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Demasiado Timida para Oponerme - 7ª Parte

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A media noche tuve que ir al baño, y para mi sorpresa allí estaba Fanny, la hermana de mi marido, Armando, haciendo pis desnuda. Yo también estaba desnuda, así que no encontré motivo de incomodidad en verla así. Ni en que me viera, aunque el modo en que lo hizo mientras yo hacía pis, me pareció un poco intenso. Mientras se escuchaba el chorrito de mi descarga, sus ojos se paseaban de mis tetones a mi vagina, viendo salir el pis. Me pregunté si ese no sería el momento adecuado para plantearle mis dudas respecto de José, su novio, contándole los intentos fallidos de propasarse conmigo, que no tuvieron éxito sólo porque yo soy una esposa fiel. Y estaba por hacerlo cuando ella, metiendo su mano bajo mi concha me dijo “¿me dejarías que sienta tu pis?” La pregunta holgaba, ya que de hecho lo estaba haciendo. Claro que, para ello, había debido inclinarse hasta que nuestros rostros casi se juntaron, y así, con su mano debajo del chorro de mi pis, y sus ojos muy cerca de los míos, me dio una amplia sonrisa, dejándome ver su lengua. “Espero que no te moleste...” dijo, acercando su boca un poco más a la mía. Podía sentir su aliento cálido y húmedo, que no me desagradaba, pero la situación era tan insólita que no supe qué hacer. Entonces ella estrechó la distancia entre nuestras bocas y comenzó a darme un beso de lengua tan bueno como nunca hubiera esperado de la hermana de mi marido.

Mientras su mano mojada en mi pis se ocupó de mi vagina. La sorpresa fue tanta que me dejé hacer. Sentí sus dedos hundiéndose en mi concha, mientras su pulgar frotaba suavemente mi clítoris. Y el beso continuaba, quitándome el aliento por lo sensual. Su otra mano se apoderó de mi tetón izquierdo, apretándomelo deliciosamente. Se ve que Fanny sabía de esas cosas, pues su mano baja se movía de tal manera en mi concha que pronto me tuvo acabando sobre sus dedos. Ella me miró con una sonrisa irónica. “¡Hace mucho que tengo ganas de comerte esas tetonas y ese hermoso culo...!” dijo como único comentario, mientras seguía jugando con mi conchita. Y volvió al beso, yo siempre sentada en el inodoro, bastante anonadada por su dominio de la situación. Sentía su lengua caliente dentro de mi boca, moviéndose como si estuviera cogiéndomela, y su mano torturándome el pezón deleitosamente. Tan hábiles el beso y las caricias, especialmente las de su mano inferior, que pronto me tuvo corriéndome nuevamente. “¡Sabía que eras frágil a los toquetones!”, me dijo mientras continuaba besándome apasionada y sabiamente. “¡Ahora date vuelta, que te quiero comer el culo!” Y me volteó dejándome arrodillada sobre la tapa del inodoro, con mi culo indecentemente expuesto en pompa en todas sus redondeces. Hundió su nariz entre mis nalgas y separándolas alcanzó hábilmente mi agujerito y comenzó a darle rápidas lamiditas que me pusieron a cien. Con ambas manos aferraba toda la redondez de mi culo, y pronto su boca la llenó de besos y lamidas, para luego volver a mi ojetito y comenzar a cogerlo con su lengua. ¡Jamás hubiera imaginado que una lengua puede llegar tan adentro de un culo! Y ella la entraba y la sacaba y se la sentía bastante gruesa. Así que pronto me tuvo en un gemido ininterrumpido. Pero se ve que ella quería demorar un nuevo orgasmo mío, por lo que me sacó la lengua y su puso a darme mordisquitos en toda la superficie del culo, poniéndome a mil. Y mi gemido continuó agónicamente. Después cambió su lengua por uno de sus largos dedos y me puso en pié con una pierna en alto para poder seguir cogiéndome el culo con su dedo, y su boca se prendió a mis tetones, mordiendo y lamiendo mis pezones con gula. Ahí mi cabeza cayó hacia atrás y me corrí inconteniblemente, sostenida por ella.
Entonces me sentó sobre la tabla del inodoro y con cada una de sus largas piernas a cada lado del mismo, me puso su concha en la boca. “¡Ahora me toca a mí, nena!” y comenzó a frotarse el clítoris contra mi boca. “¡Lameme, puta!” me ordenó con voz ruda, de modo que saqué la lengua y le di gusto, al tiempo que también se lo chupaba entre mis labios. Lo debo haber hecho muy bien, pues pronto, aferrándome la cabeza por la nuca me apretó la boca con su concha y pude sentir su acabada pulsión a pulsión, estremecimiento a estremecimiento. Lo que me dejó muy caliente, pero sin acabar.

“¡Sabía que ibas a serme fácil, cuando te agarrara!” me dijo, sacándome su concha de la cara y mirándome desde arriba con una sonrisa de superioridad.
Y luego de darme un conchazo más en la cara se fue a su pieza, dejándome anonadada. Y bastante caliente, debo reconocerlo.
Me encaminé como pude al dormitorio y allí estaba Armando, boca arriba, desnudo. No podía desaprovechar la ocasión, y montándolo en un sesenta y nueve, le mamé la pija y le refregué mi concha en la cara hasta correrme. Cuando le saltó la leche, me la tragué toda. Y cuando lo desmonté se había despertado completamente, con cara de no entender muy bien lo que había pasado. “Hasta mañana, mi amor” le dije y me tendí a su lado, quedando enseguida completamente dormida.

Cuando me desperté, Armando seguí tendido en la cama panza arriba, de modo que comencé a jugar con su nabo, mientras reflexionaba sobre lo ocurrido con su hermana la noche anterior. Evidentemente Fanny era bisexual y no creo que se escandalizara mucho si le contaba los intentos de su novio para abusar de mí. Entretanto el nabo de mi esposo se había parado completamente, de modo que mientras continuaba con la reflexión, mi mano lo iba pajeando, chop chop, arriba y abajo. Por otra parte era claro que lo ocurrido entre Fanny y yo, no podía ser considerado una infidelidad de mi parte, ya que: a) yo había sido tomada por sorpresa, b) Fanny era una mujer y una no puede ser infiel con otra mujer, sino tan sólo muy fraternal y c) Fanny era casi una hermana postiza, así que podemos hablar de afecto filial, pero nunca de infidelidad. Chop chop chop chop. Así que me podía quedar tranquila, mi fidelidad estaba a salvo. Chop chop chop chop chop chop, y debo de haber insistido mucho con los movimientos de paja al nabo de mi amado Armando, porque inesperadamente comenzaron a saltarle los chorros de su glande hinchado y descubierto.
Eso me inspiró un gran sentimiento de ternura y amor, sentir como mi marido respondía a mis tocamientos aún dormido. Y tanta ternura sentí que comencé a besarle y chuparle el pito hasta parárselo nuevamente. Y entonces recomencé suavemente con los chop chop.
Esto hubiera quedado como una sencilla y romántica escena marital si no hubiera advertido que desde la puerta nos estaba mirando José, masajeando su enorme pija, totalmente enhiesta, con su mano derecha. Yo me quedé fascinada, viendo como se acercaba. Había captado que mi esposo estaba en el séptimo sueño, mientras yo me aprovechaba de él haciéndole el chop chop, y se me acercó sin temor a despertarlo. Sin decir palabra me puso el culo en pompa, apuntando para el lado de afuera de la cama, y comenzó a darme pinceladas con su gran poronga, como para sensibilizarlo ¡Y vaya si le estaba dando resultado! ¡Pero lo único que yo podía hacer era continuar con el chop chop a mi esposo, ya que si armaba un escándalo Armando se despertaría y el escándalo sería peor! Chop chop chop... Y sentí la gran cabezota de José tanteando la puerta de mi ojete. Chop chop chop chop... Y tomando un poco de lubricación de los jugos de mi concha volvió a mi ojete y me enterró casi toda la cabeza y a partir de allí comenzó un suave mete y saca que iba abriendo mi orto con la inexorabilidad de lo que tenía que sería. Chop chop chop chop chop... Y pronto me lo tuvo completamente enterrado y sus vaivenes eran más amplios y profundos. Yo comencé a gemir y jadear por la vergüenza que me provocaba la situación, y le apretaba el pene a mi esposo con angustia, chop chop chop chop chop chop... y la poronga a José con una respuesta espontánea de mi orto ante su visitante. Con sus manos aferrando mis caderas José manejaba los movimientos de mi culo a su antojo. Y yo me fui poniendo loca y a cada chop chop mis manos apretaban el nabo de mi marido como si lo estuvieran ordeñando. Chop chop chop chop chop chop chop chop... Y las embestidas de José fueron alcanzando su máximo, con su nabo entrando y saliendo por completo en cada una, hasta que lo sentí enterrándose a fondo y comenzando a pulsar chorros de leche en mi más prohibida intimidad. Y ahí aferré el nabo de Armando con tanta intensidad que volvieron a saltarle los chorritos de leche por el aire. Ahí fue cuando me corrí irremisiblemente, con la gran tranca en el culo y la pequeña tranca en la mano.
Sin sacármela todavía, José me habló al oído: “Quedate tranquila que todo el tiempo le has estado siendo fiel a tu marido. ¿No lo estabas acaso pajeando? ¿Y podías haber hecho otra cosa que dejarte culear por mí?...” Y recién entonces me la sacó, dejando un gran vacío dentro mío. Pero ¡tenía razón! ¡Yo no tenía culpa alguna de lo ocurrido, ni tampoco había querido provocarlo! ¡Y todo mi amor y fidelidad habían sido para mi esposo, cuyo vencido nabito yacía entre mis manos!
Y me acurruqué a su lado pensando de que curiosos modos una mujer virtuosa honra la fidelidad a su hombre amado.
Ese día todos seguimos durmiendo hasta pasado el mediodía, y no fuimos a la playa. Pena, porque un masaje con el vecino de la carpa de al lado mientras me ponía la crema protectora, me habría venido muy bien.

Espero tus respetuosos comentarios, es tanta la admiración que expresan mis lectores que me hacen sentir agradecida y en el buen camino. Pero eso sí: recuerda mi condición de mujer fiel y no me pidas citas ni fotos desnuda. Aunque si tu quieres enviarme las tuyas, no veo como podría impedírtelo. Ya sabes, mi dirección es bajosinstintos4@hotmail.com.


Bajos Instintos 4

Demasiado Timida para Oponerme - 6ª Parte

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Siempre creí que si una mujer cede a la pasión masculina sin haberla provocado, aún si está de novia o casada, no puede considerarse que haya cometido un acto de infidelidad, ya que para eso hace falta la intención.
Mi padre confesor dice que yo provoco a los hombres deliberadamente, con mis ropas ajustadas a mi abundante cuerpo y mis tacos aguja, y que por eso siempre intentan propasarse conmigo, aunque nunca lo consiguen, porque aunque la carne sea débil, el espíritu se mantiene firme y mi fidelidad sigue intacta. Para que el padre me entienda siempre le cuento en detalle los intentos de seducción a que soy sometida, más él insiste en que soy yo la que se lo busca. Pero ¿quién le va a hacer caso a un confesor que se la pasa jadeando y gimiendo durante todas y cada una de mis confesiones? Yo creo que su juicio no es ecuánime. Y si sigo confesándome con él es porque, de algún modo me inspira ternura. Y me gusta contarle mis historias con lujo de detalles. Hay muchos jadeos y estertores del otro lado de la ventanita, pero al final se acaban los gemidos, y después de dos o tres ciclos similares, el padre Manuel siempre acaba perdonándome.
El otro día, al volver de mis vacaciones playeras, lo primero que hice fue ir a confesarme. Cuando reconoció mi voz lanzó un gemido –ayy... - sin duda porque me había extrañado después de tantos días. Así que me lancé a contarle mis andanzas, y él a gemir, jadear, sollozar y todas esas cosas que hace mientras le hago mis largas confesiones.

Mi segundo día de vacaciones empezó de modo un poco raro, con José, el novio de Fanny, sentado sobre mi pecho, con su enhiesta polla frente a mis narices. Comprendí que su novia y mi marido ya habían partido para la playa y nos habían dejado solos. Y el muchacho había visto en eso la ocasión para aprovecharse de mí. Pero esta vez le dejaría las cosas bien en claro y le haría ver no sólo que yo era fiel a mi Armando, sino que él debía serlo a su Fanny. Entretanto mis ojos seguían los vaivenes de su enorme polla que él meneaba como para impresionarme. Y la verdad es que tenía con que impresionar a cualquier chica, ya que su polla no sólo era grandota y gorda, sino también olorosa, con un olor muy rico que hubiera hecho a la chica de que se tratara querer chupársela. Hay que reconocerlo, lo que es justo es justo. Lo que él no tenía en cuenta es que yo no soy cualquier chica, sino una muy enamorada de su marido. Y no hay poronga, por grande y parada que sea, que pueda cambiar eso, por más rico olor que tenga.
La boca se me estaba haciendo agua, seguramente para compensar la sequedad después de tantas horas de sueño, y prepararse para el discurso que estaba por darle. Abrí la boca para comenzar pero él comenzó a frotarme la poronga en los labios, a uno y otro lado, de modo que no me dejó hablar. No obstante, la paciencia es una de mis virtudes, ya llegaría mi momento. Así que aguardé, esperando que se cansara de su tonto juego. Y le dejé que continuara frotando el glande contra mis labios. Pero me debían de estar dando cada vez más ganas de hablar con él y reprocharle su conducta impropia, ya que la boca cada vez se me hacía más agua. Traté de mirarlo a los ojos y hacerle un mudo reproche con la mirada, pero no me salió bien, ya que la mirada se me había puesto un poco turbia, algo desenfocada. Así que él no pudo darse cuenta de lo mucho que me disgustaba la situación. Y siguió frotándome su enorme glande contra mis labios, que a estas alturas se habían entreabierto un poco. La respiración se me había agitado algo, lo que contribuyó a que el olor a macho de su poronga se filtrara con más facilidad por mis fosas nasales. Y a cada respiración, ese tremendo olor me seguía invadiendo por dentro, más y más.
Se ve que al menos él disfrutaba del juego, porque comenzó a pasearme su tranca por las mejillas. No pude dejar de darme cuenta de que no sólo era gruesa y caliente, sino más larga que mi cara. Y me la pasaba de un lado para otro. Y mis ojos veían pasar ese tremendo aparato, mucho más grande que el de mi marido. Y entonces algo inesperado debe haberme pasado, porque en medio de gemidos y jadeos me corrí. Me quedé anonadada porque no esperaba semejante reacción de mi cuerpo. Por suerte mi espíritu permanecía fiel, o con la convicción de ser fiel, aunque no tenía presente muy bien a quién.
Él continuó con sus restregadas, hasta que advirtiendo mi total falta de resistencia me levantó la cabeza por la nuca y me introdujo su sabroso glande por entre mis labios húmedos y abiertos. Mi boca se abrió involuntariamente y mi lengua quedó directamente en contacto son la suave piel de su monstruo. Contra toda mi voluntad, mi lengua comenzó a lamerle y lamerle la base del glande, en la zona del frenillo. Yo me moría de vergüenza porque él podía creer que yo lo hacía a propósito. Y algo así debe de haber pensado, porque comenzó a mover su tranca con cortos vaivenes, hacia atrás y adelante, como si estuviera cogiéndome por la boca. No sé como fue que mis manos se prendieron a sus peludas nalgas y me quedé allí, dejando que la cosa siguiera. De la hendidura de su nabo comenzó a salir un saborcito muy agradable de un líquido algo pringoso, que me encantó lamer. O al menos a mi lengua le encantó. Y de pronto José me sujetó con ambas manos las mejillas, apretándolas fuertemente, y comenzó a echarme gruesos chorros de semen que traté de paladear, pero eran demasiados y demasiado abundantes, de modo que los que no se fueron por la garganta me salieron a borbotones por la nariz. Y con esa gruesa tranca dentro de la boca, todavía pulsando, me corrí nuevamente.
Cuando me la sacó, mi lengua y mi succión se la habían dejado nuevamente limpia y brillante. Pero él se la guardó en el pantaloncito. “¡Gracias, putita! ¡Ahora vamos a la playa y a la noche te agarro de vuelta!” Y cerrando la puerta de calle me dejó tirada en la cama, todavía temblando y con la respiración agitada, seguramente por la indignación.
Para sacarme el enojo y tranquilizarme tuve que usar los dedos y acariciarme varias veces, mientras meditaba en como había sabido mantener mi dignidad de esposa fiel.

Antes de salir para la playa me di un baño con la ducha, porque por algún motivo estaba muy transpirada. El agua me devolvió las energías, especialmente cuando enfoqué el duchador en mi clítoris para descongestionarlo. Ahí me volvió el alma al cuerpo y salí para la playa caminando ágilmente con mis tacos aguja. Porque, eso sí, yo a los tacos aguja no me los saco ni para ir a la playa. Pero a cambio, no me puse faldita, pues mi bikini de hilo dental me brindaba suficiente protección. Y una extraña sensualidad hizo que fuera bamboleando el culo como si estuviera sola en el mundo y no me estuviera cruzando a cada paso con hombres de todas las edades y colores. Era una mañana en que todo el mundo parecía propenso a los accidentes. Un pobre chico que venía en bicicleta en sentido contrario al mío, se ve que debe de haberse dado vuelta para mirarme por atrás, y se tragó un farol. Un señor que venía detrás de mí con su señora se ligó un bolsazo en la cabeza, propinado por la misma. Un agente de tránsito se distrajo, mirando mis tetones que se bamboleaban bajo la remerita, y se produjeron algunos choques, con bastante ruido. Y cosas así. Yo seguí mi camino sin detenerme a mirar, porque hay tanto atrevido que podía haber tenido un disgusto.
Al llegar a la carpa de José, este y la novia se habían ido al agua, y sólo estaba Armando, al que le di un gran beso en la boca. En la carpa de al lado estaba el señor que el día anterior me había mirado con cara de “si te agarro lo vas a recordar” y al que se le colaba su gran miembro por el costadito del pantaloncito, que me saludó con una gran sonrisa, que le devolví gentilmente. Y entonces saqué la crema protectora y le pedí a mi esposo que me la pusiera. Pero Armando es renuente a esas cosas, nunca me quiere poner crema en el cuerpo. Así que le pedí al vecino sonriente, mostrándole la crema: “Señor, señor, disculpe que lo moleste, pero mi esposo no me la quiere poner. ¿Usted sería tan amable...?” “¡Por supuesto, señora, será un gusto ponérsela!” y dirigiéndose a mi esposo: “...Si al señor no le molesta que yo se la ponga...!” “Póngasela nomás, buen hombre, póngasela todo lo que quiera” dijo Armando con la cara tapada por el gorrito playero y en el principio del entresueño. “Pase a mi carpa, por favor, señora. Aquí estaremos más cómodos.” Así que me levanté, siempre con mis tacones aguja, y bamboleándome para no perder el equilibrio en la arena, me pasé a su carpa. El hombre, que se llamaba Carlos, había dividido la misma con una lona que ocupaba todo el ancho, de modo que detrás de la lona había un amplio espacio, con una colchoneta en el piso. La luz entraba por una especie de claraboya plástica, fija, en la pared trasera de la carpa. Tomándome de la mano me guió hasta la colchoneta, “tiéndase ahí, señora”. No me pareció que tomarme de la mano fuese un atrevimiento, ya que pronto me estaría tocando todo el cuerpo, así que un toque en la mano no tenía nada de confianzudo. Al contrario, me gustó su tacto, cálido y viril.
“¿Cómo quiere que me ponga, Carlos?” “Boquita abajo, linda” Así que me tendí dejando mi culo un poquito arqueado expuesto a su mirada. Pero por suerte llevaba mi bikini de hilo dental, de modo que la decencia estaba a salvo. “Vamos comenzar por el cuello y la espalda, preciosa. ¿Podría sacarse la parte superior de la bikini, así puedo pasarle la crema cómodamente?” “Lo que usted diga, Carlos” dije, desabrochándome las tiras y dejándolas a ambos lados de mi cuerpo. Y Carlos comenzó a pasarme la crema, comenzando por el cuello. Sus manos se sentían suaves y calientes y deseé que hubiera sido un masaje. Como si leyera mi mente, sus manos volvieron una y otra vez a los lugares ya visitados, y yo me entregué a esas manos que habían entendido mi necesidad de recibir un buen masaje. Por el modo en que sus fuertes manos se detenían en cada parte de mi espalda, me di cuenta de que ese hombre sabía como hacerle sentir a una mujer que la estaba tocando. Cuando su mano derecha se detuvo en mi cintura, en las inmediaciones de mi parada colita, y su otra mano me acariciaba el cuello, descubrí que mis pezones se habían endurecido, y que la cola se me había levantado un poquito más. Sus manos se acercaban y retiraban del principio de mi cola, como las aguas de la marea, enervándome un poco, ya que a esas alturas era perfectamente conciente del deseo de mi cola de recibir una buena masajeada. Y la cola se me paraba cada vez más, como si estuviera ofreciéndole el culo.
Al fin las manos treparon lentamente hasta mis nalgas y comenzaron a encremarlas. Involuntariamente se me escapó un gran suspiro de placer. “¿Le gusta, Señora?” me preguntó con cada una de sus manos copando cada una de mis nalgas. “Muuu... chooh... “ musité al sentir como me las estaba aferrando. Y esas manos se hicieron dueñas de mis glúteos. Primero comenzaron a trazar espirales simétricas crecientes, con los dedos índices rozando apenas la piel. “Curiosa manera de esparcir la crema”, pensé, notando como al pasar que me había mojado un poquito. “La relajación tiene esos efectos...”
Después con las manos aferrando cada una de mis nalgas, comenzó a imprimirles un movimiento rotatorio hacia fuera, de modo que mis glúteos ora se abrían ora se cerraban, bajo la fuerte manipulación de sus férreas manos. Ser movida de semejante manera por un desconocido me producía una gran vergüenza, sobre todo porque noté que me estaba mojando más. Después comenzó a subirlas y bajarlas con movimientos contrarios de ambas manos. Cuando una mano me subía un glúteo, la otra bajaba el opuesto, produciendo una fricción entre mis glúteos que nunca antes había experimentado. Después, hundiendo ambos pulgares en el interior de mis nalgas las separó, y continuó subiendo y bajando alternadamente mis nalgas, de un modo que me pareció algo irrespetuoso, pero no llegué a protestar porque tanta fricción había llegado hasta mi clítoris y me corrí, esperando que Carlos no lo advirtiera. Pero creo que los gemidos los escuchó. Pero las mujeres decentes también gemimos un poco ante un buen masaje. Sus manos siguieron bajando por el lado interno de mis muslos y volvían a acariciar mi culo, una y otra vez. Llegaron hasta los pies y volvieron a subir hasta el principio de mis nalgas, acariciando por dentro y rozándome la vagina con los pulgares. Como repitió ese movimiento una y otra vez, volví a correrme entre estremecimientos que procuré que el hombre no notara, para que no pensara mal de mí, como mujer casada.
Después me dio vuelta, sin recordar, seguramente, que había desprendido las tiritas de la parte superior de mi bikini y que mis tetonas quedaron al aire. “Carlos...” comencé pero él me tranquilizó: “así es mejor, Señora”, y procedió a demostrármelo. Comenzando por los hombros, sus manos pronto se apoderaron de mis pechos, encremándolos como nunca había supuesto que pudieran ser encremados. Al principio pasaban suavemente, desparramando la crema por la superficie de mis voluminosas glándulas mamarias (alguna vez seré madre, ¿sabes?), rozando mis pezones, ya muy erectos, una y otra vez. Sentí un picor delicioso en ellos, pero procuré gemir poco para que el no pensara que la cosa me estaba gustando más allá de una pasada de crema. Después pasó a amasármelos, como hacían los chicos con los que salía antes de conocer al que hoy es mi marido. Es decir, con mucho entusiasmo. Y mis pechos, seguramente recordando viejas épocas, respondieron a tanto entusiasmo con una gran irrigación sanguínea. Me di cuenta que estábamos cerca de la raya que separa la buena conducta de la indecencia, y decidí que debía advertirle: “Car... los... no... pon... ga... tan... to... en... tu... sias... mo... pa... ra... pa... sar... me... la... cre... ma... que... yo... soy... u... na... mu... jer... caaaah... saaaahhh... daaaaahhhhh...!” Me resultaba un poco difícil controlar la voz, porque estaba acabando nuevamente. Pero él debió haberme entendido, porque sus manos continuaron hacia mi estómago y luego a mi vientre, tratándolos con suavidad. Era muy, pero muy agradable. “Sáquese la tanguita”, me indicó, “así puedo pasarle mejor la crema.” Y ayudándome quitó la prendita, dejándola a un costado de mis caderas.
La situación estaba comenzando a preocuparme. Allí estaba yo, completamente desnuda, con ese hombre pasándome crema, ahora por el bajo vientre. Sus dedos alcanzaron mis vellos ensortijados y los encremaron a fondo, y luego llegaron a la entrada de mi vagina y allí se detuvieron, encremándome el clítoris hasta que me corrí nuevamente. Esta vez no pude ocultarla, por los temblores de mi bajo vientre, amén de los jadeos y gemidos. Como entre sueños lo vi sacarse el pantaloncito, dejando al aire una tranca muy grandota y erecta. “Q-qué va a hacer...?” pregunté alarmada. “Pasarle crema por el interior de la vagina”, dijo él, mostrándome su tremenda polla encremada. “Ah...” respondí débilmente, mientras él me abría las piernas e iba enterrándome su encremada virilidad en mi ahora encremada conchita. Cuando llegó hasta el fondo, mi nariz quedó contra su pecho peludo, y me quedé allí olfateándolo, mientras él le daba al mete y saca, con amplios vaivenes. Ahí cobré conciencia de que ¡me estaban cogiendo! ¡Y con mi marido en la carpa de al lado! Procuré tranquilizarme recordando que era la etapa final de la pasada de crema, pero las largas embestidas de esa enorme polla me transportaron a las regiones donde nada importa, salvo la convicción de ser una mujer fiel y para nada fácil. Este sentimiento de rectitud me hizo sentir tan bien que tuve una catarata de orgasmos, hasta que Carlos alcanzó el suyo, ensartándome profundamente y depositándome su leche con un fervor que me hizo sentir una gran simpatía hacia él, tan servicial que había sido.
Cuando me la desenfundó hizo un ruido de “¡plop!” como cuando se destapa algo. Me ayudó a ponerme las prendas y salí de su carpa y volví a la mía, tambaleándome sobre mis tacos aguja. Armando todavía dormitaba. Cuando se levantó el gorrito playero vió lo bien encremada que estaba y con mirada aprobadora me dijo que parecía que el vecino me la había puesto bien. “Si, me la puso muy bien, nuestro vecino sabe como ponerla.” “¡Gracias!” le dijo al vecino. “¡Cuando quiera!” contestó Carlos con su simpática sonrisa.
Y me tendí sobre la reposera dejando que el sol lamiera mi cuerpo.


En la próxima seguiré contándote mis andanzas de esposa fiel, en mis vacaciones de Punta del Este. Recibiré gustosa tus comentarios si me escribes a bajosinstintos4@hotmail.com, mencionando este relato. Por favor: no me pidas fotos ya que eso sería una forma de infidelidad que no corresponde a una mujer virtuosa.

Bajos Instintos 4

Demasiado Timida para Oponerme - 5ª Parte

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Resulta que Fanny, la hermana mayor de Armando, mi marido, se puso de novia con José, un muchacho que tiene un departamento cerca de la playa, en Punta del Este. Y nos invitaron a ir con ellos. No me costó mucho convencer a Armando de que fuéramos con ellos, nos hacían falta unas buenas vacaciones. Metí en una bolsita toda la ropa que usaría, a saber: dos falditas, dos remeritas, cuatro braguitas (ya que se me mojan mucho) y dos bikinis, de esas con hilo dental entre las nalgas. No llevé brassieres ya que mis tetones se sostienen muy bien por si mismos, pese a su gran tamaño.

Y me gusta que los pezones respiren bien a través de la tela de las remeritas. Y un poquito de perfumitos y cremas para el cuerpo, ya que me encanta que me pasen crema en la playa.
José tiene un auto grande, así que me pude repantigar a mi gusto en el asiento trasero, al lado de mi Armando. No me preocupé por bajarme la faldita, ya que hubiera sido una tarea de nunca acabar, y creo que si pronto vamos a ser parientes, no tengo por qué andar escondiendo los muslos de José. Y él debía pensar igual, porque por el espejito retrovisor me miraba sonriendo, con simpatía.

Armando se quedó dormido y pronto yo seguí su camino, acurrucándome contra él. Esto hizo que me quedara la cola prácticamente al aire, ya que la faldita se me había ido enroscando. Pero tenía la braguita de hilo dental entre los glúteos, así que lo esencial estaba tapado. Le dediqué una esplendorosa sonrisa a José, y me quedé dormidita.

Cuando me desperté, el coche estaba detenido frente a un restaurante de la ruta. Se ve que no habían querido despertarnos, o tal vez querían un poco de intimidad. Y yo aproveché la intimidad que nos habían dejado a nosotros, haciéndole una buena mamada a mi amado esposo quien, sin despertar, se deshizo dentro de mi boca derramando su rica leche. Y me volví a dormir, satisfecha.

El departamento resultó ser un chalecito bastante lujoso, señal de que a José las cosas le iban bien. Incluso habían instalado una pileta de natación, algo redundante en ese lugar dada la cercanía del mar, pero –explicó José- “para los días en que uno no tiene ganas de ir a la playa”.
La cocina tiene un pequeño comedor, y allí me ocurrió algo un poco extraño.
Resulta que al lado de las hornallas hay una mesada de mármol, en cuyo borde José había puesto una de sus manos, mientras charlaba con Armando y Fanny. Y yo, inadvertidamente apoyé mi cola contra ella, creyendo apoyarla contra la mesada, pero pronto me di cuenta de que allí había unos nudillos con sus respectivos dedos. No sé como no los había visto antes de apoyarme, pero yo soy así de distraída.
Como estábamos por salir para la playa, yo llevaba puesta mi bikini de hilo dental que se metía dentro de mis ricos glúteos, de modo que el contacto fue piel a piel. Mi primer impulso fue saltar fuera de ese contacto, ya que soy una mujer fiel a mi esposo, y no quería malas interpretaciones. Pero me contuve ¿cómo quedaría José frente a su novia si ella advertía que él no había hecho nada por evitar el contacto? Por Armando no me preocupo –nunca me preocupo por Armando- porque él sabe la clase de esposa bien portada que tiene. Así que me quedé con mis glúteos apoyados contra la mano de José, aparentando naturalidad. Él debió haber seguido un razonamiento similar, ya que no hizo nada por retirar la mano, y siguió hablando animadamente. Y durante los diez minutos que siguieron no cambiamos de posición, si bien noté un ligero desplazamiento horizontal de sus nudillos y dedos, de modo que el dedo medio quedó justo frente a la raya que divide mis glúteos, lo cual me produjo un cierto sentimiento de sensualidad. Especialmente cuando su dedo medio, separándose de los otros, se insinuó entre mis nalgas. Con un sentimiento de recato procuré evitar que siguiera adelante, para lo cual le aplasté el culo contra el dorso de la mano. Pero fue contraproducente, ya que su dedo medio encontró mayor facilidad para abrirse camino entre mis glúteos, llegando incluso hasta mi ojetito, afortunadamente tapado por el hilo dental.
Toda esta situación, por inocente que pueda parecer, había hecho que los colores me subieran al rostro. Así que propuse animadamente que saliéramos para la playa. Armando y Fanny fueron los primeros en salir. “¡Ahora voy!” les avisó José en tono jovial, “¡Tengo que lavar las tazas!” “¡Y yo lo voy a ayudar, así termina más rápido!” agregué mientras los veía caminando hacia la playa. Y, dicho y hecho, me puse a lavar la vajilla. Atrás mío José me iba alcanzando los cubiertos, pero pronto lo sentí apoyando mi culo. Y lo que tenía entre las piernas no era ningún cubierto. Al contrario, había sacado su tranca erecta fuera del pantaloncito de baño y comenzó a restregármela contra mis glúteos. No supe qué hacer. Por un lado no podía criticar la erección que estaba sintiendo, porque ya había visto lo que el contacto con mi cola le produce a los hombres, así que no podía culparlo. Por otro lado estaba un poco incómoda, porque se trataba casi de un pariente, y él podía mal Interpretar mi actitud tomándome por una esposa infiel. Por otra parte no quería retarlo para evitarle un momento violento. Y por otra parte con tantas restregadas de su caliente tranca contra mi culo, me estaba mojando como loca. Decidí que debía detener todo eso. “José” le dije con voz lo más amable posible, “debemos detener esto, yo soy una mujer fiel a su marido”. Pero José comenzó a amasarme los tetones, mientras continuaba con sus refregadas de palo. “¡No José, Jose... cito,... no... si... gas...!” La voz se me quebró un poco porque el había sacado mis tetones afuera y estaba trabajando mis pitones con ganas y sabiduría, he de reconocerlo. Pero seguí defendiéndome: “¡Jo... sé... no... ha... gas... e... so...!” Y pensé que lo podía estar convenciendo porque una de sus manos abandonó uno de mis tetones, pero me equivocaba, porque pronto la sentí desabrochándome la parte inferior de la bikini, dejándome con la cola al aire, sin protección. Me quedé paralizada por la audacia de este hombre. Y él aprovechó mi indecisión para ponerme su gorda tranca a la puerta de mi ojetito. “¡No te preocupes, cuñadita...!” me dijo con su voz gruesa en el oído. “¡Esto es por el bien de la familia...!” y besándome con su cálido aliento en el cuello, mientras su mano seguía con mis pitones, con la otra me separó las nalgas y avanzó unos centímetros de su poderosa tranca dentro de mi ano. “¡Ahhh...!” exclamé al sentirme penetrada, perdida ya toda voluntad de oposición. “¡Ahhh... Jo... ´se... qué... gor... da... la... te... nés...!” Al girar la cara para hablarle, él atrapó mi boca con la suya y comenzó a darme unos tórridos besos de lengua, que procuré no devolver, aunque mi boca no me hizo mucho caso. En unos momentos me tenía totalmente empalada y le dio al mete y saca con ganas, con muchas ganas. Y con ambas manos seguía jugando con mis melones, mientras seguía con el trabajo devastador de su boca. Elevé mis pensamientos al cielo, para que el Señor me ayudara a superar esta inesperada prueba y traté de encontrar en mi mente la imagen de mi Armando, pero lo único que vino fue la diferencia entre su tranca y la que me tenía ensartada, que en grosor, largo y dureza era muy superior a la de mi marido. Así que volví a elevar os ojos al cielo mientras sucumbía bajo los efectos de tanta fricción tan entusiasta. Me corrí en medio de estremecimientos, haciendo que su polla se disparara en una secuencia de grandes chorros hacia lo más profundo de mis intestinos. Al sentirla pulsando dentro de mi culo volví a correrme, entre jadeos y gemidos. Y quedé sin fuerzas, sostenida tan solo por sus dos manos en mis tetones, y su gran poronga en mi culo. Me tuvo unos minutos más así ensartada, y finalmente, me llevó ensartada todavía, hasta dejarme caer en el sofá, donde quedé culo para arriba. Él dándome la vuelta, me colocó su polla todavía chorreante y me hizo limpiársela con la lengua. Bueno, que se la lamí y se la chupé, sintiéndome invadida por un impulso de solidaridad familiar. Después me hizo ponerme boca arriba y meciéndome su menguante tranca dentro de la boca, se quedó un momento quieto, hasta que sentí que su pis caliente comenzaba a salir del glande. ¡Eso sí que me sorprendió! No era nada desagradable, al contrario, lo saboreé y tragué con placer, contra todo lo que podía haber supuesto. Y aunque en otro momento hubiera podido pensar que esto tenía un toquecito de perversión, me tranquilicé: esto no era sexo, sino pis, así que el placer que sentía no era sexual y por lo tanto no había infidelidad. Así que seguí chupándole el pis hasta que cuando ya le faltaba poco me la sacó de la boca y terminó meándome la cara. Fue algo un poco vejatorio, debo reconocerlo, pero –incomprensiblemente- volví a correrme. “¡Bueno, Pichoncita, estamos un poco atrasados, vamos para la playa!” dijo, guardándose la polla bajo el pantaloncito de baño. “¡No tardes!” dijo al salir, dejándome despatarrada en el sofá, tratando de reponerme.

La playa estaba esplendorosa y resplandeciente, dado el cielo límpido y el sol intenso. Por suerte la carpa de José nos brindó bastante protección.
Todos iban frecuentemente al mar a refrescarse. Pero yo no. Por alguna causa desconocida me encontraba algo cansada y sin muchos ánimos para retozar. En la carpa de al lado había un señor que me miraba con cara de “si te agarro lo vas a recordar” y al que le dediqué una sonrisa de vecina de carpa, para ser sociable. Pero en realidad estaba preocupada por una cuestión ética: ¿debía yo hablar con Fanny sobre la dudosa actitud de su novio? Porque, si bien en mi caso no había habido ningún tipo de actitud infiel, ya que todo había ocurrido contra mi voluntad, no podía decirse lo mismo de él. José había intentado seducirme con todos sus recursos, y si no lo había conseguido se debía sin duda a mi actitud recta, de esposa fiel incorruptible. Pero ¿sabía esta chica con quién iba a casarse?
El señor de la carpa de al lado se había despatarrado sobre su silla, de modo que por su pantaloncito se podía ver buena parte de su miembro que se colaba por un costado. Me pareció que lo hacía a propósito, aunque su miembro parecía en estado de reposo, era bastante grande y creo que el hombre quería ostentarlo. Pero conmigo no iba a tener suerte, yo tengo ojos solamente para mi marido. Para los otros hombres tengo otras cosas, pero ojos no.
De cualquier modo le dediqué una mirada por cortesía, y una sonrisa amable cuando nuestras miradas se encontraron. Y seguí en mi reflexión de carácter ético. Si yo le contaba a Fanny de los intentos de su novio por seducirme, ¿sería creída por ella? Bien sabido es que en las cuestiones del amor las mujeres somos ciegas. Y a veces, por fortuna, los hombres también. Así que parecía poco prudente hablar con ella. ¿Debía comentar la cosa con mi esposo? Tampoco, porque si me pedía detalles del intento de seducción iba a ser difícil que no creyera que yo había colaborado un poco. Y yo no soportaría ser dudada en mi condición de mujer fiel.
Entretanto la polla del señor de al lado había ido creciendo de tamaño de un modo inocultable. Ahora le sobresalían por debajo del pantaloncito unos veinte centímetros de gruesa tranca, que sumados a los que estaban debajo del pantalón debían dar una poronga como para merecer una mención en la guía Guinnes. Involuntariamente mis cejas se enarcaron por el asombro ante lo que veía, y el hombre aprovechó para hacerle dar una sacudida a ese tremendo pedazo erecto, en señal de saludo, y dedicándome una sonrisa algo lasciva. Pero yo hice como que no advertía la segunda intención y me limité a devolverle la sonrisa con una amplia sonrisa mía, llena de candor e inocencia, como para sacarle las malas ideas de la cabeza.
Así pues el único camino que me quedaba, concluí, era hablar con José para hacerlo recapacitar sobre su conducta y sus responsabilidades hacia Fanny. Y seguramente encontraría algún momento para hacerlo.
Cuando todos volvieron decidí que era mi momento para ir al agua a refrescarme un poco. Y como la arena estaba muy caliente, la crucé a grandes saltos. El problema con los grandes saltos es que mis grandes pechos se bambolean mucho, y mi cola también. Pero confiando en no llamar demasiado la atención me fui hasta el agua. En mi camino escuché algunos comentarios masculinos algo subidos de tono. Pero podía comprender a esos pobres hombres, sin sentirme molesta ni agredida por las cosas que me decían.
Ya en el agua saludé a Armando que estaba muy lejos, allá en la carpa. Y la verdad es que no sé si me vio, porque no vi su mano en alto.
Lo que sí vi fue una colección de hombres que me venían siguiendo. Seguramente eran los mismos que me habían piropeado durante mi paso por la caliente arena. Me sentí halagada por tanta respuesta a mis encantos. Y les obsequié una de mis mejores sonrisas. Ante los cual siguieron acercándoseme por todos lados.
Yo me zambullí, dándoles una involuntaria visión de mi sabrosa cola, y al mismo tiempo una actitud de indiferencia y despreocupación.

Pronto me rodearon completamente. Si yo hubiera sido soltera la situación podría haberse calificado de excitante. Eran siete hombres jóvenes atractivos, musculosos, bronceados, que me miraban con inocultable simpatía. “¡Hola!” les dije para no parecer estirada. “¡Hola, preciosa!” “¡Hola, bomboncito!” “¡Hola, cosita rica!” y cosas así me contestaron a coro.
“¿Vinieron a charlar un poco?” pregunté para iniciar la conversación. “Y lo que se pueda...” dijo un rubio fornido y simpático. “Y a conocer a tan linda chica...!” dijo un morocho de aspecto seductor. “Conocer en el sentido bíblico” agregó un gordito bastante corpulento. Y todos se rieron así que yo también me reí, aunque no había entendido muy bien el chiste.
“¿Son religiosos?” pregunté para continuar la charla.
“¡Muy religiosos!”
Estaban todos a centímetros de mi cuerpo, de modo que no me extrañó sentir una mano en mi cola. Hice como que no me daba cuenta, para no avergonzar al muchacho que seguramente no lo había hecho con mala intención. Y procuré seguir conversando en tren amistoso. Al fin de cuentas iban a ser mis compañeros de playa durante todas mis vacaciones, y siempre es mejor tener amigos.
Pero pude sentir que el chico no había retirado su mano y que, por el contrario, me estaba acariciando la cola. No le reproché la cosa, para no avergonzarlo delante de sus amigos. Ahora se había acercado tanto que algunos de sus cuerpos me tocaban. Yo continué con la charla, pero me estaba poniendo nerviosa la proximidad de tantos cuerpos varoniles cerca. No es que parecieran malos muchachos, todo lo contrario, pero una no es de hierro...
Ellos tampoco eran de hierro, pude comprobar, porque pronto sentí una mano tocando mi tetón izquierdo. “Tenés una teta muy linda...” me comentó su dueño mientras comenzaba a amasarla. “Gra... cias” le dije, por decir algo. “Es cierto, ¡qué tremenda tetona!” dijo otro que había tomado a su cargo mi otra teta. “M-muy gentil... pe-pero...” sentí otra mano que se había puesto en mi entrepierna y comenzado a sobarla. Decidí aclarar la situación, para evitar malos entendidos. “Mu-muchachos, les agradez... co pero yo sólo busco amis... tad. Soy una mu... jer ca... sa... da...” dije con la respiración algo agitada por tantas sobadas que estaba recibiendo. Mis pezones se habían endurecido y mi entrepierna había comenzado a hacer su aporte al mar. Bajé mi mano para detener al que me estaba sobando el coño, pero en el camino me encontré con una tranca parada y dura, y mi mano se prendió a ella sin dudarlo, posiblemente para tener algo de donde agarrarse en medio de tan incómoda situación. Así que no pude impedir que me siguieran manoseando el coño. Ni los tetones, ni el culo. Y pronto colocaron otra enorme polla enhiesta en mi otra mano, que en forma instintiva se aferró a ella y comenzó a pajearla. A estas alturas había comenzado a gemir y jadear, pero repitiendo: “¡Por... fa... vor, mu... cha... chos, ...soy... u... na... mu... jer... ca... sa... da... y... res... pe... to.. a... mi... ma... ri... do...!” una y otra vez. Pero ya saben como son los machos, sólo les interesa satisfacer sus propias urgencias, y son sordos a cualquier otra cosa. Así que me resigné a que eso continuara hasta que se aburrieran.
Pero no se aburrían, uno comenzó a penetrarme la concha, luego de hacer a un costado la tela de mi braguita playera. Y cuando sentí su poderosa tranca penetrándome, sentí que yo tampoco me estaba aburriendo, después de todo. Y pronto sentí los chorros en el interior de mi vagina. Bueno, que se fueron pasando todos, por mi concha y por mi culo, dejándomelos muy abiertos dados los tamaños que esos jóvenes sinvergüenzas portaban. Así que como siempre hago en esos casos me encomendé a Dios y traté de mantener mi espíritu concentrado en la imagen de Armando, pero sin mucho éxito debo confesarlo.
Cuando terminaron conmigo estaba hecha una piltrafa, de tantos polvos que -involuntariamente, eso sí- me había echado. Me dejaron flotando en el agua y se volvieron nadando vigorosamente hacia la playa.
Sólo uno de ellos se apiadó de mí y me remolcó hasta la mitad del camino. Una vez que hicimos pié pude comprobar que no todo había sido generosidad en su gesto, pues me hizo sentir su polla en el culo, y yo me dejé hacer, ya que no estaba en condiciones de oponerme. Así que frente a la vergüenza de la situación, lo único que pude hacer fue correrme dos veces más. Y luego le rogué que me acercara hasta la playa. “Bueno”, concedió, “pero sin compromisos, ¿eh?”

Llegué a la carpa como pude y me desmoroné en una silla. “Se te vé muy cansada” dijo Armando con simpatía. “Es que el mar estaba muy duro...” Fanny se extrañó del término “¿duro?” “durísimo” corroboré antes de quedarme dormida.
Cuando llegamos a la casa dormí a pierna suelta el resto de la tarde. Pero curiosamente, bastante feliz. “Es la felicidad producto de la virtud de una esposa fiel” pensé mientras me iba sumiendo en el entresueño.
Pero las vacaciones apenas habían comenzado.

Me gustaría que me comentes que te ha parecido este relato, mencionando su título. Escríbeme a bajosinstintos4@hotmail.com. Pero por favor, no me pidas citas ni fotos, recuerda que soy una mujer casada y me debo a mi marido.

Demasiado Timida para Oponerme - 4ª Parte

Comentarios (6)

Para quienes recién llegan a estas páginas debo decirles que soy una mujer felizmente casada y muy enamorada de su marido, e incapaz de serle infiel, como pueden atestiguar todos aquellos que me conocen de cerca (Y no son pocos….)
Yo no entiendo a esas mujeres incapaces de respetar la promesa de fidelidad implícita en el matrimonio.
Y me pregunto como pueden violarla con tanta ligereza, como si buscaran a propósito cometer infidelidad. ¿Es que no respetan a sus maridos? ¿Cómo pueden vivir con su conciencia tranquila? Yo no soy así. Soy incapaz de buscar cometer una infidelidad. Y por más que me asalten las tentaciones, procuro mantener mi conciencia libre de manchas.
Mi cura confesor me objeta las falditas cortas y apretadas pues dice que marcan demasiado las formas de mi culo, pero lo que ocurre es que he engordado un poco desde que me las compré, pero como no soy para nada gorda, todo está bien. Cierto que me dejan buena parte de los muslos al aire, especialmente cuando me siento. Pero ese no es mi problema sino el de los hombres que todo el tiempo buscan acercarse. Pero una mujer fiel no tiene miedo de sucumbir.
El Padre me dice que mis remeritas también son dos tallas más pequeñas que la que necesito ahora y que me marcan demasiado los pezones. Pero, bueno, si tengo las tetas grandes y paradas, y los pezones gordos, no es culpa mía,no voy a renovar todo mi guardarropas, pues eso sería un gasto muy grande para el sueldo de mi marido. Y, aunque yo también trabajo, soy muy considerada con él. La única concesión que le hago a la coquetería son mis tacos aguja, pero me encanta el modo en que elevan mi altura y me alargan las piernas. Y el modo en que todo se me bambolea cuando camino. Yo sé que eso resulta un poco provocativo para los hombres, y por alguna razón que se me escapa, siempre quieren abusar de mi. Pero no temo, pues sé marcar muy bien la línea que no deben transpasar. Puede que transpasen todo lo demás, pero la línea nunca.

Había sido un día de trabajo bastante fuerte en el consultorio del doctor Martínez, y no veía la hora de llegar a mi hogar donde me esperaba con los brazos abiertos mi amante esposo, mi Armandito. Y a pesar de que era la hora pico, opté por el subte, que aunque tenía que recorrer prácticamente todas las estaciones, era el mejor medio, por lo veloz. Además me iba a permitir ensoñar con la fidelidad que le profeso a mi cónyuge. Pero creo que no fue del todo una buena idea.

Yo estaba bastante incómoda con esa enorme tranca cilíndrica taladrando mi culo. Lo que me molestaba no era la tranca, que por cierto, no era la peor parte del asunto, sino el hecho de que pertenecía a un perfecto desconocido que me había abordado en la calle y luego perseguido por todo mi camino, sin cesar de tratar de convencerme para poder brindarme su amor. Muy insistente y cargoso. Yo le expliqué que soy una mujer casada y fiel a su marido. Pero, en ese momento estábamos en el subte, y este hombre no dejaba de sobarme las nalgas. Yo hacía como que no me daba cuenta para no dar lugar a una escena violenta, ¡pero él le dio un ajetreo a mis posaderas como hacía mucho tiempo que no tenían! La verdad es que me subieron los colores al rostro, pasando en el camino por los tetones.
¡Tenía que hacer algo para detenerlo! En nombre de lala fidelidad a mi esposo asumí que debía quitar mis glúteos de su alcance, para lo cual hice lo más sencillo: me di media vuelta, quedando frente a él. ¡Esta vez lo había embromado! El subte estaba muy lleno y no podría realizarla operación de volver a ponerse detrás de mí. Así que enfrenté su rostro con una mirada neutra, como de indiferencia. No era un hombre desagradable, por el contrario era bastante guapo, si no fuera por ese modo tan insistente de actuar. Pero, bueno, el asunto estaba solucionado.
Eso creí, porque aprovechándose de mi nueva posición comenzó a sobarme los tetones. Mis tetones, además de grandes y parados, son muy sensibles, y los pezones reaccionaron enseguida, poniéndose duros. Seguramente el hombre no estaba al tanto de esto, así que decidí advertirle. Y acercando mi cara a la suya le susurré: “¡no haga eso, por favor, que soy muy sensible!” Pero el estúpido aprovechó para darme un beso en la boca. Me tomó de sorpresa y no atiné a retirar la boca. Lo que pasaba es que la sobada en mis tetones me quitaba un poco de concentración. Para cuando pude reaccionar, el muy bestia me estaba comiendo la trompa con un apasionado beso de lengua. ¡Y qué lengua! Así que no pude reaccionar. A lo único que atiné fue a bajarle lasmanos, sacándolas de mis pechos, pero el beso me estaba volviendo loca. Digo, en mi condición de mujer casadaque detesta estas confianzas. ¡Pero no sabía como pararlo, ya que me tenía muy bien aferrada!
¡Y de pronto siento una de sus manotas tocándome la entrepierna! Inadvertidamente se me escapó un gemido ahogado, mientras su lengua me seguía trabajando, y su mano comenzaba a restregarse contra mi más secreta intimidad. Me quedé completamente desconcertada, sin saber que cosa hacer, ni como impedir que siguiera adelante. Con la otra mano me atrajo por la cintura contra su cuerpo. Y pude sentir su aroma de macho y su cuerpo tan recio. Y en un movimiento acomodó su tranca contra mi intimidad. Y me la frotó un poco. Y ahí, contra todos mis deseos, me corrí, aferrándome a sus fuertes hombros, con manos desesperadas, para no caerme. Sentí una gran vergüenza, porque en mi condición de esposa fiel se supone que no debían pasarme cosas así. Aún aferrada a su cuerpo y con su tranca frotando mi intimidad, y su mano libre manoseándome los tetones logré separar mi trompita de esa boca devoradora, y entre jadeos le dije que por favor se detuviera, que yo era una mujer enamorada de su marido. Por única respuesta me dio vuelta de modo de quedar mi culo pegado a su tranca y con sus manos siguió sobándome los pechos, que a estas alturas me mandaban sensaciones como para elevar a una monja. La gente de alrededor no se daba cuenta de nada, tal la cancha de este hombre. Y yo me quedé quietecita para no levantar la perdiz. Pero él tenía sus pensamientos en otra parte. Y tomando mi breve faldita con una mano, la subió, dejando mi sabroso culo al aire, cubierto tan sólo por mi braguita roja de hilo dental. Entonces escuché su jadeo ronco y su respiración caliente en mi oído: -¡por mí podés estar todo lo enamorada de tu marido que quieras, pero ahora me vas a dar el orto…!- y de un tirón me sacó la braguita. “Lo que usted diga, señor.” Musité comprendiendo que no sería bueno llevarle la contraria. Y elevé mis oraciones al Señor, rogándole me permitiera sobrellevar este duro trance. ¡Y vaya si estaba duro!
Con sus dos pulgares me separó las nalgas y comenzó a enterrarme su rígida tranca. Luego volvió a mis tetones con una mano y a mi conchita con la otra. Las sensaciones me sobrepasaban, pero centré mi mente en la imagen de mi amado Armando, para recibir fuerzas. O al menos traté de centrarla, porque lo que estaba recibiendo tenía mucha fuerza. Mi cola bien abierta se apretaba contra sus vellos púbicos, con toda su tranca adentro de mi agujerito. Y él la movía con pequeños vaivenes enérgicos. La imagen de Armando iba y venía a la deriva de las sensaciones, cada vez más borrosa. En mi cuello sentía el aliento jadeante del apasionado desconocido y de mi boca abierta caían en cámara lenta hilillos de saliva que habían quedado fuera de control. La situación, como ya dije, me resultaba incomodante, pero me resigné a que el hombre saciara sus bajos instintos con su tranca apretada entre mis suaves y carnosos glúteos. “¡Cómo te estás dejando, puta!” me susurraba en el oído, mientras me besaba el cuello. Y todo junto era demasiado para una mujer fiel como yo, y mi cuerpo comenzó a correrse, mientras mi boca dejaba escapar gemidos y jadeos. Esto lo excitó: “¡Ya de corriste de vuelta, putona! ¡También con ese culo y esas tetonas se veía que estaban buscando guerra!” Y sus vaivenes eran cada vez màs largos y profundos, lo que entre otras cosas me produjo un desenfoque total de mi vista, que es lo que me ocurre cada vez que mis ojos, fuera de control, bizquean. “¡Así que la señora le es fiel a su esposo…!”, dijo el sinvergüenza y enterrándomela hasta el fondo comenzó a descargar una catarata de chorros en mi ojete, tan fiel a mi marido. Cuando sentí cómo me lo estaba llenando me abandoné completamente a su abrazo y sostenida de los tetones por sus manotas, y del culo por su tranca, me corrí, ya ni sé cuantas veces.
Cuando volví en mí me encontré en un asiento del andén, con un papelito en una mano, con el teléfono del desconocido, que se llamaba Tony. Quería una cita el hombre. “Bueno”, pensé mientras me encaminaba a casa, “que el hombre quisiera una cita no era algo tan malo, después de un viaje tan largo juntos en subte, siempre surge una corriente de simpatía, pero por lo menos la cosa no pasó a mayores”. Posiblemente lo llame para dejarle las cosas bien en claro.

Si tienes ganas de hacerme llegar tus comentarios sobre esta narración, menciónala al escribirme a bajosinstintos4@hotmail.com, y me encantará leerlos. Pero por favor, no me pidas fotos ni que te escriba. Recuerda que soy una mujer casada que ama a su marido.

Bajos Instintos 4

Demasiado Timida para Oponerme - 3ª Parte

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Esa mañana salí junto con Armando, mi marido, cuando iba rumbo a su trabajo. Yo, a mi vez, iba a buscar uno nuevo para los martes, jueves y sábados. Armando me tiene confianza, no me cela, nunca le he dado motivos, ya que soy una mujer muy fiel. Por eso nunca ha puesto objeciones a mi puesto como secretaria del doctor Martínez, que es un hombre muy guapo, al que muchas mujeres se le tirarían encima. Pero no yo. Desde hace cuatro años asisto a su consultorio los lunes, miércoles y viernes, sin ningún contratiempo que pudiera afectar mi fidelidad. Cierto es que Gustavito, el menor, cuando tenía doce años se permitió algunas libertades conmigo, pero así son los niños, y a eso no se le puede calificar de infidelidad. El niño estaba en el despertar de sus hormonas, así que no podía culparlo por las frecuentes tocadas que le hacía a mis nalgas. “No hagas eso, Gustavito…” le recriminaba yo. Pero el niño seguía sobándolas con un entusiasmo contagioso. De modo que después de media hora de eso, ya no le decía que no lo hiciera. Y así todas las mañanas, antes de que llegara el doctor. Poco a poco el niño fue tomando confianza, y pronto durante la sobada comenzó a sacar su nabo afuera del pantalón. Lo tenía bastante grande para su edad. Yo comprendí que si lo reprimía drásticamente, el pobre niño sufriría un trauma del que quizá no se recuperaría nunca. Así que lo dejé que siguiera sobándome el culo con su erecto nabo afuera. Esa consideración mía hacia él debiera haberlo conformado, pero el chico siguió tomando confianza. Me levantaba el delantal de enfermera por detrás y continuaba su sobada sobre mis nalgas desnudas. “Gustavito, portate bien…” le decía yo en tono de reproche, procurando no hacerlo demasiado severo para no traumarlo. Pero el niño sabía que yo no quería lastimarlo, así que seguía. Cuando llegó a la etapa de restregarme su muy duro nabito por la cola, le dije: “¡Gus… ta… vi… too… e… so… no… es… ta… bi… en…!” Pero el niño no se detenía y continuaba hasta bañarme las nalgas con su lechita. ¡Así me expresaba su cariño ese pequeño! De cualquier modo a veces pienso que no debí permitirle tantas libertades. Porque su siguiente antojo fue meterme su erecta pijita en el ano. Yo me rebelé a semejante cosa, y le dije que ni se le ocurriera y que… Pero el niño me tenía muy aferrada por el culo, y poniendo su no muy pequeña polla entre mis glúteos, no tuvo muchas dificultades para penetrarme el ano. Yo sentía como entraba y salía su joven barra de carne, con un entusiasmo creciente, y me dije que ya era hora de detenerlo. “¡Noo Gus… ta… vi… tooo…!” mientras sentía la movida que el niño me estaba dando en mi nabo, “¡No… es… ta… bien… que… mue… vas… a… así… taan… fuer… te… !” Me di cuenta que como recriminación no era muy buena, pero me estaba costando concentrarme y encontrar las palabras justas. Pero volví a intentarlo: “¡No… si… gas…” la voz se me había vuelto ronca y entrecortada “… por… que… por… que… ¡ahh!... yo… só… lo… tra…baaah… jo… y… ¡ahhh… ahhhh… aaahhhh…! Y… soy… u… na… mu… jer… ca… saaa… daaah… y ¡aahhh… aaahhhh… aaaaaahhhhhhhhhhhh!” y ya no pude seguir hablando. En el interior de mi ano la polla del nene estaba estaba pulsando y pulsando, echándome sus chorritos uno tras otro. Me quedé quietita, recibiendo sumisamente sus emisiones, hasta que el niño me la sacó. “Gracias, Julita” me dijo el pequeño, y luego de darme un beso en mis glúteos, me bajó el delantal y salió. Yo me quedé un poco confundida, pero a medida que mi respiración se iba normalizando, concluí que eso no podía llamarse infidelidad, ya que él era un niño, y además yo no había consentido su conducta. Así que me quedé tranquila, no era yo culpable de nada. Por eso permití de ahí en más que el niño se tomara esas pequeñas libertades con mi trasero, cada vez que yo entraba a trabajar. Es cierto que ahora tiene dieciséis años, y el tamaño de su polla se ha vuelto muy considerable. También es cierto que sus eyaculaciones son muy copiosas, y que a veces tiene dos seguidas, sin retirar su polla. Y que yo tengo varios orgasmos durante el jueguito. Pero todo ocurre contra mi voluntad y por lo tanto no puede decirse que lo mío es una infidelidad. Que el niño tenga doce o dieciséis, o treinta –llegado el caso- no cambia la esencia del asunto.
Con su papá, el doctor, el criterio es el mismo. Todas las mañanas, apenas llega, me arrastra al consultorio y sacando su enorme tranca afuera me obliga a mamársela hasta que acaba en mi boca. Pero eso forma parte de mi trabajo cotidiano, de ninguna manera se trata de infidelidad. Lo mismo que la gran follada que suele darme a última hora, cuando ya se han ido los pacientes. Yo me siento obligada por temor a que tome otra enfermera. Además el modo avasallante en que actúa no me da lugar a resistirme. Y aunque, debo reconocer que me gusta, estoy segura de que no lo haría si no hubiera una relación laboral. De cualquier modo no le he contado nada de esto a mi marido, porque pudiera no interpretar correctamente la situación.
Y menos que menos le contaría las folladas que me da el hijo mayor, cuando a media mañana me llama al cuartito de los medicamentos y me avasalla tan completamente que soy un juguete en sus manos. Debo reconocer que Alberto me gusta, pero los orgasmos que tengo son completamente involuntarios. Así que tampoco con él soy infiel. Mi Armando puede quedarse bien tranquilo con la virtud de su mujercita.

El trabajo para martes, jueves y sábados era como secretaria de una masajista. Tuve que caminar algunas cuadras antes de encontrar la casa. Tenía una hermosa fachada, tan señorial como las demás casas de ese barrio señal de que a la masajista debía irle bastante bien. Tal vez pudiera sacar un buen sueldo, así que haría todo lo posible para obtener el trabajo. Sin dejar el otro, claro. Me había vestido de un modo sobrio pero encantador. Mi habitual remerita dos números más chicos que me talla, por lo cual se me marcaban un poco los pezones, y mi faldita cortona que tanto excita a los hombres. Por suerte esta vez sería el encuentro sería con una mujer, de modo que por suerte estaría libre del acoso masculino, del que me cuesta tanto defenderme. Toqué el timbre y me quedé esperando.
Me abrió la puerta la misma masajista, que me echó una mirada de arriba abajo, deteniéndose en los lugares convenientes de mi anatomía, lo que no dejó de sorprenderme algo. “Susana”, se presentó, estrechando mi mano, para luego acercarse y darme un beso en la mejilla. La presentación me turbó un poco, pues al darme el beso los tremendos melones de Susana apretaron los míos. ¡Nunca había visto a una mujer con melones tan inmensos y tan parados! Yo tengo buenas tetas, pero las de ella eran algo nunca visto. Claro que esos enormes pechazos estaban a la altura de la dueña. Susana me llevaba media cabeza, de modo que me sentí pequeñita y en cierto modo dominada por esa gran mujeraza que me miraba desde arriba con una gran sonrisa en su boca gruesa y sensual. Así que la primera impresión que tuve de ella fue bastante abrumadora.
“Vos debés ser Julia, pasá, pasá” y dando media vuelta me guió hacia adentro. No pude dejar de ver el tremendo culo que se gastaba, porque lo fue moviendo como para que mis ojos no pudieran ir a otro lado. Pensé si no lo estaría haciendo a propósito. Pero deseché la idea por absurda. Éramos dos mujeres, y las mujeres no se coquetean entre sí, pensé. Y la seguí, con la esperanza de caerle bien y conseguir el trabajo. Me sentía de un humor jovial, aunque los vaivenes de ese soberbio culo me inquietaron un poco.
“Esta es la sala de masajes” me mostró con un movimiento de mano, parándose al lado mío erguida en toda su estatura. No era una mujer que se encorvara para esconder sus poderosas tetas, sino todo lo contrario. Con su espalda recta y algo apretada hacia atrás, sus tetonas se proyectaban desafiantes hacia delante.
El tener esos enormes melones tan cerca de mi cara me puso un poco nerviosa. Más aún porque ella, mientras hablaba, los movía a derecha e izquierda, de modo que podía verlos balancearse dentro de la blusa, que estaba bastante tirante. Ella, como yo, parecía no necesitar sostén. Pero con esas tetonas costaba creerlo.
En los pocos instantes transcurridos desde que entré a la casa, la impresión que me produjo Susana, no dejaba de crecer. ¡¡Esa mujer era algo colosal!! Un rostro bellísimo, con un toque de perversión. Y unas tetazas y un culazo de novela. No sólo por lo enormes, sino por lo bien formados. Un cuerpo espectacular. Creo que ella seguía el curso de mis pensamientos, pues dando un par de pasos expuso su contundente anatomía ante mis azorados ojos.
“En esta camilla es donde hago los masajes, donde victimizo a mis pacientes” se rió con una sensual sonrisa de oreja a oreja. “Voy a alisar un poco las sábanas” dijo, inclinándose sobre la camilla, y dándome de paso una vista de primera fila de su soberbio culo. La impresión me hizo tragar saliva. “Bue-bueno…” comencé tratando de llevar mi mente hacia el objeto de mi visita “…yo tengo experiencia como secretaria de un médico y en el trato con pacientes…” “Sí, sí, enseguida vamos a eso” y siguió moviendo su contundente culo, y atrapando mi atención en él.
Luego, dando un saltito se sentó en la camilla. Su faldita se corrió, dejando una sustancial parte de sus muslazos al aire. Yo estaba entrando en pánico y se me cruzó el pensamiento de salir corriendo de allí, pero ¿qué excusa darle?
“Contame de tu experiencia” “¿Co-como secretaria…?” “Sí, empecemos por ahí, ya veremos por donde acabamos…” La doble intención del comentario me hizo sonrojar, cosa que provocó una divertida sonrisa en su rostro. “Bu-bueno…, hace cuatro años que…” pero no pude terminar, pues ella cruzó los muslos, y entonces vi. que no llevaba braguitas. Me quedé con la boca abierta. “Nunca las llevo” al parecer seguía leyéndome el pensamiento. “Son una demora a la hora de hacerme chupar la concha”, me aclaró con naturalidad. “D-de chu-chupar l-la co-con…” “Sí, la concha o el culo, me gusta mucho hacérmelos chupar.” “Ah…” dije yo completamente ruborizada.
“La mayoría de mis pacientes termina chupándome el culo” agregó, mirándome con fijeza. “Algunas empiezan por las tetas, claro, pero otras se van directamente para abajo” “Ah…” comenté yo con un hilo de voz.
“¿En tu caso que preferirías?” me preguntó separando los muslos con las rodillas en alto, dándome una vista de sus dos agujeros. Me quedé muda viendo esa peluda concha y ese tentador ano. Por alguna razón que se me escapaba, la boca se me estaba haciendo agua.
“Bueno, no importa, ya veo que tenés que pensarlo” Y dando un saltito, se paró sobre sus pies y se me acercó hasta poner sus melones en contacto con mis tetonas. La respiración se me había agitado, y las rodillas me estaban temblando.
“O acaso preferirías empezar por chuparme una teta?” “Bue-bueno… yo en realidad… sólo vine a bu-buscar tra-tra… ba…” “Ya sé, ya sé” me cortó ella, tocando mi cuerpo con sus tetazas. “De eso hablaremos después. Ahora vamos a lo importante” Y abriéndose la blusa sacó una de sus tetas afuera. Poco a poco yo había ido retrocediendo hasta la pared, así que me tenía a su merced.´”A mí solo me gustan los hombres…” traté de aclararle. “Sí, sí, eso dicen todas…” dijo tapándome la boca con un grueso pezón. “Ahora chupá, a ver que tal lo hacés” El olor y el calor de su teta eran embriagadores, y toda mi visión estaba ocupada por ese tremendo melón que aplastaba mi rostro, y cuyo pezón me había entrado hasta la mitad de la boca. De modo que fué inevitable que tomara contacto con mi lengua. E instintivamente se lo comencé a lamer. “¡¡Asííí, nenita, muy bien…!!” y con las manos me sujetó la cabeza para aplastarme aún más la cara con su melón, comenzando a continuación a darme empellones, ¡me estaba cogiendo la boca con el pezón! Comencé a sentir un cosquilleo muy intenso en la vagina. Y la vista comenzó a nublárseme. Justo entonces me sacó el pezón y dio un paso atrás para mirarme. Tuve dificultad para enfocar su hermoso rostro. Y ella se dio cuenta. “¡Santo Dios! ¡Cómo te puse!” Yo traté de recomponerme como pude. Pero ella sabía que estaba en su poder.
“Bueno, ya vimos que chupándome un tetón casi te corrés. Ahora vamos a ver como te portás con mi culo…” Y bajando mi cabeza hasta la altura de su culo, comenzó a refregármelo en la cara. Yo veía pasar esos hermosos y enormes glúteos a izquierda y derecha, y con ellos me cacheteaba el rostro. ¡Nunca me habían hecho algo así antes! ¡Y ni sospechaba que pudiera excitarme tanto! A los pocos segundos me tenía besando y lamiéndoselos. “¡Ahhh… seguí así que el empleo es tuyo…!” Yo no entendía lo que me estaba pasando. Cuando ella comenzó a darme empellones con sus hermosos glúteos enterrándome la cara entre ellos, sentí una pulsión muy intensa en mis híjares y pensé que eso es lo que significaba verdaderamente la palabra “culear”. ¡Me estaba cogiendo con el culo!
Y como ella siguió con sus empellones, me corrí, quedando sentada, con mi espalda apoyada en la pared. Susana siguió culeándome el rostro hasta que se vino, aplastando su ojete contra mi nariz, durante un momento interminable, lo que me puso nuevamente a mil. “¡Así está mejor…! ¡Siempre me siento más relajada después del primer polvo…!” Yo no conseguí articular palabra, totalmente dominada por esa mujer voluptuosa y tremenda. Flexionando un poco las rodillas, me puso la concha contra la cara. “Vamos a ver ahora, que tal me chupàs la concha, preciosa”, y comenzó a rotarla sobre mi cara, sin que yo atinara a más que dejarla hacer. Después de unos momentos se irguió: “Aquí es un poco incómodo. Acostate boca arriba en la camilla” Obedecí a su mandato sumisamente. “Te voy a montar la cara, corazón” y vi., como esa gran concha bajaba sobre mi rostro, emanando un maravilloso olor que me privó de toda voluntad que no fuera la de lamer esa maravillosa vagina. “¡¡Ahhh, que bueno!! ¡¡ya estoy por acabarte en la cara…!!” Estaba empapada por sus jugos, y sentía sus pendejos pegados en mi rostro. Y cuando se vino yo tragaba como loca todo lo que me entregaba. Y me corrí irremisiblemente, tal era la excitación que me producía estar sumisa bajo su terrible lujuria.
“¡Gracias pichoncita, el empleo es tuyo, bien que te lo ganaste!” dijo con un suspiro de satisfacción. Yo creí que la entrevista había terminado, pero me equivocaba. “¡Ahora te voy a agradecer bien agradecida con una chupada de concha que de va a dejar loca!” Y separándome las piernas comenzó a darle a su gorda y caliente lengua. Yo me mordí los labios al acordarme de Armando, procurando evitar el placer para no serle infiel. Pero la lengua de Susana y su boca eran implacables. Con sus gordos labios atrapó mi clítoris y comenzó a succionármelo, mientras con tres dedos me cogía la concha. Mis jadeos fueron haciéndose más intensos, y mis gemidos fueron subiendo de tono. “¡Señor!” imploré para mis adentros, “¡Permíteme no sentir nada y seguir siendo fiel!” Pero a la mamada había agregado la lengua que me trabajaba el clítoris produciendo estragos en mi fe en Dios. Traté de recordar el rostro de mi amado Armando, pero Susana aumentó la frecuencia con que sus dedos me estaban cogiendo. ó la frecuencia con que sus dedos me estaban cogiendo, y la imagen de mi amado se diluyó detrás de las sensaciones cada vez más intensas de un escandaloso orgasmo que me llegó desde los cabellos hasta la separación crispada de los dedos de mis pies. Mi bajo vientre batía como si fuera un solo te tambor. “¡¡Qué acabada, mamita!!” Me quedé sin fuerzas para levantarme de la camilla, procurando encontrar un pensamiento que me dijera que yo no había sido infiel. Pero no venía ninguno. Así que me quedé esperando recuperar las fuerzas, para levantarme e irme. Pero me engañaba nuevamente.
Susana tendió su lujurioso cuerpo sobre el mío, haciéndome sentir sus enormes melones, y comenzó a besarme en la boca, metiéndome su gorda lengua hasta la campanilla. Y me empezó a coger la trompa. Me sentí nuevamente caliente y dominada por su voluptuosidad, sin voluntad alguna para resistirla. De pronto sentí su clítoris restregándose contra el mío. Sus fricciones eran tan sensuales que mis ojos se fueron hacia arriba y me dejé coger a su gusto.
Bueno, que me hizo echar tres polvos.
Y luego volvió a montarme la cara con el culo. No le importaba que mi cuerpo estuviera casi inerte, siguió con sus apasionadas rotaciones de orto, enterrando mi cara entre sus nalgas y cogiéndose con mi nariz. Yo dejaba que me siguiera ultrajando. Y cuando cambió el culo por la concha y sus refregadas en mi cara, pese a mi agotamiento, me corrí nuevamente, por la excitación que me produjo la desconsiderada dominación con que ella buscaba su propio placer, a costa de mi vejada cara. Cuando por fin se corrió, dejó la concha abierta sobre mi cara, como para obligar mi sumisión por un tramo más. Después de diez minutos de eso, silenciosamente volví a correrme.
Quedé hecha una piltrafa. Después de ayudarme con las ropas, me acompañó hasta la puerta, sobándome el culo con muchas ganas. Eso me devolvió el tono muscular. “Susana”, le pregunté, “yo amo a mi marido y nunca le he sido infiel. ¿Te parece que esto que hicimos puede considerarse una infidelidad? Porque la verdad es que me gustó mucho y me hiciste echar un montón de polvos…” Pero Susana me tranquilizó inmediatamente “No, mi cielo, infidelidad es cuando lo hacés con un hombre y a propósito. Lo nuestro es un juego de amigas.” Y acto seguido me dio un largo y activo beso de lengua, apretando mi cuerpo contra sus maravillosos melones, que refregó contra los míos, mientras su mano acariciaba mi coño con pasión. Yo me sentí muy querida, tanto que a los quince minutos de eso me corrí en sus brazos. “Vaya, mi vida” dijo dándome un beso en la trompita. “Y quédese tranquila que usted es muy fiel a su marido. Te espero pasado mañana para comenzar a trabajar.”
Y me fui a la calle, caminando un poco como si flotara entre nubes. Pero muy contenta. No sólo había conseguido el empleo, sino que había hecho una amiga. Al menos aquí no iba a ser acosada por hombres.
Y pensé lo contento que se iba a poner Armando cuando le contara las buenas nuevas, sin abrumarlo con los detalles, claro.

Espero tus comentarios, mencionando el nombre de este relato. Mi e-mail es bajosinstintos4@hotmail.com. ¡Hasta pronto!



Bajos Instintos 4

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