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La señora Jueza

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LA SEÑORA JUEZA

Roxana era muy conocida en el ámbito judicial, no solo por ser buena magistrada, sino, además, por tener una belleza notable. Tendría unos 45 años, era alta y delgada, de buena contextura física la cual nunca podía ser apreciada porque invariablemente usaba faldas largas, chaquetas cerradas, pañuelos al cuello y cosas así, todas de color oscuro, lo que le valió el mote de “la monja”.

Se sabía poco, casi nada, de su vida privada y, si algo la caracterizaba, era lo estricto de sus fallos como las penas que imponía. Por ese entonces, yo era un abogado de suerte variada en mi profesión y litigaba en varias causas en el juzgado a su cargo.

Cierto día, molesto por el trámite de cuestiones procesales, le solicité una audiencia para exponerle mis puntos de vista y disconformidad al respecto. Me recibió en su despacho, vestida como siempre con su imperturbable atuendo de monja; escuchó pacientemente mis argumentos y cuando hube concluido me dijo: “Dr. Ferrada, lo que Ud. plantea requiere de mi parte estudios y consideraciones adicionales que me llevarán algún tiempo. Cuando tenga mis conclusiones le avisaré”, Dicho esto, dio por finalizada la entrevista y solo atiné a dejarle mi tarjeta de presentación, en la cual figuraban mis números de teléfono. Pasó el tiempo y no me dio soluciones concretas a pesar de habernos puesto en contacto en tres ocasiones, en la última de las cuales le expresé mi incomodidad por la indefinición en que me tenía. Entonces me dijo que fuera a su casa con todos los antecedentes de la causa y que me daría una respuesta. Llegué a las 20 hs. conforme lo acordado y me recibió visiblemente cambiada: tenía el pelo suelto, unos pantalones bastante discretos y una blusa que permitía ver el nacimiento de un par de tetas prominentes. Me hizo pasar a su estudio y comenzamos a discutir, por momentos tan acaloradamente que, sin querer, dije un par de cosas inapropiadas. Reaccionando prestamente le dije: “Mire señoría….” “Aquí soy Roxana, Dr. Ferrada”. “Bueno, le dije, yo soy Gabriel y le pido disculpas si fui grosero…” Me interrumpió con un gesto autoritario y, levantándose de su asiento, se paró a mi lado mirándome fijamente (pensé que me abofetearía) y con dureza me dijo: “Estoy ofendida, pídeme perdón Gabriel!” Quedé mirándola pues no sabía si se burlaba, estaba loca o me hablaba seriamente. Tomó una pequeña fusta que tenía sobre el escritorio y haciendo un gesto de golpearme, me dijo: “¡Ponte de rodillas y pídeme perdón!”. De pronto se hizo una luz en mi obnubilado cerebro y comencé a entender el juego que me proponía sutilmente. Y confieso que me gustó. Me arrodillé y apoyé la cara sobre sus zapatos mientras le decía: “Perdón Roxana…” “¡No!, me dijo con voz muy firme mientras me daba un golpe con la fusta, “di perdón ama”! (Ah me dije, conque hacía allí íbamos) “Perdón ama” dije y le besé un pie por sobre el zapato. Me volvió a dar con la fusta diciendo: “No te autoricé a que me tocaras!” Luego se sentó sobre el escritorio y abriendo ligeramente las piernas me dijo: “¿Qué quiere hacer Dr. Ferrada?” “Quiero chupar tu coño y beber tus jugos” le dije incorporándome. Quiso pegarme con la fusta de nuevo, pero sacándosela de las manos, la tomé por los hombros y la arrojé al piso tras lo cual la tomé de las muñecas diciéndole: “Ahora el amo soy yo….señoría!” Noté que su respiración era muy agitada y entrecortada por la excitación, era evidente que ése era el juego que le gustaba. Soltó un grito de placer cuando la puse boca abajo y le pegué con la fusta en sus abultadas nalgas. “¡No te escucho!” le dije dominante. “Si amo, haré todo lo que digas; ordena y te complaceré” Esto parecía el cuento de Aladino, pero así estaban las cosas. Roxana se había transformado: tenía la mirada brillante, los labios abiertos tomando aire sonoramente, temblando de a ratos o estremeciéndose, con la mirada puesta en mí, esperando órdenes. “¿Vives sola aquí? pregunté. “Si, me dijo, nadie nos molestará”. “¿Tienes algún sitio especial en la casa?” seguí preguntando. “Si” me dijo y me llevó hasta un cuarto rodeado de espejos, en las paredes y en el techo; una gran cama redonda central iluminada por luz negra y roja y distintos adminículos para refinada tortura sexual. Por lo que veía, la señora jueza no se privaba de nada. Cerré la puerta y le di otro golpe de fusta en las nalgas mientras me sentaba en la cama, ella se arrodilló entre mis piernas mientras me preguntaba: “¿Qué ordena mi amo?” “Desvístete lentamente ante mí” le dije. Roxana se sacó una por una todas sus prendas hasta quedar completamente desnuda. Tenía un cuerpo espectacular que estaba muy bien disimulado bajo sus atuendos cotidianos. Un par de tetas voluminosas, vientre aplanado, el coño completamente rasurado, piernas firmes y bien formadas y un culo que quitaba la respiración. Me desvestí también yo, quedando con la polla tiesa frente a su mirada hambrienta. “Di algo, estas muy callada”, le dije. “¡Que  buena verga tienes!” me contestó. La tomé por la espalda y se la apoyé en la profundidad de sus nalgas, directamente sobre el ojete palpitante; se inclinó un poco y sentí como se abría el orificio sin mayor esfuerzo. Este es un andén por el cual pasaron muchos trenes, me dije para mis adentros, pero seguramente será profundo y acogedor. Y realmente lo era, porque de un solo estoque enfundé el sable en la cómoda vaina. Roxana se reclinó sobre el borde la cama y metí la polla en toda su extensión en ese culo portentoso; pero me dio la impresión que debía complementar la penetración con algún gesto adicional, para que la misma cobrara temperatura. Le di unas palmadas bastante fuertes en las nalgas lo que provocó que gritara de placer, entonces tomé la fusta y le fui golpeando suavemente en distintas partes del cuerpo, mientras la mantenía firmemente enculada. Y allí estalló de pasión y locura, porque continuó gritando, maldiciendo y rogando, todo a la vez, al tiempo que se estremecía y temblaba. Bajamos al tapete y de rodillas los dos sin perder el acople, la fui llevando por la habitación con cada envestida que le daba, al tiempo que la sacudía con la fusta como si fuera un corcel. Y allí estaba la señora jueza, abandonada a sus más recónditos instintos y entregada completamente a mi dominio circunstancial. Y se dio algo que nunca me había sucedido, comenzó a correrse en pequeños chorros a medida que nos deslizábamos por la alfombra, hasta que la sostuve firmemente por la cintura y descargué toda mi lefa en la profundidad de su culo.

Después de ese día, cada vez que tenía inconvenientes en tramitaciones legales, acudía presto a la villa de su señoría, para efectuar las “consultas” que fueran menester.

Una Deuda muy Cara

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Esta historia refleja uno de los peores momentos de nuestra vida, un hecho que cambió todo para siempre. Somos una familia como cualquiera, yo Darío junto a mi mujer Clara, ambos de unos 30 años, y mis 2 pequeños hijos. Vivimos en una casa de barrio, clase media, sin lujos ni excentricidades. Después de haber incursionado, tanto ella como yo, en distintos ámbitos laborales, decidimos emprender nuestro propio proyecto. Fue así que instalamos una casa de artículos deportivos con venta al público. 

Los primeros meses fueron buenos, con un desempeño interesante y con la esperanza de que el negocio explotara en poco tiempo. Pero lamentablemente la suerte no nos acompañó, ya que una empresa multinacional se instaló muy cerca de nuestro local. Por todos los medios tratamos de sostener nuestro emprendimiento, a punto tal de arriesgarnos muy fuerte económicamente. Todo se vino a pique. El negocio quebró, en consecuencia tuvimos que comenzar a responder. Las deudas se acumularon, los intereses crecieron y los aprietes se transformaron en una constante. La deuda más importante la teníamos con un conocido prestamista, el señor Rodríguez Cano, un hombre pesado e inescrupuloso, de unos 55 años. Un día nos llamó y nos pidió vernos para poder saldar la deuda. 

Acordamos visitarlo en su oficina, en un edificio ubicado en pleno centro. Al comenzar la charla habló sobre la necesidad de terminar con esta cuenta pendiente. Ya llevábamos más de 1 años tratando de arreglar la situación, pero el saldo era muy elevado aún. Fue entonces que Rodríguez nos dijo:- Yo se que ustedes no pueden pagar. Se nota por la forma en que se van dando los hechos. Yo tengo una nueva propuesta, que además está al alcance de ustedes. - Cual es... ?, preguntamos casi a la vez. - Quiero una noche con vos Clara. El silencio solo duró unos minutos. Después reaccioné, me levanté de golpe y lo tomé de su camisa, con ganas de romperle la cara de una trompada- Tranquilo, nene me dijo- Te voy a matar, hijo de mil putas... !!!- Pensalo bien. No tenés otra forma de afrontar la situación. Con esto la deuda quedaría completamente saldada. No tendrían que poner un peso más. Yo mañana les llamo y ustedes me dicen como seguimos nos dijo en un tono cuasi mafioso. 

Salimos mudos de ese lugar. Que hacer ante la situación. Clara, mi mujer, no emitía palabra. Llegamos a nuestra casa sin hablarnos. La situación era muy extraña. Esa noche nos fuimos a dormir en un clima extremadamente enrarecido. En el medio de la noche, Claro habló y dijo lo que yo no quería escuchar. - Tenemos que aceptar la propuesta. - Estás loca!!! Que te pasa?? Crees que es el único camino?? No estás en pedo- Mira Darío, no hay otra. La plata que debemos no la conseguimos ni en 10 años. Ya no tenemos crédito. No hay nadie que nos pueda prestar. No queda otra salida. La cabeza me explotaba. Esa misma noche terminamos de debatir el tema. Quedamos de acuerdo que sería en nuestra casa, por una cuestión de seguridad. Al día siguiente le llamamos a Rodríguez Cano. - Vamos a tomar la propuesta, pero con condiciones. - A ver- Es en mi casa, sólo por una noche, y allí mismo firmamos los documentos. - Me parece bien. Mañana lo hacemos. La sensación era amarga. Sabía que un tipo se iba a coger a mi mujer y yo no podía hacer nada. 

Esa noche llevamos a los chicos a la casa de mi suegra, con la excusa de que teníamos que salir. Con mi mujer acordé que fuera en un pequeño salón ubicado en la parte trasera de la casa, para que yo pudiera observar todo desde un sector de servicio que tiene entrada independiente. Rodríguez llegó después de las 23. Mi esposa Clara abrió la puerta. Le dijo que estaba sola, que yo iba a llegar al final de todo, para arreglar los papeles. Sin decir una palabra, fueron hasta el lugar elegido. Yo podía observar todo sin que nadie notara mi presencia. Fue entonces cuando Rodríguez comenzó:- La verdad es que siempre había querido cogerte. Me calentás desde el día que viniste con el pelotudo de tu marido a gestionar el crédito. - Solo le voy a pedir que no se pase con sus palabras - Mirá nena, las reglas esta noche las pongo yo. Eso me puso furioso. No sabía que era capaz de hacer este tipo. - Dale, vamos a empezar. Pero al revés. Primero yo te voy a chupar toda.

Clara no dijo una palabra. Rodríguez se acercó, le arrancó violentamente la ropa interior y empezó a pasarle suavemente la lengua por la concha. Mi esposa solo atinó a cerrar los ojos, para mirar lo que estaba pasando. Se notaba que el tipo tenía una gran capacidad para eso. Ella empezó a hacer unos leves gestos, mezcla de querer escaparse con un poco de placer. Así estuvieron unos 10 minutos. De golpe, Rodríguez se levantó y se bajo los pantalones. Tenía una verga que llegaba a los 30 centímetros. En ese momento le dijo:- Ahora vos vas a chupar. Mi mujer empezó a comerse esa terrible pija, que crecía cada vez un poco más. Rodríguez le agarró la nuca y le empezó a marcar el ritmo. La tuvo cerca de 10 minutos con la verga en la boca. Yo no podía creer lo que estaba viendo la madre de mis hijos chupando la terrible pija de un desconocido. De repente, el tipo la sacó y le dijo:- Si decir nada te vas a sentar en mi verga, pedazo de puta. Si cogés como chupás la pija, debés ser un infierno. - Por favor Rodríguez le pido que se calme. - Callate divina y sentate... !!!

La tomó de la cintura y de casi un golpe se la sentó en su miembro. Clara pegó un grito de dolor. Rodríguez empezó con movimientos leves que con los minutos se fueron identificando. Mi esposa empezó a emitir un gemido muy leve. El tipo la estaba haciendo gozar como loca, pero trataba de controlarse porque sabía que observaba todo. Después de una 15 minutos de cogerla sin parar, Rodríguez la levanto, la puso de espaldas a la pared, se agachó y le empezó a meter la lengua por el culo. - Te imaginás porqué te hago esto- Rodríguez no - Si nena. Te voy a hacer el orto. Te la voy a meter toda. Hasta las pelotas me entendés??- No no por favorRodríguez se paró, y en menos de un minutos se le metió toda en el culo. Clara pocas veces había tenido relaciones conmigo por ahí. Esta vez estaba experimentando una verga enorme, repito de unos 30 centímetros, y toda por el orto. Con los ojos cerrados y tratando de no gesticular, Clara era terriblemente cogida por este tipo. 

Durante más de 10 minutos, el hijo de puta había estado metiendo la pija en el orto. Después llegó un momento difícil. La recostó sobre una cama que había en ese salón y la empezó a penetrar nuevamente por la concha. Estuvo más 20 minutos, un tiempo increíble. Ella gesticulaba, emitía pequeños gemidos. Y el le ordenó:- Decime que te gusta más que la verga de tu marido- Rodríguez por favoooorrr - Dale nena decimelo. - No no Rodríguez (el tipo aceleró el ritmo de la penetración). No noooo noo nooooo ahhhh- Dale puta- Ahhhhhh noo ahhhhhhhh paraaaaaá hijo de putaaaaaa ahhhh- Te gusta- Ahhhh pará siiiiiiiii ahhhhh siiiiiiiiiiiiiiii me gusta Se notaba que Clara estaba como loca. Ya no podía disimular. El insistió- Dale decime que te gusta más que la verga del pelotudo de tu marido- Ahhhh... Siiiii... !!!! si si si si perdoname mi amor. Perdón si Rodríguez me esta volviendo loca esta pija ahhhhh No lo podía creer. Lo que sería una experiencia asquerosa para la familia, terminó siendo un éxtasis para mi mujer. Ella no se podía controlar. Rodríguez llevaba más de 2 horas cogiendola sin parar, metiendo la verga por todos lados. La cosa se había puesto más extraña- Me encantas hija de mil puta hace mucho que te quiero tener así- Ahhhh paraaaa ahhhh esto se está yendo de las manos- Siiiii ahora voy a acabar- Noooo... !!! adentro no. Creo que estoy ovulandoEl hijo de puta la agarró con más fuerza y le dijo:- Te voy a bañar de leche te voy a acabar toda- No pará no. Pará yá... !!- Tomá ahhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhh- Nooooooooooooooooooo... !!! nooooooooooooooooooooo... !!- Ahhhhhhhhhhhhhh ahhhhhhh tomá toda ahhhh.

Rodríguez había acabado adentro de mi esposa. A los pocos minutos todo terminó. Ella hizo como que me mandaba un mensaje y yo aparecí. Estaba abatido derrotado. Se cobraron una deuda con mi esposa, ella terminó gozando, maldiciendome, y el extraño que se la cogió probablemente la había dejado embarazada. Los días pasaron. La deuda quedó cancelada. Pero mi mujer tiene un fuerte retraso en su período menstrual. Nuestra vida cambió para siempre. Ahora no sé como vamos a poder continuar con nuestra familia, con esta vida, con esta historia.


Mi Esclava

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Estamos por realizar nuestro primer encuentro, los nervios se manifiestan un poco, pero llego al lugar de la cita a tiempo, tal como acordamos previamente, me siento en una silla del café y espero con paciencia viendo a toda mujer que se acerque, tratando de descubrirla antes de que  llegue. Muchos interrogantes invaden mi mente, ¿como será?, ¿llenare sus expectativas?, ¿me comportare a la altura?, ¿le gustare?, en eso llega ella con su imponente figura, los nervios se me agudizan pero logro controlarlos, me pregunta mi nombre, yo se lo digo y le pregunto si es Claudia, me dice que si, entonces me levanto de la silla, le tomo su suave mano y me acerco para besar su mejilla, la saludo y la invito a sentarse, ella accede y aunque visiblemente nerviosa empezamos a conversar. Después de preguntarnos como estamos y todo aquello comenzamos a conversar sobres nuestros planes íntimos, ella que le gusta oír lo que va a vivir me pregunta sobre o que quiero hacer, me pregunta sobre mí, y yo naturalmente la interrogo a ella sobre las mismas cuestiones, y así, conversamos un rato, nos tomamos un café, contamos algunos chistes y la pasamos bien, en el transcurso de la conversación hablamos sobre la palabra clave, que es muy importante para detener la acción en caso de que me pase de sus limites, nos ponemos de acuerdo el respecto, nos estamos conociendo, ambos confesamos nuestras fantasías, le tomo las manos con ternura, pero aun no hay la suficiente confianza, por lo que quedamos en vernos otro día y avanzar mas al respecto.  

En los siguientes días seguimos en comunicación por medio del Chat y del celular, seguimos contando fantasías, intercambiando fotos y videos eróticos, esperando con ansia el siguiente encuentro.   Al fin llego el día, nos encontramos en el mismo lugar, esta vez llego ella primero y me estaba esperando con ansia, me acerque y la salude, bese su mejilla y me senté en una silla a su lado. Esta vez no se veía nerviosa, yo tampoco lo estaba, me sentía con más confianza, tome su mano y le pregunte si estaba dispuesta, ella me contesto afirmativamente.    Entramos a la habitación del hotel, después de cerrar la puerta, paso mi mano por su cabello, suavemente, acariciando sus suaves trenzas, envuelvo todo su pelo en mi mano y en un golpe repentino, se lo halo con algo de fuerza hasta obligarla a mirar hacia el techo, así impongo mi voluntad, ella suelta un suave gemido, siente el dolor, acerco mi cara a su cara, ni boca a su oído, le beso la base de la oreja y le digo que va a caer bajo mi yugo, que mi yugo es fuerte y no se rompe, y que de aquí en adelante yo daré las ordenes, ella suspira, y da si afirmación. Le pido que se desnude, poco a poco para observarla minuciosamente, ella comienza a hacer su tarea con detalle, lenta y suavemente se quita la ropa, me excita, se excita, deja desnudos sus senos y comienza a sobarse suavemente los pezones. Continúa con  calma a un ritmo erótico, se quita los pantalones y poco a poco me muestra sus nalgas con un hermoso hilo dental atravesando y realzando su hermoso trasero, se mueve al son del momento quitándose poco a poca el resto de ropa. Sus nalgas desnudas, moviéndose, chocando entre ellas, me paralizan, no puedo dejar de observar esa hermosura, las abre y me muestra su ano, un hermoso punto oscuro que arropa todos mis deseo, me muestra su vagina, rasurada, brillante, hermosa, me enloquece.  

Totalmente desnuda se echa a la cama abriendo sus piernas y provocando mi erotismo, yo me acerco, con lentitud, suave, despacio, rozo su pecho con mis labios, paso de uno a otro con un contacto mínimo, casi la hago reír, por las cosquillas que le produce, su pecho crece sus pezones se abultan esta comenzando a sentir una fuerte excitación. Me acerco mas  a su pecho y lamo sus pezones, primero suave, con calma, paso de uno a otro mi lengua certera, luego la aprieto contra el pecho mas intensamente, ella gime, los ruidos que hace me excitan mas, meto su pezón en mi boca y aprieto con los labios, siento su estremecimiento, paso de un pezón a otro con animo insaciable, ahora aprieto uno de sus pezones con mis dientes, poco a poco, cada vez más fuerte, ella vuelve a gemir, esta vez  mezclando sus gemidos de placer con grititos de dolor, esto sube mi nivel de excitación y aprieto mis dientes, suavemente procurando no dejar marcas, ella grita de dolor, yo aumento mis ganas de oír su gritos, aprieto, llego a su limite, ella grita, y dice la palabra clave, yo me detengo, abro la boca y dejo libre su pezón, ella jadea, suspira, esta complacida, yo tomo su otro pezón y vuelvo al mismo proceder, se repite la escena, entre gritos y jadeos nos excitamos, lo disfrutamos, subo el nivel, comienzo a lamer y muerdo suavemente pero con fuerza el resto de su seno, ella vuelve a gritar, yo vuelvo a morder una y otra vez, pequeños mordisco casi como pellizcos por todo sus dos senos, de vez en cuando vuelvo a tomar sus pezones y aprieto con firmeza, ya se cual es su limite, y hasta allí la llevo, lo se por la intensidad de sus gritos, ya no necesita decir la palabra clave, nos estamos compenetrando. ------  Comienzo a recorrer su cuerpo, poco a poco, paso mi lengua suave llenando su piel con mi saliva, la beso, tiernamente y luego muerdo con suavidad pero provocando sus gritos, calladitos muy bajitos pero muy excitantes. Bajo hasta su vientre, lo lamo y lo beso, chupo se ombligo, lo pellizco con mis dientes, muerdo sus costados, provocando que su cuerpo se contorsione, aprieto cada vez mas, suavemente, sin dejar marcas, y nunca en el mismo lugar, muchas veces ella me dice la palabra clave muchas veces yo me detengo y continuo en otro lugar.  

Al fin llego a su vagina, ella abre mas sus piernas, pidiendo que haga lo pienso hacer, yo paso mi lengua por su vulva introduzco mi lengua con calma y comienzo a moverla primero suavemente, logrando hacer que se estremezca, luego subo la velocidad, ella dobla su cuerpo como si lo partiera en dos, ahora la muevo rápidamente, con fuerza, profundamente, paso mi lengua por su clítoris, ella vuelve a gemir, se estremece, lo aprieto con mis labios, ella siente la presión, trata de retirarse un poco, yo la detengo con fuerza y la pego a mis labios, ubico su clítoris con los dientes y aprieto suavemente, grita fuerte, yo aprieto mas fuerte, grita mas, pero no dice la palabra, yo aprieto, siente que muere pero no dice palabra alguna, solo grita de dolor y placer, aprieto otro poco, ella toma mi cabeza y la hunde con fuerza contra sus piernas, hace un lazo con las mismas y atrapa mi cabeza con fuerza hacia su vagina, aprieta mas firmemente y llego a su limite, dice la palabra, yo abro mi boca, ella se recupera entre jadeos y sudor, vuelve a jalar mi cara contra sus piernas y repetimos varias veces al misma acción, le encanta, es insaciable, me siento en el cielo.  

La volteo sobre la cama, quedando con su trasero hacia el techo, yo me voy hacia sus pies, los sobo con mis manos y empiezo a besarlos, suavemente, voy subiendo poco a poco hacia su trasero besando sus piernas y mordiendo de a poquito suavemente, provocando nuevos grititos,  nuevos gemidos, comienza a subir nuevamente su nivel de excitación y el mío también.  Llego a sus nalgas y la obligo a abrir sus piernas al máximo, su trasero se levanta levemente, quedando en una posición hermosa, redonda, suave, provocadora. Comienzo a lamer sus nalgas, las beso, las muerdo, cada vez con más fuerza, recorro todo su lindo trasero causando estremecimientos y gemidos. ------ Tomo cada nalga entre mis manos y las obligo a abrirse hasta el limite se sus carnes, meto mi lengua en su ano, trato de hundirla por su hermoso hueco, la muevo suavemente, pero con fuerza, lo más profundo que puedo, pero mi lengua no es tan dura como para entrar, entonces hundo mi boca en su ano, lo tomo con mis dientes y aprieto. Ella lanza un rápido grito que la estremece, yo hundo más mi boca, agarro mejor, aprieto con fuerza, hay más gritos, más jadeos, más excitación, llego a sus límites,  la palabra clave surge de sus labios, mezclada con gritos. Tardo en entenderla unos segundos, abro la boca y libero su ano, ella descansa jadeando y gritando suavemente, esta vez fue fuerte, pero le gusto, me pide más subiendo su trasero y poniéndolo frente a mi cara y empujándolo contra la misma, yo repito todo desde el principio, una y otra vez, ella pide mas, yo le doy mas, que éxtasis, que placer.  

Hemos pasado un rato exquisito, repitiendo una y otra vez, estos placeres de la carne, ahora yo comienzo a quitar mi ropa, me quito mi camisa y muestro mi torso desnudo, tomo mi correa de cuero y la enrollo en mi mano, le paso la punta suavemente pos su nalgas, le rozó su cuerpo, casi haciéndole cosquillas, paso por su espalda, ella se retuerce, sabe lo que viene o al menos lo presiente,  se la acerco a su cara y la paso por sus mejillas, suavemente, sin apuro, para que sienta lo rustica que es, la acerco a su nariz, permito que huela el cuero, ese olor fuerte que mezclado con mi propio esencia le deja sentir quien es el que manda, luego le doy golpecitos por el cuerpo, suaves, casi no causan dolor, ella se prepara para el castigo, se tensa, yo continuo, suave muy suave, cada vez un poco mas duro, pero sacar un gemido, llego a sus nalgas, la paso por su raja, la hago vibrar, eso la excita, se coloca en cuatro patas y abre las piernas. Entonces yo le doy un pequeño golpe con la punta en una de sus nalgas, ella suelta un gritito, yo continuo por un ratos sin aumentar la intensidad, quiero que se acostumbre, le doy mas fuerte, ella pide mas, subo la intensidad una y otra vez ya sus nalgas enrojecen, aplico mas fuerza, ella aumenta sus gritos, ya estoy casi en su limite, pero estoy muy excitado, mi pene esta que revienta, a crecido mucho, sigo golpeando mas fuerte, mas fuerte, llego a su limite me dice la palabra clave, me detengo, ella jadea yo estoy que reviento, vuelvo a  golpearla ella vuelve a gritar, ahora le sobo las nalgas,  lo hago con cariño como para que le baje el dolor, luego vuelvo a golpearla, ella grita, pide mas golpes, yo la complazco, vuelvo a llegar, rápidamente a su limite, me detengo, miro sus nalgas enrojecidas, redondas, hermosas, ya se cuando detenerme.   Ahora me acerco a su cara y la  tomo suavemente por los pelos, se los tenso, vuelve a gritar y cede a mi fuerza, paso mi pene por su cara, ella lo disfruta, entonces  le ordeno abrir la boca, y meto mi pene adentro, le ordeno que chupe y ella comienza a mover su boca succionando a veces, otras mete y saca  mi pene suavemente, lo introduce hasta la puerta de su garganta pero aun no logra tomarlo todo, por el contrario queda mucho espacio por abarcar, agarra mi miembro con su mano y me masturba mientras chupa, poco a poco me provoca espasmos, jadeo, siento que acabo, pero me contengo, aun queda mucha fruta por disfrutar, entonces la empujo suave hacia mi, mi pene entra poco a poco, hago que su boca se acerque y se aleje de mi cuerpo, de repente le ordeno abrir  todo lo que pueda su boca y la empujo hacia mi con fuerza, introduzco todo mi miembro muy profundo en su garganta, ella se ahoga, yo la someto con fuerza, pero no puede decir la palabra clave, no puede decir palabra alguna, yo saco mi pene, ella tose y recupera el aliento, vuelvo a ordenarle que habrá la boca, ya soy so amo, me obedece, le empujo de nuevo mi pene con fuerza, y lo saco una y otra vez, ella siente que vomita, se retuerce su cuerpo pero  se controla,  yo le digo que aguante la respiración mientras hacemos eso, así contiene las ganas de vomitar, ahora volvemos  a empezar, de nuevo a repetir una y otra vez, la misma escena, ella suelta baba sobre mi cuerpo, yo disfruto su garganta.  

Después de un rato, la pongo de espalda en la cama,  meto mi mano entre sus piernas, y ahora mis dedos se convierten en el tesoro mas apreciado por ella, se mueven con destreza, haciendo que su cuerpo se retuerza de placer,
hago que mi mano vibre con rapidez, ella gime, cierra sus piernas y se estira, se retuerce y se estira, esta en un alto goce, el orgasmo se acerca, yo lo noto y profundizo el masaje, mas rápido, mas fuerte, ella se estira mas, grita de placer, los orgasmos se repiten, una y otra vez. Ahora la obligo a abrir sus piernas e introduzco uno de mis dedos en su vagina, apunto con el hacia su frente y ubico su punto G, ella siente la sensación, no se si sabe lo que se aproxima, y dentro de mi digo, -te va a encantar-. Ahora con mi dedo apuntando a su punto G, comienzo a darle el masaje de los dioses, casi inmediatamente que comienzo, ella siente la intensidad de ese punto en especial, se retuerce sin control, el placer es intenso, yo aumento la velocidad de mi dedo, y la fuerza de la presión, ella gime y grita de puro placer, no hay dolor, es el placer puro, el mas intenso, se le acerca un nuevo orgasmo, yo lo siento venir, y afirmo mi proceder, el mismo le llega casi de inmediato, ahora que ha tenido algunos orgasmos es mas fácil hacer que le lleguen continuamente, viene otro, yo le doy con furia, explota en su cuerpo, y se convulsiona como loca.   Ahora la dejo descansar un poco, porque quiero introducir mi pene en su mojada vagina, le digo que me ponga el condón… (continuara)   Ahora la dejo descansar un poco, ella se deja dominar por la fatiga y se tira largo sobre la cama, yo quiero introducir mi pene en su mojada vagina, le digo que me ponga el condón, ella se voltea y lo toma de la mesita que esta al lado de la cama, lo abre con sus dientes, toma mi pene con su mano y lo coloca en la punta, lo desenrolla suavemente, luego se meta la cabeza de mi pene en la boca y empuja el condón con suavidad hasta dejar mi pene totalmente cubierto por el mismo. Se acuesta nuevamente y yo la tomo por las piernas y se las empuja hacia adelante, su pierna se extiende delante de mí y se posan sobre mis hombros, expone su sexo al mío, le pasó suavemente mi miembro en sus labios vaginales, rozo su clítoris con mi pene, ella se estremece una vez más, sigo haciendo lo mismo por un rato y ella sube su nivel de excitación. Ahora apunto mi pene a su vagina  y presiono un poco con mi cuerpo, la atraigo hacia mi, la cabeza e mi pene penetra un poco en su vagina, ya esta en posición, ahora la jalo con fuerza y la penetro hasta el fondo, ella gime, se  estremece, en esa posición la penetración es profunda, yo me inclino hacia delante, sus piernas también se doblan y se acercan a sus hombros, su sexo queda expuesto en toda su amplitud y yo le provoca una máxima penetración, ella vuelve a gemir, comienza a mover su pelvis quiere mas, yo también la muevo le doy duro, con fuerza quiero hacerla sentir, quiero que lo disfrute, quiero que no me olvide, siempre voy a estar en sus sueños, voy a darle lo mejor de mi, con energía, saco mi pene y lo vuelvo a meter, repito esta acción una y otra vez,  ella lo siente  en lo profundo, lo goza, lo ama, esta extasiada, le doy con rapidez con violencia, me concentro para no terminar antes que ella, tengo que hacer un gran esfuerzo, pero se como hacerlo, se como hacerla estremecer, y lo hago, ella gime, gime sin parar. Ahora tomo sus senos y los aprietos con fuerza, ella sienta esa sensación y se estremece aun mas, de repente le doy un fuerte golpe con mi dedo en uno de sus pezones, explota el éxtasis dentro de ella, otro orgasmo, un tren de ellos, yo no paro estoy a punto de explotar, pero no puedo, aun queda una fruta hermosa que deseo saborear, saco mi pene, y espero, jadeante, extasiado, complacido.  

Le ordeno que se coloque en cuatro patas, busco mi pantalón, y saco un tubo de lubricante íntimo, coloco un poco en mi pene y otro tanto en aro de su ano, me acerco a ella, coloco mi pene en su culito lindo, la jalo violentamente contra mi, la penetración es rápida, profunda, salvaje, grita con fuerza, el dolor es intenso, yo la penetro al máximo, todo mi pene esta dentro de su cuerpo, es la parte que mas me gusta, allí se establece claramente mi dominio, mi yugo se hace efectivo, la tomo por los pelos y la jalo contra mi, con fuerza, soy su Amo, su esclavizador, ella se rinde, gime, llora, el dolor es intenso, el placer aun mas, muevo mi pelvis, para adelante para atrás, casi lo saco y se lo vuelvo a meter, eso le produce mucho dolor y mucho placer. Entre llantos y gritos de placer otro tren de orgasmos, me muevo con fuerza, adelante y atrás,  ya estoy incontrolable, no habrá palabra clave que me detenga, la obligo a tenderse boca abajo en la cama hace un esfuerzo par mantener su trasero parado, eso me excita mas, dejo caer mi peso sobre ella, la inmovilizo con mi cuerpo y muevo mi pelvis rápidamente, eso le produce un gran placer. Yo estoy como loco, paso mi brazo por su cuello y la jalo contra mi, la obligo a abrir con sus manos sus hermosas nalga, para que se produzca una mejor penetración, empujo fuerte, siento una explosión dentro de mi, grito una y otra vez empujo mas, mas mucho mas, aprieto su cuello, un gran orgasmo ha estallado dentro de mi, ella siente que se ahoga, pero sigue exponiendo su trasero con firmeza, gozando, gozando como nunca, ahora estoy seguro, nunca me olvidara.  

Ahora me aflojo, suelto la presión sobre su cuello, me caigo sobre ella, por un rato mantengo mi pene dentro de su ano, luego lo saco con cuidado, ya no quiero producirle mas dolor, me echo a un lado, boca arriba, ella se voltea también, queda su cabeza sobre mi brazo, yo me recupero poco a poco, ella también, ahora estamos calmados, felices, la jalo hacia mi, despacio con cariño, la coloco sobre mi cuerpo, mi pecho contra su pecho, mi cara cerca de su cara, cerquita muy cerquita, beso su labios con ternura, un beso largo, tierno, lleno de romanticismo, acaricio su pelo, beso su frente y llevo su mejilla contra mi pecho, ella accede complacida, esta dispuesta a cumplir mis mínimos deseos, nos quedamos inmóviles, dormitamos un poco, hay que recuperarse, pues aun no termino mi trabajo.   Después de descansar un poco y recuperar fuerzas me dispongo a seguir con mi tarea de proporcionar la humillación el dolor y el placer que me pide mi deliciosa acompañante, me pongo a observarla detalladamente, sus curvas, sus lindos senos, y observando mientras ella dormita, comienzo a sentir de nuevo el fuego dentro de mi, mi pene se inflama y se levanta de nuevo poco a poco. Mientras observo, le tomo sus senos con suavidad y los comienzo a acariciar, ella abre los ojos y sonríe, también esta dispuesta, yo le levanto un poco el seno y le propino un pequeño golpe semejante a una cachetada cerca de su pezón derecho, luego le doy otro golpe cerca del pezón izquierdo, ella se retuerce un poco y se excita, entonces me paro frente a ella y le digo que tome mi pene y se lo meta en la boca, ella accede, abre su boca y la acercó a mi glande, que comenzó a acariciar con la lengua. Luego lentamente lo fue introduciendo en su boca cerrando los labios alrededor del mismo. Poco después sus movimientos eran rápidos y  con fuerza mientras mi pene  se ponía más duro, yo la tomo por los pelos y la jalo contra mí, ella se resiste pero mi poder es mayor y la obligo a donde quiero. Ahora le tomo la cabeza y la acerco y la alejo de mí, rápido con fuerza, ella entiende y entra en resonancia con mis movimientos, adelante y atrás, el movimiento es rítmico, se ahoga cuando se acerca a mi, respira cuando se aleja, su boca  babea con intensidad, tanta que empapa mi cuerpo. Entonces le digo que estoy a punto de acabar en su boca, ella se sorprende pela los ojos y trata de negarse, pero ya es muy tarde, he inundado con mi blanco semen su linda boca, le llega hasta la garganta, tibio espeso, lleno de vida, ella resignada trata ahora de aprovecharlo y chupa para no perder una gota.   Ahora la tomo por la mano y le enrollo una cinta de cierre mágico en su muñeca  que he mandado a hacer especialmente para esta ocasión, tiene una cuerda cosida y sirve para sujetar sus extremidades sin lastimarla, pero lo mas importante, para hacerlo rápidamente y no tenga chance de negarse, con ella le amarro los brazos y las piernas a las cuatro patas de la cama, primero boca arriba, para que quede expuesto su cuerpo y a mi merced, tomo una cinta  de tela y le cubro los ojos, ahora solo sentirá  lo que le haga sin saber mi próximo paso y oirá las humillaciones que le diré, -“eres una puta, perra”- le digo en el oído, -“pero estas rica y eres mi puta, me perteneces perra”-  ella escucha atentamente y muestra su aprobación, le ordeno que me diga que si es una puta y que reconoce que es mi esclava y que yo puedo disponer libremente de su cuerpo porque es mío, ella dice, - “si mi amo soy una perra puta, soy tu puta, y mi cuerpo es tuyo, para que hagas lo que quieras, para que lo maltrates como mejor te guste, mi amo”- eso me complace y le sigo diciendo –“eres una perra y no mereces compasión y voy a castigarte porque me place, por el placer que me proporciona tus grititos de dolor”- entonces le paso la correa por la cara, y le rozo con ella su cuerpo entero, vuelvo a sus senos y le doy un golpe leve en sus pezones con la punta del cinturón, ella se retuerce y grita, pero luego vuelve a tranquilizarse. Ahora tomo un frasquito que he llevado y que contiene un liquido especial para frotar el clítoris y proporcionar intensos placeres, le echo unas gotas en su vagina, exactamente sobre su clítoris y comienzo a frotar, primero con suavidad, luego le aplico mas fuerza, siento como el liquido se calienta, y como ella se estremece mas y mas, yo sigo frotando, mis dedos son expertos, ella grita de placer, es intenso, indetenible, yo froto cada vez mas rápido, mas fuerte, ella gime, grita, pide mas, mas y yo le doy mas, muevo mis dedos mas rápido mas, mi pene esta que revienta, y ella se convulsiona, ahora tiene un orgasmo y otro le viene seguido, otro mas, yo no me detengo, me gusta verla acabar, me excita mas, le digo –“vamos perra puta gózalo”- y le pregunto –“quien eres” – y ella me contesta –“soy tu puta papi, soy tu perra, dame mas mi amo”- yo la complazco con mas furia por un rato, y tras muchos orgasmos la dejo descansar, antes de proseguir con mi plan.  

Ahora tomo una pequeña botella de licor que compre antes del encuentro con mi esclava y la destapo, le dejo oler el aroma de mismo pasándole la punta de la botella por la nariz, luego se la acerco a la boca y le doy un pequeño trago, ella lo toma con gusto, le gusta, es dulce y fuerte, le doy otro trago y otro mas, yo también tomo un trago, ya estoy listo para continuar. Le echo algo de licor ente los senos y comienzo a lamer con avives, quiero beber todo el licor que ahora se a mezclado con su sudor. Me paro frente a ella y dejo rodar algo de líquido en mi cuerpo, a la altura de la cintura, le ordeno que saque su lengua y me le acerco, le tomo la cabeza y la empujo contra mi cuerpo, para que saboree el licor que se ha mezclado con mi sudor, la guío por todas las partes donde lo he derramado, por mi estomago, por mi pelvis, por mis bolas, le digo que las chupe y ella las toma con su boca y su lengua, derramo mas licor y ella desesperada lame mi cuerpo con rapidez para no perder una gota, hasta que finalmente le coloco la boca sobre la punta de mi pene y le digo –“chupa perra este es tu caramelo, el que te gusta, puta, chupa”- ella obediente se lo mete en la boca y chupa fuerte, me estremece pero no suelto su cabeza, muy al contrario la empujo contra mi, pero levemente, quiero que saboree mi miembro que esta hinchado al máximo. Ella comienza  a mover su cabeza para adelante y para atrás, se lo traga profundo, lo suelta y se lo vuelve a tragar, con movimientos rápidos violentos, yo solo le sostengo la cabeza y le ayudo a moverse, suelto un gemido, me provoca intenso placer, me siento venir, entonces le alejo rápidamente la cabeza para colmar mis ansias, le doy mas licor en su boca, ella lo saborea, la suelto y comienzo a besar su cuerpo, llego a sus senos y los chupo como un bebe, paso de uno a otro, le doy pequeños mordiscos y ella se retarse, continuo mi camino por su cuerpo lamiendo y besando, bajo por su vientre y llego a su rasurada vagina, le meto la lengua en raja y le paso la lengua hasta llegar a su ano, ella levanta la pelvis para que yo pueda chuparlo con menos dificultad, vuelvo por el mismo camino y tomo su clítoris con mis labios, lo chupo, lo lamo, lo muerdo, ella se retuerce una vez mas, lo hago seguido, le meto la lengua profundo y la hago vibrar, rápido y con fuerza, subo a su clítoris y continuo haciéndola vibrar, rápido, fuerte, ella se siente morir, gime grita, pide mas y yo la complazco con mesura. Ahora la dejo, levantando mi cara, tomo un nuevo preservativo y me lo coloco en mi pene, me acomodo sobre ella, y le digo –“ahora te voy a violar, perra puta”-  y la penetro con fuerza, ella siente la penetración y grita de placer, -“dame duro, dame mas papito, dame mas mi amo”- y mueve su cintura para gozar mi inflamado pene. Me dejo caer sobre ella y muevo mi pelvis con fuerza, ella goza cada vez mas, le beso el cuello, le muerdo los hombros, ella se retarse, nuevos orgasmos están a punto de estallar, yo los veo venir, y apresuro mi ritmo, para que ella los goce. Me arrodillo en la cama y la jalo sobre mis piernas sin sacar mi pene de su vagina, ella aprieta con sus piernas mi cuerpo aun cuando las cuerdas que la atan se lo impidan, yo empujo con mi pelvis y ella con la suya, chocamos explosivamente una y otra vez, ella se convulsiona, explota, yo me contengo en mi mente para frenar mi explosión, por largo rato estamos así, desgastando nuestras energías.  

A llegado el momento que mas adoro, me bajo de la cama y desato las cuerdas de sus patas, le pido a mi esclava que se voltee y vuelvo a amarrarla de las cuatro esquinas de la cama, me monto sobre ella como si fuera un caballo, la tomo por sus trenzas y la jalo suavemente hacia mi, ella levanta la cabeza y yo le doy otro trago de licor,
ella lo saborea y disfruta, le riego licor en su espalda y sin soltar la presión en su cabello comienzo a lamerle la espalda para saborear el dulce licor, recorro su espina chupando y besando, me voy hasta sus hombros y muy cerca del cuello en su base chupo y beso con pasión, ella se estremece, de su boca salen pequeños quejidos de placer, yo me animo y recorro sus hombros besando, chupando, mordiendo suavemente. Continuo así por un rato y ella me anima con sus quejidos a seguir, bajo de nuevo por su espina, besando lamiendo, y llego a la hermosa raja de su trasero, comienzo a pasar mi lengua cerca de su ano, alrededor del mismo y poco a poco me acerco a ese oscuro punto tan preciado, ya estoy en el pongo la punta de mi lengua en su ano y comienzo a moverla rápida, salvajemente, se lo lamo con fuerza, ella se estremece, levanta sus caderas  y las empuja sobre mi cara sin dejar de soltar sus gritos de placer, - “me gusta, me gusta” – me dice, yo me afianzo, le doy mas fuerza a mi lengua, la muerdo alrededor  del hueco una y otra vez, ella esta que revienta, continuo sin parar, sin dar descanso. Ahora me paro, jalo sus caderas hacia mi, y la pongo en una posición erótica muy excitante, con sus caderas levantadas y sostenidas levemente por sus piernas, su cintura forma una curva hasta su espalda extremadamente bella, tomo una almohada y la doblo para que sea mas gruesa y la coloco bajo su vientre, así me aseguro que el cansancio y la presión que are no hagan cambiar esa posición que deja absolutamente expuesto su ano. Tomo un poco de lubricante y se lo riego por su ano, le meto un dedo y le pongo lubricante por dentro, con suaves masajes, le hundo el dedo, ella se vuelve a estremecer, - “uhhh que rico” – dice ella, yo le introduzco otro dedo y comienzo a hacerlo girar dentro de ella, - “ayyyy, rico papi rico, dame mas” -, meto y saco los dedos, una y otra vez y ella insaciable pide mas, una y otra vez. Ahora saco los dedos y coloco mi pene en la entrada de su ano y le digo – “ahora te voy a dar lo que te gusta, perra puta, te voy a hacer chillar y no me podrás detener, perra puta “ – la agarro por las caderas y penetro con fuerza lujuriosa por su trasero ella siente la penetración, siente el dolor y el placer grita con mas fuerza, yo comienzo mi vaivén, ella da un quejido con cada penetrasion, la jalo contra mi ella busca una mayor profundidad empujando sus caderas hacia mi, le abro las nalgas con mis manos y puedo así meterlo mas profundo, ella goza intensamente, sus piernas tiemblan, yo le doy con fuerza, ,e inclino sobre ella y meto mis brazos bajo su pecho, tomo cada uno de sus senos con mis manos y aprieto, primero sus redondas tetas, después sus duros pezones, los aprieto y retuerzo, ella lanza quejidos, suspiros, gritos y pide mas, mas fuete, mas profundo, yo la complazco en ese frenesí, ella estira sus piernas, esta apunto de explotar, yo estoy que no aguanto y dejo que el volcán brote de mi ser, los dos al mismo tempo gritamos como locos, estallamos y fundimos nuestros cuerpos, nuestras almas, por un momento parecen uno solo, unidos en un mismo placer, me dejo caer sobre ella y allí estamos un pequeño rato hasta que recupere fuerzas, luego  le desato una mano, saco mi pene de su lindo culo y me echo a un lado, levantando su brazo y colocándola sobre mi, allí descansamos, ella esta agotada, la siento complacida, me da un dulce beso en la boca y descansa sobre mi pecho.   Hemos estado varias horas disfrutando el mejor placer de la vida, y fueron unas horas exquisitas pero los deberes del día a día a nos llaman y debemos cada uno partir a nuestras propias vidas para continuarlas después de este rico paréntesis, nos decimos cosas lindas y prometemos vernos luego por Internet, cada uno toma su camino y desaparece en el horizonte de la   monotonía, es hora de volver a la realidad, los compromisos y toda esta vida que nos han impuesto, pero nunca voy a olvidar estas hora celestiales, porque en verdad estuvimos muy cerca del cielo,  no se si la volveré a ver, no se si querrá repetir estas dulces horas con mi compañía, yo espero que si, pero eso solo el futuro próximo lo dirá  
FIN.   

Cornudo y Castrado

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No dejé de pensar en ella en toda la noche, de hecho no dormí bien esa y las noches siguientes. Mi esposa Gloria se empezó a dar cuenta de ello y me preguntó qué me pasa. Por cierto no le dije nada de Karen ya que gloria ni siquiera sabía de su existencia. Pasado un mes, me tranquilicé, pensé que ya todo había pasado cuando al llegar a mi casa siento que mi esposa conversaba alegremente con otra mujer en el sofá. Casi me muero de miedo cuando ví a Karem sentada con mi mujer sierviendose unas copas. Por fin llegaste mi amor, te presento una amiga enfermera que conocí hace un par de semanas en el gimnasio, se llama Karen, anda y salúdala, te a a gustar. Me dice mi esposa muy suelta de cuerpo.  Así que tu eres Javier, el famoso esposo de Gloria, mucho gusto. Por tu expresión me da la impresión que ya me conocieras. Al decir esto, Karen pone toda la cara de mojigata que puede poner, haciéndome senrtir rojo de furia pero a su vez de temor. Mi esposa la invitó a quedarse a cenar lo que aceptó gustosamente. Fue en ese instante que comprendí el juego de Karen. Y sin que nadie se lo pregunte,  se pone a contar la historia de ella y un antiguo novio que tenia costumbres raras. Sabes Gloria, he tenido mala suerte en el amor. Hace unos años tuve un novio por dos años que le no era para nada un hombre pero le gustaba hacer cosas. Cosas que yo las hacía sólo porque me compraba las cosas que necesitaba. Ay que pena mujer -dice mi esposa - ¿Y qué era lo raro con él? preguntó.  Si supieras gloria, fijate que en el fondo era una mujer reprimida, estaba muy mal dotado y le gustababa le que diera de azotes, nalgadas, y le metiera consoladores. El pobre apenas se le paraba no llegaba ni a los 10 centímetros. Ah y estaba terminando sus estudios de doctor en aquel entonces. Estpoy segura que además andaba por ahí chupando pijas de verdaderos machos, como los que hay en el gimnasio.Lo siento por ti Karen, ojalá te encuetres alguno bueno por ahí, en todo caso, yo que vos, estaría contenta de ho haber seguido con ese hombre travestido. Al terminar de hablar Gloria, mi cara y susto se notaban a leguas, porque ese hombre travestido del cual hablara Karen ella yo.Llegado el viernes, mi esposa, que trabaja en la misma clínica que yo, entra a mi consulta y me dice se va sola y que no la espere a cenar esta noche porque va a salir con Gloria y unas amigas del gimnasio a tomar unas copas por ahí. Me pareció raro porque era la primera vez en años que hacía esto. Mejor no dije nada pero mi temor era más grande cada día por la cercanía de Karen con mi esposa. La esperé despierto hasta las 3 am, y luego me quedé dormido. Al despertar a la mañana siguiente como a las 9 am, aún no había llegado. Me desesperé y la llamé al teléfono móvil cuando siento que abren la puerta y era ella. ¡Hola amorcito, disculpa por no haberte llamado, se que te debes haber preocupado pero se me hizo tarde y mejor decidí quedarme con Karen y unas amigas en su casa. Me voy a bañar y a dormir un poco porque estoy cansada. Por su cara, me di cuenta que lo habia pasado bien y que al parecer Karen aún no le decía nada de mi. Luego, al abrir la puerta del baño donde mi esposa se estaba bañando, me mira con cara de sorpresa. Oye, podrías haber llamado antes, me dijo con cara de enojada. ¿Por qué? le dije . ¿No ves que me estoy bañando?, para la próxima debes llamar antes a la puerta. Y ahora por favor sale que necesito descansar. Oir eso fue como un balde de agua fria, el miedo se apoderó de mi y salí de la habitación. Desde esa mañana sabía que algo había cambiado. 

Gloria me trató fria e indiferentemente, y en esa noche me dice que debemos hablar seriamente. Bien, tu dirás, le dije. Mira Javier, porque no me dijistre nada de Karen. ¡Cómo pudiste hacerle eso a una mujer como ella¡ - ¿Hacer qué? le dije con toda la rabia que tenia. ¡No te hagas el tonto, a la pobre la dejaste botada casi en el altar¡ ¿Estás loca, yo no he hecho nada, ella estaba loca, me quería sacar dinero, nunca le gusté y por favor dejémonos de hablar de esto y ya no veas mas a esa furcia¡ Javier, nunca me habría casado contigo de saber que dejate a una chica sola y con el corazón roto. Menos aún si hubiera sabido que eres un pervertido travesti, ¿o me lo vas a negar? Karen ya me lo dijo todo. A partir de ahora las cosas van a cambiar, y para empezar vamos al dormitorio. Mejor no lo dudé y me fui con ella como manso cordero. Al entrar me dice:Ve a traer mis bragas que deje en el baño y apúrate.Las traje y me dice: Ahora, si quieres salvar nuestro matrimonio, yo daré las órdenes aqui, si no quieres bien, pero quiero el divorcio y mi parte de dinero. Está bien le dije, no quiero separme de ti, lo de Karen fue un error.  Cállate, Karen es una chica dulce que mecere respeto, el que tu nunca le diste. Ahora como prueba que aceptas toma mis bragas, ólelas y dime qué te parecen. Al tomarlas, vi que estaban manchadas con una sustantcia pegajosa y fuerte que sin duda era semen. ¡Es semen¡ le dije. Sí, semen de un macho que anoche me hizo suya tres veces. Limpìa mis bragas con tu boca y trágatelo. Anda te va a gustar. - Con un asco inmenso, las deje limpias, sabian horrible por la mezcla de semen seco y flujos de Gloria. Bien, ¡¡ahora vete a dormir al sofá. Yo no soy lesbiana en nada¡¡¡¡. Totalmente humillado, accedí.El domingo, Gloria me trató con suma indiferencia, como si yo no existiera. El lunes como a las 7 pm, cuando ya me disponía a irme a casa entra Inés, mi secretaria en la clínica, diciéndome que mi esposa desea que no me vaya todavía, que la espere porque está con unas personas. En su mirada, noté algo raro, ya que me lo dijo sonriendo. Le dije ok y me dispuse a esperar en mi oficina. Media hora más tarde, vuelve a entrar Inés junto con Roberto y Paula, que son enfermeros de no más de 25 años. Traían consigo una bandeja con medicamentos y jeringas. ¿Qué sucede, porqué entran aquí? les dije. Paula e Inés se miran, sonríen mutuamente y me dicen.Doctor, sabemos que está pasando momentos difíciles en su matrimonio, Gloria nos contó de su problema y entre todos aqui en la clínica hemos decidido ayudarle. Ya todo está casi listo en el pabellón y necesitamos preparlo para la intervención, mejor no se resista y déjese hacer, es lo mejor para Gloria. - dice Paula. Porfavor quítese toda la ropa y siéntese doctor, me indica Roberto. ¡Están locos¡ yo me voy ahora mismo y doy aviso a la policia les grité en vano. En el acto entre Inés y Roberto, me toman entre los dos y me sientan a la fuerza, y sin darme cuanta Paula me pinchó en brazo con una inyección que no tardó en hacerme efecto. Es un sedante, doctor, le ayudará a no pensar en lo que le va a pasar. Ya mareado, me botan en el suelo y entre todos me desnudan, me meten una pelota en la boca para que no pudiera hablar y al rato me suben a una silla de ruedas que trae Paula. Desnudo, soy sacado de mi oficina por los pasillos de la clínica en donde puedo ver y oir claramente como otros colegas me saludaban y me decian que lo sentían pero que era lo mejor para mi. Roberto, Paula e Inés, me llevaron a un pabellón de cirugía en donde me esparaba mi esposa con otra persona. Karen. 

Ya llegaste mi amor, te estábamos esperando. dice mi esposa.Ente todos me suben a una mesa ginecológica dejándome con las piernas abiertas, mostrando a todos mis testículos, el pene y el ano. Inés y Paula me amarran fuerte y Karen se me acerca y me dice que las deudas se pagan
, y que van a proceder a castrarme. Al instante mi esposa toma un aparato y me empieza a afeitar los testículos desde la base del ano hasta arriba. Cuando terminó parecía un recién nacido. Paula me vuelve a inyectar, esta vez para el dolor y Gloria me dice que no llore, que es para mejor, que salvará nuestro matrimonio. En eso, veo que entra Carlos, un cirujano colega de 45 años que me mira con lástima y sin nada más desnuda a mi mujer delante de todos. Gloria lo deja, lo besa con pasión y le baja los pantalones, dejando al descubierto una enrome pija de las de 20 cm., que chupa con devoción. Mira bien, cómo es una pija de verdad, te dijo delante de todos que a partir de ahora, Carlos será mi macho y tu mi mejor amiga. Al instante gloria se mete esa pija en la boca y suciona con devoción por 10 munutos. Cuando Carlos está a punto de venirse, Gloria le pìde a Karen que le pase un pote de muestra y lo coloca dentro de la pija, que eyacula con fuerza, llenándose el vaso rápidamente. Gloria, lo deja en una mesa y Karen le pasa otro, pero esta vez se llena de la orina de Carlos. Karen se acerca el primer vaso, lo toma y se dirige a mi. Me quita mi mordaza, me lo hacerca y me indica que abra bien la boca, me tome todo y trague sin pensar en su contenido. Trato de rehusarme dentro de mis posibilidades cerrándo todo lo que puedo la boca pero al rato Roberto, me aprieta las bolas hasta que abro la boca y Karen deja caer todo el semen tibio de Carlos. Vamos, tómelo todo, verá que es rico, desde ahora eso es lo que va a probar con frecuencia. Verá que tiene una sabor especial. Don Carlos tiene una alta concentración de espermios, por eso su semen es más grueso e intenso. Eso le ayudará a aceptar mejor su nueva condición. Me dice Paula. Llorando, no me quedó otra cosa que tragarlo por el dolor en mis bolas por la presión de Roberto en mis testículos. cuando lo terminé Karen me acercó el vaso de orina y me lo hizo tragar también. 

Casi vomito pero Inés me tapó bien la boca. Bien, ya es hora Carlos, cástralo¡ le ordena mi esposa. Carlos se sentó en una silla y me inyectó los testículos causandome un dolor enorme en las bolas. Al rato, todo estaba insensible. Roberto me apretaba las bolas y miraba mi reacción de dolor. Cuando se dió cuenta que dejé de sentir sus manos, mi esposa me vendó los ojos con una tela oscura y de pronto todos se callaron. Me invadió un terror enorme. Karem me habla, me dice que me calme, que Gloria y Carlos saben lo que hacen. De pronto sólo sentía las manos de alguien sobre mis muslos y un dolor tolerable en las bolas. Sentía que las tiraban y que hacían presión sobre ellas. Sentía que corría algo de sangre por mis muslos y de pronto un fuerte dolor el mi lado izquierdo. Ya está una, me dice Karen. Ten calma, sólo falta la otra y estás listo¡¡.Unos minutos más tarde, otra fuerte presión y el dolor me indicó que ya estaba castrado. Listo mi amor, eres muy valiente, Carlos ya terminó. Me indica mi esposa. Me retiran la venda de los ojos y veo a Paula limpiándome las heridas . Karem le dice algo al oido a mi esposa, que parece sorprenderla pero en un instante le dice a Carlos que aún falta algo, removerme el escroto. Están seguras?, dice CarlosSí, mejor no le dejas nada, quítale el escroto todo lo que puedas. dice Karen. Bueno, pero tardará más en recuperse. Al rato se vuelve a sentar en frente de mis piernas adoloridas, y como el efecto se estaba empezando a pasar, noté claramente cuand Carlos me tomó el escroto vacío con las manos, lo estiró y le pide a Paula que le pase el bisturí. El dolor que sentí fue increible, Inés y roberto me sujetaron la cabeza del dolor y sentí como miles de picaduras se sentían mientras Carlos cortaba. Me pareció una eternidad cuando terminó, dejó el escroto cortado en un plato y Karen lo tomó y lo dejó dentro de un frasco juto con mis bolas cortadas. Ahora si mi amor, se me va a dormir porque no quiero que sufras más por hoy. Pero antes mira como Carlos me coge bien rico delante tuyo. me dijo Gloria que rápidamente se inclinó y le ofreció su concha a Carlos que ni tonto se la metió toda. Mientras tanto, Karen me dice que mi deuda está pagada. Paula me dice que me va a cuidar hasta mi recuperación, pero que desde ahora ella, Inés y roberto serían mis nuevos amos y que mejor no lo dude.  No pude más y perdí el conocimiento.Al despertar, era de dia y Paula estaba a mi lado en una pieza de la clínica. Sentía un dolor enorme entre mis piernas que estaban abiertas aún. Paula pregunta cómo dormí, que la operación fue un éxito. Más aún estaba amarado y con un catéter en mi pene para poder orinar. Paula me dice que han pasado tres dias desde mi intervención. al rato veo entrar al gerente de la clínica y con una sonrisa de oreja a oreja me pregunta cómo me siento. Me dice que no debo tener miedo y verguenza ya que todos saben lo que pasó. Además que cuando me recupere volvere al trabajo como si nada. Me avisa además que Carlos y Gloria se fueron de luna de miel por dos semanas. Al instante saca algo de su bolsillo. Era un pote que le pasa a Paula, lo abre y se al instante que es semen por el fuerte olor. Doctor, tómese su medicina. Me dice Paula. Como robot, abro la boca y lentamente me deja caer su contenido en mi boca. Después , toma una cuchara y saca lo que queda de semen en el pote y me lo mete en la boca. sin darme cuenta, me lo tomé todo sin sentir su sabor. De ahí en adelante, por una semana, Paula hizo lo mismo cada día. Me decía que eran semen se Roberto, de su novio, de un amigo y de otros empleados que querían ayudarme aparte del gerente. Cuando volvió Gloria, nada era igual, seguiria siendo su esposo, pero ahora  como su mejor amiga. Carlos me dió a beber su semen todos los días ya que se fue a vivir a nuestra casa y ahi soy su sirvienta. Karen nos visita con frecuencia y sin pensar, me acostumbré a ellos. En agradecimiento, debo limpiar el culo de Gloria y Karen cuando Carlos me lo pida antes y después de haberlas cogido, y muy a mi pesar, debo decir que me agrada ahora su sabor intenso mezla de semen, jugos de mujer y un poco de mierda.En la clínica, Paula, Roberto e Inés, me usan como quieren, ya no mando ahi pero no puedo hacer nada. Paula una vez al mes me inyecta hormonas masculinas que me ayudan a guardar las apariencias pero a cambio de ser su juguete. Lo mismo para Inés que a pesar de sus 40 años, me usa como quiere.

Culiando a la Sirvienta

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Hola a todos, soy Juan y quisiera compartir en estos relatos que son muy calientes, una aventura que tuve con nada menos que la mucama de mi suegra.  Ella es Magdalena, de 28 años, casada, estuvo trabajando en los Estados Unidos, alli se junto con un hombre, luego de la crisis de trabajo, ella ya no consiguió empleo y tuvo que regresar, y una amiga de mi suegra la recomendó a mi suegra y ahora la ayuda con la mantención de la casa, mi suegra es viuda. La primera vez que la conocí, en una visita que hicimos mi esposa y yo a mi suegrita, apenas la ví y no noté nada excepcional en ella, aunque estaba con vestido flojo y fuera de moda. 

Pero en una visita rápida que realicé a mi suegra sin compañía, le tenía que entregar no se qué, enviado por mi esposa, era un domingo, llegué a la casa de mi suegra y encontré a Magdalena, lavando el patio trasero de la casa, estaba en unos pantaloncillos cortitos, que le apretaban un gran culo, con una caderas bien curvadas, vestía también una blusita sin sujetador que dejaba ver la forma de sus ricas tetas y con los pezones hinchados,  me quedé paralizado de lo sabrosa que estaba, se me hizo agua la boca, no dejaba de verle su cuerpo, ella lo notó y aún se puso más coqueta, a pesar de ser un culo grande estaba bien definido.   Tuve que romper ese comportamiento, porque mi suegra estaba allí, pero cuando ella dijo que iba a prepararme algo para llevarle a su hija, me fui a platicar con ella sin perder tiempo, allí fue donde me confesó que era su primer trabajo desde que regresó del norte, vivía con su madre en un colonia de este pueblo. 

La noté bastante interesada en mi, me preguntó donde trabajaba, yo le dije que trabajaba en el registro civil del Estado, en unos minutos compartimos números telefónicos, luego me retiré de allí y me fui con mi suegra, pero el impacto que me causó esta mujer fue increíble, era una gran hembra. Y fue Magdalena quien fue la que se comunicó conmigo al siguiente día, estuvimos hablando por media hora, yo no quería que cortara la comunicación, se oía muy sexy por teléfono, le confesé que era muy atractiva y que me había impresionado.  Antes de terminar la conversación ella me dijo que su madre le había dicho que quería un documento del registro civil y  me pedía como favor que le ayudará, que su día libre era el miércoles y que si podía ayudarla ese día.  Yo no podia creer que me iba a encontrar con ella, solos los dos. Para ese día le había prestado su apartamento a un mi compañero, pensaba llevarme alli a Magdalena y si la cosa me iba bien, quería algo con ella.  La cosa no podía ir mejor ese día,  ella llevaba una mini de jeans, con zapatos de medio tacón descubiertos, tenía unos lindos pies pintaditos, con una blusa pegada a su torso que lucía sus tetas. 

Luego de sacar el documento que quería la invite a almorzar y  luego la llevé al apartamento, ella aceptó ir, no se que mentira le dije para llevarla.   Cuando entramos a la habitación, me fui al grano, la abracé por atrás y le dije que al fin solos, -me gustas mucho Magdalena!-, ella se volteó y me dijo que yo también le gustaba, -ya estaba hecho!!- nos empezamos besar con mucho ardor, me dijo al oido que tenía meses sin sexo, eso me puso a mil y allí parados y besándonos la empecé a desvestir, le quité su blusa primero, le busqué sus senos y le mamé sus tetas casi con desesperación, aún parados la puse contra la pared y de espaldas le bajé su pequeña mini, la nena tenía un hilito dental que se perdía entre sus dos hermosas carnes de sus nalgas duras, le hice a un lado su hilito y le comencé a chupar su culito arrugado, luego bajé a su rajita, la chica estaba ya mojadisima.   Le chupé todo su gran culo y su rajita, le lamì y le mordí ese par de nalgotas duras, ella gemìa y se dejaba hacer todo lo que yo quería, abría más su spiernas para que mi lengua y mi boca pudiera gozarle toda su vulva abierta.  Ella gemía pidiendome que no parara. Confieso que fue la mamada más celebre que he dado en mi vida, ya que todo su trasero era increíble, estuve sumergido en ese gran culo unos veinte minutos sin parar.  Luego, de mojarse bastante y de un par de orgasmos en mi boca, Magdalena me dijo que ahora era su turno de mamar, asi que cambiamos de posición, aún parados alli en la habitación, me coloqué con la espalda contra la pared y ella se arrodilló ante mi y se llevó con una mano mi verga a sus gruesos labios, comenzo a chupar mi glande como si fuera un chupete, luego se fue clavando todo mi tronco hasta que desapreció en su garganta, yo estaba sumamente excitado, entre gemidos la tomé del cabello y le empujé la cabeza hacia mi vientre para enterrarle hasta el ùltimo centímetro de verga en su boca, ella quiso sacarsela, pero no lo permiti por un momento, luego dejé que ella se lo sacará, tomó aire y siguió mamàndo.  Luego, le tomé la cabeza y empecé a bombearle mi pene entre sus labios, como follando su boca.  Sentí un torrente de esperma salir por el glande y ella abrió su boca  para recibir una buena parte de mi venida, frente a mi se tragó todo el semen que tenía adentro de ella. Después de ese delicioso comienzo, la tomé de la mano, se puso de pie y la llevé a la cama, sin decir palabras, la coloqué acostada boca arriba y me subi sobre ella en forma invertida para quedar en una 69, yo necesitaba que ella me estimulara la verga, ya que mi venida había sido escándalosa, y me había quedado semi flácida, asi que me sumergí entre sus muslos de nuevo, con las mano le abrí su pepa y le dí lenguetazos a su clítoris;  Magdalena empezó también a lamerme mis cojones lentamente, luego le pasó la punta de su lengua por todo el tronco semi-erecto, para luego chupar de nuevo mi glande, la excitación era tan grande que en pocos minutos mi verga tuvo la dureza casi del inicio. Cuando yo estuve listo, me separé de Magdalena y me quitè totalmente la ropa incluidos mis calcetines, ella hizo lo propio allí en la cama, solo quedándo con sus zapatos de tacón, me puse de nuevo entre sus muslos y le guìé con la mano mi erecta verga, se la puse en la entrada de su bollito mojado por mi saliva y se la empujè hacia adentro, Magdalena cerró sus ojos y emitió un quejido, cuando se sintió penetrada, su panocha estaba bien caliente, sentì su calor en la punta de mi verga, seguì empujandole mi carne con movimientos pelvicos, poco a poco se fue metiendo toda en su bollo, finalmente la penetrè completamente, le busquè sus labios y me recibió con un delicioso beso de lenguita mientras yo la comenzaba a follar rítmicamente.

Realmente Magdalena era una mujer voluptuosa, sus caderas  me recibían en toda su dimensión, levantó sus piernas a la altura de mi cintura para aferrarse a mi cuerpo y moverse al ritmo del vaivén de la cogida.  Que rica fornicada nos estabamos dando, ambos gemìamos al borde del climax, su panocha estaba tan mojada que mi verga chapoteaba dentro de su bollito caliente.  La cama se movìa al ritmo de nuestros cuerpos, los resortes casi llegaban a su límite, de vez en cuando bajaba mi boca para chuparle las tetas y sus pezones y darle más placer. Después de follarla duro en esa posición y de otro orgasmo por parte de ella, ahora me coloqué abajo y ella se subió sobre mi, clavándose mi verga hasta los cojones, la muy maldita comenzó a mover su pelvis como si fuera una bailarina de samba y me arrancaba gemidos de placer, se podía ver que no era una novata en la cama, sino màs bien era una perfecta zorra.  Yo le tomaba las tetas para apretar sus pezones, mientras ella seguìa cogiendome a su ritmo, en unos minutos ella llegó a su orgasmo, clavó sus uñas en mi pecho, la mezcla de dolor y placer fue magnifica.  Siguió galopando mi verga hasta que me hizo venir a chorros de nuevo, le llené de esperma su coño, que cuando se levantó cayeron varias gotas de semen en mis muslos.

Nos quedamos un rato platicando, cansados y satisfechos de follar, durante ese receso ella me comentó que su marido se había quedado en el norte, ella se había tenido que regresar por falta de oportunidad de trabajo, y para no estar ocasionando gastos.  Su marido iba a trabajar un año más y se regresaría también.  Ella habìa encontrado trabajo temporal con mi suegra y bueno, me decìa que tenía más de tres meses de no coger y que ya estaba muy cachonda por eso, me agradecía que yo le estaba quitando su calentura, imaginense! agradeciendome a mi de estar cogiendome ese culote tan rico!. Entre la plática le comencé a acariciar su coñito con mis dedos, acaricié sus labios mayores, menores y su clitoris, sentí que ya estaba mojadita de nuevo, asi que le pedí que se pusiera en cuatro hincada en el sofa con lo codos sobre el respaldo, abrió las piernas y el espectaculo de su grandes nalgas y su piernas abiertas, con los labios de su bollito visibles, me terminó de parar la verga.  La tomé por las nalgas y le metí la verga a la mitad de un solo golpe, su vagina estaba muy bien lubricada por sus jugos intimos y el esperma que le había inundado. 

Sus carnes eran duras, mientras la follaba, comencé a manosear su ano, con la yema de mis dedos, me di cuenta que su culito se dilató bien rápido, -esta zorra coge por el culo- pensé,  no soy de mucha experiencia en el sexo anal, pero esta nena dilató rápido su recto, asi que luego de cogerla a placer en esa posición, cuando mi verga estaba en su erección máxima, la saqué de su panocha y se la puse en la entrada de su culo, empujé fuerte y la penetré en el orto,  ella gimió, más no puso ninguna resistencia, solo me dijo que la cogiera despacio por allí, asi que me puse a coger lentamente ese divino culo, mi verga termino de erectarse dentro de su recto. Conforme pasaban los minutos la bombeaba más fuerte, le di duro unos quince minutos en su culito, la tomaba por los hombros para aferrarme y metersela hasta los cojones, su orto era estrechito, lo que ocasionó que me excitara más rápido que su vagina, tuve incluso que detener la jodienda varias veces, para no venirme tan rápido, sin embargo no lo pude hacer por mucho tiempo, finalmente emitì un “bramido”, y le llené de esperma su tracto instestinal.  Aullamos al unísono, ella tuvo un orgasmo penetrada por el culo. Luego nos vestimos y  quedamos que yo le iba a quitar su calentura todos los miercoles, día libre para ella,  asi que a partir de ese día, yo la esperaba todos los miercoles para cogerla en ese departamento que un amigo me prestaba. 

Nuestras sesiones de sexo eran magnificas, Magadalena le gustab probar cosas nuevas, cogimos de formas que yo nunca imaginé que se pudieran hacer, la cogí en jacuzzi, en la sauna, le metí un dildo en el culo mientras la cogía por la vagina, cogimos parados, bueno.. de todas formas. Mi suegra vivía en un pueblo a 40 minutos de allì.  Me empatiné tanto con el sexo de Magdalena, que ella quería que nos vieramos más de un día a la semana, por lo cual le propuse que renunciara del trabajo con mi suegra y que yo le pondría un departamento en la ciudad y le conseguiría un empleo, asi podríamos coger los días que ella quisiera.  Asi pasó.   De una vez por semana, empezamos a coger cuatro o cinco veces a la semana, me dejaba casi exhausto que empecé a no cumplirle a mi mujer, allí empezaron las sospechas que me trajo problemas en casa.   Debía hacer algo y pronto. Cierto día, pedí permiso en mi trabajo, tenía que hablar con Magdalena, cuando llegué a la puerta del apartamento, oí quejidos que me parecieron conocidos, abrí con cuidado la puerta del frente, ingresé y me fui directo al dormitorio, allí un tipo tenía ensartada a Magdalena por el culo, en la posición perruna, ella estaba de lado a la puerta, hice un ruido con la garganta y ella me vió, salí del apartamento, no sin antes avisar a la conserjería que era el ùltimo mes que pagaba al renta, si la mujer que vive allí quiere quedarse que empiece a pagar ella, le dije al portero. Ya no he vuelto a saber de Magdalena, una vez la ví en la calle acompañaba de un tipo diferente al de aquel día.   A pesar de los problemas que tuve en ese entonces, fue una buena experiencia cogerme a una mujer voluptuosa como Magdalena.  


Prostituta por Un Día

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Hola, me llamo Fernanda y les voy a contar una de mis tantas anécdotas. Bueno comenzaré contándoles sobre mí, soy una nena físicamente agradable (eso me dicen), soy alta, delgada, de cabello castaño y quebrado, ojos claros, unas caderas lindas que siempre bamboleo al caminar y unas tetas redonditas que siempre arrancan piropos tanto de hombres como de mujeres, la verdad es que no es por presumir pero soy apetecible, jejeje, en fin, como se darán cuenta soy algo vanidosa, además de fiestera, loca, me encanta ir de compras, pero sobre todo amo el sexo.  

Ahora bien, aquí va mi historia (es 100% real por cierto). A mí me gusta mucho la dominación, soy una sumisa declarada, en esa época daba mis primeros pasos en este campo, era dominada y sometida a los caprichos de dos amigas mías, les llamo amigas, pero la verdad es que desde que me comenzaron usar podríamos considerarlas como mis “amas”.   El caso es que un día tuve una sesión con ellas, esa vez me recibieron con muchos insultos y humillaciones, como tenían acostumbrado, pero para variar me dijeron que ese día me iban a llevar de paseo.   ­—Hoy queremos presumirle a todo mundo nuestra perrita—dijo Roxana, una de mis amas—solo tienes permitido ponerte esto puta.   Dicho lo anterior me arrojó unas cuantas prendas, que resultaron ser una mini que apenas y me tapaba las nalgas, un top negro y mi collar de perra de cuero que me hacían usar en todas nuestras sesiones, la verdad es que iba a lucir como toda una puta por la calle, sin embargo, a esas alturas ya había aprendido a no rechistar a ninguno de los caprichos que ellas tenían, además debo admitir que la idea me encantaba y calentaba mucho, aunque nunca lo había hecho por temor a varias cosas, pero como ahora era una orden, no tenía de otra mas que obedecer.

Me quité la ropa que traía y me puse lo poco que me dieron; salimos a la calle y yo inmediatamente me daba cuenta de la forma en que me miraban la mayoría de los hombres, muchos incluso me silbaban y me decían o incluso gritaban cosas como “¿Cuánto cobras?” “Somos cinco ¿Podrás con todos?”, eso me hacía sentir profundamente humillada y por lo consiguiente excitadísima, además tengo que decirles que yo caminaba unos pasos atrás de ellas y con la cabeza agachada, aunque por otro lado todas las mujeres que veía me lanzaban miradas llenas de veneno y las señoras mayores se horrorizaban, ya se imaginarán la situación.   La verdad no sabía a dónde me llevaban, pero obviamente por mi posición ni se me ocurría preguntar, finalmente no importó a dónde me llevaban, pues pasó algo que captó nuestra atención e hizo de ese día  uno de los más interesantes de mi vida, lo que pasó fue que de pronto un tipo que pasaba por ahí de repente se fijó en mí, lo curioso fue que entendió que no debería hablar conmigo sino con mis amas, por lo cual, se dirigió a ellas; hablaron unos minutos, sin que yo me enterara de lo que estaban hablando. De pronto Roxana sacó mi correa y la fijó en mi collar y me comenzó a llevar, cual sería mi sorpresa cuando me subió al auto del tipo con el que habían hablado, yo bien sabía que era un tipo al que no conocían ni ellas ni mucho menos yo, por lo tanto me sorprendió que me hicieran subir junto con ellas al coche del desconocido.

Mi curiosidad iba en aumento mientras el tipo conducía por calles que no conocía, la situación me parecía sospechosa, pero ya que mis amas estaban conmigo la verdad es que no me quejaba. Al fin llegamos a nuestro destino: un hotel, uno no muy caro hay que decir, al ver a dónde habíamos llegado, las cosas se me hacían más claras, íbamos a tener una sesión de sexo, pero, ¿Cómo podía ser? Mis amas eran lesbianas 100% yo siempre he sido bisexual, así que tal vez todo consistiera en que entre todos me harían algo, ¿o no?   Subimos a la habitación que nos designaron y de pronto el se comenzó a desvestir, yo no entendía que iba a pasar, sin embargo, al  ver mi cara de estupefacción ellas me llevaron a parte y me dijeron:   —Fernanda este tipo nos dijo que se le antoja cogerte, al ver como te vistes creyó que eras una prostituta a nuestras órdenes, por lo cual nos ha ofrecido una buena suma para darte por la vagina y ano sin condón, así que ahora ya lo sabes, haz lo que te decimos que nosotras nos quedamos para ver el show.

Al oír esto me quedé de piedra, la verdad no me lo creía, el comenzar a ser una mujerzuela, una prostituta, sentía que sería lo más bajo que podría caer
, además de tener que hacerlo con un tipo que apenas acababa de conocer y solo de vista era más de lo que me hubiera imaginado, ¡y además querían que cogiera sin protección! Eso de verdad que era demasiado, así que por primera vez desde que comenzamos a practicar esto, me negué a hacerlo.   Al oír mi negativa su reacción no se hizo esperar, se enojaron enormemente, me gritaron, me insultaron, me decían que una perra como yo no tenía ni voz ni voto, que era de su propiedad y que podían hacer conmigo lo que quisieran y cosas por el estilo, a pesar de todo, me seguí negando, cosa que es muy rara en mí. A pesar de todo, la idea comenzaba a crear cierta expectación en mí, la situación poco a poco me comenzaba a calentar y mientras más pasaba el tiempo, la idea de ser humillada de esa manera me comenzaba a parecer más y más excitante.

Después de todo lo que me decían, ellas comenzaron a negociar conmigo, así pues, después de mucho hablar y algunas rabietas, al final me dijeron que solo le tendría que hacer una mamada, pero sabrosa, larga y duradera. Al oír esto me quedé callada un rato y finalmente accedí.   A estas alturas, mi “cliente” ya estaba ansioso y algo aburrido, antes de comenzar mis amas hablaron con él y le expusieron la situación, yo me imagino que era porque no quería quedarse con las ganas de hacerme algo, así que accedió a los nuevos términos.   Finalmente yo me acerqué a él y me puse de rodillas poco a poco; mientras él se desabrochaba el pantalón, sacó su verga, yo la contemplé, era de tamaño medio, unos 18 ó 19 cm. A esas alturas yo ya me había comido miembros más grandes que ese, por lo tanto comencé como la experta que soy, poco a poco le lamí su tronco, desde su base hasta antes de llegar a su glande, varias veces me deleité lamiendo ese rico tronco, después de unas cuantas lamidas comencé con sus testículos, esas bolas deliciosas hechas de carne, le pasa la lengua alrededor y entre ambos, tal vez el estaba en la gloria, pero imagino que lo suyo no era nada comparado con lo que sentía yo. Usada, humillada, obligada a prostituirme, estaba mamándole la verga a un desconocido, todo el morbo de la escena me volvía completamente loca, mi vagina sacaba jugos como nunca en la vida y me ardía tanto que pensé que podría subir la temperatura de aquel cuarto.

Seguía con mi trabajo, ahora le tocaba el turno a su glande, comencé nuevamente por la base de su pene hasta llegar con mi lamida hasta su glande el cual estaba humedísimo, como a mí me gusta, le pasaba la lengua de lado a lado, de arriba abajo, la verdad he de reconocerle que se contenía muy bien para no venirse aún, después comencé a metérmela por completo y sacarla rítmicamente, en este punto, el me puso las manos en mi cabeza ayudándome (aunque no hacía falta) a moverla.   En eso estaba, cuando mis amas comenzaron a decirme   — ¿Cómo ves a la puta? —Pues como siempre, ya decía yo que era lo suficientemente perra como para no hacerlo. —Tienes razón y yo que de verdad lo comenzaba a dudar. — ¡Que va! Ya ves como lo está disfrutando esta ramera, mírale el culo, le está chorreando—dicho esto, me dio una patada algo fuerte en mi culo, debo de decirles que para entonces yo ya estaba en cuatro.   La patada arrancó un gemido de dolor de mí, el cual sonó ahogado ya que tenía adentro la verga de mi cliente; como sea, poco después de la patada, comenzó a moverme más rápido mi cabeza mientras yo me dejaba ya sin hacer fuerza, en ese momento se vino en mi boca, tal vez llevaba tiempo sin hacerlo, pues me llenó la boca con su semen.   —    ¡Más vale que te lo tragues perra!—innecesariamente dijo una de mis amas, digo innecesariamente porque yo siempre me trago el semen.   Había terminado, mi experiencia como prostituta terminó así, después de recobrarse, mi cliente habló con mis amas felicitándolas por la perra que tenían, asegurándoles que le había dado la mejor mamada de su vida, también les pagó, aunque no ví cuanto, hecho esto se fue de la habitación no sin antes darme una nalgada. A pesar de que el cliente se fue satisfecho, mis amas estaban enojadas porque no quise obedecerlas al principio, como consecuencia me dijeron   —    ¡Estúpida! Como te atreves a desobedecer lo que te digo—y me abofeteó —    Por esto no deberíamos darte nada—dijo Roxana —    No, dale algo, debe de sentirse toda una puta, pero una barata, no le des mucho   Así pues me aventaron un billete de $100.00 (en esa época $100.00 mexicanos valían aproximadamente 10 USD).   Para terminar el día me llevaron de regreso a su casa y me castigaron por mi desobediencia con unos ganchos para los pezones bien apretados y un consolador grandote en cada uno de mis orificios.   Muy bien, este es mi relato, espero que les haya gustado, se agradecen comentarios especialmente de mujeres. 


Historia de una Transformacion

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Me llamo Alex y tengo 34 años. Desde hace dos años vivo en un chalé en un pueblo de las afuerasde Madrid. Tengo por vecinos a un matrimonio joven. Ella... es una mujer de bandera.Y él... es un tipo que impone. Un enorme especimen de macho ibérico que por ser lo que es no se merece otra hembra sino la que tiene.Y aquí intervengo yo, pues de esta historia que os voy a contar, una lección he aprendido: no desees a la mujer del prójimo cuando ese prójimo es superior a tí en todas las condiciones: superior físicamente y superior como persona.

Resulta que no tardé sino lo que fue llegar a mi nueva casa en volverme loco por esa mujer. Como hombre que soy, las mujeres me vuelven loco, y así ocurrió con mi vecina. La veía todos los días, por las tardes, ocuparse de su jardín. Siendo una mujer de bandera, y siendo ella misma consciente de su posición, no dudaba en vestirse de la forma más provocativa posible, incluso cuando simplemente se dedicaba a regar sus plantas. Y yo... yo no era yo cuando la veía... con esa bata corta y ajustada al cuerpo mientras se afanaba en sus caseras tareas. Os aseguro que mi polla nunca estuvo tan tiesa como cuando la veía agacharse en su jardín, con esas sandalias que dejaban ver unos adorables arcos de pies, al tiempo que la bata se ajustaba aún más a su cuerpo, dando a mi vista el goce de una inexplicable sensación de lujuria que nada podía aplacar.

Es así como decidí que esa mujer había de ser mía. Sí, amigos, yo quería poseer a esa mujer, quería gozar con ella y que ella gozara conmigo. De modo que me hice ver, y cada vez que ella salía a su jardín, yo me asomaba a la ventana sin discreción alguna, de modo que conseguí que ella, esa tarde, se fijara en mí.¿Cuál fue su reacción cuando me vió? Algo que me dejó pasmado: me sonrió. Pero no con una sonrisa de vecino a vecino.. Esa sonrisa era algo más, esa sonrisa quería decir algo más. Mesonrió y al mismo tiempo era como si dijese: "te gusto, ¿verdad? pues... ¿a qué esperas? ¿quéhaces ahí pasmado si sabes que puedes tener algo más que un recreo visual?".Y esa sonrisa de aceptación, esa sonrisa que decía: "ven, ven ya, no tardes más", fue el comienzo de mi perdición. O de mi transformación. Esa sonrisa, ahora me doy cuenta, actuó sobre mí como el agujero negro que absorbe la materia, y toda ella absorbió mis neuronas, mi vida misma, aún sin hacerme cargo de lo que en ella se escondia y de las consecuencias que se derivarían de todo ello.

Yo sabía que su marido no volvía a casa hasta medianoche, aún tenía muchas horas por delante y no lo dudé. Presto me arreglé y salí derecho a su portal.
Yo estaba como poseído, como loco, me dejaba llevar, no sabía cuál sería su reacción, simplemente pensé que era "ahora o nunca", así que ahí me tenéis llamando al timbre de la casa de mi vecina. Fue entonces cuando supe su nombre: Noemí. Así es como aparecía en su buzón: "Noemí M.N.", y debajo: "Carlos F.F."Pero para mí en ese momento no existía el tal "Carlos". Todo giraba alrededor de esa impresionante mujer que ahora sabía que se llamaba Noemí.¿Qué es lo que yo esperaba de esa precipitada acción? No os lo puedo decir; quizás simplemente entablar un contacto, que poco a poco, como quien no quiere la cosa, me acabaría conduciendo al objetivo final, a saber, poseer a esa mujer. Quizás pensaba -alocada idea, propia de alguien que se encuentra en un estado de enajenación libidinosa como el mío en aquel momento - que ella saldría a recibirme con la misma actitud receptiva que tenía unos momentos antes, que así como me ofreció su sonrisa también me ofrecería su cuerpo sin mediar más parlamentos.

Mas nada de eso sucedió. Al poco rato de estar yo llamando, ví asomar por debajo de la puerta una cuartilla con una nota. Aún la conservo, y es esto lo que pone: "Hoy es mal día. Vuelve mañanaa las ocho de la tarde."Podéis imaginaros el tembleque que me entró. "¡Loado sea Dios! ¡Esta mujer será mía! Bien... no podrá ser hoy... pero mañana... ¡por Cristo, sí, mañana! ¡Mañana será mía!"Así es como regresé a casa entre la frustración de no haberla poseído ese día y la emoción de poderla poseer al día siguiente. Lo que entonces yo no imaginaba es el pequeño a darme que puede haber entre poseer y ser poseído, entre tomar y ser tomado, entre usar y ser usado. Entre ser un hombre y ser una marioneta. Os podéis imaginar que apenas dormí esa noche. Mis pensamientos todos se dirijían a un único punto fijo: Noemí. Nada más me importaba, nada más podía distraerme entonces. Como un zombi fuí al trabajo. Como un zombi trabajé, como un zombi volví a casa. Sólo entonces reparé en que yo no tardaría en tirarme a mi vecina, y quién sabe, quizás incluso podría convertirme en su amante.

Me duché, me afeité, me vestí y me metí pal cuerpo un buen vaso de coñac mientras esperaba que dieran las ocho.Y dieron las ocho.Y aquí me tenéis, ahora, delante de su puerta. Sé que no hay vuelta atrás. La deseo y será mía. ¡Y ella me desea también! Si no, ¿por qué esa cita preparada de antemano? Está claro, la muy zorra debe estar cansada del musculitos de su marido. Yo no tendré esos músculos pero no todo es músculo, de otra manera no me hubiera citado, vamos, eso está claro. Tomo aire como para darme fuerzas y llamo al timbre. Al instante me abre Noemí. Y fue no más verla y quedar yo patidifuso. Ante mí tengo una mujer mil veces más hermosa que cuando la veía, tantos días, desde mi ventana, cuidando de su jardín. Si entonces ya era despampanante con una simple bata de andar por casa, ahora me la encuentro de punto en blanco, con un vestido de noche, de una sola pieza, super corto, super ajustado al cuerpo, mi mirada sin quererlo va de sus largas piernas a su provocativo escote, todo en ella es sexy a más no poder, desde el maquillaje que embellece unos ojos y facciones de por sí adorables hasta las sandalias de tacón de aguja que muestran sus pies en todo su esplendor.

-Pasa, vamos pasa...  
-de nuevo esa sonrisa que se ofrece como la miel a al osito-.

Tenemos mucho tiempo hasta que venga mi marido, ve al salón y acomódate, yo ahora mismo estoy contigo. A partir de ahora, todo lo que recuerdo hacer, y no recuerdo todo lo que hice, es automático. Entro ensu salón y como un robot me siento en el sofá. Apenas lo hago, entra ella. -Tienes una carita dulce, ¿sabes? No estés nervioso, ¿vale? Me gustan los chicos obedientes y espero que tú lo seas -a cada palabra su expresión es más seductora, más... morbosa, pero un morbo que, considerado fríamente, está fuera de lugar... La veo salir del salón, y para mí pienso que algo no está yendo como debería, pero sigo con mi pose a la vez alerta y relajada, acepto lo que me dice y espero. Mi cabeza está perdida en mil pensamientos distintos, no puedo decir cuánto tiempo ha pasado, pero ahora mi pensamiento está vuelto a un único punto, de la nebulosa de ideas y sensaciones paso a la más real de las pesadillas: delante de mí aparece Carlos. No es posible y, sin embargo, ahí está. No puedo entender nada, pero lo real es esto: Carlos, a quien siempre he visto a lo lejos, ahora lo tengo delante de mí. Un hombretón, todo músculo, fuerza y decisión en su semblante mientras me mira. Y me sonríe, pero no es la sonrisa de Noemí. Es una sonrisa burlona. Y lo que me dice me hace comprender. He caído en una trampa, no sé bien aún el objeto de la misma, pero está claro que me ha pillado, aunque yo aún nada he hecho. -Menudo mierda que tengo en mi sofá -me dice mientras me mira fijamente. -Yo... perdona... yo... lo lamento... creo que me voy a ir...-¿Que te vas? ¿Pero a dónde crees que te vas? -y se ríe histriónicamente mientras me suelta una tremenda bofetada que me tira del sofá al suelo-. ¿Tú crees que después de venir a mi casa con intenciones de tirarte a mi mujer te puedes ir así como el que no quiere la cosa? Aparece ella detrás de él. Le dice algo al oído y el asiente. Yo intento incorporarme, a duras penas, pero el me pone un pie en el cuello y me dice: -Quiero que te desnudes, mierdecilla. ¡Te vas a enterar de lo que es bueno, cacho perra! En mi vida he sentido una fuerza, un poder, como el que Carlos me impone. No puedo resistirme. Se que esto va a acabar mal, pero al mismo tiempo se que soy su presa, y lo que es peor, que no puedo resistirme. Voy a hacer lo que me dice, sí, será lo mejor. Me quito la ropa y les veo reirse entre ellos, a mi costa supongo, ella le besa, le besa con pasión, parece orgullosa de él, y no es para menos. Ahora que le veo de cerca, me hago cargo de que no es un hombre cualquiera: es un pedazo hombre que me tiene en su poder y me mira con lascivia. Sé lo que me va a hacer.

Por primera vez soy consciente del juego que se traen entre manos. Y algoen su mirada, en su actitud, en su pose, me hace seguirle la corriente y obedecer en todo lo que me dice. Aunqueno me resisto, me vuelve a abofetear mientras me quito la ropa. No entiendo, pero aun así, no opongo resistencia. Que sea lo que Dios quiera. Perdón: que sea lo que Carlos quiera. Ya estoy desnudo y ahora las risas entre ellos se doblan. Sí, está claro, se ríen a mi costa. Y bien pensado, no es para menos: a su lado soy un mindundi. Estoy de rodillas, estoy desnudo, en esta casa con estas personas a las que no conozco. Mientras Noemí se sirve una copa y se acomoda, Carlos se está quitando también la ropa. De mis ojos caen lágrimas, porque sé lo que va a pasar y no tengo fuerzas para oponerme, ni para gritar, ni para nada. Han ganado, Carlos ha ganado. Y no es para menos. ¡Cómo he podido infravalorar a este tío! ¡Cómo he sido tan ciego! Oh Dios... Carlos está desnudo de pie frente a mí. Y me quedo boquiabierto. Es un menda enorme, nunca he visto tan cerca de mí un tío en pelotas, y menos un tío como este. Es el verdadero prototipo de lo que todas la tías buscan en el cuerpo de un hombre. Bien formado, grande, como las estatuas griegas, una máquina poderosa, una máquina que se acerca a mí. Pero lo que me deja boquiabierto en realidad es su falo. Es enorme, y a la vez, es hasta bonito. Es una polla como las que he visto tantas veces en las pelis porno que me descargo para hacerme unas pajillas. Pero ésta está delante de mí y ahora sé lo que va a hacer, me va a follar, sí, me va a follar a mí. Yo, que venía aquí con la presunción del follador voy a terminar follado. Carlos se sienta a mi lado, me empuja contra el suelo, yo me recuesto en la alfombra, y veo venir hacia mí ese cuerpo enorme. Oh, Dios, pesa mucho, pero al ser tan grande reparte todo su peso sobremi cuerpo, me tiene aprisionado. Con un movimiento lento pero decidido me separa las piernas con las suyas propias. Su falo lo noto encima de vientre, me abarca todo el vientre, es increíble. Debe estar cachondo, porquelo noto húmedo. Lo empieza a bajar y me deja un rastro de fluido en mi tripita. Sí, lo noto, como noto una lágrima que asoma por mis ojos, lágrima de impotencia, la lágrima del perdedor, lágrima que no llega a lloro, que se agotaen sí misma. Tengo su cara justo a un palmo de la mía, y le veo sudar, su rostro está ahora crispado, está haciendo esfuerzos por introducirme la polla en mi culo, le está costando. Normal, yo nunca he sido penetrado, mi culo es tan virgen como la inocencia que me impulsó a creer que podría llegar a algo con su mujer. Siento dolor, mucho dolor, cada vez más, pero no digo nada, no hago nada, no puedo hacer nada. Creo que la ha metidotoda, porque ahora se ha parado, sí, y me duele menos, creo que está quieto. Debe estar disfrutando del momento. El disfrute del macho dominante que monta a un presunto rival.

Es la naturaleza misma del hombre y del animal. El fuerte domina aldébil. Por primera vez veo a Noemí que se levanta del sillón, tiene algo en las manos... Vaya, es una cámara. Poreso se ha parado Carlos. Estan sacando un primer plano de la escenita. Noto mi culo lleno de su polla, muy lleno. Es una sensación extraña. Ahora no me duele como antes. Me pasa algo raro. Estoy acojonado, pero al mismo tiempo estoy teniendo una erección. Una enorme erección. El lo nota y se rie como complacido, se lo dice a Noemí y ella se dispone a hacer otra toma, él bien apretado contra mi cuerpo, bien dentro su polla de mi culo, al tiempo que mi propia polla está dura como un palo. Ahora Carlos empieza a besarme la cara, y el cuello. Me gusta. Nunca lo hubiera creído, pero estoy sintiendo más placer que el que nunca tuve con ninguna mujer. Mi polla esta a reventar. Mientras la suya me revienta a mí el culo. No puedo evitarlo y estoy gimiendo. Creo que me podría hasta correr, aún sin estar masturbándome, es increíble.El se da cuenta y se para. Parece que quiere prolongar el tema. Vuelven los besuqueos y ahora yo los respondo. Le miro a los ojos fijamente, veo su cara y me parece tremendamente atractivo. No sé a qué atribuir mi erección: si a la vigorosa penetración a la que estoy siendo sometido, si al contacto con su piel, con su boca y con su lengua, o si a la simple visión de su persona haciéndome el amor. Le estoy lamiendo las mejillas mientras el me muerde el cuello. Me gusta su sabor, huele mucho a hombre. Tengo una conciencia extraña de que estoy sintiendo algo muy parecido a lo que sienten las mujeres cuando son penetradas.

Le abrazo y abro la boca buscando su boca, su lengua, quiero sentir como me llena también la boca, pero el no me besa, en lugar de eso escupe dentro de mi boca un buen chorro de saliva que yo paladeo y trago con sumo gusto. Ahora ya no lo puedo evitar, el sabor de su saliva me pone fuera de mí. Y eso, juntocon el frotamiento de su dura tripa contra mi polla mientras me folla, hace que me corra. Me corro como en mi vidalo hice antes. Estoy gritando, igual, lo mismito que una tía. No me lo puedo creer. No me acabo de creer queesto sea real. Pero lo es. Carlos está tan cachondo como yo, se va a correr también. Va a sacar su polla para echármelo todo en mi cara, pero yo me aprisiono a él con firmeza con brazos y piernas: quiero que se me corra dentro. Quiero notar esa sensación, tan cotidiana para las mujeres, de un chorro de esperma corriendo por el interior del cuerpo. Por primera vez parece atender mis deseos y lo hace al cabo de una serie de potentes empullones: se desborda en mi interior y yo noto un calor agradabilísimo recorriendo mis entrañas.

Le veo la cara de gusto y me parece hermosísimo, me siento como una mujer desvirgada. Tengo la certeza de que partir de ahora y para siempre perteneceré a ese hombre. Ya no hay vuelta atrás. Aparte que tampoco quiero que haya vuelta atrás. La enorme mole del cuerpo de Carlos se incorpora soltando perladas gotas de sudor que caen sobre mi cara, yme dice:-Te has portado muy bien. Ahora tendrás tu premio: puedes lamerle los pies a mi mujer. ***Ya hace dos años de todo esto. En estos dos años he estado yendo casi a diario a casa de Carlos y Noemí.Con el conocimiento mutuo y la confianza, hemos sofisticado nuestras relaciones. Yo ahora me pongo ropade mujer para hacer el amor con Carlos, a veces incluso me maquillo y he adoptado poses típicas de las mujeres en mis encuentros con él. Me siento orgulloso de ser el amante de Carlos y mi felicidad radica en satisfacer plenamente todos sus caprichos, por muy depravados que estos puedan llegar a ser. Durante los primeros días, debo confesarlo, le seguía teniendo miedo. Pero ahora puedo decir cabalmente que le quiero. Ya no es sólo sexo. Me siento seguro a su lado, cuando me abraza, cuando me duermo a su lado con la cara sobre su pecho y le noto respirar.

Cada uno tiene un lugar en la vida y tengo muy claro cuál es mi lugar al lado de un hombre como Carlos: servirle y obedecerle. Así como ante los grandes hombres, los pequeños se vuelven más pequeños aún, yo ante Carlos he sacado toda mi parte femenina y día a día la sigo potenciando. No en vano ha dejado de llamarme por mi nombre de pila. Ahora soy Sussy para él. Así consta en el tatuaje que me hice ayer como regalo de cumpleaños para mi hombre: un corazón con nuestros nombres, Susana y Carlos.Este relato es también un regalo para tí, Carlos. Porque eres lo mejor de mi vida y por muchas vejacionesque me hagas te seguiré queriendo y cada vez más. Para tí, Carlos, porque te amo. Estoy enamorada de tí.

El Abuso - 4ª Parte

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Los siguientes instantes, no podría especificar se fueron segundos, minutos, horas, días años o quien sabe cuanto, fueron de desconcierto y confusión, solo me daba cuenta que todo giraba a mi alrededor y mi corazón latía como nunca antes, comenzaba a recobrar la cordura y notaba como me habían estado moviendo, luego con un poco más de lucidez empecé a sentir como acariciaban y besaban mis muslos y glúteos. Seguí despejándome y note que seguía con ese miembro descomunal en la boca, solo que dada mi semi-inconciencia, de momento, era él quien acariciaba mis labios con ese húmedo trozo de carne, y era él quien lo introducía dentro de mi boca, cosa que cambio a medida que me recuperaba y cada vez más consiente lo hacia de a poco más yo misma. Pero me bastó reaccionar solo un poco más para hacerlo del todo, lo cual fue al darme cuenta de que me encontraba recostada boca abajo, posición en la que ya estaba desde antes, pero ahora estaba en forma transversal con respecto a la reposera. Es decir, mi pecho estaba apoyado contra ella, mi cabeza levantada, no por mí, sino por que quien me penetraba oralmente me la sostenía con sus dos manos para asegurarse de que succione, y mis piernas colgaban por el otro lateral de la reposera, o mejor dicho y debido a la corta altura de la reposera, mis rodillas bastante separadas una de otra apoyaban contra el suelo dejando mi zona trasera completamente expuesta y cómoda para que, como ya les dije, el cuarto de ellos estuviera atrás mío besando, acariciando y lamiendo mis muslo, cola y orificio anal. Esta hombre, que se encontraba casi recostado detrás mío haciendo esta labor se incorporó y acercó su pene hacia mi zona genital y anal para comenzar a pasearlo de arriba hacia abajo y de abajo hacia arriba por toda mi intimidad.

Imploraba para mi misma que no hiciera lo que creía iba a suceder y que pude confirmar que habría de suceder.
Luego de poner duro su miembro acariciándolo contra mí pude sentir como apuntaba la cabeza de su herramienta contra mi, hasta ese día, delgado anito.

Nooo, por favor, así no, se los suplico.
No te preocupes niña, luego de los primeros momentos lo disfrutarás como nunca has disfrutado nada antes.
Noooo, se lo pido, lo tengo virgen, me lastimarán.
Si no te relajas seguro que será doloroso. Distiende tus músculos, relájalos…
Noooooooooooo…….ahhgggggggggg, nnnnnggghghaaaaa.
Tranquila, se está metiendo….
Ngggghhhh, AAAAAUUUUUCCH, espera deteeeeeeeente por favor
Y así lo hizo, claro que por unos instante en los que, aunque sea un poco, me recuperaba. Pero claro está, luego retomaba la penetración.
Vamos mi niña que seguimos un poco más.
Despacio, uuuuuuuuuffff, oouchh.
Ya pasó la cabeza, ¿La has sentido?

Si, nnnnnghhh, pero despacio con el resto, me estas haciendo explotar desde dentro.

Y era cierto, nunca me había fijado tanto en la diferencia de tamaño que hay entre la corona de la punta del miembro de un hombre y la parte que le sigue, pero había podido notar como, una vez que la cabeza pasó por completo, mi anillito se cerraba un poco nuevamente para quedar cobijando esa descomunal esfera de carne en mi interior. Y continuó con la parte final, que en realidad no era ningún final por que aun quedaban por introducir más de veinticinco centímetros de su negra hombría en mi interior.

Así mi niña, estás con muy buena dilatación, relájate que seguimos.
Vale, pero despacioooooooonngggggg.
Relájate, bien.
Uffff, nnnngggghhhhhh, ¿Falta muchooooo?
Ja, no has llegado a la mitad.
Detente allí, te lo ruego.
No, lo siento, pero la tendrás hasta que mis testículos golpeen tu almejita.
Entonces, uffff aaaayyy, por fav…nnnghnhhhg…vor, nnnnnggggh, mastúrbame o has algo así para calmarme un poco el dolooooorrrrnnnngggghhhnnnnn.

La verdad que a esa altura, no tenía problemas en sobrellevar psicológicamente hablando, la idea de que me hurgara con sus dedotes,
y eso era algo que necesitaba para calmar las dificultades de la dilatación anal. Dilatación que gracias al lubricante que me habían puesto mientras el otro de ellos me penetraba con sus dedos, y gracias también a esa penetración que de a poco me había estando dando con anterioridad, no me producirían el desgarro que me hubieran causado al penetrarme en esa forma sin nada previo, aunque no por esto dejaba de ser extremadamente dolorosa. Dándome el gusto, quien me desvirgaba el ano, pasó por el costado de mi cuerpo uno de sus brazos, y llevó su mano a través de mi abdomen hasta posarse en mi inflamada y colorada vagina, y allí, comenzó a masturbarme con sus dedos.
Si bien había tenido orgasmos, esta era la primera vez en esta orgía que agradecía que me estuvieran hurgando la "chonchita", no necesitó acariciarme demasiado para que comenzara a sentir los efectos, y pronto, el dolor anal se transformó en una mezcla rara que alternaba entre el ardor que sentía allí atrás y momentos en los que sentía la excitación de la masturbada que me daba, excitación que cuando se producía me hacia dejar de sentir el inmenso dolor y podría, para mi pesar, reconocer que producía que resultara placentera hasta la penetración posterior que me estaba dando.
Luego de unos intensos minutos en los que tuve que volver mi atención nuevamente hacia ese falo que besaba, lamía y acariciaba, por que introducirlo en mi boca resultaba casi épico, pude notar que su pelvis se apoyaba en mis glúteos, y ahí lo supe, me lo había introducido hasta el fondo. No podía decir nada, más que agradecer que la peor parte hubiera terminado, y rogar que esa atrocidad que me estaban haciendo terminara cuanto antes. Y después de detenerse uno o dos segundos dentro mío, como si disfrutara la hazaña, comenzó esa lenta y extraña retirada, su miembro empezó a deslizarse hacia fuera de mis entrañas haciéndome sentir que mi anillito se retorcía y daba vuelta como una media, sentía como la parte más gruesa del cuerpo del pene pasaba, como mi anillito levemente se cerraba y como comenzaba a hacer fuerza, esta vez desde dentro hacia fuera, la coronilla de la cabeza. Y allí tuve el indicio que me faltaba para saber que también esta actividad la disfrutaría, mi cuerpo nuevamente fue en contra de mi voluntad y me trajo la extraña sensación de no querer que esa ferocidad saliera de mi interior, y como un espasmo mi redondelito posterior se apretó tratando de contener dentro mío aunque sea una punta de mi desvirgante poseedor.

No te preocupes gatita, no te la sacaré en un buen rato – me dijo el muy desgraciado interpretando lo que mi cuerpo le pedía. –
Bueno. – Le susurré yo completamente ruborizada –
Ábrete que ahora comenzaré a encularte.

Y así lo hizo, con movimientos continuos, y acelerándolos cada arremetida un poco más, inició un "entra y sale" que me dilataba el ano en una manera placenteramente animal. Y, con la supuesta excusa de que tuviera más lugar para pasar su mano y así él siguiera masturbándome, yo en cada arremetida, empinaba más mis glúteos, y claro está mi agujerito, hacia arriba. Y digo excusa por que la verdad es que ya me estaba convirtiendo en una suerte de gata en celo que disfrutaba cuando esa barra caoba salía y amaba cuando reingresaba.

Allí estaba yo, lamiendo y masturbando al de el miembro descomunal, aunque todos lo eran, y siendo empalada de atrás por este otro negro que, de cuando en cuando, retiraba por completo su miembro y jugaba con sus dedos a abrir mi ano mientras seguía masturbándome con la palma de su manos y además ahora también tenia la otra masajeando mis pechos.
Luego de un rato, momento para el cual ya estaba completamente dilatada, mi intruso posterior retiró su miembro, e incorporándose, se sentó al lado de donde me encontraba recostada apoyando la zona de sus glúteos justo en el borde de la reposera y dejando así su mástil completamente erecto mirando hacia el techo. Por un instante creí que buscaba que se la mame a él, pero de inmediato me aclaró lo que quería.

Ven, quiero que te pares delante de mí dándome la espalda y con una pierna a cada lado de las mías, te inclines hacia delante dejando tu precioso culito a la altura de mi cara. – Y así lo hice –
¿así? – Le pregunté mientras tomaba esa posición y me iba inclinando hacia delante. –
Bien, ahora quiero que te vayas sentando sobre mi "trozo de carne" para, lentamente, empalarte tu misma.
Uffff. – Resoplé yo en parte por disgusto y en parte por saber que regulando yo las arremetidas podría ser algo un tanto más placentero. –

Él se recostó hacia atrás, lo cual solo exponía más su miembro, y yo sabia que tenia que "auto-encularme". Pero esta no era mi única función, ya que si bien el de el miembro más descomunal se había retirado no se a donde, ahora tenia delante de mí a quien me había penetrado en primer instancia, y poniendo su pene a la altura de mi rostro exigió que se lo mamara nuevamente. Lo cual no me resultaba fácil por que además de tener que estar subiéndome y bajándome yo misma sobre ese miembro, quien me enculaba, mejor dicho, quien hacia que me "auto-enculara" yo misma, como con sus manos me sujetaba de las caderas para ayudarme con el esfuerzo de subir y bajar, de penetración en penetración, me tiraba hacia abajo penetrándome hasta el fondo con su expuesto miembro, y en esos momento tenia que desatender el miembro que succionaba para recuperar la respiración.

Para esa época de mi travesía por el mundo de las orgías y el sexo interracial, yo ya estaba hecha un desastre, mi pelo estaba todo enredado por las sacudidas que me habían dado, y empeorado por la mezcla de transpiración y esperma seco que allí había ido a parar, además del que se encontraba por todo mi cuello, rostro y boca. Mi vagina estaba completamente inflamada y con sus labios exteriores completamente enroscados hacia fuera, así como también estaba cubierta por semen, parte seco en todo mi bello púbico y piel y otra parte aun fluyendo de mis interiores expulsado por la presión que hacia en mi interior quien me penetraba, aun en estos momentos, analmente. Y por supuesto no quería ni mirar que pasaba por mi retaguardia.

Pasados uno minutos en los cuales seguía siendo penetrada anal y oralmente, quien tenia el miembro más descomunal de todos reapareció parándose delante mío, por un instante creí que vendría a terminar lo que había dejado postergado pero pronto me di cuenta que tenían otro plan para mi. A quien estaba recostado debajo mío no le costó casi nada de esfuerzo tirarme hacia atrás sosteniéndome con sus brazos pegada de espaldas contra él, que además, al pasar los brazos por el costado de mi cuerpo, aprovechaba para, sujetándome las muñecas delante de mi pecho, inmovilizarme. Mis piernas quedaron una a cada lado apoyadas en el piso ya que si no apoyaba mis pies, quedaba completamente recargada con el ano sobre ese miembro. Así, sin decirme nada, el del miembro descomunal inclinó su rostro sobre mi vulva, y comenzó a darme las mejores de las chupadas que tuve en toda la noche. No les describiré el tipo de cosas que me hacia con sus labios, lengua y dedos por que a esa altura no distinguía nada de todo el placer que me daba, la diferencia estaba en la furia con la que lo hacia. Mi vagina estaba nuevamente chorreando cuando él se incorporó, me levantó las piernas poniendo una a cada lado de su cintura y enfiló el tremendo taladro que tenia por pene contra mi temblorosa vagina. Si bien estaba completamente mojada y extremadamente excitada, el que me penetrara con "eso" me causaba un temor indescriptible, temía que me desformara mi cavidad en forma permanente, y además, teniendo en cuenta el espacio interior que ya ocupaba a través de mi orificio anal el otro miembro, no sabia si esos descomunales monstruos tendrían lugar para cobijarse los dos juntos en mi interior.

Todas las hipótesis fueron innecesarias ya que estaban dispuestos a probarlo en la práctica. Creo no mentir si les dijera que mientras esperaba la penetración comencé a contar en vos baja, como si de una cuenta regresiva se tratara. Apenas sentí la punta comenzar a hacer contacto, me abracé con mis piernas a su cintura y tiré mi cabeza hacia atrás recostada sobre el hombro de quien, por el momento sin moverse, se incrustaba en mi ano.

Su miembro comenzó a acomodarse lentamente, y las paredes de mi cavidad y labios vaginales trataban de estirarse lo más posible para permitir su entrada, sinceramente creía que la penetración seria mucho más dolorosa, incluso me atrevería a decir que resultaba extrañamente placentero sentir la fuerte presión que la inmensamente abarcativa cabeza del miembro causaba en la parte más onda de mi intimidad.

Por supuesto se podrán imaginar que ni por asomo pudo terminar de incrustar ese monstruo en mi interior, y que cuando aun faltaba un buen tramo de su herramienta por fuera, fue suficiente para chocar con mi útero. Y viendo que no tenia dificultades para soportar lo que me hacían, inmediatamente comenzaron ambos a entrar y salir de mi interior lo que al comienzo resultó un tanto descoordinado por la incomoda posición que tenían, principalmente quien analmente me penetraba desde debajo mío. Luego de intentar hacerlo así durante unos instantes, quien me penetraba vaginalmente, a quien fuerzas no le faltaban, me tomó las caderas con sus manos y me levantó levemente para, en parte penetrarme él con más comodidad sin que yo me resbalara por sus arremetidas hacia delante, y además eso le permitía a quien estaba por debajo hacer más cómodamente lo suyo también aprovechando que ya no necesitaba sujetarme con sus manos para amasar mis pechos desde detrás mío.

A todo esto, regresó el hombre al que había estado succionando un rato antes, quien me tiró la cabeza nuevamente hacia atrás por sobre el hombro de quien tenia a mis espaldas y sin darme demasiadas indicaciones introdujo su miembro nuevamente hasta el fondo de mi garganta, o mejor dicho, hasta donde podía. Por supuesto, también esperaba algo de cooperación de mi parte, así que con una de mis manos y sin sacarlo de mi boca lo tomé y comencé a sacudirlo como lo había estado haciendo durante todo este tiempo, sin dejar de acompañar esta labor con mis labios y lengua.
Estuvieron haciéndomelo por todos los lugares posibles al mismo tiempo durante lo que estimo deben haber sido unos diez minutos, tiempo suficiente para producirme un nuevo orgasmo el cual no fue tan salvaje como los anteriores, supongo que por no tener ya fuerzas de ninguna clase. Y así quedé, cuando quien me penetraba analmente comenzó a gruñir en mi oído he instantes después descargo un arsenal de espeso fluido directo en mis intestinos, sentía como esa manguera se inflaba y escupía su carga una y otra vez en lo más profundo que jamás llegó nadie en mi cuerpito. Y sin dar tiempo para salir ni acomodarme, empezó con su descarga directo en mi garganta aquel a quien se la había estado mamando últimamente. Como a esta altura ya se imaginarán, no tenia demasiados prejuicios por lo que era correcto o no hacer y además no era yo quien lo decidía, por lo cual yo misma lo ayudé a acabar. Lo ayudé a sacar todo lo que quedaba en los conductos de aquella venosa extremidad y así, mientras con mi mano lo oprimía desde la base hacia la punta, con la boca y lengua limpiaba lo que salía, y como si fuera una experta, una vez finalizado, lo saque de mi boca y tragué lo que quedaba.

Y ya, con las últimas fuerzas que me quedaban, terminé de soportar los embates del último que quedaba,
para ese momento ya me encontraba con mis espaldas directo sobre la reposera, ya que los otros se habían marchado de mi lado, y quien me penetraba aun con esa particular herramienta se preparaba para vaciar otra carga en mí. Carga que no tardó en llegar y que, sin asombrarme ni lo más mínimo, fue tan abismal como anteriores veces, y si bien para ese momento ya no tenia sensibilidad en mis genitales y lo único que podía distinguir era el plaf…plaf de mis glúteos chapoteando en un pequeño charco de fluidos propios y ajenos que se encontraba sobre la reposera, pude notar como acababa por sus muy claramente gestos de placer.

Minutos después, ya vestidos me cargaron hasta el cuarto de baño donde tomando un salvavidas de los que usábamos en verano me lo colocaron a la altura de mi pecho y me introdujeron en la tina de baño llena con agua tibia donde me quede hasta horas después, en las cuales dormité, pensé en lo que había sucedido y pensaba si ya se habrían ido.
Cuando el agua ya empezaba a enfriarse, me enjuagué y lave todo el cuerpo y, juntando fuerzas de donde pude, salí para ver si aun se encontraban. Al salir pude ver que se habían ido y no se habían llevado nada, fui a mi cuarto a buscar un pijama y a acostarme aprovechando que ya era nuevamente de noche, y encontré una nota sobre mi cama. En ella me escribían diciéndome que no se llevaban nada y que a cambio sabían que yo no le diría nada a nadie. Cosa que, unos días después aun con mis genitales y ano medianamente inflamados y considerablemente dilatados, en especial mi agujerito posterior del cual aun salían fluidos cada vez que iba al baño, no se si por temor o vergüenza decidí no hacer.
Hoy, tiempo después, solo quedan algunas memorias de aquel fin de semana de abuso y pasión. No logro distinguir si lo que me pasó fue traumático o placentero, pero sé que me marcó para siempre.

El Mariscal
Elmariscal_correo@hotmail.com

El Abuso - 3ª Parte

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Me desperté ya habiendo amanecido con las sensaciones, nuevamente, de que me recorrían todo el cuerpo. Cuando me terminé de despejar y recordé que había estado sucediendo en las últimas doce horas, me di cuenta también de que estaba sucediendo nuevamente. Estaban un par de ellos limpiándome el cuerpo con unas toallas húmedas que habrían sacado del baño y, aprovechando también para sobarme, me retiraban todos los fluidos secos del cuerpo, no así los de la cara y pelo. Sorprendida me di cuenta de que estaba mamando uno de los descomunales miembros que uno de ellos habría puesto en mi boca estando yo aun dormida, el cual estaba succionando como un bebe desde mis despertares. Me habían puesto en el borde de la reposera con mi cuerpo apoyado sobre mis espaldas y mi cabeza por fuera y colgando hacia atrás y, supongo que por instinto, yo le seguía haciendo la mamada a ese pedazo de carne que entraba y salía de mi boca. Aunque en realidad, sabia que quisiera o no tendría que hacerlo, la labor consistía en apretar semejante miembro con mis labios y lengua mientras él, en cuclillas desde detrás de mi cabeza, me penetraba como si fuera una relación sexual. De hecho, por momentos me provocaba arcadas ya que en su excitación tendía a penetrarme profundamente hasta llegar a mi garganta, recorrido que no era ni un cuarto de su miembro pero que resultaba suficiente para asfixiarme.

Mientras pensaba en esto, un suspiro se me escapó de la garganta provocado por una sensación de excitación sexual que, en un primer instante, creí era por las cuatro manos de los dos negros que me sobaban, ya sin los trapos y además con sus lenguas y bocas. Pero luego me di cuenta de que el cuarto, al cual por no poder levantar la cabeza no veía, me estaba dando una penetración vaginal con su húmeda lengua a la vez que me masajeaba en círculos el clítoris y el anillito de mi orificio posterior con sus enormes y tibios dedos.

Luego de un rato, quien me estaba penetrando por la boca, me indicó que cuando él retirara su miembro fuera de mi boca, yo tenía que aprovechar para tomar una bocanada de aire, y así, él intentaría pasar la inmensa cabeza de su miembro por mi garganta. Por lo que, luego de algunos intentos que casi me asfixian, resultó una labor bastante coordinada en la que el retiraba su miembro casi fuera por completo y una vez que yo tomaba aire, para lo cual no me daba mas que uno o dos segundos, él lentamente presionaba la punta de su miembro hacia mi garganta, la cual por la posición en la que me encontraba, es decir con mi cabeza tirada hacia atrás, no se le hacia tan difícil penetrar. Y luego de unos segundos de presionar, suficiente para que se me comenzara a acabar el aire, se retiraba hacia atrás para dejarme recuperar la respiración, tomar una nueva bocanada y penetrarme nuevamente. Movimiento que a medida que lo repetía, y yo aprendía a relajar mi tráquea, le permitía en cada intento llegar cada vez un poco más profundo, llegando así, para mi asombro, a meter quizás mas de la mitad de si en mi boca y garganta.

Para ese momento, uno de los dos que me había estado sobando el cuerpo, que era el del miembro descomunal, se fue a sentar por allí y el otro aprovechando la disponibilidad de mi cuerpo empezó a masturbarse su miembro con mis pechos, o mejor dicho, apretó la base de su aparato con mis senos y llevó mis manos hasta la parte que asomaba por fuera para que sea yo quien lo masturbe. Así, mientras trataba de realizar estas dos actividades, lo cual no me resultaba nada fácil, empecé a sentir como ahora el que estaba allí abajo, en mi sexo, había pasado a utilizar su lengua para penetrarme analmente y metía dos de sus dedotes en mi vagina, y digo dedotes por que cuando los nudillos de aquellas manos entraban en mi, no tenían nada que envidiarle a un pene verdadero de tamaño normal, lo cual para mi vergüenza, pero también para mi fortuna, se veía facilitado por la humedad que yo misma generaba con los fluidos de mi cuerpo. 

Luego de un rato de estar haciendo esto, quien me penetraba oralmente me dijo que tome una gran bocanada de aire por que me acabaría directo por la garganta, yo me asusté por que pensé que me ahogaría antes de que termine, pero no había demasiada posibilidades de discusión. Así que respiré lo más profundo que pude, cerré los ojos y luego de que, habiéndose ya incrustado en mi garganta, comenzara a masturbar lo que quedaba afuera de su miembro, sentí como esa aparato se ensanchaba en mi garganta y esa leche espesa a la que ya me estaba acostumbrando pasaba directo a mi estomago como un surtidor de combustible que me cargaba por completo. La eyaculación duró varios segundos, así que cuando retiro su miembro fuera de mi garganta, pero no fuera de mi boca, tuve que tragar lo que aun seguía saliendo para despejar mis vías respiratorias y tomar aire de una vez.

Luego de ver que no se retiraba, intuí que estaba esperando a que le limpiara con mi boca y lengua, así que sin producirme prácticamente nada de asco, ya que en las últimas horas se había convertido una práctica habitual, retiré esos restos que le quedaban, sobretodo en la zona del glande, los cuales simplemente tragué junto con mi saliva.
Para ese instante, los otros dos ya no estaban sobre mi cuerpo y quien había estado masturbándose sobre mis pechos se sentó entre mis piernas y mi dijo.

Mírame bien por que voy a ser el primer negro en tu vida.

Lo cual no entendí en un comienzo, pero se me aclaró completamente cuando, colocado entre mis piernas, las separó y llevó mis rodillas casi hasta mis hombros con claras intenciones de penetrarme, ahora si, con su pene. A mi se me llenaron los ojos de lagrimas e instantáneamente comencé a gimotear. Si bien me había adaptado a realizar, o dejar que me realicen, un sinfín de cosas que jamás se me hubiera cruzado por la cabeza hacer con nadie, aun hasta ese momento estaba con la esperanza de que no tendría que cobijar dentro mí a ninguno de esos seres. Para una chica, y más de mi edad, dejar que un hombre esté dentro de una es algo muy especial y yo no quería que ellos lo hicieran. Además, si bien no era virgen, sabía que cuando me introdujeran semejantes "cosas" me harían ver las estrellas con la dilatación.
No te preocupes niña, no tengas miedo. Se que no estas acostumbrada y se que antes o después te va a terminar gustando.

No…snifff… Por favor, no lo haga… se lo pido…sniiif… si quiere sigo haciéndoselo con la boca… snif, snif… pero no me haga eso…

Tranquila, te la voy a meter lentamente y vas a ver como después de un par de entradas y salidas empiezas a gozar.
Nooo, por favor... se lo pid… nnggghhhhahhhh, más despaciooooo… naaagggghhhh…
Y ya fue tarde, ese descomunal aparato entraba por mi intimidad, y yo con la cabeza tirada nuevamente hacia atrás, y mordiéndome el labio inferior para no gritar, sentía como el contorno de ese invasor glande se internaba en mí. Si bien la sensación de lleno ahora sí que era descomunal, no se si por las penetraciones que me habían estado haciendo con sus dedos, por ya haber tenido algún orgasmo, por estar más que húmeda, o no se que, pero la cuestión es que si bien la sensación de invasión era sicológica y físicamente fuerte, por lo menos no sentía tanto dolor como creí que tendría en un principio.

Sujeta con mis manos de los laterales de la reposera, incline hacia delante mi cabeza para ver cuanto más de esa tortura faltaba y vi que el negro, que no se recostaba en mi, sino que se sostenía con sus brazos apoyados a mi lado y extendidos, con lo cual yo podía ver entre medio de nuestros cuerpos, ya había introducido más de la mitad de su hombría en mi interior. Yo, con mis rodillas a la altura de su cintura me quedé observando como, para mi total asombro, esa extremidad desaparecía en mi interior, y aliviada dejé caer mi cabeza hacia atrás para tomar nuevamente aire no pudiendo creer que dentro de mí hubiera tanto espacio.

Has visto mi niña que no era para tanto, ya la tienes adentro.
Por favor, no te muevas que aun me haces daño.
Tranquila que falta un poco aun.
Eh ???... Basta, ya está toda, ¿Qué más quieres?
Me arrastro hacia el hasta que mis caderas quedaron en el aire por fuera de la reposeerá y llevando mis rodillas nuevamente contra mi, hasta que casi tocaban mis hombros me penetró aun más profundamente sintiendo, ahora si, como el extremo de ese inmenso gusano Empujaba con su punta mi matriz contra mi estómago.
Deteeeente… iiiinnnnhgggg….
¿La sientes?
Siiiii… saaaaaaalteee… retrocede, por favor, auuuccchh.
Ya vas a pedir que no te la saque.

Y lentamente comenzó a retirar a ese monstruo de mi interior,
lo retiro hasta que su cabeza quedaba nuevamente cobijada entre los labios de mi vagina, esperó unos instantes para que me recuperara, y comenzó a penetrarme nuevamente, ya sin la incomodidad anterior pero aun resultándome un esfuerzo descomunal el recibirlo. Luego de unos eternos minutos en los que, para mi fortuna, se tomaba su tiempo dejando que pudiera adaptarme a semejante esfuerzo, ya estaba fallándome de lleno. Yo, con mi respiración sumamente agitada, mantenía mis piernas abrazadas a su cadera para tener de donde sujetarme cuando me penetraba muy profundo, y el moviéndose en forma natural ya usaba sus manos y boca para lamerme u oprimirme los pechos y apretar también mis muslos y nalgas.
Has visto que te acostumbrarías.
Nnghhh, despacio… más despacio…

La verdad es que yo no quería que fuera más despacio por el dolor, el cual ya casi no sentía, la verdad es que sabia que si seguía penetrándome con semejante miembro y me seguía acariciando, tarde o temprano terminaría teniendo otro orgasmo, cosa que detestaría sucediera. Pero antes que lo hiciera yo, lo hizo él, después de que acelerara sus acometidas, lo cual me acercó bastante al orgasmo, comenzó a bombear sus semillas en mi interior. Podía sentir ese tibio líquido llenando mi conducto y salir escupido contra mi matriz. Y al fin terminó, sabia que vendrían los otros, pero ya era uno menos y además había aguantado el orgasmo.

Luego de quedarse dentro mío unos instantes, en los cuales ambos permanecimos inmóviles, salio de dentro mío y junto con él comenzaron a fluir hacia el exterior de mi vagina los líquidos que había depositado unos instantes atrás. Pero sin darme descanso, o mejor dicho, como si fuera una continuación del mismo acto sexual, otro de ellos tomó su lugar.
Introduciendo su miembro, que era de similar tamaño, comenzó a penetrarme directamente con ritmo normal sabiéndome mojada y lista. Su vaivén era distinto, sentía como su miembro presionaba más contra el lado derecho de mi interior, no se si por que miembro tendría forma distinta o por que él buscaba ese efecto, pero fuera por lo que fuera, el resultado era que el contorno de la cabeza de su miembro rozaba en todas las penetraciones con mi punto G, así que luego de unos instantes de penetrarme, y habiéndome agarrado ya bastante excitada por quien había estado en su lugar antes, fue cuestión de segundos hasta que me llevara a las puertas de un nuevo orgasmo. Orgasmo que, sabiéndolo inevitable, quería se produjera de una vez para librarme de esa sensación de excitación que me producía, y que me avergonzaba que así fuera.

No se si mi cuerpo se había puesto en mi contra, pero ahora que quería que respondiera como sus instintos le marcaban, haciéndome acabar de una vez, me prolongaba la cruel agonía de estar eternamente a las puertas del orgasmo por inagotables momentos. Y no sé si, por querer acabar de una vez (espero que si), o si por la excitación, le empecé a susurrar a mi penetrante invasor.
Dámela, uffffff... si más rápido marica…

En ese instante se detuvo, solio de dentro de mí y girando mí cuerpo me puso boca abajo con mis piernas separadas. En ese instante, temiendo lo peor, estuve por salir corriendo aunque eso me costara mucho más.
No te preocupes, no te estoy por hacer eso, relájate y eleva levemente tu vagina para poder penetrarte desde atrás.
Esta nueva posición no me gustaba del todo, pero con el susto que tuve por un momento me resulto casi un alivio, y pensando que sería peor que se ensañe con mi agujerito posterior, obedecí elevando mis caderas para facilitar la penetración vaginal. Una vez que estuvo dentro de mí en su totalidad, me volvió a hacer bajar las caderas haciéndome juntar las piernas. Ahora, yo estaba recostada como si estuviera leyendo en la cama, con mis piernas extendidas juntas y mis cuerpo apoyado sobre mis codos mientras el me penetraba vaginalmente pero desde atrás pasando por entre medio de la parte posterior de mis piernas. Por la posición sentía ese descomunal miembro, pero ahora mucho más apretado en mi interior, y ya habiendo pasado el susto de unos instantes atrás, lo cual me retrotrajo levemente en mi excitación, ya sentía nuevamente el insipiente orgasmo y llegaba a la conclusión de que aquel miembro no acariciaba mi punto G por su forma, sino que quien me penetraba buscaba eso. Yo, que a esa altura, yo gesticulaba con mi rostro como típicamente lo hacia cuando me masturbaba, y que gimoteaba, en parte por la fuerza que ese miembro hacia contra las paredes de mi vagina, pero principalmente por que estaba ya comenzando a tener el orgasmo, vi como uno de los otros hombre, se sentaba delante mío con las piernas separadas una a cada lado de la reposera, y dejaba ante mi ese descomunal aparato, y digo descomunal no por reiterar sino por que este era quien había acabado en mi pecho la noche anterior, era el poseedor de esa inmensa extremidad que deseaba no tener que cobijar dentro mío nunca.

No necesité demasiadas instrucciones para saber que quería, y así, sujetándolo con las dos manos, una en la base y la otra por la mitad, la que deslizaba de arriba a abajo para excitarlo, me sumergí de lleno con mi boca en la parte que sobresalía y que ya no tenia con que sujetar, lo cual era más de lo que podía engullir con mi boca.

Y fue cuestión de minutos hasta que el orgasmo se desató en su máximo esplendor, empecé a sentir ese tremendo orgasmo que amanecía como uno mucho más feroz que el de la noche anterior. Yo ya no gimoteaba sino que decididamente estaba gimiendo como una posesa. Me aferraba con manos y boca a ese miembro intentando no hacer el espectáculo que sabia estaría haciendo, pero resultaba imposible evitar. Ya llevaba mas de un minuto de mi orgasmo, cuando entre medio de mis propios gemidos y gritos de placer, sentí que quien me penetraba estaba volcando algún tipo de lubricante en mi orificio anal facilitando la penetración que comenzó a hacerme por allí con dos de sus dedos sin dejar de penetrarme en forma vaginal. Y he de reconocer que, no se si por estar en medio de un orgasmo o por que el lubricante realmente surtía efecto, pero no me causaba dolor alguno el que me lo hiciera. De hecho, hizo que mi orgasmo resultara ser la experiencia más feroz que habría pasado hasta ese momento.

Ya habrían pasado dos o tres minutos y yo seguía gimiendo mientras el orgasmo más largo de mi entera vida me volvía algo así como una ninfómana que arremetía con su boca sobre lo que me entraba de aquel descomunal aparato que lamía y masturbaba, gritando sobre él como si de un micrófono se tratara, y a la vez elevaba mis caderas para, poder apretar ese miembro con los músculos de mi vagina, y para sentir más profundamente los dedos que ingresaban por mi retaguardia. Y como si todo esto fuera poco, también a quien me estaba penetrando, le llegó su hora. El sentir ese miembro, que me penetraba en una de las posiciones más apretadas que podría hacerme, y que ahora además se dilataba dentro mío mientras escupía su semen en mí, me terminó de dar el empujón que me faltaba, para finalizando un orgasmo de casi cinco minutos, perder nuevamente el conocimiento gracias al placer (no pedido) que esos sujetos me daban.

El Mariscal
Elmariscal_correo@hotmail.com

El Abuso - 2ª Parte

Comentarios (1)

No podía creerlo, no solo se había abusado de mi sino que me estaba quebrando el espíritu, me humillaba y me hacia sentir la impotencia en la que me habían sumergido. Me quede allí sentada, con todo el rostro lleno de semen, las manos igual de sucias y llorando por lo que había sucedido, por lo que estaba sucediendo y por lo que sabia iba a suceder.
- Bueno, si a la nena la gustan las vergas largas y negras, ¿Por que negárselas?, total tenemos cuatro de tamaño descomunal para que se divierta. - No, por favor. ¿No les basto con lo que me hizo su amigo?, déjenme tranquila, por favor.

Entre sollozos y suplicas levante la mirada y vi como uno de los otros dos negros, tan inmenso como los otros, pero al cual no le había prestado atención aun se acercaba y mirándome a los ojos me decía que se llamaba Tomas. Se paro delante mío y siguió hablando.

- Mira la piba, así que te gustan las vergas grandes de los negros. Sabes que, desde que entre y te vi me dieron ganas de comerte la colita, así que hagamos una cosa, yo te presto mi pedazo y vos me dejas comerte esa linda colita. - Sniff, no, por fav.. 

No tuve tiempo de decir nada más, este tal Tomas me levanto de los pelos y cuando me di cuenta ya me habían alzado entre tres y con toda facilidad y sin que pudiera siquiera intentar patalear me recostaban sobre la reposera y comenzaban a acariciarme entre todos. Sentía mil manos recorriéndome, sentí como manos de descomunal tamaño me separaban las piernas y otras de tamaño no menor oprimiendo mis glúteo, mi vagina mis senos y todo los que pudieran. Segundos después, sentí como me arrancaban de un tirón las calzas quedando solo con mi ropa interior y mi blusa ya desabotonada por la mitad, hice un intento por gritar pero cuando comencé a hacerlo recibí un sopapo que me adormeció, tarde uno segundos en reaccionar y fue cuando me daban vuelta y me ponían boca abajo. En ese momento me entro el pánico y me quede muda, tres de los negros me sujetaban uno manteniendo mis brazo inmovilizados detrás de mi nuca, otro sosteniéndome las piernas a la altura de los muslos y el otro me sostenía la cabeza contra un almohadón. Segundos después sentí el roce de un cinto contra mis nalgas y el que mandaba me dijo.

- Mira piba, no se como fueron las cosas hasta ahora, pero desde este instante mando yo. Para que aprendas la lección te voy a dar un par de azotes y espero que sea suficiente como para que de ahora en adelante cooperes sin decir nada. Si Tengo ganas de cogerte lo voy a hacer y vos, si así te lo ordeno, vas a gritar como si la estuvieras pasando bien. Si no te gusta no hay problemas, desobedece o resististe, y te vas a despertar en una semana en el hospital con todo los huesos rotos.

Y sin decir nada mas comenzó a azotarme en las nalgas. Creí que me iba a arrancar la piel, sentía como los latigazos me daban en la suave piel de mi cola y no podía ni gritar por tener la cara contra el almohadón. Cuando creí que no podía más se frenaron y comencé a sentir el alivio, las manos me soltaron y me dejaron recobrar el aire nuevamente.
- Bien piba, ¿Te dolió?, ¿O quieres mas? - Sniff, basta por fav..Sniff..vor, no me lastimen mas - Te pregunte si te dolió. - Si, Sniff, si me dolió, Sniff basta por fa... - Bueno entonces dime, ¿te vas a quedar tranquila, haciendo lo que te digamos? - Si, pero no me peguen mas. Yo los trato bien, se las mamo pero no me peg... - No piba, no entiendes. No solo nos la vas a mamar, te vamos a dar por todos lados te vamos a coger, te vamos a culear y aun más, ¿Esta claro lo que vamos a hacer? - Por fav... - ¿Que pasa?, ¿Quieres que use el cinto otra vez? - No, no. Esta bien, esta bien. - Ya se que esta bien, pero quiero que con las mismas palabras digas lo que te vamos a hacer. - Sniff, me..sniff...me van a coger. - ¿Y que más? - Y me van a...Sniff...a culear. - Bien, ahora párate.

No necesité hacerlo ya que los otros tres me habían levantado y parado en medio de la habitación, y allí me quede, parada en la habitación tan solo con mis braguitas y mi blusa a medio abrir. Fue cuestión se segundos cuando los cuatro negros me rodearon, mi primera sensación fue de inferioridad, me encontraba rodeada por cuatro negros a los que apenas les llegaba al medio del pecho, que median varias veces lo que yo de ancho que rodeándome no me dejaban ver mas allá de ellos, dos de ellos se encontraban ya sin camisa y un tercero ya se había quedado en ropa interior con su pene saliendo de ella, un pene que media tanto como el que había mamado un rato antes. Al instante comenzaron su labor, yo me quede quieta, parada allí en el lugar que me habían puesto mientras uno de los negros que estaba detrás de mi me terminaba de desabrochar la blusa y me la retiraba, otro al ver mis senos al descubierto y con un tamaño que pareció agradarle se los apodero para si, mientras con una mano sostenía mi cintura lamía uno de mis senos y con la mano libre, la mas grande que vi en mi vida, ocultaba el otro seno al tiempo que lo oprimía giraba y pellizcaba o mordía mis pezones. Mientras sucedía esto, un tercer negro deslizaba lentamente mis braguitas y las sacaba por completo, y el otro me comía la vagina con grandes lengüetazos usando a su vez sus grandes labios para separar los de mi intimidad. A todo esto el negro que estaba sacándome la blusa, como ya lo había hecho, dejándome así en una desnudez total, se coloco a mi lado y sujetando mi rostro comenzó a besarme y meterme la lengua en la garganta mientras, con su mano libre, sacaba de su ropa interior su pene y me lo refregaba por el cuerpo deslizándolo desde la parte superior de mi pierna hasta mitad de mis costillas. Estaba sumergida en un mar de roces, fricciones, caricias, lamidas, opresiones y mordidas, ya a esa altura comenzaba a sentir como mi cuerpo se contorsionaba y comenzaba a reaccionar a todo ese estimulo. Desde luego que en ningún momento lo disfrute o pense en ello, pero era una sensación similar a las cosquillas o la corriente, uno quizás no lo disfruta pero no puede evitar que el cuerpo reaccione. Pero aquí la diferencia era mayor, sentía como millones de explosiones en cada centímetro del cuerpo por todo el cuerpo. Pero yo, que pensaba que con el tiempo podía empezar a controlar la reacción de mi cuerpo que tanto me avergonzaba me equivoque. El negro que me había despojado de mi braguita ya encontraba una nueva labor, se puso en cuclillas a mis espaldas y tomo con cada una de sus enormes manos mis glúteos, comenzó a jugar con mi intima parte trasera, tomo un glúteo con cada mano haciéndolos ver insignificantes, para luego, comenzar a oprimirlos y a hacerlos girar separándolos y rozándolos entre si, esto que me provocaba una sensación de vacío y exposición en mi zona genital trasera, cambió drásticamente cuando el hombreton acerco su rostro a mi rajita anal y comenzó a usar su boca para rellenarlo. No podría explicar lo que me provocaba, sentía como usaba su lengua para jugar con mi orificio anal, sentía como, al tiempo que separaba mis glúteos con sus manos, su lengua lamía en círculos el anillo de mi culito, sentía como esa lengua que parecía eterna lamía tanto la cara externa de mi ano así como introduciéndose lamía también la parte interior de mi, hasta ese momento, pequeño anillito. 

Era una sensación de impotencia, veía que mi cuerpo ya no me pertenecía, mi pubis ya no era mío sino que se movía y contorsionaba por las sensaciones que arrancaban de mí ya humedecida vagina, con los juegos que la lengua que allí tenia proponían. Sentía que todo mi pecho ya era de las manos y boca de ese hombreton que con sus lamidas, mordidas, apretones, presiones y pellizcos, había conseguido no solo que mis pezones se pararan sino que todo mi pecho se oprimiera contra sus manos en busca de más. Sentía como mis piernas ya en el aire colgaban, se recogían y se separaban con las manos que las recorrían. Y sentía al fin, como mi parte trasera la pertenecía a ese negro, mis glúteos ya no querían tensarse sino que solo se dejaban exprimir y separar como sus manos querían, y mi ano ya no respondía a mis deseos de contraerse sino que se dilataba mas y mas dando paso a la lengua de su ahora dueño. Todo me provocaba una sensación espantosa, me sentía humillada, apenada y sucia por no poder controlar mi cuerpo, abría los ojos y lo único que veía era una tormenta negra que se apoderaba de mi cuerpo, para donde mirase había manos, bocas y penes que prácticamente no me dejaban ver mi cuerpo y yo, ya en el aire, sostenida por todas esas manos que me moldeaban y me manejaban a su querer. Pero termine de sentirme sucia y culpable cuando mi voluntad se vio doblegada a los juegos de estos cuatro hombres. Eso fue cuando el negro que estaba sobándome el ano comenzó a usar sus dedos, sentí como un de tamaño descomunal me penetraba y comenzaba a moverse en mi interior, no satisfecho, lo retiro un poco y sentí como comenzó a meterme su segundo dedo, primero introduciendo solo unos centímetros de ambos y luego comenzó a separarlos sintiendo como mi ano se ovalaba en todas las direcciones, para finalmente meterlos por completo y comenzar a darle una cogida de dedos a mi ya ansioso ano.

- ayyyy, nghhh, ufffff, aggghhhhh. - Miren, óiganla gemir, ya no se aguanta. - Si mírenla, la pendejita resulto ser una cachondona. - Ahhhh, ahh, ahhhhhh, grrrrrrrrnn, agnnnn, ufff.

A este se le sumo el poseedor de mi vaginita, el cual también comenzó a usar primero un dedo el cual me cogía mientras el usaba su boca y su lengua para lamer mi ya inflamado clítoris, luego de unos instantes y habiendo logrado una gran dilatación en mi vagina retiro el dedo y su boca, con una mano me separo los labios vaginales y poniendo la punta de dos dedos sobre la entrada a mi vagina y sin provocarme gran dolor los introdujo totalmente en un movimiento sin pausa y con cierta velocidad.

- Agggggnnhh, ufffff. 
Y luego sumado a la cogida de dedo que me daban en el ano perdí completamente el control.
- Ahaa, ahaaaa, ufff, aahhaa, mngnnnnnn, ahha ,ahaaa, ahaaaa. - Como disfrutas putita eh, después no te quejes, y pórtate agradecida.
Al Ver mi reacción, y ver como me descontrolaba agarrándome del que tuviera mas cerca, los otros dos negros, tanto el que jugaba con mis pechos como el que me sobaba el cuerpo con su pene, se trajeron una silla cada uno y, parándose arriba de ellas uno a cada uno de mis lados dejaron enfrente de mi rostro sus dos descomunales penes. Y sujetándome la cabeza uno de ellos me obligo a hacer la segunda mamada de la noche, mientras si que me dijeran nada, por una reacción que no pude controlar empece a masturbar el otro con mis manos.

- Mmmmm, sluppttt, swifffptt, mmmmmm. - Mira como mama la nena, dale seguí así.
Allí estaba yo, no podía creer lo que estaba haciendo, pero no me podía controlar, sabia que estaba mal lo que hacia, pero era tanta la ansiedad que me provocaban, que mi boca y mis manos solo se desahogaban de ese modo, ellas se movían solas, usaba una mano para cada uno de las tremendas vergas las que hacían ver a mis manos diminutas, y mientras las masturbaba mi boca pasaba de una a la otra en forma ansiosa. Hasta que sucedió lo inevitable, mi primer orgasmo llego, no sabría si fue por la situación o si por ser el primero y no sabia como serian los próximos, pero sentí que me iba, mi cuerpo comenzó a sacudirse, mamaba en forma desenfrenada y fueron cinco minutos en los que sentía que me perdía, que los ojos se me ponían en blanco y luego de cinco interminables minutos me desvanecí. Veía que todo giraba, no sentía el cuerpo y no podía pensar en nada. En estado semiconsciente, con temblores por todo el cuerpo y completamente sudada me recostaron en la reposera y cuando abrí los ojos había dos a cada lado masturbándose. Al momento de abrir los ojos, el que siempre organizo todo me dijo, ahora en agradecimiento vas a abrir grande esa boquita para que meta mi verga, y vas a tragar todo. Sin que dijera nada, se coloco sobre mi rostro con una pierna de cada lado de mi cabeza e introdujo su pene en mi boca, yo no podía usar los brazos por que no los sentía por lo que no me quedo mas opción que serrar los ojos y al sentir mi garganta llenarse de semen empezar a tragar, ya sabia lo que me esperaba por que aun tenia presente la cantidad que había tenido que soportar de su compañero, y como era lógico trague sin cesar pero también mucho se derramo por la comisura de mis labios cayendo por mis mejillas hasta mi nuca. No había terminado de pasar el semen que me quedaba en la boca cuando Tomy, el negro que ya me había acabado anteriormente, reclamó su turno. Me tomo por la cintura y me puso boca abajo, apoyo su pene sobre mis glúteos y me dijo.

- Ya te acabe en la cara piba, ahora quiero acabarte en la colita.

Segundos después, sintiendo como golpeaba mis glúteos con su pene empece a sentir como otra eyaculación tan grande como las que había recibido comenzaba a derramarse por mis nalgas, sentía su semen fluir por la cara interna de mis nalgas y seguir por mi entrepierna hasta gotear en la reposera, para una vez que se vacío sobre mi, empezar a esparcirlo con su pene por el resto de mi ano, glúteos e incluso mi cintura. Sin que este negro terminara de enchastrarme, el tercero de ellos se había sentado al lado de mi rostro, y apoyando mi cabeza de costado contra la reposera, puso su pene en el costado de mi rostro y comenzó también él a acabarme en el rostro, el semen chorreaba por mis orejas, salpicaba mi pelo, se deslizaba por mis ojos nariz y boca, para con todo mi rostro ya completamente cubierto caer en la reposera. Como es lógico, quiso que se la limpiase y una vez que termine de hacerlo, me agarro de los pelos y refregó el otro lado de mi rostro por el semen que quedaba en la reposera. Ya con el rostro y mis genitales completamente sucios, me resigne a esperar por el turno del último hombre que quedaba. Sentí que volvían a darme vuelta quedando otra vez boca arriba, y un instante después sentí que el negro que quedaba se sentaba sobre mi estomago. Lo mire para saber donde quería hacer su chanchada y me quede atónita, no podía creer lo que veía, el negro que quedaba era el que me había comido la colita, y cuando vi el tamaño de su miembro pense que me iba a aplastar, los otros tres tenían penes inmensos que promediaban más de treinta centímetros, pero esto era descomunal, tenia un pene que media más que mi antebrazo y mano juntos, no podría saber la medida exacta pero seguro era superior a los cuarenta centímetros y de un grosor descomunal. El negro apoyo su aparato contra mi pecho y no exagero, sentía sus testículos apoyados sobre mi ombligo y su pene seguía por entre medio de mis pechos para terminar apoyando la punta en mi garganta. Este me miro y me dijo.
- Si nena, ¿viste como la tengo?, no por nada me dicen rabo. Pero no te asustes, no muerde solo escupe. Ja.

Y mientras me decía esto, tomo mis pechos y comenzó a masturbarse con ellos. Sin exagerar sentía sus testículos rozando mi vientre y la cabeza de su pene golpeando contra mi mentón. Estuvo así como por un minuto hasta que comenzó el regadero, retiro su pene un poco hacia atrás para dejar la punta debajo de mis pechos y segundos después sentí como comenzaba a bañarme el semen que se derramaba por todos mis senos y salía disparado contra mi pecho, mi garganta, mi mentón e incluso mi rostro. Las otras acabadas habían sido abundantes al punto tal que ya estaba toda sucia, pero esta era descomunal, salían cantidades enormes de un semen mucho mas viscoso que me bañaba por completo, mire mi pecho para saber si realmente era semen y vi como estaba completamente cubierto de este semen que, formando incluso grumos, me empapaban desde el ombligo hasta la garganta. Una vez que este último descanso su pene sobre mi pecho por unos segundos se levanto y allí quede, desnuda, tirada en esa reposera toda cubierta de semen, el pelo pegoteado y el cuerpo aun atónito por todo lo que me habían hecho pasar y sentir. No sé que hora era ni cuanto tiempo había transcurrido pero la cuestión es que a los pocos minutos, vencida por el cansancio, me quede dormida. 

El Mariscal
Elmariscal_correo@hotmail.com

El Abuso - 1ª Parte

Comentarios (1)

Hola mi nombre es Luciana, tengo 17 años y vivo una vida común y cotidiana. Soy estudiante secundaria y vengo de una familia de clase media a la que en los últimos tiempos las cosas no le han salido del todo bien.
Lo que les voy a narrar sucedió hace un rato y lo escribo aquí por que tengo miedo de bloquearme e inconscientemente no recordar lo sucedido para hacer la correspondiente denuncia.

Eran las nueve y media de la noche y me encontraba sola en mi casa ya que mis padres se habían ido a pasar el fin de semana a lo de una pareja amiga que los había invitado a su casa en la costa, y si bien a mis papis no les gustaba la idea de dejarme sola por miedo a que algo me pudiera pasar, yo los convencí de que se fueran ya que no habían tenido vacaciones debido a nuestra situación económica. Por lo cual, hoy a la madrugada mis padres me vinieron a despertar para saludarme y para que me levante a cerrar la puerta.

Eran algo así de las nueve y media y me levanté de la cama en donde me encontraba mirando televisión cuando oí sonar el timbre, y como asumí que era Viviana, una amiga mía que iba a venir a mi casa a dormir para hacerme compañía me dirigí a la puerta para abrirle, pero cuando estaba abriendo la puerta para que mi amiga entrara sonó el teléfono por lo cual, en el apuro, abrí sin mirar quien era para así atender rápido el teléfono mientras mi amiga entraba. Pero ese fue el peor error de mi vida, cuando quise reaccionar ya era tarde y cuatro hombres de un golpe abrieron la puerta tirándome contra un costado y cerrándola detrás de sí.

No atiné a darme cuenta de lo que sucedía cuando uno de ellos, de gran tamaño midiendo más de un metro noventa y de piel oscura como el roble, me levantó del pelo y me dijo que no gritara o me reventaba en el momento. Un instante después, el teléfono comenzó a sonar de nuevo y este hombre, sacando un cuchillo de grandes dimensiones y oxidado, me dijo que atendiera el teléfono y que si decía algo o ponía mala voz me rebanaba.

Yo, que recién asimilaba lo que sucedía, creyendo que lo mejor era que les hiciera caso para que se fueran sin causar inconvenientes y pensando en lo mucho que se iba a enojar mi papi cuando tuviera que hacer los trámites del seguro, asistí con la cabeza y levanté el tubo.

Hola, Luciana. ¿Sí?. Soy yo, Viviana. ¿Esta todo bien? Lo pensé un segundo, y al sentir la hoja del cuchillo en el cuello contesté de inmediato. Sí, ¿qué pasó que no has venido? Por eso te llamaba, no voy a poder ir. Mi papá me pidió que me quede. ¿No hay problema, no? No, está bien.
Respondí al sentir nuevamente la filosa hoja en mi cuello.
- Bueno Luí, nos vemos mañana.
Y sin poder decir nada me colgó.

Inmediatamente, el hombre que hasta el momento dirigía todo me sujetó por los hombros y me llevó hasta el sillón que se encontraba a unos metros.

Mira niña, hemos visto salir a tus padres hoy temprano y sabemos que no regresaran por lo menos hasta mañana, por lo tanto esperamos que sabiendo tu situación te des cuenta de que lo mejor para ti es cooperar y hacer lo que te digamos.
Yo miré al resto de los hombres, y comprendí mi situación. Estaba en mi casa, la cual está a gran distancia de las casas vecinas y nadie me escucharía gritar a menos que me asomara a la ventana. Estudié a los hombres y me di cuenta de que era imposible salir corriendo ya que ellos eran cuatro, todos negros, de gran contextura física y de casi dos metros de altura.

Miré al que hasta ese momento se dirigía a mí, y comprendiendo que era mejor dejarlos llevarse lo que quisieran sin que me golpearan, respondí afirmativamente.
Está bien señor, llévense lo que quieran pero no me hagan daño.
Inmediatamente dos de los otros hombres, a los que apenas les llegaba debajo del pecho, me levantaron y sujetándome uno de cada brazo me llevaron hacia el fondo de la casa donde se encontraba una pequeña caseta que tenemos a modo de quincho. Yo, creyendo que me llevaban allí con la intención de encerrarme en un lugar más aislado para ellos poder desmantelar la casa tranquilos no me resistí y fui tratando de seguirles el paso.

Una vez que ingresamos cerraron la puerta y comprobaron que todas las ventanas y persianas estuvieran bajas. Y ese fue el momento en que me entró un escalofrío, me di cuenta que estaba en un lugar completamente aislado de las casas vecinas encerrada con cuatro negros que me sacaban más de medio metro de altura y que podían manejar la situación a su antojo y que por lo tanto, si es lo que querían, podían llevarse más que las propiedades de mi casa.
Yo no llegaba a esa situación virgen pero mi experiencia se limitaba a un par de meses de actividad sexual con un novio que tuve medio año atrás, y siempre en su auto, sabiendo además que mi experiencia y la del entonces novio mío era muy limitada. Por esto, consciente de lo que un coito o abuso sexual implicaba, y sabiendo que estos cuatro tipos podrían llegar a pretender tocarme o sobar mis partes intimas quedé al borde del llanto.

Una vez que se aseguraron que el interior de la caseta estuviera aislada del exterior me sentaron en una reposera que estaba allí guardada para las épocas de calor y comenzaron a hablar entre ellos. Luego de unos segundos de, creo yo, organizar cómo iban a hacer el trabajo el mismo hombre de siempre se me acercó para hablar.
Mira piba, todos sabemos que no estas en posición de hacer otra cosa más que lo que te digamos, ahora uno de mis compañeros se va a quedar acá con vos para vigilarte mientras los demás vamos hacia delante para hacer lo nuestro, por lo tanto espero que te portes bien, no hagas quilombo y obedezcas a mi amigo. ¿Está claro?
Sí señor, sólo quiero cooperar para que se vayan y me dejen en paz.

Pero cuando dije que lo único que quería era cooperar, me agarró un nuevo escalofrío ya que vi la sonrisa que este negro grandote puso, y me imaginé lo que estaba pensando. Sólo esa sonrisa me bastó para que mil imágenes horrorosas me vinieran a la mente y para sólo tener pensamientos dedicados a reprocharme el haber dicho eso.
Unos minutos después, tres de los cuatro hombres habían salido rumbo a la casa y yo me había quedado sola sentada en la reposera con uno de los negros a mi lado mirándome fijamente. Miré a este hombre, era un hombre que al lado mío parecía gigante, este suficientemente fornido para sostenerme inmóvil con una sola mano y suficientemente fuerte para, que de sólo pensar en lo que un golpe de él me pudiera hacer, bastara para atormentarme.
Volteé nuevamente la cabeza para saber si el hombre estaba pensando en algo y al mirarlo a los ojos y ver lo fijo que me miraba, un pánico doloroso se apoderó de mi cuerpo.

- ¿Te pasa algo piba?, ¿Necesitas que te sostenga para saber que no podés escaparte? - Nnno, sólo miré. Perdone señor. Me parece que estas pensando en hacer alguna travesura, mejor te sostengo por un tiempo. Date vuelta piba, ponte sentada de espaldas a mí. Perdone señor, no hago nada me port... Qué pasa, estás sorda pendeja, te dije que te sentaras de espaldas a mí.

El negro me agarró de los pelos con una mano, y con la otra, sin hacer ningún esfuerzo me tomó de la cintura y me giró quedando de espaldas a él. Una ves que me dio vuelta, con sólo una de sus manotas sujetó mis dos brazos por la espalda y me pasó una pierna por el otro lado de mi cintura, quedando mi espalda pegada a su amplio pecho.
Esa interrupción con voz fuerte y ese brusco movimiento fueron suficientes para que me quedara congelada y asustada tan dura como jamás había estado.

No te preocupes piba, yo te cuido. Además podemos ser amigos, ¿no? Ssssí. Tienes un lindo cuerpito, se ve que lo cuidas. ¿Vas al gimnasio?
De lo asustada que estaba no pude decir nada.
¿Qué pasa?, ¿Te comieron la lengua los ratones?
Yo ya estaba a punto de llorar, y seguí callada.

Está bien, me parece que voy a tener que comprobarlo yo mismo. Por favor, no me haga nada. Mira nena, el que manda soy yo y si te quiero hacer algo, te lo hago. ¿Está claro? Por fav.. Escucha pendeja, es mejor para vos que te tranquilices, además si llamamos la atención, los únicos que nos pueden llegar a escuchar son mis amigos, y sabes que lo único que van a hacer es querer hacer una fiestita con vos y la vamos a hacer de a cuatro.
No supe cómo reaccionar, pero por un instante se me cruzó lo que me podrían llegar a hacer los cuatro negros juntos, y hasta dónde podrían llegar y lo único en lo que pensé es en que era mejor callarme y esperar que este hombretón me dejara en paz lo más rápido posible.

Unos segundos después, este hombre que me tenía bien sujeta empezó a acariciar mis muslos por encima de las calzas blancas que tenía. Comenzó a acariciar la parte superior de mi pierna para poco a poco empezar a acariciar la cara interior de la otra. Yo me quedé quieta rogando que se detenga.

Luego de manosear todas mis piernas, y de decirme algunos elogios respecto a mi estado físico, este hombre ya más excitado, empezó a desabrocharme la blusa hasta abrirla por completo. Yo ya consciente de lo que pasaba y comenzando a lagrimear, pero principalmente asustada por lo imponente que me sentía y lo peligroso que resultaba ser semejante negro, no supe ni pensé en otra cosa que dejarme hacer y aguantar.

Para ese momento, el hombre ya me había soltado los brazos y amenazándome con no hacer ninguna locura, me pidió que ni me moviera. Al instante me había sacado la blusa y lentamente me estaba sacando el sostén. Yo tan asustada cerré los ojos y comencé a sentir cómo me acariciaba los senos con las yemas de sus dedos para luego de unos segundo empezar a pellizcar mis pezones. A los pocos segundos el negro me dijo que se estaba excitando y que ya su, como él le llamó "Pedazo", le molestaba dentro del pantalón por lo que se desabrochó el pantalón y sacó algo que no quise ni mirar pero que sentí se apoyaba a mitad de mi espalda. Sin decir otra palabra, el negro cada vez más excitado me tomó con una de sus mano en mi entrepierna y me pegó contra su cuerpo aprovechando para oprimir todo lo que su mano abarcaba de mi intimidad, es decir, desde mi pubis hasta mi ano, y mientras tanto, con su otra mano, ya sin acariciar sino oprimiendo a su antojo, se ocupaba de mis senos que si bien nunca fueron algo de lo que estuviera acomplejada en sus manos parecían diminutos.

Yo ya resignada a que este negro utilizara mi cuerpo a su antojo sólo trataba de no sentir sus manos sobando toda mi entrepierna y apretando mis pechos, a la espera de que se cansara y me dejara en paz, pero como temía, eso estaba lejos de lo que el quería y en ese momento comencé a sentir cómo sacaba sus manos de donde las tenía para tomarme con un brazo por debajo de mis costillas levantándome y con su otra mano deslizar juntas las calzas y mi ropa interior, a lo cual sólo me quedó agachar la cabeza tratando de alejar mis pensamientos y tratar de aguantar las ganas de llorar.
Pero por supuesto, el tipo estaba en la suya y además posiblemente le gustara hacerme sentir así, y por supuesto, él ya estaba sobándome nuevamente desde mi pubis hasta mi ano pero ya sin nada de por medio. Mientras con la palma de su mano acariciaba toda la parte superior de mi vagina moviéndola en círculos, con uno de sus dedos me acariciaba también en círculos mi ano llagando incluso a acariciar la cara interna de mi anillito anal, y mientras hacía esto, con los dedos restantes acariciaba mis labios vaginales y sobaba la entrada de mi vagina.

Pero mira qué linda porotita que tienes, esta toda peludita y gordita. ¿Te parece que te la puedo dejar mojadita? Sniff, sniff. Por favor, se lo ruego sueltem...nhg.
Me interrumpió la terrible sensación de invasión y el terrible temblor que me produjo cuando, al soltar todo lo que estaba abarcando en mi entrepierna, con esa misma mano uso dos dedos para abrir mi vagina e introdujo su dedo anular de tamaño descomunal hasta lo más profundo de mi vagina.

Cómo explicar lo que sentí cuando quedé en esa situación, me encontraba oprimida contra el cuerpo de este inmenso negro con la única separación provocada por su pene, el que por los lugares de mi espalda contra los que apoyaba tendría que ser algo que jamás hubiera imaginado que existiera, y que por si fuera poco me estaba penetrando vaginalmente con su inmenso dedo anular mientras que con el gordo refregaba la unión superior de mi vagina y también mi clítoris, lo cual se sumaba a su otra mano que se dedicaba a aprisionar y sacudir mis dos senos.

Pasaron varios minutos del mismo modo en los que este tipo se dedicó a apretar y refregar mis senos de todos los modos posibles y pellizcando mis pezones, mientras con su otra mano me seguía penetrando con ese dedo anular que era del tamaño, según recordaba, el pene de mi exnovio, y aprovecha con el resto de su mano para sobar y acariciar el resto de mi vagina, todo esto sacudiéndome hacia arriba y hacia abajo al punto de despegarme de la reposera varios centímetros.
Nghhggg, por favor, sniff detengrrrrrrnnhaa, basta por favor. Está bien, hagamos un trato.

Me dijo con el beneficio de que me soltó los senos y retiró su dedo y mano de mi vagina, me sujetó por los hombros me giró para quedar de frente a él y me dijo.

Mira nena, veo que ésto te incomoda bastante y yo ya estoy caliente. Hagamos un trato yo te dejo tranqui, te dejo que te arropes nuevamente y no te fuerzo más. Esta Bi... ESCUCHA, no terminé. PERO, vos a cambio te portas bien conmigo. ¿Cómo?, ¿Qué quiere? Quiero que me la mames, de ese modo, a mí se me pasa la calentura y vos te quedas tranquila y vestidita. Pero señor, yo nunca hice algo así, por favor ¿no puedo hacer otra cosa? Mira piba, es sencillo. Yo ya estoy al palo y me quiero descargar, o te cojo con este pedazo de verga que tengo, o... te portas bien y me la mamas, si no lo sabes hacer no hay problema, yo te enseño. Pero decidí ya. No por favor no me lo haga, sniff, no podría soportar su tamaño en mi interior. Repetí lo que dijiste pero usando la palabra que usé yo, pídeme que no te coja. Sniff, por sniff favor. No, no me coja señor, no me coja. Esta bien, dime qué es lo que vas a hacer. Lo que usted me pidió señor. Te dije que uses las mismas palabras que yo, di mamar. Está bien, se la voy a mamar.

Una vez que me propuso eso, acepté ya que lo otro hubiera sido peor. Me abroché la blusa ya que no encontré el sostén, me paré y me subí lo más rápido que pude las braguitas y las calzas. Lo miré a los ojos y bajé la mirada a su pene, ¿no se por qué hasta el momento no lo había cruzado con la mirada?, pero al verlo, primero me asombró que existieran de ese tamaño y de ese grosor, y segundo agradecí haber tomado la decisión de que no me penetrara con semejante miembro ya que me hubiera hecho gran daño. Y digo esto por que fácilmente tendría uno treinta centímetros de largo y un grosor casi como mi puño cerrado.

Viste que la tenía grande, qué cara de sorpresa, me parece que te gustó. ¿No? Por favor, snifff no me diga más así. ¿Ahora que hago? Vení nena, ponete de rodillas acá delante mío. Ya está, pero no puedo ponerlo todo en mi boca. No te preocupes, empieza pasando tus labios por la cabeza, después usas la lengua y seguí como te salga.
Yo me incliné, tomé aire y empecé a usar mi boca y mi lengua para satisfacerlo. El me puso la mano en la nuca y me dijo que jugara a que estoy limpiando su pene y que lo lamiera limpiando el lubricante que el pene segrega, esto me pareció asqueroso pero trataba de mentalizarme para terminar la labor lo más rápido posible, luego me agarró de los pelos y me dijo que abriera la boca porque quería metérmela hasta la garganta y que con las dos manos le sobara lo que en mi boca ya no entraba.

Luego de unos minutos de hacer esta asquerosa tarea yo ya me había acostumbrado al olor y al sabor y estaba metiendo y sacando su pene de mi boca, no podía creer lo bajo que me obligaban a caer, pero era así, le estaba haciendo una mamada a un negro con un pene de más de treinta centímetros.

Bien piba, ahhh, así. Ahora sin dejar de mamar escucha, ya me estoy por ir y quiero irme en tu cara. Cuando te diga sacas la ahhhg ahhhaaa, la sacas de tu boca y tiras la cabeza para atrás. No quiero que la muevas y quiero que cuando termine de lleaaahhh, de llenarte la cara de leche, me limpies bien. Ah, para que sepas me dicen Tomy.

Yo no quise ni terminar de escuchar pensando en lo asqueroso de la situación pero un minuto después, me tomó de los pelos tirándome la cabeza para atrás, yo inmediatamente cerré los ojos y sentí como todo su esperma caliente me llenaba la cara, lo sentía resbalando por el cuello, lo sentía resbalando por mis mejillas, lo sentí en mis labios y sentí cómo seguía saliendo más y más. Luego sentí cómo tenía toda la cara cubierta de su semen y escuché cómo me decía que era tiempo de limpiarle su pene. Abrí los ojos y me di cuenta de que tenía la vista nublada por el semen que me escurría de la frente, me limpié con la mano y asqueada me la limpié en las calzas, cerré los ojos y me dispuse a limpiarle su pene.

Aun no terminaba de limpiarlo cuando sentí la puerta que se abría, me di vuelta y vi cómo los otros tres negros entraban a la caseta y se quedaban con grandes sonrisas mirando lo que estaba haciendo y el estado en que me encontraba.

Bueno, bueno. Parece que a la nena no le cuesta entrar en confianza. No, no es así. Dile cómo fue Tomy, sólo fue un trato diles que... No seas tontita, me agarraste y me pediste que te muestre mi verga, me dijiste que nunca habías viste la de un negro, y que querías saber si era verdad lo que decían. No, yo no dije eso, es mentir.... Cállate, si Tomy dice que querías tener la verga de un negro, pues bien, tendrás cuatro.

No podía creerlo, no sólo se había abusado de mí sino que me estaba quebrando el espíritu, me humillaba y me hacía sentir la impotencia en la que me habían sumergido. Me quede allí sentada, con todo el rostro lleno de semen, las manos igual de sucias y llorando por lo que había sucedido, por lo que estaba sucediendo y por lo que sabía iba a suceder. 

El Mariscal
Elmariscal_correo@hotmail.com

Hay que Cuidar mas a la Novia - 1ª Parte

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Lo de que somos los mejores amantes no se lo creen... si no le das lo que quieres se buscaran otro que si se lo de... Hace algún tiempo publique otros relatos en esta web que por distintos motivos tuve que eliminar. Pero la verdad es que me gusto conocer chicas morbosas que supongo que por el inicial anonimato de la red no tenían problema en contar sus fantasías o secretos mas morbosos. Ahora, con su permiso y por supuesto cambiando los detalles que pudieran comprometerlas voy a contar sus historias que en algún caso se mezclan con la mía. Es normal que las mujeres tiendan a ser mas discretas que nosotros, pero eso hace que en ocasiones sean mas retorcidas y mucho mas dispuestas a jugar en cuanto toman confianza. … una de las chicas que me escribió termino ganándose un relato por derecho propio. Ella me va a ayudar a escribirlo, su parte saldrá en negrita, imagino que ira colaborando mas conforme se caliente lo que conociéndola tardara como mucho dos párrafos ;)

Mas o menos por el segundo relato me llego un mail de una chica que decía llamarse Lucia, era de Madrid, 20 añitos... estudiante... novio hacía seis años, vamos, lo que mas me gusta, un angelito a la que ponía caliente la idea de que se la follaran como una puta en vez de las dos posturas típicas de cortesia... Por lo que contaba el chico a pesar de ser un tío cariñoso no la tenia satisfecha así que ella se paseaba por las paginas de relatos masturbándose con las historias... y una noche se puso mas caliente de lo habitual cuando el cornudo(como le gustaba llamarlo)  la dejara mal follada al correrse el y mandarla a casa con un “delicado: pues hazte un dedo”.... decidió escribirme.

Antes de nada explicaré un poco a qué se refiere con mal follada. Soy bastante cariñosa, la pequeña de mi familia, la princesita de mi casa, vamos, ya me entendéis, así que todo el mundo me tiene en palmitas, y mi novio, pues no podía ser menos. Me trataba, o me trata, como si fuera de cristal, y en el sexo también. Y tras la follada habitual, me quedaba insatisfecha, y sentí la necesidad de buscar la manera de “llenarme”. Y ahí fue cuando empecé con los relatos de...  Aunque soy bastante cortadilla, al menos al principio, una noche al llegar a casa no pude evitar escribirle tras leerle.  La chica era agradable y caliente, cuando supero que yo le dijera las cosas directamente, al poco rato ya me estaba contando como se la follaba el cornudo con pelos y señales, tampoco había mucho que contar pero me gustaba que me contara algo tan intimo con el, esto la haría soltarse del todo y contarme sus fantasías o las cosas que había echo ya, todas son fieles hasta que escarbas un poco y descubres que se la chupa a un par de amigos. 

Ella estaba pasando el verano en casa del cornudo, dormían en la cama de los padres de el, una mañana cuando se fue a trabajar completamente cachonda y desesperada llamo a su amigo  El chico que sabía que quería que le dieran caña la hizo de todo empezando por follarle bien la boca sujetándole la cabeza y follándosela como si fuera su coño, solo se la sacaba para hacerla suplicar mas polla y al final para que le pidiera ella que se corriera en su boca, algo que misteriosamente al cornudo no le gusta hacer, pobrecillo, si supiera la leche que a besado desde entonces... ella se volvio una incondicional de este tema... nunca discute, le encanta tragar, jugar con mis corridas y dejar que se le caiga de su boca poco a poco sobre su tetas mientras me mira con cara de zorra. No me entendáis mal, no se volvió una puta descontrolada a raíz de esto, es una buena novia ;) solo que con tres pollas a las que atender, bueno, dos, el otro desapareció ya... se enamoro el muy candido.

Parece que ella quiere contarlo, aquí os dejo su versión:

Con mi amigo, tenía una relación un poco rara. El chico, al no ser de Madrid, pues solo podíamos quedar cuando el venía por aquí y sin que mi novio se enterase por supuesto. Desde que le conocí, nunca le había visto como una persona que me atrajese, el era mucho mas claro que yo hablando, y aunque físicamente no estaba mal, no le veía como mi tipo. Hasta que empezamos a hablar por Internet y a contarnos varios detalles íntimos, más bien, contaba él, y yo fantaseaba con lo que jamás podría hacer (ante todo era una novia fiel, o eso creía). Un día, me dijo que venía a pasar unos días a Madrid, y que si me apetecía quedar. Por supuesto qué me apetecía! Pero estando instalada en casa del cornudo me parecía un imposible. Cuando me dijo que sería entre semana vi el cielo abierto, el cornudo tenía que marcharse a trabajar, y yo tenía varios días para aclarar mis dudas respecto al sexo, dudas que al primer día quedaron resueltas. Quedé con él en una plaza cercana a la casa de mi novio, y cuando lo vi, supe qué iba a pasar.

Me acerqué a él para saludarle, y al darnos los dos típicos besos absurdos de cuando te encuentras con alguien, puso su mano en mi cintura y me dijo al oído: “Dónde podemos estar mas tranquilos?” Lo lógico hubiera sido ir a mi casa, pero como llevaba ya varios días en casa ajena, allí me fui con él. Nada más entrar en el ascensor, me acercó hasta una de sus paredes, y con una mano en mi hombro, me besó, nada dulce, más bien todo lo contrario, un beso apasionado, de estos que no quieres q terminen, pero de los que sabes que cuando terminen vendrá algo mucho mejor. No creo que haga falta decir, que desde que su mano rozó mi cintura, yo ya estaba excitada. Durante el beso, pasó su mano por mi pecho, sólo un instante, pero el suficiente para que de la que seguí su descenso hasta debajo mi falda, yo mojase aun más mi tanga. Cuando llegamos al piso en el que vivía el cornudo, él tenía ya, mi tanga en su mano, en ese momento lamenté que no viviese en el último piso de un rascacielos. Entramos en la casa, y en lugar de seguir besándonos, él sacó su polla (que sepas que me sigue costando llamarlo así) y ejerciendo una pequeña presión sobre mi hombro, supe enseguida lo que tenía que hacer.

Me agaché y comencé a chupársela. Acostumbrada a las caricias en el pelo de mi novio, que alguien me cogiese la cabeza mientras hacía una mamada, me encantó, sobre todo, cuando me sujetaba del cuello y empujaba hasta el fondo, aunque sintiese que me ahogaba en ciertas ocasiones, me daba igual, estaba disfrutando y estaba haciendo disfrutar, y encima me estaba poniendo cachonda como nunca ¿Qué más podía pedir? Había una cosa, y por los movimientos de mi amigo, sabía que llegaría pronto, me soltó la cabeza, y descargó todo su semen en mi boca. A pesar de que me hubiera encantado tragármelo, lo dejé caer, mi cabeza todavía estaba puesta en el qué dirán o qué pensarán, y no quería que mi amigo creyese que era una cualquiera. Después de limpiarse nos dirigimos a la habitación de los padres del cornudo. Allí, estando tumbados, creo que viví una de las experiencias más bonitas de mi vida. Estábamos tumbados, desnudos, el uno al lado del otro, y él jugando con su mano por mis pechos, que sé que le encantaban, rozando mis pezones, pellizcándolos suavemente, y luego un poco más fuerte, tirando de ellos, y yo calentándome más y más. Él se dio cuenta, porque bajó su mano hacia mi clítoris, y empezó a acariciarlo, quería tenerle dentro ya, y él lo sabía, pero quería hacerme de rabiar, así que introdujo dos de sus dedos en mi coñito. Creo que el gemido que di debió escucharse en todo Madrid, y el siguió con ese ritmo hasta que me corrí, pero en lugar de pararse continuó, y como es de esperar, un segundo orgasmo llegó, él paró, me miró y me puso una sonrisa medio diabólica que poco me importó. 

Cuando estaba apunto de quedarme dormida, el se puso sobre mi y empezó a chupar mis pezones, pero poco tardó en dejar de hacerlo y acercar su polla de nuevo a mis labios, al estar yo boca arriba, era él el que marcaba el ritmo, y literalmente, me folló la boca, me sentía como las actrices porno que salían en las pelis que a la vista de la gente que me rodeaba, yo jamás había visto, sentía lo que me había estado perdiendo durante tanto tiempo y maldije a mi novio, el cornudo, por no haberme tratado jamás así, por no hacerme sentir una mujer completa. Mi amigo continuaba su frenético ritmo y clavándola cada vez más a dentro. De vez en cuando se paraba y se quitaba haciendo que fuese mi boca la que fuera en su busca, y yo lo hacía encantada. En un momento dado, mi amigo apartó su polla y la puso fuera de mi alcance, y sujetando mi cabeza para que no pudiera moverla me dijo: "me voy a correr, dime donde." No me esperaba que me dijese nada, supuse que sencillamente lo haría, me daba vergüenza decírselo claramente, así que opté por la menos vergonzosa: "donde quieras". Su cara delató que no le gustó la respuesta, así que me dijo: "Después de tantas conversaciones juntos, sé lo que quieres, pídemelo, o te quedarás sin probarlo", estaba demasiado excitada, y sabía que tenía razón, así que le susurré "en la cara", pero mi susurro no fue suficiente y me hizo pedírselo casi a gritos.

Con el final de mi frase vino la lluvia de semen, sentir los chorros calientes sobre mi cara fue una sensación indescriptible, y como consecuencia de eso, surgió una pequeña obsesión en mi, si no la había ya. Contar como fueron los siguientes días, sería repetir lo mismo, pero fueron de los mejores días de mi vida, y con otro tío que no era mi novio!!! mi mundo se estaba derrumbando y quería que siguiese así.
   La historia siguió un tiempo sin que nos conociéramos en la realidad, poco a poco conseguí que me pusiera la cam, que me dejara verla con su camiseta de andar por casa... tenia unas hermosas tetas y una cara de niña buena que daba mucho morbo, una noche la hice cenar con su papi solo con la camiseta, con el coño al aire y abriendo las piernas bajo a mesa, el padre se olio algo y le pregunto si iba desnuda, ella le dijo que si estaba loco, que iba con unos pantaloncitos, a continuación volvió al ordenador y fue la primera vez que me dejo verla completamente desnuda y masturbándose para mi a partir de entonces lo hacia a menudo, le gustaba que la viera, lo que mas me gustaba era ver como se arreglaba para salir con su madre danzando por la habitación y antes de salir hacerla subirse la faldita bajarse el tanga y enseñarme su coño o sus tetas... me gustaba que siempre estuviera dispuesta para mi.   

Un día despues de presionarla mucho, esto es relativo, se hace la dura pero sabia que se le mojaba el coño le pidiera lo que le pidiera. La hice esconder la cam para verla en la cama con el cornudo, quería que se portara como una zorra con el y como una puta conmigo. Lo hizo, le costo pero conforme iba follando con el se notaba que quería lucirse, se apartaba el pelo para que la viera tragandose la polla del cornudo, cuando la puso a cuatro patas se puso mirando a la cam, se lo había dicho yo, quería ver su cara y sus tetas moviéndose, y al cornudo empujando para que ella pudiera correrse como una puta para mi. Por lo que me conto despues nunca se había corrido así, empapo la cama...

 Llego la hora de quedar, había que hacerlo bien, no bastaba con quedar a follar, quería morbo y ella mas. Vinieron los padres del cornudo y un día me dijo que iban al cine todos juntos a ver una plasta de película a los AMC, le dije que estupendo, y le di unas sencillas instrucciones, se puso como loca, que imposible, que no podía hacer eso. Llegue al cine  compre un asiento en la ultima fila de la sala, en un rincón y me senté a esperar en la primera fila del cine, como si esperara a la novia, la esperaba, solo que no a la mía, quería verlos llegar, ella entro con el de la mano, me miro y puso cara de poker, se giro y le dio un beso en la boca a el, ahí supe que lo iba a hacer.

Empezó la película, al rato ella fue al baño solo que en vez de bajar los escalones subió, yo veía sus tetas moverse al subir los escalones. Habíamos quedado en que no diríamos nada, se limitaría a chupármela, y así lo hizo, ni me miro, se arrodillo entre mis piernas desabrochándome, yo no me móvi, quería que ella hiciera todo el esfuerzo, tuvo que pelearse con mis pantalones al final consiguió bajármelos, quería todo a mano, empezó con un gruñidito, agarrándome la polla y chupándome los huevos se los metía en la boca y chupaba... lo hizo deprisa pero muy bien, se notaba que quería mi leche... al final no la hice esperar mucho y me corrí en su boca, había estado sin correrme tres días, literalmente le llene la boca, ella me miro la abrió... era una delicia verla con la boca llena de semen, luego me subió los pantalones y con la boca llena fue a su sitio, según me contó tardo un rato en ir tragándolo, muy despacio, con el cornudo al lado... Bueno, no se si a alguien le gustaría que siguiera... se vera por los comentarios, los votos y quien quiera que me agregue...

Luckm@hotmail.es

El Anuncio - 1ª Parte

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Tengo cosas que hacer primero, coge un par de vibradores y utilízalos en tu culo y en tu coño. Hazlo para darme placer, exhíbete para mi pero no te corras, te usare después.

Me puse a revisar las respuestas a los correos y todos parecían cortados por el mismo patrón:

Don, he leído su contacto y estaría interesada. Desde siempre me ha interesado el tema de la sumisión y me gustaría probar su adiestramiento…

Probar, que ingenuidad, ninguna buena sumisa tan solo probaba. Decidí contestar a todas con el mismo mensaje:

"Querida criada, para empezar el adiestramiento es necesario que paséis por 3 pruebas iniciales a fin de comprobar si tenéis la aptitudes idóneas o por el contrario no merecéis el tiempo que os dedique.

Os adjunto dos fotos, la primera es una de mi esclava haciéndome una terrible mamada y la segunda realizada en este mismo momento es de mi esclava con dos vibradores en cada uno de sus agujeros. Podréis comprobar su autenticidad por la hora y fecha que aparece en el reloj que la muy perra sujeta.

La primera prueba es que quiero que me respondáis con un video en el que se vea vuestro coño depilado y como os masturbáis con las fotos que os envío. Podéis añadir todas las fotos que deseéis para ser aceptadas.

Solo se aceptaran las respuestas que lleguen durante los próximos dos días."

Estaba súper excitado imaginando las respuestas que llegarían, abrí un cajón, saque una correa, se la puse a Lucia al cuello con dos correas y la puse a cuatro patas. Le di el reloj y le hice la foto. La adjunte al mensaje y di a enviar.

De un tirón le saque el consolador del culo y de un solo empujón le metí mi polla de 20 cm. en su dilatado culo. Como le había enseñado se puso a gritar mezcla de dolor y placer, no se si era verdad pero tenían el realismo suficiente para que no la castigase. La mamada anterior era reciente por lo que estuve 20 minutos taladrando el perfecto culo de mi esclava sin contemplación.

Don, esta esclava quiere ofrecerle sus orgasmos.

No, ponte encima de mi y haz que me corra. No podrás correrte hasta que el amo este saciado.

Lucia se puso a cabalgarme, notaba como presionaba su esfínter sobre mi polla buscando mi orgasmo. Aunque Lucia estaba realmente bien entrenada, la intensidad de sus movimientos me hacia temer por su culo, decidí que debía darla por culo a la mañana siguiente. Le dolería pero necesitaba reafirmar su sumisión ante mi.

No podría aguantar mucho más por lo que decide dejarme llevar y me corrí llenado su recto con mi semen. Me lleno de orgullo que Lucia no se había corrido y esperando a que recobrase mi aliento, me pregunto.

- Puede la esclava ofrecerle su orgasmo al amo o esta demasiado cansado para las suplicas de esta sierva.

Puedes correrte.

Rápidamente, Lucia se puso en la posición más obscena que pudo ofrecerme y empezó a masturbarse fogosamente hasta que se corrió con grandes  estruendos. Como ella decía, su orgasmo se le había ofrecido al amo.
 
No habían pasado más de 45 minutos pero al volverme al ordenador pude comprobar que había un aviso de mail entrantes en mi bandeja.

Continuara…
Pueden contactarme en don.toni@gmail.com 

La Bailarina Esclava - 3ª Parte

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Con el paso del tiempo el sufrimiento por el terrible martirio va dejando sus huellas sobre el cuerpo entero de Luisa. Su masa orgánica está pendiendo únicamente de sus extremidades superiores y sus músculos se estiran poco a poco hasta dislocar sus articulaciones. El pecho se va oprimiendo y sus costillas están tan visiblemente marcadas que parecen querer escaparse de la piel. 

Su vientre se va hundiendo y los muslos están rígidos a pesar de la falta de apoyo. La sangre mana lenta pero contínua de manos y pies deslizándose y goteando. Sus esfínteres escapan de todo control y orines y heces liquidas corren por sus entrepiernas. Para hacer más macabra la escena a Luisa le baja el periodo y la sangre coagulada brota de su sexo. Sus muslos son ríos de fluidos corporales a los que se va uniendo el sudor. 

Ha empezado a perlar su piel entera, primero por las axilas y frente, después por brazos y espalda. Finalmente todo su cuerpo se empapa y brilla. Pasan los minutos... las horas. El sol ya está alto. Los insignes nobles han hecho colocar unas sombrillas y mesas para poder comer mientras sigue la diversión. La vida de Luisa se va agotando muy poco a poco... demasiado lentamente... ya no puede mantener erguida su cabeza que yace ladeada con su rostro semitapado por su mojada melena de color caoba A media tarde cansados y aburridos los nobles patricios vuelven a sus aposentos. Pasan las horas y Luisa aprisionada en su propia carne rígida y músculos lacios ya empieza a respirar mal. 

Sus pulmones no le dan el aire que necesita. Su piel vuelve a estar seca, se esta deshidratando. Anochece y el cuerpo crucificado de Luisa está reseco y acartonado. Apenas puede ya respirar aunque incomprensiblemente permanece todavía consciente. Esta sola en ese lúgubre patio... nadie la acompaña en su agónico martirio. A media noche Démeter y Silvia acompañadas de varios esclavos van a visitarla. Luisa parece haber perdido el sentido. La desalmada Démeter pide que la reanimen con una esponja empapada en hiel. Con ayuda de una lanza se la restriegan por su boca y Luisa reacciona con el olor. Gime y apenas jadea por el ya casi inexistente esfuerzo respiratorio. Démeter y Silvia se ríen de ella y se van cogidas de la mano. Luisa vuelve a hundirse en el sopor. Apenas entra ya aire en su pecho. Su fin esta ya cerca.

Cuando Démeter, ya entrada la mañana, va a verla, Luisa hace horas que ha muerto. El hedor es casi insoportable en su proximidad. Ordena que la desclaven, después que sea descuartizada y que sirva de alimento para los perros. Y vuelve rápidamente hacia la casa donde Silvia la está esperando.

FIN

Ines

La Bailarina Esclava - 2ª Parte

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Le acompañaban tres personas mas, dos hombres maduros y otra mujer muy joven. Varios esclavos acompañaban a sus amos. Démeter ni se apercibió de la existencia de esa chica nueva de tez morena y bonitos ojos negros que tan gentilmente se movía.

La mujer joven seguía tiritando a pesar del brasero y de la piel que la cubría. Démeter le preguntó si se encontraba bien. Silvia, ese era su nombre, apenas pudo contestarle que no; cayó desmayada por hipotermia. Inmediatamente la Señora reclamó por pura casualidad a Luisa pidiéndole que se quitara la túnica y se pegara a su espalda para darle calor con su cuerpo. Luisa se desnudó y metiéndose debajo del manto se adhirió literalmente al cuerpo helado de Silvia, que no tardó demasiado en adquirir algo de temperatura.

LUISA YEGUA DE DÉMETER

Los siguientes días Luisa y toda la servidumbre el general tuvo mucho trabajo. Los ilustres visitantes estaban permanentemente aburridos y ociosos, siempre con las exigencias más inverosímiles y pueriles. Démeter inventaba juegos para distraer a sus invitados. Con ellos pronto demostró ser una mujer depravada, cruel, despiadada e incluso sanguinaria, aunque en honor a la verdad ninguno de sus invitados le iba a la zaga. Los esclavos les tenían miedo y no era para menos. Todos lo días organizaban carreras de cuadrigas en el gran patio de las caballerizas, solo que los caballos eran sustituidos por esclavos y esclavas. Luisa formaba parte de una de ellas. Desnuda y repujada en cuero junto a otras tres esclavas, tenía que arrastrar con los brazos atados en su espalda el carro de Démeter. Esta, con una túnica negra muy corta y un casco dorado lo conducía con mano de hierro, sometiendo brutalidad implacable a sus potrancas a un esfuerzo sobrehumano. No era de extrañar que resultara vencedora casi siempre. Luisa y sus compañeras terminaban extenuadas, sudorosas y con el cuerpo señalado por la larga fusta de Démeter.

Entre personajes tan disolutos el premio para los vencedores solía ser de índole sexual. Era obvio que Démeter perseguía a Silvia, la única hija de un Senador muy amigo de su difunto esposo. Para su padre y en general para todo su mundo Silvia era una muchacha virtuosa. La realidad era que se prestaba sin rubor a cualquier juego indecente y obsceno, aunque parecía no sentir las mismas e indisimuladas inclinaciones de la perversa Démeter, prefiriendo la compañía tanto de efebos de apariencia andrógina, como de viejos libidinosos como los que les acompañaban. Por eso resultó extraño que una de las escasas ocasiones en que Démeter no resultara ganadora, Silvia reclamara que Luisa pasara a su servicio por una noche. Démeter no había prestado mucha atención a esa esclavita monilla que tan bien se portaba arrastrando su carro. Sabía que su destino no seria otro que convertirse en esclava sexual y eso la molestó en grado sumo. Una esclava esmirriada había logrado lo que ella no había conseguido. Lo que no sospechaba es que Silvia lo hizo con el único fin de fastidiarla.

LUISA Y SILVIA

Luisa pasó esa misma noche a los aposentos de Silvia. Esta la recibió personalmente y le invitó a una copa de vino. Las dos chicas eran de edad parecida aunque no de físico. A pesar de tener similar altura Luisa era de piel morena, cabello oscuro, espigada y de formas poco pronunciadas. En cambio Silvia era rubia, de cuerpo más bien rellenito y con bastantes curvas.

Después de despedir a la servidumbre quedaron a solas, cara a cara. Silvia le preguntó sobre su pasado y muy particularmente por lo que hacia cuando era libre. Luisa que era una persona muy observadora intentó por todos los medios ocultar aquellas cosas que podrían mostrarla como una rival de su ama, lo que consiguió solo en parte. Silvia no tardó en hacer uso de sus prerrogativas y prescindiendo de toda diplomacia le exigió que se desnudara lentamente. Luisa no tuvo más remedio que obedecerla y se desprendió de la túnica dejándola caer al suelo. Silvia quedó manifiestamente poco satisfecha de la manera en que lo había hecho y le preguntó si alguna vez había tenido que hacerlo con Démeter. Luisa sabía que entraba en terrenos cenagosos pero tuvo que decir la verdad: se había desnudado por primera vez ante su ama la noche de su llegada cuando tuvo que darle calor. Silvia se levantó del diván y sin decir palabra se fue quitando sus ropajes con una extrema sensualidad, quedando totalmente desnuda ante Luisa. Esta no pudo evitar sentir una punzada de excitación. En su adolescencia había frecuentado el lecho una de las sirvientas de su casa que la había aleccionado en los placeres sáficos. Silvia le pidió que lo intentara de nuevo poniendo más pasión, cosa que Luisa hizo, esta vez con algo más de éxito, pero no el suficiente para la exigente romana. Dos veces más tuvo que desprenderse de su túnica con la mayor voluptuosidad de que era capaz. Silvia como sabemos tenía fama de ser era una virtuosa romana pero era en realidad una muchacha libidinosa y sin escrúpulos. No tuvo reparo alguno en llamar a su presencia a uno de sus esclavos. Marco, ese era su nombre, no tardó en aparecer. Era un muchacho muy joven, casi púber, pero de apariencia fuerte y gentil. Venía vestido con una clámide al estilo griego a pesar del frío reinante en el exterior del aposento, mostrando un torso moreno y limpio de vello incluso en sus axilas. Silvia le ordeno que se desprendiera de su exiguas ropas, lo que hizo inmediatamente. Su pubis estaba también rasurado y su pene en reposo bien podía corresponder al de un potrillo.

Silvia dio a Luisa una ultima oportunidad. Volvería a desvestirse delante de Marco. Si no lograba que su sexo entrara en erección al hacerlo, seria azotada, con el permiso de Démeter claro.

Luisa volvió a ponerse la túnica. Bajo la atenta mirada de los jóvenes hizo lo que mejor sabía hacer y que había ocultado deliberadamente a todo el mundo: era una experta danzarina; así que fue quitándose la ropa siguiendo con todo su cuerpo el ritmo de la música que oía en su imaginación. Cuando terminó de bailar completamente desvestida, arrodillada en el suelo ante Silvia, Marco mostraba una descomunal y turgente verga. Marco fue devuelto inmediatamente a los aposentos de los esclavos y Luisa directamente al lecho de Silvia que conoció el dulce placer de lesbos por primera vez. 

LUISA Y DÉMETER

Apuraron lo pactado puesto que ni Silvia ni Luisa aparecieron fuera de los aposentos privados hasta bien entrado el mediodía. Démeter se comía las uñas de indignación mientras que sus ilustres amigos se mofaban de ella. Muchos años de corrupciones compartidas les otorgaban la suficiente confianza para hacerlo. Cuando por fin ambas aparecieron, Silvia no podía dejar de mostrar su intima satisfacción de haber causado desasosiego en su anfitriona, que a pesar de intentarlo no lo podía disimular. Silvia sabia que le producía una gran atracción y disfrutaba con despreciarla.

Démeter sintió tales deseos de darle una lección a esa estúpida niñata que se propuso vengarse de ella, y empezaría reclamando a Luisa a su presencia. Tenía curiosidad de saber qué tenía esa esclava que tanto había complacido a Silvia. La recibió esa noche prácticamente desnuda en su habitación privada, muy caldeada con una gran chimenea. Se cubría con una capa de seda negra transparente que no ocultaba un cuerpo sorprendentemente poco ajado por los años y por el vicio. Luisa se sorprendió al verla de esa guisa. Estaba convencida de que lo iba a pasar mal a causa de lo sucedido. Encontrarse entre dos mujeres poderosas podía traerle complicaciones, pero si además una de ellas era su propietaria le podía costar más que eso. Nada hay más peligroso que una ama despechada.

Démeter interrogó a Luisa sobre todo lo sucedido con Silvia. Quería saber porqué una simple esclava escuchimizada había podido seducir a una patricia romana, empezando por saber quien había seducido a quien. Luisa no tuvo más remedio que arriesgarse a decirle la verdad. Démeter se mostró muy interesada y preguntó qué baile era ese, a lo que Luisa contestó que en su tierra las mujeres dominaban ya en su pubertad múltiples danzas como forma de retener a los maridos en su lecho. Luisa ocultó que ella era una bailarina contumaz desde su más tierna edad. Démeter sintió curiosidad y le pidió que bailara para ella uno de esos bailes. Casualmente uno de los esclavos de uno de sus acompañantes era de Antioquia y dominaba la cítara. Démeter lo hizo llamar. Cuando el músico se presentó Luisa le cuchicheo algo al oído, contestándole aquel afirmativamente. Entonces le pidió a su ama que le prestara mantillas y pañuelos de varios tamaños, y se ocultó tras un biombo.

Luisa apareció envuelta en velos: uno se anudaba ocultando sus pechos; otro envolvía su entrepierna; un tercero se ataba haciendo de falda arribando a sus tobillos; otro lo puso debajo de sus axilas pero dejando a la vista su vientre; un quinto, el de mayor tamaño lo ligaba en su frente ocultando sus cabellos y llegaba hasta el mismo suelo. Otro velo ocultaba su rostro, y por ultimo dos mas se anudaban a sus muñecas.

Luisa hizo una reverencia y la cítara sonó... y Luisa se transformó: se convirtió en una hembra lujuriosa que se revolvía como una serpiente. Embelesada y sorprendida, Démeter la seguía encantada en sus movimientos, su escaso busto se convertía a sus ojos en voluptuosas tetas, su vientre liso parecía moverse con vida propia, sus muslos ondulantes, toda ella, era un conjunto curvilíneo y armonioso que la encharcaba sus entrañas. Los velos de Luisa iban cayendo uno tras otro, esperando el momento justo para mostrar retazos de su piel dorada, hasta quedar solo con los velos de sus muñecas con los que trataba picaramente de ocultar sus encantos sin conseguirlo. Finalmente los lanzó atrevidamente a la cara de su ama postrándose ante ella con sus cabellos extendidos por el suelo formando un circulo perfecto. Para entonces Démeter ya tocaba indisimuladamente su clítoris y sus erectos pezones.

Esa noche Luisa había sellado su destino.

LUISA LA FAVORITA

A partir de entonces la caprichosa Démeter encuentra un nuevo juguete con que distraerse. Luisa se ha convertido en su favorita. Pasa a formar parte del mobiliario de sus estancias privadas. Vive allí, siempre a su servicio. Luisa baila para ella todas las noches. Es su objeto de placer, usándola a su antojo: La viste, la desnuda, la baña, la maquilla, la tatúa, pintarrajea su cuerpo como si de una muñeca se tratara. Incluso come valiéndose de su vientre como bandeja. Luisa duerme encadenada a los pies de su cama cuando Démeter se harta de sexo. Más de una vez es azotada solo porque su ama llega de mal humor o porque siente dolor de cabeza. Entonces sumisamente se arrodilla para que Valeria o la misma Démeter descarguen golpes de fusta sobre su espalda, glúteos u muslos.

Sin embargo sombras oscuras se van formando sobre la infeliz Luisa. El haberse convertido en el centro de atención de Démeter no ha caído nada bien en el grupo. Silvia ha dejado de ser el objeto predilecto de sus atenciones y halagos lo que detesta en grado sumo, y más tratándose de una vulgar esclava. Los dos ociosos y permanentemente aburridos patricios ven como la anfitriona no les hace caso. Incluso la fiel Valeria se ha visto sustituida por esa bailarina advenediza. Demasiados enemigos para un ser tan débil. Un encuentro casual entre Valeria y Silvia sella un pacto para destruirla. Ya se presentará la ocasión.

LA TRAICIÓN

El sol ya calienta con más fuerza y los almendros empiezan a florecer en la finca. La situación en Roma no mejora y las noticias son poco alentadoras. Sin embargo asuntos urgentes obligan a Démeter a ir allí. Serán solo tres o cuatro días a lo sumo. Viajará sola con dos hombres de su guardia y sus esclavos estrictamente necesarios: el medico y la doncella personal. Luisa se quedará. Parte al amanecer dejando a Valeria al cuidado de todo, incluyendo satisfacer a sus invitados. ésta no pierde el tiempo y busca a Silvia. Urden un plan.

Luisa es llamada por Valeria. Le dice que tiene ordenes muy estrictas de la Señora. Esa misma noche deberá bailar la danza de los velos de forma especial para los ilustres huéspedes. Luisa no se extraña pues sabe de lo cambiante y caprichoso del carácter de su dueña. 

Esa noche tras la cena, Luisa se presenta en la sala donde los invitados esperan cómodamente tumbados. Un enjambre de esclavos y esclavas los sirven. Un grupo de músicos espera ordenes. Silvia se dirige a Luisa y le ordena que baile pero que después deberá someterse los caprichos de alguien muy especial. Y señala a un personaje desconocido cubierto por un manto translucido que oculta totalmente su identidad aunque parece evidente que se trata de una mujer puesto que se transparentan los cabellos rubios, su tez pálida y formas redondeadas con una corta túnica negra como vestimenta. Luisa desconoce que Démeter está en Roma así que cree que es ella la que esta allí y que es uno de sus juegos. Por su forma de vestir y tez tan pálida de brazos y piernas no puede ser otra. Luisa baila una vez mas esa danza lasciva terminando con sus muslos increíblemente abiertos, la cabeza echada hacia atrás y sus pechos apuntando al cielo. Siervos, esclavos, señores... la sala entera, irrumpe en una cerrada ovación. Luisa espera inmóvil a que le den permiso para incorporarse. 

Silvia le pide que cierre los ojos y le dice que el personaje especial quiere hacer el amor con ella delante de todo el mundo y que debe dar su conformidad. Contesta que sí sin reservas, claro. Silvia le pide que se incorpore. Luisa casi se cae al suelo de la sorpresa cuando ve que quien se esconde tras ese velo espeso no es otro que Marco el esclavo, disfrazado como si fuera una mujer, con la piel tiznada de blanco. Cuando se pone de pie y se dirige a Luisa lleva la corta faldilla levantada por su enorme verga erecta y amenazadora. Luisa ha sido engañada y no puede hacer nada por evitar lo que vendrá a continuación. Marco la toma por la cintura y la voltea arrojándola al suelo. se pone tras ella de rodillas, la sujeta por las ingles atrayéndola hacia él, la abre de piernas colocando su glande en la boca de la cueva. Presiona contra ella muy abierta por la posición de los muslos de Luisa cogidos en una tenaza implacable. Finalmente el miembro penetra en la estrechura. Luisa tiene que reprimir un grito de dolor. Es demasiado grande para su angosta vagina. Marco empuja con fuerza, una y otra vez. El increíble instrumento se abre paso taladrando las entrañas de Luisa que llora por el terrible daño que está padeciendo. Los golpes de ariete siguen y la dura asta sigue hundiéndose en su vientre hasta no poder avanzar más. Por fin Marco se estremece, derramándose dentro de Luisa ante el jolgorio del publico que ha estado jaleándolo. Luisa se levanta sollozando y sale avergonzada mientras el semen y la sangre le chorrean por sus muslos.

LA CAÍDA

Démeter vuelve al anochecer del quinto día de su partida. Valeria la espera con gesto grave contándole que por indicación de Silvia Catilina, Luisa ha estado bailando para sus invitados, y que tras el baile, y como premio Luisa a solicitado fornicar todas estas noches delante de los ilustres señores con uno de los esclavos. Démeter hecha una furia se dirige a los aposentos de Silvia a cerciorarse de la verdad de lo sucedido. Ésta, ya avisada por su cómplice, la espera semidesnuda perfumada y acicalada. Su objetivo es seducirla. El resultado es obvio. Démeter y Silvia acaban en el lecho. Esta noche Luisa duerme sola una vez más.

Al siguiente Démeter entra por fin en sus habitaciones privadas. Se baña, se perfuma, desayuna y se cambia de ropas. hace traer a Luisa a su presencia y delante de Valeria la interroga: pregunta si es cierto lo que le han contado de su inicuo comportamiento. Luisa lo niega y cuenta la verdad de lo sucedido. Démeter, influenciada por su nueva situación con Silvia abofetea a Luisa haciéndole ver que es solo una miserable esclava y su palabra no vale nada contra la de una noble romana, corroborada por el resto de huéspedes. La condena a ser azotada con 25 latigazos y esperar sentencia. Desgraciadamente la decadente Roma de hoy la obliga a trasladar en caso al prefecto. De lo contrario la haría matar inmediatamente.

Luisa es trasladada a las celdas de castigo de esclavos en un maloliente sótano esperando su suplicio.

LA TORTURA DE LUISA

Al atardecer del día siguiente es llevada por dos guardianes personales de Démeter al patio donde todo el personal de la finca esta presente. El pilar de piedra donde se castiga a los esclavos la espera. Allí arrancan sus ropas y atan sus muñecas en lo alto de la columna. En posición preferente se sitúan Démeter y sus invitados. El verdugo de acerca, saluda a tan nobles señores, se prepara y descarga 25 terribles latigazos sobre el cuerpo desnudo de Luisa. El largo, duro y grueso flagelo deja 25 surcos sanguinolentos en su pecho, torso, espalda y costados. Cuando el cruel suplicio termina Luisa yace colgando de sus ataduras. Esta inconsciente. No vale la pena repetir 25 más que Démeter tenía pensados extra. Es desatada y trasladada de nuevo a la celda donde esperará su muerte.

LA CRUCIFIXIÓN DE LUISA

Luisa lleva casi una semana en su celda. A pesar del tiempo transcurrido todavía siente un dolor intenso y profundo en su carne desgarrada por las marcas del látigo. Duerme entrecortadamente y con sobresaltos. Apenas ha comido. Está medio desnuda y siempre helada de frío. La séptima noche desde su encierro ve interrumpido su inquieto y desasosegado sueño por fuertes ruidos en el patio. Se asoma por el ventanuco y distingue en la oscuridad que varios esclavos están montando una gran cruz de madera. Luisa se horroriza al verlo y se orina encima... porque sabe que es para ella.

A las seis cuando amanece la sacan de la celda y la llevan frente a Démeter, sentada tras una mesa. sobre ella un rollo de papel oficial. Alargándole el papel le comunica que el prefecto ha examinado su caso y la condena a muerte en la cruz. La sentencia se ejecutará inmediatamente. Luisa aunque sabía lo que le esperaba se desvanece meándose por segunda vez.

La reaniman y llevan directamente al patio, a rastras porque puede andar. Démeter va tras ella. Luisa es desnudada. Está bajo un andamio con unas cuerdas. La cruz esta en el suelo. Démeter ordena a Luisa que cargue con la cruz. Después dará 10 vueltas al patio, mientras dos hombres, uno a cada lado, la azotaran. La cruz es muy pesada para poderla alzar ella sola, así que la cargan sobre su hombro.

Dobla las rodillas pero aguanta. Comienza a andar. Luisa logra completar una vuelta. La madera se clava en la carne de su hombro, tanto que le hace una herida. Luisa comienza a sangrar... y se cae por primera vez. Los verdugos la azotan con saña mientras Démeter disfruta con su tormento. Luisa logra levantarse... camina unos pasos... y vuelve a derrumbarse de nuevo... se incorpora... pero no tarda en volver a caer. Esta vez parece que definitivamente. Los guardias no logran que se levante. Solo ha podido dar una vuelta y pocos metros más . Démeter viendo que es inútil seguir con el paseo ordena que trasladen a Luisa a la cruz para terminar de una vez. Un guardia arrastra a la esclava y otro carga con la cruz. La coloca en el lugar exacto, con el extremo inferior junto al hueco donde la cruz será alzada.

Luisa es depositada con su espalda apoyada sobre la madera central. La toman de sus axilas para emplazarla de forma que sus brazos queden horizontales extendiéndolos sobre los extremos de la cruz. Uno de los guardianes hinca su rodilla en su antebrazo con su mano abierta hacia arriba mientras los otros inmovilizan a Luisa. No es necesario porque Luisa ya no tiene fuerzas para oponerse. Otro guardia se acerca portando largos clavos y un mazo.

Pone la punta de uno sobre la palma abierta de Luisa y descarga un brutal golpe que la atraviesa. Un grito desgarrador sale de la garganta de la infortunada Luisa ... otro mazazo, otro y otro más hincan el clavo a tope aplastando la carne y atrancándola a la madera. Los aullidos de Luisa retumban por toda la quinta. La operación se repite en el otro brazo. Cuando toca a los pies Luisa ha sacado fuerzas de no se sabe donde y son necesarios dos hombres para sujetarla. Démeter, ya acompañada de Silvia, cómodamente sentadas, disfrutan del macabro espectáculo. 

Los verdugos intentan usar un solo clavo para unir ambas extremidades pero después de varios intentos deciden utilizar uno para cada pie.
Con los empeines de Luisa destrozados dan por concluida la espeluznante tarea. Ya solo falta lo más fácil.


A esa hora varios esclavos ociosos asisten a la escena incorporándose los nobles romanos. Los sicarios atan con cuerdas los brazos de la cruz y las pasan por encima del tronco horizontal. Dos de ellos la levantarán mientras otros tiran de los cabos. Poco a poco se yergue la madera con el cuerpo de Luisa deslizándose hacia abajo hasta que por su propio peso e inclinación cae de golpe en el hueco ya preparado. Luisa, que esta ronca de tanto gritar suelta un gruñido apenas audible al sacudirse su cuerpo hacia abajo con el golpetazo seco. Sus manos se desgarran un poco más, ya que sus pies destrozados no pueden apoyar su cuerpo y sus brazos están soportando todo el peso. Se asegura con cuñas la cruz y se retiran los arneses. La sentencia se ha cumplido: la esclava Luisa ya esta crucificada.

La Bailarina Esclava - 1ª Parte

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El carro traquetea por la empedrada carretera, lo que no impide que los once cuerpos que yacen en su interior duerman profundamente. El sueño siempre acaba venciendo al sufrimiento y a la extenuación. El conductor jalea a lo caballos. Falta poco para amanecer y todavía hay que preparar a la carga antes de conducirla al mercado. Media hora más tarde entran por la puerta principal de la ciudad. Una vez llegados a la tabernae de la prisión los esclavos que aun duermen son despertados a golpes de vara. Componen un amasijo de cuerpos sucios, malolientes y sudorosos a pesar del frío, a los que hay que lavar y adecentar en lo posible. 

Una buena presencia supone las más de las veces doblar, e incluso triplicar el precio de salida. Situada en una de las esquinas, el puesto de venta es uno de los mejores de la pequeña plaza; junto al catafalco y en la trastienda tiene una especie de cisterna donde son conducidos los somnolientos chicos y chicas, algunos maduros, otros casi adolescentes. Después de quitarles sus viejas y raídas ropas, totalmente desnudos son baldeados a conciencia, recibiendo desde lo alto cubos de agua fría que empapan sus cuerpos ateridos. Después deben frotarse fuertemente con un basto jabón y piedra pómez, hasta dejar su piel enrojecida pero limpia. finalmente les dan unas túnicas de lana para que no tiemblen demasiado mientras permanecen a la espera de la apertura de la subasta.

LUISA COMPRADA POR DÉMETER

Docenas de ojos escrutan a la mercancía en una salida general. La mayoría encargados libertos, pequeños propietarios y algún que otro ojeador al servicio de los terratenientes; buscan sobretodo fuertes brazos para el campo, y los que se ofrecen a la venta procedentes de los campamentos del ejercito suelen ser buenos ejemplares. La mayoría han sido capturados y esclavizados como botín de guerra.

Una vez suficientemente expuesto el género, los compradores ya con la idea formada, esperan la salida individual del lote. Luisa es la tercera en aparecer.

Fue capturada hacia unos pocos meses cuando la aldea donde vivía en Siria fue duramente reprimida por la legión romana, al ser acusada de causar un accidente sufrido por un centurión. Todos los habitantes mayores de cuarenta años fueron crucificados y el resto fue destinado al cautiverio y trasladados hacia Roma. Luisa no era demasiado fuerte para sus diecisiete años pero tenía un aspecto sano y limpio. No era muy alta, tenia poco pecho y a pesar de estar bien formada y tener el rostro muy agraciado, sus formas eran poco voluptuosas para el gusto romano, así que tampoco podía sacarse gran cosa de ella como esclava sexual. A pesar de tanto subir y bajar su túnica mostrando una y otra vez su piel dorada, su sexo color castaño y sus pezones pequeños y oscuros, por un precio casi irrisorio fue a parar a una quinta denominada La Malvarrosa situada muy cerca del mar, propiedad de una patricia romana, viuda, de nombre Démeter que casi nunca estaba en ella.

LUISA MARCADA Y ENCADENADA

Inmediatamente a su llegada fue conducida ante Valeria, esclava de confianza de Démeter y verdadera mandamás de la enorme finca, a pesar de ser mujer. Tras una somera ojeada la hizo desnudar, la examinó más detenidamente, dictaminando que fuera marcada al hierro y encadenada. Al día siguiente pasaría al almacén de grano a cargar y descargar carromatos para fortalecer sus escuálidos brazos y piernas, y de paso hacer pectorales, a ver si le crecían un poco esas minúsculas tetas.

Esa misma noche fue depilado todo su cuerpo tras lo cual se le aplicó una vara metálica al rojo vivo en su pubis rasurado, una pequeña espiral que la señalaría toda su vida como propiedad de Démeter. Se le anudó una cadena desde el cuello hasta la cintura y a descansar.

LUISA EN LA MALVARROSA

Al día siguiente empezó su vida como esclava, soportando sobre sus hombros, pesados sacos de trigo, maíz y cebada. Ella y otra chica se encargaban de esa dura tarea, trabajando como animales de carga de sol a sol todos los días de la semana.

Esa misma noche fue depilado todo su cuerpo tras lo cual se le aplicó una vara metálica al rojo vivo en su pubis rasurado, una pequeña espiral que la señalaría toda su vida como propiedad de Démeter. Se le anudó una cadena desde el cuello hasta la cintura y a descansar.


LUISA INGRESA EN LA CASA DE DÉMETER

Así pasó Luisa los siguientes 8 años. Cuando cumplió los veintiséis había cambiado. Sus pechos seguían siendo pequeños pero duros, y su cuerpo aunque delgado estaba muy bien formado por su desarrollo muscular, sin mostrar signo alguno de debilidad. Seguía tan guapa como siempre y sus cabellos a pesar de la suciedad eran de un hermoso color caoba oscuro. Como era una muchacha diligente su piel morena no mostraba demasiadas señales de castigos o torturas por pereza. Un día Valeria la llamó a su presencia. La Señora iba a visitar la propiedad y quería que todo estuviera en perfecto orden. Venía acompañada de algunos amigos patricios que requerían múltiples atenciones. Huían de Roma donde se había desatado una epidemia de fiebres, así que su estancia sería prolongada. Luisa era ya sin duda una de las esclavas más bonitas de La Malvarrosa. Valeria le preguntó si era virgen, contestando Luisa que lo era hasta que fue capturada, y que había sido violentada múltiples veces por los soldados. Acto seguido le comunicó que era designada a la casa para el servicio personal de tan ilustres visitantes, y si resultaba satisfactoria en esa tarea quedaría adscrita como personal doméstico. Valeria por ultimo le advirtió que las relaciones sexuales entre esclavos de la finca, incluso las del mismo sexo, estaban castigadas con la muerte, así que no se aprovechara de las mejores condiciones de vida de que iba a disfrutar para cometer ese error y concentrara sus apetitos carnales en satisfacer a los amos cuando estos lo requirieran.

Luisa confiaba en que no se fijaran demasiado en ella porque se consideraba poca cosa, pero era una esclava y no era nadie para elegir. Por fin pudo darse un baño de verdad, enjabonarse por todo el cuerpo, lavar y desenredar sus enmarañados cabellos y depilar sus axilas. Por primera vez en muchos años tuvo ganas de hacerse un dedito. Cuando salió limpia y aseada con una túnica corta y con su bonita cabellera suelta sobre sus hombros parecía un figurín.

LUISA CONOCE A SU AMA

Más de diez días pasaron hasta que la comitiva llegó de madrugada a la casa de la quinta. En ese corto espacio de tiempo Luisa se había refinado dominando de forma notable el protocolo y las tareas domesticas. Valeria estaba orgullosa de ella, ya que aprendía rápido y bien. Los viajeros arribaron hambrientos y congelados. Había sido una jornada horrorosa por culpas de la nieve y el frío. Inmediatamente fueron cubiertos con capas de piel y les sirvieron vino añejo con miel en la sala principal, donde un enorme fuego y varios braseros caldeaban el ambiente. Una vez entraron algo en calor se instalaron en cómodos divanes y les fue servida una frugal cena puesto que era desaconsejable someter a sus cuerpos a un esfuerzo excesivo en las condiciones que habían sufrido. Démeter resultó ser una mujer de una gran prestancia. Rubia y alta y de piel pálida, tendría unos cuarentaytantos años. Viuda desde los treinta se decía que no se había vuelto a casar por sus preferencias sexuales más bien equívocas. La verdad es que desde que enviudó llevaba una vida disipada a pesar de su fama de matrona casta como correspondía a una noble romana. Las muy contadas veces que visitaba la finca Valeria abandonaba su habitación habitual para pasar la noche al servicio de su ama.

En Plena Sumision - 1ª Parte

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 Sabía que me resultaría imposible. Lo sabía pero, a mi pesar, luchaba con todas mis fuerzas para impedirlo. Las arrugas de las sábanas empezaban a marcarse en mi mejilla enrojecida por la presión que ejercía mientras todo mi cuerpo temblaba incontenible. Los brazos, unidos por las muñecas, estaban a punto de encalambrase, apoyados sobre mi espalda sudorosa, tensa. Toda yo permanecía suspendida en un estado de ansiedad irrefrenable. Intentaba por todos los medios evitarlo, alejarme, rehusar las sensaciones, aunque para ello tuviera que frotar con fuerza mis pezones pinzados contra el colchón para así extraer una brizna de dolor del que prenderme, inútilmente.
Llevaba más de una hora arrodillada sobre el lecho; los ojos cubiertos por un antifaz opaco, las manos sujetas, las bragas bajadas hasta las rodillas, los tobillos separados por una barra con grilletes en sus extremos. Debía de llegar casi una hora, o puede que más, de lento, continuo y martilleante suplicio.

Me notaba observada; mi Amo estaba ahí. En todo momento podía presentir su presencia. Él me había colocado en esa postura. Él me había desnudado, sujetado, pinzado y cegado. Él me había excitado haciendo aflorar mi clítoris con dedos expertos y, finalmente, trabado éste a un pequeño vibrador con un cierre a presión; un artilugio diabólico, seguramente ideado por un descendiente directo del Marqués de Sade.
Aunque al principio la máquina ejercía sobre esa parte tan tierna de mi cuerpo una presa muy dolorosa, sus efectos leves y suaves como un rumor se habían ido acumulando de forma sutil, progresiva, y al dolor se había agregado el placer. Y el temor.

El Amo había sido muy claro: tenía prohibido alcanzar el orgasmo. Esa era la orden; pero con cada instante de padecimiento, con cada diminuta onda de placer que me producía la máquina, me alejaba más de poder cumplirla. Mi cuerpo estaba empezando a tiritar de pura mezcla entre ansiedad y excitación; de forma febril, enfermiza, me convulsionaba en lentos estremecimientos, luchando contra la embriaguez, mientras el tiempo, dividido en las fracciones más diminutas imaginables, apenas se sucedía, conduciéndome a un delirio insoportable, a un sinsentido animal, brutal, en el que prácticamente había perdido toda conciencia más allá de las sensaciones que el aparato transmitía a mi centro de placer, haciéndome convulsionar y estremecerme, farfullar, respirar de forma agitada y sofocante, intentando negar el impulso que empezaba a florecer en mi bajo vientre.

Al final éste venció, conduciéndome a un paroxismo abrumador. Mi torso se agitó incontrolado, mi cabeza rebotaba una y otra vez contra las sábanas, mis caderas se sacudían liberando la fuerza contenida, mis labios boqueaban en busca de una brizna de aire. La electricidad del orgasmo arremetía en oleadas contra mi cuerpo ofrecido, desatando una furia indómita, enervando las sensaciones, traspasando límites, sin control ni pausa. Cuando empezó a extinguirse, con leves réplicas que me producían espasmos en las caderas, me sentí terriblemente relajada, agotada. Me sentí derrotada, indigna.

Noté la mano cálida, áspera y dulce de mi Amo apoyada en mi espalda sudada, mientras me liberaba el clítoris en silencio, en total silencio. Eso era lo peor: el silencio. Había defraudado a mi Amo. Había sido incapaz de obedecerle en algo tan sencillo, tan básico para mi disciplina. Probablemente, él sabía que yo no podría soportar el cóctel de dolor y placer que me había ofrecido; pero, aún así, no esperaba otra cosa que el castigo, lo merecía, lo deseaba, mi desobediencia no debía recibir otra respuesta. Pero sólo había silencio, y su mano, que tanto me reconfortaba, ya no estaba posada sobre mi piel. Durante lo que debieron ser varios minutos, mientras mi corazón desbocado se calmaba y mi respiración se acompasaba, permanecí aislada, sin contacto, sin oírlo, sin presentirlo, casi relajada, prácticamente adormecida por el gozo reciente que había devorado toda mi energía.

El primer azote me llegó de forma sorpresiva. Un segundo antes había captado el zumbido de la fusta en el aire y después sentí la elástica punzada de dolor sobre mis nalgas. Inmediatamente mordí la ropa de la cama con todas mis fuerzas para evitar el grito; al menos eso sí sabía hacerlo, y no quería volver a defraudar al Amo. El segundo azote fue más furioso que el primero, como si el Amo deseara oír mis súplicas, sucedido por una ráfaga incontable que encendió la carne e hizo brotar lágrimas de mis párpados apretados. Él conocía mis límites y yo confiaba en él; sin embargo, jamás había sentido tanto dolor como en ese momento. Por el momento.

Mi boca estaba obturada por una amalgama de ropa y saliva. Mis mejillas estaban totalmente humedecidas. El siguiente azote fue totalmente intencionado, cayó sobre mi vulva, que todavía la notaba voluptuosa de excitación y debía de mostrarse enrojecida y caliente, húmeda; no tan fuerte, no tan duro, pero, aún así, doloroso, tremendamente doloroso sobre una zona tan sensible. Esta vez no pude contener el grito. Eso debió disgustarle mucho, con toda seguridad.

Advertí como sus manos hurgaban bajo mis pechos, rozando de tanto en tanto mi piel enardecida, hubo algunos tirones en los pezones cuando cogió la correa de fino cuero que mantenía unidas las pinzas. Me la acercó a los labios y la introdujo entre éstos, tensando de esa forma la presión sobre los pezones, la tensión de mis pechos que notaba calientes, plenos, totalmente expuestos. La intención era clara, quería que la sujetara y así lo hice, con la poca voluntad que me restaba. Ello sólo podía significar que el castigo no había acabado y, por tanto, me preparé para ello.
No hubo más azotes. Pasaron los minutos. Las sensaciones se agolpaban: mis pezones, la piel de mis nalgas, mi sexo dilatado, enervado, mi clítoris maltratado.

De repente otro ramalazo. Había prendido una pinza de mi labio mayor vaginal izquierdo, no apretaba mucho pero la sensación se sumó al resto. Sin embargo, el dolor aumentó de forma exponencial cuando dejó caer el peso que colgaba de la pinza. Mordí con más fuerza la correa y apreté los párpados mientras sentía como me era colocada otra pinza en el otro labio mayor. Esperé el tirón del peso, lo esperé varios segundos, sin que se produjera y, justo en el instante en que bajé la guardia, lo dejó caer sin más.

Luego el colchón empezó a balancearse, como si el Amo se moviera sobre el mismo. Las pesas que pendían de los labios se mecían al ritmo del colchón aumentando mi suplicio. Aunque no lo veía, podía apreciar que se había colocado ante mi cabeza. Una mano cogió mi barbilla y la levantó con delicadeza, aumentando aún más si cabe la presión sobre mis pezones. Luego la otra mano me quitó la correa de la boca y con un par de dedos separó primero los labios y luego los dientes.

Lo deseaba, lo anhelaba. Quería demostrarle cuánto. Así que abrí todo lo que pude las mandíbulas cuando el miembro semierecto se adentraba rozando mis labios. De inmediato hice retroceder los dientes para que sólo mis labios, mi lengua y mi garganta rozaran la calidez de su carne. Inicié un movimiento pendular de flujo y reflujo mientras la saliva cubría la piel del apéndice. Era constante, actuaba sin pausa, aprovechando los momentos en que mi garganta quedaba liberada para tomar aire y así poder volver a serpentear con mi lengua sobre la cálida textura del prepucio. El Amo me acariciaba el cabello con dulzura, sin presionar, aceptando el obsequio de obediencia que como su sumisa esclava le ofrecía. Sus músculos se tensaban poco a poco, el vaivén crecía en intensidad, mientras podía imaginar cómo la piel del escroto se encogía y los testículos ascendían presagiando el eminente alivio. La presión sobre mi cabeza aumentó de forma rítmica, al igual que el roce en lo más profundo de mi garganta. Notaba sus manos encrespadas que pasaron a atenazarme con fuerza convirtiendo mi boca en una improvisada vagina, persiguiendo con brutal constancia el alivio, forzando mi respiración casi hasta el desmayo.

Cuando el semen brotó abundante me inundó el paladar con tanta presión que incluso ascendió hasta mis fosas nasales; resople con fuerza y lo paladeé con fruición, sintiendo como atravesaba cálido mi garganta, resbalando hacia el interior de mi cuerpo. No sólo me había acostumbrado a alimentarme del néctar sino que lo apreciaba y engullía como el mejor de los manjares, dando con mi lengua experta las últimas gotas de placer a la hipersensible punta del pene que reaccionaba con ligeros espasmos mientras se retiraba, ya aliviado. La palma de su mano me acarició la mejilla y me estremecí, al tiempo que me ruborizaba. Había sido perdonada. Al menos por esta vez.
O eso fue lo que creí en ese momento, porque, nada más el Amo abandonó el colchón, noté el pulido roce de una paleta sobre la piel de mi espalda, recorriendo de forma lenta cada centímetro en su aproximación a los glúteos; acariciando éstos con suavidad, deslizándose del uno a otro y de éstos hacia los muslos. Después hubo un instante de vacío durante el que temí lo peor hasta que la palma de la mano del Amo se posó en mis labios. La besé con efusión, mostrándole cuánto le deseaba, cuán sumisa quería mostrarme ante él; después empecé a lamerla con suavidad, pasando parte de mi lengüecita sobre la piel curtida. De repente la mano empezó a apretar mis labios, cada vez con mayor fuerza, como una mordaza brutal, y, un instante después, noté el primer golpe de la pala sobre mi trasero. No era mejor ni peor que la fusta, simplemente distinto; menos concentrado, pero más punzante. Tanto, que mis piernas brincaron sobre el colchón y, en ese momento, las pesas que colgaban de mis labios vaginales me recordaron su dolorosa presencia. Quise gritar. Quise gritar como nunca, pero la mano, su mano, me lo impidió y, con lágrimas en los ojos absorbidas por la tela del antifaz, le agradecí que no me lo hubiera permitido. Deseaba que supiera de mi agradecimiento, pero lo único que pude hacer fue recibir el siguiente azote de la pala al tiempo que otro grito nacía de mi garganta para ir a morir en la presa su mano.

Los azotes eran lentos. Entre uno y otro dejaba tanto tiempo como para que cesaran mis temblores y con ellos se agotaran los vaivenes de los péndulos prendidos en mi carne. Notaba la piel de mis nalgas terriblemente caliente. Quemaban, abrasaban. De tanto en tanto, deslizaba la pala sobre la piel, y, si bien al principio, ello calmaba la sensación que habían dejado los palazos, al poco no hacía más que agudizar ésta. Los palazos se sucedieron interminables, uno tras otro caían, durante lo que para mí parecían horas, aunque en fondo sabía que no era así. Tras el último, dejó la pala y rozó la piel con sus manos, arañándola con las uñas, sin apretar, tan sólo rozando; aún así, creí que me había desgarrado, que debía de estar en carne viva, pues la sensación fue terrible, de una intensidad tal que me hizo apoyar todo el peso de mi cuerpo sobre la mano que me mantenía amordazada, mientras respiraba con ansia. Él debió notarlo, porque acompañó mi cabeza hasta dejarla apoyada sobre el colchón, y después se alejó.

En aquel momento mis nalgas eran el centro de mi universo. Calientes, hinchadas, rezumando dolor sin fin. Empecé a gemir como un animal herido aun sabiendo que lo tenía prohibido, mis lágrimas se volvieron copiosas empapando la ya humedecida tela del antifaz; pero no me importaba, quería insultar a mi Amo, quería que supiera lo demasiado lejos había llegado, quería irme, abandonarlo. Huir.
De repente noté su mano en mi nuca, acariciándola, deslizándose suave hacia los omoplatos para volver a la nuca y coger ésta, sin presionar, tan sólo como un signo de posesión. Le odié. Odiaba su tacto, La misma sensación del contacto de su piel sobre mi piel sudorosa. Le odié con fuerza, con terquedad pertinaz, mientras intentaba deshacerme de las ataduras de mis muñecas, al tiempo que algo en mi interior me susurraba cuán lejos estaba aún de la perfección, del ofrecimiento total. Me odie y le odié hasta que su otra mano se posó sobre mi sexo y acarició mi vulva, con dulzura, deslizando sus dedos, embadurnándose con mis fluidos, acentuando la presión aquí y allí, mientras sus labios emitían un “Shhh” pausado, mientras la mano que tenía sobre mi nuca acariciaba mi cuello ofrecido.

Mis nalgas pasaron a un segundo plano, al tiempo que las sensaciones de mi sexo inundaban mi consciencia. Después, su mano abandonó éste y mis caderas se desplazaron cuanto pudieron intentando mantener el contacto, pero fue inútil. Cuando su mano regresó, apoyó algo sobre el esfínter de mi ano, una bola. Apretó de forma continua mientras el músculo, que yo intentaba relajar, tal y como había sido enseñada, cedía ante el intruso con cierta facilidad debido al lubricante que lo recubría y a su no excesivo diámetro. Me sentí complacida conmigo misma, hasta que la sensación se apoderó de las paredes de mi ano, mientras otra bola presionaba mi, esta vez, contraído esfínter. Era puro fuego mezclado con un picor insoportable. Ya lo había sufrido en otra ocasión, pero ahora el aceite picante con que había recubierto las bolas chinas me había cogido por sorpresa y la angustia pugnaba en mi pecho. La presión de la bola siguiente fue en aumento hasta que la resistencia se hizo inútil y penetró intensificando el picor al tiempo que una tercera bola hacía acto de presencia a la entrada del ano y presionaba para penetrar éste.
Cuando la tercera bola hubo penetrado mi ya dilatado esfínter creí desfallecer. La presión de su mano sobre mi nuca era constante, contrarrestando las sacudidas de mi cuerpo en un intento inútil de liberarme. Empecé a presionar para expulsar las bolas y conseguí deshacerme de la última que quedó colgando del cordel que las mantenía unidas. Un “¡No!” rotundo de mi Amo junto con un par de azotes de castigo sobre mis nalgas me convencieron de no volver a intentarlo cuando introdujo de nuevo la bola en mi interior.

Cuando su mano regresó a mi sexo, estaba totalmente enloquecida. Todo mi cuerpo era un campo de batalla entre el dolor y el placer: mis pechos, los labios de mi sexo, mi ano, mis nalgas. Los dedos de su mano habían reiniciado la fricción sobre los labios menores, rozando los mayores que permanecían pinzados, y dos de ellos empezaban a deslizarse por la entrada de mi vagina, dejando en la misma una sensación de picor muy leve, seguramente debido a que había tocado las bolas aceitadas con los dedos. El placer aumentó cuando su pulgar empezó un roce continuo sobre mi clítoris cuya erección debía de ser patente, pues yo lo notaba totalmente extendido. Tenía que hacer grandes esfuerzos para no expulsar las bolas cuya pulsión ardiente parecía haberse relajado algo, aunque seguían siendo una molestia evidente sólo compensada por las sensaciones que empezaban a nacer en el interior de mi vagina y alrededor del clítoris.

Volvía a estar excitada y ofrecida. Totalmente sumisa al placer y el malestar que me causaba mi Amo. Su tarea continua tenía sus efectos sobre mi cuerpo que armonizaba los giros de cadera con la rotación sobre mi nódulo de placer y el roce en las paredes de mi vagina. Era lento, era duro, era constante, era inmensamente insoportable. Ya no pensaba, ya no quería, ya no esperaba. Sólo sentía, sólo deseaba, sólo sufría. Mi respiración se agitaba, mi corazón bombeaba, mi cuerpo se ondulaba entre mi sexo y mi nuca, mis músculos se tensaban, mi piel se enardecía. El ritmo crecía, y crecía, y crecía, y la presión lo seguía, y la tensión se endurecía. Hasta que sucumbí. Me convulsioné como jamás lo había hecho. Grité sin medida. El aire se escapó de mis pulmones totalmente agotados. Él mantuvo cierto roce sobre mi clítoris produciéndome una sucesión interminable de espasmos que agitaban todo mi cuerpo; mientras los últimos se deslizaban a través mío como espectros, desprendió las pinzas de mis labios vaginales y extrajo las bolas chinas; ello no tuvo otro efecto que relanzar mi orgasmo en un leve arrebato, como un eco que se disuelve en el tiempo, hasta que finalmente quedé totalmente derrotada, con una sensación en la piel que la enervaba ante el más mínimo soplo de aire. Nunca antes había tenido tanta noción de mi cuerpo y, en especial, de mis partes íntimas como en aquel momento.

Al cabo de un rato las manos de mi Amo se posaron sobre mis nalgas e iniciaron un lento masaje. El frescor fue inmediato mientras la pomada penetraba la carne. Lo agradecí con un ronroneo acompasado con la friega sobre mi piel maltrecha. En aquel momento era incapaz de concebir otra sensación superior a la de sentir esos cálidos y fuertes dedos que tanto goce y, por encima de todo, tanto padecimiento podían infligirme.

Hola, espero que hayas disfrutado con mi historia. Si quieres hacerme llegar tus impresiones no dudes en enviármelas.

Esposado por Ellas

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Era nochevieja en el trabajo, y todos estábamos algo borrachos. Había poca gente y trabajábamos un poco de coña haciendo bromas cachondas y riéndonos, pues era un gran centro comercial con todo tipo de gente. 

Ala hora de comer, una dependienta feilla y de unos 40 años ( Ana ) me empezo a tirar los tejos, y a arrimarseme descaradamente. La rechazé con gestos, pues yo andaba detras de patricia, otra dependienta de 23 años, guapisima, 120 de pecho, rubia pelo ondulado y un culito encantador. Creyendo a Ana resignada, me dedique a patricia, y parecia responder bien, finalmente nos enrollamos casi a la hora de cerrar, y mientras me acariciaba el paquete dijo.
-Cuando cierre este tugurio tu y yo vamos a mi casa. Me volvi loco. Alli solo estabamos Patricia, otra dependienta y yo, terminamos y nos fuimos a su casa. Me dijo que iba a ponerse comoda, y me dejó en el salon. Al rato apareció vestida con un sujetador negro y un tanga de hilo negro. Mi polla iba a reventar, lo notaba, asi que empece a desabrocharme el pantalon mientras ella me quitaba la camiseta. De pronto, me cogió los brazos atrás y me colocó unas esposas.
- no te preocupes, ya veras como te gusta - dijo a mi oido para tranquilizarme. En ese momento Ana apareció desnuda y yo comprendí. Ana queria follarme y Patricia me habia engañado.

-¿te quedas?-preguntó-Si-respondio patricia-esto no me lo pierdo. Y sin decir nada mas Ana me agarró de la coleta y me puso el coño en la cara. Al principio me resistí, pero acabé cediendo y la comí el coño. No era suficiente, y me restregó su coño humedo por toda la cara, lo cual me excitó extrañamente y me puso la polla durisima. Patricia, para no ser menos, me bajó los pantalones y empezó a chuparmela, aunque yo solo veia el coño de ana. Cuando ana estuvo cachonda, me pegó un par de lamidas a la polla y se la ensartó en el coño, aun recuerdo que me hizo daño de lo duro que cabalgaba sobre mi. Mientras, patricia me plantó el coño en la cara y al principio lo hizo mas dulce que ana, pues se limitó a moverse sobre mi cara en circulo, mirandome a los ojos. Ahora si que disfrutaba, con aquel coño delicioso sobre mi, humedo...pero ella queria mas, comenzó a gemir mas fuerte, me agarró de la coleta ( soy rubio de pelo largo )  y empezó a  ahogarme literalmente con su coño, apretandome con fuerza-¿te gusta escoria? adoras mi coño-mmmmgggg-mascullaba yo, incapaz de hablar, mientras, Ana cabalgaba mi polla gimiendo cada vez mas. Cuando estaba a punto de correrse, se la sacó, y patricia la cedió su lugar para empezar a chupármela, ana me agarró del pelo contra el borde del sofá y apretó su coño contra mi mientras se tocaba. Se iba a correr en mis labios y yo estaba esposado y no podia hacer nada por evitarlo, justo cuando patricia se metia mi polla en el coño ana se corrio dando gritos con el coño pegado a mis labios, sentí su humedad empapandome la boca mientras me daba un par de cachetes en la cara-Esto es lo que tienes que hacer siempre que me veas-susurró agarrandome del pelo mientras patricia me cabalgaba salvajemente- comerme el coño hasta que me corra ¿ está claro?-Siii-susurraba yo mientras patricia gemia sobre mi en el sofá. De pronto, tambien se la saco del coño y se acercó a mi boca. Yo se lo chupé resignado, pero ella se tocaba y gritaba-¡saca la lengua escoria!Obedecí, y ella se puso a restregarme el coño por la lengua gimiendo mientras se masturbaba como podia. Yo apenas podia respirar, pero a  ella le daba igual, finalmente apartó su mano y me estampó la boca contra su coño-siiii...mmmmmm...cometelo todo escoria, bastardo...Yo solo oia sus insultos y los de Ana, que me daba cachetes en el culo y me la chupaba alternativamente. Finalmente patricia soltó un largo gemido mientras yo notaba chorros resbalar por mi boca y mi cara. Me aplastó mas contra su coño hasta que acabó de correrse, luego me besó, y me cruzó la cara de una hostia mientras jadeaba como una posesa y volvia a besarme. Ana, mientras, estaba masturbando mi hinchada polla, y le preguntó a patricia agarrandome de la polla y del pelo-¿quieres tu la leche de este mierda?-Siii- dijo ella tocandose un pecho y todavia jadeante . Se arrodilló mientras Ana, detras de mi  y agarrandome del pelo hacia atras me masturbaba. Mi glande tocaba los labios de patricia y ella sacaba la lengua mientras ana no cesaba de masturbarme e insultarme-correte escoria, ella se merece tu leche y mucho mas-decia mientras me daba pequeñas bofetadas. Finalmente patricia la agarró, se la metió en la boca entera y me corri sin remedio, intentaba agarrar mi polla con mis maos esposadas mientras gemía, pero no podía, y la zorra de patricia se quedó inmovil con mi polla en la boca, gimiendo y degustándola, sintiendo como vibraba dentro de su boca. Cuando escupió el semen y lo vi resbalar por su barbilla un segundo chorro empapó su mejilla, ana me empujó con el pie y caí al suelo. Restregaron sus coños en mi cara un buen rato escupiendome contra el suelo y me soltaron. Me sentí aturdido, pero disfruté mucho con ellas y me gustaría repetirlo.
        
un beso, comentarios a     jorocorr_876@yahoo.es

El Juego de la Perversion - 3ª Parte

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 Los dados siguieron rodando y el juego de la perversión continuó su marcha. Fredi estaba sentado, muy incómodamente. El pepino en su culo lo hacía sentir cosas que jamás imaginó estando allí sentado. Me había propuesto ganar por calenturiento. Quería saber hasta donde serían capaces de llegar mis oponentes, y solo eso. Todo lo que ocurrió después yo no me lo imaginé.

Mariana lanzó, y calló sobre Aura. Entablaron la batalla y venció el Templario de Aura. Mi prima sacó una tarjeta de castigo rosada que decía: "chúpale el pene al jugador que saque el número mayor al lanzar un dado y hazlo acabar en menos de 3 minutos". Jorge y yo lanzamos y el sacó un 5 y se sonrió, pero luego yo saqué un 6 y me sonreí más.

La cara de Jorge se puso pálida y el aliento se le fue. Me volteó a ver, y yo estaba sonriendo socarronamente, burlón. En realidad no me estaba tomando en serio, y no me imaginé cuan serio ellos si. Solo le hice una seña a mariana para que se acercara y engullera mi pene, aun hinchado pero no esperaba que lo hiciera.

Volteó a ver a Jorge, y este, casi temblando, le indicó que fuera. Entonces se me acercó y se arrodilló frente a mi ingle. Volteé a mirar a Jorge, a Aura y a Fredi, quería que pararan la "broma", que era para mi ese juego. Pero luego recapacité en lo que le hice a mi hermana, a Fredi, y me di cuenta de que ya no era tan broma como yo pensaba.

Mariana se acercó más y agarró mi pene tan grueso entre sus manitas. Se lo llevó a la boca y lo empezó a mamar. Jorge miraba, entre caliente, triste y resignado. Aura definitivamente estaba caliente, y Fredi… Fredi se restregaba contra el asiento para mover el grueso pepino que traía en el culo y darse placer.

Los suaves labios de Mariana comenzaron a pasar sobre mi pene. Lo lamía desde la base, entreteniéndose al final en su cabeza. Me miraba con gesto lujurioso, con los ojos encendidos, pero también mostrando cierto temor. Yo por mi parte, estaba más que caliente.

Mariana, si no lo hacés acabar, vas a perder la prueba. – e dijo jorge al ver que se entretenía demasiado en caricias y mimos suaves.

Mariana aceleró la marcha, intentando meterse entero mi falo dentro de su boca. Apenas lo conseguía. Creo que las quijadas le dolieron a mi primer de todo el empeño que le puso a la mamada. Pero yo no iba a permitir que me hiciera acabar, estaba dispuesto a hacer que perdiera la prueba justo como Fredi.

"¡Tiempo!" gritó Aura, y Mariana volteó a ver preocupada a su marido, pero al no recibir ninguna mirada de apoyo, se volteó y esperó su castigo. Volvió a sacar una nueva tarjeta, una rosada. Se puso blanca cuando la leyó: "chúpale el sexo a la mujer que obtenga el número más pequeño al lanzar el dado y cáusale un orgasmo": Ella y Aura eran las únicas mujeres del juego, así que no hubo ni necesidad de lanzar el dado.

El rostro de Aura ensombreció y se cubrió de un halo oscuro, libidinoso, sus ojos brillaron de una manera sucia, con un brillo casi enfermo. Mariana tragó saliva y su rostro no decía nada.- ella estaba en una especie de transe, parecía no sentir nada. Pero los chorros de líquidos que mojaban su calzón, y las gotitas que caían por sus muslos hablaban claramente de la excitación que se cargaba.

Moviendo sensualmente las caderas, se despojó del calzón de encaje que traía, lo dejó caer lentamente, resbalándose por sus muslos. Una densa mata de vello rubio quedó a la vista, rodeando una hermosa abertura rosada, enrojecida, brillosa, sedienta de ser lamida. Mariana no le quitó la vista de encima, esa rajita la invitaba a arrodillarse y a pasarle la lengua… tal y como ella hizo. Mariana se arrodillo frente a Aura, esta se acercó segura y victoriosa, y se colocó frente a su cara. Mi prima sacó su lengua y la llevó al sexo de mi hermana y lo comenzó a lamer y chupar. "Chomp, chomp, chomp, chomp" sonaba su lengua, chapoteando entre la mojada vulva de Aura.

Mariana sujetó a Aura de sus grandes nalgas y se apoyó en ellas para llegar lo más profundo que podía dentro de la vagina de ella. Aura gemía y suspiraba hondamente, sintiendo como la delicada lengua de nuestra primita la hacía gozar. Jorge solo miraba la escena, no se atrevía a interrumpir, solo miraba absorto como su mujer le hacía un mamey fenomenal a otra mujer.

¡Oh Dio! ¡Aaaahhhh! ¡Aaaahhhh! ¡Aaaahhhh! – gritó presa de un terrible orgasmo.

Aura se chorreó por completo dentro de la boca de Mariana. Esta no separó ni por un momentito su lengua y labios de la entrada de su vagina. Fue de verdad una mamada fenomenal. Pero el juego tenía que seguir.

Jorge lanzó sus dados, y cuando llegó mi turno, caí sobre el, iniciando una nueva batalla. Como podrán suponer, mi Chamán derrotó a su figura, así que el tenía que realizar una prueba. "Métete un vibrador entre el ano" decía su tarjeta, y por supuesto el no quería, pero no tenía para pagar así que puso a su esposa como la garantía.

Como no había vibradores en la casa, obvio, fui por otro pepino. No encontré uno del tamaño del que Fredi tenía entre el culo, pero este no era nada pequeño tampoco. La subía sobre una mesa y la hice ponerse en 4, sobre sus rodillas y sobre sus codos, de manera que su culito estuviera en pompa y a mi merced. Jorge solo miraba expectante, mientras su esposa lo volteaba a ver a el, buscando tal vez una gesto, un movimiento de el que le indicara que la iba a sacar de allí, pues ella ya no podía irse. Su palpitante sexo enrojecido y chorreante me decían que no podía.

Le metí el pepino entre la vagina y le di vueltas allí un rato, le iba a dar la oportunidad de lubricar ese gordo falo verde antes de invadir su virgen y, hasta entonces, inexplorado culito. En cuanto consideré que ya estaba listo, lo comencé a meter entre su ano, atornillándolo entre el esfínter. Ella jadeaba, se trataba de parar pero no se atrevía, gemía y se estremecía con fuertes espasmos cada vez que entraba un centímetro del pepino. La estaba torturando como hice con Fredi, metiéndole solo lo que yo quisiera, aunque ellos lo deseaban dentro de un solo golpe.

Ella hacía esfuerzos contra el pepino, se empujaba contra el, luchaba por metérselo aunque sea solo un centímetro más, pero no, yo no se lo permitía. Ella me suplicaba casi llorando:

Amo… amor… ¡por favor!… amo se lo suplico… métamelo un poco más… por favor…

No Marianita, no, nos vamos a ir a mi ritmo… – "snif" sollozaba quedamente, desesperada por no ser más que un objeto y mortificada que le gustara tanto.

Poco a poco se lo fui metiendo más y más. Lento pero constante, inexorable el pepino se abría paso entre los pliegues de su recto, hasta llegar a su intestino. Aura miraba con una mano entre sus piernas, restregándose el sexo desesperada de excitación. Jorge miraba como sodomizaba a su mujer sin que esta protestara. Es más, me pedía más la cabrona. Y Fredi manipulaba el pepino entre su culo, moviéndolo para gozar más, para sentirlo dentro de el, tan duro, tan firme.

Bueno, suficiente… – dije yo, retirándome en dirección de la mesa de juego. Aura y Fredi me siguieron, Jorge vino después. Pero Mariana se quedó allí, en 4 y el culo en pompa. Me miraba lastimeramente, triste, pero caliente.

Amo… por favor… deme más… quiero que… – me dijo con voz en cuello, sin poder terminar su frase.

Mariana, tu prueba ya terminó, hay que seguir con el juego. – le dije

Guayo… por favor… se mi amo… necesito… – y con voz apenas audible terminó decir – necesito que me posea… mi amo…


Me quedé pasmado por unos segundos. Me dejaba llevar por el calor del juego y no reparaba lo que pasaba a mí alrededor. Me asustó, quise parar y guardar el juego, pero Aura ya estaba lanzando el dado, con la cara roja y la mirada encendida… no había dejado de masturbarse desde que empecé a sodomizar a Mariana, ni un solo segundo.

CONTINUARÁ…

Gran Jaguar

El Juego de la Perversion - 2ª Parte

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 El dado siguió rodando y el juego continuó con su marcha. Mariana tomó por el mismo camino que su esposo, de seguro pensó que Jorge la iba a proteger. Pero eso no era posible pues el también estaba jugando. Se fueron por "El Laberinto". Aura tomó por el "Reino del Rey Ottón", Fredi por "El Desierto de las Centurias", el mismo camino que tomé yo.

Rápidamente quedó claro que jorge también era buen jugador, pues empezó muy bien por el laberinto, pero en un momento cayó en una casilla que lo envió de regreso como 20. Mariana iba lenta, pero relativamente segura. Aura también iba más o menos bien.

Traje una botella de ron, vasos y hielo para que tomáramos en lo que jugamos. Todos me celebraron mi idea.

El primer curso llegó a su fin. Después de un prometedor inicio, Jorge se hallaba trabado en el laberinto pues el dado no le era propicio. Debía pagar una moneda por cada uno que saliera de su curso e iniciara el siguiente., así que pagó 4. Fue una buena estrategia atacar a Aura desde el principio, pues ella ya solo le quedaba 6 monedas, a Fredi 4, a Mariana 3, y a Jorge 4. Yo todavía cargaba 8. Nadie tenía zapatos ya. Jorge había perdido su camisa, y mariana se había quitado las medias.

Para jugar en el tablero central, se debían lanzar 2 dados. Lancé y… 9, bien. Eso me bastaba para alcanzar a Fredi y batirme en duelo con el. Yo siempre soy agresivo en estos juegos. Si voy a perder, pues que sea luchando.

Preparate Fredi que te voy a matar.

A ver si podés. – me respondió.

"Hechizo de Fuego Rojo", el mismo que usé con Aura pues no había tenido suerte de encontrar otro mejor. Fredi defendió a su Guerrero Águila con el "Escudo de Teotihuacan". Poder de ataque de 7, contra uno de defensa de 5, el perdió solo 2 puntos de su poder vital. "Lanza emplumada", lo mismo. Me defendí y solo perdí 2 puntos. Así seguimos hasta que el perdió. Yo quedé con 2 puntos de energía vital pues lo ataqué primero. Tenía que cumplir una penitencia.

No quiso sacar tarjeta, pues solo quedaba una rosada. "Entonces que se quite el pantalón" dijo Jorge. Y eso era lo único que se podía quitar ya que ya no tenía camisa ni calcetines. Rojo como un tomate, y sin saber exactamente lo que hacía, se despojó de su pantalón de lona. Una fuerte erección se podía apreciar perfectamente bajo su calzoncillo. Eso nos perturbó a todos, no se por qué. Un tenso silencio reinó en mi sala por un minuto. Aura y Mariana no podían dejar de ver la entrepierna de mi hermano, que se moría de la vergüenza. Por fin dije: "¿A quién le toca? Aura tiró los dados como una autómata, no podía dejar de pensar en lo que acababa de ver.

El juego siguió. Perdí la camisa, lo zapatos y los calcetines. Mariana y Aura me molestaron diciéndome que qué bueno estaba, que qué cuerpazo, "mirá que si no fueras mi hermano…". Lo que pasa es que como soy muy aficionado a los deportes, tengo un físico bastante bueno. Pectorales grandes, abdomen duro, brazos gruesos. Y todo eso adornado por una espesa capa de vellos. Creo que el ron estaba haciendo efecto también.

Aura se topó con un gigante en "El Bosque Encantado", y como no tenía armas defensivas lo suficientemente buenas, perdió la pelea. O pagaba 3 monedas (quedándose solo con 2) o se quitaba otra prenda. Tan solo le quedaba la blusa y el pantalón, así que la decisión obvia era la blusa.

Nos quedamos estúpidos cuando dijo "somos familia" y se comenzó a despojar de su blusa, dejando al aire sus 2 grandes melones. A Aura siempre le apodaron en el colegio "Gallinita" por la pechuga y la cola, bien paraditas las dos. Ella salió blanca y rubia como mi madre, pero con los rasgos y el cuerpo de la familia de mi padre, muy exuberantes todas estas mujeres. Nos mostró un delicado brasier de encaje, negro y bastante delgado. Casi no se daba abasto para sus 2 hermosos melones blancos sonrosados. Lo tenía forzado al máximo. "Quiero otro trago me dijo" y lo tomó, y después lo demás. El ron se estaba evaporando muy rápidamente.

Salí del curso del Reino del Rey Ottón no muy bien parado, había perdido 6 monedas, ya solo me quedaban 5. Fredi se enfrascó en una pelea contra Mariana, que había conseguido la "Vara de los Muertos" para su bruja y lo atacó con ella. Mi hermano perdió y tuvo que tomar una de las tarjetas que había, pues ya solo le quedaban 2 monedas. Esta tarjeta valía 3, tenía que cumplirla.

"Muérdele una nalga al hombre que tengas más cerca de tu derecha". Ese era Jorge. "¿Me quito el pantalón?" bromeó. Pero Fredi no se atrevía a hacerlo, así que Aura le dijo. "Que me lo haga a mi, total, es mi hermano", y se puso sobre su silla y paró las inmensas nalgotas que luchaban por salirse de su pantalón. Tímidamente, Fredi se puso de pié y le pegó una mordidita… ¡y su erección ya rompía el calzoncillo!

El juego ya estaba tomando rumbos más calientes, y a nadie parecía importarle, así que a mi tampoco. Y la botella de ron murió, por lo que tuve que traer una de wiskey que tenía a la mitad.

"Bésale los senos a la mujer presente que más te guste" decía la tarjeta que le salió a Jorge después de que su Samurai cayera derrotado frente a mi chamán. Obvio, eligió a su esposa. Todos pensamos que las besaría en el aire, o por lo menos por encimita muy discretamente, pero no. Levantó la blusa de Mariana y metió su cara dentro de ella, chupando y lamiendo

Mariana trabó los ojos y los puso en blanco, casi podría jurar que estaba a punto de llegar al orgasmo. Comenzó a gemir en voz muy baja, a respirar agitadamente y a jadear. Los pezones de Aura querían romper su brasier, mi pene se moría por su encierro en mi pantalón, y la erección de Fredi era más evidente que nunca.

Jorge terminó. Sacó su cara del pecho de mi prima, la cual se acomodaba su blusa y se ponía más roja que un tomate. El silencio era más incómodo que nunca, hasta que yo lo interrumpí.

Jorge tiene que sacar otra tarjeta y pagar una moneda.

¡Qué! – me protestó.

La prueba solo decía "Bésale los senos a la mujer presente que más te guste" y tú se los chupaste. Cambiar la penitencia tiene su castigo.

No pero… pero no… o sea… no… – no había nada que alegar, así eran las reglas.

Tuvo que tomar uno rosado, que decía, "chúpale la verga… y no se qué más. Total, que mejor pagó sus 3 monedas y casi quedó en la calle. Solo tenía una más.

El wiskey también voló. En un santiamén la botella estaba vacía. Y todos comenzaron a exigir más elixir para continuar el juego. Lo único que me quedaba era una gordito de cusha. La cusha es una bebida alcohólica de mi país, hecha a pase de frutas y fermentada en ollas de barro enterradas en tierra. El padre de un alumno me regaló un poco y la tenía allí guardada desde hacía tiempo. Es una bebida muy fuerte.

Por fin perdió mi hermano. Se topo con una ladrón en el bosque encantado que lo robó 3 monedas de oro. Pero como solo le quedaban 2, tuvo que prestar, quedando en nivel de esclavo.

¿Te los presto yo hermanito? – dijo Aura que lo miraba con su misma mirada felina. Fredi prefirió que yo se lo prestara. Ahora era mi esclavo.

Mariana tuvo un recorrido nefasto en el Reino del Rey Ottón. Se topo con una dragón, y a falta de una mejor arma perdió la pelea. Tuvo que pedirle prestado una moneda a Jorga para pagar la carta, quedando como su esclava. Entonces caí en la trampa de un duende, y tuve que sacar una tarjeta. Solo había una blanca así que la tomé, y decía "Deja tu pene parado frente a todos, para que te puedan seguir viendo mientras juegas".

Obvio, si Fredi era mi esclavo, lo puse a el a enseñar su pene. Le ordené, no se por qué, que se quitara el calzoncillo y que se quedara así. Mi voz fue tan autoritaria, que no le quedó lugar a la duda, y se lo quitó lentamente. Una bonita verga de unos 17 cm. quedó a la vista de todos. De ese punto en adelante, ya no nos importó nada más.

Mariana y Aura se calentaron mucho, se miraba desde lejos. Las 2 siguieron jugando, esta vez mal. No se podían concentrar. Jorge cayó en una trampa, se tenía que quitar una prenda muy sensualmente. A Mariana ya solo le quedaba el top que traía bajo la blusa y el pantalón, y Jorge le ordenó que se lo sacara.

Mi prima se puso de pié, y contoneando la cintura se despojó poco a poco de su pantalón, al que vimos caer suavemente al compás de sus movimientos de caderas, hasta llegar al suelo. Sus piernas, muy delgadas, pero torneadas y lindas. Quedó en unas bonitas bragas celestes de algodón. Pequeñitas y muy delicadas como ella.

Senos pequeños, pero paraditos, nalgas igualmente pequeñas y paraditas. Una cintura muy estrecha y una carita de ángel, enmarcada por su cabello liso corto. Mariana era una belleza de mujer. Nos sorprendió a todos pues ver a la recatada y tímida de nuestra primita haciendo ese baile que no era improvisado. Nos calentó a todos.

En el tablero ya no quise avanzar más, mejor esperaba a mis víctimas para pelear contra ellas. Me topé con Aura y peleé contra ella. Me atacó con un flechazo que me quitó 3 puntos de vitalidad, pero yo le lancé un hechizo contra sus defensas, quedando desamparado su Templario contra mí. Lo vencí y sacó su tarjeta, una celeste. "Haz que una mujer presente te baje el pantalón muy sensualmente" y la única mujer era Mariana.

Mi prima le bajó el pantalón a Aura meneándose como lo había hecho. Mi hermana se contoneaba también, mostrando sus enormes atributos a todos los presentes. Al final, quedó son sus bragas negras de encaje, muy bonitas y elegantes. Apenas si cubrían medio bien sus enormes nalgotas.

Era el turno de Fredi. Perdió con un ogro y tuvo que sacar otra tarjeta. "Mámale la verga al hombre que saque más tirando el dado por 3 minutos". Jorge y yo lo tiramos y yo gané con un 7. Fredi se quedó estático, sin saber qué hacer. Volteó a ver a todos, y nadie le quiso prestar ni una sola moneda para pagar las 3 que debía. Yo me abrí la bragueta y me saqué mi falo de 18 cm., totalmente tieso, y se lo ofrecí. "Pagame hermanito".

El se puso de pié. Su pene estaba que explotaba. Se arrodilló frente a mi y engulló con dificultad mi pene. Era obvio que le daba asco. Pero si se lo sacaba siquiera una vez por ello, perdería y yo le podría poner un mejor castigo.

Pasaba suavemente su lengua sobre mi glande, al tiempo que succionaba mi herramienta. Me erotizó tanto ver a mi hermano menor allí arrodillado, mamándome la verga. Creo que el hecho de que era mi hermano me calentaba más todavía. Su piel blanca y sus cabellos dorados, combinaban a la perfección con sus rasgos finos y delicados, muy parecidos a los de mi mamá. El y mi otra hermana Raquel, salieron muy parecidos a ella, con la excepción de que Raquel era morena clara como mi papá. Aura salió rubia como mamá, pero con la complexión y formas de la familia paterna. Yo soy una mezcla de todos.

Lo tomé de la cabeza y lo comencé a mover, obligándolo a meterse más adentro mi falo hinchado. El sentía nauseas hasta que ya no pudo más y se retiró.

¡Perdió! ¡Perdió! ¡Perdió! – dije triunfal.

No, no. Tú le metiste la verga hasta el fondo al pobrecito. Ahora es a ti a quien le tenemos que poner un castigo.

No, yo no hice nada… – me defendí conciente de mi crimen, pero algo nos dejó mudos a todos.

No, fue mi culpa. Yo no aguanté… soy yo el que merece el castigo. – declaró Fredi, dejándonos con la boca abierta, pues, aparentemente, quería más.

Arrodillado bajo mi pene, Fredi se miraba muy sensual. Era la ilustración de la sumisión. Su cuerpo blanco cubierto por un fino vello rubio pedía más, quería más. Se sometió a mí y le gustó, quería más… y se lo íbamos a dar.

Tomó otra tarjeta, curiosamente la única rosada que había, dejando las 2 celeste allí. "Mientras una personas te mete los dedos entre los genitales, tu masturba a 2 hombres hasta hacerlos terminar en tu cara en menos de 5 minutos".

Era demasiado. Nos quedamos mirándonos las caras y Fredi tomó la iniciativa. Se puso de pié y se dirigió a un sillón, se quedó parado allí mirándonos a Jorge y a mí. Me puse de pié, y luego Jorge. Nos sacamos las vergas y se las ofrecimos. Mientras, Aura fue a buscar algo que meterle. Encontró el palo de la escoba y se dirigió a nuestro hermano.

No tiene genitales de mujer. ¿Por dónde se lo van a meter? – preguntó Mariana alarmada.

Entre el culo. – respondimos casi al unísono todos.

Y así fue. Aura llegó, y con lentos movimientos circulares, fue introduciéndole poco a poco le palo de la escoba. Fredi gemía y gemía como una perra en celo, mientras con sus manos frotaba y agitaba vigorosamente nuestros penes. Me esforzaba en durar lo más que podía. Estaba totalmente fuera de mí y quería hacerle de todo a mi hermanito. A sus 26 años todavía aparentaba ser niño, ser adolescente. Y eso también a pesar de estar ya casado y de tener un nene.

Aura le introdujo ya más de 10 cm. cuando empezó a gemir y a jadear con fuerza, casi gruñía, al tiempo que un inmenso gesto de placer se dibujaba en su cara. De la punta de su pene hinchado brotaron abundantes chorros de semen que se embadurnaron en su vientre. Fredi sudaba copiosamente y respiraba muy rápido.

Poco tiempo después, Jorge lo siguió. "¡Voy a acabar!" gritó y Fredi acercó su cara a su pene, un bonito miembro de 16 cm., pero bastante grueso. Los chorros de la leche de mi primo-cuñado se estrellaron contra la blanca tez de mi hermanito. Sobre su frente, sus cachetes, boca nariz, ojos. Fue una corrida abundante. "¡Ha!, ¡Ha!, ¡Ha!" decía Jorge. Mariana solo lo miraba de lejos… ¿celosa?

Ya había logrado hacer acabar a Jorge, pero le faltaba yo, y yo no me dejé. Pasaron los 5 minutos y yo estaba sudando la gota gorda, pero no acabé, no lo dejé ganar.

Soltó mi miembro y se me quedó mirando, con su carita llena de la leche de Jorge, expectante, deseoso. Como había fallado la segunda prueba de castigo, ahora era yo el que lo podía castigar a mi gusto.

No me hiciste acabar, así que perdiste.

¿Qué me vas a hacer? – me preguntó.

Ya vas a ver.

Le di un vaso y le ordené que se limpiara el semen de la cara y que lo pusiera allí. Le regué su semen, que tenía en su vientre. Fui a la cocina y abrí la refri. Saqué un pepino grandísimo que compré en el mercado y se lo llevé. Se me quedó mirando con los ojos muy abiertos cuando me vio llegar con esa cosa en la mano.

Te cupo el palo de mi escoba, ahora tragate esto.

Lo puse en 4, con el vaso bajo su pene que se había puesto duro otra vez. Poco a poco le fui metiendo el pepino en el ano. Era muy grueso, mucho, y Fredi se lamentaba a cada centímetro que le entraba, pero el no se quitaba. Es más, hacía fuerzas contra el pepino y conseguía metérselo más. Lo comencé torturar así cuando me di cuenta de lo mucho que le gustaba. Se lo metía un poco, y luego lo sacaba cuando el empujaba. Así, casi lo desesperé.

Metémelo, ¡puta, metémelo!

Así no se le habla a tu amo esclavo. – le dije en tono de broma, lo juro, solo fue una broma, yo no sabía que se lo tomarían tan en serio.

Por… por favor… amo se lo suplico… métamelo, métamelo…

Así está mejor perro, así está mejor. ¿Lo querés más adentro?

Si, por favor… si… – lo empujé un poco más.

¿Así? ¿O querés más?

Más por favor… se lo suplico… lo necesito todo, todo… – enterré un poco más de ese pepino en su ano. El gimió como si estuviera cagando adobes. Todos lo miraba impresionados, muy excitados.

¿Y ahora?

Todo por favor… que sea todo… por favor, se lo suplico amo…

Comencé a cogérmelo con el pepino. Lo metía y lo sacaba como si fuese una verga. Es gemía y se convulsionaba allí en 4 como estaba. Sus ojos estaban en blanco y su mirada perdida. Estaba embriagado de la agridulce fragancia del sexo, de la sumisión y el sometimiento. Ya no tenía voluntad, el era mío.

Arqueó su cuerpo y eyaculó con furia dentro del vaso. Una mediana cantidad de semen salió de sus testículos. El vaso no estaba ni medio lleno, pero serviría para los planes que tenía en la mente en ese momento.

Todos me miraban impresionados, con los ojos muy abiertos y excitados. Les dije:

Bueno todos, a jugar hasta que uno gane.

Regresamos todos a jugar. Le prohibí a Fredi que se sacara el pepino del culo hasta que yo le dijera. Era parte de su castigo. Estaba dispuesto a derrotarlos a todos, y a hacerlos mis esclavos, aunque sea por ese momento. De verdad, se los juró, solo quería hacerlo en ese momento, nunca pretendí lo que vendría después. Le di los dados a Jorge, pues a el le tocaba tirar…

CONTINUARÁ…


Gran Jaguar

El Juego de la Perversion - 1ª Parte

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A todos mis lectores:

Yo se que todos lo que entramos a este portal esperamos leer un buen relato erótico, plagado de escenas calientes y muy bien ilustradas. Lamentablemente este relato todavía no trae escenas así, ya que se limita a contar detalles muy importantes para poder comprender el resto. Siga con esta saga, que los próximos que publicaré serán muy pero muy calientes.

Gran Jaguar

Este ha sido el mes más intenso de mi vida. Sin quererlo (intencionalmente, aclaro) me convertí en el amo y señor de las vidas de mi hermana, de mi hermano menor y de una prima mía con su esposo. Todos ellos cayeron en una sumisión total a mí y a mis caprichos, especialmente sexuales, por su propia voluntad. Y todo por un curioso jueguito que yo me inventé en mis calores de adolescente.

Se trataba de un ingenioso juego de tablero, que combinaba la complejidad de los juegos de cartas mágicas ("Magic the Gathering" por ejemplo), con la ingeniosidad de "Serpientes y Escaleras", con la picardía de la típica y tradicional "Botellita". Creo que era un adolescente algo calenturiento. Les explicaré con detalle más adelante. Por ahora les invito a leer cómo fue que todo esto pasó. Se que les va a gustar…

01

¡Qué aburrimiento! Definitivamente no me gusta tomar camionetas extraurbanas para irme a mi trabajo en Cobán, pero qué le vamos a hacer. Mi carro está en el taller, y aunque Daike, mi esposa, me insistió en prestarme el de ella, no la iba a dejar a pié. Yo se que tal vez debía aceptárselo, pero no me gusta que ella ande por la calle en bus o, peor aun, en taxi. Prefiero ser yo el que tenga que cargar con la incomodidad de estos buses, que más que buses parecen transporte de ganado.

Mi carro se averió el fin de semana y no me lo entregaron a tiempo en el taller. Pero afortunadamente en Cobán no preciso de carro para transportarme, lo puedo hacer perfectamente en bus o, mejor, a pié, me gusta caminar.

Lo malo de no tener carro, es que tengo que salir el domingo para llegar a tiempo a mi colegio. Soy propietario de un colegio en Cobán. No es muy lujoso, pero si con una gran excelencia académica y un sólido prestigio. Allí preparo a los alumnos en las carreras de Bachillerato en Ciencias y Letras, Perito Contador, Magisterio en Pre-Primaria y Primaria y Secretariado Bilingüe. Debo llegar a el cada lunes por la mañana, no me gusta faltar pues soy muy responsable en mi trabajo.

Soy Licenciado en Pedagogía y la educación es mi pasión. Se preguntarán por qué si mi esposa trabaja en la capital, mi colegio está en Cobán. Lo que pasó fue que, cuando me casé, todavía no me había graduado de pedagogo, me faltaba un año para cerrar. Mi novia ya estaba "adelantadita", por lo que tuvimos que adelantar nuestra boda, de año y medio, a un mes y medio. Mi papá me dijo que me iba a ayudar, y me regaló un terreno que una tía de el le había dejado, en Cobán. Y además me iba a terminar de pagar los estudios. Prácticamente iba a mantener a mi familia por en lo que comenzaba a ganar dinero, por lo que no pude negarme.

Pero el terreno no sería regalado, no, yo tendría que pagárselo con el tiempo. Esto porque también tenía 3 hermanos menores y no era justo. Así era mi papá, justo y democrático a quemarropa. Cinco años después, falleció. Todavía le estoy pagando el terreno a mi madre, a pesar de que ella no quiere que lo haga. Pero así soy, siempre pago mis deudas, como mi padre.

Fue en este mismo fin de semana que pasó. ¿Qué pasó? Pues jugamos a mi viejo juego… olvidé ponerle nombre. Este es un juego que me inventé cuando tenía 13 años y que terminé de perfeccionar a los 14. Es un juego de desafíos y penitencias sexuales muy fuertes que ideé durante mis calores adolescentes.

Vos Guayo, ¿tenés cervezas?

Si Jorge, están en la refri.

Gracias mano. – ese era Jorge, el esposo de mi prima Aura. Es una sinvergüenza muy buena gente.

A propósito, creo que debo presentarme antes de seguir con el relato. Mi nombre es Eduardo Garrido, pero pueden llamarme Guayo. Tengo 35 años y soy pedagogo. Trabajo y resido en Cobán entre semana, y los fines me voy con mi mujer y mis 3 hijos a la capital. Soy alto (1.90) y robusto. Me gusta mucho hacer deporte. Soy de piel morena clara, ojos grises, cabello negro rizado, velludo, soy un tipo guapo realmente (modestia aparte). Soy el mayor de 4 hermanos. Ahora si, sigamos.

Mi prima Mariana Garrido de Torres, había salido con su esposo, Jorge, a pasear por las grutas de Semuc Champey, y de regreso decidieron salir a visitarme. Esa visita me cayó de sorpresa, pues ya iba de salida a mi colegio, pero los recibí con gusto. Como a la hora llegaron mis hermanos Aura María y Alfredo. Se dirigían a ver a mi madre a Huehuetenango, un departamento de Guatemala de donde somos originarios, y de regreso pasaron a verme.

Dame un cervecita a mí también. – dijo Aura. Mariana pidió agua, no le gustaba beber.

¡Qué bueno tenerlos aquí muchá!

Si, es bonito Cobán. – me dijo Mariana. Ella era muy tierna y amable, siempre ha sido así.

Estuvimos bebiendo como por una media hora, cuando Jorge comenzó a contar chistes. Yo, que no soy nada callado y me gusta la parranda, me le uní y conté los míos. Poco a poco los chistes se iban haciendo más obscenos, hasta que conté no se cuál, y Aura recordó un episodio vergonzoso de mi juventud.

¡A propósito de niños morbosos, Guayo era uno de esos! – me puse rojo de inmediato.

Aura, callate…

Fíjense que cuando tenía como 10 años, el tenía una juego shuco que le escondía a mi padre.

¡A la gran! ¡Qué vergüenza! – corearon todos poniéndome más rojo. - ¿Qué era?, Si, contanos qué era. – me molestaron tanto que al final les tuve que confesar.

Miren, uno a los 13 años se le empiezan a alborotar las hormonas… – se rieron – y a mi se me ocurrió inventar un juego mero pervertido. Era como de "Serpientes y Escaleras", pero mucho más complejo y elaborado.

¿Cómo así? Explicanos. – dijo Fredi.

Mirá… es que era complicado. Tendrían que verlo para entenderlo…

¡Entonces todavía lo tenés! – gritó el escandaloso de Jorge, y todos volvieron a corearme. Me volví a poner rojo.

No, no… es que… bueno sí… – acepté al final, y todos volvieron a hacerme bulla.

¿Y lo tenés aquí? – preguntó Aura.

Si. Si mi esposa lo encuentra me mata, así que no lo pude dejar en la capital.

¡Queremos verlo! ¡Queremos verlo! ¡Queremos verlo! ¡Queremos verlo!

¡Vaya! ¡Vaya!

Nos fuimos a mi cuarto y saqué la caja del fondo de mi armario. Poco a poco fui sacando todas las piezas, una por una. Todos lo miraban con atención. Mariana tomó una tarjeta y la leyó: "¡chupale la verga al jugador que saque el número mayor al tirar el dado!" gritó escandalizada. Todos me comenzaron a molestar otra vez. "¡Tenía 13 años!" me defendí.

Querían que se los explicara, así que lo extendí en la mesa del comedor, explicándoselos en el camino. El juego consta de un tablero plegable central, dividido en 4 cuerpos, nombrado como primer cuerpo, segundo cuerpo, tercer cuerpo y cuarto cuerpo, siguiendo las agujas de reloj. Cada cuerpo se divide a su vez en celdas cuadradas de 1.5 cm. por lado, de color crema todas. Son 20 celdillas por lado, por los que cada cuerpo mide 30 cm. Los 4 cuerpos unidos entre si tienen 60 cm. por lado, o sea 3600 cm. cuadrados.

Las celdillas se dividen horizontalmente por letras, y verticalmente por números. Para completar las 4 letras del alfabeto que faltaban, tuve que incluir la Ch, la Ll, la Sh y un signo maya que va al centro de cada cuerpo. Cada cuerpo posee una celda de color verde y una de color azul. Estas se encuentran en los vértices de los cuerpos que se unen con el otro, de manera que una celdilla verde quede pegada a una azul. Así, la celdilla verde del primer cuerpo se localiza como "la Z-30 del primer cuerpo", y la celda azul del mismo cuerpo como "la A-01 del primer cuerpo".

Vos estabas fumando marihuana cuando te inventaste esto cerote. – bromeó Jorge. De verdad que era complejo.

En el centro de todo este complejo se ve un 5to cuadrado de celdillas rojas, denominado "la zona de batalla". Cada cuerpo da 10 celdillas por lado para formar este otro cuadro, de manera que este mide 20 celdillas por lado. Allí ocurren las batallas.

¿Qué batallas?

Este juego combina la complejidad de los juegos de cartas mágicas ("Magic the Gathering" por ejemplo) en que hay que pelear contra otros jugadores, con la ingeniosidad de "Serpientes y Escaleras" y con la picardía de la típica y tradicional "Botellita".

Juguemos…l – sugirió Aura pícaramente. Nos quedamos en silencio por un momento.

¡¿Quién dijo miedo?! – exclamó Jorge, y nos pusimos listos para jugar.

El juego es para un máximo de 6 jugadores, pudiendo escoger entre 3 magos y 3 guerreros. Los personajes son:

"El Chamán de los Volcanes", inspirado en los chamanes mayas de mi país, con el poder mágico de la naturaleza.

"La Bruja de Puerto Príncipe", inspirada en una hechicera haitiana que practica vudú.

"El Druida del Bosque Encantado", un mago al estilo medieval europeo.

"El Guerrero Águila", guerrero azteca con casco de águila y larga lanza.

"El Samurai", un samurai japonés.

"El Caballero Templario", el típico caballero de la edad media.

Yo elegí al que siempre fue mi favorito, el chamán. Aura se quedó con el Templario, Jorge con el Samurai, Fredi se quedó con el Guerrero Águila, y Mariana resignada con la Bruja.

De cada lado de este complejo, hay otro cuadro con un curso parecido al de "Serpientes y Escaleras" que se debe superar. La entrada a estos 4 cursos se hace por medio de la celdilla verde, y la salida está en la celdilla azul. Son 4 cursos temáticos que deben ser superados para volver de nuevo al tablero. Gana el competidor que supere primero los 4 cursos, o el último que quede libre.

Los 4 cursos son lo siguientes:

"El Reino del Rey Ottón", de temática medieval y en donde prevalecen los enfrentamientos contra dragones, caballeros y magos.

"El Laberinto", que es casi íntegramente similar a "Serpientes y Escaleras" y cuyo principal desafío es el tiempo que se pierde subiendo y cayendo por los pasajes del laberinto.

"El Bosque Encantado", muy parecido al "Reino del Rey Ottón".

Y "El Desierto de las Centurias", repleto de retos y desafíos que se deben cumplir para seguir adelante.

Para entrar a un curso luego de salir de otro, se debe llegar a la celdilla verde siguiente, pasando por las celdillas rojas de "la zona de batalla", llamada así porque es en ella donde la mayoría de los jugadores se topan, quedando obligados a pelear.

Cada jugador difiere en fuerza y capacidad de defensa, dependiendo de su fuerza vital (como en "Magic the Gathering") y pelearán cuando se encuentran en cualquier punto de los cursos o en el tablero. Gana el primer jugador que pase los 4 cursos y logré llegar a as celdillas rojas otra vez, o el último que quede con vida dentro del juego.

¿A qué te refería cuando dijiste que gana el último que quede libre?

Cada jugador empieza con una fortuna de 10 monedas de oro, con la que pueden comprar mejores armas o hechizos. Pero cuidado, pues también con ellas deben pagar cuando el juego se los exija. Por ejemplo, a lo largo de los cursos pueden caer en celdas en donde a cambio de no realizar un desafío o penitencia deben pagar entre 1 y 3 monedas de oro. Pero también pueden perder un duelo con otro jugador, y para no hacer lo que dice una tarjeta que deberán sacar, pueden pagarle al jugador ganador el precio que dice la tarjeta, también entre 1 y 3 monedas de oro. Pero también pueden dejar una de sus prendas, hasta quedar totalmente desnudo.

Como verán, hay que cuidar mucho las fortunas… lo bueno del juego es que difícilmente cada jugador logra salir del su segundo curso con dinero, je, je, je. Sin embargo, por cada prueba superada, el jugador obtendrá el valor de la tarjeta que haya sacado.

Dijiste "…para no hacer lo que dice una tarjeta que deberán sacar…", ¿qué tarjetas?

Para los desafíos y penitencias hay un pozo de 5 tarjetas, 2 celestes, 2 rosadas y una blanca. Las celestes son penitencias y desafíos que un hombre debe realizarle a una mujer; las rosadas es lo mismo, solo que de mujer a hombre; y las blancas son las peores, pues sus penitencias van desde un streeptease, hasta dejarse manosear con los ojos cerrados por todos.

Las blancas se pondrán en cuanto un jugador haya superado su segundo curso, para asegurarse que ya no les quede demasiado dinero a todos.

¡Qué malo sos!

Obviamente, todos los vamos a querer sacar del pozo la tarjeta que nos corresponda según si somos hombres o mujeres, evadir la tarjeta blanca. Pero el pozo no se reemplaza hasta que la última tarjeta sea tomada, de manera que si sos hombre y solo quedan tarjetas rosadas, tendrás que tomar una de ella y hacerle a un compañero lo que allí dice. ¡Jodido verdad!

¡Está bien jodido!

Pero la parte de verdad buena del juego es el detallito que si alguien no le puede pagar a otro jugador después de perder un duelo, quedará como su esclavo, y no podrá salir de esa posición sino hasta que le pague el doble del valor adeudado. Puede prestarle dinero a cualquier otro jugador, pero igual quedará como esclavo de este.

¿Cómo así? – preguntó Aura.

Mirá, lo bonito de tener un esclavo, es que se le pude obligar a realizar una penitencia que nos haya tocado a nosotros… ¡y sin descontarle el valor de la carta a lo que nos adeuda!

¡Pero qué de a huevo! – exclamó Jorge. - ¡Me las voy a coger a todas, pisadas! – dijo con cara de malo, estallando en risas todos.

Un esclavo solo puede dejar de serlo cuando junte el dinero que debe, mediante la superación de una alguna prueba dentro de un curso. Un esclavo no puede ganar el juego, solo un jugador libre, por lo que si uno logra terminar el juego de primero, tiene que seguir a un nuevo curso hasta que quede en libertad y logre volver al cuadrado rojo. Se puede prestar dinero para pagar el valor de la penitencia de un curso, pero con las mismas consecuencias.

Como verán, si te quedás sin pisto, quedás pisado sin remedio, je, je, je.

Todos se quedaron mirándose las caras. Pensándolo bien, si estaba pisado jugar eso. Estábamos entre familiares, así era peor.

Juguemos. – dijo Aura.

¿Cómo? Somos familia Aura. – protestó Mariana.

Si, por eso no vamos a hacer las cosas sucias que la mente retorcida de mi hermanito puso allí. – me volví a poner rojo. – Solo haremos lo que no sea muy…

…grueso… – le dijo jorge.

Ajá… muy grueso de hacer.

Todos estuvieron de acuerdo. Yo acepté a regañadientes, porque temía lo que pudiera pasar. Solo con 2 personas jugué esto en mi vida, una novia que tuve a los 15, y mi mejor amigo, cuando lo estrené a los 14. Los resultados fueron sorprendentes… y funestos. Las 2 quedaros como traumadas. Aclaro, no les hice nada que ellas no me hubieses dejado, de hecho ellas me pidieron mucho de lo que hicimos. Pero lo que pasó es que ellas se metieron como en un trance, como que se quedaron poseídas mientras duró el juego. Desde ese día quedé pensando que el juego era malo, o que tenía vida propia.


Pusimos las piezas en el cuadro rojo, en la celdilla que uno quisiera. Vi a mis oponentes. Yo siempre he sido muy bueno en los juegos de mesa, tengo muy buena suerte para tomar cartas, casi siempre ganaba. Fredi y Mariana, por el contrario, eran muy malos. Seguramente perderían solos en cualquiera de los cursos. Jorge, mmm… no sabía como era jorge para jugar. Y Aura, ella si era buena, era el rival a vencer así que la tenía que atacar antes.

El número mayor empieza. – dije tirando el dado. 4.

Fredi sacó un 6 y le tocó empezar. Luego salió Jorge y después me tocó a mí. 5. Bien, el 5 me llevaría hacia Aura y la podía atacar.

A cada jugador se le repartió aleatoriamente 4 cartas, 2 del pozo de las defensivas y 2 de las ofensivas. Las defensivas solo sirven para defender, y las ofensivas para atacar. Si eres mago, no te servirán de mucho las cartas para guerrero, lo mismo si eres guerrero y te tocan cartas de mago.

Las cartas ofensivas tienen un límite de 5 puntos de daño, sobre la energía vital del jugador. Las defensivas solo cubren hasta 3 puntos de las ofensivas. Pero si un guerrero o mago utilizan las cartas que les corresponde, el poder ofensivo y el defensivo suben 2 puntos. De lo contrario, las cartas ofensivas y las defensivas pierden un punto de su valor inicial.

Yo ataqué a Aura, pues quería debilitarla desde el principio. Le lancé el Hechizo del Fuego Rojo que me tocó, y ella defendió a su Templario con un hechizo de barrera, obviamente no tenía cartas defensivas de guerrero. Fueron 7 puntos de ataque contra 2 de defensa, ella perdió 5 de sus 10 puntos de energía vital.

Podés contraatacar o huir, pero si te alcanzo, te puedo atacar de nuevo. – le dije. Ella solo frunció el señor y se preparó para contraatacar. Huir no es el estilo de una mujer tan aguerrida como ella.

Me atacó con el Hacha de Plata, y yo me defendí con la Varita de la Ceiba, una carta defensiva. 7 puntos de ataque contra 5 de defensa, perdí solo 2 de mis 10 de fuerza vital. "Gané yo" le dije, y la ataqué otra vez con el Fuego Rojo, y perdió sus últimos 5 puntos de energía vital, con lo que perdió la pelea. Gané 2 monedas de oro y la mandé a realizar una penitencia.

Aura tomó una tarjeta rosada: "Chúpale las tetas a la mujer que saque el número más bajo al tirar el dado". Mariana era la única mujer presente, así que no hubo necesidad de tirar el dado.

No vamos a realizar este tipo de penitencias, ¿verdad?

No. – dijimos todos. – Pero sí hay que hacer como si de verdad lo hiciéramos.

Aura se acercó con mirada felina y paso gatuno a Mariana. Ella se rió, pero se le miraba el nerviosismo en los ojos. Mi hermana la tomó de sus delgados hombros, se contoneó un poco sonriendo maléficamente, y le besó los senos en el aire.

Fue una escena muy caliente, a pesar de que no le hizo nada. Pero verla caminar de esa manera, con esa mirada tan sensual y esa manera de moverse tan provocativa, nos puso nerviosos a todos.

Preludio silencioso e invisible de lo que acontecería con el paso de lo minutos, y de las horas, y de los días… Yo se que se quedarán medio decepcionados de que este relato llegue a su fin ahora, pero era necesario que primero leyeran el proceso del juego para que lo comprendieran bien. Lo que pasó después fue algo que no podremos olvida jamás. Porque el juego sí era peligroso, sí tiene algo extraño, algo perverso que deja atrapados para siempre a todo el que lo juega y pierde. Para mi fortuna, gané…

Si, yo gané, no solo esta partida, si no todas las otras que jugué. Me convertí en el amo y señor de mi prima y de su esposo, de mi hermana y de mi hermano, explorando aspectos borrosos de nuestras personalidades, aspectos que no conocíamos. Les prometo que el siguiente relato será muy, pero muy caliente. Hasta luego…

CONTINUARÁ…


Gran Jaguar

Dos Historias de un Ama - 2ª Parte

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Este trabajo no siempre es agradable. Aunque mi primer "servicio" fue realmente placentero, no ocurrió lo mismo con el siguiente. Un hombre, joven. Incluso diría que un niñato. Me resultó antipático hasta por teléfono, y de buena gana le hubiera mandado a paseo, pero decidí que era mejor atenderlo porque así aumentaría mi experiencia.


No sé. Estaba enfadada. Puede que fuera la regla o alguna otra cosa, pero desde luego no era el mejor día para dedicarme a mortificar gente.


Llegó antes de la hora. Como ya estaba vestida, no creí oportuno hacerle esperar. Era un chico de unos 25 años, muy nervioso. No paraba de mirar a todos los lados, como si le diera vergüenza lo que iba a hacer. Ya sabes que los cobardes e indecisos me caen fatal. Por eso me gustó tanto la firmeza de Jonás, el hombre de mi primera sesión. Él sí estaba seguro de lo que hacía, y no temblaba como este enclenque.


Ni siquiera me entretuve en preguntarle qué tipo de juegos le gustarían. Quería terminar cuanto antes. Así que le ordené:


Desnúdate, rápido. –


Lo hizo y se quedó en pelotas delante de mí. Era demasiado delgado para mi gusto, se le marcaban mucho los huesos en la piel.


Saqué de un cajón las cuerdas para atarlo. Haría sólo lo que yo le dejara hacer. Me costó afirmar los nudos, porque el cerdo se movía continuamente para rozarse contra mis pechos desnudos. Yo le dejaba que lo intentase en vano y pensaba para mis adentros "te vas a enterar, asqueroso". Por fin lo inmovilicé casi del todo. Sólo las piernas las tenía libres.


Así, indefenso, de rodillas delante mía, me resultaba mucho más apetitoso. Tomé el látigo. Casi un metro y medio de largo de cuero negro preparado para arrancarle la piel a tiras. Lo hice restallar en el aire y al momento azoté los lomos del perro.


Si le quedaba alguna duda de lo que estaba sucediendo no era real, el escozor del golpe la disipó por completo. Aulló dolorido, pero no me pidió que parase. Volví a sacudir sus lomos, con saña. Este segundo golpe fue más intenso y le provocó un espasmo involuntario que le hizo caer sobre el suelo. No tuve piedad y arreé de nuevo. Ahora fueron sus nalgas las que sufrieron mi furia. Prueba de mi puntería fue la línea roja que cruzó ambas.


Piedad, ama. –


Por supuesto, ignoré esa petición y redoblé las fuerzas en el siguiente azote. Cayeron en una serie más de 10 golpes, rápidos, certeros y dolorosos. Las cuerdas amortiguaban el efecto de algunos, pero otros no encontraron la más mínima complicación a la hora de arañar la piel del puerco.


Gracias, ama, gracias. Por azotar a este indigno servidor. –


Era un poco pedante, pero me satisfizo. Cesé de golpear. Examiné el látigo. No había sangre. Perfecto. Mi arte mejora con cada esclavo que pasa por mis manos.


Luego lo miré a él. Estaba contento. Creo que era su primera sesión de sado. Me gustan los primerizos, por su ingenuidad, pero éste... no sé, parecía demasiado obsesionado.


Me senté en el sillón de piel y dejé que me observase un rato. Enseguida aprecié la atención que prestaba a mis pechos.


Ven, esclavo. Acércate. –


De rodillas, tan rápido como se lo permitía su cuerpo atado, se arrastró hasta mí. Con la mano le hice un gesto de que continuara. Le dejaría probar mis tetas. Ansioso sacó la lengua. La posó sobre el pezón. Sentí un escalofrío, mezcla de placer y de asco. Definitivamente no me gustaba aquel tipo.


Me chupó el pezón durante unos segundos. Dejé que lo hiciera. Era agradable. Separé las piernas sin que lo notara para poder acariciarme la concha. Pasó al otro pecho. Se le notaba "hambriento", ya no prestaba atención a proporcionarme placer, sino a saciar su propio instinto succionador. Me harté y le solté una bofetada. Cayó de espaldas, muy confuso. Estaba excitado.


Vaya, estás empalmado como un toro. –

Sí, ama. –

Esto te va a encantar... –


Tomé un cordón y lo anudé a su pene. Apreté bien para que se le hinchara lo más posible. Gimió, dolorido. Luego le enseñé el juguete que había pensado para él: unas pequeñas pesas.


Mira lo que te has ganado, cerdo. –


Las até a los testículos. Eso sí que era doloroso. La bolsa de los huevos torturada por el peso parecía cobrar un color morado malsano.


¡Aaaaahhh! Duele, ama, pero sé que me lo merezco. –


Lo aguantaría, así que no me preocupé más por ajustar los nudos. Volví a sentarme y ordené, impaciente por conseguir correrme:


Eres un buen esclavo. Te voy a premiar con el honor de besar mi almeja. –

¡Gracias, ama! –


No tardó nada en colocarse entre mis piernas. Yo estaba húmeda, pero no quería que lo notase, sería como darle carta blanca para disfrutar de mi intimidad. Comenzó chupando el monte de Venus, pasando su lengua por mi pubis. Luego besó los labios y los apartó con un leve mordisquito que me hizo estremecer. Tomó mi perla en su boca y la bañó de saliva. Enseguida su lengua distribuyó mis jugos y los suyos por encima del botón del amor. Me di cuenta de lo caliente que estaba.


Muy bien, perro. –


Lo dije seria, sin dejar transparentar mi excitación. Dejé que se aplicara en mi interior, permitiéndole que jugueteara incluso con mi ano. Trazó una agradabilísima línea entre éste y mi conejo que recorría su lengua con maestría. Me corrí ,por fin, cuando volvió a tirar con suma delicadeza de mi clítoris.


Es suficiente. –


Así le quería indicar que le estaba prohibido paladear los jugos secretos de su ama. Obedeció de mala gana. Molesta, le aparté con el tacón de mi bota. Humillado, se retiró y aguardó más órdenes.


Dime, esclavo, ¿harías lo que fuese para follarte a tu ama? –

¡Sí! –

Está bien. Sígueme hasta mi cuarto. Allí ,sobre mi cama, me podrás poseer. –


Se incorporó con demasiado facilidad. Había fingido indefensión para provocarme. Se lo hice pagar con un imaginativo suplicio: cubrí el camino de la sala a mi habitación de chinchetas. Él, descalzó como estaba, tenía que sufrir para conseguirme. Si no se andaba con cuidado, caería y se clavaría un montón de puntas en la piel.


¡Ay! – dijo, al notar la decimoséptima chincheta perforar la planta de sus pies – Es necesario para merecer tomar a mi ama. –


Llegamos al cuarto. Yo le estaba esperando. Entró, con los pies llenos de chinchetas. Sonrió. Creía que ya me tenía. Le di una buena patada en los cojones, por puerco.


¡Uuuuufff! ¡Qué golpe! – gritó.

¡Imbécil! – le solté, acompañando el insulto de otro puntapié.


Me acerqué a él, con una navaja en la mano. Estaba aterrorizado. ¿Había decidido su ama quitarle el pito? No, aunque se lo merecía por estúpido. Lo que hice fue cortar, sin compasión, las cuerdas que aprisionaban su miembro. Al verse libre de presiones creció. Me senté sobre él y lo cabalgué un rato. Cuando estaba listo para eyacular, me quité de encima y terminé haciéndole una paja. Gimiendo de placer me manchó los guantes de leche.


Le desaté por completo y lo despedí de mala manera:


Ahora lárgate, rápido. –


Dejó el dinero sobre la mesa y yo me fui a dar una ducha en cuanto cerró la puerta.

Dr Saccher

Dos Historias de un Ama - 1ª Parte

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 Duna ha recibido una carta de su amiga Raquel. Se fue a Barcelona hace un mes para montar un gabinete de sadomaso. ¿Por qué Barcelona? Porque es un centro de turismo "sexual". No es que tenga un barrio chino especializado en la prostitución (que lo tiene), sino que allí el mundillo del sexo es visto con más liberalidad que en el resto de la península.


La carta empieza así:


"Querida Duna: ¡Por fin me he instalado en Barcelona! Ya tengo el apartamento amueblado y hoy mismo he tenido mi primer cliente. Bueno... mis primeros clientes, porque eran dos, una pareja. ¡Estoy tan contenta! He disfrutado como una niña. Pero primero te quiero contar cómo lo organicé todo..."


Duna, que trabaja de secretaria, siente una cierta envidia por su amiga. A ella también le gustaría ganarse el sueldo fustigando nalgas de varones. Antes de seguir leyendo la misiva, que promete ser una descripción explícita de una sesión de sado auténtica, se pone cómoda. Un poco de música suave, las braguitas fuera para poder acariciarse mejor y un sofá mullido donde masturbarse mientras se entera de las perversiones de su amiga.


"Lo que hice nada más llegar al apartamento fue amueblarlo. No me refiero a ponerle camas y mesas, sino a la cantidad de artilugios de tormento con que lo he llenado. Por ejemplo, las lámparas tienen forma de falos encadenados. He comprado un potro de tortura, un par de cepos para cabeza y piernas, taburetes con consoladores pegados, ... ¡De todo! No quiero que falta nada."


Sólo de pensar en el uso que su amiga le piensa dar a esos objetos, se empieza a mojar. Deja un momento la lectura erótica para coger un consolador. El más grande que tiene, que la ocasión lo merece. Introduciéndolo en su coñito, el placer que le provoca leer las travesuras de Raquel se multiplicará.


"Luego renové mi vestuario en una sex-shop. Sostenes de cuero, botas de charol, lencería de seda,... Como ves, no me he olvidado de los fetichistas.


Cuando ya tuve todo más o menos organizado, puse un anuncio en varias revistas especializadas en sadomasoquismo. Te he mandado una copia. ¿Qué te parece?"


Duna miró un trozo de papel grapado a la carta que mostraba a una chica completamente inmovilizada por correas. ¡Era ella misma! Sin poder creérselo, siguió leyendo:


"¡Ja, ja! Espero que no te importe que haya utilizado la fotografía que te hice en la fiesta de mi cumpleaños como reclamo publicitario..."


- Serás golfa... – musitó divertida Duna. Por supuesto no le avergonzaba salir así en una revista. Tenía un buen cuerpo y la fotografía había salido muy bien; casi era arte.


"Supongo que no. ¡Te conozco, cariño! Estoy segura de que te estás masturbando pensando en que los fetichistas de la ciudad condal se masturban mirando tus curvas...


La verdad es que recibí la primera llamada interesada a los dos días de editarse la revista. ¡Eres un buen cebo, Dunita! Se trataba de un hombre, maduro según pude deducir por la seguridad y gravedad de su voz. Estaba muy excitada. Quedé con él esa misma tarde a las cinco.


Me duché y perfumé bien, y luego me vestí como dómina profesional por primera vez. Cuando me miré en el espejo, casi me desmayo. ¡Estaba preciosa! Me había puesto un corsé negro que apretaba mi cintura y resaltaba mis pechos, descubiertos por completo; un liguero con medias de rejilla y zapatos de tacón, sobrios pero elegantes. Para rematar, una gorra de cuero como las de los chaperos y guantes de satén.


Esperando hasta la hora, me dediqué a calentarme un poco el conejo, metiéndome un dedito. Como tú harás ahora leyéndome... ¿me equivoco?"


Casi aciertas, cielo. – contestó Duna, que había comenzado a rozar su erecto clítoris con la punta del enorme consolador.


"Llegó la hora y, puntual como un reloj, llamaron al timbre. Me miré por última vez en el espejo y fui a abrir. Estaba nerviosa, pero me decía a mí misma que yo tenía el control, que yo era el ama. ¿Quién no desearía someterse a mi pelo rubio, mis labios carnosos y brillantes, mis pechos dulces y apetitosos o mi rajita insaciable?


Detrás de la puerta me encontré con la primera sorpresa, seguida de cerca por la segunda. La primera era que el hombre era mayor, cuarentón o incluso cincuentón. Tenía el pelo gris ya y bigote. Pero estaba fuerte, y en su porte y elegancia, se notaba que era un caballero, incluso diría que había algo en él de noble. ¿No sería un conde?


Detrás suyo estaba la segunda y para mí mayor sorpresa: lo acompañaba una muchacha de escasos veinte años. ¿Su hija? No se parecían. Debía ser una amante. Era bajita, por lo menos diez centímetros más que yo sin tacones. Morena, de pelo corto, ceñía su cuerpo voluptuoso un vestido de una pieza rojo. Si algo he de destacar de su belleza, eran sus pechos. Enormes, inabarcables, como ubres. Nada más verlos, o intuirlos, deseé aplicarles todo tipo de suplicios..."


Mmmm... Eso es, hazle daño a esa zorrita... –


Duna no esperó a leer más para penetrarse a sí misma con el consolador. Se imaginaba que era la putita que Raquel había descrito en la carta. De lo húmeda que estaba, el objeto pasó sin impedimento hasta el fondo de su almeja.


"El señor (porque era eso, un señor de los de antes), me saludó cortésmente besándome la mano y me presentó a su secretaria: la señorita Juno. Tímidamente la chica me dio dos besos. Él se disculpó por no haberme advertido de que vendría acompañado. Yo, que estaba deseando ponerme manos a la obra, pregunté que para quién sería el servicio.


Para ella. Es una pervertida masoquista y he querido regalarle una sesión con usted por ser tan servicial en mi oficina. –


Les indiqué que pasaran, para poder enseñarles el gabinete y que me dieran su opinión. Detrás de una cortina estaba todo el aparato inquisitorial. Les expliqué que mucho de lo que veían era decorado destinado a crear un ambiente siniestro. Quedaron ambos muy complacidos, en especial el hombre.


Por fin, di comienzo a la sesión. Ordené a Juno que se quitara el vestido. Tal como sospechaba, no llevaba nada de ropa interior debajo. Sus tetas saltaron, pidiéndome que las martirizara. Tomé una con la mano y le pregunté a su dueña:


Tienes unos pezones muy grandes, pero... ¿te agrada que te los pellizquen? –

¡Oh, sí, me encanta ama! Hazme daño, por favor, como más te guste. –


Era la primera vez que me llamaban ama. Me sentí divina, poderosa. Complacida, le apreté con los dedos, envueltos en satén negro, el pezón derecho. Aunque los guantes impedían una sujeción perfecta, sé que le dolía la presión. El otro pezón lo tomó espontáneamente el hombre. Así, con ambos pechos mortificados, le metí la lengua en la boca y degusté el sabor de su paladar.


La ternura de aquella chica al besarla me hizo inconscientemente cambiar los pellizcos por caricias. Si se nos hubiese dejado, habríamos terminado acostándonos como dos lesbianas, pero el hombre pidió que azotara a su pupila.


Acompáñame. –


Me cogió, dócil, la mano y fuimos hasta una pared de la estancia. Caminaba algo agachada y me miraba de reojo, sonriente. Parecía humillada y feliz de estarlo.


Había anclado al muro una espaldera. La hice subir un par de travesaños y le até las muñecas al más alto con cuerdas. De cara a mí, con sus genitales bien expuestos. Luego hice lo propio con los tobillos, bien estirados. Al terminar, la zorrita sostenía su peso sólo por los brazos. Tenía que ser molesto, incómodo, doloroso. Los pechos caían hasta casi el ombligo, aumentando el sufrimiento. Pero no parecía molesta, sino todo lo contrario. Una vez que me aseguré de su total indefensión, le dije:


No quiero oír ni la más ligera queja, ¿entendido? –


Asintió con la cabeza. El hombre observaba. Seguro que ya estaba cachondo. Yo, desde luego, sí.


Elegí un gato de varias colas, largo, para abarcar todo el cuerpo de la puta de un solo golpe. Lo tensé ante su mirada ansiosa y lo hice chasquear en el aire para asustarla. Luego dejé que acariciara por dos veces su piel, dejándolo escurrir desde los pezones al coño. Cuando hubo conocido la textura del flagelo, dejé que la furia sádica me poseyera y descargué mi rabia sobre ella.


Las tiras de cuero sólo rozaban el aire un segundo antes de impactar, sacudiendo la piel en toda su extensión. A los tres azotes, ya había acostumbrado la muñeca al peso de los cilios y era capaz de propinar golpes certeros. Ella, extasiado por el suplicio, cerró los ojos. Con cada azote, gemía, pero de placer. Eso me enfadaba y hacía que los impactos siguientes fueran cada vez más hirientes. Me ensañé con los pezones y su bajo vientre. Con un poco de tiempo, logré que las puntas del gato abrieran los labios vaginales hacia un lado o hacia el otro.


¡Muy bien! Pero creo que Juno gustará de probar un suplicio más refinado. –


El hombre me había devuelto a la realidad. Jadeé, intentando controlar mi respiración agitada. Él sacó de un maletín que traía dos pares de imperdibles y un cabo de vela. Encendió la mecha y acercó la aguja de uno de los sencillos broches a la llama.


Juno adora que atraviesen sus pezones. –


Supuso un leve shock para mí. No había planeado introducir en mi trabajo el uso de perforaciones hasta más adelante, cuando tuviera algo de experiencia. También me daba algo de miedo. ¿Y si luego me pedía que fuésemos más lejos en la escala del dolor? ¿Hasta donde sería yo misma capaz de llegar? ¿En qué momento diría "basta"?


La llama ya había calentado el metal. Pronto estaría al rojo. Decidí hacerlo, pero creí conveniente preguntarle su opinión a la cerda.


¿Es verdad que te gusta que te torturen así los pechos? –


Juno casi chilló su respuesta:


¡Sí! ¡Hazme sufrir, quiero sentir la carne atravesada por esos alfileres! –


Todos de acuerdo. El hombre sonrió cuando me acerqué para tomar el primero de los tormentos. Aún con el guante y tomándolo por el extremo protegido de plástico, noté el calor. Le oí comentar mientras volvía junto a Juno:


Así matamos dos pájaros de un tiro: están esterilizados y el calor aumentará el suplicio. –


Yo ya estaba preparada. Detrás mía la vela caldeaba el siguiente imperdible. Antes de acercarle el que yo sostenía, aconsejé a la zorra:


Relájate. –


Y procedí a atravesar de un lado a otro el abultado pezón, en sentido descendente. Juno no pudo soportarlo sin quejarse y mirando al techo gritó. Me resultó demasiado rápido. Con el siguiente, en cuanto me lo pasó el hombre, fui más juguetona.


Ya no estaba nerviosa por lo que pudiera suceder, y únicamente pensaba en cómo hacer más dolorosa la penetración del hierro en la piel. Primero dejé que el calor abrasase un momento la sensible aureola del pezón intacto. Cuando hube comprobado la tozuda resistencia a emitir gemidos de mi víctima, pinché la cúspide y ensarté el alfiler. De nuevo los chillidos llenaron la estancia.


Quedaban dos alfileres que colocar. Harían pareja con los dos ya clavados. Una gota de sangre asomaba por el minúsculo orificio de salida de uno de ellos, empapando el metal ennegrecido por la acción del fuego. El tercero lo hice entrar especialmente despacio, descubriendo el punto exacto en que el dolor hacía gemir a Juno. Probé a extraerlo un poco, con resultados bastante interesantes. El cuerpo de la esclava se arqueó en una violenta convulsión, saturado por la sensación, durante unos segundos.


Al clavar el último imperdible, lo hice girar sobre el eje de la aguja para agrandar el túnel que perforaba. No fui muy cuidadosa, porque entró en contacto con el segundo alfiler que había puesto. Juno se quedó sin respiración: el dolor nuevo había avivado uno reciente que se apagaba.


Ya estaban los cuatro alfileres, de dos en dos formando una preciosa pareja de cruces sobre aquellos pechos enormes. En fin, Duna, que el "piercing" en el sadomaso es un arte aparte. Me queda todavía mucho que aprender sobre él..."


Duna había recreado en su imaginación la escena perversa que acababa de leer en la carta de su amiga. Tuvo así un primer orgasmo que humedeció buena parte de su consolador. Siguió leyendo.


"El hombre quedó tan complacido como yo con la visión de la mortificada Juno crucificada por los senos. Parecía una mártir de la perversión. ¡Ojalá hubiese tenido una cámara de fotos! Créeme que fue una estampa irrepetible. Me dejó excitadísima. Él dijo:


Excelente.... Ahora pregúntele a esa perra viciosa qué es lo que quiere. –


Asó lo hice. Juno, con los ojos muy abiertos, exclamó, presa de la excitación:


¡Quiero tu tranca en mi coño! ¡Dámela, por favor! –


Él volvió a abrir el maletín y sacó un falo artificial gigantesco. Como el de un caballo o quizás más grande. Sus manos parecían las de un niño comparadas con aquel prodigio. Mientras me lo entregaba para que con él aplacara a nuestra puta, dijo:


Ya ve qué zorra es. Supongo que esto suplirá con creces mi miembro. –


De nuevo al lado de Juno, le pregunté, sádica:


Vas a tener lo que quieres, cielo. ¿Cómo quieres que te lo meta? –

¡De golpe! Quiero que me destroce el coño, que me reviente. –

¿Sí? Lástima. Me gusta meterlo despacio para que las rajitas de mis putas sufran dilatándose lentamente. –


Por última vez contemplé el coloso. Lo acaricié con los dedos enguantados. Era impresionante. Deseé incluso ser yo la que tuviera que sufrir su acometida. No obstante, no vacilé cuando tuve que clavárselo hasta el fondo en la almeja. Estaba tan húmeda que no creo que llegara a sentirlo. Sea como sea, la base fue lo único que sobresalió de sus labios vaginales cuando dejé de empujar hacia adentro.


Oí la voz de él justo sobre mi hombro. Su aliento hizo un hoyuelo en mi cabello rubio.


Ella ya tiene lo que quería. Ahora nos toca a nosotros. –


Miré hacia atrás y vi que se bajaba los pantalones, mostrando un pene completamente erecto. Fue la visión más apetecible que he tenido nunca. Dije:


¡Sí! Lo estaba deseando ya. ¡Ven! –


Abrazándome desde atrás, me penetró. Como Juno, yo también estaba muy mojada y casi no me di cuenta de que me estaba tomando. Me mordisqueó un hombro, provocándome gemidos de placer. Enseguida sus hábiles dedos alcanzaron mis pechos y me llevaron hasta la gloria con sus caricias.


Abrí los ojos, extasiada. Juno, con los pezones hinchados por los imperdibles, el coño completamente lleno por el consolador, nos miraba, a mí, su ama, y a él, su amante, con envidia. No podía impedir que me poseyera a mí, y no a ella. La humillaba.


Por favor, Jonás... – susurró, creyendo que no la oiríamos.


No le toleré esa muestra de rebelión. No era digna del miembro de Jonás. Sólo yo podía recibirlo, sólo mi coño guardarlo. En cuanto mi compañero se corrió dentro de mí, me lancé sobre Juno para castigarla.


¡¡PUTA!! Tú no te mereces nada. Yo decidiré lo que tendrás. –


La abofeteé con furia. El carmín manchó sus comisuras y se mezcló con la sangre de una herida que le abrí al golpearla. Comenzó a llorar, excitándome aún más. Quería cebarme con ella. Gimoteaba, confusa:


Pero... yo, yo... –


Jonás detuvo mi muñeca antes de que volviese a cruzar la cara enrojecida de Juno.


Es suficiente. –


Desaté a la puta, que corrió a vestirse, como si se avergonzara de su condición de esclava delante de mí. Yo me quedé mirando a Jonás, enamorada de su seguridad. Había llevado él toda la sesión, pero sin necesidad de látigos o suplicios, únicamente con su personalidad y autocontrol. Juno podía estar contenta de tener un amo-amante como él. La haría muy feliz. En la puerta me despidió con un tierno beso en la mejilla y una promesa:


Ha estado magnífica. La felicito. Informaré a mis amistades de su habilidad y... ¿quién sabe? Creo que volveré a verla, querida. Adios. –


Bueno, Duna, yo también he de despedirme. Espero que te haya gustado mi relato. ¿Romántico, pasional? No sé... Pero en cuanto me haya decidido o tenga otra experiencia como ésta, te volveré a escribir. ¡Besos!"

drsaccher@mixmail.com

Cuando mi Nabo se Bambolea - 2ª Parte

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Me había sacado el pantaloncito de playa y, puesto de cuclillas, mi enorme nabo colgaba casi hasta el suelo. El tipo me miraba azorado. Me encanta calentar a los gays. Nos habíamos conocido en la playa, y al ver mi colosal bulto en mis pantaloncitos, Ricardo insistió en llevarme a su casa. En el living me quité el pantaloncito dejándole ver mi enormidad. En estado de reposo, mi gran pedazo es más gordo y más largo que cualquier nabo parado. Y el mío pendía, enorme, hasta casi el piso, ante sus ojos asombrados.

-Vení- le ordené acostate acá abajo y lameme la poronga.- El tipo se puso boca arriba y mi grueso nabo reposó, en parte, sobre su cara. Comenzó a lamer por debajo el glande, todavía tapado por el prepucio. Sentía su nariz olfateando y su boca saboreando. Mi poronga comenzó a engrosar y a endurecerse. El pobre tipo comenzó a gemir de la emoción. Abrió bien la boca y atrapó el glande. Y comenzó a chuparlo con ganas. Su lengua hurgueteaba dentro del prepucio dándole lamiditas al glande, que continuaba creciendo. -¡Dios mío!- gimió -¿me vas a poner todo esto dentro del orto...?- Y siguió chupando. –Veremos, depende de cuanto estés dispuesto a pagar...- Yo sabía cuando y como presionar.

Sus caricias linguales enervantes estaban teniendo su inevitable efecto, y mi tremenda pollota estaba venciendo la gravedad y comenzó a pararse, mientras seguía creciendo. Se le escapó de la boca. -¡Seguí lamiendo! ¡Seguí hasta la base del tronco!- El tipo obedeció, totalmente subyugado, pero pronto mi tremenda poronga se escapó completamente del alcance de su boca, apuntando hacia las alturas. -¡Seguí con las bolas!- le ordené. E inmediatamente sentí su húmeda y caliente boca tratando de abarcar una de mis peludas bolas. -¡Así me gusta, chiquito!- Una de sus manos subió, agarrándome el nabo erguido, que parecía de hierro. Se prendió fuertemente, casi con desesperación. Entonces le puse mi peludo culo sobre la cara. –Chupame el culo, nene- y su lengua comenzó a recorrer el interior de mis nalgas. Tenía la lengua sorprendentemente larga, y pronto estuvo hurgueteando mi ojete. -¡Dale, así, cogeme con la lengua!- y empezó un mete y saca que me puso más a mil de lo que estaba. Se veía que lo había hecho muchas veces y que sabía lo que hacía.

Estuvo un buen rato cogiéndome el orto con la lengua. De pronto me paré, y expuse ante sus ojos mi enorme maravilla balanceándose en el aire. -¡Qué esperás, pelotudo, arrodillate y rendile homenaje!-

Con sorprendente agilidad para sus cuarenta años, Ricardo se arrodilló y comenzó a besarme con devoción el nabo. Era un maestro, realmente. Su lengua se deslizaba todo a lo largo dejándolo ensalivado. Con sus manos fue corriendo el prepucio, dejando mi colorado glande al aire. Y pronto su boca estuvo allí, rodeándolo, lamiendo, succionando. Con ambas manos se aferró a mis glúteos, atrayéndome hacia sí.

Su lengua se retorcía en caricias circulares sobre mi glande, que me hicieron gemir. Empecé a ver turbio. Y él, conciente de su momentáneo dominio, arreció con sus lenguatázos, en una frenética lamida. Y me pudo. De repente sentí que el volcán avanzaba hacia la erupción. Y el seguía lamiendo y succionando y succionando... Y ME VINE. No puse reparos, él se lo había buscado. El primer chorrazo fue directo a su garganta, el segundo lo ahogó y el tercero le hizo salir el semen por la nariz. Se echó hacia atrás y los siguientes chorros le bañaron la cara, el pelo y el pecho, con tal impulso que se cayó de espaldas. Mi pija seguía revoleándose en el aire y los últimos chorros le cayeron sobre la ropa, empapándole el pecho y su propio nabo.parado al aire. Ricardo yacía despatarrado y tembloroso, y de pronto de su nabo tembloroso comenzaron a manar borbotones de leche, incontrolablemente.

No nos quedaba ánimo para más nada, así que quedamos en vernos otro día. Y me fui, sin haberle sacado dinero alguno. Ya tiempo habría.


Capítulo 2. Las niñas de hoy son terrible...


Lo ocurrido, junto con algunas otras experiencias anteriores, me había dejado con algunas dudas sobre mi sexualidad. Así que decidí que debía abusar de alguna mujer, pronto.

Lo que no me esperaba es que fuera una nena. Bueno, una nena no, pero casi. Era una chiquilina de no más de 18 años, muy sexy, Me miró al pasar a mi lado, con una mirada brillante llena de promesas perversas. Y no pude resistirme. Esa chica ya la había probado, acaso con un primo, un tío, algún familiar, o quizá algún novio bastante mayor que ella. Se veía. Y se veía también que estaba enviciada de pija. Pero, claro, ni sospechaba la que se le venía.

La abordé con simpatía y me aceptó con una sonrisa desenfadada. Entré en tren de conquista y ella me respondió con comentarios llenos de picardía y risas. Era algo flacucha, pero con hermosas nalgas y tetitas. Cuando seguí con las insinuaciones picantes, me respondió con otras más picantes aún. Y sus ojos brillaron con un toque de lujuria y su rostro cobró más color, como si se estuviera acalorando. Le pregunté si me acompañaría a mi casa, y accedió al toque, muy lanzada. No se le escapaba que con mis más de veinticinco años podía tener una buena diversión conmigo. Como yo llevaba un jean ajustado al cuerpo, mis atributos no se bamboleaban, pero se marcaban muy nítidamente a través de la tela del pantalón. Y ví como me echaba frecuentes miradas de reojo en esa dirección. Estaba completamente encendida, y cuando llegamos a mi departamento entró con decisión y desenvoltura. Mirando su figura de junco y su hermoso culito de espaldas, a mí se me hacía agua la boca. Y sospeché que a ella también.

Le serví una coca y me senté en el piso, al lado de ella que se sentó en el sillón. Mientras ella bebía la coca, le dije que yo tenía ganas de beber otra cosa. Una mirada maliciosa brilló en sus ojos pícaros. -¿Qué otra cosa?- -Me gustaría beberte los jugos de tu conchita... - -¿Ah, síi?- y dio otro sorbito a su coca saboreando el momento. Intuí que debía estar mojándose en ese momento. –Deben ser muy ricos tus juguitos... - -¿Te parece...?- dijo con voz mimosa, separando un poquitito los muslitos. Mi poronga se estaba poniendo muy dura.

Comencé a besarle los muslos. Ella suspiró, entreabriendo un poco más las piernas. Con mi lengua comencé a recorrerle el interior de sus muslos. Los olores que emanaban de su conchita caliente llenaron mi nariz. A medida que mi cabeza avanzaba, iba levantando su pollerita tableada, y la niña comenzó a jadear. Pronto sus braguitas transparentes quedaron a mi vista. Estaban completamente empapadas. Se las saqué y toda la gloria de su conchita abierta quedó a mi disposición. -¿Cómo te llamás, nenita?- le pregunté con voz ronca olfateándole la concha. Ella suspiró de calentura –Silvia, papito...- Y decime, Silvita, con quien hiciste esto antes?- -Con mi tío..., papi- -Contame nena- Le empecé a besar el clítoris, dándole pequeñas lamiditas. –Bueno..., mi tío Juan comenzó a hacérmelo cuando yo tenía 17 años...ahhhh... él tenía veinticinco... ahhh... ¡así papito!- y abría la concha avanzando su pubis para ofrecérmela. Era de un hermoso color rosa, enrojecido por la irrigación, y lubricada por sus flujos cada vez más abundantes. -...Y después de lamérmela hasta hacerme... ahhh... acabar... ahhh... varias veces... seguidas... ¡ay mi vida, me estás volviendo loquita... !- Yo le estaba metiendo la lengua cada vez más profundo, y volvía al clítoris en cada lamida. Comenzó a estremecerse. -¿Y qué te hacía después...?- mi voz sonaba ronca. –Me... ahhh... aahhh... cogía... ¡Aaahhh, aaahhh, aaaaahhhhh...!- y se corrió inconteniblemente. Yo seguí lamiendo y tragándome sus jugos. -¡Tenés una conchita muy rica...! ¿y tu tío fue el único...?- Mis lamidas la reactivaron. –Noo... hubo muchos... mi abuelo me hacía chupársela... ahhh... así mi vida...- Mi lengua pasó a su culito. -...y mi hermano mayor comenzó a darme por el culo... ahhh...- Su ojetito estaba completamente ofrecido a mi lengua. -... y a todos se las chupaba... ¿me vas a dejar chupártela...?- -Sí, nenita, y te voy a abrir bien la conchita...- -¡Ya me la... abrieron... bien... ahhhh...!... pero vos me parece que la tenés bastante grande... ¡ahhh!- ...¿me la mostrás... ?- Estaba muy caliente y a punto de correrse otra vez. Era el momento de mostrársela. Me paré, y al bajar con dificultad mis apretados jeans, mi poronga saltó al aire, en todo su poderío. Silvita me la miró, lanzó un "Oooohhh..." y se corrió con los ojos turbios. Se puso en cuatro patas adorando mi tremenda poronga con los ojos. –¡No puede ser... !... ¡Nunca creí que existiera algo así... esto es la gloria... !- -...Creo que... me voy... a correr... nuevamente... de... sólo... mirarla...- Y su mirada se nubló nuevamente. -¡Ayy, papito... voy a soñar con esta poronga todas las noches... !- Y al agarrarla se corrió nuevamente. –¡Pa-pa... pi... tooo!- La cosa se estaba poniendo divertida.

La levanté y la senté a caballo sobre mi troncazo, que quedó entre su pubis y sus tiernos muslitos, comencé a frotarla y ella, besándome locamente en la boca, volvió a correrse. Se quedó mirando mis ojos con embeleso, todavía montada sobre mi poronga. Y comenzó a hamacarse suevemente, apretándome con sus intimidades. Yo estaba bastante soliviantado, pero lejos de correrme todavía. Fui besándole la cara y ella seguía amacándose, y devolviéndome los besos, con lengua. -¡Pa... pi... tooo... !- me musitaba con pasión. -¡no sabía que tenías esto escondido... !- y me daba apretones con el tierno interior de sus suaves muslitos, refregándome los pendejos contra el choto. –Seguime contando... - le dije, pero llegué demasiado tarde -¡aahh... aaahhh... aaaahhhhh... !- y se corrió de nuevo. Siguió hamacándose sobre mi tronco. -...¿después me la vas a meter... ?- musitaba con voz mimosa. -...¿Y me vas a dejar que te la chupe... ?- A todo esto, mi nabo estaba más duro que nunca. -¿Y me vas a dejar que haga muchas pajas? ¡Qué buen tronco para pajearme... ! Te... das... cuenta... de que yo... me... estoy... pajean... do... ¿no?- y su mano bajó hasta mis bolas y las agarró con ganas. -¡Qué peludas... ! ¡deben dar mucha leche... mi cielo... ! ¿...me vas a re... ga... lar... to... da... esa... le... chi... ta... ? ¡Aaahhh... ahhh... aaaaaaaahhhhhhh... !- Y apretándome con toda la pasión de su intimidad, se corrió de nuevo. Se quedó mirándome con ojos turbios. –Quiero pajearte ahora- Y desmontando me hizo acostar en el suelo y se prendió de mi pija. -¡Qué pedazote, mi negro!- y sus manitas me la amasaban y apretaban con entusiasmo. Yo empecé a revolverme. Ella me corrió el prepucio hasta cubrir completamente el glande, para lo cual tuvo que humectarlo con chupaditas. Yo no entendía qué quería hacerme, ¡pero sí, que me hiciera lo que quisiera! Y comenzó a darme apretoncitos desde la base hasta la punta, con ambas manitos, como si en algún sentido me estuviera ordeñando. ¡Tenía sentimiento artístico esa chiquilla! Pronto comencé a sentir contracciones espasmódicas en mi bajo vientre. Ella las advirtió, y lentificó sus caricias, lo que me dio una tregua. Y sus manitas fueron subiendo hasta llegar al encubierto glande.

Y una vez allí comenzaron a apretar el prepucio hacia arriba. La semejante con un ordeñe era patente. El prepucio volvía a su posición y ella volvía a apretarlo, y con él al glande, hacia arriba. Yo creí que eso me iba a dar otro alivio, pero cuando ella comenzó a acelerar sus apretones en mi glande, a través del prepucio, comprendí que no, que me tenía atrapado y que me ultimaría cuando quisiera. Y la manita fue moviéndose con más premura, y los apretones fueron haciéndose más fuertes, y mi glande encubierto era presa de las más deleitosas sensaciones. Y su manita se aceleraba en sus apretones no por metódicos menos apasionados. -¡Te tengo, mi vida! ¡Te voy llevando a acabar y estás completamente a mi merced... !- Era como una paja al revés, llevando el glande hacia arriba en vez de hacia abajo, pero funcionaba, ¡y cómo! Sabedora de su dominio ella continuó con sus apretoncitos, suavizándolos y lentificándolos para hacerme durar más, y yo no podía más del deleite. Gracias al cielo ella decidió liquidar la cosa, y acercando sus ojos a los míos, me dijo –te voy a liquidar, mi vida- y con una cascada de rápidos e intensos apretoncitos, me liquidó. De mi poronga comenzó a brotar una catarata de chorros de leche, a borbotones a través del prepucio. Finalmente, esta vez sí, lo corrió hacia abajo, dejándome el hinchado glande al aire, de modo que los chorros pudieran salir disparados al aire, con libertad.

Ella se puso a recoger con su ávida lengüita el semen que había sobre mi panza. Yo estaba entregado, en el séptimo paraíso.

Sentí que su boquita me iba chupando el semen que quedaba por los costados de mi nabo. Y se aplicó con tanto esmero que terminó dejándomelo bien limpito, y nuevamente empalmado.

-Bueno, papito, ahora que estás más tranquilo me vas a dar el gusto de metérmela en mi cuevita ¿no? ¡Dios mío! ¡no sé cómo voy a hacer para que me entre este monstruo... !-

Yo, en ese momento también tenía mis dudas, pero...

Les contaré como siguió la cosa en un próximo relato. Si es que lo desean, claro.


Si te gustó hasta aquí, escríbime a ladooscuro4@hotmail.com y cuéntame. Hasta pronto.

Lado Oscuro 4

Cuando mi Nabo se Bambolea - 1ª Parte

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Cuando era chico me avergonzaban mi enorme miembro y mis no menos enormes bolas, y solía andar con la pelvis hundida, para que no se me notaran mis monstruosidades. A los trece años ya tenía un desarrollo que producía alarma entre las chicas y también entre algunas adultas, e incluso adultos de inclinaciones algo dudosas. Fue por ese entonces que descubrí mi poder. Estaba jugando con Susy, de trece, en el fondo de mi casa. Jugábamos al chinchón. Y cuando le gané por tres veces seguidas me puse a saltar de gozo, para burlarme de ella. Y, claro, mis bolas y mi nabo se movían libres debajo del pantalón suelto, y pronto me di cuenta de que los ojos de Susy estaban desorbitados. Se había puesto muy colorada, y me asusté. - ¿Qué te pasa Susy, estás bien?- Y como me pareció que se estaba por caer la sostuve entre mis brazos. Claro, al abrazarlo mis grandes atributos se apretaron a su bajo vientre, y Susy se puso más colorada. Entonces tuve una intuición maliciosa, y sin estar muy seguro de por qué, le refregué mis pesados adornos a derecha e izquierda y a arriba y abajo. Y ahí se produjo: Susy se puso a temblar y de repente sentí en mi polla como su tierno triángulo, que estaba muy caliente, comenzaba a estremecerse, y Susy se derrengó en mis brazos.


Capítulo 2. Mi gran poronga en los bailes.


Durante los días que siguieron fui comprendiendo lo sucedido, y tomando conciencia de mi poder. La siguiente prueba la hice en el baile del colegio. Había una chica de 15 que me gustaba, y cuando la saqué a bailar le pegué mi enorme poronga, todavía floja, a su entrepierna. Enseguida noté la erección de sus pezones. Y empecé a frotarla lentamente, mientras le hablaba de cosas tontas aparentando no darme cuenta del efecto que le estaba produciendo. Como las piezas se sucedían sin intervalo entre ellas, continuamos bailando sin separarnos el segundo tema. Y yo veía que su respiración se iba agitando. Y a medida que mi palo se endurecía, mayor iba siendo su agitación. A llegar al tercer tema Marcela ya sólo me respondía con roncos monosílabos, y jadeos. Y me di cuenta que podía rematarla, así que me apreté más a su cuerpo, y ¡sás! la chica comenzó a venirse. Su cuerpo se convulsionaba y su pelvis pulsaba y pulsaba contra mi excitante monstruo. Cuando la dejé en su asiento, se fue tambaleando con el brillo de sus jugos hasta más debajo de las rodillas.

Esa fue, de ahí en más, mi diversión preferida en los bailes que siguieron. Hice correrse a todas las chicas que invité a bailar. Y sentía una divertida maldad al hacerlo.


Capítulo 3. Mi poronga conquista a una señora mayor.


Y mis atributos continuaron creciendo. A los veintiún años mi pija, en reposo, parecía un chorizo largón, y en erección alcanzaba más del doble del tamaño. Y comencé a hacer estragos con ella. Usaba pantalones cómodos de tiro largo, que permitían mostrar el bamboleo a la vista de todos. Tanto las mujeres como los hombres quedaban mudas y desorbitadas. También los jóvenes y aún niños y niñas. Empecé a recibir propuestas de todo tipo. En una ocasión me invitó a salir una señora mayor, cercana a los setenta años, que sucumbió al apabullante efecto de mis enormidades. Desde que nos encontramos y también mientras íbamos a su casa, le hice todo el show. Mi salame y mis bolas se bamboleaban bajo el pantalón, que ella no dejaba de mirar de reojo. Para cuando nos sentamos en el sofá del living pude observar el fuerte rubor en su cara. Todavía tenía buenas tetas, la vieja. Y se podía ver cuanto se había calentado conmigo. - ¿Esas cosas que se te bambolean bajo el pantalón son todas tuyas?- me preguntó con los ojos brillantes por el deseo. Me sobresalté un poco, pero reaccioné bastante rápido. –Sí, señora, pero para verlas hay que pagar... -, -¿Ah síi?- me dijo con su voz más cálida. –Y ¿hay que pagar mucho?- se interesó, mientras yo movía mi pelvis acomodando mis atributos que sus ojos siguieron como hipnotizados. Mi erección estaba comenzando. Ella tartamudeó: -¿mme la mostrarías si te pago cien pe-pesos... ? - podía ver que la ansiedad era aún mayor de la prevista. Se estaba poniendo colorada. –¿estás bromeando, Cristina?- contesté con mi sonrisa más perturbadora. Separé las piernas, poniendo a su vista mi erección a través del pantalón. –por menos de doscientos pesos no te voy a dejar admirarla... - Cristina abrió su monedero con gesto frenético, poniendo los doscientos sobre el sofá, entre ella y yo. -¡Mostrame ya!- dijo con voz hambrienta. Me paré lentamente, dejando que viera en todo su esplendor la enorme erección bajo mis pantalones. Y lenta, muy lentamente, fui bajando mis pantalones. Al terminar, mi aparato, en brutal erección se expuso a sus calientes ojos con hipnótica atención. Mi erección superaba los noventa grados, y oscilaba levemente. -¡Qué poronga!- exclamó la vieja con voz ronca, -¡nunca ví una tan grande y tan gruesa... !- Y alargó la mano para agarrarla, pero yo dic un paso atrás. -¡Ah no no nooo! ¡Vos pagaste por ver, no por tocar! Para tocar tenés que pagar por lo menos el doble!- le dije mirándola desde arriba con expresión dominante. Cuatrocientos pesos volaron sobre los doscientos en el sofá. –Está bien, ahora podés tocarla.- La viejita se arrodilló frente a mí y con ambas manos comenzó a sobármela con pasión. -¡Ay Papito! ¿dónde estuviste toda mi vida... ?- y con una mano me sobaba las bolas, mientras con la otra me acariciaba el tronco para adelante y para atrás. Las sensaciones eran deleitosas, y mi ojete comenzó a apretarse. La visión de su cara enrojecida y sus pechos agitados hacían lo suyo sobre mi calentura también. Mi nabo aumentó su inclinación hacia arriba, separándose aún más de los noventa grados. -¡Qué maravilla!- gimió la vieja, apretando cada vez con más ganas, el grosor de mi monstruo. -¡Yo creía que mi marido la tenía grande, pero al lado de esto era una insignificancia... !- Y seguía dale que dale, con un entusiasmo que no paraba de crecer. Sentí que si seguíamos así yo no iba a durar mucho más. –¡Bueno, ya es suficiente!- le dije, retirando mi poronga dando un paso atrás, sus manos siguieron prendidas, y ella las siguió, caminando con las rodillas. -¡No Papi, no me la saques!- -Es que si seguís así, nena, me la vas a hacer acabar. Y eso no estaba en el trato.- -¡Quiero tu leche! ¡Quiero sacártela toda!- jadeó, mirándome desde abajo, con ojos enfebrecidos por el deseo. –Seiscientos pesos más- exigí. -¡¡Te doy mil más y me dejás chupártela!!- Y puso los mil sobre los seiscientos que estaban en el sofá. –Está bien- dije, despatarrándome sobre el mismo con el mástil apuntando al techo, -date el gusto, nomás... -

Cristina se acomodó entre mis piernas abiertas, y puso ambas manos a la tarea de pajearme. Sus manitas se aferraron a mi garrote, con pasión. Me llamó la atención que no me lo chupara, ya que había pagado por eso, pero sus caricias y apretones me sacaron de toda reflexión al respecto. Las sensaciones deliciosas que subían por mi miembro anunciaban una cada vez más próxima erupción. Y Cristina se afanaba para producirla. Sus ojos lujuriosos estaban puestos sobre la colorada cabezota de mi enorme choto, que se estaba volviendo púrpura por sus enervantes caricias. -¡Te voy a ordeñar toda la leche que tenés en esa pollota... !- decía la viejita entre jadeos, y continuaba sobando, apretando y pajeándome con un ritmo cada vez más acelerado. De pronto se produjo: un estruendoso orgasmo que estremeció todo mi cuerpo en convulsiones imparables, mientras mi nabo comenzaba a expulsar copiosos chorros de cremoso semen, con una de sus manos Cristina me apretaba suavemente los huevos, como estimulándolos para que entregaran todo lo que guardaban. Las descargas que salían de mi nabo saltante le bañaron la cara, y abrió la boca para recibir los últimos chorros. Yo me derrumbé sobre el sofá, y entonces ella se metió el glande en la boca ¡y ahí comenzó a chupar! Antes de que yo pudiera recuperarme, su cálida boca, me limpió todo el semen, con ansiosas lamidas, y me lo puso nuevamente al palo. Yo intenté protestar, pero ella me recordó que había pagado por pajearme y chupármela y que el orden lo ponía ella. Chupaba delicioso, la viejita, y mientras lo hacía me acariciaba la garcha con sus manos suaves y apasionadas. No tuve otra alternativa que entregarme a su lujuria. Mi voluntad había huido y era un juguete en sus manos. Y en su boca. Sólo tenía sentidos para esa lengua que se revolvía en mi glande, y para esas manos que habían comenzado a ordeñarme nuevamente. Bueno, que la vieja me hizo acabar de nuevo, y esta vez fue en su boca, que succionó hasta la última gota de semen.

-¡Otro día vamos a seguir jugando, nenito..., tengo mucha plata para darte por jugar un ratito con esa poronga... !

Me llevé los mil seiscientos pesos, preguntándome si no se los hubiera pagado yo, por el trabajito que me hizo. Pero Cristina terminó transformándose en una de mis principales fuentes de ingresos.

¡Hay que aprovechar para divertirse en la vida, si uno tiene una poronga como la mía!


Capítulo 4. La novia de mi primo ciego...




En una ocasión, mi primo Jorge que es ciego, me presentó a su novia. Me invitó a su casa, y teníamos que viajar en el subterráneo. La chica notó inmediatamente mi enorme bulto bamboleante, y no le sacaba los ojos de encima. Y yo le sonreí con mi más amplia sonrisa. Jorge seguía con su presentación: -Roberto es mi primo carnal, Alicia.- -Mucho gusto, Roberto... - dijo Alicia sin despegar los ojos de mi bulto. Y entramos al subte.

El interior del vagón estaba repleto de gente, como correspondía a esa hora pico. Y yo me acomodé atrás de Alicia. Fue cuestión de segundos que Alicia me arrimara su sabroso culo. -¡Qué barbaridad!- comentaba Jorge, -¡A esta hora no se puede viajar!- Mi bulto había comenzado a crecer y Alicia, al advertirlo, acomodó sus cálidos glúteos de modo de recibirlo entre ellos. ¡Qué nalgas! Mi primo había encontrado un tesoro. Y yo, como miembro de la familia, debía apoyar ese noviazgo, o por lo menos ese orto. Y se me puso al palo. Jorge, por supuesto, ni se daba cuenta, pero Alicia sí que se daba cuenta. Todavía faltaban más de diez estaciones, así que podríamos aprovechar el tiempo. –Vas a ver, Roberto, que bien cocina Alicia..., ¿qué vas a hacernos esta noche, mi vida?- Alicia ya sentía mi tronco abriéndole la raya. –Cho-chorizo a la ca-cacerola, creo... - dijo con la voz un poco ronca y entrecortada. -¿Y no será muy pesado, mi cielo?- -Ssí, es muy pesado, por lo que siento..., voy a acompañarlo con una ensaladita... - -¿Ensaladita de qué?- preguntó Jorge, ajeno a lo que estaba pasando. -¡De nabo!- respondió la chica sin vacilar. -¿Un solo nabo? ¿no serían mejor varios?- preguntó el ingenuo. –No, un solo nabo, si es bien grandote, alcanza- Alicia no podía dejar de restregarme el orto. Y sólo habían pasado dos estaciones. En la tercera me desabroché la bragueta y pelé el nabo. Le levanté la pollera, y cuando se lo puse entre las nalgas, Alicia tuvo un tremendo estremecimiento, y se corrió entre convulsiones. Sentí como sus humedades bañaban mi glande. –Te felicito por tu novia, Jorgito- Ahora Alicia había apretado mi nabo entre sus suaves muslos, de modo que la cabeza de mi monstruo, le frotaba la base de su coño, y su ojete. Y empezó a pajearme con su tierno rincón. –Sí- admitió Jorge- es una chica muy laboriosa y seria- Alicia continuaba dándome amorosos apretones con sus muslos y nalgas. –Creo que encontré un joyita- concluyo Jorge con orgullo. Los frotones de su novia se intensificaron, y sin poder contenerme más, comencé a soltarle guascasos en el interior delantero de su pollerita tableada. Al sentir mi polla pulsante y los chorros de leche, Alicia acabó, con débiles gemidos ahogados. -¿Estás bien, mi vida? Me pareció que te quejabas... - -Es que me empujaron cielo, pero estoy muy bien, muy pero muy bien... -

En la casa continuamos con la fiesta. En la cocina, mientras ella preparaba la cena, le saqué la bombacha y le introduje un poco el nabo en su conchita, por detrás, lo que pude. Jorge estaba poniendo discos, "para entibiar el ambiente". Al sentir el tremendo grosor de mi polla que abrió desmesuradamente su coñito, ella me pidió que fuera cuidadoso, y tras decir esto se corrió como loca.

Por suerte, para disimular nuestros olores, Alicia decidió cambiar el menú y cocinar pescado. Así que cuando me tiró sobre el sofá con los pantalones en los tobillos y se puso a chuparme el nabo, Jorge ni sospechó. -¡Que rico estuvo el pescado! ¿no? Aunque dejó toda la casa llena de olor... - -Después ventilamos, corazón- mientras traga los chorros que salían a raudales, relamiéndose de gusto. –Ahora mejor no, así no se enfría la casa... -

Cuando me despidieron, Alicia me dijo: -¡tenés que venir más seguido, Robertito. La próxima vez te voy a hacer entrar por la puerta de atrás... !- -Ah, si, -corroboró Jorge, -la entrada trasera te va a gustar mucho- Suerte que no podía ver las enormes ojeras que lucíamos su novia y yo.


Capitulo 5. Más diversión en los bailes...


En los bailes del colegio, me divertí con truculencia. Sacaba a bailar a una chica, y sin perder tiempo le hacía sentir mi bulto contra su pubis. Apenas me movía, pero llevaba el ritmo de la música con mi miembro, contra su coño, a través de la pollera, o el pantalón. Las chicas reaccionaban inmediatamente. Se dejaban frotar, y comenzaban a jadear suavemente. Yo continuaba con las brotaciones y mi nabo se iba poniendo cada vez más duro. Pronto tenía las manos de la chica engarfiadas en mi espalda, aferrándome para que no dejara de apoyarla. Entretanto, yo procuraba mantener una charla trivial, como si no me diera cuenta de lo que le estaba pasando. –Así que sos compañera de Betty... - Y le iba frotando el coño cada vez más rápido y fuerte. La chica respondía lo que podía, en forma algo incoherente, y con voz ronca y entrecortada. Muchas, a esa altura, levantaban la pelvis para ofrecerme su coño a la frotación que les estaba dando. La novia de Eduardo, por ejemplo, se corrió en medio del abrazo, mientras su novio la aguardaba en la mesa. Las novias de todos mis amigos estaban enviciadas conmigo, y siempre lograban el permiso "para un bailecito". Y ñácate. El olor a acabada de hembra se quedaba pegado en mis pantalones.


Capítulo 6. Los muchachos también me tenían afecto...


También jugué con algunos chicos. Algunos, en el vestuario, se me quedaban mirando, sin poder creer lo que estaban viendo. Entonces tenía yo la iniciativa. Mientras me duchaba le daba al candidato un buen espectáculo, dejándolo encandilado con mi miembro al palo, que yo acariciaba como al descuido. Mi tremenda erección los dejaba sin habla. Cuando se habían ido todos, el candidato aún permanecía, como no pudiendo irse. Y yo continuaba con mi exhibición, hasta que veía que había demolido toda posible resistencia o pudor moral. –Carlos, ¿no querés chuparme un poco la poronga?- y se la plantaba frente a la cara, mi polla erguida, se balanceaba y emanaba un olor que debía resultarles irresistible. La vacilación, si la había, era de apenas segundos. Y Carlos, siguiendo con el caso, abrió la boca como para pronunciar una enorme "o" y comenzó a chuparme la cabeza. Carlos era el novio de Teresita, que la noche anterior había sucumbido a mis frotadas durante el baile. Pero a mi se me había metido entre ceja y ceja, o mejor sería decir, entre huevo y huevo, cogerme a Carlos. Era una delicia hacerme chupar por otro varón, más cuando sabía que era su primera vez.

Carlos había perdido toda compostura. Sacándole el chipote de la boca, lo acosté panza arriba en el suelo. Me acuclillé sobre su cara. –Chupame las bolas- y puse mis peludas pelotas al alcance de su boca. La lengua de Carlos no se hizo esperar. Mientras yo podía ver su polla parada a más no poder. Me fui corriendo hasta que mis peludas nalgas cubrieron su cara. Su lengua comenzó a lamerme el ojete. Su respiración se escuchaba agitada allá abajo. Y su pija se balanceaba locamente en el aire. –Lubricame bien el orto, que quiero sentir tu pija adentro- le ordené. Y su lengua obediente se metía cada vez más profundamente en mi ojete. Entonces me levanté y sentándome sobre su poronga me la fui enterrándo poco a poco. Mi enorme miembro se revoleaba ante sus apasionados ojos. -¡la querés! ¿verdad?, ahora cuando me largues tu lechita te la voy a poner- y lo iba ordeñando con mi ojete. Pronto sentí que su polla se hinchaba y comenzaba a llenarme el culo de leche. Cuando me levanté, Carlitos yacía derrengado a mis pies. Y mi polla seguía al máximo. –Ahora me toca a mí... - le dije con una sonrisa malévola, mirándole a los ojos. Podían verse el temor y el deseo en ellos.

Lo volteé culo arriba, y tomando el pomo de vaselina que siempre tengo a mano para esos casos, le inyecté una copiosa carga en el ojete. Bien envaselinado, sus posibilidades de aguantar me tremenda poronga eran mejores. Pero aún debía trabajarlo mucho. Así que le metí un dedo en el orto. Entró con facilidad, y Carlitos gimió de placer. Y sus gemidos continuaron cuando comencé a revolverle el dedo, dilatando su agujero. Y le metí un segundo dedo, y le fui cogiendo el culo con los dos dedos. Carlos se dejaba ortear y se veía que con placer. Cuando le metí el tercer dedo su orto estaba bien ensanchado, y Carlitos levantaba sus hermosas nalgas, como ofreciéndolo. Entonces lo puse en cuatro patas y comencé a entrarle. Cuando sintió mi glande adentro, lanzó un gran suspiro y empujó un poquitito. La lubricación me permitió meterle otro centímetro. Y me quedé entrando y saliendo en ese tramo de seis o siete centímetros, Carlos balanceaba el culo acompañando. Entonces le entraron tres o cuatro centímetros más y me quedé cogiéndolo hasta ahí, sin forzar. Carlos gemía de placer. Y pronto acompañó mis suaves embestidas con las suyas. Su ojete estaba portentosamente abierto, y no le dolía. Y así, paso a paso, se le metí hasta el fondo. En ese momento se corrió, cayendo sobre su vientre. Y ahí comencé a cogérmelo, con vaivenes adentro-afuera que lo llenaban por completo. Su culo estaba abierto a mi lujuria y yo aprovechaba su devoción. Mis embestidas y vaivenes fueron volviéndose más rápidos y más violentos. Y sus gemidos de placer los acompañaban. Finalmente llegué, y le llené su ano con chorros y chorros de espeso semen, metiéndosela hasta el fondo del fondo. Carlitos se corrió nuevamente. Permanecí un rato con mi nabo metido en su horadado orto, y él continuaba gimiendo. Cuando se la saqué pude ver el enorme agujero que le había hecho. Parecía una flor abierta, y continuaba estremeciéndose.

A partir de ahí no dejaba de buscarme para repetir la experiencia. Y, claro que la repetimos.


Capítulo 7. A la familia no hay que negarle nada...


Con Miguel, otro primo, hice algo distinto, pero igualmente divertido. Lo invité a comparar pijas, y él, hasta ese momento orgulloso de la suya, aceptó. Estábamos en su dormitorio y no había nadie en casa. Cuando le exhibí mi poronga en estado de reposo, se le paró la suya. Y aún así era la mitad de la mía. Se acercó y comenzó a manoseármela. Un placer. Y lo dejé hacer, y cuando mi monstruo alcanzó todo su esplendor, lo puse al lado de su miembro erguido, y apretándolos con ambas manos, tronco contra tronco, iniciamos una frotación enervante, que pronto produjo una eyaculación de Miguel que enchastró mis pendejos, y enseguida una mía, mucho más abundante, que le dejó el bajo vientre, los pendejos y parte de los muslos enchastrados de mi semen. Quedó tan loco que se empeñó en chupármela con devoción. Repetimos el encuentro, y a la segunda vez se ve que le había trabajado la cabeza, y me pidió que se la metiera. Fueron buenos encuentros familiares.


Capitulo 8. No hay que encerrarse en la familia.


También me la hacía chupar por las chicas en los bailes. Incluso las novias de mis amigos. Pero eso quedará por contar para un próximo encuentro.

Los gays, en las playas, se volvían locos conmigo. Y me hacian todo tipo de proposiciones, que yo solía aceptar a cambio e un pago. Pero eso también quedará para mi siguiente relato.


Soy un argentino heterosexual. Los tramos gay de este relato fueron escritos en colaboración con Gaby, un simpático venezolano de esa tendencia. Si te ha gustado este relato, escríbime a ladooscuro4@hotmail.com

Hasta la próxima.


Cuando mi nabo se bambolea... (1) por Lado Oscuro 4 (ladooscuro4@hotmail.com)

Lado Oscuro 4

Noches y Dias

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 La Colo
Todo comenzó un año después de la separación con Owen. Ese año estuve muy deprimida y aunque mis amigos hicieron lo imposible por sacarme a ese tipo de mi cabeza, me costó todo un año poder empezar a pensar en tener un encuentro con otro hombre… y ojo no hablo de acostarme con un tipo, sino ir a tomar un café, arreglarme para ir al cine, hasta me costaba ir a una fiesta o a la casa de alguien… Ese año, engordé primero y después bajé como diez kilos… No tenía ganas de nada, ni me calentaba como para hacerme una paja… A los 25 años una mujer apetitosa como yo, debía poder rehacer la vida pero yo no podía.
Realmente creí que iba a entrar en otra depresión, ya que siempre había creído que Owen me había dejado porque no tenía buen sexo conmigo… La verdad es que mi experiencia en la cama no pasaba de pasar de abajo a arriba, pero no me gustaba chuparle la pija y mucho menos la cola, es que para mí que la que hacen esas cosas o son putas o lo hacen para darle el gusto y no por placer…
Mi vida transcurría entre el trabajo y mi casa… Carla, mi amiga más moderna, me mandó a un psicólogo, así que dos veces por semana mi camino se alteraba de oficina al analista y de allí a casa.
Esto alteró totalmente mi rutina, no solo el trabajo que hacía en terapia, sino que el horario y las rutas de mi vida… Todos los martes y jueves, cuando volvía a casa del psicólogo, tomaba un colectivo que me dejaba a dos cuadras de mi casa…
Era muy raro para mí, volver a casa en un horario distinto, las calles se ven diferentes y la gente que las recorre también. Eso me asustaba un poco y me hacía caminar rápido, el miedo. Dos o tres veces entré al departamento al mismo tiempo que mi vecino del quinto B. Un tipo muy simpático y buen mozo, algo mayor, quizás diez años, se notaba que era una persona muy preparada… Aunque nuestros diálogos eran escasos y formales, era bueno sentir que alguien podía ser así conmigo… Cortés y educado, sin pedir nada a cambio.
Una noche al volver de análisis, llegué a casa y él vecino no estaba, allí llegando como lo había hecho los últimos martes y jueves… entré a mi departamento y me quedé pensando en él… estaba realmente sorprendida, hasta debo confesar que lo estuve esperando antes de tomar el elevador… El tipo era lindo y la fantasía que llegara un príncipe azul que no me presentara nadie era muy tentador…
Cené y me aprestaba a acostarme cuando sonó el timbre de la puerta de casa… Eso era muy extraño ya que para entrar al edificio hay que tocar el portero eléctrico… pero rápidamente me acordé que la señora del quinto C podía necesitar el teléfono… ya que se le había descompuesto y fui a la puerta sin mirar por la mirilla quién era… y no era la vecina sino el vecino del quinto B.
- Disculpá que te moleste a esta hora. Soy Gustavo, el vecino del quinto B… No te quiero molestar pero es que acabo de cenar y me estaba por preparar un café y me di cuenta que no tengo azúcar. – poniendo entre él y yo una pequeña azucarera, azul y su mejor sonrisa.- Era lo último que me esperaba encontrar…
Estaba tan sorprendida que no lo invitaba a pasar, ni atinaba a tomar la azucarera, ni contestar nada… me interrumpió en mis pensamientos con un comentario
- Perdón, es que estaba concentrada en mi trabajo y… Pasá, pasá. - El se rió y entró. Con una simple mirada hizo una inspección general del departamento.
- Mi departamento es igual a este pero al revés y por supuesto mucho mas ordenado
Así empezamos una relación, de amigos y cuando nos encontrábamos los martes y los jueves en la puerta de nuestro edificio, yo sentía alegría y una noche lo invité a que cenemos juntos.
Esa noche el se portó como un príncipe y al final nos besamos y todo. La cosa fue aumentando y a la semana hicimos el amor, de una forma muy dulce y satisfactoriamente… No me pidió nada extraño y eso me gustó… No quiero exagerar pero una semana mas tarde casi estabamos viviendo juntos… Nos contábamos todo y entendía todo. Era tan sensible que me había devuelto las ganas de enamorarme. Era tan gentil y caballeresco, me traía regalos, flores y chocolates, me llevaba a pasear y podíamos quedarnos charlando hasta las mil y una y el sexo pasó a ser algo accidental, bueno pero espaciado.
Así que me pasé dos meses de luna de miel pero una noche al llegar del trabajo, traía un regalo. Un juego de ropa interior erótico… Yo estaba de lo mas sorprendida ya que era muy provocativo y no tenía nada que ver conmigo y menos con él y se lo dije
- Gracias, mi amor, pero yo no uso este estilo de cosas…
- Es que no sabía como decirte esto y me pareció que si no hacía algo esto iba a empañar nuestra relación…
- Decime ¿qué pasa?
- Es que no lo has notado pero casi no hacemos el amor y es porque tengo miedo que no se me pare y por eso es que te compré esto… A los hombres nos excita ver a nuestras mujeres vestidas así, sé que es una tontera pero tenía que intentarlo no quiero perderte por esto…
Me encantó lo que me dijo y no dudé en abrazarlo como a un niño.. La verdad es que no me había dado cuenta que no se excitaba, aunque nuestras relaciones se habían espaciado, no me pareció que pudiera ser por eso, sino porque todo lo que hacíamos y todo lo que hablábamos era tan increíble que el sexo no era tan imprescindible. Pero no lo dudé…
Me fui al cuarto y me cambié, me puse la bombachita, el body, el porta ligas y las medias caladas y para impresionarlo me puse el delantal de cocinera que tenía puesto encima y me dirigí a la cocina para seguir cocinando.
Cuando me vio, se le despertó el indio y me empezó a buscar, me rozaba y me hablaba con un tono sensual que me gustaba.
Los juegos se fueron prolongando en la cena y al terminar, estaba embriagada de vino y de buen trato. Me sentí por primera vez como una reina, una reina libertina. Él me miraba y me seducía como si fuera una película de Holliwood. Yo estaba dispuesta a todo y creo que él también estaba subyugado por mí.
- ¿Querés jugar?
- Yo empecé a jugar hace un rato.
- Hagamos como si no nos conociéramos y vos estás así y yo acá.
- Hagamos lo que vos quieras…
- ¿Estás segura?
- Y a ver… ¿A dónde me pensás llevar?
- A ningún lado. La idea es desinhibirnos y pasarlo bien, jugar y no dejar de amar. Quiero que se me pare sin pensar en que se debe parar…
- Si por supuesto… Usted manda – Dije y los dos nos reímos.
Fue entonces, que su gesto cambió como si se estuviera concentrando para interpretar a su personaje y yo hice lo mismo…
Sin decir nada se me acercó y me empezó a mirar con una mirada fuerte, como si fuera uno de esos tipos que te miran en la calle y te dicen barbaridades, un escalofrío me recorrió y no sabía bien que hacer… de repente me empezó a manosear, pero no como cuando hacíamos el amor sino de una forma brusca, vulgar, yo no me resistía porque no quería arruinarle el juego pero me sentía intranquila…
Me empezó a besar de forma brutal y mis pezones se pusieron firmes y duros, como nunca, me besaba, me moría el cuello y me acariciaba por todas partes con frenesí. Me calenté y rápidamente, contesté a sus caricias con las mías, sus besos con los míos y sus mordidas con las mías… Parece que eso le gustó y eso me envalentonó. Le empece a sacar la camisa, sin importarme los botones. Su respiración se fue entrecortando y me miraba como si no me conociera… me deseaba como una bestia en celo.
- Turrita - Me dijo y quedé de una pieza, me gustó, me dio impresión pero me gustó… quería que me trate así… nunca pensé que este juego me calentaría, estaba dispuesto a hacerlo por él, pero cuanto más me sugería yo me iba convirtiendo en una tigresa.
- Sos una putita ¿verdad?
- Si, soy tu putita… - Las palabras salían de mi boca y yo no me podía frenar…
Para ese momento estabamos lo dos medios desnudos, él chupándome las tetas a rabiar y yo chorreaba flujo a lo loca… Nunca había estado así.
Me agarró la mano y me la puso en su verga y luego llevó mi cabeza para que se la chupara… lo pensé un segundo y cuando estaba por acceder, me agarró la cabeza y la empujo hacia él. El líquido pre seminal, hizo de lubricante y su pija entro en mi boca casi sin freno, con su mano me movía la cabeza para que yo lo masturbe como si me estuviera cogiendo con la boca… Quería que me la meta toda dentro… pero no me entraba, tenía miedo de vomitar ya que sentía la cabeza de su pene chocando en la campanilla de mi garganta. Sus movimientos se hicieron frenéticos y rápidamente sentí su semen en mi boca… Aunque ya no eyaculaba seguía moviéndose dentro de mí.
De más esta decir que yo nunca había recibido semen por mi boca, apenas si le chupé la pija a Owen un par de veces y como un mimo no como un fin en sí mismo…
Él la sacó y buscó mi boca para darme un besó profundo… Me abrazó fuerte y parecía que el juego había terminado y yo estaba contenta… Sentía que él estaba feliz y sobretodo saciado.
- ¿Te gustó? – Me preguntó con su voz conocida, tranquila, cansada…
- Sí, mucho. Contesté yo con sinceridad y mucho amor…
- Hiciste muy bien de puta… - Me dijo con un dejo de ironía. - Pero no acabaste, mi amor.
- Es como si hubiera acabado, porque nunca estuve así… debo confesarte que es la primera vez que me acaban en la boca… Y aunque pensé que lo haría por obligación, debo confesarte que e gustó.
- No, puede ser, lo hiciste como una profesional, todo, todo.
Me tomó la mano y sin mirarme me dijo, - ¿Por qué no te tocas? – Yo quería besarlo y decirle que lo amaba… Pero que nunca me tocaría, que casi no lo hago sola, menos lo iba a hacer frente de él. Cuando me llevó mi mano a mi pubis y mis dedos y los suyos rozaron mi rayita… Dejé de pensar y mi mano se fue perdiendo entre mis piernas y a buscar mi clítoris como si lo descubriera en ese momento… Mi concha estaba tan húmeda y tibia que me empecé a pajear como nunca… Gustavo me miraba y eso me calentaba aún mas. Saque mi mano humeante y se la ofrecí para que me la chupe… estaba re loca… Caliente, zafada mientras él me limpiaba los dedos mi flujo. Volví a mi concha y mientras jugaba con mi botoncito mi dedo índice me penetraba.
-Tocate la cola. – Me dijo así, sin anestesia. Y yo obedecí sin pensar… puse mi dedo gordo en la conchita y con el dedo mayor me fui buscando el hoyo.
Lo lubriqué con flujo y lo fui dilatando hasta que me entró hasta el nudillo… Guau!!! Que sensación, mis dedos se juntaban dentro y acabé y acabé y acabé.
Cuando me saqué la mano de mis genitales, por instinto, olí mi dedo que había entrado en mi culo y lo lamí… eso le gustó tanto a Gustavo que ya estaba de nuevo erecto y preparado para penetrarme… Y lo hizo, me puso en posición de perrito y me penetró de una… En esta posición se la sentía entera, tanto en la profundidad, como en su grosor… Cuando pensé que iba a acabar… la sacó
- ¿A ver sí sos tan perra ahora? – Y apoyó la pija en mi anito.
- Despacio. – atiné a decir y la verdad es que así fue, primero metió un poco y yo me retorcía de dolor.. – Basta, por favor- Pero no estaba dispuesto a dejar las cosas así. Dio un nuevo empujón y la metió un poco mas… Llevé mi mano hasta su pija y noté que había entrado apenas la cabeza… La saco y la volvió a meter y así varias veces… no me di cuenta que cada una de las embestidas iba entrando mas y más… Yo estaba en un grito cuando sentí que la había metido toda dentro mío… Se quedó quieto y gemía, me decía que era el mejor culo que había probado y eso me pareció una caricia en medio de tanto sufrimiento… sabía que sería la última vez que me dejaría penetrar la cola… pero mientras yo pensaba esto él se empezó a mover. Primero en forma lenta, la sacaba y la metía, gozando cada milímetro de mi culo, pero a los pocos minutos sus movimientos empezaron a ser más intensos y profundos… llegando nuevamente hasta el fondo… Mi mano, sin pensarlo yo, se fue directamente al clítoris, y el dolor que sentía en el ano fue compartiendo su lugar con un extraño goce… Al sentir el golpe de la leche en mis entrañas, el golpe de su grito en mis oídos, la electricidad en mi cuerpo detrás del clítoris… la mente se puso en blanco, mientras la pija de Gustavo salía desinflada, dejando escurrir la leche de mi ano… por las piernas…
Esa fue la noche en que llegué a un límite que no sé si volveré a estar… Pero síganme no los voy a defraudar, con la continuación de este relato…

Antes de despedirme quería dedicar el relato de mi Días y noches a Laura, a al que tanto quiero y la estuvo pasando mal …
lacolo42@hotmail.com

La colo

Mi Perversa Esclavizadora

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Nunca, hasta que nos conocimos en persona, habíamos hablado de sexo, lo cual es extraño en un chat. Pero aunque no hicimos referencias a nuestros gustos o deseos eróticos, había en nuestras conversaciones un trasfondo muy excitante, pasional, y todas o casi todas las palabras que intercambiábamos tenían un doble sentido sexual. Para mí su personalidad era fascinante: muy segura de sí misma, juguetona, posesiva,... Ella me decía que yo tenía un magnetismo especial, como si comprendiese lo que de verdad quería sin tener que explicármelo. Jugábamos a un tira y afloja amoroso, a deshojar la margarita de "me quiere, no me quiere". Hasta que después de mucho tiempo, de comprobar hasta qué punto nos gustábamos, nos dimos cuenta de que estábamos enamorados el uno del otro. Y decidimos conocernos en persona. Fue ella la primera en plantear la posibilidad.


- ¿Sabes? Me gustaría estar ahora sentada a tu lado, riéndome de tus chistes. – me escribió en el general.

Ufff... No sé si podría resistir la tentación. –

¿Qué tentación? –

¡Pues cuál va a ser! La de estar delante de una chica tan especial y no poder controlarme. –

Hubo un silencio breve... Creí que la había asustado, pero me quedé helado al leer lo siguiente que me escribió:

Dime... ¿qué me harías si me tuvieras al lado? –

La sangre me martilleaba las sienes, impidiéndome concentrarme. ¿Qué estaba pasándome? Sin pensarlo, dejando que a mis dedos los guiase mi corazón, tecleé:

Supongo que lo mismo que ahora: quedarme absorto, embriagado por ti, deseando sólo complacerte. –


Le gustó esa actitud, pero quiso jugar un rato más, ponerme a prueba.

Mmmmmm... Volvemos a los de antes. ¿Ves? Te tengo domesticado como a un perrito. Tendré que comprarte un collar. –

Eso me excitó aún más. Me vinieron a la cabeza cientos de imágenes de ella, hermosa, luz deslumbrante, y de mí a sus pies, adorador y esclavo de su voluntad. Había un regustillo perverso a juego de sumisión. Pero no dejé que ella se diese cuenta del poder que tenía sobre mí. Todavía no.


Uyuyuy... ¡Cómo se está caldeando el ambiente! –

¿Qué te pasa? ¿Te gusta? ¿Quieres que siga? –

Sí....y no...y ¡qué sé yo! –

Hombres... ¡Ja,ja,ja! Dentro de poco te tendré comiendo de la palma de mi mano. –

¡Ah, no, eso sí que no! –

¿Y ahora qué? –

Te gusta humillar a los mancebos sementales, ¿eh?-

¿Quieres ser mi semental? Ya sabes que estoy abierta a todo tipo de proposiciones... –

¡NO! ¡Para! –

¿De verdad quieres que pare? –

¡NO! No pares, porfa... –

Jaja...Muy bien perrito. ¿Qué collar te gusta más, el de piel o el de cuero con pinchos? –

Recurrir a mis posibles instintos sumisos no fue muy efectivo. Si quería realmente tenerme, se lo iba a poner difícil.

Déjalo... Haz lo que quieras. –

Vaya, vaya, parece que te he dado en el punto sensible. ¿Entonces paro definitivamente?

Sí, tengo mi dignidad. Y tú eres una provocadora de campeonato, cachondona. –


Ahí creo que me pasé un poco. Durante cinco minutos que se me hicieron horas no me escribió. Jugaba a la chica ofendida, y sabía que yo cedería en cualquier momento. Para intentar resistir me metí en conversaciones de otro miembros del chat, haciendo chistes y vacilando al personal. Pero me corroyó las entrañas leer a la muy perversa de mi amada comentándole a una amiga:

Es que DP ya no me quiere. ¡Qué le vamos a hacer! –

¡Qué mala eres! Ya sé por qué te gusta tanto DP. –

¿Por? –

Porque te da cañita y medio te hace caso, medio te ignora. Eso es irresistible. –


Yo sabía de sobra que todo era un plan para hacerme hablar. Y lo cierto es que eras un plan efectivo. Me ponía celoso si alguien charlaba con Perversa, y aunque no decía nada, mi tono se agriaba y comenzaba a insultar a todo el mundo, furioso. por fin le dije, bien claro:

Yo no he dicho que no te quiera. pero eres tú a la que le importa una mierda lo que me pasa. –

¡Eh! Eso no vale. ¡No uses mis tácticas! Jejeje.-

Brrrr... Mira que eres... –

Y soltó la artillería.


Bueno, DP, si quieres algo, ya sabes... –

Se refería a que le escribiese un privado. Si lo hacía, me declaraba automáticamente calzonazos. Pude resistir y seguí ignorando sus directas. Casi podía oírla diciendo "venga, ¿a qué esperas? Sabes que yo ganaré este juego, ¿por qué esperar?" Furioso conmigo mismo salí un momento del chat sin avisar a nadie. Lo necesitaba. Me sentía débil, impotente ante el hechizo de aquella chica. Comí algo y luego volví.


Como vuelvas a hacerme eso, te vas a acordar. –

Fue lo primero que leí al entrar. Me sentí mucho mejor. En el fondo me deseaba, me necesitaba. El haberme ausentado, aunque sólo fuese durante unos minutos, la había hecho dudar de su poder de persuasión.

¿Alguien me ha echado de menos? – pregunté, sarcástico.

Yo, no. ¡Jejeje! – contestó ella.


Seguimos así un buen rato, hasta que recurrió a los trucos más sucios para hacerme confesar.

Bueno chicos, me voy a ir dentro de cinco minutos. –

- diós, Per. – contesté, aterrorizado ante la posibilidad de que fuese verdad lo que cababa de decir. Mucha gente del chat la despidió también, lo cual acrecentó mis temores. No resulté demasiado convincente en mi papel de amante impasible.

4 minutos y medio.. para quien le interese saberlo... –

Estaba sudando a mares. No quería que se fuese, pero tampoco quería decírselo.

4 minutos...DP, ¿no tienes nada que decirme? –

¿Cómo qué? –

Tú sabrás... –


Lejía, otro miembro del chat, amigo común mío y de Perversa, dijo:

Eres una calientabraguetas de cuidado, Per... –

- ssshhhhh! Es para provocar a DP. Aunque ya me he declarado, él no dice nada. Me ignora. ¡Snifff! –

El tiempo seguía transcurriendo y yo me daba cuenta de lo que podía significar. ¡Podría perderla para siempre! Pero todavía tenía algo de orgullo. Finalmente me preguntó directamente.

¿Quieres que me vaya, DP? –

...no, no quiero. –

Bueno, ¿y por qué no te esfuerzas en convencerme de que no lo haga? –


Daba igual lo que le dijera, mi falsa aunque bien disimulada indiferencia, mis graciejos... Ella seguía anunciándome puntual el tiempo que me quedaba para capitular. Me atreví a preguntar:

Pero bueno, chata, ¿qué esperas? ¿Que te suplique? –

No sé... Prueba. Tal vez me conmuevas. –

Pues espera sentada.-


Os juro que eso último no quise ponerlo, pero después, al comprobar el efecto que tuvo en ella, tuve que dar mil gracias al hado que me impulsó a escribir ese despecho. Se olvidó por completo de los minutos que le quedaban y siguió hablando. Sus taimadas artes femeninas habían fracasado. Tenía que estar humillada. Me sentí más fuerte que nunca, tanto que me atreví a salir otra vez del chat, la última antes del apoteósico final.


Cuando regresé algo había cambiado en ella. Junto a su nick, perversa, aparecía una apostilla: "DP, VUELVE!!" ¡Sí, se había rendido a la evidencia de que me necesitaba! Me felicité a mi mismo y decidí dar un último acto glorioso. Escribí en el general, después de meditar cada palabra:

Bueno, me voy ya. Quería deciros a Lejía, NuMos y a todos los demás que me lo he pasado en grande.-

Perversa también escribió, después de leer ese "epitafio":

¿Y a mí qué, DP? –

Y para goce suyo le escribí el ansiado privado. Ya no tenía que resistir más.


De ti me despido en persona princesa. –

Tardó bastante en responder:

He ganado... ¡Pero hay que ver lo que me ha costado! –


Apenas un mes después de que ocurriera eso la llamé por teléfono y le dije:

¿Qué tal si caemos en la tentación? –

¿Qué quieres decir? –

Que nos conozcamos, ¿qué te parece? –

¿Cuándo y dónde? –

El próximo fin de semana en... ¿Zaragoza? –

¿Por qué Zaragoza? –

Porque nos pilla igual de lejos a los dos. ¿Qué dices? –

¿Y si no vas? –

Te prometo que voy a ir. Además, yo podría decirte lo mismo. La diferencia está en que yo, vengas o no, voy a quedarme el fin de semana allí, para conocer la ciudad y tal. Tú decides. –

¡De acuerdo, iré! ¿Cómo quedamos? –


Nos citamos en el parque enfrente del Hotel Ciudad de Piedra, en el cual yo me hospedaba. Todavía era invierno, hacía frío y casi nadie cruzaba la calle. Sabía que ella había venido esa misma mañana, que ya estaba en la ciudad. ¿Quién sabe si no habríamos tomado café en el mismo sitio ó nos habríamos cruzado paseando después de comer, sin reconocernos? La situación era de lo más romántica. Dos perfectos desconocidos (de vista) a punto de hacer realidad sus fantasías sexuales (bueno, eso ni ella ni yo lo planeamos, aunque trajimos elementos que incitaran a ello).


Pitas, pitas... –

Echaba migas nervioso a la acera, esperando que algún pájaro viniera y al comérselas me distrajera. Pero unas botas de piel las pisaron. Antes de levantar la vista, sabiendo lo que pasaría, la oí:

No creo que las palomas vuelvan hasta primavera. –

No sé... ¿Son aves migratorias? –


Allí estaba ella, la deseada, imaginada y en mis noches solitarias homenajeada Perversa. Bueno, se llamaba Violeta, pero para mí siempre será Perversa. Tal y cómo me dijo en una ocasión por el correo electrónico era alta, de por lo menos metro ochenta, delgadita, pero no escuálida, vamos, que tenía carne donde debía tenerla, de ojos grises, con el rimel llegando casi a las sienes, los labios sin pintar, se adivinaban fríos, pero yo los calentaría a besos y mordisquitos, y en general era muy guapa. Pero no se molestó en preguntarme qué impresión le causaba. Se suponía que yo se lo diría sin que me lo pidiese. Me gustó ese detalle. Y no pude reprimir mis emociones más, me levanté, la miré a los ojos y le di un beso de tornillo en el que puse todo mi ser. Ella quizás se sorprendió de mi impetuosidad, pero no lo rechazó, me abrazó fuerte, y mientras nos comíamos las bocas, me acariciaba el trasero con una mano y con la otra aferraba mi nuca. Noté los guantes de lana calentar mi pelo. Estaba tomando posesión de mí, y al mismo tiempo se me entregaba. Dejé de besarle los labios para pasar al cuello, cálido bajo la bufanda. Me sentía tan bien que sin querer la apreté contra mí vientre. Su gabardina de cuero no quiso abrirse para facilitar la "fusión", por lo que decidí pedirle que nos fuésemos ya a otro sitio más "cómodo". No pensaba en fornicar, sólo en estar con ella, lo más cerca posible. Leyó en mis ojos y sonrió.


Tenerla a mi lado, asida de mi brazo, como mi novia de hecho, me encantó. Estaba radiante, pletórica. Me confesó que tenía mucho miedo de que yo no le gustase y viceversa, pero que cuando la miré directamente a los ojos, supo que conmigo iba a ser feliz. Entonces me acordé de lo que quería darle. Un regalo que recordara el afortunado día que nos conocimos en el chat.

¿Cuál quieres? –

Le enseñé dos collares de perro, uno de piel marrón y otro de cuero negro con pinchos, el típico collar de los góticos. Enseguida se acordó del día en que me dijo que sería su perrito y que me pondría una correa. Se río con ganas y eligió el de pinchos.

Es más agresivo...más sexy. Serás mi mastín pura raza. –

¡Guuuuauuuuuu! – ladré, siguiendo el juego.

Desabroché mi cazadora y la camisa para que me lo pusiera ella misma. El cuero se deslizó sobre mi cuello con una suave caricia. La hebilla se cerró y pasó los dedos sobre algunas de la púas metálicas, pensativa. Me miró a continuación y me dio un sonoro beso. Tenía las mejillas encendidas. Cerré la cremallera y tuve una extraña sensación, de placer, de calma. Mi vida parecía encarrilar una etapa muy interesante...


Llegamos al hotel y subimos a mi habitación. La había pedido doble por razones evidentes: quería dormir con Perversa junto a mí.

¡Qué atento! –

Bah, imaginé que no te importaría quedarte un día más conmigo. –

Mmmmm... No puedo negarme, ¿verdad? –

No, no puedes. –

¡Está bien, me quedaré! Voy a darme una ducha. –

Claro... como si estuvieras en tu propia casa. –

Creo que esperó lo que no le dije: que le propusiera ducharnos juntos. Se me olvidó porque no sabía cómo solucionar el tema de la cena. Violeta suspiró y se metió en el cuarto de baño. Fue una delicia oír su voz e imaginar el agua caliente recorriendo su piel. Como recompensa a tan maravillosos regalos hice que nos subieran la cena a la habitación. Así, nada más salir, se encontró con unos estupendos platos listos para tomar encima de la cama.


Eres un sol. –

Y tú la luna y la estrellas... –

¡Qué mono! Dime más cosas bonitas. –

Mientras ella sorbía caldo humeante y mojaba pan en los huevos fritos, yo me dediqué a alabar su belleza. La verdad, la visión que me ofrecían sus piernas y el camisón debajo de una bata rosada, los pechos anhelados, los finos y cuidados pies, las manos pálidas, cuyos dedos deseaba besar y llevarme a los labios, me inspiró lo suficiente como para soltar algunos de los mejores piropos de la historia.


Por fin, el postre: pastel de manzana.

¿Está bueno? –

¡Mmmmm! Riquísimo. ¿Quieres probarlo? –

Claro... –

Me incorporé y me acerqué. Ella seguía masticando y sostenía lo que quedaba de pastel en una mano. Fui a darle un bocado, pero se lo di al aire. Violeta lo había apartado. Quería jugar conmigo otra vez. Parecía seria, pero en su mirada vi que se divertía acercándome el dulce para quitarlo cuando me abalanzaba sobre él. Poco a poco lo fue acercando a sus labios. Algunas migas traviesas se quedaron en sus comisuras. Sin apartar la mirada de la mía, se comió el resto. Y yo no esperé y me dispuse a ayudarla, pero me detuvo con la mano. Reina de la provocación, me obligó a observar como se terminaba la deliciosa tarta y se chupaba los dedos. Eso me enfadó un poco. No había comido nada. Pero Perversa sabía cómo excitarme y dejó que fuese yo quien limpiase de pegajoso dulce dos de sus dedos. Hambriento los saboreé y lamí, como si fuesen dos polos de helado.

¿Por qué cierras los ojos? –

Para disfrutar más. –


Así que no vi cómo acercó su rostro al mío, que embelesado seguía chupeteando su índice, y casi no me di cuenta de que en un momento ya no eran sus dedos, sino sus labios, lo que con tanta gula besaba. Seguí con los ojos cerrados, deleitándome con la textura y sabor de su lengua hasta que se apartó y dijo:

Me haces cosquillas. –


A partir de ese instante, Violeta fue la dueña de la situación. Me quitó la camiseta y mientras lo hacía me estampaba besitos húmedos en el abdomen, los pectorales, el cuello... Luego dijo, y al escucharla intuí que íbamos a realizar una de sus fantasías:

Yo también tengo algo para ti... –

Se despojó de la bata, que quedó hecha un revoltijo en una esquina, y dejo que me extasiara contemplando sus atributos bajo el único y provocativo velo de su camisón de seda, de un blanco inmaculado que contrastaba más que cualquier otra cosa con su carácter arrebatador y pasional. Si hubiese sido negro, o rojo, no me habría extrañado... ¡pero blanco! Fuese como fuese, estaba preciosa y se lo dije.


Me empujó con fuerza y me dejó tendido boca arriba, mirándola con curiosidad mientras me rozaba los pezones con la punta de la lengua hasta ponerlos duros. Gateó sobre la cama un poco, como una gatita viciosa, mirando a su presa asustada, hasta que se sentó sobre mi bajo vientre, procurando que el roce me pusiera bien cachondo. Conseguí distinguir algo de sus labios vaginales abriéndose por la presión de las braguitas de encaje (siempre son de encaje); y una vez allí, irguiéndose como una torre de marfil sobre el paisaje, se río. Empezaba el sexo de verdad.


De la mesilla de noche cogió su bolso y sacó un par de esposas. Elevó las cejas, irónica, mientras me las enseñaba. Un suave tintineo acompañó el escalofrío que sentí al ver el metal.

No sé por qué, pero me lo esperaba... –

¿No será que lo deseabas? –

¡Qué golazo acababa de meterme! Me sentí algo inquieto. Parecía saber tan bien como yo qué cosas me excitaban. ¿Ó es que a ella le ponía lo mismo que a mí? No pude responderme, el metal frío me hizo estremecer al recorrer mis brazos. Juntó mis muñecas en el cabecero de la cama y las atrapó con las esposas. Ahora sí que estaba pillado por los huevos. ¿Qué me haría?


Ya me tenía a su merced (ó al menos eso creía ella), así que se entretuvo en observar mis reacciones ante la morbosa situación. No me había resistido antes y no lo iba a hacer ahora, pero aguanté su penetrante mirada todo el rato.

Te queda bien el collar. Me gusta; pero a lo mejor el otro te quedaría mejor... –

Sacó la otra correa y la puso sobre la que yo llevaba puesta, doblada encima, para ver el efecto. No debió gustarle demasiado, así que lo que hizo fue probársela ella. Me miró, exigiendo mi opinión.

Estupenda, te queda genial. –

Te pone, ¿eh? Como todo lo que te hago. –

Cerró la hebilla. Parecía un simbólico "tú eres mío y yo soy tuya".


Luego me soltó el cinturón de los pantalones, me los quitó y después los calzones. Quedé desnudo por completo debajo de ella, a excepción del collar de buldog.

Lo que yo decía. La tienes tiesa del todo. –

Por supuesto. ¿Y qué esperaba, que mi miembro no reaccionase al juego perverso? Eso era pedir demasiado. No obstante, a ella le parecía argumento suficiente mi erección para torturarme un poco. Dándome suaves arañazos mientras se relamía pensando en mi impotencia, acercó los dedos a su propio sexo. Y no se cortó ni un pelo a la hora de masturbarse, sin quitarse las braguitas siquiera, a una distancia insignificante de mi polla. Y yo, viéndola, deseaba que me montase, penetrarla, hacerle el amor con todas mis fuerzas. Me lo estaba negando. Y reaccioné con violencia en cuanto noté que la tela de su ropa interior más íntima se mojaba a costa de mi suplicio


No me subestimes, cariño. – dije muy serio

Haciendo acopio de todas mis fuerzas conseguí levantar las piernas y así hacer que de golpe y porrazo el coñito de mi musa quedase a escasos centímetros de mi boca. Se asustó por "corrimiento de tierras" y tuvo que sujetarse a los barrotes del cabecero para no caerse. Rápido agarré sus manos con delicadeza, pues podía mover las esposas arriba y abajo del barrote donde estaban sujetas, pero también con firmeza. Quería tenerla así. Me miró, con cara de preocupación.

Puedo ser bastante rebelde si no tengo lo que deseo. –


Y lo que en ese momento deseaba era contacto físico directo.

Quiero comerte la rajita y que tú me la chupes. –

Vaya, que claras tienes las cosas. –

No soy yo quien está esposado a la cama, princesa. –


Con eso quería decir que sí, que me tenía dominado, pero que no se confiara, que ella también tendría que esforzarse, poner algo de su parte. Así lo entendió y contenta se quitó las braguitas después que le solté las manos. Luego se acomodó encima mío, agarrando de nuevo los barrotes y me acercó el codiciado manjar de su chocho. Goteaba del orgasmo anterior, lo que me ponía las cosas más fáciles, pues no tendría que calentarla demasiado los motores. Concentrándome para memorizar cada una de sus reacciones, el aroma y el gusto de su más oculta intimidad, di comienzo al cunninlingus. Sus labios se abrieron como los pétalos de una flor al paso de mi lengua. Con sumo cuidado, para que apreciase el cariño y devoción que sentía por ella y comprendiese que me tomaba su plena satisfacción sexual como una responsabilidad, como una misión sagrada para mí, descubrí su perla más sensible. La tomé con ambos labios, sosteniéndola un segundo antes de succionarla y bañarla de saliva. Gimió. Hice que su clítoris se deslizase por mi cara. No me había afeitado esa mañana y el roce de mis mejillas ásperas le resultó muy agradable. Volvió a gemir. Me atreví a explorar más a fondo su agujero del amor. Casi podía sentir las venas palpitando en su interior al ritmo de mis lengüetazos. Dejó que sus nalgas, lisas y frescas, reposasen en mi cuello y pecho. Ahora veía perfectamente cada detalle de su anatomía. El vello púbico parecía cubierto de escarcha. Era el sudor de la excitación. El "botón mágico" estaba hinchado, erecto, como un minúsculo pene que reclamaba mas atenciones "orales". Lo volví a tomar entre los dientes y lo meneé suavemente, obligando a Violeta a moverse al ritmo que yo le marcaba.


Venga golosa, colabora un poco. ¡Estoy deseando saber qué puedes hacer! –

Comprendiendo mis deseos consintió en hacer una pausa en la comida de coño que le estaba haciendo para colocarse en posición de mamármela. Tuvo que apoyar las piernas en el respaldo, pero encontró una postura lo suficientemente cómoda para los dos. Ahora podía tomarla también por detrás. ¿Le molestaría? Sólo había un modo de comprobarlo. En cuanto sentí en mi glande el calor de su aliento, le besé el ano.

¿Qué haces? –

No contesté, porque era evidente. Empecé con besos suaves, tiernos, en las nalgas. AL retirar los labios me divertía observar que dejaba unas pequeñas marcas rosas en su piel lechosa. Duraban sólo un momento antes de unificarse el tono otra vez. Iba a dar otro beso de esa clase cuando noté que me apretaba los huevos. No es que me hiciera daño, pero me dio miedo y pregunté:

¡Eeeehhhh! ¡Cuidado con lo que haces! –

Si tú no pides permiso para hacer ciertas cosas, yo tampoco lo haré. –

Apretó un poquito, lo suficiente para hacerme ver que ella llevaba el mando. Y se metió el capullo en la boca, sorbiendo como una aspiradora. Me encantaba.

¿Es que no quieres que te adore el agujerito? –

Más te vale hacerlo muy bien y provocarme un buen orgasmo, porque si no... –

Y este apretón sí que fue doloroso.


Un poco intranquilo por la suerte que correrían mis pobres cojones, procuré chuparle el culo con tanta suavidad y dulzura que no pudiese resistirlo. El sabor era raro, desde luego no era caviar, ni mucho menos, pero no resultaba tampoco nauseabundo ni desagradable. Era un sabor y un aroma desconocidos, ignorados. Y yo no le daba tanta importancia a eso como al acto en sí, es decir, al ofrecer mi lengua a un sitio prohibido. Gané el primer premio, porque a los dos minutos Perversa no podía seguir chupando por el placer. Me miraba, fijándose en el empeño de mi lengua por llenar su culo.


El 69 duró un buen rato. No nos corrimos al mismo tiempo por la sencilla razón de que ella llevaba ya cerca de media docena de orgasmos y yo me quería reservar para el final.

Venga, te dejo correrte. – me soltó de pronto.

Puede que parezca raro, pero el hecho de que se creyera con derecho a controlar mi sexualidad hasta tal punto no me importó. Notando su mano, que masturbaba a mi ya fatigado cipote, y esperando manchar los labios de mi amada con mi leche, me corrí.


Perversa me limpió, me hizo ese regalo, con su lengua, sin dejar una gota de semen. Se lo trago todo. Luego se sentó en mi cara.

Lo has hecho muy bien. De verdad. No sé.. Nunca hubiera imaginado algo así. –

Se quedó un rato en esa posición, un tanto humillante para mí.

Y tú... ¿has gozado? –

Se quitó de encima y me empezó a acariciar, melosa. No pude contestarla; no tenía palabras para describir el torbellino de emociones que me embargaban. Sólo pude esbozar una sonrisa tonta.

Tomaré eso como un sí. El que calla otorga. –


Cuando supe lo que tenía que decirle carraspeé. Violeta estaba echada sobre mi pecho. Me miró sonriente y expectante.

Suéltame. –

Mmmmm... ¿Tan pronto? Creo que te dejaré así toda la noche y a lo mejor todo el día de mañana. Podré hacerte lo que quiera. –

Lo que queramos. Suéltame. –

¿Otra vez te pones en plan rebelde? – se rió.

Suéltame y verás lo que es verdadera sumisión. –


Ya no había tapujos, pero Violeta todavía albergaba dudas sobre mis deseos de continuar tan placenteros y perversos solaces. No la culpo por ello, es normal que quisiera retener a su "perro". Aunque... Al final accedió y me quitó las esposas. Me levanté y fui hacia la silla donde estaba mi ropa. Cogí el cinturón y la miré. Parecía algo inquieta, como si pensase que iba a vestirme y largarme de su lado. Se había sentado en la cama a esperar que yo tomase la iniciativa. La sonreí y me acerqué. Hice chasquear el cinto en el aire y...


Hice pasar el extremo del cuero por detrás de mi collar de perro. Luego pasé la hebilla y lo cerré, como si quisiese hacer una correa improvisada. Y, asumiendo mi papel de sumiso por fin, le entregué el otro extremo a mi deliciosa ama Perversa. Después me arrodillé a sus pies y los besé. Nunca lo habría hecho a la fuerza. Tenía que ser una entrega voluntaria. En cuanto mis labios dejaron su huella húmeda y caliente en el empeine de ambos, empezó una breve cuanta atrás. Todo, yo incluido, estaba en manos de Vileta. Si quería aceptarme como esclavo incondicional, sólo tenía que darme una señal.


La señal llegó en forma de un seco tirón de la correa. Elevé la vista y los ojos de mi ama, entre autoritarios, despectivos, complacidos y perversos, me informaron de que mi vida, mis deseos, mis sueños y mi cuerpo le pertenecían ya para siempre.

Dr Saccher

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Estoy aterrado. Mi novia ha decidido que una gobernanta profesional me discipline como crea más conveniente para castigar mi negativa a hacerle un beso negro.


Créeme, gusano, hubiera sido mejor para ti proporcionarme el placer que te solicité. –


Yo, ¡ignorante!, no concebía la posibilidad de que se me pudiera aplicar un correctivo más repugnante y severo que dar lengüetazos en un esfínter.


Llegamos al sitio. Llamamos al piso. Una voz agradabilísima contestó.


Venimos por lo del ass worship. –

O.k. Suban, por favor. –


Vale, ya no estoy tan asustado. El tono de aquella voz me calmó un poco. No podía ser tan terrorífica la dueña de una voz tan angelical. La puerta se abrió y...:


Podéis llamarme Ismael. –


No, no es mi nombre. Sólo es que me ha venido a la cabeza la frase con que da comienzo la novela de Melville. Y delante de mí estaba la ballena asesina.


Madre.... –


Debía pesar por lo menos un quintal. Era morena, el pelo largo. Guapa de cara. Por lo demás parecía una valkiria de ópera. Al verla, los ojos se me desorbitaron, y aún así eran incapaces de hacerse una idea precisa del tamaño de aquella mujer, aquella titánide.


Hola. Marta, ¿verdad? –

Sí, hola, es un placer. ¡Muac, muac! –


Mientras ellas se saludaban yo empecé a atormentarme forjándome una idea de los suplicios a que semejante coloso podría someterme sin que pudiera ofrecer la más mínima y ridícula resistencia.


Supongo que éste es el esclavo desobediente, ¿no? –

Sí, él es. –

Bien, vas a ser buen chico y te desvestirás aquí, mientras tu señora y yo concretamos en qué consistirá tu penitencia. –


La ama me sonrió y me dio un suave pellizco en la mejilla. Podría, si hubiera querido, hacerme un buen moratón, pero resultó una caricia delicada. Marta en cambio frunció el ceño y no me dijo nada.


Me quedé solo en el cuarto. La ventana estaba abierta. Miré por ella. No había nadie que pudiera verme, por fortuna. O quizás para mi desgracia, porque quien sabe si tendría que pedir auxilio durante el \"tratamiento de choque\" que estaba a punto de padecer.


Empecé por fin a quitarme la ropa: zapatos, camisa, cinturón, pantalones de vestir, calzoncillos... Estaba empalmado por completo. ¿Eso agravaría el castigo, lo reduciría? Pensando en eso mientras me miraba el pene tieso, regresaron las terribles mujeres. Lo primero en que se fijaron, casualmente, fue en que tenía todavía los calcetines puestos.


Quítatelos, que estás ridículo. – me dijo Marta, y obedecí.


Por fin, completamente desnudo para ellas fui examinado concienzudamente por la obesa dominatriz. Apenas se detuvo en mi miembro. Le interesaba más mi constitución física general.


Está un poco flacucho. – le comentó a Marta, mientras sus dedos palpaban mis costillas. – Será muy sencillo someterlo. –


Uyuyuy... Esto se pone feo.


Bueno, pues cuando quieras. – dijo Marta, me dedicó una mirada despectiva, recogió su bolso y se fue.


Cuando la puerta se cerró tras ella, me giré para enfrentarme a los ojos a la nueva dueña de mi cuerpo. Me pasó los brazos por el cuello y se me quedó mirando, sonriente, un buen rato.


¿Quieres tomar algo? ¿Un refresco? –

Eehhh... No... quiero decir... no sé. –


Lo peor que te puede pasar con un ama, es que sea cariñosa. ¡Esas sí que son malas! Te tienen en una tensión constante. Parecen angelicales, pero tienen mente diabólica.


Tengo un licorcito que creo que te va a encantar. –

Mmmm... Bueno, como usted quiera. –

Llámame de tú, Elvira. –

Ah... Elvira, muy bonito. –

¡Gracias! Siéntate que enseguida lo traigo. –


Se fue hasta el aparador y trajo una botella sin etiquetas y dos copas. En una apenas echó un dedo del dorado brebaje. La otra la lleno. Me dio la segunda.


¡Salud! –


Se sentó a mi lado y pasó sus enormes piernas sobre mis muslos desnudos. Llevaba una falda corta, pero no mini, y calzaba unos preciosos zapatos rojos de un tacón considerable. Debía ser bastante molesto andar con su sobrepeso con ellos, pero parecía no importarle; es más, le daba a sus movimientos una cadencia especial, a la que se unía la voluptuosidad absoluta de sus curvas. Cual venus de Willendörf.


Apuro el fondito de su copa de un trago y se relamió. Luego me invitó a que vaciara la mía del mismo modo. Olí el licor. Me sonaba de algo, pero no recordaba de que. Me la eché al colato... ¡y por poco muero!


¡Aaaahhhh, es absenta o algo peor! –


Toda la garganta me quemaba, así como los labios y la lengua. Elvira se echó a reír viendo mis espasmos de escozor.


No sabes beber, ¿eh? –

Agua, por favor. –

¿Agua? Claro. Ve a por ella. –


Intenté levantarme, pero sus piernas me apretaban contra el asiento. Pesaban más de lo que parecía a simple vista.


¡Por favor, necesito beber agua! –

Bueno, bueno, no chilles. – se burló – Te la traeré después si te portas bien. –

Sí, sí, pero rápido. –


Se echó hacia atrás, dejando reposar su espalda enorme sobre el asiento, hacia uno de los respaldos del sofá. Había allí un armarito pequeño decorado con flores de madera tallada. De él sacó un rollo de hilo, o algo que parecía hilo, pero más grueso y con apariencia plástica.


Si quieres que te dé de beber, échate hacia delante y pon las manos a la espalda. –


Obedecí y pronto me ató las muñecas con el hilo, que cortó con unas tijeras. Se me puso carne de gallina al notar el frío metal de estas rozar mi piel.


Bien, ahora espera aquí a que te traiga el agua. ¡De rodillas, como un buen esclavo! –


La quemazón de mi lengua se había mitigado un poco, pero no lo suficiente como para renunciar a ese vaso de agua. Sus caderas bamboleantes se alejaron y yo me arrodillé sobre el piso, expectante.


Regresó al poco con una jarra entera de agua, y en la otra mano, un vasito.


A ver, mira hacia arriba. –


Lo hice y vertió el escaso líquido elemento en mi boca abierta. Eso no me sació, sino que me dio aún más sed.


Más, te lo suplico, dame más. –


Elvira cogió la jarra y la colocó sobre mí. Dejó caer un chorro que recibí como si fuera el más delicado y fresco licor del mundo... y a poco que muero, porque estaba salado como perros.


¡Está salada! –

Sí, pero es agua, ¿no? ¿Quieres más? –

No, no, ya estoy harto. –

Venga, abre la boca y trágatelo todo. –

No creo que pueda... –


Elvira enarcó una ceja y se colocó detrás de mí. Me retorció una muñeca. Me dolía y me quejé. Me tiró del pelo hacia atrás y vertió otro chorro de agua salda. Lo escupí. Eso no le gustó. Me agarró los testículos con una mano y me amenazó, muy seria:


Vuelve a hacerlo y verás lo que es verdadero dolor, imbécil.-


Y así, con una mano en mis compañones y la otra escanciando la salmuera, me vi obligado a tragar como litro y pico de agua salada. Me sentía fatal, todo el estómago revuelto. Me tendría que lavar las tripas con al menos cuatro litros de agua dulce para no desfallecer. Así se lo advertí, con una voz quejumbrosa que denotaba mi malestar físico.


Luego, ahora voy a disciplinarte como Marta me ha pedido. –

¿Pero esto que acabas de hacerme no es suficiente disciplina? –

Noooooo. Eso sólo es... el entrante. Y tengo un menú completo para ti. –


El hilo atenazó mis tobillos, juntándolos con las muñecas de tal modo que me resultaba imposible permanecer erguido. Me dejé caer hacia atrás, con el estómago rugiendo. Elvira recogió mi cabeza entre sus muslos. Su cara vista desde abajo seguía siendo bella, pero su sonrisa y un extraño brillo en su mirada me hacían temblar.


Abre. – me ordenó, refiriéndose a mi boca.


Lo hice, no fuera que me echara mano otra vez a los cataplines. Entre sus dedos, sin duda quedarían espachurrados para mi dolor si no me sometía en todo. Vi que ella formaba un gargajo de saliva y lo dejaba caer hacia mi boca. Me dio nauseas el sabor metálico de su baba, pero tuve que tragar. Luego repitió el proceso.


¿Está bueno? –

... –

Bueno, ya va siendo hora de que pruebes otros sabores. –


Se retiró. Pude ver que cogía una pequeña banqueta de apenas medio metro de alto. Tenía un cojincito encima. En ella dejo reposar mi ya cansada cabeza, en parte por la incómoda posición, en parte por los efectos de un estómago lleno de agua salada (y un chupito de saliva que no creo que ayudara a paliar mi creciente malestar)


Me atreví por fin a preguntar:


¿Qué vas a hacerme? –

Ah, pues yo no mucho. Más bien tú vas a hacerme lo que no quisiste a tu novia. –


¡Horror! ¡Un beso negro a esa foca! Intenté zafarme, pero sólo conseguí quedarme tumbado de lado sobre el parquet, meneándome como un gusano. Elvira suspiró y me volvió a colocar en posición.


No lo intentes otra vez o me enfadaré. –


Y se desabrochó la falda. Yo, remiso en cuanto vi sus increíbles nalgas a meter mis fauces entre ellas, volví, presa de la desesperación, a dejarme caer, intentando soltarme del implacable hilo. Elvira se cruzó de brazos, malhumorada.


¿Ésas tenemos? Muy bien, añadiré un detalle poco agradable a nuestra sesión. –


Del armarito de donde había sacado el hilo para amarrarme extrajo un látigo. Lo desenrolló sobre mi estómago y me lo mostró.


No, estoy seguro que Marta no te ha pedido ese servicio. A ella no le va el spanking. –

Pero a mí sí, y seguro que lo aprobaría, dadas las circunstancias. –


Lo dejó a mano y me colocó por tercera vez la cabeza sobre la banqueta. Luego plantó cada una de sus piernas a un lado de la misma, sujetándome para que no me moviera. Yo, que ya me veía privado de la luz de la habitación por los muslos, no quería ni mirar, pero me pudo el morbo masoquista y la tentación de ver mi destino, y abrí los ojos. Sobre mí cabeza, deslizándose a una velocidad constante y terrible, vi sus glúteos, abriéndose para devorar mi rostro, parte de su conejo y el agujero negro que se acoplaría sobre mis labios.


Será mejor que me lo hagas bien. –


Noté un repentino escozor en el bajo vientre, demasiado cerca para mi gusto de mis genitales. Su pelvis seguí descendiendo sobre mí, llenando mi campo de visión con su piel blanca y sobre todo con ese esfínter del infierno.


Por favor, esto no. – imploré, pero ella se río y me latigó la polla con fuerza.


Casi no podía ni revolverme, y mejor era que no lo hiciera, pues aumentaba mis nauseas. Por eso me quedé muy quieto, paralizado. Las nalgas se posaron sobre mí nariz, separándose a uno y otro lado, y mis labios, aunque quisieron escapar haciendo muecas y contorsiones, pronto notaron el contacto caliente del ano de Elvira. Estaba atrapado.


Oscuridad. Mis sentidos estaban prácticamente bloqueados. Al principio notaba el peso enorme de Elvira acumulándose sobre mi cara, bloqueando mis vías respiratorias. Pero pronto, en cuanto encontré, forzando mi diafragma y mi instinto de supervivencia, el modo de apropiarme de un suministro de aire, dejé de preocuparme de ello.


De repente, un seco golpe me hizo estremecer. Luego otro, y otro más, y un cuarto, todos lacerando mi pene. Y una voz, la de Elvira, gritándome:


Ya está. Ahora empieza a lamérmelo como el perro que eres. –


No hice caso. Los latigazos siguieron cayendo, con una cadencia más agresiva, haciéndose insoportables. Tuve que abrir la boca y besar aquel ano. Su escasa rugosidad fue la primera sensación que tuve. Junté mis labios y acaricie la entrada al recto de la dómina.


¡No es suficiente! –


Saqué la lengua y la paseé por toda la zona que me era posible alcanzar que no fuera el agujero propiamente dicho. Nuevos latigazos que mortificaban mis partes más sensibles me informaron que tenía que ir más lejos.


Por fin, busqué la abertura con los labios y, frunciendo el ceño por el asco, introduje la lengua en él. Sentí con pavor que los músculos del esfínter reaccionaban al contacto, cerrándose. La saqué de golpe y fui premiado con una severa azotaina.


¿Quién te ha dicho que has terminado? ¡Métela otra vez y explora mi culo a fondo! –


Obedecí, conteniendo a duras penas las lágrimas. Mi lengua llegó varios centímetros en el interior de Elvira, saboreando para mi pesar su gusto a... pues a algo extraño. No era caca. Era una esencia diferente, ajena al cuerpo. Cuando lo descubrí me quedé perplejo. ¡Melocotón!


Vaya, parece que ya has descubierto con que me hago las lavativas. – dijo Elvira, y fustigó mi cada vez más erecto aparato con delicadeza.


Profundicé hasta donde fui capaz y no logré extraer otro sabor que no fuera ese. Elvira estaba a gusto, lo noté en el modo de flagelarme los bajos.


Muy bien, muy bien. Recuérdalo para cuando Marta te ordene adorarla el orificio prohibido. –


Luego me ordenó parar y se quedó durante varios minutos sobre mí, disfrutando de la sensación de tener la cara de un hombre debajo de sí; sensación ésta que terminé tolerando y disfrutando, a pesar de mi absolutamente opuesta perspectiva.


Pensé en muchas cosas, pero sobre todo me concentré en lo que sentía. No lo podría definir con exactitud, pero creo que el que mi cara sirviera de asiento a Elvira fue una de las experiencias más plenas en el campo de la sumisión de las que he gozado. Cegado casi por completo, notando el contacto permanente de unas nalgas femeninas en mi rostro, con el resto de mi cuerpo expuesto a sus caprichos, era sentirse lleno, como si una necesidad vital se viera saciada durante esos momentos.


Bueno, nene. ¿Qué tal ha ido la cosa? –

Sensacional. ¿Quieres sentarte sobre mi cara, por favor? –


Dedicado a todos los amantes del face sitting y de la polca bailada al estilo magiar (si es que los hay, que no tengo ni idea...)

Dr Saccher

La Siesta

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 PREAMBULO

Ante todo hay que decir que lo que vais a leer en esta serie no es otra cosa que narrativa. Me resisto a llamarlo literatura. Que nadie vea en ella un paralelismo con los auténticos retazos de mi existencia. Eso sí, las personas, lugares, hechos y circunstancias son reales... o casi; y no siempre relacionados conmigo.

I.- LA SIESTA

Comencé a escribir estas notas pasadas solo unas horas desde la entrada en el nuevo milenio. Llevaba algún tiempo pensando hacerlo, pero nunca acababa de decidirme. Experiencia en contar historias no me falta precisamente; escribo relatos gore desde noviembre del 97. Finalmente me he puesto manos a la obra cuando tengo la impresión de que mi vida tal como hasta ahora la conozco se va a encarrilar ¿definitivamente?. A esta hora todavía no conozco el desenlace.

Empiezo... Ya sé que es un tópico y todo eso pero no concibo contar partes de mi propia historia personal sin antes decir quien y como soy. Debéis saber que todo el mundo me conoce por mi segundo topónimo, Inés. Paso por poco de la treintena y estoy casada; no tengo hijos. Soy funcionaria y ocupo un alto cargo en la administración. Vivo en una casa adosada en una urbanización del área metropolitana de la ciudad de Valencia, pero nací en un pueblo muy pequeño, la última en una familia bastante numerosa. Mis padres, católicos practicantes, me educaron dentro de una moral muy estricta, pero tuve la inmensa suerte de mantener una inmejorable y rica relación con mi hermano mayor y padrino, sacerdote ultrapostconciliar y muy rojillo, que contrapesó los excesos de mis padres enseñándome el valor del libre albedrío con respecto a los principios de la solidaridad y respeto a los demás. Debo reconocer sin embargo que tengo una conciencia bastante laxa en lo referente al sexo, lo que unido a la natural curiosidad de los Géminis y a su innata capacidad seductora me ha llevado, y espero que me lleve todavía, a situaciones y experiencias poco comunes; y muy estimulantes, al menos para mí.

Mi vida no tiene nada de interesante desde un punto de vista común. A esos seres corrientes no van destinadas estos retazos de mi vida, aunque me lean, y yo les agradezco profundamente que lo hagan. Procuraré contestar todos los mensajes que tengan a bien enviarme, aunque me insulten. Yo solo intento interesar a ciertas personas, fundamentalmente mujeres, que comparten conmigo una forma, "poco convencional" según una buena amiga, de entender el sexo.

Desde que tengo uso de razón recuerdo haber tenido y alentado fantasías y ensoñaciones con chicas en ropa interior colgadas de ganchos jamoneros (sic) a las que miden las costillas y otras apetitosas partes de sus cuerpos con látigos de diferentes pesos y medidas. ¿El porqué de esa vena sado? No lo sé. Y en realidad no me importa. No tengo antecedentes de malos tratos. Mi infancia fue feliz y como ya he dicho carezco del sentimiento de culpa inherente a la visión religiosa del sexo. Sin embargo siempre he sido sumamente discreta en manifestar mi lado oculto y he tenido la fortuna de no ser nunca la que ha dado el primer paso. Bueno, casi nunca. Pero puedo decir sin ambages que detesto la violencia no consentida y que jamás hice daño a nadie en contra de su libérrima voluntad.

Si no hay causa ambiental justificada para mí, llamémosle, perversión, tampoco la causa genética lo explica. El único antecedente plausible es un pariente muy lejano de mi abuela que mató a un hombre en defensa propia por un asunto de riego. Y fue absuelto.

Así que esta es, de forma mas o menos cronológica, la pequeña e insignificante crónica de mis paseos en el lado oscuro, o salvaje como decía Lou Reed, lo más apasionante con mucho de lo que llevo de vida. Y un añadido final: todo lo que aquí se cuenta es cierto por difícil que cueste de creer. Por respeto y precaución emplearé nombres ficticios o iniciales, pero todas las personas que aparecen en estos relatos existen y están, creo, vivitas y coleando.

Esta es la primera entrega de la historia. Todo comenzó cuando iba a cumplir los quince años. Yo estaba entonces interna en el colegio de Las Paulas. Ya era una moza alta y delgada, con largas y bien torneadas piernas, cintura de avispa, caderas evidentes y trasero pito, sin ser ni mucho menos culona. Baste decir que mis actuales medidas son unas envidiables 85/60/91. No soy una belleza pero tengo una cara ligeramente alargada y muy resultona, aunque por entonces tenía algo de complejo de narizotas. Mis cabellos eran largos y rizados, de color castaño muy claro. Hasta hace cuatro días se tornasolaban a pelirrojos desde la primavera hasta bien entrado el otoño. Aunque nunca ha sido una opinión unánime, me parece que me fallan un poco las tetas, muy turgentes y bonitas, con unos pezoncitos menudos y oscuros, pero ay, un tanto escasas para mi gusto. Si ahora son pequeñas, entonces eran minúsculas, quizás debido a que la regla me vino un poco tardía, casi a los dieciséis. De todas formas no puedo quejarme, ni tampoco lo hacía por aquel entonces. Ya apuntaba a lo que ahora soy: una tía muy buena. Tenía que ir siempre quitándome los tíos de encima.

Una muchachita de mi edad y yo compartíamos la amistad de Marifrancis, una valenciana de nuestra clase. Laurita que así se llamaba no estaba tan proporcionadamente desarrollada como yo. De vientre para arriba era casi una niña, con muy poco pecho y sin cintura, pero de ahí abajo ya era prácticamente una mujer, con unas piernas gruesas y molluditas y un culito un poco fondón. Ese año fuimos invitadas por Marifrancis, bastante más fea que nosotras pero más mujer, a pasar las pascuas a su tierra. Allí como en todas partes chicos y chicas corretean y hacen manitas durante el día en el campo o en la playa, hasta la hora de la disco en que se magrean de verdad. Después, los más precoces pegan un par de insípidos polvos. Y así se pasan tres días mas la propina de San Vicente.

Laurita y yo éramos forasteras y aunque se podía decir perfectamente que éramos dos chicas boom; bueno, yo mas que ella, por la razón que fuera no teníamos pareja. A mí me la traía floja puesto que ni entonces ni ahora me van demasiado los tíos, pero Laurita se aburría, a ratos soberanamente, hasta la hora del bailoteo en que siempre encontraba algún zagal para darse el lote y dejarlo tirado después. La tercera tarde de picnic, sea porque nos veía un tanto apagadas, sea porque le había dado un calentón y quería achucharse de verdad con su novio y buscaba una coartada, Marifrancis nos invitó a su chalet familiar vecino, y ese día deshabitado, con el pretexto de que sus padres le habían pedido un libro olvidado. Entramos en la casa y con cara de complicidad nos rogó que esperáramos un rato en la habitación de su hermano situada en la planta baja, tras lo cual subió con su pareja al piso de arriba a aliviarse. El cuarto estaba enteramente decorado con pasquines de películas, ya que la familia tenía una gran amistad con los propietarios de un cine cercano. Escenas de westerns, musicales, terror, SF: Grupo Salvaje, Río Bravo, Blade Runner, Alien, My Fair Lady, El resplandor, Muerte en Venecia... empapelaban totalmente las paredes y daban un ambiente acogedor al exiguo aposento. Como no teníamos nada mejor que hacer recorrimos el cuarto reconociéndolas. Nos paramos ante dos escenas de Historia de "O". Laurita dijo:

- Mi hermana mayor dice que en esta peli las chicas se besan y son azotadas. Y ponen cara de gusto. No entiendo, si no es pecado.

- ¿Porqué no es pecado?, pregunté extrañada.

- Franquimir nunca lo ha nombrado en sus charlas, contestó.

Don Francisco Miralles, Franquimir, era el confesor y pater de Las Paulas, un cura trentino que acostumbraba a reunir a "las mayores" en los ejercicios espirituales de cuaresma, y tronaba contra los desmanes del sexo y la concupiscencia. Para él quizá el lesbianismo era un mal menor e identificaba la homosexualidad exclusivamente con la mariconería. Para mí era una cuestión de opinión y sentido común, dijera lo que dijese ese cura pelirrojo y gritón. De todas formas no pude menos que comprobar que había conciencias todavía mas laxas que la mía.

Al rato bajaron los amantes, acalorados y rojos como tomates y nos reintegramos al grupo.

Después de esto Laurita y yo nos hicimos muy amigas. Cuatro meses después mis padres la invitaron unos días al pueblo. Una cálida tarde estábamos en bikini, haciendo la siesta en el desván, mi sitio favorito, por lo discreto. Para llegar hasta él hay que hacer bastante ruido. Por entonces me masturbaba regularmente fantaseando con mis hermanas mayores desnudas y apaleadas. Como no tenían pudor de mostrarse ante mí sin ropa, yo no podía menos que reparar en los bonitos pechos de Feli, las redondas nalgas de Lucy, o el vientre redondo y graciosamente abombado de Trini. Aunque siguiendo la moda se depilaban escrupulosamente, yo siempre me las imaginaba con los sobacos repletos de pelos enmarañados y vellos púbicos salvajes. Visualizarlas convulsionándose por la tortura me producía orgasmos casi instantáneos apenas al tocar mi vulva.

Y es que siempre he sentido atracción por las axilas de las mujeres, sobre todo cuando están mas o menos pobladas de vello. Quizá la causa se deba a un incidente con la chacha cuando yo tenía 5 años. Entré en su cuarto y se estaba cambiando de bragas. Vi su vello púbico. No lo había visto nunca, así que entonces lo confundí con sus axilas. Cuando años mas tarde vi desnudas a mis hermanas mayores les conté inocentemente la confusión. Estuvieron riéndose de mí durante mucho tiempo. Desde entonces me atraen extraordinariamente los sobacos peludos. No sé si seré un bicho raro pero pienso que son algo muy erótico y sexy. Me gustaría que a mis lectoras que les suceda lo mismo me escriban diciéndomelo para no sentirme tan sola.

Sin embargo, cuando desencadenaba esos pensamientos lúbricos a costa de mis hermanas me asaltaba una cierta percepción de culpa. A pesar de que solo les devolvía mentalmente las barrabasadas que me hacían por ser la pequeña de la casa, algo me decía que no estaba bien. Es quizá el único sentimiento pecaminoso que he tenido en mi vida, lo que por entonces añadía mas morbo al asunto, y más excitación claro.

No podíamos dormir por culpa del calor. Hablábamos sin parar. En un momento dado Laurita, mirando el viguerío del techo como si disimulara me preguntó: ¿recuerdas en Pascua, en la habitación del hermano de Marifrancis? ¿Aquella película, Historia de "O"? Pues mi hermana me ha contado que los santos que sufren suplicio a causa de su fe también gozan con el dolor. ¿Tu te lo crees?

A pesar de que mi hermano el cura me había hablado de los componentes sexuales y orgiásticos de determinadas actitudes presuntamente pías y del éxtasis religioso, aunque a esas edades no acabas de digerirlo, yo daba por sentado que en mis sueños las víctimas del tormento sufrían, y que la única que gozaba era yo, así que contesté:

- Yo no, desde luego.

¿Porqué no lo probamos? Estamos solas. ¿No te apetece?

Laurita no era mi tipo desde luego. Demasiado cría; pero la perspectiva de que quizás se dejara azotar me puso algo caliente. Así que accedí, aunque no sabía a ciencia cierta por donde iba a salir. Laurita se incorporó:

- Inés, ¿sabes como murió Santa Irene de Lesbos?

- Ni idea, contesté.

- Los romanos le quemaron los pechos primero, y después la acuchillaron. Mientras lo hacían cantaba gloria al señor sonriendo. Quiero jugar a ser Santa Irene. Enciende esa vela de la mesilla.

Tomé la palmatoria y la encendí. Mientras lo hacía se quitó la parte de arriba del bikini. Le habían crecido un poco las tetitas desde abril. Se sentó en la cama. Yo estaba enfrente, en la otra, con la vela encendida en mi mano. Ella sacó pecho diciendo:

- Acerca la llama hasta que te diga basta.

- ¿Estas loca? Dije sin demasiada convicción pues estaba deseando hacerlo.

- Haz lo que te digo.

Puse la llama a unos 10 centímetros, a la altura de su pezón derecho. La fui acercando todo lo lentamente que permitía mi pulso, casi temblando por culpa de la emoción. Cuando el fuego estuvo a unos 3 centímetros y el calor empezaba a hacer sus efectos Laurita empezó a gemir. Simultáneamente el mugrón empezó a erectar. Se puso del tamaño de una canica. Yo iba acercando la llama, mas y más. Ya casi rozaba la oscura piel cuando Laurita dijo basta. Lo hizo jadeando, y no precisamente de dolor.

- Ahora a la otra.

Acerqué la palmatoria a la otra mama. Ya tenía el pezón hinchado. Repetí la operación. Yo estaba ya bastante excitada, mas por la agitación que por el deseo pero este no estaba ni mucho menos ausente. Esta vez la llama casi tocó su pezón cuando pidió que parara. Respirando entrecortadamentre me dijo.

- Por favor, humedécemelos con tus labios que me queman mucho.

Lo estaba deseando puesto que intuía que me iba a gustar. Introduje su pezoncito en mi boca y comencé a chuparlo y a lamerlo. Levanté la vista y vi la cara de mi amiga, anhelante de placer. Yo ya estaba mojada pues me gustaba mucho más de lo que había imaginado. Sentir esa piel un poco rugosa y palpitante en mi lengua me electrizaba. Estuve un buen rato chupeteando ambos pechos hasta que Laurita me separó.

- Quiero lamer los tuyos. Y me quitó el suje del bikini y me lamió las tetillas. Entonces era yo la que jadeaba. De repente paró.

- Vamos a hacer otra cosa.

Me cabreó un poco que hubiera terminado tan pronto, pero quedé a la espera de su iniciativa.

- Vamos a hacer el martirio de Santa Quiteria de Constantinopla. ¿Sabes lo que le hicieron los turcos? Como no quería abjurar de su fe los jenízaros la desnudaron y le arrancaron la carne a pedazos con unas tenazas. Yo haré de mártir ¿me dejas? ¿Qué podríamos usar?

- Te dejo, contesté. A ver que encontramos.

En el desván había de todo pero no se me ocurrió que artilugio podía servir. Laurita lo encontró.

- Mira, allí están los palos de la estufa. Eso servirá.

Se refería a unas largas pinzas que se utilizan para mover los troncos. Estaban sucias pero eran ideales. Las limpié con un trapo y le pregunté.

- ¿Cómo lo hacemos?

- Yo me tiendo en la cama. A Santa Quiteria la ataron en un potro pero no tenemos, dijo riendo. Tu me pellizcas con las tenazas hasta que yo te diga ¿vale?

Y dicho esto se quitó la parte baja del bikini mostrando su vello púbico rojizo y se tendió levantando los brazos y asiéndose a los barrotes. Nunca antes se había desnudado totalmente ante mí a pesar de habernos duchado juntas y con otras chicas miles de veces. Sentí envidia por sus sobacos tan peludos y por su cabellera bajoventral tan abundante, sobre todo para nuestra edad. Entonces y ahora, siempre, he sido de pelo ralo.

- Empieza por mi tripa.

En mis fantasías sado siempre se había usado el látigo. A partir de ese momento se incorporaron los alicates a mis sueños. Al acercar el instrumento al vientre redondo y blando de Laurita me invadió una sensación de mareo y una opresión interior como nunca había experimentado antes. Mi vagina ya había empapado mi braga. Los apéndices metálicos pellizcaron las carnes y se cerraron. Laurita disfrutaba cerrando los ojos. Le estaba haciendo daño pero seguía aguantando. Cuando me hizo parar tenía una gran señal rojiza. No se pondría un dos piezas en una temporada.

- Ahora en el pecho.

No lo pensé dos veces. Estaba a cien. Le aprisioné su seno en su costado. Me costó porque con lo pequeñas que las tenía apenas había carne. Aquí aguantó menos pero su cara denotaba una gran satisfacción. Repetí el, teóricamente, suplicio, en su muslo y… en su peludito monte de Venus, donde apreté y apreté sin que hiciera gesto alguno de detenerme. Cuando me hizo parar había vello en las tenazas.

- Ya vale de esto, dijo jadeando y sudando. Vamos a descansar un poco. Ven. Aquí, a mi lado.

Yo me tumbé junto a ella. Tomó mi mano y la puso sobre su regazo. Yo notaba la mojadina de su vulva. Además la tenía hinchada. Permanecimos así un buen rato. Gustosamente me hubiera abalanzado sobre ella a volver a sorberle las tetas pero no me atreví y preferí dejarla a ver por donde salía. Finalmente dobló su rostro hacia mí y me dijo:

- ¿Te apetece seguir jugando? Asentí con la cabeza.

- Vamos a representar lo que los calvinistas hicieron a Santa Eduvigis de Basilea.

- ¿Qué le hicieron?

- Le clavaron un gancho en su sexo y con él la desgarraron haciendo salir sus entrañas.

Que asco, pensé. ¿Por donde me saldrá esta ahora?

- Vamos a coger un colgador del armario. Me lo metes dentro y estiras despacio hacia arriba ¿Te parece?

- Pero Laura. Puedo hacerte mucho daño sin querer, repliqué.

- Tu no te preocupes y hazlo.

Tomé una palomilla cuyo garfio terminara en una bolita; la mas limpia y nueva. Le quité el polvo y giré el gancho metálico. Santa Eduvigis, es decir Laurita, se abrió de piernas. Me acerqué a su sexo. Nunca había visto uno tan cerca. Se veía perfectamente el himen virginal Con toda la delicadeza que pude introduje la punta metálica en su vagina. Empecé a presionar hacia su vientre pero paré.

- ¿Porqué no sigues? Lo estabas haciendo muy bien.

- No puedo. Tengo miedo.

- Está bien. Tu mantén el ganchito dentro y yo estiraré.

Dicho y hecho. Yo mantuve con mi mano el garfio en su agujerito y ella tomó ambos extremos con sus manos y empezó a estirar. La rajita de hizo alargada deformándose. Chorreaba y sus labios externos estaban gordos. Laurita gemía. ¿Cuántas veces en esta vida habré recordado su cara de satisfacción, hasta llegar a obsesionarme?. De repente paró y sus jadeos se convirtieron casi en gritos. Soltó el colgador. Lo saqué inmediatamente mientras ella era presa de convulsiones. Se había corrido. Cuando paró me di cuenta de que sangraba un poco.

- Lauri, no te asustes pero te sale un pelín de sangre.

- Chúpala, por favor. No quiero manchar las sábanas.

Me puse en posición y lamí su coñito. Apenas sangraba pero aquello sabía a gloria. Como pude puse mi dedo en mi clítoris, separando el elástico de la braga del bikini. Entre la emoción y el deseo apenas acertaba a masajearlo, pero aún así estaba a punto de correrme. Me faltaba ya muy poco pero Laurita se me adelantó. Su cuerpo entero dio un salto y se arqueó; su sexo se escapó de mi boca. Ante mis ojos el orgasmo la hizo presa de una serie de bruscos espasmos y estertores que fueron remitiendo en violencia hasta quedar quieta sobre el lecho, totalmente exhausta, empapada en sudor.

Quedé inmóvil, sobrecogida por lo que había visto. No tuve tiempo de reaccionar. Se oyó el ruido de una puerta y oí la voz de mi madre:

- Ya estamos aquí.

Saltó de la cama buscando su dos piezas. Yo me volví a poner mi pechero. Pusimos todo en su lugar y nos acostamos fingiendo dormir. Nos vino justo.

- ¿Aún estáis durmiendo gandulas? ¡Venga, a merendar!


Esa noche no podíamos conciliar el sueño. Hablábamos bajito porque al desván se entraba a través de una habitación donde dormían mi hermana P y su marido. Conversábamos sobre cosas que nada tenían que ver con lo que habíamos hecho. Tras unos minutos de silencio Laurita me preguntó:

- ¿Lo has pasado bien esta tarde?

- Sí, contesté lacónicamente.

- Me parece que debe ser pecado, diga lo que diga Franquimir.

- Eso creo yo también, mentí.

- Nos tendremos que confesar.

No contesté por no seguir mintiendo. Desde luego yo no pensaba hacerlo.

- ¿Volverías a hacerlo? Me preguntó.

- Desde luego. Siempre que tu quisieras.

- Yo también. La próxima vez yo seré San Sebastián.

Tardé en contestar. Sabía a que se refería. Ya me la imaginaba atada a un árbol mientras yo le hincaba largas agujas de lana en sus blandas carnes. Empecé a ponerme caliente. Iba a pasar a su cama pero oí a mi cuñado levantarse para hacer pis. Cuando volvió Laurita respiraba rítmica y suavemente. Estaba dormida. No me atreví a masturbarme por miedo a que me oyeran ya que estaba tan excitada que quizás no pudiera sofocar mis reacciones. Al final me dormí. Estuve soñando toda la noche con torturarla, impresionada por esa última sugerencia suya.

Desgraciadamente ya no hubo nuevas ocasiones de quedarnos a solas, ni en casa ni en cualquier otro sitio. Laurita se fue a los tres días. Yo seguí durante una larguísima temporada viéndola en mis fantasías atada a un árbol; desnuda; con sus molludas y blancas carnes ensartadas.


Mi cuerpo ya sabía lo que era tener una buena corrida desde que dominé el arte del onanismo. Comencé a masturbarme a los doce años, después de una clara noche de luna llena en Verano. Yo dormía en el desván en la cama vecina a la de mi hermana Lucy. Me desperté al oír unos leves suspiros. Sin apenas moverme y con los ojos entrecerrados vi como ella movía los dedos dentro de sus bragas. Después practiqué y practiqué mientras calentaba mis carnes con mi imaginación hasta que un día lo conseguí. Pues bien, jamás pude imaginar que se pudiera gozar un clímax como el de Laurita. Desde ese día he sentido verdadera obsesión por disfrutar algo parecido. Eso me ha llevado por un camino iniciático en el que esta primera experiencia tuvo mucho que ver. A pesar del paso de los años y de mis estimulantes experiencias sigue viva en mí la cara de inmenso placer de Laurita.

Cuando me reenganché en octubre Laurita ya no estaba en el Colegio. Su padre había sido trasladado a Barcelona en septiembre, mas concretamente a Vic. Allí había un colegio de Dominicas y allí acabaría su vida escolar. Volví a verla hace pocos años, con ocasión de una de esas celebraciones de antiguas alumnas donde nos adulamos falsamente unas a otras con eso de: "que bien que te conservas"; "estas guapísima" etc. etc. Vivía en la zona de Sarriá, y ejercía de ama de casa de alto standing, de esas que recogen a los niños del colegio con un 4x4 y que tiene una segunda casa para findes y vacaciones en la Costa Brava, en la parte baja de Llafranc, junto al puerto deportivo. Estaba bastante más buena de lo que se podía esperar con su tipo de adolescente. Hacía fitness; masajes todos los días y liposucción cada 2 años, y se había instalado sendos implantes de silicona en sus antaño escasas prominencias mamarias. En ningún instante despertó en mí ni una micra de deseo. Mas bien me hizo recordar los hechos que posteriormente me acontecieron relacionados indirectamente por nuestro encuentro.

Ines34@ozu.es

La Partida de Trivial

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Antes de dedicarme a aprobar unas oposiciones, mi objetivo laboral prioritario, y estabilizar más o menos definitivamente mi vida, disfruté de una beca que me permitió la independencia económica durante la redacción de mi –siempre inacabada- tesis doctoral, beca que incluía una estancia de seis meses en los Estados Unidos. Un par de meses antes de mi partida fui a visitar a mi hermana Felisa.

Ella ha sido desde su niñez hasta nuestros días la oveja negra de nuestra familia. A los veintipocos años se lió con un hombre casado que en lugar de montarle un piso como está mandado le construyó un precioso caserío junto al monasterio de Leyre, a veinticinco minutos de Pamplona. A pesar de disfrutar de su magnífica condición económica de querida de lujo, mi hermana se sacó la carrera de psicóloga. Hoy ejerce con gran éxito tanto en el campo privado como en la Universidad Pública de Navarra.

Por la época de mi visita yo ya prácticamente convivía con mi novio, bien en su preciosa casa, bien en mi minúsculo y destartalado apartamento de la calle Barbastro, que conservaba no solo por apariencias hacia mi madre, sino por propia decisión de independencia. Mi hermana empezaba a hacer sus pinitos en el Departamento universitario. Fui con el Toyota de mi novio un día de finales de septiembre y Feli me recibió tan calurosamente como siempre lo hacía con todos los miembros de mi familia, y yo era algo especial, la hermana menor, la pequeñita, la físicamente más agraciada de una casta femenina de buena simiente. Las mujeres de mi familia tienen todas un tipo envidiable y Felisa no era la excepción. Yo tenía entonces 24 añitos y ella 34 .

Lo pasábamos muy bien. Ella salía temprano hacia Iruña para hacer jornada intensiva. Yo me levantaba a las mil. Desayunaba y me quedaba leyendo o contemplando el paisaje hasta su vuelta en su amplia estancia abuhardillada, donde tenía una gran zona de asueto y descanso. Salíamos a comer por ahí, o los días que venía la asistenta nos preparaba una exquisitez propia de la tierra. Hacíamos una larguísima sobremesa charrando y charrando. Dábamos una vuelta o un paseo por el monte y volvíamos a la tertulia. Como suele ocurrir a menudo, cuando hablas con un arquitecto acabas tratando algún asunto de arquitectura; con un sacerdote de religión; con un psicólogo… de tu propia personalidad. Así que gracias a mi actitud abierta y al clima de confianza, hice partícipe a mi hermanita de mis fantasías eróticas, sueños despiertos, complejos, e inquietudes sexuales. Feli asentía y escuchaba con atención. Poco a poco pasó a una actitud dirigista en la conversación, orientándola hacia los rincones cada vez más ocultos de mi mente. Era una gran profesional y lo estaba utilizando sin darme entonces cuenta. Prácticamente lo supo todo sobre mí, a excepción del incidente del Chateau con Hilde que era un secreto, y yo siempre los he guardado.

La antevíspera de mi partida, forzosa ya que me esperaban inaplazables asuntos en el Departamento vino a comer temprano. La vasca nos había preparado pimientos rellenos y chuletitas de cordero rebozadas, con un pozal de patatas fritas con aceite de nuestra tierra, el Bajo Aragón, aromatizado con ajo. Nos dimos un atracón regado con una botella de Rioja que chorizamos de la bodega y que reservaba como oro en paño el novio ausente. Nos quedamos traspuestas en el sofá pero tras una breve cabezada, ya despejadas aunque todavía un poco piripis, Feli me sugirió:

- ¿Jugamos una partida al Trivial?

Yo casi siempre he ganado y me gusta ganar, así que inocentemente dije:

- Buena idea.

Subimos a la buhardilla a la mesa de juegos. Decidió que jugáramos en el suelo sobre una mullida alfombra. Encendió una vela aromática. Extendimos el tablero y las fichas.

- Vamos a jugar a mi estilo, con pruebas o prendas, como quieras llamarlo. La que acierte una pregunta con quesito (aclaración: una porción de color que rellena la ficha-cilindro y debe completarse con seis de ellas para tener opción a ganar el juego) exige una prenda a la otra. La que falle da a la otra el derecho de solicitarla igualmente, ¿vale?

Sea por el mareo, o por el ambiente, a pesar de tratarse de mi hermana aquello me pareció bastante estimulante. Le tocó empezar el juego. Falló a la sexta y me dio el relevo. Fallé y le volvió la vez. A la cuarta cayó en un casillero con color. Tomé ficha y leí:

- Literatura.- ¿Quién ha escrito el libro de poemas más verde?

- Sin dudarlo respondió: Whitmann: Hojas de hierba.

Yo también lo sabía, así que no protesté, ya que la pregunta era capciosa. Mi hermanita se puso muy contenta y solicitó mi prenda:

- ¿A ver, a ver? Camiseta fuera.

Me esperaba algo así. Era lógico que los tiros fueran por ahí, pero era mi hermana. No creí que pasara de una picardía inocente. Me la quité sonriendo: eres una marrana Feli, dije.

Falló de nuevo a la quinta pregunta. Era mi turno. Acerté tres seguidas. A la cuarta el dado me hizo caer en quesito. Acerté:

- Chica. A enseñar las bragas.

Mientras mi hermana se quitaba los vaqueros estábamos encanadas de la risa.

- ¿Con que esas tenemos, eh? Prepárate.

Seguí tirando y volví a meter la ficha en un color. Feli leyó la tarjeta:

- Deportes.- ¿Quién fue el primer hombre en bajar de los 10 segundos en los 100 metros lisos? Lo sabía: Bob Hayes en Tokio 84.

- ¡Bieeeen!. Hermanita, quiero ver tu suje. Seguro que es negro. ¿A que sí? Felisa se desabotonó y se desprendió de la opaca camisa canadiense que llevaba con una sonrisa. Efectivamente era negro. Dos a uno.

Seguí moviendo ficha sin fallar. Estaba en vena. Volví a caer en un cuadro bueno.

- Historia.- ¿Qué título dio la Reina de Inglaterra al General Bernard Montgómery? Era mi fuerte: Vizconde de El Alamein. Me puse a saltar levantando los brazos de alegría. Feli seguía sonriendo. Me volví a acomodar en el suelo y puse gesto de pensar profundamente. Me lo estaba pasando muy bien. De repente señalé con el dedo hacia su pecho de forma teatral. ¡Fuera sostenes! Con gesto parsimonioso y sin dejar de poner cara alegre desabrochó el cierre, tomó con ambas manos los tirantes y los bajó de golpe.

- ¡Voilá! Dijo. Sus tetas quedaron a la vista entre risas sonoras. Tiró el suje por detrás de su hombro.

A partir de ahí mi suerte cambió. Fallé a la siguiente tirada. Cambió el turno. Al rato ella ya tenía otro color y yo ya estaba en braguitas. Siguieron cuatro tiradas mas y... cayó en la casilla buena. Leí:

- Historia.- ¿En qué batalla se pronunció la siguiente arenga: "Soldados, cinco mil años de historia os contemplan"? La pronunció Napoleón; batalla de las pirámides ¿A ver esas teticaaaas?

Me solté el cierre y me quité los tirantes uno a uno, mientras canturreaba: ¡tarirotariiiiiroooo! Aguantaba el sostén por los sobacos. Levanté los brazos de golpe y cayó descubriéndose mis mamellitas. Felisín se puso a aplaudir. Estabamos igualadas. Continuó el juego. Acertó 5 veces más. Mi hermana estaba imparable. Volvió a caer en quesito.

- Cine, leí ¿Por qué película le dieron el Oscar a Paul Newman? ¡Hala, que fácil! dije contrariada pero contenta porque seguía pasándomelo muy bien.

- El color del dinero. Mi hermana exigió mis bragas.

No sé si a todas las mujeres les ocurre lo mismo pero quedarse desnuda a solas con otra persona me produce una sensación de inevitabilidad respecto a lo que ocurra a continuación. Es como quedarse indefensa; a merced de los acontecimientos. No obstante entonces ni se me paso por la cabeza ¡si era mi hermana, coño! Así que me puse en pie y empecé a contornearme y a deslizar mis braguitas separando los elásticos con mis pulgares, mientras repetía el tarirotariroooo. Me quedé con la figa al aire. Feli no dejaba de sonreír. ¿Qué pasaría a continuación? La respuesta en unos minutos.

Tres tiradas después volvió a acertar. Se me quedó mirando fijamente con semblante algo mas serio. Yo ya estaba desnuda; bueno, con calcetines, pero Felisa seguro que no estaba pensando en quitármelos. De repente, mientras mi hermana me medía, mas que miraba, me entró un sentimiento de pánico. Fue momentáneo pero quedó un poso de inquietud, y, ¿porqué no decirlo? de excitación. Estaba segura de que lo que viniera tendría que ver con el sexo. Volvió a sonreír y me dijo con voz suave:

- Ya no te quedan ropas, Inés, así que tendré que pedirte otras cosas. ¿Qué tal si hacemos una prueba acerca de secretos irrealizados o escondidos? Verás, ¿recuerdas tus manías con los sobacos peludos? ¿con aquella visión que tanto te impresionó? ¿Qué te parece si te depilo los tuyos?

Se refería al incidente con la chacha cuando tenía 5 años que ya conocen mis lectores/as (El Santoral). Aunque cuando ocurrió ya lo conté inocentemente a mis hermanas, que se cachondearon de mí todo lo que quisieron, esta historia se la repetí a Feli en mis largas e íntimas conversaciones de los últimos días como una de mis obsesiones más tempranas. Creo que debido a ello desde que me creció vello en mis sobacos jamas me los había rasurado.

Afeitarme no me hacía ninguna gracia, pero me encontraba sumergida en una situación que, no solo no controlaba, sino que me empezaba a producir el vértigo de lo oculto, de lo oscuro, de lo sexualmente perverso. Algo me decía que entraba en un tenebroso y atrayente túnel, y la cosa no había hecho mas que empezar Me acordé del episodio con Hilde ¿Acabaría como ella? Me dejé llevar.

- Me parece lo que te parezca a ti. Haré lo que me digas.

- Lo haremos con cinta de envolver, ¿Te parece? Te dolerá, pero es necesario. Levanta los brazos.

Los alcé sin rechistar. Felisa me aplicó dos pasadas de cinta por cada axila, desde medio brazo hasta el pecho. Cuando terminó y yo me aparté me dijo:

-Espera. No he terminado. Ponte de pie y ábrete de piernas.

Lo sabía. Ya estaba dentro. Iba a sufrir, y sin embargo lo quería. Mi hermana pegó una sola tira desde la rabadilla hasta el ombligo. Mi no demasiado abundante melena púbica apenas sobresalía un poco por ambos lados.

- Está bien así. Acércate y vuelve a levantar los brazos. Se aproximó a mi axila derecha y tiró despacio de las dos cintas despegándolas lo suficiente para agarrarlas bien y dar un tirón seco hacia abajo. Di un grito de dolor y las lágrimas me saltaron.

- Ahora la izquierda. Repitió la tortura y volví a gritar. Terminó quitando la cinta de mi bajovientre en dos tiempos. El primero, dando el tirón desde mi barriga, me arrancó de cuajo el vello de mi monte de Venus y de mi vulva, dejando dos minúsculos penachos peludos a ambos lados. El segundo, desde la rabadilla me extirpó los escasos pelillos anales y de las ingles. Todos los bajos se me tiñeron de rosa. Venga, siéntate. Aún queda mucha partida.

Hipando de dolor volví a sentarme a lo bonzo. Sentía la turbación de la lascivia recóndita y tenebrosa. Por nada del mundo hubiera abandonado, a sabiendas que faltaba lo peor. Mi hermana volvió a tirar el dado. A la tercera erró la respuesta. Me tocaba. A la primera me metí en una casilla de punto. Ella tomó una tarjeta.

- Geografía.- ¿Qué río pasa por Berlín? El Elba, contesté sin alegría. ¡Fallaste corasssón! El Spree.

Me daba igual. Estaba deseando saber que prueba me esperaba. Una gran excitación oprimía mi pecho.

- Sigamos con los secretos inconfesables, ¿te parece? Asentí con la cabeza ¿Laurita por ejemplo? ¿Recuerdas su cara de placer mientras casi la abrasabas? ¿Vamos a repetirlo? Cerré los ojos. Dios, cuantas veces he pensado en eso. Cuantas ganas de gozar como Laurita. Cuanto miedo estoy pasando.

- Tiéndete larga. Así, con las piernas abiertas. Empezaremos por las tetitas, como... ¿Santa Irene? Tomó la vela encendida y la puso sobre mis senos. La inclinó y la cera fundida cayó. Dirigió el goteo abrasador en sentido circular recubriendo ambas tetas, como si fueran pasteles, dejando el pezón intacto a modo de guinda. Me hice sangre de tanto morder los labios del dolor. La llama de la vela producía mas y más líquido ardiente. Feli hizo un reguero hasta mi ombligo llenándolo hasta derramarse por los bordes. Cubrió por último mi recién afeitado y enrojecido pubis. Mi cara no era precisamente de satisfacción. Gemía de aflicción a causa del sufrimiento.

- ¡Venga, incorpórate! Me toca a mí. Cuatro jugadas mas tarde volvió a acertar con el dado. Si contestaba correctamente completaría su juego y solo faltaría meterla en el centro. Sería casi el final. Deseé con todas mis fuerzas que no fallara. Me sentía pasiva ante los acontecimientos pero, mis carnes anhelaban nuevas desdichas. ¿Era eso ser una sumisa? Todavía sollozaba mientras leía la fichita:

- Ciencia.- ¿Cuál es en nombre completo del ADN? Acido Desoxirribonucleico. Sí, es ese, dije esperando la nueva prueba.

Feli sin mediar palabra se levantó. En la mesa de juegos había una cajita plateada. La tomó y se sentó frente a mí. Me miró con cara de pena. Yo tenía la cabeza gacha. Puso sus manos sobre mis muslos acariciándolos. Cada vez sus dedos llegaban mas cerca de mis ingles. Cuando las alcanzaron sus pulgares oprimieron la capa de cera solidificada de mi monte de Venus rompiéndola.

- Bien Inés. Sigamos recordando ¿qué me dices de tus placeres solitarios a cuenta de ver azotadas a tus hermanicas? ¿Te parece eso edificante? A ver si recuerdo tus preferencias: el culito de Lucía? la barriguita de Trini? o mis propias tetitas ¿No crees que has sido muy mala y que eso merece un castigo? ¡Venga, arrodíllate¡

No pude menos que recordar lo que me costó el confesar a Felisa ese retazo de mis fantasías. Resucitar esas experiencias le divirtió en grado sumo. Ahora se lo estaba cobrando. La sola palabra castigo me produjo una extraña sensación de alivio. Mi antiguo sentimiento de culpa renació con fuerza. ¡ Que extraña es la mente! Por fin iba a pagar mi pecado, mi única acción de la que estaba realmente arrepentida sin saberlo.

Abrió la caja. Estaba repleta de pequeñas pinzas metálicas con dientes de sierra. Dejó unas cuantas en su mano izquierda. Estaba muy cerca de mí. Tomó una con la derecha abriéndola.


- Estas dos por Felisa. Y me pinzó las dos guindas, es decir mis pezones, mis hipersensibles pezones. Jadeé del lacerante dolor mientras mis ojos se inundaban de lágrimas.

- Estas por Lucy, y me hincó una en cada glúteo. Y estas por Trini. Y me colocó dos mas pellizcando en una zona de mi vientre libre de cera. Ahora túmbate de espaldas; sube las rodillas y abre bien las piernas. Hizo lo que suponía: con un pulgar abrió mi coño y con su mano libre colocó otras dos tenacillas agarrándolas a mis labios internos.

- Y estas por todas juntas.

Lloré y lloré amargamente. Era demasiado para mí. No, no era justo. Mi propia hermana era mi implacable verdugo.

- ¡Cállate zorra!. Si tienes la almeja chorreando. ¡Venga, a terminar la partida!

Era cierto. Notaba el licor vaginal fluir en mi interior. Sin embargo no gozaba ni mucho menos. Me erguí trabajosamente apoyando mis nalgas en mis piernas. Ch volvió a tirar el dado. Tras tres tentativas con respuestas acertadas llegó a la casilla central. Si acertaba fin de la partida. Mi martirizado cuerpo ya lo deseaba ¿Cuál sería la prueba final? Hice la pregunta entre gimoteos:

- Deportes.- ¿Qué jugador de fútbol marcó un gol con el puño en México 86?

A quedó un rato mirando mi cara llorosa haciendo pucheros.

- Maradona.

- ¿Qué me vas a hacer ahora? Fue mi respuesta afirmativa.

- Voy a seguir hurgando en tu interior y convirtiendo tus fantasmas en realidad. A fin de cuentas todo esto lo deseabas de una forma u otra. Voy a atarte en ese pilar.

Nos levantamos ambas. Tomó unas cuerdas que aparecieron por allí sin yo darme cuenta.

- ¡Ven! La seguí sumisamente. Llegamos al pilar de madera situado en el centro de la estancia. Pasó mis brazos por detrás y ató mis muñecas. Apenas podía sostenerme en pie. Se plantó frente a mí, levantándome la barbilla, y mirándome a los ojos me dijo con voz muy suave:

- Volvamos a Laurita; tu primera experiencia ¿Quedó algo por hacer, no? Algo que te estremeció y que te provocó muchas fantasías y muchas braguitas pringadas ¿Te acuerdas? Me lo dijiste y confesaste que mientras lo estabas contando las estabas mojando de nuevo ¡Haz memoria!

Las lágrimas por lo que iba a padecer me impedían decirlo. Me acordaba. Claro que me acordaba.

- ¿No te acuerdas? Por supuesto que sí. Ahora mismo estás atada como él. Él estaba en un árbol. Tú en un poste de madera. A el, a San Sebastián lo asaetearon con flechas. A Inés la ensartarán unos dardos. Sales ganando, no te matarán.

Feli se dio la vuelta para buscar el juego de dianas. Cerré los ojos y agaché la cabeza. Mi llanto era inconsolable. Mis piernas flojearon ¡Dios mío, por que locura estoy pasando! Mi hermana se puso a tres metros frente a mí: Si no levantas la cabeza puedo fallar y darte en la cara. La levanté todo lo que pude y miré hacia el techo. Sentí un dolor punzante en mi muslo derecho. Pasaron unos segundos. Me alcanzó otro dardo en mi vientre. Otro en uno de mis senos. Otra vez el lacerante dolor en mi abdomen. En mi pubis. Me desmayé.

Desperté en mi cuarto, desnuda en la cama, dolorida y con los ojos escocidos y llorosos. Varias tiritas se pegaban a mi cuerpo. Había claras huellas de betadine en mis pezones. Estaba amaneciendo. Me levanté y me duché largamente, como si quisiera sacar de mi piel una pátina infame. Hice el equipaje. Al bajar vi una nota en el espejo del vestíbulo. Era de Felisa:

"Tuve que salir anoche a una urgencia. Tienes café en el termo. No creo que volvamos a vernos en un tiempo. Algún día me agradecerás lo ocurrido

Te quiere, tu hermana Feli"

Salí de inmediato rompiendo la nota en mil pedazos. Durante las seis largas horas que me restaban hasta Valencia, mientras conducía de vuelta a casa reflexioné una y mil veces sobre lo ocurrido. Odiaba a mi hermana por lo que había hecho, pero todavía me odiaba mas a mi misma por mi pasividad. Me comporté como una sumisa, como una esclava. Pasé por todo sin rechistar y con ganas. Padecí lo inimaginable, y lo peor es que, inundada de deseo, no experimenté placer alguno.

Tardé mucho en volver a ver a Felisa. Fue con ocasión de una fiesta familiar. Nos dimos dos besos lo menos protocolarios de que fui capaz. No quería que nadie notara mi enojo con ella. Ya había bastantes problemas en mi familia para añadir alguno más. Hoy pienso de ella de forma distinta. No tengo absolutamente nada que reprocharle. Me utilizó, sí ¿Para ser su conejo de indias o para su propio placer, como ocurrió con Balma? No lo sé. El caso es que yo lo consentí, como con Balma, sin coacción alguna. Fui a la humillación y a la tortura voluntariamente, como con Balma ¿Disfruté con ello? ¿Llegaría a hacerlo otra vez? ¿Consentiría de nuevo en pasar por eso? ¿Valía la pena esa búsqueda del placer que experimentaban Laurita e Hilde?

Ines

La Licenciatura

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Tras mis primeras "experiencias" de aquel año turbulento en que cumplí los 18, y que en su momento conoceréis, pasaron muchos años, quizás demasiados, en tener un affaire lujurioso de cierto calibre con otra persona. Mi, en general, rechazo hacia los hombres y mi natural discreción al acercarme a otras mujeres me privó en ese período de tiempo de una vida sensual más intensa. Escarceos de una noche en la disco con cualquier tío o tía, como máximo saldados con alguna felación o un apresurado cuni.

También es cierto que disfrutaba enormemente, y lo sigo haciendo, con mis fantasías sado y con la masturbación. A fin de cuentas lo que vale es la mente, e imaginación nunca me ha faltado. Lo que voy a contar ahora, mi segundo encuentro serio con el sexo duro ¿compartido? puedo calificarlo como el suceso más extraordinario que he vivido jamás.

Tras el bachillerato fui a parar a estudiar a la Universidad de Valencia. Terminé la carrera con un brillante expediente académico al cumplir veintitrés años justos. Por esa época conocí a Javier, el único, ¿único? hombre de mi vida, pero todavía no mantenía con él contacto carnal alguno. Tuvo su premio, según el estúpido punto de vista del orgullo varonil: con él perdí mi virginidad, pero por esas fechas mi himen y mi ano continuaban intactos. En Julio celebramos el típico viaje con el típico autobús, por el típico recorrido (y, entonces todavía asequible) de Francia, Suiza, Austria, Italia; de nuevo Francia, y a casa.

Salimos relativamente temprano sin casi haber dormido por la celebración previa a la partida. Estaba previsto que la primera etapa finalizara sobre las nueve de la noche, pero una inoportuna avería hizo que llegáramos al hotel en Annecy a las tres de la madrugada. En el vestíbulo se distribuyeron y numeraron las parejas para la ocupación futura de las habitaciones.

Como el grupo de amiguetes al que yo pertenecía era impar, la suerte me colocó de compañera de habitación para todo el recorrido a una chica con la que nunca había cruzado dos palabras. Se llamaba Hilde. Era mas bien menuda, morena, con un cuerpo proporcionado. Grandes ojos negros en una cara agraciada.

Pero lo que destacaba sobre todo y la hacía muy popular entre los machitos de la Uni era su enorme busto. Vestía siempre pantalones. A excepción de su exótico nombre era muy reservada y discreta. Casi nunca se la veía con la misma gente. No parecía muy sociable, la verdad. Mala suerte. Pero yo estaba sin cenar y muerta de cansancio.

Solo quería meterme en la cama y dormir unas horas, así que entonces ni me importó. Entré en el baño la primera; me metí en la cama con mi camiseta de Snoopy larga y sin mangas, y me dormí antes de que Hilde saliera.

A la mañana siguiente tuve que despertarla zarandeándola, de tan pesadamente como dormía. Como no hacía caso y se hacía tarde, muerta de hambre tomé mi bolsa de viaje y bajé a desayunar. Hilde entró en el autobús cuando todo el mundo estaba ya sentado. Tuvieron que ir a buscarla. Se quedó en la trasera del bus, sola, fumando como una carretera.

La segunda etapa era Berna. Tras un recorrido turístico por paisajes de postal llegamos alrededor de las siete de una tarde bochornosa como solo puede serlo en la centroeuropa montañosa. El hotel se encontraba en pleno núcleo histórico. Desembarcamos y cenamos con tiempo mas que suficiente para prepararme a lucir el palmito. En la habitación ya estaba Hilde. Inmediatamente me percaté de su total inhibición. Andaba totalmente desnuda, con la ventana a la calle abierta de par en par. Cierto que hacía mucho calor pero, vaya, tampoco era para eso. Yo me duché; me lavé los rizos; me pinté; me puse de estreno mis ropitas interiores: un dos piezas negro comprado para la ocasión; me enfundé una de mis habituales minimini y un suéter sin mangas, que exigía a gritos desprenderme del suje, y a la discoteca que nos habían recomendado a todo el grupo. Estaba realmente sexy e insinuante.

Bailé como una loca. Todo lo que pude y más. En un descanso para reponer líquidos fui a la barra a por una jarra desustanciada cerveza suiza, lo único que podíamos permitirnos en ese caro país, y allí estaba Hilde, sentada, sola, fumando cigarrillos Dunhill de caja dorada y granate, con un brebaje fuerte al lado. Me acerqué a ella y tras beberme de golpe la birra la invité a que me acompañara a la pista.

- Bailar no es lo mío, contestó.

Así que la dejé y volví a la juerga.

Cuando empezó el lento, tras desembarazarme a duras penas de una multitud de compañeros y lugareños que querían disfrutar de mis encantos me dirigí de nuevo a la barra a darle un poco de conversación. Ya no estaba.

Al cerrar la disco la ciudad era un cementerio. Así que volvimos al hotel a una habitación a continuar el sarao. Cuando el conserje nocturno nos amenazó con llamar a la policía nos fuimos a dormir. Eran las tres de la madrugada. El fin del mundo para los helvéticos.

Entré sin hacer ruido. Había mucha luz ya que la ventana continuaba abierta y el alumbrado público era por allí inusualmente intenso. Hilde yacía totalmente desnuda en posición semifetal. Sigilosamente fui al baño, me quité las ropas y me quedé en bragas. Prescindí de la camiseta a causa del intenso calor, pero me puse el sostén. Me senté en el sillón de la habitación a satisfacer un pequeño vicio: fumarme un único cigarrillo americano mentolado justo antes de meterme en la cama. Mientras aspiraba el humo con delectación miraba a Hilde. La veía perfectamente: me fijé en sus grandes y hermosos pechos y en su abundante vello púbico. Comencé a excitarme. El cigarro terminó y me fui a la cama. Entonces oí su voz.

- ¿Se puede saber que mirabas?

No contesté inundada de vergüenza. Ella tampoco insistió. Me dormí azotándola en sueños.

Apenas me había dormido cuando desperté sobresaltada al notar que alguien desabrochaba mi sujetador. Giré instantáneamente la cabeza. Hilde seguía durmiendo en idéntica posición. Entonces me di cuenta que mis braguitas estaban en mis rodillas y mi cuerpo estaba sudoroso y caliente. Me metí en el baño y me masturbé. Al volver a la cama volvió a hablarme.

- La próxima vez que lo hagas te duchas después.

Al día siguiente tuve que volver a zarandearla para hacerla despertar. Cuando seguíamos ruta me acerqué a ella. Asegurándome que nadie nos oía balbuceé una disculpa.

- No te fíes de los sueños, me contestó.

La siguiente parada fue Insbruck. Allí también aterricé a las 4 de la madrugada beoda de grappa como una cuba tras una tarde-noche en una de esas tabernas de largas mesas y cantos corales. Fuera hacía fresco pero la habitación estaba cálida y acogedora. Me fumé mi Salem mientras miraba a Hilde desnuda en su cama, durmiendo plácidamente. Yo estaba a sus espaldas y veía retazos de su largo vello púbico asomar entre sus glúteos. Animada por el alcohol me subí la zamarreta y metí los dedos bajo las braguitas tocando mi coñito pues me estaba calentando. Terminé el cigarro y decidí no continuar. Me quité la camiseta y me dejé caer en la cama solo con las bragas y me dormí casi al instante. De nuevo me pareció que apenas habían pasado unos minutos y que alguien me besaba la columna vertebral. Volví la cabeza de golpe. Allí en su cama estaba Hilde inmóvil, durmiendo. De nuevo mis braguitas habían desaparecido del sitio. Me levanté, y aunque estaba bastante alterada solo hice pis y me volví a dormir.

Las siguientes noches se repitió la extraña historia, con el añadido de que vi el reloj en una de ellas y, aunque me costaba creerlo, habían transcurrido casi tres horas desde que me había dejado vencer por el sueño. No volví a masturbarme ni una sola vez a excepción de la penúltima noche en Génova. En la discoteca me dio por un pavo de pelo largo y aspecto lánguido. Bailamos y me puso a cien. Entramos en el lavabo de las tías y nos metimos en una cabina. Por lo visto en Italia es lo normal. Me la quería meter pero me negué. El chico se comportó y me comió el coño. En justa correspondencia por el buen trabajo realizado le di una mamada que me salpicó el suéter de esperma. Me llevó en su precioso Alfa Spyder al hotel. Incluso tuvo el detallazo de venir a despedirse al día siguiente con una camiseta de seda de Armani de regalo. Bueno, pues a lo que vamos: llegué a la habitación e Hilde no estaba. Después del cigarrito y de acostarme, esta vez totalmente desnuda pues hacía un bochorno que hizo saltar todas mis timideces, lo de siempre: me dormí y desperté, casi instantáneamente, o, al menos así me pareció, al notar una lengua hurgar en mi culo. Estaba bañada en sudor, tórrida como una burra. De nuevo busqué al autor o autora, y vi a Hilde, sentada en la terraza a 5 metros de mí, desnuda, fumando un cigarro y mirándome. Desde luego ella no podía ser de ninguna manera. Me levanté y me metí en el baño e hice correr el agua tibia de la ducha por mi cuerpo mientras mi dedito aliviaba mis ardores. Ya tranquila y relajada volví al lecho. Hilde seguía allí, fumando, observándome.

- Buenas noches, dije.

- Buenas noches, contestó.

La última noche estaba previsto que la pasáramos en Montpellier, pero al llegar al hotel nos encontramos con que estaba en obras, a causa de un reventón en las tuberías de agua. Nos trasladaron hacia el interior por la nacional hacia Beziérs y en un desvío fuimos hasta una colina, a caer al hotel alternativo, un castillo restaurado, un auténtico Relais & Chateau que iban a inaugurar el próximo 1 de agosto. Estábamos encantadas. Aunque se veían por todas partes señales de obras, algunas de ellas inacabadas, aquello era una pasada. El hotel tenía discoteca, un jardín enorme y, en recuerdo de su pasado cátaro, unas salas-museo en sus sótanos. Las habitaciones, un cielo. Bajamos a cenar. Después de un abundante buffet toda la gente fuimos a examinar las dependencias. Cuando bajamos a la cripta fuimos primero a las bodegas, después al museo, pero antes de que pusieran en marcha la disco nos enseñaron el plato fuerte: los calabozos y una auténtica cámara de tortura, perfectamente ajaezada. Allí la leyenda decía que había actuado la inquisición y que cientos de herejes habían sufrido tormento. Yo estaba extasiada. Mis fantasías encontraron un adecuado marco para manifestarse. Miraba y remiraba los grilletes, los látigos, el potro, la fragua, los cepos, las jaulas... una delicia. Cuando volví a la realidad me dí cuenta que todos habían salido. Bueno, todos menos Hilde que todavía parecía mas embelesada que yo. Salimos juntas. La puerta no tenía cerrojo alguno. Sin saber porqué fuimos al jardín. Hacía una bonita noche. Nos sentamos en un banco junto a un estanque. Me ofreció un cigarro. Lo rechacé.

- Pensaba que fumabas. Fue la única palabra que había salido de su boca en todo ese rato.

- Solo antes de acostarme.

Fumó en silencio mientras yo la observaba por el rabillo del ojo. Terminó su cigarro. Lo apagó. Dio media vuelta y se fue sin decir adiós.

Según la costumbre a las tantas me metía en la habitación, muy piripi y extenuada. Hilde no estaba. Me metí directa en la cama.

Esta vez sí que fui consciente del tiempo transcurrido cuando me tocaron el hombro mientras me llamaban:

- Inés... Inés, despierta.

Abrí los ojos. Era Hilde.

- ¿Qué pasa?

- Ven conmigo.

- ¿A dónde? contesté molesta por la interrupción de mi sueño.

- Abajo. Vamos al sótano.

- ¿A qué, si puede saberse? Dije un poco enojada.

- No hagas preguntas y ven. Por favor.

Miré el reloj. Me incorporé del lecho:

- Oye. Son las cuatro y media. Dentro de tres horas nos llamarán. ¿Para que quieres que baje al sótano contigo?

- Para saber de lo que eres capaz.

La respuesta era enigmática. No era nada extraño. Hilde lo era. Eso me acabó de desvelar. Me levanté. Me puse las chancletas.

- Está bien. De acuerdo.

- Antes ponte la ropa interior que llevabas en Berna.

Intrigada fui a la bolsa. Tomé el sostén y rescaté las braguitas de la ropa sucia. Me quité la camiseta ante ella. No llevaba nada debajo. Me puse el conjunto negro, y el albornoz encima. Hilde llevaba la misma ropa que cuando se largó del jardín.

- ¿Vamos?

Salimos sin hacer ruido. Nuestra habitación daba al corredor del primer piso de una de las alas del castillo. La escalera nos condujo dos plantas mas abajo directamente al distribuidor de entrada a las mazmorras. El conserje no podía vernos ni por asomo. Hilde abrió la puerta. Recorrimos el pasillo de las celdas solo iluminado por las luces de emergencia y llegamos a la sala de los suplicios. Hilde encendió las luces. Al entrar me dio el ahogo. No lo había vuelto a experimentar desde mi tarde con Laurita. Verme allí con ella, el dulce y apetitoso objeto de mis últimos deseos me movió el cuerpo. Medio intuí lo que iba a pasar. No me había traído por hacer turismo. Faltaba una incógnita: ¿cuál de las dos? ¿y si era yo el objetivo? Mientras estos pensamientos se arremolinaban en mi mente Hilde se acercó a la pared y tocó los grilletes. Su cierre era muy fácil. Extendió sus brazos en cruz.

- Perfecto. Ven, acércate, dijo.

Cuando intenté acercarme las piernas casi no respondían. Por un momento pensé que iba a ser yo la víctima. La opresión de mi pecho aumentó. Pasaron unos minutos. Estábamos inmóviles mirándonos una a la otra. ¿Y... porqué no? Pensé. La atracción por lo desconocido me dio fuerzas. Cuando caminé hacia ella iba dispuesta, y con ganas, al sacrificio ¿o al placer? Me acordé de Laurita, de Santa Irene, de... ya no recuerdo. Me puse frente a ella.

- ¿Qué vas a hacerme?

Me miró con un gesto mitad incredulidad y mitad... ¿desprecio?

- ¿Hacerte? ¿No eres tú la que quieres hacerme algo a mí desde la segunda noche? ¿Puedes decirme a que viene ese cinismo?

- Perdona, balbuceé. Nuevamente me sentí llena de vergüenza.

- Venga. Basta de charla, dijo mientras se despojaba de la sempiterna camiseta sin mangas. Quedó en sujetador. ¿Te importa quitarte el albornoz?

Hice lo que me pidió. Ella hizo lo mismo con sus pantalones y sus bragas. Por último se desprendió del sostén. Se acercó a la pared y extendió los brazos, metiendo las muñecas en los grilletes.

- Ponles el cierre.

La tenía delante, desnuda, desafiante, como si dijera: a ver si te atreves.

- Elige el látigo y cumple tus deseos: azótame.

Quedé paralizada. No por lo que íbamos a hacer sino por ¿cómo coño había podido averiguar mis fantasías? No era consciente de haberme insinuado de ninguna manera, ni en ese aspecto ni en ningún otro.

- Venga. ¿A que esperas?

No se explicar el porqué, pero en esos momentos deseé ser yo el cuerpo desnudo que estaba engrillado, la piel destinataria del suplicio, y que fuera ella mi ama, la que disfrutara con mi tormento. Me sentí por primera vez en mi vida una sumisa, una esclava. Pero ya era tarde para discutirlo. Fui al armario y tomé una larga fusta. Me puse frente a ella, ligeramente ladeada y... le asesté un fustazo todo lo fuerte de que fui capaz. A sus pechos. No emitió sonido alguno. Solo hizo una ligera mueca de dolor. Estuve unos instantes inmóvil observando el surco rojizo del latigazo. Volví a golpear. Otra vez a sus tetas. Otra y otra. Todas al mismo sitio. Hilde sufría en silencio. Yo azotaba sus pechos una y otra vez. Ya gemía al quinto latigazo. Todavía dos mas y los quejidos eran mas evidentes. Paré tras un trallazo brutal a tomar aliento. Mientras recuperaba el resuello la miré. Su cara denotaba sufrimiento, desde luego pero también una extraña expresión, un atisbo de ¿complacencia?

No sé que me ocurrió. ¿La excitación del momento? ¿El íntimo deseo de ocupar su lugar? ¿Ver materializar mis fantasías? ¿Notar el brote y el olor de nuestros fluidos vaginales? De repente me hirvió la sangre. Retomé el castigo con una furia incontenible. Descargué de forma brutal e incontrolada latigazo tras latigazo sobre el cuerpo de Hilde. Estaba poseída, ebria de deseo de martirizarla. Paré por segunda vez, agotada. Las últimas convulsiones del orgasmo agitaban su cuerpo escarnecido. Se había corrido mientras la azotaba. Ofuscada, me asaltó una violenta náusea que hizo que saliera corriendo buscando un aseo. Recordaba haber visto uno junto a la entrada. Llegué con el tiempo justo para vomitar en el inodoro. Tuve que arrodillarme porque no podía tenerme en pie, totalmente mareada. No se cuanto tiempo pasé devolviendo. Cuando por fin pude incorporarme tuve que sentarme sobre la taza, agotada por el esfuerzo, el mareo y la excitación. Sudaba como una cerdita. Cerré los ojos recostándome sobre la pared. Recobrada la compostura miré a mi alrededor. Me quedé de piedra. Estaba en el lindo cuarto de baño de mi habitación. Me miré. Llevaba mi ropa íntima negra y mi albornoz colgaba de la percha. No recordaba haberlo recogido ¿Entonces? Entré en la habitación y vi a Hilde en su cama, en su sempiterna posición semifetal que ya conocía. Me senté en el lecho sin creerme lo que me estaba pasando. Entonces lo oí. Unos sollozos casi imperceptibles. Era Hilde. Me acerqué y encendí la luz de la mesilla.

- Hilde, ¿qué te pasa?

Vi su cuerpo desnudo, amoratado y surcado por todas partes por las huellas del látigo. Gemía de dolor.

- Hilde, por favor, tenemos que buscar un médico. Dije suplicando, muerta de miedo.

- No te preocupes, estoy bien. Vete a la cama. Contestó con voz firme y autoritaria.

- Pero Hilde...

- Déjame. Te he dicho que estoy bien.

Apagué la luz y fui a mi lecho. No sabía que hacer. Me invadió un inmenso, infinito cansancio. Me dejé llevar y me tumbé toda larga. Me dormí casi instantáneamente. Me despertó un suave zarandeo.

- Es muy tarde. Despierta.

Era Hilde. Miré el reloj. Las nueve pasadas. No había oído el teléfono interior avisando la hora. Ella estaba junto a mi cama. No me dejó abrir la boca:

- Nunca, nunca dirás a nadie lo sucedido esta noche. Nunca ¿Me oyes? Prométemelo.

Asentí con mi cabeza, incapaz de articular palabra. Dio media vuelta y salió de la habitación con su maleta.

En el viaje de vuelta no nos pusimos juntas. Yo pensaba y pensaba en lo sucedido. Hubiera querido hacerle mil preguntas ¿Había sido todo un sueño? ¿Entonces, y las marcas del látigo? ¿Y porqué me había pedido que no contara lo ocurrido? De vez en cuando la miraba. Estaba allí, al fondo, con semblante feliz contemplando el paisaje, fumando como una carretera. No me atreví a molestarla. Cuando llegamos a Valencia desapareció como por arte de magia. A mí me esperaban dos de mis hermanas y el novio de una de ellas y, la verdad, tampoco estuve muy atenta. Así que me fui al pueblo sin poder despedirme. Mas tarde me enteré que se había ido a Alemania, a casa de una hermana. Hoy creo que es una alta ejecutiva en la Bayer.

Aunque pasen mil años recordaré minuto a minuto lo sucedido en esa noche del Relais ¿Sería alguna vez mi cuerpo objeto del placer de mi verdugo como había sido el de Hilde para mí? ¿Alcanzaría alguna vez de nuevo ese estado de embriaguez como cuando desollaba sus carnes con el látigo? ¿Sería yo la que llegaría a disfrutar como ella mientras laceraban las mías? No tardaría demasiado en obtener algunas respuestas a esos interrogantes, pero eso, como decía Kipling, eso ya es otra historia.

Ines

La Letra con Sangre Entra

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Elba es una chica soñadora. Le gusta volar con la imaginación. A veces se sorprende ella misma de lo delirante que pueden ser sus arrebatos oníricos. Pero nunca se ha planteado la posibilidad de que sus sueños se transformen en pesadillas, y que éstas se conviertan en realidad.
Está en clase de Física. No le gusta la materia, pero tendrá que aprobarla para pasar al curso siguiente. La profesora, Julieta, da una aburrida lección sobre el espectro de la luz. Habla de la descomposición de la luz "blanca", pura, en los siete colores del arcoiris. ¡El arcoiris! Elba desea ser un hada que vuele desnuda a través de los siete colores, cambiando su piel cada vez que se baña en uno, combinándolos, variando los tonos. Sus pechos estallan de placer y dan lugar a ríos de luz y música que inundan la tierra...
¡Rrriiiiinnngg! Suena la campana del instituto. Se acabó la clase. Elba despierta de su ensoñación. Está algo húmeda. Su amiga Berta le pregunta:
¿Te quieres venir a comer con nosotras? –
No, gracias chicas. Hoy comeré en casa de mi tía. –
Vale. ¡Hasta mañana! –
Elba despide con una sonrisa a sus amigas, pero al darse la vuelta, se encuentra con la fría mirada de la profesora. Está cruzada de brazos y le impide pasar. Quiere algo de ella. Elba se imagina la causa de su enfado. Siente miedo: es una persona autoritaria y aficionada a castigar y humillar a los malos estudiantes.
Te has vuelto a quedar dormida en clase. –
Elba baja la vista, avergonzada. La ha pillado.
Si sigues así, y no te tomas la física en serio te suspenderé. ¡Mejor será que te busques un profesor particular! –
Julieta se da la vuelta y se marcha. Elba suspira, aliviada de que no la mandase a fregar pasillos de rodillas por perezosa. Pero luego la invade la preocupación: si no aprueba, ¡tendrá que repetir! Sus padres se enfadarán mucho con ella, y sus amigas... Ya no volverán a estar en la misma clase.
Al día siguiente, la preocupación ha disminuido. Hoy no toca física, por lo que puede respirar tranquila. La profesora de matemáticas, una señora ya madura, es mucho más comprensiva que Julieta, y no le importa que Elba no preste atención.
Pero a la salida le espera una sorpresa. Julieta ha venido a buscarla en coche. Un magnífico deportivo de color negro se para frente a la chica antes de que pueda cruzar la calle.
Sube – ordena la profesora – He decidido darte yo misma clases particulares. Te saldrá gratis y me encargaré de vigilar tus progresos.-
Elba calibra sus posibilidades. Quiere aprobar, necesita aprobar, debe aprobar. Suspira y entra en el coche. Julieta, satisfecha, arranca.
Diez minutos más tarde están en casa de la profesora: un chalet en las afueras. Es una monada.
Entra. – le invita a pasar Julieta, mucho más cordial que de costumbre
Elba acepta sentarse en un sillón y que Julieta le prepare un té. Se siente incómoda, como prisionera de la mirada de su profesora. Pero al mismo tiempo siente una pequeña excitación. Julieta es hermosa, una chica de treinta y pocos años, rubia, delgada, alta... Y con unos turbadores ojos azules.
Gracias por el té, profe. –
De nada. Relájate. –
Julieta se ausenta un momento, y Elba aprovecha para mirar a su alrededor. Es una bonita estancia. Da un sorbo al té. Está dulce.
Muy bien, ya podemos empezar con la lección. Ésta no la olvidarás nunca. –
Elba se atraganta al ver entrar en el salón a una Julieta completamente cambiada. Se ha vestido de dominatriz de la cabeza a los pies: gorra de charol con chapa de policía, corsé ajustado, guantes de vinilo negro hasta el codo, liguero, medias de rejilla, sin bragas, zapatos de tacón y unas tobilleras de cuero cerradas con dos pequeños candados.
Oh, oh... –
Sujeta con ambas manos un látigo trenzado. Promete doler y escocer un montón al estamparse en la piel, en su piel concretamente. Elba sabía que algo así ocultaba la profesora de física.
No tendrás que estudiar para aprobar mi asignatura, sólo darme placer y servirme como una perra. –
El látigo restalla en el aire.
Desnúdate. – ordena tajante, y por extraño que parezca, Elba obedece.
Comienza la azotaina de la mala estudiante. Pegada a una pared, jadea y chilla, dolorida, con cada uno de los azotes que el instrumento mortificador le propina.
Debes sufrir si quieres un sobresaliente. ¿Serás buena chica, obediente y servicial? –
¡Sí! ¡Ahhhhh! ¡Ay, ay! ¡Sí lo seré! –
El látigo y su implacable tormento es sustituido enseguida por expertas caricias. Elba se deja hacer. Los dedos de Julieta son muy hábiles, y saben recompensar la sumisión de la chiquilla. Para entregarse completamente a su dueña, los labios de la estudiante viciosa buscan los de su ama-amante. Juega con la lengua, traviesa, permitiendo a la profesora que la mordisqueé.
Debes saber que no eres la primera en probar las excelencias de mi látigo. La profesora de Matemáticas lo conoce de cabo a rabo. –
¿En serio? – pregunta incrédula Elba, mientras con sus dedos intenta provocar el placer de su gobernanta, hurgando con tacto entre los labios y el clítoris.
Julieta está muy complacida de su esclava, recién amaestrada. Para asegurarse su fidelidad, decide jugar una última carta.
También sé ser tierna con mis putitas. Mira lo que he adquirido en el mercado negro... –
Del cajón de la mesilla extrae un consolador negro enorme, curvado, que apenas puede rodear con la mano.
¡Tachán! – exclama, con un gesto teatral.
¡Es como la trompa de un elefante! – dice Elba con asombro.
Tiene tres velocidades. Ahora las probarás todas. –
Elba separa sus piernas, ofreciendo, entregando, regalando su sexo a su ama. Julieta conecta el aparato y con él estimula todo el pubis de su golfa. Elba gime, desesperada por el placer. El coloso penetra sus puertas del amor y comienza a masajear su interior, buscando el punto de máximo placer, el G.
Los jadeos llenan el aire, y sólo se oye su eco en las paredes. Julieta sabe bien cómo tratar a su jauría de perras. Mete la segunda velocidad y los gemidos se redoblan. Elba apenas puede estarse quieta. Espasmos y convulsiones de placer la recorren por completo, pero Julieta no para en ningún momento de estimularla más y más.
¡Ajá! – dice, con tono triunfal, al observar por las reacciones de su esclava que ha encontrado el punto exacto, el núcleo del placer. Pone la última marcha, la más rápida.
Elba se siente morir. Ningún sueño que hubiese tenido antes se puede comparar a la sensación presente de ser todo libido desatada, manejada con suprema habilidad por una musa de lo prohibido. El orgasmo, o mejor dicho, los orgasmos, atropelladamente la asedian, dominando sus sentidos. Ni siquiera se da cuenta de que Julieta se está masturbando encima de su rostro, destilando sus jugos encima de su boca abierta.
Trágatelo todo. –
No ha oído la orden de su señora, pero la obedece. Tiene que chupar algo, o el torbellino de sensaciones la volverá loca. Frenética, pasea la lengua por la raja de la domina, provocando al instante un río de sudores y líquidos vaginales que voraz deglute. No se saciaría ni aunque de un océano se tratase...
Cuando recupera la noción de sí misma, es casi de noche. Está acurrucada en el asiento del acompañante del coche de Julieta.
Eres una preciosidad, zorrita. –
Gracias... –
Agradece la ternura con que su ama acaricia su pelo, maternal. Sabe que aprobará, aunque eso le da ya igual.
Fin de curso.
Elba... Un sobresaliente. –
¡Jo profe! – se quejan las compañeras, celosas de las buenas calificaciones de su amiga.
Deberíais aprender de ella. Claro, que si alguna quiere clases particulares, sólo tiene que decírmelo. –
¿Y Elba? Elba sigue soñando, sólo que ahora sueña con ser la esclava de todas las amas del mundo. Y los arcoiris son látigos que barnizan y moldean su cuerpo, que ya no es suyo, convirtiéndola en la sumisa perfecta.
- Aaaahhhh... – suspira, bajo la atenta mirada de Julieta, que sabrá castigarla como se merece y quiere.

Dr Saccher

La Ladronzuela

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 Mi novio y yo hacía unos meses que estábamos saliendo cuando me ocurrió la historia que les voy a contar. Me llamo Adela y tenía 19 años. Iba con mi novio a comprar a unos grandes almacenes, de esos que venden de casi todo y tienen dos o tres pisos. Bueno quería comprar un poco de ropa ahora que llegaban las rebajas y mi novio me acompañaba.

Bueno, me cuesta mucho decidirme, y después de estar un buen rato mirando esto o aquello me dispuse a probarme en el probador los trapos que había seleccionado. Me quedé en ropa interior frente al espejo del probador antes de probarme todo aquello. Me gustaba mirarme frente al espejo. Soy entre rubia y castaño claro, tengo bastante buen tipo, soy un poco alta y delgada, aunque tengo unos muslitos gorditos y las pantorrillas carnosas. Mi culo es redondo y soy bastante ancha de caderas y estrecha de cintura. Mi piel es de un color rosa blanquecino que toma una apariencia de marfil donde el sol nunca llegó. El escotado sostén dejaba al descubierto la canal de mi pecho, a cuyos lados se levantan como colinas perfectamente cónicas mis senos coronados por dos pezones rosas inmensos cuyos bordes se funden y se difuminan. Mis labios son largo y carnoso el de arriba, mientras que el de abajo es delgado.

Bueno. Me probaba todo y me miraba una y otra vez al espejo, y una, y otra. Al final salí convencida de que al menos dos de los vestidos me gustaban pero sólo tenía dinero para uno. Se lo comenté a mi novio. En seguida se acercó la dependienta.

La dependienta era una chica alta y delgada, de pelo corto, que llevaba el uniforme con una sobriedad que no pegaba en una tienda de ropa de señoras. Le calculé unos treinta años. Morena, seria aunque agradable. No me decidía por lo que la dependienta se fue a atender a otros clientes.

No debí de hacerle caso a mi novio, que me convenció de algo que por mí misma jamás habría hecho. Me convenció para que me fuera al probador y me pusiera uno de aquellos trapos debajo de mi ropa y saliera muy convencida diciendo que compraría aquel otro traje que llevaba en la mano.

Me metí en el probador y así lo hice, disimulando todo lo que podía el volumen de aquella prenda que pretendía robar bajo mi ropa de siempre. La dependienta se extrañó desde el principio de mi nerviosismo, hasta que asustada, le confesé que no compraría ninguno. Mi novio me miró estupefacto y nos dirigimos hacia la salida decididamente.

Nuestros pasos delataban nuestra intención de escapar. La puerta estaba cercana pero al llegar, nos dimos cuenta que una mujer, vestida con un azul uniforme de guardia de seguridad, que me parecía infranqueable como un castillo y fuerte y enorme como un caballo, estaba cruzada en la puerta, evitándonos el paso. Mi novio salió corriendo y pudo zafarse de la cancerbera, pero yo, asustada por las voces de la dependienta, ordenando a la mujer que guardaba la puerta como un Hércules guardando el estrecho de Gibraltar que me atrapara con sus manos que me abrazaron sin dudarlo y me estrecharon en un abrazo que me parecía el de un oso.

Me intenté zafar pero era imposible, ya que la profesionalidad de aquella mujer era indiscutible. Además, me convertí en el centro de atención de todos, de mujeres mayores y jóvenes, de chicas y chicos, de clientes y trabajadoras... No opuse resistencia cuando me condujeron a una sala interior del establecimiento, a través de un recorrido en el que se podía apreciar el desorden dentro del orden del almacén, la cara de sorpresa de los operarios que veían a el terceto improvisado romper la monotonía del trabajo. Llegamos a un despachito. Una mesa, una silla, una televisión y un video.

En la pantalla de la televisión, después de que la dependienta manipulara el vídeo, seleccionado al fin una película que le convenía pude ver unas estanterías de ropa que me eran familiares, así como, en uno de los extremos, a una chica que, aún siendo yo, no me podía sentir del todo identificada con ella. No tardé en recordar la escena. Mi novio esperaba al otro lado de la pantalla. Sí, pude verle coger unas de aquellas braguitas preciosas que tanto nos habían llamado la atención y hecho reír y llevársela al bolsillo de la chupa . El muy cabrón había salido corriendo y me había dejado allí, sola entre aquellas dos víboras sedientas de mi escarmiento que parecían dos "Frauleines" de las SS.

Luego yo salía y hablaba con él, luego venía seria pero amable, fría, calculadora la mujer que ahora tenía frente a mí, clavando sus ojos de fuego y luego ella se alejaba y se veía a mi novio seducirme con la idea de poseer lo que no me pertenecía, y yo, vacilar y por fin, sucumbir a la tentación.

Y me veía desnudarme, y se apreciaban en la televisión mi torso desnudo cubierto bajo aquel sostén que permitía una desnudez que le pensaba dedicar como una nocturna fragancia a mi novio.

No tuve más remedio que reconocer que, efectivamente, llevaba puesta como una segunda piel la prenda de ropa que me obligaron a entregar y que aquella Hércules policial agarró como si del mismísimo vellocino de oro se tratara. Y me sentí desnuda, con el torso sólo cubierto por el minisostén, Y las dos mujeres se echaron una mirada cómplice y me obligaron a desprenderme del sujetador para mirar la etiqueta y cerciorarse de lo que ya sabían y era que aquel sujetador no sólo no pertenecía a esa tienda, sino que, en justicia, era poco para mí, que estaba infinitamente más bella como una Venus del renacimiento recién parida, que se esforzaba en cubrirse los senos con los brazos.

Un gesto despectivo dio con mi sostén en el suelo y las inquisidoras siguieron cómplices con mi interrogatorio y me preguntaron que dónde estaban las bragas que mi acompañante, pues por aquel entonces ya había dejado de ser mi novio, se había llevado. Y mi falda cayó al suelo desabrochada por sus manos que pretendían arreglar la economía de la empresa, arruinada sin duda por el hurto de aquella prenda por la que se había interesado Fulanita de Tal, casada con Cetanito de Cual.

Me alegré de haberme puesto aquellas braguitas blancas, nevadas, cuyo blancor hería a los ojos de mis interrogadoras, a pesar de lo cual, su mirada se clavaba en mi cuerpo. Sentía como unos rayos fríos rozarme y ponerme la piel de terciopelo por donde ellas miraban. Y finalmente vino lo que me temía que pudiera suceder pero esperaba que sólo fueran morbosas ilusiones mías. La dependienta me agarró de las nalgas, por encima de la tela suave, casi de seda de aquellas bragas, y profanó mi boca, metiendo su lengua húmeda y resbaladiza todo cuanto pudo, mientras yo me debatía y la guardiana observaba extasiada .

No me sirvió de mucho responder violentamente, pues, como ya les he dicho, la guardiana conocía bien su profesión y antes de que me diera cuenta, tenía las manos esposadas a la espalda, con un artificio metálico que la chica se sacó de detrás de su cazadora azul. Perdió, eso sí, la gorra en el forcejeo y cayó por su cuello una caballera rubia, en la que los pelos de oro corrían paralelos a otros que recordaban el color de la madera de haya. Sus ojos eran verdes en una cara redonda y con unos labios colorados como dos cerezas. Sentí una mano fuerte aunque delicada.

Y su mano experta en reducciones me obligaron a postergarme sobre la mesa y a continuar de aquella manera mientras la fenicia comerciante se agachaba y bajaba mis bragas de un tirón, convenciéndose, al igual que en el caso del sostén, de que ni las bragas eran de la tienda ni estaban hechas para mí. Y así, ante la tentación de mis nalgas rosadas delante de su boca, comenzó a clavar su faz en mi sexo y a lamer y mordisquearlo, ayudándose con las manos, que recogían mis nalgas para robarme todo cuanto podía de mi tesoro, mientras mis nalgas se oprimían contra la tabla fría de la mesa

Se me ocurrió cambiar mis sordos lamentos por chillidos de socorro, pero sólo sirvió para desatar las iras de la guardiana, que me tomó del pelo y me tiró sobre la mesa. Me inmovilizó la cabeza con la porra y me la sostuvo con sus manos, finas pero fuertes. Sentí la silla moverse para colocarse justo en frente de mis piernas, y en ella se sentaba la dependienta, admirando mi sexo como un reino de la que fuera la reina. Volví a sentir su boca, pero más sosegadamente, con más malicia, transportándome poco a poco a una sensualidad inimaginable por mí, humedeciéndome todo mi ser, deseando robar alguna prenda en ese establecimiento todos los días del año.

La dependienta me lamía el clítoris y me lo agarraba entre los dedos y movía la mano y me transportaba al dulce oleaje de una barca a la orilla del mar, mientras mis piernas quedaban laxas, y luego su dedo se fue introduciendo en mí hasta clavarse, y se dedicaba a recorrer la profundidad de mi sexo, de dentro a fuera, mientras su lengua cálida hacía remolinos con los pelos que cubrían aquel tesoro que yo había guardado para mi novio fugitivo. Aquel tesoro que se desperdiciaba y se dilapidaba por aquella mano femenina que introducía sus dedos para follarme tiernamente.

La guardiana me introdujo el dedo en la boca mientras me corría, quería sentir cómo se lo succionaba, pero yo no estaba dispuesta a que me consideraran una vencida, no quería que me vieran humillada, así que como signo de rebeldía la mordí. La guardiana gritó y sacó su dedo marcado por los dientes. Hizo ademán de pegarme pero la dependienta la detuvo, pues podía causar tal revuelo que hubieran cerrado el almacén pero le sugirió algo mejor.

La dependienta se desabrochó la camisa y se deshizo del sostén. Pude apreciar sus tetitas picudas y delgadas, como de adolescente, en la que sobresalía un pezón oscuro y desafiante y cómo, de debajo de la falda ajustada aparecían unas bragas iguales o más hermosas que las que mi ex novio había robado.

Se puso a gatas y empezó a lamer mi cuerpo con sus labios, mi ombligo, mi costado, mis senos, primero circularmente, luego acercando el calor húmedo de su boca a mi pezón, que lamía, que besaba con sus labios, que trataba de arrancarme a besos, a base de poseerlos entre sus labios, y yo podía ver sus tetitas colgar y rozarme con sus erizados pezones que me arañaban de sensualidad.

La guardiana se había colocado frente a mí, apartando la silla de una patada y pronto comencé a sentir algo que presionaba contra mi sexo, algo fuerte. Era... la porra que trataba de introducirse en mi sexo rehumedecido, la porra que salvaba los primeros obstáculos y se introducía ya inexorablemente mientras la dependienta colocaba sus tetitas juveniles en mi cara y se dedicaba a jugar con ellas en mi boca que pretendía atraparlas como una uva, y ella a veces la apartaba y a veces me la ofrecía, y yo deseaba beber su leche mientras sentía aquel falo introducirse sin compasión dentro de mí y moverse rítmicamente.

La dependienta se alzó la falda al colocarse encima de mi cara y pude oler su sexo y ver aquella maraña de pelos en medio del que podía ver algo que me parecía, desde aquella perspectiva, simpático. Luego, probé su sabor salado, el sabor que la dependienta se esforzaba en derramar por mi boca y por mi cara, como queriendo marcar con el olor de su sexo lo que era suyo, mientras que yo me debatía entre la necesidad inminente de desahogarme en un fenomenal grito por la llegada del orgasmo más grande que había tenido nunca y el deseo de evitar que mis forzantes amadas supieran que aquello me producía un placer que sobrepasaba la sensación de lo físico.

La dependienta siguió embadurnando mi cara con su líquido viscoso incluso después de que la guardiana hubiera retirado su falo improvisado de mi sexo. El movimiento alocado me hizo presagiar un orgasmo al que contribuí lamiendo todo su sexo con más gana de cómo ella se movía.

A pesar de todo, la dependienta no estaba dispuesta a soltarme aún y me advirtió, con la respiración entrecortada y abrochándose el uniforme y recomponiéndose, que si me volvía a ver robar, me meterían la próxima vez la porra por ahí. -¡Por ahí! ¿Entiendes?

Me hice la tonta, y eso fue un error o un acierto, según se mire, pues la guardiana me puso de nuevo de cara contra la mesa y pude sentir el dedo de la dependienta introducirse, pero esta vez lo hizo no en el sexo, sino en el oscuro agujero cuyo virginidad acababa de ser rota. Sentí que metía el dedo como la porra se había metido antes, peor en realidad sólo había metido hasta la primera falange, pero fue lo suficiente para sentir los labios de mi sexo contraerse por mi nueva excitación. Fue suficiente para comprender.

La dependienta le quitó el trapo que la guardiana sostenía y me lo tiró sobre la mesa mientras yo me vestía , ordenándome que lo tomara como un personal regalo. La guardiana me acompañó solemnemente hasta la puerta y me miró son una expresión de macho, de hombre que me hubiera recién follado.

A tres manzanas del establecimiento me esperaba el maricón de mi novio, que al verme llegar me enseñó las bragas sonriendo. Yo le dije que se las pusiera a... un familiar muy querido suyo. Y ya no nos volvimos a ver más.

egarasal@teleline.es

La Entrega

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 Tenia todo listo para retirarse del trabajo, después de una semana entero de soportar al baboso de su jefe, ya venia la recompensa de el descanso del fin de semana. Tomo su cartera se puso un saquito que le combinaba a la perfección con el atrevido trajecito de secretaria, que su propio jefe le impuso usar. Cuando salía de su oficina y mientras pensaba en como disfrutaría junto con su novio de los días de descanso, siente a su jefe que la llama y le dice – Señorita tiene que entregarme este sobre urgente a esta dirección, después puede dirigirse a su casa.
Ella tomo el sobre de mala gana mientras observaba la dirección que estaba escrita en el mismo, no conocía el lugar pero no era muy lejos de ahí, podría ir a pie. Mientras su jefe buscaba su mirada y le dijo – Espero que disfrutes muy bien del fin de semana. Ella solo contesto con un gracias en tono muy seco. El suplico en un tono muy baboso – No te vas a despedir con un beso . Ella levanto levanto la mirada y observo a los ojos a su jefe y vio a un hombre adulto y arrugado que vivía fantaseando con ella le dio lastima y pensó que mas allá que el siempre la cargoseaba sexualmente no era tan mal tipo y que siempre valoro bien el trabajo de ella. Pero le daba mucho hasco el hecho de pensar que podría ser su abuelo. Ella se acercó y le dio un beso en la mejilla. Luego se marcho directo a su nuevo destino.
En la calle hacia mucho calor , no era como en la oficina con el aire acondicionado todo el día encendido. Sentía como sus grandes pechos comenzaban a transpirar y sin pensarlo se saco el saquito y desabrocho un par de botones de su camisa como queriendo dejar entrar todo el aire posible. No le importaba si alguien la veía atrevida, además ya era tarde y había poca gente en la calle.
Llego a su destino y observo que era un edificio bastante viejo, hasta parecía abandonado, miro otra vez el sobre y si era la misma dirección, entro y apenas podía ver porque las luces estaban apagadas y solo veía por la poca luz que entraba desde la calle, que era poca puesto que ya estaba anocheciendo. Llego al ascensor que era de esos viejos y grandes de rejas que funcionaban en el centro de la escalera principal, ella no podía creer que aún existiesen. Subió con un poco de miedo, otra opción no tenia puesto que no pensaba subir 10 pisos por la escalera.
Cuando el ascensor comenzó a ascender sintió ruidos en el hall del edificio, como si estuviesen cerrando con llave la puerta principal, que hasta hace unos minutos estaba abierta de par en par. Mientras el ascensor subía cada ves era menos visible todo, pero podía observar que en uno de los pisos había luz, mientras tanto el trayecto de ida hacia ese lugar era todo oscuro y ya no se podía ver nada. Ella comenzó a sentir miedo , escalofríos pero ya faltaba poco. Cuando llego al piso ya podía ver con claridad, antes de salir del ascensor agacho su cabeza para leer bien el numero del departamento, pero nunca llego a leerlo, pues se apagaron todas las luces, quedando todo completamente a oscuras, comenzó a sentir pasos subiendo la escalera y por el pasillo, que se dirigían hacia ella, en bano fue intentar apretar los botones del ascensor pues ya alguien se había abierto las rejas del mismo.
Todo el mundo se le vino debajo de un segundo al otro, todas los malos presentimiento que tenia se estaban por cumplir.
Ella intento escapar fuera del ascensor pero fue empujada hacia adentro, en el forcejeo dejo caer su cartera y su saco en el piso, podia sentir que eran mas de dos personas las que la atacaban puesto que se sentía toda manoseada, como grandes manos recorrían su cuerpo arrancando su camisa como si fuera de papel, sentía como varias manos manoseaban sus pechos que tenia aún el corpiño semi puesto, otras manos recorrían sus piernas y subían rápidamente hasta sus genitales. No sabia cuantas personas habían en el ascensor pero era bastante, y el ser grande no les facilitaba las cosas a los violadores. No se escuchaba ni un susurro solo los movimientos de los tipos y el llanto desconsolador de la pobre secretaria.
La tomaron de pies y manos dejándola en el aire, abriéndola bien de piernas comenzaron a penetrarla por la vagina que se encontraba muy seca, esto le provocaba a ella un dolor desgarrador, sentía el miembro que la invadía por completo ya que sus piernas estaba totalmente abiertas, el movimiento era muy fuerte y continuo, y no tardo en descargarle el semen que tanto aprisionaba ese pene caliente que contrastaba con la vagina seca y fría de la victima. Luego fue el turno de otro atacante, sin soltarla de las piernas ni los brazos era incapaz de defenderse , solo podía mover su cuerpo y eso le resultaba mas excitante a los atacantes, pues el movimiento les ayudaba a penetrarla aún con mas facilidad a la victima.
Así se fueron turnando todos , claro que después de la segunda penetración la lubricación vaginal no era necesaria, puesto que la misma desbordaba de semen. Mientras era salvajemente violada, ella comenzaba a rendirse, era imposible luchar contra todos sus atacantes, dejo caer su cabeza hacia un costado y observó entre las penumbras a una persona sentada fumando en las escaleras observando todo, el cigarrillo encendido era la única fuente de luz que se veía y le permitió ver a otra persona para junto a esta con lo que parecía una filmadora ya que veía una pequeña luz que salía de la misma, seria de las infrarrojas, pensó. Esa imagen sirvió para olvidarse solo por un segundo que estaba siendo violada en el ascensor de un edificio que estaba semi abandonado.
Cuando se cansaron todos de cojerla en esa posición, la apoyaron contra la reja justo enfrente de los que la miraban, sus pechos desnudos quedaban apretados contra la misma como queriendo salirse para afuera, ella atino a amarrarse bien fuerte de las rejas para no lastimarse contra ellas, ahí le arrancaron la falda, y sintió como uno de la tomaban de el cuello con una mano y le susurraban al oido – Si te dejas no te vamos a forjar mas, sino te agarramos entre todos y te lo hacemos igual. Ella pensó por un momento y el violador sin esperar respuesta se escupió la otra mano y la paso por el ano de su victima, que ya a esta altura sabia bien lo que le iban a hacer, sintió como el pene grueso y duro comenzaba a abrirse camino en su ano aún sin dilatar, sentía milímetro a milímetro la penetración y cerrando bien fuerte los ojos resistió el dolor, ella se dio cuenta que el atacante estaba siendo mas delicado, aguanto el dolor y no puso resistencia para nada. El violador le soltó e cuello y la tomo por la cintura y comenzó su vaivén, ella siempre había deseado tener relaciones por el ano, claro que le hubiera gustado en otras circunstancias, pero su novio nunca quiso. El atacante era uno solo esta ves los demás esperaban pacientemente su turno, mientras nuestra dulce victima comenzaba a relajarse y a gozar, abrió sus ojos cansados de tanto llorar y pudo distinguir como el tipo que la observaba se masturbaba mirando la escena que tenia enfrente. La contextura era de una persona entrada en años y el que filmaba podía distinguir que era un muchacho joven. Seguía observando como se masturbaban y la filmaban, mientras su cuerpo se movía en un vaivén y sus grandes pechos acompañaban el ritmo de su cuerpo que era impulsado por la manos fuerte del violador. Luego comenzó a sentir como sus intestinos eran inundados por primera ves de semen y realmente puedo disfrutarlo un poco, el hombre comenzó a sacar muy despacio su pene y ella sentia que era como que una parte del cuerpo de ella era expulsado hacia fuera. Sin permitir que el ano vuelva a contraerse otra vicita vino por detrás y ella ya entregada totalmente le pidió por favor que la penetre despacio y así fue. Uno por uno fueron pasando y dejándole al igual que un su ovario, todo el intestino lleno de semen.
Ella habia perdido la noción del tiempo, y de la cantidad de veces que se la cojieron. Al terminar el ultimo se retiraron todos del ascensor y comenzaron a descender por las escaleras. Ella quedo sentada en el piso totalmente desnudo y con sus dos agujeros llenos de semen, exhausta sin poder pararse, siente que una persona mas entra en el ascensor. No podía distinguir quien era pero supuso que era el tipo que se masturba fuera del ascensor, puesto que aún seguía fumando. Tiro el cigarrillo al piso bajo su bragueta y puso su pene justo en la boca de la victima. Esta sin resistirse y con ganas de que finalice todo abrio su boca y comenzo a hacerle una mamada. El pene era grande pero no estaba muy erecto, estaba mas bien flacido. Ella siguió chupando un buen rato y sabia que tendría que hacerlo acabor sino no se ira mas, asi que comenzó a masturbarlo y a chuparlo como si fuera el ultimo pene del mundo. Así estuvo un buen rato hasta que sintio que las manos del tipo le sujetaban la cabeza como queriendo dejar todo el pene dentro de ella , el mismo busco lugar en su garganta y pese a las arcadas que esto le generaba a ella el no la soltaba. Ella se estaba quedando sin aire y comenzó a sentir los borbotones de semen invadiendo su garganta. Intentando respirar trago todo lo que salia por ese conducto falico. Así fue que el la solto y ella pudo respirar tranquila.
Quedo adormecida por un buen rato, al despertarse aún no se veía nada. Estaba completamente desnuda y haciendo tacto encontró su cartera y el saquito las demás prendas eran solamente trapos destrozados. Se puso el saquito tomo intistibamente su cartera y salió corriendo por las escaleras. Al bajar sentía como el semen que salía de su ano y vagina iba recorriendo por sus piernas hasta llegar a sus talones.
Así semidesnuda salió del edificio se subió como pudo en un taxi y se dirigió a su casa, olvidando su auto que estaba a pocas cuadras. Ya el clima no le importaba estaba totalmente en shock.
Al llegar a su casa lo primero que hizo fue ducharse, el fin de semana paso mientras ella dormía y teléfono sonaba y los mensajes morían en el contestador.
Pensaba que es lo que sucedió y no podía comprender, solo se levanto otra vez para tomar su cartera y tomar el sobre que estaba dentro. Lo miro y recordó el pasado, sollozando lo abrió y descubrió lo que contenía. Nada, absolutamente nada, ahí se dio cuenta de que era lo que el jefe queria que entregue.
Alexxx

alexanderjunior@hotmail.com

La Emperatriz

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 Es increble como la gente pierde el control y se enferma con los juegos de azar. Nunca dejar de sorprenderme al escuchar la apuesta de un hombre desesperado, de un hombre que sabe que ya casi todo est perdido pero no lo quiere aceptar, y en un intento adrenalnico e insensato de recuperar todo lo perdido, pierde mucho ms de lo que tiene. Yo estoy muy metida en ese mundo, pues soy la colaboradora ms cercana de una mujer muy adinerada, cuya pasin y ms amado pasatiempo son las apuestas... pero ms cobrarlas.


Primero me presentar. Mi nombre es Andrea Cceres, soy perito contador y estudio en la U. auditoria. Todos me llaman Andy de cario. Mido 1.60 mt. y soy muy delgadita, razn por la que me apodan la flaca. Mis medidas son 80 de busto, 85 de caderas, pero tengo 55 de cintura. Y a pesar de estas medidas tan diminutas lo tengo todo bien puesto y muy bonito. No por nada me han dedicado varias veces La Flaca de Jarabe de Palo. Soy de piel blanca como la nieve, pelo negro liso y ojos cafs claros, casi miel.


Soy de pocos recursos econmicos, por lo que cuando consegu hacer prcticas con la que es todava mi jefa, me esforc mucho para ver si quedaba contratada por ella. Para mi sorpresa, no solo qued contratada, sino de una vez como su asistente con un sueldo bastante alto para una muchacha de mi edad. Tengo apenas 20.


Mi jefa, Beatriz Arz, es una dama de alta sociedad de 50 aos. Alta y delgada, aunque nada flaca. Su piel es morena clara y su cabello negro, con asomos de cana que ella sabe llevar con mucha dignidad. Mide 1.78 mt. y tiene un par de senos gigantescos, naturales (ya lo comprob). Sus ms allegados la apodamos la Emperatriz, ya se darn cuanta por qu. Ella es propietaria de ms de 35 empresas en Guatemala, algunas de ellas bastante, bastante grandes. Adems, posee otras 3 en EE.UU. y acciones de otras tantas en otros pases. Vive sola pues su trabajo nunca le dio tiempo para una vida sentimental. Por ello es que me tom bajo su ala protectora. De alguna manera, creo yo, ella trata de prepararme para algo. ¿Me ir a dejar su dinero y propiedades? Yo no lo s, ni me interesa mucho. Yo siempre he sido partidaria de ganarme las cosas por mi esfuerzo, y si estoy pensada en su testamente, tambin me lo ganar a base de mritos propios, bien ganados.


Pero bien, lo que les cont arriba es solo para que se den una idea de cmo soy, y de cmo es mi jefa, la que tiene un papel destacado en esta historia y en todas las otras que les mandar. Ahora empiezo:


Como les dije anteriormente, las apuestas son una de las pasiones ms grades de la Emperatriz. Ella no apuesta, no, ella tiene un casino en donde hombre adinerados y pobres, van a dejar todo su dinero. No se como consigui la autorizacin para un casino, hasta donde yo se son prohibidos en Guatemala. Pero como saben billete mata carita.


Les voy a contar lo que ocurri cierto da en el que una pareja joven lleg a jugar. El se puso medio borracho, y ella perdi el control y comenz a hacer apuestas arriesgadas y tontas. Su esposo, en estado etlico, no la par, sino que se puso de su lado. Para las 11 p.m. ya no tenan ni para el taxi.


El esposo comenz a vociferar, que los haban robado, que no era justo, que iba a demandar a todos. Yo me encontraba con la Emperatriz en el segundo piso, desde donde se poda ver perfectamente todo lo que all pasaba.

Andy, ve con Ernesto y habla con esas personas. Me irritan mucho lo borrachos... No, mejor invtalo a recuperar su dinero... si, llvalo a la sala oval. Dile que jugar contra la casa, y que le daremos la oportunidad de recuperarse. T ya sabes para qu.


Cumpl con mi mandado al pi de la letra. Esa pobre pareja no saba a lo que se meta y yo no quera engatusarlos, siempre he tratado de ser lo ms honrada que puedo. Creo que eso es algo que doa Beatriz a precia mucho de mi.


Ernesto, Neto, me acompa. El es uno de los guardias de confianza de la Emperatriz. Llegu hasta donde la pareja y los abord:

Seores, buenas noches. Me parece que hay un problema aqu, ¿no es as?

Si, que nos robaron.- dijo la mujer hipcrita, pues ella perdi todo.

Si... ladrones...- intervino el hombre, apenas pronunciando bien las palabras.

Me doy cuenta que perdieron mucho dinero, pero...- lo pens por un momento- pero la casa les dar la oportunidad de recuperarse... pero...

Órale pues...- respondi la mujer, envalentonada y confiada.

Pero debo advertirles que la casa no les dar ningn crdito para las apuestas. Ahora ustedes apostarn con ustedes mismos.- se me quedaron viendo con aire de sorpresa, yo quera que se echaran para atrs- Si pierden ahora, tendrn que pagar con sus cuerpos.- se hizo un tenso silencio en donde yo ya casi cantaba victoria, pero nuevamente la mujer estpida esa abri su bocota.

Pues vamos que ahorita ando con fuego y no voy a perder.

¡Siiii!... mi gorda va a ganar... ella es mi suerte...


Suspir profundamente y volte a ver a Neto, que tena una sonrisa burlona en la cara. Los llev al saln oval, una habitacin muy amplia donde la Emperatriz acostumbra a recibir a sus vctimas. Al entrar, los que son inteligentes se echan para atrs, pues el lugar est lleno de cadenas, potros y todo tipo de artilugios de tortura y dominacin. Pero muchos, quisiera saber qu tienen en la cabeza, no se echan para atrs. No porque ven que todo estaba perdido lo hacen, y despus se quejan y dicen que no es justo, idiotas.


La Emperatriz ya estaba sentada en su trono, una silla grande y muy lujosa. Detrs de ella se encontraba su Jennifer, su perrita faldera, su mascota adorada. Ella es una bella muchacha rubia de EE.UU. Mide lo mismo que yo, y su complexin fsica es similar a la ma tambin. Es rubia y de ojos celestes. La Emperatriz la tena sujeta de una cadena de perro al cuello. En sus manos traa una baraja sellada, o sea sin abrir. Vesta una baby doll rosado semi transparente, sin brasier y con una tanguita blanca diminuta. En cuanto llegamos la Emperatriz les advirti:

Presumo que Andy ya les advirti sobre las apuestas... y que tambin trat de disuadirlos de venir, as es ella de buena... Solo les dir lo siguiente: solamente hay 3 reglas ahora. La primera: deben pagar cuando yo lo determine, si es que pierden; la segunda es que apostarn cualquier cosa menos dinero, pues este ya lo perdieron en mi casino; y la ltima es que las trampas se pagarn muy caro, tanto de su lado como del mo. El juego durar una hora, despus de eso, el ganador se cobrar.

La estrategia de la Emperatriz era sencilla, jugar sin mucha pericia las primeras dos manos, para luego poner toda su experiencia y habilidad el resto. Si le ganaban, pues pagara, ella siempre paga sus deudas. Pero si gana, se cobrara con creces.


Jugaron pokar. A la hora ella era la ganadora indiscutible. Al marido se le puso blanca la cara, pues al final, en un arranque de desesperacin y de valenta estpida, su esposa se haba apostado a si misma. La emperatriz sonri y se relami los labios, a pesar de que la mujer no era de su gusto. A ella le gustan las mujeres chaparritas y delgaditas como Jenny o como yo.

Neto, por favor, dispone de todo para poderme cobrar.


Rpidamente, Neto sujet al esposo, inmovilizndolo. Le fue fcil pues el tipo no era muy corpulento, y el mide 1.79 y es bastante cuadrado y macizo. Amar al esposo a una silla, por los pies y por las muecas, mientras la esposa daba de berrido y somataba intilmente la puerta, firmemente cerrada.


Neto se acerc a ella y la agarr. Rpidamente la desnud y le espos las muecas tras su espalda. La puso de rodillas frente a la Emperatriz. Esta la vio con displicencia y fastidio y le dijo framente:

Nia, si vas a estar as, no me voy a poder divertir mucho contigo hoy, y eso no te conviene. Si me das todo el placer que te pida, tu deuda quedar saldada rpidamente, pero si no, voy a tener que... tardarme mucho ms en darme por satisfecha... ¿entends nia?

¡Djeme! ¡Maldita loca djeme! ¡Ahhh! ¡AAAAAAAHHHHHHHHH!

Te lo estoy advirtiendo nia, te lo estoy advirtiendo.


Le hizo una seal a Neto, y este tom a la gritona y la amarr a un potro, los pies a las patas de este, dejndola totalmente abierta de piernas. Con un collar de perro, la amarr de la cabeza, dejndola con las quijadas sobre el potro. Las manos se las dej amarradas como estaba. Pude contemplar muy bien como temblaba. Sus nalgas, 2 gruesos pedazos de carne que sobresalan atrayentemente de su trasero, se estremecan. Esas 2 hermosas nalgas era su principal atractivo. Piel morena, pelo negro rizado, y cara normal, no fea, pero tampoco nada fuera de lo comn. Los senos no eran demasiado grandes, y tenan un oscuro pezn.


La Emperatriz, por su parte, se preparaba para darse un gran festn. Jenny la asista mientras se cambiaba de ropa frente a la aterrada mujer. Se despoj de su elegante vestido gris, que Jenny recoga enseguida del suelo. Luego la ayud a enfundarse en un complicado traje de tiras de cuero rojo. Tratar de describirlo: 3 tiras gruesas salan de una mayor que pasaba por la espalda baja, para formar el sostn del traje, dejando los pezones oscuros de sus senos gigantes expuestos, y sus senos sujetos a medias. Por el centro, en medio de sus senos, pasaba otra tira, que se una a las 3 anteriores; esta se una otra ms que rodeaba el cuello de la Emperatriz a manera de collar de perro, y sostena el sostn. Del collar sala otra tira que se enlazaba con la de la espalda baja. Luego, solo traa un calzn negro, de esos pequeos por atrs, sin ser hilo dental, que se mete un poco entre las nalgas, que por cierto, las de la Emperatriz eran grandes y duras a pesar de la edad. Por ltimo botas negras de cuero hasta las rodillas.


La mujer lloraba desconsoladamente mientras mi jefa se daba vuelta y la encaraba.

¿Cul es tu nombre?

c,c- la tipa no poda contestarle.

Dije, ¿Cul es tu nombre?- La mujer comenz a abofetear a su esclava de esa noche. Cada bofetada se escuchaba como un aplauso fuerte. Los dedos de mi jefa quedaron marcados en varios puntos de su cara.- ¿Cul es tu nombre?- volvi a preguntar.

M... M... Mari-Marisel...- dijo la mujer sollozando.

Marisel, de ti depende si esto se vuelve agradable para ti. Y tal vez ya no deban apostar tan alocadamente la prxima vez.


Y empez todo. La Emperatriz la comenz a azotar en el culo con una vara larga de bamb. Cada golpe dejaba una larga marca de piel enrojecida. La mujer aullaba del dolor y la desesperacin.

¡AAAHHHH! ¡AAAHHHH! ¡AAAHHHH! ¡AAAHHHH!- gritaba a cada azote.

¿Te duele perra? ¡¿Te duele?! ¡Contestame perra asquerosa!- le gritaba la Emperatriz.- ¡Contestame!

¡SSIIIII! ¡SSIIIII! ¡SSIIIII, ME DUELE!

¡Pues aprend a gozarlo que hay mucho para la noche todava!


La sigui azotando sin piedad. Le dio no solo en las nalgas, sino en la espalda, sobre los brazos, en las piernas... la mujer no poda hacer nada, nada en absoluto. Si trataba de agacharse, el collar lastimaba su cuello, y si se haca para adelante, le daba ms espacio a los golpes de mi jefa.


Despus de un tiempo, comenz a frotar la punta de la vara sobre la vagina de la infeliz. La punta era redonda y lisa, por lo que no la raspaba, pero poco a poco iba apretando. La vulva de la mujer no estaba mojada ni hmeda, pero con estas caricias fue cediendo. La mujer aunque no quisiera se estaba humedeciendo y excitando. La Emperatriz volte a ver al hombre, y luego lanz sendas miradas a m y a Jenny. Comprendimos de inmediato y nos dirigimos hacia el tipo.


A pesar de lo asustado, se le notaba perfectamente un abultamiento bajo el pantaln. Jenny se fue caminando en 4 patas hacia el. Me ofreci su collar de perra y yo la llev. En cuanto lleg, comenz a lamer y morder sobre el bulto. Tipo dio un suspiro profundo. Yo de pi, me empec a quitar el traje de trabajo que tena. No me gusta llevar a las personas a las garras de la Emperatriz, pero a la larga, son ellas las que se lo buscan. A nadie de los que he visto bajo el dominio de Beatriz Arz, se le neg la oportunidad de echarse para atrs antes de hacer la fatdica apuesta, ellos mismos. Y por otro lado, me excitaba ver estas escenas, por lo que despus de una temporada de negrmelo a mi mismo, empec a participar.


Desabroch lentamente mi saco gris, que qued tendido sobre otra silla. Baj el zipper de mi falda sastre, gris tambin, y la dej caer de forma sexy, meneando la cintura para que se deslizara por mis muslos. Muy despacio comenc a desabotonarme la camisa blanca, impecablemente blanca, que traa. Cuando la estaba bajando sobre mis hombros, volte a ver de reojo, pero con una sonrisa pcara, a mi jefa, que me observaba atentamente, excitndome ms de lo que ya estaba. Yo saba que ella me vera con atencin, y yo me estaba desvistiendo para ella. Tambin dej la camisa sobre la silla.


Qued solo en ropa interior, regalo de la misma Emperatriz. Un sostn negro pequeo y delgado, de fino encaje; un calzoncito pequeo, no hilo dental, de encaje tambin. Adems, llevaba medias oscuras y liguero, y mis zapatos, negros tambin. Estos eran bajos y se amarraban en mis tobillos.


Avanc lentamente hasta donde se encontraba el hombre. Jenny ya haba liberado su miembro de su prisin, y se encontraba chupndolo. Lo sac y lo chupaba sin usar las manos, tal y como su ama le ense. Me arrodill a su lado, y me lo ofreci, acept gustosa. Era un pene respetable. Casi 17 cm., duro y medianamente grueso, nada fuera de este mundo. Su atractivo eran las venas que serpenteaban por su superficie.


Lo chup con esmero, metindomelo hasta el fondo, y sacndolo despacio mientras Jenny le chupaba las bolas. El hombre no aguant mucho, pues tambin presenciaba lo que le hacan a su mujer, y termin rpido. Me tom por sorpresa y tuve que tragar un buen chorro. La Emperatriz estaba violando con fuerza a la mujer con la caa de bamb, mientras esta rogaba por piedad.


Jenny y yo lo chupamos apasionadamente durante un buen rato. Lo hicimos acabar otras 3 veces ms, dejndolo totalmente seco. La Emperatriz le hizo de todo a la mujer, que berre mucho al principio, pero luego comenz a gemir, como una puta siendo cogida por su macho de turno. Y es que lo que le gusta a mi jefa es hacer que sus vctimas terminen gozando mientras ella las viola salvajemente, y lo logr con Marisel.


La viol con la caa de bamb, haciendo que chupara de ella todos sus fluidos despus. La puso sobre una cama de parto, esas que separan las piernas de las parturientas. All puso a Neto a violarla, y este se agasaj. Practicaron una doble penetracin, pues mientras Neto la penetraba como un toro desbocado por la vagina, mi jefa la violaba por el ano con un consolador negro muy largo.


La Emperatriz hizo que Neto la violara en todas las posiciones, con las manos esposadas a la espalda ella no quedaba ms que como una marioneta. La sodomiz hasta el cansancio y eyacul 2 veces sobre su cara. Luego la Emperatriz vio al marido, con su pene flcido e inconsciente entre mi boca, y se le ocurri un idea.

Si logrs que tu marido se ponga duro otra vez, y lo hacs acabar en tu boca, habr terminado todo. Tambin quiero que te tragus su semen.


Neto puso de rodillas a la mujer, y Jenny coloc el pene del hombre dentro de su boca. La infeliz trataba de darle la mamada de su vida al tipo, pero este estaba fundido ya, lo habamos dejado seco. La emperatriz le dijo a Neto que volviera a sodomizar a la mujer, y este lo hizo encantado. La penetr de un solo empelln y le comenz a dar dursimo. La pobre Marisel apenas si poda mantener el pene de su marido dentro de su boca, pues el dolor causado por la tranca de Neto la haca berrear a todo pulmn.


Marisel estuvo as, sufriendo la gota gorda arrodillada, con el pene flcido e inconsciente de su marido entre la boca, y la poderosa verga del guardia taladrndola por atrs. Grit, peg de alaridos y de estruendosos lamentos, y en medio de ellos maldijo al impotente de su marido.


Frente a esta escena, Jenny y yo pusimos el trono de la Emperatriz para que esta pudiera ver a gusto. Sentada cmodamente devoraba mis senos, los lama y chupaba despacio pero con fuerza, a la vez que les pegaba pequeas mordidas que me volvan loca. Yo sostena uno de sus senos gigantes con una mano y lo acariciaba lo mejor que poda, ya traa abierto su raro vestido. A sus pies y entre sus piernas, Jenny se afanaba por brindar la mayor cantidad de placer posible a su ama, hacindola lo que a ella ms le gustaba hacer (despus de chuparle las tetas), lamerle el sexo. Jenny idolatraba ese sexo, y lo cuidaba con esmero y con mucho amor. Ella amaba profundamente a su ama.


Marisel fue sodomizada repetidamente por Neto, y cuando este estuvo vaco, la Emperatriz mand a Jenny a violarla con un largo consolador. La pobre mujer no descans durante largas 4 horas. Al final logr hacer que su marido se pusiera duro otra vez, haciendo que terminara en su boca. Se trag religiosamente hasta la ltima gota de semen.


La Emperatriz, como haba prometido, dio por pagada la deuda y su apetito sexual por saciado. La mujer no poda ni levantarse del piso. Esas 4 horas de dominio y de sexo la fundieron, solo la mantuvo de pi la adrenalina.


Entre Neto y su marido se la llevaron. La Emperatriz se cambi de ropa por algunas ms presentables (asistida por Jenny naturalmente) y parti hacia su casa al lado de su hermosa esclava. Me invit a terminar la fiesta bajo sus muslos, pero yo tena un examen de contabilidad al otro da y tena que llegar descansada. Lo ltimo que vi esa noche fue a mi jefa desapareciendo por la larga puerta de la entrada, con su amada perrita llevada de la cadena, con su baby doll puesto. Le deca al odo cosas dulces, al tiempo que contoneaba sus grandes y majestuosas caderas.


Fin.


Gran Jaguar


Pueden hacer sus comentarios y sugerencias, o lo que quieran decirme, al correo de abajo:

hardstone@soloadultosweb.zzn.com

Jorja, una Abogada Exitosa

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 Jorja se encontró a la mitad de su vida, siendo una abogada exitosa, rodeada de personas de poder y de dinero.

Pero el destino también la encontró en su casa sola, sus hijos ya casados y separada de su marido, dejaban a Jorja un profundo vació cuando volvía por las noches de trabajar, a su casa.

La mejor manera de escaparle a la soledad fue tratando de ir lo menos posible a su hogar. Para eso necesitaba aún mas clientes, el trabajo es una buena droga para olvidarse de los problemas. El estudio de abogados era muy competitivo, y más allá que ella fuera la mejor tenia que buscar la forma de pescar mas clientes. Comenzó a buscar lo que ella la destacaba mas que sus colegas. Era muy fácil de verlo a simple vista, mas allá de su edad, ella era una mujer muy hermosa que vestía muy bien, y que sabia como cuidar su cuerpo. Porque sabia que la imagen era muy importante para el trabajo. Pero esta ves tenía que explotar aún más esa imagen, y lo haría al máximo. No permitiría que nadie se le escapara de las manos.

Se comenzó a vestir muy provocativa, sus polleras comenzaron a ser más corta de lo habitual, colores que dejen ver su diminuta tanga, y blusas que muestren más que insinuar aun más sus grandes pechos. Estaba hecha una bomba. Sus compañeros de trabajo tartamudeaban estúpidamente al hablar con ella, no podían ni mirarle a los ojos, siempre desviaban la vista a su delantera prominente.

Ella descubrió que tenia un arma muy buena guardada. Los clientes nuevos comenzaron a caer y no se les escapaban, bueno ella hacia lo imposible y mas aún para que se quedaran con ella. Su especialidad eran los divorcios y encamarse con los clientes era fácil y un servicio especial que la diferenciaba de sus ordinarios colegas.

Sus clientes la llamaban para salir y su agenda comenzó a no tener mas lugar en las noches, poco a poco los fue filtrando y se quedo con los que le regalaban Joyas o mismo billetes. Se dio cuenta que poco a poco se fue convirtiendo en una verdadera prostituta, Su entrada financiera que era muy buena se duplico o triplico, pero terminaba muy cansada, madrugaba para ir al Bufete de abogados, después tenia que ir al juzgado, papeleos, peleas telefónicas y por la noche sus cenas que terminaban en Hotel lujoso donde generalmente despertaba para dirigirse otra ves al trabajo.

Su doble vida la estaba matando pero le gustaba ya no se sentía mas sola, todos los días una cita nueva y nuevos regalos, y placer mucho placer.

Un día salio con un cliente muy adinerado pero que estaba acusado de abuso de mujeres, era un empresario muy importante de esos que tienen tanto dinero que no les importa hacer lo que se les plazca, porque saben que de alguna forma u otra lo arreglaran con dinero. El le propuso ir a una fiesta que en realidad era una especie de orgía. Ella lo medito un instante pero se negó rotundamente, alego que el trabajo se lo impedía, (No mentía al respecto, pero no confiaba mucho en ese tipo), La charla siguió el insistió y ella siguió negando pero ahora estaba nerviosa, ese tipo la ponía nerviosa y sintió un fuerte presentimiento en el pecho de peligro, por primera ves se arrepintió de haber salido con un cliente.

La Cena transcurrió y ella comenzó a relajarse y a sentirse agotada. Las velas la música suave y la agitada semana estaban pegando duro a su cuerpo. Cerró un segundo los ojos y sin darse cuenta cayo en un profundo sueño. Imágenes rápidas pasaron por sus ojos. Ella estaba siendo acompañada al auto de su cliente por otra persona mas. Se vio recostada en el asiento de atrás. Se vio en una cama que no era la suya, como de costumbre.

Música, que venia de otro ambiente, la música entraba en sus oídos y la comenzó a despertar. Un fuerte dolor de cabeza sobrevino y sus ojos se abrieron. Que le había sucedido, donde estaba?

No era un hotel la habitación era inmensa y estaba recostada en una cama medieval. La música se escuchaba como si proviniera de debajo de la habitación, era música clásica.

Se levanto de la cama y se dio cuenta que estaba completamente desnuda y que solo tenia puesto un desabille transparente. Que estaba sucediendo. No quería pensar que fuera posible lo peor.

Aun temerosa decidió salir de su habitación, el pasillo estaba oscuro iluminado por unos pequeños candelabros de velas. Al cerrar la puerta de la habitación se dio cuenta que esta sola habría de adentro, ahora estaba atrapada en el pasillo que solo la conducía a una escalera, de donde provenía la música. Se asomo muy sigilosamente a la misma y mirando hacia abajo vio un espectáculo que nunca se hubiera imaginado ver.

Un gran candelabro de velas colgaba del medio de la inmensa sala, justo debajo de el formaban un circulo millones de velas encendidas, y en el centro de este estaba crucificada con las piernas abiertas una chica muy joven, sus manos y pies estaban atravesados por unos largos pero finos clavos, se veía con espanto como la sangre delataba los agujeros provocados por los mismos. Su boca estaba amordazada y su cabeza estaba aprisionada con una corona de espinas que le impedía moverla, si no quería ser lastimada por la misma.

Personas vestidas con túnicas rojas rodeaban el círculo, y sus cabezas estaban tapadas por unas capuchas largas del mismo color, era imposible distinguir si eran hombres o mujeres. La música marcaba un ritmo y como si estuvieran poseídos las personas pasaban y se turnaban de a una ves para fornicar a la mujer.

La música tapaba los quejidos que pudieran escapar de las mordazas y no se escuchaba ningún bullicio, solo era la música y la visión del espectáculo.


Jorja se ocultaba detrás de unos barrotes de la escalera un lugar privilegiado para observar, temerosa de que la descubran pero tranquila pues nadie observaba para arriba todos mantenían su vista al espectáculo.

Después de pasar varios hombres por el cuerpo de la mujer crucificada, una persona vestida de negro se acercó a la indefensa chica, con sus manos retiro muy despacio la capucha que tapaba toda su cabeza y dejo al descubierto una gran cabellera negra, pero su rostro estaba cubierto por un antifaz. Tomo un largo alfiler y lo atravesó en el pezón rígido de la victima, esta giro su cabeza demostrando el gran dolor que sentía, cosa que fue peor, puesto que las espinas que tenia en la frente le lastimaron toda la misma.

Siguiendo la misma trayectoria el alfiler atravesó el otro pezón provocando aun más dolor. Luego retiro el gran alfiler y por los agujeros producidos por ese instrumento coloco unas argollas que estaban comunicadas a unos cales. Inmediatamente los pechos de la victima comenzaron a tomar vida propia producto de la electricidad que provenía de los cables. La chica se contorsionaba por los dolores, pero eso era peor, pues sus manos y pies clavados, se lastimaban aun más y sangraban mucho más.

En ese momento unas tres personas bajas de estatura, que también vestían los mismo que lo demás, se habrían paso entre la multitud y fueron derecho a la fuente de sangre absorbiendo como podían hasta la ultima gota de la misma como si fuese el néctar mas preciado del universo.

La mujer de largos cabellos se puso en la cintura un gran arnés del que colgaba un bestial consolador del cual salían puntas filosas que se incrementaban aún más al llegar a su cintura. Se colocó entre las piernas de la chica y haciendo una señal pidió cortar la música. También pidió que le sacaran la mordaza a la chica, la cual comenzó a suplicar, intercalando con llanto, para ser liberada. La mujer grito – Serás liberada de esta vida mortal - Y tomándola de las dos piernas comenzó a insertarle el prominente consolador en su estrecha vagina.

Este entro provocando un mar de sangre por los rasguñotes provocados por las puntas filosas. El aparato se perdió dentro del pequeño cuerpo de la victima y un último grito desgarrador marco el final de su vida.

El infernal consolador había atravesado el abdomen de la pequeña mujer, y consigo había sacado parte del cuerpo de la chica. La mujer siguió sus movimientos de cadera, haciéndole el amor al cuerpo inerte de la chica.

En ese momento pareció gozar y subió su mirada perdida hacia las escaleras. Poniendo al descubierto a Jorja.

Ella quedo congelada ante tremendo espectáculo y más aún al ser descubierta. No pudo escapar pues fue tomada de los brazos por dos grandes hombres. Inmediatamente le pusieron un pañuelo en la boca y nariz con un líquido que la hizo desmayarse.

Jorja sintió como un fuerte pinchazo en sus manos, luego en sus pies. Sintió como su sangre comenzaba a circular rápido y su corazón se aceleraba. No sabía que había sucedido no recordaba bien. Comenzó a recordar que había salido con un cliente y que este le había propuesto ir a una reunión, una reunión…

Abrió los ojos con mucho miedo y observo enzima de ella un gran candelabro lleno de velas.


alexanderjunior@hotmail.com

Garganta Profunda

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Una mujer y su hija descubren que el secreto de la felicidad estaba en ser esclavas del novio de su hija.


Relato escrito por JP con colaboración de su fiel esclavo Alexxx.


Mi marido Luis me anunció el lunes que tenía que viajar el viernes de la misma semana a Berlín para un congreso y que no regresaría hasta la tarde del lunes siguiente.


Inmediatamente se lo dije a mi hija Paula para que se lo comunicase a nuestro Amo. Después de un mes por fin podría disponer de las dos juntas. Desde entonces solo había podido usarnos por separado, más a Paula que a mi. Ella no tenía impedimentos matrimoniales como yo y por esa razón su explotación por el Amo era superior a la mía provocando mis celos.


Además, no se podían comparar sus 17 añitos con mis 42. Ella era rubita, esbelta y hermosamente conformada, de 1,75 de estatura, cara angelical, unos pechos regulares y perfectamente erguidos, cinturita estrecha que resaltaba sus redondeadas caderas y su culito respingón. Los muslos y las piernas estaban perfectamente torneados. En fin, llamaba la atención por la calle tanto de hombres como de mujeres.


Yo había estado orgullosa del fruto de mi vientre hasta que el Amo entró en nuestra vida hace un año y mi amor por mi hija se convirtió en celos, envidia y rencor. Lo conocí como su novio, cuando ella contaba 16 y él 20. Me pareció un gran chico y pronto lo admitimos en casa hasta que me cautivó y convirtió en su sierva más sumisa hacía ya un par de meses.


De esposa normalita, ama de casa y abogada de una empresa de construcción pasé a ser su puta subyugada, dispuesta a hacer por él cualquier cosa por muy perversa o repulsiva que fuese. A mis 42 años eso significó una revolución en mis hábitos y en mi vestir que tuve que justificar a mi marido con alardes de imaginación basados en que, pasados los 40, quería aprovechar mi vida antes de entrar en la vejez. Mi marido, 12 años mayor que yo, en crisis y con cierto decaimiento por haber sobrepasado la cincuentena, se tragó los cuentos.


Así comencé a "acudir" a actos sociales a los que siempre había sido remisa, me apunté a un gimnasio y a una ONG para ayuda a los niños desnutridos. Por supuesto nunca me verían el pelo en esos sitios. Era una excusa para estar a disposición de mi dueño.


Al Amo le encantaba disfrutar de madre e hija simultáneamente, pero era difícil compaginar la disponibilidad de ambas, y más por las noches o todo un fin de semana como él quería.


Paula me confirmó que el Amo nos admitía para el fin de semana en que mi marido viajaría. No cabíamos en nosotras mismas de gozo y de ansiedad. Cuando de ofrecer agrado al Amo se trataba, mi aversión por mi hija se quedaba en segundo plano. Si él era dichoso teniendo a las dos juntas, yo me consideraba bienaventurada.


El jueves por la tarde acudimos las dos al salón de estética para una nueva sesión de fotodepilado. Ya casi no nos crecía nada de vello salvo en cabeza, pestañas y cejas. Pero queríamos ser perfectas para él y ofrecerle la piel más suave posible para su deleite, uso y abuso. Al Amo no le complacía cebarse en pieles curtidas por el maltrato. También nos hicimos la manicura. Paula se pintó sus perfectas uñas de corte recto de color rojo como le gusta al amo ya que acentúan la tersura de sus largos y esbeltos dedos. Mis uñas, algo más largas recibieron una laca nacarada que también hacía mis manos irresistibles y anunciadoras de voluptuosas caricias.


El viernes, después de salir mi marido para el aeropuerto, envié a mi hijo pequeño, Tomás, de 12 años, a la casa de mi madre, en el campo, con la excusa de que tenía que tomar el aire porque le veía algo paliducho.


No bien se fue Tomás, Paula y yo nos dedicamos a prepararnos para estar como quería el Amo que nos presentásemos ante él. Olvidé mi ojeriza con ella para que me administrase un enema que limpiase mis intestinos para tenerlos bien limpios ante nuestro dueño. Noté el caliente líquido fluyendo en mi interior y me imaginé que era el esperma o la orina del Amo la que me producía el efecto y que la cánula y el plug-in que Paula me insertó en el esfínter para contener el líquido hasta que surtiese efecto era su adorado pene. Paula, quiero creer que no exprofeso, se debió pasar en la dosis de la lavativa, porque mis dolores de vientre fueron inhabituales antes de que transcurriese el tiempo aconsejado para ablandar las heces y que ella se empeñó en observar antes de quitarme el tapón para poder evacuar.


Lo de cagar ante mi hija no me gusta nada, igual que orinar, pero es voluntad del Amo que, siempre que se pueda, cada una presencie los alivios físicos de la otra. También por deseo expreso suyo, en mi habitación de matrimonio hay una diminuta cámara oculta con micrófono para que Paula presencie mis actividades sexuales con mi marido, su padre.


Paula me impuso otro enema más y mientras me insertaba la cánula con una mano con la otra acariciaba mi vulva y metía dos de sus hermosos y largos dedos en mi cálida gruta que de inmediato comenzó a humedecerse. Me encantaba hacer el amor con mi hija y no había cosa que me produjese mayor placer que el amo nos ordenase ofrecerle números lésbicos.


Nuevamente hube de vaciar mi recto ante la atenta mirada de Paula y mi correspondiente sonrojo. Después fui yo la que le administró los enemas a Paula. Mientras introducía la cánula en su cerradito, pero elástico ano, contemplé con orgullo de madre y envidia de competidora sus perfectas nalgas y muslos.


Sentada ella en la taza para evacuar contemplé lo que más le envidiaba: Su decoración. Paula portaba en sus pezones unos atractivos aretes de titanio de gran grosor y diámetro que coronaban la perfecta curva de sus pechos plenos y descendiendo en un perfecto escorzo. En lo alto del pecho izquierdo mostraba un artístico tatuaje de atractivos colores que consistía en una mariposa encadenada y en cuyas alas estaban las iniciales del amo. También tenía un grueso anillo atravesando de pleno la pepitilla de su clítoris y otros cuatro en los labios mayores, dos a cada lado, que conferían el toque de perfección a su abultadísima, pelada y brillante vulva. Cuando se encontraba en pie el efecto de esa vulva así adornada era devastador para la libido de cualquier persona, hombre, mujer o niño. Cuando el amo exigía que le comiese el coño, el mío chorreaba de inmediato. Pasar la lengua entre aquellos pliegues forzando la separación de sus bien cerrados labios exteriores en medio de la suavísima piel de su pubis era lo más delicioso que nadie se pueda llevar a la boca.


La odiaba. ¿Cómo el amo iba a hacer uso de mi cuerpo si disponía de la propia Afrodita?. Ese uso se revelaba en los azulados verdugones que cruzaban sus nalgas y el propio pubis y que ella me mostraba orgullosamente para demostrarme que el amo la había flagelado recientemente.


Por odiar, odiaba hasta mi matrimonio y a mi cornudo esposo. Por culpa de él yo no podía ser anillada ni flagelada. No podía ofrecer al amo ningún uso que revelase mi condición de esclava a mi marido. Mi entrega al amo era frustrante, porque no podía demostrarle todo lo que estaría dispuesta a hacer y sufrir por él.


Las dos ofrecimos al amo la renuncia a nuestra vida y la entrega completa a él a todas horas del día, pero no lo admitió. Arguyó que aún no se encontraba en condiciones de poder alimentar y administrar debidamente a dos esclavas. Entonces le ofrecimos prostituirnos para atender los gastos que pudiésemos ocasionarle. Incluso encontramos burdel para trabajar juntas. También estaba dispuesta a admitirnos a trabajar como actrices una productora de cine porno duro con la condición de acreditar en las películas nuestro parentesco. Hubiéramos hecho cualquier cosa para estar siempre a su lado, a sabiendas de que por mi parte ya no podría ver nunca a mi hijo menor. Pero el Amo se mantuvo en sus trece diciendo que era demasiado joven para tanta responsabilidad.


Nos peinamos y maquillamos con sobriedad, como quería el Amo. Nos vestimos sin ropa interior. Paula con un vestidito infantil y yo con un austero traje de chaqueta, como solía ir a mi trabajo en la constructora, pero ambas con las faldas más cortas de lo habitual, de tal manera que un inclinación dejaba al descubierto nuestros pelados pubis y por tanto los rezumantes agujeros, ya brillantes de jugos por la excitación que nos producía la inmediata entrega al Amo.


Por último, siempre siguiendo las instrucciones, yo me introduje dos grandes bolas chinas en la vagina y un rosario de seis pequeñas en el recto. Para mi envidia, Paula tenia orden de envolver tres pesadas piedras en condones, metérselas en la vagina y cerrar la salida con dos candados de buen tamaño y peso pasados por los anillos de sus labios.


Tomamos un taxi. Durante el trayecto el taxista no paraba de mirar mis piernas por el retrovisor. Estoy segura de que estaba mostrándole mi húmedo y abierto chumino sin remedio asomando por él el cordon de extracción de las bolas, ya que la escasa tela de mi falda no alcanzaba bien a cubrirme y el tipo de género impedía la caida del tejido entre los muslos para tapar algo. La tela del vestidito de Paula, al ser más flexible la tapaba mejor.


El Amo nos había ordenado dejar el taxi a cinco manzanas de su casa y llegar andando. Ni que decir tiene que el andar fue penoso, singularmente para Paula, que notaba las piedras de su vagina pugnando por salir por su propio peso y estirando brutalmente los labios enlazados por los candados de los anillos. Yo fluctuaba entre el placer proporcionado por las bolas y el bochorno de que se me notase por la calle. El caso es que las dos, sobre todo mi hija, parecíamos pingüinos caminando y estaba espantosamente convencida que todo aquel que se cruzaba advertía inequívocamente lo que albergábamos dentro.


Llegamos al piso del Amo y nerviosas, ansiosas y ardientes llamamos a la puerta. Nos abrió él en persona y tras hacernos pasar al recibidor, las dos nos arrodillamos con la vista baja como estaba ordenado. Nos indicó con un gesto que nos levantásemos y nos condujo a la habitación de castigo. Me extrañó porque a esa habitación íbamos después de ser acusadas de alguna falta cuando nos usaba en su gran cama.


En la habitación de castigo se encontraba un gigantesco negro desnudo. Bueno, no totalmente desnudo. Tenía puesto un mecanismo metálico de castidad que aprisionaba su gran pene contra el escroto de manera que le fuera imposible la erección.


- Este es Nadie, mi ayudante hoy. Hoy no estáis en esta sala para ser castigadas. No puede haber castigo si no hay falta. Hoy vuestros cuerpos serán usados para darme placer mediante el dolor. Sencillamente porque quiero.


No rechistamos. Así debía ser. Lo que él dispusiese se aceptaba sin discusión. Ni siquiera se nos pasaba por la cabeza analizar las causas de sus decisiones.


- Desnudaos.


Paula obedeció de inmediato y dejó deslizar su vestidito al suelo quedando en pelotas ante los dos hombres. Yo era la primera vez que me tenía que desnudar ante alguien que no fuese el Amo o mi marido y dudé unos segundos. Los suficientes para merecerme un fustazo en las nalgas que me ascendió por la columna y restalló en la cabeza dejándome temblando de dolor.


Inmediatamente me desnudé y quedé en pie con la vista baja, abochornada y sonrojada por la presencia del negro.


El Amo colocó a Paula un collar metálico donde trabó sus manos a ambos lados con unas pulseras igualmente metálicas y la encadenó por el anillo del clítoris a una argolla de la pared.


- Empecemos con la vieja. Dijo al negro.


El negro me tomó de un brazo con rudeza y me condujo a una gran mesa donde me hizo tender boca arriba. Entre él y el Amo me colocaron un collar postural de cuero y sendos grilletes en las muñecas. Me obligaron a doblar las rodillas y con unas anchas bandas de cuero ciñeron fuertemente mis muslos a los tobillos. Me colocaron otras bandas cerca de las rodillas con una barra separadora que ajustaron al máximo, hasta que me dolieron las caderas y los tendones de las ingles.


A continuación el negro me colocó una mordaza con un pene de goma hacia el interior que casi alcanzaba mi garganta, provocándome nauseas y arcadas. Un ancho cinturón de cuero ciñó fuertemente mi cintura y a él me trabaron los grilletes de las muñecas.


El Amo se dedicó entonces a mis agujeros. Extrajo bruscamente las bolas chinas de mi coño y el rosario de mi ano haciéndome daño. Insertó un espéculum en mi vagina y a través de él introdujo algo que me pareció como una bolsa elástica. También me insertó una cánula en el meato urinario. Sacó el aparato de mi vagina y me lo metió en el ano separando brutalmente el esfínter. Yo había dejado de ser virgen por ese agujero no hacía más de un mes, cuando el me lo inauguró. Y solamente me había vuelto a utilizar por ahí un par de veces más, por lo que mi esfínter aún no esta habituado a las penetraciones. Me dolió mucho, creyendo que iba a rasgarme, hasta que me lo quitó después de meterme otra bolsa en el recto.


Mis miradas se dirigían de cuando en cuando a mi hija Paula que miraba con suma atención las maniobras de los dos hombres sobre mi indefenso cuerpo. Nunca el Amo me había tratado tan severamente y Paula estaba asombrada. Supongo que, vistos los verdugones de sus nalgas y su pubis ella ya habría experimentado tratamientos duros. Me satisfizo que ella viera lo que el Amo me hacía, ya que denotaba su predilección por mi cuerpo mientras ella estaba postergada en un rincón.


El extremo del tubo de plástico de la cánula de mi meato me fue insertado en la mordaza, que debía tener otro conducto porque el poco rato noté mi orina en mi garganta. Con la repulsión que me produjo beber mi propia orina aumentaron las nauseas y arcadas y seguido de ellas una sensación de angustia y sofoco. Me pregunté si el Amo no se estaba excediendo.


El negro amarró mis tetas con unas anchas gomas elásticas y me colocó unas pinzas metálicas en los pezones que me produjeron un dolor insoportable. Pero ese dolor resultó insignificante ante el que me produjo otra pinza colocada en mi clítoris.


Cuando creí que ya no podía ser objeto de más saña, el Amo tomó un inflador de colchonetas o neumáticos dotado de un barómetro y conectando el tubo a una válvula de las bolsas insertas en mi recto y mi cavidad vaginal, comenzó a inflarlas, una tras otra hasta que creí que me reventaría interiormente. Entonces paró. Pasó dos finas tiras de cuero a los lados de mis labios vaginales que fueron enganchadas detrás y delante de mi cinturón de cuero estirando de ellas firmemente de tal forma que mis labios y mi meato sobresalieron grotescamente abultados hacia fuera y coronados por la pinza del clítoris. Tras colocar otras correas al cinturón noté como era elevada quedando suspendida en el aire boca abajo con gran parte del peso soportado por las correas de mi ingle a los lados de mis labios que se clavaban insoportablemente aumentando en mi interior la presión de las dos bolsas que abarrotaban ambas cavidades.


Dentro de mi suplicio no dejaba de satisfacerme ver la cara de mi hija, entre indignada y anhelante por el olvido de que era objeto. Y si creía no soportar ya más, el negro me colgó una plomadas de las pinzas de mis pezones y de la del clítoris, tras lo cual el Amo conecto unos cables a las cadenas de las plomadas cuyo otro extremo veía insertado a una extraño artilugio sin duda eléctrico. Aquello me angustió hasta el extremo de decir: ¡ Basta, me voy!. Pero como iba a poder decir nada con aquel pene artificial metido hasta casi mi garganta y con ésta ocupada en deglutir mi propia orina para no ahogarme.


El Amo manipuló los mandos en la caja, pegó dos electrodos en mis sienes con esparadrapo y él y su negro se alejaron hacia mi hija Paula a quien liberaron de sus ataduras. Yo veía toda la escena y me entraron celos nuevamente cuando pasaron a ocuparse de ella abandonándome a mi. Pero al poco noté como la caja eléctrica ejecutaba diabólicamente su función. Comencé a sentir un suave hormigueo muy agradable que se extendía desde mis pezones bajando por los lados del vientre hasta llegar a mi clítoris, después pasando por el perineo y subiendo por mi columna vertebral hasta concentrase en la nuca. Aquello calmó mi angustia por la posición y las restricciones y me entregué a disfrutar de la extraña sensación.


La agradable vibración me estaba conduciendo poco a poco hacia el clímax de una forma inexorable y en mi interior agradecía al Amo que mi entrega a su brutalidad tuviese tan apreciado premio. Cuando estaba deslizándome por el inicio del orgasmo un doloroso relámpago estalló en mi cerebro y todo mi cuerpo sufrió una bestial sacudida seguida de una formidable y dolorosa contracción muscular que me apartó completamente del placer hasta entonces sentido.


Confundida y aterrada por la dolorosa experiencia volví a fijarme en como los dos hombres trataban a Paula.


El Amo había ordenado a mi nena que lamiese el ojete del culo del negro y acariciase sus testículos y sus musculosos muslos. El hombre debía sufrir lo indecible con su pene constreñido por el artilugio de castidad que le impedía su consecuente reacción a las caricias de mi hermosísima hija. Por su parte ella debía sufrir por la humillación a que se veía sometida.


Nuevamente sentí el placentero cosquilleo de la máquina eléctrica y me entregué otra vez a él hasta que me llegó un profundo orgasmo que fue sofocado por un nuevo latigazo.


Así pasé cerca de media hora mientras veía el uso al que se veía sometida Paula. Cada vez que yo estaba al borde del orgasmo o éste se había iniciado, se malograba por la dolorosísima y violenta descarga que me dejaba absolutamente frustrada, destrozada y aterrada ante la expectativa de otra más, ya que por más que lo intenté era incapaz de sustraerme al hormigueo que me conducía inevitablemente al orgasmo. Comprendí que los electrodos de las sienes debían detectar la llegada de la ola de placer y enviaban a la diabólica máquina una señal para efectuar la descarga que quebraba el ansiado clímax.


Paula había sido liberada por el negro Nadie del candado que cerraba sus labios vaginales y el Amo le había ordenado saltar. Así lo hizo hasta que las piedras que albergaba en su íntima cavidad cayeron al suelo por su peso. Entonces el Amo ordenó a Nadie que le hiciese el amor a mi hija sobre una mesa. La caricias del negro acentuaron la dolorosa reclusión del pene de éste y pronto llevaron a mi hija al borde del orgasmo. El Amo dio una orden al negro para que colocase a Paula boca arriba y concentrase las caricias en su anillado clítoris. Cuando Paula se rindió al orgasmo, el negro se apartó de ella y el Amo le propinó un tremendo fustazo en el clítoris que hizo saltar de dolor y exhalar un inhumano aullido a mi nena. Tampoco ella obtendría el clímax.


Después Paula fue sujeta igual que yo. Con los tobillos ceñidos a los muslos y una barra separando las rodillas todo lo que se podía sin descoyuntarla. Las muñecas se ligaron a un collar postural como el mío y por último con una cadena que pendía del techo, levantaron la barra separadora de las rodillas, con lo cual mi pobre hija quedaba con sus agujeros expuestos totalmente a merced de lo que se quisiera hacer en ellos.


El Amo se ensañó con la fusta golpeando el pelado pubis y la cara interna de los muslos de Paula, sin olvidar de cuando en cuando dedicar algún golpe a sus perfectos pechos. El dolor de los fustazos se acentuaba por el efecto de los anillos que adornaban su cuerpo. Pronto tuvo su sexo hinchado y enrojecido. Entonces el Amo le aplicó vinagre y liberando sus ligaduras la obligó a sentarse a horcajadas sobre un listón de madera de sección triangular tendido entre dos caballetes. La altura de los caballetes estaba ajustada para que la pobre chica se mantuviese de puntillas con la afilada arista del listón incrustada en su vulva. Para realzar la atormentadora postura, de los anillos de sus labios vaginales colgaron dos plomadas, al igual que de los anillos de sus pezones. Las manos seguían trabadas al incómodo collar postural que obligaba a tener la cabeza incómodamente erguida.


El Amo rodaba con una cámara de video todo nuestro tormento cuando no estaba personalmente ocupado en el tratamiento.


Acababa yo de sufrir la enésima descarga interruptora del orgasmo y me encontraba desesperada cuando los dos hombres volvieron a prestarme atención. Me quitaron las bandas de goma que comprimían mis pechos y sufrí un extraordinario dolor al reanudarse la circulación sanguínea por ellos. Después me liberaron del resto de aparejos salvo de las dos bolsas hinchadas que rellenaban pujantes mis agujeros produciéndome una sensación de extraño sofoco y malestar. El Amo me ordenó correr alrededor de la habitación y mi malestar aumentó intensificado por el bochorno que me producía la grotesca manera de correr a que me veía obligada por la opresión de mis cavidades desnuda ante dos hombres, uno de los cuales era la primera vez que veía en mi vida.


Después me ordenó ponerme de rodillas en el centro de la habitación, con la cabeza apoyada en el suelo, el culo bien levantado en exposición y las manos separando mis glúteos para no obstaculizar la vista de mis taponados orificios.


Fueron a liberar a Paula de su intolerable asiento y la trajeron hasta mi sujetándola en pie ya que el periné debía dolerle cruelmente. No la libraron de las plomadas de los pechos pero si de las de los labios vaginales, aunque una la pasaron a colgar del anillo del clítoris distendiendo éste desmedidamente.


Ordenaron a Paula desinflar las bolsas y extraérmelas, con gran alivio para mi mis maltratadas cavidades. El Amo estuvo un buen rato enfocando con la cámara de video mis agujeros, que debían ofrecer un extravagante espectáculo dilatados como debían estar por las bolsas y mantenidos abiertos por mis propias manos.


Cuando ya creía que había terminado la sesión, Paula fue conminada a follar mi erguido culo con su puño y obedeció. Aunque mi ano era prácticamente virgen, la brutal y reciente dilatación provocada por el globo permitió a Paula introducir su puño en mi recto sin el menor esfuerzo.


Mi hija fue instruida de qué hacer y pronto me estaba follando el ano con un movimiento frenético mientras con la otra mano friccionaba mi clítoris. Las continuas frustraciones sufridas por la máquina eléctrica habían acumulado en mi tal deseo por llegar al clímax que no tardé mucho en conseguirlo ante los insultos de Amo relativos a la sucia ramera que yo era.


Después de correrme Paula cesó el movimiento de su puño, pero el Amo le ordenó seguir mientras él le quitaba a Nadie el artilugio de castidad que aprisionaba su polla.


El Negro debía saber controlarse bien, porque la misma no apareció erguida como el espectáculo debiera haberla dispuesto, sino más bien morcillona. Se le ordenó a Paula dejar de follar mi culo y sacar su puño y entonces fue el negro quien introdujo en mi agujero su bien equipado pene. Cuando estaba convencida de que iba a ser sodomizada de mala manera, porque poco placer podía sacar el negro de mi superensanchado orificio, noté un calor en los intestinos. El negro estaba orinando dentro de mi. Y debía llevar tiempo sin hacerlo, porque la meada fue interminable.


Cuando concluyó la meada, el Amo me introdujo un tapón anal para contener el asqueroso líquido hasta que empezó a hacerme efecto como un enema y mis intestinos exigieron la inmediata evacuación. Mientras, Nadie había colocado a Paula un separador de mandíbulas tremendamente forzado. El Amo colocó a Paula con su abierta boca tras mi ano y me despojó de un seco tirón de mi tapón anal.


Con toda mi repugnancia no pude contenerme y la orina del negro albergada en mi recto salió disparada a la boca de Paulita mientras el Amo la empujaba hasta cubrir mi ano con su boca ordenándola beber. La chica no pudo tragar todo y recibió varios latigazos en la espalda como castigo.


El Amo entregó a Nadie su aparato de castidad y éste se lo colocó dócilmente devolviendo después la llave a su dueño. A una orden de éste el negro nos empaquetó concienzudamente a mi hija y a mi: Los orificios de ambas fueron taponados concienzudamente mediante mordaza de bola y sendos tapones anales, uno para la vagina y otro para el ano, siendo descomunal el alojado en la vagina. Para descartar cualquier expulsión fueron bien retenidos con una correa de cuero que, pasando por la ingle, se ceñía fuertemente por los riñones y por el vientre a un ancho cinturón de cuero también muy apretado. Al pasar por la vulva, la fina y tensa correa se introducía incómodamente entre los labios vaginales. La muñecas fueron trabadas a unas argollas del cinturón y nos fijó con otras correas los tobillos a los muslos para aumentar nuestra incomodidad y dolor.


Nos colocó una capucha que nos impedía la visión y el oído y fuimos abandonadas durante varias horas en las que, yo al menos, sufrí numerosos y punzantes calambres en las piernas y ataques de ansiedad. La baba me caía por entre los labios debido a que la mordaza me impedía tragar saliva y los mocos se añadían a ella bañando todo mi pecho, lo que acentuaba mi sensación de miserable animal.


Cuando el Amo retornó ya era de día, Sábado. Aún tenía cuerenta y ocho horas para atormentarnos. Yo estaba segura de que regresaría a casa con marcas que sería inevitable que mi marido percibiese.


Me di cuenta de que Nadie había pasado la noche a nuestro lado, empaquetado también muy incómodamente y con su ojete trasero taponado como nosotras.


El Amo liberó las manos del negro y le permitió que él mismo se deshiciese de su tapón anal. Después Nadie nos liberó de nuestras restricciones y tapones y el Amo nos ordenó ir al baño para evacuar, cosa que necesitábamos los tres hacer imperiosamente.


Primero me ordenó defecar a mi en presencia de los tres. Ya he comentado que aquello me resultaba humillante en presencia de mi hija. La idea de hacerlo ante el Amo y Nadie me resultó ya insuperable y no obedecí. Ello me aportó un pellizco en un pezón que me hizo ver las estrellas. No soltó mi pezón hasta que no me senté en la taza.


Si antes tenía unas ganas enormes de cagar, ahora estaba estreñida y no me salía nada. Como Paula estaba poniéndose enferma de no hacerlo, el Amo le ordenó sentarse en mi regazo y cagar y mear entre mis piernas, lo que hizo que todo mi monte de Venus resultase pringado de sus excrementos. Para limpiarme ordenó al negro que me mease entre las piernas, lo que hizo ante mi bochorno y de forma tal, que si la vez anterior la meada fue extraordinariamente copiosa, ahora, tras toda la noche sin evacuar, aquello parecía un embalse vaciándose.


Para mayor vergüenza mía el Amo me ordenó mirar al negro a los ojos y darle las gracias por lavarme. Cuando la noche anterior meó dentro de mi recto no le veía, pero ahora mi bochorno fue tal que creí que mi sonrojo me haría estallar la piel de la cara.


En un momento dado el Amo me ordenó abrir la boca y Nadie dirigió inopinadamente su chorro hacia ella. Cerré la boca y me gané otro castigo. El Amo ordenó al negro que limpiase con su orina el culo de Paula y mientras, me colocó a mi el separador de mandíbulas. Me hizo arrodillar y metiendo su amado pene en mi forzada boca, alivió su vejiga en mi garganta, obligándome a beber para no ahogarme.


Después nos hizo meter a los tres juntos en la bañera y ducharnos con agua fría. Nos hizo enjabonar bien adentro nuestros dilatados orificios y ordenó a Nadie quitar la alcachofa de la manguera de la ducha para metérnosla por los agujeros e irrigarnos a presión las cavidades. Una vez terminado el exhaustivo aseo volvimos a la sala de torturas.


Allí, Nadie nos colocó un ancho collar de cuero a cada una que forzaba nuestro mentón hacia arriba obligándonos a una postura altanera de la cabeza. El negro Nadie nos volvió a tapar los tres agujeros. Los míos inferiores fueron asegurados por medio del mismo cinturón y correa con que había pasado la noche. Los tapones de Paula fueron asegurados enganchando una cadenita desde su base al anillo del clítoris de la niña. A ese mismo anillo le fue enganchada una cadena para conducirla y a mi otra en una argolla del collar.


El Amo y Nadie se vistieron con unos elegantes trajes que les caían muy bien a sus gallardos cuerpos. Tomando el Amo la cadena de Paula y Nadie la mía nos condujeron a la puerta, completamente desnudas salvo por nuestras restricciones.


Nuevamente volví a sofocarme al pensar que alguien nos pudiese ver en la escalera. Supuse que nos llevaban al aparcamiento del sótano pues no podía ni imaginar que nos llevasen así por la calle.


Y sucedió lo que temía. Al salir del ascensor en el aparcamiento nos encontramos con una venerable pareja.


- ¡Por Dios, pero qué hacen ustedes!. ¡Qué obscenidad! ¡Pero qué les hacen a estas mujeres! ¡Llamaré a la policía!


Ya me veía en los periódicos acusada de atentar contra la moral pública y con mi marido pidiendo el divorcio. Y encima se quedaría con la custodia de mi hijo pequeño.


- Señora: Qué le importa lo que yo haga con estas putas, Váyase a la mierda y llame, llame a la policía. No me va a ver más por aquí.


Sentí el tirón del cuello y oí el gemido de Paula cuando debió recibir el correspondiente en el anillo de su dulce botoncito, ya de por sí bastante torturado por el peso de la cadena, y seguimos andando tras nuestros mentores mientras la pareja seguía insultándonos y amenazándonos.


En un momento llegamos a un coche con cristales tintados y fuimos obligadas a acomodarnos en el maletero. Al poco notamos emprender la marcha y estuvimos cuatro horas de viaje sin una sola parada.


Cuando nos dejaron salir del maletero nos encontrábamos en los jardines de una imponente mansión. Buena cantidad de hombres, mujeres y bastantes adolescentes paseaban por el jardín elegantemente vestidos y no prestaron atención al hecho de que estuviéramos totalmente desnudas ante ellos, incluso saludaron al Amo sin preguntar por nuestra anómala situación. Paula y yo estábamos absolutamente granates de vergüenza por estar desnudas ante tanto hombre con aquellas restricciones tan humillantes, los agujeros taponados y reclamando ya la necesidad de orinar.


No obstante, pronto me percaté de que, de cuando en cuando, hacía acto de presencia alguna mujer u hombre también semidesnudos con prendas de criados que servían bebidas a las otras personas.


No había escuchado los saludos dirigidos al Amo y me di cuenta de que le expresaban el pésame por la muerte de su padre.


- Nadie, quiero ver a mi madre. Ve a buscarla.


Nadie enganchó mi cadena al pasamanos de la escalinata que conducía al pórtico de entrada de la gran casa y desapareció diligentemente para cumplir la orden. Nuevamente me abochorné por el hecho de que la madre del novio de mi hija y dueño de ambas nos viese en aquel humillante estado.


Pero, para mi sorpresa Nadie regresó con una mujer también desnuda. Madura, de unos 50 años, pero muy hermosa. Con un porte aristocrático y una elegancia en el caminar que acentuaba la perfecta y extraordinariamente conservada arrogancia de su cuerpo y sus atributos. Llevaba, como Paula, los pezones y el clítoris anillados con unas argollas de oro de descomunal espesor que realzaban el donaire de la señora. Aparte de eso, unos zapatos de tacón alto, un collar metálico y una ajorca en el brazo derecho eran su única vestimenta. Ni tan siquiera tenía un pelo en el pubis, por lo demás suave, blanquísimo y brillante,


- Buenos días Amo Hijo. Te doy mi más sentido pésame por la muerte de tu padre.


- Hola esclava madre. Igualmente siento el fallecimiento de tu amo esposo.


- Tus amistades están ya todas aquí para darte el pésame y escuchar tus disposiciones sobre el futuro de la hacienda y la cuadra de esclavos que te ha legado mi amo esposo.


- Bien, dispón que pasen al salón de exhibiciones y llévate a estas dos bestias nuevas. Ponlas en condiciones de uso para hoy hasta que disponga como clasificarlas, si es que aceptan entregarse.


- Como tu digas, Amo hijo.


Mientras hablaba con el Amo de espaldas a mi pude ver que tenía unas grandes letras tatuadas en la espalda donde se leía sin dificultad "GESTADORA12" y sobre la nalga izquierda una marca hecha al hierro candente y un rótulo que decía "DOMINACIÓN" que, como después supe era el nombre de la casa y la extensa finca que la rodeaba. "Gestadora12" también estaba escrito en su pelado monte de Venus, justo sobre la capucha del clítoris.


La mujer tomó nuestras cadenas y tiró de ellas para conducirnos a otro lugar. Paula no pudo dejar de gemir ante el estirón de su clítoris. Si hace unas horas, en casa, hubiera pagado por verla sufrir debido a mis celos, ahora volvía a ser mi querida hija y sufría por ella. No pude menos que notar la gran elongación, hinchazón y enrojecimiento de su clítoris, absolutamente expuesto sin la protección de su capucha. Los latigazos de la noche anterior mostraban su efecto en forma de grandes verdugones cruzando todo su cuerpo, incluyendo su siempre suave y delicado monte de Venus.


Se nos volvió a liberar de nuestras restricciones, nos dejó evacuar ante su inescrutable mirada y nos llevó a una sala donde se nos dio una escudilla con arroz hervido y un cuenco de agua. No nos permitió usar las manos, debimos comer y beber a gatas sobre el suelo como los animales. Nuevamente fuimos duchadas con agua fría y sometidas a irrigaciones vaginales y anales, todo ello delante de un buen grupo de esclavas y algún esclavo que esperaban turno para lo mismo. A ellas les resultaba indiferente el asunto, pero Paula y yo estábamos totalmente abochornadas de ser sometidas a aquellas cosas íntimas de forma tan impúdica


Tras secarnos se nos colocó a ambas un collar metálico, Paula recibió unas plomadas en forma de bolas doradas colgando de sus anillos de los pezones y de los labios. Esta vez se salvó el clítoris sin duda debido al aspecto tan lamentable que presentaba tras las últimas horas de suplicio. A mi me colocaron unas pinzas metálicas en los pezones unidas por una cadena y otras en los labios vaginales también unidas igualmente por otra cadena.


La esclava madre del Amo nos ordenó esperar a que las demás estuviesen limpias y, todas en grupo fuimos conducidas a un gran salón de actos sobre un estrado detrás del Amo. En el patio de butacas se sentaba la gente vestida que habíamos visto pasear por los jardines.


Las esclavas se encontraban todas desnudas como nosotras y todas estaban tatuadas, marcadas a hierro al rojo y anilladas de forma parecida a la madre del Amo. Entre los rótulos de las esclavas pude leer algunos como: "VACA95", "PONY34", "COÑO925", "SODOM675", "CHUPADORA342" ...


Me atreví a preguntarle en un susurro a "VACA95", que estaba a mi lado, la causa de esos nombres.


- Cada una lleva el nombre de la utilidad principal que se le ha asignado. Yo soy vaca porque doy leche y se me ordeña todos los días para el Amo o para quien él quiera. "SODOM" son aquellas que follan particularmente bien por el ano.


- Y cuando pierdes la leche?.


- Se tarda mucho porque el ordeño es diario. Pero si sucede se me hace preñar otra vez.


- Y "GESTADORA"?.


- Esas son las que el Amo utiliza en calidad de esposa para que le den hijos. Hay solo una o dos. Ahora solamente hay una y es mi madre. El Amo elegirá otra más joven ya que mi madre ha dejado de ser fértil. Si no fuera por eso ella le daría los hijos, siempre ha sido así, por eso hay pocas gestadoras.


- Entonces tu eres hermana del Amo.


- Si.


- Y el número que sigue al nombre?.


- Dice cuantas ha habido desde que se fundó esta casa en el año 1835. Yo soy la vaca número 95 desde entonces.


Dos restallidos nos hicieron callar al recibir cada una un fuerte fustazo en las nalgas por parte de una mujer alta y fuerte que llevaba el rótulo"POLICÍA254".


Entonces comenzó a hablar el Amo dirigiéndose al público para agradecer su visita de pésame. Les aseguró que. Siguiendo la tradición, esa noche habría una orgía en la que se podría utilizar su cuadra de esclavas a discreción.

Continua…

Idea Original: J.P.

Colaboración: Alexxx

alexanderjunior@hotmail.com

El Dia de San Martin

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Se podía afirmar sin temor a equivocarse que Eowyn era una mujer fuera de lo normal; muy grande, ya que pasaba de 1,90 m de estatura; además pesaba casi 100 kg, es decir que también era más bien rellenita... y sobre todo era guapa... y muy proporcionada, además de muy amable y discreta. Era desde luego el animal más destacable de la pequeña aldea de Rivendel, un lugar perdido en un valle perdido entre perdidas montañas de un país perdido, y lo era no solo por sus medidas físicas como veremos a continuación.

Eowyn vivía en una pequeña granja que ella misma atendía personalmente situada a una cierta distancia de Rivendel. Con ella se abastecía más que sobradamente en lo referente a sus necesidades básicas, en demasía incluso, y además sin demasiado esfuerzo ya que era una muchacha joven y fuerte. Pero a lo que dedicaba más su tiempo era a su verdadera afición, que además le reportaba unos buenos duros: bordaba y cosía como los ángeles. Toda la aldea recurría a ella tanto por un roto como por un cosido, ya que como no era codiciosa a los vecinos les salía más a cuenta. Todos los días a la misma hora Eowyn iba y venia a Rivendel a repartir y recoger sus encargos, siendo el blanco por un motivo u otro de todas las miradas.

Sin embargo todas las mujeres de la aldea sin excepción la odiaban a muerte. Podía pensarse que la razón era que sus maridos, padres, hermanos o hijos tenían permanente dolores de cuello de tanto girarlo al paso garboso de Eowyn por las calles de la aldea. Pero no, había más motivos:

Vivía sola y había rechazado a todos los pretendientes a su mano. No se le conocían novios ni se podía dudar de la castidad de su vida. Para las gentes de la aldea su negativa a formar una familia era mucho peor que llevar una conducta disipada.

Otra razón era que jamas asistía a la iglesia. Huérfana desde muy niña, la habían recogido unos tíos lejanos que no tenían hijos para los que era más una sirvienta que otra cosa. El relativo alejamiento de Rivendel y el que ellos tampoco fueran demasiado píos propició el que no se preocuparan demasiado de su formación. Si Eowyn no fue nunca a la escuela, menos razón había para perder su tiempo con un pater quisquilloso y gritón, que en injusta venganza no perdía ocasión para clamar desde el púlpito contra la impía. Esas serian causas más que suficiente para ser mal vista por las gentes de bien. Pero sin duda, el mayor motivo aunque oculto era que Eowyn era una mujer libre e independiente. No necesitaba a ningún hombre y parecía ser muy feliz así. Para ello se bastaba ella sola y hacia lo que te apetecía, y eso... eso sí que no se lo perdonaban.

Sobre Eowyn circulaban rumores de todo tipo: que si se lo hacía con sus animales... que si era bruja... que si solo comía yerbas y raíces. La gente estaba predispuesta a dar pábulo a todo lo que alguien dijera de ella. la verdad de los hechos terminaba con cualquier habladuría: solo tenia vacas, aves y conejos, poco útiles para el coito; su casa siempre abierta a todo el mundo tenia adosado un espléndido huerto, y no había cuevas ni matraces ni alambiques ni nada que pudiera interpretarse como de una servidora de Satanás.

Pero existía un rumor nunca demostrado pero tampoco desmentido: se decía que algunas madrugadas al salir el sol se bañaba desnuda en el riachuelo que pasaba por terrenos de su propiedad junto a su casa. ¿De donde salió el cotilleo? nada se sabe, pero el chisme tomo carta de naturaleza cuando un tardío día del verano el Sr. Bilbo Bolsón bajó corriendo a la aldea casi sin resuello, afirmando haberla visto en esa guisa cuando cuidaba a sus ovejas en el Monte del Destino, casi 500 m. mas alto que la casa de Eowyn. A pesar de que todo el mundo sabía que Bilbo no veía tres en un burro, el populacho no dudó un solo instante en darle crédito.

la repercusión fue enorme: para los hombres fue una gran alegría, por ser motivo suficiente para poner en marcha su decaído y adormecido libido, al alentar su imaginación con imágenes nunca soñadas. indirectamente, como pudo comprobarse al poco tiempo, se obtuvo un beneficio general indudable ocasionado por el aumento espectacular de coitos que propiciarían una previsible aumento de la natalidad.

las escapadas casi masivas del genero masculino a los montes cercanos a espaldas de las mujeres de la aldea fue cortada en seco por la voz de trueno del pater Grima, también apodado Lengua de Serpiente, clamando desde su púlpito contra las nefastas consecuencias de los malos pensamientos engendrados por esa incuba de Satán. Las mujeres en cambio sacaron el hacha de guerra a pesar de que estaban mas contentas que las gallinas por tanta pasión inesperada. Se dirigieron en comitiva capitaneadas por un colérico Grima a casa de Samsagaz el burgomaestre con un único objetivo.

- Sam, exigimos que detengas y encierres a esa ramera.

El pobre hombre que ya llevaba cuatro pajas en el cuerpo a la salud de Eowyn, intentó convencer al grupo que no tenía pruebas de que fuera cierto solo por lo dicho por el cegato de Bilbo, y que la muchacha en definitiva era muy útil para la aldea.

- pues la pones a trabajar gratis para la comunidad- clamaron.

Sam que era viudo y sin hijos, no tenia la presión de una o varias mujeres en casa dando la tabarra, y a pesar de una cierta debilidad de carácter se defendía una y otra vez.

- pero como voy a detenerla si no hay ni alguacil ¿y en qué cárcel? ¿Cuando ha habido cárcel en Rivendel?.

- pues monta un somatén- bramó el pater congestionado por la ira.

Los hombres que estaban al fondo de la sala comunal movieron la cabeza negativamente y empezaron a manifestar su oposición por lo bajini a esa propuesta de militarizarlos.

finalmente el burgomaestre, ya harto, se salió por las tangente.

- no voy a hacer nada contra la ciudadana Eowyn solo por lo que el mentecato de Bilbo Bolsón haya visto en sus negros pensamientos, así que doy carpetazo al asunto. Sin embargo si vuelven a hacerse acusaciones contra Eowyn tomare cartas en el asunto. Nada más. Idos todos a casa.

Grima insistió

- tu deber es comprobar la veracidad de los hechos, e ir al bosquecillo cercano al río, y obtener esa prueba que tanto necesitas.

Aquí, Samsagaz se salió de sus casillas.

- ¿cree Vd. pater que voy a perder horas de sueño e inmiscuirme dentro de una propiedad ajena para que Vd. y estas señoras queden tranquilas? Pues no. la propiedad privada es sagrada. Caso cerrado.

Y añadió.

- ah, y si a alguien de le ocurre violar la norma metiéndose en las tierras... ajenas, y Eowyn presenta una denuncia actuare con todo el peso de la ley.

Y se levantó y se fue.

Aunque nada satisfechas, las mujeres y el pater abandonaron la sala refunfuñando mientras los hombres hacían grandes esfuerzos para manifestar su alegría, incluido el acusica Bolsón.

Llegó el invierno prematuramente, el más duro que recordaban los viejos del lugar. toda actividad se congeló como el ambiente. La gente permanecía en sus casas semanas y semanas obligada por el frío y la nieve que lo cubría todo: caminos, montañas, campos, calles. La vida sedentaria se instaló en cada hogar de Rivendel.

Eowyn no fue una excepción. Tan solo salía a ordeñar a sus vacas y dar de comer a los animales. Pasaba días enteros sentada ante el fuego encantada con su pasión : bordar. Siempre había estado de buen año, pero cuando la primavera por fin llegó, tanto apoltronamiento la había transformado en una autentica cerdita.

La nueva estación trajo consigo pocos parabienes para Rivendel y no hizo olvidar por desgracia al infernal invierno sufrido, aunque sí se calmó considerablemente la animadversión beligerante contra Eowyn. La gente tenía otras cosas en que pensar y el asunto estaba prácticamente olvidado.

El consiguiente verano fue tan desventurado para la aldea como las anteriores temporadas. Y llegó el otoño... y con él se iba a sellar el destino de la apetitosa Eowyn.

Una tibia noche de octubre la banda de jovenzuelos mas gamberra de la zona salía de la taberna El Pony Pisador atabicada de cerveza y con ganas de seguir la juerga.

- ¿donde vamos ahora?

- ¿ queréis que vayamos al bosquecillo a ver si pillamos a Eowyn bañándose en el río?

- ¿y si nos descubre? Sam nos doblara de la multa o de los vergazos.

- venga ya, Sam ni se enterará...

Las dudas y el sueño hizo recular a casi todos ellos, a excepción de Meriadoc, Peregrin y Frodo, los tres mas beodos y desvergonzados. Así que vencidos los últimos reparos, el trío de la bencina salió del pueblo con dirección a la granja de Eowyn. Saltaron la valla y rodearon la casa todo lo sigilosamente que pudieron, cruzando el río y escondiéndose en unos matorrales espesos. Como era todavía muy temprano se acomodaron para dormir un poco esperando despejarse para el amanecer. Como era previsible durmieron la mona bien dormida, despertándose cuando el sol estaba ya muy alto, y volvieron al pueblo con el rabo entre piernas.

Pero es muy duro reconocer el propio ridículo, así que esa misma tarde, al ser interrogados por el resto de la banda, mintieron como bellacos afirmando sin ningún genero de dudas que habían visto a la muchacha sumergirse en uno de los hoyos del río como Dios la trajo al mundo.

Por la noche todo el mundo lo sabía y de nuevo la indignación fue in-crescendo entre el elenco matriarcal. llovía sobre terreno muy abonado puesto que es bien sabido que cuando los males azotan a una comunidad hay que encontrar un chivo expiatorio. Una comisión de mujeres capitaneada por el bilioso padre Grima saco de la cama al burgomaestre Samsagaz.

- tienes que detener a esa mala pécora.

- ¿tengo que hacerlo ahora precisamente?

- Cuanto antes para que no caigan sobre nuestras cabezas males mayores.

- pero, ¿estáis dispuestas a creer a pies juntillas las bravuconadas de esos tres gañanes?

El iracundo Grima totalmente fuera de sus casillas bramaba.

- te recuerdo burgomaestre Samsagaz que te comprometiste a actuar ante una nueva denuncia. ¿lo recuerdas no?

Sam cobraba del gobierno y no era agricultor y el madrugar no iba en absoluto con él. La perspectiva de hacerlo en esas frías mañanas de octubre no le hacia ni pizca de gracia, pero tenia que mantener su promesa, y a regañadientes tuvo que comprometerse a investigar -que no a detener- las actividades de la muchacha. La comitiva admitió, no sin evidente mala gana, su propuesta de vigilar personalmente y a solas a Eowyn cada madrugada desde el próximo domingo hasta el siguiente. Si en ese periodo de tiempo no ocurría nada reseñable, no volvería a saber nada en el futuro de cualquier acusación contra Eowyn. Si la veía bañarse desnuda actuaría convocando de inmediato a la asamblea comunal para que ésta tomara una decisión.

Y aquí tenemos al pobre Sam levantándose a las 5 de la mañana del domingo para arrastrarse entre los arbustos y esperar el alba, y comprobar como era previsible que Eowyn prefería dormir bien abrigada a meterse en las heladas aguas del riachuelo. Muerto de frío volvió a Rivendel justo para asistir a la iglesia, maldiciendo para sus adentros al pater cuando vociferaba anunciando las mayores calamidades que acaecerían sobre nuestras cabezas si no se tomaban medidas inmediatas contra la gran puta de Babilonia.

Y esto se repitió los siguientes días con un ya desquiciado Sam, que estaba dispuesto a meter en vereda a esos desgraciados patanes causantes del desaguisado en cuanto pasara el trámite del último domingo. La víspera Sam se encontraba en El Pony pisador tomándose unas cervezas con Gandalf, su único amigo y viudo como él, echando pestes contra todo el mundo. Este para tranquilizarle sugirió acompañarle a vigilar a Eowyn esa misma noche después del ultimo trago y no esperar al alba, dando así carpetazo al asunto. De camino pondrían un par de trampas para cazar alguna liebre y hacerse un buen guisado para mitigar tanto infortunio. Sam ya un poco piripi y más que harto del asunto acogió con entusiasmo la idea y partieron de inmediato. El paseo se presentaba agradable: la noche era anormalmente cálida y había luna llena. Los dos compinches fueron campo a través y antes de la medianoche ya estaban apostados junto al río. Cómodamente instalados se dispusieron a agotar los minutos estrictamente necesarios para cubrir el expediente. Después recoger sus presas antes de partir comentando las desgracias que aquejaban a Rivendel en los últimos tiempos. Y entonces ocurrió lo que nunca se pudieron imaginar.

La puerta de la casa se abrió y una figura apareció en el umbral: era Eowyn... y estaba totalmente desnuda. No era un producto de su imaginación, una inmensa luna llena iluminaba la escena. Ante los atónitos ojos de Gandalf y de Sam la muchacha portando un buen fardo de troncos preparó una hoguera. Una vez encendida se dirigió al río sumergiendo su cuerpo hasta su cintura y lanzándose aguadillas sobre su cabeza y hombros. Sus generosos y orondos pechos saltaban cada vez que sus brazos se alzaban mostrando unas pobladas axilas claramente visibles. Los dos viudos olvidando la tarea que les traía sacaron al unísono sus adormecidas vergas para masturbarse ante esa visión tan turbadora. Tras un buen rato remojándose Eowyn volvió a tierra firme cual exuberante Venus surgiendo de las aguas. Las llamas iluminaron entonces todo el esplendor de sus blancas y mullidas carnes y sus rubios cabellos que le caían graciosamente por todo su cuerpo llegándole hasta la cintura y que apenas ocultaban sus vellosidades y oquedades, redondeces y protuberancias. y entonces una nueva sorpresa sacudió a los dos hombres: Eowyn se puso a bailar, y no precisamente de forma precisamente académica. Aquello era una lujuriosa concatenación de movimientos sinuosos y ondulantes, claramente pornográficos acompañados de gemidos y jadeos. Más que una danza erótica era mas propio de un siniestro aquelarre. Sam y Gandalf estaban paralizados de terror. Sin duda alguna Eowyn era una bruja. Por si aquello fuera poco la endemoniada inició entonces una serie de movimientos espasmódicos acompañados de aullidos de ultratumba. A la llamada no tardaron en aparecer negras figuras del bosque cercano: eran lobos. Ante los sobrecogidos ojos de los amedrentados hombres Eowyn se arrodillo sin dejar de aullar y el animal más grande, sin lugar a dudas el jefe de la manada puso sus patas sobre su espalda y la cubrió. Los gruñidos de placer retumbaron por todo el valle mientras tras el jefe, el resto de las alimañas la montaron una y otra vez, hasta saciarse. Mas de cuatro horas duró el satánico espectáculo mientras Sam y Gandalf, presos de verdadero pánico, no se atrevían a mover un solo músculo. Finalmente la manada volvió a las montañas y Eowyn tras sumergirse de nuevo en las aguas del río se retiro al interior de su casa. Cuando Sam y Gandalf se sintieron por fin seguros salieron a todo correr hacia Rivendel sin parar ni a recoger sus presas. No se sintieron seguros hasta entrar en casa del burgomaestre donde vaciaron una botella de aguardiente para curar sus emociones y apaciguar sus ánimos hasta la temprana asamblea comunal convocada a primera hora.

La reunión iba a tener lugar antes de la misa y contra lo que pudiera creerse no tenia como motivo la conducta de Eowyn si no algo mucho más grave y que era de honda preocupación para todas los vecinos de Rivendel desde el deshielo del invierno pasado: una extraña peste había diezmado la población porcina (de 4 patas) del valle. Uno a uno los verracos adultos fueron cayendo a lo largo de los meses hasta no quedar más que unos pocos ejemplares muy jóvenes. El invierno estaba cerca, no había matanza asegurada y la reserva de proteínas estaba en el aire. No podían sacrificarse las hembras, y los pocos cerdos machos que quedaban tenían un peso demasiado exiguo, y nadie quería desprenderse de ellos. Se avecinaba un duro ayuno. Cuando Gandalf y Sam irrumpieron con sus miradas aun demudadas por el miedo, la gente supo que algo grave estaba pasando.

El cónclave se prolongó hasta el mediodía y hubo más que consenso en la resolución de la crisis. Finalmente habría día de San Martín, y habría carne para el invierno.

La matanza anual se fijó el último domingo de noviembre en el lugar tradicional: la sala comunal.

Eowyn, acostumbrada al trato más bien seco de sus clientas se extrañó agradablemente de ser invitada por primera vez a la fiesta, sobretodo sabiendo la difícil situación en que se encontraba la vecindad. Llegado el día se dirigió muy contenta hacia el lugar convenido encontrándolo vacío. Era allí, seguro. La viga de madera sobre dos troncos con la gran jofaina debajo no dejaba lugar a dudas. Pero... ¿donde estaba la gente? La muchacha salió de nuevo al exterior buscando con la mirada. ¿ me habré equivocado de día? Se preguntaba. Estaba tan confusa que no se apercibió de que una sombra se acercaba hacia ella por detrás. De repente todo se le volvió negro.

Despertó con un fuerte dolor de cabeza, con su hermosa melena rubia tapando su cara. Yacía colgada de los tobillos con sus brazos atados a los postes, en forma de cruz invertida, totalmente desnuda. El gentío se agolpaba a su alrededor insultándola. Tenia embotado el cerebro, y llena su garganta de algo viscoso y todavía no comprendía nada, solo que las cosas estaban poniéndose muy mal para ella... y no se equivocaba. Su instinto le pidió aullar con ganas como ella sabía hacerlo y esperar ayuda, pero de su faringe no salió ningún sonido puesto que le había sido extirpada la lengua. Del esfuerzo casi se desmaya.

En su posición no podía percibir con claridad lo que iba a suceder a continuación. Varios hombres arrastraron una pesada mesa con instrumental ad-hoc que situaron justo a su lado; el matarife oficiante cogió una especie de faca, más bien una lanceta y se puso frente a ella. clavándola en una de sus ingles haciendo una incisión hasta un costado, repitiendo la operación en el otro lado. Eowyn ahora sí gritó como lo que en esos momentos era, una puerca preparada para el sacrificio. El carnicero sajó entonces de través por la voluminosa vulva uniendo los dos tajos, metió los dedos con decisión tomando fuertemente la epidermis, y dando un enérgico golpe hacia abajo, todo el abundante y rubio vello del pubis salió arrastrado por la piel: La cerda iba a ser desollada.

Afortunadamente para Eowyn, aunque todavía viva, a partir de entonces no se enteró demasiado de lo que estaba sucediendo. Aun estaba medio consciente cuando toda la piel hasta su cuello y muñecas fue arrancada, a excepción de sus grandes y sonrosados pezones que se quedaron en poder del matarife. El dolor le hizo dar otro alarido que más bien sonó a gorgoteo por la sangre que la ahogaba. Una vez despellejada se iba a practicar el vaciado. Un afilado escalpelo se hundió entonces en la raja de su coño, para abrirse paso por todo su abundante cuerpo abriéndolo en canal. No hizo falta seccionar el tubo rectal, las entrañas de Eowyn cayeron a la jofaina por su propio peso, rápidamente retiradas para ser vaciadas y limpiadas para su posterior uso como tripa de embutido. Hábiles tajos desprendieron su aparato reproductor y arrancaron el estomago, riñones, hígado y el resto de órganos internos, yendo todos a parar al recipiente para las criadillas y embutidos rojos con pimentón. Por entonces Eowyn daba sus últimos coletazos y ya no sentía los mares de sangre que cayendo por su cabeza servirían para sabrosas morcillas de arroz o de cebolla.

El resto ya es sabido... paletillas, lomo, solomillos, costillas. Los mas de cien Kg. de Eowyn equivalentes a una buena y gorda puerca serían muy bien aprovechados por la comunidad de Rivendel que ya tan pocas reservas de proteína esperaban para el invierno. Aunque no llegaba a lo mínimamente necesario, sin duda aliviarían bastantes necesidades. Nadie hizo ascos a tan suculenta matanza a excepción de Samsagaz y Gandalf, que no quisieron ni una libra.

Ese invierno fue muy benigno para la aldea. Nadie paso hambre ni se recordaron jamás embutidos mas sabrosos.

Ines

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