Inicio » Relatos de Cornudos » Demasiado Timida para Oponerme - 8ª Parte

Demasiado Timida para Oponerme - 8ª Parte

Esta mañana llegué bien temprano a la playa, con toda la decisión de aprovechar bien mis vacaciones. Como siempre, mi esposo Armando se me había anticipado. Y apenas me vio me invitó a ir al agua con él. Pero yo le recordé que no pensaba dar un solo paso fuera de la carpa sin llevar mi crema protectora.
Armando no entiende las indirectas, así que le insistí para que me la pusiera él, pero no hubo caso, nunca me quiere poner la crema por el cuerpo. “Que te la ponga el de la carpa de al lado” me dijo, yéndose al mar. El de la carpa de al lado, Carlos, es un hombre muy amable que ya se había prestado a embadurnar mi cuerpo, no sólo por fuera sino también por dentro de mi vagina, para lo cual se vio obligado a usar su enorme polla, para que la crema me llegara bien adentro. Recuerdo que por un momento se me cruzó la idea de que ¡me estaba cogiendo! ¡Y con mi marido en la carpa de al lado! Pero enseguida me censuré por mal pensada: Carlos era un caballero que estaba cumpliendo con lo que le había pedido, y lo estaba haciendo a conciencia. Pero mientras él se empeñaba en su cometido friccionando dentro mío con su gran poronga, yo me permití la fantasía inocente de que ¡en verdad me estaba cogiendo! No se la confesé para no perturbarlo y para que no pensara mal de mí como mujer casada, pero disfruté de mi pequeña fantasía de infidelidad y me corrí un montón de veces con la nariz oliendo su pecho mientras su dura tranca seguía dale que dale.
Finalmente me descargó un montón de chorros de leche, bien al fondo, porque el hombre por más serio que fuera en el trabajo que me estaba haciendo, tampoco es de madera y con tanta fricción sucumbió al placer de la carne, pobre hombre. Yo me sentí bastante halagada por su pérdida de control, pero no comenté nada, para no darle falsas ilusiones.
Así que esta mañana, siempre arriba de mis tacos aguja que hace que todos mis dones se bamboleen, me fui a los saltitos hasta su carpa.
Carlos me recibió con una gran sonrisa “¿lista para otra sesión, Julia?” “¡Más que lista, Carlitos! Pero hoy quiero pedirle que además de pasarme la crema me haga un poco de masaje, porque el otro día me di cuenta de que usted debe ser un gran masajista!”
Me hizo pasar a la parte trasera de su carpa, separada del resto por una lona, pero antes de hacerme tender en la colchoneta me pidió que me sacara ambas prendas de la bikini. Le obedecí gustosa, pues ese hombre había ganado mi confianza. Seguramente con la intención de no ponerme en una situación desventajosa, Carlos se despojó también de su pantaloncito de baño, confirmando mi impresión acerca de su caballerosidad. Y ante mis ojos expuso su enorme poronga en estado de máxima erección, lo que no dejó de sorprenderme un poco, pero no dije nada porque esas cosas me provocan un poco de timidez. Carlos se había embadurnado el miembro con crema protectora y también todo el cuerpo, abundantemente. “Ahora que tenemos un poco más de confianza vamos a probar el sistema del embadurnado cuerpo a cuerpo” me anunció. “Como usted disponga, Carlitos”
El embadurnado cuerpo a cuerpo consistió en abrazarme y comenzar a frotar su cuerpo contra el mío, nabo incluido. Y para no dejar nada fuera de contacto, ya que nuestras caras se encontraban cerca, comenzó a comerme la boca con un caliente beso de lengua. Su lengua revolvía la mía y nuestras salivas se mezclaban. Yo no entendía muy bien como eso podía facilitar el encremado de mi cuerpo, pero era bastante agradable, además de inocente y bien intencionado. Lo que me ponía un poquito nerviosa era su duro nabo restregándose contra mi pubis, en las inmediaciones de mi intimidad. Así que para descargar mi nerviosismo comencé a gemir y a jadear.
Carlos, siempre concentrado en su tarea, agarró mis tetones con sus manos embadurnadas de crema y me los fue manoseando hasta que se llenaron de irrigación sanguínea, aumentando su volumen. Como un efecto secundario, mi vagina comenzó a secretar jugos, porque mi vagina interpretaba esa situación como un preliminar de coito, y no puedo culparla, porque las vaginas interpretan las cosas sin mucha sutileza. De cualquier modo no puedo negar que la situación era placentera, muy placentera. Y cuando una de las manos de Carlos se apodero de uno de mis glúteos, sentí que sería mejor estar en la colchoneta. Evidentemente él también, ya que nuestros cuerpos se fueron inclinando juntos, el suyo siempre arriba. Y abriendo bien los muslos permití que hundiera su embadurnada y caliente poronga en mi intimidad. Ahí comenzó una serruchada que un observador poco informado habría confundido con una tremenda cogida. Sí, para cualquiera que no estuviera al tanto de la situación, hubiera parecido que este hombre me estaba dando una cogida de esas para tener y guardar. Pero yo sabía que esto era un trabajo para él, un gesto servicial y no estaba preocupada, más teniendo a mi marido a más o menos cien metros, en el agua.
No me preocupé en aclararle nada acerca de mi condición de esposa fiel, pues me constaba que se trataba de un hombre sumamente respetuoso. Y si me tenía ensartada como una mariposa haciéndome sentir la potencia tenaz de su virilidad, no era por faltarme el respeto, ni vejarme, ni mucho menos, sino por la deferencia y cortesía de un buen vecino de carpa, dispuesto a hacerle un servicio a su vecina.
Carlos es un hombre de una gran resistencia, como corresponde a un estado físico como el suyo. Así que me estuvo dando “la cogida” por unos cuarenta minutos, a lo largo de los cuales, al sentir su miembro como una serpiente que se hundía sinuosamente en mis zonas íntimas, o al sentirlo como la dura barra de carne que estremecía mis entrañas, me fue dando cierta sensación erótica algo perturbadora, de la que me defendí elevando los ojos del alma al cielo y pensando en mi esposo que tanto confía en mí. Y así, en ese estado de elevación espiritual y sintiendo las sacudidas que me estaba dando esa enorme tranca, comencé a tener un orgasmo tras otro, mientras su boca proseguía con su entusiasta beso de lengua. Por un momento me permití la fantasía de que el vecino de la carpa de al lado me estaba dando una tremenda cogida a metros nomás de donde se encontraba mi marido. Y eso debe haber contribuido un poco a provocarme tantos orgasmos, pero yo creo que más bien fueron las sensaciones corporales. De todos modos una no es responsable si se le cruzan algunas fantasías, y tener fantasías no es sen infiel.
Bueno, que me sacudió como si yo fuera una batidora. Y cuando por fin se separó, mi cuerpo estaba completamente embadurnado por delante, por las restregadas de su cuerpo, y por detrás, por el modo en que sus manotas habían recorrido mi espalda y glúteos. Tarde un buen rato en recuperarme, pero al final hice un esfuerzo y me levanté, ya que Armando debía de haber vuelto del mar y podía alarmarse al no verme y pensar que podía haberme pasado algo malo. “La próxima vez me voy a ocupar de embadurnarle también su agujerito trasero” dijo Carlos con delicadeza, evitando deliberadamente la palabra “ojete”, cosa que le agradecí.
Antes de separarnos, y como afectuosa despedida, y ya con mi tacos aguja y mi bikini puesta, Carlos me abrazó dándome un muy cariñoso beso de lengua de varios minutos, que yo acepté cruzando mis brazos sobre su cuello, y acariciando sus cabellos. Hasta que, emocionada por su efusividad, me corrí en sus brazos. Es notable de que modo pueden dos casi desconocidos acceder a los ámbitos del afecto mutuo cuando hay buena voluntad y vocación de servicio. “Gracias, Carlos” le dije mirándolo a los ojos. “Cuando usted quiera, Julia” siempre tan caballeroso.

Como supuse, cuando volví a nuestra carpa, lo encontré a mi esposo dormitando. “Veo que nuestro vecino te ha embadurnado bien... ¿qué tal ese hombre?” “Un caballero, mi amor, un caballero.” “Que bien, y ahora ¿vas a ir al agua?” “Después, ahora voy a tomar un poquito de sol” Y me quedé instantáneamente dormida, rendida de cansancio, posiblemente por haberme levantado tan temprano.


Al mediodía, luego del almuerzo playero, decidí que ya había tenido bastante playa por ese día. Y despidiéndome de Armando, José y Fanny, me fui para la casa. Ya que eran pocas cuadras y tenía la tanguita de hilo dental, no me pareció necesario ponerme la faldita. Así que sólo me vestí con mi breve remerita (pero sin el corpiño, porque me gusta que mis pezones respiren) y con mis tacos aguja, por supuesto. Armando, con su gorrita playera cubriéndole el rostro, dormitaba. Pero su hermana Fanny me siguió con la mirada y una gran sonrisa. Y su novio se permitió la broma de emitir un silbido a mis espaldas.
El camino de regreso estuvo, como era habitual, sembrado de accidentes callejeros, todos a mi paso. El señor que se llevó una columna por delante, el ciclista que se cayó de la bicicleta, un coche que chocó al de adelante... todos por mirarme. Lo que me pareció divertido, aunque ya estaba dejando de ser novedad. Así que proseguí con mi paso, dejando que mis gracias se bambolearan libremente.
Lo que no me esperaba era sentir una cosa fría y húmeda y unos resoples en la parte baja de mi culo. Con un estremecimiento pegué un saltito, dándome vuelta para ver que había sido eso. Y me tranquilicé: era el gran dogo de don Braulio, que ahora arremetía olfativamente contra la parte delantera de mi entrepierna. ¡¡Ven aquí, Mujik!! Se escuchó la orden de don Braulio. “¡Usted disculpe, señorita, pero este perro no sabe comportarse con una dama” “Señora, don Braulio. ¿No se acuerda de mí? Ayer estuve en su negocio para comprar fiambres” “¡Ah, sí, ahora la reconozco, es que no había tenido tiempo de verle la cara!” dijo el hombre con algo de picardía. Me reí, y el joven dogo debe haber interpretado esto como un permiso para reanudar el olfateo de mi intimidad. “¡¡¡Fuera, Mujik!!!” lo retó su dueño. “¡No sea tan severo con el animalito! ¡Él sólo quiere ser amistoso!” y acaricié la enorme cabeza del perro, dejándole que olfateara a gusto. El animal lleno de simpatía hacia mí, me dio un lenguetazo cariñoso en la zona de su interés. Don Braulio se quedó un momento desconcertado, pero luego pareció haber encontrado la actitud adecuada. “¿Gustaría de venir a tomar un té a mi casa, para disculpar mi torpeza al no reconocerla, y el atrevimiento de mi perro?” ¡Por fin un momento de sana distracción y amistad con ese dulce anciano y su encantador perrito...! “¡Oh, no tiene que disculparse por nada, don Braulio, pero voy a aceptar su invitación con mucho gusto! ¡Pero un ratito, nomás, eh!” Y nos fuimos a paso de paseo rumbo a su casa, con el simpático perrazo saltando a mí alrededor y dándome alguno que otro lengüetazo, lo que me hacía prorrumpir en carcajadas. La proveeduría de don Braulio está al lado de su chalet, a una cuadra de mi casa, en esa maravillosa zona de casas bajas y mucho verde. Verdaderamente disfruté del paseo, y de la agradable compañía.

El chalet del hombre tenía un jardín trasero bastante frondoso, con la vista de las casas de alrededor tapada por los árboles, y allí en esa intimidad verde, una mesita y un par de sillas. Don Braulio me dejó en ese entorno paradisíaco y se fue a preparar el té prometido. Los grandes dogos pueden ser perros mimosos si una sabe tratarlos, y Mujik se quedó a mi lado, dejando que le rascara la cabeza y dándome lengüetazos en la cara, o donde cayeran.
El té transcurrió agradablemente, acompañado de unas masitas horneadas por el mismísimo don Braulio. Mujik se había metido debajo de la mesa y había optado por apoyar su cabeza en mis muslos, que por fuerza tuve que mantener cerrados, pero sintiendo su respiración caliente en ya sabes donde. Don Braulio, evidentemente conciente de la situación, se reía un poco más de la cuenta de las ocurrencias que él mismo tenía.
Después trajo algunos álbumes para mostrarme sus fotos de familia. Algunas eran muy antiguas, sus padres, tíos y abuelos. Y él insistía en explicarme quién había sido cada uno y cada una. Evidentemente estaba demasiado solo y ávido de comunicación. En otro álbum había fotos más contemporáneas: sus hermanos, primos, amigos, antiguas novias y sus tres esposas. Todos explicados con lujo de detalles de cada una de las historias. Entre tanto el perro intentaba forzar mis muslos para que le permitieran llegar a mi intimidad, o al menos eso me pareció. Pero los mantuve bien apretados y continué acariciándoles la cabezota con afecto. En uno de los álbumes, al abrirlo saltaron a mi vista montones de fotos de niñas desnuditas, todas ellas. Algunas bastante pequeñitas. Me sorprendió ver tantas criaturitas desnudas, algunas posando como si fueran modelos adultas, pero no tuve ocasión de mirarlas con más detalle, pues don Braulio cerró el álbum apresuradamente y con mucho nerviosismo. “Son sobrinitas” me dijo. “¿Tantas?” “Somos una familia muy grande” farbulló, poniéndose colorado, al tiempo que se iba para adentro con todos sus álbumes.
Cuando me levanté para irme, Mujik aprovechó para pararse en sus patas traseras y lamerme el rostro. Para mi azoramiento pude ver que buena parte de su sexo había salido de su funda de piel, exhibiendo la roja cabeza en lo que evidentemente era un estado de excitación. Don Braulio, que había retornado del interior de su casa, se quedó un momento mirando la escena, que duró más de lo que yo hubiera querido, con el animal follando el aire y dándome alguno que otro pollazo en mi vientre. Por algún motivo mis pitones se habían endurecido y se notaban a través de la delgada tela de mi remerita, lo cual me produjo bastante embarazo. Finalmente, el amo me sacó el perro de encima. “¡Mire cómo se ha puesto!” dijo refiriéndose a la bruta tranca que exhibía el animal en celo. “¡Es que usted le gusta...!” agregó con mirada pícara. Y tomándome por la cintura me fue guiando hacia la puerta de entrada. Todo el camino Mujik asedió mi culo a lengüetazos, sin que don Braulio lo recriminara. Yo hice como que no me importaba la cosa, pero al despedirme del hombre no pude dejar de notar el enorme bulto que había crecido en sus pantalones. “Ha sido un gusto, don Braulio...” “¡Vuelva pronto y va a ver el gusto que se va a llevar!” me dijo el viejo reteniendo un poco mi mano. “M-muy ricos el té y las masitas...” agradecí, y me fui presurosa, con las imágenes de la roja polla del perrazo, y el bultazo bajo el pantalón de don Braulio, bailando en mis retinas.


Salvo por estos mínimos detalles, por otra parte perfectamente comprensibles, la visita había sido encantadora y merecía repetirse.
Había comenzado a refrescar y la piel desnuda de mis piernas y nalgas lo estaba sintiendo. Por suerte enseguida estuve en casa. Y me metí en la camita, donde repasé los acontecimientos de ese agitado día. Recordando la estupenda embadurnada de crema protectora que me hizo el vecino de carpa, las miradas de Fanny y su novio cuando me iba, los incidentes en la calle, los lambetones a mis partes bajas de Mujik y la tranca evidentemente erecta bajo el pantalón de don Braulio, me fui quedando dormida, aunque para conseguir una mayor relajación tuve que acariciarme varias veces con mis dedos. Y había también algo vagamente perturbador en ese montón de sobrinitas desnudas del anciano, pero estaba demasiado cansada para discernir qué. Así que acariciándome dulcemente, me dormí.

Gracias a mis amigos lectores, en su mayoría varones con muchas ganas de entablar una amistad, por sus buenos deseos, o aún por sus deseos, en algunos casos un poco descarnados, pero siempre respetuosos y valorativos de mi virtud de esposa fiel. Casi todos han tratado de convencerme para que les envíe fotos mías, pero no entiendo muy bien con que fines. He rehusado satisfacer esos pedidos porque no corresponden con el decoro que acostumbro mantener. Pero me encantará recibir tus comentarios si me escribes mencionando este relato a bajosinstintos4@hotmail.com

Bajos Instintos 4 FOTOS

Este artículo no tiene comentarios.

Escribe un comentario







Código de Validación:

Introduzca el Código de Validación:




Estadisticas Usuarios

  • Online: 31

Categorias

Articulos Relacionados

Articulos Mas Vistos

Nuevos Comentarios

Recomienda Superrelatos a Tus Amigos

Tu Nombre:

Correo de Amigo:

Código de Validación:

Introduzca el Código de Validación: