyaculó en la boca de su mujer de puro goce que aquello le producía. A mí, contemplar la escena hizo que inmediatamente se me pusiese dura de nuevo. Nuria lo agradeció, pero me pidió que antes de follar le comiese un rato el coño. Aunque era una puta, comprendí que tampoco ella habia vivido una situación tan especial como la de aquella noche, y por eso estaba tan excitada. Ahora les tocaba mirar a mis suegros, claro que al pobre Gregorio no se le volvió a levantar igual que a mí, y por otro lado era evidente por su cara de excitación que Rocío tenía más ganas de follar aquella noche. Le comí el coño a Nuria y después me tumbé en el suelo para que ella se sentase encima de mi polla. Así follamos un buen rato, mientras Rocío le pidió a Gregorio que al menos la masturbase con los dedos. Yo, hubiese preferido levantarme del suelo, haber dejado de lado a Nuria y haberme ido a follar con mi suegra, pues era a ella a quien deseaba por encima de todo, pero aquello no estaba en el guión y su marido podía no consentirlo. Entonces solo podía hacer una cosa, follar con Nuria brutalmente y así quizá dar envidia a Rocío, como creo que sucedía, pues los ojos se le salían de las órbitas mirando como lo hacíamos la pareja joven. Follé con Nuria en todas las posturas y maneras, incluso la sodomicé; todo durante un largo rato (yo diría que durante casi tres horas) en las que mis suegros no se cansaron del espectáculo. La joven prostituta se fue habiéndose hartado de mi semen y muy satisfecha, tanto que le hizo un descuento a mi suegro, encargado de pagarle.


Al día siguiente agradecí a mi suegro el detalle. Le dije que me había gustado mucho, pero que quizá no era aquello lo que necesitaba. Él me pidió que no me rajase a aquellas alturas, que no me traería a una puta, que me traería a dos si hacía falta, solo porque a él se le empinase de vez en cuando y pudiese follar dignamente con su parienta. Le dije que no era eso lo que quería y entonces me suplicó que pidiese lo que yo deseara. Se lo solté a bocajarro:


-Quiero follar con Rocío, o sea con tu mujer, con la que es mi suegra.


-No me pidas eso –exclamó mi suegro- Puedes mirar como lo hacemos, pero eso no, creo que no lo soportaría.

- ¿Qué es lo que no soportarías? No puedo aguantar más, fuiste tu mismo el que me animaste a observarla. La deseo.

-No soportaría ver como te la follas – me dijo-.

-No tendrías porqué verlo. Sería nuestro trato. Tu consientes que ella sea mía de vez en cuando y yo estaré presente cuando te apetezca en tus juegos.

-Si, pero...,¿ tu crees que ella querrá?

- Por supuesto que querré –exclamó la propia Rocío desde la puerta, pues lo había escuchado todo. Me parece que es lo justo.


Casi me faltó saltar de alegría al oír aquello. Mi suegra tenía tantas ganas como yo y mi suegro no tuvo más remedio que aceptar. Un rato después mi hijo preguntó si ese día el abuelo no tenía que poner la inyección a la abuela. Eran las cuatro de la tarde de un domingo. Gregorio dijo a su nieto que no, que ese día quien le pondría la inyección a la abuela sería papá. Rocío sonrío y dijo que tenía muchas ganas de "inyección" así que pidió a su marido que sacase a pasear al nieto por el parque y que no regresara al menos antes de dos horas. Gregorio se fue algo apesadumbrado, pero ya se acostumbraría; en todo caso él tuvo la culpa por ponerme a su mujer a tiro. Rocío y yo nos fuimos rápidamente al dormitorio y lo primero que me pidió es que le hiciese todo aquello que le hice a la prostituta.


3ª PARTE: A SOLAS CON ROCÍO, MI QUERIDA SUEGRA


Ambos teníamos la misma necesidad de follar, aunque ella estaba algo asustada por considerarme un joven león hambriento de sexo, mientras ella ya era algo madura. La tranquilicé diciéndole que practicaríamos coitos delicados. Así pues, y a pesar de las ganas que ambos teníamos, lo hicimos con dulzura. Besos, caricias y sexo oral sin prisas, y como suele decirse, sin pausa. Me comí su coño como si se tratara de la mejor ración de marisco que jamás hubiera degustado. Ella experimento su brutal orgasmo con aquello y a mi me produjo una erección terrible. Sin obligarla ni pedírselo Rocío se decidió a darme una mamada, así que rocé gustoso sus labios con mi glande. Ella sólo lo había hecho una vez y con su marido, pero expresó su temor de que a mi no me gustase. Le dije que tratándose de ella me gustaría lo hiciese como lo hiciese. Y lo hizo muy bien. Es más, creo que cualquier puta con años de experiencia no lo hubiese hecho mejor. Su legua y sus labios se movían alrededor de mi pene proporcionándome un placer que hacía tiempo no experimentaba. La mujer sabía como emplear su saliva para darme goce y sus manos no paraban de cosquillearme los testículos, y fue por esa sensación tan fascinante que perdí la noción del tiempo; no sé si transcurrieron cinco minutos o media hora, el caso es que ella la chupaba tan bien y yo me hallaba tan cómodo y excitado que acabé eyaculando en su garganta. En principio yo no quería que eso ocurriera pues ella se podía sentir asqueada, entonces le pedí afligido disculpas y ella sólo me dijo que no me preocupase pues pasó lo que ella deseaba que pasará, o sea, que le llenara la boca de semen. Así pasaron casi dos horas y todavía no me la había follado en el sentido exacto de la palabra. Pronto volverían Gregorio y el niño, Rocío me esperaba abierta de piernas y con el chocho encharcado deseosa de que le clavase mi enorme polla tiesa. La puerta de la casa se oyó; allí estaban ellos. Dudamos sobre seguir adelante o no, pues nos podían sorprender, pero eran tantas las ganas que cerramos el dormitorio por dentro con el cerrojo y nos decidimos a hacerlo cuanto antes y en el menor tiempo posible. Fue un record, me follé a mi suegra en menos de dos minutos, pero fue imposible reprimir gritos de placer, sobre todo ella que parecía enloquecida por el goce de aquel polvo. Gregorio lo hubo de oír desde fuera y cuando salimos tenía cara de cierto enfado, normal, me acababa de follar a su mujer. El niño también lo oyó pues preguntó que si le había puesto otra inyección a la abuela.


-Así es hijo mío- le explicó Rocío- tu papá pone la inyección de maravilla.


Fueron días difíciles para Gregorio, pues veía cómo su mujer también gozaba con otro, pero esto sirvió de aliciente a la relación de ambos pues todas las noches Gregorio aparecía ante Rocío con su polla bien tiesa y con ganas de guerra. Se estableció una dinámica de turnos para tirarse a aquella mujer. Gregorio lo hacía de noche y yo durante el día siempre que tenía ocasión, como aquella vez que la encontré cocinando y llegué desde atrás, le remangué la falda, le bajé las bragas y se la introduje desde atrás. Las lentejas que estaba preparando se quemaron mientras ella me suplicaba que no dejara de follarla. Una hora después Gregorio ya se la estaba follando en el dormitorio. La verdad es que teníamos a Rocío extenuada de cansancio por aquel ajetreo sexual, a pesar de que a ella le gustaba también hacerlo y siempre estaba dispuesta a satisfacernos. Llegó un momento en el que mi suegro y yo casi no nos hablábamos, porque aquello era como cosa de dos machos que se disputasen a una hembra. Pero me di cuenta de que si ambos queríamos poseer enteramente a Rocío, ella también nos deseaba a los dos, por eso cuando Gregorio le propuso hacer las maletas para marcharse de mi casa, ella se negó en redondo, alegando que tenía que cuidar del niño, pero teniendo otro motivo de mucho más peso: el placer que yo le daba. Ya no me importaba meterle la polla a mi suegra y hacerla rugir de placer sabiendo que Gregorio no andaba lejos y nos podía oír. La tensión entre él y yo creció de tal manera que Rocío tuvo que tomar cartas en el asunto si no todo acabaría muy mal y quizá los tres saldríamos perjudicados. Una noche después de cenar ella se sentó en el sofá entre su marido y yo y dijo:


- Ahora voy a hacer algo para demostraros que os quiero y os deseo a los dos. Si alguno de vosotros me rechaza en los próximos minutos me perderá como hembra. Si los dos aceptáis mi juego me tendréis para siempre.


Gregorio y yo nos quedamos callados y expectantes. Él se hallaba a la derecha de su mujer y yo a la izquierda. A continuación dio comienzo un juego en el que Rocío dio muestra de su habilidad con ambas manos. Nos bajó la cremallera del pantalón y extrajo la polla de ambos para empezar a pajearnos suavemente. La situación era excitante porque ella ponía en práctica dotes de auténtica fulana. Gregorio le dijo:


-Nena, eres una verdadera puta.

- Lo sé –dijo ella-, y sé que a ti te encanta.

- Sí –dijo él- me encanta que nos menees la polla a tu marido y a tu yerno a la vez.


Gregorio, al fin, disfrutaba con aquello tanto como yo, pero no cesaba de llamar puta y otras cosas a Rocío, la cual no se sentía molesta, sino más excitada todavía ante las provocaciones de su marido.


-¿No nos vas a hacer a una buena mamada pedazo de zorra? –me atreví a decir yo.

-Bueno –dijo ella-, ya que lo has pedido...

- Empieza por tu marido y enséñale todo lo que has aprendido conmigo, yo mientras te comeré ese delicioso coño que tienes.


Así lo hicimos, mientras Rocío chupaba la polla de Gregorio yo le lamía la raja del coño a ella y ponía su clítoris a punto. La mujer manaba abundantes jugos y ya era el momento de meterle la polla por allí. Ella misma lo pidió, y fue su marido, quien apartándome de un empujón tomó posesión de la cueva húmeda de su mujer que de puro placer ya no dejaba de gemir. No me importó tener que irme hacia la boca de Rocío para que continuara realizándome la felación. Los tres tuvimos nuestro orgasmo simultáneamente e inundamos a mi suegra de semen. El juego parecía acabado y me dispuse a ir a mi dormitorio y dejarlos solos a ellos tumbados sobre la alfombra del salón, pues al fin y al cabo ellos eran matrimonio. Pero Gregorio me detuvo diciéndome que me quedase un rato más a disfrutar con ellos, ya que en cierto modo Rocío me pertenecía a mi también. Me tumbé al lado de ella y lamí todo su cuerpo; y lo mismo hacía su marido recorriéndole con la lengua aquellos maravillosos senos y pezones. En un rato estuvimos a punto de nuevo. Tan a tono nos pusimos que Rocío dijo:


-Bueno, ¿qué es lo más atrevido, puerco y morboso que podemos hacer entre los tres?


Nos quedamos pensativos. Yo exclamé:

-Un sándwich.

- ¿Qué es eso?- preguntaron el hombre y la mujer a un mismo tiempo.


Aunque eran diestros en cuestiones sexuales no conocían la terminología. Quisé abandonar la idea porque no me atrevía a explicárselo, pero finalmente lo hice ante la insistencia de ambos. Les dije que uno se la metería en el coño y otro mientras tanto le daría por el culo. Gregorio no supo qué pensar y lo dejó a la elección de su mujer, la cual accedió pero pidiendo que lo hiciéramos con delicadeza. Quedaba decidir quien se la iba a clavar en el coño y quien en el culo. Como la postura del que le perforase el ano a Rocío iba a ser bastante más difícil Gregorio me cedió a mi el privilegio. Él se tumbó en el suelo y de un golpe Rocío se sentó en su polla clavándosela en el coño. Se agitaron un poco y seguidamente procedí a introducírsela en el pequeño agujero. Costó un poco, pero con ayuda de sus líquidos vaginales lo conseguí. Comencé a embestir a mi suegra por atrás y no me pasaba desapercibido el placer que el matrimonio experimentaba con aquella experiencia. Mis cojones se rozaban de vez en cuando con los de Gregorio, el cual al igual que yo, jadeaba como un cerdo, pero es que lo de mi suegra era descomunal, gritaba como si la estuvieran matando, no de dolor sino de placer. Nos volvimos a correr triunfalmente.


- ¡Qué puta tan deliciosa eres! –dijo Gregorio a Rocío, mientras ella sonreía. ¿Qué opinas tú?- me dijo él a mi.

- Esta mujer es insaciable. Seguro que aparece otro tío y folla con él aquí mismo y ahora.

Todos reímos.


-Sí –dijo ella- follaría con tres hombres a la vez, podéis estar seguros.


4ª PARTE: ROCÍO INSACIABLE, SE ATREVE CON TODO


Se acercaba el día del cumpleaños de mi suegra (no diré su edad porque la edad de una mujer hermosa y complaciente no se dice) y andaba yo pensando en qué regalo poder hacerle. Resulta que por aquellos días llegó un chico de nacionalidad mejicana a trabajar en el área de ingeniería técnica de la misma empresa madrileña en la que yo trabajaba. Me hice muy amigo de él y le confesé mi admiración por las películas de Mario Moreno Cantinflas. Entonces me regaló una colección de cintas de video del mejor cómico de habla hispana que haya existido; el caso es que no supe como agradecérselo, pero se me ocurrió la idea de invitarlo a cenar en casa el mismo día del cumpleaños de mi suegra. Pedro, que así se llamaba mi amigo, se sintió muy agradecido pues aún no conocía a mucha gente en la ciudad y el comer en familia le iba a ser muy grato. Así que llegó el día y Pedro llegó a mi casa, le presenté a mis suegros y a mi hijo y todos se cayeron muy bien. Decir que Pedro era el tipo de hombres de los que quedan pocos en caballerosidad y en atenciones y recuerdo concretamente que al saludar a Rocío besó su mano como hace quien tiene esta buena costumbre. Sólo mirar la cara de Rocío me di cuenta que aquello le había producido un escalofrío de placer que le recorrió de la mano a todo lo largo de la espina dorsal. Nos sentamos a cenar y charlamos gratamente; Pedro contó cosas y anécdotas de su país y aunque todos le prestábamos atención, Rocío parecía ser la más interesada, supongo que también contribuiría a ello el peculiar acento extranjero de Pedro y su voz suave y algo grave, además de su hablar pausado e inteligente, sus historias tan fascinantes y su forma de mirar a los ojos, sobre todo a los de la única mujer que había en casa. Mi hijo se quedó dormido justo después de acabar la cena y Pedro creyó que era el momento de marcharse ya de la reunión. Le pedí que no se marchase todavía y más insistentemente se lo pidió Rocío. Quizá quien no estaba tan entusiasmado con la idea de que Pedro se quedase era mi suegro, pues, no sé yo porqué, se estaba oliendo que algo extraño podía suceder. Estábamos entonces Rocío, Gregorio, Pedro y yo sentados a la mesa y sacamos una enorme tarta de merengue, vainilla y chocolate con velas encendidas; le cantamos la canción del Cumpleaños Feliz a mi suegra y cada uno le dimos dos besos en las mejillas. Rocío estaba entusiasmada, porque además ya había bebido algo de champagne. Ella misma cortó las porciones de tarta; al inclinarse a hacerlo dejó ver su sujetador a través del escote y a ninguno nos pasó desapercibido el hecho. La cara que ponía Pedro al adivinar los enormes pechos de aquella mujer lo decía todo. Yo podía imaginar que mi pobre amigo de Méjico no había tenido contacto con ninguna mujer desde que aterrizó en Madrid. La fiesta de cumpleaños seguía y recordé que no había comprado ningún regalo para Rocío. Me lamenté del descuido, pero una idea fugaz me pasó por la cabeza y decidí intentar ponerla en práctica. Gregorio le regaló una bonita pulsera y su mujer en agradecimiento le dio un beso en los labios que a Pedro y a mí nos dejo mudos contemplarlo. Aquella hembra por poco se come a su marido de un solo beso. Eso sólo podía indicar una cosa: el tremendo estado de excitación en el que se hallaba mi suegra.

- ¿Qué opinas de mi mujer? –dijo Gregorio a nuestro invitado.


Pedro no sabía como interpretar aquella pregunta y yo le tranquilicé explicándole que sencillamente Gregorio se sentiría orgulloso de que le contestará que aquella mujer le parecía hermosa y guapa. Por fin, Pedro dijo que sí, que Rocío le resultaba muy atractiva. Entonces a Gregorio le brillaron los ojos con aquella respuesta y me miró a mi con una mirada que yo conocía de sobra. ¿En qué estaría pensando mi suegro?


Sí –dije yo-, esta mujer es hermosa, bella, atractiva y complaciente. Y mientras decía esto me acerqué a mi suegra que permanecía sentada en una silla, la acaricié y la besé, de un modo que le extrañó a Pedro porque ella era mi suegra y encima mi suegro estaba presente. En pocas palabras, le metí mano a mi suegra delante de Pedro y Gregorio. Rocío no me decepcionó y se dejó hacer. Luego dije que no le había dado ningún regalo de cumpleaños y me saqué la polla diciendo que era un anticipo del gran regalo que le íbamos a hacer. Al sacar mi polla tiesa, a la altura de la boca de mi suegra, todos se quedaron sorprendidos por mi atrevimiento, pero ninguno se movió de su sitio, porque todos esperaban con anhelo que sucediera algo así. Mi suegra supó qué era lo que tenía que hacer y comenzó a tragarse mi pene en una mamada tan delicada como las que ella sabía hacer. Yo le hablaba a Pedro: ¿te gusta lo que me hace mi suegra en presencia de su marido?, Pedro seguía mudo y no dejaba de contemplar la escena y mirarse mutuamente a los ojos con Rocío. Gregorio entre tanto empezó a masturbarse lentamente para disfrutar de la escena con tranquilidad. Mi suegro, con su polla tiesa en la mano se echó a un lado, se sentó en un sofá aparte y nos dejó para su disfrute a mi suegra, mi amigo y a mí en un primer plano. Rocío no dejaba de lamerme el pijo y de acariciarme los huevos, mientras yo le sobaba por encima de la blusa sus tetas. Pedro seguía inmóvil, como petrificado, y yo me sentí algo decepcionado con él porque le estaba poniendo en bandeja a mi suegra y no la tomaba. Pensé por un momento que a lo mejor era de los que hubiera preferido ir a chuparle la polla a mi suegro. Sin embargo me equivoqué. En unos instantes Pedro nos daría una lección de cómo había que comportarse sexualmente con una mujer.


- ¿No te apetece que te la chupe mi suegra? –le pregunté a Pedro.


Él no dijo nada, sólo se limitó a quitarse la ropa quedándose completamente desnudo. Su descomunal polla tiesa nos dejó petrificados. Tenía un pene como el de mi suegro y el mío juntos. Por eso mi suegra sacó mi polla de su boca y me hizo retirarme, a la espera de que Pedro y sólo Pedro le metiese aquel formidable aparato hasta la garganta. Fue una lástima no grabar con una videocámara la escena que se iba a producir a continuación. Esto fue lo que sucedió:


Mi amigo me pidió que fuese a sentarme en otro sofá y que me hiciese una paja mientras veía cómo él satisfacía a Rocío y así lo hice. Él se fue aproximando a ella despacio. Sobre la mesa aún quedaba un buen pedazo de tarta de la fiesta (más de la mitad de las porciones) y Pedro cogió un buen pegote de merengue para restregárselo en el glande; dijo a Rocío: ¡tomad, para que vos se alimente! Aquellas palabras y aquel acento encendieron la chispa en Rocío, que de un golpe engulló casi por entero los 25 centímetros de carne cruda que poseía Pedro. Tan frenéticamente los tragó que yo creía que la muy zorra iba a dejar sin polla a mi amigo. Gregorio y yo mirábamos con cierta envidia cómo aquel hombre se retorcía de gusto por la superfelación que le estaban regalando. En aquel momento habría hablado con Rocío echándole en cara que a mi nunca me había comido la polla con tanto afán. Pero reflexioné y comprendí que Pedro era un magnífico semental y ella se había dado cuenta desde el primer momento, además de que a mí nunca se me hubiera ocurrido untar mi glande con merengue. No obstante aquella escena resultaba morbosa y excitante, y mi suegro y yo disfrutamos como nunca haciéndonos una paja. Pedro no tardó en eyacular; cosa normal por otro lado porque mi suegra le hizo un trabajo con la boca que ni él pudo contenerse en soltar un enorme torrente de leche, el cual se mezcló en parte con el merengue que mi suegra tenía en la boca y se tragó, y otra parte de su semen salió disparada al mismísimo techo, en un alarde de fuerza de Pedro. Parecían fuegos artificiales y a Gregorio y a mi sólo nos faltó aplaudir, cosa que no hicimos porque seguíamos ensimismados haciéndonos una paja. Pero si espectacular fue aquello más espectacular fue ver como Pedro, con su polla flácida, dejando a mi suegra desnuda sobre la alfombra del comedor, fue a beber otro trago de champagne y al darse la vuelta, pues nos estaba dando la espalda, mostró su enorme polla otra vez erecta sin que hubiese pasado ni un minuto desde su eyaculación. Regresó a por mi suegra y poniéndola a cuatro patas se la folló desde atrás. Jamás había visto a mi suegra poner aquella cara de placer mientras le trabajaban el coño, ni la había oído dar esos gritos. Llegaron a su orgasmo y se besaron agradeciéndose el placer mutuo que se proporcionaron. Gregorio y yo no sabíamos que hacer pero mi amigo Pedro, en otro gesto de caballerosidad y generosidad nos dijo que nos aproximáramos a ellos. Pedro cogió lo que quedaba de tarta y untó todo el cuerpo de Rocío, con el merengue en la boca, la vainilla en las tetas y el chocolate en el coño. Mi genial amigo dijo después: ¡ahora hay que comerse a esta puta enterita! Cada uno eligió el sabor que más le gustaba; para Gregorio la boca de merengue, para Pedro las tetas de vainilla y para mí el coño de chocolate. Es indescriptible lo que gozó Rocío con aquello. Corridas, orgasmos, semen... La noche sexual fue enteramente morbosa. Le hicimos tantos sándwich a Rocío como combinaciones entre nosotros los hombres había: Pedro por el coño y yo por el culo, o los dos cambiando de agujero, luego Gregorio se la metía a su mujer en la boca o alguno de los dos le cedíamos el privilegio de nuestro lugar... Aquella noche no la olvidaré, ni Rocío por ser el mejor regalo de cumpleaños que nunca le hicieron. Ni que decir tiene que mi hijo se despertó y tuvimos que explicarle el viejo cuento de las inyecciones que le poníamos a la abuela, pues gritaba mucho la pobre. Creo que el niño jamás creyó aquella excusa .


Un tiempo después destinaron a Pedro a una sucursal londinense de la empresa y lo dejamos de ver. Pero los tres le agradecimos que aquella noche y otras que se repitieron nos hiciese tan felices siendo el maestro de ceremonia.


5ª PARTE: MI VIDA Y LA DE ROCÍO AÑOS DESPUÉS




Después de las aventuras vividas, mi suegro murió y fue una triste pérdida. Rocío, mi suegra se marchó a su ciudad de procedencia y poco después yo me casé de nuevo con una compañera de trabajo, llamada Cati. Mi nueva esposa era presidenta de una asociación de mujeres y sobre esto hay mucho que contar, pero será más adelante. En mi vida también aparece la madre de Cati, o sea, la segunda suegra de mi vida, que se llama Petra. Irremediablemente la madurez de Petra me atrajo al instante, después de lo vivido con Rocío sería ya inevitable que me fijara en mujeres mayores. A pesar de que mi vida sexual con Cati era más que intensa, no podía sacarme de la cabeza a su madre, que era una mujer viuda, pero poderosamente atrayente. Pensé sin embargo, que demasiada suerte tuve ya con Rocío, mi primera suegra, al habérmela follado. Con Petra imaginé que no pasaría. Así, que una vez me hube casado con Cati pasaron los años. Envié a mi hijo, Marcos, cuando ya tenía doce años a vivir junto a su abuela Rocío, para que a la vez que le hiciera compañía pudiese estudiar en un centro escolar de mucho prestigio que había en aquella ciudad. Al acabar su curso decidí invitar a mi hijo y a Rocío a que viniesen a pasar unos días de vacaciones en un apartamento que teníamos en la sierra junto con Cati, su madre y yo. Las cosas habían cambiado entre Rocío, mi anterior suegra y yo, pues hacía años de aquellas relaciones nuestras, y ya no existía esa pasión, aunque a decir verdad a veces lo echaba de menos. Así que allí estábamos en el apartamento, mi hijo, Cati, "mis dos suegras" por llamarlas de alguna manera y yo. Nuestros vecinos en la sierra, Ernesto y Yoly, con los que ya habíamos montado más de un intercambio Cati y yo (¡cuántas cosas me quedan por contar!) aún no habían tomado vacaciones, y no estaban allí. Mejor, así mi hijo y las suegras no advertirían nada raro. Empezaré a contar lo que sucedió durante nuestra estancia en la sierra:


Una tarde de viernes decidimos que había que ir a comprar la comida del fin de semana a un pueblo que había a 30 kilómetros de la sierra. A Cati le dolía la cabeza y decidió no venir, mi hijo había salido a hacer senderismo y no lo esperaríamos, así que iba a ir yo solo cuando Rocío se decidió a acompañarme; además como parecía muy violento que los dos fuéramos solos Cati animó a su madre, Petra, para que también nos acompañase; y allá que voy yo en el todoterreno con dos mujeres (Rocío y Petra) que siempre me atrajeron, a hacer las compras del fin de semana. Durante el trayecto imaginé que me detenía en la carretera y las obligaba a tener sexo conmigo, pero solo fue una fantasía. Pensé que quizá Rocío ya no sería la misma de siempre y que me hacía ilusiones falsas, y que además Petra era una vieja estrecha, pero el tiempo se encargaría de darme una sorpresa. Hicimos las compras y hube de apremiarlas, pues se entretenían demasiado en las estanterías del mercado, porque se hacía de noche para regresar a la sierra. Pero al regreso, no sólo se nos hizo de noche, además estalló una violenta tormenta y encima reventó uno de los neumáticos del todoterreno;. Gracias a Dios la avería nos sucedió justo al lado de un motel, desde donde llamamos a un taller para que viniesen a auxiliarnos, pero nos dijeron que hasta el día siguiente sería imposible. Les comuniqué a Rocío y Petra que tendríamos que pasar la noche en aquel motel, en el que además había sólo una habitación libre de dos camas. La tormenta hizo que muchos viajeros se detuviesen a pernoctar. A las dos mujeres no les agradó mucho la idea pero tuvieron que conformarse. (El lector pensará que son demasiadas casualidades excelentes para mi, pero en realidad así ocurrió). Telefoneamos a Cati y se lo explicamos todo, así que se tranquilizó. En la recepción del motel dije que Rocío era mi madre y Petra una tía, para ahorrarnos escándalos. Cenamos en el bar-comedor y nos fuimos a dormir temprano. Cada una de ellas ocupó una cama para dormir y yo un amplio sofá que había. Al cabo del rato de habernos acostado, silenciosamente Rocío vino junto a mi y me dijo que no podía conciliar el sueño, así que charlaríamos un rato en voz baja para no despertar a Petra. Por lo pronto Rocío solo quería hablar, pero tenerla a mi lado con una sábana simplemente cubriendo su cuerpo en ropa interior me calentó un montón; a mi memoria acudían antiguas experiencias vividas con ella. Comenzamos a hablar de Marcos, mi hijo, su nieto. Le pregunté que tal se había portado viviendo con ella durante el curso. Rocío me habló muy positivamente del chico. Yo le expliqué que quería mucho a mi hijo, pero que quizá después de haberme casado con Cati ya no conocía tanto de él como deseaba, así que pregunté a Rocío como era verdaderamente mi hijo y para mi sorpresa ella me contestó que se parecía demasiado a mí, sobre todo en un aspecto. Le rogué a Rocío que me explicara a que aspecto se refería; ella parecía estar arrepentida de haberlo dicho, pero ya era demasiado tarde, casi le exigí que me lo dijera. Ella me pidió calma y me rogó que no me enfadase por lo que iba a escuchar.


EL CURIOSO RELATO DE ROCÍO:


"Al poco tiempo de llegar Marcos a vivir conmigo noté que estaba algo desanimado y triste. Supuse que era por haberse separado de ti que eres su padre, pero mantuve una charla con él y me explicó el porqué. Marcos había hecho amigos nuevos, chicos que presumían de tener novias y de enrollarse con ellas, morreárselas, meterles mano en los pechitos, en el culo, etc, en fin chicos que se las daban de hombres y que además recriminaban a Marcos que no fuese como ellos. Por eso estaba Marcos tan entristecido y a mi me daba pena verle así; por si fuera poco le sorprendí varias veces masturbándose violentamente y eso me preocupó. No sabía que hacer por él. Empecé comprando unas cintas pornográficas para dejarlas perdidas por la casa y que él las encontrase y pudiera verlas, así se consolaría un poco. (El relato de Rocío estaba captando toda mi atención y ella creía que me enfadaría al oír todo aquello, pero la animé a seguir). Como abuela casi no me di cuenta de una cosa, y era que al encontrar Marcos aquel material pornográfico evidentemente pensaría que yo las tenía para verlas y que era una abuela cachonda. El chico, pensando lo peor de mi, pasó a la acción y una noche vino a mi dormitorio con el cuento de que si podía dormir conmigo ya que tenía miedo y pesadillas. Engañada acepté. Se metió conmigo en la cama y después de un rato me quedé dormida. Unas extrañas caricias me despertaron; Marcos me estaba sobando las tetas por encima del camisón y yo llena de confusión fui incapaz de reaccionar. Noté que al mismo tiempo se estaba masturbando, primero despacito y luego fue adquiriendo fuerza, hasta que el chico se corrió. Dejó de tocarme las tetas y se quedó dormido como un ángel. Yo estuve un rato despierta, sin poder dormir; la experiencia me dejó absorta, pero he de admitir que sentí excitación y acabé acariciándome el coño y teniendo un orgasmo. Todo se desarrolló con normalidad durante el día, si bien Marcos seguía algo preocupado por las historias de sus amigos y sus novias. Después de la cena y al irnos a dormir, un deseo irrefrenable me impulsó a decir a Marcos que si tenía miedo también esa noche podía dormir conmigo. Aceptó encantado. Esa noche casi no me había dormido cuando él empezó a acariciarme las tetas y a machacarse su polla; lo pensé mucho y tuve muchas dudas, pues éramos abuela y nieto, pero finalmente me decidí a coger su herramienta yo misma y pegarle una buena paja. Marcos tiene un pene de adulto, al agarrárselo se sorprendió un poco pero acabó dejándose hacer. Después de unos minutos eyaculó en mi mano y le pregunté al oído: ¿esto se lo hacen a tus amigos sus novias? No contestó. Pasó otro día y llegó la noche; ni siquiera me pidió permiso esta vez para acostarse conmigo, simplemente se metió en la cama junto a mi y comentó : Abuela, mis amigos dicen que sus novias si les hacen pajas. Marcos podía estar engañándome para obtener más de mi, o puede que fuese verdad lo que me decía de sus amigos, y yo con mi amor de abuela no podía consentir que Marcos tuviese menos en el terreno sexual que aquellos niños presumidos. Me incliné en la cama y me metí su polla de un golpe en la boca. Mamé con tanta ansia que al instante se corrió en mi boca. No hubo más. Le hice de nuevo la misma pregunta: ¿y esto, se lo hacen a tus amigos sus novias? A la noche siguiente lo mismo; Marcos que va y me dice que aquello también lo tenían sus amigos. "Esto ya se ha convertido en un reto personal" me dije a mi misma. Me bajé las bragas y abriéndome de piernas le dije: Anda Marcos, no seas tonto y cómeme el coño, y Marcos que va y se lo come de maravilla y entre gemidos experimenté un brutal orgasmo como hacía tiempo no tenía. Después le chupé un buen rato la polla antes de que eyaculara en mi boca. Y la pregunta otra vez: Qué Marcos, ¿les dejan las chicas a tus amigos que le coman el coño? Y por fin la noche de la culminación: Marcos que me dice que sus amigos le comen el coño a sus novias cuando les apetece. Yo ya me harto de la situación y me abro bien de piernas, anda nene, vamos a montar un 69, que después te vas a enterar, nos comemos el coño y la polla el uno al otro tan ricamente y al fin el regalo: "Méteme la polla en el coño Marcos te lo suplico", y allá que va Marcos a follarme sin piedad, como ya venía yo deseando, y me bombea como si estuviera sacando petróleo, entre gritos y gemidos de ambos, hasta que al final nos fundimos en un orgasmo brutal que nos deja agotados como si hubiéramos subido una montaña. "¿También esto lo hacen tus amigos y sus novias mi vida?" y Marcos me contesta: No abuela, ni tampoco todo lo demás. Me engañó solo para conseguir follar conmigo, pero yo no me enfadé porque a mi también me satisfizo. Hemos estado follando juntos todo el año."


Ese fue el relato de Rocío. No me enojé con ella porque sé que hizo feliz a mi hijo y además dejó claro que en el aspecto en el que nos parecíamos él y yo era en el sexual. Así que después de haberme contado aquello, yo tenía la polla tiesa y quería follarmela, solo que allí al lado estaba Petra y podía despertarse. Ese relato me calentó tanto que me entraron ganas de follar con ella...




6ª PARTE: RECORDANDO EL PASADO Y VIVIENDO EL EXCITANTE PRESENTE


Estábamos pues sentados los dos juntos en el sofá y cogí su mano para ponerla sobre mi verga erecta y le susurré:


- Rocío quiero volver a follar contigo.

-¿Aquí y ahora? Puede que tu suegra Petra se despierte y nos sorprenda. A mi también me apetece pero habrá de ser en otro lugar; imagina el escándalo que puede armarse sin nos pilla jodiendo.

- No tiene más remedio que ser aquí, no nos vamos a ir afuera con la torrencial lluvia que está cayendo. Ella duerme como un tronco, ni se dará cuenta...


Así intentaba convencer a Rocío al mismo tiempo que le empezaba a acariciar con mucha delicadeza los muslos, el culo y las tetas y ella se iba dejando hacer. Ella comenzó a menear mi polla supertiesa en tanto nos fundíamos en un beso que me hizo estremecer. A pesar de los años pasados, y como suelen decir que no pasan en balde, que no crea nadie que Rocío había perdido atractivo; era algo más vieja pero yo la deseaba igual que siempre. Me abrí camino entre sus piernas hasta llegar hasta su deliciosa raja una vez hube apartado sus bragas. Empecé a lamer el coño que con tanta nostalgia había recordado durante años pasados. Parecerá una estupidez, pero a punto estuve de llorar emocionado. Me comí aquel chumino querido como si fuese el alimento que me iba a conceder la vida eterna; Rocío agradecía el trabajo de mi afanada lengua con entrecortados gemidos que me hicieron temer que Petra se despertase; mas no me hizo ese temor detenerme sino que avancé con mi lengua por la encharcada cueva vaginal al tiempo que mis dedos estimulaban el clítoris de la madura mujer. Mi rabo duro como el granito exigía ya cierto trato1

Ola122 on

Osea no mames wey me encanto tu relato :Dd

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