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Exploracion muy Intima

 No tengo pene porque soy una mujer. Estoy casi segura de que los chicos se preguntan qué se siente al no tener pene, sino vagina. Es decir, que a los hombres les gustaría saber lo que se siente (sexualmente hablando) siendo una mujer. A mí me gustaría saber lo que se siente teniendo un pene entre las piernas. Pero no lo tengo. Lo que sí tengo es el pito de mi novio. Me vengaré en él de mi privación.


Cielo, hoy voy a ser tu enfermera. –


Me lo llevo a la consulta, un poco engañado acerca del juego que vamos a practicar esta vez. Según llegamos le comentó mis inquietudes:


Me parece que debería hacerte una exploración completa de tus zonas eróticas. –

¿Y eso? Estoy sano como una manzana. –

Quiero asegurarme de que es así. –

Pero... –

No hay peros que valgan, niño. Harás lo que te diga la enfermera. –


Entramos. A él le ordeno que se quite toda la ropa y se tumbe en la camilla. Toda la sala está esterilizada. Tiene que ser así, porque voy a hacerle ciertas pruebas bastante íntimas. Yo me voy a cambiar mi traje de chaqueta por el uniforme de enfermera practicante. Un vestidito de latex ajustadísimo a mi increíble cuerpo que me llega hasta medio muslo y la cofia con una cruz roja, casi tanto como mi carmín rojo pasión. Cojo las medias y los zapatos, también blancos, y entro en la sala donde me espera Diego.


Mmmm... Estás divina. –

Ssshhh... está prohibido ligar con las enfermeras. – le digo


Cojo una de las medias y la enrollo para poder ponérmela. Levanto la pierna y le planto el pie en el paquete. Gime, me encanta. Mirándole a los ojos y relamiéndome, voy desenrollando la preciosa media sobre la delicada piel de mi pierna. Con descaro él mira, al levantárseme el vestido hacia arriba, a ver si llevo braguitas. Le dejo que lo haga, aunque sentí la necesidad de darle una bofetada. Cuando vuelve a fijarse en mi cara, sonrío, perversa. Noto que se ha asustado y que desearía no haberlo hecho.


A las enfermeras en cambio nos está permitido ligar con los pacientes.- le tranquilizo


Cojo la otra media y repito el proceso. Me doy cuenta de que ahora, prudentemente, aunque demasiado tarde, no mira. ¡Pobre! Aprieto mi pie sobre su paquete. Le ha tenido que doler. Me mira otra vez. Yo enarco una ceja y suspiro. Lo tengo bien tenso, como me gusta.


Por fin, me retiro un par de pasos y le doy la espalda. Quiero que admire ahora mi largo pelo rubio cayendo por la espalda del inmaculado uniforme y mi culito. ¿Cómo? Muy sencillo, agachándome para abrocharme las tiras de los zapatos. El vestido vuelve a subirse por mi terso cutis, ofreciéndole a Diego una panorámica deliciosa de mi agujero negro.


Acariciando mis largas piernas y muslos no bien he terminado de ponerme los zapatitos, me incorporo y vuelvo a mirarle. Tiene una erección de campeonato. Me divierte verlo empalmado, pero ahora no lo necesito así.


Vaya, vaya. Alguien está caliente. –


Cojo una caja de la vitrina. La abro y saco un termómetro rectal, de los que se usan para tomarle la temperatura a los niños pequeños. Lo acerco a su pecho. El metal helado y le provoca un escalofrío. Toco ambos pezones, y como si de una varita mágica se tratase, el termómetro los pone duros. Sigo bajando por el costado y llego al bajo vientre. La erección persiste.


Niño malo. ¿Por qué tienes tiesa la colilla? –

Por usted, señorita enfermera. –

¿Ah sí? Eso no está nada bien. –

Lo siento. –

Creo que tendré que... –


Toco los testículos con la varilla. Otro gemido sale de sus labios. Subo despacio por el mástil de su pene hasta llegar al frenillo y el glande. Su abertura se contrae. La camilla rechina al estremecerse todo él.


Ajá... – comentó, y adquiero una actitud pensativa

¿Ajá qué? –

Ssshhhh. Creo que ya sé lo que te pasa. –

¿Sí? ¿Estoy malito? –

Sí, creo que tienes fiebre. –


Le toco las mejillas con mucha delicadeza, como acariciándole. Realmente tiene una calentura, aunque ni mucho menos provocada por un germen, sino por su libido exagerada. Por fin, me decido a atormentarlo un poco.


Veamos... –


Me coloco entre sus piernas abiertas y le ordeno que se relaje y cierre los ojos. Lo hace. Pronto su respiración profunda hace eco en la habitación. Tomo un par de guantes de latex. La erección ha aumentado. ¡Peor para él! Le agarro con los dedos índice, corazón y pulgar de la mano derecha a la altura del frenillo. Voy masturbarlo un rato, para que se confíe.


Empiezo a mover mi mano arriba y abajo, retirando su escroto del glande y volviéndolo a poner en su lugar. Otra vez, un poco más rápido. Otra, un poco más lento. Otra, más rápido que antes. Voy aumentando el ritmo y cada vez retiro más piel, extendiendo todo el escroto a lo largo de su miembro. Pronto llego a los topes, el escroto queda tensado por el frenillo y al recogerlo la bolsa de los testículos asciende notablemente.


Su ano está expuesto. Subo por última vez la piel hacia el glande. Ahí doy un tirón doloroso hacia abajo, que deja completamente expuesto el inmenso glande. Al mismo tiempo introduzco sin miramientos el termómetro rectal en su orificio anal. diego, sorprendido, no puede evitar contraer su esfínter sobre él.

¡Aaaahhhh! –

Oh, perdona, ¿te he hecho daño? –


Tomo enseguida sus testículos y los masajeo para calmarlo, o más bien para atemorizarlo, pues alterno apretones con el dejarles circular sobre las palmas de mis manos, sopesándolos.


Diego está a mil, tan excitado como acojonado. ¡Nunca mejor dicho! Yo también estoy algo erotizada, y noto que mis pezones se han puesto erectos contra el ajustado vestido de latex.


Muy bien. – le comento mirando el termómetro. – Parece que tienes una infección. –

¿Sí? Qué mala suerte. –

Ajá. Lo siento pero tendré que hacerte más pruebas. –

¿Me va a doler? –

Noooooo. –


En el tono de mi voz quise deliberadamente que él pensara que mentía. Se puso lívido.


Pero por si acaso, y para evitar que te toques en la zona afectada, te voy a atar a la camilla. –

¿Eso es realmente necesario? –


Entendí que eso me lo preguntó fuera del juego de roles perverso que estábamos haciendo. Tenía verdadero pánico a verse incapacitado de defenderse de mis malvadas intenciones. Eso sí que me gustó. Era precisamente lo que más me motivaba a seguir adelante con el plan. Verlo sufrir, verlo temblar.


Imprescindible. –


Lo hice levantarse y seguirme, desnudo, hasta la sala de exploración ginecológica.


Ponte en la silla. –


Obediente, se sentó, poniendo ambas piernas en los cabestrillos. Regulé la postura del artefacto para que estuviera cómodo. Luego aseguré unas vendas en los reposabrazos y reposapies. Cuando lo tuve todo listo, me apeteció de pronto montarlo un poco. Me subí el vestido y dejé libre el acceso a mi coñito.


Hasta aquí has sido muy buen paciente. Espero que no lo eches a perder. –

No lo haré, señorita enfermera. –


Levanté mi pierna derecha y la hice pasar por encima suyo. Mi rajita se abrió al hacerlo sobre su virilidad, y le dejó ver unas gotitas de sudor perlado en el vello púbico. Era un poco complicado, pero conseguí acoplarme por fin sobre él e introducir su miembro en mi interior. ¡Gimió como un cerdito cuando lo tuve dentro del todo!


Ammmm... –


No lo cabalgué. Me limité a estimular mi clítoris sin prestarle atención a él, que contraía los músculos de la pelvis para intentar mover en mi vagina su pene un poco y obtener así algún placer.


Me notaba muy caliente antes de empezar, pero cuando ya tenía mi mano sobre mi agujero del amor, me di cuenta del grado de excitación en que se hallaba mi cuerpo. El sudor se acumulaba entre mi piel y el vestido, aumentando la sensación de humedad. Me quité la cofia para refrescarme la cabeza.


Por favor, follame. –


Seguí igonorándolo, concentrada en acariciar mi clítoris y mis labios, masajeando estos, frotando aquél. Y dentro, a escasos milímetros, la polla de Diego sufría por no obtener placer alguno. Noté que se deshinchaba de sangre. Cuando alcancé el orgasmo, ya apenas tocaba las paredes internas de mi chocho. Volví a mirarle a los ojos y le vi compungido por la frustración sexual. Le puse el dedo con que me había dado placer sobre los labios cuando quiso quejarse.


Ah, ah, nada de correrse hoy antes de la exploración. –


Me quité de encima y recompuse mi vestido, pegado sobre mi cuerpo. Empezaba a resultarme algo molesto, así que decidí cambiarlo por otro de tela. Antes, no obstante, até bien las piernas y brazos de Diego a la silla. Luego salí para, como he dicho, cambiarme.


Volví más a gusto con la ropa cómoda. El pene de Diego ya era apenas una piltrafilla, ridícula en su estado de absoluta indefensión y exposición, al igual que su ano. Le di un azote en el culo al pasar, como recompensa por su paciencia.


Saqué una bandeja llena de material de exploración. Casi todo era metálico, y casi todo inútil para el análisis anatómico de los genitales masculinos. Encontré sin embargo lo que buscaba: una varilla o sonda de metal fino. Lo suficiente como para ingresarla en la uretra de mi novio.


Pues bien, vamos allá. – le dije y se la mostré. Abrió los ojos desesperado y quiso zafarse. No pudo, aunque desordenó un poco todo.

No por favor. Eso no. –

Te he metido un termómetro en el culo. Esto no es muy diferente. –

Pero, eso duele, seguro que duele. –

No lo sabremos hasta que lo tengas dentro. –

Pero, pero... Por favor. –

Eres un quejica. – le reproché - ¿Quieres que te ponga una inyección para anestesiarte la zona? –


Eso ya lo volvió loco. ¡Con el miedo que le tenía a las agujas! Volvió a intentar liberarse. Me cansé y fui a por un relajante muscular. Se lo inyecté en el pompis. Al rato, perdió la fuerza de sus músculos en casi todo el cuerpo. Perdió también el control del esfínter, y soltó unas descargas de orina sobre la palangana que puse al efecto. Se le notaba humillado. Además, fue incapaz de mantener por más tiempo, como le había ordenado, el termómetro dentro de su recto.

Eres un desastre. –

Lo... siento. – dijo, apenas con fuerza.

Callate de una vez. –


Lo amordacé metiéndole en la boca una perilla que inflé hasta el tope y que aseguré a su cara asustada con unas vendas y esparadrapos.


Por fin estaba listo para la exploración más íntima. Tome la sonda esterilizada y la coloqué sobre el glande fláccido. Era necesario que éste estuviera relajado o sería imposible la inserción.


-Ups, se me olvidaba. –


De un botecito extraje con un cuentagotas vaselina líquida, que apliqué en el orificio y en la punta de la sonda. ¡Preparado! Acerqué el extremo al glande y...


¡Aaayyy! – se quejó, al notar su miembro ser llenado por un objeto extraño.


Con tiento, apliqué una leve presión regular sobre el extremo opuesto de la sonda, dejándola que se deslizara despacio por el interior de su pene. Centímetro a centímetro, la sonda fue penetrando en su carne, igual que mi placer aumentaba al pensar en las sensaciones que Diego estaría experimentando.


Por fin, hallé el músculo que comunicaba la uretra con la vejiga. Se resistió unos segundos, pero con delicadeza para no lastimar el interior de mi amor, logré franquearlo.


Ya está. – le informé a Diego. - ¿Ves como no ha sido tan terrible? –

Aahhh, ay. Es muy incómodo. –

Mentiroso. Vas a ver como lo encuentras muy placentero. –


Moví la sonda en su interior despacio, hacia delante y hacia atrás y girándola sobre sí misma. Pronto di con el modo en que diego disfrutara del tratamiento.


Mmmm.... Así, así. –

Muy bien, nene. Ahora prepárate para lo que sigue. –


Sin dejar de excitarlo, metí el dedo corazón de mi mano libre en su orto y le apliqué un suave masaje, buscando la próstata. El pene creció de tamaño y grosor, aferrando la sonda al expandirse. Se me ocurrió entonces otra genial idea.


Te voy a soltar una mano para que sujetes la sonda en su sitio. –

Vale. –


Así le hacía responsable de su propio placer o dolor. Corté la venda de su mano izquierda con unas tijeras. Diego cogió el extremo de la sonda y sintió un escalofrío.


Uuuffff. –

Bien. Mantente así mientras voy a por unas cositas. –


Salí otra vez al cuarto contiguo, donde había dejado mi bolso. De él extraje un vibrador y un pequeño butt-plug. Regresé a la sala e introduje el butt en su culo, para que tuviese algo metido en él cuando se corriese. Siempre he opinado que eso aumenta la sensación del orgasmo.


Encendí el vibrador y lo apliqué sobre el extremo de la sonda. Al instante unas convulsiones de placer recorrieron a Diego, que se echó la mano libre al rostro.


¡Aaaahhhh, síiiiiiii! –

Vaya, vaya, esto sí que te gusta. –


El metal, al vibrar, estimulaba todo el miembro. Pronto se hizo inevitable la eyaculación. Con el máximo cuidado, extraje la sonda del convulso pene y brotó un chorro de semen que por poco no me salpicó.


Guau, que fiera. – bromee, mientras observaba, muy, muy complacida las sacudidas y contracciones del glande para expeler la corrida.


Diego solo pudo jadear durante casi un minuto, completamente desecho por la tensión. Su esfínter aferraba el plug con fuerza y fue complicado sacarlo. Por fin, libre de ataduras y objetos, Diego se incorporó de la camilla y me besó, agradecido por la absoluta experiencia que le había permitido gozar.


Ha sido una pasada, señorita enfermera. –

Sí, pero me temo que aún hay un problema subyacente. –

¿Cuál? –

Esa eneuresis necesita un tratamiento severo. –

¿Esa qué? –

Tu incapacidad para controlar la orina, bobo. –

Ah, oh, bueno, lo siento. ¿Y qué se puede hacer? –

Tendré que entrenar tus esfínteres en la retención durante un tiempo. –

¿Cómo? –


Antes de irnos hurgué en una de las vitrinas y le mostré unos catéteres uretrales con dispositivo para impedir la mingitación. Un invento cruel, sin duda, que le hizo estremecerse. Y para mí, ¿qué queréis que os diga? Vale la pena atormentarlo del modo que sea, por pervertido que parezca, con tal de pellizcarle las nalgas contraídas por el miedo a mis desviaciones. FOTOS

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