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Demasiado Timida para Oponerme - 10ª Parte

Comentarios (0) 17.01.2008. 00:10

Los hombres tienen ideas equivocadas sobre la fidelidad femenina. Creen que una mujer para ser fiel debe vestir como una monja, o poco menos.

Hasta mi cura confesor incurre en esa visión errónea. Cada vez que le muestro el culo a través de la ventanilla de confesión, comienza a gemir. Creo que no le gusta que haga eso.

La última vez que me confesé traté de darle mi visión del asunto.

Entré en el confesionario y me di a conocer. Aunque me parece que ya se había dado cuenta de que era yo, a juzgar por sus gemidos. Lógico, ellos pueden vernos a través de la cortinita. Lo que no entiendo es por qué gime, pero siempre gime.

"¿Sigues vistiendo con esas remeritas breves que te marcan los pezones, hija?"

"Sí, padre, ya sabe que me gusta que mis pechos se aireen, y por eso no llevo corpiño." (gemido del padre)

"Pero tu tienes pechos muy grandes, hija mía..."

"Sí, pero bien parados, gracias a Dios, padre" (gemido)

"¡No mezcles a Dios en esto!"

"¡¡Pero Dios fue el que hizo que mis tetonas fueran tan suculentas y mis pezones tan gordos y grandes, padre!!"

("¡Ayy...!") la voz del padre sonó como un gemido apagado, provocándome cierta inquietud. "¿Se encuentra bien, padrecito?"

"... ¿y es... tás vistiendo una de esas fal... ditas cortas que te dejan los muslos al aire...?" Escuché un leve jadeo en su voz, pero como ya había ocurrido en otras confesiones, me pareció normal. El padre debía sufrir una forma de asma, consideraba yo. Lo que se me escapaba era la razón de ese chac chac que se escuchaba del otro lado de la cortinita apenas comenzadas mis confesiones.

"Si, padre, mientras no me siente o me agache..."

"¿n-no...?", gimió el padre con un hilo de voz.

"Sí, porque si me siento, apenas abro un poquito las piernas, se me ve la braguita, si la llevo..."

"¿S-si la-la lle... vas...?" gimió con voz entrecortada por el asma.

"Y si me agacho me queda toda la cola al aire..." No sé por que tengo que repetirle estas cosas que le he explicado tantas veces. Pero siempre es el mismo diálogo.

"¿E-el... cu-culo... al ai... re?"

"A mi me gusta más llamarlo "cola", me parece más delicado, padre. Lo que pasa es que la faldita se me sube, pero no preocupa que me lo vean, porque lo tengo bien bonito, y además uso una tanguita de hilo dental que se me mete entre las nalgas, así que la decencia está protegida..."

Del otro lado no se escuchaba nada. "¿Me escucha, padre?" pregunté alarmada por el silencio. Pero afinando el oído pude escuchar sus jadeos rápidos. El asma lo tenía mal a este hombre.

"...¿Y... e... sos... tacos... a... guja... que... u... sas... siem... pre...?" logró articular el noble confesor. (Chac chac chac...)

"¡Ah sí, padre, yo sin los tacos aguja no voy a ninguna parte!" dije, tratando de aparentar que no me daba cuenta del sufrimiento que le causaba su enfermedad. Si él tenía la entereza de hacer su trabajo con tan dura carga física, ¿quién era yo para avergonzarlo dejando ver que conocía su condición?

"P-pero... hija... mía..." su voz sonaba un poco ronca, pero yo disimulé y continué escuchando. "... yo te he... vis... to caminan... do vestida así, y se te bam... bolea todo..." jadeó. "¡Toda... vía llevo e... sa ima... gen clava... da en mi... retina!" A lo cual siguieron una serie de jadeos rápidos y más chac chacs.

"¡Lo sé, padre, y me encanta!"

"¡P-pero... los hom... bres...!" gimió.

"¡A ellos también les encanta, padre! ¡Viera las cosas que me dicen...!" Otra sucesión de jadeos, gemidos y chac chacs cada vez más rápidos. Ese hombre estaba sufriendo mucho. Continué contándole para distraerlo de su dolor.

Me dicen "¡¡Nena, te estaría cogiendo ese culo hasta el fin de mis días!!" "¡Es un lindo piropo, dentro de todo, ¿no cree, padre?" Del otro lado sólo se escuchaban jadeos.

"... y... y tu ma... rido ¿qué di-dice?" más jadeos.

"Nada, padre. Porque mi esposo confía en mí, además yo no le cuento. Una mujer decente no tiene que andar contando cada paso que da."

"¿De... cen... te? ¡Pero si fornicas con cada hombre que te lo propone!" La ira se ve que le quitaba el asma.

"¡De ninguna manera, padre! ¡Que ellos me forniquen no quiere decir que yo también los fornique a ellos!" exclamé indignada por su falta de comprensión.

"¡Por ejemplo el otro día, los muchachos del callejón...!" Y le conté como dos muchachos me habían abordado por la calle, pidiéndome que les ayudara a encontrar sus documentos que se le habían extraviado en el callejón. (Chac chac chac) Estaba demasiado oscuro y era comprensible que no pudieran encontrarlos. Así que decidí brindarles mi ayuda. (Chac chac chac) Uno era mulato y el otro decididamente negro, pero yo no sentí ningún desprecio por ellos. Para mí el color y la raza no significan nada. Mientras le iba contando, el padre volvió a sus gemidos y jadeos. Se ve que el interés de la historia le hizo abandonar la ira. ("¡¡Ella se lo busca... ella se lo busca...!!") murmuraba por lo bajo. No sé que habrá querido decir, igual continué mi historia.

"¡Y entonces padre, me llevaron al rincón más oscuro del callejón y me pidieron que buscara allí! (Chac chac chac...) ¡Y uno de ellos, para ayudarme, se puso detrás de mí, muy cerca, tan cerca que pude sentir su tranca apoyando mi culo! (Chac-chac-chac-chac) ¡Seguramente, en su buena voluntad de ayudarme, el muchacho no advirtió nuestro contacto...! ¡ yo hice como que no me daba cuenta, para que él no creyera que yo pensaba que tenía malas intenciones...!" Del otro lado de la ventanita del confesionario se escuchaban sollozos apagados.

"¡Y seguramente que no tenía malas intenciones! ¡Pero el contacto con mi culo le produjo un efecto que seguramente no había previsto el pobre muchacho...! ¡Y pronto su bulto se puso muy duro y muy grande! (Chac-chac-chac-chac-chac) ¡Por suerte su amigo no se dio cuenta, pues habría sido un papelón para el mulato, o para el negro, ya que en esa oscuridad no se podía distinguir! ¡La cuestión, padre, es que la tentación pudo más que el decoro en el muchacho, pues de pronto sentí que me levantó la falda hasta la cintura y me puso su tranca desnuda entre las nalgas! (Chac chac chac…) ¡¡¡Qué momento!!! ¡La cosa había tomado un giro imprevisible! ¡Y los documentos no aparecían! El otro muchacho debía estar tomando la búsqueda en serio. ¡pero el que estaba atrás mío se había entusiasmado! ¡Y estaba frotando su tranca contra mi trasero! ¡Yo no sabía si hablar o no hablar! ¡Así que cuando me corrió la tanguita no dije nada! ¡Sus fuertes manos me aferraron el culo y con su palo comenzó a darme frotones en la vagina. (Chac-chac-chac- ("¡qué puta, Dios mío!") chac-chac-chac-chac) En eso siento otras manos que comenzaron a sobar mis melones a través de la remerita! ¡¡¡Era el otro, padre!!! Que, más audaz que su compañero se había tomado el atrevimiento de dar ese paso. Yo me sentí halagada ¡que dos muchachos como esos se entusiasmaran conmigo era algo muy romántico!"

En el otro lado del confesionario se escuchaban sólo jadeos entrecortados.

"El muchacho que tenía atrás no tuvo muchas dificultades en introducirme su enorme virilidad en mi ya por entonces muy jugosa vagina. ¡Y creamé, padre, lo que se dice de los negros es cierto! Suponiendo que fuera el negro..., claro. Y el otro me había levantado la remerita y estaba jugando con mis tetones con verdaderas ganas, que ¡ni mi esposo ponía tanto entusiasmo en jugar con ellos!" (Chac-chac-chac-chac-chac) "¡El problema, padrecito, es que yo me estaba excitando, o casi excitando, lo que para una mujer fiel no está bien a menos que lo haga con su marido! ¡Pero ¿qué podía hacer?! ¡Si los rechazaba iban a pensar que los estaba discriminando, padre! ¡Por otra parte, el que tenía adelante, me plantó su gran trompa en mi boca y comenzó a darme un beso de lengua que me hizo elevar los ojos al cielo! ¡¡¡Y esa fue mi salvación!!! ¡Porque encomendé mi espíritu a Dios, rogándole que no me dejara caer en la tentación, porque una es de carne, padre! Y cuando el muchacho de adelante me hizo agachar poniéndome su gran poronga en la boca, no vacilé en homenajearla con mi lengua, mientras mi alma seguía centrada en Dios. Así que se la succioné realmente con devoción, porque a mí la idea de Dios me sumerge en un estado devocional." (chac-chac-chac-chac-chac-chac) "¡Y centré mi mente en la imagen del rostro de Armando, mi marido, rodeándolo de un halo dorado que representa mi amor absoluto por él. Y cuando la poronga en mi boca comenzó a echar chorros, sentí que la prueba ya había pasado. Y me quedé esperando que la que tenía en mi vagina hiciera lo mismo. Cuando empezó a pulsar y a llenarme la concha de semen, di un suspiro de alivio, bueno en realidad me corrí por segunda vez, feliz de haber salido tan airosa del trance! ¡Tan contenta estaba que no me importó que los muchachos cambiaran de lugar! Cuando siento que mi fidelidad sale triunfante de trances así no me cuesta ser generosa Y creamé padre, en esos momentos me invade una sensación de placer que sólo la puede brindar la fe! ¿No es cierto, padre...?... ¿Padre...?... ¡Padre!" exclamé alarmada por tanto silencio, pero pronto me tranquilicé, al escuchar su repiración cansada del otro lado de la cortinita.

"¡Yo no entiendo por qué les causo ese efecto a los hombres, padre! ¿A usted le parece que mis pechos son para tanto, padrecito?" y me levanté la remerita para que el confesor pudiera ver mis tetones al aire. Del otro lado se escuchó un gemido. A modo de prueba, yo bamboleé mis tetones a izquierda y derecha, varias veces, y hubo varios gemidos en correspondencia, y los chac chac se hicieron más rápidos. Era inútil, el padre seguía siendo crítico con respecto a esas manifestaciones mías. Yo no veía por qué, ya que para mí un padre confesor es como un médico. Aunque ahora que lo pienso, la última vez que fui al médico, al pobre hombre también le comenzaron a pasar cosas raras. "¡Padre, dígame por favor que no es pecado tener un lindo culo!" "¡Véamelo y dígame si está mal!" y en un arrebato de fe en la iglesia, me levanté la faldita y le puse el culo desnudo contra la ventanilla. Los chac chac comenzaron a sucederse a un ritmo vertiginoso.

Como el padre no decía nada pensé que no había interpretado mi gesto de confianza, porque ese día no estaba usando braguitas, pero cuando iba a retirar mi culo, escuché su voz temblorosa y jadeante que en medio de los chac-chac-chac me pidió "¡no... lo... saques... todavía... precio... sa, que me fal... ta po... qui... too...!" Y me di cuenta de que mi demostración había logrado demoler su oposición y que le faltaba poco para comprenderme, así que le dejé el culo, e incluso lo moví un poco para que pudiera completar su entendimiento. Y le debe de haber venido, pues después de un montón de chac chac más y unos jadeos cada vez más rápidos, el padre concluyó con un gran gemido de comprensión. Y sentí que mi faena estaba hecha. "¿Tengo su bendición, padre?" "Sí, hija mía," dijo con voz cansada y todavía jadeante, "¡no sabes cuanta bendición me surgió durante tu relato! ¡Y dos veces! ¡Estas confesiones están cada vez mejores...!"

"¡Gracias, padre, por su perdón y bendiciones! ¡Usted no es tan duro como quiere hacer creer!"

"Bueno, hija mía, al principio me voy poniendo cada vez más duro, pero al final estoy bastante blando, porque comprendo que tu no cargas culpa..."

Y me fui del confesionario contorneando mi figura a cada paso de mis tacos agujas, pero feliz de haber dejado un sacerdote satisfecho, detrás de mí.

Mi Jefa queria Guerra

Comentarios (2) 17.01.2008. 00:01

Este relato sucedió hace un tiempo, cuando trabajaba en una empresa de quesos, como repartidor en una furgoneta, tenía un jefe un poco exigente, que nos tenía muy firme, y bastante puteado. Este estaba casado, y tenía mujer, la cual iba de vez en cuando para la nave, supuestamente a ver al marido, pero lo que a ella le gustaba era que la observásemos, pues estaba muy bien. Se llamaba Marta, tendría unos cuarenta y cinco años, morena, de ojos claros, con un cuerpo sensual, no maltratado por los años, solía vestir con una falda por las rodillas, y una chaqueta arriba, para dársela de importante. Con el tiempo se había ido creando algo de confianza entre nosotros y ella, e incluso a veces teníamos unas pequeñas conversaciones.

Una noche, salí a tomar unas copas con mis amigos, yo era el único que trabajaba allí de los que íbamos, a un pequeño bar, escondido, moderno, con un gran ambiente, al que solo iban la gente que lo conocía, y normalmente gente de la alta sociedad, yo conocía al dueño, y a veces me pasaba por allí, habitualmente mis copas estaban pagadas. Una vez dentro, fuimos a pedir a la barra, y para mi sorpresa allí estaba sentada en un taburete Marta, había poca luz, así que me acerqué a corroborarlo, y sí era ella.

Me dirigí hacia Marta, llevaba una falda corta azul y una blusa blanca, y ella se sorprendió de verme allí, estuvimos hablando un rato y me contó que su marido había ido a visitar a los padres a Cádiz, y que estaba sola en casa y se aburría y fue a tomar unas copas, mantuvimos una agradable conversación. Con el tiempo, y tras bebernos unas copas, el formalismo se iba rompiendo, las distancias se iban reduciendo, nos rozábamos cada vez más, las miradas se cruzaban cómplices, incluso ella se atrevió a quitarse un botón de la blusa, pues decía que tenía calor, esto hizo que se viera su escote, con su piel blanca, que dejaba entrever sus pechos de tamaño mediano. Así estuvimos toda la noche, hasta que ella me dijo que se iba, decidí acompañarla al parking donde había dejado el coche, hasta que lo encontramos un Mini One rojo. Al llegar era difícil despedirse y me pidió que pasara al coche, ya que le dolían los pies, al entrar al coche, aprovechó para soltarse el pelo, lo que me provocó una cierta excitación. Comenzó a agradecerme la noche que habíamos compartido, yo le dije que era mutuo, y ella se lanzó sobre mí y me besó, después se separó y continuó hablando, seguidamente fui yo el que me acerqué a ella, lentamente, mirándole a los ojos, tenía unos labios carnosos, una lengua juguetona. 

Tras esto, arrancó el coche y me llevó a su casa, estaba a las afueras de la ciudad, una vez dentro sin mediar palabra, comenzó a besarme alocadamente, yo la respondí y la agarré firmemente con mi mano por el culo, seguidamente le desabroché los botones de su blusa, dejando ver su sujetador blanco, el cual al igual que su blusa le fueron quitados, tenía ante mí esos grandes pechos, los agarré con mis manos y los saboreé con mi boca, posando mi lengua en ellos, Marta emitía suaves gemidos y arqueaba la espalda dejándose llevar. Después acercó su mano a mi entrepierna y presionó mi miembro, lo masajeó sobre el pantalón, lo que parecía excitarle aún más. A continuación me desabrochó el pantalón y me bajó los calzoncillos, mi polla salió rígida y húmeda. Me senté en un sofá, y ella tomó mi miembro entre sus manos, y aproximó su boca despacio, queriendo degustar ese líquido que empezaba a deslizarse hacia fuera desde la punta del glande, a continuación bajó firmemente el prepucio y devoró mi polla con su ardiente boca. Aprovechando su posición, deslicé mis dedos en el interior de su tanga, mimando la piel de su culo, la cual estaba algo húmeda de sudor, Marta al sentir que me aproximaba hacia su agujero, movió las piernas para facilitar las cosas, por lo que mi dedo aterrizó en su ano, el cual comencé a masajear y a dilatar.

Mientras su boca se iba volviendo aún más traviesa con mi polla, mantenía la boca llena, yo seguía jugando con su culo, pero ya con dos dedos bien ensalivados, a ella le encantaba, estaba cachonda como una perra, y yo estaba deseando sodomizarla. Ella se levantó, apoyó las dos manos en el cabecero del sofá, y arqueó su espalda, ofreciéndome su culo. Me aproximé por detrás, le subí la falda, colocándosela en la barriga, y le quité el tanga, seguidamente la penetré, entró en su culo sin dificultad, ese culo estaba muy enseñado, ella dio un pequeño gemido y un agradecido movimiento de caderas, mis manos buscaron sus pechos mientras la penetraba cada vez más fuerte, le susurraba al oído las ganas que tenía desde hacía tiempo de follarla así, como una perra, como un zorrita, esto hacía que cada vez se excitase más y se restregase contra mí chocando sus nalgas contra mi vientre. Marta con sus dos manos, cogía sus nalgas, y se abría el culo, mientras me pedía más, verla así, como una zorra a mi disposición, era un placer inmenso, placentero, contra más le daba más le gustaba. Seguidamente, se empezó a acariciar su coñito, estaba muy excitada, a punto de llegar al orgasmo, eso me excitó tanto que aceleré las embestidas, ella gemía con más rapidez y me arañaba las nalgas con sus manos, yo buscaba llenarla de semen, ella se movía mientras se corría, segundos después, y tras embestirla fuertemente, estallé en su interior, derramé toda mi leche en su culo. Cuando saqué mi polla, de su enrojecido culo empezó a gotear mi semen, chorreándole por las piernas.
Al poco tiempo le di la vuelta, la besé, y le dije que era una perfecta puta, ella sonrió y me dio otro beso, al rato me marché a mi casa.

Demasiado Timida para Oponerme - 9ª Parte

Comentarios (0) 13.01.2008. 00:10

Armando, mi marido, ya había partido para la playa junto con su hermana y el novio, antes de que yo me despertara. Mejor, pensé, eso me daría tiempo para desayunar tranquila y sin apresuramientos. Al fin de cuentas una no tiene que fichar un reloj para ir a la playa, así que la playa no tiene carácter imperativo ni de urgencia.
Mientras desayunaba medité sobre si ponerme una faldita o salir, como los otros días, con mi mini-bikini, la que me cubre el culo con una especie de hilo dental que se interna entre mis soberbios glúteos. Decidí que la bikini era más cómoda y una pequeña concesión a mi coquetería, además de los tacos aguja que me alargan las piernas y me elevan el culo, si bien hacen que este y mis pechos tengan un cierto bamboleo muy festejado por los hombres con que me cruzo. Por los pechos no me preocupo pues siempre me los cubro con una fina remerita dos números más chica que mi talla. Pero al no usar la parte de arriba de la bikini hasta llegar a la carpa, mis pezones pueden respirar libremente, si bien se notan quizá demasiado y un poco inadecuadamente para una señora felizmente casada y que no anda buscando nada con nadie que no sea su esposo. Pero ese es un problema para los hombres, no para mí que tengo muy en claro la clase de esposa fiel que soy. Y un poquito de exhibicionismo, debo confesar, me resulta estimulante. Y dejar que la deseen a una un poco no es, de ninguna manera ser infiel.
Así pues, salí taconeando camino a la playa. No muy rápido, claro, pues los tacos aguja no fueron pensados para un andar demasiado veloz.
Pero no me esperaba que, a los pocos pasos, fuera a sentir el hocico de Mujik, el enorme dogo de don Braulio, justo entre mis nalgas, en el lugar donde estas nacen de las piernas. Me sobresalté por la sorpresa, para encontrarme con la sonrisa plena de don Braulio “¡No se preocupe, Julia, tengo a Mujik atado con su correa de cuero!” “¡Hola, don Braulio! ¡No le tengo miedo a Mujik, que por más grandote que sea es casi un cachorro con sus dos años, incapaz de hacerme ningún daño!” dije mientras sentía algunos lengüetones del afectuoso perrito allí, donde acababa de sentirlo.
Don Braulio, tranquilizado por mi comentario, dejó de reprimir al perro, que continuó dándome lenguatazos en la base de los glúteos con el entusiasmo y la inocente espontaneidad de los perros jóvenes. Y así siguió todo el camino, mientras don Braulio y yo sosteníamos nuestra amigable charla de vecinos.
Debíamos vernos un poco raros, yo charlando con el anciano, y el perro lamiéndome el culo sin interrupciones mientras seguíamos caminando. De hecho, todos los hombres que se nos cruzaron me miraron un poco raro, más aún los que venían detrás nuestro.
Primero noté que los pezones se me habían endurecido. Después noté que mi entrepierna se estaba humedeciendo. Luego me comenzó a costar seguir coherentemente la conversación con don Braulio. Y el perro continuaba dale que dale y yo procuraba hacer como que no me daba cuenta, para no poner en apuros a su amo. Pero en cierto momento mi paso se hizo algo tambaleante, tanto que don Braulio tuvo que sostenerme de la cintura con sus fuertes manos, sin que el perrito se detuviera en sus lambetones y mis ojos se pusieron turbios, e inesperadamente me corrí en la calle, a la vista de todo el mundo, y también de don Braulio que tuvo el buen tacto de disimularlo y que me invitó a tomar algo en un bar para que me repusiera, aunque él adujo que era porque estaba un poco cansado y tenía que sentarse. Acepte de buen grado, porque tenía que desmoronarme en algún lado.
En el bar el perrito se acomodó debajo de la mesa y, aprovechando mi incapacidad de resistencia, se dio a lamerme los jugos que corrían por la parte alta de mis muslos, para luego pasar a mi secreta intimidad. Yo estaba de todos los colores, pero don Braulio aparentó no advertirlo y siguió con su charla amable y afectuosa. Así que yo hice otro tanto.
Mujik, por su parte, estaba entregado por completo a su voraz lamida de mi concha, apenas tapada por una telita que me dejaba sentir todos y cada uno de los lambetones. Así que mi respiración había vuelto a acelerarse, y me costaba enfocar la cara de don Braulio que, mientras hablaba, parecía muy interesado en el movimiento de mis tetones, siempre con su gran sonrisa en la cara.
“Le puse “Mujik” en honor a las memorias de una princesa rusa, ya que estos perros son tan dotados como los legendarios mujiks rusos” me explicaba, llevando él el peso de la conversación, ya que pareció advertir que yo, más que unos entrecortados monosílabos y jadeos no estaba en condiciones de responder coherentemente.
Así que con grandes estremecimientos de mi bajo vientre y estómago, me vine de nuevo bajo la escrutadora mirada de don Braulio que seguía sonriéndome afectuosamente.
Y el perro siguió con lo suyo, ahora tenía más jugos que antes y muchos más olores que olfatear, así que siguió lamiéndome, aprovechándose de que a esas alturas yo ya estaba entregada.
Cuando me hizo echar el cuarto polvo, el amo lo sacó de debajo de la mesa. Y entonces pude ver, por su roja cabeza desenfundada que el apodo de “Mujik” le calzaba justito.
Don Braulio, con la excusa de que me necesitaba para llegar a su casa “porque ya no era tan joven” me convenció de que lo acompañara. Y una vez allí me invitó a tomar algo en el jardín, cosa que acepté agradecida, ya que lo necesitaba. En el camino Mujik no hizo intento alguno de continuar con sus simpáticas caricias, pero una vez que me tuvo bajo su techo, su ánimo cambió y le volvieron los ímpetus.
Para cuando el amo volvió con el té con galletitas, me encontró despatarrada sobre el gran sillón de mimbre, bajo el poder de los lengüetazos afectuosos de su perro. “¡Así no, Mujik!” le corrigió, y sacándome la parte inferior de la bikini dejó expuesta mi conchita a la voracidad lamedora del cariñoso perrote. “¡Así podés llegarle bien a la señora...!”
Yo pensé que por suerte no había que fichar para llegar a la playa y elevando los ojos al cielo encomendé al Gran Hacedor mis oraciones pidiéndole que eso que me estaba pasando no pudiera ser calificado de infidelidad.
Don Braulio, muy interesado,se acercó a mirar el trabajo de su perro. Y cuando me vió entregada y con los ojos para arriba, detuvo a Mujik, y levantándome sin ninguna dificultad me puso sobre el césped en cuatro patas, con el culo en pompa. El perro entendió perfectamente la situación y me montó inmediatamente. El gran tamaño de su porongota me conmovió hasta el fondo de mi ser, pero lo que verdaderamente me emocionó fue el modo frenético en que comenzó a moverse. Los orgasmos comenzaron a sucedérseme uno detrás del otro con una velocidad que me los hizo incontables y que me dejaron prácticamente sin aliento. Don Braulio parecía disfrutar de verme cogida tan tremendamente por su perrazo, ya que en el frente de su pantalón se podía notar una enorme prominencia que él acariciaba lentamente. “Es un perrito muy travieso...” me dijo. Y se arrodilló frente a mí, de modo que su bulto quedó a la altura de mis ojos, que aún sin poder enfocar muy bien sabían muy bien lo que tenían frente a ellos. Entonces desenfundó y expuso el nabo más grande que yo hubiera visto. Me lo acercó a los labios “¡Chupe, señora, chupe, se va a sentir mejor!” y me lo metió en la boca que se abrió para engullirlo de un golpe. Me di cuenta de que el anciano, con su larga experiencia de vida, no había tenido dificultad en advertir lo que yo estaba necesitando, y generosamente me lo brindó. Con la terrible serruchada que me estaba dando el perro, fue un alivio tener algo que llevarme a la boca, para descargar ansiedad. Aunque tuve que abrir mucho la boca, y solo pudo entrar la mitad, pero yo hice de tripas corazón y seguí chupando. En eso estaba cuando la tranca del perrito explotó, llenándome con una gran cantidad de potentes chorros. Eso hizo que me corriera con la polla de su amo en la boca. Don Braulio, y me sentí agradecida por su prudencia, sólo le daba leves vaivenes a su pollota dentro de mi boca. Y todo andaba muy bien, hasta que advertí que había quedado atada al perro por su tranca, de modo que el noble pichicho me arrastraba donde quiera que fuera. Al salírsele la tranca de mi boca, don Braulio comprendió la situación y se hizo cargo inmediatamente. Algo le aflojó al perro que le permitió desalojarse de mi intimidad. “¡Gracias..., don Braulio...!” suspiré aliviada. Pero entonces sentí la enorme tranca del viejito tanteándome el agujerito trasero. Y me dije que algo tenía que hacer por este anciano tan gentil y que me había atendido con tanto cuidado. Y lo menos que podía hacer era permitirle un desahogo en mi ano, sin egoísmos de parte mía. El hombre comprendió que tenía mi asentimiento y con sus manos en mis caderas, lentamente me fue enterrando pedacito a pedacito su enorme aparatazo. A medida que me lo iba clavando, noté que me estaba produciendo un placer tan grande que decidí encomendarme nuevamente al Señor y a la imagen del rostro de mi marido, para no incurrir en infidelidad. Porque una cosa es ser amable con un vecino y otra muy distinta es incurrir en infidelidad. A medida que el aparato de don Braulio me iba serruchando mi orto se había abierto de un modo muy complaciente para alojarlo. Con lo de elevar mis preces al Señor no tuve mayor problema, aunque me pareció que mis oraciones eran algo incoherentes, pero es que me costaba mucho concentrarme. En cuanto a visualizar el rostro de Armando tuve ciertas dificultades de concentración también y lo veía bastante borroso, si es que veía algo. Pero así ya no me sentí culpable al correrme con tan tremenda polla abriéndome el ojete, porque había hecho lo que toda esposa fiel y buena vecina habría hecho en mi circunstancia. Así que me dejé correr varias veces hasta que la polla del viejito se hinchó y me llenó el orto de leche.
Cuando me la sacó me derrumbé sobre el pasto hecha un guiñapo. ¡También! ¡Entre el perro y su amo me habrían hecho echar más de veinticinco o treinta polvos!
Don Braulio me levantó en sus brazos con insospechada fuerza y ternura para un hombre de su edad y me depositó en su cama, sacándome la remerita para que estuviera más cómoda. Y después, en un gesto de paternal afecto puso su
caliente boca sobre uno de mis tetones y con sus dedos me acarició suavemente la conchita, mientras pasaba de un pezón al otro. “Así se va a sentir mejor, señora” me dijo con tono protector y su mano libre me apretaba el tetón que no chupaba. Así estuvo más de una hora y tan agradecida me sentí que llevé mi mano a su tranca que se había puesto nuevamente dura y se la acaricié con tanta ternura como la que me estaba dando él. Luego su boca se volvió más apasionada y yo se lo devolví con mi mano. Hasta que el viejito me inundó la superficie del vientre con su leche, espesa y abundante.
Más tarde, ya relajada y reconfortada, me atreví a preguntarle “¿Usted cuantos años tiene, don Braulio?” “Cuarenta y cinco, preciosa” me dijo dándome un beso de lengua en la boca. “Pues está muy bien conservado”, comenté.

Con tanto ajetreo se me había pasado el día en la casa de don Braulio y me pareció que ya no tenía caso ir a la playa. Así que con paso algo tambaleante rumbeé para mi casa, que por suerte estaba cerca. Me despedí del perrito con un beso en su afectuosa trompa y me dejé dar un largo beso de lengua por don Braulio, tan largo que me dejó un poco turulata.
Al llegar a mi casa me derrumbé en la cama y seguí de largo hasta el otro día. Dejé un cartelito sobre la mesa para cuando llegaran mis compañeros: “Por favor, no me despierten, porque hoy tuve un día de perros” Que entendieran lo que quisieran. Pero para mí, “día de perros” ya no significaba lo mismo que antes.

Otro día que había superado exitosamente las pruebas que la vida sometía a mi condición de esposa fiel, pensé mientras me sumergía en el sueño de los justos.

Me encantará recibir tus comentarios sobre mi maravilloso ejemplo de fidelidad marital, pero te recuerdo que: a) no mando fotos; b) no chateo con mis lectores y c) no mando relatos por e-mail ni acepto citas. Me asombra que algunos lectores algo desubicados me pidan cosas como estas. Pero escríbeme a bajosinstintos4@hotmail.com mencionando este relato, por favor, que me gusta recibir las opiniones de mis lectores que son tan respetuosos.


Bajos Instintos 4

Demasiado Timida para Oponerme - 8ª Parte

Comentarios (0) 13.01.2008. 00:00

Esta mañana llegué bien temprano a la playa, con toda la decisión de aprovechar bien mis vacaciones. Como siempre, mi esposo Armando se me había anticipado. Y apenas me vio me invitó a ir al agua con él. Pero yo le recordé que no pensaba dar un solo paso fuera de la carpa sin llevar mi crema protectora.
Armando no entiende las indirectas, así que le insistí para que me la pusiera él, pero no hubo caso, nunca me quiere poner la crema por el cuerpo. “Que te la ponga el de la carpa de al lado” me dijo, yéndose al mar. El de la carpa de al lado, Carlos, es un hombre muy amable que ya se había prestado a embadurnar mi cuerpo, no sólo por fuera sino también por dentro de mi vagina, para lo cual se vio obligado a usar su enorme polla, para que la crema me llegara bien adentro. Recuerdo que por un momento se me cruzó la idea de que ¡me estaba cogiendo! ¡Y con mi marido en la carpa de al lado! Pero enseguida me censuré por mal pensada: Carlos era un caballero que estaba cumpliendo con lo que le había pedido, y lo estaba haciendo a conciencia. Pero mientras él se empeñaba en su cometido friccionando dentro mío con su gran poronga, yo me permití la fantasía inocente de que ¡en verdad me estaba cogiendo! No se la confesé para no perturbarlo y para que no pensara mal de mí como mujer casada, pero disfruté de mi pequeña fantasía de infidelidad y me corrí un montón de veces con la nariz oliendo su pecho mientras su dura tranca seguía dale que dale.
Finalmente me descargó un montón de chorros de leche, bien al fondo, porque el hombre por más serio que fuera en el trabajo que me estaba haciendo, tampoco es de madera y con tanta fricción sucumbió al placer de la carne, pobre hombre. Yo me sentí bastante halagada por su pérdida de control, pero no comenté nada, para no darle falsas ilusiones.
Así que esta mañana, siempre arriba de mis tacos aguja que hace que todos mis dones se bamboleen, me fui a los saltitos hasta su carpa.
Carlos me recibió con una gran sonrisa “¿lista para otra sesión, Julia?” “¡Más que lista, Carlitos! Pero hoy quiero pedirle que además de pasarme la crema me haga un poco de masaje, porque el otro día me di cuenta de que usted debe ser un gran masajista!”
Me hizo pasar a la parte trasera de su carpa, separada del resto por una lona, pero antes de hacerme tender en la colchoneta me pidió que me sacara ambas prendas de la bikini. Le obedecí gustosa, pues ese hombre había ganado mi confianza. Seguramente con la intención de no ponerme en una situación desventajosa, Carlos se despojó también de su pantaloncito de baño, confirmando mi impresión acerca de su caballerosidad. Y ante mis ojos expuso su enorme poronga en estado de máxima erección, lo que no dejó de sorprenderme un poco, pero no dije nada porque esas cosas me provocan un poco de timidez. Carlos se había embadurnado el miembro con crema protectora y también todo el cuerpo, abundantemente. “Ahora que tenemos un poco más de confianza vamos a probar el sistema del embadurnado cuerpo a cuerpo” me anunció. “Como usted disponga, Carlitos”
El embadurnado cuerpo a cuerpo consistió en abrazarme y comenzar a frotar su cuerpo contra el mío, nabo incluido. Y para no dejar nada fuera de contacto, ya que nuestras caras se encontraban cerca, comenzó a comerme la boca con un caliente beso de lengua. Su lengua revolvía la mía y nuestras salivas se mezclaban. Yo no entendía muy bien como eso podía facilitar el encremado de mi cuerpo, pero era bastante agradable, además de inocente y bien intencionado. Lo que me ponía un poquito nerviosa era su duro nabo restregándose contra mi pubis, en las inmediaciones de mi intimidad. Así que para descargar mi nerviosismo comencé a gemir y a jadear.
Carlos, siempre concentrado en su tarea, agarró mis tetones con sus manos embadurnadas de crema y me los fue manoseando hasta que se llenaron de irrigación sanguínea, aumentando su volumen. Como un efecto secundario, mi vagina comenzó a secretar jugos, porque mi vagina interpretaba esa situación como un preliminar de coito, y no puedo culparla, porque las vaginas interpretan las cosas sin mucha sutileza. De cualquier modo no puedo negar que la situación era placentera, muy placentera. Y cuando una de las manos de Carlos se apodero de uno de mis glúteos, sentí que sería mejor estar en la colchoneta. Evidentemente él también, ya que nuestros cuerpos se fueron inclinando juntos, el suyo siempre arriba. Y abriendo bien los muslos permití que hundiera su embadurnada y caliente poronga en mi intimidad. Ahí comenzó una serruchada que un observador poco informado habría confundido con una tremenda cogida. Sí, para cualquiera que no estuviera al tanto de la situación, hubiera parecido que este hombre me estaba dando una cogida de esas para tener y guardar. Pero yo sabía que esto era un trabajo para él, un gesto servicial y no estaba preocupada, más teniendo a mi marido a más o menos cien metros, en el agua.
No me preocupé en aclararle nada acerca de mi condición de esposa fiel, pues me constaba que se trataba de un hombre sumamente respetuoso. Y si me tenía ensartada como una mariposa haciéndome sentir la potencia tenaz de su virilidad, no era por faltarme el respeto, ni vejarme, ni mucho menos, sino por la deferencia y cortesía de un buen vecino de carpa, dispuesto a hacerle un servicio a su vecina.
Carlos es un hombre de una gran resistencia, como corresponde a un estado físico como el suyo. Así que me estuvo dando “la cogida” por unos cuarenta minutos, a lo largo de los cuales, al sentir su miembro como una serpiente que se hundía sinuosamente en mis zonas íntimas, o al sentirlo como la dura barra de carne que estremecía mis entrañas, me fue dando cierta sensación erótica algo perturbadora, de la que me defendí elevando los ojos del alma al cielo y pensando en mi esposo que tanto confía en mí. Y así, en ese estado de elevación espiritual y sintiendo las sacudidas que me estaba dando esa enorme tranca, comencé a tener un orgasmo tras otro, mientras su boca proseguía con su entusiasta beso de lengua. Por un momento me permití la fantasía de que el vecino de la carpa de al lado me estaba dando una tremenda cogida a metros nomás de donde se encontraba mi marido. Y eso debe haber contribuido un poco a provocarme tantos orgasmos, pero yo creo que más bien fueron las sensaciones corporales. De todos modos una no es responsable si se le cruzan algunas fantasías, y tener fantasías no es sen infiel.
Bueno, que me sacudió como si yo fuera una batidora. Y cuando por fin se separó, mi cuerpo estaba completamente embadurnado por delante, por las restregadas de su cuerpo, y por detrás, por el modo en que sus manotas habían recorrido mi espalda y glúteos. Tarde un buen rato en recuperarme, pero al final hice un esfuerzo y me levanté, ya que Armando debía de haber vuelto del mar y podía alarmarse al no verme y pensar que podía haberme pasado algo malo. “La próxima vez me voy a ocupar de embadurnarle también su agujerito trasero” dijo Carlos con delicadeza, evitando deliberadamente la palabra “ojete”, cosa que le agradecí.
Antes de separarnos, y como afectuosa despedida, y ya con mi tacos aguja y mi bikini puesta, Carlos me abrazó dándome un muy cariñoso beso de lengua de varios minutos, que yo acepté cruzando mis brazos sobre su cuello, y acariciando sus cabellos. Hasta que, emocionada por su efusividad, me corrí en sus brazos. Es notable de que modo pueden dos casi desconocidos acceder a los ámbitos del afecto mutuo cuando hay buena voluntad y vocación de servicio. “Gracias, Carlos” le dije mirándolo a los ojos. “Cuando usted quiera, Julia” siempre tan caballeroso.

Como supuse, cuando volví a nuestra carpa, lo encontré a mi esposo dormitando. “Veo que nuestro vecino te ha embadurnado bien... ¿qué tal ese hombre?” “Un caballero, mi amor, un caballero.” “Que bien, y ahora ¿vas a ir al agua?” “Después, ahora voy a tomar un poquito de sol” Y me quedé instantáneamente dormida, rendida de cansancio, posiblemente por haberme levantado tan temprano.


Al mediodía, luego del almuerzo playero, decidí que ya había tenido bastante playa por ese día. Y despidiéndome de Armando, José y Fanny, me fui para la casa. Ya que eran pocas cuadras y tenía la tanguita de hilo dental, no me pareció necesario ponerme la faldita. Así que sólo me vestí con mi breve remerita (pero sin el corpiño, porque me gusta que mis pezones respiren) y con mis tacos aguja, por supuesto. Armando, con su gorrita playera cubriéndole el rostro, dormitaba. Pero su hermana Fanny me siguió con la mirada y una gran sonrisa. Y su novio se permitió la broma de emitir un silbido a mis espaldas.
El camino de regreso estuvo, como era habitual, sembrado de accidentes callejeros, todos a mi paso. El señor que se llevó una columna por delante, el ciclista que se cayó de la bicicleta, un coche que chocó al de adelante... todos por mirarme. Lo que me pareció divertido, aunque ya estaba dejando de ser novedad. Así que proseguí con mi paso, dejando que mis gracias se bambolearan libremente.
Lo que no me esperaba era sentir una cosa fría y húmeda y unos resoples en la parte baja de mi culo. Con un estremecimiento pegué un saltito, dándome vuelta para ver que había sido eso. Y me tranquilicé: era el gran dogo de don Braulio, que ahora arremetía olfativamente contra la parte delantera de mi entrepierna. ¡¡Ven aquí, Mujik!! Se escuchó la orden de don Braulio. “¡Usted disculpe, señorita, pero este perro no sabe comportarse con una dama” “Señora, don Braulio. ¿No se acuerda de mí? Ayer estuve en su negocio para comprar fiambres” “¡Ah, sí, ahora la reconozco, es que no había tenido tiempo de verle la cara!” dijo el hombre con algo de picardía. Me reí, y el joven dogo debe haber interpretado esto como un permiso para reanudar el olfateo de mi intimidad. “¡¡¡Fuera, Mujik!!!” lo retó su dueño. “¡No sea tan severo con el animalito! ¡Él sólo quiere ser amistoso!” y acaricié la enorme cabeza del perro, dejándole que olfateara a gusto. El animal lleno de simpatía hacia mí, me dio un lenguetazo cariñoso en la zona de su interés. Don Braulio se quedó un momento desconcertado, pero luego pareció haber encontrado la actitud adecuada. “¿Gustaría de venir a tomar un té a mi casa, para disculpar mi torpeza al no reconocerla, y el atrevimiento de mi perro?” ¡Por fin un momento de sana distracción y amistad con ese dulce anciano y su encantador perrito...! “¡Oh, no tiene que disculparse por nada, don Braulio, pero voy a aceptar su invitación con mucho gusto! ¡Pero un ratito, nomás, eh!” Y nos fuimos a paso de paseo rumbo a su casa, con el simpático perrazo saltando a mí alrededor y dándome alguno que otro lengüetazo, lo que me hacía prorrumpir en carcajadas. La proveeduría de don Braulio está al lado de su chalet, a una cuadra de mi casa, en esa maravillosa zona de casas bajas y mucho verde. Verdaderamente disfruté del paseo, y de la agradable compañía.

El chalet del hombre tenía un jardín trasero bastante frondoso, con la vista de las casas de alrededor tapada por los árboles, y allí en esa intimidad verde, una mesita y un par de sillas. Don Braulio me dejó en ese entorno paradisíaco y se fue a preparar el té prometido. Los grandes dogos pueden ser perros mimosos si una sabe tratarlos, y Mujik se quedó a mi lado, dejando que le rascara la cabeza y dándome lengüetazos en la cara, o donde cayeran.
El té transcurrió agradablemente, acompañado de unas masitas horneadas por el mismísimo don Braulio. Mujik se había metido debajo de la mesa y había optado por apoyar su cabeza en mis muslos, que por fuerza tuve que mantener cerrados, pero sintiendo su respiración caliente en ya sabes donde. Don Braulio, evidentemente conciente de la situación, se reía un poco más de la cuenta de las ocurrencias que él mismo tenía.
Después trajo algunos álbumes para mostrarme sus fotos de familia. Algunas eran muy antiguas, sus padres, tíos y abuelos. Y él insistía en explicarme quién había sido cada uno y cada una. Evidentemente estaba demasiado solo y ávido de comunicación. En otro álbum había fotos más contemporáneas: sus hermanos, primos, amigos, antiguas novias y sus tres esposas. Todos explicados con lujo de detalles de cada una de las historias. Entre tanto el perro intentaba forzar mis muslos para que le permitieran llegar a mi intimidad, o al menos eso me pareció. Pero los mantuve bien apretados y continué acariciándoles la cabezota con afecto. En uno de los álbumes, al abrirlo saltaron a mi vista montones de fotos de niñas desnuditas, todas ellas. Algunas bastante pequeñitas. Me sorprendió ver tantas criaturitas desnudas, algunas posando como si fueran modelos adultas, pero no tuve ocasión de mirarlas con más detalle, pues don Braulio cerró el álbum apresuradamente y con mucho nerviosismo. “Son sobrinitas” me dijo. “¿Tantas?” “Somos una familia muy grande” farbulló, poniéndose colorado, al tiempo que se iba para adentro con todos sus álbumes.
Cuando me levanté para irme, Mujik aprovechó para pararse en sus patas traseras y lamerme el rostro. Para mi azoramiento pude ver que buena parte de su sexo había salido de su funda de piel, exhibiendo la roja cabeza en lo que evidentemente era un estado de excitación. Don Braulio, que había retornado del interior de su casa, se quedó un momento mirando la escena, que duró más de lo que yo hubiera querido, con el animal follando el aire y dándome alguno que otro pollazo en mi vientre. Por algún motivo mis pitones se habían endurecido y se notaban a través de la delgada tela de mi remerita, lo cual me produjo bastante embarazo. Finalmente, el amo me sacó el perro de encima. “¡Mire cómo se ha puesto!” dijo refiriéndose a la bruta tranca que exhibía el animal en celo. “¡Es que usted le gusta...!” agregó con mirada pícara. Y tomándome por la cintura me fue guiando hacia la puerta de entrada. Todo el camino Mujik asedió mi culo a lengüetazos, sin que don Braulio lo recriminara. Yo hice como que no me importaba la cosa, pero al despedirme del hombre no pude dejar de notar el enorme bulto que había crecido en sus pantalones. “Ha sido un gusto, don Braulio...” “¡Vuelva pronto y va a ver el gusto que se va a llevar!” me dijo el viejo reteniendo un poco mi mano. “M-muy ricos el té y las masitas...” agradecí, y me fui presurosa, con las imágenes de la roja polla del perrazo, y el bultazo bajo el pantalón de don Braulio, bailando en mis retinas.


Salvo por estos mínimos detalles, por otra parte perfectamente comprensibles, la visita había sido encantadora y merecía repetirse.
Había comenzado a refrescar y la piel desnuda de mis piernas y nalgas lo estaba sintiendo. Por suerte enseguida estuve en casa. Y me metí en la camita, donde repasé los acontecimientos de ese agitado día. Recordando la estupenda embadurnada de crema protectora que me hizo el vecino de carpa, las miradas de Fanny y su novio cuando me iba, los incidentes en la calle, los lambetones a mis partes bajas de Mujik y la tranca evidentemente erecta bajo el pantalón de don Braulio, me fui quedando dormida, aunque para conseguir una mayor relajación tuve que acariciarme varias veces con mis dedos. Y había también algo vagamente perturbador en ese montón de sobrinitas desnudas del anciano, pero estaba demasiado cansada para discernir qué. Así que acariciándome dulcemente, me dormí.

Gracias a mis amigos lectores, en su mayoría varones con muchas ganas de entablar una amistad, por sus buenos deseos, o aún por sus deseos, en algunos casos un poco descarnados, pero siempre respetuosos y valorativos de mi virtud de esposa fiel. Casi todos han tratado de convencerme para que les envíe fotos mías, pero no entiendo muy bien con que fines. He rehusado satisfacer esos pedidos porque no corresponden con el decoro que acostumbro mantener. Pero me encantará recibir tus comentarios si me escribes mencionando este relato a bajosinstintos4@hotmail.com

Bajos Instintos 4


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