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En Japones

Todo indicaba que el viaje por tren de Sevilla a Barcelona sería largo, cansador y aburrido y cuando vi la multitud que aguardaba y cuando entré en la cabina de ocho pasajeros que me correspondía, con siete ya acomodados, y cuando tuve que recurrir a la ayuda del japonés para subir mi mochila a lo más alto, sobre las otras pertenencias, mi moral ya estaba a ras del suelo.

Las maniobras de elevar a los cielos la mochila hizo que el japonés de buena voluntad y yo pudiéramos intercambiar una breve conversación en inglés, lo que al parecer no había logrado con los demás y esto lo volvió locuaz. El señor bajito y adormilado que iba sentado junto a la ventana, frente al oriental, se mostró amable y decidió –motu proprio- cambiarse junta a la puerta que era la butaca que me correspondía, me mimeticé con el japonés -que era de esa nacionalidad lo supe al día siguiente- y gentilmente le agradecí. El habrá pensado que ya que podíamos conversar lo mejor era ofrecerme su acomodación en bien del turista aunque fuera en perjuicio propio puesto que junto a la puerta suele ser incomodísimo porque en lo mejor del sueño alguien abre con todas sus fuerzas y te despierta y para remate, al darse cuenta que va todo lleno, se pira dejándotela abierta... Lo saqué de dudas respecto de varias consultas que el japonés anotaba con sus raros signos en una libreta de viaje, con el orden, la conciencia, la pertinacia y la eficiencia nipona. Luego llegó la hora de dormir y cada uno se acomodó lo mejor que pudo.

Al rato, porque me cuesta dormirme en estos viajes, vi que el chico se despojaba de sus cómodas sandalias, de sus calcetas de lana gorda y se daba enérgicos masajes en sus pies que curiosamente no eran amarillos y se veían inmaculados. Le costaba acomodarse. Primero se sentó al estilo yoga. Al poco rato se estiró. Después se enrolló en su mínimo espacio apoyando la cabeza en el vidrio, encogiéndose y poniendo los pies en el asiento, quedando así con las rodillas casi en su cara. Volvió a estirarse.

Entonces... urdí mi trama...

El japonesito me atraía como el imán. Era guapete, aunque no lo habría distinguido entre tres orientales. Y le indiqué por señas, para que los otros no se enteraran, que estirara sus piernas y pusiera sus piesecitos en mi asiento, allí a mi lado, que no me molestaba en absoluto y con una sonrisa supongo de agradecimiento y descanso el chico no se hizo esperar y rápidamente, noté, se durmió.


Deposité mi mano derecha sobre esos pies. Los sentí algo fríos y empecé a pasarles la palma por encima y luego ya a masajearlos más decididamente. El chico debe haberse despertado gratamente porque empezó a mover sus deditos sumamente gratificado. De modo que el masaje se extendió por largo rato... lo que aproveché para meter de vez en cuando la mano por el pantalón subiendo por la piernas todo lo que me permitía moverme sin hacer demasiado esfuerzo ni llamar la atención de los otros.


Si te gusta el masaje, pensé, te gustará el placer que pueda procurarte...


Amanecimos en Sants, con la proverbial puntualidad de RENFE y poniéndome la mochila que Yoshiro me ofrecía educadamente, le dije –my kingdom for a coffee, come with me, please... No se hizo de rogar y bajamos, carrera mar, nos encaramamos por la escalera mecánica y casi corrimos a la cafetería. El café acompañado de los donuts me sentó de maravillas, Yoshiro bebía su café parsimoniosamente y me sonreía gratamente complacido.


Ya repuestos hablamos de sus planes, miramos sus mapas en los que debí adivinar las calles puesto que estaban escritas con su signos, le recomendé algunos recorridos fundamentales y llevé la conversación a lo del hotel!!!

Pensé en dos o tres hostales que no estaban mal y bien ubicados y cuando ya salíamos de la estación le espeté:

-Yoshiro, tú me gustas... estaría encantado de hacer el amor contigo.

Sus ojitos, antes oblicuos, se pusieron redondos... tal fue su sorpresa.

-A mí me gustan las chicas..., -respondió, sin abandonar la tradicional sonrisa que le empequeñecía más los ojillos, y que milagrosamente había vuelto a su rostro. Prodigios del autodominio oriental, pensé.


No se como, pero lo convencí de coger la habitación juntos y \"ya veríamos...\" A mí, me daba lo mismo llegar a casa hoy que la próxima semana, total \"lo comido y lo bailado\" no me lo quita nadie.


Nos inscribimos, subimos, acomodamos, duchamos, salimos a darnos una primera vuelta para enseñarle la telaraña del metro, nos metimos en tiendas de souvenirs, lo arrastré a una sexshop, reímos de los artilugios que ofrecen en sus vitrinas, le señalé algunas carátulas muy significativas de películas gay y al fin salimos para comer.


Le dije que tenía que probar comida catalana y una buena cerveza. No bebía. Parte importante de mi estrategia se venía al suelo. En fin, sobre la marcha y ya comiendo lo insté a probar un sorbo de cerveza y a elogiar lo bien que venía con la escalivada que se servía en ese momento. Al parecer le gustó porque casi al instante pidió la suya y a mí el corazón me volvió a su sitio.


La noche en el tren, el sueño, el cansancio, la caminata, la comida y la cerveza surtieron su efecto. La siesta era de rigor. Regresamos al hostal. Se tendió en la que escogió como su cama –a mí me daba igual, yo dormiría en las dos-, y yo inicié las maniobras de la mejor siesta de su vida...


Me senté a su lado y desnudé sus pies. Inicié el masaje de la noche en el tren y me confesó lo grato que le había resultado. Notaba su lengua con dificultades y eso me satisfacía, el horno estaba como para un bollo...

Luego de los pies me senté más arriba en la cama y empecé con sus hombros. Abrí su camisa y me dediqué a su pecho muy bien formado. Le ayudé a quitársela. Lo volví boca abajo y mi masaje en la espalda fuer enérgico y ardiente y surtió su efecto, cuando lo volví boca arriba sonreía con los ojos cerrados los brazos tendidos y vi una pronunciada erección bajo su pantalón beige.

Entonces empecé a masajear sus muslos y con ello le hacía ver la dificultad de hacerlo por sobre la tela... con calma, sin dejar de sonreír, empecé a desatar su cinturón, de cuero negro y hebilla prominente. Con cuidado \"oriental\", como un cirujano en acción, con delicadeza pero con eficiencia bajé su cremallera... Algo debo haber tocado porque dio un pequeño respingo y como que quiso encoger las piernas... no obstante se dejó quitar el pantalón.


Llevaba un ligero calzoncillo tipo braga, de un algodón suave y muy blanco. Por los bordes de los muslos sobresalían unos pelillos negros y tiesos, así como algunos pelos más audaces había traspasado la tela y salían del bulto que marcaban sus huevos.

El masaje se hizo más erótico. El vientre. La caricia por todo alrededor de la goma de la cintura. El borde de los muslos. Los dedos estirados de ambas manos recorriendo esa frontera e intentando meterse dentro del breve calzoncillo. Ni corto ni perezoso, abrió más sus piernas indicándome que esa caricia le agradaba y que estaba dispuesto a sentirla más intensa. Entonces, mientras una mano la repetía, metiendo las puntas de los dedos por el borde del calzoncillo, exactamente en una ingle, la otra, por el otro costado, se metía con sus dedos intrusos pero acariciadores en la entrepierna...


Palpé una zona intensamente llena de pelos gruesos y que imaginaba muy negros... entonces ya, decidido, puesto que Yoshiro no le hacía asco a las caricias eróticas, empecé a pasar la palma de mi mano por encima del bulto que marcaba su falo que se endurecía y endurecía a medida que intensificaba mis caricias...


Paré. Abrió los ojos. Quiere más me dije, esa había sido una señal positiva.

Entonces con ambas palmas inicié un masaje en su pecho absolutamente lampiño, de piel suave, dorada, sus costados, y con las puntas de los dedos empecé a pellizcar tiernamente sus tetillas...

Noté que su mano entraba por su calzoncillo y no solo acomodaba su rabo sino que permanecía allí tocándolo suavemente... casi imperceptiblemente con la palma que se movía lenta y cariñosamente sobre él.


Estos orientales hasta para pajearse son sutiles, pensé.


Y mi boca reemplazó a mis dedos con sus tetillas, las mordí con mis labios, las acaricié con la lengua, las chupé cuidadosamente e inicié un viaje con mi lengua por el centro de su pecho a su ombligo, al borde de su slip y finalmente, retirando su mano, lengüeteé a gusto toda la longitud del rabo, el cuello del glande que se hacía notar bajo la tela, el contorno de los dos huevos bien marcados e hinchados... metí la punta por los bordes como lo había hecho con los dedos y retirando un poco la tela, saboreé ahora esos pelos hirsutos de la entrepierna.


Subí al vientre y mientras lo mordía golosamente, empecé a retirarle el slip hasta quitárselo completamente... besé sus muslos, los mordisqueé con los labios, los lamí... cogí sus pies y chupé sus deditos y volví al centro... empecé a pasar mi lengua por sus huevos, le abrí las piernas, le relamí la entrepierna, paseé mi lengua del ojete a los huevos, los huevos todo alrededor y con la punta subí por sus inglés hasta que notando que estaba milllllllllll... por las gotas de líquido transparente que empezaba a manar la pequeña boca, entonces cogiendo el glande con los labios empecé a meterme el pene en la mía y aprecié el grosor del instrumento. La punta de mi lengua notó que no es verdad que los orientales tengan la boca del pene horizontal, es vertical como la del común de los mortales... eso no tiene nada que ver con la forma de sus ojos...


Al introducir el gordo y largo falo en mi boca fui retirándole la piel hasta dejar el glande desnudo y le di el tratamiento de un caramelo que golosamente se come un niño.


Yoshiro sonreía complacido.

Me quité la ropa y me recosté a su lado. Sin pedírselo me hizo lugar. Y nos abrazamos. Y las dos bocas se mostraron hambrientas. Se volvió hacia mí y nos abrazamos y así estuvimos un rato morreándonos y yo pensaba y me preguntaba quien sería el primero en darle la pasada al otro...


Hombre precavido vale por dos, dicen, me levanté, busqué lo infaltable en un pequeño necessaire, condones y lubricante, y al acercarme nuevamente a la cama, estiró la mano pidiéndomelos... con destreza sacó el preservativo y se lo puso...


Vaya, me dije, me toca el primero...


Mientras se ponía el condón me unté el ojete con el lubricante marca <¡POM!, comprado en la sexshop de calle Roma y me instalé lo más cómodamente posible a probar mi primera polla oriental.


Casi no noté su entrada. Sus movimientos eran delicados. Pese al grosor de su pene, Yoshiro sabía como penetrar placenteramente. Fue delicado, cariñoso, tierno y extremadamente apasionado... sus movimientos y las caricias de sus manos por todo lo que alcanzaban de mi cuerpo, su boca en mi cuello, hombros, mejillas y costados me hicieron sentir en la gloria, hasta que sus movimientos se fueron haciendo primero más enérgicos y luego bajando lentamente en intensidad hasta que sus gemidos me dieron cuenta del intenso orgasmo que estaba sintiendo y que en ese momento empecé a sentir yo también y que con las contracciones de mi culo, por mi propio orgasmo con el solo roce de la toalla que había puesto debajo y el de su pene dentro de mí yo empezaba a disfrutar a chorros... se había en él intensificado.


Sí, mi japonés sabía de culos, acostumbraba a darles por el idem a las japonesitas que se follaba, y conmigo se convenció que es verdad eso de que \"el culo no tiene sexo\".


La noche y el placer lo convencieron de que probar no tiene nada de malo y estoy seguro de que sin ser necesariamente tan sutil como un oriental, un occidental se la mandó a guardar sin dejar un centímetro fuera y que tanto monta, monta tanto, con el pene y por ano...


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Julián (jsuber) FOTOS

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