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Solo Maridos en la Cabaña

 Mi matrimonio, de escasos tres años de duración se estaba yendo a pique con mas rapidez que el mismísimo Titanic. Tal vez por inmadurez, o por la premura con que se vive hoy día en las grandes ciudades, o muy probablemente por lo que ahora llaman tan comúnmente "incompatibilidad de caracteres". El hecho es que cada día se me hacía mas difícil soportar a mi mujer, y a ella le pasaba exactamente igual conmigo. Afortunadamente no habíamos tenido hijos aún y la palabra divorcio se hacía cada vez mas presente en nuestras agrias y continuas discusiones.

En un último esfuerzo, mi mujer me convenció de asistir a uno de esos retiros matrimoniales, donde un consejero de parejas trataría de salvar lo que en el fondo ambos considerábamos ya insalvable. Acepté ir por la única razón de que ya estaba harto de discutir y preferí ceder que sufrir todo un fin de semana de llantos y recriminaciones, aunque estaba mas que convencido de que el dichoso retiro no serviría de nada.

El sábado por la mañana armamos nuestras mochilas y en un pétreo silencio hicimos el viaje en auto hasta unas preciosas cabañas enclavadas al pie de una montaña y casi al ras de un pacífico lago. El paisaje era majestuosamente hermoso, casi como una postal, y el humor me mejoró nada mas llegar, aunque no tanto como para creer sinceramente que el lugar serviría de algo a nuestro matrimonio.

El grupo de cuatro parejas se reunió en el pórtico de la cabaña principal, donde se nos presentó Hugo, el terapeuta que nos guiaría por el sendero del amor marital. Alto y delgado, con una túnica blanca, se me imaginó mas un mago que un psicólogo, y casi esperé verlo aparecer un conejo de la manga. De tez bronceada y cuidada barba rubia, nos dedicó su mejor sonrisa y nos invitó a sentarnos en un círculo y presentarnos unos a otros. Un poco forzados y bastante incómodos fuimos diciendo nuestros nombres y me percaté que el resto de las parejas parecían sentirse tan fuera de lugar como nosotros mismos.

Tras la presentación siguió una larga plática que de algún modo nos fue tranquilizando poco a poco y al terminar se nos invitó a comer a todo el grupo. Mi mujer se sentó a mi lado y comenzamos a discutir nuevamente por cosas sin importancia. Hugo llamó la atención de los presentes.

Como primer ejercicio, al terminar de comer las parejas deberán separarse y pasar el resto del día sin verse ni hablarse. Los hombres dormirán en una cabaña y las mujeres en otra – terminó.

Me sentí inmediatamente aliviado. La comida transcurrió en silencio y al terminar me reuní con los otros tres maridos que se veían igual de aliviados que yo por separarse de sus esposas. De inmediato nos presentamos nuevamente.

Bueno, soy Germán – dije tomando la iniciativa – 28 años, ingeniero, y tres años de condena.

De condena? – preguntó el mas joven del grupo, un chico rubio, delgado y con gafas.

De casado, pues – le aclaré sonriendo.

Todos soltaron la carcajada y el ambiente tenso comenzó a relajarse.

Ya entiendo – dijo el muchacho – yo soy Luis, 22 años, estudiante de medicina y mi condena apenas lleva un año -

Pues yo soy Jorge – dijo otro – 35 años, comerciante y ya diez años de sufrimiento.

Todos rieron con la cara de consternación que puso. El hombre era fuerte como un toro, con anchas espaldas y poblado bigote negro. No parecía del tipo que pudiera sufrir por algo en la vida.

Pues me los llevo de calle – dijo el último – Elías, 43 años, abogado y veinte pesados años en esto del matrimonio. Tenía unos ojillos claros de párpados caídos que le daban el aspecto de truhán simpático y una barba mal afeitada que no le ayudaba a mejorarlo.

Nos dimos la mano todos como buenos amigos y emprendimos el camino hacia la cabaña que nos indicaron. Estaba al borde del lago, y el ambiente pronto se tornó festivo. Parecía que estábamos de vacaciones. Había únicamente dos recámaras en la cabaña, una con 2 camas individuales y la otra con una sola matrimonial.

Anda – dijo Jorge – que a ver a quien gana para dormir solo.

Corrimos todos al mismo tiempo, tratando de ganar las camas individuales. El resultado fue que fuimos a dar todos al piso con las almohadas y cobijas y ninguno logró permanecer sobre las camas el tiempo suficiente como para reclamarlas como suyas. Riendo y empujando la pelea duró unos minutos y allí nos sentimos ya realmente como verdaderos amigos.

A ver – intervino Elías – como soy el mayor de todos, propongo que elijamos alguna forma justa para ver quienes se quedan con estas camas.

Que propones? – le pregunté.

Por edades – contestó inmediatamente y se acostó en la cama.

Por supuesto lo tiramos al piso entre todos.

A la suerte – propuso Luis – y todos asentimos.

Alguien trae dados o alguna baraja? – pregunté – y todos me miraron con cara de dónde salió este estúpido.

Dejémoslo para después – dijo Jorge dirigiéndose a la cocina – aquí hay un bar perfectamente surtido que merece nuestra atención.

Todos estuvimos de acuerdo y dejamos las maletas tiradas para ir corriendo como chiquillos a servirnos algo de beber. La tarde pasó volando, como si fuéramos viejos camaradas. Hablamos de fútbol, del trabajo, de mujeres, aunque no de las nuestras, y la bebida corrió libremente.

Cuando ya anochecía prendimos la chimenea y entonces Elías recordó el asunto pendiente.

No hemos elegido aun lo de las camas – dijo con pastosa voz de borracho.

Somos puros hombres aquí – dijo Jorge – que se las gane el que sea mas hombre.

Si cabrón – dijo Luis – pero cómo vas a determinarlo.

Pues un hombre debe ser fuerte – contestó Jorge – así que juguemos vencidas.

Mira que pinche cabrón – le dije – si tú eres el mas mamado del grupo.

Pues yo no le tengo miedo – dijo Luis apostando a su bronceada juventud.

Inmediatamente retiramos vasos y botanas para hacer espacio. A mí me derrotó Jorge en apenas diez segundos. Elías le duró aun menos y Luis le dio mas batalla, pero terminó venciéndolo.

Ya chingué cama – gritó victorioso y todos festejamos con él.

Pero aun queda una – les recordé – y esa como la rifamos?

Nos miramos unos a otros.

Que más debe ser un hombre? – le pregunté al reciente campeón.

Debe estar vergudo – dijo el fortachón agarrándose la entrepierna – y todos caímos en un nuevo ataque de risa incontrolable.

Jorge se puso de pie y frente a todos se abrió la bragueta y se sacó el pene.

Ahí tienen cabrones, para que vean que aquí también me los chingo – dijo meneándose para que su salchicha oscilara orgullosamente.

Luis, ardido todavía por haber perdido, se paró frente al rival y se bajó los pantalones. Su verga blanca y larga quedó al descubierto. Me paré entre risas y saqué mi arma también, seguido por Elías, que sin pena mostró la verga más peluda de todas.

La cosa va a estar difícil – dijo Luis – porque así dormidas todas se ven casi del mismo tamaño.

Pues a despertarlas! – animó Jorge a todos y rápidamente caímos todos sobre el sofá meneándonos los respectivos instrumentos.

Recordé las ocasiones en que había hecho exactamente lo mismo con un par de compañeros, en mi lejana adolescencia, y recordé lo mucho que me había excitado entonces hacerlo. Descubrí con asombro que ahora de adulto parecía excitarme aun más. Me percaté que me calentaba mucho el ver a aquellos tres hombres heterosexuales, masculinos y casados como yo, masturbándose frente a mis ojos, y fui el primero en lograr una rotunda erección. Uno a uno mis compañeros lograron también las suyas y nos pusimos de pie para compararnos nuevamente. La más pequeña resultó paradójicamente la de Jorge, el mas fuerte de todos, seguida por la de Elías, y la polémica quedó entre Luis y yo. Parecía un empate, pero la cosa tenía que definirse.

No mamen – les dije – sólo uno puede ganar.

Yo – alegó Luis – porque mi verga es mas grande.

Ni madres – ataqué – mi pito es mayor que el tuyo.

Ustedes son los jueces – dijo Luis.

Nos pusimos uno junto al otro. Elías y Jorge tuvieron que acercarse. Fue extraño ver sus rostros a escasos centímetros de mi verga erecta. Casi sentí por un momento que me la iban a mamar, pero mantuvieron su distancia.

Pues yo las veo iguales – dijo Jorge y Elías estuvo de acuerdo.

No puede haber empate – dijo Luis – no traen una regla para medirnos?

Mídanlas con los dedos – sugerí.

Entre risa y risa, Elías me tomó por los huevos y puso sus dedos sobre el tronco, partiendo desde el pubis. El contacto de su mano me agradó mas de lo que me permití mostrar, con todo y mi borrachera.

Ocho dedos – dictaminó.

Tomó entonces la verga de Luis y realizó el mismo procedimiento. Me encantó ver la blanca verga de Luis entre sus velludas manos.

Lo siento Germán, pero este amigo mide nueve dedos.

Mide bien, cabrón – me quejé en tono de broma – exijo una segunda opinión – grité airado.

Jorge se acercó y tomó mi verga. Sus dedos eran más gruesos que los de Elías y terminé esta vez con una calificación de siete dedos. Luis alcanzó ocho, lo que lo hizo el ganador definitivo.

Ni pedo – dijo Elías tomándome por la cintura – nos toca compartir la cama.

Pues ya qué – dijo con cara de aflicción.

Y no sabes como me pongo de noche – advirtió con mirada lujuriosa.

Todos soltamos la carcajada y seguimos bebiendo. Todos nos habíamos ya abrochado los pantalones, pero el momento festivo y cachondo había dejado en todos un apreciable bulto en nuestras entrepiernas.

Un poco mas tarde nos fuimos todos ya a dormir. Me acosté en el lado derecho de la cama, el mismo que ocupaba siempre con mi mujer y me quedé observando a Elías, que había empezado ya a desnudarse.

Me vas a disculpar, compañero – me dijo – pero yo acostumbro dormir en pelotas. Dicho lo cual se quitó los calzones y completamente desnudo se trepó en la cama.

Por mi no hay bronca – le contesté y me desnudé también, aunque no me animé a quitarme los calzoncillos.

Elías pareció caer en un profundo sueño rápidamente. Estaba acostado boca arriba, y no pude evitar mirar su cuerpo a conciencia. Era de complexión delgada, aunque mostraba brazos y piernas bien desarrollados. Me llamaba la atención sobre todo sus vellos. Desde los hombros hasta los tobillos estaba cubierto de pelos. Yo soy completamente lampiño, salvo el pubis y las axilas, y tener tan cerca a un tipo así de peludo me causó mucha curiosidad, y, porque no admitirlo, un cierto grado de excitación también. Mi verga comenzó a engrosarse por lo que preferí apagar la luz antes de que Elías despertase y lo notase. De todos modos, la clara luz de la luna iluminaba toda la habitación, y en su azulada estela el velludo cuerpo de Elías seguía siendo una muy visible tentación.

Le di la espalda en el reducido espacio disponible y traté de dormirme. Apenas unos minutos después, Elías se pegó a mi cuerpo por detrás. Primero me echó una pierna encima, peluda y caliente. Lo hice a un lado y volvió minutos después. Opté por dejar su pierna donde estaba. Después me echó un brazo sobre los hombros y en su sueño comenzó a acariciarme las tetillas, como si buscara los senos de su esposa. Primero se me hizo chistoso, pero después comencé a sentir ese calorcillo de clara excitación sexual y traté de empujar a Elías nuevamente. Sólo conseguí que se repegara mas a mis espaldas, tanto, que pude percibir la dureza de su miembro sobre mis nalgas. Permanecí quieto. Quería asegurarme que aquella cosa dura era de verdad su verga, y sin lugar a dudas lo era, pues Elías comenzó a mover sus caderas, empujando aquella cosa contra mi trasero.

Me di media vuelta para quedar boca arriba. Así al menos no corría peligro, pensé. Elías se reacomodó al instante, recostando su cabeza en mi hombro y su mano sobre mi ombligo. Cerré los ojos dispuesto a dormirme cuando sentí su lengua aleteando en mi tetilla izquierda. Elías no podía estar lamiéndome dormido, pensé, lo cual significaba que en realidad deseaba hacer aquello. Ese conocimiento detonó un intenso deseo, totalmente desconocido por mí hasta ese momento. La mano de Elías bajó de mi abdomen hasta mi verga, ahora completamente erecta, y buceó bajo mis calzones. Su mano aferró mi erección y comenzó a acariciarla.

De hecho tu verga es más grande que la de Luis – dijo en un susurro.

Y entonces porque mentiste? – pregunté en voz baja.

Porque quería que perdieras – confesó, mientras bajaba la cabeza hasta mi verga.

Comenzó a lamerla suavemente. Su lengua recorría mi miembro desde la base hasta la cabeza, pero sin metérsela de lleno en la boca. Estuvo haciéndolo durante varios minutos hasta lograr que deseara intensamente meterla por completo en su boca.

Elías, por favor – le rogué – chúpamela ya.

Complaciéndome, acogió mi hinchado glande dentro de su húmeda boca. La sensación fue extremadamente placentera. Mamaba exquisitamente bien. Pronto me encontré al borde del orgasmo y Elías no me soltó hasta hacerme explotar. Se bebió toda mi carga y satisfecho se recostó de nuevo. Me sentí confundido, sin saber si esperaba que le devolviera el favor o simplemente me durmiera. Como no hice ninguna de las dos cosas, Elías se paró y prendió un cigarro. La cabaña tenía un amplio balcón que daba al lago con amplios ventanales de cristal. Elías abrió un poco uno de ellos para que el humo no se encerrase, mientras yo continuaba en la cama sin saber qué decir o qué hacer.

Germán, ven – dijo en un susurro poco después – pero no hagas ruido.

Me acerqué desnudo hasta el balcón, detrás de Elías, mirando sobre su hombro hacia la dirección que me señalaba. Un poco mas abajo estaba Luis, sentado mirando el lago y completamente desnudo. Se me hizo extraño que hubiera salido desnudo a aquellas horas a observar el lago, pero lo entendí todo cuando vi aparecer entre sus piernas la morena cabeza de Jorge, quien le estaba dando una vigorosa mamada.

Estos tampoco pierden el tiempo – susurró Elías.

De pronto fui consciente de su cuerpo y el calor que emanaba de él. Tratando de observar me había pegado tanto a él que ahora tenía su trasero justo frente a mi sexo. Instintivamente me pegué mas todavía, y Elías no me rechazó. Sentí los vellos de sus nalgas y ese contacto me excitó sobremanera, sin importar que apenas unos minutos antes me hubiera venido ya. Rodeé su cintura con mis brazos y él aceptó el abrazo sin decirme nada. Mis manos buscaron su verga y la encontré tremendamente dura. Comencé a acariciársela mientras ambos veíamos a Jorge ponerse de pie y ofrecer su pene a Luis, que comenzó a chupárselo sin ningún reparo.

Ese sí sabe corresponder – comentó Elías.

El comentario me llegó. Me puse de rodillas al tiempo que giraba el cuerpo de Elías. Frente a mí, el bulbo de su glande y el olor de macho fueron uno. Me lo metí en la boca sin pensármelo mas, enterrando la nariz en aquella selva de pelos que tanto me gustaba. Elías me tomó por las orejas, guiando mis movimientos, conduciéndome hacia su placer y me concentré en que éste fuera tan bueno como había sido el mío. Lo sentí acercándose a su orgasmo y me aferré a su pulsante miembro, decidido a tomar de él todo lo que quisiera brindarme. Me bebí su caliente y espeso esperma, y lo disfruté hasta el último de sus espasmos.

Me puse de pie excitado y asustado de lo que acababa de hacer. Luis y Jorge habían desaparecido. Seguramente habían entrado ya a la cabaña.

Ya te calentaste de nuevo – observó Elías señalando mi potente erección – maravillosa juventud.

Me llevó a la cama y me empujó de espaldas al colchón, con mi furiosa erección mirando al techo, como un asta bandera. Pensé que me la mamaría de nuevo, y la excitación corrió por mi cuerpo. En vez de eso, se montó sobre mí, abriendo sus muslos como para sentarse en mi regazo.

Yo me quedé quieto, maravillado de ver a aquel hombre maduro, viril y casado tomar mi verga con sus manos y acomodarla en el camino justo hacia su ano. Comprendí sus intenciones y como silencioso espectador permanecí embobado, cautivado por el espectáculo de aquel velludo hombre dispuesto a inmolarse a sí mismo en aras de un placer prohibido y profano que ambos deseábamos. La punta de mi verga quedó acomodada entre sus nalgas, y con los ojos cerrados, Elías buscó con la sensibilidad de su ano el ángulo justo donde de pronto comenzó a descender. Sentí como mi verga traspasaba la apretada trampa de carne y vi en su rostro el doloroso camino que hacía al entrar en su cuerpo.

Si tanto te duele, déjalo – me atreví a decirle al ver aquel rictus en su rostro.

Estas loco? – contestó con dientes apretados y de un definitivo sentón terminó de meterse mi verga en la cola.

Los dos gemimos de placer. La sensación de su culo caliente y apretado rodeándome la verga y sus nalgas velludas descansando sobre mi cuerpo fue demasiado. Comencé a moverme, en ese ritmo antiguo y tan conocido por todos los hombres, y Elías se aferró a mis hombros, sosteniéndose, como lo haría un jinete que no quiere salir despedido de su montura. Cada uno en lo suyo, cada quien con su perverso placer, sin ceder en nada ni hacer ninguna concesión.

Cójeme hasta que te canses – dijo cayendo sobre mi pecho mientras yo aferraba sus nalgas, sintiendo la caricia de su pecho velludo en el mío, de sus ojos cansados en los míos, y de su lengua entrando rabiosa de pronto en mi boca.

Y fue lo que hice. Me lo cogí hasta que ya no pude mas, y me vine dentro de él con un grito de placer que no pude contener, sin importarme si el lago entero lo escuchaba.

Después de eso nos dormimos y la mañana nos sorprendió a los cuatro con la resaca del alcohol y las culpas sin que nadie hiciera el menor comentario a lo sucedido por la noche.

Cuando Hugo, el guía espiritual que sanaría nuestras dolencias matrimoniales vino por nosotros, lo seguimos en silencio y sentimos un alivio al ver los conocidos rostros de nuestras respectivas esposas. No porque de pronto todo estuviera solucionado, sino por el rastro de cotidianeidad que el solo hecho de verlas ponía en nuestras vidas.

Todo el día asistimos a las pláticas y seguimos los ejercicios en pareja que el buen Hugo nos indicó. Pensé que lo sucedido en la cabaña de hombres sería pronto un recuerdo íntimo que cada uno se llevaría a su casa, pero para sorpresa de todos, por la tarde se nos indicó que no dormiríamos en parejas, sino con el mismo arreglo de la noche anterior.

Elías, Jorge, Luis y yo nos miramos, y alzándonos de hombros regresamos a la cabaña. No sé ellos, pero yo en aquel momento sentí que se me paraba la verga y caminé hacia la cabaña con renovados bríos.

De pronto, regresar a la cabaña en su compañía tenía un nuevo significado, y de alguna forma ellos pensaron lo mismo, porque el tranquilo humor que habíamos tenido durante todo el día se tornó salvajemente festivo en el momento que nos vimos solos nuevamente, sin nuestras mujeres y sin la pacífica voz de Hugo hablándonos de las maravillas de la unión de dos personas.

Hora de nadar desnudos! – gritó Elías nada mas llegar a la cabaña empezando a quitarse la ropa.

Todos comenzamos a encuerarnos al instante, arrancando botones al tiempo que corríamos los breves metros que nos separaban del lago. Saltamos todos al agua como chiquillos, jugando y empujándonos unos a otros. Después de media hora la euforia había pasado y regresamos a la cabaña. Ninguno se vistió y para calentarnos decidimos encender la chimenea.

Luis se puso a trabajar en ello, mientras Jorge preparaba las bebidas.

Pero que nalgas más buenas tienes – comentó Elías a Luis al verlo agacharse frente a los troncos de la chimenea.

Gracias y a la orden – dijo orgulloso el aludido en son de broma.

No me digas eso que te tomo la palabra – contestó Elías pícaramente.

Todos nos miramos en silencio. Fue uno de esos momentos donde se siente correr la adrenalina de la excitación, ese cosquilleo que corre desde tus huevos ante algo deseado y rechazado al mismo tiempo. Algo que sabes que no debes hacer pero deseas hacerlo de todos modos.

Pero porque tanta ceremonia – dije rompiendo el silencio y la tensión del momento – si sólo son un par de nalgas sin chiste.

Todos soltaron la carcajada.

Ese crees tu, pendejo – reclamó Luis cómicamente ofendido – ya quisieras un culo como éste – dijo palmeándose el trasero sonoramente frente a nosotros.

Y qué pero le pones a este? – contraataqué poniéndome a su lado y meneando mis nalgas blancas pero muy bien trabajadas por las pesas del gimnasio.

Wow! – dijo Jorge llegando del bar con las bebidas de todos – ese culo es espectacular también.

En el mismo afán competitivo de la noche anterior, Luis y yo plantamos nuestros traseros frente a los rostros de Elías y Jorge, que se había sentado a su lado. Con mucha más confianza que antes, ellos tomaron nuestras nalgas con las manos, apreciando su firmeza y redondez.

Yo me quedo con los dos – dijo Elías con una mano en cada trasero.

Yo con éste – dijo Jorge besando mi nalga derecha.

En ese momento todos reímos, pero dejé de reír al sentir que el beso se repetía en mi otra nalga, y que tras los besos, la húmeda lengua de Jorge comenzaba a repasar todo mi trasero, bajando por la raja que lo dividía hasta sentir su caricia en los alrededores de mi ano.

Agáchate Germán – me pidió entonces – que quiero comerte el culo.

Para entonces estaba ya tan excitado que no dudé en obedecer. Luis, a mi lado, estaba ya en la misma posición, y Elías le estaba mamando el culo con sonoros lametones que el otro disfrutaba. La lengua de Jorge alcanzó su objetivo y por primera vez en mi vida supe lo bien que se siente que te mamen el culo.

Cambio, cambio! – gritó Luis dándose media vuelta para poner su dura verga frente al rostro de Elías.

Hice lo mismo y Jorge sin demora se metió mi verga en la boca, mientras Elías hacía lo mismo con Luis.

Cambio, cambio! – gritó de nuevo Luis tomando asiento y todos nos reacomodamos.

Frente a mi rostro quedaron las morenas nalgas de Jorge. A diferencia de las de Elías, completamente velludas, en las de Jorge sólo encontré pelos al abrirlas para comerme su oscuro agujero. Ataqué su ajustado orificio con mi lengua, saboreando el cosquilleo de aquellos vellos masculinos tan íntimamente escondidos.

Cambio, cambio! – y ellos se giraron, metiéndonos sus tiesas vergas en la boca.

Me gustó mamar la verga de Jorge, porque era fácil de hacerlo debido a su tamaño.

Ahora intenta con ésta – dijo Luis a mi lado, echándose hacia atrás y abriendo las piernas para que me acercara a su considerable miembro.

No podía resistirme a su blanca y larga herramienta. Me la metí en la boca, viendo de reojo cómo Jorge y Elías se trenzaban en un húmedo beso, acariciándose las respectivas vergas al mismo tiempo. Después de un rato Luis giró debajo de mí, de modo que pudo mamarme la verga mientras yo le mamaba la suya.

Justo en esa posición nos encontró Hugo de repente.

Vaya, vaya – dijo desde el centro de la habitación y todos quedamos congelados en el instante, como una escandalosa fotografía pornográfica – pensé en venirles a dar una plática masculina sobre sus deberes como esposos, pero creo que ya eso sale sobrando. Ustedes no tienen remedio.

Hugo dio media vuelto dispuesto a marcharse, mientras todos nosotros, confundidos y apenados, nos quedábamos como idiotas, igual que niños sorprendidos robando.

Elías, el mayor de todos, fue el primero en reaccionar.

Tú no vas a ningún lado, cabrón! – dijo alcanzando a Hugo ya casi en la puerta.

Quítame las manos de encima, sucio degenerado – gritó Hugo olvidándose de su armoniosa voz que invitaba a la meditación.

Vengan a ayudar – pidió Elías sin soltar el brazo de Hugo.

Corrimos en su ayuda sin saber muy bien de que serviría retener a aquel hombre contra su voluntad. De cualquier forma lo trajimos de vuelta a la sala y lo sentamos a fuerza en el sillón.

No importa lo que digan – advirtió Hugo – no me convencerán de callar ante sus esposas sus ocultas perversiones.

Todos nos miramos en silencio.

Tienes razón – comentó Jorge compungido y molesto – somos perversos, y no hay modo de callar tu puta boca.

O a lo mejor si – dije yo con la verga en la mano. Ya no estaba del todo dura, pero si morcillona, y jalándolo del pelo le obligué a abrir la boca.

No te atrevas! – advirtió Hugo al darse cuenta de mis intenciones.

Le metí la verga en el hocico sin la menor consideración.

Ya ves cómo si hay forma de callarte? – le dije y todos festejaron el chiste – y ni si te ocurra lastimarme – le advertí al sentir en mi pene sus intentos por rechazarme – porque te va peor.

Mis compañeros que lo sujetaban comenzaron a subirle su blanca y acostumbrada túnica.

Veamos que más sorpresas tiene para nosotros nuestro querido guía matrimonial – dijo Elías descubriendo sus dorados muslos desnudos.

Súbela mas! – pidió Luis ansiosamente, y Elías subió la prenda hasta su cintura descubriendo un par de convencionales calzoncillos blancos.

Quitémoselos! – corearon todos y sin más dilación lo despojaron de la prenda, mientras yo lo sostenía y mantenía ocupado mamando mi nuevamente dura verga.

Pero mira nada mas que par de huevotes tiene el amigo! – exclamó Elías.

Entre sus piernas abiertas, un flácido y pesado par de testículos colgaban al ras del sofá, rosados y cubiertos de un fino vello rubio eran un juguete difícil de ignorar. Elías comenzó a jugar con ellos, haciéndolos rebotar sobre su palma, mientras Hugo trataba de cerrar las piernas para evitarlo, sin conseguirlo gracias a la poderosa fuerza de Jorge.

Me toca a mí – dije sacándole el pene de la boca.

Se van a arrepentir! – amenazó Hugo inmediatamente al tener la boca libre.

Inmediatamente Luis le metió su verga en la boca, haciéndolo callar nuevamente. Me acomodé entre sus piernas abiertas y comencé a sobarle los huevos. Eran deliciosos, grandes y suaves.

Chúpaselos – sugirió Elías y acepté encantado.

Me metí uno en la boca, jugando con mi lengua y sintiendo en mis labios su masculino sabor. Un poco mas arriba, su pene flácido y arrugado llamó mi atención. Parecía un pajarito asustado, y me lo metí en la boca para chuparlo también. Poco a poco empezó a responder, tal vez ayudado en parte por los chupetones que ahora Elías le estaba dando en las erectas tetillas o por las caricias de Jorge en sus muslos. La cosa es que el furibundo Hugo comenzó a excitarse y su miembro comenzó a crecer dentro de mi boca, tanto, que ya no me cupo dentro.

Pero mira que vergota tiene el amigo – exclamó Jorge al dejar escapar su miembro de mi boca.

Efectivamente, un trozo de verga espectacularmente grande y bien proporcionado.

Jorge, como en trance, se sentó sobre Hugo. Desde mi posición, pude ver perfectamente cómo sus nalgas aplastaban el dorado miembro y su peludo agujero se restregaba contra la verga de Hugo. Para ayudarle, le di una buenas y jugosas lamidas en el culo, tratando de dejarle una buena cantidad de saliva. Entonces tomé la verga con mis manos y la acomodé en el ojo del culo de Jorge y éste comenzó a descender poco a poco.

Hugo gemía de placer. El culo de Jorge seguía engulléndolo sin que él pudiera evitarlo. Luis sacó su verga de la boca de Hugo, mas que humedecida y deseosa de atención. Se acomodó a mis espaldas.


Me dejas cogerte? – preguntó en un lascivo susurro.

Nunca lo he hecho – confesé.

Te gustaría probar? – preguntó restregándome ya el fierro entre las nalgas.

Acepté con un movimiento de cabeza. De verdad deseaba hacerlo. Seguramente el tamaño de su verga no era el idóneo para una primera vez, pero de todos modos quería hacerlo. Necesitaba hacerlo y convencido de ello me acomodé en cuatro patas y paré las nalgas para recibirle.

Déjame preparártelo un poco – dijo Elías acercándose.

Comenzó a lamerme el culo. Cerré los ojos pendiente del contacto de su lengua. Poco después sentí uno de sus dedos entrando en mi culo, y fue añadiendo mas dedos conforme mi esfínter se iba relajando.

Ahora – indicó a Luis al ver que podía meterme tres dedos sin causarme dolor.

Luis se acomodó y comenzó a penetrarme. La sensación era terriblemente excitante. Dolorosamente excitante. Algo diferente a cualquier otra cosa que uno pueda imaginar. Era tener conciencia de que siendo hombre puedes dar placer a otro hombre. De que hacerlo te hace vulnerablemente fuerte y que ser atravesado por la verga y el deseo de otro puede enseñarte mucho de ti mismo sin querer.

Luis terminó viniéndose dentro de mí. Sentirlo jadeante sobre mi espalda me hizo sentirme poderoso y al mismo tiempo denigrado. Era una mezcla de extrañas emociones que no quise analizar en el momento. Estaba tan caliente que lo único que quería era seguir disfrutando. Hugo estaba allí. Hugo estaba disponible.

Ya Jorge había tenido su orgasmo masturbándose mientras cabalgaba la enorme verga de Hugo. Ahora el rubio gurú nos miraba con la fascinación que se mira a una serpiente. Peligrosa pero hermosa. Me puse de pie y Hugo abrió la boca, pensando que quería una mamada nuevamente. En vez de eso pedí la ayuda de Elías, siempre tan dispuesto, para desnudar a Hugo y acostarlo en el centro de la sala, sobre la felpuda alfombra. Boca abajo por supuesto.

No – se quejó Hugo débilmente al sentir como me acostaba sobre su cuerpo.

Si – le contesté besando su nuca y abriendo con mis rodillas sus piernas.

Tenía un culo redondo y apetecible, con un par de nalgas doradas como manzanas y me deleité abriéndolas con mis propias manos. En el centro, su rosado agujero era un apretado anillo que deseé traspasar con mi verga inmediatamente.

Mas vale que te relajes – dije como si ya tuviera gran experiencia, acomodando la gruesa punta de mi verga entre sus suculentas nalgas.

Hugo no supo seguir mi buen consejo y apretó las nalgas. Mi verga entró en su cuerpo como una inyección caliente mal aplicada.

Por favor, ya no – gritó entre dientes, pero me lo cogí de todos modos.

Lo cabalgué sin prisas. Quería disfrutarlo. Quería hacerlo durar, y sus apretadas nalgas eran una delicia intoxicante y nueva que no quería desperdiciar.

Asegurémonos su cooperativo silencio – dijo el inteligente Elías cámara en mano.

Hizo varias tomas de Hugo siendo cogido por mí. De Hugo metiéndole la verga en la boca, de Jorge haciendo lo mismo, y sobre todo, varias de mi verga tirando semen sobre sus hermosas nalgas y otras mas de la fenomenal venida de Elías sobre su atractivo y barbudo rostro.

Después lo dejamos ir. No era el mismo Hugo de siempre. Iba calladito y caminando con cierta dificultad, pero seguramente podría superarlo.

Nosotros juntamos esa noche todas las camas, logrando una cama descomunalmente grande donde pretendimos dormir, aunque durante esa larga noche desperté mas de una vez siendo mamado por alguien, o con la verga de alguien entre los labios, o la lengua de alguien en mi culo unas veces, y otras, cosas mas grandes inclusive.

Ojerosos, cansados pero satisfechos, llegamos a desayunar con nuestras respectivas parejas. Hugo se encontraba indispuesto, nos informaron, y el curso se clausuraba unas horas antes de lo previsto.

El grupo se despidió efusivamente, intercambiando teléfonos y direcciones. Sabía que los vería nuevamente. No me quedaba ninguna duda de ello.

El camino de regreso fue mucho más placentero que el de ida, y mi mujer lo notó.

Ya vez como tenía razón? – dijo ella notando mi buen humor.

A que te refieres, cielo? – pregunté con una sonrisa en la boca.

A que vienes muy cambiado por el curso que tomamos – contestó satisfecha.

No sabes cuánta razón tienes – le dije.

El lago y la cabaña quedaban atrás. Me llevaba lo bueno y lo malo, con la certeza de que era más fácil aceptarme con lo uno y lo otro, y lo demás, lo demás ya se vería mas adelante.

Si te gustó, házmelo saber.

altair7@hotmail.com

1

jim on

muy bueno tu relato me encanto¡¡

2

luis on

ES el mejor relato que leí hasta ahora.. donde esta esa cabaña ..cuando van a ir de vuelta así me llevan.. no porque este mal con mi sra;(23 años de casados llevamos juntos)sino porque nunca estuve con varios a la vez ..soy bix.y me encanta esa idea de ser varios por supuesto que mi sra,sabe como soy .siempre lo supo, mi nombre es luis soy de mendoza seguí adelante/y atrás ...disfruta de eso nuevo ..chupar una concha es divino y una verga,,también.

3

Xavier on

jajaja no sabes cuanto me he reído y pajeado con tu relato amigo! sabes, hasta haces ver la homosexualidad en un ámbito hetero como algo común y corriente! jajaja de verdad es uno de los mejores relatos que he leído hasta ahora! felicidades y ojala sigas escribiendo asi! oye, y por si acaso fue verdad?

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