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Demasiado Timida para Oponerme - 3ª Parte

Esa mañana salí junto con Armando, mi marido, cuando iba rumbo a su trabajo. Yo, a mi vez, iba a buscar uno nuevo para los martes, jueves y sábados. Armando me tiene confianza, no me cela, nunca le he dado motivos, ya que soy una mujer muy fiel. Por eso nunca ha puesto objeciones a mi puesto como secretaria del doctor Martínez, que es un hombre muy guapo, al que muchas mujeres se le tirarían encima. Pero no yo. Desde hace cuatro años asisto a su consultorio los lunes, miércoles y viernes, sin ningún contratiempo que pudiera afectar mi fidelidad. Cierto es que Gustavito, el menor, cuando tenía doce años se permitió algunas libertades conmigo, pero así son los niños, y a eso no se le puede calificar de infidelidad. El niño estaba en el despertar de sus hormonas, así que no podía culparlo por las frecuentes tocadas que le hacía a mis nalgas. “No hagas eso, Gustavito…” le recriminaba yo. Pero el niño seguía sobándolas con un entusiasmo contagioso. De modo que después de media hora de eso, ya no le decía que no lo hiciera. Y así todas las mañanas, antes de que llegara el doctor. Poco a poco el niño fue tomando confianza, y pronto durante la sobada comenzó a sacar su nabo afuera del pantalón. Lo tenía bastante grande para su edad. Yo comprendí que si lo reprimía drásticamente, el pobre niño sufriría un trauma del que quizá no se recuperaría nunca. Así que lo dejé que siguiera sobándome el culo con su erecto nabo afuera. Esa consideración mía hacia él debiera haberlo conformado, pero el chico siguió tomando confianza. Me levantaba el delantal de enfermera por detrás y continuaba su sobada sobre mis nalgas desnudas. “Gustavito, portate bien…” le decía yo en tono de reproche, procurando no hacerlo demasiado severo para no traumarlo. Pero el niño sabía que yo no quería lastimarlo, así que seguía. Cuando llegó a la etapa de restregarme su muy duro nabito por la cola, le dije: “¡Gus… ta… vi… too… e… so… no… es… ta… bi… en…!” Pero el niño no se detenía y continuaba hasta bañarme las nalgas con su lechita. ¡Así me expresaba su cariño ese pequeño! De cualquier modo a veces pienso que no debí permitirle tantas libertades. Porque su siguiente antojo fue meterme su erecta pijita en el ano. Yo me rebelé a semejante cosa, y le dije que ni se le ocurriera y que… Pero el niño me tenía muy aferrada por el culo, y poniendo su no muy pequeña polla entre mis glúteos, no tuvo muchas dificultades para penetrarme el ano. Yo sentía como entraba y salía su joven barra de carne, con un entusiasmo creciente, y me dije que ya era hora de detenerlo. “¡Noo Gus… ta… vi… tooo…!” mientras sentía la movida que el niño me estaba dando en mi nabo, “¡No… es… ta… bien… que… mue… vas… a… así… taan… fuer… te… !” Me di cuenta que como recriminación no era muy buena, pero me estaba costando concentrarme y encontrar las palabras justas. Pero volví a intentarlo: “¡No… si… gas…” la voz se me había vuelto ronca y entrecortada “… por… que… por… que… ¡ahh!... yo… só… lo… tra…baaah… jo… y… ¡ahhh… ahhhh… aaahhhh…! Y… soy… u… na… mu… jer… ca… saaa… daaah… y ¡aahhh… aaahhhh… aaaaaahhhhhhhhhhhh!” y ya no pude seguir hablando. En el interior de mi ano la polla del nene estaba estaba pulsando y pulsando, echándome sus chorritos uno tras otro. Me quedé quietita, recibiendo sumisamente sus emisiones, hasta que el niño me la sacó. “Gracias, Julita” me dijo el pequeño, y luego de darme un beso en mis glúteos, me bajó el delantal y salió. Yo me quedé un poco confundida, pero a medida que mi respiración se iba normalizando, concluí que eso no podía llamarse infidelidad, ya que él era un niño, y además yo no había consentido su conducta. Así que me quedé tranquila, no era yo culpable de nada. Por eso permití de ahí en más que el niño se tomara esas pequeñas libertades con mi trasero, cada vez que yo entraba a trabajar. Es cierto que ahora tiene dieciséis años, y el tamaño de su polla se ha vuelto muy considerable. También es cierto que sus eyaculaciones son muy copiosas, y que a veces tiene dos seguidas, sin retirar su polla. Y que yo tengo varios orgasmos durante el jueguito. Pero todo ocurre contra mi voluntad y por lo tanto no puede decirse que lo mío es una infidelidad. Que el niño tenga doce o dieciséis, o treinta –llegado el caso- no cambia la esencia del asunto.
Con su papá, el doctor, el criterio es el mismo. Todas las mañanas, apenas llega, me arrastra al consultorio y sacando su enorme tranca afuera me obliga a mamársela hasta que acaba en mi boca. Pero eso forma parte de mi trabajo cotidiano, de ninguna manera se trata de infidelidad. Lo mismo que la gran follada que suele darme a última hora, cuando ya se han ido los pacientes. Yo me siento obligada por temor a que tome otra enfermera. Además el modo avasallante en que actúa no me da lugar a resistirme. Y aunque, debo reconocer que me gusta, estoy segura de que no lo haría si no hubiera una relación laboral. De cualquier modo no le he contado nada de esto a mi marido, porque pudiera no interpretar correctamente la situación.
Y menos que menos le contaría las folladas que me da el hijo mayor, cuando a media mañana me llama al cuartito de los medicamentos y me avasalla tan completamente que soy un juguete en sus manos. Debo reconocer que Alberto me gusta, pero los orgasmos que tengo son completamente involuntarios. Así que tampoco con él soy infiel. Mi Armando puede quedarse bien tranquilo con la virtud de su mujercita.

El trabajo para martes, jueves y sábados era como secretaria de una masajista. Tuve que caminar algunas cuadras antes de encontrar la casa. Tenía una hermosa fachada, tan señorial como las demás casas de ese barrio señal de que a la masajista debía irle bastante bien. Tal vez pudiera sacar un buen sueldo, así que haría todo lo posible para obtener el trabajo. Sin dejar el otro, claro. Me había vestido de un modo sobrio pero encantador. Mi habitual remerita dos números más chicos que me talla, por lo cual se me marcaban un poco los pezones, y mi faldita cortona que tanto excita a los hombres. Por suerte esta vez sería el encuentro sería con una mujer, de modo que por suerte estaría libre del acoso masculino, del que me cuesta tanto defenderme. Toqué el timbre y me quedé esperando.
Me abrió la puerta la misma masajista, que me echó una mirada de arriba abajo, deteniéndose en los lugares convenientes de mi anatomía, lo que no dejó de sorprenderme algo. “Susana”, se presentó, estrechando mi mano, para luego acercarse y darme un beso en la mejilla. La presentación me turbó un poco, pues al darme el beso los tremendos melones de Susana apretaron los míos. ¡Nunca había visto a una mujer con melones tan inmensos y tan parados! Yo tengo buenas tetas, pero las de ella eran algo nunca visto. Claro que esos enormes pechazos estaban a la altura de la dueña. Susana me llevaba media cabeza, de modo que me sentí pequeñita y en cierto modo dominada por esa gran mujeraza que me miraba desde arriba con una gran sonrisa en su boca gruesa y sensual. Así que la primera impresión que tuve de ella fue bastante abrumadora.
“Vos debés ser Julia, pasá, pasá” y dando media vuelta me guió hacia adentro. No pude dejar de ver el tremendo culo que se gastaba, porque lo fue moviendo como para que mis ojos no pudieran ir a otro lado. Pensé si no lo estaría haciendo a propósito. Pero deseché la idea por absurda. Éramos dos mujeres, y las mujeres no se coquetean entre sí, pensé. Y la seguí, con la esperanza de caerle bien y conseguir el trabajo. Me sentía de un humor jovial, aunque los vaivenes de ese soberbio culo me inquietaron un poco.
“Esta es la sala de masajes” me mostró con un movimiento de mano, parándose al lado mío erguida en toda su estatura. No era una mujer que se encorvara para esconder sus poderosas tetas, sino todo lo contrario. Con su espalda recta y algo apretada hacia atrás, sus tetonas se proyectaban desafiantes hacia delante.
El tener esos enormes melones tan cerca de mi cara me puso un poco nerviosa. Más aún porque ella, mientras hablaba, los movía a derecha e izquierda, de modo que podía verlos balancearse dentro de la blusa, que estaba bastante tirante. Ella, como yo, parecía no necesitar sostén. Pero con esas tetonas costaba creerlo.
En los pocos instantes transcurridos desde que entré a la casa, la impresión que me produjo Susana, no dejaba de crecer. ¡¡Esa mujer era algo colosal!! Un rostro bellísimo, con un toque de perversión. Y unas tetazas y un culazo de novela. No sólo por lo enormes, sino por lo bien formados. Un cuerpo espectacular. Creo que ella seguía el curso de mis pensamientos, pues dando un par de pasos expuso su contundente anatomía ante mis azorados ojos.
“En esta camilla es donde hago los masajes, donde victimizo a mis pacientes” se rió con una sensual sonrisa de oreja a oreja. “Voy a alisar un poco las sábanas” dijo, inclinándose sobre la camilla, y dándome de paso una vista de primera fila de su soberbio culo. La impresión me hizo tragar saliva. “Bue-bueno…” comencé tratando de llevar mi mente hacia el objeto de mi visita “…yo tengo experiencia como secretaria de un médico y en el trato con pacientes…” “Sí, sí, enseguida vamos a eso” y siguió moviendo su contundente culo, y atrapando mi atención en él.
Luego, dando un saltito se sentó en la camilla. Su faldita se corrió, dejando una sustancial parte de sus muslazos al aire. Yo estaba entrando en pánico y se me cruzó el pensamiento de salir corriendo de allí, pero ¿qué excusa darle?
“Contame de tu experiencia” “¿Co-como secretaria…?” “Sí, empecemos por ahí, ya veremos por donde acabamos…” La doble intención del comentario me hizo sonrojar, cosa que provocó una divertida sonrisa en su rostro. “Bu-bueno…, hace cuatro años que…” pero no pude terminar, pues ella cruzó los muslos, y entonces vi. que no llevaba braguitas. Me quedé con la boca abierta. “Nunca las llevo” al parecer seguía leyéndome el pensamiento. “Son una demora a la hora de hacerme chupar la concha”, me aclaró con naturalidad. “D-de chu-chupar l-la co-con…” “Sí, la concha o el culo, me gusta mucho hacérmelos chupar.” “Ah…” dije yo completamente ruborizada.
“La mayoría de mis pacientes termina chupándome el culo” agregó, mirándome con fijeza. “Algunas empiezan por las tetas, claro, pero otras se van directamente para abajo” “Ah…” comenté yo con un hilo de voz.
“¿En tu caso que preferirías?” me preguntó separando los muslos con las rodillas en alto, dándome una vista de sus dos agujeros. Me quedé muda viendo esa peluda concha y ese tentador ano. Por alguna razón que se me escapaba, la boca se me estaba haciendo agua.
“Bueno, no importa, ya veo que tenés que pensarlo” Y dando un saltito, se paró sobre sus pies y se me acercó hasta poner sus melones en contacto con mis tetonas. La respiración se me había agitado, y las rodillas me estaban temblando.
“O acaso preferirías empezar por chuparme una teta?” “Bue-bueno… yo en realidad… sólo vine a bu-buscar tra-tra… ba…” “Ya sé, ya sé” me cortó ella, tocando mi cuerpo con sus tetazas. “De eso hablaremos después. Ahora vamos a lo importante” Y abriéndose la blusa sacó una de sus tetas afuera. Poco a poco yo había ido retrocediendo hasta la pared, así que me tenía a su merced.´”A mí solo me gustan los hombres…” traté de aclararle. “Sí, sí, eso dicen todas…” dijo tapándome la boca con un grueso pezón. “Ahora chupá, a ver que tal lo hacés” El olor y el calor de su teta eran embriagadores, y toda mi visión estaba ocupada por ese tremendo melón que aplastaba mi rostro, y cuyo pezón me había entrado hasta la mitad de la boca. De modo que fué inevitable que tomara contacto con mi lengua. E instintivamente se lo comencé a lamer. “¡¡Asííí, nenita, muy bien…!!” y con las manos me sujetó la cabeza para aplastarme aún más la cara con su melón, comenzando a continuación a darme empellones, ¡me estaba cogiendo la boca con el pezón! Comencé a sentir un cosquilleo muy intenso en la vagina. Y la vista comenzó a nublárseme. Justo entonces me sacó el pezón y dio un paso atrás para mirarme. Tuve dificultad para enfocar su hermoso rostro. Y ella se dio cuenta. “¡Santo Dios! ¡Cómo te puse!” Yo traté de recomponerme como pude. Pero ella sabía que estaba en su poder.
“Bueno, ya vimos que chupándome un tetón casi te corrés. Ahora vamos a ver como te portás con mi culo…” Y bajando mi cabeza hasta la altura de su culo, comenzó a refregármelo en la cara. Yo veía pasar esos hermosos y enormes glúteos a izquierda y derecha, y con ellos me cacheteaba el rostro. ¡Nunca me habían hecho algo así antes! ¡Y ni sospechaba que pudiera excitarme tanto! A los pocos segundos me tenía besando y lamiéndoselos. “¡Ahhh… seguí así que el empleo es tuyo…!” Yo no entendía lo que me estaba pasando. Cuando ella comenzó a darme empellones con sus hermosos glúteos enterrándome la cara entre ellos, sentí una pulsión muy intensa en mis híjares y pensé que eso es lo que significaba verdaderamente la palabra “culear”. ¡Me estaba cogiendo con el culo!
Y como ella siguió con sus empellones, me corrí, quedando sentada, con mi espalda apoyada en la pared. Susana siguió culeándome el rostro hasta que se vino, aplastando su ojete contra mi nariz, durante un momento interminable, lo que me puso nuevamente a mil. “¡Así está mejor…! ¡Siempre me siento más relajada después del primer polvo…!” Yo no conseguí articular palabra, totalmente dominada por esa mujer voluptuosa y tremenda. Flexionando un poco las rodillas, me puso la concha contra la cara. “Vamos a ver ahora, que tal me chupàs la concha, preciosa”, y comenzó a rotarla sobre mi cara, sin que yo atinara a más que dejarla hacer. Después de unos momentos se irguió: “Aquí es un poco incómodo. Acostate boca arriba en la camilla” Obedecí a su mandato sumisamente. “Te voy a montar la cara, corazón” y vi., como esa gran concha bajaba sobre mi rostro, emanando un maravilloso olor que me privó de toda voluntad que no fuera la de lamer esa maravillosa vagina. “¡¡Ahhh, que bueno!! ¡¡ya estoy por acabarte en la cara…!!” Estaba empapada por sus jugos, y sentía sus pendejos pegados en mi rostro. Y cuando se vino yo tragaba como loca todo lo que me entregaba. Y me corrí irremisiblemente, tal era la excitación que me producía estar sumisa bajo su terrible lujuria.
“¡Gracias pichoncita, el empleo es tuyo, bien que te lo ganaste!” dijo con un suspiro de satisfacción. Yo creí que la entrevista había terminado, pero me equivocaba. “¡Ahora te voy a agradecer bien agradecida con una chupada de concha que de va a dejar loca!” Y separándome las piernas comenzó a darle a su gorda y caliente lengua. Yo me mordí los labios al acordarme de Armando, procurando evitar el placer para no serle infiel. Pero la lengua de Susana y su boca eran implacables. Con sus gordos labios atrapó mi clítoris y comenzó a succionármelo, mientras con tres dedos me cogía la concha. Mis jadeos fueron haciéndose más intensos, y mis gemidos fueron subiendo de tono. “¡Señor!” imploré para mis adentros, “¡Permíteme no sentir nada y seguir siendo fiel!” Pero a la mamada había agregado la lengua que me trabajaba el clítoris produciendo estragos en mi fe en Dios. Traté de recordar el rostro de mi amado Armando, pero Susana aumentó la frecuencia con que sus dedos me estaban cogiendo. ó la frecuencia con que sus dedos me estaban cogiendo, y la imagen de mi amado se diluyó detrás de las sensaciones cada vez más intensas de un escandaloso orgasmo que me llegó desde los cabellos hasta la separación crispada de los dedos de mis pies. Mi bajo vientre batía como si fuera un solo te tambor. “¡¡Qué acabada, mamita!!” Me quedé sin fuerzas para levantarme de la camilla, procurando encontrar un pensamiento que me dijera que yo no había sido infiel. Pero no venía ninguno. Así que me quedé esperando recuperar las fuerzas, para levantarme e irme. Pero me engañaba nuevamente.
Susana tendió su lujurioso cuerpo sobre el mío, haciéndome sentir sus enormes melones, y comenzó a besarme en la boca, metiéndome su gorda lengua hasta la campanilla. Y me empezó a coger la trompa. Me sentí nuevamente caliente y dominada por su voluptuosidad, sin voluntad alguna para resistirla. De pronto sentí su clítoris restregándose contra el mío. Sus fricciones eran tan sensuales que mis ojos se fueron hacia arriba y me dejé coger a su gusto.
Bueno, que me hizo echar tres polvos.
Y luego volvió a montarme la cara con el culo. No le importaba que mi cuerpo estuviera casi inerte, siguió con sus apasionadas rotaciones de orto, enterrando mi cara entre sus nalgas y cogiéndose con mi nariz. Yo dejaba que me siguiera ultrajando. Y cuando cambió el culo por la concha y sus refregadas en mi cara, pese a mi agotamiento, me corrí nuevamente, por la excitación que me produjo la desconsiderada dominación con que ella buscaba su propio placer, a costa de mi vejada cara. Cuando por fin se corrió, dejó la concha abierta sobre mi cara, como para obligar mi sumisión por un tramo más. Después de diez minutos de eso, silenciosamente volví a correrme.
Quedé hecha una piltrafa. Después de ayudarme con las ropas, me acompañó hasta la puerta, sobándome el culo con muchas ganas. Eso me devolvió el tono muscular. “Susana”, le pregunté, “yo amo a mi marido y nunca le he sido infiel. ¿Te parece que esto que hicimos puede considerarse una infidelidad? Porque la verdad es que me gustó mucho y me hiciste echar un montón de polvos…” Pero Susana me tranquilizó inmediatamente “No, mi cielo, infidelidad es cuando lo hacés con un hombre y a propósito. Lo nuestro es un juego de amigas.” Y acto seguido me dio un largo y activo beso de lengua, apretando mi cuerpo contra sus maravillosos melones, que refregó contra los míos, mientras su mano acariciaba mi coño con pasión. Yo me sentí muy querida, tanto que a los quince minutos de eso me corrí en sus brazos. “Vaya, mi vida” dijo dándome un beso en la trompita. “Y quédese tranquila que usted es muy fiel a su marido. Te espero pasado mañana para comenzar a trabajar.”
Y me fui a la calle, caminando un poco como si flotara entre nubes. Pero muy contenta. No sólo había conseguido el empleo, sino que había hecho una amiga. Al menos aquí no iba a ser acosada por hombres.
Y pensé lo contento que se iba a poner Armando cuando le contara las buenas nuevas, sin abrumarlo con los detalles, claro.

Espero tus comentarios, mencionando el nombre de este relato. Mi e-mail es bajosinstintos4@hotmail.com. ¡Hasta pronto!



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