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Virgencitos Lujuriosos

Comentarios (0) 06.11.2007. 23:01

Fui un adolescente precoz en eso de la sexualidad, no lo niego, y mi debut estelar ocurrió a los 16 años, pues hasta entonces, puras fintas   Ocurrió una tarde calurosa en que mi familia no estaba. En el traspatio, teníamos una regadera, que se usaba en primavera y verano.   En ese entonces, estaba de vacaciones y anduve jugando desde muy temprano. Decidí bañarme y luego comer algo, al medio día, de lo que me habían dejado en el “refri”, para después salir a dar la vuelta a la plaza principal. A la voz de ya, aventé toda la ropa encima de unas macetas. Estaba desnudo, cuando llegó Luis, un chavo vecino mío, creo que un año mayor que yo. Había olvidado ponerle el cerrojo a la puerta de la calle.   Éramos grandes amigos, nada más, pero nos gustaba ir al cine juntos o pasear en bicicleta. Al verme, rápidamente se despojó también de su ropa.   -Me daré un regaderazo contigo –me dijo.   Y uniendo la acción con la palabra, nos metimos al cuarto de madera, sin techo, que era el baño. Empezamos por pasarnos el jabón, jugando, después el estropajo, sintiendo la frescura del agua escurrir deliciosamente por nuestros cuerpos. Yo, de piel blanca y él, apiñonado, ambos con una piel tersa, natural de la edad. Eso sí, cargados de vitalidad inexplorada. Virgencitos los dos por todos lados.   Cuando nos vimos, la teníamos bien parada. Él se quedó mirando mi macana, como no creyendo lo que veía, pues se me había estirado hasta alcanzar un tamaño más que regular. Luis parecía hipnotizado. No resistió la tentación y empezó a tocarla suavemente. Estaba erecta, muy dura.   Comenzó a subir y bajar el prepucio, lentamente. Era una sensación diferente a masturbarme solo. Se me puso tan tiesa, que parecía estallar. Se movía sola, golpeándome el vientre. Sin que se lo pidiera, Luis se hincó y se la metió en la boca, húmeda y fresca. Inició la locura.   Estuvo buen rato dándole y dándole lengua. Se la sacaba y se la metía, como si estuviera chupando una paleta, mientras agarraba mis huevos y me acariciaba las nalgas, atrayendo mi pelvis hacia su cara y arrojando la respiración igual que un dragón: bien caliente. Levantó la cara, y mirándome a los ojos, me dijo:   -Métemela.   Se puso de rodillas en el piso, yo igual, detrás de él, con el agua escurriendo por nuestros cuerpos. Se la metí. Fue algo increíble. Mi verga se fue abriendo camino, sin prisas, rompiendo los ligamentos de aquella colita tan sabrosa y hasta entonces virgen. Al tenerlo totalmente ensartado, Luis volteó y sonrió, moviendo bien sabroso sus nalguitas, apretando y aflojando el ano, sin dejarla salir.   Empecé a sentir una sensación que subía por todo el cuerpo hasta la cabeza, produciéndome vértigo y temblores al arrojarle mis chorros de leche varias veces, en medio de convulsiones. Él estrangulaba mi pito con fuerza. No pude más y caí sobre su espalda, exhausto, rodando por el piso. Quedé viendo el cielo. Era el momento más feliz de mi vida.   Descansamos unos segundos. De pronto, Luis ya estaba trepado cerca de mi cuello, apoyando las manos en el suelo e introduciendo su pistola en mi boca virgen, moviéndola con rapidez. Yo, con las manos, trataba de detenerla un poco, para que no me ahogara. Él estaba muy excitado y murmuró:   -Me voy a venir.   Jadeó, al arrojar montones de líquido lechoso y dulzón. Me los tragué, no había de otra, pues me dejó insertada su verga mientras se venía. Yo sentía cómo se le agitaba y, por poco, casi se salen por mi nariz.   Para entonces, yo estaba nuevamente bien caliente. Lo volteé de ladito y, separando sus nalgas, se la metí de nuevo. Ahora más tranquilo, haciéndola para un lado y otro, dándole de estocadas, hasta el fondo.   Luis gemía de placer, lo sentí en mi pinga. Levantó la pierna, tocándose el ano para ver si la tenía toda adentro, acariciando mi fusil cada vez que salía. Suplicándome, urgió:   -Ya vente, ya vente, por favor.   Movía y apretaba las nalgas deliciosamente. No sé ni cómo, pero parecía adivinar cuando la tenía a la mitad y apretaba su culo para no dejarla escapar.   Me lo tiré cuatro veces. Terminé débil, con la cabeza dándome vueltas y la del pito, enrojecida e hinchada. Durante varios días tuve molestia con el roce de la truza. Pero… ¡De ahí p'al real! ¡Y eso sin haber tomado clases de educación sexual! Pura intuición.   Mi amigo y yo duramos bastante tiempo dándonos aquellos agasajos, donde fuera y a cualquier hora. La pura lujuria juvenil en todo su esplendor, porque… había de donde…   Juventud, divino tesoro que te vas, para no volver

by Angel Bernal.

Vida y Milagros de una Reina del Semen

Comentarios (0) 06.11.2007. 11:01

Hola. Me llamo Linda y tengo 24 años. Mido más o menos 1,70 y mi peso ronda los 56 kgs. dependiendo de la época del año. Mis medidas son 91 de pecho, 61 de cintura y 89 de caderas. Tengo el pelo de color negro azabache, y apuesto a que si pudierais verme diríais que soy bastante guapa, nunca he tenido problemas para atraer a los hombres. Tengo los ojos verdes y la mejor parte de mi cuerpo son probablemente las tetas, aunque hay muchos hombres a los que también les gustan mis piernas, las cuales mantengo delgadas y en forma haciendo mucho ciclismo y jogging. Tengo una carrera universitaria, ingresos de más de 10 millones y medio de pesetas al año, vivo en una casa propia y mis armarios están llenos de ropa cara y lujosa. Estoy orgullosa de poder decir que todo eso lo he comprado por mí misma. Trabajo para una gran empresa en una gran ciudad, y me gusta mucho salir y hacer amigos.
Ahora, después de haberme presentado, creo que os gustará saber porqué he decidido plasmar algunas de mis experiencias sexuales en papel. He sido activa sexualmente desde que tenía 15 años, empezando por el primer intento de manosearme y de meterme mano por parte de algunos chicos del instituto, pasando por varios tórridos ligues en la universidad, hasta llegar a las muchas relaciones verdaderamente buenas y satisfactorias que he tenido desde que me gradué. Ahora mismo no estoy saliendo con ningún hombre en particular, pero así es como más me gusta.
Se podría decir que tengo una perversión un poco particular. Me encanta el semen. El esperma. La leche. La yeta. La corrida. Da igual cómo quieras llamarlo, me encanta. Adoro la sensación del semen sobre mi cuerpo, lo puedo sentir casi por todas partes. Me encanta la cálida, húmeda y viscosa sensación con la que me deja. Me encanta el olor, esa especie de aroma acre como de almidón que tiene (aunque es diferente de un hombre a otro). Adoro su tacto. Hasta me gusta pensar en el semen, y en el hecho de que es mi atractivo lo que hace que un hombre se corra. Me encanta ver hombres masturbándose por mí, y cuantos más ¡mejor! La mayoría de mis primeras relaciones sexuales consistieron en hacerle una paja a un chico, o aún mejor, mirarle a él haciéndosela, y la visión de aquella polla latiendo y luego el pequeño ojo abriéndose y el semen saliendo a chorros me volvía completamente loca. Y creo que soy diferente a la mayor parte de las mujeres en ese aspecto. A la mayoría de mis amigas parece que se les ponen los pelos de punta con solo pensar en un hombre corriéndose. Piensan que es asqueroso o enfermizo y casi siempre encuentran la forma de quitárselo de sus cuerpos tan pronto como pueden, van corriendo al baño y separándose los labios del coño se lo lavan a chorro limpio en el bidé, o sino se lo limpian con una sábana o una toalla o cualquier otra cosa. ¡YO NO SOY DE ESAS! A mí me encanta el tacto del semen.
Puedo sentirlo cuando un hombre se corre en mi coño. Siento cada chorro, si es lo suficientemente fuerte. Pero debo admitirlo, prefiero verlo que sentirlo. Así que no me quejo si él quiere sacarla y correrse en mi pubis o en mi vientre en cualquier otra parte. Cuando lo hace, me encanta restregar el semen con mi dedo y sentirlo extendiéndose por toda mi piel. Me depilo los labios del coño y la mayor parte del vello de su alrededor, y dejo únicamente un pequeño camino hacia la cima de mi monte de Venus. Creo que, a lo largo de todos estos años, me he restregado litros de semen por toda mi piel, y espero seguir haciéndolo con el correr de los años (¡no es ningún juego de palabras!).
A muchos de los hombres con los que salgo les gusta ver películas porno conmigo, y si alguna vez has visto alguna, sabrás que el punto álgido de todas ellas es invariablemente cuando el hombre saca la polla del agujero en que la tenga metida y se masturba hasta correrse sobre la chica o chicas que están con él. No estoy segura de porqué la secuencia de la corrida es tan necesaria, pero me parece que tiene algo que ver con la mejora del aspecto visual del acto de follar. Por lo visto, un primer plano del coño de una mujer con el semen chorreando fuera de él no es suficientemente excitante. He leído algunos comentarios sobre las películas porno que hablan de lo tontas e inútiles que son las secuencias de corridas y de lo poco realistas que son, pero ¡qué coño!, la razón de ser de una película para adultos es la fantasía, no la realidad, ¿verdad?
Mi escena favorita de corridas es cuando el hombre se corre sobre la cara de una chica. He convertido en una especie de hobby el analizar las reacciones de varias chicas ante las corridas, y es algo muy interesante. Algunas chicas echan la cabeza atrás o intentan apartarla, como si les asustase el que les cayese el semen sobre ellas. Otras parece que se lanzan a buscarlo, y se puede decir que disfrutan siendo embadurnadas. Digo yo que si están en el negocio de las películas porno es porque deberían estar acostumbradas a toda esa cantidad de semen. Sin embargo, es sorprendente cómo algunas de ellas pueden follar y chupar con total desenvoltura, y cuando por fin el hombre se corre en dirección a su cara, se apartan enseguida de su camino. Hay un actor masculino en particular al cual he visto en un montón de películas, creo que se llama Peter North, que se corre como nadie que yo haya visto antes. Le he visto correrse sobre algunas chicas que han tenido suerte de no ahogarse con su semen. El problema de la mayoría de los hombres que he visto es que no saben controlar donde disparan su leche una vez que han empezado a hacerlo - la esparcen por todas partes, ¡y tienes suerte si la mitad alcanza el objetivo!
De todas formas, como estaba diciendo, me gusta ver corridas en la cara, algo que creo que resulta extraño a las mujeres. La verdad es que entiendo que sean populares entre muchos hombres. Solo hay una cosa que me gusta más que ver escenas de corridas en la cara y es ¡QUE ME LO HAGAN A MI! Prefiero tener semen en mi cara a tenerlo en cualquier otra parte de mi cuerpo, tanto dentro como fuera de él. Por alguna razón, eso hace que el hombre se ponga tremendamente cachondo, y yo también. La primera vez que tuve esperma en mi cara fue casi por accidente. Estábamos follando, y por accidente, justo cuando el chico empezó a correrse, nos desconectamos. Su polla saltó fuera de mi coño y él la cogió y se la meneó hasta que su primer gran chorro salió ¡y me alcanzó de lleno en la boca! Salté a causa de la sorpresa y solamente pude quedarme tumbada allí mientras él soltaba el resto de su semen sobre mi ombligo y mis tetas. Pero yo me lamí los labios y me encantó el suave y cálido tacto de su semen allí sobre mí. De veras, llevo mucho tiempo mamando pollas y nunca me ha dado asco tragarme el semen si el hombre con el que estoy quiere que lo haga, pero normalmente la polla está bien metida en mi boca cuando se corre, así que ni siquiera puedo saborearlo.
Bueno, aquel fue mi primer contacto con el tema. Ahora, prefiero que mis hombres la saquen, se corran y estallen por toda mi cara si pueden. Disfruto follando a la vieja usanza y normalmente me corro con facilidad. Pero no hay nada que culmine mejor un buen rato haciendo el amor que que tu compañero te muestre su aprecio bombeándote un chorro o dos o tres de cálido y salado semen sobre tu cara. Cuando eso ocurre, puedo sentir las paredes de mi coño contraerse y algunas veces, pero no siempre, puedo incluso tener otro orgasmo. Me restriego el semen por toda mi piel y lo lamo de mis dedos. Me gusta quedarme ahí tumbada unos instantes después y sentir el semen secándose y enfriándose sobre mi piel.
He tenido semen en la boca, en los labios, en las mejillas, en la barbilla, en la nariz, en la frente, en el cuello, en la garganta, en los ojos (¡a veces pica!), en el pelo, en los pezones, en el ombligo, en el pubis, en las nalgas, en la espalda, en las piernas, y en los pies. Excepto en lugares como entre los omoplatos y quizás en las plantas de los pies, creo que he tenido en un punto o en otro esperma sobre casi cualquier parte de mi cuerpo. Incluso una vez un chico se corrió en mi oreja - ¡aquello si fue una perversión! He tenido semen dentro de mi coño, pero nunca en el interior de mi culo. Me temo que mi culo no es demasiado sensible al juego sexual. Algunos hombres me han metido el dedo, pero eso no me ha proporcionado ningún placer, así que nunca he permitido a nadie que me diese por el culo. Algunas veces en el trabajo si sueño despierta o pienso cosas sobre sexo, me gusta imaginar a los hombres que veo por allí eyaculando sobre mi cara. Normalmente no salgo con hombres que trabajan conmigo, porque tengo el presentimiento de que mi pequeña perversión puede acarrearme problemas en el trabajo - la dirección de la empresa es muy conservadora, y si supiesen que tienen una empleada que va por ahí animando a los hombres a plantar semillas en su cara, quizá no se lo tomasen demasiado bien. ¡Peor para ellos!
A veces los hombres son extraños. Dan la impresión de que les encanta cuando les dejas correrse en tu cara, pero no pueden soportar la idea de que otro hombre lo haga. Una vez le dije a un chico con el que estaba saliendo, medio en broma, medio en serio, que me gustaría que encontrase media docena de hombres para que viniesen alguna noche a mi casa y me follasen, y que además quería que todos ellos se corriesen en mi cara. En cuanto se lo dije se volvió completamente loco - dijo que era una idea estúpida y que bajo ningún concepto me permitiría nunca hacer aquello. Esto salido de la boca de un chico que no hacía ni 2 minutos que había bombeado una tremenda carga de leche por toda mi mejilla. Le dije que tenía mucha cara diciéndome que no iba a PERMITIRME hacerlo, después de todo era mi cara la que quería ver llena de semen, no la suya. Pero él no podía aceptarlo, así que no tardamos mucho en romper. Tengo la secreta esperanza de que su actual novia, si es que la tiene, no le deje correrse en ningún otro sitio que no sea su coño, y que luego se limpie el semen rápidamente. Eso le estaría bien empleado.
Pero, volviendo a la razón principal por la que he escrito esta pequeña historia, se me ha ocurrido que sería una buena idea pensar en algunas de los mejores baños de semen que he tenido, hablaros sobre ellas y ofreceros a vosotras, las chicas que podáis leer esto, algunos consejos para ayudaros a que os adaptéis a una nueva vertiente MUY SEXY dentro de vuestras relaciones. Sé que algunas de vosotras estáis algo vacilantes sobre esto, (yo también lo estaba) pero os garantizo que una vez que lo pruebas, se convierte en una de las variantes sexuales más excitantes. ¡Y a vuestro hombre le encantará!
Me he detenido unos minutos y he intentado recordar y calcular el número de veces que me han embadurnado de semen en este último año. He contado todas las veces, aunque hayan sido varias con el mismo hombre. Creo que han sido más de 70. Llevo un diario con todas mis citas y salidas, de esta forma cuando quiero acordarme de una noche o un día en particular que he pasado con algunos de mis amigos, me encuentro recordando lo que pasó de una forma bastante exacta, aunque muchos de los recuerdos han acabado por mezclarse los unos con los otros. Intentaré remarcar para todos vosotros los más memorables. Espero que sea capaz de recordar las mejores partes.
El pasado Junio estaba saliendo con un hombre que se llamaba Toni, un diseñador profesional. Era bastante sexy y guapo, aunque estaba lejos de ser un Adonis, pero tenía un magnífico sentido del humor y era muy honesto y abierto conmigo. Eso me gustaba. Casi desde el principio supimos que probablemente no llegaríamos a ninguna parte románticamente hablando, pero nos lo pasábamos muy bien juntos, y eso era lo que los dos queríamos. Una noche después de ir al cine y tomar una buena cena, volvimos a su piso y follamos durante unas tres horas. Se la chupé, me lo chupó, follamos y nos cansamos de tanto hacerlo. Me comió el coño durante unos 45 minutos, y debí correrme unas 10 veces. Al final me puse demasiado sensible y tuve que hacerle parar. Pasé por encima de él y rodeé su polla con mi boca. No la tenía demasiado larga, unos 15 o 17 centímetros, creo, pero tenía una bonita forma y estaba siempre limpia y fresca. (Esa es otra cosa de la que he olvidado hablaros, chicos, si queréis que una mujer se meta toda vuestra polla en la boca, ¡aseguraos de que la tenéis limpia y que no huele como si no os hubieseis lavado en una semana!) Sus huevos eran preciosos, rodando en su escroto bajo mis dedos. Le chupé toda la extensión de su polla y bombeé mi boca arriba y abajo durante un rato. Puso sus manos en mi pelo y me guió arriba y abajo, así podía saber lo rápido o lento que quería que fuese. Entonces, me detuve un segundo para recobrar el aliento.
- ¿Quieres correrte así, en mi boca? -le pregunté.
Evidentemente, es muy sexy para un hombre oír a una mujer decirle eso.
- Oh, Dios, sí -dijo con un gruñido.
Así que me tumbé de espaldas, tiré de él hasta ponerle a caballo sobre mis tetas y puse una almohada bajo mi cabeza. Le rodeé con las manos, le cogí de los cachetes del culo y me la volví a meter en la boca. Tenía la punta de su polla apenas metida en mis labios y podía estrecharlos contra el borde de su glande. Entonces comencé a sacudir el resto de su polla, bombeándola en mi boca. Yo miraba hacia arriba en dirección a su cara, él miraba hacia abajo en dirección a la mía. Se podía decir que le tenía completamente en mi poder. Podría haber parado y haberle dicho que saltase por la ventana y lo hubiese hecho. Podía sentir el mango de su polla latiendo y disponiéndose a correrse y su culo apretado y entonces noté el primer chorro de semen en la parte posterior de mi boca. Rápidamente saqué su polla y la sujeté delante de mi cara, meneándola aún. Expulsó 6 o 7 chorros de semen que me fueron a parar a la cara, a los ojos y a la frente... En fin, por todas partes. Sentía su cálido néctar correr por mis labios y por mi barbilla, incluso también por mi nariz.
Cuando él se corrió tuve un nuevo orgasmo, uno pequeño esta vez pero bueno de todas formas. Por fin terminó de correrse y entonces me restregué su capullo por toda mi cara, extendiendo el cálido esperma y alisándolo sobre mi piel. Me tragué lo poco que había en mi boca, y luego la abrí y le demostré que ya no quedaba nada. Se tumbó y me besó, e introdujo su lengua en donde acababa de estar su polla. Aquello estuvo bien. Pasé el resto de la noche con él, y al día siguiente recibí su semen en el coño, en el vientre, en las tetas y una vez más en la boca.
En otra ocasión, yo estaba fuera de la ciudad asistiendo a un seminario. Nadie más de mi empresa había acudido, así que pensé que podría soltarme el pelo y ser salvaje sin ningún tipo de problemas. El primer día me senté con dos chicos que trabajaban en una empresa de la competencia y nos pusimos a hablar. Me parecían bastante atractivos, y ciertamente me prestaron muchísima atención, lo cual me gustó. Salimos a comer juntos, y luego a cenar. Estábamos en la puerta del hotel, cuando uno de ellos sugirió algo.
- Aún es pronto y no estoy cansado. ¿Por qué no subimos los tres a mi habitación para hablar un rato? -sugirió casi con timidez.
- Claro -dije- ¿Por qué no? Pero antes quiero pasar por mi habitación para cambiarme y ponerme cómoda.
En sus caras apareció una expresión de desencanto, ya que llevaba puesta una falda muy corta, zapatos de tacón y una ligera blusa de encaje, y probablemente pensaron que ponerme cómoda quería decir ponerme unos pantalones de chándal y una camiseta o algo así. En condiciones normales, eso es lo que hubiese hecho, si hubiese ido a quedarme sola. Pero estaba bastante caliente y quería darles a aquellos chicos un trato que no olvidasen jamás. Siempre viajo preparada, así que entré a cambiarme y me puse la falda más corta que había traído conmigo, un modelo de piel de unos 15 centímetros de largo que era casi indecente, un liguero rojo y medias blancas. Me quité el sujetador pero me quedé con la blusa. Se me notaban mucho los pezones a través de ella, pero a quien coño le importaba.
Cuando llamé a la puerta de la habitación, acudió uno de los chicos a abrirme. Cuando me vio pensé que le iba a dar un ataque al corazón. Me temo que al verme así vestida, se dio cuenta de que lo que yo buscaba no era precisamente conversación. No me importó, ya que esa era la verdad. Solo quería sexo.
Me senté en la cama y estiré las piernas mientras los chicos (creo que sus nombres eran Benjamín y Eduardo) se sentaban en dos sillas. Charlamos un rato de esto y de aquello, y durante la conversación me aseguré de subirme la falda descuidadamente para mostrar la parte superior de las medias. No era mucho, pero aquello les puso a mil. Al verme, los ojos de Eduardo saltaron prácticamente de sus órbitas.
- ¡Vaya! ¡Llevas medias! -dijo, emocionado
- Sí, ¿os gustan? -contesté, ruborizándome
Bueno, una cosa llevó a la otra y a los 5 minutos los dos chicos estaban tendidos a mi lado en la cama, chupándome los pezones. Yo había participado en algunos tríos antes, pero había pasado algún tiempo ya desde la última vez. Me encanta sentir cuatro manos sobre mi cuerpo, dos pares de labios besándome por todas partes. Me tendí en la cama y disfruté de aquella sensación, mientras sus manos vagaban por todo mi cuerpo. Creo que la idea de explorar el "sur" de mi cuerpo les era muy tentadora a ambos, pero fue Benjamín el primero que empezó a acariciarme los muslos, muy cerca de la parte superior de mis medias. Estiré las piernas separándolas un poco para animarle a ir más arriba. Por fin me desabrochó la falda y me liberó de ella por completo. Mi blusa ya había desaparecido antes, así que ahora estaba tendida allí en la cama solo con mi liguero y mis medias. Hice que los chicos se desnudaran para mí, y comprobé que los dos tenían unos cuerpos francamente bonitos, aunque Benjamín era un poco demasiado regordete para mi gusto. Luego durante la siguiente media hora o así, me follaron por turnos, aunque les pedí algo antes.
- Podéis follarme cuantas veces queráis -les dije- Pero no quiero que os corráis dentro de mí. Reservad vuestro semen para luego...
Les dije esto con un brillo en mis ojos, y creo que adivinaron perfectamente lo que me proponía. Así que se turnaron, y cuando uno se acercaba al orgasmo, la sacaba y descansaba un poco chupándome los pezones o besándome, y el otro se subía encima de mí. La que salió ganando con aquello fui yo, ya que tuve una dura polla dentro de mí durante 20 minutos ininterrumpidos y me corrí varias veces. Me di cuenta de que la polla de Eduardo estaba ya preparada para estallar, y la de Benjamín estaba probablemente acercándose al mismo punto.
- ¡Ahora! Quiero que os corráis sobre mí -les dije con mi voz más sensual.
Aquello les volvió locos del todo. Les coloqué de forma que quedaron arrodillados uno a cada lado de mi cara, y empecé a ir de polla a polla, girando mi cabeza y chupando la punta de una, luego la otra, observando cómo se la meneaban. Creo que nunca habían tenido otra polla tan cerca de la suya, ya que la de Benjamín se puso un poco floja al principio (los hombres son así de raros, pon a uno con la polla dura cerca de otra polla y, casi siempre... ¡pffft!), pero mi boca puede poner dura a cualquier polla, así que en un par de minutos ya tenía a los dos a punto de caramelo.
- Quiero que me llenéis de vuestro semen, chicos -les dije sensualmente.
- ¿Dónde? ¿Podemos corrernos en tu boca? -me preguntó uno de ellos.
- Sí, sí, quiero que os corráis ahí, y por toda mi cara también -les propuse, sabiendo que aquello probablemente les haría correrse sin remisión.
Como dándome la razón, Eduardo gruñó y sentí cómo se sacudía su polla y un chorro de semen salía disparado de ella alcanzándome en un lado de la nariz. Me volví hacia él, abrí la boca y disparó de nuevo, esta vez directamente sobre mi boca y mis labios.
- Ahora, ¡AHORA! -oí decir a Benjamín.
Así que giré la cabeza y su semen me impactó inmediatamente. Benjamín sacudía su polla por todas partes y el esperma salía volando a gotas más que a chorros. Noté como me llenaba toda la cara, y entonces sentí el semen de Eduardo alcanzándome en la parte izquierda de mi cara. ¡Aquello me encantaba! El semen llovía sobre mí y los chicos gruñían y gemían como locos. Eduardo puso su mano sobre mi cabeza y giró mi cara en dirección a él. Apuntó su polla contra mí y disparó otro par de chorros de semen a mi boca. Mientras, sentía el semen de Benjamín chorreando por toda mi nuca, por mi mejilla derecha y por mi mandíbula.
Para cuando todo acabó, tenía esperma por toda la cara, en el pelo y por todas partes. Tenía gotas de semen en las tetas y también en el cuello. Los chicos cayeron de espaldas, completamente hechos polvo (no es ningún juego de palabras). Me imagino que nunca antes habían visto nada igual. Me restregué el cálido esperma por toda mi piel, tratando de distinguir las distintas consistencias - el semen de Benjamín era más fino y más acuoso, mientras que el de Eduardo era espeso, mucho más blanco y tenía un poco menos de sabor. Mientras me restregaba su esperma, Benjamín me masturbó durante unos segundos, frotándome el clítoris con mucha fuerza, me imagino que intentando hacer que me corriese otra vez. Lo hice, ¡solo por él!
Al día siguiente nos sentamos juntos de nuevo, y por la noche, ya de vuelta en mi habitación, les hice dos espléndidas mamadas, largas y húmedas, y les hice correrse en mi boca. Se la comí a ambos dos veces, con unos 45 minutos de diferencia entre una y otra mamada. Cuando se la chupaba a uno de ellos, el otro me comía el coño. Me corrí unas 10 veces o así, perdí la cuenta de lo bien que lo estaba pasando. ¡Cuando acabó el seminario había dos chicos que no querían volver aún a su casa!
En los últimos meses me he follado a unos 20 o 25 hombres, aquí y allá, la mayoría en citas de una noche. Una vez, yo estaba en un club, relajándome después de un día verdaderamente estresante, tomando un trago y mirando al resto de la gente. Observé a un hombre acercarse lentamente a mí.
- Hola -me dijo- ¿Te apetece bailar?
- Sí, claro -le contesté.
Estuvimos bailando un buen rato. Durante uno de los bailes lentos sentí su polla poniéndose dura dentro de sus pantalones. Por lo que parecía, le excitaba bastante. Después de aquello, volvimos a mi mesa.
- Siempre me ha gustado ser directo -empezó a decir, una vez en la mesa- ¿Quieres pasar la noche conmigo?
- Sí, pasaré la noche contigo -acepté, tras pensármelo un segundo (o menos).
- De acuerdo -contestó, levantándose- Vamos a un hotel que...
- He dicho que pasaré la noche contigo, pero solo si puedes encontrarme algo más de diversión -añadí.
- ¿A qué te refieres? -dijo extrañado.
- A que me apetece que me follen de verdad -le respondí- Iré contigo si encuentras algunos hombres más con los que pasar la noche.
- No hay problema -dijo- ¿Cuántos?
- Oh, me conformaría con 7 u 8 -le dije medio en broma, y puso una divertida cara de sorpresa.
- No serás una profesional, ¿verdad? -dijo, desconfiado.
- No, claro que no -le contesté, riendo- Lo único que quiero es una orgía como las de antes.
Lo cierto es que nunca había estado en una, pero en aquel momento me encontraba algo borracha y lo dije solo como una fantasía. Mi acompañante tragó saliva y se quedó un momento pensativo.
- Está bien -continuó- Haré unas cuantas llamadas. No te muevas de aquí.
Se fue y llamó a un par de amigos suyos para que corriesen la voz. Una hora después yo estaba en su apartamento, haciendo un striptease para ¡9 hombres cachondos! Había incluso dos que eran negros, lo que, por otra parte, para mí era una novedad. Reían y bebían, disfrutando de un buen rato. Lo peor es que yo también me lo estaba pasando bien. Nunca había sido el objeto de atención de tantos hombres a la vez, y estaba entre asustada y expectante por ver lo que iba a pasar. La vida me ha enseñado que casi todos los hombres dicen que son buenos cuando hablan de echar un buen polvo, pero en el momento de la verdad la mayoría pierde la fe a la hora de bajarse los pantalones y echarlo en serio.
- Todos tendréis la oportunidad de follarme, pero bajo mis condiciones -les advertí- Si alguno de vosotros las infringe o se pone bruto, yo misma pondré fin al espectáculo.
No creía que fuesen a violarme o que me hiciesen algo en contra de mi voluntad, pero no podía arriesgarme. Así que uno tras otro fueron pasando por mí. A unos me los follé, a otros se la chupé. Incluso hubo algunos a los que les hice ambas cosas. Por supuesto, les había pedido que si podían evitarlo no se corrieran, porqué quería enseñarles algo especial cuando lo hicieran. Uno o dos no pudieron aguantar y soltaron su semen dentro de mi coño. Un chico llenó de esperma mi boca, pero aquello no me molestó lo más mínimo, lo disfruté todo. Además, se aseguraron de que tuviese varios orgasmos, a cada cual más tremendo. Sentía mi coño más húmedo que en toda mi vida (¡también pudo ser a causa de las dos enormes descargas de semen que tenía dentro!). Cuando vi que todos habían tenido lo que querían y que no podrían aguantar mucho más sin correrse, decidí que era el momento del gran final. Me levanté y me dirigí a ellos, con el semen del chico que se había corrido en mi boca goteando sobre el suelo.
- Muy bien -empecé a decirles, mientras se meneaban sus excitadas pollas sin cesar- Ahora es cuando de verdad va a empezar el espectáculo. Tengo que deciros que soy un "monstruo del semen". Sí, me encanta el semen. Me gusta comerlo, beberlo, sentirlo en mis tetas, en mi cara, en todas partes. Sería incluso capaz de beberlo de un vaso si alguien fuese capaz de llenar uno. Por eso estáis aquí. Quiero ver toda esa leche que lleváis reservando toda la noche salir disparada de vuestras pollas y caer sobre mí. No os cortéis, cuanto más semen me caiga encima, más disfrutaré yo... y seguro que vosotros también. No os aburro más. ¡Rociadme con vuestra leche!
La verdad es que lo expuse de la forma más gráfica que pude, intentando ponerles calientes con mis palabras para que no decayese su excitación y se corriesen con fuerza. Así que me tendí sobre la mesa de café de nuestro anfitrión encima de un par de toallas. Los nueve hombres se reunieron alrededor mío y empezaron a meneársela. ¡Vaya escena! Allí estaba yo, desnuda, con semen rezumando de mi coño, con nueve duras pollas de varias formas, tamaños y colores apuntando en dirección a mí, esperando el momento de estallar. Me metí un dedo en el coño, puse otro sobre mi clítoris y empecé a masturbarme mientras les observaba a ellos meneándoselas. Hablaban todo el rato de lo que pasaría cuando por fin todos se corrieran, de lo que supondría todo aquel semen volando y aterrizando sobre mí.
Por fin, uno de los chicos llegó al éxtasis, me apuntó con su polla y roció de semen todo mi vientre y mis tetas. A los pocos segundos, otro hizo lo propio, mojándome toda la cara. A partir de ese momento todo empezó a ocurrir de forma vertiginosa. El semen empezó literalmente a volar, no era capaz de distinguir de quién era cada chorro. Todo lo que recuerdo es que mi cara quedó completamente cubierta de leche, ni un solo centímetro se escapó de ser alcanzado por el blanco líquido. Nunca más he vuelto a sentir lo mismo, y eso que he repetido experiencias parecidas más adelante. Tenía leche en la boca, por supuesto, pero también la tenía en el pelo. El cálido semen llenaba mi ombligo y salpicaba mi pubis, pero eso eran únicamente los chorros que salían desviados. La mayoría de aquellos hombres me habían hecho caso y apuntaban certeramente a mi cara. Eso es algo que les agradeceré toda la vida, ya que me proporcionaron más placer del que nunca seré capaz de asimilar. A todo esto, yo seguía frotando mi clítoris, gimiendo y teniendo orgasmos todo el rato.
Cuando por fin acabó aquella magnífica ducha, me quedé tumbada sobre la mesa, disfrutando de la sensación de la leche sobre mi cuerpo. Mis manos recorrían mi cara, sintiendo el suave tacto de tanto semen vertido sobre ella. Abrí los ojos y vi cómo mi anfitrión me tendía un vaso.
- Muy bien, Linda -me dijo- A ver si eres capaz de hacer lo que antes has dicho. ¡Bebe!
Cogí el vaso y solté una leve risita, pues aquello era más de lo que nunca hubiese podido imaginar. Recorrí con el vaso todas las partes de mi cuerpo a las que pude llegar, metiendo dentro gota a gota todo el semen que fui capaz de recoger. Conseguí meter la mayor parte, solo me dejé el que me había caído en el pelo y en la boca. Cuando acabé había más o menos unos dos centímetros y medio de semen. Lo puse a contraluz como hacen los catadores de vino, dándole vueltas al vaso entre mis dedos. Luego me senté, puse el vaso sobre mi boca y lo volqué, vertiendo todo el esperma directo a su interior.
- VAMOS, VAMOS, VAMOS -cantaban los chicos como si se tratase de la prueba final de un concurso de la tele. Estaréis de acuerdo conmigo en que pasé aquella prueba con nota.
Dejé que cayese hasta la última gota en mi boca y luego me lo tragué todo con deleite, lo que arrancó una cerrada ovación entre mis amantes.
Aquella fue mi experiencia sexual más memorable. De hecho, estoy pensando en volver a organizar algo así muy pronto. Seguro que no tendré problemas en encontrar hombres dispuestos a bañarme de nuevo. Tiemblo de excitación solo de pensarlo...
Me imagino que debéis estar interesados también en saber cuáles son mis pensamientos en calidad de reina honorífica del semen. Para los chicos que leáis esto, aquí van unas cuantas pistas sobre cómo hacer que vuestra pareja os deje correros en su cara o en su cuerpo. Y para las chicas, aquí van algunas opiniones de otras mujeres que pueden disipar vuestros miedos e inquietudes acerca del tema.
Primero, chicos, creo que hablo en nombre de la mayoría de nosotras cuando digo que no nos gusta que nos OBLIGUEN a hacer nada. Sí, de acuerdo, está bien eso de que de vez en cuando hagáis realidad una de vuestras fantasías. Pero si llegáis a poneros pesados con ellas, puede ser que en vez de una buena experiencia se convierta en un corte de rollo.
Segundo, y quizás lo más importante, no esperéis que una mujer se excite lo suficiente como para empezar a comeros la polla si antes no bajáis y le prestáis algo de atención a ella también. El chico que no le come el coño a su chica no merece que le hagan una mamada, ¿verdad, chicas? ¡Y APRENDED CÓMO se hacen! Preguntadles, ellas os lo dirán. Por ejemplo, a mí me gusta que me laman los labios del coño arriba y abajo, con largos y sabrosos lametones. También me encanta que me mordisqueen el clítoris. Sin embargo, a otras mujeres les puede gustar otra cosa.
Tercero, aseguraos de estar más limpios que un pincel. A nosotras no nos gustan las pollas que saben a pastel pasado de fecha.
Y cuarto, antes de que os corráis en nuestra boca, avisadnos. Puede que no nos apetezca en ese momento que os corráis ahí, o quizás necesitemos prepararnos para poder tragarlo y que no nos ahogue. No hay nada más desagradable que sentir el semen de un chico bajando por tu cuello, que se te vaya por el conducto equivocado y que tosas, esparciéndolo por todas partes, ¿verdad? Y no tengáis miedo de besar a vuestra chica después de que se haya tragado vuestro semen. Tranquilos, eso no os matará y seguramente hará que la mujer sienta que la queréis de verdad. ¿Cómo esperas que una mujer se quiera tragar tu semen si tú ni siquiera quieres ni tocarlo? Sobre todo, sed considerados, limpios y haced que la chica sienta que apreciáis de verdad lo que está haciendo. No creáis que solo porqué vosotros sois los hombres y ella la mujer, se va a acostar con vosotros y a dejar que bombeéis leche sobre su cuerpo.
De acuerdo, chicas. Para aquellas de vosotras (¿de verdad que aún queda alguna por ahí fuera?) que aún no hayáis probado a hacer una mamada o a dejar que se corran en vuestra cara, dejadme avisaros de lo que os estáis perdiendo.
Primero, a los chicos les encanta. Dejad que un hombre eyacule en vuestra boca o sobre vuestro cuerpo unas cuantas veces y será como un cachorro en vuestras manos. Además, si tenéis el problema de la infidelidad con vuestra pareja, dejad que os diga algo. Todo hombre al que su novia o mujer le hace una buena mamada dos o tres veces por semana tiene muchísimas menos posibilidades de ser infiel. Creedme, lo tengo comprobado. Es asombrosa la rapidez con que los chicos pierden el ansía de poner los cuernos después de haberse corrido. Pienso que es una verdad como un templo ese dicho popular que dice, "Dale en casa todo lo que necesita, y no lo buscará fuera". Así que si estáis preocupadas por los ojos infieles de vuestro chico (¿y quien no lo está?), mantened su polla seca y escurrida siempre que podáis. De veras, es sorprendente lo fácil que es poder manipularles si nos lo proponemos. Pero aseguraos de que también él se preocupa de vuestras necesidades.
Segundo, ¡NO OS DOLERÁ! El semen no es como ácido ni nada por el estilo. Está compuesto en su mayor parte de agua y de un fluido proveniente de una glándula llamada próstata. Únicamente alrededor del 1 por cien corresponde a los verdaderos espermatozoides. Obviamente, el sabor puede variar de un chico a otro. He descubierto que, por norma general, el esperma de los chicos que beben mucho alcohol no sabe demasiado bien, ni tampoco el de los que comen platos demasiado picantes. Puede que advirtáis un leve sabor salado en él, pero ya está. No obstante, la mayoría está compuesto únicamente de agua y de pequeñas cantidades de otros elementos. Además, ni engorda, ni hace que os salgan granos, ni celulitis, ni varices... ¡Y por supuesto, no os quedareis embarazadas si os lo tragáis! Es posible que si sois novatas en esto, seáis también algo escrupulosas respecto al semen. Bueno, pues os sugiero que os vayáis acostumbrando a él. Haced que vuestro hombre se corra sobre vuestro vientre o sobre vuestras tetas unas cuantas veces. Jugad con su leche tocándola con vuestros dedos. Coged una poca con un dedo y probadla. Una vez os hayáis acostumbrado a la consistencia y al sabor, se os irá haciendo cada vez más fácil. Otro problema bien distinto es si nunca habéis visto el semen más que saliendo de vuestro coño después de un buen polvo. En ese caso, probablemente querráis acostumbraros a él antes de verlo cubriendo vuestros labios y vuestra cara. La recomendación es la misma, dejad que se corra sobre vuestro vientre o sobre vuestras tetas. Luego, extended un poco del semen que haya caído allí sobre vuestras mejillas, sentid su consistencia y dejad que vuestra piel lo absorba. Extendedlo por vuestros labios como si fuese brillo o lápiz de labios. Si hacéis esto correctamente, además de acostumbraros de forma eficaz a sentir el semen en vuestra cara, puede que a vuestros chicos se les vuelva a poner dura solo de veros y que logréis que os echen otro polvo.
Algunas de nosotras sabemos la belleza que hay en ver a un chico corriéndose desde muy cerca. Es realmente una maravilla de la ingeniería. El agujerito de la punta se abre y esa cosa blanca sale disparada a toda velocidad. A veces pueden incluso hacerlo volar a ¡varios metros de distancia! La cantidad de semen que eyaculan depende, por supuesto, del tiempo que hace desde que se corrieron por última vez. Pero normalmente una corrida de uno o dos días ya es bastante abundante. La próxima vez que queráis ver algo realmente fascinante, decidle a vuestro hombre que se haga una paja. Vosotras poneos a un lado de su polla y observadla desde muy cerca. Veréis cómo su glande se moja ligeramente con líquido pre-seminal. Luego, sus huevos se mecerán de atrás a adelante, y entonces, justo antes de que eyacule, se contraerán, quedándose pegados a la polla. Incluso, si tenéis suerte, puede que veáis latir la vena que recorre el miembro justo cuando el semen fluye a través de él. Por último, y esto solo para las realmente atrevidas, decidle que se masturbe frente a vuestra cara, a unos 5 centímetros de ella. Os garantizo que se correrá en menos que canta un gallo. Solo una recomendación más. Tened cuidado si os lo lanza a los ojos, puede picar si está muy salado.
Ya que estamos metidas de lleno en el tema, hablemos de ello. ¿Dejáis que vuestro chico se corra en vuestra cara? Algunas mujeres dicen, "¡NO, nunca!" Otras dicen, "A veces, pero no muy a menudo". El resto afirma, "Coño, claro, siempre que él quiere". Yo pertenezco a este último grupo. No hay nada malo en que lo hagáis. Solo porqué vosotras y vuestra pareja disfrutéis de esta clase de expresión sexual, eso no os convierte en putas. Probablemente, la mayoría de las zorras elegantes y ricachonas que veis en las revistas del corazón nunca dejarían que un hombre se corriese ni siquiera cerca de su cara. Lo cierto es que eso es lo que más me revienta de esa gente. Ya sabéis de quienes estoy hablando. Por ejemplo, ¿podéis imaginaros a esa zorra de la Obregón con la boca llena de semen? ¿O a Tita Cervera? ¿O a la Duquesa de Alba? ¡Por amor de Dios!
Si después de todo seguís sintiendo inseguridad sobre el tema, os sugiero que os acostumbréis al semen por pasos. Primero, si nunca habéis dejado que un hombre se corra en vuestra boca, hacedlo. Una vez os hayáis acostumbrado a la sensación de la polla latiendo y disparando su carga en vuestro interior, no os dará tanto miedo. Mantened el capullo lejos de la parte posterior de vuestra boca, cerca de vuestros labios, y sentiréis con más fuerza la salida del esperma. Así seréis capaces de notar mejor su sabor.
Luego, cuando ya os sintáis cómodas con eso, sacadla de vuestra boca cuando se corra y dejad que el semen salga disparado al interior de ella. Debéis saber controlar los movimientos de su polla en este punto o siempre rociará toda la habitación. Si lo hacéis bien sentiréis una sensación indescriptible. Es increíble sentir los chorros de semen salir disparados directamente hacia vuestro paladar. Se me ocurre que podríais practicar antes con una pistola de agua o algo así. Seguro que de esa forma le cogeríais el truco.
Por último, cuando por fin hayáis convertido este acto sexual en algo verdaderamente especial para los dos, apuntad la polla directamente a vuestra nariz y dejad que se corra así.. La primera descarga es a la que cuesta más acostumbrarse, porque nunca puedes saber con seguridad cuando va a alcanzarte. Incluso yo titubeo siempre un poco. Pero en cuanto os alcance la primera, las demás serán siempre más pequeñas y os resultará más fácil acostumbraros a ellas. Otra vez os repito, si el esperma es salado, debéis cerrar los ojos o prepararos para limpiároslos muy rápido, porqué a mí me han rociado con alguno que ha hecho que me escociesen los ojos durante uno o dos segundos. Pero, tranquilas, la mayoría de las veces no hay que preocuparse demasiado.
Cuando esa primera rociada os alcance, probablemente tendréis el impulso de echar la cabeza hacia atrás. Debéis resistir ese impulso inicial de apartaros. Si podéis, dirigios la polla hacia los pómulos y los labios. Si la intensidad de los chorros es aún demasiado fuerte, mirad si podéis hacer que caiga algo también en vuestra frente. Para algunos chicos, no hay nada más sexy que veros el pelo pegado a la frente con su esperma. Por supuesto, luego tendremos que limpiárnoslo, pero, ¡que coño!, todas nos hemos puesto en el pelo cosas mucho más asquerosas que esa, ¿no es así?
Después de que el chico (¡o chicos!) haya dejado de correrse, os apetecerá restregaros el semen por todo vuestro cuerpo y por toda vuestra piel. Es una sensación realmente sexy y, por qué no, saludable. Es mejor que si lo dejáis secarse sobre vuestra piel, ya que si hacéis eso puede ponerse crujiente y seco. Cerrad los ojos y dejad que os embriague el tacto y el aroma de su semen, y recordad que es un precioso regalo de parte de vuestro hombre. Si vuestro chico sabe apreciar lo mucho que os habéis esforzado por excitarle dejando que os llenara de su leche, quien sabe, ¡quizás esté preparado para otro viaje!
No se me ocurren demasiadas cosas que pueda decir llegados a este punto. ¡Creo que es hora de salir a la calle y hacerme con un chico para que venga a mi casa y me ayude a realizar alguna 'investigación' más!


Josan

Viaje al Placer

Comentarios (0) 05.11.2007. 11:01

 Leo sacó su boleto, guardó el cambio y miró la hora en su reloj.

Eran las 7:10 hs, y como faltaban veinte minutos hasta la partida del convoy se encaminó a la confitería de la estación para tomar un café. El viaje hasta su destino era largo, una hora y media para ser exactos, pero era la manera más cómoda y directa de llegar a la empresa en donde tenía que hacer una auditoría.

La mañana estaba agradablemente fresca, y a pesar del madrugón Leo se sentía de muy buen humor. El trabajo demandaría unas cuatro semanas de ardua labor, pero era interesante y le dejaría una buena cantidad extra en su salario. Además, como se trataba de una planta industrial no tenía necesidad de ir vestido con traje y corbata, y al joven contador le agradaba poder escapar cada tanto del uniforme de oficinista.

Después de apurar el último sorbo de café y pagar la cuenta, salió del local y volvió al andén en donde ya estaba el tren. La formación era corta, apenas tres vagones diesel eléctricos con comando en ambos extremos, porque era un servicio interurbano en el que viajaba mucha menos gente que en los servicios metropolitanos.

Leo subió en el segundo vagón, se acomodó en el lado de la ventanilla de un asiento ubicado por la mitad del coche y se puso a releer sus notas para repasar los puntos con los cuales empezaría su trabajo. Minutos después el tren arrancó, y guardando sus papeles se puso a mirar distraídamente el paisaje cambiante que comenzaba a desfilar por la ventanilla.

En la primera de las cuatro paradas intermedias subieron bastantes pasajeros, aunque probablemente la mayor parte de ellos no iba muy lejos. Las dos estaciones siguientes se encontraban más o menos próximas entre sí, pero una vez que el tren salía de la ciudad las restantes paradas estaban mucho más distanciadas, tanto es así que el recorrido entre la anteúltima estación y la estación terminal - en donde Leo se bajaba – demandaba unos veinticinco minutos.

La monótona sucesión de casas y edificios pronto se tornó aburrida y Leo se enfrascó en sus pensamientos relacionados con la jornada que le aguardaba, tanto que se sobresaltó cuando oyó la voz del guarda pidiendo boletos.

El joven abrió el bolsillo de su mochila y comenzó a buscar el pasaje, pero por más que revolvía el pedacito de papel no aparecía. Entonces recordó que lo había guardado en uno de los bolsillos del pantalón y se paró para buscar más cómodamente.

Mientras hurgaba en sus bolsillos Leo notó que el guarda lo miraba fijamente, y por unos instantes se sintió incómodamente vigilado. Pero finalmente halló el maldito boleto, y sonriendo con un aire de triunfo se sentó y respiró tranquilo.



El guarda seguía con su tarea, y si bien todavía estaba a unos metros de su hilera de asientos, Leo se dio cuenta que seguía dedicándole intensas miradas.

Intrigado, el joven contador empezó a observar al guarda, que lentamente seguía acercándose por el pasillo. El hombre debía rondar los treinta años, era alto, y tenía un porte que llamaba la atención. A través del pantalón del uniforme se marcaran los fuertes músculos de las piernas, que estaban tensionados para mantener el equilibrio ante el vaivén del tren. La cintura era estrecha, la corbata caía recta entre los prominentes pectorales, y la parte superior de la camisa mostraba una cierta tirantez por la anchura de los hombros. Las mangas, que estaban dobladas hasta la altura de los codos, delineaban unos brazos fuertes y mostraban unos antebrazos nervudos. El rostro tenía muy buenos rasgos, con un mentón cuadrado y una boca carnosa. La nariz era ligeramente aguileña, y los ojos eran azules. Por lo que dejaba ver la gorra llevaba el pelo negro muy corto, y la sombra de la barba daba un toque rotundamente masculino a sus facciones.

Cuando el guarda llegó a su asiento Leo lo miró y le extendió la mano con el boleto. El uniformado lo tomó, y después de controlarlo se lo devolvió sonriendo y sin dejar de clavarle los ojos.

Leo se sintió perturbado por semejante escudriñamiento, y sin saber por que durante unos segundos sus pulsaciones aumentaron notoriamente. Era la primera vez que un hombre lo miraba con esa intensidad, o por lo menos la primera vez que lo notaba.

Después de pensarlo unos instantes decidió no darle más vueltas a un asunto en el que muy probablemente su imaginación le estuviese jugando una mala pasada, y sacando un libro de su mochila se dispuso a leer.

La novela era interesante, y Leo estaba tan concentrado que apenas se dio cuenta cuando el convoy se detuvo en la segunda parada. Subió más gente, el tren reanudó su marcha, y cuando se disponía a retomar su lectura, escuchó nuevamente la voz del guarda pidiendo boletos a los pasajeros recién ascendidos.

Instintivamente alzó la vista, y para su sorpresa se topó con la mirada del joven uniformado nuevamente posada sobre su persona.

Leo se inquietó, y rápidamente bajó sus ojos hacia el libro. En realidad no le molestaba que lo mirase, sino la forma en que lo hacía. Había una expresión extraña en esos ojos azules, y aunque Leo se resistiese a la idea la mejor definición que encontraba era . . . deseo.

El joven vio pasar al guarda a su lado, y haciendo un gran esfuerzo resistió la tentación de encararlo con los ojos y darle a entender que le disgustaba su actitud.

Fastidiado y casi sin rastros del buen humor con que había iniciado el viaje, Leo decidió hacer una última prueba. Cuando el tren se detuvo en la siguiente estación se acomodó en su asiento y simuló estar dormido, y después se quedó expectante esperando a que el mirón hiciese su aparición para controlar nuevamente los boletos.

No tuvo que aguardar mucho. Con los ojos entrecerrados, Leo pudo ver como el guarda iniciaba su recorrida por el vagón, y como en las anteriores oportunidades le dedicaba intensas miradas. Pero esta vez, creyéndolo dormido se detenía con más descaro en el cuerpo de Leo, y el joven casi se sentía palpado por los ojos del uniformado. Se sintió humillado, y notó que se le encendían las mejillas.

El guarda llegó a su fila de asientos, pero en lugar de continuar su recorrida se detuvo a su lado, y pareció quedarse clavado allí. Por la posición que tenía Leo sólo podía ver hasta la cintura del hombre, y con gran sorpresa notó que el bulto en la entrepierna del uniformado delataba que estaba teniendo una erección.

Leo no sabía que hacer: no quería abrir los ojos y evidenciar su infantil simulación, pero tampoco le agradaba la idea de tener a ese tipo mirándolo y alimentando vaya a saber que fantasías.

Por extraño que pareciese la situación estaba empezando a excitarlo, y muy a pesar suyo notó que su verga también estaba empinándose. El problema era que como vestía un pantalón de tela liviana el aumento en el tamaño de su pinga ya debía ser notorio para el guarda, y al tener los brazos cruzados no había manera de ocultar la evidencia.

Leo pensó que la situación no podía ser más incómoda, y no veía como ponerle fin. Entonces sintió que la mano caliente del guarda se apoyaba en su antebrazo y lo sacudía suavemente, y al abrir los ojos se encontró con la cara del muchacho a pocos centímetros de la suya. Estaba tan cerca que Leo podía ver en detalle los intensos ojos azules bajo las tupidas pestañas, sentir la cálida respiración sobre su rostro, oler el aliento a menta de su boca.

El guarda se acercó aún más, y por unos segundos Leo pensó que iba a besarlo.

En lugar de eso, el guardia sonrió y casi en un susurro le dijo: “Tienes la bragueta abierta”.

Absolutamente desconcertado Leo llevó la mano a su entrepierna y constató que era cierto. Y además, comprendió que al estar contenida sólo por el boxer, su erección era tremendamente notoria. Entonces se puso rojo como la grana, y sintiéndose terriblemente estúpido sólo atinó a balbucear un “gracias” entrecortado.

El guarda sonrió nuevamente, se enderezó y después de palmearle ligeramente el hombro siguió su camino.

El tren llegó a la penúltima estación, y allí descendió la mayoría de los pasajeros. El último vagón quedó vacío, y en el segundo coche sólo quedaban unas pocas personas.

Mientras esperaba que el convoy reanudara su marcha Leo pensaba en la situación vivida, y mientras más analizaba los hechos más confundido se sentía. Por más que le costase, tenía que admitir que la proximidad de aquel hombre y la vista de su tranca abultando bajo el pantalón del uniforme lo habían excitado terriblemente. Además, cuando por un instante creyó que iba a besarlo no sintió ningún asco o rechazo . . . por el contrario, casi deseó que lo hiciese.

El tren arrancó, iniciando la última etapa del trayecto.

Con una expectación que lo disgustaba, Leo se dio cuenta que estaba esperando la aparición del guarda. Sus pulsaciones aumentaron cuando lo vio venir por el extremo del vagón, y notó que nuevamente su verga estaba endureciéndose.

Pero esta vez, el uniformado pasó de largo y ni siquiera lo miró.

A pesar suyo, Leo se sintió frustrado por ese súbito desinterés, y movido por una extraña mezcla de bronca y excitación se levantó de su asiento y se dirigió al tercer vagón, en donde debía estar el guarda. Pero el coche estaba vacío, y Leo se desconcertó. Entonces vio la puerta de la cabina de comando abierta, y sin pensarlo se dirigió hacia allí y entró.

El guarda estaba sentado en la butaca de la consola de mandos, y la presencia del contador pareció tomarlo de sorpresa. Pero enseguida se recompuso, se puso de pie de un salto y mirando a Leo con sus intensos ojos azules le preguntó:

“¿Buscabas algo?”

Ahora el sorprendido era Leo. En realidad no sabía porque había entrado a ese lugar, o por lo menos no podía encontrar una explicación aceptable ni siquiera para él. Confundido y un tanto avergonzado, el contador tartamudeó una negativa, pero cuando iba a salir el guarda le cortó el paso y cerró la puerta. Después lo fue empujando suavemente hasta apoyarlo contra la pared de la cabina, y tomándolo por ambos brazos le preguntó sonriendo:

“¿Realmente no estabas buscando nada?”

Leo se sintió nuevamente confundido por la intensidad con que lo recorrían esos ojos azules, y con una gran mortificación notó que su verga estaba empinándose sin que pudiera hacer nada para evitarlo.

El guarda acercó aún más su boca, y Leo supo que iba a besarlo. Una parte de su adormilada heterosexualidad luchaba por impedir el contacto, pero las señales que enviaba su cuerpo a través de su tranca totalmente enhiesta parecían expresar todo lo contrario.

Leo cerró los ojos, y sintió los labios del guarda sobre los suyos.

Con un estremecimiento se entregó a las suaves caricias de la lengua del muchacho, y finalmente abrió la boca para recibir a ese húmedo invasor.

El guarda pegó su cuerpo al suyo, y a través del pantalón sintió la descomunal erección del joven clavándose en su entrepierna. Entonces Leo dejó caer su mochila, y tomando entre sus manos el rostro del guarda comenzó a responder casi con voracidad a sus besos. Después, sin ofrecer resistencia permitió que le bajase los pantalones y el boxer, y con un gemido de placer dejó que le incrustase su imponente tranca entre las piernas y comenzase a bombear a un ritmo enloquecedor, rozando su hinchadísimo escroto y llegando hasta el comienzo de la raja de su culo.

Leo se sentía absolutamente dominado por la excitación, algo que jamás imaginó iba a experimentar con otro hombre. Los movimientos del guarda lo hacían estremecer de placer, y después de unas cuantas frotadas deseó casi con desesperación mamar esa descomunal verga.

El guarda pareció adivinar los pensamientos de Leo porque bruscamente se detuvo, puso sus manos en los hombros del joven contador, fue empujándolo hacia abajo hasta que los labios de Leo quedaron frente a su anhelante falo, y le introdujo suavemente la verga en la boca.

Las primeras mamadas de Leo fueron algo torpes debido a su falta de experiencia, pero muy pronto adquirió el ritmo adecuado y comenzó a recorrer la durísima tranca del guarda como si fuera un experto, arrancándole quejidos de placer a su dueño.

Sintiendo próxima la corrida el guarda sacó su verga de la boca de Leo, lo puso de pie y lo hizo girar. Después se agachó, separó las nalgas del culo del contador e introdujo su caliente lengua en el cerrado orificio del joven.

Leo deliraba. Era la primera vez que alguien le hacía eso, y con cada lengüetazo del guarda sentía escalofríos que lo sacudían de pies a cabeza.

Después de unos minutos el guarda se detuvo, y poniéndose de pie apoyó la gran cabeza de su vergajo en el ano virgen de Leo. El joven supo lo que vendría, e instintivamente contrajo aún más el cerrado orificio. Entonces el guarda, lamiéndole el lóbulo de la oreja, le susurró:

“Tranquilo, tranquilo. Vamos a ir muy despacio. Quiero que goces, no que sufras”

Muy suavemente, el muchacho comenzó a introducir la cabeza de su tranca en el culo del contador, dejando que el ano fuese acostumbrándose al intruso. Leo podía sentir como su orificio iba dilatándose poco a poco, y notaba como lenta pero firmemente la verga se adentraba en sus entrañas.

Cuando la cabeza atravesó el orificio el guarda comenzó a introducir el resto del miembro, metiendo y sacando suavemente el tronco y avanzando un poco más cada vez.

Leo gemía, y con cada bombeada sentía una mezcla de dolor y placer en su ahora desvirgado culo. Con las manos apoyadas contra la pared de la cabina resistía los controlados embates del guarda, y con las piernas abiertas y tensionadas mantenía el equilibrio ante el permanente vaivén del tren. Entonces recordó donde estaba, y alarmado giró la cabeza y miró a su alrededor. Pero respiró aliviado cuando vio que la cabina tenía en los costados y en la parte posterior vidrios color humo, que permitían ver hacia fuera pero no dejaban ver el interior.

Leo se sintió un poco más tranquilo, aunque no pudo dejar de imaginar la cara de algún desconcertado transeúnte que al pasar el tren hubiese visto el espectáculo que estaban dando. La idea lo tentó, y la risa apenas contenida hizo que relajara su apretado ano. El guarda lo notó, y tomando a Leo del pecho metió de una sola vez el resto del tronco en el culo del contador, arrancándole un grito de dolor.

“Ya está precioso, ya está. Lo siento, pero no tenemos tanto tiempo. Relájate, que ahora viene lo mejor”, le dijo el guarda al oído.

Entonces tomó a Leo por la cintura, lo movió unos pasos en semicírculo e inclinándolo lo hizo apoyar contra la butaca de la consola. Después le separó un poco las piernas, y poniéndole las manos en los hombros empezó a bombear en el rabo del contador cada vez más rápido.

Aferrado al respaldo del asiento, Leo emitía entrecortados quejidos. La sensación de desgarro en su culo le causaba un dolor enorme, pero el ritmo enloquecedor que el guarda le imponía a la cogida le provocaba un placer cada vez mayor, haciéndole olvidar el sufrimiento. Con cada embestida podía sentir el golpe de los enormes huevos del guarda en sus nalgas, y el hecho de saber que todo ese mástil que antes había saboreado estaba dentro suyo lo excitaba de una forma increíble.

Por su parte, el guarda también estaba gozando como nunca. La estrechez del esfínter virgen de Leo hacía que su verga entrase apretadamente en el culo del joven, provocándole una sensación indescriptible. Además, los quejidos y jadeos de Leo aumentaban su excitación, y la idea de estar desvirgando a un apetecible joven heterosexual lo hacían vibrar de gozo.

La tranca del contador, que desde el primer beso del guarda nunca había dejado de estar enhiesta, comenzó a latir anunciando un inminente orgasmo, y en medio de un entrecortados gritos Leo comenzó a escupir torrentes de leche como nunca antes recordaba haberlo hecho.

Los espasmos de la corrida apretaron aún más la durísima verga del guarda, y estimulada al máximo la imponente pija empezó a descargar violentos trallazos de calentísima lefa en el interior del palpitante culo de Leo.

Desbordado por el placer el guarda se recostó sobre Leo, abrazándolo fuertemente y mordiéndole lo musculosa espalda. Cuando la verga terminó de soltar su copiosa carga la fue sacando lentamente del culo del contador, liberando el dilatado esfínter que todavía seguía latiendo.

Después ambos jóvenes limpiaron los restos de las abundantes corridas, y terminaron de acomodarse las ropas justo cuando el tren entraba a la estación terminal.

El guarda abrió la puerta de la cabina y se apartó para dejar pasar a Leo. El contador caminó unos pasos, pero cuando estaba por salir repentinamente se detuvo frente al joven uniformado y lo tomó con ambas manos de la pechera de la camisa, arrastrándolo hasta golpearlo fuertemente contra la pared de la cabina.

Sorprendido, el muchacho abrió enormemente sus intensos ojos azules, y por la ferocidad que vio en la mirada de Leo dio por seguro que iba a golpearlo. Durante unos segundos que le parecieron eternos esperó recibir un puño cerrado en el rostro, pero en lugar de eso el contador fue aflojando lentamente la presión de las manos, hasta que finalmente esbozando una sonrisa le preguntó:

“¿Te toca el mismo horario mañana?”

izakyel@yahoo.com

Viaje a la Republica Dominicana

Comentarios (0) 05.11.2007. 11:01

Hace un par de años fui con dos amigos más de viaje a la República. Fuimos a un gran complejo hotelero donde había de todo, y cuando digo de todo es de todo. Tenia sus propias discotecas con sus respectivos animadores, y con eso quiere decir gente que te enseña a bailar. Por desgracia o fortuna casi toda la gente hospedada en el hotel era extranjera, y los que hablaban castellano eran recién casados asi que todas las mujeres que trabajaban en el hotel nos cogieron mucho aprecio, ya que encima somos bastante agradables, y nos encanta bromear.

Una de las últimas noches me despiste de mis amigos y acabe con una pareja de recién casados, la chica me enseño a bailar salsa, o lo intentó porque soy la mar de torpe bailando. Cuando me fui a la barra para pedir una copa me encontré con un animador y me puse ha hablar con él. Mi mirada recorría la pista mientras hablábamos cuando vi a una animadora que no había visto nunca. ¡ Y como estaba la animadora! Era alta de pelo rizado, con unos ojazos grandes como dos balcones. Llevaba una falda hasta las rodillas muy ajustada, la cual la marcaba perfectamente un culo ancho y hermoso. La camisa que llevaba parecía que iba a reventar por culpa del par de enormes senos que se escondían detrás. Y se movía en la pista como un ángel, parecía que flotaba.

Mi amigo se debió de dar cuenta de que me quede mirándola de forma descarada, y me dijo que era una amiga suya, que había empezado esa misma noche. Yo me quedé de piedra al escucharle, y antes de que pudiera reaccionar ya la estaba llamando. Ella se acercó contoneando su cuerpo de una manera muy sensual. Cuando llegó hasta nosotros mi amigo nos presentó y le dijo que llevaba toda la noche mirándola sin atreverme ha pedirla bailar. Yo me puse colorado, gracias a dios que con la oscuridad no se me notó. La dijo que el tenia que irse y que me cuidara muy bien que era un buen amigo suyo. Ella me sonrió y me llevó a la barra para pedirnos algo ya que cuando se había acercado a nosotros me había bebido mi vodka de dos tragos. Ella se pidió una cerveza y yo otro cubata. Estuvimos hablando un rato en la barra. Yo no hacia nada mas que lanzarla piropos como: llevo varios días viendo monumentos de tu país pero tu eres el mas bello de los que vi hasta ahora. Al rato me cogió por la cintura y me llevó al centro de la pista de baile.


Se me da muy mal bailar preciosa- la dije

No te preocupes mi amor yo te enseño, además seguro que este es el único tipo de baile que se te da mal- mi respondió guiñándome un ojo.


Empezamos a bailar una pieza de salsa. Ella se contoneaba a mi alrededor, rozándome con su cuerpo, lo cual hizo que empezase a sudar. En la segunda canción me fije que todos los hombres de la sala me miraban con envidia, aunque disimuladamente por miedo a sus señoras.

Cuando acabó la canción la dije que necesitaba tomar el aire, y era cierto. Entre el sentir de su cuerpo contra el mío, el baile provocador que llevaba haciendo todo el rato, y los cubatas necesitaba tomar el aire y enfriarme un poco.

Salió conmigo y nos dirigimos a la playa dando un paseo por la piscina. Ella se apretaba contra mí como intentando que la mayor parte de su piel estuviese en contacto con la mía. A lo lejos vi al chico que me había presentado a la animadora. Me estaba mirando como dándome a entender que esperaba que me lo pasase muy bien, y que ya le contaría.

Seguimos paseando y llegamos a la playa, nos sentamos al borde del agua sintiendo el mar acariciarnos los pies. Su mano me acarició la cara mientras su boca se iba acercando a mi rostro, plantándome un dulce beso en la boca. Mis manos empezaron a recorrer sus mejillas, mientras nos fundíamos en un tierno beso. Ella se apretó contra mí, sus senos se notaban bien duros. Dirigí mi mano a su camisa y se la empecé a desabrochar para liberar esos enormes pechos, los cuales dieron un brinco al ser liberados. Tenia unos enormes pezones que sobresalían como queriendo alcanzar el cielo. Le agarré esas dos perfectas montañas. Su mano bajo a mi entrepierna y la empezó a acariciar. Me quitó el pantalón y liberó mi miembro erecto.


- Que lindo pajarito mi niño-

- Pues sabe mejor- la respondí


Se inclino y me empezó a besar la punta, mientras con una mano me cogía las bolas y las acariciaba. Empezó a metérsela poco a poco en la boca mientras su lengua lamía cada centímetro de mi piel. Cuando estuvo toda dentro de su boca empezó a succionar con fuerza dándome exquisitas oleadas de placer. Como pude la quité la falda para poder ver su cuerpo desnudo. Mis manos intentaron llegar a su conejito el cual aun no había visto pero que estaba convencido de que debía ser exquisito.

Como no llegaba y ella no daba muestras de querer ponerme fácil la llegada la empecé a acariciar las nalgas, y ahora si que me facilitó un poco el trabajo girándose para que llegara mejor. Visto eso decidí centrarme en su ano. Mi dedo corazón lo acariciaba y penetraba solo con la punta. Ella empezó a mover el culo al ritmo de mi dedo y aumentó el ritmo de las chupadas. Note que dentro de poco iba a correrme y se lo dije, a lo que ella sin responder aumentó el ritmo de su lengua invitándome a que terminase dentro de su boca. Cuando me iba a ir me estaba chupando la punta, y al notar el primer chorro de semen en su boca se la metió entera en la boca, notaba como mi polla tocaba el fondo de su garganta con cada espasmo que daba, cosa que no hacia mas que ponerme mas caliente.


Mmmmm. Papi que rica lechecita-


Mi dedo aun seguía dentro de su culo, pero ya metido entero, entraba y salía con toda facilidad. Asi que empecé a girarlo para dilatarlo y poder meter un segundo dedo. Ella seguía con mi miembro en su boca arrancándome unos últimos segundos de placer. Por fin pude meterla dos dedos, ella se sacó mi miembro de la boca y me dijo que se lo estaba haciendo bien rico que quería sentir ahí y bien adentro mi polla. Yo le dije que como no despertase al soldadito que tenia ella en la boca iba a ser imposible. A lo que ella en vez de contestar empezó a chuparlo otra vez. Por fin empezó a despertarse y ella empezó a lubricarlo con bien de saliva. La volteé y me quedé mirándola el culo. Ella se separó las nalgas y me dijo que a que esperaba que ya no aguantaba más, que la quería sentir dentro.

Coloque la punta en la entrada de su agujero y empecé ha hacer un poco de presión. Su esfínter, fue cediendo poco a poco dando paso al resto de mi rabo. Cada centímetro que entraba en su culo era una oleada de placer, su agujero era muy estrecho y cálido, ella se arqueaba al sentir como iba entrando un intruso por su culo.

Cuando la entró hasta el fondo me paré unos segundos para que se acostumbrase a vi verga dentro de su culo. A los pocos segundos me pidió que me moviese, empecé muy despacio por miedo a lastimarla, y fui subiendo el ritmo poco a poco. Ella gemía de placer, me incliné para agarrarle sus enormes pechos.


- ¿te gusta sentirla hasta las pelotas?- la dije al oído

siiiiiiiii, dame duro- me respondió entre gemidos

si lo quieres duro, duro lo tendrás-


La cogí por las caderas y empecé a darla envites con fuerza a lo que ella respondió culeando y gimiendo como una loca.


si papi ahhh, dame duro papi aaaahhhhh-


Yo seguí penetrándola con fuerza, hasta que note como se corría. Apretó su culo de una manera tan rica que cuando acabó de correrse yo la estaba llenando el culo con mi leche. Nos quedamos un rato tumbados en esa posición con mi polla aun dentro de su culo hasta que salió ella por si sola.

Que rico mi niño, me encantó- me dijo mientras intentaba normalizar su respiración

tu culo también fue delicioso preciosa, el mejor que he probado hasta ahora. Estaría todo el día metiéndotela por ahí-


Me sonrió con picardía y me dijo que hasta que me fuera del hotel podría seguir disfrutando de su culito. Nos volvimos a besar y decidimos volver a la discoteca. Cuando llegamos salimos a la pista y nos pusimos a bailar otra vez. Al poco rato vi a mis amigos mirándome mientras hablaban con el chico que me había presentado a esa vibrante mujer. La dije que habían llegado mis amigos y que tenía que ir con ellos para que no sospechasen ya que ninguno de los dos queríamos que se enterara nadie, a ella la podían despedir, y yo prefería que mis amigos no supieran nada.

La di un beso en la mejilla y me fui con los amigos. Afortunadamente el chico no les había dicho nada de que me había ido con ella a la playa, asi que yo no mencioné nada.


Seguí disfrutando de ese culito durante tres días más.

javier


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