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Demasiado Timida para Oponerme - 6ª Parte

Siempre creí que si una mujer cede a la pasión masculina sin haberla provocado, aún si está de novia o casada, no puede considerarse que haya cometido un acto de infidelidad, ya que para eso hace falta la intención.
Mi padre confesor dice que yo provoco a los hombres deliberadamente, con mis ropas ajustadas a mi abundante cuerpo y mis tacos aguja, y que por eso siempre intentan propasarse conmigo, aunque nunca lo consiguen, porque aunque la carne sea débil, el espíritu se mantiene firme y mi fidelidad sigue intacta. Para que el padre me entienda siempre le cuento en detalle los intentos de seducción a que soy sometida, más él insiste en que soy yo la que se lo busca. Pero ¿quién le va a hacer caso a un confesor que se la pasa jadeando y gimiendo durante todas y cada una de mis confesiones? Yo creo que su juicio no es ecuánime. Y si sigo confesándome con él es porque, de algún modo me inspira ternura. Y me gusta contarle mis historias con lujo de detalles. Hay muchos jadeos y estertores del otro lado de la ventanita, pero al final se acaban los gemidos, y después de dos o tres ciclos similares, el padre Manuel siempre acaba perdonándome.
El otro día, al volver de mis vacaciones playeras, lo primero que hice fue ir a confesarme. Cuando reconoció mi voz lanzó un gemido –ayy... - sin duda porque me había extrañado después de tantos días. Así que me lancé a contarle mis andanzas, y él a gemir, jadear, sollozar y todas esas cosas que hace mientras le hago mis largas confesiones.

Mi segundo día de vacaciones empezó de modo un poco raro, con José, el novio de Fanny, sentado sobre mi pecho, con su enhiesta polla frente a mis narices. Comprendí que su novia y mi marido ya habían partido para la playa y nos habían dejado solos. Y el muchacho había visto en eso la ocasión para aprovecharse de mí. Pero esta vez le dejaría las cosas bien en claro y le haría ver no sólo que yo era fiel a mi Armando, sino que él debía serlo a su Fanny. Entretanto mis ojos seguían los vaivenes de su enorme polla que él meneaba como para impresionarme. Y la verdad es que tenía con que impresionar a cualquier chica, ya que su polla no sólo era grandota y gorda, sino también olorosa, con un olor muy rico que hubiera hecho a la chica de que se tratara querer chupársela. Hay que reconocerlo, lo que es justo es justo. Lo que él no tenía en cuenta es que yo no soy cualquier chica, sino una muy enamorada de su marido. Y no hay poronga, por grande y parada que sea, que pueda cambiar eso, por más rico olor que tenga.
La boca se me estaba haciendo agua, seguramente para compensar la sequedad después de tantas horas de sueño, y prepararse para el discurso que estaba por darle. Abrí la boca para comenzar pero él comenzó a frotarme la poronga en los labios, a uno y otro lado, de modo que no me dejó hablar. No obstante, la paciencia es una de mis virtudes, ya llegaría mi momento. Así que aguardé, esperando que se cansara de su tonto juego. Y le dejé que continuara frotando el glande contra mis labios. Pero me debían de estar dando cada vez más ganas de hablar con él y reprocharle su conducta impropia, ya que la boca cada vez se me hacía más agua. Traté de mirarlo a los ojos y hacerle un mudo reproche con la mirada, pero no me salió bien, ya que la mirada se me había puesto un poco turbia, algo desenfocada. Así que él no pudo darse cuenta de lo mucho que me disgustaba la situación. Y siguió frotándome su enorme glande contra mis labios, que a estas alturas se habían entreabierto un poco. La respiración se me había agitado algo, lo que contribuyó a que el olor a macho de su poronga se filtrara con más facilidad por mis fosas nasales. Y a cada respiración, ese tremendo olor me seguía invadiendo por dentro, más y más.
Se ve que al menos él disfrutaba del juego, porque comenzó a pasearme su tranca por las mejillas. No pude dejar de darme cuenta de que no sólo era gruesa y caliente, sino más larga que mi cara. Y me la pasaba de un lado para otro. Y mis ojos veían pasar ese tremendo aparato, mucho más grande que el de mi marido. Y entonces algo inesperado debe haberme pasado, porque en medio de gemidos y jadeos me corrí. Me quedé anonadada porque no esperaba semejante reacción de mi cuerpo. Por suerte mi espíritu permanecía fiel, o con la convicción de ser fiel, aunque no tenía presente muy bien a quién.
Él continuó con sus restregadas, hasta que advirtiendo mi total falta de resistencia me levantó la cabeza por la nuca y me introdujo su sabroso glande por entre mis labios húmedos y abiertos. Mi boca se abrió involuntariamente y mi lengua quedó directamente en contacto son la suave piel de su monstruo. Contra toda mi voluntad, mi lengua comenzó a lamerle y lamerle la base del glande, en la zona del frenillo. Yo me moría de vergüenza porque él podía creer que yo lo hacía a propósito. Y algo así debe de haber pensado, porque comenzó a mover su tranca con cortos vaivenes, hacia atrás y adelante, como si estuviera cogiéndome por la boca. No sé como fue que mis manos se prendieron a sus peludas nalgas y me quedé allí, dejando que la cosa siguiera. De la hendidura de su nabo comenzó a salir un saborcito muy agradable de un líquido algo pringoso, que me encantó lamer. O al menos a mi lengua le encantó. Y de pronto José me sujetó con ambas manos las mejillas, apretándolas fuertemente, y comenzó a echarme gruesos chorros de semen que traté de paladear, pero eran demasiados y demasiado abundantes, de modo que los que no se fueron por la garganta me salieron a borbotones por la nariz. Y con esa gruesa tranca dentro de la boca, todavía pulsando, me corrí nuevamente.
Cuando me la sacó, mi lengua y mi succión se la habían dejado nuevamente limpia y brillante. Pero él se la guardó en el pantaloncito. “¡Gracias, putita! ¡Ahora vamos a la playa y a la noche te agarro de vuelta!” Y cerrando la puerta de calle me dejó tirada en la cama, todavía temblando y con la respiración agitada, seguramente por la indignación.
Para sacarme el enojo y tranquilizarme tuve que usar los dedos y acariciarme varias veces, mientras meditaba en como había sabido mantener mi dignidad de esposa fiel.

Antes de salir para la playa me di un baño con la ducha, porque por algún motivo estaba muy transpirada. El agua me devolvió las energías, especialmente cuando enfoqué el duchador en mi clítoris para descongestionarlo. Ahí me volvió el alma al cuerpo y salí para la playa caminando ágilmente con mis tacos aguja. Porque, eso sí, yo a los tacos aguja no me los saco ni para ir a la playa. Pero a cambio, no me puse faldita, pues mi bikini de hilo dental me brindaba suficiente protección. Y una extraña sensualidad hizo que fuera bamboleando el culo como si estuviera sola en el mundo y no me estuviera cruzando a cada paso con hombres de todas las edades y colores. Era una mañana en que todo el mundo parecía propenso a los accidentes. Un pobre chico que venía en bicicleta en sentido contrario al mío, se ve que debe de haberse dado vuelta para mirarme por atrás, y se tragó un farol. Un señor que venía detrás de mí con su señora se ligó un bolsazo en la cabeza, propinado por la misma. Un agente de tránsito se distrajo, mirando mis tetones que se bamboleaban bajo la remerita, y se produjeron algunos choques, con bastante ruido. Y cosas así. Yo seguí mi camino sin detenerme a mirar, porque hay tanto atrevido que podía haber tenido un disgusto.
Al llegar a la carpa de José, este y la novia se habían ido al agua, y sólo estaba Armando, al que le di un gran beso en la boca. En la carpa de al lado estaba el señor que el día anterior me había mirado con cara de “si te agarro lo vas a recordar” y al que se le colaba su gran miembro por el costadito del pantaloncito, que me saludó con una gran sonrisa, que le devolví gentilmente. Y entonces saqué la crema protectora y le pedí a mi esposo que me la pusiera. Pero Armando es renuente a esas cosas, nunca me quiere poner crema en el cuerpo. Así que le pedí al vecino sonriente, mostrándole la crema: “Señor, señor, disculpe que lo moleste, pero mi esposo no me la quiere poner. ¿Usted sería tan amable...?” “¡Por supuesto, señora, será un gusto ponérsela!” y dirigiéndose a mi esposo: “...Si al señor no le molesta que yo se la ponga...!” “Póngasela nomás, buen hombre, póngasela todo lo que quiera” dijo Armando con la cara tapada por el gorrito playero y en el principio del entresueño. “Pase a mi carpa, por favor, señora. Aquí estaremos más cómodos.” Así que me levanté, siempre con mis tacones aguja, y bamboleándome para no perder el equilibrio en la arena, me pasé a su carpa. El hombre, que se llamaba Carlos, había dividido la misma con una lona que ocupaba todo el ancho, de modo que detrás de la lona había un amplio espacio, con una colchoneta en el piso. La luz entraba por una especie de claraboya plástica, fija, en la pared trasera de la carpa. Tomándome de la mano me guió hasta la colchoneta, “tiéndase ahí, señora”. No me pareció que tomarme de la mano fuese un atrevimiento, ya que pronto me estaría tocando todo el cuerpo, así que un toque en la mano no tenía nada de confianzudo. Al contrario, me gustó su tacto, cálido y viril.
“¿Cómo quiere que me ponga, Carlos?” “Boquita abajo, linda” Así que me tendí dejando mi culo un poquito arqueado expuesto a su mirada. Pero por suerte llevaba mi bikini de hilo dental, de modo que la decencia estaba a salvo. “Vamos comenzar por el cuello y la espalda, preciosa. ¿Podría sacarse la parte superior de la bikini, así puedo pasarle la crema cómodamente?” “Lo que usted diga, Carlos” dije, desabrochándome las tiras y dejándolas a ambos lados de mi cuerpo. Y Carlos comenzó a pasarme la crema, comenzando por el cuello. Sus manos se sentían suaves y calientes y deseé que hubiera sido un masaje. Como si leyera mi mente, sus manos volvieron una y otra vez a los lugares ya visitados, y yo me entregué a esas manos que habían entendido mi necesidad de recibir un buen masaje. Por el modo en que sus fuertes manos se detenían en cada parte de mi espalda, me di cuenta de que ese hombre sabía como hacerle sentir a una mujer que la estaba tocando. Cuando su mano derecha se detuvo en mi cintura, en las inmediaciones de mi parada colita, y su otra mano me acariciaba el cuello, descubrí que mis pezones se habían endurecido, y que la cola se me había levantado un poquito más. Sus manos se acercaban y retiraban del principio de mi cola, como las aguas de la marea, enervándome un poco, ya que a esas alturas era perfectamente conciente del deseo de mi cola de recibir una buena masajeada. Y la cola se me paraba cada vez más, como si estuviera ofreciéndole el culo.
Al fin las manos treparon lentamente hasta mis nalgas y comenzaron a encremarlas. Involuntariamente se me escapó un gran suspiro de placer. “¿Le gusta, Señora?” me preguntó con cada una de sus manos copando cada una de mis nalgas. “Muuu... chooh... “ musité al sentir como me las estaba aferrando. Y esas manos se hicieron dueñas de mis glúteos. Primero comenzaron a trazar espirales simétricas crecientes, con los dedos índices rozando apenas la piel. “Curiosa manera de esparcir la crema”, pensé, notando como al pasar que me había mojado un poquito. “La relajación tiene esos efectos...”
Después con las manos aferrando cada una de mis nalgas, comenzó a imprimirles un movimiento rotatorio hacia fuera, de modo que mis glúteos ora se abrían ora se cerraban, bajo la fuerte manipulación de sus férreas manos. Ser movida de semejante manera por un desconocido me producía una gran vergüenza, sobre todo porque noté que me estaba mojando más. Después comenzó a subirlas y bajarlas con movimientos contrarios de ambas manos. Cuando una mano me subía un glúteo, la otra bajaba el opuesto, produciendo una fricción entre mis glúteos que nunca antes había experimentado. Después, hundiendo ambos pulgares en el interior de mis nalgas las separó, y continuó subiendo y bajando alternadamente mis nalgas, de un modo que me pareció algo irrespetuoso, pero no llegué a protestar porque tanta fricción había llegado hasta mi clítoris y me corrí, esperando que Carlos no lo advirtiera. Pero creo que los gemidos los escuchó. Pero las mujeres decentes también gemimos un poco ante un buen masaje. Sus manos siguieron bajando por el lado interno de mis muslos y volvían a acariciar mi culo, una y otra vez. Llegaron hasta los pies y volvieron a subir hasta el principio de mis nalgas, acariciando por dentro y rozándome la vagina con los pulgares. Como repitió ese movimiento una y otra vez, volví a correrme entre estremecimientos que procuré que el hombre no notara, para que no pensara mal de mí, como mujer casada.
Después me dio vuelta, sin recordar, seguramente, que había desprendido las tiritas de la parte superior de mi bikini y que mis tetonas quedaron al aire. “Carlos...” comencé pero él me tranquilizó: “así es mejor, Señora”, y procedió a demostrármelo. Comenzando por los hombros, sus manos pronto se apoderaron de mis pechos, encremándolos como nunca había supuesto que pudieran ser encremados. Al principio pasaban suavemente, desparramando la crema por la superficie de mis voluminosas glándulas mamarias (alguna vez seré madre, ¿sabes?), rozando mis pezones, ya muy erectos, una y otra vez. Sentí un picor delicioso en ellos, pero procuré gemir poco para que el no pensara que la cosa me estaba gustando más allá de una pasada de crema. Después pasó a amasármelos, como hacían los chicos con los que salía antes de conocer al que hoy es mi marido. Es decir, con mucho entusiasmo. Y mis pechos, seguramente recordando viejas épocas, respondieron a tanto entusiasmo con una gran irrigación sanguínea. Me di cuenta que estábamos cerca de la raya que separa la buena conducta de la indecencia, y decidí que debía advertirle: “Car... los... no... pon... ga... tan... to... en... tu... sias... mo... pa... ra... pa... sar... me... la... cre... ma... que... yo... soy... u... na... mu... jer... caaaah... saaaahhh... daaaaahhhhh...!” Me resultaba un poco difícil controlar la voz, porque estaba acabando nuevamente. Pero él debió haberme entendido, porque sus manos continuaron hacia mi estómago y luego a mi vientre, tratándolos con suavidad. Era muy, pero muy agradable. “Sáquese la tanguita”, me indicó, “así puedo pasarle mejor la crema.” Y ayudándome quitó la prendita, dejándola a un costado de mis caderas.
La situación estaba comenzando a preocuparme. Allí estaba yo, completamente desnuda, con ese hombre pasándome crema, ahora por el bajo vientre. Sus dedos alcanzaron mis vellos ensortijados y los encremaron a fondo, y luego llegaron a la entrada de mi vagina y allí se detuvieron, encremándome el clítoris hasta que me corrí nuevamente. Esta vez no pude ocultarla, por los temblores de mi bajo vientre, amén de los jadeos y gemidos. Como entre sueños lo vi sacarse el pantaloncito, dejando al aire una tranca muy grandota y erecta. “Q-qué va a hacer...?” pregunté alarmada. “Pasarle crema por el interior de la vagina”, dijo él, mostrándome su tremenda polla encremada. “Ah...” respondí débilmente, mientras él me abría las piernas e iba enterrándome su encremada virilidad en mi ahora encremada conchita. Cuando llegó hasta el fondo, mi nariz quedó contra su pecho peludo, y me quedé allí olfateándolo, mientras él le daba al mete y saca, con amplios vaivenes. Ahí cobré conciencia de que ¡me estaban cogiendo! ¡Y con mi marido en la carpa de al lado! Procuré tranquilizarme recordando que era la etapa final de la pasada de crema, pero las largas embestidas de esa enorme polla me transportaron a las regiones donde nada importa, salvo la convicción de ser una mujer fiel y para nada fácil. Este sentimiento de rectitud me hizo sentir tan bien que tuve una catarata de orgasmos, hasta que Carlos alcanzó el suyo, ensartándome profundamente y depositándome su leche con un fervor que me hizo sentir una gran simpatía hacia él, tan servicial que había sido.
Cuando me la desenfundó hizo un ruido de “¡plop!” como cuando se destapa algo. Me ayudó a ponerme las prendas y salí de su carpa y volví a la mía, tambaleándome sobre mis tacos aguja. Armando todavía dormitaba. Cuando se levantó el gorrito playero vió lo bien encremada que estaba y con mirada aprobadora me dijo que parecía que el vecino me la había puesto bien. “Si, me la puso muy bien, nuestro vecino sabe como ponerla.” “¡Gracias!” le dijo al vecino. “¡Cuando quiera!” contestó Carlos con su simpática sonrisa.
Y me tendí sobre la reposera dejando que el sol lamiera mi cuerpo.


En la próxima seguiré contándote mis andanzas de esposa fiel, en mis vacaciones de Punta del Este. Recibiré gustosa tus comentarios si me escribes a bajosinstintos4@hotmail.com, mencionando este relato. Por favor: no me pidas fotos ya que eso sería una forma de infidelidad que no corresponde a una mujer virtuosa.

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