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Demasiado Timida para Oponerme - 16ª Parte

-¡Hoy es mi prueba de combate con un hombre!- le anuncié triunfal a mi marido en el desayuno.

-¿Querés que vaya a ver como lo vencés?- preguntó Armando, siempre gentil.

-No, mejor no- dije pensando en el fornido muchachón- si ves como le gano a pelear a un hombre, podrías tomarme miedo, y eso no me gustaría, mi amor.

-Como gustes, cielo.


Y me fui por las calles con paso cantarino, pensando en qué buena idea había sido tomar ese curso de defensa personal, para poder defender mi honra matrimonial de tanto asedio a mi fidelidad. Las calles estaban arboladas y todo irradiaba alegría.

A llegar al gimnasio me recibió la negra directora. "¡Aquí viene nuestra nueva graduada!" comentó con tono halagador. Y me llevo directamente al gimnasio para presentarme a mi oponente, que estaba haciendo complemento de pesas en la sección de aparatos.

El fornido muchacho se paró como un resorte al verme, y durante la presentación sus ojos recorrieron mi cuerpo, casi diría que golosamente. Pese a la impresionante musculatura que ostentaba, no era uno de esos culturistas depilados, sino que ostentaba pelos en el pecho, los brazos, las piernas y a donde a una se le ocurriera mirar. Era bastante más alto que mi marido, y pensé en el placer que sentiría luego de haber vencido a semejante bestia. La directora me dijo por lo bajo: "¡No tengas piedad de él! ¡Humíllalo, zarandéalo, demuéstrale quién manda!" mientras le hacía un guiño al muchachón, que no sabía lo que le esperaba, pobre hombre. Casi me daba lástima.

Una vez en el ring tuve ocasión de examinarlo bien, ya que ambos vestíamos apenas unos shortcitos. Yo no hice uso de la ventaja que me daba el reglamento, de usar una prenda superior para cubrir mis pechos, ya que no quería tener ninguna ventaja sobre mi contrincante que no podía usar nada para cubrir su velludo pecho. Quería una victoria justa e inobjetable. Quizá con un poco de picardía, lo reconozco, ya que vi que sus ojos se desviaban frecuentemente hacia mis tetones, que a propósito erguí, para mantenerlo distraído.

Después de unas breves instrucciones de la negra, que oficiaba de árbitro, sonó la campana que daba comienzo al round.

Comencé a bailotear frente a él, con ágiles pasos y saltitos que hacían rebotar mis melones para todos lados. Sus ojos estaban desorbitándose, pobre muchacho. De pronto, me lancé hacia delante, y le propiné un jab en el estómago. No pareció acusar recibo, o quizá sí, ya que pude observar un bulto prominente bajo sus pantaloncillos. Parece que disfruta del castigo, pensé. Y si así era ¡tendría todo el castigo que quisiera! Y me abalancé hacia delante, lanzándole una seguidilla de mis poderosos golpes nuevamente al estómago, ya que la barbilla me quedaba demasiado alta y pinchuda Y me retiré inmediatamente, fuera de su alcance, como Muhamad Alí "pica como avispa y vuela como mariposa". La técnica me estaba dando resultado. Si bien él parecía no sentir mis golpes, su polla denunciaba lo contrario, estaba enorme, bajo el pantaloncillo. Terminamos el round sin novedades, y volví a mi rincón sin haber recibido un solo golpe. Está bien que tampoco los había recibido, pero atribuí eso al desborde que le había producido con mi velocidad. Mi couch, que era la rubiecita de la segunda lección, me llenó de instrucciones. Pero yo no la estaba atendiendo. Por un costadito del pequeño short, a mi rival le estaba saliendo afuera un cacho de nabo bastante impresionante, cuya erección no había podido ser contenida por el pantaloncito. "Quedate tranquila", le dije a la rubiecita, "que ya lo tengo". Sonó la campana que anunciaba el segundo round. Me levanté como un relámpago y comencé otro ataque vertiginoso contra su estómago. Su falo acusó el castigo, saliéndose completamente del pantalón y apuntándome como un dedo acusador. Pero qué dedo, sentí que me había humedecido un poco. Jab, jab, directo, uno dos, le apliqué todo el repertorio, sin que él acusara el castigo, pero a juzgar por el tamaño que había alcanzado su impresionante tranca, lo tenía casi grogui. Quizá la confianza me traicionó. Porque de repente se me puso todo negro y comencé a ver pajaritos de colores. Cuando volví en mí, tenía al muchachón entre mis piernas y su ardiente falo enterrado en mis profundidades. Evidentemente, cuando me vió en el suelo, me sacó el pantaloncito para que pudiera respirar. Y luego debe de haberse tentado, pobre muchacho. Así que cuando volví en mí, me encontré completamente empalada por una tranca que iba y venía con pujante entusiasmo dentro mío. Miré a la árbitro a ver que hacía, pero la robusta negra lustrosa nos estaba mirando muy interesada. Evidentemente, lo que estaba ocurriendo era permitido por los reglamentos. Y el muchachón me estaba dando unos vaivenes que me pusieron nuevamente a ver pajaritos de colores. Por suerte nada de esto podía considerarse una infidelidad de mi parte, ya que estaba comprendido dentro de los reglamentos del boxeo. Y mi rival debía de haberse entrenado mucho, a juzgar por los enterrones que me daba. Mis jadeos iban subiendo de tono, y como la cosa en cierto modo me gustaba, traté de fijar mi mente en la imagen de Armando, para evitar las tentaciones que me pudieran llevar a cometer una infidelidad. Y el muchachón continuaba dale que dale. Intenté darle un jab al estómago, pero con tanto sacudón que estaba recibiendo, mi puntería no era la mejor, así que después de un par de intentos más, desistí. Miré hacia mi rincón en busca de instrucciones, pero la rubiecita parecía muy entretenida con una mano bajo su slip. Pero todo llega a su fin, o al menos yo, que acabé, con mi concha hecha una inundación. El muchacheen sintió los temblores de mi vientre mientras me estaba corriendo, pero continuó imperturbable con su mete y saca, con unas entradas y salidas de su suculenta polla, que me transportaron nuevamente al reino de los pajaritos. Comprendí que quizá, desde su punto de vista, me estuviera cogiendo. Y me volví a correr, porque él no había menguado el ritmo que le daba a su tranca, tan gruesa que tanto al entrar como al salir me seguía frotando el clítoris. ¡Jamás había supuesto que gozaría tanto durante un entrenamiento! Me llamaba la atención el ritmo gimnástico de esa polla tan distinto del modo laxo en que me la metía mi marido. Claro, Armando no es un gimnasta, ni tampoco tiene una poronga como esta, pensé, y volví a correrme entre gemidos y alaridos. Pero el muchachón seguía sin detenerse. Yo tenía las piernas totalmente abiertas y me sentía ensartada como una mariposa, con los brazos abiertos en cruz. Entonces pensé que no debía mantener tanta pasividad, ya que eso era un combate, y le rodeé las nalgas con mis piernas, mientras con los brazos le abrazaba la peluda espalda. Mi boca estaba enterrada con el abundante vello de su pecho, y para entretenerla comencé a chupárle los pelos con labios hambrientos. Ahí fue cuando mi rival comenzó a acelerar sus movimientos en un ritmo cada vez más acelerado, mientras yo, embriagada en la tierra de los pajaritos de colores agradecía al Señor por el modo en que me estaba ayudando a superar esa nueva prueba. No sé si me contestó, porque los pajaritos hacían un alboroto que tapaba todos los demás ruidos.

Pronto su enorme tranca procedió a dar enérgicas sacudidas en mi interior, enviándome sus chorros de leche caliente hasta las entrañas. Cada dos o tres chorros, me la sacaba y volvía a enterrármela, para seguir escupiéndome semen. Así cinco o seis veces, creo. Finalmente se quedó rendido sobre mi cuerpo, mientras cada tanto su polla seguía largando uno que otro chorrito. Ahí fue comprendí que tenía la victoria al alcance de la mano. Y saliéndome de abajo suyo como pude, lo di vuelta boca arriba y le agarré la polla, que estaba retornando a su tamaño normal. No la dejé. Él estaba casi inconsciente pero su polla comenzó a empalmarse nuevamente bajo los tocamientos de mis dedos y el calor de mi palma. Escuché un murmullo de aprobación por parte de las espectadoras. Y comencé a pajearlo sin que el muchachón atinara a reaccionar. Para no incurrir en pensamientos infieles, con la otra mano me acariciaba el clítoris. Esa iba a ser una victoria estrictamente deportiva. Pronto la polla alcanzó sus dimensiones de concurso, y yo me apliqué tenazmente a pajearla. No me llevó mucho rato hacer que soltara sus chorros al aire. Sonaron aplausos. Pero yo había apenas comenzado. Recordaba la consigna: destruir al rival, aplastarlo, no dejarle dudas acerca de quien era el amo. Así que, sin dejar que se le bajara, me la introduje en mi ano. El calor de mi ojete pudo más que su agotamiento, y sobre su cuerpo yacente su nabo volvió a erguirse, como un mastil, en toda su plenitud. Y me lo cabalgué a gusto, encomendando mi alma al Señor ya que cada tanto se me escapaba alguno que otro orgasmo. El muchacho seguía desvanecido bajo mi culo, pero después de un rato su pene cumplió con mi orto, soltando unos cuantos chorros.

Entonces decidí pasar a las etapas finales de mi victoria. Y sentando mi concha en su cara, me masturbé con ellá, llenándosela de jugos y pendejos. Dos polvos me eché. Y después, con gesto triunfal, le cubrí el rostro con mi culo. Estaba un poco cansada, pero me cogí su nariz una y otra vez, mientras jugaba con su polla. Removiendo mis sabrosos glúteos contra su cara, logré que se le empinara nuevamente, y se la seguí cabalgándo, mis manos le estrujaban el nuevamente parado nabo, hasta que me corrí, aplastándole la cara y consiguiendo las últimas emisiones, algo menguantes sí, de su semen. Y me levanté triunfante, dejándolo exánime a mis pies. La negra me levantó el brazo en señal de triunfo, en tanto que la rubiecita me aplaudía con un entusiasmo desbordado.

Luego me vestí y nos fuimos a la secretaría a tomar un café con tostadas. Estuvimos charlando animadamente un rato y, finalmente recuperada, me encaminé a mi casa.

Al llegar al hall de entrada me agarró el portero y me arrastró al sótano, para vejarme como todos los días. Y me cogió por el culo, me amasó los tetones, me comió la boca y jugó con su tranca por mi vagina. Y lo dejé, sabía que ahora podría haberle vencido cuando quisiera con mi entrenamiento, pero me dio pena, y la verdad es que estaba un poco cansada. Así que le dejé, y sacando alguno que otro orgasmo, no sentí casi nada. Cuando me puso a mamar su polla, luego de restregármela contra la cara, me tragué su leche gustosamente, ya que sabía que de ahora en más mi fidelidad marital estaba a salvo. Y lo dejé echarme dos polvos en el culo antes de dejarme ir. Mi portero es un tipo un poco morboso, y le gusta cogerme sin sacarme la tanguita, apenas separando mis braguitas para que entrara su pollota, pero cada quien tiene sus gustos. Y dejar que los demás se den el gusto con una no es ser infiel. Así que subí a mi departamento, casi flotando de tanta beatitud que llevaba conmigo.

"¡¡Qué ojeras, mi amor!!" dijo Armando al verme llegar, "¡tenés ojeras violetas!" "Es que tuve un día tremendo, amor." "¿Y como te fue en la pelea con el hombre?" "Bárbaro, lo puse a ver pajaritos de colores." "¿A él?" "Bueno, yo también vi pajaritos de colores" "Que bueno" dijo Armando mientras ponía los platos en la mesa.


Espero que mi experiencia te haya hecho comprender las ventajas de practicar lucha femenina, para poder defender mejor tu honra de mujer fiel. Si tienes cualquier duda o comentario, escríbeme a bajosinstintos4@hotmail.com

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