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Demasiado Timida para Oponerme - 12ª Parte

Resulta que Armando me acompañó al médico para hacerme un examen mamario. Pero cuando vió el tamaño de mis tetonas, el doctor le pidió a mi esposo que esperara afuera.
“No le voy a hacer el exámen convencional, señora, porque no veo el modo de poder aplastar sus pechos, debido a su gran volumen. Así que voy a hacerle una palpación manual.”
“¿Me dolerá, doctor?” Siempre les pregunto eso a los médicos cuando deciden hacerme una palpación manual, porque siempre deciden eso, invariablemente.
“No creo, señora, jamás tuve una queja. Pero cualquier cosa que le incomode, avíseme”
Yo le creí, porque nunca las palpaciones manuales me habían resultado desagradables, sino todo lo contrario. “¿Es necesario que deje mis pechos al aire, doctor?” dije, irguiéndome contrayéndo la espalda para que mis tetones salieran más hacia delante.
“No por ahora, a lo mejor con una buena palpación externa alcanza” Y sentándose a mi lado el doctor puso una de sus manos sobre uno de los pechos. Y apretó suavemente. “¡Ay...” gemí yo casi en un susurro. “¿Le duele, señora?” dijo el doctor mientras imprimía una rotación muy parecida a una caricia. “No, no, es que me dio impresión...”
Y el doctor continuó con su palpación apretando y masajeando mi tetón. Como yo estaba de pié a su lado, el médico pudo poner su otra mano a la altura de mi culo, como para sostenerme. “Eso no es un pecho, doctor...” “¡Y que lo diga! Esta otra mano es para sostenerla y que no se me vaya para atrás” y continuó, agregando ahora unos apretones tipo pellizcos a mi pitón, que me pusieron a mil. Di un suspiro suave, procurando que el médico no lo interpretara como una señal de excitación, ya que su trabajo era estrictamente profesional y yo soy una mujer casada muy feliz en su matrimonio.
“¿Me doy vuelta así puede examinarme el otro pecho?” Pregunté con la voz extrañamente mimosa. Seguramente la relación médico-paciente me recuerda a la de padre-hija, y me retrotraje a mis cinco años.
“Justamente se lo iba a pedir, señora, dese vuelta por favor...”
Lo que yo no había advertido era que al girar, su mano quedaría del lado de mi pubis. Y él, si se dio cuenta no lo demostró, y continuó con su mano apoyada allí. Cuando su otra mano comenzó con mi otro tetón a través de la remera, comprendí que tenía sus dos manos del mismo lado, y se lo dije. Inmediatamente sacó la mano de mi pubis y me la puso en la cola.
A estas alturas la examinación me estaba gustando. Mientras me acariciaba, apretaba y masajeaba mi tetón, su otra mano había comenzado a acariciarme el culo de un modo muy agradable. Yo suspiré. “El movimiento sobre su cola es para equilibrar la rotación que le estoy dando a su pecho” explicó profesionalmente, aunque con la voz un poco ronca. “Es... tá bi...en... doc... tor... haga co... mo le parez.. ca...” La respiración se me había agitado un poco, sin duda por la mayor afluencia de sangre a mis pechos y cola.
El doctor continuó con su examen durante unos diez minutos más, y se me hizo difícil contener los jadeos, así que sólo me permití algunos gemidos que el médico podía atribuir a mis nervios.
Después el doctor abandonó su asiento, parándose frente a mí, muy serio. Con su mano izquierda sobre mi cintura apretó mi cuerpo contra el suyo, mientras que con su mano derecha pasaba su intensa sobada de un pecho al otro. “¿No... conven... dría... que... me sa... ca... ra... la... reme... rita...?” jadeé contra su cuello, sintiendo que las piernas me temblaban. “¡Parece que me leyera el pensamiento, sáquese le remerita!” Así que me quedé con los tetones al aire. Y el médico siguió adelante con su exámen esta vez piel a piel, lo que me resultó, no digo “excitante” pero sí bastante deleitoso, lo que no es malo para un examen médico. La mano que tenía en mi cintura bajó hasta mi culo, empujándolo hacia su cuerpo. Yo le iba a preguntar cuál era la razón médica de ese proceder, cuando sentí contra mi intimidad la presión de un bulto imposible de confundir. ¡El doctor tenía una erección! ¡Y qué erección! No sabía como simular que no me daba cuenta, así que me limité a jadear con el mayor disimulo. “Sáquese la faldita” me ordenó en tono profesional, aunque un poco ronco. Mi faldita se desprende fácil, así que me quedé solo con mis braguitas de hilo dental, de modo que la mano del doctor estaba en contacto directo, piel a piel, con mis nalgas. Y su erección contra mi intimidad. Involuntariamente comencé a frotarme contra ella, gimiendo suavemente.
Y me corrí, inesperadamente me corrí, con espasmos que recorrían todo mi cuerpo. El doctor me sostuvo caballerosamente, y me condujo hasta la camilla. En algún momento debe haber llevado su mano a su bragueta, porque lucía su tremenda tranca al aire. “Tiéndase aquí, señora, le debe haber bajado la presión. Ahora le voy a hacer un tratamiento estimulante para subírsela.”
Y allí estaba yo tendida sobre la camilla, con sólo mis braguitas y mis tacos aguja. Mis tetones, totalmente hinchados por la afluencia de sangre, apuntaban al techo. Y la boca del doctor vino a cubrir uno de ellos. “¡Es el me... jor exa... men mama... rio que me ha... yan he... cho...!” dije agradecida, mientras la mano del doctor me quitaba las braguitas y se posesionaba de mi coño. Una sensación de alarma acudió a mi espíritu: ¡estaba cerca de cometer una infidelidad! Así que era hora de elevar los ojos al cielo y encomendar mi alma al Espíritu Santo orando al señor por su protección divina. El médico había comenzado a chuparme el otro tetón y en forma involuntaria mi mano se prendió a su tranca, ya que el pobre hombre aún permanecía de pie a mi lado, tal era su profesionalismo.
El tratamiento bucal estaba dando resultados y mi presión se estaba elevando hasta puntos insospechados. Mi mano apretaba su tranca con movimientos espasmódicos involuntarios. “¡Espe-pere un mo... mento, señora!” dijo el profesional sacándose los pantalones y calzoncillo. Se subió a la camilla, y una vez allí tuvo la gentileza de poner su boca en mi sexo, pero sin dejar de ocuparse con ambas manos de mis tetones que eran, al fin de cuentas, el objeto de la consulta. Sentí su lengua entrando y saliendo con calientes y veloces lamidas que me llevaron pronto al punto de no retorno. “Doc... tor...” dije con la voz quebrada, al sentir que introducía su enorme polla en mi intimidad, “¿Siem... pre... se to... ma... tan... to... traba... jo pa... ra ha... cer los exá... me...nes...?” “Según sea el caso, hay pacientes que se lo merecen...” y comenzó a dar largos vaivenes en el interior de mi vagina. Yo no soy muy resistente para estas cosas, así que apenas comenzó con sus vaivenes me corrí al sentir mi concha tan ocupada. Pero el doctor, haciendo gala de profesionalismo, continuó con su examen, moviéndose con velocidad creciente. Mientras volvía a correrme continuaba con mis ruegos a Dios para que me ayudara a evitar una infidelidad. Y volví los ojos de mi mente hacia la imagen de mi marido. Pero no hubo caso, si no lo tenía a la vista, lo único que me aparecía era la comparación entre su polla y la tremenda polla que me estaba cogiendo. Y eso me producía tanta lástima que volvía a correrme.
Cuando por fin, el profesional descargó su abundante eyaculación dentro mío, comprendí que el hombre no era de hierro, y los sacrificios a los que lo llevaba el compromiso con su trabajo. Y acabé gloriosamente al sentir las pulsaciones de su miembro descargando chorros.
Pero mi conciencia estaba muy tranquila, un examen mamario nunca podría considerarse como una infidelidad. Además mi esposo me había acompañado.
El médico se quedó arriba mío, como si estuviera extenuado, de modo que no me sacó la tranca. “Está bien”, pensé, “el trabajo de este hombre es verdaderamente agotador, dejémoslo que descanse” Lo que me llamó la atención fue que su poronga no había perdido volumen ni dureza. “¿Ya terminó la revisación, doctor? Porque mi esposo me está esperando en la salita...Él siempre me acompaña a todas partes, somos un matrimonio muy feliz y muy unido...” El médico no me contestó, pero su poronga lo hizo por él, creciendo un poco más de volumen, se ve que tenía buena irrigación peneana, el hombre.”No me gusta hacerlo esperar, ya se debe estar aburriendo. ¿Ya terminamos?” Pero parecía que no, porque su salchichón comenzó a moverse de nuevo. Al principio suavemente, pero poco a poco sus vaivenes se fueron haciendo más largos, sacaba su pieza casi del todo para volver a meterla hasta el fondo. Yo lancé un gran suspiro y le rodeé la cintura con mis piernas, de un modo espontáneo y amable para facilitarle su duro trabajo. En uno de los mete y saca la poronga salió completamente y al volver a metérmela se equivocó de agujero, y sentí como se iba abriendo camino en mi orto, que es mucho más apretado pero bastante acostumbrado a estos asaltos. Así que no me alarmé y dejé que el profesional siguiera con su labor. Después de un ratito me hizo poner en cuatro patas, con el culo en pompa, y volvió a cogérmelo, mientras con sus manos masajeaba mis tetonas –siempre conciente del motivo de mi visita, como buen profesional que es- y con su boca me besaba el cuello, echándome su aliento húmedo y caliente, seguramente para tranquilizarme con un gesto de afecto. Fue entonces que supe que nuevamente debía encomendar mi alma al Señor ya que soy muy sensible a las manifestaciones de afecto, y procuré centrar mi mente en la imagen de Armando, aunque no con demasiada suerte. Se me aparecía borrosa y confusa, lamenté no haber traído una fotito para mirarla en esos momentos. Y el doctor seguía con sus largos vaivenes cada vez más frenéticos, golpeándome el ojete con sus pendejos a cada empujón que daba. Cuando las entradas se hicieron más frenéticas yo procuraba devolverlas con mi culo, para hacer mi mitad del trabajo. Pero las embestidas eran tan fuertes y seguidas que transmitían una vibración que me conmovió tanto el ano como la vagina, y sin saber por qué, volví a correrme. Cuando el hombre terminó, sentí como su porongota se hinchaba a cada pulsación de semen que enviaba a mis entrañas. Y al pensar en mi marido que esperaba en la sala, volví a correrme, apretándole el grueso tronco con mi culo, ordeñándole hasta la última gota.
Cuando por fin me la sacó, sentí que debía agradecerle de algún modo tanta dedicación profesional y le acaricié su tremendo pedazo hasta que se le puso nuevamente duro. Y sacándole el glande afuera del prepucio me lo metí en la boca todo lo que pude, para lamerlo y succionarlo. El doctor, caballerosamente, se colocó bajo mi cola para que hiciéramos un sesenta y nueve. Yo aproveché y le tapé la cara con mi culo, con lo cual su erección se hizo aún más grande, y sentí su lengua tanteándome el ojete. Entonces comencé a cogerle la lengua con mi culo, golpeándole una y otra vez la cara, lo cual debió resultarle demasiado fuerte al doctor, porque después de un ratito de semejante tratamiento, de su poronga volvieron a brotar los chorros, algo menguados ahora, que tuve la delicadeza de tragarme uno tras otro, y seguí succionando, pero ya no había caso, su miembro se retiraba de la batalla volviéndose cada vez más chico. Le di unos cuantos besos en sus peludas nalgas, una lamidita en el ojete y me deslicé fuera de la camilla. El doctor estaba con una expresión de felicidad alucinada, pero poco a poco fue volviendo en sí, mientras yo me ponía las braguitas, la faldita y la remerita, sobre mis tacos aguja.
Cuando me acompañó a la sala de espera, mi marido lo abordó: “¿Y, doctor, cómo encuentra a mi mujer?” “Muy buena, pero sus mamas necesitan otra revisación. La espero la semana que viene, señora.”
“Pero sus honorarios... “ “No se preocupe por eso, si es necesario hasta le pagaría yo.” Mi marido se conmovió con el gesto del médico, y yo también. No todos los días se encuentra un profesional tan dedicado a su trabajo y con tanto altruismo y espíritu de sacrificio.
Ya en la calle, Armando se despidió para ir a su oficina y yo volví para el departamento, ya que tenía que pedirle al encargado que me arreglara un cuerito y me destapara la cañería.

Agradezco a mis lectores las gentiles y a veces apasionadas cartas que me envían, pidiéndome todo tipo de cosas. Pero les repito: ni fotos, ni videos, ni citas, ni correpondencia privada, ni nada que pudiera poner en duda la decencia de una mujer felizmente enamorada de su marido. Pero pueden escribirme a bajosinstintos4@hotmail.com.

NOTICIA: Para los interesados en hacer sus propias narraciones eróticas, les comunico que escribiéndome a bajosinstintos4@yahoo.com.ar pueden obtener gratuitamente y sin compromiso el primer módulo de mi taller virtual de narrativa erótica. Son seis módulos, la recepción del primero no implica obligación alguna de tomar los cinco restantes, que tienen un costo de 10 dólares cada uno. Eso sí: debes tener cuenta en yahoo o en argentina.com, ya que tienen una buena capacidad de almacenamiento.



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