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Demasiado Timida para Oponerme - 5ª Parte

Resulta que Fanny, la hermana mayor de Armando, mi marido, se puso de novia con José, un muchacho que tiene un departamento cerca de la playa, en Punta del Este. Y nos invitaron a ir con ellos. No me costó mucho convencer a Armando de que fuéramos con ellos, nos hacían falta unas buenas vacaciones. Metí en una bolsita toda la ropa que usaría, a saber: dos falditas, dos remeritas, cuatro braguitas (ya que se me mojan mucho) y dos bikinis, de esas con hilo dental entre las nalgas. No llevé brassieres ya que mis tetones se sostienen muy bien por si mismos, pese a su gran tamaño.

Y me gusta que los pezones respiren bien a través de la tela de las remeritas. Y un poquito de perfumitos y cremas para el cuerpo, ya que me encanta que me pasen crema en la playa.
José tiene un auto grande, así que me pude repantigar a mi gusto en el asiento trasero, al lado de mi Armando. No me preocupé por bajarme la faldita, ya que hubiera sido una tarea de nunca acabar, y creo que si pronto vamos a ser parientes, no tengo por qué andar escondiendo los muslos de José. Y él debía pensar igual, porque por el espejito retrovisor me miraba sonriendo, con simpatía.

Armando se quedó dormido y pronto yo seguí su camino, acurrucándome contra él. Esto hizo que me quedara la cola prácticamente al aire, ya que la faldita se me había ido enroscando. Pero tenía la braguita de hilo dental entre los glúteos, así que lo esencial estaba tapado. Le dediqué una esplendorosa sonrisa a José, y me quedé dormidita.

Cuando me desperté, el coche estaba detenido frente a un restaurante de la ruta. Se ve que no habían querido despertarnos, o tal vez querían un poco de intimidad. Y yo aproveché la intimidad que nos habían dejado a nosotros, haciéndole una buena mamada a mi amado esposo quien, sin despertar, se deshizo dentro de mi boca derramando su rica leche. Y me volví a dormir, satisfecha.

El departamento resultó ser un chalecito bastante lujoso, señal de que a José las cosas le iban bien. Incluso habían instalado una pileta de natación, algo redundante en ese lugar dada la cercanía del mar, pero –explicó José- “para los días en que uno no tiene ganas de ir a la playa”.
La cocina tiene un pequeño comedor, y allí me ocurrió algo un poco extraño.
Resulta que al lado de las hornallas hay una mesada de mármol, en cuyo borde José había puesto una de sus manos, mientras charlaba con Armando y Fanny. Y yo, inadvertidamente apoyé mi cola contra ella, creyendo apoyarla contra la mesada, pero pronto me di cuenta de que allí había unos nudillos con sus respectivos dedos. No sé como no los había visto antes de apoyarme, pero yo soy así de distraída.
Como estábamos por salir para la playa, yo llevaba puesta mi bikini de hilo dental que se metía dentro de mis ricos glúteos, de modo que el contacto fue piel a piel. Mi primer impulso fue saltar fuera de ese contacto, ya que soy una mujer fiel a mi esposo, y no quería malas interpretaciones. Pero me contuve ¿cómo quedaría José frente a su novia si ella advertía que él no había hecho nada por evitar el contacto? Por Armando no me preocupo –nunca me preocupo por Armando- porque él sabe la clase de esposa bien portada que tiene. Así que me quedé con mis glúteos apoyados contra la mano de José, aparentando naturalidad. Él debió haber seguido un razonamiento similar, ya que no hizo nada por retirar la mano, y siguió hablando animadamente. Y durante los diez minutos que siguieron no cambiamos de posición, si bien noté un ligero desplazamiento horizontal de sus nudillos y dedos, de modo que el dedo medio quedó justo frente a la raya que divide mis glúteos, lo cual me produjo un cierto sentimiento de sensualidad. Especialmente cuando su dedo medio, separándose de los otros, se insinuó entre mis nalgas. Con un sentimiento de recato procuré evitar que siguiera adelante, para lo cual le aplasté el culo contra el dorso de la mano. Pero fue contraproducente, ya que su dedo medio encontró mayor facilidad para abrirse camino entre mis glúteos, llegando incluso hasta mi ojetito, afortunadamente tapado por el hilo dental.
Toda esta situación, por inocente que pueda parecer, había hecho que los colores me subieran al rostro. Así que propuse animadamente que saliéramos para la playa. Armando y Fanny fueron los primeros en salir. “¡Ahora voy!” les avisó José en tono jovial, “¡Tengo que lavar las tazas!” “¡Y yo lo voy a ayudar, así termina más rápido!” agregué mientras los veía caminando hacia la playa. Y, dicho y hecho, me puse a lavar la vajilla. Atrás mío José me iba alcanzando los cubiertos, pero pronto lo sentí apoyando mi culo. Y lo que tenía entre las piernas no era ningún cubierto. Al contrario, había sacado su tranca erecta fuera del pantaloncito de baño y comenzó a restregármela contra mis glúteos. No supe qué hacer. Por un lado no podía criticar la erección que estaba sintiendo, porque ya había visto lo que el contacto con mi cola le produce a los hombres, así que no podía culparlo. Por otro lado estaba un poco incómoda, porque se trataba casi de un pariente, y él podía mal Interpretar mi actitud tomándome por una esposa infiel. Por otra parte no quería retarlo para evitarle un momento violento. Y por otra parte con tantas restregadas de su caliente tranca contra mi culo, me estaba mojando como loca. Decidí que debía detener todo eso. “José” le dije con voz lo más amable posible, “debemos detener esto, yo soy una mujer fiel a su marido”. Pero José comenzó a amasarme los tetones, mientras continuaba con sus refregadas de palo. “¡No José, Jose... cito,... no... si... gas...!” La voz se me quebró un poco porque el había sacado mis tetones afuera y estaba trabajando mis pitones con ganas y sabiduría, he de reconocerlo. Pero seguí defendiéndome: “¡Jo... sé... no... ha... gas... e... so...!” Y pensé que lo podía estar convenciendo porque una de sus manos abandonó uno de mis tetones, pero me equivocaba, porque pronto la sentí desabrochándome la parte inferior de la bikini, dejándome con la cola al aire, sin protección. Me quedé paralizada por la audacia de este hombre. Y él aprovechó mi indecisión para ponerme su gorda tranca a la puerta de mi ojetito. “¡No te preocupes, cuñadita...!” me dijo con su voz gruesa en el oído. “¡Esto es por el bien de la familia...!” y besándome con su cálido aliento en el cuello, mientras su mano seguía con mis pitones, con la otra me separó las nalgas y avanzó unos centímetros de su poderosa tranca dentro de mi ano. “¡Ahhh...!” exclamé al sentirme penetrada, perdida ya toda voluntad de oposición. “¡Ahhh... Jo... ´se... qué... gor... da... la... te... nés...!” Al girar la cara para hablarle, él atrapó mi boca con la suya y comenzó a darme unos tórridos besos de lengua, que procuré no devolver, aunque mi boca no me hizo mucho caso. En unos momentos me tenía totalmente empalada y le dio al mete y saca con ganas, con muchas ganas. Y con ambas manos seguía jugando con mis melones, mientras seguía con el trabajo devastador de su boca. Elevé mis pensamientos al cielo, para que el Señor me ayudara a superar esta inesperada prueba y traté de encontrar en mi mente la imagen de mi Armando, pero lo único que vino fue la diferencia entre su tranca y la que me tenía ensartada, que en grosor, largo y dureza era muy superior a la de mi marido. Así que volví a elevar os ojos al cielo mientras sucumbía bajo los efectos de tanta fricción tan entusiasta. Me corrí en medio de estremecimientos, haciendo que su polla se disparara en una secuencia de grandes chorros hacia lo más profundo de mis intestinos. Al sentirla pulsando dentro de mi culo volví a correrme, entre jadeos y gemidos. Y quedé sin fuerzas, sostenida tan solo por sus dos manos en mis tetones, y su gran poronga en mi culo. Me tuvo unos minutos más así ensartada, y finalmente, me llevó ensartada todavía, hasta dejarme caer en el sofá, donde quedé culo para arriba. Él dándome la vuelta, me colocó su polla todavía chorreante y me hizo limpiársela con la lengua. Bueno, que se la lamí y se la chupé, sintiéndome invadida por un impulso de solidaridad familiar. Después me hizo ponerme boca arriba y meciéndome su menguante tranca dentro de la boca, se quedó un momento quieto, hasta que sentí que su pis caliente comenzaba a salir del glande. ¡Eso sí que me sorprendió! No era nada desagradable, al contrario, lo saboreé y tragué con placer, contra todo lo que podía haber supuesto. Y aunque en otro momento hubiera podido pensar que esto tenía un toquecito de perversión, me tranquilicé: esto no era sexo, sino pis, así que el placer que sentía no era sexual y por lo tanto no había infidelidad. Así que seguí chupándole el pis hasta que cuando ya le faltaba poco me la sacó de la boca y terminó meándome la cara. Fue algo un poco vejatorio, debo reconocerlo, pero –incomprensiblemente- volví a correrme. “¡Bueno, Pichoncita, estamos un poco atrasados, vamos para la playa!” dijo, guardándose la polla bajo el pantaloncito de baño. “¡No tardes!” dijo al salir, dejándome despatarrada en el sofá, tratando de reponerme.

La playa estaba esplendorosa y resplandeciente, dado el cielo límpido y el sol intenso. Por suerte la carpa de José nos brindó bastante protección.
Todos iban frecuentemente al mar a refrescarse. Pero yo no. Por alguna causa desconocida me encontraba algo cansada y sin muchos ánimos para retozar. En la carpa de al lado había un señor que me miraba con cara de “si te agarro lo vas a recordar” y al que le dediqué una sonrisa de vecina de carpa, para ser sociable. Pero en realidad estaba preocupada por una cuestión ética: ¿debía yo hablar con Fanny sobre la dudosa actitud de su novio? Porque, si bien en mi caso no había habido ningún tipo de actitud infiel, ya que todo había ocurrido contra mi voluntad, no podía decirse lo mismo de él. José había intentado seducirme con todos sus recursos, y si no lo había conseguido se debía sin duda a mi actitud recta, de esposa fiel incorruptible. Pero ¿sabía esta chica con quién iba a casarse?
El señor de la carpa de al lado se había despatarrado sobre su silla, de modo que por su pantaloncito se podía ver buena parte de su miembro que se colaba por un costado. Me pareció que lo hacía a propósito, aunque su miembro parecía en estado de reposo, era bastante grande y creo que el hombre quería ostentarlo. Pero conmigo no iba a tener suerte, yo tengo ojos solamente para mi marido. Para los otros hombres tengo otras cosas, pero ojos no.
De cualquier modo le dediqué una mirada por cortesía, y una sonrisa amable cuando nuestras miradas se encontraron. Y seguí en mi reflexión de carácter ético. Si yo le contaba a Fanny de los intentos de su novio por seducirme, ¿sería creída por ella? Bien sabido es que en las cuestiones del amor las mujeres somos ciegas. Y a veces, por fortuna, los hombres también. Así que parecía poco prudente hablar con ella. ¿Debía comentar la cosa con mi esposo? Tampoco, porque si me pedía detalles del intento de seducción iba a ser difícil que no creyera que yo había colaborado un poco. Y yo no soportaría ser dudada en mi condición de mujer fiel.
Entretanto la polla del señor de al lado había ido creciendo de tamaño de un modo inocultable. Ahora le sobresalían por debajo del pantaloncito unos veinte centímetros de gruesa tranca, que sumados a los que estaban debajo del pantalón debían dar una poronga como para merecer una mención en la guía Guinnes. Involuntariamente mis cejas se enarcaron por el asombro ante lo que veía, y el hombre aprovechó para hacerle dar una sacudida a ese tremendo pedazo erecto, en señal de saludo, y dedicándome una sonrisa algo lasciva. Pero yo hice como que no advertía la segunda intención y me limité a devolverle la sonrisa con una amplia sonrisa mía, llena de candor e inocencia, como para sacarle las malas ideas de la cabeza.
Así pues el único camino que me quedaba, concluí, era hablar con José para hacerlo recapacitar sobre su conducta y sus responsabilidades hacia Fanny. Y seguramente encontraría algún momento para hacerlo.
Cuando todos volvieron decidí que era mi momento para ir al agua a refrescarme un poco. Y como la arena estaba muy caliente, la crucé a grandes saltos. El problema con los grandes saltos es que mis grandes pechos se bambolean mucho, y mi cola también. Pero confiando en no llamar demasiado la atención me fui hasta el agua. En mi camino escuché algunos comentarios masculinos algo subidos de tono. Pero podía comprender a esos pobres hombres, sin sentirme molesta ni agredida por las cosas que me decían.
Ya en el agua saludé a Armando que estaba muy lejos, allá en la carpa. Y la verdad es que no sé si me vio, porque no vi su mano en alto.
Lo que sí vi fue una colección de hombres que me venían siguiendo. Seguramente eran los mismos que me habían piropeado durante mi paso por la caliente arena. Me sentí halagada por tanta respuesta a mis encantos. Y les obsequié una de mis mejores sonrisas. Ante los cual siguieron acercándoseme por todos lados.
Yo me zambullí, dándoles una involuntaria visión de mi sabrosa cola, y al mismo tiempo una actitud de indiferencia y despreocupación.

Pronto me rodearon completamente. Si yo hubiera sido soltera la situación podría haberse calificado de excitante. Eran siete hombres jóvenes atractivos, musculosos, bronceados, que me miraban con inocultable simpatía. “¡Hola!” les dije para no parecer estirada. “¡Hola, preciosa!” “¡Hola, bomboncito!” “¡Hola, cosita rica!” y cosas así me contestaron a coro.
“¿Vinieron a charlar un poco?” pregunté para iniciar la conversación. “Y lo que se pueda...” dijo un rubio fornido y simpático. “Y a conocer a tan linda chica...!” dijo un morocho de aspecto seductor. “Conocer en el sentido bíblico” agregó un gordito bastante corpulento. Y todos se rieron así que yo también me reí, aunque no había entendido muy bien el chiste.
“¿Son religiosos?” pregunté para continuar la charla.
“¡Muy religiosos!”
Estaban todos a centímetros de mi cuerpo, de modo que no me extrañó sentir una mano en mi cola. Hice como que no me daba cuenta, para no avergonzar al muchacho que seguramente no lo había hecho con mala intención. Y procuré seguir conversando en tren amistoso. Al fin de cuentas iban a ser mis compañeros de playa durante todas mis vacaciones, y siempre es mejor tener amigos.
Pero pude sentir que el chico no había retirado su mano y que, por el contrario, me estaba acariciando la cola. No le reproché la cosa, para no avergonzarlo delante de sus amigos. Ahora se había acercado tanto que algunos de sus cuerpos me tocaban. Yo continué con la charla, pero me estaba poniendo nerviosa la proximidad de tantos cuerpos varoniles cerca. No es que parecieran malos muchachos, todo lo contrario, pero una no es de hierro...
Ellos tampoco eran de hierro, pude comprobar, porque pronto sentí una mano tocando mi tetón izquierdo. “Tenés una teta muy linda...” me comentó su dueño mientras comenzaba a amasarla. “Gra... cias” le dije, por decir algo. “Es cierto, ¡qué tremenda tetona!” dijo otro que había tomado a su cargo mi otra teta. “M-muy gentil... pe-pero...” sentí otra mano que se había puesto en mi entrepierna y comenzado a sobarla. Decidí aclarar la situación, para evitar malos entendidos. “Mu-muchachos, les agradez... co pero yo sólo busco amis... tad. Soy una mu... jer ca... sa... da...” dije con la respiración algo agitada por tantas sobadas que estaba recibiendo. Mis pezones se habían endurecido y mi entrepierna había comenzado a hacer su aporte al mar. Bajé mi mano para detener al que me estaba sobando el coño, pero en el camino me encontré con una tranca parada y dura, y mi mano se prendió a ella sin dudarlo, posiblemente para tener algo de donde agarrarse en medio de tan incómoda situación. Así que no pude impedir que me siguieran manoseando el coño. Ni los tetones, ni el culo. Y pronto colocaron otra enorme polla enhiesta en mi otra mano, que en forma instintiva se aferró a ella y comenzó a pajearla. A estas alturas había comenzado a gemir y jadear, pero repitiendo: “¡Por... fa... vor, mu... cha... chos, ...soy... u... na... mu... jer... ca... sa... da... y... res... pe... to.. a... mi... ma... ri... do...!” una y otra vez. Pero ya saben como son los machos, sólo les interesa satisfacer sus propias urgencias, y son sordos a cualquier otra cosa. Así que me resigné a que eso continuara hasta que se aburrieran.
Pero no se aburrían, uno comenzó a penetrarme la concha, luego de hacer a un costado la tela de mi braguita playera. Y cuando sentí su poderosa tranca penetrándome, sentí que yo tampoco me estaba aburriendo, después de todo. Y pronto sentí los chorros en el interior de mi vagina. Bueno, que se fueron pasando todos, por mi concha y por mi culo, dejándomelos muy abiertos dados los tamaños que esos jóvenes sinvergüenzas portaban. Así que como siempre hago en esos casos me encomendé a Dios y traté de mantener mi espíritu concentrado en la imagen de Armando, pero sin mucho éxito debo confesarlo.
Cuando terminaron conmigo estaba hecha una piltrafa, de tantos polvos que -involuntariamente, eso sí- me había echado. Me dejaron flotando en el agua y se volvieron nadando vigorosamente hacia la playa.
Sólo uno de ellos se apiadó de mí y me remolcó hasta la mitad del camino. Una vez que hicimos pié pude comprobar que no todo había sido generosidad en su gesto, pues me hizo sentir su polla en el culo, y yo me dejé hacer, ya que no estaba en condiciones de oponerme. Así que frente a la vergüenza de la situación, lo único que pude hacer fue correrme dos veces más. Y luego le rogué que me acercara hasta la playa. “Bueno”, concedió, “pero sin compromisos, ¿eh?”

Llegué a la carpa como pude y me desmoroné en una silla. “Se te vé muy cansada” dijo Armando con simpatía. “Es que el mar estaba muy duro...” Fanny se extrañó del término “¿duro?” “durísimo” corroboré antes de quedarme dormida.
Cuando llegamos a la casa dormí a pierna suelta el resto de la tarde. Pero curiosamente, bastante feliz. “Es la felicidad producto de la virtud de una esposa fiel” pensé mientras me iba sumiendo en el entresueño.
Pero las vacaciones apenas habían comenzado.

Me gustaría que me comentes que te ha parecido este relato, mencionando su título. Escríbeme a bajosinstintos4@hotmail.com. Pero por favor, no me pidas citas ni fotos, recuerda que soy una mujer casada y me debo a mi marido.

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