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Demasiado Timida para Oponerme - 7ª Parte

A media noche tuve que ir al baño, y para mi sorpresa allí estaba Fanny, la hermana de mi marido, Armando, haciendo pis desnuda. Yo también estaba desnuda, así que no encontré motivo de incomodidad en verla así. Ni en que me viera, aunque el modo en que lo hizo mientras yo hacía pis, me pareció un poco intenso. Mientras se escuchaba el chorrito de mi descarga, sus ojos se paseaban de mis tetones a mi vagina, viendo salir el pis. Me pregunté si ese no sería el momento adecuado para plantearle mis dudas respecto de José, su novio, contándole los intentos fallidos de propasarse conmigo, que no tuvieron éxito sólo porque yo soy una esposa fiel. Y estaba por hacerlo cuando ella, metiendo su mano bajo mi concha me dijo “¿me dejarías que sienta tu pis?” La pregunta holgaba, ya que de hecho lo estaba haciendo. Claro que, para ello, había debido inclinarse hasta que nuestros rostros casi se juntaron, y así, con su mano debajo del chorro de mi pis, y sus ojos muy cerca de los míos, me dio una amplia sonrisa, dejándome ver su lengua. “Espero que no te moleste...” dijo, acercando su boca un poco más a la mía. Podía sentir su aliento cálido y húmedo, que no me desagradaba, pero la situación era tan insólita que no supe qué hacer. Entonces ella estrechó la distancia entre nuestras bocas y comenzó a darme un beso de lengua tan bueno como nunca hubiera esperado de la hermana de mi marido.

Mientras su mano mojada en mi pis se ocupó de mi vagina. La sorpresa fue tanta que me dejé hacer. Sentí sus dedos hundiéndose en mi concha, mientras su pulgar frotaba suavemente mi clítoris. Y el beso continuaba, quitándome el aliento por lo sensual. Su otra mano se apoderó de mi tetón izquierdo, apretándomelo deliciosamente. Se ve que Fanny sabía de esas cosas, pues su mano baja se movía de tal manera en mi concha que pronto me tuvo acabando sobre sus dedos. Ella me miró con una sonrisa irónica. “¡Hace mucho que tengo ganas de comerte esas tetonas y ese hermoso culo...!” dijo como único comentario, mientras seguía jugando con mi conchita. Y volvió al beso, yo siempre sentada en el inodoro, bastante anonadada por su dominio de la situación. Sentía su lengua caliente dentro de mi boca, moviéndose como si estuviera cogiéndomela, y su mano torturándome el pezón deleitosamente. Tan hábiles el beso y las caricias, especialmente las de su mano inferior, que pronto me tuvo corriéndome nuevamente. “¡Sabía que eras frágil a los toquetones!”, me dijo mientras continuaba besándome apasionada y sabiamente. “¡Ahora date vuelta, que te quiero comer el culo!” Y me volteó dejándome arrodillada sobre la tapa del inodoro, con mi culo indecentemente expuesto en pompa en todas sus redondeces. Hundió su nariz entre mis nalgas y separándolas alcanzó hábilmente mi agujerito y comenzó a darle rápidas lamiditas que me pusieron a cien. Con ambas manos aferraba toda la redondez de mi culo, y pronto su boca la llenó de besos y lamidas, para luego volver a mi ojetito y comenzar a cogerlo con su lengua. ¡Jamás hubiera imaginado que una lengua puede llegar tan adentro de un culo! Y ella la entraba y la sacaba y se la sentía bastante gruesa. Así que pronto me tuvo en un gemido ininterrumpido. Pero se ve que ella quería demorar un nuevo orgasmo mío, por lo que me sacó la lengua y su puso a darme mordisquitos en toda la superficie del culo, poniéndome a mil. Y mi gemido continuó agónicamente. Después cambió su lengua por uno de sus largos dedos y me puso en pié con una pierna en alto para poder seguir cogiéndome el culo con su dedo, y su boca se prendió a mis tetones, mordiendo y lamiendo mis pezones con gula. Ahí mi cabeza cayó hacia atrás y me corrí inconteniblemente, sostenida por ella.
Entonces me sentó sobre la tabla del inodoro y con cada una de sus largas piernas a cada lado del mismo, me puso su concha en la boca. “¡Ahora me toca a mí, nena!” y comenzó a frotarse el clítoris contra mi boca. “¡Lameme, puta!” me ordenó con voz ruda, de modo que saqué la lengua y le di gusto, al tiempo que también se lo chupaba entre mis labios. Lo debo haber hecho muy bien, pues pronto, aferrándome la cabeza por la nuca me apretó la boca con su concha y pude sentir su acabada pulsión a pulsión, estremecimiento a estremecimiento. Lo que me dejó muy caliente, pero sin acabar.

“¡Sabía que ibas a serme fácil, cuando te agarrara!” me dijo, sacándome su concha de la cara y mirándome desde arriba con una sonrisa de superioridad.
Y luego de darme un conchazo más en la cara se fue a su pieza, dejándome anonadada. Y bastante caliente, debo reconocerlo.
Me encaminé como pude al dormitorio y allí estaba Armando, boca arriba, desnudo. No podía desaprovechar la ocasión, y montándolo en un sesenta y nueve, le mamé la pija y le refregué mi concha en la cara hasta correrme. Cuando le saltó la leche, me la tragué toda. Y cuando lo desmonté se había despertado completamente, con cara de no entender muy bien lo que había pasado. “Hasta mañana, mi amor” le dije y me tendí a su lado, quedando enseguida completamente dormida.

Cuando me desperté, Armando seguí tendido en la cama panza arriba, de modo que comencé a jugar con su nabo, mientras reflexionaba sobre lo ocurrido con su hermana la noche anterior. Evidentemente Fanny era bisexual y no creo que se escandalizara mucho si le contaba los intentos de su novio para abusar de mí. Entretanto el nabo de mi esposo se había parado completamente, de modo que mientras continuaba con la reflexión, mi mano lo iba pajeando, chop chop, arriba y abajo. Por otra parte era claro que lo ocurrido entre Fanny y yo, no podía ser considerado una infidelidad de mi parte, ya que: a) yo había sido tomada por sorpresa, b) Fanny era una mujer y una no puede ser infiel con otra mujer, sino tan sólo muy fraternal y c) Fanny era casi una hermana postiza, así que podemos hablar de afecto filial, pero nunca de infidelidad. Chop chop chop chop. Así que me podía quedar tranquila, mi fidelidad estaba a salvo. Chop chop chop chop chop chop, y debo de haber insistido mucho con los movimientos de paja al nabo de mi amado Armando, porque inesperadamente comenzaron a saltarle los chorros de su glande hinchado y descubierto.
Eso me inspiró un gran sentimiento de ternura y amor, sentir como mi marido respondía a mis tocamientos aún dormido. Y tanta ternura sentí que comencé a besarle y chuparle el pito hasta parárselo nuevamente. Y entonces recomencé suavemente con los chop chop.
Esto hubiera quedado como una sencilla y romántica escena marital si no hubiera advertido que desde la puerta nos estaba mirando José, masajeando su enorme pija, totalmente enhiesta, con su mano derecha. Yo me quedé fascinada, viendo como se acercaba. Había captado que mi esposo estaba en el séptimo sueño, mientras yo me aprovechaba de él haciéndole el chop chop, y se me acercó sin temor a despertarlo. Sin decir palabra me puso el culo en pompa, apuntando para el lado de afuera de la cama, y comenzó a darme pinceladas con su gran poronga, como para sensibilizarlo ¡Y vaya si le estaba dando resultado! ¡Pero lo único que yo podía hacer era continuar con el chop chop a mi esposo, ya que si armaba un escándalo Armando se despertaría y el escándalo sería peor! Chop chop chop... Y sentí la gran cabezota de José tanteando la puerta de mi ojete. Chop chop chop chop... Y tomando un poco de lubricación de los jugos de mi concha volvió a mi ojete y me enterró casi toda la cabeza y a partir de allí comenzó un suave mete y saca que iba abriendo mi orto con la inexorabilidad de lo que tenía que sería. Chop chop chop chop chop... Y pronto me lo tuvo completamente enterrado y sus vaivenes eran más amplios y profundos. Yo comencé a gemir y jadear por la vergüenza que me provocaba la situación, y le apretaba el pene a mi esposo con angustia, chop chop chop chop chop chop... y la poronga a José con una respuesta espontánea de mi orto ante su visitante. Con sus manos aferrando mis caderas José manejaba los movimientos de mi culo a su antojo. Y yo me fui poniendo loca y a cada chop chop mis manos apretaban el nabo de mi marido como si lo estuvieran ordeñando. Chop chop chop chop chop chop chop chop... Y las embestidas de José fueron alcanzando su máximo, con su nabo entrando y saliendo por completo en cada una, hasta que lo sentí enterrándose a fondo y comenzando a pulsar chorros de leche en mi más prohibida intimidad. Y ahí aferré el nabo de Armando con tanta intensidad que volvieron a saltarle los chorritos de leche por el aire. Ahí fue cuando me corrí irremisiblemente, con la gran tranca en el culo y la pequeña tranca en la mano.
Sin sacármela todavía, José me habló al oído: “Quedate tranquila que todo el tiempo le has estado siendo fiel a tu marido. ¿No lo estabas acaso pajeando? ¿Y podías haber hecho otra cosa que dejarte culear por mí?...” Y recién entonces me la sacó, dejando un gran vacío dentro mío. Pero ¡tenía razón! ¡Yo no tenía culpa alguna de lo ocurrido, ni tampoco había querido provocarlo! ¡Y todo mi amor y fidelidad habían sido para mi esposo, cuyo vencido nabito yacía entre mis manos!
Y me acurruqué a su lado pensando de que curiosos modos una mujer virtuosa honra la fidelidad a su hombre amado.
Ese día todos seguimos durmiendo hasta pasado el mediodía, y no fuimos a la playa. Pena, porque un masaje con el vecino de la carpa de al lado mientras me ponía la crema protectora, me habría venido muy bien.

Espero tus respetuosos comentarios, es tanta la admiración que expresan mis lectores que me hacen sentir agradecida y en el buen camino. Pero eso sí: recuerda mi condición de mujer fiel y no me pidas citas ni fotos desnuda. Aunque si tu quieres enviarme las tuyas, no veo como podría impedírtelo. Ya sabes, mi dirección es bajosinstintos4@hotmail.com.


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