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Demasiado Timida para Oponerme - 11ª Parte

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Hay momentos en que por más que intento evocar la imagen del rostro de Armando, mi amado esposo, esta se me aparece borrosa o muy diluida, sin nitidez alguna. Yo atribuyo eso a cierta falta de concentración que tengo en esos momentos, que suelen ocurrir cuando algún hombre intenta abusar de mí. Por supuesto que sin éxito, porque no hay modo en que una mujer enamorada traicione a su esposo. Incluso cuando el atrevido acosador logra meter su tranca en las intimidades de una, el espíritu puede permanecer impasible en el limbo al que vamos las mujeres fieles en estos casos que, de otro modo, podrían ser comprometidos. Cuando el irrespetuoso comienza a mover su tranca, mientras masajea mis tetones y a veces hasta besándome de lengua, es cuando yo centro mi espíritu en la imagen del rostro de mi marido y con los ojos elevados al cielo, encomiendo mi alma a Dios. Con la imagen de Dios en su infinita gloria no tengo mayores problemas, ya que se trata de una imagen abstracta, así que cualquier cosa que imagine está bien. Pero con la imagen de Armando, de su rostro, sí que suelo tener dificultades. Las caricias y las fricciones tienen un efecto deletéreo sobre mi capacidad de concentración. Y eso no está bien. Una mujer enamorada de su esposo tiene que mantener siempre la imagen de él en su mente. Pero en esas circunstancias mi mente se vuelve algo errática. Y en vez del rostro de Armando, me aparece su polla, que siempre pierde en comparación con el tamaño de la que se está moviendo dentro mío. Y si el movimiento es entusiasta, como suele serlo, y la comparación deja muy en desventaja a mi Armando, entonces suelo inexplicablemente correrme, en medio de la serruchada implacable que me están aplicando.
A veces he pensado que no está bien que yo me corra, y tantas veces. Pero ¿qué puedo hacer yo cuando el hombre me tiene firmemente sujeta y se da a culearme con tanta energía? ¿Decirle que se detenga? Es difícil hablar coherentemente cuando una está jadeando y gimiendo. Además lo hice, o al menos lo intenté, y nada. ¿Retar al irrespetuoso? Ni caso. Las veces que lo intenté solo recibí la indiferencia como respuesta. ¿Explicarle al atrevido que soy una mujer enamorada de su esposo y que no es bueno que me haga eso que me está haciendo? Inútil, hasta contraproducente. Por lo general lo único que consigo es que el atropello se vuelva más intenso. Y, a todo esto, mi cuerpo suele estar muy sensibilizado, y sentirme tan atropellada y con tantas ganas, hace que se me produzcan orgasmos, tremendos orgasmos, mientras mi mente trata de mantener una imagen coherente de mi marido, de Dios, o de algo, lo que fuere. Y a esas alturas, la tenaz oposición que manifiesto al principio, se relaja un poco, porque los orgasmos me dejan un poco lánguida. Y entonces el depredador continúa tranquilo con su abuso tanto como se le dé la gana. Y yo, resignada, sucumbo a los orgasmos, uno tras otro.
Fue por esto que decidí buscarle un remedio a la situación, ¿pero cómo? Llevar una fotito de Armando no sirve, ya que en esos momentos no logro que mis manos logren asir nada con firmeza, a menos que puedan cerrarse alrededor de lo que aferran, con toda la palma y los dedos. Pero eso, en el caso de una foto, equivaldría a estrujarla. Y me devanaba los sesos buscando una solución cuando el Señor me iluminó: ¡le pediría a mi esposo que se quede cerca en esos momentos, para poder verle la cara y así mantenerla firmemente en mi espíritu! El problema es saber cuando ocurrirá uno de esos momentos. Por más que me ocurren muy seguido nunca he tenido a mano la cara de mi esposo, para concentrarme en ella. ¡Pero ahora tenía una oportunidad única!
Carlos, el hombre de la carpa de al lado, solía pasarme crema protectora por el cuerpo, ya que no hay modo de convencer a Armando para eso. Y de forma imperceptible, la pasada de crema se fue tornando en un masaje de todo el cuerpo, incluidos los huecos más profundos, ya que Carlos insistió en untarme con crema el interior de la vagina, para lo cual usó su generosa tranca. Y claro, en esas circunstancias es que me cuesta concentrarme y me pasa todo lo que acabo de describir, si bien Carlos no es ningún abusador, sino un vecino muy servicial. Pero igual me costaba en ciertos momentos visualizar la imagen de mi esposo para evitar caer en tentaciones, esas tentaciones de la carne que una esposa fiel evita a toda costa.
Carlos me había prometido untar mi trasero por dentro, para lo cual usaría su gran pene, claro, para llegar más profundo. Y yo sabía que eso podía ponerme en problemas, como a cualquier esposa fiel que estuviera en mi lugar. Así que más que nunca iba a necesitar tener el rostro de mi amado esposo a mano. Pero por las dudas le pregunté: “Armando, mañana en la playa, ¿No quisieras ponerme la crema en el cuerpo?” “Ya sabés que detesto hacer eso, mi amor. Que te la ponga el vecino de carpa. ¿Cómo se llamaba?” “Carlos, mi cielo.” “Bueno, me dijiste que te la puso muy bien, ¿no?” “Sí, mi amor, me la puso muy bien...” “Entonces dejalo a él, si le gusta ponértela, dejalo que te la ponga.” “Bueno, mi amor” le contesté obediente. Pero mi esposo ya se había dormido.
Así que me quedé revisando mentalmente los acontecimientos del día siguiente, tal como pensaba que ocurrirían. Armando tomando sol en nuestra carpa, y yo asomando la cara por un hueco en la lona que, en la carpa de Carlos, separa el frente de la trastienda, mientras Carlos se afanaría en el masaje a mi cuerpo, ano incluido. Y yo podría concentrarme en la cara de mi esposo, ya que la tendría siempre a la vista. Imaginé la situación una y otra vez y me puse tan contenta que tuve que acariciarme muchas veces, para poder dormirme.
Por la mañana salté de la cama, eufórica de energía y entusiasmo. Y prácticamente a la fuerza viva, arrastré a mi Armando hasta la playa. Una vocesita interna me preguntaba por qué, si sabía lo que me iba a pasar en la carpa de al lado, igual le pediría a Carlos que me pusiera la crema. Pero a) la protección de la piel es imprescindible, y si mi marido no quería ponérmela, bueno, alguien tendría que ponérmela; b) Carlos es muy entusiasta, y en su entusiasmo es muy avasallante, así que no hay modo de pararlo, por lo que me resigno de antemano a que pase lo que tenga que pasar; y c) ¡esta vez sería por un experimento muy importante para mi fidelidad!
Pero la mujer propone y Dios dispone. Para mi decepción, nuestro vecino había faltado a la playa. Mi proyecto de experimentación se había caido al suelo. Armando me propuso que fuéramos al agua, pero yo no tenía ánimos de modo que me quedé sentada, muy abatida, mientras él se iba al mar saltando con grandes zancadas por la arena caliente.
De cualquier modo no estaba dispuesta a aceptar que el desánimo me dominara. Así que me saqué la faldita quedándome con mi tanga de hilo dental, ninguna prenda superior salvo la remerita de tela fina que deja respirar a mis tetones, aunque marca mucho mis pezones. Y mis tacos aguja. Esta decisión, y las miradas de los hombres que estaban en los alrededores, me devolvieron mi buen humor. Y como premiándome por mi actitud, Dios vino en mi ayuda: un grupo de muchachos, viendo que la carpa de al lado estaba vacía se apoderaron de ella. Eran cuatro, de aspecto muy viril todos ellos, y comenzaron a mirarme con ganas, con muchas ganas, diría yo. Elevé mis ojos al Señor, agradeciéndole la prontitud de su apoyo, y prometiéndole hacerme cargo de la parte que me tocaba, para aprovecharla.
“¡Muchachos, ¿alguno de ustedes sería tan amable de pasarme la crema protectora?!” pregunté con voz cantarina, sacando un poco la cola y avanzando mis tetones en un gesto pícaro.
La reacción fue divertida: los muchachos se amontonaron unos sobre otros, procurando los que quedaban detrás, pasar adelante, mientras estiraban su manos hacia mí, gritando “¡Yo, yo!” No pude menos que reírme. “¡Bueno, está bien, podrán pasarme crema todos...!” dije conciliadora.
Eran chicos muy atractivos, en verdad. El más alto era un flaco, puro músculo y tendones, de piel muy morena. Le seguía en estatura un rubio gordito, bastante peludo. Un poco menos alto, pero de buena estatura todavía, venía un morochito muy tostado, de muslos fuertes y por último, el más bajo, con un terrible cuerpo de pesista con músculos hasta en los músculos.
“Muchachos” dije caminando hacia la carpa de al lado con mis tacos aguja, que no son muy adecuados para la arena, por lo cual hacía que mis cosas se bambolearan más que de costumbre, “me van a poner la crema detrás de la lona que divide la carpa, así la gente no me ve sin la ropa, ya que me gusta que la crema cubra cada centímetro cuadrado de mi cuerpito...”
Y los guié a la trastienda de la carpa. De modo que esta parecía vacía, vista desde la playa, y nadie habría supuesto que ahí estaba yo con los cuatro muchachones. Estábamos un poco apretados, en verdad, pero no me resultó desagradable, sino todo lo contrario. “Todavía no empecemos”, les pedí, “esperemos a que vuelva mi marido” Esto causó un poco de alarma, pero les expliqué que era para poder verlo mientras me ponían la crema. Yo había observado que a la altura de mi cara, la lona divisoria tenía un breve tajo por el cual podría asomar el rostro. Lo probé y funcionaba. “¿Y cuando empezamos?” dijo uno de los muchachos con la voz ronca. “Pronto” dije para tranquilizarlo. “Entretanto me voy a desnudar, para que puedan ponerme la crema por todas partes.” Y me saqué la tanguita y la remera, escuchando algunos jadeos tipo rugido en correspondencia. Y asomé la carita, vigilando la playa, con los muchachos detrás, bastante cerquita. Tanto que no pude dejar de sentir el bulto de uno de ellos, rozando mis nalgas. No puedo culparlo, con mi voluptuoso cuerpo a centímetros del suyo, el muchacho había tenido una respuesta involuntaria espontánea. Y sentí una mano poniéndome crema en una teta. “Todavía noo...” le reconvine al dueño de la mano “... esperemos a que retorne mi... ¡ahí vuelve!” grité al ver a mi Armando retornando a la carpa. La mano que encremaba mi tetón se puso a jugar con el pitón. Pero no tenía motivos para recriminarle nada, al fin de cuentas mi marido había vuelto. “¡Hola, cariño!” le grité a mi esposo para llamarle la atención. Miró un poco desconcertado hasta que localizó mi carita asomando por el agujero en la lona. Entretanto, el dueño del bulto había decidido liberarlo de su encierro, lo que le debe de haber representado un gran alivio, a juzgar por el estado de erección que sentí contra mis nalgas. Yo seguía asomada por la pequeña ventanita en la lona, “¡No te duermas, querido, que quiero que me mires mientras me ponen la crema!” La voz se me entrecortó un poquito, porque una nueva mano se había apoderado del tetón libre, comenzando a encremarlo. Y cuando bajé mi mano di con una gruesa tranca a la que mi mano se prendió como por instinto, seguramente porque estaba un poco nerviosa. Una súbita intuición hizo que bajara la otra mano, y se encontró con otra poronga sumamente enhiesta, como invitando a ser aferrada. Mi mano respondió con ganas a la invitación. “¿Lo pasaste bien en el agua?” dije para mantener la mirada de Armando fija en mí. Pero mi oración terminó en un gemido, ya que uno de los muchachos se había colado entre mis piernas, y había comenzado a besar la puerta de mi intimidad. Entretanto, el de la polla detrás mío comenzó a restregármela en la raya que separa mis nalgas. Se me escapó otro gemido involuntario. “¿Qué?” gritó Armando, que no había entendido mi frase anterior. “Te pre... guntaba... si lo pasas...te bi... en en el a... gua...” El chico que estaba lamiendo mi vagina se estaba concentrando en mi clítoris, con tremendos resultados. El de atrás había separado mis glúteos y me estaba restregando su tranca en la puerta del ano. Mis tetones estaban recibiendo un tratamiento de realeza. Y uno, supongo que el de atrás, me estaba dando chupones en el cuello. “¿Estás recibiendo un buen masaje...?” preguntó Armando. En eso siento que la caliente tranca del muchacho de atrás comenzaba a abrirse camino en mi culo. Embadurnada en crema, como estaba, no le costó mucho trabajo hacerlo. “¡Síi!¡Es... toy reci... bien... do crema por... to... das par...teess...!” Mis manos se estaban aferrando con fuerza a las pollas que habían tenido la fortuna de encontrar, y de modo totalmente espontáneo las estaban pajeando. En ese momento advertí que estaba un poquito excitada. Así que mientras sentía la tranca haciendo pequeñas entradas y salidas en mi abierto ojete, me encomendé a la protección divina para poder superar este difícil trance para una esposa fiel. Por suerte la cara de Armando estaba a la vista, de modo que no tenía que hacer esfuerzos de concentración para imaginármela, pero tenía la visión un poquito turbia, de modo que igual tuve que esforzarme. “¿Estuviste tomando sol? ¡Tenés la cara muy colorada!” El muchachón de atrás estaba moviendo tu enorme tranca con vaivenes cada vez más largos y enérgicos.Y yo tenía gemidos cada vez más largos. “¿Quée?” le grité a Armando para no tener que pensar una respuesta. “¡Que si tomaste mucho sol!” Pero yo me estaba corriendo y, aunque registré las palabras, no las entendí muy bien. Casi enseguida el muchachón me llenó el culo de leche y volví a correrme, de modo que me faltaba el aire para contestar la pregunta de Armando. Además el chico que tenía abajo estaba lamiendo con tanto cariño que volvió a elevarme a las alturas. Cuando el que tenía en el culo sacó su chorreante nabo, otro ocupó su lugar, agarrándose con fuerza de mis tetones y enterrándome su nabo hasta los cojones, para comenzar enseguida un mete y saca enloquecedor. “¿Te sentís bien?” gritó Armando. “Sí... ¿por...?” contesté con la voz extrañamente ronca. El chico que tenía adentro se estaba moviendo con tanta energía que a cada empujón sentía sus vellos púbicos contra el ojete. esto fue demasiado para mí, y me corrí en medio de jadeos y estertores. “¡Porque estás muy colorada y agitada!” “Es el... ca... lor... mi... cie... looo...” balbuceé mientras sentía una nueva inyección de semen en el culo. “¡Tenés los ojos bizcos!” comentó Armando con algo de alarma en la voz. “¡¡Dios mío, ayúdame!!” le rogué al Señor. Pero no me debe haber entendido bien, porque la única respuesta a mi ruego fue un nuevo cambio: el chico que tenía abajo se puso atrás y comenzó a frotarme la vagina con su tranca. Era el más bajito, por la facilidad con que llegó sin agacharse. Y luego de frotarla un poco contra los labios externos procedió a ensartarme. Aferró mi culo con ambas manos y me dio un paseo en la vagina de esos que no se olvidan. Sus manos eran tremendamente fuertes, pero su pija debía usarla para levantar pesas, por lo gorda y fuerte que estaba. ¡Es cierto lo que dicen de los petizos! Pensé, tratando de articular un pensamiento, pero ese fue el único que me vino. ¡Suerte que todo era un experimento para probar la eficacia de tener la cara de mi marido a la vista, sino hubiera sido infidelidad! Porque debo confesar que un poquito me estaba gustando el entusiasmo con que los chicos me festejaban. No tanto como para ser infiel, pero sí lo bastante como para hacerme correr una vez tras otra, de un modo incontenible.
Bueno, que me pasaron entre todos un par de veces cada uno, mientras yo, con los ojos vidriosos le dedicaba una sonrisa boba a mi Armando,, sin saber ya si lo veía o no lo veía. Lo que sabía era que Dios estaba conmigo protegiéndome. Debía estarlo, porque lo estaba pasando bomba.
Finalmente saqué la carita del hueco en la lona, y me puse en cuatro patas con el rubio ensartándome por el culo y los otros chicos dándome a chupar sus enhiestas pollas. ¡Lo que es la juventud! ¡Tres o cuatro acabadas cada uno, mientras que mi marido, después de una estaba listo! Este pensamiento me provocó una corriente de simpatía hacia los muchachones y de piedad hacia mi Armando, tan intensa que me corrí de vuelta. Ahí fue cuando me derrumbé boca abajo, con el rubio arriba mío y su tremenda poronga dándome empujones muy seguiditos, cada vez más seguiditos. Hasta que me desvanecí. Creo que los chicos continuaron usando y abusando de mí, porque cuando reaccioné era otro el que me tenía ensartada, y otras las porongas que se frotaban contra mi boca. Lamí y chupé lo que pude, mientras volvía a quedarme dormida.
Cuando salí de la trastienda de la carpa, mi paso era vacilante y tambaleante, seguramente por los tacones aguja, y tenía gusto a semen en la boca, y semen en el culo y en la concha, que habían sido usados muchas veces, ya que me escocían un poco.
Cuando me derrumbé en el sillón de mimbre de nuestra carpa, noté que tenía gruesas manchas de semen sobre los muslos, el bajo vientre y la cara. Procedí a extenderlas por la piel, como si fuesen manchas de crema protectora.
“¿Pero ese hombre no sabe extenderte bien la crema?” (él creía que el que estaba en la trastienda de la carpa de al lado era Carlos, nuestro vecino, ya que yo le había pedido a los chicos que no salieran hasta que nos fuéramos mi marido y yo).”Es que me puso demasiada crema para dejarme bien protegida, mi cielo.” Y me quedé profundamente dormida, de tan rendida que estaba.
Pero lo importante, pensé antes de entrar a los brazos de Morfeo, es que el experimento había sido un éxito: tener la cara de mi esposo a la vista, mientras me estaban follando y haciéndome todo tipo de cosas, había sido una solución para evitar pensamientos y sensaciones infieles. Iba por el buen camino.
¡Las cosas que una hace por amor...!

Tengo todavía que contarte de la vez en que fui al médico para un exámen de mamas y de mis sesiones de confesionario con el padre asmático. Pero entretanto me gustaría que me escribas tus comentarios sobre este relato a bajosinstintos4@hotmail.com. Recuerda que no debes pedirme fotos, ni citas ni chateos, ya que no sería correcto para una esposa fiel acceder a esas cosas con desconocidos. Pero me encantará recibir tus elogios a mi conducta virtuosa.

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Bajos Instintos 4

Demasiado Timida para Oponerme - 10ª Parte

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Los hombres tienen ideas equivocadas sobre la fidelidad femenina. Creen que una mujer para ser fiel debe vestir como una monja, o poco menos.

Hasta mi cura confesor incurre en esa visión errónea. Cada vez que le muestro el culo a través de la ventanilla de confesión, comienza a gemir. Creo que no le gusta que haga eso.

La última vez que me confesé traté de darle mi visión del asunto.

Entré en el confesionario y me di a conocer. Aunque me parece que ya se había dado cuenta de que era yo, a juzgar por sus gemidos. Lógico, ellos pueden vernos a través de la cortinita. Lo que no entiendo es por qué gime, pero siempre gime.

"¿Sigues vistiendo con esas remeritas breves que te marcan los pezones, hija?"

"Sí, padre, ya sabe que me gusta que mis pechos se aireen, y por eso no llevo corpiño." (gemido del padre)

"Pero tu tienes pechos muy grandes, hija mía..."

"Sí, pero bien parados, gracias a Dios, padre" (gemido)

"¡No mezcles a Dios en esto!"

"¡¡Pero Dios fue el que hizo que mis tetonas fueran tan suculentas y mis pezones tan gordos y grandes, padre!!"

("¡Ayy...!") la voz del padre sonó como un gemido apagado, provocándome cierta inquietud. "¿Se encuentra bien, padrecito?"

"... ¿y es... tás vistiendo una de esas fal... ditas cortas que te dejan los muslos al aire...?" Escuché un leve jadeo en su voz, pero como ya había ocurrido en otras confesiones, me pareció normal. El padre debía sufrir una forma de asma, consideraba yo. Lo que se me escapaba era la razón de ese chac chac que se escuchaba del otro lado de la cortinita apenas comenzadas mis confesiones.

"Si, padre, mientras no me siente o me agache..."

"¿n-no...?", gimió el padre con un hilo de voz.

"Sí, porque si me siento, apenas abro un poquito las piernas, se me ve la braguita, si la llevo..."

"¿S-si la-la lle... vas...?" gimió con voz entrecortada por el asma.

"Y si me agacho me queda toda la cola al aire..." No sé por que tengo que repetirle estas cosas que le he explicado tantas veces. Pero siempre es el mismo diálogo.

"¿E-el... cu-culo... al ai... re?"

"A mi me gusta más llamarlo "cola", me parece más delicado, padre. Lo que pasa es que la faldita se me sube, pero no preocupa que me lo vean, porque lo tengo bien bonito, y además uso una tanguita de hilo dental que se me mete entre las nalgas, así que la decencia está protegida..."

Del otro lado no se escuchaba nada. "¿Me escucha, padre?" pregunté alarmada por el silencio. Pero afinando el oído pude escuchar sus jadeos rápidos. El asma lo tenía mal a este hombre.

"...¿Y... e... sos... tacos... a... guja... que... u... sas... siem... pre...?" logró articular el noble confesor. (Chac chac chac...)

"¡Ah sí, padre, yo sin los tacos aguja no voy a ninguna parte!" dije, tratando de aparentar que no me daba cuenta del sufrimiento que le causaba su enfermedad. Si él tenía la entereza de hacer su trabajo con tan dura carga física, ¿quién era yo para avergonzarlo dejando ver que conocía su condición?

"P-pero... hija... mía..." su voz sonaba un poco ronca, pero yo disimulé y continué escuchando. "... yo te he... vis... to caminan... do vestida así, y se te bam... bolea todo..." jadeó. "¡Toda... vía llevo e... sa ima... gen clava... da en mi... retina!" A lo cual siguieron una serie de jadeos rápidos y más chac chacs.

"¡Lo sé, padre, y me encanta!"

"¡P-pero... los hom... bres...!" gimió.

"¡A ellos también les encanta, padre! ¡Viera las cosas que me dicen...!" Otra sucesión de jadeos, gemidos y chac chacs cada vez más rápidos. Ese hombre estaba sufriendo mucho. Continué contándole para distraerlo de su dolor.

Me dicen "¡¡Nena, te estaría cogiendo ese culo hasta el fin de mis días!!" "¡Es un lindo piropo, dentro de todo, ¿no cree, padre?" Del otro lado sólo se escuchaban jadeos.

"... y... y tu ma... rido ¿qué di-dice?" más jadeos.

"Nada, padre. Porque mi esposo confía en mí, además yo no le cuento. Una mujer decente no tiene que andar contando cada paso que da."

"¿De... cen... te? ¡Pero si fornicas con cada hombre que te lo propone!" La ira se ve que le quitaba el asma.

"¡De ninguna manera, padre! ¡Que ellos me forniquen no quiere decir que yo también los fornique a ellos!" exclamé indignada por su falta de comprensión.

"¡Por ejemplo el otro día, los muchachos del callejón...!" Y le conté como dos muchachos me habían abordado por la calle, pidiéndome que les ayudara a encontrar sus documentos que se le habían extraviado en el callejón. (Chac chac chac) Estaba demasiado oscuro y era comprensible que no pudieran encontrarlos. Así que decidí brindarles mi ayuda. (Chac chac chac) Uno era mulato y el otro decididamente negro, pero yo no sentí ningún desprecio por ellos. Para mí el color y la raza no significan nada. Mientras le iba contando, el padre volvió a sus gemidos y jadeos. Se ve que el interés de la historia le hizo abandonar la ira. ("¡¡Ella se lo busca... ella se lo busca...!!") murmuraba por lo bajo. No sé que habrá querido decir, igual continué mi historia.

"¡Y entonces padre, me llevaron al rincón más oscuro del callejón y me pidieron que buscara allí! (Chac chac chac...) ¡Y uno de ellos, para ayudarme, se puso detrás de mí, muy cerca, tan cerca que pude sentir su tranca apoyando mi culo! (Chac-chac-chac-chac) ¡Seguramente, en su buena voluntad de ayudarme, el muchacho no advirtió nuestro contacto...! ¡ yo hice como que no me daba cuenta, para que él no creyera que yo pensaba que tenía malas intenciones...!" Del otro lado de la ventanita del confesionario se escuchaban sollozos apagados.

"¡Y seguramente que no tenía malas intenciones! ¡Pero el contacto con mi culo le produjo un efecto que seguramente no había previsto el pobre muchacho...! ¡Y pronto su bulto se puso muy duro y muy grande! (Chac-chac-chac-chac-chac) ¡Por suerte su amigo no se dio cuenta, pues habría sido un papelón para el mulato, o para el negro, ya que en esa oscuridad no se podía distinguir! ¡La cuestión, padre, es que la tentación pudo más que el decoro en el muchacho, pues de pronto sentí que me levantó la falda hasta la cintura y me puso su tranca desnuda entre las nalgas! (Chac chac chac…) ¡¡¡Qué momento!!! ¡La cosa había tomado un giro imprevisible! ¡Y los documentos no aparecían! El otro muchacho debía estar tomando la búsqueda en serio. ¡pero el que estaba atrás mío se había entusiasmado! ¡Y estaba frotando su tranca contra mi trasero! ¡Yo no sabía si hablar o no hablar! ¡Así que cuando me corrió la tanguita no dije nada! ¡Sus fuertes manos me aferraron el culo y con su palo comenzó a darme frotones en la vagina. (Chac-chac-chac- ("¡qué puta, Dios mío!") chac-chac-chac-chac) En eso siento otras manos que comenzaron a sobar mis melones a través de la remerita! ¡¡¡Era el otro, padre!!! Que, más audaz que su compañero se había tomado el atrevimiento de dar ese paso. Yo me sentí halagada ¡que dos muchachos como esos se entusiasmaran conmigo era algo muy romántico!"

En el otro lado del confesionario se escuchaban sólo jadeos entrecortados.

"El muchacho que tenía atrás no tuvo muchas dificultades en introducirme su enorme virilidad en mi ya por entonces muy jugosa vagina. ¡Y creamé, padre, lo que se dice de los negros es cierto! Suponiendo que fuera el negro..., claro. Y el otro me había levantado la remerita y estaba jugando con mis tetones con verdaderas ganas, que ¡ni mi esposo ponía tanto entusiasmo en jugar con ellos!" (Chac-chac-chac-chac-chac) "¡El problema, padrecito, es que yo me estaba excitando, o casi excitando, lo que para una mujer fiel no está bien a menos que lo haga con su marido! ¡Pero ¿qué podía hacer?! ¡Si los rechazaba iban a pensar que los estaba discriminando, padre! ¡Por otra parte, el que tenía adelante, me plantó su gran trompa en mi boca y comenzó a darme un beso de lengua que me hizo elevar los ojos al cielo! ¡¡¡Y esa fue mi salvación!!! ¡Porque encomendé mi espíritu a Dios, rogándole que no me dejara caer en la tentación, porque una es de carne, padre! Y cuando el muchacho de adelante me hizo agachar poniéndome su gran poronga en la boca, no vacilé en homenajearla con mi lengua, mientras mi alma seguía centrada en Dios. Así que se la succioné realmente con devoción, porque a mí la idea de Dios me sumerge en un estado devocional." (chac-chac-chac-chac-chac-chac) "¡Y centré mi mente en la imagen del rostro de Armando, mi marido, rodeándolo de un halo dorado que representa mi amor absoluto por él. Y cuando la poronga en mi boca comenzó a echar chorros, sentí que la prueba ya había pasado. Y me quedé esperando que la que tenía en mi vagina hiciera lo mismo. Cuando empezó a pulsar y a llenarme la concha de semen, di un suspiro de alivio, bueno en realidad me corrí por segunda vez, feliz de haber salido tan airosa del trance! ¡Tan contenta estaba que no me importó que los muchachos cambiaran de lugar! Cuando siento que mi fidelidad sale triunfante de trances así no me cuesta ser generosa Y creamé padre, en esos momentos me invade una sensación de placer que sólo la puede brindar la fe! ¿No es cierto, padre...?... ¿Padre...?... ¡Padre!" exclamé alarmada por tanto silencio, pero pronto me tranquilicé, al escuchar su repiración cansada del otro lado de la cortinita.

"¡Yo no entiendo por qué les causo ese efecto a los hombres, padre! ¿A usted le parece que mis pechos son para tanto, padrecito?" y me levanté la remerita para que el confesor pudiera ver mis tetones al aire. Del otro lado se escuchó un gemido. A modo de prueba, yo bamboleé mis tetones a izquierda y derecha, varias veces, y hubo varios gemidos en correspondencia, y los chac chac se hicieron más rápidos. Era inútil, el padre seguía siendo crítico con respecto a esas manifestaciones mías. Yo no veía por qué, ya que para mí un padre confesor es como un médico. Aunque ahora que lo pienso, la última vez que fui al médico, al pobre hombre también le comenzaron a pasar cosas raras. "¡Padre, dígame por favor que no es pecado tener un lindo culo!" "¡Véamelo y dígame si está mal!" y en un arrebato de fe en la iglesia, me levanté la faldita y le puse el culo desnudo contra la ventanilla. Los chac chac comenzaron a sucederse a un ritmo vertiginoso.

Como el padre no decía nada pensé que no había interpretado mi gesto de confianza, porque ese día no estaba usando braguitas, pero cuando iba a retirar mi culo, escuché su voz temblorosa y jadeante que en medio de los chac-chac-chac me pidió "¡no... lo... saques... todavía... precio... sa, que me fal... ta po... qui... too...!" Y me di cuenta de que mi demostración había logrado demoler su oposición y que le faltaba poco para comprenderme, así que le dejé el culo, e incluso lo moví un poco para que pudiera completar su entendimiento. Y le debe de haber venido, pues después de un montón de chac chac más y unos jadeos cada vez más rápidos, el padre concluyó con un gran gemido de comprensión. Y sentí que mi faena estaba hecha. "¿Tengo su bendición, padre?" "Sí, hija mía," dijo con voz cansada y todavía jadeante, "¡no sabes cuanta bendición me surgió durante tu relato! ¡Y dos veces! ¡Estas confesiones están cada vez mejores...!"

"¡Gracias, padre, por su perdón y bendiciones! ¡Usted no es tan duro como quiere hacer creer!"

"Bueno, hija mía, al principio me voy poniendo cada vez más duro, pero al final estoy bastante blando, porque comprendo que tu no cargas culpa..."

Y me fui del confesionario contorneando mi figura a cada paso de mis tacos agujas, pero feliz de haber dejado un sacerdote satisfecho, detrás de mí.

Mi Jefa queria Guerra

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Este relato sucedió hace un tiempo, cuando trabajaba en una empresa de quesos, como repartidor en una furgoneta, tenía un jefe un poco exigente, que nos tenía muy firme, y bastante puteado. Este estaba casado, y tenía mujer, la cual iba de vez en cuando para la nave, supuestamente a ver al marido, pero lo que a ella le gustaba era que la observásemos, pues estaba muy bien. Se llamaba Marta, tendría unos cuarenta y cinco años, morena, de ojos claros, con un cuerpo sensual, no maltratado por los años, solía vestir con una falda por las rodillas, y una chaqueta arriba, para dársela de importante. Con el tiempo se había ido creando algo de confianza entre nosotros y ella, e incluso a veces teníamos unas pequeñas conversaciones.

Una noche, salí a tomar unas copas con mis amigos, yo era el único que trabajaba allí de los que íbamos, a un pequeño bar, escondido, moderno, con un gran ambiente, al que solo iban la gente que lo conocía, y normalmente gente de la alta sociedad, yo conocía al dueño, y a veces me pasaba por allí, habitualmente mis copas estaban pagadas. Una vez dentro, fuimos a pedir a la barra, y para mi sorpresa allí estaba sentada en un taburete Marta, había poca luz, así que me acerqué a corroborarlo, y sí era ella.

Me dirigí hacia Marta, llevaba una falda corta azul y una blusa blanca, y ella se sorprendió de verme allí, estuvimos hablando un rato y me contó que su marido había ido a visitar a los padres a Cádiz, y que estaba sola en casa y se aburría y fue a tomar unas copas, mantuvimos una agradable conversación. Con el tiempo, y tras bebernos unas copas, el formalismo se iba rompiendo, las distancias se iban reduciendo, nos rozábamos cada vez más, las miradas se cruzaban cómplices, incluso ella se atrevió a quitarse un botón de la blusa, pues decía que tenía calor, esto hizo que se viera su escote, con su piel blanca, que dejaba entrever sus pechos de tamaño mediano. Así estuvimos toda la noche, hasta que ella me dijo que se iba, decidí acompañarla al parking donde había dejado el coche, hasta que lo encontramos un Mini One rojo. Al llegar era difícil despedirse y me pidió que pasara al coche, ya que le dolían los pies, al entrar al coche, aprovechó para soltarse el pelo, lo que me provocó una cierta excitación. Comenzó a agradecerme la noche que habíamos compartido, yo le dije que era mutuo, y ella se lanzó sobre mí y me besó, después se separó y continuó hablando, seguidamente fui yo el que me acerqué a ella, lentamente, mirándole a los ojos, tenía unos labios carnosos, una lengua juguetona. 

Tras esto, arrancó el coche y me llevó a su casa, estaba a las afueras de la ciudad, una vez dentro sin mediar palabra, comenzó a besarme alocadamente, yo la respondí y la agarré firmemente con mi mano por el culo, seguidamente le desabroché los botones de su blusa, dejando ver su sujetador blanco, el cual al igual que su blusa le fueron quitados, tenía ante mí esos grandes pechos, los agarré con mis manos y los saboreé con mi boca, posando mi lengua en ellos, Marta emitía suaves gemidos y arqueaba la espalda dejándose llevar. Después acercó su mano a mi entrepierna y presionó mi miembro, lo masajeó sobre el pantalón, lo que parecía excitarle aún más. A continuación me desabrochó el pantalón y me bajó los calzoncillos, mi polla salió rígida y húmeda. Me senté en un sofá, y ella tomó mi miembro entre sus manos, y aproximó su boca despacio, queriendo degustar ese líquido que empezaba a deslizarse hacia fuera desde la punta del glande, a continuación bajó firmemente el prepucio y devoró mi polla con su ardiente boca. Aprovechando su posición, deslicé mis dedos en el interior de su tanga, mimando la piel de su culo, la cual estaba algo húmeda de sudor, Marta al sentir que me aproximaba hacia su agujero, movió las piernas para facilitar las cosas, por lo que mi dedo aterrizó en su ano, el cual comencé a masajear y a dilatar.

Mientras su boca se iba volviendo aún más traviesa con mi polla, mantenía la boca llena, yo seguía jugando con su culo, pero ya con dos dedos bien ensalivados, a ella le encantaba, estaba cachonda como una perra, y yo estaba deseando sodomizarla. Ella se levantó, apoyó las dos manos en el cabecero del sofá, y arqueó su espalda, ofreciéndome su culo. Me aproximé por detrás, le subí la falda, colocándosela en la barriga, y le quité el tanga, seguidamente la penetré, entró en su culo sin dificultad, ese culo estaba muy enseñado, ella dio un pequeño gemido y un agradecido movimiento de caderas, mis manos buscaron sus pechos mientras la penetraba cada vez más fuerte, le susurraba al oído las ganas que tenía desde hacía tiempo de follarla así, como una perra, como un zorrita, esto hacía que cada vez se excitase más y se restregase contra mí chocando sus nalgas contra mi vientre. Marta con sus dos manos, cogía sus nalgas, y se abría el culo, mientras me pedía más, verla así, como una zorra a mi disposición, era un placer inmenso, placentero, contra más le daba más le gustaba. Seguidamente, se empezó a acariciar su coñito, estaba muy excitada, a punto de llegar al orgasmo, eso me excitó tanto que aceleré las embestidas, ella gemía con más rapidez y me arañaba las nalgas con sus manos, yo buscaba llenarla de semen, ella se movía mientras se corría, segundos después, y tras embestirla fuertemente, estallé en su interior, derramé toda mi leche en su culo. Cuando saqué mi polla, de su enrojecido culo empezó a gotear mi semen, chorreándole por las piernas.
Al poco tiempo le di la vuelta, la besé, y le dije que era una perfecta puta, ella sonrió y me dio otro beso, al rato me marché a mi casa.

Demasiado Timida para Oponerme - 9ª Parte

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Armando, mi marido, ya había partido para la playa junto con su hermana y el novio, antes de que yo me despertara. Mejor, pensé, eso me daría tiempo para desayunar tranquila y sin apresuramientos. Al fin de cuentas una no tiene que fichar un reloj para ir a la playa, así que la playa no tiene carácter imperativo ni de urgencia.
Mientras desayunaba medité sobre si ponerme una faldita o salir, como los otros días, con mi mini-bikini, la que me cubre el culo con una especie de hilo dental que se interna entre mis soberbios glúteos. Decidí que la bikini era más cómoda y una pequeña concesión a mi coquetería, además de los tacos aguja que me alargan las piernas y me elevan el culo, si bien hacen que este y mis pechos tengan un cierto bamboleo muy festejado por los hombres con que me cruzo. Por los pechos no me preocupo pues siempre me los cubro con una fina remerita dos números más chica que mi talla. Pero al no usar la parte de arriba de la bikini hasta llegar a la carpa, mis pezones pueden respirar libremente, si bien se notan quizá demasiado y un poco inadecuadamente para una señora felizmente casada y que no anda buscando nada con nadie que no sea su esposo. Pero ese es un problema para los hombres, no para mí que tengo muy en claro la clase de esposa fiel que soy. Y un poquito de exhibicionismo, debo confesar, me resulta estimulante. Y dejar que la deseen a una un poco no es, de ninguna manera ser infiel.
Así pues, salí taconeando camino a la playa. No muy rápido, claro, pues los tacos aguja no fueron pensados para un andar demasiado veloz.
Pero no me esperaba que, a los pocos pasos, fuera a sentir el hocico de Mujik, el enorme dogo de don Braulio, justo entre mis nalgas, en el lugar donde estas nacen de las piernas. Me sobresalté por la sorpresa, para encontrarme con la sonrisa plena de don Braulio “¡No se preocupe, Julia, tengo a Mujik atado con su correa de cuero!” “¡Hola, don Braulio! ¡No le tengo miedo a Mujik, que por más grandote que sea es casi un cachorro con sus dos años, incapaz de hacerme ningún daño!” dije mientras sentía algunos lengüetones del afectuoso perrito allí, donde acababa de sentirlo.
Don Braulio, tranquilizado por mi comentario, dejó de reprimir al perro, que continuó dándome lenguatazos en la base de los glúteos con el entusiasmo y la inocente espontaneidad de los perros jóvenes. Y así siguió todo el camino, mientras don Braulio y yo sosteníamos nuestra amigable charla de vecinos.
Debíamos vernos un poco raros, yo charlando con el anciano, y el perro lamiéndome el culo sin interrupciones mientras seguíamos caminando. De hecho, todos los hombres que se nos cruzaron me miraron un poco raro, más aún los que venían detrás nuestro.
Primero noté que los pezones se me habían endurecido. Después noté que mi entrepierna se estaba humedeciendo. Luego me comenzó a costar seguir coherentemente la conversación con don Braulio. Y el perro continuaba dale que dale y yo procuraba hacer como que no me daba cuenta, para no poner en apuros a su amo. Pero en cierto momento mi paso se hizo algo tambaleante, tanto que don Braulio tuvo que sostenerme de la cintura con sus fuertes manos, sin que el perrito se detuviera en sus lambetones y mis ojos se pusieron turbios, e inesperadamente me corrí en la calle, a la vista de todo el mundo, y también de don Braulio que tuvo el buen tacto de disimularlo y que me invitó a tomar algo en un bar para que me repusiera, aunque él adujo que era porque estaba un poco cansado y tenía que sentarse. Acepte de buen grado, porque tenía que desmoronarme en algún lado.
En el bar el perrito se acomodó debajo de la mesa y, aprovechando mi incapacidad de resistencia, se dio a lamerme los jugos que corrían por la parte alta de mis muslos, para luego pasar a mi secreta intimidad. Yo estaba de todos los colores, pero don Braulio aparentó no advertirlo y siguió con su charla amable y afectuosa. Así que yo hice otro tanto.
Mujik, por su parte, estaba entregado por completo a su voraz lamida de mi concha, apenas tapada por una telita que me dejaba sentir todos y cada uno de los lambetones. Así que mi respiración había vuelto a acelerarse, y me costaba enfocar la cara de don Braulio que, mientras hablaba, parecía muy interesado en el movimiento de mis tetones, siempre con su gran sonrisa en la cara.
“Le puse “Mujik” en honor a las memorias de una princesa rusa, ya que estos perros son tan dotados como los legendarios mujiks rusos” me explicaba, llevando él el peso de la conversación, ya que pareció advertir que yo, más que unos entrecortados monosílabos y jadeos no estaba en condiciones de responder coherentemente.
Así que con grandes estremecimientos de mi bajo vientre y estómago, me vine de nuevo bajo la escrutadora mirada de don Braulio que seguía sonriéndome afectuosamente.
Y el perro siguió con lo suyo, ahora tenía más jugos que antes y muchos más olores que olfatear, así que siguió lamiéndome, aprovechándose de que a esas alturas yo ya estaba entregada.
Cuando me hizo echar el cuarto polvo, el amo lo sacó de debajo de la mesa. Y entonces pude ver, por su roja cabeza desenfundada que el apodo de “Mujik” le calzaba justito.
Don Braulio, con la excusa de que me necesitaba para llegar a su casa “porque ya no era tan joven” me convenció de que lo acompañara. Y una vez allí me invitó a tomar algo en el jardín, cosa que acepté agradecida, ya que lo necesitaba. En el camino Mujik no hizo intento alguno de continuar con sus simpáticas caricias, pero una vez que me tuvo bajo su techo, su ánimo cambió y le volvieron los ímpetus.
Para cuando el amo volvió con el té con galletitas, me encontró despatarrada sobre el gran sillón de mimbre, bajo el poder de los lengüetazos afectuosos de su perro. “¡Así no, Mujik!” le corrigió, y sacándome la parte inferior de la bikini dejó expuesta mi conchita a la voracidad lamedora del cariñoso perrote. “¡Así podés llegarle bien a la señora...!”
Yo pensé que por suerte no había que fichar para llegar a la playa y elevando los ojos al cielo encomendé al Gran Hacedor mis oraciones pidiéndole que eso que me estaba pasando no pudiera ser calificado de infidelidad.
Don Braulio, muy interesado,se acercó a mirar el trabajo de su perro. Y cuando me vió entregada y con los ojos para arriba, detuvo a Mujik, y levantándome sin ninguna dificultad me puso sobre el césped en cuatro patas, con el culo en pompa. El perro entendió perfectamente la situación y me montó inmediatamente. El gran tamaño de su porongota me conmovió hasta el fondo de mi ser, pero lo que verdaderamente me emocionó fue el modo frenético en que comenzó a moverse. Los orgasmos comenzaron a sucedérseme uno detrás del otro con una velocidad que me los hizo incontables y que me dejaron prácticamente sin aliento. Don Braulio parecía disfrutar de verme cogida tan tremendamente por su perrazo, ya que en el frente de su pantalón se podía notar una enorme prominencia que él acariciaba lentamente. “Es un perrito muy travieso...” me dijo. Y se arrodilló frente a mí, de modo que su bulto quedó a la altura de mis ojos, que aún sin poder enfocar muy bien sabían muy bien lo que tenían frente a ellos. Entonces desenfundó y expuso el nabo más grande que yo hubiera visto. Me lo acercó a los labios “¡Chupe, señora, chupe, se va a sentir mejor!” y me lo metió en la boca que se abrió para engullirlo de un golpe. Me di cuenta de que el anciano, con su larga experiencia de vida, no había tenido dificultad en advertir lo que yo estaba necesitando, y generosamente me lo brindó. Con la terrible serruchada que me estaba dando el perro, fue un alivio tener algo que llevarme a la boca, para descargar ansiedad. Aunque tuve que abrir mucho la boca, y solo pudo entrar la mitad, pero yo hice de tripas corazón y seguí chupando. En eso estaba cuando la tranca del perrito explotó, llenándome con una gran cantidad de potentes chorros. Eso hizo que me corriera con la polla de su amo en la boca. Don Braulio, y me sentí agradecida por su prudencia, sólo le daba leves vaivenes a su pollota dentro de mi boca. Y todo andaba muy bien, hasta que advertí que había quedado atada al perro por su tranca, de modo que el noble pichicho me arrastraba donde quiera que fuera. Al salírsele la tranca de mi boca, don Braulio comprendió la situación y se hizo cargo inmediatamente. Algo le aflojó al perro que le permitió desalojarse de mi intimidad. “¡Gracias..., don Braulio...!” suspiré aliviada. Pero entonces sentí la enorme tranca del viejito tanteándome el agujerito trasero. Y me dije que algo tenía que hacer por este anciano tan gentil y que me había atendido con tanto cuidado. Y lo menos que podía hacer era permitirle un desahogo en mi ano, sin egoísmos de parte mía. El hombre comprendió que tenía mi asentimiento y con sus manos en mis caderas, lentamente me fue enterrando pedacito a pedacito su enorme aparatazo. A medida que me lo iba clavando, noté que me estaba produciendo un placer tan grande que decidí encomendarme nuevamente al Señor y a la imagen del rostro de mi marido, para no incurrir en infidelidad. Porque una cosa es ser amable con un vecino y otra muy distinta es incurrir en infidelidad. A medida que el aparato de don Braulio me iba serruchando mi orto se había abierto de un modo muy complaciente para alojarlo. Con lo de elevar mis preces al Señor no tuve mayor problema, aunque me pareció que mis oraciones eran algo incoherentes, pero es que me costaba mucho concentrarme. En cuanto a visualizar el rostro de Armando tuve ciertas dificultades de concentración también y lo veía bastante borroso, si es que veía algo. Pero así ya no me sentí culpable al correrme con tan tremenda polla abriéndome el ojete, porque había hecho lo que toda esposa fiel y buena vecina habría hecho en mi circunstancia. Así que me dejé correr varias veces hasta que la polla del viejito se hinchó y me llenó el orto de leche.
Cuando me la sacó me derrumbé sobre el pasto hecha un guiñapo. ¡También! ¡Entre el perro y su amo me habrían hecho echar más de veinticinco o treinta polvos!
Don Braulio me levantó en sus brazos con insospechada fuerza y ternura para un hombre de su edad y me depositó en su cama, sacándome la remerita para que estuviera más cómoda. Y después, en un gesto de paternal afecto puso su
caliente boca sobre uno de mis tetones y con sus dedos me acarició suavemente la conchita, mientras pasaba de un pezón al otro. “Así se va a sentir mejor, señora” me dijo con tono protector y su mano libre me apretaba el tetón que no chupaba. Así estuvo más de una hora y tan agradecida me sentí que llevé mi mano a su tranca que se había puesto nuevamente dura y se la acaricié con tanta ternura como la que me estaba dando él. Luego su boca se volvió más apasionada y yo se lo devolví con mi mano. Hasta que el viejito me inundó la superficie del vientre con su leche, espesa y abundante.
Más tarde, ya relajada y reconfortada, me atreví a preguntarle “¿Usted cuantos años tiene, don Braulio?” “Cuarenta y cinco, preciosa” me dijo dándome un beso de lengua en la boca. “Pues está muy bien conservado”, comenté.

Con tanto ajetreo se me había pasado el día en la casa de don Braulio y me pareció que ya no tenía caso ir a la playa. Así que con paso algo tambaleante rumbeé para mi casa, que por suerte estaba cerca. Me despedí del perrito con un beso en su afectuosa trompa y me dejé dar un largo beso de lengua por don Braulio, tan largo que me dejó un poco turulata.
Al llegar a mi casa me derrumbé en la cama y seguí de largo hasta el otro día. Dejé un cartelito sobre la mesa para cuando llegaran mis compañeros: “Por favor, no me despierten, porque hoy tuve un día de perros” Que entendieran lo que quisieran. Pero para mí, “día de perros” ya no significaba lo mismo que antes.

Otro día que había superado exitosamente las pruebas que la vida sometía a mi condición de esposa fiel, pensé mientras me sumergía en el sueño de los justos.

Me encantará recibir tus comentarios sobre mi maravilloso ejemplo de fidelidad marital, pero te recuerdo que: a) no mando fotos; b) no chateo con mis lectores y c) no mando relatos por e-mail ni acepto citas. Me asombra que algunos lectores algo desubicados me pidan cosas como estas. Pero escríbeme a bajosinstintos4@hotmail.com mencionando este relato, por favor, que me gusta recibir las opiniones de mis lectores que son tan respetuosos.


Bajos Instintos 4

Demasiado Timida para Oponerme - 8ª Parte

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Esta mañana llegué bien temprano a la playa, con toda la decisión de aprovechar bien mis vacaciones. Como siempre, mi esposo Armando se me había anticipado. Y apenas me vio me invitó a ir al agua con él. Pero yo le recordé que no pensaba dar un solo paso fuera de la carpa sin llevar mi crema protectora.
Armando no entiende las indirectas, así que le insistí para que me la pusiera él, pero no hubo caso, nunca me quiere poner la crema por el cuerpo. “Que te la ponga el de la carpa de al lado” me dijo, yéndose al mar. El de la carpa de al lado, Carlos, es un hombre muy amable que ya se había prestado a embadurnar mi cuerpo, no sólo por fuera sino también por dentro de mi vagina, para lo cual se vio obligado a usar su enorme polla, para que la crema me llegara bien adentro. Recuerdo que por un momento se me cruzó la idea de que ¡me estaba cogiendo! ¡Y con mi marido en la carpa de al lado! Pero enseguida me censuré por mal pensada: Carlos era un caballero que estaba cumpliendo con lo que le había pedido, y lo estaba haciendo a conciencia. Pero mientras él se empeñaba en su cometido friccionando dentro mío con su gran poronga, yo me permití la fantasía inocente de que ¡en verdad me estaba cogiendo! No se la confesé para no perturbarlo y para que no pensara mal de mí como mujer casada, pero disfruté de mi pequeña fantasía de infidelidad y me corrí un montón de veces con la nariz oliendo su pecho mientras su dura tranca seguía dale que dale.
Finalmente me descargó un montón de chorros de leche, bien al fondo, porque el hombre por más serio que fuera en el trabajo que me estaba haciendo, tampoco es de madera y con tanta fricción sucumbió al placer de la carne, pobre hombre. Yo me sentí bastante halagada por su pérdida de control, pero no comenté nada, para no darle falsas ilusiones.
Así que esta mañana, siempre arriba de mis tacos aguja que hace que todos mis dones se bamboleen, me fui a los saltitos hasta su carpa.
Carlos me recibió con una gran sonrisa “¿lista para otra sesión, Julia?” “¡Más que lista, Carlitos! Pero hoy quiero pedirle que además de pasarme la crema me haga un poco de masaje, porque el otro día me di cuenta de que usted debe ser un gran masajista!”
Me hizo pasar a la parte trasera de su carpa, separada del resto por una lona, pero antes de hacerme tender en la colchoneta me pidió que me sacara ambas prendas de la bikini. Le obedecí gustosa, pues ese hombre había ganado mi confianza. Seguramente con la intención de no ponerme en una situación desventajosa, Carlos se despojó también de su pantaloncito de baño, confirmando mi impresión acerca de su caballerosidad. Y ante mis ojos expuso su enorme poronga en estado de máxima erección, lo que no dejó de sorprenderme un poco, pero no dije nada porque esas cosas me provocan un poco de timidez. Carlos se había embadurnado el miembro con crema protectora y también todo el cuerpo, abundantemente. “Ahora que tenemos un poco más de confianza vamos a probar el sistema del embadurnado cuerpo a cuerpo” me anunció. “Como usted disponga, Carlitos”
El embadurnado cuerpo a cuerpo consistió en abrazarme y comenzar a frotar su cuerpo contra el mío, nabo incluido. Y para no dejar nada fuera de contacto, ya que nuestras caras se encontraban cerca, comenzó a comerme la boca con un caliente beso de lengua. Su lengua revolvía la mía y nuestras salivas se mezclaban. Yo no entendía muy bien como eso podía facilitar el encremado de mi cuerpo, pero era bastante agradable, además de inocente y bien intencionado. Lo que me ponía un poquito nerviosa era su duro nabo restregándose contra mi pubis, en las inmediaciones de mi intimidad. Así que para descargar mi nerviosismo comencé a gemir y a jadear.
Carlos, siempre concentrado en su tarea, agarró mis tetones con sus manos embadurnadas de crema y me los fue manoseando hasta que se llenaron de irrigación sanguínea, aumentando su volumen. Como un efecto secundario, mi vagina comenzó a secretar jugos, porque mi vagina interpretaba esa situación como un preliminar de coito, y no puedo culparla, porque las vaginas interpretan las cosas sin mucha sutileza. De cualquier modo no puedo negar que la situación era placentera, muy placentera. Y cuando una de las manos de Carlos se apodero de uno de mis glúteos, sentí que sería mejor estar en la colchoneta. Evidentemente él también, ya que nuestros cuerpos se fueron inclinando juntos, el suyo siempre arriba. Y abriendo bien los muslos permití que hundiera su embadurnada y caliente poronga en mi intimidad. Ahí comenzó una serruchada que un observador poco informado habría confundido con una tremenda cogida. Sí, para cualquiera que no estuviera al tanto de la situación, hubiera parecido que este hombre me estaba dando una cogida de esas para tener y guardar. Pero yo sabía que esto era un trabajo para él, un gesto servicial y no estaba preocupada, más teniendo a mi marido a más o menos cien metros, en el agua.
No me preocupé en aclararle nada acerca de mi condición de esposa fiel, pues me constaba que se trataba de un hombre sumamente respetuoso. Y si me tenía ensartada como una mariposa haciéndome sentir la potencia tenaz de su virilidad, no era por faltarme el respeto, ni vejarme, ni mucho menos, sino por la deferencia y cortesía de un buen vecino de carpa, dispuesto a hacerle un servicio a su vecina.
Carlos es un hombre de una gran resistencia, como corresponde a un estado físico como el suyo. Así que me estuvo dando “la cogida” por unos cuarenta minutos, a lo largo de los cuales, al sentir su miembro como una serpiente que se hundía sinuosamente en mis zonas íntimas, o al sentirlo como la dura barra de carne que estremecía mis entrañas, me fue dando cierta sensación erótica algo perturbadora, de la que me defendí elevando los ojos del alma al cielo y pensando en mi esposo que tanto confía en mí. Y así, en ese estado de elevación espiritual y sintiendo las sacudidas que me estaba dando esa enorme tranca, comencé a tener un orgasmo tras otro, mientras su boca proseguía con su entusiasta beso de lengua. Por un momento me permití la fantasía de que el vecino de la carpa de al lado me estaba dando una tremenda cogida a metros nomás de donde se encontraba mi marido. Y eso debe haber contribuido un poco a provocarme tantos orgasmos, pero yo creo que más bien fueron las sensaciones corporales. De todos modos una no es responsable si se le cruzan algunas fantasías, y tener fantasías no es sen infiel.
Bueno, que me sacudió como si yo fuera una batidora. Y cuando por fin se separó, mi cuerpo estaba completamente embadurnado por delante, por las restregadas de su cuerpo, y por detrás, por el modo en que sus manotas habían recorrido mi espalda y glúteos. Tarde un buen rato en recuperarme, pero al final hice un esfuerzo y me levanté, ya que Armando debía de haber vuelto del mar y podía alarmarse al no verme y pensar que podía haberme pasado algo malo. “La próxima vez me voy a ocupar de embadurnarle también su agujerito trasero” dijo Carlos con delicadeza, evitando deliberadamente la palabra “ojete”, cosa que le agradecí.
Antes de separarnos, y como afectuosa despedida, y ya con mi tacos aguja y mi bikini puesta, Carlos me abrazó dándome un muy cariñoso beso de lengua de varios minutos, que yo acepté cruzando mis brazos sobre su cuello, y acariciando sus cabellos. Hasta que, emocionada por su efusividad, me corrí en sus brazos. Es notable de que modo pueden dos casi desconocidos acceder a los ámbitos del afecto mutuo cuando hay buena voluntad y vocación de servicio. “Gracias, Carlos” le dije mirándolo a los ojos. “Cuando usted quiera, Julia” siempre tan caballeroso.

Como supuse, cuando volví a nuestra carpa, lo encontré a mi esposo dormitando. “Veo que nuestro vecino te ha embadurnado bien... ¿qué tal ese hombre?” “Un caballero, mi amor, un caballero.” “Que bien, y ahora ¿vas a ir al agua?” “Después, ahora voy a tomar un poquito de sol” Y me quedé instantáneamente dormida, rendida de cansancio, posiblemente por haberme levantado tan temprano.


Al mediodía, luego del almuerzo playero, decidí que ya había tenido bastante playa por ese día. Y despidiéndome de Armando, José y Fanny, me fui para la casa. Ya que eran pocas cuadras y tenía la tanguita de hilo dental, no me pareció necesario ponerme la faldita. Así que sólo me vestí con mi breve remerita (pero sin el corpiño, porque me gusta que mis pezones respiren) y con mis tacos aguja, por supuesto. Armando, con su gorrita playera cubriéndole el rostro, dormitaba. Pero su hermana Fanny me siguió con la mirada y una gran sonrisa. Y su novio se permitió la broma de emitir un silbido a mis espaldas.
El camino de regreso estuvo, como era habitual, sembrado de accidentes callejeros, todos a mi paso. El señor que se llevó una columna por delante, el ciclista que se cayó de la bicicleta, un coche que chocó al de adelante... todos por mirarme. Lo que me pareció divertido, aunque ya estaba dejando de ser novedad. Así que proseguí con mi paso, dejando que mis gracias se bambolearan libremente.
Lo que no me esperaba era sentir una cosa fría y húmeda y unos resoples en la parte baja de mi culo. Con un estremecimiento pegué un saltito, dándome vuelta para ver que había sido eso. Y me tranquilicé: era el gran dogo de don Braulio, que ahora arremetía olfativamente contra la parte delantera de mi entrepierna. ¡¡Ven aquí, Mujik!! Se escuchó la orden de don Braulio. “¡Usted disculpe, señorita, pero este perro no sabe comportarse con una dama” “Señora, don Braulio. ¿No se acuerda de mí? Ayer estuve en su negocio para comprar fiambres” “¡Ah, sí, ahora la reconozco, es que no había tenido tiempo de verle la cara!” dijo el hombre con algo de picardía. Me reí, y el joven dogo debe haber interpretado esto como un permiso para reanudar el olfateo de mi intimidad. “¡¡¡Fuera, Mujik!!!” lo retó su dueño. “¡No sea tan severo con el animalito! ¡Él sólo quiere ser amistoso!” y acaricié la enorme cabeza del perro, dejándole que olfateara a gusto. El animal lleno de simpatía hacia mí, me dio un lenguetazo cariñoso en la zona de su interés. Don Braulio se quedó un momento desconcertado, pero luego pareció haber encontrado la actitud adecuada. “¿Gustaría de venir a tomar un té a mi casa, para disculpar mi torpeza al no reconocerla, y el atrevimiento de mi perro?” ¡Por fin un momento de sana distracción y amistad con ese dulce anciano y su encantador perrito...! “¡Oh, no tiene que disculparse por nada, don Braulio, pero voy a aceptar su invitación con mucho gusto! ¡Pero un ratito, nomás, eh!” Y nos fuimos a paso de paseo rumbo a su casa, con el simpático perrazo saltando a mí alrededor y dándome alguno que otro lengüetazo, lo que me hacía prorrumpir en carcajadas. La proveeduría de don Braulio está al lado de su chalet, a una cuadra de mi casa, en esa maravillosa zona de casas bajas y mucho verde. Verdaderamente disfruté del paseo, y de la agradable compañía.

El chalet del hombre tenía un jardín trasero bastante frondoso, con la vista de las casas de alrededor tapada por los árboles, y allí en esa intimidad verde, una mesita y un par de sillas. Don Braulio me dejó en ese entorno paradisíaco y se fue a preparar el té prometido. Los grandes dogos pueden ser perros mimosos si una sabe tratarlos, y Mujik se quedó a mi lado, dejando que le rascara la cabeza y dándome lengüetazos en la cara, o donde cayeran.
El té transcurrió agradablemente, acompañado de unas masitas horneadas por el mismísimo don Braulio. Mujik se había metido debajo de la mesa y había optado por apoyar su cabeza en mis muslos, que por fuerza tuve que mantener cerrados, pero sintiendo su respiración caliente en ya sabes donde. Don Braulio, evidentemente conciente de la situación, se reía un poco más de la cuenta de las ocurrencias que él mismo tenía.
Después trajo algunos álbumes para mostrarme sus fotos de familia. Algunas eran muy antiguas, sus padres, tíos y abuelos. Y él insistía en explicarme quién había sido cada uno y cada una. Evidentemente estaba demasiado solo y ávido de comunicación. En otro álbum había fotos más contemporáneas: sus hermanos, primos, amigos, antiguas novias y sus tres esposas. Todos explicados con lujo de detalles de cada una de las historias. Entre tanto el perro intentaba forzar mis muslos para que le permitieran llegar a mi intimidad, o al menos eso me pareció. Pero los mantuve bien apretados y continué acariciándoles la cabezota con afecto. En uno de los álbumes, al abrirlo saltaron a mi vista montones de fotos de niñas desnuditas, todas ellas. Algunas bastante pequeñitas. Me sorprendió ver tantas criaturitas desnudas, algunas posando como si fueran modelos adultas, pero no tuve ocasión de mirarlas con más detalle, pues don Braulio cerró el álbum apresuradamente y con mucho nerviosismo. “Son sobrinitas” me dijo. “¿Tantas?” “Somos una familia muy grande” farbulló, poniéndose colorado, al tiempo que se iba para adentro con todos sus álbumes.
Cuando me levanté para irme, Mujik aprovechó para pararse en sus patas traseras y lamerme el rostro. Para mi azoramiento pude ver que buena parte de su sexo había salido de su funda de piel, exhibiendo la roja cabeza en lo que evidentemente era un estado de excitación. Don Braulio, que había retornado del interior de su casa, se quedó un momento mirando la escena, que duró más de lo que yo hubiera querido, con el animal follando el aire y dándome alguno que otro pollazo en mi vientre. Por algún motivo mis pitones se habían endurecido y se notaban a través de la delgada tela de mi remerita, lo cual me produjo bastante embarazo. Finalmente, el amo me sacó el perro de encima. “¡Mire cómo se ha puesto!” dijo refiriéndose a la bruta tranca que exhibía el animal en celo. “¡Es que usted le gusta...!” agregó con mirada pícara. Y tomándome por la cintura me fue guiando hacia la puerta de entrada. Todo el camino Mujik asedió mi culo a lengüetazos, sin que don Braulio lo recriminara. Yo hice como que no me importaba la cosa, pero al despedirme del hombre no pude dejar de notar el enorme bulto que había crecido en sus pantalones. “Ha sido un gusto, don Braulio...” “¡Vuelva pronto y va a ver el gusto que se va a llevar!” me dijo el viejo reteniendo un poco mi mano. “M-muy ricos el té y las masitas...” agradecí, y me fui presurosa, con las imágenes de la roja polla del perrazo, y el bultazo bajo el pantalón de don Braulio, bailando en mis retinas.


Salvo por estos mínimos detalles, por otra parte perfectamente comprensibles, la visita había sido encantadora y merecía repetirse.
Había comenzado a refrescar y la piel desnuda de mis piernas y nalgas lo estaba sintiendo. Por suerte enseguida estuve en casa. Y me metí en la camita, donde repasé los acontecimientos de ese agitado día. Recordando la estupenda embadurnada de crema protectora que me hizo el vecino de carpa, las miradas de Fanny y su novio cuando me iba, los incidentes en la calle, los lambetones a mis partes bajas de Mujik y la tranca evidentemente erecta bajo el pantalón de don Braulio, me fui quedando dormida, aunque para conseguir una mayor relajación tuve que acariciarme varias veces con mis dedos. Y había también algo vagamente perturbador en ese montón de sobrinitas desnudas del anciano, pero estaba demasiado cansada para discernir qué. Así que acariciándome dulcemente, me dormí.

Gracias a mis amigos lectores, en su mayoría varones con muchas ganas de entablar una amistad, por sus buenos deseos, o aún por sus deseos, en algunos casos un poco descarnados, pero siempre respetuosos y valorativos de mi virtud de esposa fiel. Casi todos han tratado de convencerme para que les envíe fotos mías, pero no entiendo muy bien con que fines. He rehusado satisfacer esos pedidos porque no corresponden con el decoro que acostumbro mantener. Pero me encantará recibir tus comentarios si me escribes mencionando este relato a bajosinstintos4@hotmail.com

Bajos Instintos 4

Demasiado Timida para Oponerme - 7ª Parte

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A media noche tuve que ir al baño, y para mi sorpresa allí estaba Fanny, la hermana de mi marido, Armando, haciendo pis desnuda. Yo también estaba desnuda, así que no encontré motivo de incomodidad en verla así. Ni en que me viera, aunque el modo en que lo hizo mientras yo hacía pis, me pareció un poco intenso. Mientras se escuchaba el chorrito de mi descarga, sus ojos se paseaban de mis tetones a mi vagina, viendo salir el pis. Me pregunté si ese no sería el momento adecuado para plantearle mis dudas respecto de José, su novio, contándole los intentos fallidos de propasarse conmigo, que no tuvieron éxito sólo porque yo soy una esposa fiel. Y estaba por hacerlo cuando ella, metiendo su mano bajo mi concha me dijo “¿me dejarías que sienta tu pis?” La pregunta holgaba, ya que de hecho lo estaba haciendo. Claro que, para ello, había debido inclinarse hasta que nuestros rostros casi se juntaron, y así, con su mano debajo del chorro de mi pis, y sus ojos muy cerca de los míos, me dio una amplia sonrisa, dejándome ver su lengua. “Espero que no te moleste...” dijo, acercando su boca un poco más a la mía. Podía sentir su aliento cálido y húmedo, que no me desagradaba, pero la situación era tan insólita que no supe qué hacer. Entonces ella estrechó la distancia entre nuestras bocas y comenzó a darme un beso de lengua tan bueno como nunca hubiera esperado de la hermana de mi marido.

Mientras su mano mojada en mi pis se ocupó de mi vagina. La sorpresa fue tanta que me dejé hacer. Sentí sus dedos hundiéndose en mi concha, mientras su pulgar frotaba suavemente mi clítoris. Y el beso continuaba, quitándome el aliento por lo sensual. Su otra mano se apoderó de mi tetón izquierdo, apretándomelo deliciosamente. Se ve que Fanny sabía de esas cosas, pues su mano baja se movía de tal manera en mi concha que pronto me tuvo acabando sobre sus dedos. Ella me miró con una sonrisa irónica. “¡Hace mucho que tengo ganas de comerte esas tetonas y ese hermoso culo...!” dijo como único comentario, mientras seguía jugando con mi conchita. Y volvió al beso, yo siempre sentada en el inodoro, bastante anonadada por su dominio de la situación. Sentía su lengua caliente dentro de mi boca, moviéndose como si estuviera cogiéndomela, y su mano torturándome el pezón deleitosamente. Tan hábiles el beso y las caricias, especialmente las de su mano inferior, que pronto me tuvo corriéndome nuevamente. “¡Sabía que eras frágil a los toquetones!”, me dijo mientras continuaba besándome apasionada y sabiamente. “¡Ahora date vuelta, que te quiero comer el culo!” Y me volteó dejándome arrodillada sobre la tapa del inodoro, con mi culo indecentemente expuesto en pompa en todas sus redondeces. Hundió su nariz entre mis nalgas y separándolas alcanzó hábilmente mi agujerito y comenzó a darle rápidas lamiditas que me pusieron a cien. Con ambas manos aferraba toda la redondez de mi culo, y pronto su boca la llenó de besos y lamidas, para luego volver a mi ojetito y comenzar a cogerlo con su lengua. ¡Jamás hubiera imaginado que una lengua puede llegar tan adentro de un culo! Y ella la entraba y la sacaba y se la sentía bastante gruesa. Así que pronto me tuvo en un gemido ininterrumpido. Pero se ve que ella quería demorar un nuevo orgasmo mío, por lo que me sacó la lengua y su puso a darme mordisquitos en toda la superficie del culo, poniéndome a mil. Y mi gemido continuó agónicamente. Después cambió su lengua por uno de sus largos dedos y me puso en pié con una pierna en alto para poder seguir cogiéndome el culo con su dedo, y su boca se prendió a mis tetones, mordiendo y lamiendo mis pezones con gula. Ahí mi cabeza cayó hacia atrás y me corrí inconteniblemente, sostenida por ella.
Entonces me sentó sobre la tabla del inodoro y con cada una de sus largas piernas a cada lado del mismo, me puso su concha en la boca. “¡Ahora me toca a mí, nena!” y comenzó a frotarse el clítoris contra mi boca. “¡Lameme, puta!” me ordenó con voz ruda, de modo que saqué la lengua y le di gusto, al tiempo que también se lo chupaba entre mis labios. Lo debo haber hecho muy bien, pues pronto, aferrándome la cabeza por la nuca me apretó la boca con su concha y pude sentir su acabada pulsión a pulsión, estremecimiento a estremecimiento. Lo que me dejó muy caliente, pero sin acabar.

“¡Sabía que ibas a serme fácil, cuando te agarrara!” me dijo, sacándome su concha de la cara y mirándome desde arriba con una sonrisa de superioridad.
Y luego de darme un conchazo más en la cara se fue a su pieza, dejándome anonadada. Y bastante caliente, debo reconocerlo.
Me encaminé como pude al dormitorio y allí estaba Armando, boca arriba, desnudo. No podía desaprovechar la ocasión, y montándolo en un sesenta y nueve, le mamé la pija y le refregué mi concha en la cara hasta correrme. Cuando le saltó la leche, me la tragué toda. Y cuando lo desmonté se había despertado completamente, con cara de no entender muy bien lo que había pasado. “Hasta mañana, mi amor” le dije y me tendí a su lado, quedando enseguida completamente dormida.

Cuando me desperté, Armando seguí tendido en la cama panza arriba, de modo que comencé a jugar con su nabo, mientras reflexionaba sobre lo ocurrido con su hermana la noche anterior. Evidentemente Fanny era bisexual y no creo que se escandalizara mucho si le contaba los intentos de su novio para abusar de mí. Entretanto el nabo de mi esposo se había parado completamente, de modo que mientras continuaba con la reflexión, mi mano lo iba pajeando, chop chop, arriba y abajo. Por otra parte era claro que lo ocurrido entre Fanny y yo, no podía ser considerado una infidelidad de mi parte, ya que: a) yo había sido tomada por sorpresa, b) Fanny era una mujer y una no puede ser infiel con otra mujer, sino tan sólo muy fraternal y c) Fanny era casi una hermana postiza, así que podemos hablar de afecto filial, pero nunca de infidelidad. Chop chop chop chop. Así que me podía quedar tranquila, mi fidelidad estaba a salvo. Chop chop chop chop chop chop, y debo de haber insistido mucho con los movimientos de paja al nabo de mi amado Armando, porque inesperadamente comenzaron a saltarle los chorros de su glande hinchado y descubierto.
Eso me inspiró un gran sentimiento de ternura y amor, sentir como mi marido respondía a mis tocamientos aún dormido. Y tanta ternura sentí que comencé a besarle y chuparle el pito hasta parárselo nuevamente. Y entonces recomencé suavemente con los chop chop.
Esto hubiera quedado como una sencilla y romántica escena marital si no hubiera advertido que desde la puerta nos estaba mirando José, masajeando su enorme pija, totalmente enhiesta, con su mano derecha. Yo me quedé fascinada, viendo como se acercaba. Había captado que mi esposo estaba en el séptimo sueño, mientras yo me aprovechaba de él haciéndole el chop chop, y se me acercó sin temor a despertarlo. Sin decir palabra me puso el culo en pompa, apuntando para el lado de afuera de la cama, y comenzó a darme pinceladas con su gran poronga, como para sensibilizarlo ¡Y vaya si le estaba dando resultado! ¡Pero lo único que yo podía hacer era continuar con el chop chop a mi esposo, ya que si armaba un escándalo Armando se despertaría y el escándalo sería peor! Chop chop chop... Y sentí la gran cabezota de José tanteando la puerta de mi ojete. Chop chop chop chop... Y tomando un poco de lubricación de los jugos de mi concha volvió a mi ojete y me enterró casi toda la cabeza y a partir de allí comenzó un suave mete y saca que iba abriendo mi orto con la inexorabilidad de lo que tenía que sería. Chop chop chop chop chop... Y pronto me lo tuvo completamente enterrado y sus vaivenes eran más amplios y profundos. Yo comencé a gemir y jadear por la vergüenza que me provocaba la situación, y le apretaba el pene a mi esposo con angustia, chop chop chop chop chop chop... y la poronga a José con una respuesta espontánea de mi orto ante su visitante. Con sus manos aferrando mis caderas José manejaba los movimientos de mi culo a su antojo. Y yo me fui poniendo loca y a cada chop chop mis manos apretaban el nabo de mi marido como si lo estuvieran ordeñando. Chop chop chop chop chop chop chop chop... Y las embestidas de José fueron alcanzando su máximo, con su nabo entrando y saliendo por completo en cada una, hasta que lo sentí enterrándose a fondo y comenzando a pulsar chorros de leche en mi más prohibida intimidad. Y ahí aferré el nabo de Armando con tanta intensidad que volvieron a saltarle los chorritos de leche por el aire. Ahí fue cuando me corrí irremisiblemente, con la gran tranca en el culo y la pequeña tranca en la mano.
Sin sacármela todavía, José me habló al oído: “Quedate tranquila que todo el tiempo le has estado siendo fiel a tu marido. ¿No lo estabas acaso pajeando? ¿Y podías haber hecho otra cosa que dejarte culear por mí?...” Y recién entonces me la sacó, dejando un gran vacío dentro mío. Pero ¡tenía razón! ¡Yo no tenía culpa alguna de lo ocurrido, ni tampoco había querido provocarlo! ¡Y todo mi amor y fidelidad habían sido para mi esposo, cuyo vencido nabito yacía entre mis manos!
Y me acurruqué a su lado pensando de que curiosos modos una mujer virtuosa honra la fidelidad a su hombre amado.
Ese día todos seguimos durmiendo hasta pasado el mediodía, y no fuimos a la playa. Pena, porque un masaje con el vecino de la carpa de al lado mientras me ponía la crema protectora, me habría venido muy bien.

Espero tus respetuosos comentarios, es tanta la admiración que expresan mis lectores que me hacen sentir agradecida y en el buen camino. Pero eso sí: recuerda mi condición de mujer fiel y no me pidas citas ni fotos desnuda. Aunque si tu quieres enviarme las tuyas, no veo como podría impedírtelo. Ya sabes, mi dirección es bajosinstintos4@hotmail.com.


Bajos Instintos 4

Demasiado Timida para Oponerme - 6ª Parte

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Siempre creí que si una mujer cede a la pasión masculina sin haberla provocado, aún si está de novia o casada, no puede considerarse que haya cometido un acto de infidelidad, ya que para eso hace falta la intención.
Mi padre confesor dice que yo provoco a los hombres deliberadamente, con mis ropas ajustadas a mi abundante cuerpo y mis tacos aguja, y que por eso siempre intentan propasarse conmigo, aunque nunca lo consiguen, porque aunque la carne sea débil, el espíritu se mantiene firme y mi fidelidad sigue intacta. Para que el padre me entienda siempre le cuento en detalle los intentos de seducción a que soy sometida, más él insiste en que soy yo la que se lo busca. Pero ¿quién le va a hacer caso a un confesor que se la pasa jadeando y gimiendo durante todas y cada una de mis confesiones? Yo creo que su juicio no es ecuánime. Y si sigo confesándome con él es porque, de algún modo me inspira ternura. Y me gusta contarle mis historias con lujo de detalles. Hay muchos jadeos y estertores del otro lado de la ventanita, pero al final se acaban los gemidos, y después de dos o tres ciclos similares, el padre Manuel siempre acaba perdonándome.
El otro día, al volver de mis vacaciones playeras, lo primero que hice fue ir a confesarme. Cuando reconoció mi voz lanzó un gemido –ayy... - sin duda porque me había extrañado después de tantos días. Así que me lancé a contarle mis andanzas, y él a gemir, jadear, sollozar y todas esas cosas que hace mientras le hago mis largas confesiones.

Mi segundo día de vacaciones empezó de modo un poco raro, con José, el novio de Fanny, sentado sobre mi pecho, con su enhiesta polla frente a mis narices. Comprendí que su novia y mi marido ya habían partido para la playa y nos habían dejado solos. Y el muchacho había visto en eso la ocasión para aprovecharse de mí. Pero esta vez le dejaría las cosas bien en claro y le haría ver no sólo que yo era fiel a mi Armando, sino que él debía serlo a su Fanny. Entretanto mis ojos seguían los vaivenes de su enorme polla que él meneaba como para impresionarme. Y la verdad es que tenía con que impresionar a cualquier chica, ya que su polla no sólo era grandota y gorda, sino también olorosa, con un olor muy rico que hubiera hecho a la chica de que se tratara querer chupársela. Hay que reconocerlo, lo que es justo es justo. Lo que él no tenía en cuenta es que yo no soy cualquier chica, sino una muy enamorada de su marido. Y no hay poronga, por grande y parada que sea, que pueda cambiar eso, por más rico olor que tenga.
La boca se me estaba haciendo agua, seguramente para compensar la sequedad después de tantas horas de sueño, y prepararse para el discurso que estaba por darle. Abrí la boca para comenzar pero él comenzó a frotarme la poronga en los labios, a uno y otro lado, de modo que no me dejó hablar. No obstante, la paciencia es una de mis virtudes, ya llegaría mi momento. Así que aguardé, esperando que se cansara de su tonto juego. Y le dejé que continuara frotando el glande contra mis labios. Pero me debían de estar dando cada vez más ganas de hablar con él y reprocharle su conducta impropia, ya que la boca cada vez se me hacía más agua. Traté de mirarlo a los ojos y hacerle un mudo reproche con la mirada, pero no me salió bien, ya que la mirada se me había puesto un poco turbia, algo desenfocada. Así que él no pudo darse cuenta de lo mucho que me disgustaba la situación. Y siguió frotándome su enorme glande contra mis labios, que a estas alturas se habían entreabierto un poco. La respiración se me había agitado algo, lo que contribuyó a que el olor a macho de su poronga se filtrara con más facilidad por mis fosas nasales. Y a cada respiración, ese tremendo olor me seguía invadiendo por dentro, más y más.
Se ve que al menos él disfrutaba del juego, porque comenzó a pasearme su tranca por las mejillas. No pude dejar de darme cuenta de que no sólo era gruesa y caliente, sino más larga que mi cara. Y me la pasaba de un lado para otro. Y mis ojos veían pasar ese tremendo aparato, mucho más grande que el de mi marido. Y entonces algo inesperado debe haberme pasado, porque en medio de gemidos y jadeos me corrí. Me quedé anonadada porque no esperaba semejante reacción de mi cuerpo. Por suerte mi espíritu permanecía fiel, o con la convicción de ser fiel, aunque no tenía presente muy bien a quién.
Él continuó con sus restregadas, hasta que advirtiendo mi total falta de resistencia me levantó la cabeza por la nuca y me introdujo su sabroso glande por entre mis labios húmedos y abiertos. Mi boca se abrió involuntariamente y mi lengua quedó directamente en contacto son la suave piel de su monstruo. Contra toda mi voluntad, mi lengua comenzó a lamerle y lamerle la base del glande, en la zona del frenillo. Yo me moría de vergüenza porque él podía creer que yo lo hacía a propósito. Y algo así debe de haber pensado, porque comenzó a mover su tranca con cortos vaivenes, hacia atrás y adelante, como si estuviera cogiéndome por la boca. No sé como fue que mis manos se prendieron a sus peludas nalgas y me quedé allí, dejando que la cosa siguiera. De la hendidura de su nabo comenzó a salir un saborcito muy agradable de un líquido algo pringoso, que me encantó lamer. O al menos a mi lengua le encantó. Y de pronto José me sujetó con ambas manos las mejillas, apretándolas fuertemente, y comenzó a echarme gruesos chorros de semen que traté de paladear, pero eran demasiados y demasiado abundantes, de modo que los que no se fueron por la garganta me salieron a borbotones por la nariz. Y con esa gruesa tranca dentro de la boca, todavía pulsando, me corrí nuevamente.
Cuando me la sacó, mi lengua y mi succión se la habían dejado nuevamente limpia y brillante. Pero él se la guardó en el pantaloncito. “¡Gracias, putita! ¡Ahora vamos a la playa y a la noche te agarro de vuelta!” Y cerrando la puerta de calle me dejó tirada en la cama, todavía temblando y con la respiración agitada, seguramente por la indignación.
Para sacarme el enojo y tranquilizarme tuve que usar los dedos y acariciarme varias veces, mientras meditaba en como había sabido mantener mi dignidad de esposa fiel.

Antes de salir para la playa me di un baño con la ducha, porque por algún motivo estaba muy transpirada. El agua me devolvió las energías, especialmente cuando enfoqué el duchador en mi clítoris para descongestionarlo. Ahí me volvió el alma al cuerpo y salí para la playa caminando ágilmente con mis tacos aguja. Porque, eso sí, yo a los tacos aguja no me los saco ni para ir a la playa. Pero a cambio, no me puse faldita, pues mi bikini de hilo dental me brindaba suficiente protección. Y una extraña sensualidad hizo que fuera bamboleando el culo como si estuviera sola en el mundo y no me estuviera cruzando a cada paso con hombres de todas las edades y colores. Era una mañana en que todo el mundo parecía propenso a los accidentes. Un pobre chico que venía en bicicleta en sentido contrario al mío, se ve que debe de haberse dado vuelta para mirarme por atrás, y se tragó un farol. Un señor que venía detrás de mí con su señora se ligó un bolsazo en la cabeza, propinado por la misma. Un agente de tránsito se distrajo, mirando mis tetones que se bamboleaban bajo la remerita, y se produjeron algunos choques, con bastante ruido. Y cosas así. Yo seguí mi camino sin detenerme a mirar, porque hay tanto atrevido que podía haber tenido un disgusto.
Al llegar a la carpa de José, este y la novia se habían ido al agua, y sólo estaba Armando, al que le di un gran beso en la boca. En la carpa de al lado estaba el señor que el día anterior me había mirado con cara de “si te agarro lo vas a recordar” y al que se le colaba su gran miembro por el costadito del pantaloncito, que me saludó con una gran sonrisa, que le devolví gentilmente. Y entonces saqué la crema protectora y le pedí a mi esposo que me la pusiera. Pero Armando es renuente a esas cosas, nunca me quiere poner crema en el cuerpo. Así que le pedí al vecino sonriente, mostrándole la crema: “Señor, señor, disculpe que lo moleste, pero mi esposo no me la quiere poner. ¿Usted sería tan amable...?” “¡Por supuesto, señora, será un gusto ponérsela!” y dirigiéndose a mi esposo: “...Si al señor no le molesta que yo se la ponga...!” “Póngasela nomás, buen hombre, póngasela todo lo que quiera” dijo Armando con la cara tapada por el gorrito playero y en el principio del entresueño. “Pase a mi carpa, por favor, señora. Aquí estaremos más cómodos.” Así que me levanté, siempre con mis tacones aguja, y bamboleándome para no perder el equilibrio en la arena, me pasé a su carpa. El hombre, que se llamaba Carlos, había dividido la misma con una lona que ocupaba todo el ancho, de modo que detrás de la lona había un amplio espacio, con una colchoneta en el piso. La luz entraba por una especie de claraboya plástica, fija, en la pared trasera de la carpa. Tomándome de la mano me guió hasta la colchoneta, “tiéndase ahí, señora”. No me pareció que tomarme de la mano fuese un atrevimiento, ya que pronto me estaría tocando todo el cuerpo, así que un toque en la mano no tenía nada de confianzudo. Al contrario, me gustó su tacto, cálido y viril.
“¿Cómo quiere que me ponga, Carlos?” “Boquita abajo, linda” Así que me tendí dejando mi culo un poquito arqueado expuesto a su mirada. Pero por suerte llevaba mi bikini de hilo dental, de modo que la decencia estaba a salvo. “Vamos comenzar por el cuello y la espalda, preciosa. ¿Podría sacarse la parte superior de la bikini, así puedo pasarle la crema cómodamente?” “Lo que usted diga, Carlos” dije, desabrochándome las tiras y dejándolas a ambos lados de mi cuerpo. Y Carlos comenzó a pasarme la crema, comenzando por el cuello. Sus manos se sentían suaves y calientes y deseé que hubiera sido un masaje. Como si leyera mi mente, sus manos volvieron una y otra vez a los lugares ya visitados, y yo me entregué a esas manos que habían entendido mi necesidad de recibir un buen masaje. Por el modo en que sus fuertes manos se detenían en cada parte de mi espalda, me di cuenta de que ese hombre sabía como hacerle sentir a una mujer que la estaba tocando. Cuando su mano derecha se detuvo en mi cintura, en las inmediaciones de mi parada colita, y su otra mano me acariciaba el cuello, descubrí que mis pezones se habían endurecido, y que la cola se me había levantado un poquito más. Sus manos se acercaban y retiraban del principio de mi cola, como las aguas de la marea, enervándome un poco, ya que a esas alturas era perfectamente conciente del deseo de mi cola de recibir una buena masajeada. Y la cola se me paraba cada vez más, como si estuviera ofreciéndole el culo.
Al fin las manos treparon lentamente hasta mis nalgas y comenzaron a encremarlas. Involuntariamente se me escapó un gran suspiro de placer. “¿Le gusta, Señora?” me preguntó con cada una de sus manos copando cada una de mis nalgas. “Muuu... chooh... “ musité al sentir como me las estaba aferrando. Y esas manos se hicieron dueñas de mis glúteos. Primero comenzaron a trazar espirales simétricas crecientes, con los dedos índices rozando apenas la piel. “Curiosa manera de esparcir la crema”, pensé, notando como al pasar que me había mojado un poquito. “La relajación tiene esos efectos...”
Después con las manos aferrando cada una de mis nalgas, comenzó a imprimirles un movimiento rotatorio hacia fuera, de modo que mis glúteos ora se abrían ora se cerraban, bajo la fuerte manipulación de sus férreas manos. Ser movida de semejante manera por un desconocido me producía una gran vergüenza, sobre todo porque noté que me estaba mojando más. Después comenzó a subirlas y bajarlas con movimientos contrarios de ambas manos. Cuando una mano me subía un glúteo, la otra bajaba el opuesto, produciendo una fricción entre mis glúteos que nunca antes había experimentado. Después, hundiendo ambos pulgares en el interior de mis nalgas las separó, y continuó subiendo y bajando alternadamente mis nalgas, de un modo que me pareció algo irrespetuoso, pero no llegué a protestar porque tanta fricción había llegado hasta mi clítoris y me corrí, esperando que Carlos no lo advirtiera. Pero creo que los gemidos los escuchó. Pero las mujeres decentes también gemimos un poco ante un buen masaje. Sus manos siguieron bajando por el lado interno de mis muslos y volvían a acariciar mi culo, una y otra vez. Llegaron hasta los pies y volvieron a subir hasta el principio de mis nalgas, acariciando por dentro y rozándome la vagina con los pulgares. Como repitió ese movimiento una y otra vez, volví a correrme entre estremecimientos que procuré que el hombre no notara, para que no pensara mal de mí, como mujer casada.
Después me dio vuelta, sin recordar, seguramente, que había desprendido las tiritas de la parte superior de mi bikini y que mis tetonas quedaron al aire. “Carlos...” comencé pero él me tranquilizó: “así es mejor, Señora”, y procedió a demostrármelo. Comenzando por los hombros, sus manos pronto se apoderaron de mis pechos, encremándolos como nunca había supuesto que pudieran ser encremados. Al principio pasaban suavemente, desparramando la crema por la superficie de mis voluminosas glándulas mamarias (alguna vez seré madre, ¿sabes?), rozando mis pezones, ya muy erectos, una y otra vez. Sentí un picor delicioso en ellos, pero procuré gemir poco para que el no pensara que la cosa me estaba gustando más allá de una pasada de crema. Después pasó a amasármelos, como hacían los chicos con los que salía antes de conocer al que hoy es mi marido. Es decir, con mucho entusiasmo. Y mis pechos, seguramente recordando viejas épocas, respondieron a tanto entusiasmo con una gran irrigación sanguínea. Me di cuenta que estábamos cerca de la raya que separa la buena conducta de la indecencia, y decidí que debía advertirle: “Car... los... no... pon... ga... tan... to... en... tu... sias... mo... pa... ra... pa... sar... me... la... cre... ma... que... yo... soy... u... na... mu... jer... caaaah... saaaahhh... daaaaahhhhh...!” Me resultaba un poco difícil controlar la voz, porque estaba acabando nuevamente. Pero él debió haberme entendido, porque sus manos continuaron hacia mi estómago y luego a mi vientre, tratándolos con suavidad. Era muy, pero muy agradable. “Sáquese la tanguita”, me indicó, “así puedo pasarle mejor la crema.” Y ayudándome quitó la prendita, dejándola a un costado de mis caderas.
La situación estaba comenzando a preocuparme. Allí estaba yo, completamente desnuda, con ese hombre pasándome crema, ahora por el bajo vientre. Sus dedos alcanzaron mis vellos ensortijados y los encremaron a fondo, y luego llegaron a la entrada de mi vagina y allí se detuvieron, encremándome el clítoris hasta que me corrí nuevamente. Esta vez no pude ocultarla, por los temblores de mi bajo vientre, amén de los jadeos y gemidos. Como entre sueños lo vi sacarse el pantaloncito, dejando al aire una tranca muy grandota y erecta. “Q-qué va a hacer...?” pregunté alarmada. “Pasarle crema por el interior de la vagina”, dijo él, mostrándome su tremenda polla encremada. “Ah...” respondí débilmente, mientras él me abría las piernas e iba enterrándome su encremada virilidad en mi ahora encremada conchita. Cuando llegó hasta el fondo, mi nariz quedó contra su pecho peludo, y me quedé allí olfateándolo, mientras él le daba al mete y saca, con amplios vaivenes. Ahí cobré conciencia de que ¡me estaban cogiendo! ¡Y con mi marido en la carpa de al lado! Procuré tranquilizarme recordando que era la etapa final de la pasada de crema, pero las largas embestidas de esa enorme polla me transportaron a las regiones donde nada importa, salvo la convicción de ser una mujer fiel y para nada fácil. Este sentimiento de rectitud me hizo sentir tan bien que tuve una catarata de orgasmos, hasta que Carlos alcanzó el suyo, ensartándome profundamente y depositándome su leche con un fervor que me hizo sentir una gran simpatía hacia él, tan servicial que había sido.
Cuando me la desenfundó hizo un ruido de “¡plop!” como cuando se destapa algo. Me ayudó a ponerme las prendas y salí de su carpa y volví a la mía, tambaleándome sobre mis tacos aguja. Armando todavía dormitaba. Cuando se levantó el gorrito playero vió lo bien encremada que estaba y con mirada aprobadora me dijo que parecía que el vecino me la había puesto bien. “Si, me la puso muy bien, nuestro vecino sabe como ponerla.” “¡Gracias!” le dijo al vecino. “¡Cuando quiera!” contestó Carlos con su simpática sonrisa.
Y me tendí sobre la reposera dejando que el sol lamiera mi cuerpo.


En la próxima seguiré contándote mis andanzas de esposa fiel, en mis vacaciones de Punta del Este. Recibiré gustosa tus comentarios si me escribes a bajosinstintos4@hotmail.com, mencionando este relato. Por favor: no me pidas fotos ya que eso sería una forma de infidelidad que no corresponde a una mujer virtuosa.

Bajos Instintos 4

Demasiado Timida para Oponerme - 5ª Parte

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Resulta que Fanny, la hermana mayor de Armando, mi marido, se puso de novia con José, un muchacho que tiene un departamento cerca de la playa, en Punta del Este. Y nos invitaron a ir con ellos. No me costó mucho convencer a Armando de que fuéramos con ellos, nos hacían falta unas buenas vacaciones. Metí en una bolsita toda la ropa que usaría, a saber: dos falditas, dos remeritas, cuatro braguitas (ya que se me mojan mucho) y dos bikinis, de esas con hilo dental entre las nalgas. No llevé brassieres ya que mis tetones se sostienen muy bien por si mismos, pese a su gran tamaño.

Y me gusta que los pezones respiren bien a través de la tela de las remeritas. Y un poquito de perfumitos y cremas para el cuerpo, ya que me encanta que me pasen crema en la playa.
José tiene un auto grande, así que me pude repantigar a mi gusto en el asiento trasero, al lado de mi Armando. No me preocupé por bajarme la faldita, ya que hubiera sido una tarea de nunca acabar, y creo que si pronto vamos a ser parientes, no tengo por qué andar escondiendo los muslos de José. Y él debía pensar igual, porque por el espejito retrovisor me miraba sonriendo, con simpatía.

Armando se quedó dormido y pronto yo seguí su camino, acurrucándome contra él. Esto hizo que me quedara la cola prácticamente al aire, ya que la faldita se me había ido enroscando. Pero tenía la braguita de hilo dental entre los glúteos, así que lo esencial estaba tapado. Le dediqué una esplendorosa sonrisa a José, y me quedé dormidita.

Cuando me desperté, el coche estaba detenido frente a un restaurante de la ruta. Se ve que no habían querido despertarnos, o tal vez querían un poco de intimidad. Y yo aproveché la intimidad que nos habían dejado a nosotros, haciéndole una buena mamada a mi amado esposo quien, sin despertar, se deshizo dentro de mi boca derramando su rica leche. Y me volví a dormir, satisfecha.

El departamento resultó ser un chalecito bastante lujoso, señal de que a José las cosas le iban bien. Incluso habían instalado una pileta de natación, algo redundante en ese lugar dada la cercanía del mar, pero –explicó José- “para los días en que uno no tiene ganas de ir a la playa”.
La cocina tiene un pequeño comedor, y allí me ocurrió algo un poco extraño.
Resulta que al lado de las hornallas hay una mesada de mármol, en cuyo borde José había puesto una de sus manos, mientras charlaba con Armando y Fanny. Y yo, inadvertidamente apoyé mi cola contra ella, creyendo apoyarla contra la mesada, pero pronto me di cuenta de que allí había unos nudillos con sus respectivos dedos. No sé como no los había visto antes de apoyarme, pero yo soy así de distraída.
Como estábamos por salir para la playa, yo llevaba puesta mi bikini de hilo dental que se metía dentro de mis ricos glúteos, de modo que el contacto fue piel a piel. Mi primer impulso fue saltar fuera de ese contacto, ya que soy una mujer fiel a mi esposo, y no quería malas interpretaciones. Pero me contuve ¿cómo quedaría José frente a su novia si ella advertía que él no había hecho nada por evitar el contacto? Por Armando no me preocupo –nunca me preocupo por Armando- porque él sabe la clase de esposa bien portada que tiene. Así que me quedé con mis glúteos apoyados contra la mano de José, aparentando naturalidad. Él debió haber seguido un razonamiento similar, ya que no hizo nada por retirar la mano, y siguió hablando animadamente. Y durante los diez minutos que siguieron no cambiamos de posición, si bien noté un ligero desplazamiento horizontal de sus nudillos y dedos, de modo que el dedo medio quedó justo frente a la raya que divide mis glúteos, lo cual me produjo un cierto sentimiento de sensualidad. Especialmente cuando su dedo medio, separándose de los otros, se insinuó entre mis nalgas. Con un sentimiento de recato procuré evitar que siguiera adelante, para lo cual le aplasté el culo contra el dorso de la mano. Pero fue contraproducente, ya que su dedo medio encontró mayor facilidad para abrirse camino entre mis glúteos, llegando incluso hasta mi ojetito, afortunadamente tapado por el hilo dental.
Toda esta situación, por inocente que pueda parecer, había hecho que los colores me subieran al rostro. Así que propuse animadamente que saliéramos para la playa. Armando y Fanny fueron los primeros en salir. “¡Ahora voy!” les avisó José en tono jovial, “¡Tengo que lavar las tazas!” “¡Y yo lo voy a ayudar, así termina más rápido!” agregué mientras los veía caminando hacia la playa. Y, dicho y hecho, me puse a lavar la vajilla. Atrás mío José me iba alcanzando los cubiertos, pero pronto lo sentí apoyando mi culo. Y lo que tenía entre las piernas no era ningún cubierto. Al contrario, había sacado su tranca erecta fuera del pantaloncito de baño y comenzó a restregármela contra mis glúteos. No supe qué hacer. Por un lado no podía criticar la erección que estaba sintiendo, porque ya había visto lo que el contacto con mi cola le produce a los hombres, así que no podía culparlo. Por otro lado estaba un poco incómoda, porque se trataba casi de un pariente, y él podía mal Interpretar mi actitud tomándome por una esposa infiel. Por otra parte no quería retarlo para evitarle un momento violento. Y por otra parte con tantas restregadas de su caliente tranca contra mi culo, me estaba mojando como loca. Decidí que debía detener todo eso. “José” le dije con voz lo más amable posible, “debemos detener esto, yo soy una mujer fiel a su marido”. Pero José comenzó a amasarme los tetones, mientras continuaba con sus refregadas de palo. “¡No José, Jose... cito,... no... si... gas...!” La voz se me quebró un poco porque el había sacado mis tetones afuera y estaba trabajando mis pitones con ganas y sabiduría, he de reconocerlo. Pero seguí defendiéndome: “¡Jo... sé... no... ha... gas... e... so...!” Y pensé que lo podía estar convenciendo porque una de sus manos abandonó uno de mis tetones, pero me equivocaba, porque pronto la sentí desabrochándome la parte inferior de la bikini, dejándome con la cola al aire, sin protección. Me quedé paralizada por la audacia de este hombre. Y él aprovechó mi indecisión para ponerme su gorda tranca a la puerta de mi ojetito. “¡No te preocupes, cuñadita...!” me dijo con su voz gruesa en el oído. “¡Esto es por el bien de la familia...!” y besándome con su cálido aliento en el cuello, mientras su mano seguía con mis pitones, con la otra me separó las nalgas y avanzó unos centímetros de su poderosa tranca dentro de mi ano. “¡Ahhh...!” exclamé al sentirme penetrada, perdida ya toda voluntad de oposición. “¡Ahhh... Jo... ´se... qué... gor... da... la... te... nés...!” Al girar la cara para hablarle, él atrapó mi boca con la suya y comenzó a darme unos tórridos besos de lengua, que procuré no devolver, aunque mi boca no me hizo mucho caso. En unos momentos me tenía totalmente empalada y le dio al mete y saca con ganas, con muchas ganas. Y con ambas manos seguía jugando con mis melones, mientras seguía con el trabajo devastador de su boca. Elevé mis pensamientos al cielo, para que el Señor me ayudara a superar esta inesperada prueba y traté de encontrar en mi mente la imagen de mi Armando, pero lo único que vino fue la diferencia entre su tranca y la que me tenía ensartada, que en grosor, largo y dureza era muy superior a la de mi marido. Así que volví a elevar os ojos al cielo mientras sucumbía bajo los efectos de tanta fricción tan entusiasta. Me corrí en medio de estremecimientos, haciendo que su polla se disparara en una secuencia de grandes chorros hacia lo más profundo de mis intestinos. Al sentirla pulsando dentro de mi culo volví a correrme, entre jadeos y gemidos. Y quedé sin fuerzas, sostenida tan solo por sus dos manos en mis tetones, y su gran poronga en mi culo. Me tuvo unos minutos más así ensartada, y finalmente, me llevó ensartada todavía, hasta dejarme caer en el sofá, donde quedé culo para arriba. Él dándome la vuelta, me colocó su polla todavía chorreante y me hizo limpiársela con la lengua. Bueno, que se la lamí y se la chupé, sintiéndome invadida por un impulso de solidaridad familiar. Después me hizo ponerme boca arriba y meciéndome su menguante tranca dentro de la boca, se quedó un momento quieto, hasta que sentí que su pis caliente comenzaba a salir del glande. ¡Eso sí que me sorprendió! No era nada desagradable, al contrario, lo saboreé y tragué con placer, contra todo lo que podía haber supuesto. Y aunque en otro momento hubiera podido pensar que esto tenía un toquecito de perversión, me tranquilicé: esto no era sexo, sino pis, así que el placer que sentía no era sexual y por lo tanto no había infidelidad. Así que seguí chupándole el pis hasta que cuando ya le faltaba poco me la sacó de la boca y terminó meándome la cara. Fue algo un poco vejatorio, debo reconocerlo, pero –incomprensiblemente- volví a correrme. “¡Bueno, Pichoncita, estamos un poco atrasados, vamos para la playa!” dijo, guardándose la polla bajo el pantaloncito de baño. “¡No tardes!” dijo al salir, dejándome despatarrada en el sofá, tratando de reponerme.

La playa estaba esplendorosa y resplandeciente, dado el cielo límpido y el sol intenso. Por suerte la carpa de José nos brindó bastante protección.
Todos iban frecuentemente al mar a refrescarse. Pero yo no. Por alguna causa desconocida me encontraba algo cansada y sin muchos ánimos para retozar. En la carpa de al lado había un señor que me miraba con cara de “si te agarro lo vas a recordar” y al que le dediqué una sonrisa de vecina de carpa, para ser sociable. Pero en realidad estaba preocupada por una cuestión ética: ¿debía yo hablar con Fanny sobre la dudosa actitud de su novio? Porque, si bien en mi caso no había habido ningún tipo de actitud infiel, ya que todo había ocurrido contra mi voluntad, no podía decirse lo mismo de él. José había intentado seducirme con todos sus recursos, y si no lo había conseguido se debía sin duda a mi actitud recta, de esposa fiel incorruptible. Pero ¿sabía esta chica con quién iba a casarse?
El señor de la carpa de al lado se había despatarrado sobre su silla, de modo que por su pantaloncito se podía ver buena parte de su miembro que se colaba por un costado. Me pareció que lo hacía a propósito, aunque su miembro parecía en estado de reposo, era bastante grande y creo que el hombre quería ostentarlo. Pero conmigo no iba a tener suerte, yo tengo ojos solamente para mi marido. Para los otros hombres tengo otras cosas, pero ojos no.
De cualquier modo le dediqué una mirada por cortesía, y una sonrisa amable cuando nuestras miradas se encontraron. Y seguí en mi reflexión de carácter ético. Si yo le contaba a Fanny de los intentos de su novio por seducirme, ¿sería creída por ella? Bien sabido es que en las cuestiones del amor las mujeres somos ciegas. Y a veces, por fortuna, los hombres también. Así que parecía poco prudente hablar con ella. ¿Debía comentar la cosa con mi esposo? Tampoco, porque si me pedía detalles del intento de seducción iba a ser difícil que no creyera que yo había colaborado un poco. Y yo no soportaría ser dudada en mi condición de mujer fiel.
Entretanto la polla del señor de al lado había ido creciendo de tamaño de un modo inocultable. Ahora le sobresalían por debajo del pantaloncito unos veinte centímetros de gruesa tranca, que sumados a los que estaban debajo del pantalón debían dar una poronga como para merecer una mención en la guía Guinnes. Involuntariamente mis cejas se enarcaron por el asombro ante lo que veía, y el hombre aprovechó para hacerle dar una sacudida a ese tremendo pedazo erecto, en señal de saludo, y dedicándome una sonrisa algo lasciva. Pero yo hice como que no advertía la segunda intención y me limité a devolverle la sonrisa con una amplia sonrisa mía, llena de candor e inocencia, como para sacarle las malas ideas de la cabeza.
Así pues el único camino que me quedaba, concluí, era hablar con José para hacerlo recapacitar sobre su conducta y sus responsabilidades hacia Fanny. Y seguramente encontraría algún momento para hacerlo.
Cuando todos volvieron decidí que era mi momento para ir al agua a refrescarme un poco. Y como la arena estaba muy caliente, la crucé a grandes saltos. El problema con los grandes saltos es que mis grandes pechos se bambolean mucho, y mi cola también. Pero confiando en no llamar demasiado la atención me fui hasta el agua. En mi camino escuché algunos comentarios masculinos algo subidos de tono. Pero podía comprender a esos pobres hombres, sin sentirme molesta ni agredida por las cosas que me decían.
Ya en el agua saludé a Armando que estaba muy lejos, allá en la carpa. Y la verdad es que no sé si me vio, porque no vi su mano en alto.
Lo que sí vi fue una colección de hombres que me venían siguiendo. Seguramente eran los mismos que me habían piropeado durante mi paso por la caliente arena. Me sentí halagada por tanta respuesta a mis encantos. Y les obsequié una de mis mejores sonrisas. Ante los cual siguieron acercándoseme por todos lados.
Yo me zambullí, dándoles una involuntaria visión de mi sabrosa cola, y al mismo tiempo una actitud de indiferencia y despreocupación.

Pronto me rodearon completamente. Si yo hubiera sido soltera la situación podría haberse calificado de excitante. Eran siete hombres jóvenes atractivos, musculosos, bronceados, que me miraban con inocultable simpatía. “¡Hola!” les dije para no parecer estirada. “¡Hola, preciosa!” “¡Hola, bomboncito!” “¡Hola, cosita rica!” y cosas así me contestaron a coro.
“¿Vinieron a charlar un poco?” pregunté para iniciar la conversación. “Y lo que se pueda...” dijo un rubio fornido y simpático. “Y a conocer a tan linda chica...!” dijo un morocho de aspecto seductor. “Conocer en el sentido bíblico” agregó un gordito bastante corpulento. Y todos se rieron así que yo también me reí, aunque no había entendido muy bien el chiste.
“¿Son religiosos?” pregunté para continuar la charla.
“¡Muy religiosos!”
Estaban todos a centímetros de mi cuerpo, de modo que no me extrañó sentir una mano en mi cola. Hice como que no me daba cuenta, para no avergonzar al muchacho que seguramente no lo había hecho con mala intención. Y procuré seguir conversando en tren amistoso. Al fin de cuentas iban a ser mis compañeros de playa durante todas mis vacaciones, y siempre es mejor tener amigos.
Pero pude sentir que el chico no había retirado su mano y que, por el contrario, me estaba acariciando la cola. No le reproché la cosa, para no avergonzarlo delante de sus amigos. Ahora se había acercado tanto que algunos de sus cuerpos me tocaban. Yo continué con la charla, pero me estaba poniendo nerviosa la proximidad de tantos cuerpos varoniles cerca. No es que parecieran malos muchachos, todo lo contrario, pero una no es de hierro...
Ellos tampoco eran de hierro, pude comprobar, porque pronto sentí una mano tocando mi tetón izquierdo. “Tenés una teta muy linda...” me comentó su dueño mientras comenzaba a amasarla. “Gra... cias” le dije, por decir algo. “Es cierto, ¡qué tremenda tetona!” dijo otro que había tomado a su cargo mi otra teta. “M-muy gentil... pe-pero...” sentí otra mano que se había puesto en mi entrepierna y comenzado a sobarla. Decidí aclarar la situación, para evitar malos entendidos. “Mu-muchachos, les agradez... co pero yo sólo busco amis... tad. Soy una mu... jer ca... sa... da...” dije con la respiración algo agitada por tantas sobadas que estaba recibiendo. Mis pezones se habían endurecido y mi entrepierna había comenzado a hacer su aporte al mar. Bajé mi mano para detener al que me estaba sobando el coño, pero en el camino me encontré con una tranca parada y dura, y mi mano se prendió a ella sin dudarlo, posiblemente para tener algo de donde agarrarse en medio de tan incómoda situación. Así que no pude impedir que me siguieran manoseando el coño. Ni los tetones, ni el culo. Y pronto colocaron otra enorme polla enhiesta en mi otra mano, que en forma instintiva se aferró a ella y comenzó a pajearla. A estas alturas había comenzado a gemir y jadear, pero repitiendo: “¡Por... fa... vor, mu... cha... chos, ...soy... u... na... mu... jer... ca... sa... da... y... res... pe... to.. a... mi... ma... ri... do...!” una y otra vez. Pero ya saben como son los machos, sólo les interesa satisfacer sus propias urgencias, y son sordos a cualquier otra cosa. Así que me resigné a que eso continuara hasta que se aburrieran.
Pero no se aburrían, uno comenzó a penetrarme la concha, luego de hacer a un costado la tela de mi braguita playera. Y cuando sentí su poderosa tranca penetrándome, sentí que yo tampoco me estaba aburriendo, después de todo. Y pronto sentí los chorros en el interior de mi vagina. Bueno, que se fueron pasando todos, por mi concha y por mi culo, dejándomelos muy abiertos dados los tamaños que esos jóvenes sinvergüenzas portaban. Así que como siempre hago en esos casos me encomendé a Dios y traté de mantener mi espíritu concentrado en la imagen de Armando, pero sin mucho éxito debo confesarlo.
Cuando terminaron conmigo estaba hecha una piltrafa, de tantos polvos que -involuntariamente, eso sí- me había echado. Me dejaron flotando en el agua y se volvieron nadando vigorosamente hacia la playa.
Sólo uno de ellos se apiadó de mí y me remolcó hasta la mitad del camino. Una vez que hicimos pié pude comprobar que no todo había sido generosidad en su gesto, pues me hizo sentir su polla en el culo, y yo me dejé hacer, ya que no estaba en condiciones de oponerme. Así que frente a la vergüenza de la situación, lo único que pude hacer fue correrme dos veces más. Y luego le rogué que me acercara hasta la playa. “Bueno”, concedió, “pero sin compromisos, ¿eh?”

Llegué a la carpa como pude y me desmoroné en una silla. “Se te vé muy cansada” dijo Armando con simpatía. “Es que el mar estaba muy duro...” Fanny se extrañó del término “¿duro?” “durísimo” corroboré antes de quedarme dormida.
Cuando llegamos a la casa dormí a pierna suelta el resto de la tarde. Pero curiosamente, bastante feliz. “Es la felicidad producto de la virtud de una esposa fiel” pensé mientras me iba sumiendo en el entresueño.
Pero las vacaciones apenas habían comenzado.

Me gustaría que me comentes que te ha parecido este relato, mencionando su título. Escríbeme a bajosinstintos4@hotmail.com. Pero por favor, no me pidas citas ni fotos, recuerda que soy una mujer casada y me debo a mi marido.

Demasiado Timida para Oponerme - 4ª Parte

Comentarios (6)

Para quienes recién llegan a estas páginas debo decirles que soy una mujer felizmente casada y muy enamorada de su marido, e incapaz de serle infiel, como pueden atestiguar todos aquellos que me conocen de cerca (Y no son pocos….)
Yo no entiendo a esas mujeres incapaces de respetar la promesa de fidelidad implícita en el matrimonio.
Y me pregunto como pueden violarla con tanta ligereza, como si buscaran a propósito cometer infidelidad. ¿Es que no respetan a sus maridos? ¿Cómo pueden vivir con su conciencia tranquila? Yo no soy así. Soy incapaz de buscar cometer una infidelidad. Y por más que me asalten las tentaciones, procuro mantener mi conciencia libre de manchas.
Mi cura confesor me objeta las falditas cortas y apretadas pues dice que marcan demasiado las formas de mi culo, pero lo que ocurre es que he engordado un poco desde que me las compré, pero como no soy para nada gorda, todo está bien. Cierto que me dejan buena parte de los muslos al aire, especialmente cuando me siento. Pero ese no es mi problema sino el de los hombres que todo el tiempo buscan acercarse. Pero una mujer fiel no tiene miedo de sucumbir.
El Padre me dice que mis remeritas también son dos tallas más pequeñas que la que necesito ahora y que me marcan demasiado los pezones. Pero, bueno, si tengo las tetas grandes y paradas, y los pezones gordos, no es culpa mía,no voy a renovar todo mi guardarropas, pues eso sería un gasto muy grande para el sueldo de mi marido. Y, aunque yo también trabajo, soy muy considerada con él. La única concesión que le hago a la coquetería son mis tacos aguja, pero me encanta el modo en que elevan mi altura y me alargan las piernas. Y el modo en que todo se me bambolea cuando camino. Yo sé que eso resulta un poco provocativo para los hombres, y por alguna razón que se me escapa, siempre quieren abusar de mi. Pero no temo, pues sé marcar muy bien la línea que no deben transpasar. Puede que transpasen todo lo demás, pero la línea nunca.

Había sido un día de trabajo bastante fuerte en el consultorio del doctor Martínez, y no veía la hora de llegar a mi hogar donde me esperaba con los brazos abiertos mi amante esposo, mi Armandito. Y a pesar de que era la hora pico, opté por el subte, que aunque tenía que recorrer prácticamente todas las estaciones, era el mejor medio, por lo veloz. Además me iba a permitir ensoñar con la fidelidad que le profeso a mi cónyuge. Pero creo que no fue del todo una buena idea.

Yo estaba bastante incómoda con esa enorme tranca cilíndrica taladrando mi culo. Lo que me molestaba no era la tranca, que por cierto, no era la peor parte del asunto, sino el hecho de que pertenecía a un perfecto desconocido que me había abordado en la calle y luego perseguido por todo mi camino, sin cesar de tratar de convencerme para poder brindarme su amor. Muy insistente y cargoso. Yo le expliqué que soy una mujer casada y fiel a su marido. Pero, en ese momento estábamos en el subte, y este hombre no dejaba de sobarme las nalgas. Yo hacía como que no me daba cuenta para no dar lugar a una escena violenta, ¡pero él le dio un ajetreo a mis posaderas como hacía mucho tiempo que no tenían! La verdad es que me subieron los colores al rostro, pasando en el camino por los tetones.
¡Tenía que hacer algo para detenerlo! En nombre de lala fidelidad a mi esposo asumí que debía quitar mis glúteos de su alcance, para lo cual hice lo más sencillo: me di media vuelta, quedando frente a él. ¡Esta vez lo había embromado! El subte estaba muy lleno y no podría realizarla operación de volver a ponerse detrás de mí. Así que enfrenté su rostro con una mirada neutra, como de indiferencia. No era un hombre desagradable, por el contrario era bastante guapo, si no fuera por ese modo tan insistente de actuar. Pero, bueno, el asunto estaba solucionado.
Eso creí, porque aprovechándose de mi nueva posición comenzó a sobarme los tetones. Mis tetones, además de grandes y parados, son muy sensibles, y los pezones reaccionaron enseguida, poniéndose duros. Seguramente el hombre no estaba al tanto de esto, así que decidí advertirle. Y acercando mi cara a la suya le susurré: “¡no haga eso, por favor, que soy muy sensible!” Pero el estúpido aprovechó para darme un beso en la boca. Me tomó de sorpresa y no atiné a retirar la boca. Lo que pasaba es que la sobada en mis tetones me quitaba un poco de concentración. Para cuando pude reaccionar, el muy bestia me estaba comiendo la trompa con un apasionado beso de lengua. ¡Y qué lengua! Así que no pude reaccionar. A lo único que atiné fue a bajarle lasmanos, sacándolas de mis pechos, pero el beso me estaba volviendo loca. Digo, en mi condición de mujer casadaque detesta estas confianzas. ¡Pero no sabía como pararlo, ya que me tenía muy bien aferrada!
¡Y de pronto siento una de sus manotas tocándome la entrepierna! Inadvertidamente se me escapó un gemido ahogado, mientras su lengua me seguía trabajando, y su mano comenzaba a restregarse contra mi más secreta intimidad. Me quedé completamente desconcertada, sin saber que cosa hacer, ni como impedir que siguiera adelante. Con la otra mano me atrajo por la cintura contra su cuerpo. Y pude sentir su aroma de macho y su cuerpo tan recio. Y en un movimiento acomodó su tranca contra mi intimidad. Y me la frotó un poco. Y ahí, contra todos mis deseos, me corrí, aferrándome a sus fuertes hombros, con manos desesperadas, para no caerme. Sentí una gran vergüenza, porque en mi condición de esposa fiel se supone que no debían pasarme cosas así. Aún aferrada a su cuerpo y con su tranca frotando mi intimidad, y su mano libre manoseándome los tetones logré separar mi trompita de esa boca devoradora, y entre jadeos le dije que por favor se detuviera, que yo era una mujer enamorada de su marido. Por única respuesta me dio vuelta de modo de quedar mi culo pegado a su tranca y con sus manos siguió sobándome los pechos, que a estas alturas me mandaban sensaciones como para elevar a una monja. La gente de alrededor no se daba cuenta de nada, tal la cancha de este hombre. Y yo me quedé quietecita para no levantar la perdiz. Pero él tenía sus pensamientos en otra parte. Y tomando mi breve faldita con una mano, la subió, dejando mi sabroso culo al aire, cubierto tan sólo por mi braguita roja de hilo dental. Entonces escuché su jadeo ronco y su respiración caliente en mi oído: -¡por mí podés estar todo lo enamorada de tu marido que quieras, pero ahora me vas a dar el orto…!- y de un tirón me sacó la braguita. “Lo que usted diga, señor.” Musité comprendiendo que no sería bueno llevarle la contraria. Y elevé mis oraciones al Señor, rogándole me permitiera sobrellevar este duro trance. ¡Y vaya si estaba duro!
Con sus dos pulgares me separó las nalgas y comenzó a enterrarme su rígida tranca. Luego volvió a mis tetones con una mano y a mi conchita con la otra. Las sensaciones me sobrepasaban, pero centré mi mente en la imagen de mi amado Armando, para recibir fuerzas. O al menos traté de centrarla, porque lo que estaba recibiendo tenía mucha fuerza. Mi cola bien abierta se apretaba contra sus vellos púbicos, con toda su tranca adentro de mi agujerito. Y él la movía con pequeños vaivenes enérgicos. La imagen de Armando iba y venía a la deriva de las sensaciones, cada vez más borrosa. En mi cuello sentía el aliento jadeante del apasionado desconocido y de mi boca abierta caían en cámara lenta hilillos de saliva que habían quedado fuera de control. La situación, como ya dije, me resultaba incomodante, pero me resigné a que el hombre saciara sus bajos instintos con su tranca apretada entre mis suaves y carnosos glúteos. “¡Cómo te estás dejando, puta!” me susurraba en el oído, mientras me besaba el cuello. Y todo junto era demasiado para una mujer fiel como yo, y mi cuerpo comenzó a correrse, mientras mi boca dejaba escapar gemidos y jadeos. Esto lo excitó: “¡Ya de corriste de vuelta, putona! ¡También con ese culo y esas tetonas se veía que estaban buscando guerra!” Y sus vaivenes eran cada vez màs largos y profundos, lo que entre otras cosas me produjo un desenfoque total de mi vista, que es lo que me ocurre cada vez que mis ojos, fuera de control, bizquean. “¡Así que la señora le es fiel a su esposo…!”, dijo el sinvergüenza y enterrándomela hasta el fondo comenzó a descargar una catarata de chorros en mi ojete, tan fiel a mi marido. Cuando sentí cómo me lo estaba llenando me abandoné completamente a su abrazo y sostenida de los tetones por sus manotas, y del culo por su tranca, me corrí, ya ni sé cuantas veces.
Cuando volví en mí me encontré en un asiento del andén, con un papelito en una mano, con el teléfono del desconocido, que se llamaba Tony. Quería una cita el hombre. “Bueno”, pensé mientras me encaminaba a casa, “que el hombre quisiera una cita no era algo tan malo, después de un viaje tan largo juntos en subte, siempre surge una corriente de simpatía, pero por lo menos la cosa no pasó a mayores”. Posiblemente lo llame para dejarle las cosas bien en claro.

Si tienes ganas de hacerme llegar tus comentarios sobre esta narración, menciónala al escribirme a bajosinstintos4@hotmail.com, y me encantará leerlos. Pero por favor, no me pidas fotos ni que te escriba. Recuerda que soy una mujer casada que ama a su marido.

Bajos Instintos 4

Demasiado Timida para Oponerme - 3ª Parte

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Esa mañana salí junto con Armando, mi marido, cuando iba rumbo a su trabajo. Yo, a mi vez, iba a buscar uno nuevo para los martes, jueves y sábados. Armando me tiene confianza, no me cela, nunca le he dado motivos, ya que soy una mujer muy fiel. Por eso nunca ha puesto objeciones a mi puesto como secretaria del doctor Martínez, que es un hombre muy guapo, al que muchas mujeres se le tirarían encima. Pero no yo. Desde hace cuatro años asisto a su consultorio los lunes, miércoles y viernes, sin ningún contratiempo que pudiera afectar mi fidelidad. Cierto es que Gustavito, el menor, cuando tenía doce años se permitió algunas libertades conmigo, pero así son los niños, y a eso no se le puede calificar de infidelidad. El niño estaba en el despertar de sus hormonas, así que no podía culparlo por las frecuentes tocadas que le hacía a mis nalgas. “No hagas eso, Gustavito…” le recriminaba yo. Pero el niño seguía sobándolas con un entusiasmo contagioso. De modo que después de media hora de eso, ya no le decía que no lo hiciera. Y así todas las mañanas, antes de que llegara el doctor. Poco a poco el niño fue tomando confianza, y pronto durante la sobada comenzó a sacar su nabo afuera del pantalón. Lo tenía bastante grande para su edad. Yo comprendí que si lo reprimía drásticamente, el pobre niño sufriría un trauma del que quizá no se recuperaría nunca. Así que lo dejé que siguiera sobándome el culo con su erecto nabo afuera. Esa consideración mía hacia él debiera haberlo conformado, pero el chico siguió tomando confianza. Me levantaba el delantal de enfermera por detrás y continuaba su sobada sobre mis nalgas desnudas. “Gustavito, portate bien…” le decía yo en tono de reproche, procurando no hacerlo demasiado severo para no traumarlo. Pero el niño sabía que yo no quería lastimarlo, así que seguía. Cuando llegó a la etapa de restregarme su muy duro nabito por la cola, le dije: “¡Gus… ta… vi… too… e… so… no… es… ta… bi… en…!” Pero el niño no se detenía y continuaba hasta bañarme las nalgas con su lechita. ¡Así me expresaba su cariño ese pequeño! De cualquier modo a veces pienso que no debí permitirle tantas libertades. Porque su siguiente antojo fue meterme su erecta pijita en el ano. Yo me rebelé a semejante cosa, y le dije que ni se le ocurriera y que… Pero el niño me tenía muy aferrada por el culo, y poniendo su no muy pequeña polla entre mis glúteos, no tuvo muchas dificultades para penetrarme el ano. Yo sentía como entraba y salía su joven barra de carne, con un entusiasmo creciente, y me dije que ya era hora de detenerlo. “¡Noo Gus… ta… vi… tooo…!” mientras sentía la movida que el niño me estaba dando en mi nabo, “¡No… es… ta… bien… que… mue… vas… a… así… taan… fuer… te… !” Me di cuenta que como recriminación no era muy buena, pero me estaba costando concentrarme y encontrar las palabras justas. Pero volví a intentarlo: “¡No… si… gas…” la voz se me había vuelto ronca y entrecortada “… por… que… por… que… ¡ahh!... yo… só… lo… tra…baaah… jo… y… ¡ahhh… ahhhh… aaahhhh…! Y… soy… u… na… mu… jer… ca… saaa… daaah… y ¡aahhh… aaahhhh… aaaaaahhhhhhhhhhhh!” y ya no pude seguir hablando. En el interior de mi ano la polla del nene estaba estaba pulsando y pulsando, echándome sus chorritos uno tras otro. Me quedé quietita, recibiendo sumisamente sus emisiones, hasta que el niño me la sacó. “Gracias, Julita” me dijo el pequeño, y luego de darme un beso en mis glúteos, me bajó el delantal y salió. Yo me quedé un poco confundida, pero a medida que mi respiración se iba normalizando, concluí que eso no podía llamarse infidelidad, ya que él era un niño, y además yo no había consentido su conducta. Así que me quedé tranquila, no era yo culpable de nada. Por eso permití de ahí en más que el niño se tomara esas pequeñas libertades con mi trasero, cada vez que yo entraba a trabajar. Es cierto que ahora tiene dieciséis años, y el tamaño de su polla se ha vuelto muy considerable. También es cierto que sus eyaculaciones son muy copiosas, y que a veces tiene dos seguidas, sin retirar su polla. Y que yo tengo varios orgasmos durante el jueguito. Pero todo ocurre contra mi voluntad y por lo tanto no puede decirse que lo mío es una infidelidad. Que el niño tenga doce o dieciséis, o treinta –llegado el caso- no cambia la esencia del asunto.
Con su papá, el doctor, el criterio es el mismo. Todas las mañanas, apenas llega, me arrastra al consultorio y sacando su enorme tranca afuera me obliga a mamársela hasta que acaba en mi boca. Pero eso forma parte de mi trabajo cotidiano, de ninguna manera se trata de infidelidad. Lo mismo que la gran follada que suele darme a última hora, cuando ya se han ido los pacientes. Yo me siento obligada por temor a que tome otra enfermera. Además el modo avasallante en que actúa no me da lugar a resistirme. Y aunque, debo reconocer que me gusta, estoy segura de que no lo haría si no hubiera una relación laboral. De cualquier modo no le he contado nada de esto a mi marido, porque pudiera no interpretar correctamente la situación.
Y menos que menos le contaría las folladas que me da el hijo mayor, cuando a media mañana me llama al cuartito de los medicamentos y me avasalla tan completamente que soy un juguete en sus manos. Debo reconocer que Alberto me gusta, pero los orgasmos que tengo son completamente involuntarios. Así que tampoco con él soy infiel. Mi Armando puede quedarse bien tranquilo con la virtud de su mujercita.

El trabajo para martes, jueves y sábados era como secretaria de una masajista. Tuve que caminar algunas cuadras antes de encontrar la casa. Tenía una hermosa fachada, tan señorial como las demás casas de ese barrio señal de que a la masajista debía irle bastante bien. Tal vez pudiera sacar un buen sueldo, así que haría todo lo posible para obtener el trabajo. Sin dejar el otro, claro. Me había vestido de un modo sobrio pero encantador. Mi habitual remerita dos números más chicos que me talla, por lo cual se me marcaban un poco los pezones, y mi faldita cortona que tanto excita a los hombres. Por suerte esta vez sería el encuentro sería con una mujer, de modo que por suerte estaría libre del acoso masculino, del que me cuesta tanto defenderme. Toqué el timbre y me quedé esperando.
Me abrió la puerta la misma masajista, que me echó una mirada de arriba abajo, deteniéndose en los lugares convenientes de mi anatomía, lo que no dejó de sorprenderme algo. “Susana”, se presentó, estrechando mi mano, para luego acercarse y darme un beso en la mejilla. La presentación me turbó un poco, pues al darme el beso los tremendos melones de Susana apretaron los míos. ¡Nunca había visto a una mujer con melones tan inmensos y tan parados! Yo tengo buenas tetas, pero las de ella eran algo nunca visto. Claro que esos enormes pechazos estaban a la altura de la dueña. Susana me llevaba media cabeza, de modo que me sentí pequeñita y en cierto modo dominada por esa gran mujeraza que me miraba desde arriba con una gran sonrisa en su boca gruesa y sensual. Así que la primera impresión que tuve de ella fue bastante abrumadora.
“Vos debés ser Julia, pasá, pasá” y dando media vuelta me guió hacia adentro. No pude dejar de ver el tremendo culo que se gastaba, porque lo fue moviendo como para que mis ojos no pudieran ir a otro lado. Pensé si no lo estaría haciendo a propósito. Pero deseché la idea por absurda. Éramos dos mujeres, y las mujeres no se coquetean entre sí, pensé. Y la seguí, con la esperanza de caerle bien y conseguir el trabajo. Me sentía de un humor jovial, aunque los vaivenes de ese soberbio culo me inquietaron un poco.
“Esta es la sala de masajes” me mostró con un movimiento de mano, parándose al lado mío erguida en toda su estatura. No era una mujer que se encorvara para esconder sus poderosas tetas, sino todo lo contrario. Con su espalda recta y algo apretada hacia atrás, sus tetonas se proyectaban desafiantes hacia delante.
El tener esos enormes melones tan cerca de mi cara me puso un poco nerviosa. Más aún porque ella, mientras hablaba, los movía a derecha e izquierda, de modo que podía verlos balancearse dentro de la blusa, que estaba bastante tirante. Ella, como yo, parecía no necesitar sostén. Pero con esas tetonas costaba creerlo.
En los pocos instantes transcurridos desde que entré a la casa, la impresión que me produjo Susana, no dejaba de crecer. ¡¡Esa mujer era algo colosal!! Un rostro bellísimo, con un toque de perversión. Y unas tetazas y un culazo de novela. No sólo por lo enormes, sino por lo bien formados. Un cuerpo espectacular. Creo que ella seguía el curso de mis pensamientos, pues dando un par de pasos expuso su contundente anatomía ante mis azorados ojos.
“En esta camilla es donde hago los masajes, donde victimizo a mis pacientes” se rió con una sensual sonrisa de oreja a oreja. “Voy a alisar un poco las sábanas” dijo, inclinándose sobre la camilla, y dándome de paso una vista de primera fila de su soberbio culo. La impresión me hizo tragar saliva. “Bue-bueno…” comencé tratando de llevar mi mente hacia el objeto de mi visita “…yo tengo experiencia como secretaria de un médico y en el trato con pacientes…” “Sí, sí, enseguida vamos a eso” y siguió moviendo su contundente culo, y atrapando mi atención en él.
Luego, dando un saltito se sentó en la camilla. Su faldita se corrió, dejando una sustancial parte de sus muslazos al aire. Yo estaba entrando en pánico y se me cruzó el pensamiento de salir corriendo de allí, pero ¿qué excusa darle?
“Contame de tu experiencia” “¿Co-como secretaria…?” “Sí, empecemos por ahí, ya veremos por donde acabamos…” La doble intención del comentario me hizo sonrojar, cosa que provocó una divertida sonrisa en su rostro. “Bu-bueno…, hace cuatro años que…” pero no pude terminar, pues ella cruzó los muslos, y entonces vi. que no llevaba braguitas. Me quedé con la boca abierta. “Nunca las llevo” al parecer seguía leyéndome el pensamiento. “Son una demora a la hora de hacerme chupar la concha”, me aclaró con naturalidad. “D-de chu-chupar l-la co-con…” “Sí, la concha o el culo, me gusta mucho hacérmelos chupar.” “Ah…” dije yo completamente ruborizada.
“La mayoría de mis pacientes termina chupándome el culo” agregó, mirándome con fijeza. “Algunas empiezan por las tetas, claro, pero otras se van directamente para abajo” “Ah…” comenté yo con un hilo de voz.
“¿En tu caso que preferirías?” me preguntó separando los muslos con las rodillas en alto, dándome una vista de sus dos agujeros. Me quedé muda viendo esa peluda concha y ese tentador ano. Por alguna razón que se me escapaba, la boca se me estaba haciendo agua.
“Bueno, no importa, ya veo que tenés que pensarlo” Y dando un saltito, se paró sobre sus pies y se me acercó hasta poner sus melones en contacto con mis tetonas. La respiración se me había agitado, y las rodillas me estaban temblando.
“O acaso preferirías empezar por chuparme una teta?” “Bue-bueno… yo en realidad… sólo vine a bu-buscar tra-tra… ba…” “Ya sé, ya sé” me cortó ella, tocando mi cuerpo con sus tetazas. “De eso hablaremos después. Ahora vamos a lo importante” Y abriéndose la blusa sacó una de sus tetas afuera. Poco a poco yo había ido retrocediendo hasta la pared, así que me tenía a su merced.´”A mí solo me gustan los hombres…” traté de aclararle. “Sí, sí, eso dicen todas…” dijo tapándome la boca con un grueso pezón. “Ahora chupá, a ver que tal lo hacés” El olor y el calor de su teta eran embriagadores, y toda mi visión estaba ocupada por ese tremendo melón que aplastaba mi rostro, y cuyo pezón me había entrado hasta la mitad de la boca. De modo que fué inevitable que tomara contacto con mi lengua. E instintivamente se lo comencé a lamer. “¡¡Asííí, nenita, muy bien…!!” y con las manos me sujetó la cabeza para aplastarme aún más la cara con su melón, comenzando a continuación a darme empellones, ¡me estaba cogiendo la boca con el pezón! Comencé a sentir un cosquilleo muy intenso en la vagina. Y la vista comenzó a nublárseme. Justo entonces me sacó el pezón y dio un paso atrás para mirarme. Tuve dificultad para enfocar su hermoso rostro. Y ella se dio cuenta. “¡Santo Dios! ¡Cómo te puse!” Yo traté de recomponerme como pude. Pero ella sabía que estaba en su poder.
“Bueno, ya vimos que chupándome un tetón casi te corrés. Ahora vamos a ver como te portás con mi culo…” Y bajando mi cabeza hasta la altura de su culo, comenzó a refregármelo en la cara. Yo veía pasar esos hermosos y enormes glúteos a izquierda y derecha, y con ellos me cacheteaba el rostro. ¡Nunca me habían hecho algo así antes! ¡Y ni sospechaba que pudiera excitarme tanto! A los pocos segundos me tenía besando y lamiéndoselos. “¡Ahhh… seguí así que el empleo es tuyo…!” Yo no entendía lo que me estaba pasando. Cuando ella comenzó a darme empellones con sus hermosos glúteos enterrándome la cara entre ellos, sentí una pulsión muy intensa en mis híjares y pensé que eso es lo que significaba verdaderamente la palabra “culear”. ¡Me estaba cogiendo con el culo!
Y como ella siguió con sus empellones, me corrí, quedando sentada, con mi espalda apoyada en la pared. Susana siguió culeándome el rostro hasta que se vino, aplastando su ojete contra mi nariz, durante un momento interminable, lo que me puso nuevamente a mil. “¡Así está mejor…! ¡Siempre me siento más relajada después del primer polvo…!” Yo no conseguí articular palabra, totalmente dominada por esa mujer voluptuosa y tremenda. Flexionando un poco las rodillas, me puso la concha contra la cara. “Vamos a ver ahora, que tal me chupàs la concha, preciosa”, y comenzó a rotarla sobre mi cara, sin que yo atinara a más que dejarla hacer. Después de unos momentos se irguió: “Aquí es un poco incómodo. Acostate boca arriba en la camilla” Obedecí a su mandato sumisamente. “Te voy a montar la cara, corazón” y vi., como esa gran concha bajaba sobre mi rostro, emanando un maravilloso olor que me privó de toda voluntad que no fuera la de lamer esa maravillosa vagina. “¡¡Ahhh, que bueno!! ¡¡ya estoy por acabarte en la cara…!!” Estaba empapada por sus jugos, y sentía sus pendejos pegados en mi rostro. Y cuando se vino yo tragaba como loca todo lo que me entregaba. Y me corrí irremisiblemente, tal era la excitación que me producía estar sumisa bajo su terrible lujuria.
“¡Gracias pichoncita, el empleo es tuyo, bien que te lo ganaste!” dijo con un suspiro de satisfacción. Yo creí que la entrevista había terminado, pero me equivocaba. “¡Ahora te voy a agradecer bien agradecida con una chupada de concha que de va a dejar loca!” Y separándome las piernas comenzó a darle a su gorda y caliente lengua. Yo me mordí los labios al acordarme de Armando, procurando evitar el placer para no serle infiel. Pero la lengua de Susana y su boca eran implacables. Con sus gordos labios atrapó mi clítoris y comenzó a succionármelo, mientras con tres dedos me cogía la concha. Mis jadeos fueron haciéndose más intensos, y mis gemidos fueron subiendo de tono. “¡Señor!” imploré para mis adentros, “¡Permíteme no sentir nada y seguir siendo fiel!” Pero a la mamada había agregado la lengua que me trabajaba el clítoris produciendo estragos en mi fe en Dios. Traté de recordar el rostro de mi amado Armando, pero Susana aumentó la frecuencia con que sus dedos me estaban cogiendo. ó la frecuencia con que sus dedos me estaban cogiendo, y la imagen de mi amado se diluyó detrás de las sensaciones cada vez más intensas de un escandaloso orgasmo que me llegó desde los cabellos hasta la separación crispada de los dedos de mis pies. Mi bajo vientre batía como si fuera un solo te tambor. “¡¡Qué acabada, mamita!!” Me quedé sin fuerzas para levantarme de la camilla, procurando encontrar un pensamiento que me dijera que yo no había sido infiel. Pero no venía ninguno. Así que me quedé esperando recuperar las fuerzas, para levantarme e irme. Pero me engañaba nuevamente.
Susana tendió su lujurioso cuerpo sobre el mío, haciéndome sentir sus enormes melones, y comenzó a besarme en la boca, metiéndome su gorda lengua hasta la campanilla. Y me empezó a coger la trompa. Me sentí nuevamente caliente y dominada por su voluptuosidad, sin voluntad alguna para resistirla. De pronto sentí su clítoris restregándose contra el mío. Sus fricciones eran tan sensuales que mis ojos se fueron hacia arriba y me dejé coger a su gusto.
Bueno, que me hizo echar tres polvos.
Y luego volvió a montarme la cara con el culo. No le importaba que mi cuerpo estuviera casi inerte, siguió con sus apasionadas rotaciones de orto, enterrando mi cara entre sus nalgas y cogiéndose con mi nariz. Yo dejaba que me siguiera ultrajando. Y cuando cambió el culo por la concha y sus refregadas en mi cara, pese a mi agotamiento, me corrí nuevamente, por la excitación que me produjo la desconsiderada dominación con que ella buscaba su propio placer, a costa de mi vejada cara. Cuando por fin se corrió, dejó la concha abierta sobre mi cara, como para obligar mi sumisión por un tramo más. Después de diez minutos de eso, silenciosamente volví a correrme.
Quedé hecha una piltrafa. Después de ayudarme con las ropas, me acompañó hasta la puerta, sobándome el culo con muchas ganas. Eso me devolvió el tono muscular. “Susana”, le pregunté, “yo amo a mi marido y nunca le he sido infiel. ¿Te parece que esto que hicimos puede considerarse una infidelidad? Porque la verdad es que me gustó mucho y me hiciste echar un montón de polvos…” Pero Susana me tranquilizó inmediatamente “No, mi cielo, infidelidad es cuando lo hacés con un hombre y a propósito. Lo nuestro es un juego de amigas.” Y acto seguido me dio un largo y activo beso de lengua, apretando mi cuerpo contra sus maravillosos melones, que refregó contra los míos, mientras su mano acariciaba mi coño con pasión. Yo me sentí muy querida, tanto que a los quince minutos de eso me corrí en sus brazos. “Vaya, mi vida” dijo dándome un beso en la trompita. “Y quédese tranquila que usted es muy fiel a su marido. Te espero pasado mañana para comenzar a trabajar.”
Y me fui a la calle, caminando un poco como si flotara entre nubes. Pero muy contenta. No sólo había conseguido el empleo, sino que había hecho una amiga. Al menos aquí no iba a ser acosada por hombres.
Y pensé lo contento que se iba a poner Armando cuando le contara las buenas nuevas, sin abrumarlo con los detalles, claro.

Espero tus comentarios, mencionando el nombre de este relato. Mi e-mail es bajosinstintos4@hotmail.com. ¡Hasta pronto!



Bajos Instintos 4

Comenzo por la Fuerza - III

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Me llamo Claudia, soy profesora de educación física, estoy casada y hace unos años atrás empezó una situación que cambio mi vida y mi matrimonio. Con mi esposo compramos una casa que tenia un dpto adosado, el cual fue alquilado a una joven pareja, Patricia y Rubén, ella maestra jardinera y el empleado de un Púb. La pareja no andaba bien lo supe enseguida, pues Patricia me lo dijo, muchas veces sentimos discusiones entre ellos y en alguna ocasión ella andaba con moretones en los brazos. Con el pasar del tiempo Patricia se hizo amiga mía, y me contó detalles de su incipiente pareja ellos recién intentaban por primera vez la convivencia y les estaba resultando difícil sobre todo porque el era muy dominante y poco sociable.

Ocurrió que durante un fin de semana largo mi marido decidió viajar a visitar a familiares en el interior del país y casualmente Patricia es de una localidad vecina a la de donde es originario el, de manera que tomaron el mismo Bus, cosa que a mi no me preocupó porque estaba bien segura de mi marido y también se de la moral ultra católica de Patricia, pero a Rubén eso lo tenia como loco, cuando volvíamos en mi auto de la terminal de micros veía como estaba de molesto, llegamos a casa y me dijo que tenia que hablar conmigo, así que entramos a el dto. de ellos; allí me manifestó de sus celos y que quería tener algo conmigo, no era raro que se sintiera atraído hacia mi tengo el cuerpo muy trabajado por ser entrenadora, y además la naturaleza me doto de un par de lolas superlativas que a veces me dificultan las clases de aeróbic, le dije que no y me dispuse a irme, el me tomo por la fuerza y comenzó a empujarme al dormitorio, yo no podía manejarlo el es muy alto y fuerte delgado pero con el cuerpo musculoso, manos y pies grandes labios gruesos y nariz ancha, un verdadero animal, me quise defender y me pego una bofetada que me tiro en la cama, quede paralizada de terror, y atontada por el golpe; entonces me arranco la ropa y se quito la suya con mucha desesperación, vi su miembro parado, era largísimo y muy grueso, se me subió encima me tomo de los brazos inmovilizándome y abuso de mi. .

Así empezó un infierno, me acosaba constantemente y me cogia como quería y cuando quería, se metía en mi casa incluso estando Patricia en el dpto. contiguo, me cogia en los baños de mi gimnasio, en el Púb, donde trabaja, en mi casa, en el auto, y en donde se diera; tal es así que convencí a mi esposo que nos mudáramos lejos de ellos y vendimos la casa. Yo no podía decir a mi marido lo que pasaba y menos a Patricia que estaba contenta porque ya no peleaban. En ese momento no sentía nada por el, incluso me desagradaba lo primitivo que era, del tipo macho dominante, pero cuando nuestros cuerpos estaban unidos por su enorme verga me transformaba en la peor de las putas y no podía controlarlo, pensé que era calentura y que con el tiempo se me pasaría, pero el me buscaba, me acosaba y al final siempre me cogia .

No se si fue acostumbramiento o se empezó a generar algún sentimiento, yo me hacia cada vez mas participativa de esos encuentros hasta incluso llegue a buscarlo muchas veces; sabia que tarde o temprano este tema explotaría por algún lado hasta que ocurrió lo que sigue Una alumna de mi gimnasio, se había graduado de la facultad y ofreció una pequeña fiesta en su casa para los mas allegados; yo asistí a la reunión con mi marido y para mi sorpresa encontré que Rubén y Patricia también estaban allí; en ese momento me di cuenta que la anfitriona pertenecía al grupo de amistades de Rubén .

El estaba al asecho y se sentía muy seguro, trataba por todos los medios de acercárseme a pesar de que yo lo evadía; la dueña de casa y un par de sus amigos se pusieron a entretener a Patricia y a mi marido en el living eso hizo que Rubén se me acercara cada vez más Como había mucha gente fuimos a hablar al parque de la casa, que es muy grande con una piscina en el medio, quincho y del otro lado una pequeña sección de servicio con un altillo, allí quería Rubén que nos metiéramos; yo le decía que no, que estaba loco si pretendía hacer esoPero la dueña de casa le había dado la llave y como estaba tan insistente decidí entrar porque podían vernos y  para evitar eso, lo mejor fue acceder a sus pedidos; subimos al altillo y lo único que había allí era una vieja cama y unos muebles antiguos llenos de polvilloDesde la ventana del altillo se veía el living que estaba con el ventanal abierto y a mi marido y  Patricia charlando con los cómplices de Rubén eso lo excitaba terriblemente, no dejaba de manosearme, me apretaba y besaba, me decía "mira a los cornudos miralos...." su bulto estaba grandísimo y muy duro, parecía que iba a reventar el pantalón que tenia, me saco la blusa y retiro rápidamente los corpiños; mis locas se habían puesto duras por tanta franela, de inmediato me las chupo como un desesperado, se fue sacando la ropa muy caliente como nunca, ni siquiera la primera vez tenia la verga tan grande y tan dura, yo fui accediendo a quitarme la ropa por miedo a que me la arranque de lo excitado que estaba, me besaba con mucha pasión y yo respondí a sus besos, en seguida estábamos los dos desnudos sobre la vieja cama, Rubén puso la almohada debajo de mi cola para que la concha quedara bien levantada al momento de la penetración, sin dejar de besarnos el empujo su vergota dentro mío, mi vagina se dilato terriblemente, al recibir toda la longitud y grosor de semejante pene que lancé un gemido de placer, que de todas maneras no se escucho ya que estábamos  encerados en el atillo y afuera había música.  Quedaros unidos por su enorme pija y arranco una cogida infernal, con cada empujón se sentían los chillidos del clástico de la cama y los gritos y gemidos de calentura, nuestras bocas estaban unidas en un profundo beso de lenguas, mis tetas estaban tan duras que parecían a punto de estallar, nuestras caras estaban pegadas, los dos abrazados con mucha fuerza, sentía su respiración como fuego saliendo de su nariz que estaba aplastada contra la mía, no dejábamos de besarnos; su verga cada vez mas fuertemente me penetraba hasta que llegamos a un punto culmine de calentura, veíamos por la ventana del altillo a mi marido y a Patricia charlando en el living con los complicies de Rubén; eso lo ponía hipercaliente y cuando estábamos por acabar me decía "miralos, miralos a los carnudos, los estamos recagando son recornudos......" y profería todo tipo de insultos hacia ellos, yo le decia: " si mi amor, siiiii dame dame, dame, sos el mejor el rey de los corneadores, sos el mejor dameeeee dameeeeeeeeee dameeeeeeeeeeeeeee" y asi fue que sentí como un golpe en mis entrañas los chorros hirviendo de su semen dentro de mi concha hasta hacerla rebalsar, su verga estaba metida hasta lo huevos dentro mío, nos besábamos con furia los dos apretados y así llegamos  al éxtasis.

Nos quedamos un par de minutos abrazados, besándonos, sentía como las ultimas gotas de semen me invadían; en ningún momento dejo de penetrarme, constantemente se burlaba de mi marido y mi amiga que estaban en abajo y nosotros los veíamos desde el altillo, eso aumentaba terriblemente el morbo del momento, los besos se hacían cada vez mas apasionados y su verga iba creciendo dentro de mi vagina hasta que termino totalmente dura como la primera vez, comenzamos a movernos muy suavemente hasta que estábamos cogiendo a pleno por segunda vez; en un momento la saco, me puso boca abajo con la almohada abajo de mi abdomen, me apoyo el miembro en el culo y  de un solo empujón me la metió; yo pegue un grito desgarrador por el dolor de ser penetrada por semejante verga totalmente lubricada por nuestras acabadas; sus manos como dos prensas prendidas de mis tetas, me culeaba como nunca yo no dejaba de gritar, me estaba reventando el culo, mirábamos por la ventana y veíamos a los pobres cornudos allá abajo y nos calentamos a punto tal que parecía que nos íbamos a incendiar Ruben decía cortantemente: "miralos a los cornudos, recornudos jajaja recornudos ........" y yo que no daba mas de la calentura le decía:”si mi amor sos el mejor, el mejor de todos, el gran corneador, siiiii siiiiii siiiiiiiii dameeeeee, dameeeeeeee, dameeeeeeeeeeeee.............", sentia su respiración caliente en mi nuca y mis orejas, eso me ponía a mil; nunca había sido cogida de esa manera, creí que nuestros cuerpos se iban a derretir y fundir el uno con el otro, el dolor era muy intenso pero el placer se incrementaba cada vez mas y lo eclipsaba totalmente, llegamos al extasié total; era la primera vez que sentí algo asi al recibir su leche dentro del culo, me lo lleno sin parar, creí que explotaría, esa fue la acabada mas intensa de mi vida.   Después de ese día tuve que replantearme un montón de cosas; yo llevaba una relación clandestina con Rubén desde hacia poco mas de tres años y ese estado de cosas me estaba molestando, la confusión era muy grande, había llegado el momento de blanquear las cosas, no podía seguir jugando a dos puntas, esto comenzó por la fuerza, continuo por extorsión, llegando a una atracción sexual muy fuerte y generándose también un sentimiento de por medio, Rubén por su parte tenia una obsesión creciente por tenerme.  Hable con mi marido y confesé todo; fue una instancia difícil, discutimos y peleamos bastante pero al final el me supo entender y decidimos separarnos por un tiempo hasta que yo solucionara este tema.  Este nuevo estado de cosas termino beneficiando a Rubén que al enterarse, abandono inmediatamente a la cornuda y trata a toda costa de convertirse en mi pareja fija, viene a verme e incluso pasamos muchas noches juntos; lo excita muchísimo saberse el gran ganador de esta historia. Patricia quedo muy resentida conmigo por la terrible cornamenta que luce desde hace tres años, quiere recuperar su relación con Rubén pero el no esta muy interesado. Con mi marido acordamos que nos daríamos el tiempo necesario como para que yo decida y como corresponde le dije que abriera una casilla de mail por si quiere compartir su parte de las vivencias con quienes leyeran mi historia.

maclaprofegym120_60_90@hotmail.com. y mar_co_263@hotmail.com.

Demasiado Timida para Oponerme - 2ª Parte

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Despedí a mi marido con un gran beso. Y me iba a volver a la cama cuando sonó el timbre de la puerta. Suspirando resignada, me puse el desavillée y fui a atender. Era el viejo del segundo. Tenía la misma expresión de sátiro desenfadado que lucía siempre que tocaba a mi puerta. Ya sabía a lo que venía, inútil resistirme. Desde la primera vez en que me hizo suya lamiendo mis intimidades supe que no tenía caso oponerle resistencia. Así que obedientemente me encaminé al dormitorio, con don Francisco siguiendo mis pasos. El hombre no me agradaba, especialmente por su viciosa actitud de lamerme mi conchita con su larga y caliente lengua. Pero temía que armara un escándalo, y resignadamente me acosté de espaldas, con mis muslos bien abiertos y las rodillas altas, apoyadas en mis talones, dispuesta a sufrir una nueva vejación. El viejo hundió su cabeza entre mis muslos. Y comenzó a besarme el coño, con suaves mordiditas y cortas lamiditas. Y comencé a sufrir. Cuando comenzó a sacar la lengua y hundirla en ardientes lamidas en mi intimidad, comencé a gemir. El hombre aferraba mis caderas con sus fuertes manos, como para asegurarse la fijación de mi vagina. Lo que más me molestaba eran las sensaciones que me producía con su boca. Detestaba la excitación que me producían sus lengüetazos, y me retorcía mientras procuraba disimularla. Y el muy bestia continuaba con sus lengüetazos, cada vez más rápidos, calientes y profundos. Y yo seguía gimiendo, ¿por qué tenía que sufrir esto? Pero así ha sido mi vida, sufrir siempre de los abusos de los hombres. Cuando se concentró en mi clítoris me sentí perdida. ¡Yo era una mujer casada y no estaba bien lo que me estaba pasando! Con los gruesos labios de su caliente boca, don Francisco, apretó mi clítoris, agasajándolo con una apasionada succión, mientras su lengua, algo áspera, me lo lamía con sadismo, al saber los efectos que, contra mi voluntad, me estaba produciendo. Y el asqueroso viejo prosiguió, indiferente a mis jadeos y débiles protestas, haciéndome gemir cada vez más fuerte, hasta lograr un gran gemido que me llenó de vergüenza. Pero no le bastó con haberme humillado de semejante manera, y continuó aplicándose con sus despiadados besos, chupadas y lamidas, que renovaron mis ardores, y con ellos mis jadeos y suspiros, llevándome a otro gran gemido mientras mi cuerpo temblaba y se estremecía. Y cuando creí que todo había acabado para mí, recomenzó de nuevo. Así tres veces. Cuando sacó su cara de mis intimidades tenía los ojos brillantes y mis pendejos repartidos por su cara pegoteados por mis jugos, se irguió triunfante al lado de mi cuerpo derrengado, y sacando su tremenda tranca, se la comenzó a cascar con su mano derecha, hasta derramar generosamente sobre mi cuerpo gruesos chorros de espeso semen que regaron mi cuerpo desde mis cabellos y mi cara hasta mis rodillas, pasando por mis tetas, mi vientre, pubis y especialmente sobre el vello púbico y entrepierna. Después, riéndose, guardo su aparato en el pantalón y se fue, satisfecho de su avasallamiento.
Me quedé desparramada sobre la cama. Pensando en mi marido y en cuanto lo amaba, mientras saboreaba el semen que me había caído en los labios.
Pero no me podía quedar mucho más en la cama, tenía que hacer muchas cosas ese día. Luego de lavarme, decidí vestirme para salir a la calle. Me puse mi faldita roja, que me queda un poco cortona y apretada ya que estoy ligeramente gordita, y mi remerita amarillo naranja, que marcaba quizás en demasía mis pechos que ya tenían dos tallas más que en el momento en que la había comprado. Pero no tenía nada mejor que ponerme, así que, qué remedio.
Cuando salí del ascensor en la planta baja, me encontré con Roberto, el encargado, quién sin vacilación alguna me agarró de un brazo, empujándome al sótano. Una vez adentro, cerró la puerta con llave y me apretó contra unas cajas, comenzando a besarme mientras con sus grandes manos apretaba mis tetones a través de la remerita. No supe como resistir. Roberto es un hombre de unos treinta y cinco años, con un cuerpo musculoso y enérgico. Mi respiración comenzó a agitarse a pasos agigantados, y entre jadeos le pedí que recordara que yo era una mujer casada, pero Roberto me comió la boca, mientras revolvía su lengua en la mía. Y no pude seguir explicándole. Y tampoco recordaba muy bien que era lo que quería explicarle. Yo me desconcentro mucho en esos casos. Y Roberto continuó como si tal cosa. Sacó su gruesa poronga, me arremangó la pollera y corriéndome la braguita, me ensartó sin la menor consideración. Si no fuera por la abundante lubricación que sus besos y manoseos me habían producido, me hubiera dolido. Pero no tuve tiempo de reflexionar en todo esto, porque Roberto comenzó a meter y sacar su tranca con todo el entusiasmo que mi cuerpo le producía. Yo tenía toda la intención de resistirme, pero no pude ponerla en práctica, porque sus intensas fricciones me producían tales sensaciones que no pude concentrarme para impedirle nada. Y cuando en un profundo empellón final su tranca enterrada comenzó a pulsar, y sentí los calientes chorros en mi interior, la vergüenza fue tan grande que mi vagina entró a dar intensas contracciones y entre estremecimientos le ordeñó hasta la última gota. Cuando lo sacó, su enorme nabo seguía erecto y humeante. Temerosa de que Roberto quisiera seguir, procuré detenerlo: “¡Deténgase, Roberto, yo amo a mi esposo, y no está bien que hagamos esto!” Pero él ya me había dado vuelta, sacándome la braguita y dejándome el precioso culo al aire, comenzó a refregarme el nabo contra la raya. Por lo menos, en esta posición podía hablar. “¡Yo no soy una mujer infiel, Roberto!” Pero él se había aferrado a mis tetas y me las amasaba con entusiasmo. “Yo… es… toy… enamo… rada… de… mi… es… po… so…” Pero, involuntariamente, mis nalgas se abrían anhelantes ante las caricias de su nabo. “¡Muy… e… na… mo… ra… da… Ro… ber… to…!” alcancé a gemir, pero ya su miembro había encontrado la entrada de mi agujerito, y facilitado por la lubricación de su propio semen, comenzó a penetrármelo. No supe como detenerlo. Es más, mi ano comenzó a abrirse, contra todos los deseos de mi voluntad. Y el muy atrevido, abusándose de la situación, siguió penetrándolo hasta tenerme completamente ensartada. “Él ha… sido… mí úni… co… hom…bre…” traté de hacerle entender, pero él ya había comenzado con el vaivén del mete y saca. Y con los dedos de sus manos acariciaba mis pezones mientras me amasaba los pechos. Y para colmo, mi culo abierto, respondía a sus empellones, como si tuviera voluntad propia. “Noso… tros… es… tuvi… mos de no… vios… siete… años… sin… te-tener… rela… cio… nes… has… ta… el casa… mien… toooo…” La voz se me quebraba un poco, porque una no es de fierro, pero continué con mi alegato, aunque sin otro resultado que un mete y saca más entusiasta por parte del viril encargado. Así que me resigné a sufrir una nueva vejación. Y con gesto estoico seguí ofreciéndole el culo y aceptando los apasionados apretones de sus dos manotas sobre mis tetones. Pensando en la humillación de estarle haciendo esto a mi marido, que en esos momentos estaría trabajando en la oficina, se me produjo un gran rubor, tan grande, que terminé con un largo gemido mientras mi orto le apretaba el enardecido miembro, con tanto cariño que enseguida lo sentí inyectándome sus chorros hasta lo más profundo de los intestinos. Me quedé recibiendo hasta el último chorro y ambos nos quedamos así como estábamos, con su grueso nabo ablandándose lentamente dentro de mi agujerito negro, ahora agujero, claro. Cuando finalmente me lo extrajo, hizo un ruido de “¡plop!” un poco vergonzante. Luego él me dio vuelta y abrazándome hundió su lengua en mi boca, como para demostrarme su agradecimiento. Yo lo dejé hacer, porque a esas alturas no tenía sentido ya presentar resistencias. Y me pareció que no estaba mal dejarle expresar su afecto. Más aún si tenía en cuenta que sus efusiones de afectos se repetían varias veces por semana desde hacía dos años cuando nos habíamos mudado al edificio. Así pues, ya no tenía mucho sentido tratar de que el pobre hombre recapacitara sobre los aspectos poco éticos de su conducta tan reiterada. Me puse la braguita, y con la sensación de su leche calentita en mis entrañas, le di un beso amable y me encaminé a mis actividades del día.

Cuando llegué a mi trabajo, el Doctor Martínez todavía no había llegado, así que me puse a revisar las llamadas guardadas en el teléfono que estaba sobre mi escritorio, y a anotar los turnos de los pacientes.
En eso llegó Gustavito, el hijo intermedio (de 18) del doctor. “Mi papá me manda avisarle que llegará dos horas tarde, Julita”. “Gracias” le contesté parcamente. Porque es un chico un poco atrevido, y no deseaba animar ideas raras en él. Así que me encaminé al fichero para ordenar las fichas de los pacientes. Pero fue inútil, el chico se paró atrás mío y comenzó a acariciarme las nalgas. “No hagas eso, Gustavito” le amonesté sin darme vuelta. Pero el chico no entendía las buenas maneras. Y continuó sobándome el culo como si tal cosa. Yo continué como si no sintiera nada, a ver si así desistía. Pero nada. Y continuó con sus caricias, cada vez más sensuales, hasta que mi culo comenzó a acusar recibo. “¡Ay, Gustavito… ¡ ¡Qué chico este…!” pero ya me estaba gustando la sobadita. “¡Vamos al consultorio!” me instó el chico, apoyándose contra mis glúteos. Ahí pude sentir algo duro presionando entre ellos, lo que debilitó algo mi voluntad. Y me dejé llevar hasta el consultorio, esperando que el chico se diera cuenta de lo inapropiado de su conducta. Pero él continuó agarrando mi culo, esta vez a manos llenas. Y yo me dije que no había modo de detener tanto entusiasmo, al punto que yo misma comenzaba a entusiasmarme. “Es casi un niño”, me dije, “esto no puede llamarse infidelidad… “ Así que lo dejé levantarme el delantal y continuar su sobada sobre mis nalgas al aire, cubiertas apenas por las braguitas. “¡Julita…!” me estremecí al escuchar su voz ronca y caliente en mi oído. Quizá fue eso lo que hizo que le permitiera sacarme las braguitas. “Bueno”, me dije, “hace ya tres años que jugamos este jueguito, desde que él tenía doce…” Y sentí su dedo penetrando en mi ano, como la primera vez que jugamos. “¡Qué lindo culo que tenés, Julita!” me dijo con voz ronca. “¡No uses ese lenguaje, jovencito!” le amonesté, pero dejé que me introdujera un segundo dedo. “Hoy lo tenés agrandado, Julita… “ y me metió un tercer dedo. “¡Vaya, me parece que está listo para recibir algo más gordo…!” “¡No te atre… vas!” Tuve que interrumpirme al sentir su nabo reemplazando los dedos. El chico tiene un buen nabo y, aunque todavía no ha terminado su crecimiento, sentí que me iba llenando el agujero a medida que me lo penetraba. Otra vez mi culo se abrió, ofreciéndose a la penetración. Mi culo parecía independiente de mi voluntad. Y mientras el chico me lo iba cogiendo, volví a pensar que sólo era un niño, y que lo conocía desde sus doce años, así que eso no podía considerarse infidelidad. Pero al chico seguramente no le importaban mis reflexiones, y le daba al mete y saca que era un gusto. Yo soporté pacientemente su trabajo, pero pronto comenzaron a nublárseme los ojos. Sentía su duro nabo, con la cabeza descubierta, dentro de mi orto, y sus movimientos me despertaron unas sensaciones que atribuí a la ternura que me producía el jovencito. Y el siguió con el mete y saca a un ritmo cada vez más intenso, y yo dejé escapar algunos gemidos acompañando su entusiasmo. Y en eso sonó el teléfono. Era mi esposo. Para comentarme que no iba a venir a almorzar. Le contesté con una voz muy dulce que el atribuyó a lo bien que me caía su llamado, aunque la voz venía acompañada por algunos gemidos producidos por el maravilloso trabajo que Gustavito me estaba haciendo, y no sé a que puede haber atribuido Armando esos gemidos. Pero a estas alturas ya no podía controlar mucho mis reacciones, ni tampoco me importaba. Al fin de cuentas tenía muy claro que a eso no podía llamársele infidelidad, así que tenia la conciencia tranquila. Y cuando cortamos, me entregué a las sensaciones que ese nabo joven me estaba brindando. “Agarrame las tetas, Gustavito… ¡” le susurré entre jadeos. Y agarrándose a mis tetas el chico se afanó en su serruchada, y pronto pude sentir sus chorros dentro mío, lo que me produjo tan intenso rubor que todo mi cuerpo se estremeció alcanzando la cúspide del placer. Pero Gustavito no sacó su miembro de mi orto. Continuaba tan duro como al principio. Y yo me resigné. Habría de pasar de nuevo por todo el proceso. Esta vez tardó un poco más, lo suficiente como para hacer que mis ojos se empañaran dos veces. “¡Gus… ta… vi… to…!” exclamé con la voz ronca y los ojos vidriosos, conmovida por el modo con que el chico me había expresado su cariño. “Te veo mañana, July” me dijo el chico luego de meterse su aparato dentro del pantalón. “Sí, mi cielo… “ suspiré, y se fue, cerrando la puerta.

El doctor llegó, tal como había anunciado, a los dos horas. “¡A mi consultorio, Julia!” me ordenó entrando como una tromba. Lo seguí. Cuando entré, ya estaba apoyado contra la camilla, con el semirrecto miembro afuera del pantalón. “¡Tenemos poco tiempo!” me urgió. “¡El primer paciente es en veinte minutos!” Así que rápidamente me puse de rodillas y con las manos le acaricié y pajié el miembro hasta ponérselo bien duro y parado. Entonces me lo metí en la boca, saboreándolo encantada. “Es mi jefe” pensé “y hacemos esto cada mañana, forma parte de mi trabajo, así que esto tampoco puede considerarse como infidelidad… “ Y le mamé el nabo con devoción, agarrándoselo con ambas manos, y todavía sobraba un buen pedazo, y el enorme glande descubierto, que lamí y chupé con fruición. Era bueno saber que eso no era infidelidad, sino las turbias sensaciones que me producía chupar ese nabo, no habrían estado bien. Él movía suavemente mi cabeza con su mano. Mi respiración se había acelerado de locura. No sé por qué me ponía así cada mañana, cuando le mamaba su tremendo nabo. Pero mi visión se había vuelto turbia, y los gemidos me salían por sí solos, previendo el desenlace final, que ansiaba como loca cada mañana. Por fin llegó y su poronga se hinchaba en mi boca emitiendo gruesos chorros de espeso semen. Eso fue todo para mí. Tragué hasta la última gota y luego quedé sentada, con los ojos vidriosos, y la respiración desencajada. El doctor me hizo arrodillar nuevamente, y limpiando su miembro contra mis mejillas me dijo “Ahora podés irte, putita. A lo mejor más tarde te cojo bien cogida… “ Me gustó su afectuoso comentario, y me dije que habiendo tanto afecto, eso no podía llamarse infidelidad.

La mañana continuó normalmente, con varios pacientes en la sala de espera, y el doctor atendiendo en su consultorio, cuando llegó Alberto, el hijo mayor del doctor. Alberto tiene 26 años y es un poco más alto que el padre, que ya es alto. Pero es más musculoso. En verdad me siento atraída por él. Pasó al dispensario. “Julia”, me llamó, “¿podría venir un momento, que no encuentro el yodo ni los antibióticos?” “Ya mismo, doctor”. Y entré, cerrando la puerta detrás mío. El muchachón no perdió tiempo. Tomándome por la cintura me dio un tremendo beso, mientras con la otra mano me amasaba los pechos. Siempre actuaba así, y ante tanta decisión yo no sabía como oponer resistencia. “¡Te quiero en bolas, July!” Y me sacó el delantal y la ropa que llevaba abajo, dejándome sólo con los tacos altos. “Está bien, Alberto, pero tené en cuenta que amo a mi marido… “ le advertí. “Sí, sí, claro” dijo él, prendiendo su hambrienta boca a mis pezones. Yo gemí, por lo intenso de la situación. Ahora la otra mano acariciaba mis nalgas, haciéndome sentir como un juguete en sus manos. “Me volvés loco, preciosa” musitó antes de ponerse a comerme la boca. Y yo sentí que él también estaba volviéndome loca. Pero le había recordado que amaba a mi marido, así que me sentí más tranquila, mientras él me metía mano por todas partes. ¿Qué podía hacer yo para detenerlo?, pensé mientras una de sus manos acariciaba apasionadamente mi coñito. Y ahí perdí el control de mis pensamientos. Con esa mano arreció contra mi clítoris y me hizo derretir contra toda previsión mía al respecto. Y su lengua se removía en mi boca. Bajé mi mano y encontré su nabo, ya fuera del pantalón, en furiosa erección. Por raro que esto pueda parecer, eso me produjo un orgasmo, acaso por el pensamiento de que mi Armando no tenía un miembro tan grande, pero que igual yo lo amaba. Pero Alberto no se detenía, seguía manoseándome el pubis, y pellizcando los pezones de mis enormes tetas. De pronto me alzó, sentándome en la mesita de cuero, de tal modo que mi ojete quedó al alcance de su nabo, que ni lento ni perezoso, atacó mi agujerito ya tan transitado esa mañana. Con tres embates me lo enterró hasta el fondo. Y mientras continuaba con el sobeo de mis tetas, y la chupada de mi boca, cogida también por su lengua, le dio al vaivén del mete y saca, haciéndome poner los ojos vueltos hacia arriba por el placer que me daba. Su pelvis iba y venía y yo me sentía como una mariposa ensartada, totalmente a disposición de lo que este vigoroso muchacho quisiera hacerme. Empecé a naufragar de orgasmo en orgasmo. El último lo tuve justo cuando pensaba que al único hombre que amaba era a mi marido, y que esto no podía considerarse infidelidad. Y mientras trataba de recordar la cara de mi marido, con mi boca apretada contra el musculoso pecho de Roberto, húmedo por la transpiración, me corrí irremisiblemente, justo cuando él empezaba a impulsar sus potentes chorros de semen en mi extasiada conchita.
Me dejó insegura sobre mis pies con tacos altos, totalmente desnuda, y salió de la salita.
Tenía que salir a atender a los pacientes, pero el asunto me había excitado tanto que con mis dedos me acaricié hasta correrme dos veces, con lo que me tranquilicé un poco, aunque no lo suficiente. Por suerte ya faltaban pocos pacientes, así que terminaría de tranquilizarme con la prometida cogida del doctor.
Volví al teléfono justo para atender a mi marido. Ya no quedaban pacientes en la sala de espera. “Hola, mi vida, estaba pensando en vos” y la idea me calentó tanto que tuve que meter mi mano por debajo del escritorio para acariciarme mientras hablaba. A medida que charlábamos, yo iba avanzando hacia un orgasmo. Por suerte, en eso se abrió la puerta del consultorio y se fue la última paciente. El doctor cerró la puerta detrás de ella y sacó del pantalón su nabo que ya estaba erecto. Yo miraba esa maravilla mientras continuaba tratando de mantener una conversación coherente con mi marido.
“Sí, mi vida. ¿Estás con mucho trabajo en la oficina…?” El nabo del doctor ya se había puesto a la altura de mi cara, erguido en todo su esplendor y potencia. No pude menos que darle un beso con mucho chuick, “Te mandé un besito, mi vida, ¿lo recibiste?” y comencé a chuparle el nabo que emanaba su siempre maravilloso olor. “Sí, mi cielo, ahora yo te mando otro, Chuick” me respondió mi único amor. Como yo seguía mamando esa jugosa poronga, mi marido insistió:
“¿Lo recibiste?” “Mmmmhhhp” le respondí sin sacar la poronga de mi boca. El doctor me sentó sobre el escritorio, dejándome la concha al aire. “¿Te mando otro?” preguntó mi único amor. “¡Sí, mi amor, mandame muchos besitos…!” le pedí, mientras el doctor me enterraba su tranca en mi tierno agujerito delantero. Del otro lado se escuchaba “chuick, chuick, chuick, chuick…” Y yo comenzaba a jadear, tratando de no hacerlo muy ostensible. “¿Los recibiste?” preguntó mi único amor. “Quiero más…” musité con la voz algo ronca, por las sensaciones que me estaba produciendo el nabo del doctor, y en ese momento terminó de enterrármelo hasta el fondo, haciéndome dar un jadeo. “Aquí van más, mi mimosa… chuick chuick chuick chuick… “ y siguió mandándome besitos por la línea, mientras el doctor me mandaba su enorme nabo por mi canal delantero. Yo comencé a jadear y gemir sin recato, impactada por las tremendas sensaciones que me provocaba la tranca del doctor. Después de cien chuicks más la vocesita de mi esposo me dijo “¿Los recibiste?” “¡Síi!” Gemí con voz ronca, casi como un rugido. “¡No sabés… que tan… adentro… me… están… llegando…!” le jadeé como pude. Y el doctor comenzó a darme cada vez más duro. “¿Querés que te mande más?” dijo mi marido con voz pícara por el teléfono. “¡Síii, mandámelos bien mandados… !” Y el doctor me la mandó hasta el fondo, produciéndome un irresistible orgasmo que me hizo imposible seguir sosteniendo el teléfono. Con mis ojos turbios me sumí en un apasionado beso de lengua con mi jefe. Alcancé como pude el auricular y me lo acerqué a la oreja “…chuick … chuick… chuick… “ seguía la voz de mi marido.
“Bueno, mi vida, tengo que seguir trabajando” Y le colgué. Y pasando mis brazos por el cuello del doctor le pegué mis tetonas contra su pecho desnudo y nos entregamos al beso que nos estábamos dando.
Me puso su nabo nuevamente enhiesto, entre mis tetonas y me los cogió hasta llenarme la cara de leche. Luego me la dio por el culo, que había recibido un montón de atenciones ese día, lo que me llenaba de gozo. Acabé un montón de veces, hasta que mi jefe me lo enterró hasta el fondo del orto, ya muy abierto, a esa hora del día, y me lo llenó de leche que fue a mezclarse con las otras que tan generosamente me habían inyectado.
Mientras me vestía lentamente, tratando de reponerme de tanto trajín, una duda acudió a mi mente: “¿Usted piensa, doctor, que esto que estuvimos haciendo puede llamarse “infidelidad”? le pregunté mientras él todavía acariciaba mi culo y mis labios con sus manos llenas de olor a sexo. “De ninguna manera, Julia, quédese tranquila. Contésteme una pregunta: ¿Usted ama a su marido?” “Sí, es el único hombre que amo.” “¿Ve lo que le digo?” respondió con voz triunfal. Y en un arranque de protección me llevó la cabeza hasta su gran falo, nuevamente erecto, de modo que no tuve más remedio que chupárselo de nuevo.
“Esto es trabajo”, agregó él, moviendo su tranca dentro de mi boca, “y el trabajo no es infidelidad, siga chupando.”
Y con la conciencia ya tranquila, se la continué mamando.

Me encantará recibir tus comentarios. Escríbeme, mencionando el nombre de este relato a bajosinstintos4@hotmail.com. Espero tus noticias. ¡Hasta pronto!

Bajos Instintos 4

Demasiado Timida para Oponerme - 1ª Parte

Comentarios (1)

Capítulo 1. Don Francisco, ese viejo abusador.

A mi me cuesta mucho resistirme a los hombres apasionados. Odio la infidelidad y jamás le he sido infiel a mi marido. Al menos voluntariamente. Aunque he tenido que sufrir algunos atropellos de parte de otros hombres. Y ahí no se que hacer, no se como evitar que me falten el respeto. Por eso ayer por la mañana, después que despedí a mi amado esposo que se iba a trabajar, no volví a la cama, ya que siempre a esa hora me tocaba el timbre don Francisco, el viejo degenerado del segundo piso. Y tampoco me puse el desavillé, pues a qué ser recatada con alguien que te chupa la concha todas las mañanas. Así que me quedé sentadita al lado de la puerta, en tetas y con sólo mi bombachita puesta.
Hoy no me tocaba mi trabajo de secretaria médica, sino que tenía otras actividades programadas.
El timbre. Di un saltito y abrí la puerta. Aquí estaba don Francisco, la misma expresión sucia de siempre. Cerré la puerta y sin mediar palabra me encaminé, como todas las mañanas al dormitorio, con el asqueroso viejo detrás, sobándome la cola.
Me saqué la bombachita y me extendí de espaldas, con las piernas recogidas y abiertas, resignada ya a esta vejación cotidiana.
Recuerdo la primera vez. Don Francisco me ayudó a subir las bolsas de las compras que me habían traído del Super mercado. Yo vi. algo sucio en la forma en que me miraba los pechos a través de la breve remerita que siempre uso, pero no podía dejar de agradecer su gentileza. Pensé que el pobre hombre no era culpable de la cara de viejo lascivo que portaba.
Pero me equivoqué. Apenas dejamos las bolsas en el piso del living comedor de mi departamento, don Francisco me empujó hasta el sofá, y sin dar vueltas me quitó la faldita y me arrancó las braguitas. “¡Pe-pero, qué hace!” le pregunté alarmada. “¡Vos callate, putita!” y tomándome de las nalgas me hizo caer de espaldas y enterró su cabeza entre mis muslos y comenzó a besarme la intimidad. “¡¡Don Francisco…!!” exclamé, presa de la mayor de las alarmas. Y también presa de sus manos que me tenían completamente atrapada. Y su lengua había comenzado a trabajar. “¡¡… don… Fran… cis… co… !!” repetí un poco agitada por la vergüenza que me estaba produciendo la situación. El hombre tenía la lengua muy gorda y la movía con una sensualidad inesperable en un hombre de aspecto tan repugnante. Lamía en círculos en el interior de mi vagina y con los pelos de su barba me rozaba el clítoris produciéndome unas sensaciones que me hicieron ruborizar.
El desgraciado me tenía bien atrapada y se estaba abusando de la situación. Sentí que sin el menor decoro mi concha se estaba llenando de jugos. Es así, las conchas no son decorosas, tuve que reconocer con la mayor vergüenza. Pero yo sí que tengo decoro. Y aún con la respiración cada vez más agitada, decidí apelar a su sentido de la ética. “¡No… si… ga… don… Fran… cis… co…! ¡Yo… soy… una… mu… jer… ca… sa… daaa!” La voz se me quebraba un poco por las sensaciones que estaba sintiendo. Ahora su lengua se alargaba lamiendo las profundidades de mi vagina. Y sus dedos se habían engarfiado en mis caderas. “¡Y… es… toy… ena…mo… ra… de… mi… es… po… so…!” Pero el hombre no hacía caso. Y ahora su boca se estaba ensañando con mi clítoris. Y mi cuerpo había comenzado involuntariamente a temblar. Con mis manos agarré su cabeza, para apartarlo tirando de sus cabellos. Pero una extraña debilidad me diluyó la fuerza de los brazos. Mi respiración estaba cada vez más y más agitada. “¡¡¡… noooh… don… Fran…cis… co… !!!” protesté con la voz ronca. Pero el hombre había añadido una succión y lengüetazos cada vez más rápidos sobre mi clítoris. ¡¡… qué sufrimiento… !! ¡Estaba soportando la mayor humillación de mi vida! ¡Yo, una mujer felizmente casada y amada por su marido! Y esa boca implacable y caliente en mis intimidades, vejándome de semejante manera… “¡¡¡¡… don… Fran… cis… co… no… me… ha… sen… tir… esas… cosas…!” le supliqué, pero el hombre, enfebrecido con mi concha, sólo respondió con un bramido ronco y prolongado. “¡… es… toy… muy… ena… mo… ra… de… Ar… man… dooo… y… él… nose… no… se… me… re… ce… ahh… ahhhh… aaahhhhhh… ¡¡¡¡aaaahhhhhh!!!!!” terminé en un largo gemido que fue casi un grito. Y me despatarré, quedando completamente desmadejada. A través de la neblina de mis ojos lo vi parado frente a mí, con su enorme verga empalmada oscilando ante mis ojos. ¡Ay, Dios mío! Pensé para mis adentros. ¿qué me espera ahora? Pero don Francisco no tenía en sus planes poseerme. En cambio, comenzó a pasar su tremenda tranca por todo mi cuerpo que se puso con piel de gallina. Frotó mis tetones a través de la remerita, lo que hizo que se me erizaran los pezones. Me pasó la polla por la línea de separación de mis nalgas, por el vello púbico en la unión de mis piernas, y a mí la respiración había comenzado a agitarse una vez más. Me frotó con ella las axilas, los huecos a los costados de la garganta, y las mejillas, la boca y la nariz, y no pude evitar sentir su fuerte olor de macho dominante, y mi cuerpo recomenzó con sus temblores. Después de paseármela por toda la cara, incluyendo las orejas, el muy bestia se sentó sobre mi estómago, y levantando la liviana telita de mi remera, acomodó su tranca entre mis tetonas, “¡Apretámela, puta!” y llevando mis manos hacia los costados de mis tiernos meloncitos los usó para apretarle el nabo. Y moviéndolos hacia atrás y adelante comenzó a usarlos para masturbarse. Yo estaba cada vez más agitada y ruborizada. El ver aparecer ese enorme glande al ritmo de sus amasadas, me estaba poniendo fuera de mí. Cada vez que nuestros ojos se enfrentaban podía ver su sonrisa burlo y eso me hacía subir el rubor cada vez más. “¡Yo sabía que eras una buena putita, nena!” Y yo sentía el grosor de su caliente verga entre mis melones y el movimiento que sus manotas imprimían a los mismos, y sentí que los ojos se me iban para arriba. Me sentía muy vejada por ese hombre con su terrible sonrisa y su más terrible pedazote, mucho más grande que el de mi marido, pensé, y fue justo en ese momento, cuando estaba haciendo la comparación en la que mi marido estaba perdiendo, que de su glande comenzaron a salir gruesos chorros de semen que me bañaron la cara. Y entonces, sin poder evitarlo, me corrí. Y algunos de sus chorros entraron en mi boca abierta por el orgasmo. “¡Desde la primera vez que te vi esperaba el momento de jugar con mi verga en esos tremendos tetones que tenés. Y sabía que te ibas a dejar, como buena puta que sos!” No supe qué contestarle, porque tenía la boca llena de semen y, como no me atrevía a tragar, lo estaba gustando con la lengua.
“¡Cuando se vaya tu marido, ya sabés lo que te espera por las mañanas!” Y salió por la puerta, dejándome despatarrada en el sofá y sin fuerzas para levantarme.
Pero reconocí que yo no tenía culpa alguna en lo que había ocurrido. ¿Qué culpa tiene una chica tan enamorada de su marido, si un viejo perverso y asqueroso, aprovechándose de su muy superior fuerza, se abusa de ella? Ninguna, me respondí. Yo no había hecho nada para provocarlo y no había tenido modo de detenerlo. La próxima vez que viniera, algo se me ocurriría para detener sus avances.
Pero no se me ocurrió nada. A la vista de su desagradable expresión, una extraña debilidad se apoderaba tanto de mi cuerpo como de mi mente, y lo dejaba hacer conmigo lo que quisiera. Nunca le conté a mi marido, porque hubiera podido interpretarlo como una infidelidad de mi parte. Y habría tenido que contarle del tamaño de la polla de ese bestia, lo que hubiera sido una humillación para él.
Así que la visita con abuso y vejación de ayer a la mañana era algo acostumbrado. Es más, si no fuera por que eso sería infidelidad, diría que era una costumbre a la que me había habituado, al punto que cuando no se producía, sentía que algo me había faltado. Pero no lo digo, porque una esposa decente no debe acostumbrarse a cosas así.

Capítulo 2. Mi amigo el sodero.

Cuando se fue el viejo me quedé sentadita al lado de la puerta sin vestirme, ya que había quedado sola. Tenía todavía las manchas de su semen fresco sobre las tetas y el pubis, y una ligera sensación de insatisfacción. El viejo me había hecho alcanzar dos orgasmos, e iba en camino del tercero, cuando él consiguió el suyo y se fue. De modo que cuando tocó nuevamente el timbre, casi me alegre. Había venido a completar el trabajo, pensé. Así que salté a abrir la puerta, no digo alegra, pero sí ansiosamente resignada. Y no me vestí. ¿Qué sentido tiene vestirte `para un hombre que acaba de verte desnuda?
No era el viejo. Era el sodero. Un hombre de unos treinta años, muy simpático y atlético, que venía todas las semanas a cambiar las botellas vacías por las llenas. Yo había observado algunas miradas pícaras hacia mis tetones, las otras veces. Y estoy segura de que iguales miradas había merecido de su parte mi culo cuando involuntariamente lo contoneaba, llevando los sifones a la cocina. El hombre nunca había intentado propasarse, porque sabía que yo era una mujer casada, y él sabía mantener su lugar.
Pero esta vez no. Cuando abrí la puerta completamente desnuda, abrió sus ojos como dos huevos fritos. Y se posaron sobre mis grandes y parados tetones con manchas de semen. Y me dio tanta vergüenza que se me pararon los pezones. Traté de tapármelos, mis manitas son demasiado chicas para semejante tarea, pero igual traté. Y su mirada fue hacia mi pubis, viendo las manchas de semen fresco. Traté de taparme el pubis, pero entonces mis tetones quedaron al aire, balanceándose. “¡Espéreme un momento, Marcelo, que voy adentro a ponerme algo!” Y le di la espalda, aunque creo que él sólo me miraba el culo. La verdad es que tengo un culo muy sexy, pero en ese momento no tenía modo de tapármelo. Sentí el ruido de la puerta de entrada al cerrarse. Y sabía que, como siempre que entraba los sifones, Marcelo estaba adentro del departamento.
Fui al dormitorio, tratando de que mi culo no se bamboleara demasiado, a buscar algo que ponerme. El dormitorio estaba en una semi penumbra, de modo que me costó un poco encontrar mis ropas desparramadas por el suelo. (La noche anterior había venido un compañero de mi esposo para hacerme compañía porque Armando había tenido que acudir a un velorio, y las cosas se nos fueron un poco de las manos…) Cuando me incliné para tomar la falda sentí el pantalón de Marcelo contra mis nalgas, y algo muy grande y duro presionando entre ellas. Me quedé helada, bueno “helada” no es exactamente la palabra, pero me quedé, como si esperara a ver que seguía. Y lo que siguió fue Marcelo me agarró los melones con ambas manos, mientras apretaba su tranca contra mis glúteos. La situación me escandalizó, pero sus manos apretaban mis pitones y la circulación comenzó a fluir hacia ellos. Pude comprender al pobre muchacho, la situación lo había desbordado, no podía culparlo. La cuestión era como detener sus avances, ya que no soy de esas mujeres que engañan a sus maridos. Mientras intentaba pensarlo, Marcelo había comenzado a besarme el cuello, mientras su polla se refregaba contra mi culo y sus manos seguían haciendo maravillas sobre mis enormes glándulas mamarias. Naturalmente, todo esto me hacía difícil el concentrarme en mis pensamientos. “Marcelo” comencé con la voz un poco agitada por la respiración, “no interpretes mal la situación…” y entonces sentí la piel se su caliente nabo directamente en contacto contra la de mis nalgas. Era un atrevimiento de su parte, pero no sabía como decirle, ya que su aliento en mi cuello me producía extrañas sensaciones. Y ni hablar del masaje que me estaba dando en los tetones. Así que abrí la boca, pero no me salió nada: el nabo de Marcelo se había colado entre mis muslos y me estaba frotando el coño. Lancé un “¡Hoohhh…!” no muy adecuado para desanimarlo. Y me quedé centrada en las sensaciones que su enorme polla me estaba produciendo con sus frotaciones. Pensé que él podía mal interpretar esas vacilaciones mías, así que con un esfuerzo de concentración volví a mi mensaje: “No sigas, Marcelo, que soy una mujer casada…” la voz me salió un poco baja, de modo que no supe si me había escuchado o no, pero cuando intenté repetir el mensaje en un tono más alto, su nabo había encontrado la entrada de mi vulva y me estaba penetrando. La verdad es que los jugos que salían de mi indiscreta concha se lo estaban facilitando bastante. Y nuevamente me estaba costando concentrarme para encontrar las palabras. Para colmo de males, mi culo, que toma sus decisiones por cuenta propia, se había empinado permitiendo que su nabo penetrara completamente en mi concha. Y sus manos seguían amasándome los tetones. Y sus jadeos calientes en mi cuello que aportaban también su cuota en cuanto a distraerme. Pero lo intenté de nuevo. “Marcelo, Mar… ce… li… to…, yo… amo… a… mi… es… po…soo… ” Pero Marcelo había iniciado un rítmico vaivén, haciéndome sentir su poronga hasta la garganta. La situación era inadmisible. Aquí estaba yo, desnuda al lado del lecho conyugal, mientras que este muchacho ¡me estaba cogiendo! Pensé en mi amado Arturo, que si bien no tenía un nabo tan grande como el de Marcelo, era mi único amor. Pero no lograba recordar la cara de mi amado Armando, y en su lugar aparecía la imagen de cómo se vería la enorme tranca que sentía serruchando dentro de mí. Naturalmente, no podía permitir que eso continuara, ya que aceptarlo hubiera sido consentir una infidelidad. “¡Basta, Marcelo, Mar… ce… li… to…! ¡No… si… gas… co… gien…do… me… así… asíiiii… ahh… aahhh… aaahhhh… aaaaahhhhh!” y contra toda mi voluntad me corrí mientras las paredes de mi concha saboreaban el hermoso invitado que las visitaba. Marcelo se corrió entonces espectacularmente. Sus chorros de leche salían con tal intensidad que parecía que nunca iban a terminar. Y otra vez, de nuevo involuntariamente, volví a correrme.
Bueno, por lo menos la tortura había terminado. Y yo no le había sido infiel a mi querido Arturo, porque todo había ocurrido contra mis mejores intentos de impedirlo.
Me quedé jadeando todavía, aunque un poco alarmada, porque su tranca seguía tan parada como al meterla.
Me di vuelta para tranquilizar al muchacho de la culpa que debía estar sintiendo. Al fin de cuentas lo habían dominado las hormonas y además debía hacer mucho tiempo que el estaba juntando ganas conmigo. “Marcelo” le dije, sintiendo su erecto nabo contra mi vientre, “no debés culparte por lo que ha ocurrido… no fue culpa de ninguno de los dos…” Pero no pude seguir, Marcelo atrapó mi boca con la suya y, mientras sus fuertes manos se agarraban de mis nalgas, comenzó el más apasionado beso que jamás me hubieran dado. Su boca rodeaba la mía apretándola mucho, mientras su lengua recorría el interior. Mi lengua se prendió a la suya en una alegre respuesta, y no sabía como hacer para detenerla. Debe haber sido un beso de veinte minutos, no te miento. Y yo sentí que perdía la cabeza. No supe bien cuando ni como mi mano se prendió a su tranca, pero en cierto momento me di cuenta de que estaba agarrándosela con pasión. Pero entonces pensé en mi marido y aunque no lograba recordar bien su cara, el pensamiento me libró de culpa. El beso era tan intenso que empecé a correrme nuevamente. Por eso no sé muy bien como fue que llegamos a la cama y aunque estábamos frente a frente, él en vez de meterme su tranca por mi coñito, comenzó a dármela por el ojete. Entre los jugos que manaban de mi concha, los que emitía su polla y los restos de semen que la embadurnaban, no le costó abrirme el ojete hasta el fondo. Su abdomen frotaba mi clítoris y las ricas entradas y sacadas que me estaba dando este apasionado soderito, hicieron que tuviera que recurrir muchas veces al recuerdo de mi amado esposo para no incurrir en pensamientos de infidelidad. A veces me olvidaba que era lo que estaba tratando de recordar, porque los empellones de Marcelo y las sensaciones que me producían en el culo me desconcentraban un poco, pero creo que en conjunto logré mantener los pensamientos de pureza en desmedro de los pecaminosos. Cuando Marcelito comenzó a aumentar el ritmo de sus vaivenes comencé a correrme una y otra vez, hasta que en la frenética serruchada final me quedé abrazando su culo con mis piernas mientras los poderosos espasmos de mi acabada me libraban de toda conciencia. Afortunadamente pude sentir como su polla me llenaba el culo de leche calentita y espesa.
Nos quedamos así, tendidos, con él arriba mío y su herramienta en mi orto, haciéndome sentir deliciosamente ensartada. Marcelo comenzó a comerme la boca nuevamente, pero después de unos minutos procuré detenerlo. “Marcelo, Marcelito, recordá que solo podemos ser amigos, ya que soy una mujer casada y fiel a su esposo.” Marcelo emitió un gruñido de asentimiento y sacó su polla de mi culo, pero para enchufármela en el coño. “Así está mejor”, le dije, “ya que el coño es más legal que el culo”, Marcelo gruñó nuevamente. Y comenzó una nueva serruchada ante la cual tuve que recurrir muchas veces a la algo desdibujada imagen de mi marido, … ¿Cómo era que se llamaba…? …Ah, sí: Arturo... ¡¡Noo, Armando!! Y a la cuarta o quinta vez que me corrí, comprendí que lo que estaba haciendo estaba mal. De un salto me desensarté, y me quedé mirando el poderoso nabo de mi amigo, que se sacudía solo, en el aire. Él pobre no tenia la culpa de semejante potencia viril. Y compadecida de su situación me arrodillé a su lado en la cama, y comencé a besarle la poronga. La idea era aliviarlo, sin incurrir al mismo tiempo al pecado de la infidelidad a mi amado cónyuge. No me resultó desagradable, tal era la simpatía que sentía por este muchacho. Hasta diría que el olor me mareaba un poco, de un modo algo trastornante por lo placentero. Y le recorrí la poronga de la raíz a la punta muchas veces, con besitos y lamiditas. Y Marcelito comenzó a gemir. ¡Pobre! Me daba pena su sufrimiento, de modo que le metí un dedo en el ojete para distraerlo un poco del nabo, al tiempo que metí el mismo en mi caliente boca. Enroscaba su desnuda cabeza con mi lengua, como para degustarla bien, al tiempo que con mi dedito le iba cogiendo el culo. Me encantaba brindarle un servicio tan sumiso, como si estuviera adorando su nabo. Y él debía estar creyendo algo así –¡el pobre estaría creyendo que yo lo hacía por gusto!- porque de pronto su estaca comenzó a dar sacudidas dentro de mi boca, y de su grueso glande comenzó a manar leche que tragué con gentileza, aunque fingiendo pasión para no herir sus sentimientos. Y finalmente se lo succioné para sacarle hasta la última gota. Y sintiéndome una real bienhechora procuré recordar la imagen de la cara de mi amado Arturo, pero no lo logré. En vez de eso, de un modo totalmente inesperado, me corrí.
Ya más tranquilos, mientras jugaba con su poronga en mis manos, le expliqué lo de mi fidelidad, y por qué yo nunca había engañado ni engañaría a mi marido. Inesperadamente la tranca volvió a ponérsele dura, y contra todas mis protestas y expectativas me ensartó nuevamente por el culo, luego de ponerme boca abajo. Su pelvis rebotaba contra mis redondas pompis con gran entusiasmo. Pero esta vez no tuve un orgasmo, el que tuvo todos los orgasmos fue mi cuerpo, ya que yo estaba ausente, sumergida en un mar de sensaciones por cuya superficie pasaba a ratos una fotografía algo borrosa que bien podría haber sido de mi amado Arturo, aunque en esos momentos no recordaba su nombre.
Cuando retorné en mí, Marcelo estaba echado a mi lado, mirándome con cariño y admiración. “¡Sos la puta más puta de todas las que he conocido…! Podrías ganar una fortuna, si te dedicaras…”
Mejor es que no me tutee, Marcelo, conviene mantener las distancias. Por el qué dirán, ya sabe.
“Vuelvo el próximo jueves”, me dijo ya desde la puerta.
Eran ya las cuatro de la tarde y decidí darme una buena siesta, me la merecía.
Y mientras me sumergía en el frescor de las sábanas recién cambiadas me sentí confortada por los pensamientos de inquebrantable fidelidad y pureza que me embargaban. Eso sí, antes de poder dormirme tuve que masturbarme varias veces, recordando los modos en que había defendido mi virtud ese día.

Cuéntame si te ha gustado mi narración, escribiéndome a bajosinstintos4@hotmail.com y recuerda mencionar el nombre de este relato.

Bajos Instintos 4

Un Voyeur muy Especial

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Es cierto que yo soy el primero que me considero un voyeur. Pero eso si, un voyeur un tanto especial, ya que solo espío a una persona en concreto, a mi mujer.

Me presentare, soy Fernando y ya voy camino de los cincuenta, mientras que mi amada esposa Isabel apenas acaba de pasar la barrera de los treinta.

Al principio nuestra diferencia de edad nos unió aun mas, pues yo era un sólido punto de apoyo para una cabecita bastante loca como era la suya; pero ahora es solo un obstáculo.

Pues su cuerpo esta en la edad que más busca que reconozcan su belleza y el mío, he de reconocerlo, no esta ya para muchas florituras.

Isabel ha sido considerada desde siempre una belleza de ojos claros, y boca de labios gordezuelos y muy tentadores. Con un tipo perfecto, cuidado día a día a base de dietas y gimnasia; realzado por un busto grande y firme, donde destacan poderosamente sus amplias aureolas de un color violeta oscuro, rematadas en dos gruesos pezones, duros y sensibles como no he conocido otros.

Y no quiero olvidarme de sus largas y torneadas piernas, que acaban en un trasero, amplio y respingón, que es delito no admirar.

Sé que me ofusco un poquito al describirla en estos términos, pero si la conocieran coincidirían conmigo en que me he quedado corto alabándola en esta pobre descripción.

Yo, desde que la conocí, permití, e incluso alenté, su natural coquetería, que era mucha en verdad; pues pronto me di cuenta de que me gustaba, tanto o más que a ella, ver como la admiraban, e incluso la deseaban, casi todos los hombres que la veían.

Hace ya muchos años que trabajo como agente de seguridad. Al principio como mero vigilante; y, en la actualidad, como experto en la instalación de cámaras y circuitos de vigilancia de una conocida compañía. Durante todo este tiempo he perfeccionado mi natural talento para hacerme el despistado, mientras me percato de todo cuanto acontece a mí alrededor; por eso me sonrío cuando oigo a mis compañeros como bromean acerca de mí, tratándome como si fuera un genio distraído, que nunca se da cuenta de nada.

Este curioso don lo vengo cultivando desde bastante antes de conocer a Isabel y ni siquiera ella sabe lo bien que conozco la mayoría de sus travesuras y picardías, pues las suele realizar casi siempre con muchos de los que alardean de ser mis amigos.

Por trabajar donde les he dicho antes la mayoría de mis compañeros son gente joven, algunos bastante mas que Isabel. Solteros sin un compromiso fijo que se divierten con nosotros, e incluso a costa nuestra, invadiendo nuestra casa cada dos por tres.

No hay problema, pues saben que permito y aliento todo tipo de bromas, aunque sean picantes y a costa de mi querida mujer, sin enfadarme; al igual que ella, que las acepta siempre de buen grado y con mucho humor. También doy fiestas a menudo, sin poner ninguna pega, aunque mi despiste o mi apatía me impidan disfrutar de ellas; al contrario que mi juguetona esposa, que no pierde ni una sola oportunidad de pasárselo bien con ellos.

Disfrutando, sobre todo, cuando sabe que ella es el centro de atención de la fiesta.

Yo, al principio, no me consideraba realmente un voyeur, pues la verdad es que no había mucho que observar. Pues he de reconocer que, aunque Isabel siempre ha sido motivo de intensas miradas y todo tipo de comentarios, tanto por su espectacular físico, como por la escasa ropa que suele usar habitualmente para cubrirlo, siempre me ha sido fiel.

Y, aunque en alguna ocasión he podido observar, haciéndome el tonto distraído, como durante las fiestas mas alocadas algún que otro invitado exaltado le daba algún que otro cariñoso apretón intencionado, en aquellas carnosas zonas que se supone que no debía tocar, aprovechándose del estado de euforia que le produce el alcohol a mi mujer aun en pequeñas dosis, la cosa no había pasado de ahí. Al menos que yo sepa.

En ese aspecto fue realmente memorable la gran fiesta con que celebramos la despedida de nuestro viejo apartamento. Ya de madrugada vi como algunos de mis antiguos vecinos, a los que quizás no volveríamos a ver, la sacaban, bastante borracha a esas alturas, al balcón.

Yo podía oírles bastante bien a través del respiradero de la cocina, mientras llevaba y traía bebidas al comedor, regocigandome con las burdas picarescas que le decían, y que Isabel a duras penas podía contestar, de tan borracha como estaba ya a esas alturas.

En una de estas idas y venidas escuche como uno de nuestros mas íntimos allegados le pedía con voz algo ronca un dulce recuerdo de despedida.

En ese momento me pareció escuchar la apertura de una cremallera, acompañada por un suave gemido de protesta de mi esposa, rápidamente acallado por las ahogadas voces que susurraban apremiantes que querían ocupar el lugar de mi vecino.

Lo que sucedió allí durante la siguiente media hora solo lo saben ellos, mal que me pese, pues lo cierto es que nunca he sabido que sucedió en realidad.

Pero desde que nos mudamos por fin a nuestra nueva residencia, un chalet realmente acogedor, con piscina incluida, en una apartada zona residencial de las afueras de la ciudad, hace ya de esto un par de años, su actitud ha ido cambiado poco a poco.

No ha sido debido, exclusivamente, a mí cada vez más apagado furor sexual; si no que también ha influido, notablemente, el hecho de verse rodeada, casi siempre, de gente mucho más joven que ella. Creo que ha querido compensar con una mayor desfachatez y permisividad la diferencia de edad que tiene con casi todos ellos.


Capitulo 2 (Recuerdos del pasado): EX, V, C


En estos dos años he asistido, como un mero espectador despistado, a muchos actos de picaresca entre sus paredes. Que, supongo, habrían encendido los celos mas violentos de muchos de ustedes; pero, que a mí, para mi sorpresa, me excitaban cada vez mas.

Recuerdo una ocasión en que vi desde el interior del salón como, mientras lavaban mi coche en el jardín, la mojaban con la manguera. Sin que Isabel cayera en la cuenta de que su tenue vestido lila se transparentaba por completo, pegándose como una segunda piel a sus pechos desnudos, cuyos rígidos pezones se veían claramente a pesar de la distancia.

Otro de esos actos fue la encerrona que le hicieron un día cuando salía de la ducha a recibirlos a los inesperados visitantes al salón. Oculto tras la puerta del estudio pude presenciar como un recién llegado le tapaba los ojos mientras los demás le preguntaban quien era. Mi ingenua esposa se dejo llevar por el juego alegremente, sin reparar en que su batín mal anudado dejaba a la vista buena parte de su exuberante busto. Tanto es así que apenas tuvieron que esforzarse en abrir la prenda para que todos se asomaran por el escote y pudieran ver sus desnudos senos bien de cerca.

Su intimidad tampoco tiene secretos para ellos desde una tarde en que Isabel se quedo dormida en el sofá, mientras los demás jugábamos una partida de cartas en el comedor.

El caso es que tuve que ir al estudio a atender una llamada, y a mi regreso pude ver, oculto desde el pasillo, como estaban todos arremolinados a sus pies. Tenían motivos para ello, pues alguien le habían alzado el camisón hasta la cintura, para contemplar su lindo conejito, disfrutando de las increíbles vistas que sus piernas separadas les ofrecían.

Lo cierto es que así comencé a espiar a mi deliciosa mujer, sin que nadie se diera cuenta, siempre que tenia oportunidad de asistir a alguna escena picante como las que ya les he narrado, disfrutando de un modo morboso mientras veía como Isabel iba cediendo cada vez mas a los continuos ataques de que era objeto por parte de nuestros jóvenes amigos.

Pronto vi que estos truhanes cada vez encontraban menos obstáculos a su acoso y tenían por lo tanto mas facilidad para besar sus labios gordezuelos, a modo de cariñoso saludo, cuando llegaban o se despedían de ella, y pensaban que yo no les podía ver.

Al principio solo lo hacían los mas allegados; pero, con el paso de los meses, se convirtió en toda una costumbre que a mi mujer parecía agradar cada vez más, por lo que casi todos nuestros amigos probaban la dulce miel de sus carnosos labios cada vez que nos visitaban.

También empece a ver que su nutrido vestuario se estaba renovando con prendas de vestir cada vez más exiguas y tentadoras. Si en la calle sus conjuntos se consideraban bastante atrevidos, sobre todo durante el verano, cuando la más ligera brisa permitía contemplar a placer su picara ropa interior, los que se ponía para estar cómoda dentro de la casa, o cuando hacíamos alguna pequeña fiesta, se podían considerar escandalosos.

Creo que ambos disfrutábamos horrores cuando paseábamos por la ciudad, viendo como las intensas miradas de los jóvenes, y los ya no tan jóvenes, barrían su espectacular anatomía sin descanso una y otra vez; intentando ver a través de algún atrevido escote, raja, o abertura, la increíble turgencia de sus senos desnudos, o la picardía de su escasa, y bastante a menudo transparente, lencería intima.

Mi esposa es de lo mas alegre y simpática con la gente, en especial con nuestros jóvenes amigos, con los que pasa bastante tiempo, dado que mi excelente sueldo le permite vivir sin trabajar.

Durante las animadas fiestas que damos no suele negarse casi nunca a tomar las copas que le sirven continuamente, aunque todos sabemos que en cuanto ella toma mas alcohol de la cuenta se vuelve mas atrevida y traviesa, jugando y bromeando con todos los presentes; y bailando, sin parar, con cualquiera que se lo pida.

Pero suelen insistir, pues saben que si consiguen llevarla hasta el punto adecuado de borrachera, se pone tontorrona, y la verdad es que bastante facilona, dejándose hacer ciertas cosas, de índole estrictamente personal, que sobria estoy casi convencido que no les permitiría.

Es entonces cuando las largas manos de sus acompañantes mas osados desaparecen bajo sus aberturas y escotes, explorando atrevidamente todo cuanto pueden desear.

Hasta que al fin le vence el sopor y se queda dormida donde sea, a merced de cualquiera, con un sueño bastante mas pesado que de costumbre, del que ya es muy difícil despertarla.

Además, cuando ella se levanta a la mañana siguiente siempre asegura no recordar casi nada de lo acontecido en el transcurso de la velada, por muy intimo que halla sido.


Capitulo 3 (El gimnasio): M/F, V, C


Pero cuando me convertí de verdad en un voyeur fue el día, hace mas de un año, en que el dueño de un conocido complejo deportivo, donde iba mi mujer a hacer gimnasia varios días a la semana, me pidió que le instalara, a nivel particular, una serie de cámaras de vigilancia, ocultas por todo el recinto, para descubrir posibles robos, o venta de drogas, por parte de algunos clientes.

Dada nuestra antigua amistad no supe negarme, y probé en su recinto una nueva clase de cámaras en miniatura, de alta definición, y perfecta imagen a todo color, que tenia que probar por encargo de una distribuidora extranjera.

Para evitar posibles problemas legales con los clientes solo instale cuatro de esas cámaras de seguridad, con sus correspondientes micrófonos, en el vestuario de los hombres, dejando para días sucesivos el resto de las instalaciones, hasta ver el resultado inicial.

Esa mañana, mientras hacia una serie de pruebas de sonido con los micrófonos ocultos, oí como tres sacos de músculos hacían bromas obscenas acerca de una de las muchachas del gimnasio, a la que llamaban con el curioso apodo de "la calientapoyas", describiendo muy explícitamente lo que le harían a la chica si pudieran ponerle las manos encima.

A mí me divertían bastante sus groseros comentarios, logrando atraer mi atención de una forma especial cuando uno de ellos apostó unas cervezas con los otros dos que al día siguiente le tocaría las tetas, y que lo haria delante de todo el mundo; pues estaba convencido de que podía hacerlo con total impunidad, sin que esta "calientapoyas" se quejara lo mas mínimo, ni se opusiera.

Cuando ellos llegaron a la mañana siguiente ya había instalado una completa batería de cámaras por todo el recinto, ocultas tras los espejos, que me permitían ver, oír, y grabar, hasta el más mínimo detalle de lo que sucedía en la enorme sala de musculación.

Cuando mas tarde vinieron las mujeres de hacer aeróbic me quede de una pieza al ver que ellos se dirigían en línea recta, y sin dudar lo mas mínimo, hacia mi sudorosa esposa.

Isabel llevaba puesto un pantalón de licra con unos largos tirantes, que pasaban por encima de un ajustado top del mismo tejido, que llevaba puesto sin sujetador, como de costumbre. Yo se lo había visto en otras ocasiones y sabia lo tentador que quedaba ese conjunto con su lindo ombliguito asomando al aire, sobre todo ahora que el sudor hacia destacar aun mas el encantador abultamiento de su espeso pubis. Y eso sin menospreciar la pétrea dureza de sus pezones, que amenazaban con traspasar la prenda de tan claramente como se marcaban en ella. Isabel los saludo con cariño, como si los conociera bastante bien, y enseguida se despidió de sus celosas compañeras para irse a hacer pesas con los tres fornidos sujetos. Digo esto pues sé que fui el único en escuchar los ácidos, y sumamente envidiosos comentarios que levanto entre sus amigas con su marcha.

Durante un buen rato no dejaron de entrenar y, aunque pude ver como hacían bastantes muecas y gestos a sus espaldas creí que al final no harían nada raro.

Por eso empezaba a pensar en marcharme cuando vi que el tipo que hizo la apuesta les hacia un gesto a sus amigos para que le dejaran solo junto a mi esposa, que en ese momento estaba solitaria haciendo una aperturas de pecho con un aparato, en un apartado rincón del gimnasio.

Allí, al mismo tiempo que la animaba a hacer mas repeticiones, pegado a su espalda, apoyo las amplias palmas de sus rudas manos, bien abiertas, en los costados de Isabel.

Así, mientras mi esposa hacia su ejercicio, estas fueron avanzando cada vez mas hacia delante, hasta que se apoderaron cada una del opulento seno que tenían mas cerca.

Pude oír claramente como le susurraba al oído, "una mas, solo una mas", al tiempo que una de mis cámaras me permitía ver en el sonrosado rostro de mi mujer el gran esfuerzo que estaba realizando.

Y, en el zoom de otra de las cámaras, como el musculoso sujeto, con sus enormes dedazos pellizcaba atrevidamente sus gruesos pezones a través del fino tejido, haciéndolos resaltar todavía mas en el top.

A Isabel aun le quedaron fuerzas para realizar tres empujes mas en la maquina, mientras las manazas de su amigo le apretaban sus grandes senos, abarcando toda la superficie posible, al tiempo que se los estrujaba ansiosamente. Eso si, siguiendo el ritmo de su respiración, para no agotarla mas.

Nada mas acabar el ejercicio Isabel se separo de él y, dedicándole una mirada realmente extraña, se marcho, completamente sola, a acabar sus ejercicios en el otro extremo de la sala.

Pero a mi esposa se le paso pronto el enfado y, antes de irse, ya volvía a bromear de nuevo con ellos, como si allí no hubiera pasado nada.

Aparte de ganarse las cervezas de la apuesta les oí hacer planes para días sucesivos, así que decidí instalar un aparato emisor que me permitiera captar desde mi casa todas las imágenes de lo que sucedía cada día en el gimnasio; y así poder grabarlas, para mi exclusivo uso personal, sin necesidad de tener que estar siempre presente.


Capitulo 4 (El inicio de la caida): 2M/F, V, C


Todavía estaba dándole vueltas a todo lo que había contemplado en el gimnasio cuando vinieron a cenar a casa dos de los más asiduos, y osados, amigos que teníamos.

Ellos daban muestras evidentes de que ya habían bebido bastante alcohol antes de venir a nuestra casa, y no pararon de decirle picarescas a Isabel; pues ella se había vestido con una ropa muy veraniega, con un escote de lo mas sugerente y una minifalda tan reducida que todos le habíamos visto ya varias veces la alegre y breve ropa interior.

El caso es que mientras preparaba unas bebidas y unos aperitivos pude ver a través de la puerta entreabierta de la cocina como uno de los dos jóvenes acariciaba impunemente el trasero de Isabel, metiendo audazmente una mano por debajo de su breve minifalda para alcanzar mas directamente su ansiado objetivo, mientras le musitaba algo en la orejita. Y aunque ella meneo al cabo de un momento su firme pandero para quitarse la mano de encima, no pareció enfadarse lo mas mínimo ante tamaña osadía; pues incluso se río acerca de lo que nuestro amigo acababa de decirle.

Así que me anime y saque de mi despacho una de las cámaras en miniatura para ponerla sobre mi silla; me senté frente a ella, con uno a cada lado, y me hice el despistado cuando empece a ver que las manos se perdían cada vez con mas asiduidad bajo el mantel de la pequeña mesa.

Por descontado me encargue yo de servir toda la cena, regándola con abundante vino, para poder ausentarme cada dos por tres a la cocina, dejándoles así todo el campo libre.

Al principio pude ver como mi mujer también bajaba alguna de sus manos de vez en cuando, con bastante disimulo, para frenar sus pertinaces avances.

Pero, después de unas cuantas copas de oporto, dejo de hacerlo; comiendo tranquilamente, riendo y bromeando con nosotros como si no pasara nada raro debajo del mantel. Lo cierto es que la cena se prolongo excesivamente por mis frecuentes ausencias, y ellos se tuvieron que marchar precipitadamente después de los postres, pues debían entrar de servicio al poco rato.

Mi deliciosa mujercita estaba tan mareada a esas alturas que la tuve que llevar en brazos a la cama de inmediato, pues la pobre se me había quedado dormida de cualquier manera en el sofá mientras yo quitaba los últimos restos de comida de la mesa.

Luego, mientras la acostaba, me di cuenta de que no tenia puestas las picaras braguitas ya mencionadas. Y, aunque las busque, tampoco las halle en el comedor; por lo que me fui hasta mi despacho, para ver que se había grabado en el vídeo, mientras cenábamos todos.

Gracias a la abundante luz indirecta del comedor, y a la gran calidad de la nueva cámara de vigilancia, pude asistir a un magnifico duelo bajo el largo mantel de la mesa, entre tres duros y entusiasmados contendientes.

Empezó la ardiente batalla bajo la mesa con unas subidas cada vez más prolongadas de las hábiles manos de ambos jóvenes por los prietos muslos de Isabel; llegando pronto a descubrir para la cámara las preciosas braguitas azules que lucia esa noche.

Después continuo el acoso de los diez dedos impertinentes, pero esta vez directamente sobre la prenda; siendo interrumpido una y otra vez por las manos de mi mujer.

Hasta que la pobrecilla lo dejo por imposible y permitió que recorrieran estas a placer.

Una vez logrado este objetivo primordial se dedicaron a acariciar a conciencia su espeso y oscuro monte de venus, hasta conseguir que ella misma se abriera completamente de piernas para la cámara, y para acariciarla mejor; y así pudiera ver como sus cálidos flujos empapaban de tal forma la prenda que esta se transparentaba por completo.

El ataque definitivo vino cuando una de las manos se introdujo dentro de las braguitas y se dedico a hurgar en ella a placer, vencida ya toda resistencia; dejando en la cámara toda una exhibición de masaje clitorial, para la posteridad. Al no haber podido conectar ningún micrófono no pude escuchar el momento del orgasmo, pero si vi como temblaron sus torneadas piernas cuando este se produjo, después de unos minutos interminables.

Como recompensa por sus abnegados servicios el autor del orgasmo se agacho para apoderarse de las finas braguitas con ambas manos. También lo hizo Isabel para tratar de impedirlo, y así fue como pude ver que tenia uno de sus magníficos senos completamente fuera del escote, con el grueso pezón tomando el fresco.

Ya habrán adivinado que la pobre no consiguió impedirlo, y tuvo que permitir que se las quedara.

Mientras yo me arrepentía de no haber tenido la precaución de dejar una de las cámaras afuera, para ver también lo que sucedía por arriba mientras me ausentaba en la cocina; pues estoy totalmente convencido de que las manos de su compinche no debieron de quedarse ociosas mientras su osado colega exploraba la húmeda cueva de mi mujer.

Para confirmarlo me basto con subir de nuevo al dormitorio y observar atentamente sus deliciosos pechos desnudos, aprovechándome yo también de su pesado sueño, del que ya les he hablado.

No me sorprendió encontrarle los pezones algo irritados, hallando en uno de ellos señales muy claras de violentos chupetones para confirmar mi hipótesis.


Capitulo 5 (Los mas asiduos): EX, ¿m/F, V, C


Viendo el curioso cariz que estaban tomando las cosas, no solo por la sumisión y entrega de mi amada Isabel sino, incluso más importante, por lo mucho que yo estaba disfrutando con ella, tome la decisión de encargar un montón de material de vigilancia a mi nombre.

Así, durante las siguientes semanas, convertí mi casa en un autentico bastión de cámaras y micrófonos, que me permitían grabar desde mi despacho todo cuanto sucedía en ella, estuviera yo presente o no, gracias a los detectores de movimiento. Lo cierto es que me gaste un verdadero dineral, pero les aseguro que valió la pena.

Mientras instalaba los complicados aparatos fui testigo de algunas pequeñas picardías caseras.

Como, por ejemplo, que el tímido y apocado repartidor del supermercado, un imberbe jovencito que nos traía las provisiones casi todas las mañanas a primera hora, se aprovechaba de que mi esposa le recibía casi siempre con sus transparentes y cortos camisones para poder espiar, con la ayuda de un pequeño espejito, lo poco, y a menudo nada, que ella ocultaba bajo los mismos. En cuanto Isabel le daba la espalda para ordenar las cosas se agachaba velozmente tras mi mujer para situarlo entre sus piernas y vérselo "todo" mucho mejor.

Como empezaba el verano también vi como el silencioso limpiador de la piscina se pasaba el rato que hiciera falta esperando en la calle para poder entrar justo cuando mi esposa tomaba el sol sobre la toalla, en top-less casi siempre, para limpiar la pequeña piscina, con muchisima parsimonia, el tiempo que considerara oportuno, para no perderse de esta forma ni un solo detalle de la soberbia anatomía que tan alegremente le mostraba Isabel. Pues acostumbrada a los deambulares del cansino individuo ella no prestaba atención a su interés.

Pero si hay que dar un premio al más pícaro de nuestros visitantes, este es sin duda para el hijo de mis vecinos, un pelirrojo de unos diez años, mas listo que el hambre, y más travieso que un ratón de campo. Mi mujer suele traérselo a casa algunas tardes, a jugar, mientras la madre de este va de compras; ya que adora a los niños, y le encanta jugar con ellos. Yo no sabia lo pícaro que era este chico hasta que una tarde se presento en casa para pasar un par de horas, junto con varios amigos suyos, de su edad, mientras su madre estaba fuera. Isabel acababa de salir de la ducha, así que les hizo esperar a todos en el comedor, mientras ella se ponía algo de ropa, pero el diablillo dejo a sus amigos montando el juego que habían traído, y salió disparado tras mi esposa, para poder espiarla a través de la puerta entreabierta de nuestro dormitorio, mientras mi mujer se vestía tranquilamente.

No debía ser esta la primera vez que el muy pilluelo lo hacia, pues sabia donde debía colocarse exactamente para tener las mejores vistas del sensual strip-tease de Isabel.

Ella, como hacia bastante calor, se puso solamente una camisa amplia, sin mangas, y unas bermudas con elásticos, sin ninguna ropa interior que pudiera molestarla, como de costumbre, y salió a jugar alegremente con ellos.

El juego que habían traído esa tarde consistía en un plástico enorme, con manchas de diferentes colores, donde había que poner las manos, y los pies, según saliera dibujado en una simpática ruleta. Mi esposa, como siempre, jugo entusiasmada con los mocosos, sin darse cuenta de que siempre le tocaba poner los pies y las manos en posturas incomodas, que permitían mostrar sus partes mas intimas a través de su generoso escote o de las amplias perneras de las bermudas.

A remate solían acabar igual, cayéndose todos juntos, revueltos en un confuso montón. Pero eso sí, siempre había algún espabilado que se agarraba a sus acogedores senos o a su firme trasero, cuando se caían.

Creo que mi mujer sospecho algo de esto cuando el travieso vecinito, una de las veces que sé cayo, introdujo todo su largo brazo por la amplia pernera de su bermuda, hasta apoyar su manita donde no debía. Isabel decidió entonces que era el momento apropiado para merendar, y suspendió el alegre y divertido juego.

Pero mi esposa no debía de estar demasiado enfadada con los pequeños, pues después de merendar accedió a jugar a la gallinita ciega con ellos.

Desde luego los que se pusieron ciegos de verdad fueron los niños, pero de toquetearla por todas partes, aprovechando que mi mujer tenia que jugar de rodillas para no tener ventajas, y que era presa fácil para cualquiera. Así que siempre que podían se agarraban a sus partes mas salientes, y carnosas, para averiguar quien era; y, aun así, se tomaban su rato, estrujando su amplio trasero o sus opulentos senos como si de verdad no supieran que era lo que tenían entre las manos.

Ella reía tan feliz que realmente parecía que era la que mejor se lo estaba pasando con el juego. Por lo que para todos fue una pena el tener que marcharse unas horas después.


Capitulo 6 (Los mas reincidentes): 3M/F, V, C


Esos días estaba tan enfrascado en la compleja instalación de las cámaras que no me acorde de los chicos del gimnasio hasta que Isabel me pidió permiso para ampliar los cuatro aparatos de pesas que yo tenia junto a la piscina, para poder hacer deporte en casa; pues decía que prefería hacer solo aeróbic allí, y hacer las pesas aquí.

Desde luego que le di mi autorización; y, mientras ella montaba lo necesario, con ayuda de dos entusiasmados chicos de la tienda de deportes, rebobine todas las cintas que había ido grabando, para ver que era lo que había sucedido en realidad.

El caso es que, como los chicos del gimnasio habían hecho una cuestión de honor ver quien se aprovechaba mas de Isabel, cada día de entrenamiento era un autentico sobeteo para mi esposa.

Cada ejercicio que ella realizaba era acompañado por algún cariñoso palmeo en el trasero, o algún amable apretoncito en los petreos melones; consiguiendo así que se le endurecieran siempre los sensibles pezones, transparentándose, todavía mas, en el ajustado top.

Ella los aguantaba de mejor o peor manera, pero nunca los rechazaba, hasta que oyó como alguna de sus antiguas amigas la ponía de zorra para arriba, y decidió no provocar mas cotilleos en el gimnasio a costa suya, dejando a sus tres amigos solos durante algún tiempo.

Pero si la montaña no va a mahoma, mahoma va a la montaña.

Y así, una tarde memorable, mientras yo comprobaba las grabaciones realizadas en el transcurso del día en los aparatos recién instalados, pude ver que se habían presentado los tres culturistas en nuestra casa esa misma mañana, con la excusa de haberse encontrado casualmente con mi mujer mientras hacían footing por los alrededores.

Al principio mi esposa no parecía muy tranquila pero, entre risas y bromas, los tres sacos de musculos la convencieron para hacer unos estiramientos con los aparatos nuevos.

Isabel llevaba los pantalones cortos, y la camiseta, totalmente empapados de sudor; y, como de costumbre, se le marcaban claramente los pezones a través de la tela mojada y del rígido sujetador deportivo. Así que mi bella esposa entro en el pequeño vestidor, adosado a la piscina, y salió con varias toallas para todos, y una camiseta limpia.

Y entonces, para sorpresa de todos, pudimos apreciar claramente, por el pesado bamboleo de sus grandes senos, que se había desprendido también del odioso sujetador.

No quisieron dejar pasar la oportunidad y pronto la obligaron a hacer los ejercicios que más resaltaran su anatomía. La hicieron trabajar de lo lindo con la pelvis y el trasero, para así poder acompasar con sus manos el ritmo de los ejercicios, y no dejar ni un centímetro del culo por tocar.

Pero cuando rompió a sudar de nuevo, y se le pego la camisa de algodón al cuerpo, todos se dedicaron ya a disfrutar de su magnifica delantera.

Era una delicia ver esos deliciosos globos moverse en todas direcciones, mientras ellos, esta vez sin testigos aparentes, los acompañaban con sus manos, apretándolos y estrujándolos a conciencia con cada ejercicio que hacia mi mujer.

Cuando los enormes bultos de sus pantalones demostraron, bien a las claras, que no podían aguantar mas, a uno se le ocurrió la genial idea de que Isabel hiciera el pino contra la pared.

Como ella no sabia hacerlo, entre los tres la ayudaron a que lanzase sus pies al aire, para que uno de ellos metiera su cabeza entre ambos; y, abrazándola firmemente por la cintura, tuviera al alcance de su boca el sabroso fruto prohibido.

Pues habían visto, al igual que yo, que tampoco llevaba nada debajo del pantalón corto, dado que en casi todas sus aberturas de piernas nos había enseñado a todos su hermoso felpudo al natural, asomando su oscuro triángulo velludo de forma espectacular a través de la holgada pernera.

Para el afortunado fue solo un juego de niños apartar la fina tela del pantalón con su boca; y poder saborear así, tan ricamente, el delicioso trofeo.

Mientras, Isabel, gimiendo dulcemente, le suplicaba una y otra vez, con voz apagada, que parase.

Fue tan débil la resistencia que opuso mi esposa que nadie le hizo el menor caso y, sin perder el tiempo, también los otros dos desnudaron sus miembros. Así ellos, puestos de rodillas, podían hacer que mi mujer los sintiera, a la vez, dentro de su cálida boca.

Al mismo tiempo dejaban sus opulentos senos al aire, para poderlos sobar tranquilamente.

Entre las ganas que llevaban ellos, y la tremenda habilidad de Isabel con la lengua, en pocos minutos dejo a los dos fuera de juego, pudiendo concentrarse, cómodamente, en su propio placer, hasta que alcanzo el fuerte orgasmo.

Después, en agradecimiento, hizo que el tercero la dejara en el suelo, para poder usar sus pechos al mismo tiempo que su boca, y conseguir así que este gozara de una mamada como pocas veces lo habría hecho.

Al final se marcharon la mar de satisfechos los tres culturistas, prometiendo a Isabel que el próximo entrenamiento seria mucho mas completo e intenso. Mi esposa, después de una larga ducha, se paso el resto de la mañana canturreando alegremente por la casa.

Demostrando, con su satisfecha felicidad que ya era una presa fácil para cualquier osado que se atreviera a llegar hasta el final con ella.

Prueba de ello es lo que sucedió unos pocos días después, cuando se juntaron en mi casa varios de mis compañeros para ver en mi gran televisor un partido de fútbol de los de lujo. En vista del interés que pusieron todos en el reducido kimono de mi mujer decidí darles un poco de margen, y me fui con mi coche al centro a comprar algunas bebidas.

Cuando regrese aun les duraba el sofoco, por lo que en cuanto se fueron subí a ver lo que había grabado. Isabel fue la que empezó, diciéndoles que si no tenían nada mejor que ver que el fútbol.

Le tomaron la palabra y, tras un largo cruce de picarescas acabaron por abrirle el kimono de par en par para constatar, asombrados, que iba desnuda debajo.

Mi esposa, a cambio de dejar que los afortunados picarones tocaran y besaran todo lo que les mostraba insistió en desnudar sus hombrías, de las cuales se apodero al momento con toda confianza. Así, mientras ellos la sobaban a fondo ella los masturbo con frenesí, dejando que se corrieran luego en sus labios uno detrás de otro, para calmar su aparentemente insaciable sed.


Capitulo 7 (Lo que tenia que pasar): ¿M/F, EX, V, C


No quería perderme el acto de su primera posesión, así que lo prepare todo cuidadosamente para que ocurriera en el momento y lugar por mi deseado.

Así que el día veinticuatro de Junio procure que vinieran la mayor cantidad posible de compañeros a la fiesta que iba a organizar, por San Juan, en mi casa.

Ni que decir tiene que no falto ni uno solo de sus admiradores. Y al venir la mayoría de estos jóvenes sin sus novias me di cuenta de que mi mujer tendría la noche perfecta.

Perfecta para caer en las redes de la lujuria; pues no solo me había encargado de preparar las cámaras y micrófonos adecuados, sino que también había repartido la fiesta en varios ambientes, para que todo saliera a la perfección.

Desde el inicio de la velada atraje a mí alrededor, en el jardín, junto a la barbacoa, a la mayoría de los matrimonios y a sus temibles retoños; dejando solos al otro lado de la casa a la gente joven, que quería bailar, en un espacio especialmente habilitado junto a la piscina. Mi atractiva esposa, desde luego, fue la que más contribuyo a caldear el ambiente, aunque solo fuera por su audaz vestido.

Pues este, por la parte superior, consistía en dos finas bandas de tela oscura; que, subiendo rectas por el torso, se cruzaban a la espalda, provocando amplios escotes por delante y por detrás. Estas bandas, si bien le cubrían la mayor parte de los bellos senos, no por ello dejaban de mostrar bien a las claras, gracias a su sutil transparencia, que nada sostenía los firmes pechos bajo el mismo. Como evidenciaban elocuentemente sus destacados y oscuros pezones.

El vestido, por la parte inferior, era una larga falda recta, que le cubría hasta los tobillos, y que tenia unas largas aberturas, por ambos lados, que le llegaban hasta la cadera.

Tan arriba subían que Isabel tenia que usar unas diminutas braguitas de encaje, de esas de tipo tanga, para que estas no se vieran a través de la osada abertura. Ni que decir tiene que se convirtió, enseguida, en la verdadera atracción de la fiesta.

Mi mujer se lo paso en grande desde el principio, pues siempre tenia un mínimo de cuatro o cinco galanes dando vueltas constatemente a su alrededor, bromeando con ella, y llenándole la copa de licor una y otra vez.

Yo, cuando empezaron los fuegos artificiales, les deje caer, como el que no quiere la cosa, que teníamos en la antigua habitación del desván un pequeño telescopio, regalo de mi querida esposa, que les permitiría ver mucho mejor los cohetes. Ellos vieron el cielo abierto y, casi en volandas, se la llevaron dentro de la casa.

Desde el jardín solo podíamos ver la linda cabeza de mi mujer, allá arriba, mirando absorta el espectáculo. No me extraño lo mas mínimo que ninguno de ellos se asomara a mirar por el aparato, pues estaba seguro de que todos tenían cosas mucho más divertidas en que entretenerse.

Al poco rato de acabar los fuegos, mientras Isabel bailaba con uno de los jóvenes una agitada pieza musical advertí, como otros muchos invitados, que ya no llevaba las braguitas bajo el vestido, pues los rápidos giros nos permitían contemplar cómodamente su oscura selva al natural.

Así que aproveche que tenia que ir al interior del chalet a por mas hielo para subir a mi despacho a la carrera y ver lo que se había grabado en las cámaras que previamente había instalado en esa habitación. No podía perder tiempo en comprobar todo lo que se había grabado en las diferentes cámaras que había instalado por toda la habitación, placer que me reservaba para mas adelante, así que solo mire lo suficiente como para hacerme una ligera idea de lo que había sucedido.

No fue Isabel la que disfruto de las mejores vistas esa noche, aunque no se separo ni un instante del viejo telescopio, fueron los pícaros jóvenes que la acompañaron los que pudieron ver el mejor espectáculo de la velada. En cuanto mi mujer se agacho para utilizar el visor, ellos se repartieron a su alrededor, para disfrutar entre todos del suculento pastel.

Gracias a que Isabel formaba, con su cuerpo, un delicioso ángulo de noventa grados, los chicos que se arrodillaron a su lado tenían a su alcance las mejores estalactitas del país.

Y, por supuesto, no tardaron apenas nada en apartar las bandas de tela para poder contemplarlas aun mejor. En vista de la pasividad de mi comprensiva esposa mamaron y acariciaron sus adorables ubres como tiernos infantes, turnándose a regañadientes para que todos pudieran calmar su súbita e insaciable sed. Dos de ellos, sin embargo, decidieron meterse bajo su larga falda, para descubrir nuevos y fantásticos horizontes, después de quitarle las encantadoras braguitas, que se guardo uno de ellos como recuerdo. Así, el goloso joven que estaba delante suya pudo saborear cómodamente las sabrosas fuentes que se escondían bajo su espesa selva. Mientras el otro, aun mas aventurero, con toda la cabeza sepultada en su estrecho cañón, se dedicaba a la espeleología más intima.

Tuvieron que ser muy hábiles los dos tunantes pues mas tarde, con mayor tranquilidad, pude oír con perfecta nitidez los apagados grititos que sustituyeron a los gemidos iniciales, proferidos por Isabel mientras se corría dulcemente en sus ávidas bocas.

Solo el rápido final de los fuegos artificiales impidió que se desarrollara allí mismo una orgía, pues algunos de ellos ya estaban sacando las rígidas armas de sus fundas cuando estos acabaron y, desde abajo, reclamaron insistentemente la presencia de mi mujer.

La fiesta continuo sin otros incidentes dignos de mención hasta entrada la madrugada, cuando casi todos los matrimonios se habían marchado ya a sus casas hacia rato.

A esas horas mi esposa, víctima del exceso de alcohol, se encontraba en un estado de increíble docilidad; del que, como no, se aprovechaban sus múltiples admiradores.

Estos picarones se turnaban entre sí cada balada para bailar con Isabel una y otra vez, sin descanso, y así tener una excusa para poder introducir sus ansiosas manos por las generosas aberturas del vestido. Podían alcanzar de esta forma sus firmes, o sus húmedos, objetivos con una facilidad asombrosa. Como vi que había llegado el momento oportuno me acerque a ellos e, ingenuamente, les pedí que dejaran de poner música lenta, pues el resto de los invitados prefería alguna cosa un poco más marchosa. Antes de que pusieran objeciones les insinúe que podían seguir bailando música lenta, si les apetecía, en el salón de la casa, donde no molestarían a nadie.

Ellos, por supuesto, aceptaron mi sugerencia y, en cuanto me marche, cogieron entre todos en volandas a mi mujercita y se encerraron en el salón. Allí, después de correr las cortinas, pusieron la música mas apropiada para poder bailar con Isabel, sin testigos visibles, tal y como estaban todos deseando desde hacia ya un buen rato.

Gracias a los múltiples equipos instalados previamente en la habitación pude ver mas tarde, que bailar, realmente bailaron poco. Al principio continuaron como en el jardín, pero al ver que nadie turbaba su intimidad decidieron dejar sus espléndidos pechos al aire, para que todos pudieran disfrutar de la vista mientras el afortunado de turno magreaba a conciencia su cuerpo. Al final uno de ellos, mas excitado que los demás, decidió dejarse de florituras y, recostándola sobre el ancho brazo del sofá, la penetro de un solo golpe, bastante violentamente. Los demás, viendo como mi complaciente esposa enroscaba sus piernas a la cintura de su amante, para disfrutar mejor de sus frenéticas embestidas, no dudaron en abalanzarse sobre ella para reclamar su parte del botín.

Hasta que no se organizaron un poco me costo distinguir lo que sucedía, exactamente, sobre el bello cuerpo de Isabel, pues solo sobresalían sus largas piernas de debajo de sus multiples amantes.

Por suerte poco a poco establecieron una especie de cadencia entre ellos.

Así, mientras uno la penetraba, el que acababa de salir de su intimidad dejaba que mi esposa, solicita, le limpiara el miembro, introduciéndoselo, golosa en su dulce boquita.

Y mientras, los que esperaban ansiosos su turno, hacían tiempo jugando con los agradecidos senos de Isabel; que, gracias a su gran tamaño, permitían que ninguno de ellos tuviera las manos ociosas.

Mi mujer se dejaba poner del derecho o del revés según se lo pidiera su galán de turno, pues sus apagados aullidos dejaban bien claro que ella disfrutaba, de igual manera, por cualquiera de sus dos cálidas entradas. Cuando a ninguno de ellos les quedo ganas de repetir, procuraron arreglar, de la mejor manera posible, el desorden reinante.

Sus amantes, después de quedarse satisfechos se marcharon sigilosamente del comedor, dejando a la bella durmiente agotada y feliz sobre el sofá, donde la encontré al acabar la memorable fiesta.

Cuando se levanto al día siguiente me confeso, bastante ruborizada, que no se acordaba de casi nada de lo acontecido durante la alocada fiesta.

Quizás fuera cierto, mas su euforia y alegría me revelaban, elocuentemente, que al menos su agradecido cuerpo si sabia lo que había pasado la noche anterior.

Y la verdad, es que creo que mi esposa también lo sabia, pues su actitud cambio radicalmente desde esa velada.


Capitulo 8 (El sueño de un voyeur): ¿m/F, M/F, V, C

Todo empezó a desbocarse un par de días después cuando, al girarse bruscamente, sorprendió al tímido chico del supermercado agachado detrás suya, intentando ver con la ayuda de su fiel espejito lo poco que había escondido bajo el corto camisón de mi esposa.

Mi mujer, en vez de enfadarse, le regaño por no pedir las cosas, en vez de intentar obtenerlas a escondidas. Y le dijo que si quería ver algo, que se lo pidiera.

El pobre chico, de tan asustado como estaba, no podía decir ni una palabra.

Así que fue mi dulce esposa la que, amablemente, se subió el camisón, para que el joven pudiera ver su precioso bosque desnudo; ya que, como de costumbre, no llevaba puestas las bragas.

Después, cuando el apocado chaval reconoció, ante las insistentes preguntas de Isabel, que nunca había tocado uno, mi mujer sé autonombro maestra.

Fue ella la que, con su manita, dirigió la del muchacho, para enseñarle no solo los entresijos de su húmeda gruta, sino como debía usar sus dedos para que pudiera obtener placer.

En vista del interés del chico en aprender, y para incentivar su trabajo manual, dejo al aire sus precisos senos, para que pudiera saborear al mismo tiempo uno de sus senos.

El chico mostró tal entusiasmo en la dulce labor, mientras mordisqueaba embelesado el duro y grueso pezón, que logro que mi apasionada esposa alcanzara el orgasmo liberador en un tiempo récord. Mi esposa, agradecida como es, no tardo en arrodillarse frente al jovencito y, liberando a su flamante pájaro del encierro, lo devoro hábilmente, disfrutando del sorprendente tamaño del mismo hasta extraerle todo su jugo.

Estoy seguro de que, desde ahora, traerá las compras encantado.

Otro que trabajara para nosotros muy agradecido será el hombre que limpia las piscinas, sobre todo desde lo que le paso hace poco. Pues la otra mañana, mientras mi esposa tomaba el sol en top-les, como tiene por costumbre, le pidió, con su voz más melosa, que le ayudara a ponerse la crema, pues tenia las uñas recién pintadas.

El afortunado sujeto, contando con el permiso de Isabel, se divirtió de lo lindo, ya que mientras untaba su firme trasero, totalmente descubierto gracias al reducido tanga, con la crema protectora podía amasar su apetitoso pandero sin que ella le dijera lo mas mínimo.

La cara de pena que puso el pobrecillo cuando acabo, y que registre perfectamente con dos de mis cámaras, fue todo un poema.

Pero aun fue mejor la que se le quedo cuando Isabel, después de darse la vuelta en la toalla, le pidió que siguiera extendiéndole la crema por delante.

El individuo no se hizo de rogar y, aunque mi mujer tiene los senos bastante grandes, desde luego que no los tiene tan enormes como para que se gastara en ellos casi todo el bote, ante la mirada benevolente de mi esposa, que permitía, con una amable sonrisa en los labios, que estrujara sus pechos una y otra vez, dedicando una especial atención a sus endurecidos pezones.

Mi esposa, después, separo todo lo que pudo sus largas piernas, para que el hombre pudiera extender las ultimas gotas del producto en la cara interna de sus muslos.

Creo que el poder jugar impunemente con los abundantes rizos íntimos que habían abandonado la escasa protección del reducido tanga fue la gota que colmo el vaso.

Y que hizo que el pobre sujeto, dejándose llevar por el deseo, apartara a un lado la escueta pieza del bikini, y se dedicara, de lleno, a saborear sus mieles mas privadas, sepultando toda su cabeza entre los muslos completamente separados de Isabel.

El individuo debía de ser realmente un experto con la lengua, pues mi extasiada mujer no solo le permitió lamer hasta hacerla llegar al orgasmo; sino que después, como agradecimiento, dejo que la penetrara allí mismo, sobre el césped.

El ansioso sujeto, después de desnudar un enorme aparato, de tamaño realmente descomunal, poseyó a mi dócil esposa de un modo auténticamente salvaje, con un violento apasionamiento que no podíamos suponer en él.

La hizo suya en al menos cuatro ocasiones, variando continuamente las posturas entre un coito y otro hasta que ambos se quedaron de verdad satisfechos.

Cuando se fue, bastante mas tarde de lo habitual, lo hizo silbando, feliz como un niño.

Pero para niño feliz el de mis vecinos, el afortunado pelirrojo del que ya hable antes y que tuvo la fortuna de llegar a mi casa una tarde justo antes de que mi mujer se fuera a bañar.

Isabel, al ver lo sucio que venia el chaval, le invito a bañarse con ella; y, el chiquillo, sumamente encantado, acepto de inmediato.

Fue una pena que el vaho empañara la cámara que allí estaba instalada, pues me dejo sin ver el final de lo que estaba siendo un delicioso encuentro en la espuma.

Pues el avispado zagal se arrojo desde el principio sobre mi cariñosa esposa, aunque la bañera era sobradamente amplia para los dos, ya que enseguida se dio cuenta de que a ella no le importaba que jugase con sus adorables pechos.

Y eso es lo que hizo todo el tiempo, mientras mi hacendosa mujer lo lavaba.

El chico acaricio, estrujo, pellizco, amaso, chupo, mordió, lamió y, en definitiva, hizo cuanto le vino en gana con los adorables senos de Isabel.

Al cabo de un buen rato, cuando en la cámara apenas se distinguían ya las formas, fue cuando por fin se concentro en las otras zonas interesantes que se ocultaban bajo la espuma.

Es cierto que no pude ver nada mas, pero los sugerentes sonidos que grabe me permiten aventurar que el avispado chaval no solo encontró la manera de explorar las acogedoras grutas submarinas que se le ofrecían en bandeja, sino que supo hacer que mi mujercita también disfrutara con ello.

Pues los dulces gemidos de mi esposa, y las entrecortadas frases de aliento que profería de vez en cuando, no dejaban lugar a dudas acerca de las intrépidas operaciones acuaticas del espabilado mocoso.

Mas tarde, cuando llego el resto de la chiquillería, Isabel aun no había terminado de arreglarse, por lo que los recibió ataviada tan solo con su cómodo batin, pues no se la veía muy dispuesta a terminar de vestirse. Por eso uno de ellos le pregunto si estaba enferma y, a pesar de su respuesta negativa, decidieron jugar a los médicos.

Mi simpática esposa no tuvo ningún inconveniente en tumbarse sobre la alfombra, ni en dejar que la taparan hasta la barbilla con una sabana, bajo la que enseguida se metieron todos, equipados con un montón de trastos raros y juguetes que no llegue a ver bien. Isabel parecía encantada con sus exploraciones, pues pronto separo sus piernas al máximo para facilitar aun mas sus maniobras, mordiéndose los labios para que no escucharan los gemidos de placer que se le escapaban.

Estuvo casi una hora accediendo a sus caprichos, y solo al final, cuando se levantaron del suelo, pude ver el sudoroso cuerpo desnudo de Isabel y las curiosas marcas que en el habían dejado.

Y aquí me tienen ahora, escribiendo estas líneas mientras espero, realmente impaciente, que acabe mi jornada laboral, para poder ver, en la tranquilidad de mi hogar, como ha ido el segundo encuentro entre mi fogosa esposa y sus tres compañeros del gimnasio.

Pues ayer escuche como les citaba por teléfono para entrenar esta mañana en mi casa. Y, como ya supondrán, ninguno rehuso la tentadora invitación.

Sueño de Dos

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 Desde luego…. no estoy segura… nada segura. A día de hoy todavía no sé como ha empezado todo, ni siquiera consigo recordar el comienzo de toda esta historia, ni como, ni cuando, ni por qué…

Lo que si puedo decir es que Santi significa para mi mucho más que mi amante… mucho más que un amigo, un cómplice o una aventura fugaz. Santi significa… sexo, lujuria, pasión desenfrenada y una dependencia fuera de lo normal y además, alguien que me ha enseñado a disfrutar del sexo como realmente siempre soñé… llegando hasta límites insospechados, me ha llevado a realizar las fantasías y locuras que nunca me hubiera podido atrever por mi misma.

Me gusta como sus manos exploran mi cuerpo, desde como me acaricia el pelo o mis labios hasta como sus dedos juegan con mi piel y con mi sexo, con una habilidad tremenda… disfruto al sentir su calor contra mi cuerpo, me estremezco al oír sus palabras más atrevidas a mi oído y como sus labios chupan y se comen literalmente mi coñito. Adoro su polla, es algo que me tiene completamente enganchada y estaría tocándola, chupándola y metiéndola dentro de mi continuamente… realmente la necesito.

Habría que remontarse mucho tiempo a atrás para saber como es mi vida con Santi, no quiero ponerme pesada, pero puedo empezar diciendo que mi marido, Carlos y su amigo… Santi se conocen desde hace por lo menos 10 años. Han estudiado juntos en la universidad y han sido, casi se podría decir que… como hermanos. Yo conocí a Santi algunos meses despues de empezar a salir con Carlos, mi marido. La primera vez que vi a Santi no me llevé ninguna impresión mayor de la normal si no fuera por sus atentas miradas a mi escote y sobretodo a mi culo, algo de lo que estoy muy orgullosa, por cierto.

Santi es muy bromista y bastante descarado, tanto, que la primera vez que nos presentó Carlos, me estuvo vacilando a base de bien, con continuas indirectas e incluso alguna frase subidita de tono. Eso a Carlos, lejos de importarle, parecía gustarle, pues siempre habla de las bromas y las indirectas de su amigo como algo extraordinario y fuera de lo normal y como propio de dos estudiantes que debieron celebrar bastantes juergas y fiestas juntos… a mi también me gustaron sus atrevidas palabras y ocurrentes piropos hacia mi.

Parecía todo predestinado en nuestras vidas. Carlos y yo nos fuimos a vivir a un apartamento en Barcelona y él se iba cada lunes a la universidad a esa ciudad y lo compaginaba con un trabajo allí. Al principio se llevaba mi coche pero me dejaba "tirada" a mi, hasta que se le ocurrió la feliz idea de que fuera Santi quien me trajera el coche de vuelta y regresaba con su cuñado a Barcelona.

Asi fueron pasando los días y Santi volvía de regreso con mi coche sin dejar de contarme algún chiste o alguna gracia y sin dejar de observarme detenidamente el culo a través del retrovisor. Su descaro, su gracia natural y su carácter tan abierto y tan extrovertido me encantaban… y me encantan ahora.

Santi seguía manteniendo muy buena amistad con mi marido y también conmigo, claro, precisamente por eso conoció a una compañera de mi trabajo que yo misma le presenté y que se llama Susana. Al final, por cuestiones del azar acabó siendo su mujer.

Susana y yo, somos buenas amigas y siempre andábamos hablando de ellos y supongo que ellos también hablaban de nosotras. Entablamos una buena amistad las dos parejas y fuimos a nuestras respectivas casas en varias ocasiones y a algún acto juntos, pero esporádicamente al principio.

Por obra del destino, en el que creo fervientemente, Carlos y Santi comenzaron a trabajar en la misma empresa y eso originó que nos viéramos más veces los cuatro, asistiendo a reuniones y cenas de empresa.

Por entonces, yo siempre andaba muy atareada, pues aparte de mi trabajo, seguí estudiando en la universidad para acabar mi carrera y al mismo tiempo, mantenía mis clases de ballet, entre otras cosas porque me encanta bailar y por otro lado porque mantiene mi cuerpo en buena forma física y de paso también mi figura.

Cuando salíamos juntos los cuatro, notaba que Santi me miraba más de lo normal, claro que al principio no le daba importancia, quiero decir que eso podía ser una observación natural de un hombre hacia una mujer, además que… todo hay que decirlo: una no está mal y siempre me gusta vestir elegantemente pero al mismo tiempo muy sexy y atrevida, con ropas ceñidas que siempre realzan mi cuerpo y eso a los hombres les encanta y por supuesto a mi también , creo que tengo un cuerpo bonito y me agrada lucirlo y que lo admiren... Varias veces pillé a Santi echándome un vistazo a mis piernas o las posaderas, algo que le ha vuelto completamente loco, y en más de una ocasión me lo dijo con cierta ironía. Él disimulaba, pero era inevitable que yo le descubriera y me limitara tan solo a sonreírle como diciéndole "eres un niño malo…" Sin embargo a mi me encantaba sentirme observada por él… se puede decir que prácticamente me devoraba con la mirada y eso me ha vuelto loca siempre.

Yo al tiempo tampoco dejaba de observar a Santi, siempre con disimulo, pues al principio lo hacía estando Carlos delante y no era plan de que te pillen observando la increíble anatomía de su amigo. Santi es un tío muy guapo, de los que te fijas al primer vistazo… más o menos de mi altura, tiene el pelo castaño, boca pequeña, ojos pequeños pero de un color café divino, son preciosos y muy muy expresivos, casi habla con ellos. Su nariz, recta, muy elegante, pelo liso, castaño, hombros anchos y un trasero de caerse de espaldas, complexión fuerte, vamos que está muy bueno. Sin embargo lo que más me llamó la atención de Santi desde el principio es su carácter, tan marcado, con tanta personalidad, tan arrollador, tan simpático, tan bromista, tan atrevido… eso me tenía fascinada.

No sé cuando se produjo la chispa entre los dos, creo que es algo que fue incubándose poco a poco, me imagino que el origen de todo fue una cena de empresa donde bebimos más de la cuenta y acabamos contando chistes verdes, algo que me producía mucha risa, pues Santi los cuenta con mucha gracia, como casi todo. Además, eso de que yo disfrutara tanto con sus chistes y anécdotas, pareció entusiasmarle y en un momento me dijo una frase que me encantó:

Lydia, contigo da gusto, aparte de ser preciosa, eres muy simpática y no tan seria y aburrida como otras mujeres de la empresa, son todas tan estiradas…
Como eres Santi… seguro que eso se lo dices a todas.
No, te lo prometo, tu eres diferente…
Un día le pidió a mi marido la dirección de mi correo electrónico y a partir de ese día fueron llegando a mi bandeja de entrada innumerables chistes y anécdotas de todo tipo. Poco a poco las bromas se fueron tornando más y más picantes.

Al principio yo le comentaba a mi marido los correos que intercambiaba con Santi y Carlos no le daba mucha importancia a este hecho, pero a medida que esos emails iban tornándose más "verdes" y comprometidos de lo normal, yo tampoco le contaba todos los que recibía.

Recuerdo uno con mucho cariño pues me hizo ponerme colorada y muy caliente con sus palabras, decía algo así como:

"Querida Lydia: Ahí te mando una foto con unos tangas que son muy sexys y que espero te gusten, naturalmente estoy seguro que a ti te quedarían mucho mejor que a las chicas que aparecen en las fotos, aunque eso me gustaría verlo personalmente"

Le contesté diciendo que ese tipo de cosas solo las vería mi marido, pero en el fondo deseaba que fuera él quien me viera en tanga e incluso sin tanga…

Un día recibí otro correo de Santi que "supuestamente" no iba dirigido a mi, sino a un amigo suyo. Le contaba a este que había conocido a una chica, que era la esposa de un amigo suyo y que era muy simpática, que estaba buenísima y que le gustaba muchísimo, la describía de tal manera que no había duda que era yo esa persona. Además de describirme físicamente, comentaba a este supuesto amigo, cuanto deseaba estar junto a mi, verme sonreír, y llegar algún día a acariciar ese culo que tan loco le vuelve.

Fui yo la primera que le envié un correo con una historia erótica escrita por mi misma, pero le dije que era de otro autor. Su impresión fue muy grande cuando dijo haberse puesto como una moto y habiéndose excitado más de lo normal. Además me dijo que era muy mala por enviarle esas cosas y que no era bueno que se pusiera tan cachondo cuando estaba trabajando. Yo le dije que era mejor así, pues cuando llegara a casa, desahogaría todas sus penas.

Después de un tiempo, me encontré a Santi en el gimnasio donde practico algún ejercicio los viernes y sábados:

Hola Santi, ¿qué haces tu aquí?
Mira, que me apetece hacer algo de ejercicio y sabía que tu venías por aquí…
Vaya que bien, así no estaré solita.
Santi y yo coincidimos en el gimnasio en más de una ocasión, aunque supongo que eso tampoco era realmente una coincidencia. Corríamos juntos en las cintas o pedaleábamos en bicis estáticas. Después siempre me esperaba a la salida y bien me acompañaba hasta el coche o como en una ocasión que me invitó a tomar una bebida isotónica en el bar del gimnasio.

Oye Lydia, ¿te vienes al bar a tomar algo?
Pero es que Santi… tengo algo de prisa…
Oye preciosa, parece que te doy miedo o algo así.
No, tonto, para nada, pero es que…
O a lo mejor no quieres estar conmigo.
Claro que quiero Santi, me siento muy a gusto contigo.
Esas palabras sonaron extrañas incluso para mi, pero él me agarró la mano y me sonrió, aquello me hizo sentirme muy bien y seguimos charlando muy animadamente durante un buen rato.

¿Sabes? Tengo que contarte algo Lydia… El otro día me divertí mucho con el relato que me enviaste, bueno, me puse muy caliente y tuve que masturbarme en el baño, no aguanté mas, era realmente bueno y muy cachondo…
¿De verdad? – le contesté riendo.
Si, te lo juro, es una historia muy buena, ¿de quien es? ¿quién es el autor?
Es mía.
¿Qué?. No me lo creo. Eso es imposible.
Si, ¿por qué no va a ser verdad Santi?, escribo relatos… ¿te gustan?
Me encantan. No sabía yo esa faceta tuya. ¿tienes más?
Le dije que le enviaría más relatos a su e-mail y que a mi también me gustaba recibir sus correos "picantes". Todo era un juego muy inocente, por eso nunca pensé que llegaría más allá de eso.

Recuerdo como Santi me enviaba sus propias experiencias sexuales con todo detalle o sus sueños más rocambolescos y más calientes, incluso me ponía a mi como protagonista de esas fantasías eróticas… y eso, naturalmente, me calentaba más de lo normal y en más de una ocasión tuve que salir corriendo de la pantalla del ordenador e ir al baño a masturbarme, pues no era dueña de mi. Alguna vez nos escribíamos algunas cosas que nos hacían excitarnos a los dos, como aquellas veces que me ordenaba quitarme las braguitas e ir sin ellas en el trabajo…

Un buen día le pidió mi teléfono a Carlos con la excusa de enviarme chistes y más bromas. A partir de ahí, los mensajes llegaban continuamente a mi teléfono, unas veces con cualquier tontería y otras para decirme que era muy guapa y muy buena amiga por escucharle y por entenderle…

Recuerdo con emoción el día que me llamó por primera vez y al oir su voz, sentí un escalofrío por todo mi cuerpo. Cuanto me gustó oirle al otro lado del teléfono. Me pasaba una cosa curiosa con Santi, cuando me llamaba, mi cuerpo se transformaba, instintivamente mis pezones se endurecían y empezaba a humedecerme involuntariamente. Sabía que aquello estaba comenzando a ponerme en una situación difícil, ya no se trataba de recibir con agrado la llamada de un amigo, era la necesidad de oírle, de escuchar su voz, de desearle con todas las ganas, de enredarme en sus brazos y que me follara como nadie lo había hecho antes, se estaba convirtiendo en una adorable obsesión:

Hola Lydia.
Hola Santi ¿qué tal?
Como me alegra oír tu voz… ¿qué tal estás? Me encantaría verte, te echo mucho de menos…. A ti y a tu endiablado culito. Te invito a un café, ¿aceptas o tienes prisa…? – preguntó irónicamente.
Es que hoy no puedo…
Bueno, pues mañana.
Pero es que…
Sin peros, en el café Royal a las 5. ¿vale?
Al día siguiente me presenté en aquel café, muy nerviosa, sabía que no estaba actuando bien, sabía que aquello era el comienzo de algo sin retorno y de lo que posiblemente me arrepentiría, sin embargo quería ir, quería estar otra vez con él, me sentía tan a gusto… quería tenerle cerca, escucharle, oírle…

¿Sabes Lydia? – me dijo nada más llegar e invitándome a sentarme junto a él en una mesa. – Hoy he soñado contigo. Bueno, he soñado muchas veces contigo, pero el de hoy ha sido muy romántico y muy real, Te cuento: Íbamos juntos de la mano y después fuimos caminando por un bosque o algo así y al final acabamos besándonos, algo muy limpio y romántico, no te vayas a creer… - me decía sonriendo y mirándome fijamente a los ojos.
¿No me digas Santi? ¡Yo también he soñado contigo!
¿De verdad? Cuéntame, ¿qué soñaste?
Es que el mío es un poco…
¿Es… que?
Algo menos limpio que el tuyo, más bien todo lo contrario.
Cuéntame, estoy intrigado.
Me da un poco de reparo…
Lydia, tenemos confianza, mujer…
A partir de ese momento le relaté mi sueño y con todo detalle:

Pues… el sueño era que tú me invitabas a un café en un sitio como este, yo vestía una falda como la que llevo ahora y me metías tu mano lentamente por ella y acariciabas mis muslos, después llegabas a mi sexo y me tocabas con tus habilidosos dedos.
¿En serio? – contestaba él con los ojos abiertos de par en par.
Si, así era… muy real…
Sigue, sigue… cuéntamelo todo.
Pues después nos besábamos primero pequeños "piquitos" y luego un morreo de campeonato, solo de recordar eso me pongo cachonda… al final acabábamos acariciándonos y metiéndonos mano por todas partes.
Guauuu… vaya sueño…. ¡Sigue por Dios!
Después nos íbamos a un hotel y allí seguimos acariciándonos y tocándonos como si se fuera a acabar el mundo, yo te quitaba la ropa lentamente y tu hacías lo mismo con la mía. Mientras nos desnudábamos besabas mi cuello y me mordías en el lóbulo de la oreja. Yo mordía tus hombros y besaba tu pecho y tus tetillas.. luego bajaba con mi lengua para jugar con tu ombligo haciendo círculos alrededor de él y mientras te miraba a los ojos y tu me sonreías. Tu acariciabas mi cintura y luego mis muslos, metiendo tu mano entre ellos llegaste a mojarte tu mano con la humedad de mi chochito que estaba empapado. Me besabas allí y yo disfrutaba gimiendo como loca. Yo también besé tu pene y acaricié tu culo y luego me metí todo tu miembro en mi boca…
La cara de Santi se iba poniendo roja mitad de asombro y mitad de excitación, podía ver un brillo en sus ojos que denotaba su gran excitación, al igual que yo que me estaba poniendo supercachonda y notaba como mi coñito emanaba flujos empapando mis braguitas.

Sigue Lydia, no pares…
Yo seguía acariciando tu culo, sin dejar de besar tu… polla, tu acariciabas mi pelo, entonces me levantaste, me cogiste en volandas y me penetraste… yo me sentía en el cielo cuando tu glande rozaba mi clítoris y te arañaba la espalda dejándote marcas cuando acabó entrando entero dentro de mi. Después me puse a cuatro patas y desde atrás volviste a penetrarme con ganas y yo sentía un gusto muy intenso. Yo no dejaba de gritar como loca. Luego me tumbaste en la cama, con mi coñito al borde y después de ponerme mis pies sobre tus hombros volviste a penetrarme por tercera vez haciéndome ver las estrellas… Tu me penetrabas salvajemente y me gustaba verte enloquecido en cada una de tus embestidas. Yo me arqueaba para notar más adentro tu polla y que la penetración fuese más placentera todavía. En ese momento me miraste fijamente con la señal inequívoca de que ibas a correrte. Yo quería que te corrieses dentro de mi, pero preferiste hacerlo fuera y me bañaste el pecho con tu semen que yo esparcía por todo mi cuerpo. Fue maravilloso y tan real que tuve un sueño muy mojado como nunca he tenido en mi vida… no quería despertarme y sentí como un vacío al acabar ese sueño.
Ufff Lydia… es increíble… quiero que eso se haga realidad – me contestaba él con cara de vicio.
Que tonto eres Santi… es solo un sueño, no puede ser verdad…
No… quiero que ese sueño se haga realidad… es fácil que todo eso que soñaste y que tanto has disfrutado se cumpla… intentémoslo juntos, por favor Lydia…
Vete al cuerno Santi… eso no puede ser.
Recuerdo que yo le respondí muy enfadada y me levanté de allí muy airosa, pero sin embargo me sentía tan caliente y tan deseosa de ver cumplido mi sueño que me fui por miedo a arrepentirme, mi corazon palpitaba y todo mi cuerpo temblaba por la emoción, pues lo que más deseaba en ese momento era que Santi me hiciera sentir tanto placer como me hizo sentir en el sueño. Imaginaba como sería en realidad si Santi me follara igual que lo hizo en mi sueño y eso, en cierto modo, me torturaba…

Un día nos fuimos de excursión los dos matrimonios y lo pasamos en grande en un pueblo costero cercano. Cuando llegó la hora de comer, Santi se sentó a mi lado. Al principio no pasó nada de particular, pero a medida que íbamos bebiendo el vino, se atrevió a tocarme la pierna por debajo del mantel y justo enfrente a mi marido. Su atrevimiento hubiera sido motivo de que me apartara al instante o peor aún, que le hubiera dado una bofetada muy enfadada por su actitud, sin embargo, no solo me dejé acariciar por sus dedos, sino que disfruté plenamente . Sus dedos rozaban ligeramente mi rodilla y subían por el muslo. Estaba loco y yo también, pues no le quité la mano a pesar de estar tan cerca de Carlos y de Susana. Tan solo cuando vi el peligro tan cerca que parecía inevitable el ser descubiertos, le dije con una mirada furtiva que tuviera mucho cuidado, su mujer o mi marido podrían darse cuenta...

Después de la comida dimos un paseo todos y Santi aprovechó un momento en el que nos quedamos solos para decirme un susurro al oído que ahora todavía recuerdo como si no hubiera pasado el tiempo:

Como me gustaría estar a solas contigo, Lydia… me gustaría tocarte el culito tan precioso que tienes… me muero por besarte… por comerte entera… tú si que eres un sueño… un sueño hecho realidad….
Yo solo me limité a sonreírle y a hacerle un gesto con mi dedo como diciéndole que estaba completamente loco, que se callara inmediatamente.

Cuando llegué a casa recibí un mensaje en mi móvil en el que me hacía la siguiente pregunta:

"¿Te han gustado mis caricias?… A mi me han vuelto loco… quiero repetirlo"

Yo enrojecí al ver el mensaje, pero no por lo que decía sino por la excitación de pensar que esa escena podría repetirse y lo espera ansiosamente.

Unas semanas después, cuando llegó el día de mi cumpleaños, fue Santi el que recomendó a mi esposo, que el mejor regalo que podía hacerme a mi, era una fiesta sorpresa. Naturalmente él se autoinvitó a esa fiesta y me sorprendió mucho cuando llegaron a casa, él, su mujer, mi hermana y su marido. Menos mal que Carlos me había pedido que me pusiera guapa, pero si que fue una grata sorpresa de cumpleaños. Yo llevaba un vestido de tirantes con escote y hasta media rodilla. Además, debido a que el vestido se ajustaba mucho llevaba un tanga debajo para que no se notaran las marcas de las costuras…

Yo noté que Santi se sintió muy impresionado, porque normalmente no me ve tan elegante y con ese vestido yo me veía muy sexy, eso pareció excitarle mucho también.

Todos se habían puesto de acuerdo para agasajarme con aquella fiesta sorpresa y me hicieron diversos regalos, estaba todo preparado con antelación, incluída la comida que la sirvió una empresa de catering. Fue un bonito y original regalo y todo un detalle, sobretodo sabiendo después que el autor de aquella ingeniosa idea era Santi, algo que como podía sospechar no se le podía ocurrir nunca a Carlos

Cuando comenzamos a cenar, yo estaba justo enfrente a mi hermana y su cuñado, a mi derecha estaba Carlos y a mi izquierda Santi, a la izquierda de este estaba su esposa, Susana.

No pasó mucho tiempo hasta que en un momento del brindis con nuestras copas, una mano temblorosa y caliente atacó por mi izquierda, era Santi que quería repetir la experiencia de la excursión. La mano se posó sobre mi rodilla y comenzó a hacer círculos muy lentamente.

Me quedé quieta, esperando la reacción suya, la de los demás y la mía propia. Evidentemente nadie se daba cuenta, pues su mano "atacaba" sigilosamente por debajo del mantel. No hice nada por detenerle ni tampoco quería hacerlo…

Sus dedos seguían rozando mi rodilla, la acariciaban en círculos y yo deseaba que subiera más arriba… a continuación y como leyendo mi pensamiento, esa mano subía por mi muslo sin impedimento, pues mi vestido era holgado y de una tela muy suave lo que le permitía que subiera a medida que avanzaba su mano hasta mi sexo. Sus dedos esta vez estaban en la parte interior de mis muslos e inmediatamente mis pezones se pusieron duros como piedras, se podían ver a través de la tela de mi vestido. Hubo un momento en el que mi hermana pareció percatarse al verme así, pues se quedó mirándome extrañada, era casi evidente mi calentura, mis pezones en punta, mis mejillas al rojo vivo y mi posición tan embarazosa… pero después ella continuó cenando, algo que me tranquilizó.

Mientras tanto las suaves y calientes manos de Santi seguían explorando la cara interna de mis muslos haciéndome sentir un gusto grandísimo… Cuando sus dedos llegaron hasta mi tanga, casi me caigo de la silla, me quedé inmóvil, creo que mi cuerpo se estremeció y noté como mis mejillas ardían. Nunca antes había sentido nada parecido y creo la situación tan morbosa ayudaba a ello. Santi me sonrió cuando llegó a tocar mis reducidas braguitas y después acarició mi rajita de arriba abajo varias veces hasta que de mi garganta salieron unos pequeños ronquidos, casi ronroneos, estaba en la gloria.

A continuación apartó la mano pues la situación era complicada y muy muy arriesgada, pero eso me encantó, me hizo ponerme como una caldera…

La fiesta duró toda la noche y en alguna otra ocasión, aparte de nuevos escarceos por debajo del mantel y sutiles caricias en mis muslos y en en mi tanga siguiendo la linea de mi rajita, Santi intentó acercarse y acariciarme furtivamente como lo había hecho bajo la mesa, pero queriendo ir más allá, sin duda que la excitación le tenía ciego, pero yo le esquivé, creo que mi responsabilidad pesaba sobre su atrevimiento, aunque en el fondo era lo que yo más deseaba… estaba cachondísima, no podía mas… quería sentirme abrazada a él, notar sus caricias sobre mi cuerpo, su lengua sobre mi piel y su polla penetrándome hasta lo más hondo de mi ser.

Dos días mas tarde de aquella fiesta recibí una llamada de Santi en mi teléfono móvil. Yo estaba en casa, dispuesta a ir a clase.

Hola preciosa.
Hola Santi, ¿cómo estas?
Cachondo, estoy muy caliente y quiero seguir lo que no acabamos el otro día…
Definitivamente… Santi… estás loco, como una cabra.
Si. Lo reconozco. Estoy loco por ti, Lydia.
Que tonto eres…
Me encantó tocarte el otro día Lydia, es algo que siempre había soñado y ahora todavía no me lo creo… ¿te gustó?
Si Santi, pero todo esto es una locura y… - apenas pude acabar la frase.
Lydia te voy a buscar a la universidad y quiero regalarte algo que no pude darte en tu cumpleaños.
Pero Santi… yo no…
Lydia…. No luches contra lo imposible, tu lo estás deseando tanto como yo… se que quieres estar conmigo y no lo puedes evitar, ¿porque te torturas?
Santi tengo miedo… siento algo extraño… estoy confusa…
Lo que sientes, yo también lo siento y hasta que no estemos juntos los dos no comprobaremos cuales son todas esas cosas que sentimos y que nos tienen confundidos…
De acuerdo Santi… tendré que darle alguna excusa a Carlos…
Ok, lo dejo en tus manos, eres inteligente y sabrás actuar.
Le dije a mi marido que me habían llamado del taller y que tenía que llevar el coche para una revisión con un problema del motor y que no volvería a casa hasta la noche. La cosa pareció convencerle y no tuve que darle demasiadas explicaciones.

A continuación me fui a la peluquería, pues quería estar guapa y sexy para Santi, estaba loca, completamente loca, pero era lo que más deseaba en ese momento.

Estaba esperándole junto a una parada de autobús como una colegiala… muy nerviosa y muy excitada. Me había vestido para la ocasión elegante y sexy a la vez. Vestía unos pantalones muy ajustados color marino y que se amoldan a mis muslos y a mi culito, que le resalta muy bien y una blusa amarilla que me sienta de miedo, además de unas sandalias de tacón fino. Llevaba también una ropa interior blanca muy sexy, siendo el sostén muy pequeño sin tirantes y mis bragas, un tanga minúsculo, la verdad es que iba con la idea de sorprenderle. Además con mi peinado nuevo me sentía muy guapa.

Santi llegó en su coche y se bajó para admirarme, sin duda que se quedó impresionado. Me tomó de las manos y no dejaba de observarme bastante extasiado. Yo también me quedé impresionada al verle, pues estaba guapísimo y elegante pues venía de una reunión muy importante: Vestía unos pantalones Docker’s color caqui y una camisa blanca. Llevaba también unas gafas de sol que le hacían todavía más interesante.

¿Qué hacemos ahora Lydia?
Me hizo esa pregunta mirándome fijamente a los ojos y era lo que los dos nos preguntábamos una y otra vez y que queríamos resolver definitivamente.

Vayamos a un hotel.
Esa fue mi respuesta, más que rotunda y casi se podría decir que inconsciente, pues ni siquiera entendía como podía haber salido de mi boca.

Me tomó de la mano y me sonrió, él tampoco creía que lo que pasaba era real… yo tenía la misma sensación, era mi sueño echo realidad.

Nos metimos en su coche y no hablamos durante todo el trayecto, parecía que evitábamos hacer ningún comentario para no estropear lo que sin duda se avecinaba, los dos estábamos excitados, eso era más que evidente.

Santi lo tenía claro, siempre me ha encantado su seguridad, eso le hace un hombre todavía más deseable… si cabe. Llegamos al hotel. Un lugar discreto, pero nuevo y muy bien decorado. Entramos en la habitación y yo, como hago siempre que voy a un hotel, me senté en el borde la cama y boté sobre mi misma para comprobar la dureza del colchón… es una manía.

Santi se quedó de pie, frente a mi, mientras yo le contemplaba sentada al borde de la cama muy nerviosa y excitada. Me hizo un increíble streap tease. Se fue soltando de la camisa botón a botón y después el cinturón. Su pecho está depilado y me gustó ver el cuerpo musculoso y bien formado. Se bajó los pantalones y se quedó unos instantes con sus boxer blancos y con un abultamiento más que notable bajo ellos. Instintivamente mi vista se dirigió allí y estuve expectante para descubrir por fin, como era Santi desnudo, algo que había imaginado muchas veces e incluso soñado, pero que en ese momento era real y estaba sucediendo a pocos centímetros de mi.

Al fin se despojó de su última prenda y quedó ante mi completamente desnudo ante mis atónitos ojos…. Creo que enrojecí al ver su polla en erección, era algo que deseaba tanto… mi calentura era ya más que evidente y él lo notaba. Nunca imaginé que tuviera un pene tan grande, quizás porque mi marido siendo más alto que él, lo tiene bastante más pequeño… pero me llamó la atención sobretodo su glande, tremendamente grueso y muy atrayente, brillante, sonrosado y pidiendo a gritos que me lo comiera, me pareció como un trofeo que me había ganado con creces y que quería tener entre mis manos, entre mis dedos, en mi boca y dentro de mi…. Sin embargo yo estaba inmóvil… como una estatua y era Santi quien tomaba las riendas. Me ofreció su mano y me invitó a levantarme. Me quitó los botones de la blusa sin dejar de mirarme a los ojos, todo esto sin pronunciar una sola palabra. Solo se oía en la habitación la melodía del hilo musical y nuestras respiraciones y suspiros. Me despojó de la blusa y observo el pequeño sostén que apenas abarcaba mis tetas que parecía querer salir de esa prisión. Agarró las dos con sus manos y las amasó ligeramente.

Sonrió, con esa sonrisa que me vuelve loca y que me calienta tanto…

A continuación me desabrochó el pantalón ajustado que llevaba y él se iba agachando a medida que lo iba bajando por mis muslos… sin duda que él disfrutaba haciéndolo y yo que lo hiciera. Se quedó como embobado mirando mi tanguita y después sonriéndome desde allá abajo. Volvió a incorporarse y me quitó el sujetador con cierta maestría. Mis tetas por primera vez aparecieron ante sus ojos. Volvió a acariciarlas, pero esta vez se recreó haciéndolo y su lengua pegó un lametón a uno de mis pezones. En ese momento yo no pensaba en nada, ni siquiera si aquello estaba bien o mal , sino en lo bien que me sentía y las ganas que tenía de follar con Santi, de ser suya y de que el fuera mío.

Luego se agachó y lentamente me fue despojando de mis minúsculas braguitas tanga hasta dejarme completamente desnuda frente a él. Mi chochito recortado y bien arreglado, le gustó, y con su pulgar acarició los pelitos de mi pubis. Tuve que agarrarme a su cabeza para no caerme al suelo.

Yo no aguantaba más asi que fui yo la que tomó la inciativa en ese momento y le hice que se incorporara para quedar desnudo frente a mi. Nos abrazamos cálidamente y al sentir su cuerpo contra el mío casi me muero… que gusto tan grande sentir su piel contra mi piel… lo que siempre había querido lo tenía ahora aquí entre mis brazos…

Volví a sentarme en la cama y agarrando su polla por la base, empecé a lamerla con mi lengua. Hacía un recorrido a lo largo de toda ella y después mis labios rodearon su enorme glande que parecía no iba a entrarme en la boca, era muy muy grueso.

Yo seguía chupando una y otra vez aquel enorme tronco y de vez en cuando le miraba a los ojos… nuestras miradas se cruzaban y él solo resoplaba de gusto… Le estaba haciendo un mamada a Santi, lo que tanto había deseado y lo que él tanto había esperado…

No quiso que siguiera para evitar correrse, quería hacerlo dentro de mi. Me tumbé en la cama, con mi coñito en el borde. Él se agachó y con ese precioso y enorme glande empezó a pasarlo por mi rajita arriba y abajo… yo creía morirme de gusto… solo gemía y ronroneaba como una gata en celo… al fin me incorporé, le agarré por la nuca y solo pude emitir un susurro, pues casi no me quedaban fuerzas para hablar:

Santi… fóllame….
Así lo hizo, cuando volví a tumbarme sobre la cama, el enorme y divino "instrumento" de Santi se abrió paso entre los labios dilatados y húmedos de mi vagina y centímetro a centímetro se fue metiendo dentro de mi.

Me resulta muy difícil describir la sensación de gusto que sentía lo que si puedo decir es que tan solo pude agarrarme con mis uñas a su espalda y arañarle, tal y como ocurría en mi sueño. Él gritaba mi nombre y yo el suyo… era algo tan deseado que lo hacíamos con desesperación… me penetraba violéntamente, como yo quería que lo hiciera, así y no de otra manera… salvajemente… Sus huevos chocaban contra mi sexo y su enorme polla me hacía gemir como nunca… A los pocos minutos de vaivén su pene pareció incharse dentro de mi y después comenzó a descargar varios chorros de semen que parecían entrar hasta lo más hondo de mi matriz. Me encantaba sentirme llena con su leche caliente… era lo que siempre había querido, sentirme llena de verdad y Santi lo estaba consiguiendo…

Santi jadeaba y no dejaba de penetrarme lo que hizo que mi clítoris también se dilatara y todo mi cuerpo se estremeciera de gusto… me corrí como nunca lo había hecho, entre jadeos, suspiros y gemidos de Santi y rodeada a sus brazos con los míos y mis piernas sobre sus caderas… el orgasmo fue increíble…

Después de ese mágico momento permanecimos desnudos, sin separar nuestros cuerpos, pues así era como los dos queríamos estar…

Durante unos minutos permanecimos en silencio desnudos tumbados junto a la cama y mirando al techo como imaginando lo que nos acababa de pasar… nuestras manos estaban unidas… casi pegadas. Pronto reaccionó el pene de Santi, cuando le dije al oído las ganas que tenía de tener eso dentro de mi. Más todavía cuando me incorporé sobre su polla y me la metí en la boca nuevamente…

Al poco rato estábamos follando de nuevo y como si fuera la primera vez… después otra postura, estando yo encima de él y sintiendo como su polla me taladraba las entrañas… cabalgando como una posesa y yo me moría de gusto…. Le hice después otra mamada de campeonato y así hasta cuatro veces y hasta que quedamos completamente exhaustos…

Permanecimos abrazados no sé por cuanto tiempo… allí tirados en la cama y nuestros cuerpos desnudos enlazados. Solo comentábamos lo bien que lo habíamos pasado, las ganas que teníamos y las veces que lo teníamos que repetir.

Pasaron casi 5 horas. Después de ducharnos y vestirnos sonó su móvil. Era Susana, Santí habló con ella como si estuviera todavía en el trabajo y cuando colgó, me agarró en volandas y mi cuerpo se enganchó al suyo… me dijo:

Te adoro Lydia. Imagina que estamos haciendo esto en la oficina… o en cualquier otro sitio… ¿te lo imaginas?. Me gustaría que no nos viéramos a escondidas… me gustaría estar siempre contigo… quiero tenerte junto a mi, besarte, tocarte, acariciarte, hacerte el amor…
Hubo un silencio que se mantuvo incluso en el coche de camino a casa, el mismo silencio que hubo en el viaje de ida al hotel.

A los pocos días recuerdo que nuestra locura llegó a más todavía, pues no controlábamos la situación como dos personas adultas sino como dos chiquillos sedientos de sexo y de pasión. Fue el día que Santi le pidió a mi marido que le arreglara unos papeles y unos problemas en el banco, pues Carlos tiene un amigo allí.

Carlos hizo el favor a su amigo y en el trayecto que separa nuestra casa del banco, metí el coche de mi esposo en el garaje y Santi aprovechó para meterse conmigo dentro de casa. Al cerrar la puerta del garaje nuestras manos buscaban el cuerpo del otro con una desesperación increíble… nos besamos como dos colegiales que hacen algo malo, sabiendo que era una locura y la idea de que mi marido llegase en cualquier momento, nos excitaba todavía más. Pero como eso no parecía ser lo único que nos calentaba, fuimos más lejos… Sus manos acariciaban mi espalda y su boca besaba mi cuello… luego su mano se metía bajo mi falda y exploraba mis muslos… cuando de pronto se encontró que no llevaba nada bajo la falda y se separó un momento de mi y me dijo:

No llevas braguitas… eres una guarrilla.
Si – le dije sonriendo y mirándole a los ojos - … soy tu guarrilla.
Sus dedos siguieron acariciando mi culo y yo le arañaba la espalda por debajo de su camisa… notaba el calor de su cuerpo y el notaba el mío. Mi coñito emanaba flujos sobre sus dedos y él se los llevaba a la boca y los saboreaba. Después introdujo sus dedos en mi chochito y uno de ellos se introdujo en mi culito.

Volvió a mirarme a los ojos y me dijo:

Ese culito tiene que ser para mi.
Pero es que yo nunca…
Schssssss… te digo que ese culito es para mi.
Claro que si, mi vida… ese culito es para ti y para nadie más. ¿cuándo me lo vas a romper?
Ni yo misma me reconocía diciendo esas palabras, cuanto más guarras sonaban saliendo de mi boca, más me excitaban y por supuesto también a Santi. Sus manos acariciaban mis tetas y pellizcaban mis pezones… queríamos más y más… incluso con el riesgo de ser atrapados con las manos en la masa lo hacía todavía más cachondo.

Me agaché y le hice la mamada más concienzuda que le he hecho nunca a nadie. La imagen era una estampa. Santi junto a la puerta y con los pantalones por los tobillos y yo de rodillas chupándosela con todas mis ganas y aplicándole unas buenas lamidas y chupetones, comiéndomela literalmente como si se tratara de un caramelo. No tardó mucho en llegarle el orgasmo a Santi y para evitar manchar nada y ser descubiertos le dije que lo hiciera en mi boca. Se extrañó al principio, pero después de mi insistencia, apoyó su glande en mi labio inferior y comenzó a descargar su semen que chocaba contra mi paladar… tragué todo, hasta la última gota y disfruté haciéndolo… Casi unos segundos después se oían las llaves de mi marido que se acercaba a la puerta, corrimos como dos críos hasta el comedor y Santi todavía abotonándose los pantalones. Cuando llegó Carlos nos encontró hablando de trivialidades como si nada hubiera pasado. Fue algo tan cachondo y extraño que todavía ahora lo recuerdo y me excito muchísimo, tan solo de pensarlo. Estoy segura que si hubiéramos estado un tiempo más juntos habríamos llegado aún más lejos y posiblemente Carlos nos hubiera pillado infraganti.

Unos días más tarde recibí una llamada de Santi y hablamos de que nuestra relación no estaba bien. Los dos éramos dos grandes amigos, pero nuestras parejas también lo eran respectivamente, yo era muy amiga de Susana y Santi lo era de Carlos, eso nos hacía sentirnos mal. Sin embargo dos días después estábamos de nuevo en aquel hotelito follando como salvajes… es difícil describir esta relación, pero es una relación que a los dos nos gusta mantener a pesar de que nuestras cabezas piensen lo contrario… nuestros corazones y nuestros propios sexos dicen que esto es lo que queremos y es… un sueño de dos.

Ahora nuestro sueño es el de estrenar mi culito... pero estoy asustada, no creo que su enorme aparato entre en mi estrecho agujerito.



Lydia

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