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A los pies de Venus - Parte 1

A LOS PIES DE VENUS

Por Rebelion (Diegovi Lautrec)


PARTE I: CONOCIENDO A AMA VENUS
No sé bien como comenzar a relatarles mi historia, ni siquiera si debería hacerlo; pero dados los hechos recientes creo necesario hacer un registro (o mas bien instructivo), de todos los acontecimientos que me llevaron a esto, casi a modo de un diario. Y es que simplemente no me gusta dar explicaciones, por lo que es mejor que todas las personas que lamentablemente deban enterarse de lo que ha pasado conmigo, lo hagan a través de este relato; mucho más fiel que mi propia boca. 
Dicen que todas, las cosas, por grandes que sean, parten de algo pequeño. Bien, esto no podría ser más cierto en mi caso, en que una pequeña apetencia que he tenido desde siempre fue la mecha que detonó la explosión de locuras en que se ha transformado mi vida...
No recuerdo cuándo fue que murió la inocencia al jugar descalzo con mis primas, en qué momento un acto tan cotidiano como hacerle cosquillas a mi hermana, se convirtió en un juego erótico. Ni siquiera recuerdo la última vez que caminé por una playa sin estar con la cabeza gacha en todo momento.
Así es, he sido un fetichista de pies toda mi existencia. No me imagino de otra forma. Muchos quizás compartan mi gusto, pero les aseguro que para mí va mucho más allá de ser un complemento para las artes amatorias, o una excusa para probar otras cosas; nada de eso.



Unos senos suaves, unos labios gruesos, unas nalgas redondas, una entrepierna jugosa... todo eso puede ser prescindible, pero nada tendría sentido sin unos pies bellos, es lo único a lo que no podría renunciar. Soy de aquellos que robaban los calcetines sucios de sus primas y hermanas. Alguien que a escondidas metía la nariz en cuanto tacón de cuero usado pillase. Alguien que rechazó parejas solo por sentir asco de mi más profundo deseo. Alguien que incluso trató de organizar un club para símiles (con consecuencias nefastas).        
Sin embargo, no escribo esto para relatar las millones de fantasías que mi mente a fraguado, ni las millones de anécdotas derivadas de mi fetiche. Escribo para contarles de Ella, de "Ama Venus".
Corría el año 2007, "chilenisados" no existía (ni había paginas similares, no nacionales, al menos), y la mayor parte de lo que refiere a fetiches y BDSM, era mucho más clandestino que ahora. La única ventana virtual que había a mi fetiche, eran oscuros blogs, de gente más obsesionada (y con mucho más tiempo libre) que yo. 
Nunca me llamó la atención el BDSM, siempre me consideré como alguien de una gran autoestima, a quien no le cabía en la cabeza como los “sumisos” podían humillarse de tal manera... era para mí, una rareza más en este, ya de por sí, loco mundo. No obstante, el fetichismo de pies, y el BDSM, son como el chocolate y las almendras, es muy común encontrarlos juntos (sobre todo en una época en la que costaba mucho más encontrar páginas dedicadas a un solo tema).   
Así fue como,  fui a parar a un blog argentino, donde varias damas, que en su mayoría ya habían pasado los 40s, disfrutaban subiendo fotos de sus pies, ya fuera en tacones, descalzos, en el jardín, en la playa, etc. (algo notable, pues hasta ese momento yo dudaba que algo como el fetichismo de pies femenino existiese). Más de alguna se ensañaba relatando las proezas a las que sometían a empedernidos fetichistas como yo. 



Pero entre todas, había una que era especial, una de las más activas, de las más dedicadas, y de las que más gusto demostraba por este fetiche. Dueña de unos pies muy pequeños, pálidos y con un toque rosáceo, de uñas pequeñas, muy cortas, y siempre bien pintadas (negras, o de un azul muy oscuro). Generalmente aparecía modelando grandes tacones. Tenía para todos los gustos, la mayoría eran de cuero, y otros de charol, pero cada par era más estrafalario que el otro. Mis favoritos, eran unos de charol rojo, que dejaban ver sus delicados dedos, y que terminaban en unos tacones tan largos y puntiagudos, que parecían estacas (me daba un escalofrío por la espalda cuando los veía enterrados como puñales). 
Pero ella no solo era especial por destacar en el blog, era especial porque era chilena (si, una chilena en medio de un blog argentino, muy oscuro y “underground”), y además, era Dómina. Se hacía llamar "Venus", "Ama Venus". Durante meses llegaba a casa sólo para encender el PC, y ver si había alguna nueva entrada suya en el blog. De haberla, era garantizado que tendría horas de buen material para mis tardes de ocio (una fortuna que me llegaba una vez por semana, más o menos). Primero era nada más que por las fotos de sus pies, tan exquisitos, tan bien cuidados, bien decorados con anillos, y sobre la cara y espalda de algún afortunado sumiso. 
Claro, en este punto mis prejuicios aún me hacían pensar que las palabras "afortunado" y "sumiso/esclavo", no podían ir juntas en la misma oración. Pero con el pasar de los meses, cada vez ponía menos atención en las fotos (de las que era muy difícil despegarme), para poner más atención al relato. 
Humillaciones, vendajes, trampling, fustazos, detallados protocolos, y torturas de todo tipo; eran solo algunas de las cosas que había en los relatos de Ama Venus.  Todo un mundo nuevo de placeres morbosos que sólo conocía por nombre, se me fue abriendo de a poco.  A pesar de que, dada la naturaleza de sus relatos, siempre asumí que gran parte venía de su imaginación, una portentosa imaginación.


Como olvidar aquel donde dos hermanos fetichistas competían por complacerla con sus bocas, bajo la intimidación de una picana eléctrica que hacia de las suyas con el desdichado que perdía. O la vez que dejó esperando todo el día a un pobre desgraciado bajo la banca de una plaza, sólo para recibir una paliza de puntapiés por parte de extraños al final del ocaso. 
Pero lo más importante, es que llegué a fantasear con la idea de ser humillado y pisoteado por Ella, algo totalmente nuevo en mí. 
Como todo blog, contaba con una sección de comentarios en cada entrada. Yo soy alguien muy reservado, no tengo cuentas ni de Facebook, ni de Skype, y ni siquiera tuve Messenger, soy un purista que gusta de relaciones cara a cara. Sin embargo, no me resistía a escribirle algún saludo, o felicitarla por sus fotos y relatos. Nunca en ánimo de hostigamiento, en mi vida he sido un arrastrado, y menos lo seria en un blog. Pero grande fue mi sorpresa; no fue en vano el dejar un correo de contacto en los comentarios. Al poco tiempo recibí un correo en que se me invitaba a participar en un chat de IRC perteneciente al blog. 
Está demás decir que no pasó mucho tiempo antes de que lograse entablar conversaciones con la misteriosa mujer que desde hacia meses me tenia intrigado. Pero más intrigado quedé, al descubrir que detrás de esas fotos tan bizarras, y relatos tan macabros, se escondía una persona increíblemente interesante, en todos los ámbitos que un frío chat deja entrever. Con ella se podía hablar de los temas más variopintos. No es que chateáramos mucho, pero nunca había disfrutado tanto el hacerlo, sobre todo considerando que jamás conversamos sobre nuestras vidas personales, eran tertulias donde desnudaba todas mis pasiones, mis deseos, y mis convicciones, sin ninguna intención de quebrar el cómodo anonimato; una mezcla igual de excéntrica que Ella misma. 



Y así seguimos, durante casi dos años… dos años en los que algo de su forma de ver la vida llegué a entender. Dos años en que por fin pude conversar con alguien de todos esos sórdidos deseos que me asustan, en los que todos mis prejuicios fueron derribados uno tras otro, y en que no sólo conocí a una persona extravagante y maravillosa, sino que pude conocerme más a mí mismo. Dos años, que pasaron tan rápida y fugazmente como mis camuflados coqueteos. 
Pero un día (principios del 2010) ocurrió lo impensable, de un momento a otro, y sin previo aviso, mis dos lugares favoritos en la red, ¡se cayeron! Pasaron los meses, y no podía hacerme a la idea de que fuese el fin de nuestras mágicas tertulias. Me quería pegar un tiro por no haber guardado respaldo de las fotos, y no haber insistido en pedir un correo para mantener nuestras interesantes charlas (pues Ella misma me lo negó más de alguna vez). Mi angustia era enorme, si ya de por sí es difícil que alguien como Ella te tome muy en cuenta por un medio tan vulgar como ese chat, ahora que había perdido mi única forma de contacto, era virtualmente imposible. 
No obstante, soy una persona tozuda, con un carácter muy fuerte, y que vive bajo la filosofía de “consigo todo lo que quiero, no importa cuánto cueste”.  Asedié arduamente a “San Google”,  buscando cualquier referencia a “Ama Venus” que pudiese existir, agoté todas las configuraciones de búsqueda que eran posibles por ese entonces. Llegué a sitios extraños, abandonados, sórdidos, y alejados de cualquier motor de búsqueda. Después de algunos días, llegué a un foro que ninguna relación tenía con el fetichismo, o el BDSM, pero donde había una usuaria chilena de Nick “Venus”; claro, no había nada concreto que me hiciese pensar que era ella (puede haber millones de personas con ese Nick), pero tanto escrutinio y obsesión con una persona, nunca es en vano. Había algo en su escritura, en su gramática, en su forma de hilar ideas, en su actitud al replicar, que me resultaba familiar.
Sin pensarlo mucho, le envié más de algún mensaje,  con poca esperanza de recibir la respuesta que buscaba. Incluso en el mejor de los casos (si era Ella), quizás me ignoraría como a cualquier otro usuario insistente (a pesar de que sólo le pedí seguir en contacto). Grande fue mi sorpresa cuando recibí un mensaje, muy atípico, y de la forma que menos esperaba…
Sólo me daba una fecha, una hora, y una dirección, que remataba con la frase “ten un premio por ser tan fiel”. Nada de saludos, nada de indicaciones, nada de teléfonos, o medios para reconocernos. Aquella dirección correspondía a un decadente centro de eventos (que alguna ve fue muy elegante), que organizaría una fiesta de máscaras para esa fecha (una “parodia” de las pomposas galas Venecianas). Obviamente estaba muy confundido… ¿Cómo se supone que la reconocería?, sólo había visto fotos de sus pequeños pies. ¿Acaso era una especie de “prueba”?, ¿Acaso era una broma de muy mal gusto? Una sola cosa era segura, allí estaría aquella noche, quizás como tonto buscando alguna pista que me permitiese dar con Ella… 
Me conseguí una máscara muy sencilla, con tal de camuflarme en aquella muchedumbre, ya de por sí llamativa. La “fiesta” de aquel descuidado y escondido bar, acababa de comenzar. Llegué de los primeros, pendiente de todas las personas que fuesen entrando. Fijándome especialmente en sus pies,  la única referencia que tenía de Ama Venus. Desilusión tras desilusión, pasaron las horas, y ninguna de las asistentes a la estrafalaria fiesta lograba llamarme la atención.  Aburrido, decepcionado, y asumiendo lo más obvio, me dispuse a llamar un taxi, no sin antes salir del local a fumar un buen puro (un vicio algo exótico, remanente de mi época de estudiante bohemio).  
En eso se me acerca un hombre alto, maceteado, calvo, de unos cuarenta y pocos. Tenía una apariencia atípica, vestido muy formalmente para una fiesta tan vulgar. Sólo fue a pedirme fuego, pero nos quedamos fumando juntos, mientras conversamos de las típicas y aburridas trivialidades de la vida. Al menos me entretuvo lo suficiente para no llamar al taxi. Su nombre era Ademir, y al parecer también lo habían plantado. Bueno, con tal de no desperdiciar la noche, nos sentamos juntos en un rincón del local, y pasamos de los cigarros al ron, y luego, más y más ron. Me impresionó el que resultó alguien bastante instruido en todos los temas que me interesan, no era la típica persona que esperarías encontrar en un bar. Y ronda tras ronda me fui sincerando con aquel sujeto, que me resultó agradable, quizás en parte por su forma tan natural de tratar con un extraño, casi como si nos conociésemos de toda la vida. 

No lograba estar tan bebido como para contarle mis verdaderas intenciones en aquel antro. Sin embargo, pasadas unas horas, imaginé que mi compañero no tenía la misma tolerancia al alcohol que yo, pues comenzó a conversar cosas que me parecían extrañas (tenia posiciones muy extremistas en algunos temas que dan para mucho debate). Como ya era muy tarde, y me sentía algo incómodo (aunque sorprendido), por todo lo que hablaba, le inventé una excusa para irme…
Aquí comenzó lo interesante, pues Ademir, ya casi resignado, me responde;  “¡Pero Diego!, ¡Apenas empezamos a conocernos!”… ¡¿Cómo rayos aquel extraño sabía mi nombre?! Se lo pregunto con espanto (yo nunca, jamás, le he dado mi nombre real a alguien que conozco en un bar). Por si fuera poco, la expresión del hombre cambió, como si se hubiese dado cuenta de que cometió un gran desacierto, y tuviese un miedo terrible a las consecuencias. En su cara reflejaba desesperación, y como probablemente aún estaba mareado (quien no, después de tantas rondas), no era capaz de disimularlo del todo.
Yo no cabía en mis cabales, simplemente no me creía lo que estaba pasando. Temía lo peor, mientras mi cabeza fraguaba las más variopintas explicaciones…  Claro, era miedo mezclado con asombro, asombro por la posibilidad de que ese hecho tuviese conexión con la misteriosa Ama Venus. Pero lo más sugestivo no había pasado aún… salí casi corriendo a pagar la cuenta del bar, para poder irme cuanto antes (sin haberme ni despedido de Ademir), y fue entonces, para mi asombro; que la joven que atendía me entrego un sobre junto a la boleta de los licores, mientras que con mucha dificultad lingüística me dijo algo como: “Siento mucho lo qué pasó, pero el Ama te considera un candidato interesante, tendrás tu oportunidad”. 




Lo último (y lejos lo más significativo) que recuerdo de esa agridulce noche, ocurrió durante mi angustiosa espera fuera del bar, luego de ver a un afligido Ademir saliendo del local hasta un Mercedes antiguo (como de los 60’s, negro, y muy bien restaurado) que se había estacionado hacia apenas un minuto… Y fue entonces, fue cuando la vi. Una mujer esbelta, pero no más alta que yo, con un pelo muy oscuro, largo y ondulado, vestida completamente de rojo, y con los mismos grandes tacones de charol que más de alguna vez vi en ese oscuro blog (del mismo rojo que todo su atuendo).  Me volteó la mirada, cubierta por un gran antifaz que cubría la mitad de su rostro.  Me quede congelado, era Ella, la mismísima ¡Ama Venus! Caminó con una gracia increíble hasta el Mercedes, y se fue tan fugazmente como había aparecido. 

















PARTE II: LAS TRES PRUEBAS
Me pasé muchos días atónito, sin creer lo que me había pasado. ¿Quién era esta extraña gente?, ¿Cómo lograron violar el anonimato del blog?, ¿Me estarían espiando desde hace mucho? ¿Qué tramaban con este juego macabro? ¿Por qué Ademir se desesperó tanto? En fin… Preguntas iban y venían. Pero un par de cosas si eran seguras. Esa gente era muy peligrosa, y yo haría lo que fuera con tal de volver a ver a Ama Venus (y ellos lo sabían).
El sobre que me dieron contenía sólo una dirección, una fecha, y una hora (absolutamente nada más). Como buen pintor aficionado, supe de inmediato que esa dirección correspondía a una galería de arte, probablemente las más prestigiosas de Santiago, y justo ese día (él viernes de esa misma semana) inauguraban una exposición del tétrico pintor noruego Odd Nerdrum. Mi cita era 15 minutos antes de que se abriera al público. 
Claramente, luego de dos años de tertulias virtuales, Ella sabia perfectamente que la pintura es una de mis granes pasiones, además de la gran admiración que tenia por ese pintor. Sólo ahora pienso en lo inocente que fui al pensar que había elegido ese lugar para tener una cita amena... pues no seria más que una seductora carnada para lo que me esperaba. 
Como empujado por un hechizo vudú (y después de mucho nerviosismo, vacilaciones, e insomnio, a pesar de lo ilusionado), ahí estaba, 15 minutos antes de la gran apertura, a la que estaban invitados políticos, empresarios, y personajes de la farándula. Y ahí estaba también, junto al inconfundible Mercedes negro, Ademir, esperándome muy atento, y haciendo añicos todas las esperanzas que tenia de tener una cita “normal” con Ella, mirándome como si percibiere mi miedo. Me acerco tímidamente a él, aunque el profundo contacto visual había sido inmediato. Sin mediar una palabra (pero con una pequeña sonrisa morbosa), me incita a que le siga. Y sin siquiera saludarme, me hace pasar por una puerta trasera a la aún vacía galería (era muy distinto al agradable sujeto que conocí aquella noche). Valiéndose sólo de los gestos de su expresivo rostro, y robusto cuerpo, me muestra un pequeñísimo mueble de recepcionista. Un escritorio diminuto. Entonces, sin rodeos, y con un tono de voz cortante, me indica que debo desnudarme y  esconderme allí. 
Cualquier persona con algo de cordura saldría arrancando ante semejante propuesta, sobretodo viniendo de personas, que de por sí, me habían demostrado ser tan “turbias”, pero me pareció un precio justo por volver a ver a Ama Venus. Estaba igual de encaprichado que un adolescente de 15 años, además de tener el típico pensamiento de “¿qué tan malo puede ser?” (ni siquiera los recuerdos de los relatos, en situaciones similares, lograban disuadirme). La galería estaba cerrada, solo estaba yo junto a Ademir, que recibió todas mis prendas en una caja (mientras su leve sonrisa se hacía más y más morbosa). Apenas pude meterme, justo en el espacio entre una alta silla, y el inmaculado piso, perfectamente limpio, blanco, y frío.
Así esperé, mientras la galería se llenaba de sus distinguidos invitados, yo permanecía inmóvil, completamente contorsionado, acalambrado, y entumecido. Esforzándome por no levantar la mínima sospecha ante aquella concurrencia (a los que escuchaba acercarse a retirar los folletos que estaban sobre mi escritorio). Cuando ya había pasado más de una hora allí, y el asiento que estaba entre mí, y la blanca pared, seguía vacío, comencé a sudar frio. No era nada fácil, bastaba un pequeño acomodo, o el más mínimo movimiento de mis brazos, para que aquel pequeño mueble se moviese.     
Entonces lo escuché, el sonido de unos tacones muy empinados, que seguían un compás de mucha gracia, de un caminar pausado (el mismo de aquella noche). Con emoción vi un par de esbeltas piernas sentarse en aquella silla. Con unos zapatos de charol negro, de puntas muy angulosas, y unos tacones igual de puntiagudos que los aquellos de charol rojo que tanto recordaba. Vestía unas medias igual de negras, pero demasiado fetichistas para usar en un evento de alcurnia como ese… no cabía duda alguna, estaba ante Ama Venus. De pronto había olvidado por completo la situación en la que estaba, no estaba inmóvil por estar en la galería con tanta gente, lo estaba por tener ante mí los pies con los que había fantaseado durante años.



Con mucha gracia, se cruzó de piernas, mientras balanceaba aquellos puntiagudos zapatos frente a mi cara. Había algo particular con ellos, estaban sucios, pero no era la típica suciedad producto de caminar mucho, era como si hubiesen sido ensuciados de adrede (con la única intención que yo los limpiase). Nunca había hecho algo así antes, pero bastaron 5 minutos con mi húmeda lengua, junto a un generoso vaivén de las piernas de Ama Venus, para que el negro charol  reluciera como nuevo. Incluso las suelas, ningún centímetro de superficie se libró de mi hiperactiva boca. De pronto, uno de esos puntiagudos tacos se introdujo de lleno entre mis labios, hasta lo profundo de mi garganta. Era difícil aguantar el reflejo natural que algo así produce, pero tampoco podía olvidar la situación en la que estaba. El puntiagudo taco se movió por toda mi boca y garganta, tal como si fuese un falo, mientras su gemelo hacía de puñal entre mis costillas.  
Parecía una prueba de resistencia, pero no tanto por lo difícil que resultaba pasar desapercibido (algo que ya de por sí, era una proeza), sino, por ahogar las imperiosas ganas de saltar de allí para adorar aquellos pies y piernas con toda mi corporeidad. En eso, cuando mi boca ya comenzaba ser magullada, su taco fue lentamente retirado, mientras su delicado pie se desnudaba. No tuve tiempo de admirar la belleza de aquel acto, ya que inmediatamente lo posó sobre mi nuca (sintiéndose muy tibio). Estaba claro lo que Ama Venus quería, empujando mi cabeza hacia abajo con alevosía. Primero me deleité con las fragancias que desprendía la húmeda plantilla… ese aroma único y maravilloso que sólo se consigue de la mezcla entre el sudor, y un cuero de primera calidad. Mi inquieta lengua no se hizo esperar, degustando esos salados (pero dulces) sabores, que eran como un premio por haber dejado una cubierta tan reluciente. 
En ningún momento su pequeño y cálido pie dejó de moverse, aprisionaba mi cabeza contra el zapato, a la vez que me provocaba aún más los bajos instintos, con el coqueto movimiento de sus dedos. Fue entonces cuando sentí a su desnudo gemelo rozar mi cuello (tan concentrado estaba con las fragancias, que no me di cuenta de cuando fue que se desprendió de mis costillas). 
De a poco se iba acercando a mi boca, pero no pude esperar, despegué mis labios de la plantilla, y comencé a saborear el negro y húmedo nylon que recubría esos deliciosos dedos, cuyas pequeñas uñas tan bien pintadas podían verse claramente a través de la prenda. Ese tejido estaba mucho más impregnado de aquellos perfumes, de lo que lo habían estado las plantillas. El gemelo por su parte, se aventuraba en otros lugares de mi cuerpo (lo que me provocaba una de la erecciones más poderosas de las que tenga recuerdo). 
No tenía claro cuánto más seguí saboreando sus medias, pues mi noción del tiempo se volvió confusa. Tampoco entiendo cómo fue que permanecí inmóvil, ya que el lugar y la gente, era lo que menos me importaba (mi ávido subconsciente, ¿quizás?). Estuve imbuido en ese trance, sintiendo cada vez más y más la necesidad de tener contacto directo con esa suave y rosácea piel. Llegó un momento en que sólo podía pensar en dos opciones, o rompía el tejido de nylon con mis dientes (aunque no sabía cómo pedir permiso para hacerlo), o lo retiraba lentamente con mi boca. Elegí lo segundo, pues el pequeño escritorio era suficiente para cubrir las piernas de Ama Venus, y esas medias (terminadas en unas abigarradas ligas), eran demasiado hermosas para ser rotas. 
Fue así como poco a poco fui dejando al descubierto más y más de su piel, tímidamente al principio… nada más que pequeños tirones, como una forma de pedir permiso a Ama Venus para lo que quería hacer. Sus vaivenes se coordinaron con mis mordidas, como consintiendo mi propuesta.  Proseguí hasta que tenía la mayor parte de su esbelta pierna al descubierto. Entonces vi su mano, con dedos de pianista, y largas uñas (igual de bien pintadas que las de los pies), bajar bruscamente la otra media, tirándola sobre mi desnudo cuerpo. Yo no me podía creer aquello, su pequeño y rosado pie descansaba sobre mi vientre. Luego corrió bruscamente su otra pierna hacia atrás, dejando la media (que tanto me había costado bajar), colgando de mis dientes, y posando el gemelo sobre mi frente. 



Lo que siguió fue un verdadero ballet entre mi inquieta lengua y sus perfumadas, rosáceas, y suaves plantas. Siguiendo cada surco, cada curva, y cada vaivén con coordinación milimétrica. En círculos, de arriba abajo, con la punta, con los labios, no había ningún límite para mi creatividad. Años y años como un empedernido fetichista, y nunca había hecho algo como aquello. Incluso recordé mis conocimientos de reflexólogo para aplicarlos con mi boca. Pasado un tiempo,  era como si mi lengua tuviese vida propia, no tenía control alguno sobre ella. 
Solo lo recuperé momentáneamente, cuando vi que sus pequeños y coquetos dedos (algunos de ellos adornados por sobrios anillos de plata), me hacían una picaresca invitación, moviéndose agraciadamente de arriba a abajo. Mi boca captó la señal de inmediato, dirigiéndose primero al pulgar (como un acto reflejo). Repetí toda la creativa rutina de las plantas, en la yema de ambos pulgares. Luego introduje uno de ellos de lleno en mi boca, sin succionarlo, solo depositando mi aliento sobre él, y disfrutando de sus curvas con mi lengua. Fue un proceso que repetí no sólo con los pulgares, sino con cada uno de sus soberbios dedos. Especialmente con los meñiques, esos pequeños siempre han sido especiales para mí, y no escatimé esfuerzos en que su adoración estuviese a la altura de mi obsesión con ellos. Tampoco hubo escatimo para  saborear el espacio entre dedo y dedo, el cual es por lejos, el más rico en sabores y fragancias. 
Llevaba mucho tiempo ya repitiendo todo lo narrado anteriormente (o eso imagino, pues mi noción del tiempo nunca dejó de ser confusa). Llegó un punto álgido en  que solo sentía un éxtasis profundo, con mis sentidos tan acentuados, como atenuada estaba mi parte consciente. Solo recuperé un poco el juicio, cuando note mí duro, hinchado y húmedo pene. Tan dolorosa era la impresionante erección que tenía, que me obligo a voltear la mirada que tenía fija en los pies y piernas de Ama Venus. Estaba completamente rojo (casi violeta), con las venas marcadas, y con una estela de humedad que terminaba en un pequeño charco sobre aquel blanco piso (que ya había dejado de estar frio hace mucho). Comencé a sentir una necesidad imperiosa por llevar mis manos hacia él, y lo hubiese hecho, de no ser por un tenue vestigio de cordura, que me recordaba el lugar donde estaba, y que cualquier movimiento de mis acalambrados brazos delataría mi presencia. 
Es seguro que Ama Venus notó el ínfimo instante en que volteé mi atención, pues inmediatamente detuvo el vaivén de sus piernas y el coqueteo de sus dedos. Los puso lejos de mi rostro, mientras buscaba sus tacones. Y en un par de segundos, y con una gran habilidad, estaba calzada nuevamente. Nada me había preparado para lo que vendría, estaba a punto de experimentar la situación más desesperante, dolorosa, y despiadada que hubiese conocido hasta entonces…
Ama Venus blandió sus imponentes piernas (de una forma muy enérgica, a la vez que discreta), propinando puntapiés por todos los lugares blandos y sensibles de mi cuerpo (siendo mis costillas y muslos las que se llevaron la peor parte). Fue una autentica lluvia de tormento, las angulosas puntas de sus tacones eran enterradas igual que cuchillos. Todo el éxtasis sentido hasta entonces se convirtió en dolor, un dolor mucho más intenso y flagelante que cualquier otro que hubiere sufrido. Eran puntapiés libres de cualquier azar, tan meticulosos que cada oleada caía en los lugares exactos de la anterior (lo que hacía aumentar exponencialmente el suplicio). Como consecuencia inmediata, recuperé la conciencia y cordura perdidas hasta entonces. Eso fue quizás lo que empeoró la situación más que ninguna otra cosa. 
Solo imaginen mi contexto… En aquella repleta galería se encontraban posiblemente; muchas de las actrices y cantantes que admiro, grandes empresarios (quizás alguno de mis jefes directos), y hasta el recién electo Presidente, que había sido invitado. Cualquier error mío en reprimir los reflejos naturales de mi cuerpo ante aquella masacre, significaría dos cosas;  nunca más volvería a ver a Ama Venus, y viviría bajo la humillación pública por siempre (sólo imaginen las portadas de todos los diarios y revistas, anunciando que encontraron a un hombre desnudo y magullado, escondido en medio de la gala de una importantísima exposición de arte). 




Pero al parecer eso no le importaba, pues de los puntapiés, pasó a usar sus afilados tacones como estoques. Ellos rasgaron mi piel de las formas más variopintas, y solo pude ver como varios hilos rojos se formaba a mi alrededor.  Ni siquiera mis genitales se salvaron de su ira, mis pobres testículos fueron aplastados sin piedad por sus suelas, y ni relataré lo que hizo con mi miembro. Llegó un punto en que tenía dificultades para respirar, y comencé a ver todo más nublado, sentía que podría desmayarme en cualquier momento. 
De repente, me volví insensible al dolor, como si mi mente hubiese apagado los nervios (algo típico de los que sufren un dolor mayor al que su psiquis puede procesar). Eso provocó que mis músculos ya no se contrajesen al recibir los estoques, y qué la temperatura de mi masacrado cuerpo bajara drásticamente. Ama Venus notó esto, pues el martirio llegó a su fin, dejándome en un reposo absoluto por un tiempo.
Justo cuando pensaba que todo había acabado, que en cualquier momento me sacarían de allí, o que simplemente me dejarían así hasta que todos se marcharan, fue cuando sentí sus pequeños pies desnudos acariciando mi piel. Consideré que fue una especie de premio, un incentivo, una gota de agua en medio del tormento,  pero era tal mi cansancio físico, sumado a la escases de oxígeno bajo el escritorio, que me quedé inconsciente de a poco. Sin embargo, eso mezclado con las charlas de los invitados, y las caricias de Ama Venus, fue una experiencia igual de inolvidable que todo lo demás. Eso fue lo último que recuerdo, pues me desmayé ante sus pies… 
Al día siguiente desperté muy mareado, sentí que estaba en una cama (mas no me animaba a abrir los ojos para descubrir dónde), con algunos vendajes, y bajo el efecto de sedantes. Me quedé mucho tiempo entre las sábanas, reflexionando sobre lo que me había ocurrido, recordando cada detalle, incrédulo, pero con la seguridad de que mi vida nunca volvería a ser la misma. Permanecí en ese estado de trance hasta que la necesidad por recuperar la cordura me obligó a abrir los ojos. Grande fue mi sorpresa cuando descubrí que no estaba nada más ni nada menos, que en mi propia cama, en mi propio departamento. 
Todas mis heridas estaban perfectamente limpias y tratadas. Mi ropa se encontraba en una cesta de mimbre a los pies de mi cama, había sido llevada a la tintorería, e incluso los zapatos que lleve ese día estaban recién lustrados. Sobre mi cómoda, había un folleto de la exposición, y dentro del mismo, un sobre. 
Nuevamente, sólo se me indicaba una fecha, hora, y dirección… Claramente mis dudas, y miedos, eran más grandes que nunca. Yo, un respetado profesional del rubro farmacéutico, con una vida perfectamente normal, con dos hijas (que no viven conmigo), con amigos y familiares que jamás despertarían sospechas de algo raro. Alguien que si bien tenía un importante fetiche (compartido por mucha gente), siempre se mantuvo su bajo perfil. Una persona íntegra que nunca había sentido una fijación malsana, ni una obsesión por nadie (solo me había enamorado un par de veces siendo joven, como todo el mundo). Mi vida, tan normal, tan tranquila, de repente se veía invadida por una extraña y peligrosa mujer (y con un sequito aún más intrigante y amenazador), que me hacía sentir y desear cosas que ni imaginaba que podrían gustarme. Ella se había vuelto tan importante, que no pasaba para mí ni una miserable hora en que no la recordase. Nuestras largas conversaciones en chat durante casi dos años, la noche en el bar que donde la vi por primera vez, y la tarde en la que me desmayé ante sus pies, eran los pensamientos que ocupaban mi día a día. 
Mis músculos aún se acalambraban, y algunas de mis heridas aun dolían. Pero rápidamente inspeccione mi departamento en busca de cualquier cosa fuera de lugar. Estaba exactamente igual a como lo había dejado (no se habían llevado nada de valor). La chapa de la puerta no había sido forzada, y las llaves las tenía el conserje de mi edificio, a quien se las había encargado (no tarde en interrogarlo, aunque no sirvió de nada). En fin, mi cabeza no dejaba de inventar teorías de como habrían podido hacer todo aquello. 



La dirección que me dieron correspondía a un antiguo sector industrial en la periferia de Santiago. Específicamente, pertenecía a una vieja fábrica abandonada, con muchos grandes  galpones vacíos en los alrededores. Mi cita era para dos meses más (me imaginaba que la razón era que AMA VENUS quería que me mis lesiones se recuperasen antes). Muchas veces conduje hasta allí luego del trabajo, inspeccionando cada rincón, y tratando de adivinar qué clase de creativa prueba tendría lugar en ese tétrico y desolado lugar (diametralmente opuesto al escenario de nuestro primer encuentro). 
Entre más corrían las semanas, más grande se volvía mi ansiedad. Y más grandes eran también, mis dudas. Pensaba obsesivamente si debería asistir a mi nueva cita. Claramente la única respuesta cuerda era que no, pero sabía que allí estaría de todas formas. Un detalle importante que no mencioné; no todo estaba limpio en el cesto donde encontré mi ropa. En el fondo, estaban las abigarradas pantis negras de aquel día, aún sucias, húmedas, y con sus fragancias. Era como si fueran un regalo de Ama Venus, una pequeña prueba de que se sentía complacida con mi actuación. Las mantuve cerca por muchas noches mientras esperaba (y mis lesiones sanaban). 
Recuerdo que no pude dormir la noche anterior al gran día, sentía algo en el estómago, era tal que no pude ni desayunar. Ni siquiera estoy seguro de haber sentido tal nerviosismo antes, tenía hormigas hasta en los rincones más recónditos de mi cuerpo. El día estaba frio, gris, y nublado (a pesar de que se acercaba el verano). Conduje por inercia hasta la fábrica (una ruta que ya me sabía de memoria). 
De inmediato noté algo raro… me impresionó la cantidad de vehículos estacionados, siempre que venía estaba todo desierto, sólo encontraba matorrales secos. Estuve a punto de vacilar, y manejar a toda prisa lejos de allí, pero el deseo de volver a ver a Ama Venus era más grande. A pesar de la gran masa de autos, la fábrica, y sus alrededores, estaban completamente vacíos. No se divisaba un alma (lo único que seguía como de costumbre). Entonces, noto algo que me llama mucho la atención. Estacionado muy cerca de uno de los galpones, estaba el ya emblemático Mercedes negro, junto a el, una mujer alta, con un estrafalario peinado, fumando un cigarro con boquilla, vestida muy formalmente, y que no me quitaba la vista de encima.
Asumí que ella era el contacto con el que debía hablar, por lo que me estacioné lo más cerca que pude. Llevaba un abrigo que recordaba perfectamente, era el de la silueta suntuosa que vi junto a Ademir aquella noche en el bar (noche de la que recordaba cada detalle con precisión fotográfica). 
Me acerqué tímidamente, bajo la mirada de inquisidora de la misteriosa mujer (que calculé, tendría unos treinta y pocos). Noté como su adusta expresión se quebró por una burlesca sonrisa cuando noto mi caminar nervioso. Me apoye en el capo del Mercedes, junto a ella, y  saludándola muy tímidamente, le pedí fuego mientras sacaba uno de mis puros. La mujer, que era esbelta, y tenía un enorme abrigo negro, se presentó como “Betsabé” (ella misma me dejó en claro que no me daría su nombre real). Conversamos un buen rato, sobre el clima, sobre el lugar, sobre el Mercedes, sobre el tabaco, pero algo me impedía hablarle sobre el tema que importaba (y su sonrisa delataba que estaba esperando a que lo hiciera), ¡¡¡pero es que hablar de Ama Venus no es cualquier cosa!!! 
Me invitó a otro sitio, imaginé ingenuamente que era para dar más dinamismo a nuestra gris charla, pero entonces, me condujo a algo que me puso la piel de gallina. Justo en la entrada a uno de los galpones, estaba un encadenado, magullado, amordazado, y desnudo hombre colgando de un poste. Puesto allí seguramente como aviso para que los dueños de los vehículos supiesen donde ir.  Pero lo que más me impresionó, fue que no era nada más ni nada menos; ¡que Ademir!, mi compañero en el bar. La mujer notó de inmediato mi asombro e incomodidad, soltando una risa estrepitosa. Sólo me dijo; “no te preocupes, es parte de su castigo por el incidente del bar, está acostumbrado”.  
El asombro que me dio ver la dantesca imagen, fue lo que me permitió romper el hielo. Le asedié con la gran colección de preguntas que tenía… mi compañera sólo se reía burlescamente, sobre todo cuando le preguntaba sobre las temibles proezas de su grupo. Claramente no obtuve ninguna respuesta referente a ese tema, así como a muchas otras preguntas relacionadas a la vida personal, e intenciones, de Ama Venus. 
Pero no todo fue en vano, supe algunas cosas importantes; Había sido uno de los muchos potenciales candidatos desde mucho antes de conocer el blog argentino (el cual era una trampa suya para atraer fetichistas). Supe también que era la primera vez que tenía a prueba alguien que no conocía en la vida real, pues nuestros dos años de charlas en el blog también habían sido interesantes para Ella. Supe que no era el único candidato presente en ese lugar, pero que todos teníamos en común el haber pasado la primera prueba, y ser empedernidos fetichistas de pies (ya que estaba interesada de hace mucho en un sumiso “especialista” en ello). Supe que mientras que el sentido de la primera prueba había sido comprobar nuestras dotes como fetichistas y potenciales sumisos, el fin de ésta era demostrar que Ella era realmente especial para nosotros. Y por último, supe que por Su decisión expresa, y en mi caso especialmente, no podría conocerla ni hablarle directamente, a menos que superase las tres pruebas.
Mi puro ya se acababa, cuando Betsabé comienza a explicarme los detalles del asunto que nos atañía; dentro de ese galpón, había cuarenta personas, entre las cuales estaría Ama Venus, y la prueba era tan simple como reconocer Sus pies. Tendría sólo dos oportunidades, y se me advirtió que el castigo sería mucho mayor que el martirio que conocí, si fallaba, pero la recompensa también lo sería si acertaba. 
Muchas cosas pasaron por mi mente, sobre todo luego de preguntar detalles más finos. Primero que todo, el hecho de estar desnudo (con el rostro cubierto por una pequeña venda), ante cuarenta desconocidos, siendo muy probable que me topase con alguno en el futuro, era simplemente chocante. Pensé que de aceptar la prueba, nunca más estaría tranquilo cuando un extraño me mirase mucho, o me dedicara una sonrisa morbosa. Sería algo que me atormentaría de por vida (ya que el mundo es pequeño después de todo). Era quizás una de las formas más viles de humillación pública que pudiesen existir. ¿Y si alguno de los invitados era colega en mi trabajo?, ¿o conocía a mi familia?, ¿o vivía en mi edificio? Sin embargo, en el fondo sabía que terminaría aceptando el desafío, no estaba en mí, el deseo por Ama Venus me superaba a mí mismo.
Betsabé me explicó que Ama Venus buscaba un sumiso que estuviese obsesionado con Ella, que fetichistas de pies había muchos, pero que no quería un simple fetichista. No le servía alguien que adorara con alevosía cualquier par de pies, quería alguien para quien Sus pies fuesen especiales, independiente de que existieran otros más generosos, o más bonitos. Ahí estaba el sentido de la prueba. La mujer, que notaba mi nerviosismo, me consoló diciendo que entre todos los candidatos, era el favorito. Me dijo que ella me había dado un regalo que no le dio a nadie más… las pantis de aquel día, y que si de verdad estaba prendado de Ama Venus, ya conocería a la perfección el aroma impregnado en mi regalo, y que debía entrar tranquilo a la prueba si así era, pues grande seria mi recompensa. 
Claramente, luego de escuchar todo eso, estuve a punto de salir arrancando... pero a la vez sentí ese pequeño impulso autodestructivo (aquel que no había sentido desde mi niñez), pensando que si ya había pasado por todo lo anterior, no podía retractarme ahora. Eso, sumado a la intimidante mirada de Betsabé, hizo que aceptara el desnudarme en medio del frio (momento en que me compadecí profundamente del pobre Ademir, que colgaba desnudo desde hace horas), y que mis ojos fuesen fuertemente vendados. Ya sin saber qué creer de todo esto, y con el estómago revuelto como nunca antes, entre al galpón, de donde oía decenas de murmuros y risas. Me imaginé a mí mismo en el puesto de mi público, riendo cruelmente de un pobre hombre desnudo y vendado, a punto de ser sometido a una vejación pública sumamente cruel. Sentí como colgaron algo a mi cuello, Betsabé me explicó que era una campana, la que debía tañer cuando estuviese seguro de que había encontrado los pies de Ama Venus. 
Yo imaginé que estarían las cuarenta personas en fila, ordenadas, y yo debería pasar por cada una… Nada más lejos de la realidad. En primer lugar, se me indicó que debía ser proactivo, y utilizar cualquier método que se me ocurriese con tal de reconocerla. Sin embargo, había un par de reglas, debía permanecer agachado, y apoyado en mis cuatro extremidades, completamente callado, y sólo hacer lo que las personas consintieran (desobedecer significaba descalificación inmediata). 
En otros términos, la prueba consistía en gatear entre aquella muchedumbre, que no estarían ni quietos, ni necesariamente descalzos (y que tendrían libertad de hacer lo que quisieran conmigo durante la prueba), mientras buscaba dócilmente cualquier indicio que me ayudase a dar con Ama Venus. Tímidamente, y con la piel de gallina, fui hasta el lugar desde donde escuchaba los murmuros, las risas, los insultos, y las burlas. Era tan densa la sensación de estar allí, que ni siquiera los peores recuerdos que tengo de los matones del liceo, o de las muchas veces que me asaltaron, habían logrado intimidarme tanto. La gente  vociferaba cosas que iban desde; “¡ven perrito!”, y “¡basura humana!, hasta “¡pobre imbécil!”, por poner algunos ejemplos (aunque la mayoría de lo que escuchaba no estaba dirigido a mí).    
Aun así, nada me preparó para lo siguiente, pues tan pronto estuve en medio de aquel aquelarre, sufrí una oleada indescriptible de puntapiés, rasguños, fustazos, estoques, cachetadas, y escupitajos, entre muchas otras cosas. Quien sabe cuánto tiempo estuve totalmente quieto, atónito, soportando todo aquello sin tener idea de qué hacer, y deseoso de renunciar e irme. No obstante, algo me llamó la atención. Los puntapiés que recibía eran torpes, imprecisos, atarantados, como si viniesen de personas que muy rara vez tienen la posibilidad de darlos. Los puntapiés de Ella en cambio, tenían precisión milimétrica, y una energía tan bien canalizada, que producían un dolor muchísimo incomparable. Supe de inmediato que ninguna de las personas que me vilipendiaban y pateaban, era Ama Venus.       
Traté de contabilizar cuantas voces escuchaba, y puntapiés distintos recibía. Pude contar más de una veintena, por lo que el número de candidatos se reducía drásticamente. Luego de mucho tiempo tratando de concentrarme en ello, las humillaciones fueron cesando, y pude escuchar varias campanas tañer. Supuse que tal vez los demás candidatos habrían tenido algo de suerte. Lentamente me dirigí a las fuentes de esos sonidos, y olía cada par de pies que encontrase en el camino, cada par que aún no participase de los vituperios, ni me pegara torpes puntapiés, por supuesto. Decepción tras decepción, había contado ya cerca de una docena de pies extraños, que pude descartar muy fácilmente gracias al regalo de Ama Venus.
Entonces noté algo que llamó mi atención, eran unos tacones cuya forma conocía perfectamente, sus empinados tacos, el puntiagudo acabado, la textura y sabor del charol. Eran los mismos tacones que me hicieron desfallecer en la galería de arte, ¡no cabía duda! Lleno de emoción descalce aquel par de pies, que eran igual de pequeños que los de Ella, y con unos dedos igual de cortos y bien torneados. Comencé a degustarlos, estaban perfectamente limpios, sin sabor ni olor alguno. No obstante, había algo que no me convencía. Los movimientos de los dedos eran torpes, como si no estuviesen acostumbrados a recibir los honores de un fetichista. Los descarté de inmediato, eran una muy buena trampa. Me pasó algo similar cuando luego probé unos que me acariciaron picarescamente. Tenían el mismo olor impregnado en las pantis, y un parecido más que aceptable (estuve a punto de tañer la campana), pero también les faltaba gracia. No bailaban, no incitaban, no coqueteaban como los de Ella.
Vagamente, mi oído alcanzó a contar, en total, cuatro campanas distintas con el correr del tiempo, un número nada despreciable de candidatos. Con cada campanada empezaba a desesperarme un poco más… calculé varias horas soportando aquel suplicio (aunque quizás fueron minutos), inquiriendo, y sin ningún buen indicio salvo las trampas. 
Entonces, ya con ganas de sucumbir, sentí un certero y discreto puntapié en las costillas. Me llegó como una puñalada, era mucho más brutal que cualquier otra cosa experimentada en la dantesca prueba. Claramente queriendo llamar mi atención, como diciendo “¡aquí estoy!”, de una forma tan evidente, que hasta me pareció injusta. Pero no perdí un segundo, en un acto que fue casi un reflejo natural, me dispuse a descalzar aquellos prometedores descubrimientos. Estaban limpios, sin fragancias, sin sabores, con las uñas mucho más largas que las que recordaba, pero definitivamente no se parecían a nada de lo que hubiese tenido en la boca aquel día. 



Aquellos pequeños e inmaculados pies comenzaron a danzar en mi rostro, a coquetear, cada dedo en perfecta sincronía junto a sus hermanos. He sido un acérrimo fetichista por décadas, he adorado quizás más de una centena de pies, pero nunca me había tocado algo como aquello. Era como si disfrutase la coreografía salvaje y sensual entre mi lengua y sus curvas. Como si lo disfrutase más que yo mismo, como si aquel acto significara algo mucho más profundo que un juego erótico. No lo dude un solo segundo, blandí la campana que tenía amarrada al cuello con toda mi energía…
Inmediatamente sentí como una imponente figura me tomaba con fuerza, apartándome de la muchedumbre. Y sin mediar palabras o indicaciones, fui esposado de manos y pies, mientras mi magullado y desnudo cuerpo quedó tendido sobre una suave superficie (muy suave, como seda). Así esperé mucho tiempo, entumecido, apartado del infierno en el que estuve. Increíblemente ya no estaba asustado (y eso que aun podía escuchar vituperios), estaba seguro de que aquellos pies no podían ser otros que los de Ama Venus. Sólo sentía el frio de aquel nublado día, y el nerviosismo por no saber que me depararía…
Y fue entonces que de pronto, escuché otra campana más, y todos los insultos cesaron. Era increíble, de un momento a otro, todo el infernal bullicio se transformó en un silencio sepulcral. Y entre escalofríos, me preguntaba qué cruel desenlace depararía aquel humillante desafío, qué clase de castigo seria digno de ser peor que lo que sufrí en la galería. El miedo se quebró por una caricia, y el silencio se desvaneció con un estrepitoso grito. Sentí aquel par de cálidos pies recorrer mi aporreada piel,  una sensación igual de reconfortante, como tenebroso era escuchar los lamentos de fondo… 
Las deliciosas caricias de Ama Venus, que no cabía duda eran mi premio, formaban una sensual coreografía, la que no parecía dejar nada a la improvisación, pero tenía una naturalidad barroca al mismo tiempo.  Mi piel se estremecía, y mi respiración era más lenta. 

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