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Demasiado Timida para Oponerme - 15ª Parte

Últimamente estuve pensando que para ser la clase de esposa fiel que soy, los hombres me están llevando con demasiada frecuencia por delante. Como me ocurrió con aquél enorme y peludo plomero que traje a casa para que me destapara las cañerías, pero que aferrando mi personita como si fuera una esponjita de baño me restregó arriba y abajo contra su cuerpo, sin el menor respeto. Y aunque todos los orgasmos que tuve fueron involuntarios, no me pareció bien que una mujer casada tuviera que recibir semejante tratamiento.

O con aquel hombre en el metro, que aprovechando lo apretados que viajábamos, apoyó su tranca contra mi intimidad hasta que los vaivenes del viaje me hicieron correr. Tuve que aferrarme a sus fuertes hombros para no caerme, muerta de vergüenza. O con el novio de mi cuñada, que intentó abusar de mi durante las vacaciones en su casa cerca del mar. Si yo hubiera sabido artes marciales o algo por el estilo, otras habrían sido las historias. Mi honra de mujer casada siempre estuvo a salvo, porque aún en esos atropellos y tantos otros, la cosa no pasó de un intento, porque yo elevé mis ojos al cielo, y encomendé mi alma al Señor, rogando que me evitara caer en la tentación, y con la imagen del rostro de mi amado esposo en mi mente, logré no sucumbir en la infidelidad, no importa los orgasmos que me produjeran esos bestias, ni lo abierto que me dejaran el culo ni cuan gordas fueran las pollas que me obligaban a chupar. Todo fue contra mi voluntad, y si bien tuve que recibir chorros de leche a torrentes por todos mis agujeros, yo no había sido infiel. Pero pensé que debía contar con una preparación mejor para poner a esos abusadores en su lugar, con actitudes más drásticas.

Así que decidí que debía aprender un poco de lucha. Y me inscribí en un instituto de lucha femenina que había visto cerca de casa, que prometía graduaciones rápidas. Y allí me encaminé, trotando por las veredas soleadas, con mi faldita cortona, mi remerita breve sobre mis tetonas desnudas y mis zapatos con tacos aguja que, si bien hacen que todas mis redondeces se bamboleen, dan más elegancia a mi andar. Me sentía orgullosa por la determinación que había tomado para defender mi honra con más solvencia, y las cosas que me decían los hombres a mi paso, no produjeron otro efecto que reafirmarme en mi decisión y algún que otro cosquilleo íntimo, pero a eso ya estaba acostumbrada.

La recepcionista, una morocha de grandes ojos negros, me pareció un poco machona. Me miró con mucha insistencia, deteniéndose en mis pechotes, pero pensé que quizá la pobre chica no había recibido la educación adecuada, y dejé que se diera el gusto mirándome cuanto le diera la gana. Total mi problema no eran las mujeres.

El martes a las cuatro de la tarde tuve mi primera clase individual. La profesora era una negra lustrosa, que también me pareció algo machona, quizá por lo maciza que era, el doble de mí en el sentido horizontal, pero me dije que era lógico que una mujer que enseñara lucha tuviera una contextura algo ruda. Me llamó la atención la enorme cabellera salvaje, que rodeaba su cara como una aureola de pelos enrulados, resaltando su piel suave y sensual. Me condujo al salón de entrenamiento, en cuyo centro habían erigido un ring de boxeo, lucha libre o lo que fuera, de dimensiones considerablemente más chicas que los profesionales. Subió ágilmente y dándome una mano me ayudó a subir también. Una vez en el centro del ring se desnudó, hizo que me desnudara –

Sólo debes contar con tu cuerpo- explicó, encarándome frente a frente. Y comenzó a instruirme. "¡Aquí peleamos para vencer!", dijo de modo contundente. "¡Y hacemos todo lo que sea necesario para vencer a la rival!" enfatizó. "S-sí, señora" tartamudeé algo intimidada. "¡Queremos destruir a nuestra rival! ¡Humillarla!" Su rostro había adquirido matices feroces. "¡Que no le quede ninguna duda de que somos superiores a ella!", avanzó hacia mí amenazadoramente. Yo comencé a dudar acerca de la conveniencia de haber ido allí. "¡Debemos golpearla, apretarla, machacarla, TRI-TU-RAR-LA!", abría su enorme boca tan cerca de mí, que prácticamente me escupía. "¡Usar todos nuestros recursos para lograr su dominación!" vociferó con ojos llameantes. "¡Derribar todas sus defensas y aplastarla sin piedad!" me gritó, mientras yo comenzaba a lanzar miradas subrepticias hacia la puerta. Pero ya era tarde, sus impresionantes melones casi tocaban los míos, me tenía acorralada contra las cuerdas. En su gorda boca brotó una sonrisa insidiosa. "¿Tu crees que podrías vencerme...?" "N-no, señora, y-yo sólo vine a aprender un poco de defensa personal..." logré articular, retrocediendo hacia la pared. Ella apoyó su mano entre mis pechos y me dio un tremendo empellón, haciendo que alcanzara la pared, del impulso. Y se me vino encima. "¡Debes atormentar a tu rival!" agregó, pellizcando mi tetón izquierdo. "¡Oiga señora...!" comencé a protestar, pero no pude terminar, un tremendo bofetón me dio vuelta la cara. "¡Defiéndete, puta!" gritó en mi cara, y otro bofetón la volteó hacia el otro lado. Involuntariamente las lágrimas acudieron a mis ojos. Sentía la cara roja y curiosamente, cierta inesperada humedad en mi intimidad. "¡Tienes que ablandar a tu enemiga!" continuó, dando pellizcones en mi pancita y golpes en mis tetones. Yo no sabía para donde escapar, y zás, otro bofetón. Entonces se me puso todo rojo y la ataqué a golpes de puño. "¡Eso, puta, muy bien!" sonrió recibiendo mi ataque en forma imperturbable. Mis golpes daban en sus enormes pechos, en su sólido estómago, en su cara. Y ella continuaba mirándome con una sonrisa de superioridad.

De pronto aferró mi cabeza con ambas manos y la colocó a la altura de sus enormes tetazas, y comenzó a moverlas de izquierda a derecha golpeando mi cara con tremendos tetazos de nock out. Sentí que las rodillas me temblaban, y la vagina camino a la inundación. Entonces se retiró hacia el centro del salón, mientras yo me quedaba temblorosa y tambaleante. Desde allí, con las rodillas algo flexionadas, el torso hacia delante y los gruesos brazos abiertos, me hizo gestos invitándome a atacarla. "¡Ven, puta, a recibir tu lección! ¿no querías que te enseñara como pelear? ¡Ven, puta, que te enseño!" y continuó haciendo gestos con las manos para que me le acercara. Incomprensiblemente comencé a obedecerla y a medida que lo hacía pude apreciar la rotundez de sus muslos y la comba de su vigoroso vientre, lustroso y proporcional a las medidas de esa bestia. Podía ver los enormes pezones que coronaban sus erguidos melonazos. Sacando fuerzas de flaquezas me animé y la ataqué, apuntando con mi cabeza a su estómago, esperando sorprenderla con la velocidad de mi ataque. Di un grito salvaje y me lancé.

En los cuatro pasos que mediaban entre nosotras, vino a mi mente la cara de Armando, mi esposo y único amor, por quien estaba haciendo todo esto. Si debía aprender a defender mi fidelidad debía seguir adelante en la lucha con esta bestia. Luego no habría hombre que pudiera intentar abusarme.

Cuando mi cabeza dio contra su estómago, rebotó y caí sentada de culo. Ella me miraba desde arriba, con las piernas abiertas, los brazos en jarra y una expresión de placer en su pérfido rostro. Avanzó con una pierna a cada lado de mi cuerpo dejándome ver su abundantísima pelambre púbica, lo que me causó una ínfima impresión. Dándose vuelta me dio una completa visión de su escandaloso culo, seguramente para seguir impresionándome. Sentí que estaba completamente indefensa frente a esa colosal mujer. Como si lo comprendiera me ofreció una mano para levantarme, pero cuando se la tomé, tiró fuertemente, haciendo que me estrellara contra sus prominentes tetones, mandándome nuevamente al suelo. Repitió la maniobra tres veces más, y cada vez era como si me chocara con una pared, sólo que esos melones me estaban poniendo cada vez más groggy.

Me levanté como pude y encaré a esa lustrosa negra poderosa e inconmovible. Su táctica de la humillación estaba dando resultados, por lo menos conmigo. Pero pensando en Armando, le tiré un puñetazo. Ella lo desvió y tirándome del brazo me puso un grueso pezón en la boca, y con la otra mano me apretó la cara contra el pezón. Me quedé muy sorprendida, e intenté darle una lluvia de golpes en el abdomen, pero ella continuó dándome una seguidilla de empellones contra su poderoso melón, que me fueron llevando hacia el fuera de combate. Sin saber como, encontré que mi boca se lo estaba mamando. "¡Así, mamacita!" me dijo la negra, mientras continuaba moviéndome la cabeza contra su tetón. Luego, sosteniéndome la cabeza, me sacó un pezón y me puso el otro, segura de su dominio. El olor de sus pechos me estaba mareando.

Después sacándome el pezón, me restregó parsimoniosamente el tetón por el rostro. El sabor de su piel era embriagante. Las rodillas se me aflojaron y poco a poco llegué al piso. Había tenido un orgasmo, sin darme cuenta.

"¿Te dije que tenías que humillar a tu rival?" dijo la negra sentando su gran peso sobre mi estómago, mientras sonreía con sorna. "Cre-creo q-que s-sí..." todavía mis ojos veían su rostro en forma neblinosa. "¿Y crees que ya te he humillado lo suficiente, puta?" y me dio un beso con su gorda boca, revolviendo su lengua dentro de la mía. Me quedé sin respiración. "¡Ahora vas a ver lo que es humillación, putita!" y pude ver como esa peluda concha iba avanzando hacia mi cara, en forma lenta, casi sádica. El peso de la rotunda negra me tenía dominada, y nada podía hacer para evitar el ineluctable fin de ese avance. Y su peluda concha llegó a mi boca, y comenzó a restregarse contra ella. "¡Lame, puta!" y yo elevé mis ojos al cielo, y le di a la lengua. El sabor de sus jugos despertó en mí la necesidad de tragarlos, como si fueran alimento. Allá arriba escuchaba a la negra jadear y gemir de placer, mientras continuaba su restregada de concha contra mi rostro. Esa negra me tenía literalmente a sus pies, bueno, a su concha, que iba y venía, dándose placer a mis expensas. Su escandaloso olor me tenía en estado de embriaguez. Y esa embriaguez fue invadiendo mi cuerpo hacia abajo, hasta que mi concha se puso loca y me corrí bajo esa concha abusiva que continuaba dándose gusto con mi cara. Los jadeos de la negra fueron aumentando de ritmo y de volumen y sus restregadas contra mi rostro se fueron haciendo más lentas e intensas; hasta que se quedó abierta y apretada como una sopapa contra mi faz, mientras allá arriba escuchaba lo gemidos de la negra que estaba acabando. Pude sentir cada una de las pulsaciones de su acabada, mientras mi rostro se llenaba de sus jugos y mi nariz no tenía más aire para respirar que el que salía de esas profundidades. Fue un momento interminable en el que creí que moriría ahogada por esa gran conchaza pulsante, y al borde de la casi inconciencia me corrí nuevamente. Luego de una eternidad, la negra dio por terminada su acabada y se levantó, dejándome en el suelo, hecha un guiñapo. A través de mis ojos vidriosos pude verla caminar, con sus pulposos glúteos moviéndose a cada paso, como si estuvieran moliendo algo. Creo que eran los restos de mi resistencia lo que estaban moliendo. Mientras veía el ir y venir de esos glúteos, vino a mi mente el rostro de Armando, y pensé en las cosas por las que es capaz de pasar una esposa fiel para defender la integridad de su matrimonio. "¿Ya estás repuesta, putita?" escuché que me preguntaba la voz pletórica de la negra. Mi garganta no encontró fuerzas para articular nada, la paliza que acababa de sufrir había sido demasiado grande. "¡Pues yo sí!" continuó la voz, y de pronto veo, allá arriba, sobre mis ojos, su rotundo culo que comenzaba el descenso. "Te dije que había que demostrarle a la rival que no puede ni podrá jamás contigo", continuaba su voz mientras yo veía aproximarse esas lustrosas nalgas hacia mi cara. "Te dije que había que humillarla hasta que no hubiera retorno para ella" y ya tenía ese enorme culo a menos de quince centímetros de mi nariz. "¿Y cual es el símbolo máximo de la dominación?" preguntó con voz divertida, mientras yo veía el descenso de esa inmensidad inminente. "¡Aplastarle la cara con el culo!" continuó explicándome la negra, y uniendo la acción a la palabra, rodeó mi cara con sus avasallantes glúteos. Mi nariz encontró en las profundidades a su ojete, y la negra comenzó a moverlo, como para aprovechar mi modesta prominencia. Ese ojete buscaba ensartarse, y con movimientos circulares buscaba su blanco, que era mi blanca nariz.

El interior de sus glúteos se sentía sedoso mientras masajeaba mis mejillas. Y de pronto el culo se retiró un poco, para dejarme respirar. Di una bocanada ansiosa, para luego verme nuevamente sepultada bajo ese glorioso culo que estaba aplastando hasta el último vestigio de mi dignidad. La negra debía tener bastante experiencia en estas lides porque disponía de una amplia gama de recursos y movimientos.

Seguramente, su larga campaña como luchadora le habían enseñado qué cosas hacer para mantener a su rival bajo el poder de su culo. En cuanto a mí, todos sus recursos me podían. Las rotaciones de su ojete contra mi nariz, las apretadas rítmicas de su orto contra mi carita, los saltos de su culo sobre mi rostro, las refriegas laterales, las cabalgatas de arriba abajo y sus demás jueguitos, pronto me tuvieron viendo pajaritos de colores mientras mi lengua trataba de auxiliar a mi nariz.

No sé cuanto duró esto, pero mis orgasmos iban subiendo uno tras otro como las burbujas en una tina. Tener un culo como ese, disfrutando de mi cara, me erotizaba como jamás lo hubiera supuesto. Por suerte, alcance a pensar con los ojos vueltos hacia el cielo, estas turbias sensaciones y esos sucios sentimientos no podían calificarse de infidelidad, ya que sólo hay un hombre al que amo y es mi Armandito, pensaba entre un orgasmo y el siguiente. Y un culo no es una pija, pensé mientras continuaba lamiéndolo con fruición.

Los rebotes contra mi cara me seguían poniendo a mil. Y allá arriba la negra había comenzado a gemir. "además", pensé mientras el ojete se desplazaba de arriba abajo por mi cara, "la profesora es una mujer, y una no le puede estar siendo infiel a su marido con una mujer" y me corrí con temblores en el bajo vientre, mientras el gran culazo me seguía gozando.

"Y además esta es una clase de defensa personal" me dije, cuando el sabroso ojete ordeñaba mi lengua enviándome a un nuevo orgasmo. "Y una clase de defensa personal no puede ser considerada una..." traté de completar el pensamiento, pero no pude, porque ya no sabía ni quien era, bajo ese tremendo culo que me estaba abusando. Y me dejé ir en una catarata de orgasmos hasta llegar a la inconciencia.

Cuando me desperté, la negra ya se había vestido. Mientras me ponía mis prendas, como entre nubes, la escuché decirme: "muy bien, corazoncito, has pasado muy bien tu primera clase", y presentándome a una rubita menuda tipo Meg Ryan, prosiguió: "esta es mi ayudante principal, ella te dará la próxima clase". Al lado de ella, la rubita parecía una insignificancia, y aún en el entresueño en que me había dejado la negra, pensé que podría vencerla fácilmente. No sabía cuanto me equivocaba.

Camino de casa la tardecita cálida avanzaba ya hacia la noche. El aire acariciaba mi rostro, pero yo sentía aún ese espléndido culo sobre el.

Cuando llegué, Armando estaba preparando la comida. "Hola, mi amor" me dijo, dándome un beso en la mejilla, "¿dónde estuviste?" "Tomando una clase de defensa personal" contesté, encaminándome al baño. Estuve un ratito en el bidet, acariciándome con los dedos en nombre de la fidelidad marital.

"¿Y qué tal la clase?" preguntó Armando, ya en la mesa.

"Muy bien, me hizo ver pajaritos de colores" le conté, mientras acariciaba su mano. "¿Pajaritos de colores?" repitió extrañado. "Es una manera de decir" le aclaré, "La directora que es una negra rotunda me dio ella misma la primera lección. Y me dijo que la había pasado muy bien"

"Me alegra que la hayas pasado bien" dijo Armando, masticando con la boca llena. "Sí, realmente la pasé muy bien", concordé.


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